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jueves, 30 de julio de 2026

Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús

 

Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús

Jeremías 26, 1-9; Salmo 68; Mateo 13, 54-58

¿Qué me va a enseñar ese a mí?, habremos oído en alguna ocasión a alguien que con su prepotencia trataba de descalificar a alguien que quizás le estaba dando la solución a un problema, estaba planteando algo nuevo que bien podría valer para su vida, o simplemente le estaba dando un consejo en alguna situación compleja en que se encontrase. Quizás nosotros también en más de una ocasión habremos actuado así, porque aquel que nos está queriendo decir algo decimos que lo conocemos de siempre y que sabemos de dónde viene o por donde anda. Es la rebaja que siempre queremos hacerle a lo que nos puedan ofrecer otros porque nosotros sí sabemos y no necesitamos que nadie nos enseñe o nos diga nada. Es la respuesta que damos cuando nos dicen algo para hacernos caer en la cuenta en algo que no pensábamos, pero que enseguida decimos, ‘yo lo sé, ¿qué me vas a decir?’.

Estamos hablando de ámbitos meramente humanos, de nuestras relaciones de los unos con los otros, pero que cosas así adquieren unas tonalidades especiales cuando entrabamos en ámbito de lo espiritual o de la práctica y vivencia de nuestro ser cristiano. ¿Nos dejamos enseñar? ¿Nos dejamos acompañar? ¿Escuchamos lo que el otro pueda ofrecernos desde su propia experiencia espiritual y de vida cristiana? Es que yo soy cristiano de siempre, es que mi familia, mi madre… estaban mucho en la Iglesia; es que yo hice la primera comunión y recibí todos los sacramentos… y así seguimos argumentando que parece más bien que estamos cerrando puertas a lo que de los demás podamos recibir.

Es lo que estamos viendo hoy en el relato del evangelio de la visita de Jesús a su pueblo, Nazaret, donde se había criado. Como enseguida comenzarán a decir cuando le escuchan en la sinagoga, es que es el hijo del carpintero, ahí están sus hermanas y su familia, ¿dónde ha aprendido todo eso?, porque siempre le habían visto allí en Nazaret como un niño o como un joven cualquiera. Y como comenta el evangelista Jesús se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro; en otro momento se nos dirá que estaban esperando que allí realizara los signos y milagros que ellos sabían que hacía en otros lugares; claro, era su pueblo, su familia, sus amigos, allí tenía que manifestar que con ellos tenía alguna preferencia.

¿Por qué hacemos las cosas o qué es lo que buscamos? Nos mueven muchas veces los intereses, y unos intereses egoístas y muy llenos de orgullo. Cuando no hay disponibilidad no puede aparecer la fe; cuando no hay humildad que nos lleve a una apertura del corazón no seremos capaces de ver lo bueno que se nos ofrece; cuando no hay deseo de abrir el corazón a una nueva sintonía seguirán prevaleciendo los ecos de nuestro egoísmo y orgullo que ahogarán lo que de verdad podría llenar de paz nuestro corazón.

Malos acompañantes de camino son el orgullo y la vanidad porque nos desfigurarán haciéndonos perder lo mejor de nosotros mismos y lo que tendría que ser nuestra verdadera identidad. Entraremos en un camino de ramplonería, donde simplemente o nos dejamos arrastrar por luces que nos encandilan y confunden o nos deslizamos por las pendientes de las rutinas que nos impedirán darle nuevos rumbos a nuestra vida.

Mucho tendríamos que analizar para comenzar a corregir rumbos y dejarnos enseñar y conducir. El Señor va poniendo señales a nuestro lado, muchos signos de lo que es la voluntad de Dios podríamos descubrir en nuestro entorno si fuéramos capaces de salirnos de esa ceguera que nos encierra en nosotros mismos. Hagamos un alto en el camino, comencemos a quitar esos filtros en que nos hemos envuelto para iluminarnos con la verdadera luz, para aprender la verdadera sabiduría del Evangelio que de muchas maneras se nos puede manifestar. Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús.


lunes, 9 de marzo de 2026

Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades 2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30 Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar. En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos. Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El. Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco. Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida. ¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz. Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.

 


Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades

2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


miércoles, 4 de febrero de 2026

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

 


El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

2 Samuel 24, 2. 9-17; Salmo 31; Marcos 6, 1-6

¿Qué se cree él? ¿Quién se cree que es? Reacciones así hemos visto más de una vez, o quizás nosotros mismos hemos tenido, ante alguien que nos dice cosas que no nos gustan porque nos están poniendo el dedo en la llaga, diciéndonos la verdad que no nos gusta escuchar. Una persona que trata de comportarse con gran nobleza y rectitud, que quizás la vemos comprometida en acciones a favor de los demás o que se convierte en denuncia de situaciones que no son tan buenas, pero que quizás nos molestan, nos sentimos heridos porque nos están diciendo las cosas claras; y nos surgen esas preguntas que cuestionan a la persona, a la que quitamos autoridad en lo que dice porque buscamos sombras que la desprestigien. ‘Si ese individuo lo conozco yo de toda la vida… y sé quien es su familia…’ y así nos montamos buenas historias con tal de no aceptarlo.

Le estaba pasando a Jesús. Había ido a su ciudad y se había puesto a enseñar en la sinagoga como hacía por todos los lugares por donde iba anunciando el Reino de Dios. El evangelista Marcos a quien corresponde este relato no nos detalla cual era el mensaje de Jesús, pero sin lugar a dudas era el anuncio de la llegada del Reino de Dios pidiendo la conversión para creer esa Buena Noticia; como en otros los signos que realizaba daban autoridad a sus palabras.

Pero la gente se cuestiona. ‘¿De donde la viene esta sabiduría?’ Lo conocían de toda la vida porque allí en Nazaret se había criado, y allí estaban sus familiares, y allí había trabajo con su padre José. ‘¿No es este el carpintero?’ se decían. Y mencionaban a todos sus parientes conocidos de todos como era además normal en un pueblo pequeño. Y comenzó a aparecer la desconfianza, no le creían, no le aceptaban; ¿qué podían recibir ellos de alguien que era como ellos? ¿Si viniera revestido de autoridad de otros lugares o de alguna escuela rabínica? ¡Qué difícil se nos hace comprender los misterios de Dios!

‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’, les dice Jesús con palabras que se han convertido en sentencia y en refrán. Y como continúa diciendo el evangelista ‘no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe’, pero como se continúa diciéndonos Jesús continuó con su misión profética por todos los lugares y aldeas de Galilea.

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, hablará las palabras que tiene que decir aunque no sean escuchadas, manifestará las maravillas del Señor aunque no sean reconocidas, seguirá sembrando la semilla de la Palabra de Dios aunque no siempre encuentre la tierra apropiada; en algún lugar brotará esa semilla, algunos terminarán reconociendo las maravillas del Señor, Dios sigue actuando y acercándose a nosotros aunque seamos las tinieblas que rechazamos la luz. Y es que Dios se manifiesta en lo humilde y lo sencillo, se manifiesta en los pequeños y en los parece que no son nada, se acerca a la humanidad para hacer su mismo camino pero para abrir nuevos caminos ante él. Será costosa la misión y tiene mucho de pascua, de pasión y de muerte, pero de la muerte hará resurgir la vida porque ahí está siempre el paso del Señor.

Contemplamos el actuar de Jesús pero en El tenemos que vernos reflejados, no en vano con Cristo nos hemos hecho sacerdotes, profetas y reyes, y esa misión no la podemos abandonar. No siempre nos será fácil, muchas veces también nos encontraremos que no somos aceptados, no a todos va a gustar el anuncio de verdad que tenemos que hacer, pero hay una fidelidad y una lealtad en nuestro corazón que no podemos abandonar; con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor que nos alienta, que pone palabras en nuestros labios, pero que nos transforma para que seamos en verdad testimonio ante el mundo que no nos quiere creer y que en ocasiones tratará de quitarle valor a nuestras palabras. Somos pecadores, es cierto, pero por eso mismo somos testigos de lo que es el amor del Señor, es el hermoso testimonio que tenemos que dar.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Sagrada Familia de Nazaret, buena noticia de evangelio para nuestros hogares, caldo de cultivo de nuestra humanidad con los más hondos valores

 


Sagrada Familia de Nazaret, buena noticia de evangelio para nuestros hogares, caldo de cultivo de nuestra humanidad con los más hondos valores

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23

Hoy, en este domingo más próximo al día de la Natividad del Señor, mientras seguimos celebrando con toda solemnidad la semana de la octava de la Navidad, la Iglesia nos invita a contemplar y a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, José y María, la Sagrada Familia de Nazaret. No es para menos; Dios al encarnarse y hacerse hombre por nuestra salvación quiso nacer en el seno de una familia, así en todo quiso ser semejante a nosotros, pero para que también en el seno de un  hogar encontremos y escuchemos la buena noticia de nuestra salvación, haciendo así que aquel hogar de Nazaret, como tienen que serlo también nuestros hogares cristianos, sean evangelio para el mundo.

Son pocos los detalles en el evangelio en el que se plasman las características de aquel  hogar, de aquella familia, pero aun así tenemos que reflexionar y saber ahondar en ese evangelio que, como decíamos, es para nosotros y así aprendamos a ser nosotros también evangelio para el mundo. Detalles que nos descubren la fe, la humanidad y la grandeza de aquel hogar siempre abierto a la revelación de Dios, al misterio de Dios que se les manifiesta y les señala caminos a través de diversos signos pero que saben acoger e interpretar.

Podíamos decir mucho de la actitud de fe de María en disponibilidad siempre para lo que sea la voluntad del Señor; es la acogida al Ángel del Señor que se le manifiesta y ese meditar y rumiar en su corazón con disponibilidad total ese evangelio que se le transmite, esa buena noticia que no lo será solo para ella sino para toda la humanidad. Y María se sentirá llena del Espíritu para hacer que de ella nazca el Hijo de Dios, pero será la que se deja guiar por el Espíritu para aceptar el plan de Dios. Pero junto a ello veremos la grandeza de su humanidad que prontamente se pone en camino para el servicio, para visitar a su prima Isabel ante el próximo nacimiento de Juan.

Pero es la fe y la grandeza humana que también contemplamos en José. ‘Era bueno’,  nos dice el evangelista cuando se ve envueltos en dudas y elucubraciones cuando aun no entiende el misterio que en María se está realizando. Sabrá leer y escuchar los signos que Dios pone por boca del ángel en sueños para también dejarse guiar por Dios. Recibió a María, su mujer, como le había dicho el ángel en su casa.

Pero nuevos caminos se abrían ante José y aquel hogar a los que sabrá responder con su responsabilidad de esposo y padre. Cuando Dios entra en nuestra vida siempre nuevos caminos se abren ante nosotros y es donde vamos a manifestar la grandeza de nuestro espíritu y de nuestra humanidad. Los pocos datos que el evangelio nos da de José son todos como una peregrinación.

Primero Belén para el cumplimiento del edicto de empadronamiento y allí en la pobreza de un establo nacerá Jesús. Tras esos momentos familiares, aunque lejos de su hogar, de la circuncisión y de la presentación en el templo y la visita de los Magos de Oriente, de la que nos hablará el evangelio de san Mateo, su peregrinar será hasta Egipto evitando la matanza del airado Herodes, como más tarde su regreso a Nazaret. Ahí contemplamos la fe, la madurez humana, la responsabilidad que se refleja en la personalidad de José. Siempre en silencio, siempre dispuesto a escuchar a Dios en su corazón, siempre dispuesto a ponerse en camino desde su responsabilidad.

Toda una buena nueva para nosotros, todo un evangelio vivo que tenemos que hacer vida también en nosotros. Tenemos que aprender a centrar nuestra vida en lo que es verdaderamente fundamental; tenemos que aprender a darle hondura a nuestra vida familiar y de quien mejor podemos aprender que de este hogar y familia de Nazaret.

Dios estaba en el centro de aquel hogar, por supuesto, porque estaba Jesús que era el Hijo de Dios hecho hombre, pero Dios estaba desde siempre en el centro de aquel hogar porque habían centrado su vida en la fe para abrirse a Dios y descubrir el plan de Dios para sus vidas – qué claro lo vemos en María y en José como hemos venido reflexionando – pero eso no les restaba humanidad y responsabilidad ante la vida asumiendo el lugar que les correspondía, caminando juntos en todas las circunstancias, afrontando con un solo corazón desde esa comunión de amor que vivían las dificultades o los imprevistos que iban surgiendo, no perdiendo nunca el buen ánimo para ir dando cada paso que fuera necesario con toda responsabilidad, siempre además disponibles para el servicio aunque eso significaba en ocasiones olvidarse de sí mismo para atender a las necesidades de los demás.

Todo un evangelio para nosotros, para nuestros hogares, para nuestras familias; toda una senda y un recorrido que se abre también ante nosotros para el testimonio que tenemos que dar ante el mundo que nos rodea. Sepamos centrar nuestra vida en lo que es verdaderamente importante y comprendemos lo que es lo verdadero en el amor que hemos de vivir, y podremos crecer y madurar en humanidad para hacer resplandecer los verdaderos valores que realmente nos hacen grandes.

¿Será algo así lo que vivimos en nuestros hogares? ¿Será ese el caldo de cultivo de los mejores valores que tiene que ser la vida del hogar? ¿Será por ahí por donde ayudaremos a crecer a nuestros hijos y a cada uno de los miembros de nuestro hogar y familia?


sábado, 20 de diciembre de 2025

Como María hemos de sentirnos agraciados de que Dios quiere contar con nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo

 


Como María hemos de sentirnos agraciados de que Dios quiere contar con nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo

Isaías 7, 10-14; Salmo 23; Lucas 1, 26-38;

Ya me las arreglo yo. Lo habremos dicho en más de una ocasión en que alguien se ha ofrecido a ayudarnos a realizar aquel trabajo, a sacar adelante aquel proyecto en el que hemos puesto mucha ilusión, pero queremos hacerlo por nosotros mismos, mostrar que somos capaces y podemos, ¿quizás no queremos estar agradecidos porque otros nos echaron una mano y pudimos sacarlo adelante? Tengo un amigo que siempre anda agobiado por todo el trabajo que tiene; es cierto que es un trabajo fruto de sus ideas y su ingenio, pero sería un trabajo en que echar mano de otras personas que realicen su parte y entre todos, en equipo, podrían incluso sacarlo mejor adelante. Pero quiere hacerlo él porque piensa que al fin todo luego tiene que pasar por su supervisión. Y no hay manera. Pero sucede en muchas cosas y aspectos de la vida y a muchas personas.

Por lo que hoy escuchamos en el evangelio parece que Dios no quiere trabajar de esa manera en solitario. Quiere contar con nosotros, quiere contar con esa humanidad que ha creado y por la que lo está haciendo todo cuando nos ofrece un camino de salvación.

¿No es eso lo que realmente estamos escuchando en el evangelio hoy? Dios, que desde siempre había prometido un salvador, promesa repetida a través de los profetas – colaboradores de Dios, también tendríamos que decir - a lo largo de todos los tiempos cuando llega el momento de la plenitud de los tiempos quiere contar con María. Lo hemos escuchado hoy en el evangelio, el ángel del Señor viene de parte de Dios, podíamos decir, que a pedir el consentimiento de María.

Nos conocemos más que bien el diálogo pues es un pasaje del evangelio escuchado un millón de veces. Viene el Ángel del Señor a ofrecerle a María el plan de Dios. Dios se ha fijado en ella, quiere contar con ella para encarnarse en sus entrañas. Aun con las ansias de todo buen judío de la pronta venida del Mesías – esa era su súplica constante – pareciera que a María se le trastocan todos sus planes. María medita, considera, duda y pregunta, pero María se siente en las manos de Dios. Se siente superada en todos los sentidos por el Misterio que siente que la inunda. Luego cantará en su acción de gracias que el ‘poderoso se ha fijado en la pequeñez de su esclava y ha realizado obras grandes’, pero María dirá sí al plan de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, responderá finalmente al ángel.

Estamos escuchando y meditando este evangelio ya en la cercanía de la Navidad. Poder celebrar la Navidad del Señor es una gracia de Dios, es un regalo del Señor. Tenemos que sentirnos agraciados, como María se sentía agraciada porque Dios había puesto sus ojos en ella. ‘Has hallado gracia ante Dios’, le dice el ángel. Igualmente nosotros tenemos que decir, porque Navidad significa que Dios sigue pensando en nosotros que en nosotros quiere hacerse presente. Ya nos dirá el evangelio en otro lugar que ‘tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo Unigénito’. Es el amor que Dios nos sigue teniendo y al que hemos de corresponder, es la gracia que Dios quiere tener con nosotros por la que en verdad tendríamos que sentirnos más agradecidos.

Pensar en todo esto nos tiene que hacer reflexionar sobre nuestra manera de celebrar la Navidad. Porque cuidado que celebremos navidad pero sin Navidad; celebremos navidad porque nos metamos en ese ambiente de fiesta, de luces, de adornos, de fiestas pero realmente no estemos dejando a Dios hacerse presente en nuestra vida. ¿Cuántas veces celebramos una fiesta de navidad muy familiar y de mucha alegría pero en ningún momento hemos tenido un tiempo para considerar el misterio que estamos celebrando? Nos hace mucha más gracias la llegada del papá Noel con sus regalos, que el Dios que viene a morar en nosotros y con nosotros dándonos el mejor regalo de su amor.

¿En verdad nos sentiremos agraciados de Dios al celebrar Navidad, más llenos de la gracia de Dios para hacerlo más presente en nuestra vida y nuestro mundo? Habría que ponerse a pensar. De muchas maneras querrá hacerse presente en nuestra vida, dejémonos sorprender porque nos podrá llegar de la forma que menos pensemos. Y no olvidemos que Dios quiere contar con nosotros y en nosotros realizará cosas grandes.

sábado, 31 de mayo de 2025

Buena Nueva que nos habla de acogida, de disponibilidad, de generosidad, porque acogemos a Dios y porque Dios se hace presente en nosotros también para los demás

 


Buena Nueva que nos habla de acogida, de disponibilidad, de generosidad, porque acogemos a Dios y porque Dios se hace presente en nosotros también para los demás

 Romanos 12, 9-16b; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

Imaginaos que estáis en casa tranquilamente, con vuestras tareas, con vuestras preocupaciones, disfrutando del momento o preparando quizás lo que está por venir, siempre tenemos algo que preparar porque los trabajos se continúan unos tras otros, y de pronto alguien toca a la puerta. ¿Quién será? nos preguntamos, ¿Quién llama? Preguntamos muchas veces antes incluso de abrir la puerta. Y os encontráis con el amigo querido que hace tiempo no veías, o al familiar por quien sentís mucho aprecio pero que quizás vive lejos. Además de la sorpresa la alegría será grande, el encuentro será efusivo, las puertas no solo de la casa sino del corazón se abren de par en par para recibir a quien llega a nosotros y nos disponemos pronto a agasajarlo y ofrecerle de todo para que se sienta bien. Nuestra alegría es tan grande que es como si Dios hubiera entrado por esa puerta, en expresión que muchas veces usamos en ocasiones así.

Es lo que nos ofrece hoy el evangelio en esta fiesta y celebración especial que en este final de mayo tenemos, la visitación de María a su prima Isabel. No nos extrañan las muestras de alegría que se nos muestran en el evangelio, en la acogida de Isabel, en sus palabras llenas de alabanzas y bendiciones, hasta en el pequeño Juan que desde el seno de su madre está también saltando de alegría. Era Dios que llegaba a aquella casa; si, era la visita de María, la prima que desde la lejana Galilea se había puesto en camino para llegar a las montañas de Judea; era la disponibilidad de Maria que en su generosidad venía a ayudar a su prima Isabel de quien se había enterado que en su vejez esperaba un hijo, y necesitaría de apoyo y ayuda. María, al tener noticia, se había puesto aprisa en camino. Cuando llegan las muestras de amor a nuestra vida, sí, está llegando Dios a nosotros.

Pero llegaba Dios a aquella casa de las montañas de Judea por el misterio de Dios que en Maria se está desarrollando. Ella también había recibido la visita del ángel, como un día Zacarías también lo había recibido allá en el templo; pero el ángel de Dios había llegado a aquella pequeña aldea de Galilea, perdida incluso en los mapas, que no en los mapas celestiales. Algún día la gente proclamaría al contemplar a Jesús y los signos que realizaba que Dios había visitado a su pueblo; pronto escucharemos también proclamar a Zacarías que con el nacimiento de Juan era el comienzo de la visita de Dios a su pueblo mostrándonos su misericordia y su amor. Dios había visitado también aquel hogar de Nazaret en Galilea, pero no para una visita de paso, sino para quedarse entre nosotros, para ser el Emmanuel, el Dios con nosotros. Y con María, habitando ya en su seno había llegado también a aquel hogar de las montañas de Judea.

Proclamaría Isabel que se sentía feliz y no cabía en ella de gozo porque la madre de su Señor la visitaba, bendeciría a Maria que por su fe estaba haciendo que se manifestasen así las maravillas de Dios. ‘¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Allí se estaba cumpliendo, allí se estaba manifestando la gloria del Señor.

Muchas conclusiones tendríamos que sacar para nuestra vida de este momento del evangelio que estamos contemplando. Es Buena Nueva de Dios que nos habla de acogida a los otros porque en ellos estamos acogiendo a Dios.

Es Buena Nueva de Dios que nos habla también de esa disponibilidad y de esa generosidad que debe abundar en nuestro corazón para llegar a donde fuera necesario si allí vamos a mostrar nuestro amor, por encima de las renuncias que tengamos que hacer, de los desprendimientos de nosotros mismos que tengamos que tener, de lo que nos pueda costar correr esas puertas del corazón algunas veces endurecidas por los apegos para ser capaces de abrirnos siempre a los demás, sin pretensiones de grandeza poniéndonos al nivel de los demás en sus llantos y en sus alegrías, en sus sufrimientos o en sus necesidades.

Buena Nueva de Dios que nos hace reconocer las maravillas que Dios está obrando en nosotros por lo que tenemos que saber dar gracias, pero que precisamente impulsados por ese amor de Dios que sentimos nos pondremos siempre en camino para hacer llegar esa Buena Noticia también a los demás.

martes, 25 de marzo de 2025

Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel

 


Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel

 Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Hay momentos que son decisivos en la vida, decisivos en nuestra vida personal o decisivos en el curso de la historia. A ojos profanos, a ojos ajenos a lo que puede ser la vida de esa persona, ajenos quizás incluso ante la historia porque les puede parecer que a ellos no les afecta pueden parecen insignificantes y hasta pasar desapercibidos. Pero eso no merma la importancia y trascendencia del momento. Ojalá no perdamos la sensibilidad. Tras esos momentos puede estar la construcción de la vida de esa persona, de ello pueden o van a depender muchas cosas o su vida misma, o en la trascendencia de la historia puede ser principio de un mundo nuevo.

Lo acontecido aquel día en Nazaret pasó totalmente desapercibido en aquel pueblo perdido en lo profundo de Galilea y que nunca había aparecido su hombre en la historia de Israel pero que le haría entrar en la historia para ser conocido por todos. El misterio de Dios revelado a aquella joven en aquellos momentos era desconocido por todos pero como el bien y el amor no se pueden ocultar pronto comenzaría a brillar en algunos corazones abiertos a la sintonía de Dios. Fue un momento de revelación, fue el momento en que Dios quiso hacerse más presente en la historia de los hombres y para ser Emmanuel, verdadero Dios entre nosotros, quiso encarnarse en el seno de una Virgen.

Un momento trascendental en la historia de la salvación, en la historia de amor de Dios para la humanidad. Fue el momento sublime en que Dios envía su ángel para contar con los hombres en su entrada en este mundo encarnándose y haciéndose hombre. Dios quiso contar con María que es querer contar con la humanidad; Dios se hizo presente en María de manera que sería para siempre la agraciada del Señor, la llena de gracia, porque quería hacer patente que la humanidad toda era la agraciada del Señor, a toda la humanidad quería inundar también de su gracia que es lo mismo que inundarla de su amor.

Es lo que hoy estamos celebrando, el misterio de la Encarnación de Dios. Dentro de nueve meses veremos nacer en Niño que sabemos que es el Hijo de Dios, el Hijo del Altísimo como ahora se le anuncia a la que va a ser la Madre de Dios. Dentro de nueve meses haremos fiesta que envolverá a todo el mundo con los sones de alegría de la Navidad, pero este momento trascendental de la Encarnación que hoy estamos celebrando está pasando demasiado desapercibido.

Es una lástima que la mayoría de los cristianos no sepan lo que hoy celebramos o tendríamos que celebrar, ese momento importante, trascendental en nuestra fe, en la historia de la salvación y en consecuencia en la historia de la humanidad, como lo es el momento de la Encarnación de Dios en el seno de María, en el corazón de la humanidad.

En María nos sentimos representados porque en el corazón de María está centrada toda la humanidad en la mirada de Dios cuando ha querido venir a encarnarse entre nosotros. Por eso de María tenemos que aprender para esa acogida del misterio de Dios que tenemos que realizar en nosotros; de María aprendamos a sintonizar con Dios como ella supo escuchar las palabras del ángel, que aunque se sentía turbada ante la grandeza del misterio que se le revelaba ella no se echó atrás, ella se dejó conducir por el Espíritu divino para manteniendo viva su humildad ser capaz de entregar todo su amor, disponible estaba su cuerpo para que Dios tomara su carne y disponible estaba su espíritu porque solamente se sentía la humilde esclava del Señor para que ella se cumpliera la palabra del ángel, para que en ella se realizar la voluntad del Señor.

De María aprendamos a decir con esa generosidad de su espíritu ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’, como rezamos en el padrenuestro. Lo decimos fácilmente como palabras repetidas de memoria, pero torpemente lo realizamos porque no siempre tenemos esa humildad y esa disponibilidad en nosotros. Es mucho lo que queremos decir con esas palabras pero tenemos que hacerlo de manera consciente para saber anteponer siempre lo que es la voluntad de Dios a lo que puedan ser nuestros deseos aunque nos parezcan buenos. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, decía Jesús entre sudores de sangre en Getsemaní, porque sí era consciente lo que significaba la voluntad de Dios. Aprendamos nosotros a hacerlo con la sencillez de María, con la humildad de María, con la disponibilidad de María.

Celebremos con gran sentido este momento grandioso de este día. Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad, quiso hacer de nosotros también unos seres llenos de gracia, inundados del amor de Dios.

lunes, 24 de marzo de 2025

No perdamos esa fuerza interior que nos da la propia palabra de Dios, guiados y fortalecidos por el Espíritu que nos pone en camino y anima nuestra vida aunque haya vientos en contra

 


No perdamos esa fuerza interior que nos da la propia palabra de Dios, guiados y fortalecidos por el Espíritu que nos pone en camino y anima nuestra vida aunque haya vientos en contra

2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Cuando tenemos los vientos en contra nos paralizamos. No nos gusta el viento en contra, no nos gustan las tormentas. Ahora cuando nos anuncian una alerta por alguna tormenta que se acerca enseguida nos ponemos a buen recaudo evitando los peligros. Pero siempre ha habido tiempos malos y nos hemos visto obligados a afrontarlos para seguir viviendo.

Pero es una imagen de lo que es la vida. Quisiéramos que todo sea placidez, tranquilidad, que las cosas marchen bien siempre, que no nos encontremos obstáculos en el camino. Pero no es fácil. Nos encontramos fácilmente vientos en contra, porque las cosas no nos salen como nosotros queremos, porque nos encontramos con gente que piensa distinto y algunas veces por eso nos hacen la guerra, porque habrá quienes nos malinterpreten en lo que decimos o en lo que hacemos, porque tenemos nuestras debilidades y tropiezos y nos cuesta superarnos, porque muchas veces nos guiamos demasiado por nuestro amor propio y nuestro orgullo, porque esperamos reconocimientos y honores que no siempre nos dan o nos quitan los méritos. Muchas todo se nos hace pendiente, o nos cuesta subir, o nos resbalamos y deslizamos sin parar en la bajada. ¿Seremos capaces de seguir adelante a pesar de todo?

El evangelio de Jesús siempre es luz en nuestro camino. Y el anuncio del evangelio no fue fácil, ni para Jesús entonces, ni a sus seguidores a lo largo de los siglos. El evangelio que por supuesto siempre es una buena noticia, una buena noticia de algo nuevo que Jesús nos ofrece que nos obliga a confrontar nuestra vida; nuestra vida con nuestras rutinas, con nuestras costumbres envejecidas, con tantos apegos que se nos van acumulando en el corazón de los que tenemos que desprendernos, con nuestras apetencias y con nuestros orgullos que muchas veces crean una cerrazón en nuestra vida. Esa confrontación cuesta, porque si creemos en esa buena noticia que nos trae Jesús muchas cosas tendrán que cambiar en nuestra vida, algo nuevo tenemos que vivir, de muchas cosas, como decíamos, tenemos que desprendernos, y eso produce desgarro y crea una incomodidad en nuestra manera de ser y de vivir.

Hoy en el evangelio vemos que aunque en principio se llenaron de orgullo cuando Jesús en la sinagoga salió a hacer la lectura de la Palabra, porque era uno de ellos, alguien que habían conocido de niño, que allí estaban aun sus parientes, como hasta ellos habían llegado noticias de los signos que Jesús iba realizando por aquellos pueblos de Galilea, ahora están esperando milagros y cosas extraordinarias porque para eso era su pueblo. Pero ese no es el estilo de Jesús, ese no es el sentido del evangelio, no nos podemos apropiar de esa buena noticia para hacer de ella algo que favorezca nuestros intereses o nuestros orgullos. Como nos sucede a nosotros tantas veces que nos volvemos manipuladores siempre en dirección a nuestros intereses u orgullos personales; y somos capaces de manipular hasta la religión y hacer nuestras interpretaciones interesadas.

Jesús les recuerda que los profetas no fueron simplemente satisfaciendo los intereses de la gente, sino que su palabra o los signos que realizaban tenían un sentido y un valor superior. Mucha gente hambrienta había en Israel pero el profeta Elías a quien atendió fue a aquella viuda de Sarepta de Sidón, que no era judía; muchos leprosos había en Israel y a quien curó el profeta Eliseo fue a Naamán el sirio.

Y las gentes de Nazaret entendieron las palabras de Jesús pero por eso se rebelaron contra El y hasta querían arrojarlo por un barranco. No fue aceptado por sus gentes. Las tinieblas no quisieron dar paso a la luz. Pero Jesús se fue a otra parte porque su misión tenía que seguirse realizando.

Todo esto tiene que tener lectura para nuestra vida; con esos vientos en contra, como decíamos al principio; todo esto tiene que ver con nuestra fe y la manera de expresarla y de vivirla; todo tiene que ver con nuestro compromiso cristiano de ser luz en medio de nuestro mundo, aunque las tinieblas rechacen la luz. Tenemos que seguir siendo luz, tenemos que seguir dando nuestro testimonio, haciendo nuestro anuncio, sembrando semillas que transformen nuestro mundo aunque haya pedruscos y haya zarzales, aunque no siempre el terreno esté bien preparado o los pájaros se coman las semillas caídas en el camino.

No perdamos esa fuerza interior que nos da la propia palabra de Dios; sintámonos guiados y fortalecidos por el Espíritu que nos pone en camino y anima nuestra vida.

domingo, 29 de diciembre de 2024

Sagrada Familia de Nazaret, espejo donde nos miremos para aprender a ser semillero de vida y caldo de cultivo del amor, horno donde cocer nuestros mejores valores familiares

 


Sagrada Familia de Nazaret, espejo donde nos miremos para aprender a ser semillero de vida y caldo de cultivo del amor, horno donde cocer nuestros mejores valores familiares

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52

La pertenencia a una familia es algo más que el hecho biológico de nacer de unos padres; la familia es un caldo de cultivo de la germinación de una nueva vida en todos los sentidos, es un semillero que hace germinar, pero también hace crecer y madurar la planta de la vida en una mutua relación con la rodea creando las mejores condiciones para el crecimiento y maduración, es el horno en el que se cuecen los mejores valores para hacerles sacar los mejores sabores a la vida, es la mejor escuela para aprender el sentido de la vida desde todo aquello que se vive en su entorno que nos enseña y transmite la más profunda sabiduría que da sabor y sentido a la existencia, y es hogar para aprender lo que es el amor y la unidad que se hace comunión… así podríamos seguir desgranando imágenes que nos hablen de su sentido y de su valor, de su razón de ser y de la luz para nuestra existencia.

Y ahí quiso nacer Dios hecho hombre; cuando en su amor quiere Dios hacerse presente en la vida humana, el eterno desde toda la eternidad quiere tener un principio y un inicio de vida humana naciendo como hijo en el seno de una familia humana. Es la familia de Nazaret formada por aquel matrimonio de José y María en la que quiso nacer y hacerse hombre, con todo lo que significa no solo el nacimiento sino el hacerse hombre como miembro de aquella familia. Es un misterio de Dios que solo en Dios podemos encontrar y podemos descifrar, porque podríamos decir que no entraría en nuestros razonamientos humanos. Así es el amor, que es la grandeza de Dios, pero que se manifiesta así en la humildad de nuestra carne; quiere necesitar ese caldo de cultivo, ese semillero y ese horno de vida, esa escuela y ese hogar.

Es lo que ahora es este marco de la Navidad nosotros estamos celebrando. No podía ser menos. Cuando contemplamos el misterio de amor de Dios que se hace hombre, no solo miramos a Belén sino miramos lo que fue aquella familia que se refugió en la gruta de Belén, miramos lo que sería luego aquel hogar de Nazaret donde como el mismo evangelio hoy nos dice aquel Niño que nosotros confesamos como Dios hecho hombre ‘iba creciendo en edad, en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres’.

Queremos ver en aquel hogar y en aquella familia de Nazaret, que nosotros llamamos Sagrada Familia, reflejadas todas aquellas imágenes que al principio hacíamos desfilar en nuestra mente como reflejo de aquella maravilla humana y podríamos decir también divina en la que creció Jesús, el Hijo de Dios, que vimos nacer en Belén.

En los breves trazos que nos da el evangelio en referencia a la infancia de Jesús podremos contemplar toda esa maravilla que es toda familia humana y que bien se refleja allí en Nazaret, con sus problemas y dificultades que no les faltaron como no faltan en nuestras familias – pensamos en su emigración a Belén para el censo como en su destierro a Egipto huyendo de Herodes, o en su caminar peregrina hasta establecerse de nuevo en Nazaret -, con los valores allí cultivados que hacían también brillar todas las luces del amor, con las expresiones de su religiosidad tanto en la subida al templo de Jerusalén para la fiesta de la pascua como en la costumbre, como luego se reflejará en la vida de Jesús y su presencia en otra ocasión en Nazaret, de la asistencia a la sinagoga en el sábado para la escucha de la ley y los profetas.

Hoy nosotros queremos mirar a la Sagrada Familia desde la realidad de nuestras familias en este mundo concreto en el que vivimos, con sus alegrías y también con sus penas, con nuestras luchas y nuestros esfuerzos de superación, con la trascendencia que le hemos de dar a nuestra vida elevando siempre nuestro espíritu a metas altas y espirituales, con la profundidad y la madurez que le queremos dar a nuestro amor, con el cultivo de esos valores en ese semillero precioso de nuestros hogares caldeando nuestro espíritu en el fuego del Divino espíritu, haciendo crecer nuestra vida y llenándonos también de la Sabiduría del espíritu de Dios.

Fuertes, es cierto, son los vientos que muchas veces soplan en contra y que quieren barrer muchos de esos valores que nosotros consideramos tan necesarios, pero no nos podemos desalentar; contemplamos a la sagrada Familia de Nazaret que también tuvo esos vientos en contra pero que se dejó conducir como vemos en esa imagen tan preciosa de los sueños de José que le hacían descubrir el misterio y la voluntad de Dios para sus vidas.

Dejémonos conducir nosotros también, abramos nuestro corazón al espíritu, no nos dejemos envolver por el materialismo de la vida, busquemos siempre la verdadera sabiduría que nos da esa madurez necesaria para afrontar las dificultades. Que el ejemplo de la Sagrada Familia sea espejo en el que nos miremos. Dejémonos bendecir por Dios.

viernes, 31 de mayo de 2024

Podemos seguir cantando al Señor como María porque reconocemos que la misericordia del se derrama sobre nosotros también de generación en generación

 


Podemos seguir cantando al Señor como María porque reconocemos que la misericordia del se derrama sobre nosotros también de generación en generación

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

En medio de la tribulación parecería que nadie podría dar saltos de alegría, que cuando nos aventuramos a algo nuevo que nos resulte desconocido podamos ser capaces de alejar de nosotros los miedos ante la incertidumbre y mantener firme la esperanza, que cuando emprendemos un camino nuevo que nunca hayamos recorrido lo hagamos con total seguridad de manera que alejemos de nosotros todo tipo de desconfianzas. Pero sí es posible mantener la esperanza aunque es necesario tener un gran equilibrio en nuestra vida porque de verdad tengamos unos sólidos cimientos sobre los que fundamentemos todas esas esperanzas y nos abran caminos de luz en nuestros ojos.

Hoy contemplamos a María dando saltos de alegría en su camino hacia las montañas de Judea. Sobre su vida se han abierto otros horizontes en los que quizá nunca habría pensado para si y tenía que sentir que todo aquello que le estaba sucediendo podría complicar su vida. Había marchado de Nazaret sin que su prometido esposo aun supiera el misterio que en ella se estaba realizando y eso podría sembrar algunas inquietudes en su corazón ante la posible manera de reaccionar de José; su marcha por los caminos de Samaría y Judea hasta llegar a las montañas de Judá habiendo partido de Galilea no era un camino de rosa – no podemos hacer comparación alguna entre lo que era entonces y lo que puedan ser hoy esos caminos – y eso entrañaba peligros de todo tipo y son miedos difíciles de superar; su presencia en casa de Zacarías e Isabel que iba a ser inesperada no sabía realmente la respuesta que podría encontrar, porque habían vivido en la distancia agravada en aquellos tiempos por la dificultad del transito entre unos lugares y otros.

Pero María iba cantando en su corazón. Podríamos decir que iba ensayando aquel canto con que prorrumpiría a la llegada a la casa de su prima Isabel. La sorpresa del recibimiento había sido algo agradable, porque sentía además que el misterio de Dios se revelaba más y más, sobre todo escuchando las palabras de Isabel. ‘¿De donde a mi que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ habría prorrumpido, pero además la había llamado dichosa porque había creído en el Señor.

Sí, estamos contemplando el camino de fe de María. Muchas veces resaltábamos en este episodio la generosidad y el amor de María que allá había ido para servir a su prima Isabel, pero como trasfondo siempre tenemos que ver su fe. Es lo que resalta Isabel; es lo que se desprende del cántico de María; era la mujer que confiaba en el Señor y en sus manos se había puesto para dejar que en ella el Señor hiciera cosas grandes, obrara maravillas.

Es lo que ella ahora quiere cantar al Señor en aquel cántico seguramente tantas veces ensayado en su corazón en el camino desde Nazaret hasta la montaña. Por eso desborda de gozo en el Señor. Reconoce ella la mano de Dios en su vida; sin esa mano y esa presencia de Dios no podía realizarse en ella todas aquellas maravillas. Allí se está manifestando la misericordia del Señor. Lo va a repetir de mil maneras. Todo es un derroche de gracia, un derroche de misericordia que transforma los corazones como se ha ido transformando su propio corazón. Ahí esta recordando María toda la historia de Israel que ha sido la historia de la misericordia de Dios para con su pueblo y que ahora en su Hijo Jesús se va a realizar de manera tan admirable.

¿Seremos capaces de cantar a Dios así, con un corazón tan agradecido, por tantas maravillas de amor que va realizando en nosotros? Que se despierte nuestra fe para que podamos creer como María, para que podamos ver esa mano de Dios obrando en nosotros. ¿Quién te ha traído ahora mismo, en estos momentos, a este encuentro con la Palabra de Dios que nos está haciendo cosquillas en nuestro corazón?

Podemos sentirnos también perturbados por muchas cosas, porque la vida no siempre es fácil, porque el camino se nos hace duro, porque reconocemos nuestras debilidades y también tantos fracasos, pero también podemos seguir cantando al Señor como María porque reconocemos que la misericordia del Señor se derrama sobre sus fieles, se derrama sobre nosotros también de generación en generación. Mira tu vida de forma concreta, con lo que eres y como eres y descubre esas señales de la misericordia de Dios.

viernes, 5 de enero de 2024

Destruyamos las barreras de los prejuicios comenzando a tener palabras de valoración y podremos llegar a conocer a Dios desde el encuentro que tengamos con los demás

 


Destruyamos las barreras de los prejuicios comenzando a tener palabras de valoración y podremos llegar a conocer a Dios desde el encuentro que tengamos con los demás

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

Los prejuicios lo que hacen es levantar muros infranqueables que nos impiden ver lo que hay detrás y por eso mismo andamos en cavilaciones y sospechas de lo que puede haber detrás y que nos conducirá a hacernos nuestros juicios muy particulares sin ningún tipo de fundamento. El prejuicio nos lleva al juicio temerario que hasta podría convertirse en calumnia cuando llegamos a aseverar algo de lo que no tenemos fundamente y que solo puede haber salido de nuestra imaginación.

Por el contrario, una palabra amable y favorable, un buen aprecio por lo que los otros hacen con un buen juicio de valor incluso por lo que es la persona a la que nos referimos, rompe moldes y tabiques de separación, abre puertas y corazones, estimula a la confianza y al cultivo de una bonita amistad y también de un amor verdadero, hace renacer la confianza en sí mismo para quien recibe la alabanza y mueve a estar disponible para comenzar nuevos caminos.

Este doble pensamiento me ha surgido en la contemplación de la escena que nos relata el evangelio que puede ir más allá incluso de esas llamadas que el Señor hace a los quiere para que vayan con El porque puede incluso darnos pautas para posturas y gestos que nosotros podemos tomar en la vida en nuestras mutuas relaciones y en el camino que queremos hacer con los demás.

Es el relato de una doble llamada del Señor a seguirle, en el testimonio de aquellos primeros discípulos que comenzaron a hacer su mismo camino. Primero Felipe a quien es suficiente una palabra de Jesús para irse con El. ‘Sígueme’, le dice Jesús y allí está pronto no solo para seguirle sino para comenzar a ser pescador de hombres, como en otro momento Jesús nos dirá cuando estemos dispuestos a seguirle. Tal es la radicalidad de la respuesta, que pronto se encuentra un amigo al que ya le estará hablando de Jesús desde el primer momento. ¿Será así nuestra respuesta a la llamada que Jesús nos hace para ser trabajadores de su viña, o pescadores de hombres en el mar de la vida?

Y es en este momento, donde primero nos encontraremos con alguien que tiene muchos prejuicios en el corazón. De Nazaret no puede salir nada bueno, y habla desde la rivalidad de pueblos vecinos que siempre andarán con sus grescas de quien es el mejor o quien tiene mejor agua. Ese prejuicio va a ser una barrera difícil de sortear cuando le ha dicho que han encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras y señala a Jesús el hijo del carpintero de Nazaret. Sin embargo Felipe empleará una hermosa pedagogía, ‘Ven y verás’.

Aunque sea en muchas ocasiones difícil el sortear esas barreras que nos vamos interponiendo, algunas veces incluso maliciosamente, en el camino, tendrá que llegar el momento de dejarse conducir, para palpar con sus propias manos, escuchar con sus oídos, o sentir en lo más hondo del corazón algo que le lleve a saltar esas barreras y a encontrarse con la luz.

No podemos dejar de pensar que Natanael aun así iba renuente a conocer a aquel de quien Felipe le ha hablado. Se llevará en cambio la sorpresa que Jesús comienza hablando bien de él. Si hubiéramos sido nosotros los que estuviéramos en el lugar de Jesús seguro que tendríamos nuestras resistencias. ¿Cómo va a recibirle si incluso ha hablado mal de su pueblo, si se ve que realmente en el fondo el no quiere aceptar lo que le han dicho y al final ha venido algo así como por compromiso con su amigo? Pero Jesús comienza hablando bien de él, porque lo presentará como un israelita cabal, en quien no hay engaño.

Sorprendido Natanael deja caer las espadas del combate, porque ya sólo se preguntará de qué le conoce para hablar así de él. ‘Antes de que Felipe te llamara te vi, cuando estabas debajo de la higuera’, fue la respuesta de Jesús. No sabemos qué había sucedido entonces, pero ciertamente era algo que llevaba en secreto bien guardado en el corazón. Y ahora se ha descubierto todo, quien le hablaba no podía ser un cualquiera, por medio tenía que estar Dios. Y viene su hermosa confesión. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.

No es necesario en este momento que hagamos más comentarios. Primero que nada dejémonos sorprender e interpelar también nosotros por el Señor que conoce muy bien lo que hay tras las hojas de la higuera con las que escondemos nuestro corazón y sin embargo sigue creyendo en nosotros, porque sigue amándonos y queriendo contar con nosotros.

Solamente una pregunta para terminar. ¿Por qué no rompemos esas barreras de prejuicios con las que tantas veces nos acercamos a los demás y comenzamos a tener palabras amables de valoración hacia los otros? Nos puede hacer llegar al encuentro con el Señor a través de esos nuevos encuentros con los que nos rodean.

domingo, 31 de diciembre de 2023

Desde la contemplación de la Sagrada Familia de Nazaret aprendamos a descubrir lo maravilloso de la vida familiar y la riqueza inmensa que en ella tenemos

 


Desde la contemplación de la Sagrada Familia de Nazaret aprendamos a descubrir lo maravilloso de la vida familiar y la riqueza inmensa que en ella tenemos

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 22-40

Un evangelio rico en colorido se nos ofrece hoy, un viaje a Jerusalén, un matrimonio con su hijo recién nacido, una ofrenda de un par de tórtolas o dos pichones, la ofrenda de los pobres, los atrios del templo que se ven sorprendidos con algo que no ha sucedido otras veces, un anciano que sin ser el sacerdote de la ofrenda toma al niño en sus brazos y se desgañita en alabanzas y anuncios proféticos, otra anciana que se une al grupo para unirse también a las alabanzas y a los anuncios a todos los viandantes del templo que se ven sorprendidos por lo que allí sucede. No vamos a ser unos simples espectadores porque en ello también nos vemos nosotros implicados e interpelados cuando escuchamos este evangelio.

Podría pasar por un acto ritual más, pero que sin embargo tiene hondo significado; podrían pasar por una familia más, como tantos que por la misma razón de la presentación del primogénito recién nacido y la  purificación de la madre igualmente se encontraban en el templo aquel día. Pero para nosotros no es ni una familia cualquiera, ni un niño más que es presentado en esa ofrenda en el templo.

Y hoy queremos en medio de este ambiente y estas fiestas navideñas que venimos celebrando queremos contemplar a esa familia que tanto significado va a tener para nosotros. Una familia de Nazaret que para nosotros es la Sagrada Familia de Nazaret porque allí está el Hijo de Dios encarnado en el seno de María y que va a ir creciendo en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres, precisamente en aquel hogar de Nazaret.

Es cierto que hemos envuelto las fiestas navideñas en un hermoso marco familiar, de manera que para muchos todo se puede quedar en esa cena familiar celebrada en la noche de la Navidad. Pero somos conscientes también, que en algunas ocasiones resulta en cierto modo una fiesta forzada por las circunstancias, por el ambiente o por la costumbre, pero que se puede quedar solo en la fiesta y la cena familiar de un día, porque cuando cerramos la puerta al finalizar la cena de navidad cerremos también ese ambiente que solo volvamos a revivir al año que viene.

Creo que cuando la liturgia de la Iglesia nos propone que en este domingo siguiente a la Navidad celebremos la fiesta de la Sagrada Familia de alguna manera nos está queriendo centrar en lo que verdaderamente es importante para que desde la contemplación de aquel hogar y aquella familia de Nazaret nosotros aprendamos a descubrir la maravilloso de la vida familiar y la riqueza inmensa que en ella tenemos para nuestra vida.

Es una familia hemos nacido y hemos crecido. No es solo lo biológico del nacimiento y del crecimiento de la persona lo que en un hogar o una familia se realiza sino que tiene que ser otra apertura a la vida, otro crecimiento en la vida, en lo humano y en lo espiritual, y que ahí de esa fuente hemos de beber  para que nazcan y se fortalezcan todos esos valores que nos van a hacer más humanos y más personas, nos va a ejercitar en la verdadera libertad y en el más hermoso respeto de los unos para con los otros, nos hará encontrar la verdadera dignidad y grandeza de la persona, va a ser semillero de vida y de amor, porque ahí aprendemos lo que son los verdaderos encuentros, lo que es cultivar la flor de la libertad y el respeto, lo que de verdad es caminar juntos, lo que es ese apoyo que mutuamente nos vamos a dar ese crecimiento como personas, y donde en verdad vamos a elevar nuestro espíritu a grandes y sublimes alturas que nos llenen de grandeza y de dignidad. Y de todo eso es escuela la familia, y todo eso en medio de la familia va a crecer en nuestro corazón.

Y hoy nosotros miramos a aquella familia que nos puede parecer humilde e insignificante, que podría pasar desapercibida para tantos, pero en quien nosotros sabemos que vamos a encontrar la gran lección pero también se va a convertir en medio de gracia que viniendo de lo alto va a ser que todos vayamos creciendo también en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres.

Relaciones de amor y de respeto, posturas y actitudes de valentía para afrontar los problemas y para encontrar luz en las oscuridades, valoración de cada uno de sus miembros que actúan siempre con la libertad del espíritu, pero que harán sentir la paz de Dios que contagia de la presencia divina a cuantos están a su alrededor. Todas esas cosas y muchas más podríamos irlas contemplando en cada uno de sus miembros  que convierten así aquel hogar de Nazaret en verdadero Magisterio para nuestras vidas.

Cultivemos esos hermosos valores en nuestros hogares. Sepamos vivir y defender la maravilla y la riqueza de la vida familiar. Seamos capaces de superar con valentía y poniendo siempre como centro y como eje el amor las oscuridades que se puedan presentar. Seamos capaces de en el seno de nuestros hogares están también abiertos a Dios para escuchar su Palabra, para hacer ese silencio que María y José supieron hacer para escuchar a Dios y encontrar en Dios las respuestas a los problemas que se les iban presentando.

¿No recordamos la actitud de José ante las dudas que se le iban presentando? ¿No recordamos el corazón abierto de María para dejarse inundar por la gracia del Dios que la amaba y quería hacerla su madre? ¿No recordamos la actitud de Jesús que decía que tenía que atender a las cosas de su Padre?

Que nos ciñamos el cinturón del amor como nos decía san Pablo; que hagamos resplandecer en nosotros la humildad y la sencillez, la comprensión y la misericordia, para que mantengamos siempre nuestro espíritu lleno de paz para que sepamos regalar en todo momento el perdón, que florezcan la mansedumbre y la paciencia, así nuestros hogares estarán revestidos de Dios.