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jueves, 13 de agosto de 2026

Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

 


Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

Ezequiel 12, 1-12; Salmo 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

¿Nos creemos merecedores de todo? Una mala actitud del corazón que nos va a marcar posturas, planteamientos, formas de relación que aunque en principio en medio de nuestra vanidad nos hace creernos que somos mejores y que con nuestra manera de ver la vida somos los más felices, al final terminaremos en la peor de las soledades y en un vacío interior difícil de llenar. No habremos saboreado lo que es el verdadero amor, porque solo nos hemos mirado a nosotros mismos; no hemos sabido tener la humildad de lo que es reconocer nuestra propia vida tan llena de errores y fracasos porque siempre nos hemos creído en un pedestal; nos hemos rodeado quizás de quienes nos adulan buscando nuestros favores pero que pronto nos abandonarán también porque no podrán soportarnos. Nos convertimos en perdonavidas pero que no sabemos lo que es el auténtico perdón ni seremos capaces de ser compasivos con los demás.

Son las actitudes arrogantes y llenas de soberbia que tenemos que aprender a desmontar de nuestra vida; es aprender a reconocer nuestros propios errores y tropiezos para comenzar a ser comprensivos con los demás; es un camino nuevo que tenemos que aprender a recorrer sintiendo que nos necesitamos los unos de los otros, porque es bueno que tengamos una mano en quien apoyarnos cuando tenemos que atravesar tantos baches que podemos encontrar en la vida; es un nuevo colirio que hemos de poner en nuestros ojos para tener una mejor mirada luminosa que nos haga ver los gestos de amor y comprensión que nos puedan ofrecer los demás.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión que nos puede parecer un tanto cruda porque nos hace reconocer algunas sombras que podemos tener en nuestra vida? Es lo que quiero leer hoy en el evangelio; ha partido el texto de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces ha de perdonar a su hermano si le ofende; le parece a Pedro ya un número excesivamente grande lo de siete veces, pero Jesús le replicará que no siete veces sino setenta veces siete. ¿Se ve Pedro sorprendido porque ya quería dárselas de generoso? ¿Se habría quizás Pedro comenzado a subirse también en un pedestal porque también se creía mejor y más generoso que los demás?

Es lo que a nosotros con tanta facilidad nos sucede. Vemos con mucha prontitud los fallos o los defectos de los demás y no somos capaces de vernos a nosotros mismos. Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro momento de no querer estar quitando la mota del ojo ajeno mientras llevamos una viga en el nuestro.

Pero es que además cuando pensamos en ese perdón generoso que hemos de dar a los demás y tanto nos cuesta tendríamos que reconocer los errores que hemos cometido reiteradamente en la vida y cuántas veces hemos sido perdonados. Nos hemos quizás acostumbrado, cuando llegamos a hacerlo, a pedir una disculpa sin sentirlo demasiado y ya damos por sentado que el otro nos va a disculpar, pero no hemos terminado de saborear lo que es sentirnos perdonados.

Es importante este aspecto que algunas veces se nos pasa desapercibido, comprender lo que es sentirse perdonado y saborearlo. No tiene el otro, por así decirlo, obligación de perdonarnos porque realmente hemos sido nosotros los que hemos hecho mal o hemos ofendido, sin embargo en el que me perdona aparece la generosidad del amor, en fin de cuentas, es un regalo lo que me está ofreciendo al perdonarme. Y los regalos se agradecen, los regalos se valoran, los regalos se tienen en cuenta. Es lo que he de sentir cuando me siento perdonado y entonces mi mirada hacia el otro será distinta, porque será agradecida; mi mirada hacia los demás comenzará también a ser distinta porque voy a ofrecer la misma comprensión que han tenido conmigo.

Es lo que no supo hacer aquel criado de la parábola que había sido perdonado generosamente por su señor y sin embargo no fue capaz de actuar de la misma manera con su compañero de servicio por la minucia que le debía en comparación con todo lo que le habían perdonado a él. Hermosa lección la que nos da Jesús con la parábola que nos propone que hemos de leer mirándonos a nosotros mismos con las arrogancias que tantas veces vamos por la vida donde nos creemos, como decíamos al principio, merecedores de todo. Tenemos que hacer un cambio muy profundo en nuestro corazón, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos. Y todo porque nos sentimos amados y porque nos aman nos regalan el perdón, nos regala Dios su perdón.


jueves, 21 de mayo de 2026

Saboreemos el amor que Dios nos tiene cuando nos hace participes de su vida divina que es lo que nos va a mantener en una verdadera comunión

 


Saboreemos el amor que Dios nos tiene cuando nos hace participes de su vida divina que es lo que nos va a mantener en una verdadera comunión

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Salmo 15; Juan 17, 20-26

Meditando con serenidad y sin prisas estas palabras de Jesús que nos ofrece el evangelio nos damos cuenta de lo importante que era esa unidad que pedía para nosotros. Es insistente en sus peticiones, como insistentes tenemos que ser nosotros en nuestra reflexión para asimilar de la mejor manera posible estas palabras de Jesús.

Decimos muchas veces en nuestra rapidez de reacción, sí, ya sé lo que Jesús nos quiere decir, pero quizás sea nuestra interpretación, nuestra manera de ver las cosas que un poco se lo queremos aplicar a lo que nos dice Jesús. Esa unidad que está pidiendo Jesús para nosotros los que creemos en Él, y como nos dice de aquellos que creen en Él por lo que nosotros le hemos transmitido no es cualquier cosa. No es decir que más o menos nos pongamos de acuerdo en aquello en lo que ya coincidimos, pero seguramente incluso detrás de ese acuerdo quedan muchas lagunas, quedan muchas diferencias que no sabemos cómo aunar.

Y lo que está pidiendo Jesús para nosotros es que entre nosotros haya una comunión semejante a la que hay entre Él y el Padre. ‘Como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno’. Esa comunión del Hijo con el Padre es mucho más que ponerse de acuerdo en algunas cosas; esa comunión significa una misma vida, no unas vidas paralelas, porque es el amor el que los une, el que logra esa unidad. Como continúa diciéndonos ‘Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno…’ Decirnos que nos ha hecho participes de la gloria de Dios, que el Hijo tiene junto al Padre, es como decirnos que nos ha hecho partícipes de su vida. De ahí la unidad, la comunión de vida y de amor.

Es hermoso todo esto que estamos considerando, cuando pensamos que somos partícipes de la vida de Dios. Es lo que realmente Jesús nos ha ido enseñando a lo largo de todo el evangelio y que tenemos que rumiar hondamente en nosotros para que así lo hagamos nuestra vida. No es fácil, porque siempre en el corazón aparece el egoísmo y se desvirtúa todo amor. Somos muy débiles y muy humanos y nos aparecen nuestras apetencias y nuestras ambiciones, pronto comenzamos a marcar distancias, queremos tener lo nuestro y con ello queremos sobresalir, y comienzan a hacernos cosquillas las envidias y las desconfianzas.

Tenemos que cuidarnos muy bien, tenemos que estar bien enraizados en la vid para no ser sarmientos inútiles que se desperdicien. Porque no es solo la buena voluntad que nosotros podamos poner, los esfuerzos que nosotros realicemos que tenemos también que realizarlos, sino sentir la gracia de Dios que obra en nosotros, porque todo es un don de Dios con el que nosotros hemos de cooperar.

Fijémonos en la ternura del corazón de Cristo para con nosotros. Nos quiere tener junto a Él, que no nos dispediguemos, que siempre nos sintamos arropados por su amor. ‘Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo’. ¿Cómo correspondemos a esa ternura de Dios con nosotros? Tenemos que saborearla porque es saborear el amor de Dios. Y el amor no se queda en hacer cosas, el amor es para saborearlo. Si no fuera así pobre testimonio podríamos dar.


miércoles, 29 de abril de 2026

Aprendamos la sabiduría de Dios aprendamos a saborear la mansedumbre y la humildad, aprendamos a poner nuestro apoyo siempre en Dios

 


Aprendamos la sabiduría de Dios aprendamos a saborear la mansedumbre y la humildad, aprendamos a poner nuestro apoyo siempre en Dios

1 Juan 1, 5 — 2, 2; Salmo 102; Mateo 11, 25-30

¿Iremos nosotros de sabios y entendidos por el mundo? Es una primera pregunta – quizás después puedan surgir muchas más preguntas – que me hago al comenzar a reflexionar sobre el evangelio que hoy se nos ofrece. Quizás nos decimos que no como una primera reacción, pero reconozcamos que fácilmente, aun con máscaras de humildad, tenemos el peligro de ponernos en otras alturas a la hora de relacionarnos de los demás; nos es muy fácil considerar a los otros ignorantes mientras nos decimos que nosotros sí sabemos dar respuestas, nos hacemos comparaciones con los demás y al menor atisbo ya nos estamos subiendo a los pedestales de nuestro saber. 

Pero ¿qué será nuestro saber, en qué pensamos que está nuestra sabiduría? ¿Porque hayamos leído o estudiado más? ¿Porque quizás nos adornemos con unos títulos y llenemos nuestras paredes de diplomas? ¿Porque destaquemos en algo? La autosuficiencia no es camino de sabiduría, porque la verdadera sabiduría se cultiva en el silencio que nos hace reflexivos, que nos invita a rumiar lo que pensamos o los acontecimientos que nos suceden, que pone calma y serenidad en el corazón, que nunca avasalla porque siempre reconoce que le queda mucho que aprender.

Jesús nos está diciendo  hoy en el evangelio donde tenemos que buscar y encontrar esa verdadera sabiduría que va a dar verdadera paz a nuestro corazón. Jesús nos está hablando también de lo que está contemplando a su alrededor; son los sencillos y los humildes los que abren de verdad su corazón; en su pobreza no poseen cosas en las que apoyar su vida por eso comprenderán mejor el valor de las personas que les rodean, y aunque cojos que se apoyan en otros cojos saben valorar a la persona en sus valores más nobles, sienten la cercanía de los que con el mismo sufrimiento están también intentando hacer camino, saben escucharse mutuamente con sencillez porque con esa misma sencillez comparten lo que son como personas, también con sus dudas y sus problemas, con sus sufrimientos pero también con los momentos de paz, y así mutuamente se ayudan a caminar aprendiendo los unos de los otros. Son los que saben captar la sintonía de Dios.

Por eso hoy escuchamos a Jesús decir que da gracias al Padre que se ha rebelado no a los sabios y entendidos sino a los pequeños y a los pobres. Son  los que han encontrado la fuerza para su camino en Dios, son los que en verdad saborean las cosas de Dios y eso es sabiduría, saborear la verdad y la bondad, saborear interiormente la paz y lo que es el verdadero amor, por eso son dichosos los pobres de los que es el Reino de los cielos. Los sabios y entendidos ya les parece tener en qué apoyarse pero son los que finalmente se quedarán vacíos y sin nada, porque los poderosos serán derribados de los tronos y a los hambrientos los colma de bienes.

Por eso termina hoy diciéndonos Jesús que vayamos a El para en El disfrutar de la paz, una paz construida desde la mansedumbre y la humildad. No son los ricos ni los poderosos los que van a disfrutar de la paz, son muchos los agobios con que viven en la vida; algunas veces pensamos que agobios solo los padecen los que nada tienen y es cierto que tienen que luchar por una vida digna; son los que viven tras la fachada de la apariencia y del poder, sea cual sea, los que van a ir más preocupados por la vida para no perder lo que tienen, pero como piensan que solo en eso podrán alcanzar la felicidad no serán capaces de abrirse a otros valores, a otras cosas que les van a dar verdaderas satisfacciones a su vida, y se lo pierden.

Nos pide Jesús que aprendamos de El a vivir en esa mansedumbre y humildad y encontraremos, nos dice, nuestro descanso, encontraremos la verdadera paz del corazón. Podrán venir malos momentos, incomprensiones y desalientos, nos podremos encontrar con las guerrillas que forman en nuestro derredor, pero esa mansedumbre nos ha dado fortaleza interior, esa mansedumbre nos ha enseñado a reaccionar, esa humildad nos hará ser comprensivos y estar dispuestos a no dejar que nuestros corazones se dañen con rencores y resentimientos, a estar dispuestos también a perdonar. ¿Y puede haber algo más hermoso y satisfactorio que ofrecer un perdón generoso a quien ha querido dañarnos?

Es la sabiduría de los que saben llenarse de Dios.

martes, 10 de marzo de 2026

Aprendamos a saborear la misericordia de Dios que en su amor nos perdona, pero que de la misma manera seamos misericordiosos con los demás, muchas heridas que sanar

 


Aprendamos a saborear la misericordia de Dios que en su amor nos perdona, pero que de la misma manera seamos misericordiosos con los demás, muchas heridas que sanar

Daniel 3, 25. 34-43; Salmo 24; Mateo 18, 21-35

En nuestras relaciones sociales y en nuestras relaciones personales entre unos y otros hay algo que normalmente tenemos muy en cuenta es que si alguien ha actuado con generosidad con nosotros, porque nos ha liberado de algo, alguna deuda por ejemplo, o nos sacó en un apuro luego haya algo de lealtad en nuestra vida hacia esas personas y de alguna forma correspondamos; al menos evitaremos algo que les pudiera molestar o causar algún perjuicio porque de alguna forma les estamos agradecidos y no queremos olvidarlo.

Pero ¿sabremos valorar de igual manera la gracia y los beneficios que en la vida misma estamos recibiendo de Dios? Hay algo que tenemos que aprender a saborear, la misericordia que Dios tiene con nosotros cuando nos está ofreciendo continuamente su perdón. Pero algunas veces en nuestra manera de actuar es como si no lo hubiéramos saboreado debidamente. Es la ligereza con que vivimos nuestra vida y también nuestras relaciones con Dios.

Quizás nos damos cuenta de nuestros errores, porque ya incluso evitamos la palabra pecado, quizás los reconocemos y de alguna forma le pedimos perdón a Dios, pero ¿nos daremos cuenta lo que tiene que ver con todo esto el amor? No pensamos que nuestro pecado en fin de cuentas es una herida de amor, una herida al amor; nos ha faltado ese amor en nuestra vida y entra el pecado en nosotros, porque o hay un olvido de Dios, o perdemos la consideración que hemos de tener con los demás, y aparece el egoísmo, y el orgullo, y la falta de sinceridad, el mal que le hacemos a los demás, el trato injusto. Una herida al amor, como decíamos, y eso significa una ruptura con Dios y con lo que es hacer su voluntad. Y tenemos que llamarlo pecado.

Será desde ese amor cuando acudimos a Dios porque solo en el amor de Dios es donde podemos sanar esa herida de muerte en nosotros que es el pecado. Y como decíamos antes tenemos que aprender a saborear ese amor y esa misericordia de Dios que se nos manifiestan en su perdón.

Y esto es importante, porque eso tendrá también relación con los demás. Porque tenemos que entrar de nuevo en esa órbita del amor para una nueva relación con los demás, pero entrar en la órbita del amor significa entrar en una misma dinámica de misericordia como Dios ha tenido con nosotros. Y es de ese amor donde tiene que aparecer en nosotros esa capacidad de perdonar. Decimos que es difícil, pero ¿no será que no hemos terminado de entrar en esa dinámica de la misericordia? Desde esa ligereza con que andamos en la vida nos aparecerán todos esos límites que queremos poner para el perdón. Por eso las preguntas que nos hacemos tantas veces al estilo de la pregunta de Pedro  hoy en el evangelio.

Pero no solo tenemos el ejemplo de Jesús y podíamos pensar en muchos momentos, pero recordemos cómo desde la cruz está pidiendo perdón al Padre por aquellos que lo están crucificando; muchas veces al considerar esto quizás nos quedamos pensando en aquellos soldados que estaban cumpliendo unas órdenes que tenían que acatar. Pero, ¿quiénes eran realmente los que estaban crucificando a Jesús? Quienes lo habían entregado en manos de los gentiles, pensamos, y ya es admirable, pero y nosotros con nuestro pecado, ¿dónde nos quedamos?

Jesús  nos enseñó que en nuestra oración eso era algo que teníamos que tener también en cuenta. ¿Una petición nada más o una afirmación que hacemos de ese perdón que damos a los demás? ‘Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’, nos enseñó y decimos. Puede sonar a chantaje a la hora de pedir perdón a Dios, pero  ¿no tendría que ser compromiso por nuestra parte?

Ese tendría que ser un compromiso concreto de nuestra cuaresma, porque aún muchas heridas llevamos en el alma que tenemos que sanar.


sábado, 16 de noviembre de 2024

Ojalá aprendamos a saborear desde la primera palabra o desde el primer momento que hacemos oración porque estamos saboreando a Dios

 


Ojalá aprendamos a saborear desde la primera palabra o desde el primer momento que hacemos oración porque estamos saboreando a Dios

3Juan 5-8; Salmo 111; Lucas 18, 1-8

Mientras algunos tienen a gala el tener grandes amigos, poderosos e influyentes, a los que pueden acudir porque siempre estarán dispuestos a mover los hilos que sea para que nosotros logremos nuestras aspiraciones, o consigamos todo aquello que necesitamos, otros sin embargo andarán resabiados por la vida porque no estarán dispuestos a pedirle nada a nadie, o piensan que a determinadas personas nada le pedirán porque siempre les van a dar largas o el no por respuesta. ¿Qué confianza podemos tener para solicitar una ayuda o pedir algo perentorio que necesitamos? ¿Qué vamos a encontrar? Claro que por detrás también tenemos que pensar cuales son las respuestas que nosotros damos a quien nos pide. Algo muy complejo, que no lo podemos delimitar tan fácilmente. ¿Qué encontramos o qué ofrecemos?

¿Es verdad que necesitamos de esas influencias, o de esas instancias para ablandar el corazón de aquel a quien le pedimos? Claro que también tendríamos que pensar que nuestras mutuas relaciones no se reducen a un pedir o a un dar; alguna otra comunicación tendríamos que tener entre unos y otros, porque de lo contrario eso significaría que son muy pobres nuestras relaciones, que nos falta cordialidad y confianza, que nos falta cercanía para compartir que no solo son cosas sino algo más de nuestra vida.

¿No tendríamos que pensar en algo de todo esto en lo que es nuestra relación con Dios? Y es aquí donde tenemos que plantearnos qué son y cómo son nuestras oraciones. Es cierto que muchas veces parece que las convertimos solo en un reclamo o en pedir cosas. ¿No nos estará faltando esa comunicación que tiene que ser comunión en todo lo que es nuestra relación con Dios? Muchas veces también lo reducimos a algo formal, a lo ritual, y porque hacemos unos ritos, muchas veces mecánicamente, ya parece que lo hemos hecho todo, ya hemos hecho oración, pero quizá en lo hondo del corazón no hemos terminado de llegar a sentir esa presencia de Dios en nuestra vida. Qué pobreza entonces, tenemos que reconocer, en nuestra oración.

El evangelista nos dice que para enseñarnos Jesús cómo tenemos que ser perseverantes en nuestra oración nos propone una parábola. No dice solo perseverantes en nuestras peticiones, que también, sino perseverantes en la oración. Claro que el ejemplo nos habla de la viuda que pedía justicia a aquel juez que se portaba de manera injusta y no la escucha.

Pero me quiero quedar en unas palabras que pueden tener su significado para lo que estamos diciendo; aquella mujer quiere ser escuchada, aquel juez no la escucha, aunque al final terminará escuchándola. ¿No tendríamos que emplear esta expresión en lo que tiene que ser nuestra relación con Dios? Una escucha mutua, que de Dios tenemos garantizada, pero una escucha que nosotros también tenemos que saber hacer a lo que Dios nos dice o nos ofrece. Y escucha es ese querer entrar en comunicación, es llegar a esa comunión con Dios. Y no somos perseverantes, no es Dios el que se cansa de nuestras peticiones, sino que somos nosotros los que nos cansamos de escuchar a Dios, no nos ponemos en sintonía con Dios. Creo que es un aspecto muy importante que hemos de tener en cuenta.

Por eso nos dirá Jesús en otro momento cuando nos enseñe a orar que no tenemos que estar pensando en muchas cosas que tenemos que pedirle a Dios, que Dios conoce nuestras necesidades; como nos dice cuando nos enseña el padrenuestro como forma, que no fórmula, de oración nos dice que no necesitamos muchas palabras. Claro que nosotros lo hemos convertido en una fórmula que entonces nos parece que tenemos que repetir muchas veces para que Dios nos escuche. Ojalá aprendamos a saborear el padre nuestro desde la primera palabra de esa oración. Sí, digo saborear. Eso tiene que ser nuestra oración, saborear el que estamos con Dios.

martes, 20 de febrero de 2024

Nuestra oración, como nos enseñó Jesús, no puede ser otra cosa que disfrutar de la presencia y del amor de Dios que es nuestro Padre y nos ama

 


Nuestra oración, como nos enseñó Jesús, no puede ser otra cosa que disfrutar de la presencia y del amor de Dios que es nuestro Padre y nos ama

Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

Voy a comenzar preguntándonos, preguntándome para qué rezamos, por qué rezamos. Son tantas las necesidades, decimos, son tantas las cosas por las que tendríamos que pedir, y pensamos en nuestra salud, pensamos en la familia y en los amigos, pensamos en los problemas que tenemos, pensamos en el mundo en que vivimos donde vemos tantas cosas que no nos gustan y que quisiéramos que fueran mejor… y así seguimos haciéndonos una lista muy grande de las cosas por las que tenemos que rezar. Todo es pedir. Como si fuéramos al despacho de alguien muy poderoso en cuya mano está la solución de todas las cosas y llevamos nuestra instancia de peticiones.

¿Nos fijamos en que solo estamos pensando en pedir? Quizás nos ponemos un poco más espirituales y pedimos para que seamos buenos, o pedimos por la paz, o pedimos por aquellos que vemos en conflicto a nuestro lado para que las cosas se solucionen… y seguimos pidiendo y pidiendo.

Sí, ya sé que Jesús nos dice en el evangelio que pidamos y recibiremos, que llamemos y que se nos abrirá, que busquemos y que encontraremos, y nos insiste mucho en la constancia y perseverancia en nuestras peticiones, en nuestras oraciones.

Pero quería recoger algo que ahora mismo he recordado; nos decía que llamemos y se nos abrirá. ¿Para qué tocamos en una puerta y llamamos? ¿Porque queremos entrar y queremos estar? He aquí un aspecto muy importante de nuestra oración y que algunas veces olvidamos. Vamos a visitar a nuestra madre o a nuestro padre cuando ya nos hemos independizado y vivimos por nuestras propias casas y en nuestra propias cosas, porque queremos estar con ellos; y muchas veces simplemente es estar allí, en aquella casa que fue nuestra casa, allí donde están nuestros padres y nos sentamos a su lado, y hablamos y contamos como habrá momentos en que solo disfrutamos con el hecho de estar allí, de estar con ellos.

¿No tendría que ser algo así también nuestra oración? Estar, estar con el Señor que nos ama, que sabemos que nos ama, disfrutar de su presencia aunque estemos en silencio. ¿Nos habremos fijado bien en la manera de orar que Jesús nos enseño y que hoy nos trae el evangelio? Algunas veces porque nos la sabemos de memoria y la repetimos ya pensamos que tenemos hecha toda nuestra oración. Pero no lo hemos saboreado. Necesitamos saborear nuestra oración que es encuentro, que es estar en la presencia del Padre Dios que nos ama.

Lo que nos ha enseñado Jesús es como un saludo disfrutando de su amor cuando lo llamamos Padre pero para sentirnos a gusto estando con El, saboreando el encuentro porque estando con El nos sentimos llenos de su Espíritu. Estando con El nos sentimos santificados porque nos sentimos amados, estando con El nos gozamos porque queremos ser fieles y leales gozándonos en lo que El nos dice que tenemos que hacer, su voluntad, su reino que queremos vivir, que queremos realizar en nuestra vida.

Y para eso no hace falta decir muchas palabras, sino saborear mucho en el corazón. Estamos con El y nos gozamos de su presencia, hacemos silencio porque el amor se siente en silencio en el corazón.  ¿No te habrá sucedido alguna vez que llegaste a ese momento de oración y aunque te parecía que tenías tantas cosas que decir o que pedir, sin embargo te quedaste como transpuesto en silencio sin saber qué hacer o qué decir? Eso es oración.  Eso es hermosa oración.

Fijémonos que en la forma en que Jesús nos enseñó a orar, lo que hoy escuchamos en el evangelio, pocas son las cosas que pedimos y que vendrán en un segundo momento después de que hemos saboreado esa presencia del Señor. Es lo que luego surgirá de forma espontánea quizá porque nos sentimos en las manos providentes de Dios Padre. Y contamos, sí, con nuestras necesidades, el pan de cada día, y pedimos perdón y nos damos cuenta de que generosamente también nosotros tenemos que ofrecer perdón, y nos queremos ver liberados con la fuerza y la gracia del Señor de todo mal y de toda tentación. Pero es como una conclusión de todo aquello que antes habíamos disfrutado en la presencia del Señor. Después de estar así con el Señor tenemos la seguridad de que todo eso que necesitamos y mucho más nos va a dar Dios.

Para qué oramos, por qué rezamos, nos preguntábamos. Porque queremos entrar y estar, porque queremos disfrutar de la presencia y del amor de Dios.

jueves, 11 de mayo de 2023

Vayamos siempre por la vida con el corazón cantando de alegría y contagiaremos al mundo de nuestro amor para disipar las sombras que podrían llenarlo de oscuridad

 


Vayamos siempre por la vida con el corazón cantando de alegría y contagiaremos al mundo de nuestro amor para disipar las sombras que podrían llenarlo de oscuridad

Hechos 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11

Por favor, cambia esa cara, pon cara de alegría, nos habrá dicho alguien en alguna ocasión que íbamos por la calle con cara adusta, de seriedad, y dando incluso la expresión de amargura. Demasiadas caras tensas nos encontramos en nuestro caminar por la vida, aunque alguno quizás nos puede decir que sin con los tiempos que corren podemos poner de verdad cara de alegría. Y pensamos lo más pronto y lo más fácil en cómo sube la cesta de la compra, o escuchamos hablar de cambio climático que todo nos lo va cambiando y que a larga nos puede afectar en tantas cosas, y seguimos pensando en las guerras de las que todos los días nos dan noticias, y podemos seguir pensando en tantas y tantas según sea también la sensibilidad con que vivamos.

Pero nos pueden decir que no sabemos cómo están por dentro pasándolo mal, en tan diversas situaciones adversas con que podemos vernos afectados, desde problemas familiares, desde tensiones que podemos vivir con los que están cerca de nosotros, o en nuestro trabajo o en el circulo de amigos o vecinos, desde preocupaciones y sombras que todos llevamos dentro. ¿Podemos realmente poner cara de alegría? ¿O acaso solo ponemos cara por fuera mientras por dentro siguen las preocupaciones y las angustias?

Claro que queremos alegría y queremos ser felices. Todos lo deseamos y todos lo buscamos de alguna manera, aunque muchas veces pueda quedarse en una apariencia exterior. Suena la música y los cánticos muchas veces incluso de forma estridente y queremos dar apariencia de alegría y de felicidad. Vayamos por donde vayamos queremos llevar la música metida en nuestros oídos que hoy con los medios técnicos de que disponemos pudiera ser muy fácil hacerlo. Pero, ¿llevaremos esa alegría en el corazón? ¿Podremos encontrarla?

Tenemos que buscar lo que nos llene de verdadera alegría el corazón para que no se quede ni en ruidos ni en apariencias. ¿Será una tarea fácil? Hoy nos está hablando Jesús de encontrar esa alegría, de llenarnos de esa alegría. Y de alguna manera nos está diciendo que para eso El está con nosotros y que en El podremos encontrar los motivos más profundos para encontrar y para vivir esa alegría. Es un fruto de su Espíritu y es una característica fundamental del Reino de Dios que Jesús quiere para nosotros.

Vayamos simplemente a algo muy humano que fundamente y crea nuestras relaciones. Todos ansiamos sentirnos queridos. Son muchas las soledades que quiebran la paz de nuestros espíritus y nos hacen sentirnos como sin rumbo sin sentido en la vida. Y es importante el sentirse amados, empezando por los que tenemos más cerca. Qué clima más bonito se crea en una familia donde todos desde el más pequeño al mayor en todo momento se sienten amados por esos seres que tienen junto a sí.

Fijémonos en el rostro de un niño que se siente amado por sus padres y en ese caldo de cultivo va creciendo y va modelando su personalidad; lo veremos siempre con una sonrisa en su semblante, lo veremos con una mirada luminosa y limpia porque ha aprendido que desde ese amor que recibe está hecho para amar. Ahí sonará fuerte la risa porque siempre está sonando la música del amor. Qué terrible sería el momento en que llegara a gritar ‘tú no me quieres’, porque grande y terrible sería la ruptura interior que se produjera en su vida.

Lo hemos puesto como ejemplo para considerar entonces lo que Jesús nos está ofreciendo hoy en el evangelio. Nos habla Jesús de permanecer en su amor, pero es que antes nos ha hablado del amor del Padre y de su propio amor. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Y nos sigue diciendo cómo vamos a permanecer en su amor si guardamos los mandamientos.

Es el camino. Y empezamos por disfrutar del amor que Dios nos tiene que se nos manifiesta en Jesús, en su entrega por nosotros, porque nadie ha amado tanto como aquel que dio su vida por aquellos a los que amaba. Y esto no es cosa solo de saberlo sino de disfrutarlo, gustarlo allá en lo más íntimo y profundo de nosotros. Si así supiéramos disfrutarlo qué distinta sería nuestra vida. ¿Recordáis lo que hace un momento decíamos del niño que se siente amado y se siente feliz? No nos faltará alegría en el corazón.

Por eso termina diciéndonos que nos ha  hablado de esto para que su alegría esté en nosotros, y nuestra alegría llegue a plenitud. Cuando lleguemos a vivir una cosa así todo va a cambiar en nuestra vida, afrontaremos la vida, los problemas, las preocupaciones de una forma distinta; no nos faltará la esperanza, no perderemos la fuerza y la ilusión por hacer nuestro mundo mejor contagiando esa alegría, contagiando ese amor. Los problemas seguirán estando presentes, pero nuestra forma de afrontarlos será distinta; no perderemos la paz, iremos siempre con el corazón cantando de alegría y contagiaremos al mundo de nuestro amor. No solo vamos a poner cara de alegría sino que inundaremos nuestro mundo de felicidad.

 

lunes, 8 de mayo de 2023

Vayamos pues disfrutando de esa inmensidad del amor que Jesús nos ofrece, saboreando el amor, saboreando esa presencia de Dios que habita en nosotros

 


Vayamos pues disfrutando de esa inmensidad del amor que Jesús nos ofrece, saboreando el amor, saboreando esa presencia de Dios que habita en nosotros

Hechos 14, 5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26

Te amo, quiero estar contigo para siempre, quiero vivir contigo.  De forma romántica se podrá decir más bonito, pero de alguna manera es el proyecto de vida que se hacen, que tienen dos personas que se aman, dos enamorados. Y porque se aman habitan juntos, cohabitan es la palabra que solemos emplear; que es mucho más que estar juntos, porque de alguna manera viven el uno en otro, viven el uno para el otro, con todo lo que entraña la intimidad del amor.

Podríamos decir que es lo que nos está diciendo hoy Jesús. Le amamos y guardamos sus mandamientos. El que ama de verdad se da de tal manera que lo que busca es agradar al otro, hacer todo lo posible porque el otro sea feliz; no es solo buscar nuestra propia felicidad, que nos vendrá en consecuencia, sino que me doy de tal manera que con todo mi ser quiero hacer feliz al que amo. Cuando hemos buscado en algo que queremos llamar amor primero nuestra propia felicidad, ese tal llamado amor va demasiado cargado de egoísmo, de egocentrismo, que le falta lo importante para ser verdadero amor. Seré feliz cuando te vea feliz, y te veré feliz porque por mi parte pondré todo lo que sea necesario para agradarte y que lo seas.

Es lo que nos dice hoy Jesús. Me he quedado en esta reflexión casi en la primera frase. ‘El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama… Y el que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Aceptar sus mandamientos, buscar siempre lo que es la voluntad de Dios, guardar su Palabra, plantarla en nuestro corazón y nuestra vida. Así manifestamos nuestro amor. Pero así se va a manifestar en mí el amor de Dios que me llevará por caminos de plenitud y de felicidad. ‘Mi Padre lo amará’, vamos a ser regalados por el amor de Dios, y el regalo más hermoso es que Dios va a estar con nosotros. Dios se ha enamorado de nosotros, ‘vendremos a él y haremos morada en él’.

Maravilla del amor de Dios, porque no va a ser un amor desde fuera. Es que Dios va a venir a mí, hará morada en mí. ¿No decimos que por el bautismo nos convertimos en morada de Dios y templos de su Espíritu? Aquí lo tenemos. No es simplemente sentir que Dios está a nuestro lado – y sentiremos, es cierto, a Dios caminando a nuestro lado porque eso es lo que se manifiesta cuando se nos dice que se ha encarnado y habita con nosotros, sino vamos a sentir que Dios está dentro de nosotros, habitando en nosotros.

¿Qué decíamos que sienten los enamorados? En nombre de su amor, decíamos, quieren vivir juntos, con lo que quiere entrañar esta expresión. Ahora decimos que Dios se ha enamorado de nosotros y no solo quiere habitar a nuestro lado, sino que quiere habitar en nosotros.

Es todo un misterio de amor, que por muchas semejanzas que tenga con nuestro amor humano, sin embargo no llegamos siempre a captar en toda su profundidad. Por eso Jesús nos promete su Espíritu, que cuando El venga nos lo revelará todo, nos hará comprender todas las cosas.

Estamos ya acercándonos a Pentecostés y poco más que una larga novena de preparación nos va ofreciendo la liturgia en estos días que quedan donde iremos escuchando toda esa promesa del Espíritu que Jesús nos hace. Ahondemos nosotros en ello, vayamos abriendo nuestro corazón para dejarnos conducir por el Espíritu, que nos lo revelará todo, que nos hará comprender todas las cosas.

Vayamos pues disfrutando de esa inmensidad del amor que Jesús nos ofrece. Vayamos saboreando el amor, esa presencia de Dios que habita en nosotros.


viernes, 20 de enero de 2023

Descubramos lo que es la maravilla del amor que nos tiene para elegirnos de manera especial y aprendamos a gustar el estar con El saboreando la presencia de su amor

 


Descubramos lo que es la maravilla del amor que nos tiene para elegirnos de manera especial y aprendamos a gustar el estar con El saboreando la presencia de su amor

Hebreos 8,6-13; Sal 84; Marcos 3,13-19

Es cierto que cuando nos sentimos atraídos por una persona, nos agrada su manera de ser, sintonizamos de alguna manera con su pensamiento y con su ideales, no solo vemos en esa persona un modelo para nuestra vida, sino que además sentimos un deseo profundo de estar con esa persona, de no apartarnos de ella, se seguirle a donde quiera que vaya. Nace una comunión profunda en el corazón que en fin de cuentas son deseos y expresiones del amor.

Así iremos viendo en el evangelio que muchas gentes se sienten atraída por Jesús, quieren estar con El. En algún momento se nos dirá que por irse con Jesús muchos de ellos llevan hasta varios días sin comer. Jesús ha despertado en sus corazones, metas, ideales, sueños, esperanzas, deseos de algo mejor y que tienen la sensación que si no se apartan de Jesús podrán alcanzar todos esos sueños y esas metas. Muchos merodean alrededor de Jesús.

Pero en estos asuntos del Reino de Dios hay cosas que en cierto modo nos desconciertan porque parece que van a la contra de lo que uno buenamente desea, pero al tiempo nos encontraremos que los caminos de Jesús son bien distintos. No es cuestión solo de que quieran estar con Jesús; es necesario algo más y algo distinto, es necesario ser llamados por Jesús. Algo misterioso que en ocasiones se manifestará de una forma sencilla, pero quien siente la llamada en el corazón se siente al mismo tiempo sorprendido, porque se da cuenta de que hay una elección especial entre otros, que hay un amor especial. Vocación es llamada de amor, desde el amor y que solo podrá responderse queriendo vivir ese amor más profundo.

Hoy lo contemplamos en el evangelio. Son muchos ya los que están siguiendo a Jesús. Hablando de tácticas humanas, pero las divinas están muy por encima, podríamos decir que Jesús quiere ir formando su equipo. Pero bien sabemos que es algo más. Van a tener su misma misión, realizar su misma obra, tendrán que aprender a llenarse de Jesús.

Nos dice el evangelio que ‘Jesús subió al monte y llamó a los que El quiso’. Es bueno irse fijando en estos detalles, una llamada y que es solamente desde lo que es la voluntad del Señor. Y de entre todos ‘instituyó a Doce para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar – ya va saliendo el misterio de la misión – y para que tuvieran autoridad para expulsar demonios’.

El mal había de ser destruido para que reinara el amor, para que sea en verdad el Reino de Dios. Y Jesús va realizando signos de esa victoria sobre el mal. En el corto tramo del evangelio de Marcos que hemos ido escuchando, hemos visto ya a Jesús en dos ocasiones expulsando demonios, pero lo hemos visto trayéndonos el perdón. Ahora nos resalta el evangelista que los tuvo con él ‘para que tuvieran autoridad para expulsar demonios’.

La misión de la transformación de nuestro mundo que tenemos que realizar. Es nuestra tarea cuando queremos poner la paz, cuando queremos que reine el amor, cuando queremos que brille la justicia, cuando queremos un mundo de fraternidad para todos, cuando queremos construir el Reino de Dios. Son las señales que nosotros también hemos de dar.

La obra de Jesús y nuestra obra. A nosotros también nos llama, y lo hace por nuestro nombre, a nosotros también nos quiere con El. No es ya que nosotros queramos estar con El sino que quiere tenernos con El, a su lado. Es algo que tenemos que considerar muy bien; descubrir lo que es la maravilla del amor que nos tiene para elegirnos de manera especial. Aprendamos a gustar el estar con El; que no es solo que nos guste, sino que lo saboreemos, lo disfrutemos, porque será el camino para que nos mantengamos en fidelidad, aunque nos cueste en tantas ocasiones.

sábado, 8 de octubre de 2022

Una alabanza a María que se convierte en un camino para escuchar, para saborear, y para hacer vida en nosotros la Palabra de Dios

 


Una alabanza a María que se convierte en un camino para escuchar, para saborear, y para hacer vida en nosotros la Palabra de Dios

Gálatas 3, 22-29; Sal 104; Lucas 11, 27-28

El que escucha, saborea; y el que saborea, sabrá sacar no solo todo el sabor sino también todos los nutrientes que hayamos asimilado.

Donde quiera que estemos llegarán multitud de sonidos variados a nuestros oídos, pero habrá que escuchar, habrá que detenerse para distinguir y para saborear esos sonidos; estamos en el campo o en la montaña, una variedad de sonidos nos envuelve aunque nos parezca estar en silencio, lo suave brisa que mece las ramas de los árboles, el sonido que nos llega lejano de cosas que suceden a nuestro alrededor, el trinar de los pajarillos o el volar de un insecto que salta de planta en planta en nuestro entorno; al principio no los distinguiremos, pero si prestamos atención podremos ir escuchando cada uno de esos sonidos y entonces podremos saborearlos, alegrarnos con el trino de los pajarillos, u observar esa abeja que va libando de flor en flor, disfrutaremos de los sonidos, los estamos escuchando, estamos saboreando la belleza de lo que nos rodea que no solo nos entra por los ojos sino por todos los sentidos. Qué bello es escuchar, aunque no siempre prestamos atención, pero cuando lo hacemos estaremos recibiendo una riqueza grande en nuestro interior.

Pero no nos estamos haciendo estas consideraciones para aprender a escuchar la naturaleza, aunque también tendríamos que hacerlo. Hoy se nos habla de escucha, y algunas veces no le damos la importancia suficiente y necesaria a esta palabra. Pasamos de largo por ella sin disfrutarla de verdad.

La ocasión nos la ofrece el que de entre la gente que entusiasmada escucha a Jesús una mujer, de quien no sabemos su nombre, prorrumpe en una alabanza a la madre de Jesús. ¡Dichosa madre!, dice aquella mujer expresando el orgullo que tendría que sentir María, la madre de Jesús, por tal hijo. Lo escuchamos muchas veces en la vida; contemplamos a alguien que vale mucho, que está realizando grandes cosas, y pensamos en la madre, lo orgullosa que tendría que sentirse de su hijo. Por eso aquella mujer grita a pleno pulmón entre la gente. ¡Dichosa la madre que te parió!, dicho con lenguaje cercano y popular saltándonos todos los miramientos. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’.

Pero Jesús tiene una réplica que hacer. No es que no acepte esa alabanza a su madre, pero quiere decirnos algo más, en lo que su madre también es orgullo para nosotros, es para nosotros modelo y ejemplo. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.  Es que alguien también puede ser bienaventurado como Madre, alguien puede ser también dichoso como María. Y será hacer lo que ella hizo.

‘Los que escuchan y cumplen’. No era cuestión solo de oír, muchos estaban también aquel día oyendo las enseñanzas de Jesús, pero El quiere que hagamos algo más, que escuchemos.

Escuchar, prestar atención, saborear. Porque tiene su jugo, porque es algo que nos alimenta, porque es algo del que tenemos que sacarle todos los nutrientes. Tenemos que saborear, porque el que saborea le coge gusto, se llena de su sabor, está asimilando ya desde lo más profundo, está haciéndola vida propia, está plantándola en su corazón, está llevándola a la vida. Es lo que tenemos que hacer, es lo que tenemos que vivir. Así se hará vida en nosotros.

María lo hizo, porque eso será capaz de decir que allí está humilde como una esclava en las manos de su Señor, para que en ella se cumpla lo que es esa Palabra del Señor. Estas palabras de Jesús son también una alabanza a la Madre, una alabanza a María, pero es también señalarnos un camino, una manera de escuchar, de saborear, de hacer vida en nuestra vida la Palabra de Dios.

jueves, 16 de junio de 2022

Cuando hay amor de verdad en nosotros porque nos sentimos enamorados buscamos ansiosos la manera de estar con quien amamos, disfrutemos así de la oración

 


Cuando hay amor de verdad en nosotros porque nos sentimos enamorados buscamos ansiosos la manera de estar con quien amamos, disfrutemos así de la oración

Eclesiástico 48, 1-14; Sal 96; Mateo 6, 7-15

Nos enseña Jesús a orar. Lo necesitamos. Quizás alguna vez nos hayamos preguntado si oramos bien, si están bien nuestros rezos; quizás nos sentimos fríos y parece que la oración no nos dice nada, quizás nos damos cuenta que muchas veces nuestra oración está vacía, quizás nos preguntamos si Dios nos escucha, quizás en ocasiones nos sentimos desganados y tenemos la tentación de dejarlo, o lo hacemos a la carrera, deprisa y corriendo, como un cumplimiento. En el fondo algunas veces quisiéramos que nos enseñaran a rezar, que nos enseñaran a orar. ¿A quién mejor pedírselo?

Muchas veces nos hablará Jesús de la oración, alabará la oración de la gente humilde y sencilla o nos irá planteando cómo hemos de darle profundidad a nuestra oración; nos responde a esas preguntas sobre el valor de la oración y si merece la pena hacerla, o nos hablará de la insistencia y constancia con que hemos de hacerla; o nos dirá, como nos enseña hoy mismo, que es muy sencillo, que solo se trata de dejarse inundar de la presencia de Dios. Que no será necesario llevar muchas cosas preparadas ni cuestión de hacer una lista interminable de peticiones porque decimos que tenemos muchas necesidades, sino solamente saborear a Dios, su presencia, su amor.


Ya nos ha hablado de meternos en el cuarto escondido, para que sepamos hacer silencio, para que nos aislemos de tantas cosas y ruidos que nos perturban, de convertirlo en un tú a tú de amor para dejarnos sorprender por esa presencia, por ese amor, por esa vida de Dios que nos llena y nos trasciende, que nos hace echar raíces hondas pero que nos eleva a una órbita sobrenatural.

Las palabras que pone hoy Jesús en nuestros labios para enseñarnos a orar eso es lo que pretenden, que saboreemos la presencia y el amor de Dios; que tengamos el gusto de llamarle Padre y sentirnos amados porque somos en verdad sus hijos; que nos gocemos con Dios y con todo lo que Dios ama queriendo envolver, más aún, empapar nuestra vida de ese sabor de Dios.

Nos está diciendo quién es Dios y lo que es el amor de Dios; nos está diciendo cómo nos sentimos engrandecidos con su amor de manera que después de hacer esta oración todo tiene que ser distinto en nosotros porque ya no queremos otra cosa sino amar con su mismo amor. Esa es la gloria de Dios que hemos de buscar, eso es lo que nos hace sentir lo que es la grandeza del nombre de Dios de manera que ya en su nombre salgamos a los caminos de la vida proclamando con nuestra manera de hacer y de decir qué grande es el nombre de Dios, porque ya en su nombre seremos capaces de hacer todo lo bueno necesario para que el mundo sea mejor.

Nos sentimos amados de Dios y nunca nos sentiremos abandonados; nos sentimos amados de Dios y en El ponemos toda nuestra confianza para que no nos falte el pan de cada día; nos sentimos amados de Dios y queremos ir repartiendo ese amor y esa paz que El nos da a todos ofreciendo generosamente el perdón, porque también nos sentimos perdonados en nuestras debilidades y tropiezos; nos sentimos amados de Dios y su presencia se hace fuerza en nosotros para luchar contra lo malo, para no dejarnos arrastrar por el mal y el pecado. Siempre tendremos presente ante nosotros la gloria del Señor que hemos de buscar y manifestar.

Disfrutemos de la oración, porque disfrutamos de la presencia y del amor de Dios que nos envuelve con su Espíritu. Cuando hay amor de verdad en nuestro corazón porque nos sentimos enamorados buscamos ansiosos la manera de estar con quien amamos. Sea ese el deseo de Dios, sea esa la prontitud con que nos disponemos para el encuentro con el Señor en la oración.

martes, 8 de junio de 2021

Con el sabor del evangelio ya nuestra vida no será insípida porque tiene el sabor de Cristo, ese sabor del que queremos impregnar también nuestro mundo

 


Con el sabor del evangelio ya nuestra vida no será insípida porque tiene el sabor de Cristo, ese sabor del que queremos impregnar también nuestro mundo

2Corintios 1, 18-22; Salmo 118; Mateo 5, 13-16

Esta comida no tiene sal, no tiene sabor, nos quejamos cuando nos presentan un alimento sin haberlo condimentado debidamente. No tiene sabor, no sabe a nada. Por prescripciones médicas en algunas circunstancias nos obligan a comer sin sal, y que difícil se hace; nos hemos acostumbrado al buen sabor que cuando nos falta, cuando la comida es insípida, no la pasamos.

Y hoy nos habla Jesús de la sal en el evangelio, y nos habla también de la luz. Y nos dice que nosotros tenemos que ser la sal de la tierra. Nos confía una misión, dar sabor al mundo. Y es que quien se ha encontrado con Cristo ha encontrado el sabor de su vida y la vida del cristiano no puede ser insípida.

Todos queremos encontrarle un sentido a la vida. ¿Por qué y para qué vivimos? ¿Qué hacemos en este mundo? ¿Qué es lo que podemos hacer de nuestra vida para encontrar un valor a lo que hacemos? Es como el norte de nuestra existencia, queremos encontrarlo porque queremos saber a dónde vamos y cómo podemos llegar. Y eso el cristiano lo encuentra en Cristo. Porque no somos cristianos simplemente porque admiremos la historia y recordemos a un personaje. Jesús es mucho más que un personaje de la historia; si nos ponemos a analizar mucho alguien podría preguntarse qué es lo que realmente hizo Jesús; aparentemente a la manera de concebir las cosas en las carreras locas de nuestro mundo, podría decirse incluso que fue un fracasado; siendo aún joven su vida se ve truncada y termina muriendo en una cruz como un malhechor.

Quienes miran los hechos así solo desde un lado humano y desde los logros que los triunfadores del mundo quieren conseguir, la vida de Jesús se vio truncada en una muerte violenta. Ni fue un general victorioso al frente de unos ejércitos, ni un caudillo que se llevara las masas detrás de él para crear una revolución, ni nada importante según los parámetros con que se miden los triunfos en este mundo.

Claro que para quien pone su fe y su esperanza en Jesús en la vida de Jesús ve mucho más allá de esas maneras humanas de ver las cosas. Ahí está su palabra y ahí está el sentido de su vida, con lo que incluso su muerte adquiere un sentido y un valor. No era una revolución de las masas lo que Jesús quería realizar ni buscaba ejércitos victoriosos con los que ganar batallas.

Era otro el estilo y el sentido de Jesús. Y su palabra y los signos que iba realizando despertaban de verdad las esperanzas de un mundo nuevo. Y efectivamente a partir de su muerte comenzó a surgir algo nuevo, porque El seguía vivo, seguía presente con la fuerza de su Espíritu en medio de aquellos que creían en El. Su vida no se acabó en una muerte en una cruz, porque el salió del sepulcro y lo proclamamos resucitado de entre los muertos. Y Jesús sigue vivo en medio de nosotros. Y ese Reino nuevo que El anunciaba comenzó a realizarse en aquellos que creían en El, y la vida de todos imitando su vida comenzó a adquirir un nuevo sentido y un nuevo valor. En Cristo se encontraba un nuevo sabor.

Algo nuevo comenzó con Jesús y su Espíritu impregna de verdad el corazón de los fieles, de los que creen en El. Con El encontramos ese nuevo sentido, ese nuevo valor para nuestra existencia encontrando respuesta para todas esas hondas preguntas sobre el sentido de la vida. Una vida desde el amor como fue la vida y la muerte de Jesús es lo que ahora nos da sentido y sabor a nosotros. Por eso decimos que el evangelio es sal del mundo, y que los que queremos vivir el Evangelio de Jesús nos convertimos también en sal y en luz para nuestro mundo. Ya nuestra vida no será insípida porque tiene el sabor de Cristo, ese sabor del que queremos impregnar también nuestro mundo. ¿No estará nuestro mundo esperando encontrar ese nuevo sabor?

Es lo que Jesús nos está pidiendo, lo que con el evangelio de hoy nos está ayudando a descubrir; es el sabor nuevo que le damos a nuestra vida pero que queremos darle también a nuestro mundo.

jueves, 6 de mayo de 2021

Disfrutemos del amor de Dios, sintamos gozo en nuestro corazón, saboreémoslo de verdad, haciendo partícipes a los demás de ese amor de Dios


 

Disfrutemos del amor de Dios, sintamos gozo en nuestro corazón, saboreémoslo de verdad, haciendo partícipes a los demás de ese amor de Dios

Hechos de los apóstoles 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11

‘Bueno, ya está hecho, yo hay cumplí por hoy’, habremos escuchado decir a una buena persona, por ejemplo, cuando salió de la Iglesia el domingo después de gozar Misa – en expresión muy canaria -. Ya está todo cumplido (¿?). De ahí viene que por lo contrario oigamos decir, bueno yo soy bueno, yo en el fondo también soy muy religioso, pero es cierto que no cumplo con la Iglesia, en expresión que viene a significar que no suele ir por la Iglesia a Misa.

Si vamos por ahí haciendo una encuesta de, por ejemplo, que es lo más importante que tienes que cumplir para ser buen cristiano, te irán diciendo lo de cumplir con la Iglesia, en el sentido de ir a Misa, lo de tener buen corazón y ayudar cuando se pueda, lo de respetar el ayuno cuando lo manda la santa iglesia, lo de tener buen corazón para con los demás, cumplir con tus obligaciones, o lo de cumplir tus promesas e ir a ver a la Virgen en el Santuario de nuestra devoción o el de nuestra patrona, y lo de rezar sobre todo a los muertos.

No queremos entrar a juzgar ni valorar con dureza estas respuestas porque quizá es lo que se ha ido transmitiendo para tratar de mantener la llama de la fe encendida, quizá no siempre se le haya ofrecido algo más al conjunto del pueblo cristiano sino más bien nos hemos contentado muchas veces en el conservadurismo de mantener unas tradiciones, de manera que la mayoría de la gente te dirá que eso es lo que ha recibido de sus padres, de sus mayores.

Quizás en la Iglesia dábamos por sentado que la gente era cristiana ya porque bautizaba sus hijos, se casaba por la Iglesia y venían cuando podían a Misa y nos dormimos en los laureles de algunas manifestaciones religiosas multitudinarias en algunos lugares o en determinados momentos sin tratar de infundir más el espíritu del Evangelio. Ahora nos cuesta levantar cabeza, las cosas se van deteriorando más con el paso del tiempo y es bien costoso cambiar un ambiente para impregnarlo de verdad del evangelio.

El texto que se nos ofrece hoy es muy sencillo, pero no sé si todos los cristianos lo han llegado a saborear debidamente. Jesús terminará diciéndonos que tiene que producirnos mucha alegría en el corazón. ¿Cómo no nos va a producir alegría y alegría grande si nos está diciendo que Dios nos ama y que eso es lo verdaderamente importante? Sentirnos amados de Dios. Esa es la gran maravilla y el eje y fundamento de todo.

Somos importantes para Dios, nos ama. Porque quien se siente amado, se siente considerado, se siente que es tenido en cuenta. Dios no nos olvida, Dios está siempre regalándonos su amor. Tenemos que saber descubrirlo, experimentarlo en nuestra vida. Por eso, recordemos lo que ha sido nuestra vida, nuestras luchas, nuestros fracasos, nuestros momentos oscuros, las dificultades por las que hemos ido pasando, y aquí estamos. Y estamos aquí por un milagro del amor de Dios. El es quien ha sido esa fuerza en la lucha y en la dificultad, El es quien ha sido esa luz en medio de la noche tenebrosa de nuestra vida que nos ha abierto una ventana de esperanza, El es quien ha estado con nosotros cuando más hundidos estábamos y fue su mano la que nos levantó, nos hizo creer en nosotros mismos y nos dio ánimos para seguir adelante. Tenemos que pensar y reconocer de cuantas maneras Dios ha derramado, ha derrochado su amor en nosotros.

Hoy nos dice Jesús: ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’. ¿Nos sentimos amados? Disfrutemos de ese amor de Dios, sintamos gozo en nuestro corazón, saboreémoslo de verdad. Hagamos partícipes a los demás de ese amor de Dios amándolos nosotros también. Así llenaremos de alegría el mundo. Cuánta falta le hace.

lunes, 27 de julio de 2020

Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio




Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio

Jeremías 13, 1-11; Sal.: Dt 32, 18-19. 20. 21;  Mateo 13, 31-35
Alguien suele decir en su afán por tener todo ordenado, hasta las cosas que nos puedan parecer más insignificantes que ‘hay un lugar para cada cosa y cada cosa tiene su lugar’. No vamos a incidir tanto en el afán del orden cuando en la función que tienen las cosas que aunque nos parezcan pequeñas e insignificantes nos sirven para algo, contribuyen a la belleza del conjunto de la vida y nos pueden producir hondas satisfacciones y hasta alegrías.
¿Quién no se ha quedado como extasiado cuando escucha el trino de los pájaros que saltan y brincan entre las ramas de cualquier arbusto en nuestros prados, o los vemos revoloteando incluso en medio de las hierbas alegrándonos con la música de sus trinos o con el rico colorido de su plumaje? Algo tan natural y tan insignificante en apariencia pero que contribuye a la belleza de la naturaleza y que nos puede producir un sosiego y una paz grande en nuestro espíritu. Y sin embargo preocupados quizás por cosas que consideramos más importantes pasamos de largo y no somos capaces ni de oír el trino de los pájaros ni gozarnos en el colorido de nuestros campos admirándonos también con la belleza de las aves que surcan nuestros cielos. Quizá nos hace falta que un día alguien con alma de poeta nos haga detenernos a escuchar o nos ofrezca una fotografía con tal belleza, mientras lo tenemos delante de nuestros ojos y oídos y no somos capaces de valorarlo.
¿A qué viene todo esto?, me podréis decir, pero fijémonos que me ha hecho pensar en toda esa belleza lo que nos dice Jesús en una de sus parábolas hoy. Habla de la insignificancia de la semilla de la mostaza, pero nos habla de cómo es una planta que crece entre la que podrán revolotear hasta los pajarillos del cielo; y yo ya me sentía escuchando sus trinos. Quizá nos hace falta una cosa así que un día nos llame la atención para que aprendamos a valorar lo pequeño y lo sencillo que da belleza a la vida.
La otra parábola que Jesús nos ofrece hoy habla también de cosas pequeñas o usadas en pequeñas medidas pero que sin embargo hacen fermentar la masa, la levadura para el pan. Si antes nos deteníamos a contemplar la belleza que tendríamos que aprender a observar en nuestro entorno, ahora nos está diciendo como podemos darle vida a lo que hacemos o a lo que vivimos cada día con ese pequeño puñado de levadura. Y ya no es solo esa vida que le damos a lo que hacemos o vivimos, sino la vida que podemos trasmitir a los demás, el sabor nuevo que le podemos dar a nuestro mundo cuando en verdad usamos la levadura del evangelio.
Quizá vamos a una panadería donde se está elaborando el pan y pasamos de largo ante esos polvos (vamos a decir así) que podemos encontrar en cualquier rincón. Y sin embargo qué importantes son para la elaboración del pan, para hacer fermentar la masa y podamos tener ese pan crujiente y sabroso para nuestra alimentación. Quizá pasamos al lado del evangelio y pensamos simplemente en un libro más al que quizá no le damos importancia pero cuando nos lo tomamos en serio qué distinta es nuestra vida y cómo podemos también transformar nuestro mundo. Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio.
Y Jesús nos está pidiendo que nosotros con el evangelio bien encarnado en nuestras vidas seamos la levadura del mundo. No se trata ya solo de enseñar cosas – quizás nos hemos entretenido mucho en enseñar cosas – sino de impregnar nuestro mundo de ese sabor nuevo del evangelio. Cuánto tenemos que hacer.