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viernes, 15 de mayo de 2026

No perdamos la alegría de nuestra fe por muchas que sean las tormentas que tengamos que atravesar, el Señor está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu

 


No perdamos la alegría de nuestra fe por muchas que sean las tormentas que tengamos que atravesar, el Señor está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu

Hechos 18, 9-18; Salmo 46; Juan 16, 20-23a

Qué mal se puede sentir una persona que está envuelta en sus problemas y preocupaciones, quizás con amarguras en el corazón por cosas que le hayan pasado y por supuesto con tristeza en su espíritu mientras a su alrededor todo es alegría y fiesta, todo es bullicio y jolgorio; más allá de las razones o culpabilidades que no vamos a echar encima de nadie, tienen que ser momentos duros y difíciles.

No es que realmente fuera así en toda su amplitud, pero los discípulos iban a pasar por momentos oscuros mientras otros se frotaban las manos porque les parecía que tenían la victoria con ellos cuando estaban queriendo eliminar a Jesús. No nos ha de extrañar el que de alguna manera se encerraran en Jerusalén en el cenáculo aprovechando aquella disponibilidad que se lo habían ofrecido a Jesús para la cena pascual, ante los momentos de pasión que se estaban viviendo en Jerusalén.

Pero Jesús quiere prepararlos, no se tienen por qué sentir hundidos, porque la alegría que van a tener a partir de la pascua va a inundar sus corazones; Jesús quiere mantener viva en ellos la esperanza, que en momentos así es difícil mantener. Como nos puede suceder tantas veces a nosotros que nos vemos casi derrotados en manos del mundo que nos rodea y el mensaje que nosotros queremos trasmitir no es escuchado, no termina de convertirse en buena nueva para aquellos a los que se las anunciamos. Cuantas veces incluso nos vemos burlados porque tratan de ridiculizar la fe que nosotros tenemos, porque se aprovechan de nuestras debilidades para escarniarnos con burlas y afrentas, porque quieren envolvernos en mantos de maldad  y eso nos duele por dentro. Pero Jesús quiere que nos mantengamos en esperanza. No tenemos que acobardarnos que el Señor está con nosotros.

‘En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. Y pone el ejemplo de la mujer cuando va a dar a luz, en que todo son miedos y sufrimientos, pero en el parto doloroso nace la vida; en el parto doloroso de la cruz nace la vida, nacemos nosotros a una nueva vida. Todo tiene sentido, todo tiene valor, lo llamamos redención porque es sacarnos de la muerte y eso muchas veces para nosotros es doloroso, pero la alegría en le que nos vamos a sentir renovados en el Espíritu para una nueva vida es incalculable.

Pero Jesús además nos está diciendo que no nos dejará solos. Ha prometido la presencia del Espíritu que va a poner fortaleza en el corazón y palabras en nuestros labios. Fijaos que nos dirá que no nos preocupemos de preparar nuestra defensa, y es que cuando preparamos nuestra defensa desde nuestros criterios humanos se nos pueden escapar nuestros rejos de resentimientos y violencias, de deseos de venganza y de violencia y ese no puede ser nuestro camino; podríamos perder el sentido y en nuestra locura llena de rabia decir o hacer cosas de las que luego nos arrepentiríamos. Por eso nos dice que será el Espíritu nuestro Defensor, nuestro abogado, nuestro Paráclito.

Terminará diciéndonos que ‘también vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Lo veremos luego en el evangelio, en los encuentros con Cristo resucitado se quedaban mudos de emoción, con detalle nos los dirá Juan cuando la aparición de Cristo junto al lago de Galilea que cuando llegaron y vieron todo preparado no se atrevían a decir nada porque sabían muy bien que era Jesús.

No perdamos la alegría de nuestra fe, porque el Señor siempre está con nosotros. Como le decía la manifestación de Jesús a Pablo en Corinto cuando comenzaron a haber dificultades. ‘No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño’. Creo que tenemos que escuchar estas palabras con toda atención porque muchas veces necesitamos reafirmarnos en la presencia del Señor con nosotros.

viernes, 30 de mayo de 2025

Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

 


Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

Hechos 18, 9-18; Salmo 46;  Juan 16, 20-23a

Qué alegría se siente en los reencuentros. En imagen de mi infancia tengo grabadas imágenes de despedidas y de reencuentros que no se borran tan fácilmente. Es la despedida de un familiar, un hermano o el padre, que marchaba para América. En los años cincuenta para los canarios Venezuela era el punto de destino de tantos familiares nuestros que allí tuvieron que emigrar a causa de la pobreza que se vivía en nuestras islas. El acompañar al familiar hasta el muelle para verlo embarcar era la parte triste de la historia; cuando años más tarde aquel familiar regresaba cuánta era la alegría que se vivía en la casa familiar.

Al rememorar todo esto no puedo menos que pensar en la tragedia de los inmigrantes que llegan hoy a nuestras islas, siempre dolorosas y en momento trágicas como lo sucedido ayer mismo en quienes estaban a punto de abordar el mismo muelle que les recibía. Puede parecer ajeno este recuerdo al evangelio que pretendemos comentar, pero va con el ánimo que vivían los discípulos de Jesús en aquellos momentos de la última cena donde escuchamos las palabras que hoy nos ofrece el evangelio. Vaya como recuerdo hecho oración por quienes pasan por esta tragedia de la inmigración o emigración.

Hoy Jesús sigue abundando en esa tristeza por la que han de pasar los discípulos, pero también anuncia una alegría, como les dice, que nadie les podrá arrebatar. ‘Vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’, les dice. Parece que les está adelantando una descripción del regocijo de aquellos que se sentían satisfechos por ver a Jesús clavado en una cruz, pero es también anticipo de lo que será la alegría de la pascua. ‘Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Me evoca aquel momento del encuentro con Jesús en la orilla del lago, que cuando todos llegaron a donde estaba Jesús, nadie le preguntaba nada porque todos sabían bien quién era.

Todo esto me hace pensar en la alegría de la fe que nosotros hemos de vivir, o mejor, en la alegría con que hemos de vivir nuestra fe y ser capaces de mostrarla al mundo que nos rodea. Muchas veces nos falta esa alegría a los cristianos, muchas veces a nuestras celebraciones les falta alegría, con lo que le estamos quitando un matiz importante para que en verdad sea una celebración. Qué lástimas nuestros rostros adustos en nuestras reuniones, muchas veces parece con cara de aburrimiento. Nos falta entusiasmo cuando nos reunimos para celebrar y proclamar nuestra fe. La alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios.

Nos dejamos envolver por un ambiente de pasividad y desgana; vamos por la vida como arrastrándonos y sin entusiasmo; parece que eso de ser cristiano o ser creyente es simplemente una pegatina que nos han puesto, pero no es algo que haya de verdad arraigado en nuestra vida; parece que hiciéramos las cosas por obligación y entonces se nos convierten en una rutina; no llegamos a contagiar, no sabemos trasmitir porque quizás tampoco lo estamos viviendo con toda intensidad dentro de nosotros mismos.

Es un desgaste que es peligroso; es una forma de no darle continuidad a nuestra fe, es el decaimiento que estamos viendo en nuestras comunidades poco entusiastas para los valores cristianos y que nos quedamos en unas fiestas tradicionales pero a las que les falta una verdadera hondura espiritual. ¿Llegaremos un día a despertarnos los cristianos y a vivir la alegría de la fe? Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos de alegría.


domingo, 19 de enero de 2025

A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… nos está faltando a los cristianos beber el vino nuevo del evangelio para contagiar la alegría de nuestra fe

 


A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… nos está faltando a los cristianos beber el vino nuevo del evangelio para contagiar la alegría de nuestra fe

Isaías 62, 1-5; Salmo 95; 1Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-11

A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… algo así, expresado de una forma muy espontánea aunque nos parezca lenguaje de cantina o de bodega, nos habrá sucedido más de una vez; estamos de fiesta pero no hay alegría, la cosa parece que está muerta, no hay entusiasmo, y como decimos en esas situaciones de la vida, anda pon un vaso de vino a ver si viene la alegría.

Entendemos que no es el vaso de vino el que da la alegría, sino que eso tiene que nacer de algo más hondo que lleve la persona en sí, pero somos las personas y parece que en muchas ocasiones es la sociedad; no sé si andamos cansados, ya todos venimos de vuelta de la vida aburridos quizás de ver que las cosas no marchan como nosotros quisiéramos, no sé si nos sentimos medio fracasados en nuestros intentos, pero parece muchas veces que vamos arrastrándonos por la vida, nos falta entusiasmo, nos falta ilusión, parece que ya no somos capaces de soñar, en una palabra, nos falta saborear la alegría de la vida; pero hay que encontrarla.

Sucede en muchos aspectos de la sociedad y así nos encontramos pueblos aburridos que están como muertos, instituciones u organizaciones sociales que han perdido la iniciativa y la creatividad, comunidades que se van envejeciendo y no solo porque parece que solo quedamos los mayores sino porque incluso a los jóvenes les falta ese impulso verdaderamente juvenil que ponga vida allí donde están o fácilmente dan un paso atrás o a un lado y se van por otra parte. ¿Nos estará sucediendo así también en la Iglesia, en nuestras comunidades eclesiales? Algo de eso se vislumbra también que sucede. ¿Cómo andan nuestras parroquias? Cada uno que analice allí donde está. A mi me preocupa. Parece que también tenemos que decir como en el evangelio hoy ‘no tienen vino’ y la fiesta se acaba.

Es lo que nos relata el evangelio hoy en este domingo ya del tiempo ordinario, una vez acabada la navidad. Casi  esta celebración de hoy es como una continuación de la fiesta de la Epifanía que hemos venido celebrando, porque también con este evangelio también hay una epifanía, una manifestación o presentación de Jesús a su pueblo en este primer signo del evangelio de san Juan. Y creo que tiene que ser una fuerte epifanía que venga a decirnos Jesús, a través de las palabras de María, ‘no tienen vino’.

La fiesta podía ser un fracaso y sería una vergüenza enorme para los novios, no haber tenido las necesarias previsiones para tener vino abundante para la fiesta, sabido es que esas fiestas solían además durar varios días. Nos da el detalle el evangelista de que Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la fiesta, y allí está también la madre de Jesús. Es significativo además y por lo que tendríamos que hacernos muchos interrogantes para nuestra forma de vivir como cristianos que esa primera aparición publica de Jesús en el evangelio de Juan en el comienzo de su predicación sea precisamente en algo tan humano como la fiesta de una boda. Es el Emmanuel, el Dios que viene a estar con nosotros, y se hace presente allí donde está la vida del hombre. Lo contemplaremos a lo largo del evangelio allí donde está el sufrimiento y el dolor, irá a la casa de Jairo, el jefe de la sinagoga o querrá ir a la casa del centurión a pesar de ser un pagano, se detendrá junto al ciego en las calles de Jerusalén o bajará hasta Betesda en el ultimo rincón donde hay un paralítico al que nadie ayuda, se detendrá junto al camino dejándose encontrar por el leproso o llamará al ciego que grita a su paso, se detendrá ante la higuera porque sabe que allí está alguien que quiere verlo, Zaqueo, o se dejará tocar ya sea por la mujer pecadora o por la hemorroísa que quiere al menos tocar el borde de su manto, se detiene junto a la orilla del lago subiéndose a la barca para hablar desde allí a la multitud, o irá a comer a casa de Simón, aunque sabe que es fariseo. Es el Dios que viene a estar con nosotros porque quiere darnos vida.

Hoy nos está diciendo a través del texto del evangelio de las bodas de Caná, que ya no nos vale el vino que tenemos o que está aguado y necesitamos no solo unos odres nuevos sino sobre todo un vino nuevo que es el que El quiere ofrecernos. No terminamos de aceptar ese vino nuevo del evangelio y por eso seguimos con nuestros cansancios, nuestro aburrimiento, nuestra falta de ilusión y esperanza, y con esa alegría enferma si acaso no muerta. ¿Nos estaremos muriendo de tristeza los cristianos? ¿Dónde estamos cantando con la vida de verdad esa alegría de la fe? ¿Qué es lo que está pasando en nuestras comunidades? ¿Qué pasa con nuestras celebraciones que siguen siendo aburridas y con falta de alegría y de ese entusiasmo que tendríamos que tener desde nuestra fe?

Tenemos que dejar que Jesús transforme el agua de las vasijas de nuestra vida en ese vino nuevo que solo en Jesús podemos encontrar. Es el vino nuevo que necesitamos para que recobremos esa alegría y entusiasmo de nuestra fe. Pero no olvidemos que tenemos que comenzar por ser nosotros vasijas nuevas, odres nuevos, porque en hombre viejo no podemos poner esa vida nueva, se derramará y se perderá el vino, y eso es lo que nos está pasando.

Vivamos y cantemos esa alegría de nuestra fe y conquistaremos el mundo. No necesita nuestro mundo contagio de tristezas y pesimismos, sino contagios de alegría y de vida nueva.

domingo, 15 de diciembre de 2024

Unas nuevas expectativas en búsqueda de una auténtica navidad para sentir que Dios está en medio nuestro en este mundo convulso en que vivimos

 


Unas nuevas expectativas en búsqueda de una auténtica navidad para sentir que Dios está en medio nuestro en este mundo convulso en que vivimos

Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-3; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

En la vida siempre estamos a la expectativa de algo; salvo que vivamos de una forma pasiva, simplemente dejándonos arrastrar por lo que salga, siempre hay una inquietud de algo distinto, de algo mejor en el corazón. Malo es no tener expectativas, no tener esperanzas, que se nos hayan apagado las ilusiones. Una expectativa nos hace estar despiertos, porque la esperanza sería pobre si solo fuera algo pasivo.

Claro que no todos tienen las mismas expectativas. También es posible que nos confundamos y nos equivoquemos. Habrá cosas que nos ilusionan por su brillo, pero pronto quizás nos damos cuenta de que es hojarasca, que son oropeles, falsos oros. Nos podemos crear confusión, sobre todo desde las influencias externas que recibimos de acá para allá. Difícil mantener el equilibrio, pero es algo que tenemos que intentar, que necesita quizás un esfuerzo por nuestra parte, y algunas veces parece que no estamos por ese esfuerzo o por esa superación, sino de forma pasiva dejarnos arrastrar.

Miramos nuestra vida, miramos nuestro mundo, miramos la sociedad que nos ha tocado vivir o que entre todos hemos construido o estamos haciendo quizá cada uno queriendo tirar del ascua para su sardina, son muchos los intereses, son muchos los tira y afloja que vamos recibiendo de acá y de allá. Repito que nos cuesta mantener el equilibrio. Será en la forma como queremos la vida, las apetencias de felicidad que todos llevamos dentro, el desarrollo como personas que todos de alguna manera queremos, serán los sueños de algo superior o de cómo mejorar la vida, será el cansancio de la rutina que nos arrastra, será la insatisfacción de lo que contemplamos que otros hacen. Esperamos, quisiéramos, deseamos, buscamos… ¿cuáles son nuestras esperanzas?

Estamos envueltos por la vida con toda su problemática; como creyentes también vamos queriendo hacer un camino; tenemos unas costumbres o unas tradiciones religiosas también que van marcando el ritmo de la vida. En estos momentos estamos en la cercanía de la Navidad. Todo el mundo prepara la navidad, forma parte también de nuestras expectativas. Claro que tenemos que preguntar qué es lo que en verdad estamos preparando cuando decimos que preparamos la navidad.

Ahí están las carreras de compras en las que nos vemos envueltos, vemos los adornos con que vamos llenando nuestras calles, nuestras plazas, nuestras casas, vemos la cantinela de la lotería que ya comienza a escucharse aunque sea en anuncios, pasamos por el mercado y ya estamos pensando en lo que nos va a costar la comida de estas fiestas, suenan las músicas y los villancicos de navidad pero también tendríamos que fijarnos en lo que expresamos en esas músicas y en las letras que cantamos. ¿Qué es lo que predomina en todo eso? ¿Qué es lo que predomina en la preparación de la navidad?

Y es una pregunta seria que tendríamos que hacernos, ¿preparamos navidad o preparamos el nacimiento de Jesús? Lo malo sería que el protagonista principal lo dejemos fuera, no lo invitemos a esta fiesta, porque casi ni nos acordamos de lo que significó aquel momento. Como creyentes que queremos celebrar en verdad la navidad tenemos que hacer un parón, detenernos un poco a pensar. Es lo que para nosotros los creyentes ha de significar este tiempo de Adviento que estamos recorriendo, que es mucho más o algo bien distinto a hacer unas compras o poner unos adornos.

Para el creyente claro que es una gran fiesta para la que nos estamos preparando y todo tienen que ser alegría y es cierto que tienen que brotar los cantos y la música pero quizás –o sin quizás - también algo más. Lo vamos a mostrar en muchos signos de cercanía y de amistad con la familia y con los cercanos a nosotros. Pero ¿de donde tiene que arrancar?

Este domingo es llamado el de la alegría, porque así lo expresa la liturgia también, por la cercana navidad. ¿Cuál es el anuncio que nos llena de alegría? ‘Aquel día se dirá a Jerusalén: «¡No temas!, ¡Sión, no desfallezcas!» El Señor, tu Dios, está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo como en día de fiesta’. Así nos decía el profeta. ‘El Señor, tu Dios, está en medio de ti…’

Eso es la verdadera navidad. ¿No decimos Emmanuel? ¿Qué significa? ‘Dios con nosotros… Dios está en medio de ti’. No lo podemos olvidar. Es la razón de todo. Y si no llegamos a sentir que Dios está en medio de nosotros, es que no hemos entendido la navidad porque muchas fiestas, cantos, comidas y regalos que nos hagamos.

Y es que tenemos que escuchar con mucha atención el evangelio que hoy se nos ofrece. Nos dice que Juan el Bautista ‘con muchas exhortaciones anunciaba al pueblo el Evangelio’. Por eso también como aquellos que iban a escucharle allá en la orilla del Jordán también nosotros hemos de preguntar, ‘¿qué debemos hacer?’ Y Juan iba señalando de forma muy concreta a cada uno de ellos esas nuevas actitudes que debían tener en su vida.

Y habla de solidaridad y de compartir, habla de rectitud de vida y de responsabilidad, habla de pureza de corazón arrancando maldades y de buen espíritu para la convivencia con los demás; podríamos traducirlo en muchas cosas concretas para nuestra vida; miremos donde están nuestras flaquezas, los tropiezos que vamos teniendo en la convivencia con los demás, las posturas que tomamos en relación a los otros, la forma de vivir nuestras responsabilidades, las carencias que podemos tener en nuestra vida familiar, miremos con sinceridad nuestra vida e iremos encontrando la respuesta a esa pregunta que nos hacíamos.

Y cuando vayamos haciendo que todo eso sea distinto vamos a sentir una nueva paz en nuestro corazón que hará surgir una alegría verdadera; y cuando vayamos abriéndonos a los demás de una forma nueva teniendo nuevas actitudes estaremos abriendo las puertas del corazón para que Dios llegue a morar en él.

Entonces sentiremos al Emmanuel, entonces nos daremos cuenta que Dios está en medio nuestro, en este mundo tan complicado en el que vivimos y con tantos problemas, entonces habrá verdadera alegría de navidad a pesar de tantas sombras de tristeza y de sufrimiento que vemos alrededor, entonces todas esas cosas que hacemos no se quedaran en superficialidades de un día sino que serán comienzo de un nuevo día para nuestra vida. Se cumplirán unas nuevas expectativas para nuestro corazón. Necesitamos, el mundo necesita una nueva Navidad.

lunes, 12 de agosto de 2024

Tristezas, miedos, huidas, encerronas… no pueden ser esos los caminos cuando tenemos las señales de lo que es la misericordia y el perdón que nos ofrece Jesús

 


Tristezas, miedos, huidas, encerronas… no pueden ser esos los caminos cuando tenemos las señales de lo que es la misericordia y el perdón que nos ofrece Jesús

Ezequiel 1,2-5.24–2,1ª; Salmo 148;  Mateo 17,22-27

No queremos que nos pase nada malo, ni le pase a aquellos que queremos; siempre andamos diciendo ‘anda con cuidado’, ‘no te metas en peligros’, ‘no quiero que te pase nada’ y hasta en cierto modo nos volvemos súper protectores de aquellos que tenemos a nuestro cuidado; que encima nos vengan anunciando que va a suceder algo malo, algo desagradable, no solo nos pone en alerta sino que en la preocupación que sentimos por aquello que puede pasar nos pone tristes; es una reacción normal y muy humana, nacida de nuestras preocupaciones y del amor que sentimos por aquellos que están a nuestro lado y pueden ser muy importantes para nosotros.

Jesús va recorriendo toda aquella región de Galilea, sus pueblos y sus aldeas; en torno a él se ha ido formando aquel grupo de discípulos más cercanos y más fieles; ha escogido a doce entre ellos a los que ha constituido apóstoles, inicio de la constitución de aquella comunidad que quiere crear en torno a sí con los que son sus discípulos; a ellos va explicando con más detalles lo que anuncia con parábolas al conjunto de la gente, a ellos les va revelando lo más entrañable de sí mismo y con ellos tiene especiales confidencias.

Ahora les anuncia, y no será la primera ni la única vez, lo que va a suceder en Jerusalén; cada vez que les ha hablado de ellos, parecía que no se enteraban o no se querían enterar, o como en el caso de Pedro quiere quitarle esas ideas de la cabeza. Ahora el evangelista, tras el anuncio que les hace Jesús solamente dice que ellos se pusieron muy tristes. No era para menos, había crecido inmensamente su amor por Jesús, poco a poco iban entendiendo lo que Jesús les iba diciendo y explicando, pero no les cabe en la cabeza que un día les pueda faltar Jesús, y además de esa forma violenta. Se ponen tristes.

No voy a ser exhaustivo con todas las veces que en el evangelio se habla de tristeza, pero sí podemos recordar algunas. Será Jesús el que habla de su tristeza momentos antes de comenzar su pasión cuando llega al huerto de Getsemaní. Sabía Jesús lo que había de suceder a partir de aquel momento, que incluso le había dicho al traidor – aunque los demás no se habían enterado del sentido de las palabras de Jesús – que lo que tenía que hacer que lo hiciera pronto.

Hablará Jesús de la mujer que está triste sabiendo el dolor que se le avecina en el parto, pero lo asume sabiendo la alegría que luego vendrá. Contemplaremos por otra parte la tristeza de Jesús cuando no hay respuesta a lo que El pide, como sucedió con aquel joven rico; aumenta la tristeza de Jesús en el huerto cuando los discípulos elegidos se duermen en lugar de permanecer en vela con El como les había pedido. Y contemplaremos la tristeza de los discípulos durante la pasión de Jesús, tristeza que les llenaba de miedo incluso como para encerrarse en el Cenáculo, para que a ellos no les pasara igual.

La tristeza es un túnel que quizás muchas veces tengamos que atravesar, pero sabiendo que al final del túnel nos encontraremos con la luz. Tras Getsemaní y la Pascua vendrá la resurrección. Tras la muerte aparece la alegría de la victoria y de la vida en la resurrección. ¿Qué hacemos con nuestras tristezas? ¿Nos llevarán también al desconsuelo y a la desesperación? Pero cuando somos nosotros los que nos hemos metido en esos berenjenales, en esas cosas que nos llevan a esa tristeza ¿cuál habría de ser nuestra reacción?

Nunca podemos cargarnos desesperadamente con la culpa conociendo lo que es la misericordia y el perdón; nos podrán fallar incluso los que están a nuestro lado – y son muchas las veces que tras nuestros deslices y errores ya no nos mirarán de la misma manera – pero sabemos de quien no nos falla, quien dio su vida por nosotros, no porque fuésemos santos, sino aun siendo pecadores. Así son las cosas del amor de Dios.


miércoles, 5 de junio de 2024

Me he quedado pensando si realmente creemos en el Dios de la vida o nos hemos hecho un dios de muertos

 


Me he quedado pensando si realmente creemos en el Dios de la vida o nos hemos hecho un dios de muertos

2Timoteo 1, 1-3. 6-12; Salmo 122; Marcos 12, 18-27

Me he quedado pensando ante este pasaje que nos ofrece hoy el evangelio. Por allí andan las distintas corrientes de pensamiento religioso que daba ocasión a fuertes enfrentamientos entre unos y otros en el pueblo de Dios. Por un lado andaban los saduceos que no creían en la resurrección y en la vida eterna, por otra estaban no solo los fariseos con su mayor rigorismo con todas sus connotaciones sino también lo que era la fe habitual del pueblo creyente que creía en la vida que un día podían tener en Dios. Y en esto quieren meter por medio a Jesús y vienen con sus casuísticas, como suele suceder siempre, con planteamientos y preguntas, que no siempre eran fáciles de responder.

Pero en lo que me he quedado pensando es en la fe que realmente nosotros tenemos en Dios, en la manifestación de fe que habitualmente vive la generalidad de lo que decimos el pueblo cristiano. Y la pregunta que me ronda es si creemos realmente en un Dios de la vida o en un Dios de los muertos. No quiero entrar en generalizaciones que suelen ser complicadas y en cierto modo conflictivas porque hasta se pueden convertir en ofensivas para algunas personas. Pero viendo la relación que tienen muchos cristianos con la Iglesia o con las celebraciones religiosas, algunas veces puede uno llegar a pensar que para muchos Dios es el dios de la muerte.

Veamos, si no, para mucha gente venir a la Iglesia es porque venimos a acompañar un entierro, venimos a la Iglesia y lo que pedimos es misas para los difuntos, venimos a nuestras celebraciones y lo que hacemos muchas veces es echar una lagrimita porque recordamos ‘a los que se han ido’, como solemos decir, y todo se llena de llanto y de tristezas. ¿Dónde tenemos la esperanza? ¿Dónde sentimos que Dios viene para llenarnos de vida y no solo pensando en la vida eterna, en la vida futura, sino en el hoy de cada día de nuestra vida? ¿No habremos alineado demasiado la religión con la muerte?

Es cierto que la muerte nos hace plantearnos hondas preguntas en lo más profundo de la persona, nos puede hacernos plantear un sentido de vida y también un sentido de trascendencia para nuestra vida. ¿Cuál sería en verdad ese sentido de vida y de trascendencia del que tenemos que llenarnos? ¿Dónde está nuestra esperanza? En nuestra fe no nos quedamos en el umbral de la muerte, Jesús quiere para nosotros vida y vida en plenitud. No quiere que vivamos de cualquier manera, no quiere en nosotros superficialidades ni vanidades, quiere de verdad algo que nos dé hondura, profundidad a lo que vivimos. Porque además nos quiere felices, para eso nos ha creado.

No nos quiere angustiados por las tristezas, no quiere que simplemente vayamos echando días, como se suele decir, porque un día todo esto se termina y no va a quedar nada. Una vida así, con esas alas recortadas, claro que es triste, claro que no sabremos salir adelante con los problemas, claro que nos vamos a ahogar en un vaso de agua. Tenemos que pensar en otra plenitud, que ahora también hemos de vivir viviendo. Ahora también tenemos que ser felices, pero no con sucedáneos, sino porque le vayamos dando un sentido a todo lo que hacemos, porque sintamos el gozo de que podamos amarnos más, de que haya gente a nuestro alrededor que cada día pueda vivir con mayor dignidad, porque sintamos en verdad la alegría de la vida. Y por eso tenemos que luchar, para eso está Jesús junto a nosotros, ese es el evangelio que nos ha trasmitido cuando nos ha anunciado y comprometido con el Reino de Dios. Es por eso por lo que tenemos que trabajar y sentirnos felices en lo que cada día vamos logrando.

No es pensar en la muerte y vivimos agobiados por esa realidad. Es sentir que Dios quiere darnos vida y que la vivamos en plenitud, una plenitud que un día no dará sin fin, es lo que llamamos vida eterna. Y mirar para el más allá no es llenarnos de tristeza sino de esperanza, porque es donde queremos llegar para vivir para siempre en Dios. Como nos dice hoy Jesús, Dios es un Dios de vivos, es un Dios de la vida.

lunes, 13 de mayo de 2024

Nos recuerda Jesús que, aunque tengamos luchas, estará con nosotros siempre, que para eso nos deja la fuerza de su Espíritu y en El encontraremos siempre nuestra paz

 




Nos recuerda Jesús que, aunque tengamos luchas, estará con nosotros siempre, que para eso nos deja la fuerza de su Espíritu y en El encontraremos siempre nuestra paz

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Salmo 67; Juan 16, 29-33

Aunque los discípulos aquella noche en la cena pascual seguían confusos; eran signos distintos los que Jesús estaba realizando aquella noche con ellos, desde el mismo comienzo de la cena con el hecho de Jesús haberse puesto a lavarles los pies; lo que intuían que podía pasar por el sentido de las palabras de Jesús que por una parte les sonaba a despedida y recomendaciones como de quien se va a marchar y dejarlos solos; aquella intimidad que Jesús estaba mostrando haciendo como un desahogo de su corazón era algo que antes que tranquilizarles como Jesús pretendía sin embargo abría más interrogantes en sus corazones. Ahora parece que van comprendiendo algunas cosas.

‘Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios’, se atreven a decir. Pero esto provocará que Jesús les haga más anuncios en cierto modo desalentadores, aunque Jesús quiera de alguna manera levantarles la moral. ‘¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre’.

Pero Jesús trata de que mantengan el ánimo pase lo que pase, porque aquello nunca será una derrota, aunque lo pueda parecer.  ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’. Han de tener puesta la mirada en la victoria final; claro que no lo comprenderán hasta que no haya vivido la totalidad de aquella pascua, no lo entenderán hasta la resurrección y cuando reciban la fuerza del Espíritu que Jesús les ha prometido. ‘Tened valor, yo he vencido al mundo’.

Necesitaban escucharlo y asimilarlo, como lo necesitamos nosotros también. Muchas veces nos sentimos desalentados de igual manera, tampoco terminamos de entender. Nos cuesta ese testimonio que tenemos que dar, pero nos cuesta dentro de nosotros mismos superarnos cada día y mantener ese espíritu de superación. El enemigo lo tenemos muchas veces dentro de nosotros mismos, porque nos cuesta amar, nos cuesta desprendernos de nosotros mismos, nos cuesta dar pasos adelante, nos cuesta esa mirada nueva que hemos de tener a los que nos rodean. Y aparece la tentación y aparece el desaliento cuando nos sentimos débiles y no somos capaces de superarnos.

También nos vamos a la desbandada muchas veces, como les sucedió a los discípulos aquella noche a partir del prendimiento de Jesús. Nos sentimos débiles y nos sentimos sucios, porque nos decaemos, porque no damos el testimonio que tendríamos que dar, porque nos quedamos demasiado en palabras y no llegamos a hacer nada, porque nos entran miedos a la hora de hacer un anuncio y nos acobardamos.

Pero nos dice Jesús que nos está diciendo todas estas cosas para que nos mantengamos firmes, que sabemos de nuestra debilidad como El también cuenta con nuestra debilidad porque nos conoce, y luego lo único que nos va a preguntar una y otra vez es que si lo amamos. Como hizo con Pedro que lo había negado; y aquella negación aparentemente una derrota, puesto que fue caer en una debilidad, como nosotros tantas veces, fue un punto de partida para Pedro levantarse y porfiarle una vez su amor a Jesús.

Es lo que tenemos que hacer, porque con Jesús sabemos que podemos alcanzar esa victoria. El ya nos lo ha dicho y nos ha prevenido; El nos recuerda que estará con nosotros siempre, que para eso nos deja la fuerza de su Espíritu. En Jesús encontraremos siempre nuestra paz.

viernes, 10 de mayo de 2024

Hagamos que el aliento del Espíritu sople sobre ese pabilo vacilante para que se reavive su luz, para que se reaviven esos fuegos del Espíritu que transformen nuestro mundo

 


Hagamos que el aliento del Espíritu sople sobre ese pabilo vacilante para que se reavive su luz, para que se reaviven esos fuegos del Espíritu que transformen nuestro mundo

Hechos de los apóstoles 18, 9-18; Salmo 46;  Juan 16, 20-23a

‘Cuando más te necesitaba, más me habías dejado solo’, es quizás la queja al amigo que en momentos difíciles no supimos ver a nuestro lado con lo que sufrimos una soledad peor. Nos pasa en ocasiones en la vida, nos vienen la dificultades y nos vemos solos, aquellos en los que confiábamos no estuvieron a nuestro lado, o al menos, nosotros en nuestras angustias no supimos ver las señales que nos mandaban. Porque eso nos sucede también, nos es fácil culpar al otro, pero quizás a nosotros nos faltó sensibilidad, o nos encerramos tanto en nosotros que no supimos ver las señales que nos estaban dando.

Quiero comenzar mi reflexión de hoy sacando a flote quizás experiencias negativas por las que alguna vez hemos pasado; son los problemas cotidianos de la vida, o son las noches oscuras de nuestro espíritu. Nos aparecen las dudas, nos entran los desánimos, se nos mete la depresión en el alma y no somos capaces de ver nada. Es lo que nos pasa muchas veces en nuestro camino de fe, parece que nada ya nos satisface, nos desanima la poca acogida que encontramos al mensaje que queremos trasmitir, parece que el mundo nos come, a la gente ya no le importa nada la religión ni la iglesia, ni nada que suene a cristiano, veamos la indiferencia con que la gente camina en este aspecto, y eso a nosotros nos desalienta. Y quizás también comenzamos a hacernos preguntas.

No tengamos miedo de afrontar esa realidad. Como dice la gente tantas veces para tantas cosas, es lo que hay. Pero no podemos perder la serenidad de nuestro espíritu para que no deje de iluminarnos la luz; no le pongamos vallas a la luz que siempre puede llegar a nosotros para levantarnos de esos momentos depresivos y tristes en lo que nos podamos encontrar. Necesitamos escuchar con atención estas palabras de Jesús que hoy nos ofrece el evangelio.

Jesús estaba preparando a los discípulos para aquella noche oscura que iba a significar la pasión en sus vidas. Podían llegar momentos de dispersión y abandono. Pero Jesús les está animando a que se mantengan firmes, que aunque vengan esos momentos oscuros como va a significar todo el recorrido de la pasión, Jesús volverá a estar con ellos. Pasarán por esos momentos de agobios, de tristezas, de huidas pero volverá a renacer la alegría en sus corazones. Es todo lo que va a suceder desde Getsemaní, no entenderán aquella angustia de Jesús, pero cuando llegue el momento del prendimiento todos van a huir y dispersarse; vendrán momentos de miedo y de cobardías, hasta Pedro va a negar que conocía a Jesús. Ahora después de la pascua lo comprendemos todo. Entendemos esa alegría que Jesús dice que nadie ya nos podrá arrebatar.

Es lo que tiene que fortalecer nuestra vida para que no nos entren esos desánimos. Siempre podremos encontrar a nuestro lado muchas señales de esa presencia de Jesús. No nos quedemos mirando los nubarrones negros, sino seamos capaces de descubrir esos destellos de luz, aunque nos parezcan pequeños, que brillan también en torno nuestro. Hay mucha gente que a pesar de todo mantiene su fe, hay gente que sabe sentir y guardar en su corazón esa presencia de Jesús, hay gente que sigue amando y entregándose aunque lo haga en silencio, pero ahí están.

Sepamos descubrir el lado bueno de muchas cosas que aparentemente nos pueden parecer turbias, pero en las que en el fondo sigue brillando una luz. Ese pabilo vacilante y aun humeante no lo podemos descartar, no lo podemos apagar. Hagamos el aliente del Espíritu sople sobre ellos para que se reavive esa luz, para que se reaviven esos fuegos del Espíritu que transformen nuestro mundo. Nos toca avivar también esa luz y ese fuego de nuestro corazón.

jueves, 9 de mayo de 2024

Tenemos que abrir nuestro corazón al Espíritu del Señor y dejarnos inundar por El, para sentir esa alegría honda que nunca nos va a abandonar

 


Tenemos que abrir nuestro corazón al Espíritu del Señor y dejarnos inundar por El, para sentir esa alegría honda que nunca nos va a abandonar

Hechos de los apóstoles 18, 1-8; Salmo 97; Juan 16, 16-20

Cuando las cosas parece que marchan bien, vemos perspectivas de futuro halagador, aunque seamos conscientes de que las cosas no siempre son fáciles, que nos anuncien que aquello se puede venir abajo, que habrán momentos oscuros en que podríamos pensar que todo puede acabar en un fracaso, no nos agrada, de alguna manera nos sentimos desconcertados, nos pueden entrar dudas que nos lleven al desaliento o podemos hacernos oídos sordos de esos anuncios que no nos agradan. Parece como si nos echaran un jarro de agua fría encima.

Algo asó les estaba sucediendo a los discípulos de Jesús aquella noche de la cena pascual. Reciente habían tenido su entrada triunfal en Jerusalén entre cánticos del pueblo que le aclamaba; venía a ser como un colofón de lo que había sido en parte sus recorridos por Galilea donde las multitudes se aglomeraban en torno a Jesús. La cena había estado llena de emociones y sorpresas, Jesús había hablado de que había llegado la hora de su glorificación, y ellos ya se estaban haciendo sus consideraciones sobre lo que significaría esa glorificación.

¿Llegaba el momento en que Jesús iba a ser reconocido por todos como el Mesías?  Ya sabemos lo bamboleantes que eran cuando no tenían las cosas claras, y aunque Jesús anunciaba pasión y muerte, algunos seguían pensando en los primeros puestos que podrían alcanzar en ese futuro reino de Israel. Los triunfalismos nos acechan a todos en la vida. También nosotros somos soñadores muchas veces, y siempre soñamos a favor de reconocimientos y, ¿por qué no?, honores.

Por eso cuando habla ahora Jesús de que lo verán y dejarán de verlo, para volverse a encontrar de nuevo con El, no entienden nada. La verdad que las palabras de Jesús están llenas de enigmas que luego solo comprenderán en todo su sentido cuando se derrame sobre ellos el Espíritu Santo prometido que se los enseñaría todo. Pero ahora están en el desconcierto. Fácilmente aparece la tristeza en sus corazones.

‘Comprendió Jesús que querían preguntarle y les dijo: ¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver? En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría…’

¿Serán situaciones difíciles también por las que nosotros pasamos en que también nos llenamos de tristezas y de angustias? No siempre es fácil el testimonio que tenemos que dar. El mundo que nos rodea muchas veces se cierra al evangelio de Jesús. Parece como si todo el mundo viniera ya de vuelta y vacunados contra todo. Algo nos falla a veces a los cristianos para la claridad del mensaje que tenemos que transmitir y nuestros antitestimonios muchas veces hacen mucho daño en nuestro entorno.

Quizás también nos hemos hecho una religión llena de crespones negros y en la que falte la alegría verdadera; nuestras posturas conservacionistas con las que pretendemos muchas veces simplemente mantenernos en lo de siempre y sin abrirnos a la novedad que tiene que significar el evangelio cada día en nuestra vida, no ayudan demasiado. Nos contentamos con ir arrastrándonos conservando más o menos el tipo, pero nos falta esa necesaria energía para anunciar con valentía lo que en verdad tiene que ser el meollo del evangelio.

Quien se deja inundar por el Espíritu de Jesús, quien se deja conducir por el Espíritu Santo ha de vivir en una renovación constante, con alegría en el corazón a pesar de los latigazos que nos pueda ir dando la vida, está en una constante revolución espiritual para abrirnos en todo momento a caminos nuevos para poder transmitir toda la novedad que significa siempre el evangelio.

Nos estamos acercando a la fiesta primero de la Ascensión – hoy se cumplen los cuarenta días de la Pascua – y posteriormente a Pentecostés. Tenemos que prepararnos de verdad, abrir nuestro corazón al Espíritu del Señor y dejarnos inundar por El. Entonces sentiremos esa alegría honda de la que nos habla Jesús que nunca nos va a abandonar.

miércoles, 3 de abril de 2024

Dejémonos encontrar por Jesús que llegará a través de los signos más insospechados, de las personas que menos pensamos, o de esa nueva sensibilidad del corazón

 


Dejémonos encontrar por Jesús que llegará a través de los signos más insospechados, de las personas que menos pensamos, o de esa nueva sensibilidad del corazón

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Salmo 104; Lucas 24, 13-35

Pero, ¿de qué están hablando ustedes? Parece que no entienden mucho lo que pasa y de lo que están hablando. De pronto alguien se ha metido en nuestra conversación y con ese poco menos que exabrupto se mete con nosotros y con lo que estamos hablando. Seguramente nos deja perplejos con esa irrupción en nuestra conversación, y habría la posibilidad de que le respondiéramos de mala manera, o si era tal el estado anímico por el que estamos pasando, nos quedamos callados sin saber qué responder o qué hacer.

¿Se sentirían así aquellos dos discípulos que en aquella tarde se marchaban a Emaús dándole vueltas y revueltas a cuando había sucedido aquellos días y para lo que terminaban de encontrar explicación? También se verían sorprendidos con aquel caminante que se une a ellos en el camino y en la conversación. Explicado un poco lo que había sucedido que no comprendían que él no lo supiera, se encuentran que el caminante va dando respuestas a todo aquello que estaba sucediendo en sus corazones.

Para ellos había sido un chasco muy grande el que habían sufrido, con el prendimiento y muerte de Jesús. Aunque recordaran que El lo había anunciado, sin embargo no lo terminaban de entender. Aunque habían venido las mujeres que habían ido al sepulcro aquella mañana diciendo que estaba vacío y unos ángeles les hablaban de que había resucitado, se lo habían tomado como visión de mujeres y no las habían creído. Ahora desalentados se vuelven a sus casas y a sus cosas, tan cegados por el sufrimiento ante todo lo que había pasado que no llegan a reconocer a quien les hablaba, que ahora les explicaba con las Escrituras en las manos el sentido de cuanto había sucedido.

Poco a poco parece que van cambiando sus actitudes y posturas, que van sintiendo algo distinto en sus corazones, algo así como cuando Jesús les hablaba, y ante el deseo de seguir adelante aquel caminante le invitan a quedarse con ellos, porque los caminos en la noche son peligrosos. ‘¡Quédate con nosotros, porque atardece!’


Cuando se sienten a la mesa y al partir el pan para ellos, podíamos decir, como huésped de honor en aquel hogar, se les abren los ojos. Lo reconocieron al partir el pan. Ahora se dan cuenta de quien ha caminado con ellos y les hablaba; les ardía el corazón mientras les explicaba las Escrituras. Y aunque ya no lo están viendo con los ojos de la cara saben que ha estado con ellos y que es Jesús que verdad ha resucitado, por eso marchan de nuevo a Jerusalén, ya no hay noche peligrosa para ellos, para anunciar a los demás cuantas cosas les han sucedido.

Es un texto hermoso que habremos meditado y reflexionado muchas veces. Un texto seguramente donde nos hemos visto retratados, en aquellos desánimos y desesperanzas con las que andaban por aquellos caminos que cada vez más se les llenaban de sombras. Cuántas veces andamos así, y también tenemos la tentación de tomar el camino de la huida, de marcharnos de nuevo a nuestras cosas porque quizás queremos olvidar, porque no nos queremos comprometer, porque no queremos hacer el esfuerzo de abrir los ojos y el corazón.

Y Jesús nos va saliendo al encuentro en ese camino oscuro de la vida que vamos recorriendo, y cuanto nos cuesta muchas veces reconocerle. Alguna vez quizás también cuando se han metido con nosotros, y nos han dicho cosas que nos interrogan o quieren abrirnos los ojos para que tengamos una mirada distinta, quizás nos encerramos más, quizás interiormente rechazamos esa posibilidad de ver las cosas de otra manera. Tenemos que despertar la sensibilidad de nuestro corazón, para no encerrarnos en nosotros mismos. Cuando abramos las puertas del corazón para dejar que alguien entre a nuestra vida seguramente todo cambiará, porque las actitudes de amor y de generosidad hacen milagros en la vida. Como les sucedió a aquellos discípulos de Emaús que querían que se quedara con ellos y fue entonces cuando lo reconocieron.

Dejémonos encontrar por Jesús que podrá llegar a nosotros a través de los signos más insospechados, a través de las personas que quizás menos pensamos que pudieran ayudarnos, a través de esa nueva sensibilidad que ponemos en el corazón. Nos daremos cuenta que Jesús está entre nosotros y saldremos también corriendo a anunciarlo a los demás sin temores a noches oscuras ni a peligros en los caminos.

miércoles, 14 de febrero de 2024

Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua, el paso del Señor, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús que nos pone en camino de nueva vida

 


Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua, el paso del Señor, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús que nos pone en camino de nueva vida

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Alguien me recordaba ayer que hoy comenzaba la cuaresma y entonces me decía que como comienza la cuaresma no se puede comer (carne, se sobreentendía que quería decir aunque no mencionaba la palabra); yo le respondía que sí era cierto que comenzaba la Cuaresma pero que la Cuaresma es algo más. Pienso que a su manera él quería expresarme que como era la cuaresma venían tiempos de austeridad, de penitencias y de ayunos. Pero me atrevo a decir y con todo respeto para las personas que no llegan a más allá porque eso ha sido resumen de muchas maneras de enfocar las cosas, que eso sería comenzar la casa por el tejado.

¿Qué es la cuaresma que comenzamos hoy? Yo diría que es un camino que nos lleva a la celebración de la Pascua. Hemos de tener clara la meta, por así decirlo antes de hacernos programaciones de muchas cosas a las que hay que darle un sentido. No es penitencia por penitencia, ayuno por ayuno, austeridad por austeridad.

Ya se quejaban los fariseos de que los discípulos de Jesús no ayunaban como sus discípulos o los discípulos del Bautista. Y Jesús les decía que si el ‘novio’ estaba con ellos, qué sentido tendría el que tuvieran que estar tristes, si estar con el novio venía a significar estar en la boda y en una boda hay que estar con alegría y con sentido de fiesta. Pero desgraciadamente esto es lo que muchas veces no brilla en los que nos decimos seguidores de Jesús.

Nos preparamos para la Pascua, es decir, para la fiesta. Sí, no lo podemos olvidar ni descartar. Para nosotros es una fiesta y es una fiesta grande el paso salvador de Jesús por nuestra vida. Es la Pascua del Señor, es el paso del Señor. Queremos en su Pascua sentirnos hombres nuevos, vivir la vida nueva que nos regala Jesús, sentir el gozo de que por el amor que Dios nos tiene nos quiere sus hijos. ¿Pueden andar cabizbajos y tristes los hijos cuando están gozando del amor del Padre?

Es un camino el que hacemos para llegar a vivir eso en toda su plenitud, para llegar a vivir esa fiesta de la Pascua del Señor. ¿Y cómo lo vamos a hacer? Dejándonos impregnar por la Palabra de Dios, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús. Y es ahí donde vamos a encontrar esos caminos de renovación, esos caminos que nos llevan a vida nueva, ese reconocimiento que los caminos que vivimos no son siempre rectos, que la vida que vivimos está llena de muchas sombras que tenemos que iluminar, que tenemos que renovar nuestra vida.

Es entonces, no cuando tenemos que cargar de expresiones tristes nuestras expresiones, sino que vamos a sentir el dolor de haber vivido en esas sombras sin haber escuchado allá en el corazón la Palabra de Dios, pero lo hacemos con esperanza. Y por eso hemos ido dando tropiezos, y nos sentimos pecadores, y queremos acercarnos a Jesús para tocar su manto y que nos cure, dejar que Jesús llegue a nuestra vida y nos tienda su mano para levantarnos, ponga su mano sobre nuestros ojos para que recobremos la luz.

Y claro porque nos sentimos pecadores y en sombras, porque sentimos que nuestra vida está muy llena de muletas de las que un día tenemos que desprendernos, le vamos a decir, ‘si quieres, puedes curarme’, porque sentimos el dolor de nuestra enfermedad, de nuestro pecado. Y claro, cuando nos sentimos así y queremos arrancarnos de esa situación nos sentimos mal, pero no tristes sino con esperanza. Y haremos todo lo posible por ir renovando nuestra vida, y tendremos que aprender a decirnos no en muchas cosas y para eso tenemos que entrenarnos, tenemos que aprender a hacerlo, aunque sea doloroso.

Si ayunamos, si renunciamos incluso a cosas buenas como pueden ser nuestros alimentos – y no tiene que ser el ayuno solo de los alimentos sino de otras muchas cosas que nos dan placer en la vida – es porque queremos aprender a decir no a esas sombras que nos envuelven, porque nos sentimos arrepentidos de nuestro pecado.  No es ayunar por ayunar, no es penitencia por penitencia, es un ejercicio de aprendizaje, de superación en pequeñas cosas para ser capaces de superarnos en lo que verdaderamente es importante. Si vamos a desprendernos de cosas es porque queremos compartir con los demás, porque nos sentimos solidarios de sus problemas o de sus necesidades, es porque queremos que brille de verdad el amor en nuestro corazón y en nuestra vida.

Por eso Jesús no nos quiere tristes y nos manda incluso que nos perfumemos cuando ayunamos para que nadie note que lo estamos haciendo, sino el Padre del cielo, pero además nos pide humildad en nuestra generosidad para evitar lo que sea vanidad u ostentación. Es lo que nos está recomendando hoy Jesús en el evangelio. Así abrimos nuestro corazón a Dios en nuestra oración.

Comenzaremos la cuaresma con ese signo de la ceniza – de ahí el nombre que le damos a este miércoles - que dejamos que se nos imponga sobre nuestras cabezas, como un signo de humildad, es cierto, reconociendo que estamos manchados pero buscando el agua que nos lave, el agua que nos dé nueva vida, ese baño de agua viva que vamos a recibir cuando celebremos la Pascua. ‘En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios’, nos decía san Pablo. Démosle hondo sentido y significado a este rito con que comenzamos la Cuaresma.

No lo olvidemos, caminamos hacia la Pascua.

jueves, 23 de noviembre de 2023

Las lágrimas de Jesús frente a la ciudad de Jerusalén tendrían que hacernos brotar lágrimas de nuestro corazón por lo que hacemos llorar a tantos a nuestro lado

 


Las lágrimas de Jesús frente a la ciudad de Jerusalén tendrían que hacernos brotar lágrimas de nuestro corazón por lo que hacemos llorar a tantos a nuestro lado

1 Macabeos 2, 15-29; Sal 49; Lucas 19, 41-44

Los hombres no lloran, nos decían cuando éramos niños, quizás con la buena intención de fortalecer nuestro carácter, de aprender a enfrentarnos de una forma dura a los problemas de la vida, también quizás desde un concepto un tanto especial de lo que es la vida, lo que es propio de los hombres y lo que es más propicio que se manifieste en las mujeres desde un cierto machismo que dominaba en cierta manera nuestra sociedad. No lo decimos para entretenernos en condenas de costumbres sociales de otra época, porque cada época tendrá sus luces y sus sombras y con los conceptos de hoy no podemos ponernos a juzgar las actitudes o posiciones de otros momentos de la historia.

Pero los hombres sí lloran, porque todos tenemos sentimientos y las lágrimas pueden ser ese río que se desborda de nuestros sentimientos, de la sensibilidad con que vivimos la vida, de aquellas que nos impresionan y nos dejan huella; serán momentos de preocupación, momentos tristes cuando se producen desgarros en el alma, momentos en que nos sentimos fracasados en nuestros intentos por alcanzar unas metas, momentos en que nos sentimos frustrados ante lo que sucede a nuestro alrededor que no es lo que esperábamos o por lo que tanto habíamos luchado, momentos de rechazo que nos llenan de amargura.

Pero no todas las lágrimas son de tristeza porque lloramos cuando nos emocionamos ante algo agradable que nos sucede; lloramos de felicidad en un encuentro con la persona amada que quizás sentíamos lejos, pero que viene de nuevo a nuestro encuentro; lloramos de alegría cuando encontramos lo que habíamos perdido, que no solo son cosas, sino también personas; lloramos de emoción cuando encontramos una luz que da sentido a nuestras vidas y nos abre nuevos horizontes… son muchos – y podríamos pensar en muchas más cosas - los llantos que hacen afluir lágrimas a nuestros ojos y hacen salir aquellos sentimientos que llevamos guardados u ocultos en el alma. Necesitamos dejar brotar esas lágrimas porque nos desinflan de muchas tensiones que llevamos en nuestro interior y que podrían explosionar de mala manera.

Hoy contemplamos uno de los llanos de Jesús de los que nos habla el evangelio. Había llorado y no hacía mucho en la no tan lejana Betania ante la tumba de su amigo Lázaro, porque así había brotado fuera la intensidad del amor de la amistad; ‘mira cómo lo quería’, dirán los que le contemplan.

Hoy llora Jesús también de amor, es la amor que siente por la ciudad de Jerusalén – signo de la unidad de un pueblo y que todo buen judío llevaba en su corazón – que no va a ser porque aquellas piedras que ahora tan bellamente conforman los edificios de aquella ciudad un día se vendrán abajo en la destrucción que pocos años después realizará el pueblo opresor. Pero aunque pudiera parecer que el motivo fuera que no quedará piedra sobre piedra de todo aquel esplendor que desde el monte de los Olivos se contempla – allí está como una señal permanente de las lágrimas de Jesús ese pequeño santuario del ‘dominus flevit – sino que es el dolor del rechazo de quienes no le quieren aceptar. ‘Porque no reconociste el tiempo de tu visita’, serán las palabras que recoge el evangelista en labios de Jesús.

Pudiéramos hacernos ahora muchas consideraciones de aquella negativa a acogerle por parte de Jerusalén y sus principales dirigentes, pero cuando hoy escuchamos esta Palabra de Dios para nosotros tenemos que pensar en nuestra propia vida, tenemos que pensar en la acogida o no que hacemos o no hacemos nosotros de la Buena Nueva de Jesús para nuestra vida.

Contemplándonos Jesús hoy a nosotros, cristianos del siglo XXI, ¿se derramarán igualmente las lágrimas de Jesús? Pensemos en los vaivenes de nuestra vida, en la inconstancia de nuestro seguimiento de Jesús, en las debilidades tantas veces repetidas y también acrecentadas que aparecen en nosotros por la incongruencia con que vivimos nuestra fe, en el descuido y superficialidad con que nos manifestamos porque más fácil nos resulta muchas veces el dejarnos llevar que el poner un empeño y un esfuerzo de superación. Mirémonos cada uno que tenemos que conocernos por dentro aunque no siempre lo reconozcamos. 

¿No seríamos nosotros los que tendríamos que llorar  por tanto que hacemos llorar a los que están a nuestro lado y a los que tendríamos que amar más?

jueves, 2 de noviembre de 2023

Recordar a nuestros difuntos como encarar el hecho de la muerte nos lleva a asumir un nuevo camino de esperanza en el deseo de vivir en Dios para siempre

 


Recordar a nuestros difuntos como encarar el hecho de la muerte nos lleva a asumir un nuevo camino de esperanza en el deseo de vivir en Dios para siempre

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

¿Será la muerte una mala jugada que nos hace la vida? Llega un momento en que tenemos que poner punto final a lo que hacemos o a lo que vivimos; unas veces de forma inesperada, una muerte repentina, un accidente, siempre sin que realmente lo deseemos, por muy abrumados que nos veamos en la vida siempre queremos seguir viviendo, otras veces tras dolorosa enfermedad llena de sufrimientos; pero no solo para quien sufre la muerte, por así decirlo, sino también para cuantos rodean a quien ha fallecido, se trastocan los planes, cambian muchas cosas en ese mismo ritmo de vivir, es el desconsuelo, el dolor de la separación, las incertidumbres que se producen en el interior, las preguntas que parece que no tienen respuesta. Pero esa es la realidad.

Pero, ¿podemos seguir manteniendo lo de la mala jugada con que comenzamos la reflexión? ¿No habrá ninguna respuesta? ¿Todo se queda en incertidumbre y en dolor? ¿Llegaremos a pesar que la vida es algo más que eso que vivimos – valga la redundancia – los días que nos toque vivir?

La fe viene a darnos respuestas; la fe viene a poner esperanza en el corazón; la fe es un rayo de luz que nos puede hacer ver las cosas con una nueva claridad. La fe nos hace mirar a Jesús quien nos dijo que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. La fe nos hace volvernos también a Jesús con nuestras preguntas, con nuestros dolores, con nuestros vacíos, con nuestro dolor.

Aquellas mujeres de Letanía habían puesto su fe en Jesús, e incluso cuando su hermano Lázaro enfermó, le mandaron recado a Jesús. Pero Jesús no había venido; llegó cuando Lázaro llevaba cuatro días enterrado. Es la queja de Marta y la queja también de María después. ‘Si hubieras estado aquí…’ Como nuestras quejas y nuestras lágrimas. ¿Qué podemos hacer si tú no estás con nosotros? Como tantas otras preguntas que nos hacemos desde ese vacío que sentimos por dentro. ¿Tendremos que ponernos de nuevo a los pies de Jesús como María de Letanía para escucharle?

Y Jesús habla de vida y de resurrección; Jesús les habla de fe y de la esperanza que no puede faltar en el corazón. Como más tarde les dirá a los discípulos reunidos en el cenáculo que El se va para prepararnos sitio, porque quiere que estemos con El siempre, que donde esté El también estemos nosotros. Como nos había dicho un día que teníamos que comerle a El para tener vida para siempre, porque quien come su Carne y bebe su Sangre El lo resucitará en el último día. Como nos hablaba de un banquete de bodas sin fin al que estamos invitados, donde ya no habrá luto, ni llanto, ni dolor, sino que todo será vida sin fin.

Sí, creemos que El es la resurrección y la vida y que creyendo en El no moriremos para siempre. Nuestro cuerpo un día se consumirá, pero nosotros somos algo más que un cuerpo material. Hay espíritu en nosotros y cuando nos dejamos inundar plenamente por el espíritu de Dios, nos llenaremos de la vida de Dios, viviremos en Dios, y estaremos participando de ese banquete eterno del Reino de los cielos. Decimos reino de los cielos, porque en nuestro modo humano de hablar tenemos que emplear un lenguaje, pero es decir que estamos en Dios y en Dios para siempre.

Cuando nos dejamos iluminar por la fe, cuando somos capaces de sentarnos a los pies de Jesús para escucharle como María de Betania, todo adquiere otro sentido y aunque nos queden los desgarros humanos en la separación por la muerte de los seres queridos, nuestro pensamiento se llena de esperanza y en esa esperanza comenzamos a tener un gozo nuevo, porque si están con Dios, que es infinito en su misericordia, ¿por qué vamos a llorar desconsolados? ¿Por qué nos vamos a dejar embargar por la tristeza? Si nuestra fe nos hace sentirnos unidos a Dios, nos sentiremos unidos también a esos seres queridos que están en Dios, y eso nos llena de esperanza y aparece una nueva alegría en nuestro corazón.

Es el sentido con que hemos de vivir el recuerdo de nuestros seres queridos difuntos, y el sentido que le hemos de dar a esta conmemoración que en este día celebramos. No es para la tristeza sino para que se abra ante nosotros un camino de esperanza, un camino que nos hará vivir también con un sentido nuevo nuestra vida, porque un día también deseamos estar en Dios para siempre.

No es una mala jugada sino una manera nueva de enfrentar la vida sabiendo de la realidad de la muerte, porque siempre esperamos una vida sin fin.