Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Emmanuel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Emmanuel. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de diciembre de 2024

Unas nuevas expectativas en búsqueda de una auténtica navidad para sentir que Dios está en medio nuestro en este mundo convulso en que vivimos

 


Unas nuevas expectativas en búsqueda de una auténtica navidad para sentir que Dios está en medio nuestro en este mundo convulso en que vivimos

Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-3; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

En la vida siempre estamos a la expectativa de algo; salvo que vivamos de una forma pasiva, simplemente dejándonos arrastrar por lo que salga, siempre hay una inquietud de algo distinto, de algo mejor en el corazón. Malo es no tener expectativas, no tener esperanzas, que se nos hayan apagado las ilusiones. Una expectativa nos hace estar despiertos, porque la esperanza sería pobre si solo fuera algo pasivo.

Claro que no todos tienen las mismas expectativas. También es posible que nos confundamos y nos equivoquemos. Habrá cosas que nos ilusionan por su brillo, pero pronto quizás nos damos cuenta de que es hojarasca, que son oropeles, falsos oros. Nos podemos crear confusión, sobre todo desde las influencias externas que recibimos de acá para allá. Difícil mantener el equilibrio, pero es algo que tenemos que intentar, que necesita quizás un esfuerzo por nuestra parte, y algunas veces parece que no estamos por ese esfuerzo o por esa superación, sino de forma pasiva dejarnos arrastrar.

Miramos nuestra vida, miramos nuestro mundo, miramos la sociedad que nos ha tocado vivir o que entre todos hemos construido o estamos haciendo quizá cada uno queriendo tirar del ascua para su sardina, son muchos los intereses, son muchos los tira y afloja que vamos recibiendo de acá y de allá. Repito que nos cuesta mantener el equilibrio. Será en la forma como queremos la vida, las apetencias de felicidad que todos llevamos dentro, el desarrollo como personas que todos de alguna manera queremos, serán los sueños de algo superior o de cómo mejorar la vida, será el cansancio de la rutina que nos arrastra, será la insatisfacción de lo que contemplamos que otros hacen. Esperamos, quisiéramos, deseamos, buscamos… ¿cuáles son nuestras esperanzas?

Estamos envueltos por la vida con toda su problemática; como creyentes también vamos queriendo hacer un camino; tenemos unas costumbres o unas tradiciones religiosas también que van marcando el ritmo de la vida. En estos momentos estamos en la cercanía de la Navidad. Todo el mundo prepara la navidad, forma parte también de nuestras expectativas. Claro que tenemos que preguntar qué es lo que en verdad estamos preparando cuando decimos que preparamos la navidad.

Ahí están las carreras de compras en las que nos vemos envueltos, vemos los adornos con que vamos llenando nuestras calles, nuestras plazas, nuestras casas, vemos la cantinela de la lotería que ya comienza a escucharse aunque sea en anuncios, pasamos por el mercado y ya estamos pensando en lo que nos va a costar la comida de estas fiestas, suenan las músicas y los villancicos de navidad pero también tendríamos que fijarnos en lo que expresamos en esas músicas y en las letras que cantamos. ¿Qué es lo que predomina en todo eso? ¿Qué es lo que predomina en la preparación de la navidad?

Y es una pregunta seria que tendríamos que hacernos, ¿preparamos navidad o preparamos el nacimiento de Jesús? Lo malo sería que el protagonista principal lo dejemos fuera, no lo invitemos a esta fiesta, porque casi ni nos acordamos de lo que significó aquel momento. Como creyentes que queremos celebrar en verdad la navidad tenemos que hacer un parón, detenernos un poco a pensar. Es lo que para nosotros los creyentes ha de significar este tiempo de Adviento que estamos recorriendo, que es mucho más o algo bien distinto a hacer unas compras o poner unos adornos.

Para el creyente claro que es una gran fiesta para la que nos estamos preparando y todo tienen que ser alegría y es cierto que tienen que brotar los cantos y la música pero quizás –o sin quizás - también algo más. Lo vamos a mostrar en muchos signos de cercanía y de amistad con la familia y con los cercanos a nosotros. Pero ¿de donde tiene que arrancar?

Este domingo es llamado el de la alegría, porque así lo expresa la liturgia también, por la cercana navidad. ¿Cuál es el anuncio que nos llena de alegría? ‘Aquel día se dirá a Jerusalén: «¡No temas!, ¡Sión, no desfallezcas!» El Señor, tu Dios, está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo como en día de fiesta’. Así nos decía el profeta. ‘El Señor, tu Dios, está en medio de ti…’

Eso es la verdadera navidad. ¿No decimos Emmanuel? ¿Qué significa? ‘Dios con nosotros… Dios está en medio de ti’. No lo podemos olvidar. Es la razón de todo. Y si no llegamos a sentir que Dios está en medio de nosotros, es que no hemos entendido la navidad porque muchas fiestas, cantos, comidas y regalos que nos hagamos.

Y es que tenemos que escuchar con mucha atención el evangelio que hoy se nos ofrece. Nos dice que Juan el Bautista ‘con muchas exhortaciones anunciaba al pueblo el Evangelio’. Por eso también como aquellos que iban a escucharle allá en la orilla del Jordán también nosotros hemos de preguntar, ‘¿qué debemos hacer?’ Y Juan iba señalando de forma muy concreta a cada uno de ellos esas nuevas actitudes que debían tener en su vida.

Y habla de solidaridad y de compartir, habla de rectitud de vida y de responsabilidad, habla de pureza de corazón arrancando maldades y de buen espíritu para la convivencia con los demás; podríamos traducirlo en muchas cosas concretas para nuestra vida; miremos donde están nuestras flaquezas, los tropiezos que vamos teniendo en la convivencia con los demás, las posturas que tomamos en relación a los otros, la forma de vivir nuestras responsabilidades, las carencias que podemos tener en nuestra vida familiar, miremos con sinceridad nuestra vida e iremos encontrando la respuesta a esa pregunta que nos hacíamos.

Y cuando vayamos haciendo que todo eso sea distinto vamos a sentir una nueva paz en nuestro corazón que hará surgir una alegría verdadera; y cuando vayamos abriéndonos a los demás de una forma nueva teniendo nuevas actitudes estaremos abriendo las puertas del corazón para que Dios llegue a morar en él.

Entonces sentiremos al Emmanuel, entonces nos daremos cuenta que Dios está en medio nuestro, en este mundo tan complicado en el que vivimos y con tantos problemas, entonces habrá verdadera alegría de navidad a pesar de tantas sombras de tristeza y de sufrimiento que vemos alrededor, entonces todas esas cosas que hacemos no se quedaran en superficialidades de un día sino que serán comienzo de un nuevo día para nuestra vida. Se cumplirán unas nuevas expectativas para nuestro corazón. Necesitamos, el mundo necesita una nueva Navidad.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos pero nos hemos olvidado los cristianos de cómo hemos de ser signo del Dios con nosotros en medio del mundo

 


Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos pero nos hemos olvidado los cristianos de cómo hemos de ser signo del Dios con nosotros en medio del mundo

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Salmo 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Por razones pastorales a lo largo de mis años he tenido la oportunidad de palpar en circunstancias distintas según cada comunidad y según los tiempos diversas maneras con que el pueblo cristiano manifiesta lo que significa para ellos tener un templo, tener una iglesia; desde quienes no tenían nada y luchaban y buscaban recursos de la forma que fuera para conseguir tenerla un día, la alegría que sintió aquel pueblo con la bendición de su Iglesia que tristemente con el paso de los años en el reciente volcán desapareció bajo el furor de la lava – fue la primera parroquia que tuve a mi cuidado -, o de quienes buscaban la manera de tenerla muy cuidada, muy adornada, gastando lo que fuera en tenerla dotada de todo, pero también muy hermosa con muchas flores en sus fiestas o celebraciones; muchas más cosas podía recordar pero no quiero extenderme en ello. La gente de nuestros pueblos ama a su Iglesia, y cuando decimos que aman a su Iglesia la referencia son sus templos, que de alguna manera se convierten como en un signo de identidad.

Me vienen a la memoria estos recuerdos por una parte por la celebración que hoy nos ofrece la liturgia y los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrecen. Litúrgicamente celebramos la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que es la Catedral del Papa, con el hondo significado que tiene para toda la Iglesia, pues se le considera la madre de todas las Iglesias. No nos podemos quedar en su suntuosidad que la tiene, sino en el significado que tiene como ser el templo de la Sede de Pedro, de la Sede o Cátedra del Papa; de ahí el nombre que se le da de Catedral. Ese templo viene a ser como punto de unión y de encuentro de todos los cristianos con el Pastor supremo de la Iglesia.

Pero eso nos tiene que llevar a algo más. Ni nos quedamos en la suntuosidad de ese templo, como nos podemos quedar en el cuidado de nuestros templos simplemente quedándonos en su belleza externa. Tenemos que ir a algo más hondo. El Evangelio y la Palabra de Dios que hoy se nos proclama vienen a ayudarnos. Nos habla el evangelio del templo de Jerusalén que Jesús quiere purificar, porque en lugar de parecer una casa de oración, de encuentro con Dios, poco menos que se había convertido en un mercado.

El gesto de purificación que Jesús realiza, expulsando a los vendedores va a tener sonadas consecuencias que tiene también sus resonancias en nuestra vida. Cuando vienen a pedirle con que autoridad se ha atrevido a realizar esa purificación al expulsar a los vendedores, les quiere hablar de otro templo que sí que hay que cuidar. Habla de si mismo, que aunque quieran destruir su templo con la muerte, en tres días lo reedificará, y está haciendo una referencia a su pascua, a su muerte y resurrección, que los discípulos solo entenderán después de la resurrección de Jesús de entre los muertos.

Pero está haciéndonos pensar a nosotros hoy, ¿quiénes son ese verdadero templo de Dios? De ello nos ha hablado el apóstol cuando nos recuerda que nosotros somos ese templo de Dios. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ nos dice el apóstol.

Bien lo recordamos como hemos sido ungidos en nuestro bautismo, consagrados con el Cristo Santo para ser una cosa con Cristo, sacerdotes, profetas y reyes, pero para convertirnos en ese templo del Espíritu, morada de Dios en medio de los hombres. Si nosotros confesamos que Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros, cuando por nuestra consagración bautismal hemos sido convertidos en ese templo del Espíritu, en esa morada de Dios, podemos decir que tenemos que ser signos de ese Emmanuel, ese Dios con nosotros, por la santidad de nuestra vida, por nuestra identificación, configuración con Cristo, en medio del mundo que nos rodea.

Creo que son cosas que nos tienen que hacer pensar. Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos, queremos lo mejor para nuestra Iglesia y nos gastamos lo que sea necesario para mantenerlas dignas y bellas de manera que incluso puedan ser admiración para quienes las visitan, porque además queremos que sean en verdad ese signo religioso, ese signo de la presencia de Dios en medio de nuestros pueblos.

Y aquí viene la pregunta que tenemos que hacernos. ¿Nos habremos olvidado los cristianos de cómo por la santidad de nuestras vida tenemos que ser ese Emmanuel, ese signo de Dios con nosotros en medio del mundo? ¿Hacemos lo mismo por cuidar nuestra santidad personal que lo que hacemos por mantener bellas nuestras iglesias?  Puede ser un interrogante muy serio e importante que nos hagamos a nosotros mismos.

 

lunes, 8 de abril de 2024

Por puro don de la liberalidad del amor de Dios nos ha tomado en gracia, somos también, como María, los que hemos encontrado gracia ante Dios que nos regala tanto amor

 


Por puro don de la liberalidad del amor de Dios nos ha tomado en gracia, somos también, como María, los que hemos encontrado gracia ante Dios que nos regala tanto amor

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Al leer el evangelio de este día en que de alguna manera hacemos como paréntesis en el tiempo pascual en el que estamos para celebrar el misterio de la Encarnación que hubiera correspondido al pasado lunes santo me he querido fijar en una hermosa expresión con la que el ángel se dirige a María. ‘No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios’.

Caer en gracia, es una expresión coloquial con la cual queremos decir mucho. Cae en gracia una persona ante otras cuando destaca por sus valores y cualidades, cuando aparece reluciente su lealtad y su cercanía, cuando se hace merecedora por su forma de ser y de hacer de la atención y del cariño de los demás. Cae en gracia una persona cuando alguien generosa y gratuitamente le regala su amistad o le hace beneficiaron de muchos dones, aunque parezca que la persona quizás no se lo merezca, pera a quien le cae en gracia le hace ese regalo de sus preferencias.

Hoy el ángel del Señor viene a decirle a María que le ha caído en gracia a Dios. Miramos su humildad y su sencillez, miramos la disponibilidad y la generosidad con que manifiesta en la vida ante Dios y ante los demás, miramos la ternura que se derrama de su presencia y podíamos decir que el corazón de Dios se derrite ante María, ‘ha encontrado gracia ante Dios’, y Dios le regala su gracia, le regala sus dones, le regala el don de la maternidad divina, porque la quiere hacer su madre.

Pero yo me atrevo a decir, y lo uno a la celebración de esta festividad, que en María nosotros también nos sentimos agraciados ante Dios. No será por merecimientos propios porque tenemos que reconocer nuestro pecado y la falta de lealtad con que tantas veces vivimos, pero sí podemos decir que en María tenemos el regalo de Dios. Y como nos explicaría san Juan en sus cartas, no es que nosotros hayamos amado a Dios sino que Dios nos amó primero. Somos la criatura preferida de toda su creación porque Dios todo lo realizó para nosotros y en nuestras manos ha puesto todas las criaturas – recordemos los textos que nos hablan de la creación de Dios en el Génesis – engrandeciendo al hombre cuando lo ha creado a su imagen y semejanza.

Y Dios sigue pensando en nosotros, Dios sigue amándonos y regalándonos su gracia para hacernos a nosotros también los agraciados de Dios. Contemplar, pues, hoy a María ‘la que ha encontrado gracia ante Dios’, nos hace pensar que lo hace por nosotros. Hemos encontrado también gracia ante Dios. ¿Puede haber regalo más grande que lo que Dios hace por nosotros, que por nuestro amor nos entrega a su Hijo único? Es el misterio que hoy precisamente estamos celebrando, la Encarnación de Dios en el seno de María, en las entrañas virginales de María para estar tan cerca de nosotros que por nosotros se ha hecho hombre.

Es lo que leemos en el evangelio de este día – la anunciación del ángel a María de que iba a ser la Madre de Dios -, lo que nos expresa el profeta cuando nos habla de la Virgen que da a luz un hijo que será para nosotros Emmanuel, Dios con nosotros, y es de lo que nos habla la carta del apóstol que nos habla del sacrificio de Cristo por nosotros porque no quiere otra cosa que hacer la voluntad de Dios.

Por puro don de la liberalidad de Dios nos ha tomado en gracia, somos también los que hemos encontrado gracia ante Dios que así nos regala tanto amor. ¿Cuál es la respuesta de lealtad que nosotros hemos de dar a Dios ante tanta generosidad? también tenemos que aprender a decir ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, como hemos repetido en el salmo. Así nos llenaremos y rebosaremos de la gracia de Dios.

domingo, 24 de diciembre de 2023

Somos ese nuevo templo de Dios, el que El quiere construir en nuestro corazón, como lo hizo en María, que se convierta en señal de Dios para la humanidad

 


Somos ese nuevo templo de Dios, el que El quiere construir en nuestro corazón, como lo hizo en María, que se convierta en señal de Dios para la humanidad

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88; Romanos 16, 25-27; Lucas 1, 26-38

Todos soñamos en la vida con tener una casa, nuestra propia casa, donde habitar, donde sentirnos a gusto. Son los esfuerzos de tantos a lo largo de su vida, porque queremos tener algo propio, donde incluso en la medida que la vivimos vamos marcando nuestro propio ser, que son nuestros gustos o que es incluso nuestro propio olor; algo propio de todo ser vivo, los animales del campo tienen sus guaridas y los pájaros del cielo se construyen sus nidos. Construimos nuestra propia casa que es algo más que levantar unas paredes, es una morada y es un signo de nuestro vivir.

Nos acercamos a la primera lectura que hoy se nos ofrece. Los israelitas que habitaban en tiendas en el desierto, una vez que se establecieron en la tierra prometida fueron construyendo su morada; hoy contemplamos que con el paso de la historia ya el rey David se había construido su palacio en lo que era la capital de su reino, pero el Arca de la Alianza, signo de la presencia de Dios entre ellos, aun moraba en una tienda, llevada en muchas ocasiones de un lado para otro según sus conveniencias.

David quiso construir un templo para el Señor, que fuera signo y señal de esa morada de Dios entre ellos. Pero Dios, por medio del profeta, no se lo permitió. ‘¿Tú me vas a construir una casa para morada mía?’ Recordándole lo que ha sido la propia historia personal de David desde que el Señor lo sacó de entre los pastizales y las ovejas para ser rey de Israel, ahora le dice el Señor, ‘el Señor te anuncia que te va a edificar una casa… Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino… Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmes ante mí, tu trono durará para siempre’. Otra era la morada que Dios quería para hacerse presente entre ellos. Su reino sería la señal.

En el evangelio encontramos la respuesta. Era lo anunciado por los profetas y lo esperado no solo por el pueblo de Israel sino por las naciones. Dios quiere morar entre nosotros, Dios quiere hacerse en verdad Emmanuel, Dios con nosotros, y para eso se encarna en las entrañas de María, para eso se hace el hijo de María, se hace hombre, y será ya para siempre Dios con nosotros. ‘Estaré con vosotros hasta el final de los tiempos’, les dirá a los discípulos.

Y eso es lo que vamos a celebrar. Para eso nos hemos venido preparando a lo largo de todo el Adviento y llega el día y la hora. Dios hecho hombre en el seno de María va a nacer en Belén. Tampoco tendrá un templo a la manera que los hombres deseamos hacer, no tendrá ni una casa material ni una posada que le acoja, porque va a nacer pobre entre los más pobres; María y José tendrán que acogerse a un establo y allí Dios plantará su tienda entre los hombres.

¿Qué nos está señalando hoy la Palabra de Dios en este cuarto domingo, en las propias vísperas de la Navidad? Dios que viene a buscar una morada para habitar entre nosotros está pidiéndonos nuestro corazón. Como a María. El ángel del Señor con el mensaje de parte de Dios no solo se le manifiesta a María, sino que está manifestándose a todos nosotros. Podemos sentirnos poca cosa e indignos de esa embajada angélica, pero a nosotros también quiere decirnos que somos los agraciados de Dios, somos los amados de Dios en los que Dios quiere morar. Solo nos está pidiendo que le abramos las puertas de nuestro corazón.

Dios ha puesto su mirada en nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo. Dejémonos mirar por Dios, porque su mirada siempre es una mirada de amor. Los antiguos decía que mirar a Dios era morir, pero desde la presencia de Jesús entre nosotros sentirnos mirados por Dios es comenzar a vivir. Sentirnos mirados por Dios, aunque en nuestro humildad nos sintamos llenos de turbación porque consideramos nuestra indignidad y nuestro pecado, es sin embargo la mayor alegría que podamos vivir porque es sentirnos amados de Dios.

¿Cuál va a ser nuestra respuesta? ¿Cuáles van a ser las actitudes nuevas que van a nacer en nuestro corazón? ¿Cuál va a ser la forma de nuestro acoger a Dios en nuestra vida para hacerlo vida ahora en esta navidad? María que se sintió pequeña – aquí está la esclava del Señor, serían sus palabras – al mismo tiempo se sintió engrandecida – porque el poderoso ha hecho obras grandes en mí, que cantaría en el Magnificat – se puso en camino.

Sabía bien que acoger a Dios, como ella lo estaba haciendo en su propio seno, significaba poner en camino de amor y de servicio, significaba compartir lo que llevaba en su seno para que fuera puente de gracia también para los demás. La veremos caminar hacia casa de su prima Isabel, pero con su presencia todo se va a llenar del Espíritu del Señor, porque hasta el hijo de Isabel en sus entrañas saltará de gozo con la buena nueva que significaba María en aquel hogar de la montaña.

¿Cómo nos vamos a poner nosotros en camino en este mundo nuestro tan lleno de montañas de indiferencia, tan confundido que incluso querrá celebrar la navidad sin hacer sentir la presencia de Dios? Es de lo que nosotros tenemos que ser testigos, dar testimonio en medio de ese mundo. Ojalá muchos sientan temblar su corazón con nuestra presencia, porque con nuestra manera de hacer y de celebrar la navidad, con nuestros gestos de amor y nuestro espíritu de servicio estemos haciendo más presente a Dios en nuestro mundo. Somos ese nuevo templo de Dios, el que El quiere construir en nuestro corazón, que se convierta en señal de Dios para la humanidad. ¿Cómo lo vamos a hacer?

lunes, 18 de diciembre de 2023

Nos ponemos en camino como Abrahán, como María, como José, nos dejamos conducir, Dios llega a nosotros y para nosotros quiere ser para siempre Emmanuel

 


Nos ponemos en camino como Abrahán, como María, como José, nos dejamos conducir, Dios llega a nosotros y para nosotros quiere ser para siempre Emmanuel

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24

Ponernos en camino es algo que hacemos todos los días. Nos levantamos y nos ponemos en camino a la vida de cada día; y no solo son los pasos de nuestros pies, no solo es la tarea diaria que emprendemos y para la que quizás necesitamos unos desplazamientos, es el camino interior que cada uno hace de búsqueda de sentido y de vida, de búsqueda de lo mejor o de búsqueda de los demás con los que convivimos o con los que queremos estar, un camino que queremos hacer para bien.

Es el camino de nuestra fe, de apertura a la trascendencia y búsqueda de lo espiritual, es el camino que nos eleva sobre lo material porque hay algo que sentimos superior, y es el camino que nos lleva al encuentro con Dios, a la escucha de Dios, a la vivencia de Dios. Es la historia del camino de nuestra fe, como lo es la historia de la salvación de toda la humanidad.

Abrahán un día escucha la voz de Dios que le invita a salir de su tierra e ir a la tierra que Dios le va a dar. Y Abrahán se puso en camino. ¿Un camino a lo desconocido? Dios no le dice a donde ha de ir, sino que se ponga en camino. ¿Un camino hacia el misterio y la trascendencia? Abrahán ha de ir más allá, atravesará desiertos y valles, irá abriendo caminos por lugares desconocidos para él, es el camino de Dios, pero Abrahán se deja conducir y nacerá un pueblo nuevo. 

María de Nazaret también escuchará a Dios a través de la voz del ángel, y también se pone en camino. No es solo, como nos dice el evangelio, que se pondrá en camino a las montañas de Judea para atender a su prima Isabel, sino que María se pone en camino a algo más grande. También María se deja cautivar por la voz de Dios y se pone en camino, como ella dice, para ser la humilde esclava del Señor, pero su disponibilidad para caminar al ritmo de Dios le lleva a algo más grande, va a ser la Madre de Dios; lo que de ella ha de nacer será el Hijo del Altísimo, será el camino por el que Dios llegará a nuestra tierra encarnándose en sus entrañas para ser Dios con nosotros.

Hoy nos aparece en el evangelio la figura de José. Se encuentra ante un misterio y algo totalmente nuevo para él, que no termina de comprender. Pero el corazón de José está disponible para la bondad y para la generosidad. Quiere descifrar el misterio de Dios que se le está manifestando y se deja conducir. Cuando el ángel le aclara que son las cosas de Dios que además quiere contar con él, también se pondrá en camino. Como nos dice el evangelista haciendo lo que le había mandado el ángel acogió a María, su mujer, en su casa.

Lo que parecía un misterio indescifrable ahora se convierte en revelación del amor de Dios que se quiere hacer presente en medio de la humanidad, será para siempre Emmanuel, Dios con nosotros. Es lo que vamos a celebrar y vivir en los próximos días; emprendemos también esta ultima etapa del camino del Adviento que desemboca en la Navidad, un camino que nos lleva al encuentro con Dios, un camino donde tenemos que dejarnos conducir por su Espíritu, un camino de escucha de la Palabra y de contemplación, un camino que nos lleva a sentir a Dios en nuestro corazón, un camino que nos lleva a vivir en Dios.

Como Abrahán cerramos los ojos y nos ponemos en camino que es también hacer camino para los demás; como María humildes abrimos nuestro corazón para que Dios plante su tienda entre nosotros; como José abrimos las puertas para que Dios venga a vivir con nosotros, pero sabiendo que Dios nos llega por muchos caminos, en distintas personas, en los acontecimientos que van sucediendo a nuestro alrededor. Nos preguntamos cómo, pero sabemos que tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Dios.

domingo, 18 de diciembre de 2022

Aprendamos a tener ojos de fe y descubrir el designio de Dios para nosotros en el momento que vivimos a partir de la navidad que vamos a celebrar

 


Aprendamos a tener ojos de fe y descubrir el designio de Dios para nosotros en el momento que vivimos a partir de la navidad que vamos a celebrar

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Romanos 1, 1-7; Mateo 1, 18-24

Muchas veces decimos que la vida es complicada porque parece que se cruzan muchas cosas que nos lo pone más difícil, que nos ofrece muchas sorpresas que algunas veces nos cambian todos nuestros planes que nos desestabilizan, nos hacen comenzar de nuevo o nos vemos llenos de fracasos porque no conseguimos lo que anhelamos en el momento que lo deseamos. Le echamos la culpa a la vida, al destino o a no sé qué cosas porque todo parece que se nos hace incomprensible.

Pero quien mira la vida con ojos de creyente tiene otra percepción distinta de cuanto nos sucede. Muchas cosas nos hacen daño quizá porque por medio pueden estar la malicia de los hombres o las ambiciones que nos ciegan y con ello a veces nos perjudicamos. Pero más allá de todo eso queremos tener otra mirada descubriendo lo que son los designios de Dios que nos va hablando, que nos va pidiendo respuesta a través de esos mismos acontecimientos. No es un destino irrevocable al que acudimos, sino que sentimos que hay como una invitación de Dios para que ocupemos nuestro lugar, sepamos reaccionar con madurez y pongamos también de nuestra parte lo que pueda hacer más comprensible ese mundo a veces tan revuelto.

Es necesario tener una fe grande, para saber escuchar a Dios en esos momentos que muchas veces se nos pueden volver duros y que pueden crear en nosotros situaciones que se nos hacen difíciles de resolver. Hay que saber tener una serenidad de espíritu, para en medio de todos esos ruidos de la vida también podamos escuchar esa voz de Dios que nos susurra cosas allá en lo secreto de nuestra conciencia y de nuestro corazón. Nos cuesta, podemos sentirnos confundidos en nuestro interior, pero sí hemos de poner confianza de nuestra parte en esa voz va a sonar clara para nuestra vida.

Hoy en el evangelio se nos presenta así un hombre de fe grande. El momento era duro para él porque podían estar brotando muchas desconfianzas en su corazón. Su vida podría verse truncada con aquello que estaba sucediendo, pero él siempre quiso obrar bien no queriendo hacer daño a nadie, aunque muchas cosas fueran incomprensibles para él. María, su prometida, su esposa que era una manera de decir por el compromiso que ya había entre ellos, estaba encinta. Algo duro y fuerte desgarraba su corazón. No sabía lo que sucedía ni lo que debía hacer, pero quiere actuar bien sin hacer daño. Cómo nos precipitamos nosotros algunas veces ante cualquier contratiempo y surge pronta la reacción violenta que genera muchos sentimientos adversos.

José supo hacer silencio en su corazón. En sueños, es una manera de hablar propia del evangelio para señalarnos las manifestaciones de Dios, un ángel le dice que no tema acoger en su casa a su mujer porque lo que de ella va a nacer es obra del Espíritu de Dios. Y se le confía una misión, la misión de padre porque ha de ser quien le ponga nombre el niño que va a nacer. ‘Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’. Y ya el evangelista recuerda - ¿lo habrá recordado también José? – lo anunciado por el profeta, tal como escuchamos hoy en la primera lectura. ‘Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’.

Se nos presenta este hermoso evangelio en este último domingo de Adviento cuando ya tenemos cercana la Navidad. Es acercarnos al misterio que vamos a celebrar; es disponernos con fe verdadera para vivir hondamente la navidad. Que se despierte en nosotros la fe para poder contemplar y celebrar con hondo sentido el misterio de la Navidad. Ese Niño que contemplaremos nacer en Belén entre las pajas de un establo es el Hijo de Dios, es el Emmanuel, el Dios con nosotros que nos trae la salvación.

No es una costumbre bonita o una hermosa tradición, no son emociones de recuerdos y añoranzas lo que vamos a celebrar en la navidad. Ya escuchamos decir a mucha gente que la navidad es triste para ellos porque les trae muchas añoranzas, ¿estarán en verdad celebrando la navidad, el nacimiento del Dios que se hizo hombre para ser Dios con nosotros? ¿Se estarán quedando en recuerdos y añoranzas de cenas familiares de otros años con las ausencias que normalmente la vida nos va imponiendo?

Ojalá supiéramos tener la visión de José que en medio de todos aquellos contratiempos que no se acabaron con el hecho de recoger a su mujer, sino que vendría la peregrinación a Belén por el capricho de un gobernador que quería hacer un censo, la huida a Egipto porque Herodes tramaba contra la vida de aquel niño, él supo descubrir el designio de Dios.

Los momentos que vive nuestro mundo no son buenos y parece que todo tendría que ser amargura por las guerras que no se acaban, las pandemias que siguen patentes, las desigualdades que siguen existiendo en el mundo, los problemas sociales y políticos que afectan a tantas naciones, y así podría hacernos una lista poco menos que interminable, pero aun así queremos celebrar Navidad, queremos descubrir los designios de Dios, el plan de Dios que quiere la salvación de nuestro mundo y cuenta con nosotros.

¿Has pensado cuál será el plan de Dios para tu vida a partir de la celebración de esta navidad? Algo que tendríamos que pensar. Qué nos está pidiendo Dios, qué nos estará queriendo decir.

sábado, 25 de diciembre de 2021

Navidad es el milagro de la presencia de Dios en este mundo concreto que vivimos que nos llena de esperanza y nos pone en camino de un mundo nuevo de fraternidad y paz

 


Navidad no es una fecha

ni una fiesta más del calendario. 

Navidad no es un simple recuerdo o conmemoración

que podamos hacer con cierta nostalgia. 

Navidad es un hecho y es vida. 

Navidad es el milagro de la presencia de Dios

entre nosotros los hombres

porque se hace Emmanuel. 

Navidad es Dios que viene nuestro mundo y a nuestra vida

en la realidad concreta que vivimos. 

Navidad es Dios que responde

a nuestras inquietudes y problemas de cada día. 

Navidad es esperanza de un mundo nuevo

que con la presencia de Dios entre todos podemos construir. 

Navidad es ese mundo de fraternidad, de amor y de paz

que todos tanto deseamos. 

Hagamos una verdadera Navidad

celebrando y viviendo el nacimiento de Jesús,

el Hijo de Dios hecho hombre. 

De corazón feliz navidad.


Navidad es el milagro de la presencia de Dios en este mundo concreto que vivimos que nos llena de esperanza y nos pone en camino de un mundo nuevo de fraternidad y paz

Isaías 9, 1-6; Sal 95; Tito 2, 11-14; Lucas 2, 1-14

Llegó el 25 de diciembre y estamos celebrando Navidad. Hemos ido haciendo un recorrido a través de las cuatro semanas del Adviento y llega el momento de la celebración del nacimiento del Señor. Pero no es un día más, no es una fecha más que tenemos que celebrar, no es una fiesta como otras como algunas veces nos quieren hacer ver haciendo incluso desaparecer la palabra Navidad. Lo hemos de tener claro, lo hemos de vivir con toda intensidad, lo hemos de hacer notar de verdad los que creemos en Jesús.

También es cierto que para muchos es una fiesta o una celebración llena de nostalgias, porque comenzamos a pensar en las personas que han estado en otras ocasiones con nosotros, y al final terminamos llenándonos de tristeza, pero porque quizás por una parte nos falta esperanza, pero también porque parece que no siempre tenemos claro el sentido de la navidad.

Hay algo que no podemos olvidar, Navidad es el milagro de la presencia de Dios. Sí, presencia de Dios. El ha querido hacerse Emmanuel, Dios con nosotros, y es el hecho que celebramos, es lo que en verdad tenemos que vivir. Porque no se nos queda en una conmemoración o un recuerdo, es una vivencia que tenemos que sentir aquí y ahora, porque aquí y ahora Dios está con nosotros.

Está con nosotros en lo que es nuestra vida de cada día, con sus preocupaciones, con sus problemas, con sus angustias, con sus alegrías también. Dios en aquel momento se hizo presente en un pueblo concreto, que tenía sus problemas, que vivía su pobreza, que tenía sus inquietudes en el corazón. Un pueblo con su historia y además Dios se sirve incluso de esos momentos de su historia para que así se cumpliera su plan de salvación.

Hoy hemos contemplado a José y a María tener que caminar lejos de su pueblo para llegar a Belén porque a un gobernador todopoderoso se le ocurrió la idea de hacer un censo; pero Dios se vale de esas circunstancias para que Jesús naciera en Belén, porque era la ciudad de David y de él había de descender el Mesías. Y nace en medio de la pobreza de no tener ni una plaza en una posada para ser en verdad el que venía a traer la Buena Nueva a los pobres; los pobres serían evangelizados, los primeros a los que se anunciara la Buena Noticia, como había anunciado el profeta y lo vemos realizado en el anuncio del angel a los pastores de Belén.

Esto nos está diciendo como Dios hoy viene a nuestra historia concreta, en lo que vivimos en estos días concretos en nuestra sociedad y en nuestro mundo, porque Dios viene a dar respuesta en verdad a esos interrogantes que hoy se nos plantean desde la realidad que vivimos, pandemias, pobreza, inestabilidad social y desorientación de nuestra sociedad, angustias de tantos a los problemas que se les presentan, momentos duros como los que vive la sociedad actual o las catástrofes naturales como las que han azotado estos días a nuestra propia tierra canaria.

Todo eso produce inquietud en el corazón, interrogantes a los que no sabemos responder en ocasiones, dudas y sombras que ennegrecen nuestra vida; pero estamos celebrando a quien es la luz, el que ha venido como la luz del mundo, aunque las tinieblas de nuestro mundo no quieran reconocer o rechacen esa luz. Pero esa presencia de Dios en medio nuestro nos llena de esperanza, esa presencia del Señor nos hace levantarnos para no quedarnos hundidos en nuestras sombras y encontrar rumbo en nuestro caminar. Y es lo que queremos vivir en la navidad, es lo que tiene que significar la navidad para nosotros.

Navidad es esperanza de ese mundo nuevo que podemos construir con la presencia y la fuerza del Señor. ¿No anunciará Jesús precisamente la llegada del Reino de Dios? Será el anuncio y la tarea fundamental de su vida. Será lo que nos trasmite el evangelio; será a lo que nos invita convirtiendo nuestro corazón a El. Es el camino que se abre ante nosotros a partir de Navidad, a partir de que sentimos y vivimos la presencia del Señor en medio nuestro. Se encarnó y se hizo hombre para caminar a nuestro lado y enseñarnos a hacer ese camino.

Navidad es ese mundo de fraternidad, de amor y de paz que todos tanto deseamos. Son las palabras que más repetimos en estos días, son los deseos que tenemos los unos para con los otros; es lo que queremos expresar con nuestras felicitaciones de Navidad. Pero que no se quede en palabras, que sea compromiso de nuestra vida, que sea camino que queremos recorrer.

Y si estos días algo en lo que todos hacemos tanto hincapié son los encuentros familiares, los encuentros de los amigos y en lo que ponemos tanto empeño, que no sean cosas efímeras de un día, de un momento o de una ocasión, sino que estos reencuentros que hemos realizado o estamos realizando sean comienzo de nuevos reencuentros que seguiremos realizando. Que en verdad vivamos el compromiso de la fraternidad.  Si la palabra paz es la que más repetimos incluso de cara al nuevo año que va a comenzar, que sea en verdad compromiso para trabajar por esa paz.

Busquemos vivir con todo sentido y con toda profundidad nuestra navidad. Hagamos verdadera navidad en que celebremos ciertamente el nacimiento de Jesús el Hijo de Dios que se ha encarnado y se ha hecho hombre por nosotros. Es Emmanuel, es Dios con nosotros. En el relato del evangelio que tanto se ha repetido en estos días en nuestras celebraciones hemos contemplado el portal de Belén; allí en ese portal estábamos nosotros representados con nuestras pobrezas y también con nuestras esperanzas. Sobre aquel portal brilló la gloria del Señor con los ángeles cantando la gloria del Señor. Sobre nosotros tiene que comenzar a brillar también con toda intensidad esa luz de la gloria del Señor que nos llena de esperanza nueva de un mundo nuevo y mejor. Es la tarea de nuestra navidad.

De corazón para todos, Feliz Navidad.

viernes, 24 de diciembre de 2021

Con el cántico de Zacarías recordemos que Dios viene a visitar a su pueblo derramando su paz y su misericordia sobre los que aun andamos en caminos de sombras

 


Con el cántico de Zacarías recordemos que Dios viene a visitar a su pueblo derramando su paz y su misericordia sobre los que aún andamos en caminos de sombras

2Samuel, 7, 1-5.8-11.16; Sal, 88; Lucas, 1, 67-79

Las visitas son bien recibidas. Bueno tenemos un cierto de sentido de hospitalidad. Nos agrada recibir a alguien en nuestra casa. Nos desvivimos, queremos atender a quien llega a visitarnos de la mejor manera posible. Nos causa alegría y queremos dar lo mejor de nosotros mismos en la persona que llega a visitarnos.

En esta víspera de la navidad, cuando incluso ya en esta noche celebremos el nacimiento del Señor en lo que llamamos la nochebuena, en la mañana la liturgia de alguna manera quiere ayudarnos a que nos terminemos de preparar debidamente para dichas celebraciones en la conclusión de este camino que hemos venido  haciendo a lo largo de todo el Adviento. Nos quiere ayudar a que descubramos en verdad el misterio que celebramos para que no nos quedemos en lo bonito simplemente o en lo que se puede quedar en superficial o secundario. Y para ello tenemos las palabras de Zacarías.

Reflexionábamos en el nacimiento de Juan que las gentes de la montaña se preguntaban qué iba a ser aquel niño. Habían, es cierto, visto cosas maravillosas en torno a su nacimiento. Confesaban incluso que Isabel se había visto iluminada por la misericordia del Señor cuando le había concedido aquel hijo ya en su vejez. Se admiraban del nombre que se había escogido y se sentían en cierto modo sobrecogidos en la mudez del Zacarías desde que había regresado de su oficio de la ofrenda del templo. Pero no eran capaces de llegar más allá. Hacía falta otra visión, otra mirada, una luz que hiciera comprender. En las Palabras de Zacarías está la respuesta.

Cuando Zacarías prorrumpió a hablar después de señalar el nombre del niño lo hace con un cántico de alabanza al Señor. ‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo…’ Es la visita de Dios a su pueblo. Lo volverá a recordar al final del cántico. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.


Aquí está la respuesta y la revelación del misterio de Dios.  ‘Ha visitado y redimido a su pueblo… nos visitará el sol que nace de lo alto’. Es lo que vamos a celebrar. Es lo que verdaderamente es la Navidad. Seamos conscientes de ello. Dios que nos visita. En medio de nuestras sombras, en medio de nuestros problemas, en medio de las angustias que vivimos, en medio de esas desesperanzas y cansancios con que vivimos la vida, viene Dios a nosotros, viene Dios a visitarnos. Es la maravilla.

No nos quedemos en lo externo, no nos quedemos en bonitas canciones que al final no nos dicen nada, no nos quedemos en músicas que nos adormecen, descubramos la luz que nos viene, descubramos al sol que nace de lo alto, descubramos a Dios que viene a hacerse presente en nuestra vida, en nuestro mundo, en mí, en tí, en cada corazón. Abramos las puertas a Dios, no nos distraigamos con cosas que no son tan necesarias, despertemos de costumbres y rutinas que al final nos desengañan. Para cuántos la navidad es dura porque está llena de nostalgias. No han descubierto el verdadero sentido de la navidad.

No nos vamos a extender, pero decíamos en las palabras del Cántico de Zacarías estaba también la respuesta a la pregunta que se hacía la gente. ‘A tí, niño – y se estaba refiriendo a su hijo Juan – te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Ahora recordamos, pues, la misión del Bautista y lo que le veremos hacer en el desierto a la orilla del Jordán. Es lo que hemos venido escuchando y que a nosotros también nos hace el mismo anuncio de salvación, de perdón, de misericordia, de paz.

Es la forma en que hemos de entender la navidad y en que hemos de prestarnos para celebrarla. Es la visita de Dios, Emmanuel, Dios con nosotros, que nos trae la vida y la salvación.

viernes, 17 de diciembre de 2021

Dios en su amor quiere hacerse hombre injertándose en nuestra humanidad también pecadora porque viene para ser nuestra salvación

 


Dios en su amor quiere hacerse hombre injertándose en nuestra humanidad también pecadora porque viene para ser nuestra salvación

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17

Podríamos decirlo así, somos hijos y herederos de nuestra historia. Alguien me podría decir que cada uno se construye su propia historia, que no queremos depender del pasado ni de nadie, sino que por nosotros mismos nos vamos construyendo la vida. Pero, ¿sobre qué terreno? Eres hijo de unos padres, de una familia, que tiene su historia y sus características, que quieras que no han influido en lo que tu eres.

Es cierto que ahora vas día a día haciéndote tu propia y personal historia, pero no has venido del aire a este mundo, sino que además estás en un lugar, con sus características, con su historia. Nos podrá gustar o no lo que ha sido lo anterior a nuestra vida, nos podrá gustar o no el lugar en el que habitas, las personas de las que te rodeas, la familia que has tenido, pero han sido parte de tu ser, de lo que ahora eres y de lo que ahora construyes. Queríamos que todo fuera brillante, pero las oscuridades también forman parte de ese cuadro de nuestra historia y de alguna manera lo engrandecen. Mucho quizá podríamos discutir del tema, pero somos lo que somos y donde estamos, con sus orígenes y con el futuro que iremos construyendo.

¿Por qué me hago estas consideraciones en la reflexión de este día? Es lo que estamos viendo en el evangelio. Dios ha querido hacerse hombre, encarnarse y nacer en el seno de una familia y de un pueblo. Que tienen su historia uno y otro. Y esa genealogía que nos ofrece hoy san Mateo en el principio de su evangelio de alguna manera eso es lo que quiere decirnos. Dirá al final ‘y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo’. Jesús que nació en el seno de una familia pero en la historia de un pueblo. Es la genealogía donde conectará con el origen de la humanidad pero que se ha desarrollado en un pueblo concreto, entroncando con los orígenes de aquel pueblo. ‘Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán’, nos dice.

Esa historia que tendrá sus claroscuros, sus luces y sus sombras, porque todos los personajes que en ella se nos describen no serán siempre santos, pero precisamente por eso mismo se nos manifiesta la maravilla y la grandeza del Dios que se hizo hombre en nuestra humanidad concreta, una humanidad también pecadora, porque precisamente para eso ha venido; se le ha puesto el hombre de Jesús porque el salvará al pueblo de sus pecados.

Es lo que se nos quiere manifestar en esta genealogía que nos ofrece el evangelista. Y es ahí donde se manifiesta de forma maravillosa y extraordinaria lo que es el amor de Dios. Que es lo maravilloso que vamos a celebrar cuando celebremos su nacimiento, su natividad. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros que así ha querido insertarse en nuestra humanidad, injertarse en la vida del hombre cuando El ha querido hacerse hombre como nosotros tan lleno de debilidades. En El, porque es Dios no habrá pecado, pero en El porque es el Hijo de Dios encontraremos la salvación.

Y es lo que escuchamos cuando comenzamos estos últimos ocho días del Adviento en nuestra intensa preparación para la navidad. Esa es la maravilla del amor de Dios que vamos a celebrar, porque no ha venido porque seamos santos, sino para hacernos santos cuando ha querido ser partícipe de nuestra humanidad, pero hacernos a nosotros partícipes de su divinidad.

Nos enseñará esto a amarnos a nosotros mismos, también con nuestra historia y con nuestras debilidades. No nos quejemos de forma absurda de las debilidades que hayan podido forma parte de esa historia de la que somos herederos, porque también en nuestra vida personal, esa historia que decimos que ahora vamos construyendo, hemos de reconocer que tampoco todo son luces, porque también tenemos muchas sombras personales en nuestra vida. Y así como somos Dios nos ama; así como somos hemos de amarnos a nosotros mismos; así como somos también amamos a los demás cualquiera que sea su historia, porque todos somos unos amados de Dios.

domingo, 3 de enero de 2021

En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

 


En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

‘Y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. ¿No es lo que venimos contemplando y celebrando en esta Navidad? Los ángeles la noche de Belén cantaban la gloria de Dios en el nacimiento de Jesús. Ahí, en el humilde establo de Belén contemplamos la gloria de Dios. Podíamos haber imaginado o pensado en un hermoso lugar, un templo esplendoroso o un palacio resplandeciente por el brillo de las riquezas. Pero no, en un humilde establo, con un pobre pesebre por cuna, contemplamos la gloria de Dios.

¿Qué es lo que estamos contemplando? Un recién nacido, tan pobre que no ha tenido una cuna ni una casa donde nacer, porque hasta en la posada que acogía a los pobres que llegaban a Belén, no había sitio para El. ¿Y quién es ese recién nacido con quien se proclama la gloria del Señor? Es el Verbo de Dios que se hace carne y planta su tienda entre nosotros. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, plantó su tienda entre nosotros’.


No es como la Tienda del Encuentro que Moisés levantó en el desierto dotándola de todo el esplendor del oro y de las riquezas que pudieron recoger entre unos pobres peregrinos del desierto; no es el Santa Santorum que Salomón levantara en el templo de Jerusalén para significar la morada y la presencia de Dios entre nosotros. Esa tienda es el pequeño cuerpo de un niño recién nacido que viene a representar a toda nuestra humanidad y que no tiene mejor lugar para situarse en nuestro mundo que en un humilde establo entre un buey y una mula allá en las afueras de Belén. Y ese recién nacido es el Emmanuel, el Dios – para siempre – con nosotros.

Era la luz verdadera pero que las tinieblas rechazaban; vino para encontrarse con los suyos y hacerse Emmanuel y los suyos no lo recibieron; era la Palabra por la que todo había sido creado, y quisimos silenciar esa Palabra; ‘en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció… En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió’.

Pero ‘¡oh admirable intercambio!’ como diremos en la noche de Pascua cuando la luz pascual brille con todo su esplendor, ‘pues a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Dios ha tomado nuestra carne para hacerse hombre y Dios con nosotros y a nosotros nos ha elevado para hacernos sus hijos. ‘Les dio poder de ser hijos de Dios… porque han nacido de Dios’.

Una doble navidad podemos decir que estamos celebrando y estamos viviendo. Es el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, que contemplamos en Belén, donde estamos contemplando, como venimos diciendo, la gloria de Dios pero al mismo tiempo contemplamos la gloria de Dios que a nosotros nos hace nacer para Dios, nos da el poder ser hijos de Dios. Como nos enseñará más tarde san Juan en sus cartas, la maravilla está en que el amor de Dios nos llama sus hijos, y como reafirma el apóstol ‘¡pues lo somos!’.

Qué hermosa la oración de alabanza de san Pablo en la carta a los Efesios que hemos escuchado, que probablemente era ya un himno litúrgico cantado en aquellas primeras comunidades. Se nos recuerda toda la maravilla a la que hemos sido llamados, elegidos y amados con un amor preferente por parte de Dios. ‘Él nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado’.

¿Podemos pedir más? No terminamos de comprender en toda su profundidad esta generosidad de Dios. Por eso dice el apóstol convirtiéndolo en oración por nosotros ‘no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos’. Espíritu de sabiduría y revelación, luz en nuestro corazón para conocer y comprender esa esperanza que siembra en nuestros corazones, esa riqueza que nos da como herencia, participar de la gloria de Dios; es que somos sus hijos.

‘Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia… Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer’, terminaba diciéndonos el evangelio.

Contemplamos la gloria de Dios cuando contemplamos el misterio de la Navidad que estamos celebrando. Pero contemplamos la gloria de Dios cuando nos sentimos llenos de esa riqueza de gracia que a nosotros nos eleva como hijos también de Dios. Cuántas consecuencias se derivarían para la santidad con que hemos de vivir nuestra vida, pero cuántas consecuencias también para nuestra relación y nuestro trato con los demás cuando contemplamos la dignidad y la grandeza de todo ser humano que en Cristo hemos recibido.

 

domingo, 5 de julio de 2020

Aprender de su mansedumbre, de su amor y de su humildad es aprender a ponernos a ras del suelo siendo paño de consuelo, alivio y descanso para los que sufren


Aprender de su mansedumbre, de su amor y de su humildad es aprender a ponernos a ras del suelo siendo paño de consuelo, alivio y descanso para los que sufren

Zacarías 9, 9-10; Sal 144; Romanos 8, 9. 11-13; Mateo 11, 25-30
Lo más contrario a lo que eran los usos de la época y tenemos que decir también los usos que se siguen utilizando en nuestro mundo de hoy cuando queremos expresar triunfos y victorias, cuando se quiere expresar la grandiosidad del poder en todas sus manifestaciones es lo que nos describe el profeta en la primera lectura para hablarnos de la entrada victoriosa del rey en la ciudad. Acostumbrados estamos a ver en películas de época los grandes desfiles que se nos presentan al regreso del rey y su ejército victorioso; pero no son solo las películas, sino que bien sabemos que en nuestra sociedad hay también una serie de protocolos a seguir para expresar lo que es la grandiosidad de quien ostenta el poder.
El profeta con un sentido mesiánico nos habla de esa entrada del rey victorioso que no va sobre un carro de triunfo conducido por briosos corceles sino que humilde entra montado en un humilde borrico que era la cabalgadura a que más pudieran aspirar los pobres y más que nada como instrumento de sus humildes trabajos. Este texto de Zacarías tendrá su eco en el evangelio cuando se nos  habla de la entrada de Jesús en Jerusalén entre aclamaciones de la gente y precisamente montado en un borrico.
Pienso, ¿por qué no?, hasta en la mirada compasiva o más bien burlona de los soldados o del mismo gobernador romano tras sus escudos y relucientes ropajes cuando Jesús entraba entre las aclamaciones de los niños y los pobres en la ciudad santa. Era además todo lo contrario de lo que los mismos judíos soñaban con la llegada del Mesías victorioso que les liberaría de la opresión de los soldados y poderes extranjeros.
Pero es que eso es precisamente lo grandioso del evangelio. Y esa es la revelación de Dios que Jesús quiere hacernos. Es la imagen que Jesús ha ido presentando de sí mismo cuando se acercaba a los pobres y cuantos sufrían y cómo se gozo era estar entre los hijos del hombre, precisamente entre los humildes y los sencillos. Porque es ahí donde se manifiestan las maravillas de Dios; no es el Dios que se nos impone sino que se acerca a nosotros para caminar con nosotros, para vivir nuestra misma vida, para ser en verdad el Emmanuel, el Dios con nosotros. No es en el caballo del poder sino en el humilde borrico del servicio donde se nos va a presentar Dios para que le descubramos y le conozcamos.
Por eso serán los pequeños, los sencillos y humildes de corazón los que podrán conocer los misterios de Dios, porque de los pobres es el Reino de Dios cielos, porque los mansos y humildes de corazón conocerán a Dios, y los que son limpios de corazón podrán ver a Dios, como nos enseña en las Bienaventuranzas.
Hoy da gracias Jesús al Padre porque ha revelado todo este misterio a los pobres y a los sencillos, porque a los que se creen entendidos, a los soberbios de corazón no se les revelará el Señor. ¿Quiénes fueron los primeros que recibieron el anuncio del Ángel de que había nacido Dios sino unos humildes y sencillos pastores que cuidaban al raso sus rebaños en la noche de Belén?
Y es que así se nos manifiesta Dios cuyo rostro humano vemos en Jesús. Es el rostro del amor y de la misericordia de Dios, es el rostro de la cercanía de quien quiere caminar con nosotros, es el rostro del corazón abierto, misericordioso y compasivo siempre dispuesto para acoger pero siempre regalándonos amor. Es el Jesús que se mezcla con los pecadores y come con ellos, que llega junto al paralítico que en su soledad se siente abandonado por todos para levantarlo y ponerlo en camino de vida en dignidad; es el Jesús que se detiene en las calles de Jerusalén para hacer un poco de barro que poner en los ojos del ciego que envía a Siloé; es el Jesús que siente el hambre y como se desfallecen por el camino los que acuden a El para darles en el desierto abundancia de pan que será signo de vida eterna; es el Jesús que se deja tocar por la mujer de las hemorragias o pone su mano sobre el leproso sin temer ni en un caso ni en otro ni el contagio ni el convertirse en impuro con los que los hombres consideran impuros, porque El se pone siempre del lado de los que son discriminados y nadie quiere.
Muchas páginas del evangelio podríamos recorrer para escuchar con todo sentido lo que hoy nos quiere decir. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’.
Creo que dos cosas importantes podríamos subrayar en estas palabras. La invitación que nos hace para que vayamos a El no importa cual sea nuestra situación. Cansados, agobiados, con el cuerpo o el alma rota en sufrimientos o en dolores de todo tipo, heridos por los desprecios de quienes quizás nos quieren utilizar, con el llanto de nuestras soledades porque nadie nos tiene en cuenta o porque nos van arrimando en las cunetas de la vida. No importa cómo estemos, no importa cuáles sean nuestros dolores y hasta nuestras angustias, cuál sea nuestra necesidad y pobreza porque El encontraremos nuestro alivio y nuestro descanso.
Pero nos dice también ‘aprended de mí que soy manso y humilde de corazón’. Aprender de su mansedumbre, aprender de su amor y de su humildad, aprender de la generosidad de su corazón, aprender de El porque ese tiene que ser el camino que nosotros hagamos para ir al encuentro de los demás. Es nuestra tarea, nuestra labor, nuestra misión, lo que en verdad tenemos que reflejar en nuestra vida. Nosotros y la Iglesia, la Iglesia de Jesús que no puede ser de otra manera que a la manera de Jesús.
¿Será esa la imagen que damos? ¿Será esa la imagen de la Iglesia, que tantas veces decimos, madre de misericordia? ¿No iremos demasiadas veces montados en briosos corceles porque no nos queremos bajar de nuestro poder en lugar de ir en el humilde borrico tal como Jesús entró en la ciudad santa? Ir en el humilde borrico significa bajarnos al suelo y caminar a ras de suelo al lado de nuestros hermanos que sufren; ir a ras de suelo repartiendo siempre misericordia y amor, siendo paño de consuelo para los que sufren y siendo remedio y alivio para tantos que van atormentados por los caminos de la vida.