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jueves, 16 de junio de 2022

Cuando hay amor de verdad en nosotros porque nos sentimos enamorados buscamos ansiosos la manera de estar con quien amamos, disfrutemos así de la oración

 


Cuando hay amor de verdad en nosotros porque nos sentimos enamorados buscamos ansiosos la manera de estar con quien amamos, disfrutemos así de la oración

Eclesiástico 48, 1-14; Sal 96; Mateo 6, 7-15

Nos enseña Jesús a orar. Lo necesitamos. Quizás alguna vez nos hayamos preguntado si oramos bien, si están bien nuestros rezos; quizás nos sentimos fríos y parece que la oración no nos dice nada, quizás nos damos cuenta que muchas veces nuestra oración está vacía, quizás nos preguntamos si Dios nos escucha, quizás en ocasiones nos sentimos desganados y tenemos la tentación de dejarlo, o lo hacemos a la carrera, deprisa y corriendo, como un cumplimiento. En el fondo algunas veces quisiéramos que nos enseñaran a rezar, que nos enseñaran a orar. ¿A quién mejor pedírselo?

Muchas veces nos hablará Jesús de la oración, alabará la oración de la gente humilde y sencilla o nos irá planteando cómo hemos de darle profundidad a nuestra oración; nos responde a esas preguntas sobre el valor de la oración y si merece la pena hacerla, o nos hablará de la insistencia y constancia con que hemos de hacerla; o nos dirá, como nos enseña hoy mismo, que es muy sencillo, que solo se trata de dejarse inundar de la presencia de Dios. Que no será necesario llevar muchas cosas preparadas ni cuestión de hacer una lista interminable de peticiones porque decimos que tenemos muchas necesidades, sino solamente saborear a Dios, su presencia, su amor.


Ya nos ha hablado de meternos en el cuarto escondido, para que sepamos hacer silencio, para que nos aislemos de tantas cosas y ruidos que nos perturban, de convertirlo en un tú a tú de amor para dejarnos sorprender por esa presencia, por ese amor, por esa vida de Dios que nos llena y nos trasciende, que nos hace echar raíces hondas pero que nos eleva a una órbita sobrenatural.

Las palabras que pone hoy Jesús en nuestros labios para enseñarnos a orar eso es lo que pretenden, que saboreemos la presencia y el amor de Dios; que tengamos el gusto de llamarle Padre y sentirnos amados porque somos en verdad sus hijos; que nos gocemos con Dios y con todo lo que Dios ama queriendo envolver, más aún, empapar nuestra vida de ese sabor de Dios.

Nos está diciendo quién es Dios y lo que es el amor de Dios; nos está diciendo cómo nos sentimos engrandecidos con su amor de manera que después de hacer esta oración todo tiene que ser distinto en nosotros porque ya no queremos otra cosa sino amar con su mismo amor. Esa es la gloria de Dios que hemos de buscar, eso es lo que nos hace sentir lo que es la grandeza del nombre de Dios de manera que ya en su nombre salgamos a los caminos de la vida proclamando con nuestra manera de hacer y de decir qué grande es el nombre de Dios, porque ya en su nombre seremos capaces de hacer todo lo bueno necesario para que el mundo sea mejor.

Nos sentimos amados de Dios y nunca nos sentiremos abandonados; nos sentimos amados de Dios y en El ponemos toda nuestra confianza para que no nos falte el pan de cada día; nos sentimos amados de Dios y queremos ir repartiendo ese amor y esa paz que El nos da a todos ofreciendo generosamente el perdón, porque también nos sentimos perdonados en nuestras debilidades y tropiezos; nos sentimos amados de Dios y su presencia se hace fuerza en nosotros para luchar contra lo malo, para no dejarnos arrastrar por el mal y el pecado. Siempre tendremos presente ante nosotros la gloria del Señor que hemos de buscar y manifestar.

Disfrutemos de la oración, porque disfrutamos de la presencia y del amor de Dios que nos envuelve con su Espíritu. Cuando hay amor de verdad en nuestro corazón porque nos sentimos enamorados buscamos ansiosos la manera de estar con quien amamos. Sea ese el deseo de Dios, sea esa la prontitud con que nos disponemos para el encuentro con el Señor en la oración.

martes, 30 de mayo de 2017

Crezcamos en el conocimiento de Dios, crezcamos en el amor de Jesús, ahondemos en la vida eterna que Jesús nos ofrece, vivamos la vida nueva del Reino

Crezcamos en el conocimiento de Dios, crezcamos en el amor de Jesús, ahondemos en la vida eterna que Jesús nos ofrece, vivamos la vida nueva del Reino

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a
En otro momento del evangelio hemos escuchado: ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en El tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por medio de El’.
Ahora nos dice Jesús que ha llegado la hora, la hora de la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús porque todo lo que ha realizado no ha sido otra cosa sino la gloria de Dios. Envió Dios al mundo a su Hijo para nuestra salvación, para que podamos alcanzar la vida eterna. Y ¿Qué es esa vida eterna? ‘Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. Conocer a Dios, reconocer en Jesús el enviado de Dios, el Hijo único de Dios, por quien nos viene la salvación.
Es la obra que ha realizado Jesús. Ha venido hasta nosotros como revelación de Dios porque a Dios nadie le conoció jamás sino el Hijo que ha estado junto al Padre desde toda la eternidad. Y El nos viene a revelar el misterio de Dios, nos viene a dar a conocer el nombre de Dios. ‘He manifestado tu Nombre a los hombres que me diste en medio del mundo’.
Es Jesús el que nos ha enseñado a llamar Padre a Dios. Nos lo revela como Padre, a El se dirige como al Padre, lo vemos a lo largo del todo el evangelio; nos va dando a conocer ese rostro de Dios que es un Padre misericordioso y compasivo, recordemos las parábolas, por ejemplo; nos enseña a que seamos como Dios nuestro Padre es compasivo y misericordioso; y finalmente cuando nos enseña como tenemos que dirigirnos a Dios en nuestra oración nos enseña a llamarlo Padre, ‘cuando oréis decid: Padre nuestro del cielo…’
Cuando conocemos a Dios, como Jesús nos enseña, y comenzamos a reconocer que Jesús es su enviado, el Hijo único que ha venido a darnos la vida eterna, estamos entrando en los caminos de la salvación. Y es que conocer es vivir. No se trata de un conocimiento solo en la cabeza, de ideas que podríamos decir; es algo mucho mas hondo que transforma nuestra vida, que nos hace vivir de una manera nueva y distinta. Es todo el mensaje del evangelio de Jesús que trasplantamos a nuestra vida. ‘Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste y ellos han recibido’.
Este es el principio de la oración sacerdotal de Jesús. Así llamamos a este final del relato de la cena pascual que nos trasmite el evangelio de Juan en esta despedida de Jesús que termina con esta oración al Padre. Y Jesús ora por los suyos, ‘estos que me diste y que son tuyos’; y Jesús ora por sus discípulos, por nosotros, que estamos en el mundo donde hemos de vivir ese conocimiento de Dios, esa vida eterna, esa salvación de Dios que además nosotros también hemos de trasmitir a los demás. ‘Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti’, dice Jesús en su oración.
Crezcamos en ese conocimiento de Dios, crezcamos en ese amor de Jesús, ahondemos en esa vida eterna que Jesús nos ofrece, sintamos esa presencia de Jesús con nosotros que estamos en el mundo porque nos da la fuerza de su Espíritu.

martes, 19 de mayo de 2015

Jesús ruega por nosotros, los que creemos en El y quedamos en el mundo para que sea glorificado el santo nombre de Dios

Jesús ruega por nosotros, los que creemos en El y quedamos en el mundo para que sea glorificado el santo nombre de Dios

Hechos,  20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a
‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste’. Así comienza lo que solemos llamar la oración sacerdotal de Jesús en la última cena.
‘Ha llegado la hora’, la hora de la glorificación del Hijo de Dios, que es la hora de la gloria de Dios. ¿Cuál es el momento? Ha llegado la hora de la Pascua, la definitiva, la eterna; la Pascua en la sangre de Cristo derramada para el perdón de los pecados, para la salvación de todos los hombres. Es la hora de la muerte, pero es la hora de la vida, porque es la hora de la victoria, del triunfo sobre la muerte y el pecado con la Pascua de Jesús. Para que ‘dé la vida eterna a los que le confiaste’, nos dice Jesús.
¿En qué consiste esa vida eterna? Todo arranca de la revelación que nos ha hecho Jesús del misterio de Dios. ‘He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo’ nos dirá más adelante. Es Jesús la revelación de Dios, el Verbo de Dios, la Palabra de Dios que nos trae la salvación, nos alcanza la vida eterna. Por eso nos dirá ‘Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.
¿Qué nos queda a nosotros para alcanzar esa vida eterna? Pongamos toda nuestra fe en Jesús, escuchemos su Palabra, dejemos que por la fuerza de su Espíritu se nos revele en nuestro corazón. Y cuando hayamos descubierto como vida nuestra a ese Dios amor, nuestra vida será distinta porque estaremos llenándonos de Dios, llenándonos de su vida y de su amor. Nuestro actuar, nuestro vivir ya será de otra manera porque no podremos hacer otra cosa que amar, amar sin limites ni medidas, amar con un amor que queremos sea semejante al amor con que Dios nos ama. Tenemos en nosotros ya para siempre la vida eterna.
Y Jesús ruega por nosotros, los que creemos en El y quedamos en el mundo. Sabe Jesús lo difícil que nos será hacer ese camino de amor en medio del mundo porque nos sentimos tentados de todas partes. Por eso nos promete su presencia, su fuerza, su gracia, que nos enviará el don de su Espíritu. Así será glorificado el santo nombre de Dios. ‘Santificado sea tu nombre’, que decimos en el padrenuestro. Y santificamos el nombre de Dios viviendo en el amor de Dios.
Estamos en esta semana que nos conduce a Pentecostés que será la culminación de la Pascua con el don del Espíritu. Nos preparamos. Oramos. Como los apóstoles que con María oraban en el cenáculo en espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. Que así sea nuestra oración.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Se abren los cielos y se desborda sobre nosotros la misericordia del Señor

Se abren los cielos y se desborda sobre nosotros la misericordia del Señor


‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque se ha fijado en la humillación de su esclava’.
Es el inicio del cántico de María, del Magnificat, que tantas veces hemos escuchado, meditado, orado. No nos cansamos de cantar con María las maravillas que el Señor hace en ella. Se siente pequeña, la humilde esclava del Señor, pero reconoce las maravillas de Señor, ‘la grandeza del Señor’. Sigue sintiendo que es su Salvador.
María siente que es como si desbordaran todos los torrentes del cielo que van inundando todos los corazones con el amor y la misericordia del Señor.  Ella es la primera que siente ese amor de Dios en ella, pero siente que a partir de este momento se desborda la misericordia del Señor para inundar los corazones de todos los hombres. 
Lo de menos es que todos vayan a felicitarla, porque ella todo lo revierte en Dios. ‘Su nombre es santo’. Es como diríamos hoy como una jaculatoria, pero es una aclamación, una invocación del nombre de Dios. ¿No decimos en el padrenuestro ‘santificado sea tu nombre’? Es lo que María ahora está haciendo.
Me recuerda esas como letanías de jaculatorias, de alabanzas a su Dios que los musulmanes van repitiendo continuamente; los hemos visto con una especie de rosario en sus manos y les vemos moviendo los labios repitiendo esas alabanzas a Dios. 
Es lo que María está haciendo, cuando reconoce las obras grandes que Dios está haciendo en ellas no le queda otra cosa que decir ‘su Nombre es santo’, santificado sea siempre el nombre del Señor; como nos enseñaría a decir san Ignacio de Loyola ‘todo para la gloria de Dios’.
Y es que ‘la misericordia del Señor llega a sus fieles de generación en generación… auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a favor de Abrahán y si descendencia para siempre’.
Sintamos esa misericordia del Señor; invoquemos esa misericordia del Señor; recordamos la promesa del Señor y el Señor siempre cumple sus promesas. Con confianza, con humildad porque no puede ser de otra manera. Solo los que con corazón humilde se ponen ante Dios van a ser enaltecidos, como canta también María.
Así queremos ponernos ante Dios en estos pasos finales de nuestra preparación para la navidad. 

martes, 11 de marzo de 2014

Rezar la oración que Jesús nos enseña puede resultar muy comprometedor



Rezar la oración que Jesús nos enseña puede resultar muy comprometedor

Is. 55, 10-11; Sal. 33; Mt. 6, 7-15
‘Cuando recéis no uséis muchas palabras como los gentiles que se imaginan que por hablar mucho les harán caso…’ Por segunda vez en este camino de la Cuaresma Jesús nos instruye sobre cómo hemos de orar, poniéndonos ya en este caso un modelo de lo que ha de ser nuestra oración.
El miércoles de ceniza ya nos decía que hemos de dejar a un lado las apariencias. No podemos rezar para que nos vean y luego nos digan lo buenos que somos porque rezamos mucho. Más aún entonces nos pedía Jesús que supiéramos hacer una oración interior, desde lo más hondo de nuestro corazón para sentir mejor y experimentar la presencia de Dios en nuestra vida.
‘No seáis como los hipócritas, nos decía, que les gusta rezar de pie delante de todos en las sinagogas, o en las esquinas de la plaza para que los vea la gente’. Y nos pedía que fuéramos capaces de recogernos allá en lo más interior de nuestro corazón. ‘Entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre que está en lo escondido y tu Padre que ve en lo escondido, te lo pagará’. Es esa oración interior, en el silencio de nuestro corazón, alejándonos de todo ruido externo que nos pudiera distraer para centrar de verdad nuestra vida en Dios, en su presencia.
No quiere decir esto que no oremos con los demás, ni mucho menos. Hoy cuando nos enseñe a orar nos dirá que llamemos a Dios ‘Padre nuestro’, es señal de que no estamos solos orando, sino en comunión con los demás. Es importante la oración comunitaria y es la que intentamos vivir con toda intensidad en la Iglesia en todas las celebraciones de los sacramentos. No puede ser nunca una oración que se haga individualista. Pero sí no está pidiendo que personalmente, aunque estemos unidos y en comunión con los demás hermanos que también están orando, seamos capaces de tener ese encuentro vivo con Dios en nuestra oración. Ya lo hemos comentado en alguna ocasión.
Si el otro día nos decía que no hiciéramos una oración de apariencias, por aparentar, hoy nos dice que no son las muchas palabras las que van a hacer que nuestra oración sea mejor. Va a ser una oración en la que de verdad nos sintamos hijos, hijos amados de Dios. Por eso, ya de entrada nos dirá Jesús que ‘vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que se lo pidáis’.
Es la oración de los hijos, de los hijos que se sienten amados y de los hijos que quieren manifestar de la mejor forma su amor. Si cada vez que comenzamos a rezar el Padrenuestro fuéramos un poquito concientes de este sentimiento, seguro que oraríamos de otra manera y de otra intensidad.  Reconocemos el amor que  Dios nos tiene y por eso lo llamamos Padre; queremos corresponder a su amor y lo que queremos siempre es su gloria.
Es lo que queremos expresar cuando decimos que sea santificado el nombre del Señor. El nombre del Señor ya es santo en sí mismo y con qué respeto lo trataban los judíos que ni siquiera mencionaban por respeto el  nombre de Dios. Nosotros queremos su gloria y su gloria esta en que todos lo reconozcamos como nuestro Padre y como nuestro Señor; por eso queremos que se realice su Reino, que se haga su voluntad, que todos reconozcamos a Dios, pero siempre busquemos su voluntad y nos apartemos de todo mal, que mancharía esa gloria del Señor.
Luego todo lo que sigue será como una consecuencia de sentirnos hijos y de querer vivir para siempre en su Reino. No nos sentimos abandonados de Dios que es nuestro Padre y podremos contar con el pan de cada día; pero porque nos sentimos amados de Dios que es nuestro Padre, al mismo tiempo nos sentiremos comprometidos a buscar ese pan de cada día para todo hermano, para todos los hermanos. Nuestra oración no puede ser nunca egoísta; nuestra oración siempre tendrá que abrirnos a los demás con quienes queremos vivir siempre como hermanos; y si le pedimos a Dios que nos perdona porque en ocasiones hacemos lo malo, al mismo tiempo estamos diciendo queremos vivir como hermanos con todos y para todos buscamos siempre la reconciliación y el perdón y estaremos dispuestos nosotros también a otorgarlo.
Como estamos viendo, rezar la oración que Jesús nos enseña es muy comprometedor, no la podemos rezar de cualquiera manera. Como tantas veces decimos tenemos que aprender a rezar el Padrenuestro, aprender a hacer una verdadera oración. Que el Espíritu del Señor nos ilumine y nos enseñe a hacer la mejor oración. Son las cosas que nos vamos proponiendo en este camino de renovación que tiene que ser la cuaresma para nosotros.

domingo, 16 de febrero de 2014



La Sabiduría del Evangelio que nos conduce por caminos de plenitud

Eclesiástico,  15, 16-21; Sal.118; 1Cor. 2, 6-10; Mt. 5, 17-37
‘Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad…’ nos comienza diciendo el sabio del Antiguo Testamento. ‘Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo’, sigue diciéndonos.
‘Si quieres…’, nos dice. Y pone delante como dos caminos donde hemos de escoger. ‘Ante ti estás puestos fuego y agua… delante del hombre están muerte y vida’. ¿Qué es lo que escogemos? ¿cuál es o ha sido el camino de nuestra vida?
Quienes hemos descubierto ‘esa sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos de nuestra gloria’, de  la que nos habla el apóstol san Pablo, porque hemos descubierto a Jesucristo, verdadera Sabiduría de Dios, Palabra y Revelación de Dios para nuestra salvación, tendríamos que decir que ya la elección la tenemos hecha, porque al optar por Jesús, como es nuestra fe, hemos optado por el camino de la vida. Por eso nos llamamos cristianos, discípulos de Jesús y en su nombre hemos sido bautizados para comenzar a vivir una vida nueva. Pero, en la realidad de la vida de cada día ¿lo vivimos así?
Reconocemos la debilidad de nuestra elección, la vida tan llena de imperfecciones y de infidelidades y pecados que vivimos, cuando en realidad tendríamos que vivir una vida santa si en verdad nos llamamos seguidores de Jesús y queremos vivir el estilo y el sentido de su evangelio. No estamos totalmente impregnados del espíritu del Evangelio, del espíritu de las bienaventuranzas y caminamos llenos de imperfecciones cuando tendríamos que ser santos y perfectos como nuestro Padre del cielo, tal como nos enseña Jesús. Pero hemos de reconocer que nuestra vida está llena de mediocridades.
Muchas veces habremos oído decir a más de una persona o quizá nosotros mismos lo hayamos pensado o incluso hasta expresado aquello de ‘yo no mato ni robo, yo no tengo pecado’. Yo me pregunto si un cristiano, seguidor de Jesús y de su evangelio puede llegar a decir una cosa así. Quien dice o piensa cosas semejantes, ¿habrá leído o escuchado con verdadera atención el pasaje del Evangelio que hoy se nos ha proclamado?
Yo no mato ni robo y ya pensamos que con eso somos buenos. ‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, nos dice hoy Jesús en el evangelio, no entraréis en el Reino de los cielos’. Y ellos eran ‘buenos’ podríamos decir porque eran muy cumplidores. Pero eso no basta para decir que somos discípulos de Jesús. Pero es que además un cristiano, seguidor de Jesús y que quiere vivir según el espíritu del evangelio no se puede contentar con decir que es bueno porque no hace esas cosas, sino que tiene que ir a más, a darle una profundidad mayor a lo que hace o lo que vive.
Hemos escuchado lo que nos ha dicho hoy Jesús en el evangelio. Matar es mucho más que quitar la vida de una forma violenta, porque hay otras violencias más sutiles con las que podemos mermar la vida o la dignidad de los demás. Es que hemos de evitar todo lo que de una forma u otra pueda dañar a la persona  en su dignidad. Por eso nos dice que ya no es solo el que no digamos mal del otro o insultemos al otro, sino que además nuestro camino es buscar siempre la paz y la reconciliación, el reencuentro, la armonía plena con aquellos con los que convivimos cada día. La reconciliación y el perdón son caminos fundamentales por los que hemos de saber caminar siempre, y bien sabemos cuánto nos cuesta.
Pero más aún, Jesús lo que nos viene a decir es que tenemos que amar para dar siempre vida y defender la vida. Y cuando no sabemos ser solidarios de verdad con el hermano que sufre, sea por lo que sea, y no somos capaces de compartir con él no solo lo que tenemos sino lo que somos no estamos dando vida, sino más bien, estamos mermando su vida. La indiferencia y la pasividad de los que nos creemos buenos es mucho peor en muchas ocasiones que la misma injusticia y crueldad con que puedan actuar los malos. Esa indiferencia y pasividad con que muchas veces nos comportamos es una tremenda incongruencia con la que nos manifestamos muchos que nos creemos buenos y hasta religiosos.
Así nos va desgranando Jesús en el sermón del monte lo que tiene que ser el sentido de vida de los que le seguimos y queremos vivir el Reino de Dios. Quiere Jesús para nosotros una vida en plenitud en todas las facetas de la vida. ‘No ha venido a abolir, sino a dar plenitud’. Es la plenitud del amor matrimonial en el camino de la fidelidad, pero en el camino del respeto a la persona, para no manipularla o utilizarla como si fuera un objeto de deseo y de posesión.
Será la rectitud con que hemos de vivir en todo momento alejando de nosotros todo lo que nos pueda conducir al pecado y a la muerte. Emplea Jesús unos ejemplos que nos suenan fuertes en su literalidad - lo de sacarte un ojo o cortarte una mano que te puede hacer caer o llevar por el camino del mal - pero con los que nos quiere expresar cómo no podemos hacer componendas nunca con el pecado porque nuestra vida ha de ser siempre para Dios, para darle gloria a Dios en todo aquello que hacemos. Entonces todo aquello que nos pueda alejar de ese camino de Dios hemos de arrancarlo de nuestra vida, de nuestra manera de vivir para vivir en esa santidad de vida de un hijo de Dios.
Finalmente nos hablará del respeto al santo nombre de Dios. Santificado sea tu nombre, nos enseñó a proclamar en nuestra oración, porque siempre hemos de saber bendecir y alabar a Dios. Hace una referencia al juramento que nunca puede ser ni en vano ni con mentira o falsedad, pero que nos está enseñando con qué honor y respeto tendríamos que usar el santo nombre de Dios.
El judío no mencionaba el nombre de Dios haciendo unos circunloquios para no nombrarlo aunque se estuviera haciendo referencia a El. Nosotros, en el lenguaje moderno tantas veces irrespetuoso, hemos caído en todo lo contrario porque desgraciadamente la blasfemia y la irreverencia al nombre de Dios y a todo lo sagrado es algo que se ha introducido demasiado en el lenguaje usual de los que nos rodean, algunas veces incluso de forma inconsciente dejándose llevar por el lenguaje de los demás. Creo que un cristiano es algo que tendría que cuidar mucho y manifestar también nuestra repulsa a tanta irreverencia de muchos a nuestro alrededor.
Seguir a Jesús no es dejarnos arrastrar por un camino de mediocridad donde nos contentemos con ser aparentemente buenos porque seamos cumplidores de la letra de la ley del Señor. El camino de Jesús es una camino que nos lleva a la plenitud y que cada día nos hace mirar más alto, porque no se trata solo de realizar algunos actos con los que de alguna forma queramos contentar a Dios, sino que se trata de actitudes profundas de las que hemos de impregnar nuestra vida, desde el sentido del evangelio, de la buena nueva que Jesús nos enseña con las bienaventuranzas en el Sermón del Monte.
La vida del cristiano tiene que ser una vida en continuo crecimiento como tiene que ser toda vida. San Vicente Paul decía que no puedes conformarte con lo que has hecho sino que siempre podemos hacer más. Es el camino que han seguido todos los santos, que nunca se dejaron dominar por la mediocridad. Y cuando más santo, más insatisfecho se siente, porque se dará cuenta de la imperfección con que aún vivimos o realizamos las cosas buenas que hacemos y siempre queremos, ansiamos hacerlas mejor.
Son las exigencias del amor; las exigencias que brotarán casi espontáneas de nuestro corazón cuando nos sentimos amados de Dios y queremos responderle cada día con un amor mayor.

domingo, 28 de julio de 2013

Le pedimos que nos enseñe a orar y nos enseña a decir Padre

Gén. 18, 20-32; Sal. 137; Col. 2, 12-14; Lc. 11, 1-13

‘Enséñanos a orar’, le piden a Jesús sus discípulos ‘una vez que estaba orando en cierto lugar’. Eran un pueblo creyente a los que acompañaba la oración en todos los momentos del día. Así estaba prescrito en la ley del Señor, ya salieran o entraran de casa, ya comenzaran un trabajo o se retiraran a descansar, ya fuera cada día en cualquier ocasión o de manera especial cuando el día del Señor se reunía en la sinagoga para el rezo de los Salmos y la escucha de la Palabra.
David les había dejado hermosos cánticos e himnos que eran utilizados en el culto - o al menos se le atribuían a David que había reglamentado el culto del templo - pero los profetas que iban apareciendo en medio del pueblo les enseñaban a orar como lo hacía ahora Juan con sus discípulos allá en el desierto junto al Jordán. De su época era el grupo de los esenios que en las orillas del mar muerto llevaban una vida dedicada por entero a la oración.
Veían a Jesús orar en toda ocasión, y ya no era solamente cuando estaba reglamentado por el culto o la ley, sino que contemplaban como se retiraba a solas en muchas ocasiones a orar, ya fuera en el descampado o subiera a las montañas altas, como sucedió en el Tabor. Ahora le piden que les enseñe. ¿Cómo ha de ser la oración que han de hacer a Dios? ¿Se reducirán a repetir los salmos que ya traía el libro sagrado o habría otra manera?
Y Jesús les deja un modelo de oración; un modelo no significa simplemente una fórmula a aprender de memoria y repetir, sino un estilo y un sentido de lo que ha de ser la verdadera oración del discípulo. Y aunque muchas veces nos entretengamos en dar muchas explicaciones y buscar razonamientos para analizar lo que Jesús les enseñó, realmente era algo muy sencillo que estaba al alcance de todo creyente.
Sencillo porque simplemente Jesús nos enseñaba cómo ponernos delante de Dios, con qué actitud profunda del corazón y con qué espíritu. Es simplemente eso, ponernos ante Dios reconociendo en su presencia su amor. Por eso la primera palabra es Padre y ahí va todo encerrado. Decir Padre es decir tú, mi Dios me amas; a ti quiero yo amarte respondiendo a tu amor.
Cuando decimos Padre, cuántas cosas estamos reconociendo. Si decimos Padre es porque nos sentimos amados y porque queremos amar. Y cuando queremos amar queremos todo lo bueno para aquel a quien amamos y de quien nos sentimos amados. Cuando decimos Padre es que queremos portarnos como hijos; cuando decimos Padre estamos mirando con unos nuevos ojos no solo al Dios que nos creó y que nos ama, sino que estaremos mirando con una mirada distinta cuanto nos rodea, cuantos nos rodean.
Cuando le decimos Padre a Dios, queremos su gloria, la gloria del nombre del Señor; nos estamos regocijando sabiendo que ese Dios nos ama y nos quiere como hijos y su nombre para siempre será bendito, será lo más dulce que pongamos en nuestros labios y ya para siempre su voluntad será para siempre nuestra norma y nuestro estilo de actuar.
Una cosa muy sencilla nos está enseñando Jesús, porque nos está enseñando a pronunciar con un nuevo sabor una palabra, padre. Y en ese padre descargamos nuestro corazón, todo cuando llevamos dentro de nosotros. Por eso al decir Padre nos damos cuenta de nuestras necesidades, pero también nos damos cuenta de las necesidades de los hermanos que están a nuestro lado. Por eso tras esa palabra irán surgiendo esas peticiones para el pan de cada día, para el sentido nuevo de cada día en que hemos de vivir, para sentir toda la fuerza divina en nosotros para vernos libres de todo mal y de toda tentación.
Le pedimos al Señor que nos enseñe a orar y nos enseña a decir Padre. Y ahí está todo lo que tenemos que decirle a Dios. Ahí está toda la alegría y el gozo grande del alma al sentirnos amados de ese Dios que es nuestro Padre.
Luego nos explicará Jesús que podemos tener la confianza y la certeza absoluta de que en nuestra oración Dios siempre nos escucha. Es el Padre que escucha a sus hijos y le dará lo mejor. Pero es también el amigo a quien no nos importe importunar, porque siempre al final terminará cediendo para darnos lo que necesitamos. Por eso no nos podemos cansar de nuestra oración primero porque estamos gozándonos en ese encuentro con el Padre bueno que nos ama, pero además porque nos da la confianza para que acudamos a El en toda ocasión.

Por eso nos dice: ‘Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre’. No podemos acercarnos al Señor con desconfianza. Eso es lo que hará que no se nos conceda lo que pedimos, porque es que no lo hacemos con fe, con la confianza total que nos enseña Jesús a tener con el Padre.

martes, 26 de junio de 2012


Lo que nos enseña Jesús siempre nos conduce a la plenitud y a la dicha más honda
2Reyes, 19, 9-11.14-21.31-36; Sal. 47; Mt. 7, 6.12-14
Nos deja Jesús en estos breves versículos del sermón del monte como tres sentencias distintas, como principios para nuestra vida en el camino de su seguimiento. No parecen tener especial relación entre ellas, pues de alguna manera el evangelista al recopilar el mensaje de Jesús compendiándolo en el llamado sermón de la montaña va recogiendo esas diferentes sentencias, como decíamos, de gran valor para nuestra vida.
El respeto a lo sagrado, a lo santo, podíamos decir, que es la primera referencia. Con santo temor nos acercamos a Dios y a las cosas santas porque su nombre es santo y ante Dios y ante aquellas señales que El nos ha dejado de su presencia hemos de acudir con santo respeto. 
‘Santificado sea tu nombre’, decimos en el padrenuestro para pedir y expresar esa gloria que hemos de dar a Dios en todo momento. Y el nombre de Dios nunca, por supuesto, hemos de profanar. Creo que muchas conclusiones se podrían sacar que nos lleven a evitar esos lenguajes ordinarios que empleamos tantas veces en la vida, utilizando de manera irrespetuosa tantas veces las palabras que para nosotros los creyentes tienen un significado santo. Desgraciadamente nos respetamos poco en la vida, y en consecuencia mancillamos demasiadas veces el  nombre santo de Dios. 
Una segunda sentencia que nos deja el texto del evangelio de hoy viene a ser algo elemental en nuestro trato y convivencia mutua. Si eso tan elemental lo tuviéramos en cuenta mucho más en la vida, aprenderíamos a respetarnos, a tratarnos bien, y a buscar siempre lo bueno. Creo que es un paso importante para llegar luego a la profundidad que hemos de darle al amor fraterno y cristiano. En principio nos está diciendo que al menos tratemos a los demás como nos gustaría que ellos nos tratasen. 
‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten, en esto consiste la ley y los profetas’, nos dice Jesús. Partimos aún desde un interés meramente humano, porque sabemos que el verdadero amor fraterno y cristiano nos ha de llevar a un amor mucho más profundo aún, porque llegaremos a amar con un amor como el de Jesús. 
Y finalmente nos habla del camino del seguimiento de Jesús que es un camino de esfuerzo y de superación. Lo que nos dice Jesús no es querer ponernos dificultades para hacernos costoso y difícil el camino, pero sí hemos de comprender que cuando emprendemos un camino que tiene altas metas, significa también cuánto esfuerzo hemos de poner por nuestra parte. No es cuestión simplemente de dejarse llevar por lo que salga en la vida. Por eso nos dice Jesús que el camino es estrecho y angosto, porque el camino ancho del que se deja llevar solamente por sus apetitos le conduce a la perdición. 
Las metas que nos propone el Señor son siempre altas y grandes, pero también hemos de reconocer que no es un camino que hagamos solos. Con nosotros está siempre la gracia del Señor que nos ayuda a superarnos, a crecer espiritualmente, a darle la profundidad del amor verdadero a todo aquello que vamos haciendo en la vida. 
Pero siempre es un camino de dicha, de felicidad, de plenitud. Recordemos que precisamente comienza el sermón del monte hablándonos de esa dicha de los que le siguen y quieren vivir en su estilo de vida. ‘Dichosos, nos dice… de vosotros es el Reino de los cielos’. 
Tendremos el dolor en el alma de lo bueno y lo justo que buscamos que no siempre nos es fácil porque son muchas las tentaciones y las atracciones que recibimos para seguir otros caminos, incluso podemos ser perseguidos por la causa de la justicia o del Reino, pero en el Señor tenemos el consuelo, la paz, la fortaleza, la dicha de poder contemplar el rostro de Dios, de vivir en plenitud el Reino de Dios. 
Los limpios de corazón, los que trabajan de verdad por la paz encontrarán la paz y la dicha de Dios en su corazón, recordamos que nos decían las bienaventuranzas. Sigamos con prontitud el camino de Jesús que nos conduce siempre a la plenitud.