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domingo, 24 de mayo de 2026

Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida y también a la renovación de la vida de nuestra Iglesia

 


Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida y también a la renovación de la vida de nuestra Iglesia

Hechos, 2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3-7. 12-13; Juan 20, 19-23

‘Nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino es por el Espíritu Santo’. Comienzo mi reflexión hoy con estas palabras del Apóstol que vienen a ser toda una confesión de fe en el Espíritu Santo, y que nos llevan a la más profunda confesión de fe en Jesús. Cuando Jesús preguntaba a los apóstoles sobre lo que pensaba la gente o pensaban ellos mismos del Hijo del Hombre, tras la respuesta que dio Pedro con sus Palabras, Jesús le dice que no lo ha expresado por si mismo sino por la revelación del Padre en su corazón. ¿Seremos en verdad conscientes de ello?

Es la reflexión que tenemos que hacernos en este día de Pentecostés. Fue el cumplimiento de la promesa de Jesús; por eso desde el primer momento de la resurrección vemos cómo se manifiesta esta acción del Espíritu sobre los Apóstoles. Jesús en esa primera aparición como resucitado – vamos a emplear este lenguaje – les saluda con la paz. Dos veces repite ese saludo, pero al mismo tiempo les revela la manifestación del Espíritu para el perdón de los pecados. ¿Es que podría haber esa paz sin esa capacidad del perdón? Es el Espíritu el que va a crear esos lazos de comunión, esos lazos de amor que nos hacen posible que nos comprendamos y nos perdonemos; es el Espíritu el que acerca los corazones para el amor, porque el Espíritu nos llena de Dios; no es una cosa podríamos decir aislada que se va a poner en nuestro corazón sino que es Dios mismo quien nos envuelve e inunda nuestra vida, y Dios es amor.

Cuánto necesitamos, entonces, dejarnos envolver y conducir por el Espíritu en este nuestro tan dividido y enfrentado, donde florecen demasiado la rencillas y los resentimientos, donde somos capaces de mantener el corazón envenenado porque no tenemos la humildad y la valentía de abrirnos al perdón, este mundo tan lleno de violencias y enfrentamientos que hace que por cualquier palabra o cualquier gesto florezcan los espinos del orgullo creando surcos y abismos de distanciamientos o parapetándonos tras los muros del rencor. Qué difícil traspasar esas fronteras que así nos hemos ido creando si no somos capaces de dejar que el Espíritu siembre en nosotros las semillas del amor.

En el mundo de hoy algunas veces nos reconforta el ver aparecer en la sociedad que hay deseos de paz, y se forman movimientos en contra de la guerra y la destrucción que siguen haciendo de las suyas de manos de los poderosos ambiciosos; nunca será la guerra un camino para lograr la paz, porque la violencia nunca engendrará amor; pero también hemos de ser conscientes, y eso nos defrauda enormemente, que en el fondo de quienes reclaman la paz en esas situaciones tan dolorosas que vivimos en el mundo de hoy sin embargo en sus corazones no brilla siempre la paz y muchas veces resplandece más la revancha y la venganza; quien no ha sabido encontrar paz en su corazón difícilmente podrá ser instrumento de paz porque sus corazones van envenenados por el odio. Desgraciadamente lo vemos en tantas manifestaciones que deseamos pacíficas pero que terminan en violencia.

Ojalá esta fiesta de Pentecostés que estamos celebrando, esta fiesta del Espíritu Santo, despierte en nosotros los cristianos esos verdaderos deseos de paz, porque comenzamos a construirla dentro de nosotros mismos. Recibamos el don del Espíritu prometido por Jesús y sintamos cómo se llena de gozo nuestro corazón porque comenzamos a entrever esos nuevos valores y esas nuevas actitudes que nos hacen crecer dentro de nosotros mismos.

Que sintamos la alegría del Espíritu porque comenzamos a amarnos más; que sintamos la alegría del Espíritu que nos hace descubrir esas actitudes nuevas que hemos de tener los unos con los otros; que sintamos la alegría del Espíritu porque nos sentimos más hermanos y somos capaces de entendernos porque esos lenguajes que nos distancian o muchas veces también nos enfrentan los arrancamos de nuestras vidas; que sintamos la alegría del Espíritu porque se crea entre nosotros una nueva comunión en que las distancias geográficas ya no son un obstáculo o un impedimento para amarnos; que sintamos la alegría del Espíritu que nos impulsa a salirnos de nosotros mismos para llevar con arrojo y valentía el anuncio del Evangelio a todo ese mundo que nos rodea y que nos signos de nuestro amor sean capaces de llegar a los más desheredados de nuestra sociedad, pobres y emigrantes, gente que vive en la soledad o bajo el peso de la cruz del sufrimiento.

Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida que contribuya también a la renovación de nuestra Iglesia.


miércoles, 13 de mayo de 2026

No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, ya lo conozco, ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones

 


No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, ya lo conozco, ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones

Hechos 17, 15. 22 — 18, 1; Salmo 148; Juan 16, 12-15

En la vida no nos podemos estancar, puede ser signo de una vejez caduca el decir que ya nada podemos aprender ni nada nuevo podemos ofrecer; el agua estancada se vuelve putrefacta e inservible porque las materias orgánicas que hay en ellas terminan por malearse y volverse putrefactas, o lo que podíamos decir también, llenas de muerte, necesita renovarse, darle movimiento, hacer que el oxigeno de vida la mantenga viva y pueda cumplir su función.

Así podemos decir que es la vida, ha de ser la vida de toda persona, siempre ha de estar en crecimiento, y no es solo el crecimiento orgánico en que las células que conforman el organismo humano se van renovando continuamente, sino fundamentalmente su mente; hay quien ha perdido todo deseo de aprender, o lo que es lo mismo, de crecer, bien porque dicen que ya todo se lo saben y a estas alturas de la vida qué es lo que les pueden enseñar, o porque no quieren hacer el esfuerzo que les llenaría de vida en esa curiosidad y deseo por saber más, por crecer interiormente, por seguir en ese proceso de maduración tan necesario. Hay gente que se avejenta con pocos años por falta de esa inquietud, pero también nos encontramos con gente con muchos años que aun se sienten jóvenes porque siempre quieren estar aprendiendo más, queriendo avanzar en la vida; su mente se mantiene despierta.

Podría parecer que esta reflexión que estoy haciendo poco pueda tener que ver con el evangelio porque parece que nos quedáramos sólo en unos aspectos humanos, pero sin embargo es algo que podemos aplicar con toda verdad a lo que es nuestra vida espiritual y a nuestros compromisos cristianos.

Jesús les dice que aún le quedan muchas cosas por decirles, pero que cuando venga el Espíritu de la verdad nos lo revelará todo. Es con la fuerza del Espíritu cómo se va a reavivar en sus corazones todo lo que han recibido de Jesús; solo con la fuerza del Espíritu es cómo podrán en verdad confesar que Jesús es el Señor. Han ido conociendo a Jesús pues con Él han convivido y El a ellos de manera especial les ha enseñado. Recordemos aquellos momentos en que de manera particular en casa les explicaba lo que a todos había enseñado en parábolas; recordemos cómo los tomaba aparte mientras iban caminando de un lado para otro para hablarles de cosas concretas, o los llevaba a lugares apartados para estar a solas con ellos marchando incluso en ocasiones para poder tener esa oportunidad a regiones limítrofes fuera ya del territorio propiamente judío. Pero aun así vemos como les costaba entender, como les estaba costando toda aquella conversación de sobremesa en la cena pascual. Así les veremos dudando y huyendo de miedo tras el prendimiento, o encerrados en el cenáculo por miedo a lo que a ellos también les podía pasar.

Será a partir de Pentecostés, al recibir la fuerza del Espíritu cuando se abran las puertas y con valentía hablen de Jesús al que Dios había resucitado de entre los muertos. Es la fuerza del Espíritu que les hará estar alegres y contentos cuando han tenido que sufrir por el nombre de Jesús; llenos del Espíritu replicarán cuando les quieren impedir hablar del nombre de Jesús que ellos tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Es el Espíritu de Dios que se les ha revelado en sus corazones, que les ha hecho crecer en su fe y tener la fortaleza para dar el testimonio ante todos. En la profundización que se ha producido en sus vidas en la medida en que se han dejado llevar por el Espíritu de Jesús.

¿Y nosotros seremos conscientes de esa fuerza del Espíritu que está también en nosotros? ¿Nos dejamos guiar para ir creciendo en nuestra fe, para llegar a esa madurez de nuestra vida cristiana? ¿Nos preocuparemos de ese crecimiento en la fe, de ese rumiar una y otra vez el Evangelio de Jesús para dejarnos impregnar por lo que el Espíritu va suscitando en nuestros corazones? 

Hemos de preocuparnos más de esa permanente formación en nuestra vida cristiana, que nos haga crecer, que nos haga madurar, que nos haga de verdad empaparnos del espíritu del Evangelio. No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, eso ya lo conozco, eso ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones.


jueves, 23 de octubre de 2025

Fuego que es purificación y generador de vida, fuerza del Espíritu que nos hace testigos y constructores de un nuevo mundo por la fuerza del amor

 


Fuego que es purificación y generador de vida, fuerza del Espíritu que nos hace testigos y constructores de un nuevo mundo por la fuerza del amor

Romanos 6, 19-23; Salmo 1; Lucas 12, 49-53

Estas palabras de Jesús hoy en el evangelio que hablan de fuego, de muerte o de división de alguna manera siempre nos han resultado controvertidas y nos ha costado entenderlas, porque habla de un fuego que ha de arrasar, de un bautismo de pasión y muerte y nos habla finalmente de división contraponiéndola a la concordia y la paz.

Confieso que de alguna manera algunas veces me quedo como bloqueado cuando trato de entender estas palabras de Jesús, porque podría que parecer que van a la contra de todo lo que anuncia en el evangelio cuando nos habla del reino de Dios. Pero creo que quiere hacer con ellas una afirmación rotunda de lo que es el Reino de Dios que quiere para nosotros y para nuestro mundo.

Todo lo que se desboca y se sale de control se convierte en destructivo aun en aquellas cosas que consideremos más buenas; lo que perdido control nos domina y termina destruyéndonos porque nos esclaviza; lo podemos pensar de las propias pasiones humanas que en sí mismas son fuerza que nos impulsan en la vida, pero cuando se descontrolan solo nos dejamos guiar por el instinto y no por la razón que tiene que estar por encima y que es la que de la un valor y sentido humano a esa nuestra fuerza interior. ¿Será un instinto incontrolado el que guía hoy nuestras vidas? ¿Qué hay de humano en lo que hacemos?

El fuego, pues, descontrolado siempre nos resulta aterrador por lo destructivo y nos quedamos solo en esa imagen del fuego; un incendio de nuestros bosques que deja tras de sí desolación y destrucción, el incendio de una casa o una propiedad que nos hace perderla totalmente y no vamos más allá de lo que en sí mismo significa el fuego que es uno de los principio fundamentales de la vida y la existencia; porque no todo es destrucción sino que el fuego también es creador y transformador, o tras el fuego veremos renacer de nuevo la vida y la vegetación con nueva fuerza y nuevo brío, pero el descubrimiento del fuego y el control de esa llama fue uno de los pasos fundamentales en la vida del hombre pues también tras ese descubrimiento pudo haber luz en medio de la oscuridad, elaboramos nuestros alimentos, se convierte en motor de nuestros movimientos o de los medios que utilizamos para desplazarnos, como también podemos construir nuevas formas y nuevos elementos fundamentales para la vida del hombre; una llama parpadeante se convierte también en símbolo de vida. Cuántas imágenes de la luz y del fuego nos encontramos en la Biblia. Sería interesante hacer un repaso.

Jesús viene a prender ese fuego de vida en nuestros corazones y en nuestro mundo, como purificación por una parte si lo queremos ver también así, pero como principio de vida que ha de transformar nuestro mundo. La señal de la venida del Espíritu Santo, comienzo de la vida de la Iglesia en el envío de los discípulos por el mundo para anunciar el evangelio, fueron aquellas llamas de fuego que como imagen y signo se posaron sobre la cabeza de los apóstoles. Será ese fuego del corazón que nos hace intrépidos para el anuncio del evangelio que transforme en verdad nuestro mundo. ¿Nos extraña que Jesús nos diga que ha venido a prender fuego en el mundo y lo que quiere es que arda? Cuidado nosotros no apaguemos ese fuego del Espíritu con la frialdad de nuestra vida cristiana.

Entendemos así que Jesús nos hable de un bautismo por el que ha de pasar que significa muerte pero que significa vida también. Es la entrega del amor que nos hace morir a nosotros mismos pero para poder tener vida de la de verdad. Fue la pregunta que le hacía a aquellos dos que querían ocupar los dos primeros lugares en su reino, uno a la derecha y otro a la izquierda, ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, bautizaros en el baal timo donde yo me he de bautizar?’

Una pregunta importante a la que no hemos de dar respuesta a la ligera, porque tenemos que calibrar bien las consecuencias a ver si somos capaces de llegar hasta el final. El evangelio no es para los enclenques y los que necesitan continuamente paños calientes; es un camino de exigencia porque es un camino de amor, y cuando queremos amar no lo podemos hacer a medias o con paños calientes, el que ama de verdad se da hasta el final. Se deja incendiar por ese fuego del amor divino, con todas sus consecuencias.

Y unas consecuencias que nos van a surgir es la incomprensión de los demás por esas actitudes radicales que nosotros tomamos en congruencia con nuestra fe. Es la división que nos vamos a encontrar, que es lo que nos está señalando Jesús. Y esa incomprensión nos viene muchas veces de los que están más cerca de nosotros. No quiere hablarnos Jesús de que las familias han de estar divididas, porque eso sería todo lo contrario a lo que pretende el evangelio, pero sí nos hace comprender que no siempre el camino será fácil, y no por los de fuera que pretenderán echarnos sus zancadillas, sino por la incomprensión de los más cercanos a nosotros.

Pero será ese vigor que sentimos dentro de nosotros por el fuego del Espíritu el que nos seguirá impulsando para continuar con nuestra tarea y misión, para ser esos testigos verdaderamente congruentes del evangelio en medio del mundo.


domingo, 8 de junio de 2025

Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo y fermentar la levadura del evangelio

 


Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo y fermentar la levadura del evangelio

 Hechos 2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13;  Juan 20, 19-23

Hay experiencias por las que pasamos en la vida que nos marcan profundamente y nos harán sentir que a partir de ello ya todo no es igual para nosotros, nos pueden abrir a un nuevo sentido de vida, a comprender de una forma distinta aquellas cosas que nos van sucediendo y reviviéndolas nos sentimos como distintos, de alguna manera transformados y con una fuerza interior que nos lleva a ese nuevo actuar. Son experiencias que no solo recordamos sino que revivimos dentro de nosotros, porque cuando las recordamos es como si estuviéramos viviéndolas de nuevo y brota de nosotros como una nueva energía que nos hace distintos en cada momento.

Los discípulos de Jesús habían  pasado también por una tremenda experiencia; la entrega de Jesús, su pasión y su muerte fue algo que les hizo experimentar dentro de ellos mismos algo grande; la experiencia podría parecer que estaba llena de sombras porque todo aquello podía sonarles a fracaso; pero cuando al tercer día se encontraron con El vivo y resucitado todo cambio en su interior.

El evangelio, por expresarlo de alguna manera nos habla de sorpresa y de alegría, pero tuvo que ser algo más porque comenzaron a descubrir el sentido de todo; revivían no solo su muerte sino todo lo que había sido su vida con Jesús y sus hechos y palabras se hacían vida dentro de ellos; las palabras de Jesús se cumplían y lo estaban viendo en aquella experiencia pascual que estaban viviendo; era en verdad pascua para ellos todo aquello porque era un paso grande – pascua significa paso – el que estaban viviendo y los estaba transformando.

Sentían que Jesús estaba ya siempre con ellos; aquello que Jesús les había prometido del Paráclito o Defensor que estaría con ellos y les haría comprender todas las cosas lo estaban experimentando en sus vidas; era el Espíritu divino, el Espíritu Santo prometido que estaba con ellos.

Los textos de la Palabra de Dios nos hablan de dos momentos principales donde van a sentir esa fuerza del Espíritu; la forma de narrarnos las cosas de los evangelistas que tienen que emplear lenguajes humanos nos hablarán de dos tiempos distintos. Es el evangelio de Juan el que nos habla como en aquel primer encuentro con Cristo resucitado se sintieron llenos del Espíritu cuando Jesús les decía que habían de ir por el mundo anunciando el perdón, anunciando una nueva paz. ‘Recibir el Espíritu Santo… a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…’

Es anuncio y cumplimiento de aquella amnistía, aquel año de gracia del que hablaban los profetas y Jesús anuncia en la sinagoga de Nazaret. Una experiencia que ellos estaban viviendo y que ahora habían de transmitir. El Espíritu que impulsó a Jesús a anunciar aquella Buena Nueva es el que ahora ellos van a sentir en su interior para hacer ese anuncio hasta los confines del mundo.

San Lucas, por su parte, nos dará por así decirlo un plazo de cuarenta días en que con la presencia de Cristo resucitado que ellos estaban continuamente reviviendo fueron como redescubriendo todo el sentido del misterio de Jesús. Experimentarán así esa presencia del Espíritu en su corazones que Lucas nos va a situar en el día del Pentecostés judío – una fiesta que se celebraba a los cincuenta días de la pascua, de ahí su nombre – el momento en que van a sentir esa experiencia del Espíritu, esa fuerza del Espíritu que hará abrirse puertas y ventanas en su vida para salir a anunciar el nombre de Jesús. Es lo que nos describe san Lucas en los Hechos de los Apóstoles y hoy escuchamos.

Es lo que hoy nosotros estamos celebrando. Para nosotros no puede ser solo un recuerdo o una conmemoración; para nosotros tiene que ser el revivir esa experiencia del Espíritu en nosotros que lo hemos recibido desde nuestro Bautismo que nos hizo templos del Espíritu y de forma espacial como un don en nuestra confirmación. No puede ser algo que se quede en el recuerdo de un sacramento que un día recibimos, tiene que ser algo mucho mas hondo en nosotros mismos. Tenemos que abrirnos a la acción del Espíritu, tenemos que dejarnos conducir por la fuerza e inspiración del Espíritu Santo. Tenemos que hacerlo en verdad vida en nosotros.

Muchas veces los cristianos vamos de cansinos por la vida, parece que fuéramos arrastrándonos y haciendo las cosas solo por cumplimiento u obligación. Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo, que ponga alas en nuestros pies para ir a llevar esa buena noticia de salvación a los demás.

Qué lástima que los cristianos nos manifestemos tan aburridos, con falta de ese vigor y ese empuje que tienen que tener los que están llenos del Espíritu de Dios. Qué lástima que los encuentros de los cristianos sean tan monótonos y aburridos, pareciera que andamos adormilados, nos falta entusiasmo por aquello según decimos en lo que creemos porque no somos capaces de contagiar, de entusiasmar a los que están a nuestro lado.

Pidamos que se derrame abundante el Espíritu en nosotros, en nuestros corazones y en nuestras vidas, para que en verdad podamos hacer en nuestro mundo esa revolución del Evangelio. Si somos tantos cristianos en el mundo – cómo nos llenamos la boca con las cifras - ¿cómo es que en nuestro mundo no haya hecho efecto la levadura del evangelio? Y es que no vivimos esa vida nueva y renovadora del Evangelio; quizás habremos dejado sin efecto la fuerza de esa levadura porque la hemos hecho levadura vieja.

martes, 27 de mayo de 2025

Os conviene que yo me vaya, nos dice Jesús, para que recibamos la fuerza de su Espíritu, para que nos pongamos en camino, para que arranquemos hacia una vida nueva

 


Os conviene que yo me vaya, nos dice Jesús, para que recibamos la fuerza de su Espíritu, para que nos pongamos en camino, para que arranquemos hacia una vida nueva

Hechos 16, 22-34; Salmo 137;  Juan 16, 5-11

Las despedidas son siempre costosas y tristes; confieso que a mi es algo que me parte el alma, pero tenemos que afrontarlas en la vida; es una ruptura pero es un arranque, porque se rompen unos lazos creando distancias, es cierto, pero es un arranque porque quien marcha se abre a otros caminos, descubre otros horizontes, se desprende de apegos y ataduras, comienza quizás una libertad nueva; arranque también para quien se queda porque comenzamos a creer más en nosotros mismos y comenzamos también a ver la vida, las cosas, las personas de manera distinta y no dependiendo siempre de nosotros, como confiar en el que marcha con sus posibilidades y sus potencialidades.

Pero como decimos, aunque sepamos todas estas cosas, siempre hay una tristeza que se nos mete en el alma. Cuando hay una despedida por una marcha siempre queremos dejar o queremos que nos dejen un recuerdo, algo que vamos a tener muy presente a nuestro lado para no olvidar a quien marchó. ¡Cuántos recuerdos en este sentido vamos acumulando en la vida!

Es la situación en la que nos encontramos hoy en las páginas del evangelio. ‘Os digo la verdad, nos dice Jesús hoy o le dijo entonces a los discípulos, conviene que yo me vaya’. Andaban tristes porque ellos presentían algo, aunque no habían terminado de comprender todo lo que Jesús les había anunciado. ‘Por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón’, les dice Jesús. Era consciente del mal momento por el que estaban pasando.

Pero no les va a dejar solo un recuerdo, como nosotros cuando nos despedimos de alguien. Ya les había dejado unos signos diciéndoles que era algo que ellos tenían que hacer, cuando les había lavado los pies. Había dejado el mandamiento del amor, para que aprendiéramos a amar como El nos había amado. Pero ahora promete la asistencia de su Espíritu, que estará siempre con ellos, que les descubrirá todas las cosas, que les hará emprender una tarea nueva con su fuerza.

La Pascua era un arranque para algo nuevo, como antes decíamos, para un mundo nuevo, para una vida nueva. A partir de la Pascua era posible una vida nueva, era necesario que se sintieran firmes y seguros para no derrumbarse en lo que les podía parecer una hecatombe, ni seguir encerrados con sus miedos. Algo nuevo tenía que comenzar y era posible realizarlo, para eso les dejaba su Espíritu. Pero convenía que El marchase, para que sintieran la fuerza del Espíritu, para que se pusieran a caminar abriendo las puertas cerradas por el miedo. Lo vamos a contemplar cuando llegue Pentecostés y ellos se echen a la calle. Es lo que ahora les está anunciando Jesús. Las tristezas había que superarlas y un empuje nuevo iban a sentir en sus vidas.

Pero esto lo escuchamos no solo como algo dicho y sucedido entonces a los apóstoles, sino como una realidad que nosotros tenemos que vivir. Litúrgicamente nos encontramos en las vísperas de la Ascensión del Señor. ¿Una despedida? ¿Un quedarnos apesadumbrados y hundidos por la tristeza simplemente contemplando la marcha de Jesús al cielo? ¿Un ponernos de nuevo en camino?

La promesa de la presencia del Espíritu ahí está claramente en las palabras de Jesús. Es lo que tenemos que esperar, es a lo que tenemos que abrir el corazón, es el comienzo de un nuevo camino porque escucharemos que somos enviados por el mundo para llevar esa buena noticia, y podremos hacerlo, seremos capaces de hacerlo, creemos no solo en nosotros mismos sino en la presencia en nuestro corazón y en el corazón de la Iglesia del Espíritu del Señor.

domingo, 19 de mayo de 2024

Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo

 


Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo

Hechos  2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Es Pentecostés. Es mucho más que aquella fiesta judía que se celebraba a los cincuenta días de la pascua, como una celebración de la ley que el Señor dio a través de Moisés a su pueblo allá en el Sinaí; mucho más como aquella fiesta casi al principio del verano y que se convertía en ofrenda de las primicias de aquellos frutos que se comenzaban a recoger. Es mucho más porque para nosotros es la fiesta del Espíritu, aquella donación de sí mismo que Jesús había prometido para estar siempre con nosotros porque contaríamos para siempre con la fuerza venida de lo alto.

Los Hechos de los Apóstoles nos relatan lo acontecido aquel día. Aún seguían los Apóstoles encerrados en el Cenáculo, a pesar de las experiencias que ya habían tenido de la presencia de Cristo resucitado. En la Ascensión Jesús les había pedido que se quedaran en Jerusalén hasta que recibieran la fuerza del Espíritu. Ahora en medio de aquellas señales que les estremecían como de un ruido ensordecedor, de aquellas llamaradas que aparecían sobre ellos como si sintieran un incendio divino en sus espíritus ellos se sienten transformados e impulsados a salir al encuentro de cuantos les rodeaban.

Algo extraordinario sucede, porque habiendo gente venida de distintos lugares como era normal en aquella fiesta judía de Pentecostés todos les entienden cada uno en su propio idioma. La torre de la confusión de Babel se derrumbaba para comenzar un lenguaje nuevo que todos iban a entender. Son los signos y señales de la presencia del Espíritu.

Se acabaron los miedos y la confusión, comienza el mundo nuevo de la unidad y del entendimiento; queda ya atrás lo de encerrarse en si mismos y sus inseguridades para hacer el anuncio de la Buena Nueva que iba a transformar el mundo; con la presencia del Espíritu de Cristo resucitado la paz renace en los corazones, porque se olvidan las culpabilidades porque el perdón es el que nos va a conducir a la verdadera paz y no solo nosotros nos vamos a sentir renovados desde lo más hondo de nosotros mismos a pesar de las sombras de nuestros errores y pecados, sino que además tenemos que convertirnos en esos mensajeros y testigos de la paz y el perdón que será el que de verdad renueve nuestro mundo.

No podemos olvidar esas señales de la presencia del Espíritu que nosotros tenemos que seguir mostrando a nuestro mundo. No es solo el recuerdo de las señales vividas en otro momento sino que ha de ser en verdad algo vivo que en nosotros ahora se tiene que manifestar también para bien de nuestro mundo.

Hoy, ahora, aquí tiene que seguir siendo Pentecostés. La celebraciones cristianos no son solo un recuerdo sino un memorial, porque es haciendo memoria de esas maravillas de Dios hacer presente ahora en nuestra vida y en nuestro mundo esas mismas maravillas de Dios. Hoy, aquí y ahora tenemos que ser testigos de Pentecostés, porque nuestros miedos y cobardías se acaben de una vez para siempre, porque tenemos que comenzar a mostrar que es posible esa unidad y esa comunión porque en verdad comenzamos a sentirnos verdaderamente hermanos, porque sentimos en nuestros corazones el gozo y la alegría del perdón recibido que nos llena de paz y nos hace hombres nuevos sino porque vamos siendo esos ministros de reconciliación y de perdón para los demás.

Nos lo dijo Jesús en el día de Pascua, que nos daba su Espíritu para el perdón de los pecados, de manera que por todas partes teníamos que ir haciendo presentes esas señales del perdón. Sin verdadero y profundo perdón no podremos alcanzar una autentica paz. Esa paz que tanto necesita hoy nuestro mundo; esa paz que nos regenere y nos haga encontrarnos de verdad los unos con los otros dejando atrás viejos resentimientos y sanando de verdad las heridas que aun llevemos en el corazón. Las heridas que no se curan siempre nos irán marcando con cicatrices molestas; tenemos la medicina verdadera en la fuerza del Espíritu del Señor.

Una tarea muchas veces costosa y difícil, tenemos que reconocer, pero una tarea que sabemos que es posible. Vivamos con intensidad la experiencia de ser perdonados y aprenderemos a tener la experiencia gozosa de ofrecer el perdón. La fuerza del Espíritu que hoy en Pentecostés a eso nos está conduciendo.

Es Pentecostés y tenemos que ponernos en camino; es Pentecostés y de una vez por todas tenemos que abrir las puertas; es Pentecostés y tenemos que ir al encuentro de ese mundo que nos rodea con sus divergencias y con sus diferencias, con esos lenguajes que se nos vuelven ininteligibles y esas soledades que nos aíslan a pesar de tanto que decimos que nos comunicamos para crear un lenguaje nuevo de comunión y unos lazos de comunicación que nos acerquen los corazones. Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo.

domingo, 28 de mayo de 2023

Dejemos que nuestros corazones se inunden del Espíritu de Dios y nos sentiremos transformados en el amor dándole sentido a esta fiesta de Pentecostés

 


Dejemos que nuestros corazones se inunden del Espíritu de Dios y nos sentiremos transformados en el amor dándole sentido a esta fiesta de Pentecostés

Hechos 2, 1-11; Sal 103; Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Podríamos comenzar diciendo que el deseo de Dios al realizar la obra de la creación fue el crear una única humanidad. El relato de la creación del Génesis podemos decir que está lleno de imágenes míticas que vienen a ser como resumen de las diferentes concepciones de los pueblos antiguos sobre el sentido de la vida y de la humanidad, pero en el fondo hay un pensamiento y una revelación para nosotros los creyentes de lo que era ese deseo de Dios, la creación de una única humanidad. Fuimos los hombres los que no supimos vivir esa unidad de toda la humanidad y los que fuimos con nuestro egoísmo y con nuestra ambición creando esa ruptura entre los que tendríamos que haber vivido una unidad de amor.

El sueño de grandezas y de endiosarnos, las envidias que nos corroen y nos destruyen, la ambición del dominio para ponernos siempre en un pedestal más alto donde nadie nos pueda dar sombra, fueron sembrando esa ruptura de la humanidad, que creo barreras y abismos entre unos y otros, de manera que ya no éramos capaces de llegar a un entendimiento en esa misma y única humanidad. La imagen de la torre de Babel que nos habla de confusión de lenguas nos está hablando de esas rupturas, de esos distanciamientos, de esos abismos entre unos y otros.

Aquel anuncio de salvación hecho desde el primer momento de la aparición del pecado en el hombre, será algo que mantendrá la esperanza de la salvación para esa humanidad rota y dividida. En Jesús vemos el cumplimiento de esa promesa y el comienzo de esa nueva humanidad, por algo Jesús nos lo fundamentará todo en el amor. Será el amor el que tenderá puentes entre esos abismos que nos habíamos creado, será el amor el que creará lazos que nos unan y nos acerquen para vivir en un sentido nuevo de esa nueva humanidad.

Será la fuerza del Espíritu que Jesús nos promete el que nos anudará en el amor y el que nos dará fuerza para esa nueva creación. Ya se nos hablará de un cielo nuevo y de un mundo nuevo, ya se nos hablará de un hombre nuevo nacido desde la fe y el amor, ya se nos hablará de un sentido nuevo de relación porque somos hermanos, porque somos hijos del mismo Padre del cielo.

Y es lo que hoy estamos celebrando, la presencia de ese don del Espíritu que Jesús nos ha prometido para hacer esa humanidad nueva. Por una parte escuchamos cómo Jesús resucitado infunde el don del Espíritu sobre los apóstoles, como se nos dice, con el poder del perdón de los pecados. Es el principio de esa humanidad nueva, recibimos el perdón por esa destrucción de muerte que con nuestro pecado habíamos creado para que esas sombras queden vencidas para siempre, porque la muerte ha sido vencida y con la resurrección de Cristo una nueva vida ha nacido.

Es el anuncio de buena nueva que tenemos que llevar, es posible un sentido nuevo de vida porque hay perdón, porque hay amor, porque para eso se nos ha dado la fuerza del Espíritu, que como un fuego purifica y hace renacer un nuevo corazón. Tras las cenizas de ese fuego purificador renace la vida, aparece una nueva vida.

Pero otra imagen se nos ofrece hoy en el texto sagrado. Cuando el Espíritu Santo se ha presente en los apóstoles y discípulos de Jesús reunidos en el Cenáculo el día de Pentecostés, no solo será el impulso que sentirán en sus corazón para salir a anunciar esa Buena Nueva a aquella humanidad, venida de todas partes y congregada ahora en Jerusalén, sino que será posible que todos puedan entender las maravillas de Dios cada uno en su propio idioma. Ya no hay disparidad de idiomas como en Babel que fue imagen y origen de dispersión, sino que ahora será signo de unidad porque todos podrán escuchar el mismo mensaje de salvación.

Es el Espíritu que nos acerca, el Espíritu que crea nuevo entendimiento en nuestros corazones, el Espíritu que rompe las barreras que nos distanciaban para crear esa nueva humanidad, el Espíritu que creará ese hombre nuevo para ese mundo nuevo, para ese cielo nuevo, porque lo viejo ha pasado y la vida nueva ha renacido.

Es el Espíritu que seguimos necesitando, porque necesitamos rehacer nuestras esperanzas. Aun muchas veces nos llenamos de pesimismo porque no terminamos de hacer ese mundo nuevo; seguimos matándonos con nuestras ambiciones, seguimos destruyéndonos con nuestras envidias, seguimos creando barreras con nuestra insolidaridad que se manifiesta de tantos modos, seguimos abriendo brechas en las familias, en los pueblos, entre los vecinos o los amigos porque nos corroen nuestras malicias, nuestras desconfianzas, nos dejamos arrastrar por el materialismo de la vida y hacemos desaparecer las grandes metas y los altos ideales.

Nos parece una espiral sin fin y un camino sin salida, pero necesitamos despertar de nuevo la esperanza, tenemos que dar señales de que es posible un mundo nuevo, tenemos que ser signos con un nuevo estilo de vivir, con un compromiso fuerte de los que creemos en Jesús de que es posible esa nueva humanidad. Aunque nos parezca insalvable la montaña de mal que tenemos que superar, creemos en el perdón y creemos en el amor, con nosotros tenemos la fuerza del Espíritu. Dejemos que nuestros corazones se inunden del Espíritu de Dios y nos sentiremos transformados en el amor.

martes, 16 de mayo de 2023

Abramos nuestro corazón al Espíritu para llenarnos de esa fortaleza interior que nos inunda de verdadera esperanza en el anuncio del evangelio

 


Abramos nuestro corazón al Espíritu para llenarnos de esa fortaleza interior que nos inunda de verdadera esperanza en el anuncio del evangelio

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Sabemos que es así, que así son las cosas de la vida, ahora estamos llenos de entusiasmo que parece que nos vamos a comer el mundo, pero al rato o mañana caemos en un estado de desánimo que parece que es el mundo el que nos va a comer a nosotros. Circunstancias de la vida, cosas que nos suceden, pensamientos que nos pasan por la cabeza, anuncios que nos están haciendo llegar los malos momentos, necesitamos una fortaleza grande de ánimo, una fortaleza de espíritu para no caer en ese desánimo por cualquier circunstancia que nos bordee y nos llene de negros presagios. No es fácil mantener esa fortaleza de ánimo, pero será algo que tendremos que aprender a superar, aprender a transformar, aprender a madurar en nuestra vida.

Como decíamos necesitamos de mucha fortaleza interior. Una fortaleza interior que tenemos que saber ir cultivando, que sacamos de las buenas experiencias que hayamos tenido en la vida como también de aquellos momentos que hayan podido ser de fracaso pero que son hermosas lecciones para la vida. pero también la esperanza nos fortalece; la esperanza que nos hace ver que lo malo por lo que estamos pasando no va a durar siempre y un día podrá aparecer la luz y habremos salido de esas situaciones negras; pero es la esperanza que nace en nuestro corazón cuando sabemos que podremos encontrar ayuda, que cuando lleguen esos negros nubarrones no vamos a estar solos y a oscuras; la esperanza que se crece cuando contemplamos las luchas de los que caminan a nuestro lado, y vemos que ellos son capaces de salir adelante. ¿No podremos nosotros también?

Hoy Jesús quiere sembrar esa esperanza en el corazón de los discípulos que están pasando por un mal momento, que se sienten apesadumbrados, tristes y solos porque por las palabras y anuncios de Jesús intuyen lo que puede suceder y que un día El no va a estar con ellos. Les dice que sí es necesario que El se marche, porque de lo contrario no vendrá a ellos el Espíritu de Dios que en verdad les va a hacer fuertes.

‘Sin embargo, os digo, es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’. Conviene la marcha de Jesús aunque sea algo que ellos no entienden; Jesús trata de explicárselo, ‘si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito…’ Es la promesa que tendría llenarlos de esperanza, hacer cambiar su estado de animo, disipar aquellas tristezas que ahora están viviendo. Tendrán un Defensor, el Espíritu de la verdad.

Es el Espíritu que va a revelarles la plenitud de la verdad; es el Espíritu que les hará descubrir sus propias sombras, su propia realidad de pecado, pero es el Espíritu que nos ilumina con una luz nueva y nos hace comprender la belleza y la grandeza de la gracia; es el Espíritu que nos pone en camino de vivir de una manera nueva y distinta, pero es el Espíritu que nos mantendrá fuertes cuando aparezca la debilidad, pero también cuando aparezcan las adversidades que pudieran distraernos o alejarnos del verdadero camino; es el Espíritu que nos transformará desde lo más hondo, como una profunda revolución dentro de la persona, pero nos hará comprender cual es la libertad verdadera.

Los discípulos tendrán que experimentarlo en sus propias vidas para terminar de comprender la riqueza de gracia que el Señor nos regala. Han de pasar por la Pascua para encontrarse de nuevo con el Señor resucitado; tendrán que vivir la experiencia de Pentecostés y saldrán por el mundo sintiendo una presencia nueva de Jesús, sintiendo la fuerza de su Espíritu para transformar ese mundo por el anuncio del Evangelio. Que nos llenemos nosotros también de esa fortaleza y podremos vivir la alegría de nuestra fe.

lunes, 15 de mayo de 2023

Creamos en la palabra de Jesús, lo que nos anuncia y son nuestros peligros, pero confiemos en la Palabra de Jesús, en la promesa del Espíritu que será nuestra fortaleza

 


Creamos en la palabra de Jesús, lo que nos anuncia y son nuestros peligros, pero confiemos en la Palabra de Jesús, en la promesa del Espíritu que será nuestra fortaleza

Hechos 16, 11-15; Sal 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Nos anuncian cosas que nos pueden suceder, más aún, lo dan por hecho de que sucederá, pero como no nos creemos que eso nos pueda pasar a nosotros, pues no nos lo creemos. Una persona con buena voluntad para con nosotros y con una sabiduría que le ha dado la vida, nos habla de peligros, nos habla de situaciones en las que podríamos vernos envueltos, pero nos creemos muy seguros, autosuficientes podríamos decir, y no pensamos que podríamos en verdad llegar a esa situación. Cuando llegue el momento, recapacitaremos y nos diremos que era verdad aquello que nos dijeron, aquello que nos anunciaron, pero no le hicimos caso.

¿Les sucedió algo así a los discípulos de Jesús, a los Apóstoles que había llamado a estar con El? De alguna manera tenemos que decir que sí, aunque en el momento en que escuchan estas palabras de Jesús la tensión se palpa en el ambiente y ya podían vislumbrar que algo iba a pasar a partir de aquella noche, siguieron confiados en que Jesús estaba con ellos, y como le diría Pedro un día, eso no te puede pasar a ti. Ahora cuando el evangelista nos hace el relato de las palabras de Jesús está haciendo algo así como una confesión de que no siempre se tomaban en serio los anuncios y las palabras de Jesús.

Pero Jesús les está hablando de una presencia suya entre ellos de una manera distinta; está hablándoles del Espíritu que enviará desde el seno del Padre. Será su maestro y su guía, se los revelará todo, estará con ellos para que nos les falte la fuerza en los momentos difíciles que se acercan. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’.

Y nos insiste y nos repite. ‘Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis… Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’. Y habla de que los expulsarán de las sinagogas y hasta piensan que hacen bien cuando los quitan de en medio. No será hoy expulsiones de la sinagoga o cosas así, porque lo menos que les preocupa a las gentes del mundo el que exista sinagoga o no, que sean de una religión o de la otra.

Es un tema del que se hace silencio, se ignora, no nos metan en líos o complicaciones, son cosas de religión allá ellos dirán, pero el hecho religioso es algo que hoy quiere acallarse, ignorarse, como si no existiera; todos tienen posibilidades de hablar en los foros públicos, y si pueden poner un poco de pimienta en los temas o en los problemas de la Iglesia, mejor, pero en esa cancha es a la Iglesia, es al cristiano convencido de su fe al que no se quiere dejar hablar. A lo sumo lo más que hacen es tratarlo como un tema cultural de otro tiempo pero que no nos tiene que afectar.

Y los cristianos nos callamos, nos acobardamos, como nos pedía ayer domingo san Pedro en su carta, los cristianos tenemos que saber dar razón de nuestra esperanza, de nuestra fe. Es la valentía que nos falta a los cristianos, porque no nos confiamos en el Espíritu del Señor, tal como Jesús hoy nos lo promete. Sintamos ese fuego del Espíritu dentro de nosotros y nada nos podrá hacer callar.

En estos dos semanas que nos quedan para Pentecostés ésta tendría que ser nuestra súplica diaria, invocar la presencia del Espíritu, que lleguemos a sentir ese fuego del Espíritu, que se produzca un verdadero Pentecostés en nuestra vida. Que esa sea nuestra oración, aprendamos a dejarnos conducir por la fuerza del Espíritu Santo. Creamos en la palabra de Jesús, lo que nos anuncia y lo que son nuestros peligros. Pero confiemos en la Palabra de Jesús, en la promesa del Espíritu.

 

domingo, 14 de mayo de 2023

Envueltos por el Espíritu de Jesús en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán, no estarán huérfanos ni solos

 


Envueltos por el Espíritu de Jesús en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán, no estarán huérfanos ni solos

Hechos 8, 5-8. 14-17; Sal 65;  1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21

Cuando en el camino de la vida nos sentimos acompañados por alguien que por su prestigio, por su bien hacer, por sus características de líder y sentimos que de un momento a otros nos va a fallar, no lo vamos a tener a nuestro lado, nos sentimos mal, nos sentimos como abandonados y nos entran los temores de qué va a ser de nosotros, de nuestro grupo, de los proyectos que traemos en mano.

En todo grupo humano siempre tenemos una persona así, que lo es todo para aquel grupo, que sabe mantenerlo unido, manteniendo en alto los ideales y metas; sucede hasta en cualquier grupo de muchachos como lo tenemos en cualquier organización. Hoy le ponemos diferentes nombres, será ‘coach’ como está ahora de moda, será dirigente, acompañante que es lo que realmente significa esa palabra mencionada, será maestro, será animador, será defensor, llamémoslo como queramos, pero si nos falta parece que el mundo se nos viene abajo, aunque la misión del líder es ponernos a caminar para que seamos capaces de hacerlo por nosotros mismos.

¿Por qué no podemos pensar que así se sentían los discípulos en relación a Jesús y que ahora en estos últimos momentos están sintiendo tantas palabras de despedida? La tristeza y la incertidumbre les embargan, porque aun no sabe lo que realmente va a suceder después de aquella cena tan llena de signos. La incertidumbre y la preocupación que también nos envuelve tantas veces a los cristianos frente al mundo y con la misión que en el mundo tenemos que realizar. También nos llenamos de miedos.

Pero Jesús les dice que no tienen por qué estar tristes, El marcha – es el momento de la entrega definitiva – pero les promete quien les va a acompañar siempre. El Espíritu de Jesús no les va a faltar. Les promete el Espíritu de la verdad, que se lo revelará todo, pero que será el acompañante, el Defensor que estará siempre con ellos. No se van a sentir solos, aunque ellos ahora no lo entienden.

‘No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros… Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad…’ Les costará entenderlo a los discípulos y su consuelo, de alguna manera, es confiarse a las palabras de Jesús. Lo pasarán mal en aquella pascua, más tarde Jesús les abrirá el entendimiento para que comprendan las Escrituras, para que comprendan todo lo que El les ha anunciado. Cuando se sientan envueltos por el Espíritu en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán.

Tenemos que poner nosotros también toda nuestra confianza en las palabras de Jesús. Su Espíritu también ha inundado nuestras vidas porque desde el Bautismo nos hemos convertido en morada de Dios y en templos del Espíritu. Como don especial lo recibimos en el sacramento de la Confirmación y ya nosotros con la fuerza del Espíritu tenemos que ser testigos.

El Espíritu que abrió las puertas de la Iglesia para que se expandiera el mensaje del Evangelio, y llegara, como hemos escuchado hoy en la primera lectura, incluso a aquellos lugares a los que en principio tenían temor de llegar porque pensaban que no iban a ser recibidos. Fue el Espíritu el que impulsó a los que salieron de Jerusalén en aquellas primeras persecuciones para anunciarlo en Samaría, que para los judíos era una tierra maldita, y sin embargo vemos como acogen la predicación del diácono Felipe y bajarán luego Pedro y Juan para que por la imposición de las manos sobre ellos se realizara un nuevo Pentecostés.

¿Nos dejaremos conducir por el Espíritu para llegar también a las fronteras, esas fronteras que tenemos ahí cerca de nuestro lado, vecinos nuestros quizá en nuestro mismo pueblo en tantos a los que parece que no interesa el evangelio,  no interesa la Iglesia, para que también may hagamos un anuncio del mensaje del Evangelio?

Es el Espíritu que, como nos decía el apóstol Pedro en la segunda lectura de hoy, que nos hará dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza al mundo que nos rodea. Es el testimonio que tenemos que dar con nuestra vida, que el mundo crea que hay razones para la esperanza, que el mundo vea que es importante mantener viva la fe; que con el testimonio de nuestra vida, por lo que hacemos y por lo que vivimos, por nuestro compromiso serio, por esa lucha que mantenemos contra el mal y la injustita, por esos gestos de humanidad y de cercanía con que nosotros caminamos tendiendo la mano, curando heridos de la vida, levantando caídos, acompañando soledades, poniendo el amor y la comprensión siempre por delante demos razón de la fe que anima nuestra vida, de la esperanza que llevamos en el corazón y que nos mantiene con espíritu alegre para poner alegría en nuestro mundo.

Y lo podremos hacer porque estamos llenos del Espíritu que nos ha dejado Jesús como nuestro acompañante y nuestro defensor, el Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena. Abramos las puertas de nuestro corazón para dejarnos inundar por la fuerza del Espíritu.

 

lunes, 8 de mayo de 2023

Vayamos pues disfrutando de esa inmensidad del amor que Jesús nos ofrece, saboreando el amor, saboreando esa presencia de Dios que habita en nosotros

 


Vayamos pues disfrutando de esa inmensidad del amor que Jesús nos ofrece, saboreando el amor, saboreando esa presencia de Dios que habita en nosotros

Hechos 14, 5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26

Te amo, quiero estar contigo para siempre, quiero vivir contigo.  De forma romántica se podrá decir más bonito, pero de alguna manera es el proyecto de vida que se hacen, que tienen dos personas que se aman, dos enamorados. Y porque se aman habitan juntos, cohabitan es la palabra que solemos emplear; que es mucho más que estar juntos, porque de alguna manera viven el uno en otro, viven el uno para el otro, con todo lo que entraña la intimidad del amor.

Podríamos decir que es lo que nos está diciendo hoy Jesús. Le amamos y guardamos sus mandamientos. El que ama de verdad se da de tal manera que lo que busca es agradar al otro, hacer todo lo posible porque el otro sea feliz; no es solo buscar nuestra propia felicidad, que nos vendrá en consecuencia, sino que me doy de tal manera que con todo mi ser quiero hacer feliz al que amo. Cuando hemos buscado en algo que queremos llamar amor primero nuestra propia felicidad, ese tal llamado amor va demasiado cargado de egoísmo, de egocentrismo, que le falta lo importante para ser verdadero amor. Seré feliz cuando te vea feliz, y te veré feliz porque por mi parte pondré todo lo que sea necesario para agradarte y que lo seas.

Es lo que nos dice hoy Jesús. Me he quedado en esta reflexión casi en la primera frase. ‘El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama… Y el que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Aceptar sus mandamientos, buscar siempre lo que es la voluntad de Dios, guardar su Palabra, plantarla en nuestro corazón y nuestra vida. Así manifestamos nuestro amor. Pero así se va a manifestar en mí el amor de Dios que me llevará por caminos de plenitud y de felicidad. ‘Mi Padre lo amará’, vamos a ser regalados por el amor de Dios, y el regalo más hermoso es que Dios va a estar con nosotros. Dios se ha enamorado de nosotros, ‘vendremos a él y haremos morada en él’.

Maravilla del amor de Dios, porque no va a ser un amor desde fuera. Es que Dios va a venir a mí, hará morada en mí. ¿No decimos que por el bautismo nos convertimos en morada de Dios y templos de su Espíritu? Aquí lo tenemos. No es simplemente sentir que Dios está a nuestro lado – y sentiremos, es cierto, a Dios caminando a nuestro lado porque eso es lo que se manifiesta cuando se nos dice que se ha encarnado y habita con nosotros, sino vamos a sentir que Dios está dentro de nosotros, habitando en nosotros.

¿Qué decíamos que sienten los enamorados? En nombre de su amor, decíamos, quieren vivir juntos, con lo que quiere entrañar esta expresión. Ahora decimos que Dios se ha enamorado de nosotros y no solo quiere habitar a nuestro lado, sino que quiere habitar en nosotros.

Es todo un misterio de amor, que por muchas semejanzas que tenga con nuestro amor humano, sin embargo no llegamos siempre a captar en toda su profundidad. Por eso Jesús nos promete su Espíritu, que cuando El venga nos lo revelará todo, nos hará comprender todas las cosas.

Estamos ya acercándonos a Pentecostés y poco más que una larga novena de preparación nos va ofreciendo la liturgia en estos días que quedan donde iremos escuchando toda esa promesa del Espíritu que Jesús nos hace. Ahondemos nosotros en ello, vayamos abriendo nuestro corazón para dejarnos conducir por el Espíritu, que nos lo revelará todo, que nos hará comprender todas las cosas.

Vayamos pues disfrutando de esa inmensidad del amor que Jesús nos ofrece. Vayamos saboreando el amor, esa presencia de Dios que habita en nosotros.


lunes, 6 de junio de 2022

María, Madre de la Iglesia, el mejor molde en el que podríamos verternos nosotros para mejor parecernos a Jesús

 


María, Madre de la Iglesia, el mejor molde en el que podríamos verternos nosotros para mejor parecernos a Jesús

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34

Ayer veníamos a concluir el tiempo pascual cuando celebrábamos la fiesta de Pentecostés. Precisamente el libro de los Hechos nos habla de cómo los apóstoles se habían reunido en el Cenáculo en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. Les había dicho que no salieran de Jerusalén hasta que no recibieran el don del Espíritu Santo y allí habían permanecido el grupo de los Once que pronto se completó agregando a Matías para formar el grupo apostólico, pero estaban reunidos con María, la madre de Jesús y algunas mujeres.

Es importante que aparezca ya en la Iglesia naciente la figura de María. Durante la vida pública de Jesús esporádicamente aparece la figura de María en una ocasión que le dicen a Jesús que allí están su madre y sus hermanos, y ya sabemos la respuesta de Jesús, o cuando se menciona como hijo de María y de José el carpintero en la Sinagoga de Nazaret.

Volverá a aparecer María junto a la cruz de su Hijo en el Calvario; aunque la devoción nos ha situado a Maria en la calle de la Amargura, en el camino del Calvario, el momento cierto es lo que nos narra el evangelio de san Juan y hemos escuchado hoy en el evangelio. Allí Jesús nos la da como madre, en la persona del discípulo amado que también está al pie de la cruz junto con algunas mujeres. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre’, que les dice primero a María y luego al discípulo amado. En él, podríamos decir, estábamos prefigurados todos, estaba prefigurada la Iglesia, a la que da como madre a María.

Es lo que desde unos años a esta parte, instituida esta fiesta por el Papa Francisco, estamos celebrando hoy, María, Madre de la Iglesia. Fue ya título y advocación que nos dejé como herencia el Concilio Vaticano II, con hermosos comentarios entonces del Beato Pablo VI, y ya algunas congregaciones religiosas con fuerte carisma mariano venían celebrando en este día, como las Hijas de María, Madre de la Iglesia.

Hermoso como la Iglesia se siente hija de María. Allí en la iglesia naciente, tanto al pie de la cruz como madre corredentora como así la llamamos también en nuestra devoción, como luego en el nacimiento de la comunidad eclesial en el Cenáculo con la venida del Espíritu Santo. María, madre intercesora como la ha sentido siempre la Iglesia y la sentimos todos los cristianos, por eso la figura y la imagen de María acompañará el caminar de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Es hermoso el comentario que hizo el Papa Francisco en la celebración del primer año en la capilla de santa Marta después de haber sido instituida esta fiesta que no me resisto a transcribirlo. “La Iglesia es femenina, porque es ‘iglesia, ‘esposa’: es femenina. Y es madre, da a la luz. Esposa y madre. Y los Padres van más allá y dicen: ‘También tu alma es esposa de Cristo y madre’. Y en esta actitud que viene de María, que es Madre de la Iglesia; de esta actitud podemos comprender esta dimensión femenina de la Iglesia que cuando falta, hace que la Iglesia pierda su verdadera identidad y se convierta en una asociación de beneficencia o en un equipo de fútbol, o en cualquier cosa, pero no en la Iglesia”.

Al retomar litúrgicamente el tiempo ordinario, después de haber celebrado ayer Pentecostés, volvemos nuestra mirada a María, y la queremos contemplar como Madre de la Iglesia. Madre siempre a nuestro lado su figura femenina y maternal tanto nos ayuda al asumir nuestra identidad cristiana, porque ella es el mejor molde en el que nos podemos verter nosotros para parecernos más a Jesús, porque en ella fue engendrado por obra del Espíritu Santo el Hijo de Dios para hacerse hombre, y toda su humanidad fue origen, podríamos decirlo así, de la Humanidad del Hijo de Dios que por nosotros quiso encarnarse para ser nuestra salvación.

domingo, 5 de junio de 2022

Recibimos hoy el don del Espíritu que abre las puertas que nos encierran, nos hace sentir una nueva libertad y nos pone en camino de nuevos horizontes

 


Recibimos hoy el don del Espíritu que abre las puertas que nos encierran, nos hace sentir una nueva libertad y nos pone en camino de nuevos horizontes

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Hay una circunstancia repetida de alguna manera en los dos relatos que nos ofrece hoy san Lucas tanto del evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, previa a la presencia del Espíritu y la nueva presencia de Jesús resucitado. Expresamente se dice en el evangelio que estaban en el cenáculo con las puertas cerradas, y encerrados allí estaban en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús de enviarles su Espíritu.

Puertas cerradas por fuera cuando nos quitan la libertad y nos dejan prisioneros en su interior, puertas cerradas por dentro cuando el miedo nos impide ejercer nuestra libertad. Seguimos viendo muchas puertas cerradas, y no solo es que caminemos por nuestras calles y raro es que nos encontremos una puerta abierta sino que puede ser expresión también de muchas cosas que nos encierran, de muchas distancias que ponemos, de muchas barreras que nos creamos y nos impiden la comunicación o la comunión. Puertas que muchas veces siguen cerradas en nosotros con nuestros miedos o con nuestras cobardías, con nuestros apegos o con nuestras esclavitudes.

Jesús había anunciado en la sinagoga de Nazaret que venía lleno del Espíritu del Señor para dar libertad a los oprimidos, y como un signo vemos en el evangelio con los milagros cómo Jesús nos va liberando de nuestros malos, que no solo son las carencias físicas que la enfermedad nos puede imponer, sino ese mal que desde dentro nos oprime y nos esclaviza.

Llega Jesús resucitado junto a los suyos y no necesitará que nadie les abra las puertas pero con el regalo del Espíritu da poder a los suyos para que vayan llevando esa nueva liberación a todos los que están esclavizados con el pecado, el poder del Espíritu para el perdón de los pecados. Se derrama el Espíritu a los congregados y encerrados en el cenáculo y las puertas se abrirán porque el Espíritu de la salvación ha de expandirse y ha de hacerse llegar a todos los hombres. Llenos del Espíritu saldrán a la calle ante todos aquellos que en su entorno se habían congregado al sentir los signos del cielo para anunciarles la Buena Nueva de la salvación.

Una salvación que significativamente será para todos los pueblos, porque yo no habrá trabas de lenguajes que impidan la comunicación, porque todos escucharán ese mensaje que les están trasmitiendo los apóstoles, cada uno en su propia lengua. No es solo un milagro de glosolalia, sino que es el signo claro de ese anuncio de salvación ha de ser para todos y todos podrán escucharlo, todos han de escucharlo. No hay ya puertas de lenguaje ni cierren la comunicación porque hasta los confines de la tierra han de ir a anunciar el mensaje de Jesús.

Celebramos hoy Pentecostés, la Pascua del Espíritu, el cumplimiento de la promesa de Jesús; el Espíritu que nos congrega en una misma comunión desde nuestra fe en Jesús y el Espíritu que nos va a hacer sentir de una manera nueva esa presencia de Jesús; el Espíritu de la Verdad que Jesús nos había prometido que nos lo revelaría todo, pero es el Espíritu que nos abre las puertas a nuevos horizontes y nos pone en camino porque con su fuerza hemos de ir haciendo el anuncio de la salvación a todos los hombres.

Es el Espíritu que ha construido la Iglesia cuando a todos nos ha congregado en unidad pero es el Espíritu que sigue conduciendo los caminos de la Iglesia y los caminos de todos los que creemos en Jesús para ser testigos en medio del mundo; es el Espíritu de sabiduría y de fortaleza para saber mantener encendida esa lámpara de nuestra fe en nuestros corazones y en medio del mundo; el Espíritu que un día condujo los pasos de María para que llegara hasta las montañas de Judea porque con su presencia todo se llenaba de Dios y es el mismo Espíritu que sigue conduciendo nuestros pasos para llenar también de la presencia de Dios nuestro mundo disipando toda sombra de tiniebla; es el Espíritu que nos libera de todas las ataduras como había anunciado Jesús en la sinagoga de Nazaret, pero que nos envía por el mundo con ese poder de liberación, con ese poder del perdón porque es el camino de la reconciliación para lograr un mundo nuevo.

Necesitamos la fuerza del Espíritu para convertirnos de verdad en testigos, testigos de la verdadera liberación, testigos que no queremos puertas cerradas sino que vamos a proclamar que con esa libertad podemos ir, vamos a ir con las puertas abiertas al encuentro de nuestros hermanos y de nuestro mundo. Es la acogida de nuestros corazones, pero son esos nuevos pasos que damos al encuentro de nuestro mundo con todas sus sombras y sufrimientos a los que queremos llevar una nueva luz.

Testigos de esa Iglesia de puertas abiertas porque llevamos un nuevo amor en nuestro corazón y vamos a ir mostrando con ese nuevo amor podemos alcanzar la verdadera liberación que nos ofrece Jesús; no podemos ser nunca una iglesia de puertas cerradas, no podemos encerrarnos los cristianos con ningún miedo que nos acobarde – desterremos para siempre todo miedo y toda cobardía -, tenemos con nosotros la fuerza del Espíritu que es la fuerza de la verdadera libertad.