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miércoles, 24 de diciembre de 2025

Preparémonos en estos últimos momentos para dar señales de que recibimos la visita de nuestro Dios con su misericordia y salvación para el hombre y el mundo de hoy

 


Preparémonos en estos últimos momentos para dar señales de que recibimos la visita de nuestro Dios con su misericordia y salvación para el hombre y el mundo de hoy

2Samuel.7, 1-5. 8-11.16; Sal. 88; Lucas 1, 67-79

Estamos en la mañana del último día del Adviento y aunque ya todo nos trae como en adelante la música que va a sonar en esta próxima noche, que llamamos nochebuena por el nacimiento de Jesús me quedo aun en el texto que nos ofrece la liturgia en esta mañana que viene a culminar todo lo que ha sido la inmediatez del nacimiento de Jesús con el cántico de Zacarías tras el nacimiento de Juan.

Todo son bendiciones y alabanzas de la misma manera que estos días nos adelantamos con felicitaciones navideñas por lo que vamos a celebrar. Proféticamente siente Zacarías todo lo que significa el nacimiento de su hijo al que ha querido llamar Juan. Recordamos cómo las gentes se preguntaban qué iba a ser de aquel niño por todo cuanto en su nacimiento estaban contemplando. ‘El Señor, Dios de Israel, ha visitado y redimido a su pueblo’ proclama el sacerdote Zacarías. Lo anunciado por los profetas tiene su cumplimiento, ‘según lo predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas… ha suscitado una fuerza de salvación, que nos libra de nuestros enemigos’, con la que se realiza la misericordia de Dios que siempre se había manifestado con su pueblo, recordando la santa Alianza.

Bendice Zacarías a Dios, en cuya presencia se siente, de cuya misericordia se siente envuelto; Dios también había puesto sus ojos en él y el que Dios escuchara su oración, como le había dicho el ángel cuando la ofrenda del incienso allá en el templo era una manifestación de la misericordia divina; no eran sus méritos sino el amor misericordioso de Dios el que le había dado aquel hijo que iba a ser ‘el profeta del Altísimo’ para ir delante del Señor preparando sus caminos, anunciando al pueblo la salvación y el perdón de los pecados.

‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.

¿Será eso en verdad lo que bulle en nuestro corazón en esta inmediatez de la celebración de la Navidad? Así tenemos nosotros que estar cantando y bendiciendo a Dios. Ese era el sentido tan bonito que tenían aquellas misas de luz que en esta semana inmediata a la nochebuena celebrábamos con tanta alegría en nuestros pueblos en otros tiempos. Ese canto del primer villancico anunciando el nacimiento de Jesús en Belén que sonaba en nuestras noches o en nuestras madrugadas llamando a las misas de Luz era algo muy hermoso que por la imposición de las carreras de la vida moderna hemos pedido, al menos en mi tierra. Sé como en otros lugares se conservan las posadas para recordar esa peregrinación de María y José hasta Belén, o las novenas del niño Dios como ambientación y preparación de las familias y los vecinos que se celebran en algunos sitios son cosas bien hermosas.

Nos queda prepararnos y no solo estar preocupados por la cena familiar y la fiesta, con todo el sentido bonito que puede tener, o los regalos que ahora nos trae un viejito vestido de rojo, sino pensar en el gran regalo que vamos a recibir en esta próxima noche si en verdad dejamos que Jesús nazca en nuestro corazón y con ello nazca más y mejor en nuestro mundo.

¿Qué señal vamos a dar de que recibimos la visita de nuestro Dios que llega a nosotros con su misericordia y su salvación?

sábado, 23 de diciembre de 2023

Agradezcamos el nacimiento de Juan que nos recuerda con su palabra y su testimonio que Dios nos es propicio y sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor

 


Agradezcamos el nacimiento de Juan que nos recuerda con su palabra y su testimonio que Dios nos es propicio y  sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

Aunque por nuestro orgullo nos cuesta reconocerlo, a la larga agradecemos que haya habido alguien que nos haya dicho la verdad, que nos haya llamado la atención sobre cosas que hacíamos que no tenían mucho sentido, y a posteriori nos han hecho pensar. Nos sentimos heridos quizás en aquel momento, nos parecieron fuertes las palabras que nos dijeron, nos creíamos que no merecíamos esa corrección porque nosotros con buena voluntad estábamos haciendo lo que nos corregían. Nuestro amor propio en aquellos momentos se sintió mal y quizá no reaccionamos como deberíamos hacerlo. Muchas veces solemos pensar tarde lo que tendría que ser nuestro camino.

Eso sucedió con Juan el Bautista, cuyo nacimiento nos ofrece hoy el evangelio. Su palabra y su testimonio era fuerte, pero esa era su misión. ‘Como fuego de fundidor, como lejía de lavandero…’ había anunciado el profeta que sería aquel que venía con el poder y el espíritu de Elías ‘para convertir el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra’.

El fuego quema, la lejía abrasa, aparentemente duele y destruye, pero purifica y transforma. Era la voz fuerte que iba a sonar en el desierto para preparar los caminos del Señor, para que encontrara un pueblo bien dispuesto. ‘Para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra’, como nos dice hoy el profeta Malaquías.  Una corrección a tiempo nos salva de tropiezos posteriores. Es lo que hacen los padres con los hijos, aunque a los hijos no les guste que los corrijan; cómo nos rebelamos en nuestro interior, pero es necesario pasar por ese fuego, ser abrasados por esa lejía para enderezar muchas cosas que andan torcidas en la vida. Aunque hoy nos estamos haciendo una generación de enclenques y consentidos, y ya nadie nos puede decir nada. Pero ya sabemos que quien nos corrige nos ama.

Esa era la misión de Juan. Como decíamos, hoy nos ofrece el evangelio el momento de su nacimiento con la alegría que suscitó en su entorno – ‘Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella’ – y el relato del momento de la circuncisión que llevaba consigo la imposición del nombre.

Hoy los padres escogen para los hijos aquellos nombres que les gustan, que les llaman la atención, o que son de tradición familiar; en la antigüedad poner el nombre significaba algo más, era como destacar algo especial que había sucedido con su nacimiento o también venía a señalar lo que había de ser luego su vida. La gente quiere que el recién nacido se llame como Zacarías, su padre, no en vano era de raza sacerdotal y en su misión futura era como suceder a su padre en el sacerdocio del templo. Pero Isabel señala que su nombre ha de ser Juan, con la oposición de todos, hasta que preguntan por señas a Zacarías – aun estaba mudo desde la vuelta del templo y la aparición del ángel – que escribirá en una tablilla que ‘Juan es su nombre’.

¿Qué significaba el nombre de Juan? ¿Por qué era el empeño en que llevara ese nombre? Juan viene a significa ‘Dios es propicio’, ‘Dios se ha apiadado’, ‘Dios es misericordia’. ¿Qué había significado el nacimiento de Juan de aquellos padres ya mayores que tanto lo habían deseado? Ya las mismas gentes lo habían manifestado en su alegría por el nacimiento de aquel niño, cuya noticia había corrido por las montañas de Judea, ‘el Señor le había hecho una gran misericordia’.

¿No era esa también la misión de quien iba a ser el Precursor del Mesías? Invitar a la conversión como Juan iba a hacer era invitar a reconocer la misericordia del Señor; su palabra venía a señalarnos nuestros errados caminos, pero para que purificáramos nuestra vida en el fuego de la misericordia del Señor. ¿No sería eso también lo que a continuación Zacarías iba a cantar alabando y bendiciendo al Señor por el nacimiento de Juan? ‘El Señor ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto… para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.  Y señalará la misión de Juan, ‘a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’.

¿No es el significado del nombre de Juan, ‘Dios es propicio… y se ha apiadado con su misericordia’? Agradezcamos el nacimiento del Bautista y cómo sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Cuidado no nos entretengamos en navidad en cosas que no son tan esenciales y tengamos una fiesta de navidad sin vivir la visita de Dios a su pueblo que nos llega en Jesús

 


Cuidado no nos entretengamos en navidad en cosas que no son tan esenciales y tengamos una fiesta de navidad sin vivir la visita de Dios a su pueblo que nos llega en Jesús

2Samuel7, 1-5.9 -11.16; Salmo 88; Lucas, 1, 67-79

Cuando en la vida estamos esperando algo con ansia y muchos deseos y ya vemos como inminente la solución de aquellos problemas, por ejemplo, tenemos la seguridad de que en verdad a partir casi de ya las cosas van a ser distintas, ya estamos como pregustando el sabor de la victoria, la alegría que vamos a vivir en lo nuevo que va a comenzar.

Así, podríamos decir, nos sentimos en la mañana de estas vísperas de la navidad, que era como se sentía el anciano Zacarías con la llegada y nacimiento de su hijo, pero sobre todo por lo que se vislumbraba que iba a ser lo nuevo que iba a suceder. Se le había anunciado el nacimiento de un hijo y se le había dado a entender cual era la misión que tendría que realizar. No solo vive la alegría del nacimiento del hijo tan ansiado y esperado, sino el próximo cumplimiento de las promesas que los profetas habían anunciado a lo largo de los siglos.

Cuando ahora ya sus labios se despegan, después de aquel silencio como penitencial que había tenido que vivir por su falta de fe en las palabras del ángel, sus palabras son para bendecir a Dios. No bendice a Dios porque haya recobrado el poder hablar, sino bendice a Dios porque siente que Dios en verdad ha visitado a su pueblo. El pueblo creyente sabía leer su historia y reconocía en su fe, y así lo proclamaba continuamente recordando lo que era la historia de la salvación, que Dios había estado de su parte, se había hecho presente en el caminar peregrino del pueblo por el desierto y muchas veces había sentido su presencia que no le abandonaba, porque aunque una madre pueda abandonar al hijo de sus entrañas, Dios nunca abandona a su pueblo.


Es por lo que ahora Zacarías bendice a Dios. ‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas’.

Llegaba el tiempo de la visita de Dios a su pueblo. Aquel niño que acababa de nacer le llamarán ‘profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor, a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Ahí está Juan, el precursor del Mesías, como siempre la iglesia lo ha reconocido; profeta y más que profeta, como lo proclamaría el mismo Jesús que de él dirá que no ha nacido de mujer otro mayor que él.

Y a nosotros nos queda ahora, ya en estos momentos ya tan cercanos a la celebración del nacimiento de Jesús, escuchar una vez más la voz del Bautista para preparar los caminos del Señor. Es la visita de Dios a su pueblo lo que vamos a vivir y a celebrar. Ya estamos pregustando la alegría de su venida, de su presencia en medio de nosotros.

Pero cuidado, no nos confundamos, ante los sones de alegría que nos ofrece el mundo para celebrar la navidad. Es otra alegría más hondo, que no se queda en unos alegres cantos que incluso muchas veces pareciera que no tienen nada que ver con aquel nacimiento de Jesús en Belén, de lo que tiene que ser en verdad el nacimiento de Jesús hoy en nuestra vida y en nuestro mundo. No es simplemente una copa la que hemos de levantar para hacer un brindis, no son bonitas palabras con bonitos deseos lo que hemos de pronunciar, son las actitudes nuevas que tiene que haber en nuestro corazón.

Si nosotros tuviéramos que recibir a alguien en nuestro hogar con la mejor hospitalidad, ya buscaríamos formas para que nuestra acogida sea la mejor, para hacernos presentes a su lado en todo momento para que quien nos visita se sienta a gusto con nosotros y en nuestra casa, ya buscaríamos la forma de cómo mejor agradarle y ofrecerle lo mejor que tengamos con los mejores gestos de nuestro amor y amistad.

¿Qué es lo que en verdad estamos haciendo para acoger esa visita de Dios a nosotros, a nuestra familia, a nuestro mundo en esta celebración de la navidad? ¿No tendremos el peligro de entretenernos en cosas que no son tan esenciales y al final terminemos haciendo nuestra fiesta de navidad, pero arrimando a un lado esa presencia de Dios? ¿Sabremos sentir que Dios hoy, ahora, viene a nosotros en esas personas con las que nos podemos encontrar que muchas veces hasta rehuimos? Cuidado no celebremos navidad sin Jesús, navidad sin vivir la presencia de Dios.

viernes, 24 de diciembre de 2021

Con el cántico de Zacarías recordemos que Dios viene a visitar a su pueblo derramando su paz y su misericordia sobre los que aun andamos en caminos de sombras

 


Con el cántico de Zacarías recordemos que Dios viene a visitar a su pueblo derramando su paz y su misericordia sobre los que aún andamos en caminos de sombras

2Samuel, 7, 1-5.8-11.16; Sal, 88; Lucas, 1, 67-79

Las visitas son bien recibidas. Bueno tenemos un cierto de sentido de hospitalidad. Nos agrada recibir a alguien en nuestra casa. Nos desvivimos, queremos atender a quien llega a visitarnos de la mejor manera posible. Nos causa alegría y queremos dar lo mejor de nosotros mismos en la persona que llega a visitarnos.

En esta víspera de la navidad, cuando incluso ya en esta noche celebremos el nacimiento del Señor en lo que llamamos la nochebuena, en la mañana la liturgia de alguna manera quiere ayudarnos a que nos terminemos de preparar debidamente para dichas celebraciones en la conclusión de este camino que hemos venido  haciendo a lo largo de todo el Adviento. Nos quiere ayudar a que descubramos en verdad el misterio que celebramos para que no nos quedemos en lo bonito simplemente o en lo que se puede quedar en superficial o secundario. Y para ello tenemos las palabras de Zacarías.

Reflexionábamos en el nacimiento de Juan que las gentes de la montaña se preguntaban qué iba a ser aquel niño. Habían, es cierto, visto cosas maravillosas en torno a su nacimiento. Confesaban incluso que Isabel se había visto iluminada por la misericordia del Señor cuando le había concedido aquel hijo ya en su vejez. Se admiraban del nombre que se había escogido y se sentían en cierto modo sobrecogidos en la mudez del Zacarías desde que había regresado de su oficio de la ofrenda del templo. Pero no eran capaces de llegar más allá. Hacía falta otra visión, otra mirada, una luz que hiciera comprender. En las Palabras de Zacarías está la respuesta.

Cuando Zacarías prorrumpió a hablar después de señalar el nombre del niño lo hace con un cántico de alabanza al Señor. ‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo…’ Es la visita de Dios a su pueblo. Lo volverá a recordar al final del cántico. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.


Aquí está la respuesta y la revelación del misterio de Dios.  ‘Ha visitado y redimido a su pueblo… nos visitará el sol que nace de lo alto’. Es lo que vamos a celebrar. Es lo que verdaderamente es la Navidad. Seamos conscientes de ello. Dios que nos visita. En medio de nuestras sombras, en medio de nuestros problemas, en medio de las angustias que vivimos, en medio de esas desesperanzas y cansancios con que vivimos la vida, viene Dios a nosotros, viene Dios a visitarnos. Es la maravilla.

No nos quedemos en lo externo, no nos quedemos en bonitas canciones que al final no nos dicen nada, no nos quedemos en músicas que nos adormecen, descubramos la luz que nos viene, descubramos al sol que nace de lo alto, descubramos a Dios que viene a hacerse presente en nuestra vida, en nuestro mundo, en mí, en tí, en cada corazón. Abramos las puertas a Dios, no nos distraigamos con cosas que no son tan necesarias, despertemos de costumbres y rutinas que al final nos desengañan. Para cuántos la navidad es dura porque está llena de nostalgias. No han descubierto el verdadero sentido de la navidad.

No nos vamos a extender, pero decíamos en las palabras del Cántico de Zacarías estaba también la respuesta a la pregunta que se hacía la gente. ‘A tí, niño – y se estaba refiriendo a su hijo Juan – te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Ahora recordamos, pues, la misión del Bautista y lo que le veremos hacer en el desierto a la orilla del Jordán. Es lo que hemos venido escuchando y que a nosotros también nos hace el mismo anuncio de salvación, de perdón, de misericordia, de paz.

Es la forma en que hemos de entender la navidad y en que hemos de prestarnos para celebrarla. Es la visita de Dios, Emmanuel, Dios con nosotros, que nos trae la vida y la salvación.

jueves, 24 de junio de 2021

La alegría con que celebramos la natividad del Bautista nos tendría que conducir a un silencio de desierto para en estos momentos de la vida escuchar el susurro de Dios

 


La alegría con que celebramos la natividad del Bautista nos tendría que conducir a un silencio de desierto para en estos momentos de la vida escuchar el susurro de Dios

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26;  Lucas 1, 57-66. 80;

Celebramos hoy la fiesta de la Natividad de Juan Bautista, que había venido para dar testimonio de la luz y para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto. No era él la luz sino el que venía a ser testigo de la luz, no era la Palabra sino la voz que anunciaba y nos preparaba para escuchar al que era en verdad la Palabra de Dios, no era el Mesías ni se consideraba un profeta – aunque Jesús nos dijera que no había ningún profeta mayor que él - sino que era el anunciado por los profetas que venía a preparar los caminos del Señor. Es lo que hoy estamos celebrando.

Una fiesta que nos llena de alegría como su nacimiento llenó de alegría las montañas de Judea, porque algo asombroso estaba sucediendo y cuando los vecinos de Isabel se enteraron de la noticia la felicitaban y hacían que corriera la noticia con gran alegría por todas las montañas de Judea. Con la misma alegría nosotros seguimos celebrando su nacimiento y en este día por donde se haya anunciado el evangelio de Jesús todos hacen fiesta y se llenan de alegría en el nacimiento del que había de ser el precursor del Mesías, el que venía a preparar los caminos del Señor preparando un pueblo bien dispuesto para el Señor.

Hechos portentosos rodean su nacimiento desde el anuncio que el ángel Gabriel hiciera a Zacarías en el templo. Muchas habían sido las oraciones de aquella pareja ya ancianos pidiendo un hijo al Señor, pero cuando el ángel del Señor viene a anunciarlo al sacerdote Zacarías que estaba en el servicio del templo en la ofrenda del incienso, a éste le cuesta entender los planes del Señor que están por encima de nuestros planes y se realizan por caminos que a nosotros nos parece imposible recorrer, y se queda mudo hasta el nacimiento y la circuncisión de su hijo.

Algunas veces tenemos que aprender a hacer silencio ante los planes de Dios. Caminamos desde nuestras lógicas y baremos humanos pero cuando el Señor en su gracia quiere manifestársenos quizá trastrueque esos planteamientos nuestros y es cuando tenemos que saber dejarnos conducir por la fe y el amor de Dios. Pueden parecernos tortuosos y difíciles de transitar esos caminos que se abren delante de nosotros pero hemos de saber tener la visión de la fe que llena de confianza nuestro corazón; en fin de cuentas tener fe es lo mismo que poner toda nuestra confianza en aquel en quien creemos.

Y esos caminos que nos pueden parecer difíciles tendrán una salida y se pueden convertir para nosotros en una nueva luz para nuestra vida. Parecía imposible que unos ancianos pudieran engendrar un hijo pero por encima siempre está la fuerza y la gracia del Señor. Ese fue el silencio en que tuvo que permanecer Zacarías hasta que asumió plenamente el camino que le señalaba el Señor. Cuántas cosas rumiará en su corazón en ese tiempo de silencio que le haría prorrumpir luego en ese hermoso cántico de alabanza y acción de gracias a Dios después del nacimiento de su hijo reconociendo como Dios en su misericordia había querido visitar a su pueblo. En esos caminos que nos pueden parecer oscuros pero recorridos con fe descubriremos la visita de Dios a nuestra vida.

Allá estará Juan en el desierto precisamente para ayudarnos a preparar los caminos del Señor. Su voz sonará fuerte y desde todos los rincones de Palestina llegarán hasta las orillas del Jordán todos aquellos que sienten la inquietud en su corazón por los tiempos de gracia que han de llegar. Es solo una voz que da testimonio, una voz que llama la atención y señala los caminos de la vida que hemos de enderezar. Jesús en la sinagoga de Nazaret señalará que el tiempo de la gracia y de la amnistía ha llegado, pero Juan invitando a la penitencia nos hará reconocer que somos pecadores, que estamos necesitados de esa amnistía y de ese perdón sumergiéndonos en las aguas purificadoras del Jordán pero con la promesa de que un día habremos de ser bautizados con el Espíritu santo. Son los caminos oscuros de nuestra vida que tenemos que enderezar y hacer iluminar con esa luz de la que Juan nos quiere dar testimonio.

Cuando hoy estamos llenos de alegría celebrando su fiesta ¿no tendrían que abrirse los oídos de nuestro corazón para escuchar esa voz que clama en el desierto? ¿No nos habrá enseñado este tiempo tan especial que hemos vivido que nos ha llenado de tantas incertidumbres y sombras a ir al desierto para hacer silencio en nuestro corazón y escuchar la Palabra que ilumine con sentido nuevo nuestra vida? Nos ha costado recluirnos y vernos obligados a muchos silencios; no nos gustan los silencios porque tenemos miedo a que nos grite el corazón, pero tenemos que saber hacer silencio para escuchar también ese susurro de Dios que puede llegar a nuestra vida y que entre los ruidos del mundo no podríamos escuchar.

Silencio como el de Zacarías, silencio como el de Juan en el desierto, silencio en nuestro corazón para escuchar el susurro de Dios.

 

lunes, 24 de diciembre de 2018

Si Dios viene a visitar a su pueblo trayéndonos la redención y la paz, vivamos ya para siempre el compromiso de esa fraternidad y armonía entre todos


Si Dios viene a visitar a su pueblo trayéndonos la redención y la paz, vivamos ya para siempre el compromiso de esa fraternidad y armonía entre todos

Lucas, 1, 67-79
‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, peque ha visitado y redimido a su pueblo’. Eran las palabras con las que Zacarías inició su cántico de alabanza y bendición al Señor después del  nacimiento de Juan habiendo recuperado el habla.
Turbado su corazón se había llenado de dudas, no porque no tuviera fe sino porque cuanto el ángel le señalaba le sobrepasaba y no terminaba de entenderlo, cuando se le manifestó allá en el templo mientras hacia la ofrenda del incienso. Se había quedado mucho sin poder proferir palabras. Por señas quiso explicarse al pueblo que esperaba fuera de la cortina inquieto al ver su tardanza en la ofrenda, y de la misma manera se habría expresado con Isabel su mujer.
Al imponerle el nombre al niño, aún lo había expresado escribiéndolo en una tablilla – ‘Juan es su nombre’, como también lo había señalado Isabel -, pero pronto sus labios se soltaron y comenzó el cántico de alabanza al Señor.
El Señor visitaba y redimía a su pueblo. Ya hemos comentado que aquella visita de María a la Montaña había sido la visita de Dios. Pero aquella visita no se quedaba reducida al ámbito de aquella casa y aquel hogar allá en la montaña de Judea, sino que era la visita de Dios a su pueblo. Allí estaba aquel ‘niño, profeta del Altísimo, que iría delante del Señor para preparar sus caminos, para anunciar al pueblo la salvación por medio del perdón de los pecados’.
Es lo que vamos a celebrar; es lo que significa el misterio de la Navidad que nos disponemos a vivir. ‘Hoy sabréis que vendrá el Señor y mañana veréis su gloria’, dice una de las antífonas de la liturgia de las horas. Esta noche los ángeles cantarán en los alrededores de Belén la gloria del Señor, y amaneceremos en un día radiante de luz, porque nos ha llegado el Salvador.
Todo será alegría y jubilo. El mundo entero se viste de fiesta y las luces resplandecen por doquier porque es Navidad, es la Navidad del nacimiento del Hijo de Dios hecho carne, es el Emmanuel ya para siempre Dios entre nosotros, es la Aurora de la salvación porque amanece un nuevo día, el día del Señor.
‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para dirigir nuestros pasos por el camino de la paz’. Así cantaba aquel día Zacarías bendiciendo al Señor. Así queremos nosotros cantar con los ángeles la gloria del Señor porque para nosotros, para la humanidad llega para siempre la paz.
Es lo que queremos vivir haciéndolo compromiso de nuestra vida. No son utopías, son realidades si nosotros queremos. Con Jesús llega la salvación y la paz, de nosotros los hombres depende ahora que queramos recibir esa salvación y vivir en esa paz. Nuestra historia está llena de sombras porque no siempre hemos sabido responder, porque tantas veces hemos preferido la guerra a la paz, el odio al amor, el egoísmo a la solidaridad.
Hoy vamos a hacer muchos gestos de cercanía, de amor, de paz, de fraternidad, porque nos queremos unir las familias, los amigos queremos sentirnos cercanos, todos los hombres queremos sentirnos en una misma fraternidad, porque al menos por una noche queremos enterrar el hacha de la guerra para vivir en paz. Pero que no se quede en el gesto de un día; si un día podemos llegar a vivirlo es señal de que lo podemos vivir siempre.
Por eso navidad tiene que ser un compromiso para nuestra vida. Dios nos viene a visitar para traer la paz y el amor a nuestros corazones; El nos ofrece su perdón, pero también su fuerza y su gracia para que podamos realizarlo.


sábado, 23 de diciembre de 2017

El nacimiento de Juan es también un signo para nosotros para que no nos distraigamos con cosas superfluas y abramos las puertas a Dios que viene a visitar a su pueblo en esta Navidad

El nacimiento de Juan es también un signo para nosotros para que no nos distraigamos con cosas superfluas y abramos las puertas a Dios que viene a visitar a su pueblo en esta Navidad

Malaquías 3,1-4.23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

‘¿Qué va a ser de este niño?’ se preguntan las gentes de la Montaña ante el nacimiento de Juan y todo lo sucedido en su entorno. Sus padres eran mayores y de todos era conocida la esterilidad de Isabel, que ahora aparece embarazada. Algo había sucedido en el templo, porque desde el regreso de Zacarías después de cumplir su turno no había podido articular palabra. Ahora en el momento de la circuncisión y de la imposición del nombre quieren que se llame como Zacarías, su padre, pero la madre insiste en que se ha de llamar Juan y es el nombre que el padre escribe en una tablilla cuando le preguntan. Pero lo más sorprendente es que de nuevo ha recobrado el habla y prorrumpe en un cántico de alabanza y bendición a Dios que ellos no terminan de entender. ‘¿Qué va a ser de este niño?’, se preguntaban porque era palpable que ‘la mano de Dios estaba sobre él’.
‘La mano de Dios estaba sobre él’. El ángel le había anunciado a Zacarías el nacimiento de un hijo que iba a ser un signo muy importante para la llegada del Mesías. Ahora Zacarías le llamará ‘profeta del Altísimo, porque irá delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Era lo anunciado por el profeta. Vendría alguien con el espíritu y el poder de Elías para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto.
Dios visitaba a su pueblo. La misericordia de Dios se derramaba sobre su pueblo y sobre todos los hombres porque llegaban días de salvación. Era el cumplimiento de la Alianza que ahora se iba a establecer de una manera más definitiva y eterna. Y Juan había de preparar esos caminos. Será la voz que gritará en el desierto invitando a la conversión para hacerse digno de la salvación, aunque él diría que no se consideraba digno ni de desatarle la correa de la sandalia del que iba a venir. Todo aquello que ahora está sucediendo en torno al nacimiento de aquel niño era ya un signo de la salvación que llegaba.
Y nosotros, ahora, en las vísperas ya de la celebración de la Navidad recordamos y contemplamos el nacimiento de Juan que ha de ser signo también para nosotros de la salvación que llega. Como Juan, ya desde su nacimiento, fue voz que anunciaba al Mesías y Salvador para cumplimiento de las promesas, ‘todo lo predicho desde antiguo por la boca de los santos profetas’ ahora nosotros hemos de estar atentos a las señales de la llegada del Salvador a nuestra vida.
Atentos porque quizá hemos rodeado a nuestra navidad de muchas cosas superfluas y que nos distraen y pase la Navidad, entre muchas alegrías, muchas fiestas y muchos jolgorios, y no seamos capaces de darnos cuenta de cómo Dios quiere ahora también visitar a su pueblo. Celebrar la Navidad de verdad tendría que hacernos conscientes de esa visita de Dios a nuestra vida con su salvación. Claro que hemos de ser conscientes de que necesitamos de esa salvación, pues nos pudiera suceder que creyéramos que no la necesitamos.
Abramos las puertas para recibir al Señor que viene. Como escucharemos en Belén algunas puertas se cerraron y no había sitio para ellos, como nos dice el evangelio. No dejemos pasar de largo esta oportunidad de salvación y vida nueva. Cuidemos de celebrar Navidad de verdad con Jesús. Que haya sitio en nuestro corazón, en nuestro hogar, en nuestro mundo. Nuestra manera de celebrar la Navidad ha de convertirnos en signos y profetas en medio del mundo hoy.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Bendigamos al Señor que viene a visitarnos con su gracia y no cerremos las puertas de nuestra posada para recibirle y poder cantar la gloria del Señor

Bendigamos al Señor que viene a visitarnos con su gracia y no cerremos las puertas de nuestra posada para recibirle  y poder cantar la gloria del Señor

2Sam. 7, 1-5.8-11.16; Sal. 88; Lc. 1, 67-79
‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación según lo predicho desde antiguo por la boca de sus santos profetas…’
Así prorrumpió en alabanzas y bendiciones a Dios el anciano Zacarías en el nacimiento de Juan a quien llamaremos el Bautista. Sentía como las promesas se cumplían. ‘Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Llegaba la hora de la salvación. Aquel niño era el precursor, la aurora que anuncia la luz del sol de lo alto que va a comenzar a brillar.
Su misión preparar los caminos del Señor. Porque el Señor visitaba a su pueblo; Dios para siempre iba a ser Emmanuel, Dios con nosotros. Y en esa visita de Dios nos venía la salvación, se derramaba sobre nosotros el amor, la misericordia del Señor iba a envolver la tierra para siempre.
Era el momento de un tiempo nuevo. Llegaba la plenitud de los tiempos. El Reino de Dios por fin comenzaría a implantarse sobre la tierra, porque llegaba el tiempo de la liberación anunciada por los profetas. Una luz nueva iba a brillar sobre los hombres de una vez para siempre. Juan no era la luz, sino el testigo que nos señalaba donde está la luz. Juan no era el salvador sino el que iba a señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.
Y nosotros hoy, ya en el último día de nuestro camino de Adviento, sentimos ya cercana esa presencia del Señor. Esta noche contemplaremos ya el resplandor de su luz y podremos comenzar a cantar la gloria del Señor. Viene el Señor, ya está ahí, esta noche contemplaremos su nacimiento y nos gozaremos con toda la Iglesia y con toda la humanidad. El Señor visita a su pueblo y nos llega la salvación, y los hombres de buena voluntad nos sentimos inundados de paz, y comenzaremos a gustar lo que es el amor infinito de Dios que nos entrega a su Hijo.
No nos queda sino escuchar una vez más la voz de Juan que nos invita a preparar el camino del Señor, a convertir de verdad nuestro corazón a Dios. Cuidemos que nada nos distraiga para que estemos atentos a la llegada del Señor a nuestra vida. Viene a nosotros de una forma concreta en lo que es el hoy de nuestra vida y en este mundo concreto en que vivimos.
Pero cuidado que las cosas externas y superficiales nos impidan ver la verdadera luz; cuidemos que vayamos a celebrar Navidad pero no lleguemos a sentir y vivir la presencia del Señor que nos visita y quiere aposentarse en nuestra vida. Cuidado que no andemos con las puertas de la posada de nuestra vida cerradas porque estemos entretenidos en otras cosas y el Señor pueda pasar de largo.
Como dice la liturgia de la mañana del veinticuatro de diciembre: ‘Hoy sabréis que viene el Señor y mañana contemplaréis su gloria’.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Gracias, Señor, porque en tu misericordia has visitado a tu pueblo con el nacimiento de Jesús iluminando nuestras vidas y llenándonos de la paz de la salvación

Gracias, Señor, porque en tu misericordia has visitado a tu pueblo con el nacimiento de Jesús iluminando nuestras vidas y llenándonos de la paz de la salvación

Lucas, 1, 67-80
Estos días fui a visitar a un sacerdote mayor, bastante anciano, que me recibió con muy buena acogida y estuvimos largo rato charlando, y al final de la visita cuando ya me marchaba me dijo con mucha emoción ‘gracias por la visita’. Realmente he de reconocer que muchas veces en mi ministerio cuando visitaba a los enfermos y a los ancianos la mayoría de ellos, por no decir todos, se expresaban siempre con el mismo sentimiento de gratitud. ‘Gracias por la visita’.
Me vais a decir que no descubro nada nuevo porque es de bien nacidos el ser agradecidos como dice nuestro refranero popular. Es hermoso que en la vida seamos agradecidos; es hermoso que seamos agradecidos los unos con los otros cuando nos visitamos o nos prestamos cualquier servicio. ¿Por qué comienzo mi reflexión con estos comentarios?
Si nos fijamos en el evangelio que en esta mañana del ultimo día del Adviento hemos escuchado esas son las palabras que escuchamos en boca del anciano sacerdote Zacarías. ‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo’. Dios le había concedido un hijo en su vejez; el ángel del Señor le había explicado cual era el sentido y la misión del niño que nacía, que venia ‘con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con los hijos… y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’. Aquel nacimiento de Juan a quien íbamos a llamar el Bautista era la señal de la visita de Dios a su pueblo, ‘suscitando una fuerza de salvación como lo había prometido desde antiguo por medio de sus santos profetas’.
Terminará su cántico proclamando una vez más ‘por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará un sol que nace de lo alto para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte y para dirigir nuestros pasos por el camino de la paz’. Es el canto de agradecimiento al mismo tiempo que el anuncio de aquel que va a nacer, ‘sol que nace de lo alto’ y que es la visita definitiva de Dios para traernos la luz, la paz, la salvación.
Ya estos días pasados hemos reflexionado también sobre esa visita de Dios que veíamos significada en la visita de María a su prima Isabel. Y es para lo que ahora nosotros, ya en este ultimo día del Adviento, queremos seguir preparándonos, para esa visita de salvación que tiene que significar la navidad en nuestra vida.
Si Zacarías era capaz de bendecir y dar gracias a Dios porque estaba viendo esa visita salvadora de Dios en el nacimiento de su hijo, ‘el profeta del Altísimo que irá delante del Señor para preparar sus caminos, para anunciar a su pueblo la salvación con el perdón de los pecados’, cuánto más nosotros que ya tenemos a Jesús tenemos que saber dar gracias a Dios por su visita de amor. ‘Gracias, Señor, por tu visita’, tenemos nosotros también que saber decirle al Señor. 

miércoles, 24 de junio de 2015

Alegría en el nacimiento de Juan, la voz que nos anuncia la Palabra y nos prepara para encontrar al que es Camino, Verdad y Vida

Alegría en el nacimiento de Juan, la voz que nos anuncia la Palabra y nos prepara para encontrar al que es Camino, Verdad y Vida

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos, 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80
‘Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban… corrió la noticia por la montaña de Judea y todos se llenaron de alegría bendiciendo a Dios’. Así nos describe el evangelio el gozo de la gente en el nacimiento de Juan. Imagen quizá también de la alegría que se vive en nuestros pueblos en la fiesta del Bautista, unida a muchas tradiciones ancestrales, muchas veces llenas de magia y con residuos de paganismo, pero que hemos de saber reconducir en nosotros para vivirlo con pleno sentido.
Los vecinos y parientes veían una bendición del Señor en el nacimiento de aquel niño en unos padres ya mayores. Zacarías que había escuchado al ángel y había recibido la revelación del Señor podía con mucha mayor hondura comprender el significado del nacimiento de su hijo y encontrar los verdaderos motivos para la acción de gracias al Señor. Nosotros, conocedores también de la revelación del Señor al conocer su palabra, hemos de encontrarle también el verdadero sentido de la fiesta y de la alabanza al Señor.
‘Será grande a los ojos del Señor’, le había dicho el ángel a Zacarías, porque vendría ‘con el espíritu y el poder de Elías preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Ya lo había anunciado el profeta Malaquías. ‘Enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor grande y terrible. Convertirá el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres…’ Es lo que ahora le ha repetido el ángel a Zacarías en el templo.
Es la misión del bautista, preparar los caminos del Señor. ‘A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a los pueblos la salvación, el perdón de los pecados’, cantaría Zacarías cuando se le soltó la lengua y bendecía al Señor.
Así bendecimos a Dios en el nacimiento de Juan. La liturgia nos lo sitúa en este día, seis meses antes del nacimiento de Jesús para indicarnos también en nuestra celebración su misión y cómo nosotros hemos de prepararnos para el nacimiento de la salvación. Juan es la voz y nosotros esperamos la Palabra que nos anuncia; Juan es el precursor que nos señala los caminos y nosotros hemos de encontrar el verdadero camino que será encontrarnos con Jesús; Juan es el profeta que denuncia el mal y señala el camino de la verdad, para que nosotros nos purifiquemos y encontremos al que es la Verdad y la Vida y así nos llenemos de su salvación.
Celebremos al Bautista que vino a purificar los corazones, nosotros que hemos sido ya bautizados en el verdadero bautismo que nos solo nos purifica sino que nos da nueva vida. Juan fue testigo de la teofanía divina que señalaba a Jesús desde el cielo como el verdadero Hijo de Dios lleno del Espíritu Santo; nosotros podemos sentir esa teofanía en nosotros porque también el Espíritu divino se ha derramado en nuestros corazones llenándonos del amor y de la vida de Dios que a nosotros también nos hace hijos.
¿Queremos mayores motivos para la alegría y para la fiesta? Es que estamos contemplando como se derrama sobre nosotros la misericordia del Señor; Juan es el anuncio de de esa entrañable misericordia de Dios que se derrama sobre nosotros porque nos visita la luz que nace de lo alto y viene a iluminar nuestras tinieblas para que para siempre tengamos la luz de Dios en nosotros.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria

Hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria


‘Hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria’. Es la primera antífona que se reza hoy 24 de diciembre en el Oficio Divino. Es el último anuncio de su venida, porque esta noche celebraremos la Navidad, celebraremos la venida del Señor y contemplaremos su gloria.
Pero seguimos esperando. Seguimos esperando porque todavía hoy estamos en Adviento. Seguimos esperando porque nuestra vida es un contínuo adviento. ¿No gritamos todos los días en la aclamación de la plegaria eucaristía ‘¡Ven, Señor Jesús!’? ¿No pedimos en la oración con la que prolongamos el padrenuestro cada día en la Eucaristía que ‘esperamos la venida de nuestro Salvador Jesucristo’?
Celebramos la venida del Señor y tenemos que hacer viva nuestra Navidad preparando todo nuestro corazón para que nazca Dios en nosotros y comencemos de verdad una nueva vida. Pero seguimos pidiendo que venga el Señor cada día a nuestra vida envuelta en problemas, tormentas, dificultades, luchas, tentaciones, pecados. Y queremos sentir cada día la presencia del Señor que nos fortalece, nos da vida, nos ayuda, nos hace sentir su gracia que nunca nos abandona.
Hoy en el evangelio hemos escuchado una vez más el cántico de Zacarías que tantas veces nos ha servido y nos sigue sirviendo de oración. Bendecimos a Dios que nos visita con su salvación, que cumple sus promesas y derrama su misericordia sobre nosotros. ‘Nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas… para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.
Necesitamos esa luz, pedimos esa luz. Escuchamos a Juan, el profeta el Altísimo, que viene delante del Señor preparando sus caminos. Queremos preparar los caminos de nuestra vida. Queremos abrir caminos de Dios en nuestra vida. Queremos que el Señor llegue a nosotros con su salvación, con su misericordia, con su perdón, con su paz.
¡Cuánto lo necesitamos! Preparemos el corazón para que seamos en verdad morada de Dios en medio de los hombres. Hemos de ser testigos de la presencia de Dios en medio de nosotros, en medio de nuestro mundo que tanto necesita la paz que nos trae Jesús. Es el anuncio que esta noche vamos a escuchar; pero es el anuncio que nosotros también tenemos que hacer.

martes, 24 de diciembre de 2013

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visita el sol que nace de lo alto

2Sam. 7, 1-5.8-11.16; Sal. 88; Lc. 1, 67-79
‘Juan es su nombre’ escribió Zacarías en un tablilla ante la pregunta insistente de todos sobre el nombre del niño, ‘e inmediatamente se le soltó la boca y la lengua’ -  recordamos que había permanecido mudo desde el anuncio del ángel en el templo - ‘y empezó a hablar bendiciendo a Dios’. Como nos ha dicho hoy el evangelio ‘lleno del Espíritu Santo comenzó a profetizar’, bendiciendo y alabando a Dios.
Largos nueve meses en silencio habían dado para mucho meditar y abrir su corazón a Dios. Ahora estaba lleno de Dios, ‘lleno del Espíritu Santo’, y todo aquel misterio que no comprendía se le había revelado en su corazón. Cuánto nos ayuda hacer silencio en nuestro interior alejándonos de tantos ruidos exteriores que nos aturden y ensordecen para poder escuchar de verdad a Dios en el corazón. En aquel silencio de su corazón Zacarías descubrió bien el misterio de Dios que primero tanto le había costado entender y al que ahora canta y bendice. Cómo tendríamos que aprender a hacer ese silencio en nosotros para abrir de verdad nuestro corazón a Dios que viene a nosotros con su salvación.
Estamos en el eje entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Se acaban los tiempos antiguos de la promesa y comienza un tiempo nuevo que es el de la gracia donde se va a manifestar la misericordia y el amor de Dios. Todas aquellas promesas antiguas, ‘todo lo predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas’ ahora tienen su cumplimiento.
‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte; para guiar nuestros pasos en el camino de la paz’. Canta y bendice proféticamente Zacarías a Dios.  Llega la hora de la salvación y de la gracia. Dios viene a visitar a su pueblo para quedarse con El. El que llega es el Emmanuel anunciado por los profetas, que será ya para siempre Dios con nosotros.
Aquella Alianza del Antiguo Testamento llega ahora a su plenitud en la Nueva Alianza que se va a constituir. Llega el momento es que nos veremos libres de las tinieblas de la muerte y del pecado; se va a manifestar la misericordia del Señor que nos liberará para siempre del pecado para llenarnos de la gracia y de la vida. Se alejan de nosotros los temores porque podemos alcanzar la verdadera libertad. El que viene ‘es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian’, el que viene nos concede que ‘libres del temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos en santidad y justicia, en su presencia todos los días’.
Aquel niño que ahora porta en sus brazos lleno de gozo Zacarías es el que viene como ‘profeta del Altísimo, porque irá delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Es el precursor cuya voz gritará en el desierto preparando los caminos del Señor. Es la misión que Juan va a realizar allá en el desierto invitando al bautismo de conversión para preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor.
La liturgia en este día nos proclama ‘hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria’. Es lo que estamos viviendo en esta mañana en estas vísperas del nacimiento del Señor. Hoy tenemos la voz profética de Zacarías que nos invita a bendecir al Señor porque llega la salvación, llega el Salvador y podemos contemplar la gloria del Señor. Bendecimos, sí, al Señor con el cántico de Zacarías porque sentimos cómo  nos visita el Señor para traernos la salvación y la redención, ‘suscitándonos una fuerza de salvación’, en cumplimiento de las antiguas profecías.

No nos queda sino orar una vez más con insistencia como lo hacíamos en la oración litúrgica: ‘Ven, Señor, no tardes, que tu venida consuele y fortalezca  a los que lo esperan todo de tu amor’. En El hemos puesto toda nuestra esperanza que ahora la vemos cumplida. Llenémonos de su Salvación para que vivamos intensamente la fiesta grande de la Navidad del Señor.

lunes, 24 de diciembre de 2012


El Señor ha visitado a su pueblo

2Samuel 7, 1-5.8-11.16; Sal. 88; Lc. 1, 67-79
‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo… por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos ha visitado el sol que nace de lo alto…’ Es el cántico de Zacarías tras el nacimiento de su hijo Juan. Había quedado mudo por sus dudas cuando la aparición del ángel. Pero en su corazón se había ido agrandando la fe y ahora cuando se le suelta la lengua prorrumpe en alabanzas al Señor.
Fijémonos en el sentido hermoso de este cántico de Zacarías que además nos puede ayudar a nosotros en este momento en que ya esta noche vamos a celebrar el nacimiento de Jesús. ‘Dios ha visitado y redimido a su pueblo’, nos lo repite por dos veces. Viene el Señor a visitar a su pueblo para liberarlo de todo temor, para llenar los corazones de paz. Nada ya tendría que separarnos del amor de Dios que se nos manifiesta. Los enemigos serán derrotados, las tinieblas disipadas, el temor alejado de nuestros corazones, la paz ha de brillar para siempre en nuestra vida y para todos los hombres. Va a comenzar un tiempo nuevo porque viene el Señor con su salvación.
Teniendo a su hijo recién nacido en sus brazos - era el momento ritual de la circuncisión en que se le imponía el nombre - al niño van dedicadas pocas palabras como diciéndole cuál es la misión para la que ha venido. Será el profeta del Altísimo, el precursor, el que va delante preparando los caminos, siendo pre-evangelio porque irá dando la noticia de que viene Dios a visitar a su pueblo. Es lo que hemos venido considerando a lo largo de este tiempo de Adviento y las palabras que le hemos ido escuchando a Juan nos invitaba a la conversión porque se nos anunciaba a quien venía a traernos el perdón de los pecados.
Para eso nos hemos venido preparando. Llega el momento de la venida pero por nuestra parte de la acogida. Cuando alguien viene llamando a la puerta de nuestra casa lo hacemos pasar y le ofrecemos nuestra hospitalidad. Nuestras puertas no se pueden cerrar. Esta noche vamos a ver que en Belén algunas puertas se cerraron porque siempre está la disculpa de que no hay sitio, de las incomodidades que nos pueden provocar los que nos llegan a nuestra puerta, como siempre que estamos poniendo disculpas para Dios. Pero tras este camino que hemos ido realizando de preparación si lo hemos hecho con toda seriedad llega el momento de abrir nuestras puertas.
Estos días hemos escuchado en los salmos ‘portones alzad vuestros dinteles’, que se ensanche, que se agranden, ‘que se alcen las antiguas compuertas porque va a entrar el rey de la gloria’. Que se ensanche nuestro corazón, que lo tengamos siempre bien abierto para recibir al Señor. Hemos ido queriendo quitar todos los obstáculos como hemos querido enderezar nuestros caminos quitando todo lo abrupto que hubiera en nuestra vida a causa del pecado.
Ahora tiene que estar bien abierto nuestro corazón. ‘Ya se cumple el tiempo en el que Dios envió a su Hijo a la tierra’, como decíamos en la antífona del comienzo de la celebración. Veremos la gloria del Señor, contemplaremos el resplandor de su luz. Ya vamos a sentir su luz para siempre porque tenemos la certeza de que Dios está con nosotros. Ha venido y ha redimido a su pueblo. Comienza el tiempo de la salvación.
Como hemos pedido en la oración litúrgica del día ‘ven, Señor, y no tardes, para que tu venida consuele y fortalezca a los que esperan todo de tu amor’. Viene el Señor con su paz. Escucharemos cantar a los ángeles esta noche anunciándonos la paz que con la venida del Señor llega a nosotros. Que vivamos en esa paz en nuestros corazones, que construyamos esa paz en nuestras mutuas relaciones, que trabajemos para que haya en el mundo verdadera paz. Si sentimos de verdad la presencia del Señor podremos lograrlo.

domingo, 24 de junio de 2012


El Señor nos ha hecho una gran misericordia y nos felicitamos en el nacimiento de Juan
Is. 49, 1-6; Sal. 138; Hechos, 13, 22-26; Lc. 1, 57-80

‘Se enteraron los vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia y la felicitaban’. Todos se alegran con el nacimiento de aquel niño. Se manifestaba la misericordia del Señor. En aquella mujer, Isabel, a la que Dios le concedía ser madre. Se manifestaba la misericordia del Señor. Por la entrañable misericordia del Señor Dios visitaba a su pueblo. Necesariamente aquel niño había de llamarse Juan.

‘A los ocho días fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo Zacarías, como su padre. Pero su madre dijo: no, se llamará Juan’; se llamará Juan porque en este niño se está manifestando el Dios siempre misericordioso. No podía tener otro  nombre. Estaba ya puesto en la misericordia de Dios que en él se manifestaba. ¿No se alegraban y felicitaban por el nacimiento de aquel niño porque Dios había hecho misericordia con aquella madre, porque se estaba manifestando la misericordia de Dios que visitaba a su pueblo?  Ese era el significado del nombre. En hebreo los nombres tenían un significado y venían a manifestar lo que Dios realizaba o iba a realizar en el niño a quien se le imponía aquel nombre. En hebreo Juan significa: Dios es misericordioso, Dios se ha apiadado. 

Lo iba a corroborar Zacarías cuando le preguntan. No puede hablar porque por desconfiar del ángel del Señor allá en el templo se había quedado mudo. ‘El pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre’. Pero se le soltará la lengua. Comenzará a cantar la alabanza del Señor. Dios ha visitado a su pueblo. Bendito sea el Señor Dios de Israel. Las promesas de Dios se cumplen. Todo lo anunciado por los profetas se está ya realizando. La misericordia del Señor se está derramando sobre su pueblo y nos llega la salvación.

Llega el que viene con el espíritu y el poder de Elías. Lo había dicho el ángel en su aparición en el templo. El niño que nace en las montañas de Judea está ya lleno del Espíritu del Señor. El ángel se lo había anunciado a su padre, y la visita de María a Isabel había hecho que el niño saltará de alegría en su seno, porque sentía ya allí en el seno de María al que venía a ser nuestro Salvador y Juan ya se llenaba de la gracia del Espíritu del Señor. ‘En cuanto tu saludo llego a mis oídos la criatura empezó a dar saltos de alegría en mi seno’, dirá Isabel. Fue santificado ya en el seno de su madre en la visita de María.

El Señor manifiesta su amor y misericordia por su pueblo y se acuerda de su santa Alianza. Llega el profeta del Altísimo que viene a preparar un pueblo bien dispuesto anunciando la salvación que llega; Dios se va a hacer presente en medio de su pueblo. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y sombras de muerte’. El nacimiento de Juan se convierte en Buena Noticia para todo el pueblo porque nos anuncia la llegada de Jesús con su salvación. Es el Precursor, el que viene antes; es el que hace ya el último anuncio antes de su llegada.

Nos llenamos nosotros también de alegría y nos felicitamos en el nacimiento de Juan el Bautista. Hoy es una fiesta grande para nosotros los cristianos y por todas partes se honra al Bautista, al Precursor del Señor recordando y celebrando su nacimiento. Es una fiesta muy especial la que hoy estamos celebrando. Fijémonos que en la liturgia prevalece este año sobre la celebración del domingo.

Popularmente esta fiesta del nacimiento de Juan está muy llena de ritos y de costumbres ancestrales en torno a estos días llenos de luz que la naturaleza nos ofrece en este solsticio de verano. Estos días en que en nuestro hemisferio luce el sol con un especial resplandor y son más las horas de luz cada día nos sirven para recordarnos lo que Juan venía a recordar y anunciar. El que celebremos la fiesta del nacimiento de Juan en estos días tiene su razón de ser, porque lo que la misma naturaleza nos ofrece es como una parábola que nos acerca al mensaje cristiano. 

‘Surgió un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan para dar testimonio de la luz’, nos dice el principio del evangelio de Juan. Pero nos sigue diciendo: ‘No era él la luz, pero sí el testigo de la luz’; era el que venía a dar paso a quien en verdad iba a iluminarnos arrancando de nosotros toda tiniebla y toda sombra de pecado y de muerte. ‘La Palabra era la luz verdadera que con su venida ilumina a todo hombre’. Jesús era esa luz anunciada por Juan de la que él era testigo. El nacimiento de Juan es ya anuncio inmediato del Sol que nace de lo alto. Todo esto tiene que ser bien significativo para nuestra celebración y para nuestra vida.

Por eso el anuncio principal que luego Juan hará allá en el desierto es la invitación a la penitencia y a la purificación para estar bien preparados para recibir la Salvación que llegaba en Jesús. Es el mensaje que también nosotros hemos de escuchar en esta fiesta contemplando al que señalaba al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 

Normalmente en las imágenes que nos representan al bautista, o le contemplamos junto al Jordán bautizando a cuantos a él acudían para preparar los caminos del Señor, o lo contemplamos señalando al Cordero de Dios que simbólicamente lleva en su mano para que nos dirijamos a Jesús, verdadero Cordero de Dios, que se iba a inmolar por nuestra salvación. Sería lo que Juan señalaría a sus discípulos al paso de Jesús para que se fueran con El y en El reconocieran al Mesías Salvador.

Es el mensaje que hemos de recibir hoy cuando celebramos esta fiesta de san Juan Bautista. Siempre nos señala a Jesús a quien tenemos que dirigir nuestra mirada y nuestro corazón; siempre nos indica los caminos que hemos de seguir para llegar a ese encuentro con la salvación. Aunque estemos hoy haciendo fiesta no podemos cerrar los oídos a la invitación que nos hace para que convirtamos al Señor nuestros corazones, para que dirijamos nuestros pasos, enderecemos nuestros caminos para llegar hasta Jesús. 

La alegría de la fiesta no será verdadera alegría si no es una alegría que nace de un corazón que se deja transformar por la Palabra de Dios que escuchamos. Alegría honda sentimos en nuestro corazón siguiendo los caminos del Señor, encontrando en El la salvación y el sentido último  de nuestra vida.

La celebración de los santos siempre nos tiene que estimular en nuestra vida y en nuestro compromiso cristiano. Como Juan nosotros también tenemos que ser testigos de la luz que anunciemos a través de nuestra vida, de nuestras obras al que es la verdadera Luz del mundo. Como Juan hemos de ser unos testigos que señalemos a Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, para que todos vengan a su encuentro. 

Como Juan hemos de ser testigos del evangelio, comprometidos en la tarea inmensa de la nueva evangelización, de ese nuevo anuncio del Evangelio para nuestro mundo que consciente o inconscientemente ha dado la espalda al Evangelio de Jesús. Nuestra vida ha de hacer creíble el evangelio para el mundo que nos rodea; nuestro testimonio tiene que ser claro y luminoso para que como Juan ayudemos a preparar un pueblo bien dispuesto; la santidad de nuestra vida tiene que convertirse en un anuncio de Jesús.

‘He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’, tenemos que seguir nosotros anunciando. 

sábado, 24 de diciembre de 2011

Bendito el Señor que viene a visitarnos y a llenarnos de su amor y de su paz



2Samuel, 7, 1-5.8-11.16;
 Sal. 88;
 Lc. 1, 67-79
‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo’, es nuestra oración de bendición y alabanza. Nace el Señor y mañana veremos su gloria, como nos dice la liturgia. Se cumple el tiempo en que Dios envió a su Hijo a la tierra, como repiten las antífonas en estas vísperas de la celebración del nacimiento del Señor.
En el evangelio hemos escuchado el cántico de Zacarías. Cuando llegó el momento de la circuncisión de su hijo y señalar que Juan era su nombre, porque así se lo había puesto el ángel del Señor, recobró el habla que había perdido y prorrumpió en este hermoso cántico de alabanza y bendición al Señor.
Llega el Señor; nos viene a visitar y a redimir; se va a manifestar la misericordia del Señor. Aparece y se manifiesta la fuerza salvadora del Señor que estaba anunciada ‘desde antiguo por boca de los santos profetas’. No puede menos que bendecir al Señor y darle gracia, reconocer su gracia salvadora, la dicha que tenemos de que el Señor venga a nosotros, nos visite y nos redima, nos dé su salvación. No podemos menos nosotros que bendecir al Señor. Que nos encuentre en oración y cantando su alabanza, como expresa la liturgia. Que ‘le sirvamos en santidad y justicia en su presencia todos nuestros días’ ya que  nos ha iluminado con su luz y nos ha regalado su salvación.
No son necesarias muchas reflexiones en este momento, sino culminar todo ese camino de preparación que hemos venido recorriendo a través de todo el Adviento. Un templo hermoso para el Señor hemos de preparar en nuestro corazón, de lo que nos ha hablado la primera lectura de hoy. Y no es un templo material lo que el Señor quiere. Está buscando nuestro corazón.
Cuando Jesús nació en Belén como vamos a escuchar en esta noche santa no hubo sitio para El en la posada y María y José tendrán que acogerse en un pequeño establo en los alrededores de Belén. Nosotros podemos hacerle sitio en nuestro corazón, tenemos que hacerle sitio en nuestro corazón.
‘Era peregrino y forastero y me acogisteis’ le escucharemos a la hora del juicio final. Era peregrino por los caminos y calles de Belén y no hubo quien le acogiera; es peregrino o forastero, pobre o enfermo y solo en los caminos de la vida que nos rodean, ¿tendrá quien le acoja?
Sabemos cuantos problemas hay a nuestro lado, cuánta gente que sufre, cuántas personas que pasan necesidad, cuántos que se sienten solos y abandonados, cuántos que van por los caminos de la vida desorientados y llenos de angustia por los problemas que los envuelven. Ahí está el Señor que llega a nuestro lado, tendiéndonos su mano, buscando un lugar de acogida, buscando nuestro amor y el calor de nuestro cariño. ¿Cerraremos las puertas? ¿Nos encerramos en nosotros mismos para no ver o para no saber?
Con alegría nos hemos venido preparando y nos queremos disponer a celebrar ya la Navidad. Pero fijémonos cuáles son las actitudes de nuestro corazón que nos está pidiendo el Señor, fijémonos en qué es lo que realmente tenemos que hacer, fijémonos en el amor que tenemos que poner.
Abre tu corazón con amor y recibirás a Dios. Pon amor y generosidad en tu corazón y harás una auténtica navidad. El Señor viene a visitarnos y a llenarnos de su amor y de su paz. Bendecimos a Dios por su presencia y su gracia. Bendigámosle con toda la fuerza de nuestro amor.