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viernes, 8 de mayo de 2026

No somos los siervos que simplemente tenemos que obedecer, somos los elegidos de Dios a quienes llama amigos, para permanecer en su amor y dar fruto

 


No somos los siervos que simplemente tenemos que obedecer, somos los elegidos de Dios a quienes llama amigos, para permanecer en su amor y dar fruto

Hechos 15, 22-31; Salmo 56;  Juan 15, 12-17

¿Desde cuándo somos amigos? ¿Cómo comenzó nuestra amistad? ¿Me buscaste de alguna manera interesándote por mí o yo me dejé encontrar? Preguntas así se hacen alguna vez los amigos cuando ya hay una amistad consolidada y llegan momentos quizás de mayores confidencias. ¿Por qué comenzamos a ser amigos? ¿Qué encontramos el uno en el otro que nos llamara la atención y provocara esa amistad? Pero creo que es importante también lo que ya antes mencionábamos de dejarnos encontrar; porque eso significa una apertura por nuestra parte pero también es la atención y la llegada del otro a nuestra vida.

¿Podremos o tenemos que hacernos preguntas así en torno a nuestra fe y a nuestro seguimiento de Jesús? Fácilmente podemos pensar que ha sido el resultado de una búsqueda por nuestra parte, con sus reflexiones y momentos de interiorización personal; es cierto que es necesario una maduración por nuestra parte en lo humano y luego también en el camino de nuestra fe, pero hay algo más misterioso y maravilloso al mismo tiempo de lo que hoy nos habla también el evangelio.

Podríamos hacer a lo largo de los cuatro evangelios un recorrido sobre las vocaciones de aquellos primeros discípulos; es cierto que Juan y Andrés se fueron tras Jesús tras lo que había señalado Juan Bautista e iban preguntando a Jesús donde vivía, como un deseo de conocerle. Pero veremos que hay una constante y son las llamadas de Jesús; se nos describen algunos momentos como la llamada de los pescadores a la orilla del lago o tras la pesca milagrosa, la vocación de Leví que estando tras el mostrador de los impuestos Jesús le llama y la invita a seguirle; es cierto también que muchos vienen hasta Jesús invitados por otros que ya siguen de cerca de Jesús, como sería Simón Pedro o Natanael, y podemos recordar el momento en que de entre todos ellos Jesús escoge a los doce a los que llamará Apóstoles y que van a estar de una manera muy cercana a Jesús.

Pero hoy Jesús nos está dando la clave cuando incluso nos deja como sentido fundamental de la vida del discípulo el amor. ‘Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado’, les dice pero nos señala también la medida de ese amor. ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. No es un amor cualquiera, porque es el amor que es capaz de dar la vida. Y Jesús nos llama amigos, esos por quienes ha dado su vida. Y nos revela algo importante. ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

No somos los siervos que simplemente tenemos que obedecer; Jesús nos ha revelado lo más hondo de sí mismo para que vivamos en comunión con Él; por eso nos llama amigos. Somos los amigos que Él ha elegido, nos ha llamado por nuestro nombre, sabe cómo somos y sabe también de nuestras debilidades, pero somos los amigos en quien Jesús confía. Pero ¿qué hemos de hacer? ¿Cómo hemos de responder? Quiere que demos frutos pero unos frutos que permanezcan. Por eso recordamos lo que ya nos había dicho, quiere que permanezcamos en su amor, porque permaneciendo en su amor es cómo podremos llegar a dar fruto.

Por eso el amor se convierte en una exigencia para nosotros; El nos dice que es su mandato que nos amemos los unos a los otros; es algo que con gusto hemos de hacer porque cuando nos sentimos así amados y elegidos del Señor, cuando nos dice que somos sus amigos, ¿qué otra cosa podemos hacer sino amar?


viernes, 23 de enero de 2026

También nos sentimos llamados porque también nos elige por nuestro nombre para que estemos con El y encendiéndonos en la llama de su amor convertirnos en sus testigos

 


También nos sentimos llamados porque también nos elige por nuestro nombre para que estemos con El y encendiéndonos en la llama de su amor convertirnos en sus testigos

1Samuel 24, 3-21; Salmo 56; Marcos 3, 13-19

Una llamada en el sentido de lo que hoy queremos hablar podemos decir que es una invitación; podríamos hablar también de llamada como un toque de atención, o la llamada que hacemos ante una puerta cerrada para que nos abran, que en este caso seríamos nosotros los que hacemos esa llamada. Pero quiero pensar ahora en la llamada que se nos hace, para que prestemos atención es cierto, pero como una invitación a algo; llamada a la que podemos hacer oídos sordos y no prestar atención, a la que nos negamos a responder o a la que rechazamos porque no tiene interés para nosotros.

Pero la llamada no se queda en que nosotros nos enteremos de que nos hayan llamado sino que hemos de dar una respuesta, aceptar esa invitación y en consecuencia dar lo pasos necesarios para atender a eso a lo que se nos llama. Es importante lo que estoy diciendo porque si importante es el que alguien haya pensado en nosotros para llamarnos o invitarnos a algo, es importante la respuesta que nosotros damos haciendo que esa llamada sea importante para nosotros.

¿Por qué me hago esta previa reflexión? Hoy el evangelio nos habla de llamada y de llamada concreta no solo para que nos enteremos de lo que nos está anunciando, como una campana o una señal de alarma que se hace sonar para que nos enteremos de algo, sino para invitarnos a dar una respuesta.

Mientras subía al monte Jesús llamó a los que quiso para que fueran con Él. Ya comenzaba a haber muchos discípulos, pues la gente lo seguía, acudía para escucharle, le llevaba a sus enfermos para que los curase, y ya se iba formando un grupo de seguidores que con más o menos lealtad seguían a Jesús. Pero entre todos ellos Él llamó a los que quiso, y constituyó un grupo de doce, los llamaremos apóstoles, porque su misión era luego ser enviados para seguir anunciando el Reino de Dios como lo estaba haciendo Jesús. Por eso, nos dice incluso, que les da autoridad para expulsar demonios, para realizar los mismos signos que Jesús hacía como manifestación de la llegada del Reino de Dios.

Y nos dice el evangelista, después de hacernos relación de los nombre de los doce escogidos, que se fueron con Él. Escucharon y dieron respuesta, escucharon la llamada y se fueron con Él, porque luego habría una misión que realizar, para enviarlos a predicar, como lo hacía Jesús. Es hermoso este detalle, ‘se fueron con Él’;  serán los que estarán siempre a su lado, van a recibir sus confidencias y a ellos de manera especial les va a explicar lo que a toda la gente les enseñaba en parábola, van a ser testigos de toda la intimidad de Jesús como suele suceder en toda convivencia humana, podrán hablar con confianza con Jesús preguntándole lo que no entienden, se sorprenderán de lo que es de verdad el espíritu de Jesús y de El querrán aprender, viéndole orar le pedirán que les enseñe a orar, contemplando su espíritu de servicio aprenderán, aunque sean cosas que muchas veces les cueste, que su verdadera grandeza está en servir, seguían a Jesús con sus luces y con sus sombras, con sus momentos de entusiasmo y con los momentos duros en los que les cuesta entender de verdad la vida de Jesús y lo que les enseña, con sus ambiciones y con sus aspiraciones; todo eso iremos contemplando en el Evangelio.

Aunque este pasaje de manera especial nos está hablando de aquellos a los que iba a constituir apóstoles porque serían enviados con misión especial, no podemos dejar de pensar que también está hablando de nosotros los que queremos seguir a Jesús, ser sus discípulos, porque eso para nosotros es también una invitación y un regalo del Señor. También nosotros debemos estar con El, queremos estar con El.

Es el camino del cristiano, es nuestro camino, porque como seguidores de Jesús también tenemos la misión de ser testigos, de dar testimonio de nuestra fe. Pero tenemos antes que crecer por dentro, crecer en ese conocimiento de Cristo y empaparnos de su Evangelio y eso solo lo podemos hacer estando con Él. Es nuestra oración y es la escucha de su Palabra, es el rumiar allá en lo más hondo de nosotros mismos cuanto Jesús nos va enseñando, es crecer en ese espíritu de Cristo, crecer en nuestra espiritualidad cristiana porque será la forma de que podamos dar ese testimonio que no solo serán nuestras palabras sino sobre todo nuestra vida y principalmente nuestro amor.

Un amor que tenemos que encender en la llama del corazón de Cristo, en la llama de su amor.


viernes, 23 de mayo de 2025

Somos los elegidos del Señor, somos aquellos a los que Jesús nos llama amigos, somos los que ahora siguiéndole llegaremos en vedad a dar frutos

 


Somos los elegidos del Señor, somos aquellos a los que Jesús nos llama amigos, somos los que ahora siguiéndole llegaremos en vedad a dar frutos

 Hechos 15, 22-31; Salmo 56; Juan 15, 12-17

Gracias por considerarme tu amigo, me decía hace días una persona con la que se había ido estableciendo una bonita relación, una buena comunicación aun en las distancias que muchas veces podamos tener en la vida - hoy tenemos de fácil la posibilidad de comunicación a través de las redes con personas que físicamente pueden estar lejos de nosotros – y a la que en un momento le había llamado amigo. Es bonito ese paso, desde una comunicación ocasional a algo más cercano que pueda convertirse en amistad. Que no es solo, repito, un conocimiento ocasional, sino que es una comunicación más hondo donde ya vamos trasmitiendo parte de nosotros mismos al tiempo que comienza esa nueva interrelación.

Es una palabra, amigo, que muchas veces utilizamos con demasiada ligereza; parece que a todo persona que por la razón que sea hayamos conocido e intercambiado algunas palabras, ya tenemos que llamarlo amigo. Y no podemos confundir la amistad con otro tipo de relaciones; todos nos llamamos amigos, pero no siempre tenemos bien claro quienes son nuestros amigos de verdad; de alguna manera es un proceso de la persona que lleva a una nueva y distinta comunión y cuando vivimos la belleza de una amistad verdadera nos sentimos más felices y realizados como personas, nos conocemos mejor a nosotros mismos como entrar en un conocimiento y comunicación con esas personas a las que consideramos amigos, nos sentimos impulsados a un desarrollo mejor de lo que somos y nos sentimos verdaderamente apoyados en los proyectos que tengamos en la vida.

¿Cómo se sentirían los apóstoles en aquella noche de confidencias en que se había convertido la cena pascual que estaban celebrando? Muchas son las cosas que se van como destilando del corazón de Cristo que les abren nuevas expectativas, al mismo tiempo que sentían como una preangustia porque les parecía que todo aquello lo podían perder, aunque aun no terminaran de comprender lo que se iría sucediendo en aquellos días. De alguna manera era para ellos momentos de crisis en la incertidumbre que llegaría como a explosionar con el prendimiento de Jesús en el Huerto y todo lo que a continuación sucedería.

Pero en medio de esas recomendaciones de Jesús, donde les está hablando del amor con que han de vivir, en un momento dado los llama amigos. ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’. Qué dulce tendría que haber sonado esa palabra en sus oídos, ‘a vosotros os llamo amigos’. A ellos se les había revelado, a ellos les había transmitido todo el misterio de Dios. Aunque ahora no terminaban de comprender como más tarde recordarían irían pasando por su mente todo aquello que había hecho y había dicho Jesús. Como El mismo les prometería ‘cuando venga el Espíritu de la Verdad es os lo recordará todo’. Será cuando terminen de comprender estas palabras de Jesús.

Y Jesús los puede llamar amigos porque todo ha sido algo que ha salido de su corazón, de su amor. Algunas veces nos queremos echar flores, queremos decir cuántas cosas nosotros hemos hecho, o como un día Pedro le recordaría a Jesús, es que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte. Pero no son méritos nuestros, aunque muy meritorio sea el haber llegado a ser capaces de despojarnos de cosas o de personas para seguir a Jesús, sino que todo parte de la elección de Dios. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

Somos los elegidos del Señor, somos aquellos a los que Jesús nos llama amigos, somos los que ahora siguiéndole llegaremos en verdad a dar frutos. ¿Es lo que estamos sintiendo?, ¿es lo que estamos haciendo?

martes, 14 de mayo de 2024

Repasemos alguna vez la historia de nuestra vida para reconocer una historia de amor de Dios para con nosotros y volvamos sobre nuestros pasos para dar gracias

 


Repasemos alguna vez la historia de nuestra vida para reconocer una historia de amor de Dios para con nosotros y volvamos sobre nuestros pasos para dar gracias

Hechos de los apóstoles 1, 15-17. 20-26; Salmo 112; Juan 15, 9-17

Ser elegido para desempeñar una función, para una responsabilidad importante es considerado todo un honor; más aún cuando no ha sido algo deseado o buscado por nuestra parte sino que aparece como un don gratuito hacia nosotros de aquel que nos ha elegido; con qué empeño y responsabilidad asumiremos ese honor queriendo hacernos dignos de esa confianza que han tenido con nosotros. No se trata en este caso de una elecciones que llamamos democráticas en las que nos presentamos como candidatos ofreciendo de nuestra parte nuestro curriculun para hacernos merecedores de tal elección. Hablamos, en este caso, de la generosidad de quien ha pensado en nosotros y nos ha elegido para desempeñar tales funciones.

Me estoy haciendo esta consideración en la fiesta del Apóstol que hoy nos propone la liturgia de la Iglesia, san Matías, elegido como se nos relata en el libro de los Hechos de los Apóstoles en sustitución de Judas que había traicionado al Señor. Y es también el texto que en esta liturgia hoy se nos ofrece en la que Jesús, recogiendo palabras de la cena pascual, que hemos venido considerando en días pasados, nos llama sus elegidos. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

‘Soy yo quien os he elegido’, nos dice Jesús. Y no hay otra razón que su amor. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Como hemos considerado tantas veces recordamos aquello que nos dice san Juan en sus cartas. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó’  y nos eligió para regalarnos con su amor. Por eso no nos queda otra que responder nosotros con el mismo amor. ‘Permaneced en mi amor’.

Creo que es algo que no hemos considerado lo suficiente. Tenemos que dejarnos sorprender por el amor del Señor. No son nuestros merecimientos cuando nuestra vida está llena de debilidades y pecados. Y Dios sigue amándonos, sigue confiando en nosotros, sigue regalándonos su amor para que al final nosotros aprendamos también a amar y amemos con su mismo amor, a su medida. Por eso nos dice que nos ha destinado para que demos fruto y nuestro fruto permanezca.

Ha sido Dios ese buen viñador que ha cuidado de su viña, ha cuidado de nosotros. La historia de nuestra vida es una historia de lo que es el amor de Dios para con nosotros. Alguna vez tenemos que detenernos a pensarlo, a considerarlo bien. Cada uno tenemos nuestra historia personal, que no es solo lo que nosotros hayamos podido construir, también tenemos que considerarlo y reconocerlo, pero por encima de todo eso están todas esas señales del amor que Dios ha ido poniendo a la vera del camino de nuestra vida. Sería bueno que alguna vez nos detuviéramos a pensarlo y reconocerlo, porque es reconocer el amor de Dios, dar gracias por ese amor que Dios nos ha tenido.

Cuántas veces en la historia de nuestra vida nos hemos visto envueltos en mil turbulencias y como personas de fe hemos acudido al Señor para que nos ayude a atravesar esos malos momentos y podamos salir de esas situaciones; pero qué pronto lo olvidamos cuando volvemos de nuevo a la calma o a la vida rutinaria de cada día. Nos pasa muchas veces como aquellos leprosos del evangelio que se vieron curados y corrieron para buscar los papeles que les permitieran ir al encuentro de los suyos; solo uno volvió sobre sus pasos para llegar a los pies de Jesús y dar gracias. Tenemos que hacerlo.

domingo, 5 de mayo de 2024

No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama, porque Dios siempre va tomando la iniciativa, nos elige y nos regala con su amor

 


No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama, porque Dios siempre va tomando la iniciativa, nos elige y nos regala con su amor

Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Vivimos en un mundo de méritos; nos lo hemos ganado, decimos; nos creemos merecedores de todo porque tengamos unos títulos, porque hayamos hecho un recorrido en la vida, porque hayamos acumulado unos méritos. No digo que no tengamos que tener en cuenta esas cosas, y está por medio nuestra preparación, el desarrollo de cualidades y valores, la buena ejecución de aquello que se nos haya encomendado; es una forma de valorarnos y de estimularnos, es una forma de que otros también se sientan impulsados a crecer. Pero la vida es más.

No son unos méritos o unos títulos los que nos ganan el corazón de las personas; no es con una carrera con la que vamos a presentarnos ante alguien para exigirle que nos acepte y nos meta en su vida; no es lo que tengamos acumulado en nuestras ganancias lo que en verdad nos hace grandes como personas; es otra cosa que tenemos que sentir en el corazón, en lo más hondo de nosotros mismos, donde vamos a manifestar lo que es la verdadera realidad de nuestra vida y nuestra grandeza.

¿Qué es lo que verdaderamente dará grandeza a nuestra vida? ¿Qué es el fondo lo que nos puede producir mejor y más honda felicidad? Todos andamos buscando esa grandeza, esa dignidad que también tenemos que saber reconocer en los demás, esa felicidad que nos llenará de las satisfacciones más hondas. ¿Dónde encontrarlo?

Sentimos así la necesidad de amar y de sentirnos amados. Es esa relación de comunión que queremos establecer con las personas, con las personas que amamos y de las que nos sentimos amadas. Es el camino que tenemos que aprender a descubrir. Es de lo que hoy Jesús nos está hablando en el evangelio.

Como bien sabemos, estos textos que estamos escuchando estos domingos, aunque también en las lecturas de pascua en medio de la semana, están tomadas en gran parte del evangelio de san Juan y en especial de la cena pascual antes del comienzo de la pasión. Momentos de emociones fuertes, momentos de desahogo y de despedida, momentos de últimas recomendaciones. Jesús está desparramando toda la ternura de su corazón. Los discípulos amaban a Jesús y por eso su emoción y hasta su tristeza porque realmente aún terminaban de comprender todo lo que iba a suceder, por eso les veremos luego despistados, desparramados, que huyen y se esconden. Pero allí Jesús les va dejando todas las señales de su amor, que tendría que ser en verdad en lo que ellos tendrían que apoyarse para no sentirse tan escandalizados por lo que luego sucedería.

Y les dice una cosa muy bonita. Hay como una corriente de amor que parte del Padre y que a través de Jesús les llega a ellos también. De manera que si entran en esa corriente de amor algo nuevo habrán de sentir en sus corazones para que su vida fuera distinta. Pero aunque Jesús les habla claramente ellos andan como aturdidos y terminan de saborear hondamente las palabras de Jesús. Será después de la resurrección, cuando se llenen del Espíritu, cuando lo comprenderán todo y comenzarán a vivirlo intensamente.

Jesús les está diciendo que no los mira como siervos, no los mira como alguien ajeno a su corazón, para El son sus amigos, los amados, los que también se están llenando de ese amor de Dios. Porque no es lo que ellos realmente por si mismos hayan hecho como merecimientos en el tiempo que han estado con Jesús. Es Dios quien ha tomado la iniciativa.

‘A vosotros os llamo amigos’, les dice, porque ya conocéis todo lo que es el amor de Dios que se nos ha manifestado. Conocer, bien sabemos, en el sentido bíblico es algo más que tener conocimiento de algo, un conocimiento intelectual, o como quien conoce una noticia que le comunican; conocer es experimentar en si mismo, es algo mucho más hondo. Cuando María dice que no ha conocido hombre está queriendo decir que no ha tenido experiencia de lo que es el amor de un hombre, recordamos. Es ahora lo que les está diciendo Jesús. Ellos han experimentado en sí mismo lo que es ese amor y esa elección de Dios. ‘Yo os he elegido’, les dice Jesús. Les ha elegido porque les ama; en esa elección de Jesús están experimentando en sí mismos el amor que Jesús les tiene.

Todo es iniciativa de Dios. ¿Qué sucedió en el texto que hemos escuchado en la primera lectura cuando Pedro es llamado a ir a visitar la casa de aquel gentil y de repente siente que el Espíritu Santo ha inundado aquella casa llenándolos a todos del Espíritu Santo? No eran judíos, no estaban bautizados, llamaron a Pedro porque estaba en un camino de búsqueda de conocer el evangelio de Jesús, pero el Espíritu del Señor tomó la iniciativa, y por eso dirá Pedro como podrán negarles entonces el bautismo de Jesús.

Es lo que nos viene a decir también san Juan en la segunda lectura. Repito, la iniciativa es de Dios. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios primero nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados’. Es que Dios es amor, y todo va a ser una derivación de ese amor que es Dios, de ese amor con Dios nos ama y nos entrega a su Hijo. Es mucho más que un amor de amistad, aunque Jesús empleará esa palabra para referirse a sus discípulos. Es el amor que es entrega. Por eso no hay amor más grande que el de quien da su vida por los que ama, del que se entrega por los que ama. No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama.

¿Seremos capaces de amar con un amor así? Es el amor que Jesús nos pide, porque nos pide que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Y no es poca cosa.


domingo, 18 de junio de 2023

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, regalemos amor, que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo

 


‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, regalemos amor, que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo

Éxodo 19, 2-6ª; Sal 99; Romanos 5, 6 11; Mateo 9, 36-10, 8

Tengo un amigo que siempre me dice que no le gustan las aglomeraciones, donde hay mucha gente, los apretujones, el no poderse mover a su aire, no se explica bien el porqué huye de esas aglomeraciones, pero en cierto modo se entiende, en medio de una masa uno se siente un desconocido, aunque rodeado de mucha gente se siente aislado, no te sientes conocido, de alguna manera ignorado porque solo eres uno más en medio de esa masa.

Algunas veces cuando voy en un medio de transporte, en medio de toda aquella gente que allí vamos como muy unidos, porque el espacio es reducido, sin embargo eres un desconocido; qué sabes de esas personas que van a tu lado, que están contigo en una cola, por ejemplo, y qué saben de ti; de alguna manera nos ignoramos los unos a los otros, porque cada uno va a lo suyo; hoy vamos enfrascados en nuestros móviles cada uno pendiente de la conversación que mantiene con alguien que está al otro lado del mundo, pero no se ha fijado en quien tiene a su lado. Cuando ves a alguien que se sonríe, o intenta tener un detalle contigo para cederte el paso o darte un lugar para sentarte, parece que ves la luz, algo nuevo comienza a brillar.

Hoy nos dice el evangelio que Jesús se encontró con una muchedumbre que le esperaba y sintió lástima de ellos, ‘porque andaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y les dice a los discípulos que la mies es mucha, pero que los obreros son pocos, que rueguen al Señor de la mies para que envíe trabajadores para su mies.

Pero aquí viene el detalle de Jesús, llamó a doce, a cada uno por su nombre, ‘y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’. Y les dio instrucciones y los envió a anunciar el Reino, pero los envió a curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, echar demonios. Son doce a los que envía, y los envía para que vayan teniendo un contacto directo con aquellos que están llenos de sufrimientos; se acercarán a la persona que está enferma para curarla, limpiarán a aquel en concreto que está leproso, liberarán en concreto del mal a quien está poseído por el maligno. Han de ir al encuentro con la persona, allí donde hay dolor y sufrimiento.

Nos rodea, sí, una muchedumbre desconcertada, desorientada. Miramos nuestro mundo y vemos la inmensidad de trabajo que nos espera si en verdad queremos coger el guante que nos lanza Jesús para que vayamos a realizar su obra. Miro en mi entorno y de me doy cuenta de cuanta indiferencia en tantas aspectos de la vida nos envuelve. Nos hemos convertido en seres anónimos, sin nombre.

¿No nos sucede que algunas veces no sabemos el nombre de quien vive en nuestro mismo edificio, o quien vive cuatro casas más allá en nuestra misma calle? Vamos a lo nuestro, nuestros problemas, nuestras luchas, nuestras cosas, a lo más ese círculo de personas, que no siempre amigos, que están cerca de nosotros quizá por razón de trabajo, pero que cada uno se las apañe como pueda. Como mencionábamos antes por las redes sociales estamos más atentos a quien vive en otro continente, que de la persona que va con nosotros en el mismo transporte publico.

¿Tendremos que curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos? Empecemos por dejarnos curar nosotros mismos, queriendo escuchar esa llamada que por nuestro nombre nos está haciendo el Señor. Despojémonos de esos lienzos de individualismo que tantas veces nos envuelven para poder caminar liberados de ataduras y prejuicios al encuentro de esa persona que tenemos ahí muy cerca, pero que tantas veces pasamos a su lado ignorándolo. Esos son los milagros que nos pide el Señor.

Vayamos con ese bálsamo de la escucha, con esa luz de una sonrisa, con esa mirada a los ojos para que el otro vea que tú le interesas. Cuantas señales podemos dar de esa cercanía del Reino de Dios con nuestra cercanía, con nuestro cederle el paso o darle un asiento en el transporte, con tantos gestos de humanidad que tenemos que comenzar a dar si no queremos que cada vez se haga más inhumano nuestro mundo. No es cuestión de gritar derechos, que eso es muy fácil hacerlo enardecidos por una manifestación, sino sepamos darle esos derechos a la persona cuando nos interesamos por ella, cuando estamos a su lado, cuando ponemos el aire fresco de una sonrisa a nuestro paso por la calle en medio de tantos que caminan indiferentes.

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, termina diciéndonos hoy Jesús. Regalemos amor. Que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo.

viernes, 20 de enero de 2023

Descubramos lo que es la maravilla del amor que nos tiene para elegirnos de manera especial y aprendamos a gustar el estar con El saboreando la presencia de su amor

 


Descubramos lo que es la maravilla del amor que nos tiene para elegirnos de manera especial y aprendamos a gustar el estar con El saboreando la presencia de su amor

Hebreos 8,6-13; Sal 84; Marcos 3,13-19

Es cierto que cuando nos sentimos atraídos por una persona, nos agrada su manera de ser, sintonizamos de alguna manera con su pensamiento y con su ideales, no solo vemos en esa persona un modelo para nuestra vida, sino que además sentimos un deseo profundo de estar con esa persona, de no apartarnos de ella, se seguirle a donde quiera que vaya. Nace una comunión profunda en el corazón que en fin de cuentas son deseos y expresiones del amor.

Así iremos viendo en el evangelio que muchas gentes se sienten atraída por Jesús, quieren estar con El. En algún momento se nos dirá que por irse con Jesús muchos de ellos llevan hasta varios días sin comer. Jesús ha despertado en sus corazones, metas, ideales, sueños, esperanzas, deseos de algo mejor y que tienen la sensación que si no se apartan de Jesús podrán alcanzar todos esos sueños y esas metas. Muchos merodean alrededor de Jesús.

Pero en estos asuntos del Reino de Dios hay cosas que en cierto modo nos desconciertan porque parece que van a la contra de lo que uno buenamente desea, pero al tiempo nos encontraremos que los caminos de Jesús son bien distintos. No es cuestión solo de que quieran estar con Jesús; es necesario algo más y algo distinto, es necesario ser llamados por Jesús. Algo misterioso que en ocasiones se manifestará de una forma sencilla, pero quien siente la llamada en el corazón se siente al mismo tiempo sorprendido, porque se da cuenta de que hay una elección especial entre otros, que hay un amor especial. Vocación es llamada de amor, desde el amor y que solo podrá responderse queriendo vivir ese amor más profundo.

Hoy lo contemplamos en el evangelio. Son muchos ya los que están siguiendo a Jesús. Hablando de tácticas humanas, pero las divinas están muy por encima, podríamos decir que Jesús quiere ir formando su equipo. Pero bien sabemos que es algo más. Van a tener su misma misión, realizar su misma obra, tendrán que aprender a llenarse de Jesús.

Nos dice el evangelio que ‘Jesús subió al monte y llamó a los que El quiso’. Es bueno irse fijando en estos detalles, una llamada y que es solamente desde lo que es la voluntad del Señor. Y de entre todos ‘instituyó a Doce para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar – ya va saliendo el misterio de la misión – y para que tuvieran autoridad para expulsar demonios’.

El mal había de ser destruido para que reinara el amor, para que sea en verdad el Reino de Dios. Y Jesús va realizando signos de esa victoria sobre el mal. En el corto tramo del evangelio de Marcos que hemos ido escuchando, hemos visto ya a Jesús en dos ocasiones expulsando demonios, pero lo hemos visto trayéndonos el perdón. Ahora nos resalta el evangelista que los tuvo con él ‘para que tuvieran autoridad para expulsar demonios’.

La misión de la transformación de nuestro mundo que tenemos que realizar. Es nuestra tarea cuando queremos poner la paz, cuando queremos que reine el amor, cuando queremos que brille la justicia, cuando queremos un mundo de fraternidad para todos, cuando queremos construir el Reino de Dios. Son las señales que nosotros también hemos de dar.

La obra de Jesús y nuestra obra. A nosotros también nos llama, y lo hace por nuestro nombre, a nosotros también nos quiere con El. No es ya que nosotros queramos estar con El sino que quiere tenernos con El, a su lado. Es algo que tenemos que considerar muy bien; descubrir lo que es la maravilla del amor que nos tiene para elegirnos de manera especial. Aprendamos a gustar el estar con El; que no es solo que nos guste, sino que lo saboreemos, lo disfrutemos, porque será el camino para que nos mantengamos en fidelidad, aunque nos cueste en tantas ocasiones.

lunes, 25 de julio de 2022

Más allá del marco sucio y feo de mi vida hay un tesoro que Dios ha depositado en mí, manifestando la grandeza de su amor en mi vida

 


Más allá del marco sucio y feo de mi vida hay un tesoro que Dios ha depositado en mí, manifestando la grandeza de su amor en mi vida

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

Si tenemos una joya ya procuraremos guardarla donde no la podamos perder o nos la puedan robar; si queremos resaltar esa joya para que además pueda ser admirada, ya procuramos engarzarla en materiales preciosos que le hagan dar un mayor brillo y esplendor, rodeándola no solo de materiales de gran riqueza sino que buscaríamos un orfebre que le pudiera hacer un artístico marco. Es normal que cuidemos nuestras joyas, pero quizá hay una a la que en ese orden no damos tanta importancia y muchas veces la descuidamos y no la hacemos resaltar como deberíamos. Será la vida misma, serán esos valores de los que todo estamos dotados, será esa maravilla de nuestra vida interior y espiritual, será el mismo don de la fe. Pero esas cosas que no son del orden material no le damos tanta importancia, y muchas veces pasan desapercibidas cuando tendríamos que resaltarlas como lo más valioso de nuestro ser.

Quizás nos parece que el marco en que están engarzadas, que es nuestro propio yo tan lleno de defectos y debilidades pudiera parecernos que le quitan esplendor. Pero ¿qué será lo importante, el marco en que está engarzada o la joya misma?


Hoy nos recuerda algo muy importante la carta del apóstol. ‘Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros…’ Y nos habla de nuestras tribulaciones, de nuestras debilidades… pero ahí se manifiesta la maravilla de Dios, la fuerza de la gracia divina. ‘Para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal’, continua diciéndonos.

Así quiere Dios contar con nosotros con nuestras tribulaciones y con nuestras debilidades. Es cierto que queremos ser mejores, aspiramos a superarnos día a día y el listón que nos propone el Señor está bien alto, pues nos quiere perfectos como nuestro Padre del cielo es perfecto; y así nos quiere compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso. Pero Dios cuenta con nosotros, no porque seamos ya perfectos, sino porque queremos avanzar y crecer.

No escogió Jesús a los hombres más perfectos que pudiera haber en todo el territorio de Israel o de Palestina. A aquellos que fue llamando para seguirle, a aquellos que comenzaron a ser sus discípulos, a aquellos a los que de manera especial los llamó para ser sus apóstoles, no eran precisamente ni los mejor dotados y preparados, ni los hombres más perfectos; unos rudos pescadores de Galilea, una gente sencilla sacada de aquellos pueblos y de aquellos campos, con sus ambiciones y con sus sueños, con sus debilidades y apegos en el corazón, pero El los llamó, los eligió, los llevó consigo porque era grande la misión que les iba a confiar.

A Pedro le veremos con sus impulsos al mismo tiempo que sus miedos y cobardías, pero con un corazón muy lleno de amor por Jesús; a Santiago y Juan lo vemos con sus ambiciones y sus sueños que se valen de la influencia familiar en el deseo de alcanzar primeros puestos; a todos los vemos con sus aspiraciones  y sus luchas internas por saber quien iba a ser el principal o quien iba a ocupar el primer puesto en aquel grupo que se había formado alrededor de Jesús. Y Jesús cuenta con ellos.


Hoy estamos celebrando al Apóstol Santiago, aquel que tuvo especiales privilegios de Jesús para subir con El al Tabor, para ser testigo de la resurrección de la hija de Jairo, para estar cerca de Jesús en su agonía en Getsemaní, pero como vemos hoy también en el evangelio está con la ambición de los primeros puestos, a la derecha o a la izquierda de Jesús. Es la petición que la madre en nombre de los hijos presentará a Jesús.

‘No sabéis lo que pedís’, les dice Jesús. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber o bautizados en el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Inocentemente quizás, o desde los impulsos de su corazón le responden a Jesús que pueden. ‘Podemos’, responden. Y Jesús les dice que eso de los primeros puestos es otra canción, pero que sí van a beber ese cáliz. Hoy el texto de los Hechos de los Apóstoles nos hablará del martirio de Santiago, mandado a decapitar por Herodes.

Esta reflexión que me estoy haciendo, no es solo contemplar lo que fue la figura del Apóstol Santiago a quien hoy celebramos. Es sentir como un rayo de luz y de esperanza en mi propia vida, porque me está diciendo cómo el Señor sigue confiando en mí a pesar de que también mi corazón está muchas veces turbio en apetencias, en apegos, en orgullos mal curados, en amor propio, en egoísmos que me encierran. Dios me conoce y sabe como soy y sigue confiando en mí. Será impulso para crecer y para ser mejor cada día, pero es un rayo de esperanza que me lleva a caminar siempre con alegría el camino de Jesús.

Pero encima o dentro del marco de lo que es mi vida, hay un tesoro que Dios ha depositado en mí, y que manifiesta la grandeza de lo que es el amor de Dios en mi vida.

viernes, 21 de enero de 2022

Jesús sigue confiando en nosotros, seguirá queriéndonos llamar sus amigos y nos confiará su misma misión para ser apóstoles y testigos

 


Jesús sigue confiando en nosotros, seguirá queriéndonos llamar sus amigos y nos confiará su misma misión para ser apóstoles y testigos

1Samuel 24, 3-21; Sal 56; Marcos 3, 13-19

‘Jesús, mientras subía al monte, llamó a los que quiso, y se fueron con él’. Así comienza el relato del evangelio que hoy se nos ofrece. Y a continuación el evangelista nos da los doce nombres de los que han sido elegidos. Como nos explica, ‘instituyó a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios’.

Hay algo que no siempre terminamos de entender. No es cosa nuestra, no es solo una decisión nuestra, es una elección de Dios. Muchas veces la gente piensa, bueno aquel se hizo sacerdote porque le gustaban esas cosas, o escogió ser cura como pudo haber escogido otra carrera en la vida. Incluso en nuestros ámbitos religiosos o de gente cercana a la Iglesia esa es la forma de pensar, una profesión como otra cualquiera. Es mucho más, es algo distinto. Algo, es cierto, que muchas veces cuesta entender.

Es cierto que la llamada del Señor es algo que entra en el ámbito del misterio, porque es algo sobrenatural. Y Dios se vale de muchas circunstancias de la vida para hacernos sentir su llamada. No es la aparición de un ángel que nos dice lo que tenemos que hacer. Sí, tenemos que decir que son movimientos del corazón, digámoslo así, algo que se siente en nuestro espíritu y que es difícil muchas veces de explicar. Y cada uno allá en la intimidad de su corazón ha de saber descubrir lo que es esa llamada del Señor.

Son los doce constituidos en apóstoles, serán los enviados a hacer el anuncio de la buena nueva del Evangelio. Pero antes Jesús quiere que estén con El. Como iremos viendo a lo largo del relato del evangelio le acompañarán a todas partes, serán testigos especiales de los signos que Jesús realiza, a ellos de manera especial les explicará el sentido de las parábolas con las que Jesús enseña a la gente, se los llevará a lugares tranquilos para que estén con El, y mientras van de camino va a recibir especiales enseñanzas de Jesús.

Serán los que van a compartir su misión. Por eso a ellos les dará especial autoridad para que puedan realizar los mismos signos que Jesús realiza. ‘Instituyó a doce para que estuvieran con él… y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios’, nos ha dicho el evangelista. Es todo un signo, toda una señal que hemos de dar de que somos los enviados del Señor; llamados a la transformación de nuestro mundo, llamados a arrancar el mal para que sea transformado nuestro mundo en un mundo de bien, de justicia, de verdad, de auténtica paz. Es el mal que tenemos que ir erradicando de nuestro mundo como signo de que realizamos la obra de Jesús; son los signos de que el Reino de Dios se va instaurando en nuestro mundo. Pero solo se podrá realizar con la autoridad de Jesús.

Aquellos que se han sentido llamados primero que nada han de realizar esa transformación de su vida a la imagen de Jesús, para que así se puedan manifestar en nosotros los signos del Reino de Dios. No olvidemos que siempre lo primero que Jesús nos pide para seguirle es la conversión. Y la conversión no es un ropaje externo que pongamos sobre nosotros sino que tiene que ser esa transformación de nuestra vida, porque de nosotros erradiquemos el mal, porque en nosotros comiencen a brillar de verdad esas señales del Reino de Dios.

Es tan importante ese estar con Jesús porque es donde nos impregnamos de su vida, de sus sentimientos, de sus actitudes, de su manera de actuar y de vivir. Solamente cuando estamos en profunda intimidad con alguien es cuando lograremos luego manifestar que estamos impregnados de su vida. Hay cosas que no se aprenden solamente por nos las enseñen o las escuchemos. Son cosas que ‘se nos pegan’ haciéndose nuestra misma piel, haciéndose nuestra misma vida.

Es el camino del Apóstol, un camino no siempre fácil. Ya vemos cuánto les costó a los discípulos que estaban siempre con El impregnarse de aquello que Jesús les enseñaba; una y otra vez volvían a rebrotar en ellos sus ambiciones y sus aspiraciones, sus luchas y rivalidades; quién será el primero, quién será el más importante son discusiones que se repiten muchas veces a espaldas de Jesús. Cuánto les costará entender lo de hacerse los últimos y los servidores de todos. Solamente con la fuerza el Espíritu que les inunda llegarán a proclamar en verdad que Jesús es el Señor.

Es el camino que hemos de recorrer los que nos decimos discípulos y seguidores de Jesús que también recibimos la misión de ser apóstoles y testigos. A pesar de nuestras debilidades y recaídas, a pesar de nuestras reticencias y desconfianzas, a pesar de esos sueños que muchas veces se nos meten en el corazón, Jesús sigue confiando en nosotros, seguirá queriéndonos llamar sus amigos, y nos confiará su misma misión.

domingo, 3 de enero de 2021

En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

 


En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

‘Y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. ¿No es lo que venimos contemplando y celebrando en esta Navidad? Los ángeles la noche de Belén cantaban la gloria de Dios en el nacimiento de Jesús. Ahí, en el humilde establo de Belén contemplamos la gloria de Dios. Podíamos haber imaginado o pensado en un hermoso lugar, un templo esplendoroso o un palacio resplandeciente por el brillo de las riquezas. Pero no, en un humilde establo, con un pobre pesebre por cuna, contemplamos la gloria de Dios.

¿Qué es lo que estamos contemplando? Un recién nacido, tan pobre que no ha tenido una cuna ni una casa donde nacer, porque hasta en la posada que acogía a los pobres que llegaban a Belén, no había sitio para El. ¿Y quién es ese recién nacido con quien se proclama la gloria del Señor? Es el Verbo de Dios que se hace carne y planta su tienda entre nosotros. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, plantó su tienda entre nosotros’.


No es como la Tienda del Encuentro que Moisés levantó en el desierto dotándola de todo el esplendor del oro y de las riquezas que pudieron recoger entre unos pobres peregrinos del desierto; no es el Santa Santorum que Salomón levantara en el templo de Jerusalén para significar la morada y la presencia de Dios entre nosotros. Esa tienda es el pequeño cuerpo de un niño recién nacido que viene a representar a toda nuestra humanidad y que no tiene mejor lugar para situarse en nuestro mundo que en un humilde establo entre un buey y una mula allá en las afueras de Belén. Y ese recién nacido es el Emmanuel, el Dios – para siempre – con nosotros.

Era la luz verdadera pero que las tinieblas rechazaban; vino para encontrarse con los suyos y hacerse Emmanuel y los suyos no lo recibieron; era la Palabra por la que todo había sido creado, y quisimos silenciar esa Palabra; ‘en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció… En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió’.

Pero ‘¡oh admirable intercambio!’ como diremos en la noche de Pascua cuando la luz pascual brille con todo su esplendor, ‘pues a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Dios ha tomado nuestra carne para hacerse hombre y Dios con nosotros y a nosotros nos ha elevado para hacernos sus hijos. ‘Les dio poder de ser hijos de Dios… porque han nacido de Dios’.

Una doble navidad podemos decir que estamos celebrando y estamos viviendo. Es el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, que contemplamos en Belén, donde estamos contemplando, como venimos diciendo, la gloria de Dios pero al mismo tiempo contemplamos la gloria de Dios que a nosotros nos hace nacer para Dios, nos da el poder ser hijos de Dios. Como nos enseñará más tarde san Juan en sus cartas, la maravilla está en que el amor de Dios nos llama sus hijos, y como reafirma el apóstol ‘¡pues lo somos!’.

Qué hermosa la oración de alabanza de san Pablo en la carta a los Efesios que hemos escuchado, que probablemente era ya un himno litúrgico cantado en aquellas primeras comunidades. Se nos recuerda toda la maravilla a la que hemos sido llamados, elegidos y amados con un amor preferente por parte de Dios. ‘Él nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado’.

¿Podemos pedir más? No terminamos de comprender en toda su profundidad esta generosidad de Dios. Por eso dice el apóstol convirtiéndolo en oración por nosotros ‘no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos’. Espíritu de sabiduría y revelación, luz en nuestro corazón para conocer y comprender esa esperanza que siembra en nuestros corazones, esa riqueza que nos da como herencia, participar de la gloria de Dios; es que somos sus hijos.

‘Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia… Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer’, terminaba diciéndonos el evangelio.

Contemplamos la gloria de Dios cuando contemplamos el misterio de la Navidad que estamos celebrando. Pero contemplamos la gloria de Dios cuando nos sentimos llenos de esa riqueza de gracia que a nosotros nos eleva como hijos también de Dios. Cuántas consecuencias se derivarían para la santidad con que hemos de vivir nuestra vida, pero cuántas consecuencias también para nuestra relación y nuestro trato con los demás cuando contemplamos la dignidad y la grandeza de todo ser humano que en Cristo hemos recibido.

 

viernes, 15 de mayo de 2020

Qué gozo sentir que somos amados del Señor y así queremos ser nosotros también los amigos, porque de la misma manera queremos darnos nosotros también


Qué gozo sentir que somos amados del Señor y así queremos ser nosotros también los amigos, porque de la misma manera queremos darnos nosotros también

Hechos 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17
Yo elijo a los amigos que quiero, solemos pensar, que nadie nos puede imponer una amistad. Efectivamente en la vida vamos conociendo a mucha gente, y aunque a todos apreciáramos sin embargo no a todos consideramos amigos. Una palabra que de alguna manera tenemos un poco devaluada, porque a todos llamamos amigos, apenas conocemos a alguien enseguida decimos que es un amigo. Hoy con la comunicación de las redes sociales se hace muy universal este mundo de la amistad porque se nos facilita el conocimiento de otras personas en lugares y en situaciones distintas.
Es bueno y sería ideal que en verdad todos fuéramos amigos porque todos nos queramos los unos a los otros, pero bien sabemos que la verdadera amistad llega después de un camino pacientemente hecho; poco a poco nos vamos conociendo y poco a poco vamos dando de nosotros mismos porque queremos compartir con el otro, aunque no siempre encontremos quizá pronta respuesta. Pero tenemos que partir de ahí, de ese darnos porque amamos, porque apreciamos a esa persona con la que queremos entrar en sintonía, pero no es tanto por lo que le pidamos o le exijamos, sino por lo que nosotros damos. Será un mutuo intercambio realizado libremente, donde siempre está, por mucho que amemos, el respeto a la libertad de la respuesta del otro.
He querido comenzar hoy con esta breve – o no tan breve – consideración sobre la amistad por lo que Jesús nos dice en el evangelio. Humanamente hablando en aquel grupo que se había formado en torno a Jesús podríamos pensar en ese grupo de amigos que se sentían cercanos a Jesús y le seguían. Pero hay algo que se nos repite en el evangelio y que convendría tener en cuenta. Es Jesús el que va formando ese grupo de discípulos cercanos a El; es quien los llama y les plantea, es cierto, sus exigencias, recordemos cuando algo se ha ofrecido a seguirle, la respuesta que le da Jesús. Pero también podemos ver a ese grupo de discípulos que siguen al Maestro, estableciéndose esa especial relación que hay entre maestro y discípulo; así vemos que le llaman.
Sin embargo algo más hondo va creciendo en ese conocimiento y relación, hay amor; veremos cómo manifiestan estar dispuesto a todo por estar con Jesús hasta llegar a ser capaces de dar su vida. Pero es Jesús el que se va dando, porque con ellos tiene consideraciones especiales, a ellos lleva a lugares apartados para estar a solas y descansar, a ellos de manera especial les explica las parábolas con las que habla a la gente, a ellos les va descubriendo todo el misterio del Reino de Dios y el camino que han de recorrer, el sentido de vida que han de tener; a ellos de manera especial Jesús les descubre su corazón.
Ahora en la cena pascual cuando se está desbordando de amor su corazón, con ellos ha tenido gestos especiales y les ha dejado signos muy concretos con los que sigan viviendo su presencia, su vida y la fuerza de su espíritu, les ama y les habla del amor más grandioso del que sabe dar la vida por el amado, y les manifiesta cómo con ellos así es su amor. Por eso ya no son solo los discípulos, no son unos siervos ni alguien ajeno al corazón de Cristo, son sus amigos. ‘A vosotros os llamo amigos…’ les dice. ‘Todo lo que he recibido de mi Padre os lo he dado a conocer’, porque el misterio de Dios se ha derramado sobre ellos empapando sus vidas.
Entran en una nueva relación en la que está el amor de quien da su vida por nosotros porque nos ama, y a quien nosotros correspondemos amando con el mismo amor, queriendo amar con la misma intensidad, queriendo convertir lo que son sus palabras y su vida en vida nuestra. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’. Serán los frutos del amor.
Qué gozo sentir que así somos amados del Señor. Así se nos ha dado el Señor. Queremos ser nosotros también los amigos, porque así queremos darnos nosotros también.


martes, 14 de mayo de 2019

Quitemos las colgaduras oscuras de tristeza porque tiene que resplandecer siempre la alegría de sentirnos amados para comenzar a amar nosotros también


Quitemos las colgaduras oscuras de tristeza porque tiene que resplandecer siempre la alegría de sentirnos amados para comenzar a amar nosotros también

Hechos 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17
Amor y amistad, elección y alegría, revelación de Dios y cumplimiento de los mandamientos son ideas, pensamientos que se entremezclan en el texto del evangelio que acabamos de escuchar. Forma parte de aquel diálogo intenso de Jesús con sus discípulos en la despedida de la última cena. Como a borbotones van saliendo las cosas del corazón de Cristo y aunque parezca que se entremezclan las ideas y los pensamientos, es que Jesús va derramando cuanto desborda de su corazón lleno de amor por sus discípulos en aquellas horas en que era inminente la entrega para el comienzo de la pascua de Cristo.
Hay momento en la vida en los que llenos de emoción por los acontecimientos que vivimos y sobrepasados por la inmensidad de sentimientos que brotan de nuestro corazón parece que balbucimos las cosas pero es que estamos dejando que broten de nosotros como un torrente toda aquello que en nuestro amor queremos expresar. Nos puede surgir a nosotros ante la emoción de lo inesperado o también ante el nerviosismo de lo que se nos viene encima que sabemos que es grande y que nos embarca en acontecimientos o aventuras que sabemos que van a tener especial trascendencia para nosotros o para aquellos a los que amamos.
Insiste Jesús una y otra vez en que tenemos que amarnos y  nos manifiesta como el gran motivo el amor que nos tiene el Padre. Es que hay como una cadena de amor que no podemos, no debemos romper. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Y nos lo dice una y otra vez, nos lo repite. Y quiere que vivamos en alegría, una alegría que no puede faltar en nuestra vida desde que sabemos que somos amados de Dios. Qué gozo el sentirse amado.
Que expresión nueva y bonita vamos a encontrar en aquel que sintiéndose quizá poca cosa en la vida y que piensa que nadie le tiene en cuenta, un día descubre o alguien le ayuda a que pueda descubrirlo que él es amado, que hay alguien importante que quiere contar con El, que le ama y que de alguna manera le elige para que emprenda una inmensa tarea. La alegría llenará su corazón y desbordará en mil señales que le hacen como sentirse un hombre nuevo.
Pues a nosotros nos dice que somos sus amigos, primero porque ha sido El quien nos ha elegido en su amor y luego porque también nos revela los grandes misterios de Dios allá en lo más profundo de nuestro corazón. Y nos pide entonces que correspondamos a esa amistad que nos regala, y no lo podemos hacer sino haciendo lo que es la voluntad de Dios. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’, nos dice.
Y continúa diciéndonos: ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’. Y nos manifiesta cómo El nos ha elegido; y ser elegido es por así decirlo que El ha pensado en nosotros con su amor. No elegimos a quien no amamos, y amar es poner no solo en nuestro pensamiento sino en nuestro corazón a aquel a quien amamos. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’.
¿No tenemos motivos más que suficientes para vivir siempre con una alegría grande en nuestro corazón? Y la alegría no la podemos encerrar, la alegría se desborda, se trasmite, se contagia. ¡Qué triste cuando vemos cristianos que van por la vida siempre con el ceño fruncido! Quitemos de nuestros rostros esas señales de tristeza y amargura que parece que siempre fuéramos por la vida con dolor de estómago. Quitemos esas colgaduras oscuras de la tristeza porque siempre tendría que resplandecer la alegría de sentirnos amados de Dios. Y cuando así nos sentimos amados necesariamente tendremos que ponernos a amar con el mismo amor