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lunes, 7 de septiembre de 2026

Nos felicitamos con María en su cumpleaños, haciendo fiesta porque en su nacimiento estamos contemplando la aurora de nuestra salvación

 



Nos felicitamos con María en su cumpleaños, haciendo fiesta porque en su nacimiento estamos contemplando la aurora de nuestra salvación

Miqueas 5, 1-4a; Salmo 12; Mateo 1, 18-23

En este día 8 de septiembre celebra la Iglesia una festividad de la Virgen María, su Natividad, su nacimiento. ¿Cuál es el primer sentimiento que provoca el nacimiento de alguien? Hemos de reconocer que alegría; es la noticia llena de alegría que corre de boca en boca entre vecinos y familiares ante el nacimiento de un niño; todos sentimos palpitar en nuestro corazón la alegría de su nacimiento y pronto corremos a felicitarnos porque siempre es algo que sentimos como muy nuestro y a felicitar a sus padres.

En el paso de los años ese alegría se mantiene porque todos seguimos celebrando el aniversario del nacimiento y es fecha que nunca olvidamos. Una alegría en el nacimiento siempre llena de esperanza pero siempre atravesada por los interrogantes de lo que va a ser aquella criatura que comienza el recorrido del camino de su vida, queriendo siempre expresar los mejores deseos para que por nada se vea perturbada esa vida que comienza su camino.

Para nosotros, pues, también es un día grande de alegría en el nacimiento de María y tendríamos que decir muchas cosas. No podemos menos que hacer que sea un día de felicitación y de bendiciones queriendo, pues, felicitar a María en su cumpleaños. ‘Me felicitarán todas las generaciones’ proclamará en su cántico de alabanza al Señor cuando reconoce las maravillas que el Señor hace en la humildad de su esclava, cómo ella misma se siente en las manos del Señor. Y ahí se nos manifiesta la grandeza de María, reconociendo que el Señor ha realizado en ella maravillas - ¿y qué maravilla más grande que la de hacerla su madre? – sin embargo ella sigue sintiéndose siempre la pequeña, la humilde esclava del Señor.

¿No tenemos, pues, muchos motivos de alegría y de alabanza al Señor en el nacimiento de María? Su nacimiento es la aurora de la salvación, como proclamamos en la liturgia de este día. La aurora es ese momento en que sin aún ver al sol ya estamos alumbrándonos con su resplandor que traspasa los limites del horizonte. Así es María para nosotros porque nos anuncia la cercanía del Sol que nos viene de lo Alto porque de ella había de nacer quien fuera nuestra salvación.

Aquel pueblo que caminaba en tinieblas en la espera de la pronta venida del Mesías, en el actuar de Isabel con la visita de María a las montañas de Judea y en la reacción de la criatura que llevaba en su seno, el futuro precursor del Mesías, están recibiendo ya esos primeros resplandores de la salvación con la presencia de María, que venía a ser esa aurora que anuncia el nacimiento del Salvador.

Es la alegría de los cielos y es la alegría de Dios que en María se sintió complacido para fijarse en ella y hacerla su Madre. Es por lo que el ángel de la anunciación que encontró gracia ante Dios, ‘la llena de gracia’ la llama porque en ella de manera especial va a morar Dios cuando se encarne en sus entrañas. ¿No podríamos decir, entonces, que en el cielo también las campanas sonaban a gloria con el nacimiento de María? Es lo que ella luego va reconocer, cómo Dios se fijó en su pequeñez, porque son los pequeños y los humildes los más gratos a Dios, que rechaza la vanidad de los soberbios pero engrandece a los humildes.

Es la alegría de nuestro corazón que saborea la ternura de una madre, que como madre sabe caminar al lado de sus hijos, a quien nosotros como a una madre la vemos embellecida con todas las virtudes que hemos de copiar para nuestra vida, y como hijos que quieren seguir las huellas de la madre sentimos el calor de su mano maternal que nos sostiene en los momentos difíciles, que nos alienta y nos empuja para que sigamos adelante y para que aspiremos a cosas mejores, y como madre es también luz que nos ilumina el corazón para que son su reflejo sepamos llegar siempre a la luz de Jesús. En las advocaciones con que la celebramos este día unas veces la llamamos la Virgen y Madre de la luz, y otras veces la invocamos como Señora de los Remedios, por citar algunas de esas advocaciones de nuestra devoción, clara referencia a lo que venimos reflexionando.

Muchos motivos tenemos para celebrar la Natividad de María y con ella llenarnos de alegría, porque es Aurora de nuestra Salvación. Es el feliz cumpleaños de María en el que nos alegramos todos sus hijos y con ella queremos festejarlo.


sábado, 11 de octubre de 2025

Una alabanza que nos abre a entrar en otras orbitas y otros encuadres de nuestra vida cuando escuchamos y plantamos la palabra de Dios en nuestro corazón

 


Una alabanza que nos abre a entrar en otras orbitas y otros encuadres de nuestra vida cuando escuchamos y plantamos la palabra de Dios en nuestro corazón

Joel 4,12-21; Salmo 96; Lucas 11,27-28

Una alabanza siempre es agradable; no es que la busquemos, pero el reconocimiento de lo bueno siempre puede ser un estímulo. Puede ser una señal de gratitud por parte de aquellos que se sienten beneficiados con lo bueno que reciben; es de nobleza de corazón el reconocerlo. Pero sin que esos reconocimientos y homenajes se conviertan en una razón para que hagamos las cosas bien, una palabra agradable que reconozca lo bueno que se hace se puede convertir en un estimulo interior para seguir haciendo lo bueno. Claro que sabremos actuar rectamente y hasta con generosidad aunque no recibamos esos reconocimientos, sin que nos rindan homenajes y canten alabanzas en nuestro honor. El bien que hacemos es nuestra más honda satisfacción.

Pero no se trata solamente de la satisfacción y el estimulo que sentimos en nuestro interior cuando hablan bien de nosotros, sino que por una parte hemos de sentir eso mismo en las alabanzas que prodiguen a los demás por lo bueno que realizan, y lejos de nosotros ha de estar todo atisbo de envidia o de celos porque a ellos se lo reconocen aunque de nosotros no digan nada – necesitamos también muchas veces esa cura de humildad para evitar orgullos y vanaglorias propias – sino que cuando está en referencia a seres a quienes tenemos especial aprecio como puede ser incluso a nuestros familiares, nuestro gozo tendría que ser mucho más hondo.

Podría parece que todo esto que voy reflexionando se viene abajo en el breve pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. Podrían parecer cortantes las palabras de Jesús cuando alguien en medio de la multitud levanta su voz en alabanza a la propia madre de Jesús. Es una aclamación espontánea la que surge en medio de las gentes; también nosotros muchas veces nos lo decimos cuando nos encontramos con alguien que resalta por su bondad o por buen hacer, ‘¡qué orgullosa tiene que sentirse esa madre!’, pensamos nosotros. Es lo que viene a decir aquella mujer anónima en medio de la multitud. ‘¡Dichosos los pechos que te alimentaros y el vientre que te llevó!’, Dichosa la madre que te parió, diríamos nosotros en un lenguaje como más ordinario.

Pero Jesús quiere dirigir nuestros ojos a otra óptica. Está bien que miremos las cosas desde ese lado humano, y aquí rebosa humanidad el grito de aquella mujer, pero tenemos elevar nuestra mirada, tenemos que tener otra perspectiva. Bien sabemos cuando contemplamos un paisaje que depende del lugar desde donde miremos para apreciar diversos detalles, depende del encuadre que le hagamos y hasta el marco que ponemos alrededor para resaltar algo en lo que quizás no nos habíamos fijado; a mi me gusta cuando hago una fotografía, por ejemplo, a un paisaje encuadrar la imagen que quiero tomar en un marco, darle un primer plano que le de profundidad, o resaltar quizás una sombra que haga brillar de una forma distinta su colorido. Así tendríamos que aprender a mirar en la vida.

Jesús viene a ayudarnos a cambiar esas perspectivas, esos encuadres que hemos de hacer en la vida, esa forma de mirar las cosas y las personas, esa manera de leer los acontecimientos, para descubrir lo que de verdad nos quieren enseñar, para descubrir donde está el mensaje, para saber cual es el colorido que le hemos de dar a la vida. Es lo que significa la buena nueva del evangelio; por eso es buena nueva, por eso es siempre buena noticia para nosotros, por eso es la novedad que siempre ha de significar para nosotros la Palabra de Dios.

Es lo que con una simple frase como respuesta a la alabanza de aquella mujer dice Jesús y que no es quitarle valor a la alabanza que se hace de la madre de Jesús. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Escuchar la Palabra de Dios y plantarla en el corazón. Así, simplemente, alcanzaremos la dicha, nos dice Jesús. Es el filtro que hemos de ponerle a nuestra vida, es el cristal a través del cual hemos de mirar, es el color que tenemos que resaltar de la vida, es el encuadre que tenemos que hacer.

Desde la Palabra de Dios, escuchada y plantada en el corazón encontraremos para todo otro sentido, encontraremos la verdadera luz para nuestros ojos, descubriremos lo que es el verdadero valor de nuestra vida, se nos abrirán caminos de verdadera plenitud y felicidad. Pero tenemos que dejarnos sorprender por esa buena noticia que nos trae; como aquella mujer se sintió sorprendida por la presencia de Jesús y pensó en su madre, que para ella se convertía en un gozo y una felicidad de la que de alguna manera quería hacerse partícipe.

Es el camino que nosotros hemos de emprender, es donde encontraremos la verdadera alabanza para lo que luego vamos a hacer, es con lo que proclamaremos la gloria de Dios.

sábado, 14 de octubre de 2023

Vayamos más sensibles por la vida, no se nos amargue el corazón, seamos capaces de sintonizar y hacer que nos salga una palabra amable y un gesto de ternura

 


Vayamos más sensibles por la vida, no se nos amargue el corazón, seamos capaces de sintonizar y hacer que nos salga una palabra amable y un gesto de ternura

Joel 4,12-21; Sal 96; Lucas 11,27-28

Cuando intentamos caminar en la vida con las antenas de la sensibilidad abiertas es fácil que en aquellas situaciones en que nos encontremos y también en aquella cosas que contemplamos que le suceden a otras personas seamos capaces de sintonizar, de ponernos en su situación y en cierto modo sentir como propio el dolor o la alegría que puedan estar viviendo esas personas. Claro, como decíamos, tenemos que tener abiertas las antenas de la sensibilidad. Cosa que muchas veces hoy no es fácil, porque tenemos el peligro de insensibilizarnos, de no querer saber, de no querer sentir en nuestra carne lo que puedan estar pasando los demás.

Ponernos en el lugar de unos padres que han perdido un hijo en un accidente, por ejemplo; gozarnos con las alegrías y los triunfos de los demás; tratar de descubrir el por qué de un rostro sombrío del que no se escapa ni por equivocación una sonrisa; sentir como propio el sufrimiento, las penas por las que puedan estar pasando los demás. Son cosas que podemos hacer; son las lágrimas fáciles que vemos derramar a tantos cuando escuchan hablar del sufrimiento de los demás; son cosas, por demás, que algunas veces nos cuesta vivir porque en fin de cuentas no queremos sufrimientos ajenos, porque decimos que ya tenemos con los nuestros.

Es la sensibilidad del amor, pero de un amor que se hace profundo, que no se queda en superficialidades o en fervores de un momento. Es el camino que nos va enseñando Jesús que quiere que siempre tengamos los ojos abiertos para los demás. Y tener los ojos abiertos de esa manera no es mera curiosidad, sino que es esa sintonía que nace del alma y que nos llevará a sentirnos solidarios siempre y en todo con los demás.

Hoy escuchamos en el evangelio el gesto de una mujer que mientras escuchaba a Jesús y se entusiasmaba con su mensaje, comenzó a pensar en la madre, a ponerse en el lugar de la madre, a sentir el gozo y la satisfacción de la madre cuando ve los logros de su hijo. Por eso, parece que interrumpe todo con su grito, pero que es que no podía hacer otra cosa desde la emoción que sentía en su corazón. ‘Bendita la madre que lo crió’, viene a decir aquella mujer. Se estaba gozando con el gozo que ella sabía que tenía que sentir el corazón de María. Cómo son sensibles las mujeres para entrar en sintonía con el corazón de sus semejantes.

Aunque sabemos que el mensaje de este texto del evangelio no se acaba aquí, pues ahí están las palabras con las que replica Jesús, como ya tantas veces hemos comentado y precisamente estos últimos días, yo quisiera detenerme hoy en esta sensibilidad que hemos de saber despertar en nuestros corazones. Ya decíamos que tenemos la tentación de ir por la vida con ceño fruncido porque solo vamos pensando en nuestras particulares cosas y no queremos cargar con las de los demás.

Pero creo que puede ser un buen toque de atención para que despertemos las sintonías del alma. En fin de cuentas es responder al mensaje del evangelio que nos pone siempre en camino de amor. Ojalá fuéramos más sensibles de la vida, que no se nos amargue el corazón, que seamos capaces de sintonizar y hacer que nos salga una palabra amable, un gesto de ternura, y quitemos tanta acritud como contemplamos en la vida y nos dejamos también envolver.

María tenía esa sensibilidad; lo contemplamos en el evangelio; parte presurosa para la montaña porque se pone en el lugar de Isabel,  una mujer anciana que va a ser madre, y ella quiere estar a su lado en sus preocupaciones pero también en sus alegrías; mucho podríamos fijarnos en María. La que supo plantar la Palabra de Dios en su corazón para hacerla realidad en su vida. ‘Dichosos mas bien, diría Jesús como replica a aquella mujer anónima, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’. Que escuchemos hoy su mensaje y lo pongamos en práctica y brillemos por esa sensibilidad de nuestra vida.

jueves, 12 de octubre de 2023

Dichosos cuando nos dejamos envolver por la Palabra de Dios para que nuestra vida tenga un nuevo color, sabor y perfume que seamos capaces de contagiar a los demás

 


Dichosos cuando nos dejamos envolver por la Palabra de Dios para que nuestra vida tenga un nuevo color, sabor y perfume que seamos capaces de contagiar a los demás

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26;  Lucas 11, 27-28

Bienaventurados, dichosos, felices nos sentimos cuando las cosas nos marchan bien en la vida, cuando podemos disfrutar de tantas cosas bellas y agradables que la vida nos ofrece; y cuando pensamos en ello, no estamos precisamente en que nos veamos colmados de riquezas o de bienes materiales; pensamos más bien, cuando podemos sentir paz en el corazón, cuando reina la buena armonía con aquellos que nos rodean, cuando disfrutamos de la familia que nos rodea y nos arropa, o pensamos en la suerte de tener buenos amigos que nos van acompañando en el camino de la vida, en medio incluso de nuestras luchas, de nuestros momentos que no son tan fáciles, pero que tenemos esa suerte, por decirlo de alguna manera, de tener quienes nos acompañan, son un estímulo y un apoyo. No buscamos grandes cosas, pero nos sentimos dichosos, nos sentimos felices.

Todos ansiamos ser dichosos en la vida, soñamos con ello, lo buscamos, y de la misma manera lo deseamos para los demás. Disfrutamos también cuando vemos gente que vive feliz a nuestro alrededor; admiramos la dicha y la felicidad que puede vivir una madre rodeada de sus hijos; nos gozamos cuando vemos un matrimonio feliz, cuando contemplamos una familia unida, de alguna manera queremos nosotros también hacernos partícipes de su dicha y felicidad.

¿Sería algo así lo que pasaba por el corazón y la mente de aquella mujer anónima de la que nos habla el evangelio, que estaba disfrutando al escuchar a Jesús al llenarse su corazón de una esperanza nueva, y pensó en la dicha que podía sentir también en su corazón la madre de Jesús orgullosa de su Hijo y de lo que hacía?

Nos habla hoy el evangelio de esa mujer anónima que levanta su voz en grito en medio de la gente. ¡Viva la madre que te parió!, sería la forma en que traduciríamos sus palabras. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Una alabanza para María que viene a cumplir lo que ella misma proféticamente había anunciado en el cántico de alabanza a Dios cuando la visita a Isabel. ‘Dichosa me llamarán todas las generaciones’. Y es el primer grito, aunque ya Isabel la había llamado dichosa por su fe, porque había creído y todo lo que se le había anunciado se cumplirá, que tendrá su continuación a lo largo de los siglos en las alabanzas que todos dedicamos a la Madre, que todos dedicamos a María.

Pero algo más quiere decirnos Jesús aprovechando estas alabanzas. No enmienda Jesús la alabanza de aquella mujer, sino que vendrá como a darle un mayor sentido y profundidad. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Es también una alabanza para María, la que había plantado la Palabra de Dios en su corazón. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, había respondido al ángel.

Pero ha de ser el camino que nos haga verdaderamente dichosos a nosotros también. Dichosos y bienaventurados seremos si somos capaces también de escuchar la Palabra de Dios y plantarla en nuestro corazón. Dichosos nosotros cuando cumplimos la Palabra de Dios en nuestra vida. Dichosos nosotros si plantamos nuestra casa, plantamos nuestra vida sobre el cimiento firme de la Palabra de Dios. Dichosos nosotros cuando nos dejamos envolver por la Palabra de Dios para que toda nuestra vida tenga un nuevo color, un nuevo sabor, un nuevo perfume que seamos capaces de transmitirlo a los demás.

Hoy estamos celebrando una fiesta de María, la Virgen del Pilar. María se nos muestra así con la firmeza de la fe y del amor, su imagen apoya sobre un pilar que se hunde en la roca firme nos está señalando como toda nuestra vida tendrá siempre mantenerse firme apoyada en la Palabra de Dios.

Su imagen bendita, que nos habla de la tradición antigua de la fe anunciada por el Apóstol Santiago en nuestras tierras españolas, ha servido de soporte para mantenernos a lo largo de los siglos en la firmeza de esa fe, pero ha sido también la que nos ha lanzado por los caminos del mundo para ser misioneros de esa fe. Que María del Pilar nos siga manteniendo, sea luz en nuestro camino que a veces se nos hace oscuro, para que sigan resplandeciendo los valores del Evangelio y podamos seguir construyendo con ese ardor misionero el Reino de Dios en nuestro mundo.

Sintámonos dichosos porque tenemos a María como madre, sintámonos dichosos porque de ella aprendemos a escuchar el evangelio de Jesús.


martes, 15 de agosto de 2023

Seamos capaces de cantar el cántico de María reconociendo también cuantas maravillas Dios realiza en nosotros queriendo hacer también su mismo camino de Asunción

 


Seamos capaces de cantar el cántico de María reconociendo también cuantas maravillas Dios realiza en nosotros queriendo hacer también su mismo camino de Asunción

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Lo que llevamos en el corazón no lo podemos disimular, no lo podemos callar. Cuando nos encontramos con aquellos, en especial, que tienen cierta sintonía con nosotros, canta de inmediato el corazón y dejar fluir los más hermosos sentimientos, y de inmediato nuestra lengua se desata y seremos capaces de decir las más bellas palabras. 

Pueden ser hermosas experiencias que hayamos vivido, encuentros que han llegado de gozo el alma porque experimentamos lo que es la belleza de la vida, nos regocijamos en el amor y la amistad que se nos ofrece y se nos regala, nos sentimos elevados en nuestro espíritu porque descubrimos lo bello y lo grande que nos engrandece; experiencias cargadas de humanidad, experiencias que nos elevan a lo divino y sobrenatural, experiencias con las que nos sentimos transformados.

¿No sería algo así lo que Maria llevaba en su corazón y le hizo correr por los caminos de Palestina desde Nazaret hasta las montañas de Judea? Grande había sido la experiencia de Dios que había vivido en aquel momento que Dios se hizo presente en su vida con la visita del Ángel. Llena de Dios se había sentido María, poseída por el Espíritu llevaba en sus entrañas al Hijo del Altísimo que iba a ser nuestra vida y nuestra salvación.

El camino de Nazaret a las montañas de Judea se había llenado de los sones del cántico de María que ella iba entonando en su corazón. Cuando se encuentra con Isabel por la sintonía que de manera tan especial con ella sostenía las palabras comienzan a salir a borbotones del corazón por la boca de ambas mujeres, porque las dos tenían mucho que contar y cantar de las maravillas que Dios había realizado en ellas. Isabel también tenía mucho que agradecer a Dios que tales maravillas había realizado en ella cuando a sus años le había concedido el don de la maternidad; María sentía que el Señor había sido grande con ella  y en ella estaba realizando también obras maravillosas.

Comenzaba así un cántico que había de terminarse nunca, porque todos aquellos que reconocen las maravillas de Dios en su vida no pueden menos que tomar prestadas las palabras de Isabel y de María para cantar también de corazón al Señor. Pero es que ese cántico se ha convertido también en el cántico de la liberación, con el que todos los que sienten que el Señor le ha liberado de muchas ataduras cuando les ha regalado su gracia cantarán casi como un emblema y un signo de lo que ha de seguir siendo su camino ese mismo cántico de María.

María con su camino de Nazaret a las montañas de Judea a nosotros también nos pone en camino, con ella quiere llevarnos y elevarnos, y está convirtiéndose para nosotros en modelo de ese camino que nosotros también hemos de recorrer. Un camino de Ascensión, como fue el camino de Jesús, y un camino de Asunción como fue el camino de María, como hoy estamos celebrando. Hemos de saber dejarnos conducir como lo hizo María, pero que no es un camino de pasividad sino que tiene que convertirse para nosotros en un camino muy positivo, muy activo. 

Dejamos actuar a Dios en nuestra vida, pero ponemos nuestra disponibilidad, ponemos la ofrenda de nuestro yo, ponemos nuestros esfuerzos de superación, ponemos toda esa lucha de liberación que a la manera de María hemos de saber ir realizando en nuestra vida.

Es el tiempo en que derribados del trono a los poderosos, ensalzaremos y levantaremos a los humildes porque en verdad queremos hacer un mundo nuevo, queremos hacer vivir una vida nueva a todos; es el tiempo de un nuevo compartir porque mientras los ricos se quedan encerrados en su propio vacío, sin embargo los humildes, los sencillos, los hambrientos se verán saciados porque el Señor en su bondad nos colma de bienes; es el tiempo de la misericordia y es el tiempo de la nueva ternura que florece con el perdón, es el tiempo en que hacemos desaparecer los orgullos y las prepotencias, es el tiempo en el que florece en el jardín de la vida la comprensión, la armonía y la paz porque todos nos sentimos valorados en lo que somos más que en lo que tenemos, porque todos nos sentirlos enriquecidos con el amor y la gracia del Señor, es el tiempo en que descubriremos cómo el Señor se revela en los pequeños y en los sencillos.

Es el camino que María nos está abriendo con su Asunción al cielo, que nos dice que es posible ese nuevo camino, que es posible esa Asunción en nuestra vida, que es posible que un día nosotros porque queremos mantener limpio el corazón podremos gozar de esa visión de Dios. 

Es lo que hoy estamos celebrando al celebrar la Asunción de María. Es a lo que nos sentimos invitados para caminar de mano de María que con nosotros, en nuestra tierra canaria, camina con nosotros como un faro de luz en su advocación de Candelaria. Que seamos capaces de cantar ese cántico de María reconociendo también cuantas maravillas el Señor realiza en nosotros.

miércoles, 31 de mayo de 2023

Salgamos y pongámonos en camino que hay una Buena Noticia que comunicar, un servicio que prestar, una nueva música de la que contagiar como hizo María

 


Salgamos y pongámonos en camino que hay una Buena Noticia que comunicar, un servicio que prestar, una nueva música de la que contagiar como hizo María

 Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

‘María se levantó y se puso en camino…’ nos dice el comienzo del evangelio hoy. ¿Para qué salimos y nos ponemos en camino cuando quizás estábamos cómodamente en casa y solo nos preocupábamos de atender nuestras necesidades o incluso nuestro descanso?

Normalmente es porque queremos comunicar algo, encontrarnos con al nuevo o encontrarnos con alguien, o también salimos y nos ponemos en camino si nos llega la noticia de una necesidad que podemos atender, un sufrimiento que podemos sanar o una lágrima que podamos consolar; tenemos una noticia que comunicar y pronto salimos al encuentro con el vecino, con el pariente, con la persona que encontremos para comunicarla; si es algo gozoso y de alegría con mayor prontitud lo queremos hacer, corremos a dar la noticia, y el gozo que llevamos en nuestro interior parece que pone alas en nuestros pies, como se suele decir, para ir volando.

Son las prisas de María. Es la noticia, la Buena Nueva que ha recibido ella, que Dios la ha elegido para ser madre, para ser su Madre, para ocupar un lugar muy importante en la historia de nuestra salvación. Las sorpresas del primer momento, las dudas ante lo que parece incomprensible por lo desconocido, la obediencia de fe que pone desde su disponibilidad, su amor y su entrega se transforman en canta agradecido a su Creador porque reconoce que en ella Dios se ha fijado, en ella Dios está haciendo cosas grandes, por medio de ella se va a derramar la misericordia de Dios sobre toda la humanidad.

Y eso María tiene que comunicarlo, compartirlo ¿con quien mejor y que mejor lo pueda entender que quien está sintiendo también en su corazón que Dios ha sido grande con ella y sobre ella también se ha derramado la misericordia del Señor? Por eso corre María a las montañas de Judá, no importa que esté lejos lo cual nos quiere decir también a nosotros cosas importantes. ¿A quienes somos enviados nosotros también para que salgamos y nos pongamos en camino?

Pero es que María ha recibido también otra buena noticia, su prima Isabel, a pesar de su vejez, también va a ser madre, porque Dios volvió también su rostro sobre ella concediéndole la gracia de la maternidad. María se pone en camino porque sabe donde necesitan su servicio. Es la actitud de María, es la disponibilidad siempre de María, es el camino en que María va siempre delante de nosotros señalándonos rumbos y caminos que hemos nosotros de recorrer.

Merece María la alabanza por su fe, porque cuanto de ella se ha dicho se cumplirá, pero es la alabanza implícita de lo que es el fruto de esa fe que le impide quedarse quieta, que la impulsa al camino del servicio porque es el amor el que mueve siempre su vida.

Es el gozo y la alegría que se desborda del corazón de María y va llenando de música los caminos y senderos de Palestina y que con su voz y su presencia inundará con su cántico de amor aquel hogar de la montaña de manera que el sonido de las palabras de saludo de María hará saltar de alegría el niño que Isabel lleva en sus entrañas. Es el primer encuentro entre el Precursor y Aquel para quien se preparaban los caminos y es como el estreno de nuevos encuentros, de nuevos sentidos de vida que con el Reino de Dios que llega irá transformando todos los corazones.

Es lo que hoy estamos contemplando en la finalización de este mes de Mayo, mes de María, y en esta fiesta de la Visitación de María a su prima Isabel.  Y estamos contemplando ese ponerse en camino de María. Y es una invitación a que no cerremos los ojos ni nuestros oídos y también seamos capaces de ponernos en camino. ¿No tenemos una Buena Noticia que comunicar y compartir con los demás desde esa fe que envuelve nuestra vida? ¿No será necesaria nuestra actitud y postura de servicio a los pies de la puerta de alguien? ¿No necesitaremos llevar una música nueva a ese mundo que nos rodea?

miércoles, 21 de diciembre de 2022

La visita de María a Isabel nos recuerda la visita de Dios hoy y aquí a nosotros, corramos los velos de desconfianza, abramos las puertas del amor, viene Dios

 


La visita de María a Isabel nos recuerda la visita de Dios hoy y aquí a nosotros, corramos los velos de desconfianza, abramos las puertas del amor, viene Dios

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45

Es un gozo abrir las puertas de nuestra casa para recibir a alguien que viene a visitarnos. Quien nos visita se dice honrado porque le abramos las puertas de nuestro hogar, pero decimos también que nos sentimos honrados cuando recibimos a alguien en nuestra casa. Hay visitas que pudieran ser sorpresa y puedan sorprendernos quizá, no lo esperábamos, nos sentimos privilegios con su elección, ponemos de nuestra parte lo mejor para ofrecer la mejor hospitalidad.

Visitas que son como una corriente de aire fresco que nos traen alegría y que despiertan en nosotros los mejores sentimientos; son un regalo para nosotros, de alguna manera nos despiertan a la vida, nos ponen a prueba nuestro amor y nuestra capacidad de acogida, hacen brotar en nosotros las mejores flores, el mejor perfume, los valores mas preciosos para quien llega a nosotros. Hay un hermoso intercambio, corrientes de aire fresco, perfume que todo lo suaviza y hace todo lo más agradable posible.

Una suave brisa llegada de las montañas y valles de Galilea llegó aquella mañana a las montañas de Judea haciendo surgir los mejores perfumes y los mejores cánticos de alabanza. Llegaba María, y bien sabemos quien iba en el seno de María, a visitar a su prima Isabel tras los anuncios celestiales que habían envuelto ambas casas.

Se despertaba la vida y se despertaba el amor, torrentes de cielo inundaban aquel hogar en el que también reinaba Dios, surgen los cánticos de alegría y alabanza, y hasta la criatura que Isabel llevaba en su seno rebosa de gozo saltado de alegría en el seno de su madre, llenándose también del Espíritu según se escuchaban las palabras de saludo de María.

Sorprendida Isabel con la visita de su prima venida desde la lejana Galilea se deja conducir por el Espíritu de Dios para reconocer que quien venía a visitarla no era solo su prima sino que con ella venía Dios, porque ella era la Madre del Señor. Un primer reconocimiento de la grandeza de María que humilde se siente sobrepasada por cuantos acontecimientos en ella se estaban produciendo estos días desde la visita del Ángel en Nazaret. Y María es dichosa en su fe y por su fe, como lo reconoce Isabel, porque cuando le ha dicho el Señor se cumplirá. Aquella era la visita de Dios, como más tarde reconocerá también Zacarías, porque el Dios bendito ha venido a visitar a su pueblo.

Es lo que vamos a tener muy presente en este día cuando ya está inmediata la Navidad porque también nosotros vamos a recibir la visita de Dios. Aquellos sentimientos, aquellas nuevas actitudes, aquella sorpresa que se convertirá en reconocimiento y en alabanza aquella mañana en aquella ciudad de la montaña de Judea, son de los que nosotros tenemos que llenarnos para vivir con intensidad esa visita de Dios en el hoy de nuestra vida y de nuestra historia que tiene que significar la navidad que vamos a celebrar.

Dios viene a nosotros, lo reconoceremos en el Niño recostado entre pajas que contemplaremos en Belén, pero Dios viene a nosotros y tenemos que saber descubrir las señales de su presencia en el hoy de nuestra vida.

Es la visita de Dios hoy a nosotros, está tocando a nuestra puerta, a la puerta de nuestro corazón; nos cuesta reconocerle en quien pasa a nuestro lado, llega a nuestra puerta, o nos está tendiendo la mano de alguna manera en la petición, en la súplica, en las palabras, en la mirada, en los gestos de esos con los que nos vamos encontrando todos los días. Descubramos esa visita de Dios; quitemos los velos de nuestros ojos de nuestros prejuicios, de nuestras desconfianzas o de nuestros miedos a abrir la puerta.

No podemos dejar que Dios en su visita pase de largo.

miércoles, 12 de octubre de 2022

Esta fiesta del Pilar es el regalo que desde nuestra fe queremos hacer a toda la humanidad, ese pilar de María que es anuncio de Evangelio

 


Esta fiesta del Pilar es el regalo que desde nuestra fe queremos hacer a toda la humanidad, ese pilar de María que es anuncio de Evangelio

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11, 27-28

‘Me felicitarán todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes en mi’, había proclamado proféticamente María en el cántico en la visita a su prima Isabel en la montaña. Ya Isabel la había llamado dichosa por su fe, porque había creído y todo lo anunciado para ella tendría su realización.

Hoy contemplamos ya en el evangelio que será una mujer anónima la que entre la multitud proclame en un cántico de alabanza a la que es la madre del Señor. ‘Dichosos los pechos que te amamantaron y el vientre que te llevó’, proclamaría aquella mujer dando comienzo a ese cántico ininterrumpido de alabanzas a María que se prolongaría por todas las generaciones y a través de todos los tiempos.

Hoy estamos celebrando una de esas fiestas a María que tiene tradición de siglos y nos manifiesta también tradiciones milenarias que nos hablan de la presencia de Maria en la evangelización de nuestra tierra. Será algo que de una forma o de otra se repetirá a lo largo de la historia. Hoy las tradiciones nos hablan de esa presencia milagrosa de María junto al apóstol Santiago en los momentos de la primera evangelización de nuestra tierra.

No es necesario que queramos reducirlo a hechos históricos, sino que hemos de saber contemplar la historia de una tradición, pero que es la historia del amor del pueblo cristiano a María y de la presencia que siempre María ha tenido haciéndose presente en la vida y en la historia de la Iglesia y que nos ha servido de ariete y de estímulo en la tarea de la evangelización.

Las tradiciones de tantos lugares que nos hablan de una presencia milagrosa de la Virgen en el encuentro con su sagrada imagen de ello nos están hablando, siendo de alguna manera siempre María la primera misionera que de formas extraordinarias y milagrosas se hace presente en esos caminos de evangelización. Esas apariciones de la Virgen, como el pueblo cristiano en su sencillez quiere expresarlo, no viene a ser otra cosa que un signo de esa tarea de evangelización, de anuncio del Evangelio.

Y María, la que estuvo presente en aquella iglesia naciente, en el cenáculo, en la espera de la venida del Espíritu Santo, así se manifiesta, así está presente en la Iglesia, así nos ayuda en esa tarea de la evangelización. Muchas veces esa imagen de la Virgen sigue siendo el único eslabón entre la religiosidad del pueblo llano y sencillo con el Señor nuestro Dios. Por María siempre podremos ir hasta Jesús, porque María siempre nos señalará el camino de Jesús, el camino del Evangelio cuando a nosotros nos diga también que hagamos lo que El nos dice.

Hoy celebramos a la Virgen del Pilar, tan enraizada en la devoción del pueblo cristiano español y posteriormente de aquellas naciones y países, sobre todo de América, donde España tuvo la misión especial de llevar el Evangelio. La Virgen del Pilar, cuya imagen vemos sobre un pilar, sobre un pedestal bien anclado en la tierra, y de ahí su nombre, viene a ser así ese pilar que nos ayuda a mantenernos firmes y fortalecidos en la fe.

Pilar bien anclado en nuestra tierra como lo es esa devoción a María, pero bien anclado sobre todo en el evangelio de Jesús que nos pretende mostrar. Llega así ese torrente de vida y de gracia a través de María, significada de esa manera en ese pilar, para alimentar nuestra fe, para fortalecernos en nuestra fe, para no dejarnos vencen por tantos embates contra nuestra fe que hoy, como en todos los tiempos, estamos recibiendo.

Necesitamos esa fortaleza de nuestra fe para seguirla proclamando con valentía en medio de nuestro mundo. Con María del Pilar así nos sentimos fortalecidos; nos arracimamos en torno a su pilar para mantenernos unidos; salimos al mundo con ese estandarte de ese pilar de María que siempre veremos coronado de la Cruz de Cristo. Como en algún momento de la historia se reveló, con ese signo vencerás.

Hoy nosotros, en esta fiesta del Pilar, nos unimos a todas esas generaciones que a través de la historia han cantado alabanzas en honor de María, seguiremos proclamándola dichosa y bienaventurada porque reconocemos la obras grandes que en ella realizó el Señor y por ella sigue realizando para toda la humanidad. Es el regalo que con nuestra fe queremos hacer también a toda la humanidad, ese pilar de María que es anuncio de Evangelio.

 

sábado, 8 de octubre de 2022

Una alabanza a María que se convierte en un camino para escuchar, para saborear, y para hacer vida en nosotros la Palabra de Dios

 


Una alabanza a María que se convierte en un camino para escuchar, para saborear, y para hacer vida en nosotros la Palabra de Dios

Gálatas 3, 22-29; Sal 104; Lucas 11, 27-28

El que escucha, saborea; y el que saborea, sabrá sacar no solo todo el sabor sino también todos los nutrientes que hayamos asimilado.

Donde quiera que estemos llegarán multitud de sonidos variados a nuestros oídos, pero habrá que escuchar, habrá que detenerse para distinguir y para saborear esos sonidos; estamos en el campo o en la montaña, una variedad de sonidos nos envuelve aunque nos parezca estar en silencio, lo suave brisa que mece las ramas de los árboles, el sonido que nos llega lejano de cosas que suceden a nuestro alrededor, el trinar de los pajarillos o el volar de un insecto que salta de planta en planta en nuestro entorno; al principio no los distinguiremos, pero si prestamos atención podremos ir escuchando cada uno de esos sonidos y entonces podremos saborearlos, alegrarnos con el trino de los pajarillos, u observar esa abeja que va libando de flor en flor, disfrutaremos de los sonidos, los estamos escuchando, estamos saboreando la belleza de lo que nos rodea que no solo nos entra por los ojos sino por todos los sentidos. Qué bello es escuchar, aunque no siempre prestamos atención, pero cuando lo hacemos estaremos recibiendo una riqueza grande en nuestro interior.

Pero no nos estamos haciendo estas consideraciones para aprender a escuchar la naturaleza, aunque también tendríamos que hacerlo. Hoy se nos habla de escucha, y algunas veces no le damos la importancia suficiente y necesaria a esta palabra. Pasamos de largo por ella sin disfrutarla de verdad.

La ocasión nos la ofrece el que de entre la gente que entusiasmada escucha a Jesús una mujer, de quien no sabemos su nombre, prorrumpe en una alabanza a la madre de Jesús. ¡Dichosa madre!, dice aquella mujer expresando el orgullo que tendría que sentir María, la madre de Jesús, por tal hijo. Lo escuchamos muchas veces en la vida; contemplamos a alguien que vale mucho, que está realizando grandes cosas, y pensamos en la madre, lo orgullosa que tendría que sentirse de su hijo. Por eso aquella mujer grita a pleno pulmón entre la gente. ¡Dichosa la madre que te parió!, dicho con lenguaje cercano y popular saltándonos todos los miramientos. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’.

Pero Jesús tiene una réplica que hacer. No es que no acepte esa alabanza a su madre, pero quiere decirnos algo más, en lo que su madre también es orgullo para nosotros, es para nosotros modelo y ejemplo. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.  Es que alguien también puede ser bienaventurado como Madre, alguien puede ser también dichoso como María. Y será hacer lo que ella hizo.

‘Los que escuchan y cumplen’. No era cuestión solo de oír, muchos estaban también aquel día oyendo las enseñanzas de Jesús, pero El quiere que hagamos algo más, que escuchemos.

Escuchar, prestar atención, saborear. Porque tiene su jugo, porque es algo que nos alimenta, porque es algo del que tenemos que sacarle todos los nutrientes. Tenemos que saborear, porque el que saborea le coge gusto, se llena de su sabor, está asimilando ya desde lo más profundo, está haciéndola vida propia, está plantándola en su corazón, está llevándola a la vida. Es lo que tenemos que hacer, es lo que tenemos que vivir. Así se hará vida en nosotros.

María lo hizo, porque eso será capaz de decir que allí está humilde como una esclava en las manos de su Señor, para que en ella se cumpla lo que es esa Palabra del Señor. Estas palabras de Jesús son también una alabanza a la Madre, una alabanza a María, pero es también señalarnos un camino, una manera de escuchar, de saborear, de hacer vida en nuestra vida la Palabra de Dios.

domingo, 19 de diciembre de 2021

Una sintonía de fe y de esperanza con una comunión profunda en el amor se dio es el encuentro entre María e Isabel y ejemplo y estímulo para nosotros ante la cercana Navidad

 


Una sintonía de fe y de esperanza con una comunión profunda en el amor se dio es el encuentro entre María e Isabel y ejemplo y estímulo para nosotros ante la cercana Navidad

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 79; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45

¿Qué sucede en nuestros hogares, entre nuestros vecinos cuando acontece algo extraordinario o ha llegado una buena noticia? La persona que ha recibido una noticia de algo importante que le afecta muy directamente va corriendo al encuentro del familiar de más confianza, o la vecina más cercana con quien comparte sus cosas para contarle lo que le ha sucedido o de lo que se ha enterado. Lo bueno que nos produce una gran alegría no lo podemos tener guardado mucho tiempo; y es que lo bueno tiene que difundirse, la alegría no puede contenerse, lo que es grande e importante para uno no se puede tener callado mucho tiempo.

¿Por qué no pensar así en los acontecimientos que estos días nos está narrando el evangelio? ¿Por qué no pensar de manera semejante en lo que le ha sucedido a María que corre presurosa a la montaña de Judea para ir al encuentro de su prima Isabel? Aquella visita inesperada de María, venida desde la lejana Galilea – entonces no había teléfonos ni nuestras redes sociales de hoy para anunciar previamente la llegada – coge de sorpresa a Isabel pero bien sabemos que las personas con gran sensibilidad intuyen rápidamente si que previamente se lo digan lo que ha podido suceder. De ahí, pensando solamente humanamente, podemos entender la alegría de Isabel y cómo pronto su voz se convierte en alabanzas para María, pero también para Dios en quien una mujer creyente como Isabel sabe descubrir detrás de todo cuanto sucede.

Estamos hablando quizá en principio solo desde unas sintonías humanas, pero sabemos que en el corazón de aquellas mujeres había mucho más. Era la mujer creyente que ya en ella había experimentado la misericordia del Señor que le había concedido el don de la maternidad en una edad tan prolongada como ella tenía, y por eso mejor podía tener la intuición, podríamos decir, pero mejor decir la revelación que Dios estaba haciendo en su corazón del misterio que ante ella se estaba manifestando. Dios también se había manifestado misericordioso con ella – así lo manifestaban incluso los vecinos al enterarse de la maternidad que se estaba gestando en la anciana Isabel - y no podía ser menos que hubiera una sintonía especial de Dios en su corazón.


Entendemos así las palabras de Isabel en su encuentro con María. ‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Es el reconocimiento por parte de Isabel del misterio de Dios que se está realizando en María. Por eso exclamará con toda la fuerza de su corazón la alabanza a María y la alabanza a Dios. ‘¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!’ Es bendecida María, pero se reconoce que el fruto de las entrañas de María merece también toda alabanza y toda bendición. 

Maravillas se estaban realizando porque también el fruto de sus entrañas era santificado con la presencia de María que era en este caso presencia especial de Dios. ‘Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Siempre hemos visto en este momento como una especial consagración de Juan el Bautista para la especial misión que había de realizar. Era el elegido del Señor para ser el profeta del Altísimo, y la misión que había de desempeñar posteriormente allá en el desierto de Judea se adelanta de alguna manera cuando desde el seno de su madre está sintiendo la presencia de aquel cuya venida había de anunciar y cuyos caminos había de preparar.

Y si hemos venido hablando de una mujer creyente en referencia a Isabel será ahora ella la que proclame y bendiga la fe de María. ‘Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá’. De nadie mejor podría salir esta alabanza que de una mujer profundamente creyente que estaba experimentando en si misma el amor y la misericordia del Señor. Es como la primera bienaventuranza que nos aparecerá en el evangelio y está dirigida a María, la mujer creyente, la mujer que se puso en la manos de Dios, la mujer que se sentía inundada por la presencia y la gracia de Dios – así la saludó el ángel -, la mujer que escuchó la voz de Dios en su corazón y se dejó guiar por Dios para sentirse pequeña aunque reconociese que el Señor estaba obrando cosas maravillosas en ella pero que no era sino la humilde esclava del Señor para que se cumpliera en ella la Palabra de Dios anunciada por el ángel.

Un hermoso recorrido que se nos ofrece en este último domingo de Adviento en la cercanía ya de la celebración de la Navidad. ¿Seremos capaces nosotros también de ir corriendo al encuentro con los demás para recordar cuál es el verdadero misterio que estos días celebramos? Que no son unas fiestas más, como cualquier fiesta que por cualquier motivo celebremos en cualquier otro momento. Celebraremos Navidad, celebramos el misterio inmenso y maravilloso de que Dios ha querido hacerse hombre encarnándose en el seno de María para ser en verdad Dios con nosotros.

No digamos solamente felices fiestas, digamos con todo el sentido y profundidad ‘Feliz Navidad’, porque eso es lo que verdaderamente estaremos celebrando. Un acontecimiento para toda la humanidad, la historia de nuestro mundo se ha dividido desde entonces en desde antes del nacimiento de Cristo y después del nacimiento de Cristo. No pretendamos corregir la historia, como tantos ahora quieren hacer en muchos acontecimientos históricos. A nadie ofendemos con esta proclamación, pero para todos es una inmensa alegría que nosotros podamos anunciarlo y no queremos privar a nadie de esa felicidad.

Aprendamos a tener la sintonía de la fe, para abrirnos a Dios y sentir el misterio de Dios que en nosotros también se realiza, pero también para que en esa sintonía de la fe seamos capaces de comunicarnos los unos con los otros. Nos decimos creyentes y cristianos y estamos los unos junto a los otros tantas veces y parece como si no hubiera ninguna sintonía entre nosotros, porque no nos comunicamos en verdad lo que llevamos dentro de nosotros. Qué maravilla de diálogo se nos ofrece hoy entre aquellas dos mujeres creyentes, María e Isabel; sin comunicarse se estaban comunicando lo que más hondo llevaban dentro de sí mismas. Seamos capaces de tener entre nosotros esa hermosa comunicación de la fe, esa sintonía de la esperanza y esa comunión del amor.

sábado, 9 de octubre de 2021

Que lleguemos a sentir dentro de nosotros el orgullo y la alegría de que nos digan que nos parecemos a la Madre porque escuchamos la Palabra y la plantamos en el corazón

 


Que lleguemos a sentir dentro de nosotros el orgullo y la alegría de que nos digan que nos parecemos a la Madre porque escuchamos la Palabra y la plantamos en el corazón

Joel 4,12-21; Sal 96; Lucas 11,27-28

Cómo se siente de regocijada una madre cuando escucha buenos rumores del hijo de sus entrañas, porque no hay orgullo más grande para una madre que ver el crecimiento y la maduración de los hijos, ver cómo se hacen hombres de provecho – en frase muy popular que antes escuchábamos en los consejos de una madre, pero también escuchar quizá cómo aquel hijo se parece con su madre.

Por eso cuando una madre ve también el crecimiento de alguien, las buenas sensaciones que da su vida, aunque no sea un hijo propio, esa manera de actuar madura y sabia que le hace ser quizá un buen modelo para los demás por su integridad, por sus sabias palabras, por su buen corazón, ella se siente regocijada también y piensa en tal madre que parió a tal hijo. Eso era lo que sentía en su corazón aquella mujer anónima en medio de la multitud que escuchaba a Jesús y que contemplaba los signos que realizaba para gritar en medio de todos esa alabanza para la madre que crió tal  hijo. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, no pudo menos que exclamar porque de alguna manera se sentía enamorada, cautivada por las palabras y las obras de Jesús. Qué menos podía hacer que alabar y ensalzar a la madre que dio tal hijo.

Aunque Jesús, como veremos, le dará una vuelta a las palabras de aquella mujer, esa espontaneidad y ese entusiasmo que mostró aquella mujer, aquel asombro que sentía en su corazón escuchando a Jesús también tendría que hacernos pensar. Era, sí, una palabra oportuna de alabanza; era un abrir su corazón para expresar el asombro y la alegría que sentía cuando escuchaba a Jesús, era un reconocer esa cadena de cosas buenas que ahora desembocaban en Jesús como tienen que desembocar en nosotros. Algunas veces sentimos cosas buenas en nuestro corazón y nos las guardamos para nosotros mismos; algunas veces podemos sentir el deseo de alabar a alguien por algo bueno que está haciendo o se está manifestando en su vida y con nuestros respetos humanos que nos llenan de cobardías nos lo guardamos para nosotros.

Sepamos, sí, sintonizar con lo bueno, sepamos dejar que salga espontánea de nuestro corazón esa palabra de alabanza y de felicitación, sepamos también descubrir el fondo que aprendido de la familia pueden tener muchas manifestaciones de cosas buenas, sepamos reconocer lo que de herencia de los recibido de nuestros mayores ahora reflejamos en esas actitudes buenas que haya en nuestra vida. Creo que son importantes también estos aspectos.

Ya decíamos que Jesús le da la vuelta a estas palabras de alabanza de esta anónima mujer, pero no porque no sepa o quiera reconocer lo que de su madre ha recibido y la alabanza que se merece su madre, sino porque quiere ahondar en algo que tiene que ser verdaderamente importante para nosotros y de lo que María también es ejemplo y modelo para nosotros. ‘Mejor, dirá Jesús, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.

Es dichosa, sí, María por ser la madre del Señor. Proféticamente en el cántico del Magnificat ella había proclamado que la llamarían dichosas todas las generaciones. Nos gozamos nosotros en que es la Madre Dios que es también nuestra madre, pero contemplamos en María la mujer que supo plantar en su corazón, como tierra buena y preparada, la Palabra de Dios, porque ella así se sentía la esclava del Señor y todo lo más que quería es escuchar la Palabra y que la Palabra tuviera cumplimiento en ella.

La alabanza de Jesús para todos aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen es también alabanza para María, es alabanza para su madre. ¿Mereceremos nosotros esa alabanza? ¿Podremos sentir dentro de nosotros el orgullo y el gozo de que nos digan que nos parecemos a la madre, de que nos parecemos a María?

lunes, 12 de octubre de 2020

María en el signo de su Pilar nos ayuda a alcanzar la fortaleza de la fe, a mantener el vigor de la esperanza y con ella aprendemos a mantener para siempre la unidad en el amor

 


María en el signo de su Pilar nos ayuda a alcanzar la fortaleza de la fe, a mantener el vigor de la esperanza y con ella aprendemos a mantener para siempre la unidad en el amor

Hechos, 1, 12-14; Sal 26; Lucas, 11, 27-28

‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, fue el grito de aquella mujer anónima entre la multitud. No menciona el nombre de María, pero está hablando de la madre, la madre que lo llevó en su seno. Y es el grito de una mujer, ¿quién mejor que una mujer puede entender lo que es el amor de madre y lo que la madre deja reflejado en el hijo?

No se inicia aquí la cadena de alabanzas a María que a través de todos los tiempos todos los creyentes hemos proclamado en su honor; y digo no comienza aquí porque ya antes, Isabel, cuando la visitó María allá en su casa de la montaña, había proclamado otra bienaventuranza en honor de María. ‘Dichosa tú que has creído’, proclama entonces Isabel ‘porque todo lo que se te ha anunciado se cumplirá’.

Será María misma la que en su cántico de fe y de amor que proclamó allí en la montaña, precisamente en la casa de Isabel, la que anunciará proféticamente que todas las generaciones cantarían cánticos en su honor. ‘Me felicitarán todas las generaciones’, diría entonces María. Y es lo que ha venido haciéndose a través de todos los tiempos. Es el amor de aquellos que la recibieron como madre al pie de la cruz los que en cualquier tiempo y en cualquier lugar querrán decir las cosas más hermosas de la madre, las cosas más hermosas de María.

Hoy estamos celebrando precisamente una de esas fiestas de María con que el pueblo cristiano quiere honrarla. Fundamentada en una tradición que puede tener valores históricos o no – eso no es lo que ahora importa – nos recuerda la presencia de María junto a nuestro pueblo creyente, y en este caso nuestro pueblo español. Habla la tradición de la presencia del apóstol Santiago en nuestras hispanas para anunciar el evangelio y nos señala ese lugar junto al Ebro donde María se hizo presente junto al apóstol para alentarle en su tarea evangelizadora. Lo que importa ahora más allá del valor histórico de esa tradición es precisamente lo que la historia no ha ido mostrando, cómo Maria siempre ha estado a nuestro lado en la tarea del anuncio y de la vivencia del evangelio de su Hijo.

En los textos que se nos ofrecen hoy en la liturgia de este día se habla de la presencia de María junto al grupo de los discípulos que en oración en el Cenáculo esperaban el cumplimiento de la promesa de Jesús de que les enviaría el Espíritu Santo. Pues María sigue estando junto a la Iglesia orante, junto a la Iglesia que camina, junto a la Iglesia que sale al mundo a proclamar el evangelio, junto con la Iglesia que se recoge también en oración para mejor escuchar al Señor, para mejor escuchar su Palabra.

Es lo que tenemos que ver en la figura de María tan presente en la vida de la Iglesia. No es simplemente el talismán milagroso que nos va a librar de los peligros y del mal, sino que es la madre que acompaña y camina con sus hijos, que nos estará repitiendo continuamente ‘haced lo que El os diga’ para que nos impregnemos de su Palabra, para que la plantemos en nuestro corazón. Lo que hoy Jesús nos está diciendo como aparente réplica a las alabanzas de aquella mujer anónima es que si somos capaces de plantar como María la Palabra de Dios en nuestro corazón entonces seremos felices y dichosos, para nosotros será la bienaventuranza, seremos en verdad como la verdadera familia de Jesús, como en otro momento nos ha dicho ‘estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón’.

Hoy celebramos a la Virgen en esta advocación tan querida en España que así la tiene como su patrona aunque luego en cada lugar la llamemos con nuestro nombre particular, con nuestra advocación particular. Pero es hermosa toda la simbología de esta imagen del Pilar, porque ella nos ayuda a alcanzar esa fortaleza de nuestra fe, a mantener el vigor de nuestra esperanza porque en ella nos apoyamos, en su pilar, como ese bastón también para nuestro caminar, y así como los hijos se reúnen en torno a la madre aprendemos con ella a mantener para siempre esa unidad en el amor. Es el gozo de María vernos así en esa fortaleza y en esa esperanza unidos en su entorno, pero es también el gozo que sentimos con esa presencia permanente de María en nuestro caminar.

sábado, 12 de octubre de 2019

A María del Pilar invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza de su fe proclamamos el Evangelio



A María del Pilar invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza de su fe proclamamos el Evangelio

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28
Hoy es un día de bendiciones. Un día para sentirse bendecido y para bendecir. Hoy es una fiesta de María, la Madre del Señor. Hoy es el día de la Virgen del Pilar.
Con María bendecimos a Dios. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor’, cantaba María, bendiciendo a Dios que se había fijado en la pequeñez de quien se consideraba su sierva y la había hecho su Madre. Reconoce María las maravillas del Señor que realiza obras grandes y se vale de los humildes y los pequeños a los que de manera especial quiere manifestarse. Todo en María es un canto de alabanza al Señor; ella que plantó la Palabra de Dios en su corazón, la que sentía pequeña como la humilde esclava pero que siempre dejaba actuar a Dios en su vida, ‘hágase en mí según tu palabra’ cumpliendo así en todo la Palabra de Dios.
María que se siente bendecida por el Señor. Reconoce las maravillas que el Señor en ella realiza y siente así la bendición de Dios. Por eso replicará Jesús a aquella alabanza de la mujer anónima del Evangelio que prorrumpe en alabanzas a la Madre de Jesús, que más dichosos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen práctica. Es una alabanza y una bendición para María, la que mejor plantó en su corazón la Palabra de Dios.
No es extraño que María incluso en su humildad reconozca que va a ser bendecida y alabada por todas las generaciones. Es lo que seguimos nosotros haciendo. Cada fiesta de María es esa bendición para María, esa alabanza del pueblo cristiano que sabe reconocer a la figura de la Madre, la figura de María que es la Madre de Dios pero a quien nosotros sentimos como Madre. Por eso de mil maneras nosotros queremos cantar también las alabanzas a Maria uniéndonos a todas las generaciones, a todos los pueblos que a lo largo de los tiempos han querido cantar a María. Saldrán las mejores palabras y canciones de nuestros labios, pero quiere salir lo mejor de nosotros mismos, el amor de nuestro corazón para que nuestra vida se convierta también en una alabanza a María.
Claro que la mejor alabanza no son las palabras ni las canciones, sino la mejor alabanza es nuestra vida misma que se viste de María, de ella queremos copiar su amor, de ella queremos copiar todas sus virtudes, de ella queremos aprender a plantar también en nosotros la Palabra del Señor. Nuestra vida vestida de María, nuestra vida imitando a Maria es la alabanza que queremos cantar.
Nos sentimos bendecidos en María, en su presencia de Madre que siempre junto a nosotros ha estado y quiere estar. Esta fiesta que hoy celebramos, la fiesta del Pilar, eso nos está recordando. En piadosa tradición se nos está hablando cómo Maria quiso estar junto a nosotros desde los albores de la cristiandad. La tradición nos habla de la presencia de María que se manifiesta al apóstol que predica el evangelio en nuestra tierra. Y en el duro trabajo del evangelio María viene a ser fortaleza, un signo de ello es el Pilar que da título a esta advocación de María, porque ella va a ser a lo largo de los tiempos ese pilar de fortaleza en la fe.
Eso quiere significar ese Pilar sobre el que asienta sus pies la imagen de María. En ella queremos apoyarnos, porque ella del Señor nos alcanza la gracia que necesitamos, para mantenernos firmes en nuestra fe a pesar de los duros embates por los que podamos pasar. No es fácil seguir dando testimonio del Evangelio, pero apoyándonos en María podremos lograrlo.
A ella invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad y generosidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza del pilar de su fe queremos dar testimonio de nuestra fe y de lo que son los valores del Evangelio. Es un día de muchas bendiciones.