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lunes, 9 de marzo de 2026

Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades 2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30 Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar. En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos. Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El. Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco. Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida. ¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz. Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.

 


Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades

2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


domingo, 15 de diciembre de 2024

Unas nuevas expectativas en búsqueda de una auténtica navidad para sentir que Dios está en medio nuestro en este mundo convulso en que vivimos

 


Unas nuevas expectativas en búsqueda de una auténtica navidad para sentir que Dios está en medio nuestro en este mundo convulso en que vivimos

Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-3; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

En la vida siempre estamos a la expectativa de algo; salvo que vivamos de una forma pasiva, simplemente dejándonos arrastrar por lo que salga, siempre hay una inquietud de algo distinto, de algo mejor en el corazón. Malo es no tener expectativas, no tener esperanzas, que se nos hayan apagado las ilusiones. Una expectativa nos hace estar despiertos, porque la esperanza sería pobre si solo fuera algo pasivo.

Claro que no todos tienen las mismas expectativas. También es posible que nos confundamos y nos equivoquemos. Habrá cosas que nos ilusionan por su brillo, pero pronto quizás nos damos cuenta de que es hojarasca, que son oropeles, falsos oros. Nos podemos crear confusión, sobre todo desde las influencias externas que recibimos de acá para allá. Difícil mantener el equilibrio, pero es algo que tenemos que intentar, que necesita quizás un esfuerzo por nuestra parte, y algunas veces parece que no estamos por ese esfuerzo o por esa superación, sino de forma pasiva dejarnos arrastrar.

Miramos nuestra vida, miramos nuestro mundo, miramos la sociedad que nos ha tocado vivir o que entre todos hemos construido o estamos haciendo quizá cada uno queriendo tirar del ascua para su sardina, son muchos los intereses, son muchos los tira y afloja que vamos recibiendo de acá y de allá. Repito que nos cuesta mantener el equilibrio. Será en la forma como queremos la vida, las apetencias de felicidad que todos llevamos dentro, el desarrollo como personas que todos de alguna manera queremos, serán los sueños de algo superior o de cómo mejorar la vida, será el cansancio de la rutina que nos arrastra, será la insatisfacción de lo que contemplamos que otros hacen. Esperamos, quisiéramos, deseamos, buscamos… ¿cuáles son nuestras esperanzas?

Estamos envueltos por la vida con toda su problemática; como creyentes también vamos queriendo hacer un camino; tenemos unas costumbres o unas tradiciones religiosas también que van marcando el ritmo de la vida. En estos momentos estamos en la cercanía de la Navidad. Todo el mundo prepara la navidad, forma parte también de nuestras expectativas. Claro que tenemos que preguntar qué es lo que en verdad estamos preparando cuando decimos que preparamos la navidad.

Ahí están las carreras de compras en las que nos vemos envueltos, vemos los adornos con que vamos llenando nuestras calles, nuestras plazas, nuestras casas, vemos la cantinela de la lotería que ya comienza a escucharse aunque sea en anuncios, pasamos por el mercado y ya estamos pensando en lo que nos va a costar la comida de estas fiestas, suenan las músicas y los villancicos de navidad pero también tendríamos que fijarnos en lo que expresamos en esas músicas y en las letras que cantamos. ¿Qué es lo que predomina en todo eso? ¿Qué es lo que predomina en la preparación de la navidad?

Y es una pregunta seria que tendríamos que hacernos, ¿preparamos navidad o preparamos el nacimiento de Jesús? Lo malo sería que el protagonista principal lo dejemos fuera, no lo invitemos a esta fiesta, porque casi ni nos acordamos de lo que significó aquel momento. Como creyentes que queremos celebrar en verdad la navidad tenemos que hacer un parón, detenernos un poco a pensar. Es lo que para nosotros los creyentes ha de significar este tiempo de Adviento que estamos recorriendo, que es mucho más o algo bien distinto a hacer unas compras o poner unos adornos.

Para el creyente claro que es una gran fiesta para la que nos estamos preparando y todo tienen que ser alegría y es cierto que tienen que brotar los cantos y la música pero quizás –o sin quizás - también algo más. Lo vamos a mostrar en muchos signos de cercanía y de amistad con la familia y con los cercanos a nosotros. Pero ¿de donde tiene que arrancar?

Este domingo es llamado el de la alegría, porque así lo expresa la liturgia también, por la cercana navidad. ¿Cuál es el anuncio que nos llena de alegría? ‘Aquel día se dirá a Jerusalén: «¡No temas!, ¡Sión, no desfallezcas!» El Señor, tu Dios, está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo como en día de fiesta’. Así nos decía el profeta. ‘El Señor, tu Dios, está en medio de ti…’

Eso es la verdadera navidad. ¿No decimos Emmanuel? ¿Qué significa? ‘Dios con nosotros… Dios está en medio de ti’. No lo podemos olvidar. Es la razón de todo. Y si no llegamos a sentir que Dios está en medio de nosotros, es que no hemos entendido la navidad porque muchas fiestas, cantos, comidas y regalos que nos hagamos.

Y es que tenemos que escuchar con mucha atención el evangelio que hoy se nos ofrece. Nos dice que Juan el Bautista ‘con muchas exhortaciones anunciaba al pueblo el Evangelio’. Por eso también como aquellos que iban a escucharle allá en la orilla del Jordán también nosotros hemos de preguntar, ‘¿qué debemos hacer?’ Y Juan iba señalando de forma muy concreta a cada uno de ellos esas nuevas actitudes que debían tener en su vida.

Y habla de solidaridad y de compartir, habla de rectitud de vida y de responsabilidad, habla de pureza de corazón arrancando maldades y de buen espíritu para la convivencia con los demás; podríamos traducirlo en muchas cosas concretas para nuestra vida; miremos donde están nuestras flaquezas, los tropiezos que vamos teniendo en la convivencia con los demás, las posturas que tomamos en relación a los otros, la forma de vivir nuestras responsabilidades, las carencias que podemos tener en nuestra vida familiar, miremos con sinceridad nuestra vida e iremos encontrando la respuesta a esa pregunta que nos hacíamos.

Y cuando vayamos haciendo que todo eso sea distinto vamos a sentir una nueva paz en nuestro corazón que hará surgir una alegría verdadera; y cuando vayamos abriéndonos a los demás de una forma nueva teniendo nuevas actitudes estaremos abriendo las puertas del corazón para que Dios llegue a morar en él.

Entonces sentiremos al Emmanuel, entonces nos daremos cuenta que Dios está en medio nuestro, en este mundo tan complicado en el que vivimos y con tantos problemas, entonces habrá verdadera alegría de navidad a pesar de tantas sombras de tristeza y de sufrimiento que vemos alrededor, entonces todas esas cosas que hacemos no se quedaran en superficialidades de un día sino que serán comienzo de un nuevo día para nuestra vida. Se cumplirán unas nuevas expectativas para nuestro corazón. Necesitamos, el mundo necesita una nueva Navidad.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza

 

La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

El nacimiento de un niño siempre se ve rodeado de alegría y de expectativas. Es como un signo de esperanza que se levanta al surgir esa nueva vida y en el fondo todos nos preguntamos qué va a ser de aquel niño; su nacimiento viene rodeado de muchos sueños, llenos de imaginación quizá, pero que son deseos de un futuro bueno al que miramos con esperanza. Todos se alegran y se felicitan en su nacimiento, porque todos al contacto de esa nueva vida que en aquel niño está palpitando nos hace desear incluso lo que nosotros no hemos conseguido pero con la esperanza que esos mejores sueños se conviertan en realidad de vida para aquel ser que allí comienza a palpitar.

Es lo que nos está reflejando el evangelio de lo sucedido entonces en las montañas de Judea. Felicitan a la madre y todos mutuamente se felicitan. Las circunstancias especiales que acompañan el nacimiento de aquel niño de unos padres que parece que se les ha pasado la edad de engendrar, hace suscitar mayores esperanzas porque los que mantienen su actitud creyente están viendo la mano de Dios en el nacimiento de aquel niño.

En cierto modo lo miran como algo propio cuando todos se disputan cual ha de ser el nombre de aquel niño. Pero el nombre que va a llevar vendrá determinado por lo que se está ya manifestando que es la acción de Dios con su pueblo a través del nacimiento de aquel niño, por eso su nombre será Juan. Lo señala la madre, lo corrobora el padre a través de la escritura en una tablilla, pero es que está expresándose como Dios ama a su pueblo y está con él.

El nacimiento de Juan es algo verdaderamente importante porque llega la voz del mensajero que nos vendrá a señalar donde está la Palabra. Su misión será grande porque está llamado como había anunciado el profeta porque venia a convertir el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres, porque había de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto.

El será la voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor, el mensajero que nos anuncia la inminente llegada del Salvador, por eso también con regocijo hemos de acoger al mensajero que llega porque es una forma de escucharle y es una forma de preparar en nuestros corazones los verdaderos caminos del Señor.

Necesitamos escuchar y acoger al mensajero. Es más necesitamos hoy un mensajero que nos anuncie una Buena Nueva cuando parece que todo fueran malas noticias. Necesitamos un mensajero que brille como una luz porque son muchas las tinieblas de muerte que nos están envolviendo en el hoy de nuestra vida.

Escuchemos las noticias y fijémonos bien en lo que nos están diciendo cada día; cada día parece que con mayor intensidad se nos anuncian números teñidos de luto y de muerte, nos hablan del crecimiento de la pandemia, nos hablan del número de muertos y pocas son las esperanzas que se suscitan en nuestros corazones incluso con las noticias buenas y que podrían ser esperanzadoras que en ocasiones se intentan transmitir. Aumenta el desasosiego en nuestros corazones, nos sentimos frustrados cuando no vemos mejoría y nuestros corazones se visten cada vez más de luto.

Por eso, como decíamos, necesitamos un mensajero que alumbre alguna nueva esperanza; no podemos seguir viviendo con nuestros espíritus turbados por la incertidumbre. Necesitamos que la Navidad sea en verdad para nosotros una luz de nueva esperanza, porque ahora más que nunca necesitamos un Salvador pero que no queremos recibir solamente de una forma ritual.

Nuestra navidad a pesar de todas las turbulencias tiene que estar llena de vida y de luz. Escuchemos al mensajero, predispongamos nuestro espíritu para algo nuevo y para algo bueno. El Señor puede realizar maravillas en nuestros corazones. Avivemos nuestra fe para que no decaiga la esperanza, encendamos ese fuego del amor que dé un calor nuevo y vivo a nuestra vida, alejémonos de todo lo que signifique frialdad de muerte. La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza.

‘¡Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación!’

domingo, 1 de diciembre de 2019

Cuando iniciamos hoy el adviento ¿cómo le vamos a decir a nuestro mundo que Jesús es la verdadera Buena Noticia de salvación para nuestro mundo de hoy?


Cuando iniciamos  hoy el adviento ¿cómo le vamos a decir a nuestro mundo que Jesús es la verdadera Buena Noticia de salvación para nuestro mundo de hoy?

 Isaías 2, 1-5; Sal 121; Romanos 13, 11-14ª; Mateo 24, 37-44
Cuando llega este momento en que litúrgicamente la Iglesia comienza el tiempo de Adviento, que decimos preparación para la navidad y visto el ambiente que nos rodea en que parece que ya estuviéramos en navidad, iluminación extraordinaria y especial – navideña decimos aunque algunas veces no termino de entender la imágenes y los símbolos de los adornos luminosos - , las ‘campañas navideñas’ – y lo pongo también entre comillas - que se realizan por todas partes, las felicitaciones de navidad que ya se cruzan hoy no tanto por el correo postal cuanto por las redes sociales e Internet, el ambiente de fiesta y de preparativos con sus comidas, regalos con sus correspondientes compras y no sé cuantas cosas más, me surgen muchas dudas e interrogantes en mi interior sobre lo que realmente la gente busca en estos momentos y lo que nosotros decimos que le queremos ofrecer en esta fiesta que tendría que ser profundamente cristiana que es la navidad.
Decimos con facilidad Navidad, nacimiento de Cristo, venida del Señor, ¿realmente qué es lo que la gente busca y desea desde lo más hondo? Decimos Navidad, repito, como celebración de la venida del Señor – ahora Adviento como preparación para esa celebración – y en verdad ¿habremos despertado en ese mundo que nos rodea y que dice que celebra la navidad un deseo de esa venida del Señor? ¿Para qué? Y no quiero ser aguafiestas, pero si creo que tendríamos que buscar un verdadero y profundo sentido.
Si pensamos en aquella primera venida del Señor, el pueblo de Israel tenia detrás toda una historia, una historia de salvación, con unas esperanzas suscitadas desde antiguo y alimentadas por los profetas, que además en aquel momento histórico se traducían en unas apetencias y deseos de la llegada de un Mesías libertador que incluso devolviese su soberanía al pueblo de Israel. Desde sus situaciones de opresión, de falta de libertad, de carencia de paz, de pobreza en todos los sentidos que vivían, ansiaban y deseaban esa liberación. Es cierto que muchos no llegaron a entender la llegada del Mesías en Jesús y se vieron en cierto modo desbordados con su mensaje, que le llevaría incluso a la muerte.
Y nosotros hoy, nuestro mundo de hoy, ¿Cómo se encuentra en este sentido? ¿Qué expectativas tiene el hombre y la mujer de nuestro tiempo, del siglo XXI, de algo que les libere y les conduzca a un mundo futuro mejor? ¿Se encuentra concretado en la navidad que vamos a celebrar?
La problemática que vive nuestro mundo, las situaciones sociales que se viven en los distintos lugares, la misma destrucción que incluso vamos haciendo de nuestro mundo y nuestro planeta que tan a la orden del día está con lo del cambio climático, las crisis, los descontentos, las manifestaciones, las luchas que vemos aflorar en tantas personas, pero también en tantos lugares a lo largo y a lo ancho de nuestro mundo, ¿nos pueden hacer pensar que en la Navidad que celebramos vamos a encontrar una respuesta, vamos a encontrar una luz, se nos va a ofrecer un camino de salvación? Con nuestra navidad ¿tenemos una buena noticia que ofrecer a ese nuestro mundo concreto con su problemática tan concreta?
Alguno me puede decir, bueno, ya el ambiente de fiesta hogareña con que celebramos la navidad, los buenos deseos que nos tenemos en esos días con las felicitaciones, los encuentros familiares y de amigos con sus comidas y con sus regalos, ese ambiente al menos en lo externo de paz del que queremos rodearnos, ya son cosas buenas que hacemos y ya eso es navidad. ¿Solo eso? ¿Pero ese mensaje va a calar hondo de nosotros de manera que no sean cosas de unos días sino que de alguna manera va a ser principio de una transformación que hagamos en nosotros y que ayudemos a hacer a los demás? Porque quizá cuando pasen estos días luego seguiremos diciendo ‘como era en el principio, ahora y siempre’, porque nada va a cambiar ni en mi vida ni en el mundo.
Algunos también me podrían objetar, bueno el mundo es el mundo y sigue sus ritmos y sus altibajos, y seguirán las ambiciones de tantos y la pobreza de muchos con las injusticias que siguen, pero en eso la navidad no tiene nada que hacer porque eso se queda en otro ámbito, son caminos distinto, son cosas de la vida. Eso es lo triste que podamos llegar a pensar así, que a los cristianos que celebramos el nacimiento del Salvador nos den igual esas situaciones y esa problemática de nuestro mundo y no seamos capaces de llevar a ese mundo que sufre con todas esas cosas una buena noticia que despierte la esperanza de que podemos hacer un mundo mejor.
Quizá los cristianos que queremos vivir con un poco más de intensidad la navidad nos llenamos la boca de palabras bonitas pero no hemos terminado de saber cómo llevar la Buena Noticia de Jesús al mundo que nos rodea. Y aunque quizá en muchos lugares la inmensa mayoría esté inclusos bautizados, el evangelio no ha llegado a calar en sus vidas, no se termina ni de entender ni de desear esa salvación que Jesús nos viene a traer que camuflamos quizá en algunas cosas bonitas que podamos hacer en momentos determinados.
No es solo un recuerdo lo que es la Navidad. Celebramos la venida del Señor, y del Señor que viene hoy a mi vida y a mi mundo, a esta sociedad en la que vivimos con sus problemas y sus anhelos. ¿Cómo le vamos a decir a nuestro mundo que Jesús es la verdadera Buena Noticia de salvación para nuestro mundo de hoy?
Este ha de ser el camino de Adviento que tenemos que emprender, despertando una auténtica esperanza en nosotros y en los corazones de los hombres y mujeres que nos rodean. No nos preparamos solamente para una fiesta con unas tradiciones que no queremos perder; cuidado que nos quedemos a veces solo en nostalgias de los que ya no están con nosotros; nos preparamos para algo más, es un anuncio más profundo el que tenemos que realizar y es también la esperanza del mundo futuro, de la venida del Señor también al final de los tiempos. Que nos mantengamos alerta, atentos, vigilantes, como tantas veces se nos va a decir en estos días, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Pidamos al Espíritu del Señor que nos abra el corazón para que no tengamos miedo a las actitudes nuevas que Jesús nos puede pedir que pasan por una nueva apertura a los demás

Pidamos al Espíritu del Señor que nos abra el corazón para que no tengamos miedo a las actitudes nuevas que Jesús nos puede pedir que pasan por una nueva apertura a los demás

Zacarías 2,5-9.14-15ª; Sal.: Jr 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45

Hay ocasiones en que por muy claras que nos digan las cosas no logramos entender; también nos sucede que en ocasiones es porque no queremos entender. Lo mismo que cuando una persona nos dice que no la entendemos porque nos está explicando sus problemas y sus puntos de vista, pero nosotros quizá le aconsejamos lo contrario o cosa distinta a la solución que aquella persona busca para su problema; quizá lo que aquella persona quiere es que nosotros le demos la razón donde nosotros vemos que no la tiene o que la solución no es lo que ella propone, y entonces nos dice que no la entendemos.
De una forma o de otra, en situaciones parecidas de cerrazón de la mente por nuestra parte que no queremos escuchar o de cerrazón de la mente de la otra persona que no acepta que nosotros opinemos distinto nos encontramos muchas veces. Tenemos que aprender a abrir nuestra mente, escuchar y aceptar aquello que incluso no nos gusta o pudiera ir en contra de los sueños o ilusiones que nos habíamos trazado. Con una apertura de la mente así muchas frustraciones nos ahorraríamos y aceptando la realidad, escuchando lo que nos dicen podremos hacer que la vida para todos sea mejor.
Hoy nos dice el evangelio cómo a los discípulos en ocasiones les costaba entender las palabras de Jesús. Sobre todo cuando lo que Jesús les proponía o anunciaba no estaba en línea con falsas e ilusorias expectativas que se habían creado en su mente. Entusiasmados estaban por Jesús, por aquel nuevo estilo de vida que Jesús les proponía, por las esperanzas que se abrían en sus corazones, por ese mundo nuevo y distinto que vislumbraban, tanto era que comenzaban a verlo como el cumplimiento de todas las promesas de los profetas y ya estaban comenzando a creer que era el Mesías anunciado y prometido.
Pero ellos se habían forjado por otra parte, por un mal entendimiento de las palabras de los profetas, unas expectativas del Mesías que lo convertían más en un guerrero y en un libertador político que lo que realmente era la misión del Mesías y que Jesús quería trasmitirles. Por eso no entraba en sus cabezas que el Hijo del Hombre hubiera de padecer. Por eso les costaba entender las palabras de Jesús.
Si nos hacemos esta reflexión no es solo para conocer o juzgar lo que le sucedía a los discípulos en torno a la figura de Jesús, sino para ver como esas cosas reflejan también lo que nos puede suceder a nosotros. No siempre sabemos entender el evangelio de Jesús, no siempre llegamos a escuchar con toda sinceridad sus palabras en nuestro corazón. Nos hacemos una idea de religión, nos planteamos desde nuestros intereses o ilusiones lo que es la vida cristiana, vamos poniendo pegas a lo que Jesús nos dice para aceptar aquellas cosas que nos convengan pero no dejamos siempre que se transforme nuestra vida por el espíritu del evangelio.
Pidamos al Espíritu del Señor que nos abra el corazón, nuestra mente, nuestro entendimiento, los oídos del alma para escucharle y para aceptarle de verdad. No tengamos miedo ni de plantearle nuestras dudas o nuestras quejas allá en la interioridad y la intimidad de nuestra oración, pero no tengamos miedo a las actitudes nuevas que Jesús nos puede pedir. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. Que esa apertura a las palabras de Jesús nos conduzca a una apertura también de nuestra vida y de nuestro corazón a cuantos nos rodean para saber hacer un camino juntos en la vida.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Sembremos cada día en nosotros y en el mundo en que vivimos la semilla de la Palabra desde un testimonio valiente porque la luz no se puede ocultar y la semilla se ha de sembrar

Sembremos cada día en nosotros y en el mundo en que vivimos la semilla de la Palabra desde un testimonio valiente porque la luz no se puede ocultar y la semilla se ha de sembrar

1Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15

‘Se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo…’ y esta es la ocasión en que nos dice el evangelista Lucas que Jesús les propone una parábola.
Mucha gente se le juntaba a Jesús, crecía el número de los que le seguían para escucharle, pero ¿cómo lo escuchaban? ¿Cómo acogían en su corazón aquella semilla que Jesús iba sembrando? Como el sembrador que tira a voleo la semilla mientras va caminando Jesús va dejando su palabra en aquellos corazones. ¿Fructificará de la misma manera en todos ellos?
Algunos seguían a Jesús esporádicamente; pasaba Jesús por su pueblo, les hablaba en la sinagoga, en los cruces de los caminos o en las plazas, y a todos les gustaban las palabras de Jesús. Sentían deseos de seguir escuchándole, se iban detrás de él, pero pronto volverían a sus faenas, regresarían a sus casas, se iban a encontrar con los problemas de cada día, ¿seguirían recordando las palabras de Jesús?
Algunos con curiosidad se acercaban a Jesús porque habían oído hablar muchas cosas de él. Le escuchaban con interés o inquisidores para ver lo que decía y si acaso aquello les convencía, pero pronto quizá el interés se desvanecía, no les llegaba a convencer, tenían dudas de quien realmente fuera Jesús, quizá pronto lo olvidaran o acaso fueran de aquellos que formarían parte de otro nuevo grupo como de oposición que se iba formando. ¿No terminaba de convencerles aquel nuevo profeta? ¿No veían que se cumplieran en él las expectativas que tenían sobre el futuro Mesías de Israel? El estilo pacifico de Jesús quizá no era lo que buscaban para luchar contra los opresores del pueblo.
Así unos le escuchaban y pronto se quedaban atrás, otros le seguían durante un tiempo con cierto entusiasmo que pronto se podría enfriar, solo algunas permanecían fieles, sembraban en su corazón aquellas esperanzas que la Palabra de Jesús les suscitaba.
Pero es que eso tenemos que verlo en nosotros. Cuántos son los que cada semana escuchan la proclamación del evangelio, pero cuántos son también los que cuando atraviesan de nuevo la puerta de la iglesia que les lleva a la calle ya lo olvidaron todo.
Cuántos son los que con cierto fervor escuchamos la palabra, pero las tareas de la vida cotidiana, la familia, el trabajo, los problemas que se viven en la sociedad nos absorben de tal manera que olvidamos pronto, o no sabemos encontrar luz en esa palabra que se nos ha proclamado para esos problemas de la vida de cada día.
Cuántos quizá los que queremos ser sinceros y queremos vivir todo eso, pero estamos envueltos en tantos problemas personales que no sabemos como salir de ellos o como en esa palabra encontrar esa fuerza que necesitamos para caminar y para luchar, para superarnos y para lograr ser mejores cada día.
Claro que tendríamos que ser de los de la buena tierra, porque acojamos esa semilla, esa Palabra y como María la guardemos en el corazón para rumiarla, para sacarle de verdad fruto porque en ella encontremos esa luz y esa fuerza para ese nuestro camino diario. No es fácil la tarea, porque ya sabemos cuantas cosas los llaman la atención por todas partes, nos atraen y nos distraen, pero hemos de centrarnos de verdad en esa Palabra que es vida para nosotros. Es lo que nos dice Jesús de dar fruto, diverso quizá según la capacidad de cada uno, pero fruto en fin de cuentas porque queremos en verdad llenarnos de la gracia del Señor.
Sembremos cada día en nosotros esa semilla de la Palabra; sembremos cada día en los que nos rodean, en el mundo que vivimos esa buena semilla desde ese testimonio claro y valiente que nosotros demos, pero también desde esa palabra que tenemos que atrevernos a decir porque la luz no se puede ocultar, porque la semilla se ha de sembrar.

miércoles, 19 de abril de 2017

El Señor siempre nos sale al paso y nos acompaña en los caminos de la vida dándonos su luz aunque muchas sean nuestras oscuridades o nuestras dudas

El Señor siempre nos sale al paso y nos acompaña en los caminos de la vida dándonos su luz aunque muchas sean nuestras oscuridades o nuestras dudas

Hechos de los apóstoles 3,1-10; Sal 104; Lucas 24,13-35
Cuando ponemos nuestra esperanza e ilusión en alguna cosa, una meta quizás que nos hemos propuesto en la vida, unas promesas de algo bueno que habíamos recibido, un empeño de superación de nosotros mismos en el desarrollo de unos valores o unas cualidades, pero de repente todo parece que no sale mal, nuestras expectativas no se ven cumplidas, lo que anhelábamos no lo pudimos conseguir, sentimos deseos, como se suele decir, de tirar la toalla, olvidarnos de todas esas metas que nos habíamos trazado y tomar un rumbo a la inversa quizás en la vida. Es el desaliento y el desanimo que nos apagan las ilusiones, que nos dejan como muertos sin ganas de seguir luchando, el mundo parece que se nos viene abajo. Situaciones así pasamos algunas veces en la vida.
Allá se marchaban de Jerusalén aquellos dos discípulos desalentados quizás buscando alejarse totalmente de lo que habían sido sus ilusiones y esperanzas, poner tierra por medio, como solemos decir, volviéndose a su aldea, a su casa, pero dándole mil vueltas en su corazón desalentado a todo lo que había sucedido.
Tan enfrascados iban en sus pensamientos que no reconocen al caminante que se les ha unido. Entran en conversación y no puede ser otro el tema que todo lo que ha sucedido en aquellos días en Jerusalén. El caminante pregunta y escucha y ellos sacan todas las penas y desilusiones que llevan en su corazón. Pero quien parecía no saber de que iba la cosa comienza a hablarles con palabras que les hacen comprender, con palabras que responden a sus dudas e inquietudes, con palabras que no solo les explica todo el sentido de las Escrituras que se cumplen en lo que ha sucedido, sino que van llenando de paz su corazón.
Quienes iban encerrados en si mismos, sin embargo ahora son capaces de abrir su corazón para la soledad y no quieren permitir que aquel caminante sufra peligro en la noche en aquellos caminos oscuros de Judea. ‘Quedate con nosotros porque atardece y el día va de caída’, es la invitación que le hacen abriéndoles ahora la intimidad de sus hogares.
Paso a paso se habían ido transformando; luego dirán que les ardía el corazón mientras El les explicaba las Escrituras por el camino; ya estaban en su punto para poder reconocer al Señor. Y en el gesto de partir el pan a la hora de la cena, le reconocen. Es el Señor. Mira como ardía nuestro corazón, porque era El quien venia con nosotros y nos lo explicaba todo. Serán capaces de ponerse de nuevo en camino para volver a Jerusalén a hacer el anuncio. ‘Era verdad, ha resucitado el Señor’, les comentan los de Jerusalén mientras ellos cuentan cuantas cosas les han sucedido mientras iban de camino.
¿Dejamos que la oscuridad nos venza? ¿Nos quedamos enfrascados – metidos en el frasco – en nosotros mismos o queremos en verdad buscar la luz para que no se apaguen nuestras esperanzas? En la vida pasamos por esos peligros en mil situaciones de todo tipo que nos puedan suceder. En la vida nos sucede muchas veces así en el campo de la fe que parece que se nos apaga la luz y todo parece oscuro. Tenemos que saber que el Señor esta ahí aunque nos cueste reconocerle.
Abramos en verdad nuestro corazón, nuestra vida para aprender a descubrirle allí donde El quiere manifestársenos en el camino de la vida, que muchas veces será en el sitio y en el momento que nosotros menos esperamos. Pero el Señor nos acompaña siempre en nuestro camino.

domingo, 12 de febrero de 2017

En lo alto de la montaña nos traza Jesús las metas y los ideales del Reino de Dios que viviremos en la autenticidad y plenitud del amor

En lo alto de la montaña nos traza Jesús las metas y los ideales del Reino de Dios que viviremos en la autenticidad y plenitud del amor

Eclesiástico 15, 16-21; Sal 118; 1Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37
Los comentarios que irían surgiendo en torno a la figura de aquel nuevo profeta de Nazaret seguramente serian variopintos. Las noticias vuelan y pronto se hablaría de Jesús por todas partes pero seguramente con opiniones encontradas. Algo nuevo vislumbraban todos que se estaba anunciando. Jesús se presentaba con una radicalidad grande porque decía que había que cambiar desde lo más hondo. Eso creaba esperanzas y expectativas pero ponía en guardia también a otros frente a esas posibles novedades.
Y tras el entusiasmo que suscitarían sus signos y milagros soñaban con el Mesías anunciado y prometido. Ese cambio que El anunciaba ¿significaría acaso que se acabarían tantas normas y tantas leyes y que iban a ser un pueblo nuevo no esclavizado ante tantos mandatos y preceptos? A otros quizá les costara aceptarlo, como luego se verá a lo largo de su vida porque lo que decía la ley y lo que decían los profetas no se podía cambiar de ninguna manera y además siempre habían vivido así con esos mandamientos, ¿por qué habría que cambiarlos ahora? Siempre ha sido así, es la consabida frase que tantas veces se repite cuando no queremos mejorar nada.
Ahora Jesús allá en la montaña, como un nuevo Moisés que subiera al Sinaí, estaba trazando lo que habían de ser las metas y los ideales de ese Reino nuevo de Dios que el anunciaba y nos daba las pautas por donde habrían de vivir los que se llamaran sus discípulos, sus seguidores. Había desconcertado a muchos cuando llamaba dichosos a los pobres y a los que sufren, a los que son perseguidos o a los que tienen un corazón inquieto que les lleve a complicarse la vida por los demás. Otros se llenaban de esperanza y recomenzaba a brotar la alegría en el corazón por se les decía que todo lo que ahora tanto les inquietaba o les hacia sufrir un día habría de cambiar.
¿Qué les dice hoy Jesús claramente? El no ha venido a abolir la ley ni los profetas. El Reino de Dios que El anuncia se fundamente precisamente en la en la Palabra de Dios. Y esa Palabra de Dios es inamovible para siempre. El viene a darle plenitud, a darle profundo sentido, a hacer que encontremos en verdad gusto por escuchar esa Palabra y plantarla realmente en lo más hondo del corazón. Quienes así lo hagan estarán sintiendo para siempre el Señorío de Dios en sus vidas.
El no viene a hacer revoluciones violentas que con esas fuerza del poder humano haga que se cambien las cosas; con El todo ha de comenzar por cambiar desde lo más hondo el corazón para que desaparezcan para siempre las superficialidades o las rutinas, las lecturas interesadas de lo que nos dice Dios o simplemente el dejar que las cosas sigan como están.
Su ley será la del amor, un amor vivido en la más hermosa plenitud, con el más profundo sentido; un amor que no se queda en ritualismos y formalidades; un amor auténtico que tiene que abarcar toda la amplitud de la persona. No es simplemente que se nos prohíba matar, sino es que se nos manda amar. Y es que además la violencia de matar no está solo en arrancar la vida o derramar la sangre sino en todo aquello que pueda hacer daño al prójimo, también en nuestros gestos, con nuestras palabras, en nuestras posturas, en las actitudes que tengamos ante los demás, en los resentimientos que seguimos guardando en el corazón. Cuánta muerte llevamos en nosotros y cuánta muerte damos a los demás cuando nos falta ese auténtico amor en el corazón.
Por eso Jesús nos hablará de reconciliación y de perdón; nos dirá que ya a nadie se lo podrá considerar como un enemigo o contrincante a quien queremos eliminar porque a todos hemos de amar, a todos hemos de perdonar, por todos incluso hemos de rezar. Nos dirá que si vamos a presentar nuestras ofrendas de amor a Dios no podemos ir marcados en nuestro corazón por el odio, las envidias, rencores o los resentimientos sino que antes hemos de aprender a reconciliarnos los unos con los otros para poder ir con el corazón lleno de paz a la presencia del Señor.
Nos enseñará como tiene que predominar el amor en la vida, un amor que es respeto y valoración de toda persona porque de nadie podemos considerarnos dueños, ni a nadie se le pueda considerar inferior o apartarla de nuestra vida simplemente cuando nos cansemos de ella o nos apetezca hacerlo. Un amor que es fiel y que hemos de saber cuidar y preservar en todo momento para que nada haya que nos distancie o nos separe en las relaciones donde decíamos que las habíamos construido desde el amor.
Así le glorificaremos viviendo la plenitud de su Reino, santificaremos el nombre del Señor que nos merece respeto y veneración en todo momento y nunca mal usaremos su santo nombre para las justificaciones de nuestros actos injustos sino que en todo momento nos hemos de manifestar en total autenticidad y sinceridad.
Un estilo nuevo, un sentido nuevo nos está presentando Jesús en lo alto de la montaña; una vida nueva que no se quedará nunca en formalismos ni ritualismos sino que a todo le daremos autenticidad y veracidad; una vida llena de amor que entrañará un sentido nuevo para nuestras mutuas relaciones, pero también para una auténtica relación con Dios que es el Padre bueno que nos ama y nos pone en camino de amor. Algo nuevo está comenzando, está naciendo en los corazones el Reino de Dios.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Queremos hacer un adviento verdadero desde las expectativas que tenemos los hombres de hoy porque sabemos que en Cristo encontraremos la verdadera salvación

Queremos hacer un adviento verdadero desde las expectativas que tenemos los hombres de hoy porque sabemos que en Cristo encontraremos la verdadera salvación

Isaías 2,1-5; Sal 121; Romanos 13,11-14; Mateo 24,37-44
Aunque quizá no sepamos cómo expresarlo los hombres vivimos siempre a la expectativa de que las cosas vayan a mejor, los problemas se solucionen, encontremos respuestas a esas preguntas que nos hacemos en nuestro interior sobre el camino que hacemos, la realidad de lo que es la vida que vivimos, o esos tremendos interrogantes que ahí están aunque algunas veces quizá no nos atrevamos a manifestarlo de qué es lo que estamos haciendo con nuestra mundo.
En ocasiones quizá nos volvemos de alguna manera pesimistas, otras veces queremos acallar esas voces interiores que de alguna manera nos gritan. Pero ahí está la marcha de nuestra sociedad; pensamos quizá que con la elección de otros personajes que puedan enderezar los destinos de nuestro mundo podríamos encontrar la solución, pero quizá pasa el tiempo y las cosas siguen igual y en cierto modo nos sentimos frustrados en esas esperanzas.
Podemos pensar en grandes acontecimientos que se van sucediendo en la historia actual de nuestro mundo tan lleno de guerras y violencias, en los movimientos que surgen por aquí o por allá que parecen que puedan dar soluciones y hacer que las cosas cambien, en personajes que aparecen en la historia y tras un recorrido vemos que quizá no han sabido resolver los problemas de nuestro mundo para hacerlo mejor. Y seguimos esperando sin saber bien qué salvadores pueda tener nuestro mundo, o podamos encontrar que enderece tantas cosas que no nos gustan.
Estoy hablando, sí, de esperanzas y expectativas que vivimos en nuestro hoy. Podríamos descender un poco más y llegar a situaciones cercanas a nosotros con la pobreza que parece que crece cada día más, las violencias con que nos tratamos en las familias, con los convecinos, las crispaciones en que muchos viven que parecieran que siempre estamos los unos contra los otros porque nada nos parece bueno de lo que nos puedan ofrecer los que consideramos nuestros adversarios. ¿Encontraremos motivos para tener esperanza?
Y a todo esto, nosotros, como cristianos ¿qué tenemos que decir? ¿qué es lo que podemos ofrecer? Tampoco nos podemos cruzar de brazos, estar esperando que sean otros los que nos den las cosas ya solucionados, alguna mano podremos poner, alguna luz podremos dar.
En el ritmo de la liturgia y del camino de nuestra vida cristiana estamos entrando en un tiempo que llamamos Adviento y que decimos que nos prepara para la Navidad. Es un tiempo del que decimos que viene cargado de esperanza, porque ahora vivimos en la espera de la celebración del Nacimiento de nuestro Salvador. Creo que seria necesario que nos lo planteáramos bien. Porque lo que vamos a celebrar en la navidad no es simplemente el recuerdo de unos hechos que tuvieron su momento histórico y que ahora son solo recuerdo. Las celebraciones para los cristianos son mucho más que un recuerdo, porque celebramos una presencia, la presencia salvadora del Señor.
¿Tendrá algo que ver la celebración de la Navidad ya cercana con todo eso de lo que hemos comenzado hablando, de esas expectativas y esperanzas que podamos vivir los hombres de hoy también con esas frustraciones que a veces sentimos por no encontrar las respuestas que buscamos?
La autentica alegría de la navidad no se nos puede quedar en el recuerdo de aquellos momentos que es cierto son tan entrañables para nosotros y tan significativos como fue el nacimiento de Jesús en Belén. De la misma manera que la fiesta de la navidad no se puede quedar en una fiesta familiar que porque tenemos la nostalgia quizá de los que ya no están con nosotros a la larga se puede llenar interiormente de muchas tristezas y amarguras.
Esperamos al Señor que viene a nuestra vida y a nuestra historia de hoy, y lo esperamos también con esas expectativas, con esos deseos de algo mejor para los nuestros y para nuestro mundo. Jesús es el verdadero Salvador que nos da respuestas, que nos señala caminos, que nos da pautas de cómo hemos de caminar si queremos en verdad hacer que nuestro mundo sea mejor. No esperamos que vengan otros salvadores que nos arreglen nuestro mundo, otros personajes que puedan cambiar los derroteros de la historia; esos personajes se nos pueden quedar muy lejanos.
Y es que Jesús viene a decirnos que ha puesto ese mundo en nuestras manos y de nosotros depende de que ese mundo sea mejor; que cada uno de nosotros tenemos que ir poniendo nuestro granito de arena, las piedras necesarias para la construcción de ese mundo mejor; y Jesús nos viene a decir que está con nosotros, que nos acompañara con su gracia y con la fuerza de su Espíritu en ese camino que queremos hacer.
Y cuando sintamos de verdad esa presencia de Jesús en nosotros y porque queremos hacerlo más presente en nuestro mundo estaremos haciendo verdadera Navidad, porque estaremos haciendo nacer a Dios en nuestro corazón y en nuestra vida. No será un recuerdo, será una realidad en nosotros; y eso nos llena de esperanza de la verdadera, y eso nos hará sentir la alegría más honda cuando veamos que se van encendiendo luces porque vamos haciendo poco a poco que cada vez seamos mejores.
Es un camino el que estamos emprendiendo cuando comenzamos el Adviento que nos lleva a la Navidad, pero un camino que hemos de hacer con seriedad, con responsabilidad, con mucho amor, con mucha esperanza porque sabemos que Cristo ya está con nosotros.