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sábado, 31 de mayo de 2025

Buena Nueva que nos habla de acogida, de disponibilidad, de generosidad, porque acogemos a Dios y porque Dios se hace presente en nosotros también para los demás

 


Buena Nueva que nos habla de acogida, de disponibilidad, de generosidad, porque acogemos a Dios y porque Dios se hace presente en nosotros también para los demás

 Romanos 12, 9-16b; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

Imaginaos que estáis en casa tranquilamente, con vuestras tareas, con vuestras preocupaciones, disfrutando del momento o preparando quizás lo que está por venir, siempre tenemos algo que preparar porque los trabajos se continúan unos tras otros, y de pronto alguien toca a la puerta. ¿Quién será? nos preguntamos, ¿Quién llama? Preguntamos muchas veces antes incluso de abrir la puerta. Y os encontráis con el amigo querido que hace tiempo no veías, o al familiar por quien sentís mucho aprecio pero que quizás vive lejos. Además de la sorpresa la alegría será grande, el encuentro será efusivo, las puertas no solo de la casa sino del corazón se abren de par en par para recibir a quien llega a nosotros y nos disponemos pronto a agasajarlo y ofrecerle de todo para que se sienta bien. Nuestra alegría es tan grande que es como si Dios hubiera entrado por esa puerta, en expresión que muchas veces usamos en ocasiones así.

Es lo que nos ofrece hoy el evangelio en esta fiesta y celebración especial que en este final de mayo tenemos, la visitación de María a su prima Isabel. No nos extrañan las muestras de alegría que se nos muestran en el evangelio, en la acogida de Isabel, en sus palabras llenas de alabanzas y bendiciones, hasta en el pequeño Juan que desde el seno de su madre está también saltando de alegría. Era Dios que llegaba a aquella casa; si, era la visita de María, la prima que desde la lejana Galilea se había puesto en camino para llegar a las montañas de Judea; era la disponibilidad de Maria que en su generosidad venía a ayudar a su prima Isabel de quien se había enterado que en su vejez esperaba un hijo, y necesitaría de apoyo y ayuda. María, al tener noticia, se había puesto aprisa en camino. Cuando llegan las muestras de amor a nuestra vida, sí, está llegando Dios a nosotros.

Pero llegaba Dios a aquella casa de las montañas de Judea por el misterio de Dios que en Maria se está desarrollando. Ella también había recibido la visita del ángel, como un día Zacarías también lo había recibido allá en el templo; pero el ángel de Dios había llegado a aquella pequeña aldea de Galilea, perdida incluso en los mapas, que no en los mapas celestiales. Algún día la gente proclamaría al contemplar a Jesús y los signos que realizaba que Dios había visitado a su pueblo; pronto escucharemos también proclamar a Zacarías que con el nacimiento de Juan era el comienzo de la visita de Dios a su pueblo mostrándonos su misericordia y su amor. Dios había visitado también aquel hogar de Nazaret en Galilea, pero no para una visita de paso, sino para quedarse entre nosotros, para ser el Emmanuel, el Dios con nosotros. Y con María, habitando ya en su seno había llegado también a aquel hogar de las montañas de Judea.

Proclamaría Isabel que se sentía feliz y no cabía en ella de gozo porque la madre de su Señor la visitaba, bendeciría a Maria que por su fe estaba haciendo que se manifestasen así las maravillas de Dios. ‘¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Allí se estaba cumpliendo, allí se estaba manifestando la gloria del Señor.

Muchas conclusiones tendríamos que sacar para nuestra vida de este momento del evangelio que estamos contemplando. Es Buena Nueva de Dios que nos habla de acogida a los otros porque en ellos estamos acogiendo a Dios.

Es Buena Nueva de Dios que nos habla también de esa disponibilidad y de esa generosidad que debe abundar en nuestro corazón para llegar a donde fuera necesario si allí vamos a mostrar nuestro amor, por encima de las renuncias que tengamos que hacer, de los desprendimientos de nosotros mismos que tengamos que tener, de lo que nos pueda costar correr esas puertas del corazón algunas veces endurecidas por los apegos para ser capaces de abrirnos siempre a los demás, sin pretensiones de grandeza poniéndonos al nivel de los demás en sus llantos y en sus alegrías, en sus sufrimientos o en sus necesidades.

Buena Nueva de Dios que nos hace reconocer las maravillas que Dios está obrando en nosotros por lo que tenemos que saber dar gracias, pero que precisamente impulsados por ese amor de Dios que sentimos nos pondremos siempre en camino para hacer llegar esa Buena Noticia también a los demás.

domingo, 22 de diciembre de 2024

Pongámonos en camino, hay una buena noticia que tenemos que llevar, hay un interrogante que tenemos que provocar, hay un servicio que tenemos que realizar

 


Pongámonos en camino, hay una buena noticia que tenemos que llevar, hay un interrogante que tenemos que provocar, hay un servicio que tenemos que realizar

Miqueas 5, 1-4ª; Salmo 79; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45

Vamos a ver qué sucedió, qué pasó es lo primero que se nos ocurre hacer cuando nos llega noticia de algo acaecido en nuestro entorno. ¿Curiosidad? Algo de eso puede haber de entrada, queremos saber, pero también está la disponibilidad de ver qué podemos hacer; no nos quedamos quizás con los brazos cruzados, sin que nos digan nada quizá ya estamos disponiendo lo que habría que hacer, o le preguntamos a los interesados directamente en qué podemos ayudar. Es algo que nos surge espontáneo en un deseo de servicio, en una sensibilidad que llevamos en nuestro interior y que ojalá nunca perdamos.

A María le llegaron noticias, en este caso a través del ángel al mismo tiempo que ella también recibía una misión, de lo que estaba sucediendo allá en las lejanas montañas de Judea con su prima Isabel, que siendo ya mayor y después de mucho desearlo, estaba esperando un hijo. Y el evangelio nos dice sencillamente que María se puso en camino lo más rápido que pudo para ir a casa de Zacarías e Isabel.

Muchas veces hemos escuchado y meditado este pasaje evangélico. En la liturgia de en medio de semana ayer mismo lo escuchamos. No resta eso por repetido para que sigamos sintiendo ese evangelio, sintiendo, escuchando esa buena noticia – evangelio – que Dios tiene para nosotros hoy. La insistencia de un mismo texto en que contemplamos a María ponerse en camino ¿no será un signo, una llamada especial que Dios ahora, en el momento en que vivimos nos está transmitiendo?

No es en este caso la curiosidad, pero sí puede ser una invitación a una mirada con ojos distintos ese mundo en el que vivimos al que tenemos que servir como lo hizo María con aquellos ancianos en esas circunstancias concretas que estaban viviendo. Y esta llamada nos llega en estos momentos en que vamos a celebrar la Navidad, como una indicación, una dirección hacia donde tenemos que dirigir nuestros pasos. Fue presencia de Dios de una manera especial en aquel hogar de las montañas de Judea con la presencia de María.

Ya hemos meditado muchas veces toda la reacción que se produjo con la llegada de María, en la propia Isabel, en la criatura que llevaba en sus entrañas, posteriormente veremos también a Zacarías, el que en principio había dudado a pesar de ser un hombre de fe, pero que prorrumpirá en cánticos de alabanza a Dios consciente ya de todo el misterio de Dios que allí se estaba manifestando; fue finalmente la misma reacción de las gentes del lugar que se admiraban por todo lo que estaba sucediendo y les hacía preguntarse por el significado de todo ello.

Cuando por nuestra fe nos disponemos a celebrar Navidad ¿no tendríamos también que ponernos en camino con disposición en nuestro espíritu para abrirnos a algo nuevo que el Señor quiera manifestarnos? Podría estar pidiéndonos una nueva actitud de servicio, una nueva salida de nuestras rutinas de siempre para encontrarnos con alguien que esté necesitando algo de nosotros, de nuestra fe, de nuestro amor. Allí estaban unos ancianos que estaban solos y necesitados de ayuda en la montaña y María fue hasta ellos. ¿Habrá alguna soledad que podemos mitigar y consolar haciéndonos presente en la vida de alguien?

Todo aquel camino de María despertó la fe de aquella familia, primero Isabel llega a reconocer esa especial presencia de Dios porque se deja guiar por el Espíritu para reconocer la grandeza de María – la madre de mi Señor – para bendecirla por su fe, lo mismo que hará finalmente Zacarías. Nuestras actitudes, nuestra manera de celebrar la navidad y de vivir nuestra fe tendría que ser un rayo de luz, una llamada o un toque de atención a quienes están a nuestro lado para descubrir un nuevo sentido de la navidad.

¿Seremos capaces de despertar la fe de los que están a nuestro lado? Como aquellos vecinos de las montañas se preguntaban sobre el significado de todo lo que sucedía, ¿seremos también nosotros interrogante para alguien que les lleve a descubrir a Dios? Nos quejamos tantas veces de ese mundo que nos rodea que ha perdido la sensibilidad de la fe, a quienes nada les dice ya ni la religión ni el evangelio, y que nos miran a la Iglesia de una forma en que no nos sentimos a gusto, ¿en qué medida estamos siendo evangelio en medio de nuestro mundo? ¿En qué medida estamos siendo anuncio de esa buena noticia de salvación para el mundo de hoy?

Tenemos que decidirnos ya de una vez por todas a ponernos en camino. Es mucho lo que tenemos que llevar al mundo que nos rodea. Es hermoso el anuncio que tenemos que hacer y que no podemos ocultar. Hagamos que brille un poquito más esa luz de Jesús, esa luz del evangelio. Pongámonos en camino de evangelio.

sábado, 21 de diciembre de 2024

Alegría de la próxima navidad que nos pone en camino de fe y alabanza, de servicio como respuesta a la acción de Dios, de realización de una misión

 


Alegría de la próxima navidad que nos pone en camino de fe y alabanza, de servicio como respuesta a la acción de Dios, de realización de una misión

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Salmo 32; Lucas 1, 39-45

En nuestros ambientes todo suena a fiesta y alegría en estos días. Músicas que nos encantan y quieren despertar nuestros mejores sentimientos con recuerdos, es cierto, que en ocasiones se llenan de melancolía, luces que parpadean invitándonos a poner color en la vida, invitaciones que quieren significar encuentros festivos que quieren amasar compañerismo y amistad, palabras de felicitación que nos entrecruzamos, decimos, con los mejores deseos.

Una alegría que para muchos significa tirar la casa por la ventana, una alegría que a veces muy envuelta de consumismo aunque lo queremos disimular con que son regalos de amistad, una alegría que sin embargo algunas veces quiere ocultar ciertas sombras que llevamos en los ojos o en el corazón – los ojos son reflejo de lo que llevamos o no llevamos en el corazón – y que nos preguntamos si es verdadera y auténtica.

Decimos, que es alegría, porque es navidad. Pero, ¿Dónde está de verdad el sentido de esa navidad? ¿Aparecerá detrás de esa fiesta y de toda esa alegría que queremos manifestar y expresar? Aunque parezcan mis palabras como un jarro de agua fría, creo que tendríamos que entrar en una honda de sinceridad y hacernos las preguntas sin miedo.

Los cristianos que queremos prepararnos a fondo para esa celebración de la navidad hemos ido dejándonos conducir por la Palabra de Dios que a lo largo del Adviento se nos ha venido proclamando para encontrar ese hondo sentido de nuestra fiesta, que no se quede en recuerdos melancólicos, como para muchos es navidad.

Ahora ya en esta semana inmediata hemos ido siguiendo el texto del inician de los evangelios de Mateo y de Lucas. Hoy se nos presenta el relato del camino de María desde Nazaret a la Montaña a casa de su prima Isabel, de la que ha tenido María conocimiento a través del ángel de su embarazo y cercano nacimiento de su hijo.

María sorprendida en la aparición del ángel con el anuncio de que iba a ser la Madre de Dios y con conocimiento de lo que sucedía también en las Montañas de Judea en casa de Zacarías e Isabel, corre presurosa, como nos dice el evangelio, para estar allí al lado de su prima. La alegría que desbordaba en María por el misterio de Dios que en ella se estaba gestando y realizando no la encierra en si misma sino que corre presurosa para el servicio allí donde una mujer joven podía mejor prestarlo.

Pero contemplamos también la alegría de Isabel al recibir a María; inspirada por el Espíritu del Señor conoce Isabel la importancia de aquella visita. Quien ante ella estaba era la madre de su Señor, la madre de Dios. Desborda de gozo Isabel y su alegría le conduce a la mejor confesión de fe. ‘¿De donde a mi que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ Todo se vuelve bendiciones y alabanzas. Ha llegado a su casa la agraciada de Dios – recordamos lo que le había dicho el ángel a María, ‘has encontrado gracia ante Dios’ – e Isabel la bendice y la llama dichosa por su fe, porque ‘todo lo que le ha dicho el Señor se cumplirá’.

Pero no se quedan ahí los sones de alegría de aquellos momentos. ‘En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Es también la alegría del que iba a ser el precursor del Mesías, del que venía ‘a preparar los caminos del Señor preparando para Dios un pueblo bien dispuesto’. Una alegría que recuerda lo que es la gloria del Señor pero una alegría que también pone en camino, como lo había hecho con María, para cumplir una misión.

La presencia de María, verdadero sagrario de Dios, en aquellos momentos estaba confirmando la misión del Bautista. Los saltos de alegría en el vientre de su madre eran anuncio de que se sentía en la presencia de quien venía como Salvador, pero era comienzo de algo que se iba a extender más allá de aquellas montañas de Judea. Como luego escucharemos la gente se preguntaría que sería de aquel niño en quienes tantas señales de Dios se estaban manifestando, pero era como un adelanto del anuncio que allá en el desierto junto al Jordán habría de realizar.

Alegría cuando sentimos el misterio de Dios en nuestra vida que nos tiene que llevar necesariamente a ponernos en camino, un camino de servicio, un camino de fe y de alabanza, un camino para realizar una misión. ¿Será así la alegría de nuestra navidad?

 

viernes, 31 de mayo de 2024

Podemos seguir cantando al Señor como María porque reconocemos que la misericordia del se derrama sobre nosotros también de generación en generación

 


Podemos seguir cantando al Señor como María porque reconocemos que la misericordia del se derrama sobre nosotros también de generación en generación

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

En medio de la tribulación parecería que nadie podría dar saltos de alegría, que cuando nos aventuramos a algo nuevo que nos resulte desconocido podamos ser capaces de alejar de nosotros los miedos ante la incertidumbre y mantener firme la esperanza, que cuando emprendemos un camino nuevo que nunca hayamos recorrido lo hagamos con total seguridad de manera que alejemos de nosotros todo tipo de desconfianzas. Pero sí es posible mantener la esperanza aunque es necesario tener un gran equilibrio en nuestra vida porque de verdad tengamos unos sólidos cimientos sobre los que fundamentemos todas esas esperanzas y nos abran caminos de luz en nuestros ojos.

Hoy contemplamos a María dando saltos de alegría en su camino hacia las montañas de Judea. Sobre su vida se han abierto otros horizontes en los que quizá nunca habría pensado para si y tenía que sentir que todo aquello que le estaba sucediendo podría complicar su vida. Había marchado de Nazaret sin que su prometido esposo aun supiera el misterio que en ella se estaba realizando y eso podría sembrar algunas inquietudes en su corazón ante la posible manera de reaccionar de José; su marcha por los caminos de Samaría y Judea hasta llegar a las montañas de Judá habiendo partido de Galilea no era un camino de rosa – no podemos hacer comparación alguna entre lo que era entonces y lo que puedan ser hoy esos caminos – y eso entrañaba peligros de todo tipo y son miedos difíciles de superar; su presencia en casa de Zacarías e Isabel que iba a ser inesperada no sabía realmente la respuesta que podría encontrar, porque habían vivido en la distancia agravada en aquellos tiempos por la dificultad del transito entre unos lugares y otros.

Pero María iba cantando en su corazón. Podríamos decir que iba ensayando aquel canto con que prorrumpiría a la llegada a la casa de su prima Isabel. La sorpresa del recibimiento había sido algo agradable, porque sentía además que el misterio de Dios se revelaba más y más, sobre todo escuchando las palabras de Isabel. ‘¿De donde a mi que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ habría prorrumpido, pero además la había llamado dichosa porque había creído en el Señor.

Sí, estamos contemplando el camino de fe de María. Muchas veces resaltábamos en este episodio la generosidad y el amor de María que allá había ido para servir a su prima Isabel, pero como trasfondo siempre tenemos que ver su fe. Es lo que resalta Isabel; es lo que se desprende del cántico de María; era la mujer que confiaba en el Señor y en sus manos se había puesto para dejar que en ella el Señor hiciera cosas grandes, obrara maravillas.

Es lo que ella ahora quiere cantar al Señor en aquel cántico seguramente tantas veces ensayado en su corazón en el camino desde Nazaret hasta la montaña. Por eso desborda de gozo en el Señor. Reconoce ella la mano de Dios en su vida; sin esa mano y esa presencia de Dios no podía realizarse en ella todas aquellas maravillas. Allí se está manifestando la misericordia del Señor. Lo va a repetir de mil maneras. Todo es un derroche de gracia, un derroche de misericordia que transforma los corazones como se ha ido transformando su propio corazón. Ahí esta recordando María toda la historia de Israel que ha sido la historia de la misericordia de Dios para con su pueblo y que ahora en su Hijo Jesús se va a realizar de manera tan admirable.

¿Seremos capaces de cantar a Dios así, con un corazón tan agradecido, por tantas maravillas de amor que va realizando en nosotros? Que se despierte nuestra fe para que podamos creer como María, para que podamos ver esa mano de Dios obrando en nosotros. ¿Quién te ha traído ahora mismo, en estos momentos, a este encuentro con la Palabra de Dios que nos está haciendo cosquillas en nuestro corazón?

Podemos sentirnos también perturbados por muchas cosas, porque la vida no siempre es fácil, porque el camino se nos hace duro, porque reconocemos nuestras debilidades y también tantos fracasos, pero también podemos seguir cantando al Señor como María porque reconocemos que la misericordia del Señor se derrama sobre sus fieles, se derrama sobre nosotros también de generación en generación. Mira tu vida de forma concreta, con lo que eres y como eres y descubre esas señales de la misericordia de Dios.

jueves, 21 de diciembre de 2023

Seamos capaces como María de llevar a Dios en nuestra vida para que vibren los corazones de los que están a nuestro lado porque sientan la presencia de Dios como el niño Juan

 


Seamos capaces como María de llevar a Dios en nuestra vida para que vibren los corazones de los que están a nuestro lado porque sientan la presencia de Dios como el niño Juan

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45

Con los medios de los que hoy disponemos es mucho más fácil y fluida la comunicación de cualquier noticia que queramos transmitir; recuerdo aquellos tiempos, en que hasta el teléfono no era fácil tenerlo en todas partes y eran además de dificultosas también muy costosas las llamadas y la comunicación habitualmente era por carta. Vivó con familiares emigrantes en América y cuando llegaba una carta era un acontecimiento y después de leerla en la casa y con la familia se llamaba o se salía a las casas de los vecinos para comunicar la alegría de haber recibido noticias de los que estaban lejos; era una alegría y un regocijo para todos.

¿No es eso lo que hoy estamos contemplando en el evangelio? María corre presurosa a las montañas de Judá porque tiene algo que compartir con Isabel. Sí, ¿por qué no verlo así? A aquel humilde hogar de Nazaret han llegado grandes noticias. María recibió la visita del ángel de Dios que le anunciaba cómo Dios quería contar con ella y en consecuencia su futura maternidad, pero en medio, podíamos decirlo así, se han colado otras noticias, su prima Isabel, allá en las montañas de Judea va a ser madre también y ya está de seis meses de embarazo. Algo que María no podrá guardarse para sí, y presurosa se pone en camino. Será la profunda comunicación entre aquellas dos futuras madres, cada una en sus circunstancias, y donde se palpaba la obra de Dios, sino que está también la disponibilidad de la joven María para servir y para ayudar a su anciana prima en aquellos momentos que se avecinan. Un episodio muy humano pero que al mismo tiempo nos manifiesta la grandeza de aquellos corazones.

Es el diálogo entusiasta y lleno de alegría que se entablará entre aquellas dos mujeres en su encuentro que podríamos decir que mutuamente se comunican sus noticias. Es el runrunear de Dios en medio de aquel episodio que hará que se desborden los cánticos de alabanzas y se derrame hasta derrocharse la gracia de Dios en aquellos lugares. El niño saltará de alegría en el seno de su madre como la misma Isabel manifiesta al escuchar las palabras de María; pero es la presencia del Hijo de Dios en el seno de María que va derramando sus gracias y en este hecho se quiere expresar la santificación de aquel niño que va a nacer y que viene como Precursor de quien está ya en el seno de María. Pero nos hablaré también de cómo el Espíritu Santo inunda el corazón de aquellas mujeres de manera que Isabel llegará a reconocer la grandeza de quien viene desde la lejana Galilea a visitarla, porque es la madre de su Señor.

‘¿Quien soy yo, reconocerá humilde, para que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ Y todo será entonces cantar la gloria del Señor, todo serán felicitaciones para María – ¿no dirá más tarde que todas las generaciones la felicitarán? – porque ha creído y la Palabra del Señor se cumplirá. Es la antesala de la salvación, es el anuncio de la llegada del Emmanuel.

Y esto lo estamos contemplando en este marco del Adviento y en las casi vísperas del nacimiento del Señor. ¿Nos estará invitando la palabra del Señor a que también nosotros nos pongamos presurosos en camino porque hay noticias que tenemos que comunicar?  Decimos que nuestro mundo de hoy en cierto modo se ha hecho sordo para recibir la verdadera noticia de la Navidad - ¡cuántas noticias se han creado en torno a este hecho y a este misterio bien lejanas de la auténtica realidad de la navidad que nos ensordece para su verdadero sentido! – pero ¿no será que los cristianos no hemos sabido llevar la autentica noticia de la navidad al mundo que nos rodea?

He mirado con un poco de atención la televisión estos días para ver lo que nos decía de la navidad. ¿Cuál es el anuncio que nos hace? Unos regalos – cuántas cosas nos ofrece la publicidad estos días que terminan en puro consumismo -, una lotería de la suerte – que nos hace soñar en la posibilidad de ya no tener que trabajar más -, unas comidas de amigos o de familiares - hechas simplemente muchas veces desde un compromiso social porque así se impone en estos días -, unos encuentros momentáneos y fugaces - que tendrán su continuación en distanciamiento continuado a través de todo el año -, unos determinados dulces o muy sabrosas bebidas – que al final seguirán manteniendo el amargor en los corazones -… tantas cosas que nos dicen que es la navidad, pero no terminamos de ver a quien tendría que ser el centro y la motivación de la verdadera alegría de la navidad.

¿Seremos capaces, como María, de llevar a Dios en nuestros corazones y en nuestra vida para que vibren de verdad los corazones de los que están a nuestro lado porque sienten la presencia de Dios entre ellos, como sucedió aquel día en las montañas de Judo? ¿No tendremos que dejar que nos inunde el Espíritu del Señor para llevar ese servicio del anuncio del Evangelio a nuestro mundo de hoy?

 

miércoles, 31 de mayo de 2023

Salgamos y pongámonos en camino que hay una Buena Noticia que comunicar, un servicio que prestar, una nueva música de la que contagiar como hizo María

 


Salgamos y pongámonos en camino que hay una Buena Noticia que comunicar, un servicio que prestar, una nueva música de la que contagiar como hizo María

 Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

‘María se levantó y se puso en camino…’ nos dice el comienzo del evangelio hoy. ¿Para qué salimos y nos ponemos en camino cuando quizás estábamos cómodamente en casa y solo nos preocupábamos de atender nuestras necesidades o incluso nuestro descanso?

Normalmente es porque queremos comunicar algo, encontrarnos con al nuevo o encontrarnos con alguien, o también salimos y nos ponemos en camino si nos llega la noticia de una necesidad que podemos atender, un sufrimiento que podemos sanar o una lágrima que podamos consolar; tenemos una noticia que comunicar y pronto salimos al encuentro con el vecino, con el pariente, con la persona que encontremos para comunicarla; si es algo gozoso y de alegría con mayor prontitud lo queremos hacer, corremos a dar la noticia, y el gozo que llevamos en nuestro interior parece que pone alas en nuestros pies, como se suele decir, para ir volando.

Son las prisas de María. Es la noticia, la Buena Nueva que ha recibido ella, que Dios la ha elegido para ser madre, para ser su Madre, para ocupar un lugar muy importante en la historia de nuestra salvación. Las sorpresas del primer momento, las dudas ante lo que parece incomprensible por lo desconocido, la obediencia de fe que pone desde su disponibilidad, su amor y su entrega se transforman en canta agradecido a su Creador porque reconoce que en ella Dios se ha fijado, en ella Dios está haciendo cosas grandes, por medio de ella se va a derramar la misericordia de Dios sobre toda la humanidad.

Y eso María tiene que comunicarlo, compartirlo ¿con quien mejor y que mejor lo pueda entender que quien está sintiendo también en su corazón que Dios ha sido grande con ella y sobre ella también se ha derramado la misericordia del Señor? Por eso corre María a las montañas de Judá, no importa que esté lejos lo cual nos quiere decir también a nosotros cosas importantes. ¿A quienes somos enviados nosotros también para que salgamos y nos pongamos en camino?

Pero es que María ha recibido también otra buena noticia, su prima Isabel, a pesar de su vejez, también va a ser madre, porque Dios volvió también su rostro sobre ella concediéndole la gracia de la maternidad. María se pone en camino porque sabe donde necesitan su servicio. Es la actitud de María, es la disponibilidad siempre de María, es el camino en que María va siempre delante de nosotros señalándonos rumbos y caminos que hemos nosotros de recorrer.

Merece María la alabanza por su fe, porque cuanto de ella se ha dicho se cumplirá, pero es la alabanza implícita de lo que es el fruto de esa fe que le impide quedarse quieta, que la impulsa al camino del servicio porque es el amor el que mueve siempre su vida.

Es el gozo y la alegría que se desborda del corazón de María y va llenando de música los caminos y senderos de Palestina y que con su voz y su presencia inundará con su cántico de amor aquel hogar de la montaña de manera que el sonido de las palabras de saludo de María hará saltar de alegría el niño que Isabel lleva en sus entrañas. Es el primer encuentro entre el Precursor y Aquel para quien se preparaban los caminos y es como el estreno de nuevos encuentros, de nuevos sentidos de vida que con el Reino de Dios que llega irá transformando todos los corazones.

Es lo que hoy estamos contemplando en la finalización de este mes de Mayo, mes de María, y en esta fiesta de la Visitación de María a su prima Isabel.  Y estamos contemplando ese ponerse en camino de María. Y es una invitación a que no cerremos los ojos ni nuestros oídos y también seamos capaces de ponernos en camino. ¿No tenemos una Buena Noticia que comunicar y compartir con los demás desde esa fe que envuelve nuestra vida? ¿No será necesaria nuestra actitud y postura de servicio a los pies de la puerta de alguien? ¿No necesitaremos llevar una música nueva a ese mundo que nos rodea?

miércoles, 21 de diciembre de 2022

La visita de María a Isabel nos recuerda la visita de Dios hoy y aquí a nosotros, corramos los velos de desconfianza, abramos las puertas del amor, viene Dios

 


La visita de María a Isabel nos recuerda la visita de Dios hoy y aquí a nosotros, corramos los velos de desconfianza, abramos las puertas del amor, viene Dios

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45

Es un gozo abrir las puertas de nuestra casa para recibir a alguien que viene a visitarnos. Quien nos visita se dice honrado porque le abramos las puertas de nuestro hogar, pero decimos también que nos sentimos honrados cuando recibimos a alguien en nuestra casa. Hay visitas que pudieran ser sorpresa y puedan sorprendernos quizá, no lo esperábamos, nos sentimos privilegios con su elección, ponemos de nuestra parte lo mejor para ofrecer la mejor hospitalidad.

Visitas que son como una corriente de aire fresco que nos traen alegría y que despiertan en nosotros los mejores sentimientos; son un regalo para nosotros, de alguna manera nos despiertan a la vida, nos ponen a prueba nuestro amor y nuestra capacidad de acogida, hacen brotar en nosotros las mejores flores, el mejor perfume, los valores mas preciosos para quien llega a nosotros. Hay un hermoso intercambio, corrientes de aire fresco, perfume que todo lo suaviza y hace todo lo más agradable posible.

Una suave brisa llegada de las montañas y valles de Galilea llegó aquella mañana a las montañas de Judea haciendo surgir los mejores perfumes y los mejores cánticos de alabanza. Llegaba María, y bien sabemos quien iba en el seno de María, a visitar a su prima Isabel tras los anuncios celestiales que habían envuelto ambas casas.

Se despertaba la vida y se despertaba el amor, torrentes de cielo inundaban aquel hogar en el que también reinaba Dios, surgen los cánticos de alegría y alabanza, y hasta la criatura que Isabel llevaba en su seno rebosa de gozo saltado de alegría en el seno de su madre, llenándose también del Espíritu según se escuchaban las palabras de saludo de María.

Sorprendida Isabel con la visita de su prima venida desde la lejana Galilea se deja conducir por el Espíritu de Dios para reconocer que quien venía a visitarla no era solo su prima sino que con ella venía Dios, porque ella era la Madre del Señor. Un primer reconocimiento de la grandeza de María que humilde se siente sobrepasada por cuantos acontecimientos en ella se estaban produciendo estos días desde la visita del Ángel en Nazaret. Y María es dichosa en su fe y por su fe, como lo reconoce Isabel, porque cuando le ha dicho el Señor se cumplirá. Aquella era la visita de Dios, como más tarde reconocerá también Zacarías, porque el Dios bendito ha venido a visitar a su pueblo.

Es lo que vamos a tener muy presente en este día cuando ya está inmediata la Navidad porque también nosotros vamos a recibir la visita de Dios. Aquellos sentimientos, aquellas nuevas actitudes, aquella sorpresa que se convertirá en reconocimiento y en alabanza aquella mañana en aquella ciudad de la montaña de Judea, son de los que nosotros tenemos que llenarnos para vivir con intensidad esa visita de Dios en el hoy de nuestra vida y de nuestra historia que tiene que significar la navidad que vamos a celebrar.

Dios viene a nosotros, lo reconoceremos en el Niño recostado entre pajas que contemplaremos en Belén, pero Dios viene a nosotros y tenemos que saber descubrir las señales de su presencia en el hoy de nuestra vida.

Es la visita de Dios hoy a nosotros, está tocando a nuestra puerta, a la puerta de nuestro corazón; nos cuesta reconocerle en quien pasa a nuestro lado, llega a nuestra puerta, o nos está tendiendo la mano de alguna manera en la petición, en la súplica, en las palabras, en la mirada, en los gestos de esos con los que nos vamos encontrando todos los días. Descubramos esa visita de Dios; quitemos los velos de nuestros ojos de nuestros prejuicios, de nuestras desconfianzas o de nuestros miedos a abrir la puerta.

No podemos dejar que Dios en su visita pase de largo.

lunes, 15 de agosto de 2022

Celebrar la Asunción de María es dejarnos envolver por un fogonazo de luz y de esperanza porque para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación



Celebrar la Asunción de María es dejarnos envolver por un fogonazo de luz y de esperanza porque para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª;  Lucas 1, 39-56

Tenemos encuentros en la vida que todo lo llenan de luz; quizá lo hemos sentido o experimentado alguna vez, pasamos por momentos oscuros, situaciones que nos llenan de incertidumbre, problemas que se nos hacen insalvables, angustias que nos paralizan y nos llenan de temor, y de pronto todo es luz para nosotros, alguien llegó a nuestra vida, nos dijo la palabra más oportuna, nos tendió la mano en señal de amistad y de que confiaba en nosotros, y comienzan a despejarse esos nubarrones, y comenzamos a sentir una alegría muy especial dentro de nosotros. Aquel encuentro, aquel momento, aquella persona que llegó a nuestra vida, aquella mano tendida nos abrió horizontes de luz.

Me atrevo a decir que este momento que nos narra hoy el evangelio, el encuentro de aquellas dos mujeres, una venida desde la lejana Galilea y la otra habitante de aquellas montañas de Judea, fue un momento de luz y de despertar esperanzas para toda la humanidad. No lo vemos solo como la anécdota del encuentro de aquellas primas en esa visita que María hace a Isabel, sino como algo que viene a ser signo de salvación y de vida para la historia de toda la humanidad.

Dos corazones inundados de fe, dos corazones enamorados de Dios como para saber leer los aconteceres de la historia y descubrir la presencia de Dios en medio de nosotros, son los que allí se están encontrando y hoy nosotros contemplamos como algo que se hace, se tiene que hacer patente en medio del mundo en el que vivimos tan necesitado de esa luz.

Y surgió aquel canto tan maravilloso de unas mujeres verdaderamente enamoradas de Dios. Habían sentido y experimentado la presencia de Dios en sus vidas y su actuar maravilloso y ahora prorrumpen en cánticos de alabanza, de bendición y de acción de gracias. Es el canto de María pero es también el canto de Isabel. Ambas han experimentado esas maravillas de Dios en sus vidas, por eso están llenas del Espíritu divino.

Isabel ha sentido cómo Dios ha llegado a su vida concediéndole el don de la maternidad aun en su anciana edad, pero ahora está sintiendo de nuevo como Dios está entrando en su casa con la presencia de María. Desde que llegó a sus oídos la voz de su prima ya la criatura saltaba de gozo en su vientre, podría bendecir entonces a Maria, siendo también una bendición a Dios, porque la madre de su Señor la visitara, que era la visita de Dios.

María también reconocía que Dios hacia maravillas en la humildad de su sierva y por eso desborda de gozo también su corazón para alabar y bendecir a Dios. Se siente llena del Espíritu divino que ha puesto en ella esa semilla de Dios en aquel hijo que le ha de nacer que será llamado el Hijo del Altísimo. Siente entonces María que su gozo se desborda y ha de alcanzar a todas las generaciones, que la alabaran y bendecirán porque es la Madre de Dios, porque todos se van a ver inundados por esa misericordia de Dios tantas veces anunciada y que se hacía presente ahora para todos.

Había pasado Isabel por la noche oscura de no poder ser madre, como María se sentía turbada por cuanto le sucedía y que también le hacía hacerse preguntas en su interior. ‘Consideraba el significado de aquellas palabras’, nos dice el evangelista de cuando el ángel la vino a visitar a Nazaret. Seguro que aunque su corazón desbordaba de gozo en el Señor en la soledad de su camino también iría haciéndose preguntas sobre como asimilar cuanto le estaba sucediendo, como le sucedía también a su esposo José con un corazón también lleno de dudas. Pero ahora todo se había vuelto luz, resplandecían nuevos horizontes, la esperanza para todos los hombres comenzaba a tener cumplimiento, una nueva era de luz y de vida comenzaba a brillar entonces.

Es lo que nosotros hemos de sentir cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de María en su Asunción al cielo. La vemos luminosa, enjoyada con oro de Ofir, como decía el salmo, viene entre alegrías y algazaras, todos cantan en su honor, como lo había hecho Isabel y como ella misma proféticamente había anunciado, la contemplamos en su glorificación, en el anticipo para ella, como había sido el verse liberada de todo pecado desde su concepción, pero también de su participación en la resurrección de Jesús y su entrada en la gloria del cielo.

Y esto, a los que aún caminamos con los pies sobre la tierra, pero envueltos en sufrimientos y angustias, agobiados en nuestras luchas de cada día, queriendo superarnos e intentando vivir una vida mejor y ser también mejores, nos está diciendo que hay algo que es distinto, que para nosotros también brillará la luz, que sabremos incluso descubrir un sentido nuevo a esas angustias y sufrimientos que en el camino de la vida hemos de padecer, que para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación final como lo tuvo María. Podremos recordar sus siete dolores en las espadas que le atravesaban el alma en tantas situaciones de la vida, pero ahora en ella todo lo contemplamos como luz y como gloria. Lo tenemos que ver reflejado en nuestra propia vida.

Es el camino al que nosotros tendemos, es la esperanza que nace en el alma, es la grandeza y la trascendencia que podemos darle a cada uno de los actos de nuestra vida, es la luz nueva que tenemos en la esperanza que un día nos envolverá. María hoy en su Asunción al cielo nos lleva de la mano, María despierta esa fe y esa esperanza en nuestros corazones, María con su presencia de Madre nos ayuda a hacer el camino. Es lo que hoy celebramos, es lo que queremos vivir.


Hoy nosotros los canarios, aunque en cada rincón de nuestras islas celebramos muchas fiestas de María, de manera especial celebramos a la que es la Patrona General del Archipiélago canario, la Virgen de Candelaria. Su imagen bendita ha estado presente en nuestra tierra desde los primeros momentos de la conquista de estas Islas siendo ella la primera embajadora y la primera misionera del evangelio para nuestros antepasados que habitaron estas tierras.

Pero ella ha estado ahí siempre a nuestro lado, como madre y compañera de nuestro camino, siendo ese faro de luz y de esperanza para nuestras vidas simbolizado en esa candela encendida que porta entre sus manos. Que ella sea también hoy, en el momento que vivimos, ese faro de luz y de esperanza, en ella nos sentimos alentados, junto a nosotros la sentimos siempre en nuestro caminar.

martes, 31 de mayo de 2022

A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

 


A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is.12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

¿Seríamos capaces, cuando tenemos algo que nos puede resultar costoso o que nos pide un esfuerzo extraordinario de hacerlo cantando? Aún me queda un recuerdo en mi mente de cuando era niño y escuchaba cantar a mi madre mientras realizaba las faenas de la casa, la limpieza, la comida, el lavado de la ropa que entonces no era con la facilidad de las lavadores como es hoy porque incluso había que acarrear el agua en baldes para llevarla a casa. Recuerdo escuchar a mi madre, o recuerdos a mis tías cuando iba a la casa de los abuelos que desde el camino escuchaba sus cantos con alegría mientras realizaban sus faenas. 

Por eso me hago la pregunta del principio, porque aun cuando fácilmente hoy estamos escuchando música continuamente, no siempre es la canción que nos sale de dentro de nosotros mientras realizamos la tarea o el trabajo. ¿No será acaso poner una nota de alegría en la vida aunque en ocasiones nos resulte costosa?

Y me hago esta consideración contemplando el pasaje que nos ofrece hoy el evangelio en esta fiesta que celebramos de la visita de María a su prima Isabel. Nadie le pidió nada a María, simplemente el ángel le informaba también como una corroboración de las propias palabras del ángel que tantas maravillas le anunciaba a María en la Anunciación de Nazaret. Pero el evangelio nos dice que María se puso aprisa en camino hasta las montañas de Judea. ¿Y queréis que os diga lo que imagino? María cantando por los caminos que atravesaban Samaría y Judea desde Galilea porque llevaba la alegría en su corazón con las maravillas que el ángel le había anunciado.

Si tras los saludos entre María e Isabel vemos que Maria se pone a cantar al Señor en aquel cántico de alabanza y de acción de gracias que es el Magnificat, me atrevo a decir que María lo llevaba ensayado en su mente y en su corazón a través de aquel largo camino. Ahora aquello que venía cantando en el corazón le sale a voz en grito porque tiene que alabar y bendecir al Señor por todas las maravillas de su amor que se están manifestando.

Es cierto que no había sido fácil el camino, porque si hoy en un vehículo lo podemos hacer en unas cuantas horas, hacerlo como María lo hizo atravesando todos aquellos lugares para llegar a las montañas de Judea no era un camino fácil ni exento de peligros para una mujer que caminaba sola, aunque se uniera a alguna de aquellas caravanas que circularían por aquellos caminos. Pero María iba llena del Espíritu divino, iba llena de Dios, como lo reconocería nada más llegar su prima que se siente honrada porque viene a ella la madre de su Señor.

Muchas consideraciones nos hacemos siempre con este pasaje del evangelio alabando la disponibilidad y la generosidad de María que se pone en camino y su espíritu de servicio; en esta visita de María a aquel hogar de las montañas de Judea vemos una señal y un signo de lo que es la visita de Dios a su pueblo, como incluso luego reconocería el anciano Zacarías cuando le lleguen a él los momentos del cántico y de la alabanza. La música, podríamos decir, resuena fuerte en aquellos corazones que les hace ponerse a todos a prorrumpir en cánticos de alabanza al Señor, pero es la alegría de unos corazones que están llenos de Dios.

¿Seremos nosotros capaces de cantar cuando los caminos se nos hacen duros y difíciles, cuando tenemos que atravesar valles oscuros, cuando la senda se nos hace empinada porque también tenemos que subir a un calvario con alguna cruz sobre nuestros hombros? Me atrevo a sugerir que por ahí concretemos el mensaje que hoy se nos ofrece en el evangelio y a través de la figura de María en su camino hasta la montaña de Judea. Es el cántico del amor el que tiene que surgir en nuestro corazón; es el cántico que brota de la alegría que llevamos en nuestro corazón cuando sabemos que llevamos a Dios con nosotros.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Con el cántico de María queremos nosotros dar gracias por la Buena Nueva de salvación que se nos anuncia y que también necesita escuchar el mundo de hoy

 


Con el cántico de María queremos nosotros dar gracias por la Buena Nueva de salvación que se nos anuncia y que también necesita escuchar el mundo de hoy

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1Samuel 2,1-8; Lucas 1,46-56

Solemos decir que es de bien nacidos el ser agradecidos. Justo es que sepamos dar gracias, sin embargo fácilmente nos creemos merecedores de todo y no somos capaces de ver la gratuidad de quien nos ofrece sus dones, su cariño, sus servicios, su atención y no somos capaces de tener bien definida nuestra actitud de gratitud. Que prontos estamos para pedir y hasta para exigir y qué tardos somos para dar gracias.

Nos pasa fácilmente en nuestras relaciones humanas y hasta en lo más cercano a nosotros como son nuestras relaciones familiares; ¿cuántas veces nos hemos detenido para dar gracias a nuestros padres por todo lo que han hecho por nosotros? con facilidad se enfrían algunas veces hasta las relaciones entre los esposos porque no saben ser agradecidos mutuamente; y lo tendríamos que saber hacer entre los hermanos, y entre los amigos que por mucha confianza que nos tenemos algunas veces lo olvidamos y nos falta ese detalle de delicadeza. Bueno, no quiero extenderme, pero sería pauta lo que estamos diciendo para muchas cosas más.

Me ha dado pie a esta reflexión introductoria lo que nos ofrece hoy el evangelio, el cántico de María. Es el cántico de la acción de gracias, del reconocimiento desde su humildad y desde la pequeñez en la que ella se ve de todas las maravillas que el Señor realiza en ella. Es el cántico que se nos ofrece en el evangelio en el momento del encuentro de María y de Isabel, su prima, a la que ha ido a visitar. Ambas mujeres inundadas por el Espíritu Santo prorrumpen en cánticos de alabanza al Señor.

‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador…’ comienzo cantando agradecida María. Ella sabe que no es merecedora de nada porque todo es obra del Señor. Ahí está la fe de María para descubrir esa presencia y esa acción de Dios en su vida; humilde canta agradecida a Dios porque quiso poner su mirada en ella, la que se siente la más pequeña, la humilde esclava del Señor.

Pero siente María que es el comienzo de muchas cosas maravillosas, no ya para ella sino para toda la humanidad. Se está manifestando la gloria del Señor que así muestra su misericordia con todos nosotros. es la mirada del amor de Dios que se vuelca sobre toda la humanidad porque su misericordia llega a sus fieles de generación en generación; es el comienzo de algo nuevo que con su Hijo se va a realizar, porque va a comenzar un mundo nuevo, el mundo nuevo de la justicia y de la paz, el mundo nuevo en que todos vamos a comenzar a sentirnos hermanos porque comienza una nueva fraternidad, el mundo nuevo donde nadie se puede sentir inferior ni nadie va a ponerse por encima del otro porque una dignidad nueva comienza para todos, ‘derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’.

Y María da gracias a Dios, canta la alabanza al Señor. Este cántico de María, inspirado de alguna manera en aquel canto de acción de gracias de Ana en el Antiguo Testamento cuando ella sintió también cómo se derramaba en su vida la misericordia del Señor al concederle el hijo tan deseado también es como un anticipo de aquella proclamación de Jesús en la Sinagoga de Nazaret de la Buena Nueva que iba a ser anunciada a los pobres y a los oprimidos. Una Buena Nueva de liberación porque los oprimidos verían llegar la verdadera libertad y todo iba a ser algo nuevo con los ciegos recobrando la luz de sus ojos y todos alcanzarían la salud y la salvación.

Es el cántico que nosotros también queremos proclamar porque a nosotros nos llega también la Buena Noticia de Jesús. Estamos en las vísperas de la celebración de su nacimiento, de la Natividad del Señor. Una buena noticia anunciará los ángeles a los humildes pastores de la que nosotros escuchándola también tendremos que hacernos eco para proclamarla ante el mundo que nos rodea. Tenemos que anunciar el verdadero mensaje de la Navidad contenido en el nacimiento de Jesús; el anuncio de la navidad tiene que seguir siendo evangelio, buena noticia que se proclame hoy, en pleno siglo XXI, para que no quede diluido entre otras luces fatuas que oculten la verdadera Estrella de la Navidad.

Y tenemos que proclamarlo con nuestra vida, con nuestras actitudes nuevas, con nuestro cántico de agradecimiento al Señor, con las señales de ese mundo nuevo que con Jesús llega también para la humanidad de hoy. Que ninguna de esas luces fatuas ni ninguna de esas preocupaciones que tengamos en nuestros días difuminen y oculten el verdadero mensaje de la Navidad.

martes, 21 de diciembre de 2021

Como María pongámonos aprisa en camino para estar allí donde sea necesario compartir la alegría de nuestra fe y el amor que nos llena de esperanza de nueva vida

 


Como María pongámonos aprisa en camino para estar allí donde sea necesario compartir la alegría de nuestra fe y el amor que nos llena de esperanza de nueva vida

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45

Solemos hacer analogías y comparaciones entre el camino y la vida; y señal de esa vida es el ponerse en camino, el estar en camino. La vida no se detiene, avanza, queremos que camine hacia delante, no nos gustan los retrocesos; queremos salir e ir al encuentro de la vida misma, al encuentro del mundo que nos rodea, atravesar esos senderos haciendo camino y sabiendo ir también al encuentro con los demás.

Nos ponemos en camino porque buscamos, nos ponemos en camino porque queremos ir al encuentro del otro, nos ponemos en camino porque también tenemos algo que comunicar, una alegría que compartir, o un pesar del alma para el que queremos encontrar consuelo. Ojalá nuestros caminos sean siempre de alegría, no nos falte la esperanza, nos sintamos siempre fuertes y seguros en el rumbo que tomamos, o también seamos humildes para pedir ayuda en ese camino; no nos queremos quedar pasivamente al borde del camino.

¿Nos estará enseñando algo de todo eso María de Nazaret a quien vemos hoy que se pone en camino para ir al encuentro de Isabel en la montaña? Era un camino en que no se detuvo, fue aprisa dice el evangelio, la alegría que llevaba en su corazón le daba alas porque quería ir allí donde ella sabía que debía de estar en aquel momento. Era la alegría de la fe que resplandecía en su corazón de manera que merece la alabanza de su prima desde el primer momento que llegue a su encuentro, era la alegría de lo que llevaba en sí misma porque llevaba a Dios, era la agraciada del Señor, y era la alegría del amor y del servicio que podía prestar a su prima en las circunstancias de la maternidad en que se encontraba.

No olvidaba María lo que llevaba en su corazón porque su vida era un puro cántico de alabanza al Poderoso que en ella estaba realizando cosas admirables. Era consciente del misterio de Dios en que se veía implicada, y por eso mismo ya comenzaba a realizar su misión cuando con su presencia va derramando gracias, porque solo por el sonido de su voz reconocería el niño que se gestaba en las entrañas de Isabel quien llegaba hasta aquel hogar y con sus brincos en el seno de su madre se unía a la fiesta y al cántico de alabanza al Creador.

María, sí, nos está enseñando a ponernos en camino porque también son muchas las cosas que nosotros podemos llevar a los demás. Aprendamos a ir siempre con la alegría de María, porque no nos falte esperanza, porque seamos conscientes de la misión que nosotros también tenemos con nuestro mundo donde siempre tenemos que ser portadores de evangelio.

Como María hagámonos nosotros también buena noticia, evangelio para los que están a nuestro lado porque de igual manera resplandezca en nosotros la fe, porque vayamos con el testimonio de nuestra esperanza aunque el mundo y los caminos del mundo se nos llenen tantas veces de sombras, porque vayamos con el testimonio del amor y del servicio porque siempre tenemos alguien a quien servir, alguien a quien mostrarle toda la ternura de nuestro corazón.

Es el testimonio de luz que tenemos que dar en medio de nuestro mundo; son demasiadas las oscuridades pero en nosotros siempre hay una esperanza. Y podemos levantarnos, y podemos ayudar a los demás a levantarse también y a ponerse en camino de algo nuevo, de algo bueno que siempre puede suceder en sus vidas. Como creyentes en Jesús somos los caminantes optimistas que siempre seremos capaces de ver la luz, siempre estaremos comprometidos a llevar la luz, siempre tenemos que ser sembradores de ilusión y de esperanza en aquellos que caminan, algunas veces arrastrándose, a nuestro lado en los caminos de la vida. Seamos siempre con nuestras palabras y con nuestro testimonio sembradores de vida y portadores de luz.

domingo, 19 de diciembre de 2021

Una sintonía de fe y de esperanza con una comunión profunda en el amor se dio es el encuentro entre María e Isabel y ejemplo y estímulo para nosotros ante la cercana Navidad

 


Una sintonía de fe y de esperanza con una comunión profunda en el amor se dio es el encuentro entre María e Isabel y ejemplo y estímulo para nosotros ante la cercana Navidad

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 79; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45

¿Qué sucede en nuestros hogares, entre nuestros vecinos cuando acontece algo extraordinario o ha llegado una buena noticia? La persona que ha recibido una noticia de algo importante que le afecta muy directamente va corriendo al encuentro del familiar de más confianza, o la vecina más cercana con quien comparte sus cosas para contarle lo que le ha sucedido o de lo que se ha enterado. Lo bueno que nos produce una gran alegría no lo podemos tener guardado mucho tiempo; y es que lo bueno tiene que difundirse, la alegría no puede contenerse, lo que es grande e importante para uno no se puede tener callado mucho tiempo.

¿Por qué no pensar así en los acontecimientos que estos días nos está narrando el evangelio? ¿Por qué no pensar de manera semejante en lo que le ha sucedido a María que corre presurosa a la montaña de Judea para ir al encuentro de su prima Isabel? Aquella visita inesperada de María, venida desde la lejana Galilea – entonces no había teléfonos ni nuestras redes sociales de hoy para anunciar previamente la llegada – coge de sorpresa a Isabel pero bien sabemos que las personas con gran sensibilidad intuyen rápidamente si que previamente se lo digan lo que ha podido suceder. De ahí, pensando solamente humanamente, podemos entender la alegría de Isabel y cómo pronto su voz se convierte en alabanzas para María, pero también para Dios en quien una mujer creyente como Isabel sabe descubrir detrás de todo cuanto sucede.

Estamos hablando quizá en principio solo desde unas sintonías humanas, pero sabemos que en el corazón de aquellas mujeres había mucho más. Era la mujer creyente que ya en ella había experimentado la misericordia del Señor que le había concedido el don de la maternidad en una edad tan prolongada como ella tenía, y por eso mejor podía tener la intuición, podríamos decir, pero mejor decir la revelación que Dios estaba haciendo en su corazón del misterio que ante ella se estaba manifestando. Dios también se había manifestado misericordioso con ella – así lo manifestaban incluso los vecinos al enterarse de la maternidad que se estaba gestando en la anciana Isabel - y no podía ser menos que hubiera una sintonía especial de Dios en su corazón.


Entendemos así las palabras de Isabel en su encuentro con María. ‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Es el reconocimiento por parte de Isabel del misterio de Dios que se está realizando en María. Por eso exclamará con toda la fuerza de su corazón la alabanza a María y la alabanza a Dios. ‘¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!’ Es bendecida María, pero se reconoce que el fruto de las entrañas de María merece también toda alabanza y toda bendición. 

Maravillas se estaban realizando porque también el fruto de sus entrañas era santificado con la presencia de María que era en este caso presencia especial de Dios. ‘Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Siempre hemos visto en este momento como una especial consagración de Juan el Bautista para la especial misión que había de realizar. Era el elegido del Señor para ser el profeta del Altísimo, y la misión que había de desempeñar posteriormente allá en el desierto de Judea se adelanta de alguna manera cuando desde el seno de su madre está sintiendo la presencia de aquel cuya venida había de anunciar y cuyos caminos había de preparar.

Y si hemos venido hablando de una mujer creyente en referencia a Isabel será ahora ella la que proclame y bendiga la fe de María. ‘Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá’. De nadie mejor podría salir esta alabanza que de una mujer profundamente creyente que estaba experimentando en si misma el amor y la misericordia del Señor. Es como la primera bienaventuranza que nos aparecerá en el evangelio y está dirigida a María, la mujer creyente, la mujer que se puso en la manos de Dios, la mujer que se sentía inundada por la presencia y la gracia de Dios – así la saludó el ángel -, la mujer que escuchó la voz de Dios en su corazón y se dejó guiar por Dios para sentirse pequeña aunque reconociese que el Señor estaba obrando cosas maravillosas en ella pero que no era sino la humilde esclava del Señor para que se cumpliera en ella la Palabra de Dios anunciada por el ángel.

Un hermoso recorrido que se nos ofrece en este último domingo de Adviento en la cercanía ya de la celebración de la Navidad. ¿Seremos capaces nosotros también de ir corriendo al encuentro con los demás para recordar cuál es el verdadero misterio que estos días celebramos? Que no son unas fiestas más, como cualquier fiesta que por cualquier motivo celebremos en cualquier otro momento. Celebraremos Navidad, celebramos el misterio inmenso y maravilloso de que Dios ha querido hacerse hombre encarnándose en el seno de María para ser en verdad Dios con nosotros.

No digamos solamente felices fiestas, digamos con todo el sentido y profundidad ‘Feliz Navidad’, porque eso es lo que verdaderamente estaremos celebrando. Un acontecimiento para toda la humanidad, la historia de nuestro mundo se ha dividido desde entonces en desde antes del nacimiento de Cristo y después del nacimiento de Cristo. No pretendamos corregir la historia, como tantos ahora quieren hacer en muchos acontecimientos históricos. A nadie ofendemos con esta proclamación, pero para todos es una inmensa alegría que nosotros podamos anunciarlo y no queremos privar a nadie de esa felicidad.

Aprendamos a tener la sintonía de la fe, para abrirnos a Dios y sentir el misterio de Dios que en nosotros también se realiza, pero también para que en esa sintonía de la fe seamos capaces de comunicarnos los unos con los otros. Nos decimos creyentes y cristianos y estamos los unos junto a los otros tantas veces y parece como si no hubiera ninguna sintonía entre nosotros, porque no nos comunicamos en verdad lo que llevamos dentro de nosotros. Qué maravilla de diálogo se nos ofrece hoy entre aquellas dos mujeres creyentes, María e Isabel; sin comunicarse se estaban comunicando lo que más hondo llevaban dentro de sí mismas. Seamos capaces de tener entre nosotros esa hermosa comunicación de la fe, esa sintonía de la esperanza y esa comunión del amor.

lunes, 31 de mayo de 2021

Las prisas del amor lleno de mil gestos de delicadeza para ir al encuentro con los demás con la certeza de que en ese amor está presente Dios

 


Las prisas del amor lleno de mil gestos de delicadeza para ir al encuentro con los demás con la certeza de que en ese amor está presente Dios

 Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

El amor siempre tiene prisa pero está hecho de infinitos gestos y detalles de delicadeza. Quien ama de veras no va de pasivo por la vida; quien ama de veras no espera que otro empiece sino que buscará siempre la manera de ser el primero en servir. Pero la prisa en el amor no le hace descuidado sino delicado, buscando los mil detalles en los que puede servir.

Hoy ha comenzado el evangelio diciéndonos que ‘María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel’. No se puso a pensar en las distancias, que largo era el camino de Nazaret hasta las montañas de Judá; no se puso a pensar en si misma, en cuyo cuerpo comenzaba a gestarse el hijo de Dios que en ella se encarnaba; no se puso a pensar en las consecuencias que aquella marcha tan precipitada podía tener para sus relaciones con José con quien estaba prometida. La llamó el amor y se puso en camino de prisa. Sintió el impulso del amor y allí estaba ella para servir a su prima Isabel que también esperaba un hijo siendo ya muy mayor.

En este último día de Mayo, en un mes mariano por excelencia en la devoción del pueblo cristiano, la liturgia nos invita a contemplar la visita de María a su prima Isabel. Muchas pueden ser las cosas objeto de nuestro comentario, en los saludos de ambas mujeres, en la reacción de Juan en el seno de Isabel al escuchar el saludo de María, en las alabanzas de Isabel a la fe de María o en el cántico de alabanza y acción de gracias en que María prorrumpe inspirada por el Espíritu. En muchas ocasiones hemos comentado este texto del evangelio y nos hemos hecho muchas reflexiones.

Yo quería fijarme en las prisas del amor, como ya hemos comenzado comentando. ‘María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña’, resaltamos. Nos cuesta levantarnos, nos cuesta reaccionar en tantas ocasiones. Le damos vueltas y vueltas a la respuesta que tendríamos que dar ante las situaciones que se nos presentan y pensamos primero en nosotros mismos o en nuestras cosas y sopesamos excesivamente las consecuencias que nuestros actos podrían acarrearnos. Pero el amor, si es verdadero, tiene prisa siempre por manifestarse.

La primera lectura de la carta de san Pablo nos da unas pistas concretas para que se manifieste la autenticidad de nuestro amor. Ni hacemos las cosas por vanidad ni las hacemos como un fingimiento para aparentar; será siempre algo que salga de lo más profundo del corazón, ponemos corazón en lo que hacemos, ponemos toda nuestra ternura y nuestra delicadeza; por eso el amor no humilla ni al que ama ni al que es amado, porque quien ama sabe ponerse delicadamente a la altura de aquel a quien sirve y sabrá hacerle sentir el gozo de la valoración que hacemos siempre de la persona, de toda persona.

El amor llena de alegría a aquel que ama lo mismo que al que se siente amado; el amor es paciente pero sabe también encontrar el momento oportuno pero dándose prisa por servir con nuestro amor a quien se encuentra en la necesidad; el amor verdadero abre las puertas de los corazones porque primero que nada hemos sabido poner en nuestro corazón a aquel a quien vamos a servir y quien se siente amado al verse enaltecido se siente también movido a la generosidad. El amor verdadero elimina barreras y distancias porque quien ama se sabe poner al lado del amado tendiendo los puentes del amor y de la ternura. El amor se hace delicadeza porque nuestra preocupación no es de dar cosas sino que principalmente nos damos a nosotros mismos.

Hoy lo contemplamos en María en la visita que hace a la casa de su prima Isabel. Es la María que veremos en otro lugar del evangelio con los ojos atentos para descubrir donde hay una necesidad o un problema como lo hizo en las bodas de Caná de Galilea. Hoy nosotros como María queremos tener también esa misma prisa del amor, sabiendo además que con nuestro amor estamos llevando como María a Dios con nosotros pero reconociendo también que en aquel a quien vamos a amar nos vamos a encontrar a Dios.