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lunes, 31 de agosto de 2026

El evangelio escuchado nos está pidiendo o planteando un cambio de chip, ese cambio de ritmo, una mirada distinta exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano

 

El evangelio escuchado nos está pidiendo o planteando un cambio de chip, ese cambio de ritmo, una mirada distinta exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano

1Corintios 2, 1-5; Salmo 118; Lucas 4, 16-30

Cuando nos cambian el ritmo de aquello a lo que estábamos acostumbrados y que hacíamos casi como una rutina se nos vienen abajo nuestros ritmos, nos sentimos desconcertados y nos cuesta entrar en la nueva dinámica. Son las pruebas psicotécnicas que se emplean en muchas ocasiones para, precisamente eso, ponernos a prueba en nuestra capacidad de respuesta, nuestra posible reacción y si somos capaces de asumir el nuevo ritmo, por ejemplo, que se nos presenta. Pero sin entrar en esas pruebas técnicas son muchas veces las pruebas que la misma vida nos presenta y ante lo que tenemos que saber reaccionar con madurez por una parte, pero también estando abiertos a lo nuevo que se nos puede ofrecer y que mejoraría nuestra vida. Algunas veces nos cuesta aceptar esos cambios, nos ponemos incómodos y tenemos la tentación de ponernos en una actitud interna de rechazo ya sin saber bien por qué.

¿Será algo así lo que estamos viendo en este comienzo de la vida pública de Jesús en su presentación en Nazaret en el evangelio de san Lucas que ahora comenzamos a leer de forma continuada? Ya fue una sorpresa que al acudir Jesús aquel sábado a la sinagoga después de los primeros recorridos que ya había hecho por otros pueblos y aldeas de Galilea se haya ofrecido a hacer la lectura del profeta y su comentario. Era tarea del encargado de la sinagoga pero que él podía ofrecer a quien por allí se acercase y tuviera esa disponibilidad. Se ha escogido un texto del profeta Isaías; habla de la manifestación del Espíritu del Señor en aquel que había de venir en una clara referencia al Mesías esperado.

Ya conocemos el texto que hemos escuchado muchas veces. Habla de quien con la fuerza del Espíritu del Señor viene a iniciar un tiempo nuevo de liberación; habla de los enfermos e impedidos que recobraran vida y salud, pero habla también de otra liberación más profunda de todos aquellos que se sienten oprimidos y sin libertad; habla del tiempo nuevo del año de gracia del Señor. Claras referencias a los tiempos mesiánicos que todos estaban anhelando. Y es tajante el comentario de Jesús. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.

¿Sorpresa? ¿Alegría y esperanza renovada? ¿Admiración por quien había pronunciado tales palabras? Ellos lo conocían bien, allí se había criado, era el hijo de José el carpintero, por allá andaban aun sus parientes… ¿Dónde había adquirido aquella sabiduría? ‘Todos expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca’.

Jesús no se queda en esas palabras porque El está hablando de un tiempo nuevo, de algo nuevo que no era lo de siempre. Ellos habían oído de las cosas maravillosas que Jesús había hecho en otros lugares, bien sabemos cómo vuelan las noticias y eso que entonces no había las redes sociales que hoy tenemos, pero ya estaban pensando en sentirse los primeros beneficiarios de aquel poder que parece que se manifestaba en uno que era de su pueblo. Pero Jesús viene a decir otra cosa, busca a aquellos que tienen que ser liberados de sus esclavitudes y de sus males, pero no tiene que ser en lo de siempre, en los de siempre, en los lugares de siempre. Les recuerda que el profeta Elías atendió a una viuda que precisamente no era judía, y que el profeta Eliseo curó de la lepra precisamente a quien se podía considerar un enemigo porque era sirio.

Aquí se cambian los ritmos y los esquemas. Un día alabará Jesús la fe de un centurión romano que era gentil y del que dice que no ha encontrado en nadie en Israel con tanta fe como él; curará a la hija de la mujer de Fenicia, a quienes los judíos consideraban como los perritos y lo hará precisamente por su fe; se dejará tocar por los leprosos o por quienes eran considerados impuros como la mujer de las hemorragias que toca la orla de su manto. Algo nuevo va a suceder, algo nuevo quiere realizar Jesús. La gente de Nazaret no lo soporta porque lo considera como un desplante y terminarán porque quieren arrojar a Jesús por un barranco.

Pero esto que estamos viendo en el evangelio ahora me hace pensar en situaciones que podemos estar pasando en estos días. Cuando hablamos de necesidades, de problemas o de carencias ¿en quienes estamos pensando habitualmente? ¿En los pobres de siempre, esos que aparecen todas las semanas por Cáritas, en esa gente de nuestro entorno que sabemos también que tienen problemas para llegar a final de mes, solo en esas personas cercanas a nosotros?

Creo que nuestra mirada tiene que ir más allá. ¿No habremos escuchado alguna vez que ahora los emigrantes que de una forma o de otra están llegando junto a nosotros nos van a quitar el trabajo o los beneficios sociales que necesitan los que son de aquí? Nos quejamos de que esos recursos tengamos que gastarlos en esos que nos han aparecido de la noche a la mañana y que no son precisamente de los nuestros porque además nos parece una invasión y aquí ponemos no sé cuantas características.

El evangelio que hoy hemos escuchado ¿no nos estará pidiendo o planteando ese cambio de chip, ese cambio de ritmo, esa mirada distinta porque es también una exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano? Son cosas que tenemos que pensar, que analizar, ante las que tenemos que abrirnos viendo nuevas perspectivas.

‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.


miércoles, 4 de febrero de 2026

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

 


El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

2 Samuel 24, 2. 9-17; Salmo 31; Marcos 6, 1-6

¿Qué se cree él? ¿Quién se cree que es? Reacciones así hemos visto más de una vez, o quizás nosotros mismos hemos tenido, ante alguien que nos dice cosas que no nos gustan porque nos están poniendo el dedo en la llaga, diciéndonos la verdad que no nos gusta escuchar. Una persona que trata de comportarse con gran nobleza y rectitud, que quizás la vemos comprometida en acciones a favor de los demás o que se convierte en denuncia de situaciones que no son tan buenas, pero que quizás nos molestan, nos sentimos heridos porque nos están diciendo las cosas claras; y nos surgen esas preguntas que cuestionan a la persona, a la que quitamos autoridad en lo que dice porque buscamos sombras que la desprestigien. ‘Si ese individuo lo conozco yo de toda la vida… y sé quien es su familia…’ y así nos montamos buenas historias con tal de no aceptarlo.

Le estaba pasando a Jesús. Había ido a su ciudad y se había puesto a enseñar en la sinagoga como hacía por todos los lugares por donde iba anunciando el Reino de Dios. El evangelista Marcos a quien corresponde este relato no nos detalla cual era el mensaje de Jesús, pero sin lugar a dudas era el anuncio de la llegada del Reino de Dios pidiendo la conversión para creer esa Buena Noticia; como en otros los signos que realizaba daban autoridad a sus palabras.

Pero la gente se cuestiona. ‘¿De donde la viene esta sabiduría?’ Lo conocían de toda la vida porque allí en Nazaret se había criado, y allí estaban sus familiares, y allí había trabajo con su padre José. ‘¿No es este el carpintero?’ se decían. Y mencionaban a todos sus parientes conocidos de todos como era además normal en un pueblo pequeño. Y comenzó a aparecer la desconfianza, no le creían, no le aceptaban; ¿qué podían recibir ellos de alguien que era como ellos? ¿Si viniera revestido de autoridad de otros lugares o de alguna escuela rabínica? ¡Qué difícil se nos hace comprender los misterios de Dios!

‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’, les dice Jesús con palabras que se han convertido en sentencia y en refrán. Y como continúa diciendo el evangelista ‘no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe’, pero como se continúa diciéndonos Jesús continuó con su misión profética por todos los lugares y aldeas de Galilea.

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, hablará las palabras que tiene que decir aunque no sean escuchadas, manifestará las maravillas del Señor aunque no sean reconocidas, seguirá sembrando la semilla de la Palabra de Dios aunque no siempre encuentre la tierra apropiada; en algún lugar brotará esa semilla, algunos terminarán reconociendo las maravillas del Señor, Dios sigue actuando y acercándose a nosotros aunque seamos las tinieblas que rechazamos la luz. Y es que Dios se manifiesta en lo humilde y lo sencillo, se manifiesta en los pequeños y en los parece que no son nada, se acerca a la humanidad para hacer su mismo camino pero para abrir nuevos caminos ante él. Será costosa la misión y tiene mucho de pascua, de pasión y de muerte, pero de la muerte hará resurgir la vida porque ahí está siempre el paso del Señor.

Contemplamos el actuar de Jesús pero en El tenemos que vernos reflejados, no en vano con Cristo nos hemos hecho sacerdotes, profetas y reyes, y esa misión no la podemos abandonar. No siempre nos será fácil, muchas veces también nos encontraremos que no somos aceptados, no a todos va a gustar el anuncio de verdad que tenemos que hacer, pero hay una fidelidad y una lealtad en nuestro corazón que no podemos abandonar; con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor que nos alienta, que pone palabras en nuestros labios, pero que nos transforma para que seamos en verdad testimonio ante el mundo que no nos quiere creer y que en ocasiones tratará de quitarle valor a nuestras palabras. Somos pecadores, es cierto, pero por eso mismo somos testigos de lo que es el amor del Señor, es el hermoso testimonio que tenemos que dar.

sábado, 10 de enero de 2026

La Buena Nueva del Evangelio sigue siendo buena noticia de salvación hoy, no una utopía que nos confunde y adormece sino una nueva realidad para nuestra vida

 


La Buena Nueva del Evangelio sigue siendo buena noticia de salvación hoy, no una utopía que nos confunde y adormece sino una nueva realidad para nuestra vida

1Juan 4, 19–5, 4; Salmo 71; Lucas 4, 14-22a

Quien va por la vida arrastrando una pesada carga si encuentra en el camino un alma caritativa y generosa que quita de sobre sus hombros tal tormento se sentirá liberado es cierto pero sobre todo va a comenzar a creer en la bondad de los hombres cuando alguien sin pedirle cuentas le ha ayudado a liberarse de su peso.

Este pensamiento de entrada nos puede parecer muy utópico, sobre todo desde esas negruras sin esperanza en las que vivimos muchas veces, pero lo podemos ver palpable en gestos materiales que siempre nos encontramos en aquellos que siempre están dispuestos a ayudar; serán los trabajos que algunas veces se nos convierten en esclavizantes por la manera de plantearlos, la dureza de la vida del campo, el trabajo duro de quien trabaja en una mina, por ejemplo, trabajos que nos roban todo el tiempo o angustias de los que aun con todo el esfuerzo que hacen sienten que no pueden salir de sus amargas situaciones. Encuentran a alguien que les echa una mano y seguro que se lo agradecerán, como solemos decir, eternamente.

Pero son también otros agobios que sufrimos en la vida, problemas que se acumulan, enfermedades que nos destruyen no solo nuestro cuerpo sino también nuestra estabilidad emocional y la de los que conviven con nosotros, esperanzas que se pierden, situaciones de la sociedad que no sabemos qué rumbo toman, materialismo de la vida que contemplamos a nuestro alrededor donde parece que el dinero y la riqueza la solucionan todo, gente que camina sin rumbo ni sentido y solo buscan un placer efímero que quizás les haga olvidar sus otros sufrimientos. ¿Encontraremos una salida válida a todas estas situaciones que vivimos o que nos encontramos a nuestro alrededor?

Nos hace falta una palabra de aliento, un gesto que despierte la esperanza, algo que ponga una ilusión nueva en nuestro espíritu para poder seguir manteniendo la lucha y la búsqueda de caminos. Algo tiene que despertarnos, alguien tendrá que ser quien ponga una nueva luz en nuestra vida. ¿Dónde encontrar esa salvación?

En estos días en que estamos culminando la Navidad la liturgia nos va ofreciendo diversos textos de la Palabra que nos ayudan a descubrir quién es en verdad Jesús para nosotros y la esperanza que pone en nuestra vida. Hoy ya en este penúltimo día del tiempo de la navidad que concluirá mañana con la celebración del Bautismo de Jesús, el evangelio un poco se nos adelante y nos presenta a Jesús predicando por los distintos lugares de Galilea y en esta ocasión visita su pueblo de Nazaret.

Acude el sábado a la sinagoga según costumbre y es Jesús quien hace la proclamación de la lectura de la ley y los profetas. En este caso será un texto de Isaías que habla de quien viene lleno del espíritu de Dios para proclamar el año de gracia del Señor. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, es todo el comentario que hace Jesús. Allí está la buena noticia que va a ser anunciada a pobres y oprimidos, el anuncio de liberación y de salvación. Ese mundo lleno de sombras va a encontrar una luz y esa luz la encontraremos en Jesús. En Él se cumplen esos anuncios de la Escritura, de los profetas.

¿Qué viene a ofrecernos Jesús? Que encontremos esa verdadera liberación de nuestras vidas porque encontremos ese sentido nuevo de vivir; quiere para nosotros la mayor dignidad y grandeza, no podemos seguir dejándonos oprimir, pero no hemos de pensar en la opresión que otros podrán hacer sobre nosotros, sino en esas cosas que llevamos dentro de nosotros con nuestra maldad o con nuestra desorientación que nos hacen sufrir, que nos hacen sentirnos agobiados, que nos hacen caminar sin esperanzas, que nos atan demasiado a estos placeres de aquí abajo que al final nos dejarán vacíos o hastiados.

Jesús quiere ponernos en pie, que dejemos de arrastrarnos de la manera que hacemos detrás de nuestras pasiones, nuestras ambiciones o nuestros materialismos. Nos habla de que los cojos podrán caminar, que los ciegos tendrán luz en sus ojos, que los sordomudos podrán hablar y escuchar. Jesús quiere sanarnos desde lo más hondo de nosotros mismos, porque muchas veces seguimos acumulando resentimientos y heridas mal curadas que a la larga nos hacen sufrir a nosotros mismos. Jesús quiere otra vida para nosotros, otro sentido para nuestro mundo y para nuestra sociedad, otra grandeza y dignidad porque seamos nosotros mismos y nos sintamos engrandecidos desde lo más hondo de nuestro interior.

Es lo que hoy nosotros también necesitamos escuchar. Es lo que nos tiene que hacer despertar de este sonambulismo en que vivimos. La Buena Nueva del Evangelio sigue siendo una buena noticia de salvación para nosotros hoy y para nuestro mundo. Escuchémosla y anunciémosla dando testimonio de que en verdad podemos vivir una vida nueva. El evangelio no es una utopía que nos confunde y nos deja adormecidos, sino una realidad nueva para nuestro vivir.


lunes, 1 de septiembre de 2025

Una buena noticia que nos trae Jesús en el hoy de nuestra vida que se ha de extender como un reguero de pólvora que a todos llegue y a todos les afecte

 

Una buena noticia que no
s trae Jesús en el hoy de nuestra vida que se ha de extender como un reguero de pólvora que a todos llegue y a todos les afecte

1Tesalonicenses 4, 13-18; Salmo 95; Lucas 4, 16-30

Las noticias suelen correr como reguero de pólvora, y si son buenas noticias que nos llenan de esperanza ante la situación que vivamos mucho más; es cierto que algunas veces somos lúgubres y parece que nos gustan las malas noticias, porque enseguida les damos pábulo y pronto también nos hacemos eco y portavoces. Pero cuando estamos pasando por situaciones difíciles, por ejemplo, el que nos anuncien que aquello acabará pronto, que se van a solucionar los problemas o que encontramos un camino, aunque sea costoso, para salir de aquella ocasión, hace renacer la alegría y esperanza en nuestros corazones y pronto estaremos hablando de ello o comunicándola a cuantos nos quieran escuchar.

Jesús cuando comenzó a predicar decía que anunciaba una buena noticia – evangelio lo llamamos porque eso es su significado – y entre la gente se fue despertando la esperanza. El camino de la historia de Israel no había sido fácil, la esclavitud en Egipto, un duro desierto que atravesar en búsqueda de caminos de liberación, pero todo lo que les había costado establecerse en aquella tierra, que Dios les había prometido, con tantos incidentes a través de los siglos de su historia; ahora tampoco eran fáciles los momentos que vivían, y todo lo que anunciaba Jesús les sonaba a liberación; podían salir de aquel mundo de sombras.

Pero no siempre sabían interpretar el anuncio que Jesús les hacía. Muchas veces se quedaban solo en lo material, le llevaban a los enfermos con toda clase de enfermedades, sentían llegada la hora de la liberación que lo que significaba vivir bajo el yugo de pueblos extranjeros, y les parecía que eso eran lo inmediato. ¿Era realmente eso lo que Jesús les anunciaba?

Una buena noticia quería anunciarles Jesús y decía que estaba inundado del Espíritu de Dios para poder realizarlo. Hablaba sí de curación y de liberación, hablaba de un año jubilar, de jubilo y liberación, año de gracia porque era un regalo de Dios, año de comenzar algo nuevo y distinto. Y la curación tenía que comenzar por ellos mismos, de esos males que dejamos meter dentro de nosotros mismos que son peor que una invalidez o una lepra, liberar nuestro corazón de angustias y desesperanzas, liberarnos interiormente de esas heridas que guardamos en nuestro corazón cuando no entendemos del perdón, esas heridas que en nuestras desconfianzas hacen que estemos poniendo abismos entre nosotros, una libertad que no es hacer solo lo que queremos hacer por capricho sino para saber caminar sin dejarnos influir por nada ni por nadie fieles a nosotros mismos y fieles a ese Dios en quien creemos que es el que nos traza las sendas para nuestra vida.

De nada nos vale que no utilicemos muletas para poder caminar o nos levantemos de la camilla del enfermo, si seguimos enfermos dentro de nosotros porque ni nos perdonamos a nosotros mismos ni sabemos ofrecer el perdón de una manera generosa a los demás; de nada nos vemos liberados de una lepra, si seguimos con el corazón lleno de podredumbre porque no somos capaces de quitar malicias y resentimientos. Es la salud que Cristo viene a ofrecernos, es el regalo de libertad que quiere darnos, es la gracia de la paz que quiere sembrar en nuestros corazones.

Escuchemos en todo su sentido esta buena noticia que nos trae Jesús en este evangelio, que es para nosotros hoy anuncio de salvación para nosotros y para nuestro mundo. No nos hagamos sordos, creemos en esa buena noticia y también como un reguero de pólvora hacemos que llegue a los demás, pueda llegar a todos los hombres.

viernes, 1 de agosto de 2025

¿Dónde está la conexión de fe con el espíritu y el mensaje del evangelio en muchas de nuestras celebraciones, fiestas, tradiciones de nuestros pueblos?

 


¿Dónde está la conexión de fe con el espíritu y el mensaje del evangelio en muchas de nuestras celebraciones, fiestas, tradiciones de nuestros pueblos?

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Salmo 80; Mateo 13,54-58

¿Dónde ha aprendido este tanto? Es quizás el comentario que nos sale pronto y fácil cuando vemos a alguien que conocemos de toda la vida y que ahora destaca en alguna cosa, sus palabras son certeras y sensatas, la prudencia va moviendo sus pasos, pero no ceja en ofrecernos posibilidades de algo mejor, de algo bueno, de la búsqueda de una armonía entre todos. Si nosotros lo conocemos de siempre, nos decimos, si jugaba en nuestra calle o en nuestras plazas, si lo conocemos bien que conocemos a su familia… pero estamos admirados por su sensatez, por su prudencia, por las ideas que nos presenta para la solución de los problemas. ¿Dónde habrá aprendido tanto?

Era la sorpresa también y la admiración que se suscitaba en torno a Jesús, por aquellos pueblos y caminos de Galilea, sobre todo, donde la gente se agolpaba para escucharle, eran capaces de ponerse en camino con El para estar con El y para escucharle, donde le traían los enfermos para que los curase, donde todos se habían lenguas de admiración y alabanza; pero sucede ahora en su pueblo, allí donde se había criado, donde había pasado gran parte de su niñez y su juventud en las mismas tareas artesanales en que se ocupaba José y su familia; se sentían sorprendido y también se preguntaban de donde sacaba aquella sabiduría, porque siempre lo habían visto allí y no asistiendo a las escuelas rabínicas de Jerusalén.

Una sabiduría que podemos adquirir desde los conocimientos que nos da la escuela, pero también y eso es muy importante de la sabiduría que aprendemos en la vida cuando sabemos tener ojos atentos y mente reflexiva ante lo que sucede en nuestro entorno. Solo había alguien que no podía ser otra que la madre, como las madres que lo guardan todo en el corazón, que sin embargo sabía de su sabiduría con la que le había encontrado discutiendo en medio de los doctores del templo, donde lo habían encontrado cuando se había perdido en su subida a Jerusalén.

Y más aun se admiraban por los signos que realizaba, que venían a ratificar lo que de palabra les enseñaba de cual era el sentido del Reino nuevo de Dios que anunciaba. Aquellos signos que transformaban una vida de carencias y dolor en una nueva vida sana y sin limitaciones – las curaciones que Jesús realizaba – que eran señales de esa transformación que había de realizarse en nuestras vida con la vivencia de unos valores nuevos, de un sentido nuevo de la vida y donde Dios sería siempre el centro de esa vida, de esa existencia. No siempre llegaban quizás a percibir ese nuevo sentido de todo quedándose muchos en lo material, por decirlo así, que se realizaba con aquellas curaciones, pero ahí quedaba y queda para nosotros esa señal, ese signo de vida nueva que hemos de vivir.

Es lo que les sucede ahora a aquellas gentes de Nazaret aun en medio de toda la sorpresa y admiración que sentían por Jesús. Pero no fueron capaces de ver el signo, se quedaban en un orgullo egoísta – es de nuestro pueblo, aquí está su familia… -, o en algo interesado de lo que incluso querían sacar partido, porque más que el signo era la fama de los milagros que Jesús allí realizara lo que les interesaba. ‘No pudo hacer allí ningún signo, ningún milagro, nos dice el evangelista, por su falta de fe’.

Es el paso importante que quizás muchas veces nos puede faltar, aun en medio de nuestros santuarios, nuestras fiestas religiosas y tantas costumbres que mantenemos en nuestros pueblos pero que se quedan en tradiciones de las que nos sentimos orgullosos, porque son las tradiciones de nuestro pueblo y no hay ningún que se le asemeje o sea como lo nuestro.

¿Dónde está muchas veces esa conexión de fe con el espíritu y el mensaje del evangelio en muchas de nuestras celebraciones, en muchas de nuestras fiestas, en muchas de esas cosas que llamamos tradiciones de nuestros pueblos que tienen un origen y un fondo religioso? ¿Nos quedamos en lo milagroso que es nuestro santo, nuestro Cristo o nuestra Virgen y andamos con comparaciones entre unos y otros y rivalidades, permítanmelo decirlo así, entre santos? ¿Terminaremos de darnos cuenta que muchas de esas cosas que hacemos tienen poco de evangélico y por esas rivalidades en las que andamos parece que estamos muy lejos del sentido del Reino de Dios anunciado por Jesús?

miércoles, 5 de febrero de 2025

El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

 


El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

Hebreos 12,4-7.11-15; Salmo 102;  Marcos 6,1-6

Si es el hijo del carpintero… fue la reacción, tenemos que decir que totalmente ordinaria y normal, de la gente de su pueblo. Hasta ellos había llegado la fama de lo que Jesús venía haciendo en Cafarnaún y los distintos pueblos y aldeas por toda Galilea; la fama de sus milagros, la gente que se entusiasmaba y se iba detrás de Jesús, sus enseñanzas que entusiasmaban a la gente porque les parecía escuchar algo nuevo, o algo dicho de una manera distinta a como estaban acostumbrados. Y la fama había llegado hasta Nazaret y ahora lo tenían en medio de ellos. ‘¿De donde saca esa sabiduría?’

¿Dónde habrá aprendido este muchacho tanto?, decimos también en nuestros pueblos y en nuestros ambientes cuando alguien destaca. Como nos conocemos de siempre ahora nos sentimos quizás asombrados, pero sabemos que siempre surge algo más. Hay un orgullo de pueblo cuando destaca alguien de los nuestros y podemos tender a ponerlo como el que no va más; nadie ha salido de nuestro pueblo como este; aunque también aparecen por debajo, disimuladamente quizás al principio, ciertas desconfianzas, buscamos segundas intenciones, tratamos de recordar cosas reales o imaginarias muchas veces, socavamos el prestigio cuando nos pueden hacer sombra, y ya sabemos cuando somos cuando nos dejamos arrastrar por esas malicias y desconfianzas.

Conociéndonos no nos extraña la actitud desconfiada de la gente de Nazaret. Nos sucede con mucha facilidad entre nosotros, vamos de la euforia y el entusiasmo a la descalificación y a las envidias con una velocidad de vértigo. Siempre tenemos nuestros peros y nuestras pegas. Es lo que le estaba pasando a la gente de Nazaret con Jesús. Lo conocemos de siempre, sabemos quien es su familia, es el hijo del carpintero. Y ya Jesús dirá que un profeta nunca será bien mirado en su pueblo.

Y siente pena Jesús por la falta de fe su gente. Allí ha venido a anunciar con toda claridad, con palabras del profeta como nos narrará san Lucas este mismo episodio, lo que era su misión, la tarea evangelizadora que quería realizar. Su Palabra y su presencia querían ser siempre buena noticia para todos, porque eso como se nos dirá en otra parte anuncia la amnistía del Señor, el año de gracia del Señor. Pero no lo aceptaban porque simplemente era el hijo del carpintero.

Nos tiene que hacer pensar en nuestra aceptación personal de esa Buena Noticia, esa aceptación del Evangelio que nos anuncia Jesús. ¿Qué filtros ponemos por medio cuando escuchamos las palabras del Evangelio? El peor filtro es ya no ser capaces de escuchar el evangelio como una buena noticia; nos lo damos por sabido, no nos significa nada nuevo, vamos llevando por delante nuestros prejuicios, sí, nuestras previas interpretaciones, porque recordamos esto y lo de más allá, nos acordamos lo que en otro momento escuchamos o nos explicaron, y ha perdido la frescura de la novedad con que tenemos que escucharlo.

Pero además hemos de decir y reconocer que el Evangelio, es cierto, nos llega a través del texto escrito, pero el evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado. Es el evangelio hecho testimonio en la vida de tantos testigos. Y es el evangelio que tanto nos cuesta aceptar, recibir, escuchar. La gente de Nazaret no escuchaban entonces el mensaje porque era el hijo del carpintero a quien tenían delante; también nosotros vemos a tantos como el ‘hijo del carpintero’ que ya nada nos dice porque decimos que lo conocemos de siempre.

Cuánto nos cuesta aceptar el testimonio de los demás, cuánto nos cuesta ver las cosas en las que se manifiestan esos testigos delante de nosotros. Son filtros que vamos poniendo a la Palabra de salvación que Jesús nos ofrece. Hay muy bonitos testimonios a nuestro lado que tenemos que saber descubrir, porque a través de ellos el Señor nos habla. ¿Aprenderemos de una vez por todas a dejarnos sorprender por el evangelio?

 

domingo, 26 de enero de 2025

Una buena noticia que nos hace un anuncio de paz, de libertad, de misericordia y de perdón, de fraternidad y de armonía para un mundo nuevo que se cumple hoy

 


Una buena noticia que nos hace un anuncio de paz, de libertad, de misericordia y de perdón, de fraternidad y de armonía para un mundo nuevo que se cumple hoy

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Salmo 18; 1Corintios 12, 12-30; Lucas 1, 1-4; 4, 14- 21

Si ahora mismo por los carriles de las noticias del mundo saltase el anuncio de que la guerra de Ukrania, por ejemplo, ha terminado porque se ha llegado a un acuerdo de paz, seguro que todos los canales de información, todos los informativos de todos los medios de comunicación, como se suele decir, echarían chispas con la noticia para hacerla llegar a todas partes; habrían manifestaciones de alegría, parecería que se nos quitaba un peso de encima por lograr la ansiada paz; son las manifestaciones que hemos visto estos días con los anuncios de tregua en otros lugares, o son las reacciones de una forma de otra ante las diferentes noticias que a cada momento se van produciendo en el mundo. Las buenas noticias siempre nos traen alegría y esperanza, igual que las sombras nos desilusionan y llenan de preocupación. Ojalá recibiéramos buenas noticias que nos llenen de esperanza en este mundo de tantas sombras.

Sin embargo tenemos una buena noticia en nuestras manos que desgraciadamente hacemos pasar desapercibida y a la que parece que no le damos tanta importancia. Se anuncia un tiempo de paz, de libertad, donde todas las deudas van a ser perdonadas, donde todos han de ser respetados y valorados de la misma manera, donde nadie puede ser discriminado por nada, donde han de comenzar a haber unas relaciones más armoniosas entre todos porque han de sentirse hermanos… es el año de gracia del Señor. ¿Qué nos estará sucediendo?

Lo acabamos de escuchar, como lo escucharon entonces los habitantes de Nazaret en la sinagoga aquella mañana. La gente de Nazaret se sintió sorprendida, cuando además se les decía que allí se estaba cumpliendo aquel anuncio que había hecho el profeta y que ahora repetía con su presencia aquel hijo de su pueblo que se había ido convirtiendo en el profeta de Galilea. ¿Supresa? ¿Admiración? ¿Alegría? ¿Se sentirían paralizados ante la buena noticia que estaban escuchando? La noticia iba ya corriendo de boca en boca y estaba llegando a todos los rincones de Palestina; pronto enviarían desde Jerusalén a quienes estuvieran atentos a aquellos movimientos que en Galilea iban surgiendo.

Serían los pequeños y los sencillos, los que en su pobreza se sentían más oprimidos, o los que por sus sufrimientos estaban como paralizados en la vida, aquellos que se sentían ciegos y desorientados o incluso excluidos de hasta sus propias familias los que con mayor esperanza estaban recibiendo aquella buena noticia. Serán los que luego lo aclamarán, reconocerán que un gran profeta ha aparecido en medio de ellos, los que sentían que Dios les visitaba y caminaba entre ellos. Los que se sentían seguros en si mismos y desde sus situaciones de privilegio no sabían de carencias sino que más bien se aprovechaban de los demás eran los más temerosos y desconfiados ante aquella buena nueva y pondrían obstáculos de todo tipo para que no se realizase lo anunciado.  Pero a todos servía de interrogante, en todos, sin embargo, sembraba una nueva inquietud que era esperanza para muchos.

A nosotros en estos momentos también se nos dice que esta Escritura se cumple hoy entre nosotros. ¿Nos lo llegaremos a creer? ¿Será posible todo ese mundo nuevo que se nos describe en el hoy de nuestra vida? ¿Por qué seguiremos desconfiando? ¿Por qué no terminamos de creernos esa buena noticia que llega para nosotros hoy? ¿Acaso tendremos miedo a lo que nos compromete, a esas actitudes nuevas que hemos de tener, a esa manera nueva de ver las cosas, a esos caminos de reconciliación que hemos de emprender reconociendo también nuestros errores, a esa misericordia de la que hemos de llenar nuestro corazón para acercarnos de manera nueva a los demás?

Que haya paz y armonía, que tengamos un mundo nuevo y mejor, que sepamos entendernos y trabajar juntos, que seamos capaces de encontrar esos caminos de encuentro y de reconciliación no depende de factores externos, no depende de que otros nos lo den hecho, depende de nosotros, de ti y de mi, de lo que cada uno vayamos haciendo transformando nuestro corazón, haciéndolo vida en nosotros aunque nos cueste. Llega el año de gracia, pero hemos de querer ese año de gracia, hemos de aceptar ese año de gracia. Quien viene a ofrecernos la más hermosa libertad – libertad para los oprimidos – no restará nunca nuestra propia libertad para aceptar o no aceptar.

Sintamos la alegría de la Palabra que se nos proclama, pero escuchémosla con sincero corazón para plantarla en nuestra vida y acampe entre nosotros. Es el camino del mundo nuevo que Jesús nos ofrece. Es la gran noticia que escuchamos y que hemos de hacer correr por el mundo. Lástima que le demos tan poca importancia y no nos hagamos eco entre aquellos con los que convivimos cada día de esa buena noticia del evangelio que recibimos. Escuchamos esa buena noticia ¿y seguiremos nosotros siempre con lo mismo anclados en viejas noticias?

 

viernes, 10 de enero de 2025

Tenemos que saber escuchar el evangelio de Jesús, entender esa buena nueva que nos ofrece, comprender ese hermoso proyecto de vida que tiene para nosotros e implicarnos en El

 


Tenemos que saber escuchar el evangelio de Jesús, entender esa buena nueva que nos ofrece, comprender ese hermoso proyecto de vida que tiene para nosotros e implicarnos en El

1Juan 4, 19–5, 4; Salmo 71; Lucas 4, 14-22a

Cuando tenemos un proyecto entre manos y que consideramos importante, que queremos llevar a cabo ya nos encargaremos de buscar los mejores medios para realizarlo, ya trataremos de convencer a aquellos que por una parte podrían salir beneficiados de aquella obra que emprendemos, o que sabemos que tienen medios y posibilidades de ayudarnos a realizarla, que hagan su aportación, que pongan mano a la obra con nosotros, que nos ofrezcan los medios que necesitamos y quizás no tenemos, pero lo importante es llevarla a cabo, desarrollar aquel proyecto. Buscaremos los mejores medios, ofreceremos quizás la mejor publicidad, trataremos de crear entusiasmo en los que nos rodean, queremos conseguir lo mejor, lo que resulte incluso más esplendido.

Pero ¿en todas las cosas, en todos nuestros proyectos actuaremos de la misma manera? ¿Pondremos quizás más empeño en cosas que en lo material reluzcan más? ¿En esos proyectos incluiremos un sentido de vida para hacer que nuestro mundo sea mejor? ¿Qué lugar le damos a las cosas del espíritu, a lo espiritual, o a un sentido religioso de la vida? Cuando hablamos del crecimiento y mejora de nuestros pueblos, ¿en qué nos fijaremos de manera primordial? ¿Solo pensamos alcanzar mayor riqueza, que nuestro pueblo tenga un mejor nombre y prestigio entre los pueblos de alrededor, o que la gente viva mejor solo porque tiene de todo?

Estamos estos días recorriendo esas primeras páginas del evangelio en sus diferentes relatos y contemplando los primeros pasos de Jesús. Por las palabras que pronuncia, por las señales que va realizando, por las esperanzas latentes en el pueblo de Israel en la espera de un Mesías, pero contando también con la situación social que vivían en aquellos momentos puede comenzar a vislumbrarse en aquel ‘profeta’ – porque así comenzaban a considerarlo – que apareció por los diferentes pueblos de Galilea la posibilidad de que fuera el Mesías, con lo se culminarían todas sus esperanzas. Pero, ¿dónde tenían puestas sus esperanzas en aquellos momentos? ¿Qué imagen se habían formado del Mesías anunciado y prometido y que quizás podían pensar que estaba entre ellos?

Hoy contemplamos a Jesús en la visita que hace al pueblo donde se había criado, cuando ya había recorrido otros muchos lugares de Galilea, y se presenta en la sinagoga el sábado para hacer la lectura de la ley y de los profetas. Era su primera aparición pública además en la que había sido su ciudad. Sus palabras y sus anuncios podían tener el carácter de programáticas. La lectura que hace del profeta Isaías podía tener perfectamente ese sentido al hablar del que lleno del Espíritu venía a proclamar una buena noticia y un año de gracia del Señor.

Pero los comentarios de Jesús en su brevedad, pero también las señales que está dando de lo que va a ser su vida que podían llenar de esperanza los corazones, para otros podrían resultar decepcionantes; no estaban cumpliendo las expectativas que ellos tenían de lo que sería y haría el Mesías. Jesús das unas señales en los enfermos que recobran la salud y la vida, pero habla de una liberación que no era lo que ellos realmente estaban soñando. Esa liberación que Jesús quiere realizar tiene que ir a lo más hondo de la persona, de cada persona, porque es el camino auténtico para encontrar la verdadera paz.

Pero los hombres siempre andamos con nuestras prisas, queremos conseguirlo todo de un golpe, y no parecen ser los caminos que Jesús nos propone en el proyecto que tiene para nosotros y para nuestro mundo. Nos creamos muchas ilusiones, pero eludimos el compromiso, lo que de nuestra parte tenemos que no solo hacer sino ser. Los planes de salvación que Dios nos ofrece son otros y serán los que nos podrán llevar a la verdadera felicidad, a hacer un mundo mejor, pero no siempre los entendemos, ni siempre queremos comprometernos con ello.

Queremos muchas veces cosas espectaculares, nos llaman la atención las cosas extraordinarias aunque muchas veces se puedan quedar en el brillo de lo superficial, buscamos en fin las vanidades de la vida; es incluso como muchas veces hemos entendido la religión, la forma de expresar nuestros sentimientos religiosos; por eso en alguna ocasión nos dirá Jesús que le honramos solamente con los labios mientras nuestro corazón está lejos de Él.

Tenemos que saber escuchar el evangelio, entender esa buena nueva que nos ofrece Jesús, comprender ese hermoso proyecto de vida que tiene para nosotros e implicarnos en El. En ese proyecto de Jesús tenemos que poner todos nuestros empeños y todo nuestro esfuerzo; merece la pena. Es lo que hoy Jesús en el evangelio nos viene a ofrecer.

domingo, 29 de diciembre de 2024

Sagrada Familia de Nazaret, espejo donde nos miremos para aprender a ser semillero de vida y caldo de cultivo del amor, horno donde cocer nuestros mejores valores familiares

 


Sagrada Familia de Nazaret, espejo donde nos miremos para aprender a ser semillero de vida y caldo de cultivo del amor, horno donde cocer nuestros mejores valores familiares

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52

La pertenencia a una familia es algo más que el hecho biológico de nacer de unos padres; la familia es un caldo de cultivo de la germinación de una nueva vida en todos los sentidos, es un semillero que hace germinar, pero también hace crecer y madurar la planta de la vida en una mutua relación con la rodea creando las mejores condiciones para el crecimiento y maduración, es el horno en el que se cuecen los mejores valores para hacerles sacar los mejores sabores a la vida, es la mejor escuela para aprender el sentido de la vida desde todo aquello que se vive en su entorno que nos enseña y transmite la más profunda sabiduría que da sabor y sentido a la existencia, y es hogar para aprender lo que es el amor y la unidad que se hace comunión… así podríamos seguir desgranando imágenes que nos hablen de su sentido y de su valor, de su razón de ser y de la luz para nuestra existencia.

Y ahí quiso nacer Dios hecho hombre; cuando en su amor quiere Dios hacerse presente en la vida humana, el eterno desde toda la eternidad quiere tener un principio y un inicio de vida humana naciendo como hijo en el seno de una familia humana. Es la familia de Nazaret formada por aquel matrimonio de José y María en la que quiso nacer y hacerse hombre, con todo lo que significa no solo el nacimiento sino el hacerse hombre como miembro de aquella familia. Es un misterio de Dios que solo en Dios podemos encontrar y podemos descifrar, porque podríamos decir que no entraría en nuestros razonamientos humanos. Así es el amor, que es la grandeza de Dios, pero que se manifiesta así en la humildad de nuestra carne; quiere necesitar ese caldo de cultivo, ese semillero y ese horno de vida, esa escuela y ese hogar.

Es lo que ahora es este marco de la Navidad nosotros estamos celebrando. No podía ser menos. Cuando contemplamos el misterio de amor de Dios que se hace hombre, no solo miramos a Belén sino miramos lo que fue aquella familia que se refugió en la gruta de Belén, miramos lo que sería luego aquel hogar de Nazaret donde como el mismo evangelio hoy nos dice aquel Niño que nosotros confesamos como Dios hecho hombre ‘iba creciendo en edad, en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres’.

Queremos ver en aquel hogar y en aquella familia de Nazaret, que nosotros llamamos Sagrada Familia, reflejadas todas aquellas imágenes que al principio hacíamos desfilar en nuestra mente como reflejo de aquella maravilla humana y podríamos decir también divina en la que creció Jesús, el Hijo de Dios, que vimos nacer en Belén.

En los breves trazos que nos da el evangelio en referencia a la infancia de Jesús podremos contemplar toda esa maravilla que es toda familia humana y que bien se refleja allí en Nazaret, con sus problemas y dificultades que no les faltaron como no faltan en nuestras familias – pensamos en su emigración a Belén para el censo como en su destierro a Egipto huyendo de Herodes, o en su caminar peregrina hasta establecerse de nuevo en Nazaret -, con los valores allí cultivados que hacían también brillar todas las luces del amor, con las expresiones de su religiosidad tanto en la subida al templo de Jerusalén para la fiesta de la pascua como en la costumbre, como luego se reflejará en la vida de Jesús y su presencia en otra ocasión en Nazaret, de la asistencia a la sinagoga en el sábado para la escucha de la ley y los profetas.

Hoy nosotros queremos mirar a la Sagrada Familia desde la realidad de nuestras familias en este mundo concreto en el que vivimos, con sus alegrías y también con sus penas, con nuestras luchas y nuestros esfuerzos de superación, con la trascendencia que le hemos de dar a nuestra vida elevando siempre nuestro espíritu a metas altas y espirituales, con la profundidad y la madurez que le queremos dar a nuestro amor, con el cultivo de esos valores en ese semillero precioso de nuestros hogares caldeando nuestro espíritu en el fuego del Divino espíritu, haciendo crecer nuestra vida y llenándonos también de la Sabiduría del espíritu de Dios.

Fuertes, es cierto, son los vientos que muchas veces soplan en contra y que quieren barrer muchos de esos valores que nosotros consideramos tan necesarios, pero no nos podemos desalentar; contemplamos a la sagrada Familia de Nazaret que también tuvo esos vientos en contra pero que se dejó conducir como vemos en esa imagen tan preciosa de los sueños de José que le hacían descubrir el misterio y la voluntad de Dios para sus vidas.

Dejémonos conducir nosotros también, abramos nuestro corazón al espíritu, no nos dejemos envolver por el materialismo de la vida, busquemos siempre la verdadera sabiduría que nos da esa madurez necesaria para afrontar las dificultades. Que el ejemplo de la Sagrada Familia sea espejo en el que nos miremos. Dejémonos bendecir por Dios.

lunes, 2 de septiembre de 2024

Muchos vaivenes hemos tenido tantas veces en nuestro camino de fe siempre vivida con la misma intensidad, nos enfriamos y caemos en una peligrosa tibieza espiritual

 


Muchos vaivenes hemos tenido tantas veces en nuestro camino de fe siempre vivida con la misma intensidad, nos enfriamos y caemos en una peligrosa tibieza espiritual

1Corintios 2, 1-5; Salmo 118; Lucas 4, 16-30

Los entusiasmos a veces no duran sino lo de un suspiro. Creo que tenemos experiencias y muchas en la vida. Nos entusiasmamos por algo, o por alguien y pronto nos cansamos y lo olvidamos. Un suspiro. Son las emociones del momento en una determinada situación o circunstancia, algo que nos ha impresionado y nos ha llamado la atención, algo con lo que nos emocionamos y no sabemos cuanto, pero esas emociones se van enfriando, se suceden otras cosas y aquello primero pasa ya a un segundo lugar, y poco a poco se va quedando atrás de aquello que nos prometíamos grandes cosas nos quedamos en nada. Un suspiro.

Pasa con las amistades o el conocimiento de las personas. Nos parecía tan estupenda, veíamos maravillas en ella, pero quizás el trato se enfrió y al final quedarán en el recuerdo de un pasado. ¿Nos acordamos aun del nombre de todos esos que a lo largo de los años hemos llamado amigos? Ahora con las redes sociales sucede otro tanto, todos quieren ser amigos tuyos, todos dicen entusiasmados que eres estupendo, pero ¿cuánto duran? Y si no siempre tratamos de contentarlos en lo que nos piden o lo que ellos entienden por amistad, veremos cómo pronto se diluyen. Un suspiro.

¿Sería lo que pasó aquel día en la sinagoga de Nazaret? La fama precedía ya la visita que Jesús les estaba haciendo. Con aquellas premisas de lo que escuchaban que Jesús hacía en otras partes, aquel sábado la sinagoga estaba llena con toda la gente del pueblo. Escuchan con atención, la proclamación del profeta, esperan el comentario de Jesús, están orgullos porque es uno del pueblo y que ha llegado con tal fama.

Pero aunque querían escucharle entusiasmados, pronto decayó aquel entusiasmo con los comentarios que Jesús iba haciendo; se había atribuido en El lo que había anunciado el profeta, como que aquello estaba sucediendo allí, pero no estaban viendo los milagros que esperaban; es más los comentarios de Jesús les hablan de que un profeta nunca es bien recibido en su tierra.

Su misión no era tan localista y tenía un sentido más universal. Y recuerda al profeta Eliseo que no curó a los leprosos de Israel mientras era curado un sirio venido de lejos; les recuerda al profeta Elías que habiendo hambruna en Israel sin embargo será a una mujer fenicia a la que socorra. Entendieron que de El nada entonces podían esperar, en fin de cuentas no era sino el hijo del carpintero. Y lo rechazaron.

¿Cuál era realmente el interés que podían sentir por Jesús? ¿Qué es lo que realmente buscaban? Como nos sucede a nosotros con los amigos, como decíamos antes, ¿qué es lo que realmente buscamos en esas amistades? Los sentimientos nacidos solamente de emociones pronto pueden enfriarse y pasar. ¿Solamente creemos cuando nos van bien las cosas? ¿O solamente acudimos, decimos que con mucha fe a Dios, cuando estamos envueltos en problemas de los que no sabemos cómo salir?

Un día quizás nos emocionamos mucho en aquella celebración, con aquellas palabras que oímos, en algún tipo de experiencia que tuvimos, pero ¿fuimos capaces de dar un paso más adelante para ponerle un fundamento firme a esa expresión de fe que en aquel momento vivimos? No es solamente racionalizar las cosas, pero sí tenemos que saber dar una razón de esa fe que tenemos o que queremos vivir. Y eso lo lograremos cuando nos fundamentamos de verdad en la Palabra de Dios, cuando nos gozamos no solamente por una pura emoción de esa fe que tenemos que nos llevará a grandes compromisos en la vida.

Pensemos en los vaivenes que hemos tenido tantas veces en nuestro camino de fe. No siempre la hemos vivido con la misma intensidad, cómo muchas veces nos enfriamos y caemos en una peligrosa tibieza espiritual, de la que tenemos que despertar; es peligroso caer en esa pendiente de la tibieza pero es muy fácil que nos resbalemos por ella. No siempre tenemos la debida precaución y nos confiamos demasiado sin ponerle fundamento a esa fe y a ese compromiso cristiano. No cuidamos de tener el aceite suficiente para poder mantener encendida esa lámpara, que no va a dar luz por si misma si no la alimentamos.

Y tenemos también el peligro de caer en el rechazo, queriendo arrojar lejos de nosotros esas experiencias de fe que hemos vivido y que tendrían que ser en verdad el motor de nuestra vida. Porque quizás no era lo que esperábamos, porque nos sentimos defraudado con alguna cosa, porque recibimos un mal ejemplo, porque no nos salen las cosas como nosotros queremos. Como aquellas gentes de Nazaret que querían arrojar por un barranco a Jesús fuera del pueblo.

viernes, 2 de agosto de 2024

Nos acostumbramos a las mismas veredas y no tenemos ánimo para descubrir los nuevos caminos que el Espíritu va abriendo ante nosotros con la novedad del evangelio

 


Nos acostumbramos a las mismas veredas y no tenemos ánimo para descubrir los nuevos caminos que el Espíritu va abriendo ante nosotros con la novedad del evangelio

Jeremías 26, 1-9; Salmo 68; Mateo 13, 54-58

‘¿De donde saca todo eso?’, lo habremos dicho también. Nos sentimos sorprendidos porque no pensábamos que aquella persona pudiera tener aquellos razonamientos. Quizás incluso le dimos la mano, como se suele decir, en sus comienzos animándolo a hacer cosas distintas, a emprender algo que parecían ser sus sueños, a que intentara al menos hacer algo aunque le pareciera que le salía mal, dándole confianza para que creyera en si mismo. Pero ahora nos sentimos sorprendidos, sus apuntes de reflexiones tienen una profundidad que no pensábamos que esa persona pudiera lograr.

Y claro por nuestra parte caben también varias reacciones, porque incluso nos encontramos divididos en nosotros mismos; y aunque le dimos el impulso, vemos que está llegando a donde no imaginábamos, y hasta se nos pueden meter unos celos ahí dentro de nosotros, porque esa persona logras cosas que no pensábamos que fuera capaz; ¿tendremos miedo que nos haga sombra? Cosas así se nos pueden meter en la cabeza y hay el peligro que nuestras reacciones no sean tan positivas; somos humanos.

Me hago esta reflexión partiendo de cosas que realmente así nos pueden suceder en la vida y contemplando la reacción de las gentes de Nazaret ante la presencia de Jesús en su sinagoga. Es cierto, lo habían visto de niño y de joven entre ellos. ¿Destacaría en aquel Jesús, el hijo del carpintero? No vamos a dejarnos llevar por las imaginaciones que nos encontramos en los evangelios apócrifos que tan poco valor histórico y teológico nos presentan, pero es cierto por otra parte que algo podrían haber descubierto en aquel niño, en aquel joven sus convecinos de Nazaret. Sin embargo era solamente el hijo de María, el joven carpintero de Nazaret.

Ahora les habrán llegado noticias de las andanzas de Jesús, por Cafarnaún, por los alrededores de Tiberíades, por los pueblos y aldeas de Galilea, que sabían que iba anunciando la llegada del Reino nuevo de Dios y su predicación iba acompañada de signos y milagros. ¿Qué esperan que haga en Nazaret? ¿Tendría que hacer algo especial allí, pues en fin de cuentas era su pueblo y por allí andaban sus parientes?

Admiración sienten, porque se preguntan que de donde ha sacado todo eso, pero sus dudas tienen por dentro que llena sus corazones de desconfianza. No terminaban de creérselo. ¿Qué era eso que Jesús anunciaba que por lo que podían intuir les tendría que hacer salir de sus rutinas y de su modorra? Es que Jesús hablaba de cambio, de conversión, mientras ellos estaban bien como estaban. Si aquel profeta no producía la revolución que ellos esperaban para verse liberados del yugo opresor de los romanos, nada les hacía que creyeran en El. Por eso marcan sus distancias, recordando que ellos sabían bien quien era, porque era solo el pobre hijo del pobre carpintero, que a nada de lo que eran sus aspiraciones había llegado. Sus caminos parecían divergentes.

¿Andaremos también por caminos de ese calibre donde en cierto modo mantenemos también nuestras distancias de la Palabra que escuchamos en el evangelio? ¿No querremos nosotros también permanecer en nuestras modorras, en nuestras rutinas, en nuestras viejas costumbres que parece que con ellas tan bien nos iba?

Cuando nos llega la Palabra que nos hace despertar porque la sentimos como un grito en el alma, también tratamos de calmar nuestros ánimos, porque nos decimos que no es para tanto, que tenemos que hacer nuestras interpretaciones, que tenemos que conjugar la novedad que ahora escuchamos con lo que hemos hecho siempre. Nos acostumbramos a las mismas veredas y no tenemos ánimo para descubrir los nuevos caminos que el Espíritu va abriendo delante de nosotros.

Nos cuesta arrancarnos, despertarnos, salir de lo mismo que siempre hacemos; parece que se acaban las iniciativas, que no terminamos de ver la novedad del evangelio, que nos encontramos en la disyuntiva del camino que hemos de tomar.

domingo, 7 de julio de 2024

Ungidos para ser profetas tenemos que con arrojo y valentía dar testimonio del evangelio en medio del mundo nos escuchen o no nos escuchen

 


Ungidos para ser profetas tenemos que con arrojo y valentía dar testimonio del evangelio en medio del mundo nos escuchen o no nos escuchen

Ezequiel 2, 2-5; Sal. 122; 2Corintios 12, 7-10; Marcos 6, 1-6

¿Y ese quién es? Es una pregunta fácil que nos hacemos  cuando surge entre nosotros alguien que comienza a destacar quizás por la preocupación que siente por los demás, por los problemas que nos encontramos alrededor y trata de poner mano a la obra buscando salidas y soluciones. Nos preguntamos quien es, pero realmente sabemos mucho de él, porque conocemos su familia, de quien es hijo, donde vive, lo que ha hecho y no se cuantas cosas más; no es que no lo conozcamos, sino que no queremos reconocerle, porque ya sacaremos algo de su familia, de su pasado, de los errores que haya cometido en su vida, y por ahí comenzamos una tarea de desprestigio porque quizás pensamos que nos pueda hacer sombra. Nos sentimos tan poderosos como para eso.

Jesús se había ido dando conocer recorriendo toda aquella región de galilea; conocidos eran sus signos y milagros, porque esas cosas que nos parecen más espectaculares siempre son noticias que corren con mayor facilidad; fijémonos en el nivel o criterio de muchas de las noticias que se nos dan en los medios de comunicación. Las cosas espectaculares aparecen siempre en la primera página.

Ahora Jesús va a su pueblo, donde se había criado, donde lo conocían de siempre, desde que era niño. Sienten admiración y en cierto modo orgullo porque uno de su pueblo, aquel pueblo medio perdido de Galilea del que nadie hablaba – en la Biblia nunca había aparecido nada en referencia a Nazaret – ahora se está dando a conocer. Pero aunque se hacen preguntas saben bien quien es, el hijo del carpintero, el hijo de María, por allí andan todos su parientes. Pero El no había ido nunca a ninguna escuela rabínica de Jerusalén. ¿De donde saca todo esto? Son las preguntas que siembran duda. Siembra dudas y estarán socavando los cimientos de cualquier cosa que quieras construir.

‘Y se escandalizaban de él’, comenta el evangelista. ‘Y no pudo hacer allí ningún milagro, por su falta de fe… pero jesus seguía recorriendo los pueblos y aldeas de Galilea’, viene a concluir el evangelista.

Aquello que habíamos escuchado al profeta en la primera lectura. ‘Te escuchen o no te escuchen… tendrán que reconocer que hubo un profeta en medio de ellos’. La misión ha de cumplirse, el anuncio de la Buena Nueva tiene que hacerse. Tenemos que verlo en nuestra vida, en nuestra historia de hoy, en la misión que los cristianos tenemos en medio del mundo, en la misión de la Iglesia que ha de trasmitir la sabiduría del evangelio de Jesus al mundo de hoy, al mundo en que vivimos.

Escucharán o no escucharán, habrá rechazo o habrá un sutil sordera para no escuchar una palabra de salvación, como le decían a Pablo en Atenas cuando fue al Areópago, ‘de eso nos hablarás otro día’, mientras se daban la vuelta y le daban la espalda. Encontraremos, es cierto, quien no quiera escuchar, a quienes les hieran en los oídos las palabras de esperanza del evangelio con toda su novedad y con toda su riqueza.

Hoy le damos más valor a otras cosas y nos cuenta buscar hondura para nuestras raíces, o levantar la cabeza bien en algo para descubrir altos valores. Disfruta del día, nos dicen, y eso parece que es lo importante para muchos, pasarlo bien sin tener ninguna preocupación que nos empañe nuestras ‘alegrías’, y si algo aparece que nos pudiera turbar ya tenemos nuestros sucedáneos que nos llenen de una felicidad superficial y caduca.

Y cuidado que nos contagiamos fácilmente de ese espíritu del mundo, cuidado que queremos hacer nuestros arreglos y mezclas como se solía decir para poner una vela a Dios y otra vela al diablo. Cuántas componendas nos hacemos para decir que cumplimos, pero no dejamos resplandecer los verdaderos valores del evangelio. Tenemos que estar atentos. Nos cuesta muchas veces porque somos débiles y también tenemos nuestros tropiezos, pero eso no tiene que debilitarnos; reconozcamos humildemente nuestra debilidad y será más creíble nuestra palabra, porque estaremos dando testimonio de que es posible el cambio y la conversión, de que es posible comenzar de nuevo una y otra vez a pesar de los tropiezos que tengamos. ‘Mi gracia te basta’, escuchaba Pablo en su interior cuando sentía ese aguijón que le pulsaba por dentro y pedía a Jesús verse liberado de él. Y Pablo siguió adelante, porque sentía que el espíritu de Dios estaba con El para cumplir su misión.

Nosotros también hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. Y a pesar de nuestros tropiezos y debilidades tenemos que presentarnos como profetas ante el mundo que nos rodea con el testimonio de nuestra palabra y de nuestra vida. Tenemos también que ir a otros lugares para seguir haciendo ese anuncio de la Buena Noticia, como Jesús que recorría toda Galilea. También nos conocerán aunque les cueste reconocer la misión que llevamos, también dirán de nosotros quienes somos o lo que según ellos somos recordando tropiezos y debilidades, pero nuestro testimonio no lo podemos callas. Tenemos que ser ese faro de esperanza para nuestro mundo para conducirlo hasta la luz de Jesus, hasta la luz del evangelio. No podemos desistir.

lunes, 4 de marzo de 2024

El paso por el tamiz de la humildad nos llevará a descubrir nuestra verdadera grandeza, hará posible el encuentro con Dios, y facilitará nuestra relación con los demás

 


El paso por el tamiz de la humildad nos llevará a descubrir nuestra verdadera grandeza, hará posible el encuentro con Dios, y facilitará nuestra relación con los demás

2Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

No es fácil muchas veces pasar por el tamiz de la humildad. Es muy fino y delicado, por su entramado hay que hacerse muy pequeño para poder traspasarlo.

Cuánto nos cuesta reconocer la realidad de nuestra vida, cuánto nos duele cuando nos hacen agachar nuestra cabeza, cuánto nos cuesta pasar por la puerta estrecha porque cada vez andamos más inflados. Si viene alguien con halagos  y alabanzas, aunque buenamente digamos – y no sé si sería de bocas a fuera como suele decirse – que no lo merecemos, que habíamos hecho lo que teníamos que hacer y no se cuantas cosas más, sin embargo en el fondo estamos agradeciendo esas alabanzas y si pudiéramos se las restregaríamos en el rostro a tantos que pensamos nosotros que no nos valoran ni nos tienen en cuenta. En el fondo nuestro orgullo se quiere alimentar y nuestro ego parece que necesita inflarse. Eso de la humildad acaso pensamos que no es para nosotros.

Como nos narra el texto del libro de los Reyes, hasta Israel ha llegado un hombre muy embebido en su soberbia, pero que sin embargo está enfermo; viene porque una esclava de su mujer le ha dicho que en Israel hay un profeta que puede curarlo. Allá viene con sus credenciales de poder, pero finalmente tiene que llegar hasta la pobre casa del profeta. No sale a recibirlo, como él esperaba con todas las credenciales de grandeza que le acompañaban, sólo el profeta le manda a decir que vaya al río Jordán y se lave siete veces. Herido en su orgullo quiere marcharse, porque en su tierra hay ríos más importantes que aquel para él minúsculo río del Jordán; convencido por sus acompañantes poco a poco va descendiendo de sus pedestales y pasa por el tamiz de la humildad bañándose en el Jordán y sintiéndose curado. Vendrán luego la gratitud y los reconocimientos, pero solo cuando ha pasado por ese tamiz de la humildad se ha encontrado con la gracia y el poder del Señor.

Es a ese episodio al que hace referencia Jesús en su visita, precisamente, a su pueblo y a la sinagoga de Nazaret. Se sienten inflados en su orgullo las gentes de Nazaret por lo que han oído que Jesús ha ido realizando en otros lugares.  Pero en su orgullo persiste la desconfianza, como sucede tantas veces. Parece que el orgullo y la soberbia solo nos hacen creer en nosotros mismos porque nos sentimos grandes. Y Jesús no realiza en Nazaret ninguno de aquellos milagros que ellos esperaban. Como hemos dicho les recuerda el episodio de Naamán el leproso sirio, pero no aprenden la lección. Más bien tratarán de quitarse de en medio a Jesús porque se sienten heridos en su orgullo.


Cómo comenzamos a tirar dardos contra los demás cuando nos vemos humillados, fácilmente nos volvemos violentos y destructivos. Aparecerán pronto los resabios y descalificaciones.
‘Es el hijo del carpintero’, dirán de Jesús, ‘aquí están sus parientes’, como queriendo siempre minimizar los que nos parece grande o nos sentimos heridos por su luz.

¿Qué nos sucede tantas veces con aquellas personas que decíamos que apreciábamos? pero cuando no actuaron como nosotros esperábamos qué pronto nos volvemos contra ellas y cómo todo fácilmente se transforma en resentimientos y en odio. Eran tan amigos y ahora no se pueden ver, porque no supieron pasar por ese tamiz de la humildad su amistad y los pequeños roces o la falta de entendimiento y comprensión se convierten en desaires que crean abismos y distanciamientos.

Pero ¿no nos sucede de manera semejante en nuestra relación con Dios? Lo primero que aparece muchas veces es decir que Dios no nos escucha y no sabemos aceptar con humildad lo que son los planes de Dios para nuestra vida; cómo se enfría fácilmente nuestra religiosidad, como nos vamos alejando poco a poco cayendo en una tibieza espiritual que se hace pendiente que nos lleva al abandono de todo.

Sólo cuando tengamos un corazón humilde podremos llegar a reconocer la grandeza del amor de Dios y cómo en nosotros, sin que sepamos reconocerlo, sin embargo Dios siempre está haciendo maravillas.