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viernes, 26 de junio de 2026

Algo nuevo tiene que surgir en nuestro corazón cuando nos sentimos curados porque nos sentimos amados, ofreciendo ese mismo amor

 

Algo nuevo tiene que surgir en nuestro corazón cuando nos sentimos curados porque nos sentimos amados, ofreciendo ese mismo amor 

2 Reyes 25, 1-12; Salmo 136;  Mateo 8, 1-4

Excluimos, somos excluidos o nos excluimos a nosotros mismos, resumo con ellos posturas, actitudes, maneras de actuar que tenemos muchas veces con nosotros mismos o con los que nos rodean, creando unas diferencias o exclusivismos que nos distancian y que nos dividen. Algunas veces de una manera muy sutil, otras de forma descarada en actitudes, comportamientos o gestos que tenemos hacia los que nos parecen distintos, otras veces bajo una capa de aparente humildad que encierra realmente un orgullo mal curado dentro de nosotros mismos.

Me hago esta reflexión desde el relato de aquel leproso que se atrevió a acercarse a Jesus que nos cuenta hoy el evangelio. Partimos es cierto de una situación de discriminacion incluso considerada legal por aquello en principio de evitar los peligrosos contagios de una enfermedad que con la higiene y medios de la época se consideraba hasta una maldición; el leproso era excluido no sólo de la vida familiar sino de su presencia en medio de la comunidad, habían de vivir apartados para siempre de todo contacto humano.

Pero aquel hombre tuvo la valentía de reconocer, es cierto con humildad, su enfermedad, pero de romper también todas aquellas barreras para acercarse a Jesus, incluso en medio de la gente. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le pide a Jesús. Se sabe no limpio, se sabe impuro como lo ha condenado su sociedad, pero sabe quién puede limpiarle, quien puede de nuevo devolverle su dignidad. ¿Qué va a hacer Jesús? ‘Quiero, queda limpio’, es su respuesta.

Cuántas veces hemos reflexionado sobre este hecho con muchas conclusiones para nuestra vida. Pero no lo hemos de dar ya por todo hecho y reflexionado. Es Palabra de vida para nosotros hoy, en este mundo concreto en el que estamos, pero también para nuestra vida tan llena de lepras, cuando nos creemos buenos y hasta mejores que los que están a nuestro lado, o cuando seguimos con nuestras cobardías para camuflar tantas debilidades que hay en nosotros, cuando no damos el paso para salir de esas situaciones en las que nos hemos metido o arrancar de nosotros tantas amarguras que seguimos guardando en el corazón, cuando por orgullo no nos dejamos sanar esas viejas heridas y por el contrario vamos con las púas de nuestros resentimientos y recelos hiriendo a quien se interponga en nuestro camino.

¿Seremos capaces de tener la humildad de reconocer que no estamos tan limpios como queremos aparecer y pedirle a Jesus que nos sane y que nos limpie?

Pero hay algo más de lo que tenemos que ser capaces, tomar las actitudes y las posturas de Jesús para ir rompiendo muros y barreras para que nadie se sienta apartado, poniendo el bálsamo de nuestro amor en nuestros gestos y palabras para ir sanando también a cuantos encontremos en esa situación en los caminos de la vida, tendiendo la mano como oferta de confianza y amor a quien sea que encontremos sin importarnos ni el color de su piel ni su apariencia.

Algo nuevo tiene que surgir en nuestro corazón cuando nos sentimos curados porque nos sentimos amados, para ofrecer también ese mismo amor a los demás.


jueves, 15 de enero de 2026

Bajemos los humos de la autosuficiencia y orgullo para aprender a confiar en la bondad de quien puede ayudarnos dando señales de la confianza que pueden tener en nosotros

 


Bajemos los humos de la autosuficiencia y orgullo para aprender a confiar en la bondad de quien puede ayudarnos dando señales de la confianza que pueden tener en nosotros

1Samuel 4, 1-11; Salmo 43; Marcos 1, 40-45

‘A ver si aprendes a pedir las cosas’, escuchamos a alguien que reacciona ante la forma en que alguien le presentaba una petición, pero desde mucha arrogancia y altivez. Lo sabemos bien con humildad y sencillez, con la sinceridad de reconocer nuestras carencias y limitaciones ‘ganamos más’, por decirlo de alguna manera, que con nuestra arrogancia y aun con nuestra pobreza con signos de arrogancia y prepotencia. Sé humilde para conseguir lo que graciosamente, en gratuidad y generosidad, te van a regalar.

Es lo que nos presenta hoy el evangelio. Su anuncio era la buena noticia de que el Reino estaba cerca. Y Jesús lo manifestaba con signos y señales. Lo hemos venido escuchando en estos días. Nazaret, Cafarnaún, toda la orilla del lago de Tiberíades, tierra adentro los pueblos y aldeas de Galilea habían ido escuchando su anuncio, pero habían visto también los signos que realizaba; escuchamos que en Cafarnaún se juntaban a su puerta ya a la caída de la tarde de aquel sábado que había ido a la sinagoga, multitud de gente venida de todas partes con sus lamentos y con sus sufrimientos, con sus imposibilitados y con sus enfermos, y a todos curaba. A la mañana siguiente dirá que hay que ir a otros lugares, que otros también han de escuchar ese anuncio de esperanza.

Movido por esa esperanza y por la fe grande que había comenzado a manar en su corazón, también con mucha sencillez y humildad había sido hasta un leproso, que saltándose todas las normas y prohibiciones de estar en poblado y en medio de las gentes, es que se acerca a Jesús para hacerle su petición. ‘Si quieres, puedes limpiarme’.

No aparece más diálogo en el relato del evangelista pero allí está con su grandeza de espíritu manifestada en su humildad y sinceridad que le llena además de confianza. No depende de sí mismo, viene a decir, todo está en manos de Jesús, en la voluntad de Jesús. El solo tiene lo mejor con que presentarse a Jesús, su fe y su humildad; sabe que Jesús puede hacerlo, ya lo ha manifestado en otros signos que ha ido realizando, y confía en Jesús, que está manifestando la confianza de su fe, de aquello en lo que cree.

Cuántas veces hacemos nuestra oración pobre por nuestra falta de confianza. Vamos a ver si ahora me escucha, parece que nos decimos, lo cual ya está señalando y marcando la pobreza de nuestra fe, quizás ocultando detrás nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. No nos gusta sentirnos necesitados, reconocer nuestra pobreza, ser conscientes de que solo por nosotros mismos no lo vamos a lograr. Medio nos ocultamos a los ojos de los demás cuando vamos a rezar para que no nos digan si nosotros aun creemos en esas cosas; hacemos de nuestras oraciones y nuestras peticiones algo tan íntimas y personales que nunca compartimos con los demás lo que es nuestra oración. ¿Alguien sabe como ha sido ese momento íntimo en ti mismo, por ejemplo, después de comulgar? ¿A alguien le has hablado de sus sentimientos en ese momento o de lo que le has pedido al Señor más allá de pedir suerte o de pedir salud?

Aquel leproso se puso allí delante de todos, postrado ante Jesús, reconociendo que era leproso y confiando en Jesús que podía curarle. Creo que mucho nos puede enseñar la postura o la manera de hacer de aquel leproso, pero sobre todo de su humildad y de su confianza.

Necesitamos bajar los humos de nuestros orgullos que nos hacen ir de autosuficientes por la vida. Necesitamos bajarnos de nuestro pedestal del orgullo para ponernos ras a tierra en los caminos de la humildad. Necesitamos aprender a confiar en el corazón en la bondad de quienes nos rodean que pueden hacer muchas cosas por nosotros como expresar una apertura en nuestra vida que llene de confianza en nosotros en quienes nos rodean.

jueves, 16 de enero de 2025

El evangelio de Jesús quiere que nosotros seamos más humanos para que luego podamos ser más divinos

 


El evangelio de Jesús quiere que nosotros seamos más humanos para que luego podamos ser más divinos

Hebreos 3,7-14; Salmo 94; Marcos 1,40-45

¿Seguiremos poniendo barreras a la manera de aquellos leprosos de los que nos habla hoy el evangelio? Yo no me mezclo con cualquiera, decimos o pensamos muchas veces; y aunque no manifestemos en alta voz nuestros pensamientos cuando en la acera tenemos que cruzarnos con alguien que no nos cae bien, que miramos con aprensión porque otro es el color de su piel, porque sabemos que está metido en la drogadicción, porque es de una determinada familia con la que desde siempre no nos llevamos, buscamos si podemos cruzar a la acera de enfrente, tratamos de ensimismarnos en nuestras cosas para evitar un cruce de miradas y mil detalles más que nos inventamos para ‘no mezclarnos’ como decíamos.

Con buena voluntad quizás nos decían cuando chicos que cuidáramos con quien andábamos porque estábamos manifestando quienes éramos – dime con quien andas y te diré quien eres, que nos decían – de alguna manera nos han metido un cierto sentido de discriminación que luego se puede en la vida convertir en grandes barreras. 

Lo vemos en muchas manifestaciones de la vida social en nuestro entorno, cómo tenemos nuestros grupos, nuestros círculos y pareciera que viviéramos en lugares estancos sin posibilidad de comunicación entre unos y otros, los que somos de un lugar, los que tienen esta procedencia, a los que llamamos ilegales, y nos vamos apartando los unos de los otros más y más; y desgraciadamente nos estamos haciendo un mundo inhumano, de desconfianzas, enfrentamientos y enemistades por el mero hecho de pensar de manera distinta.

El evangelio hoy nos manifiesta un rompimiento de barreras. Por una parte aquel leproso se atrevió a saltarse todas las reglas para llegar hasta Jesús porque era el único que podía sanarle. Pero Jesús también se atreve a dejar que se acerque el leproso y aún más tiende su mano para tocarle y sanarle. Sana al hombre de su enfermedad, pero sana al hombre y quiere sanar a la sociedad que le rodea para que de nuevo haya encuentro y comunicación. Volverá a su familia, volverá a la vida social de su entorno, ha de presentarse al sacerdote para que se reconociese su dignidad recuperada. Quiere sanarnos Jesús.

Este signo del evangelio se convierte también en un signo muy importante para nosotros, para nuestra sociedad, para nuestro mundo de hoy. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le decía el leproso a Jesús. ¿No tendremos de alguna manera que decir nosotros lo mismo? En el relato del evangelio es cierto que fue el marginado a causa de su lepra el que acudió a Jesús, pero Jesús sanándolo le está diciendo a su mundo, a su sociedad concreta que es la que tiene que decir las mismas palabras.

Nos lo está diciendo a nosotros hoy, como individuos y como sociedad, porque son nuestras actitudes personales por las que primero tenemos que comenzar por cambiar, pero son esas conveniencias sociales que nos hemos creado que han ido ahondando esos abismos que nos separan y que nos enfrentan.

A eso ha venido Jesús. Ese es el mensaje de su evangelio. Esa es la Buena Nueva del Reino que Jesús quiere trasmitirnos. Es lo que quiere realizar en nosotros para que seamos más humanos para poder ser más divinos. Si cuando hablamos de salvación tanto insistimos en la gracia que nos trae Jesús que nos convierte en hijos de Dios, primero El se ha hecho hombre para que aprendamos a valorar nuestra humanidad, que es valorar la dignidad de la persona, de toda persona; porque será desde esa humanidad desde donde El luego nos elevará con una nueva dignidad de hijos de Dios. Pero tiene que haber humanidad en nuestra vida, y muchas veces en la manera cómo nos tratamos nos falta esa humanidad.

sábado, 11 de enero de 2025

La humildad, el mejor antídoto para curar nuestros males, desprendernos de nuestros orgullos, entrar en camino de sanción y saborear de verdad lo que es el amor

 


La humildad, el mejor antídoto para curar nuestros males, desprendernos de nuestros orgullos, entrar en camino de sanción y saborear de verdad lo que es el amor

1Juan 5, 5-13; Salmo 147; Lucas 5, 12-16

Muchas cortinas ponemos en las ventanas de la vida. ¿Por qué no queremos que entre el sol, que entre la luz? ¿Por qué queremos ocultar nuestras vergüenzas, como solemos decir, aquellas cosas que hemos acumulado en la vida y de lo que no nos sentimos contentos? Siendo sinceros con nosotros mismos tenemos que reconocer que ponemos muchos velos en tantas cosas que no queremos que se sepan de nosotros; siempre tenemos algo que ocultar, algo de lo que nos avergonzamos, pero no lo queremos reconocer. Es dura esa catarsis que tenemos que hacer de nuestra vida y no siempre nos encontramos con valor.

Es importante la sinceridad con que vamos por la vida, porque nos sentiremos liberados de tantos pesos muertos que vamos acumulando en nosotros. Es cierto que nos duele, por la vergüenza que podamos pasar, el que alguien descubra o nos haga descubrir la realidad de nuestra vida, pero sin eso no nos podemos sanar. Si estamos enfermos y por la vergüenza que nos produce reconocer nuestra enfermedad o incluso contar con el médico, no nos podremos sanar y siempre seguiremos con esa herida sin curar, que nos va a producir más daño en nuestra vida.

El evangelio nos habla hoy de un leproso que valientemente se atrevió a acercarse a Jesús delante de toda la gente para reconocer que estaba leproso y que Jesús podía curarle. Siempre insistimos cuando comentamos este texto en ese reconocer el poder de Jesús y no nos hemos fijado suficientemente en ese detalle del leproso que reconoce su enfermedad.

En aquellos tiempos era una vergüenza terrible, porque además se consideraba un castigo de Dios – y si era castigo por algo sería, pensaban – y los leprosos eran confinados en lugares apartados a los que ni siquiera a los familiares más cercanos se les permitía acercarse. Y este leproso no tiene temor de reconocer su enfermedad y decirle a Jesús que puede curarle con una fe grande. Su reconocimiento era el primer paso de su curación.

¿Qué sería lo que nosotros tendríamos que reconocer? Este pasaje del evangelio es todo un signo también para nosotros hoy. No solo fue en aquel momento signo de la salvación y liberación que Jesús venía a traer – escuchamos hace poco el relato de la proclamación del profeta en la sinagoga de Nazaret que nos hablaba de esa liberación. Enfermedades del alma, enfermedades del espíritu, cosas que nos oprimen por dentro y no nos dejan tener la paz que deseamos, actitudes y postura que vamos tomando en la vida en nuestra relación con los demás, actitudes egoístas e insolidarias que nos aparecen continuamente y no sabemos superar, apariencias de las que nos envolvemos que como aquellas cortinas de las que hablábamos con las que vamos tapando tantas cosas de nuestra vida para dar una buena imagen, esa falta de autenticidad y sinceridad que tenemos para no reconocer lo que necesita curarse en nuestra vida.

¿Seremos capaces de una vez por todas de acercarnos a Jesús y con valentía decirle también que estamos enfermos y El puede curarnos? ¿Qué hacemos tantas veces incluso cuando vamos al sacramento de la Penitencia donde aunque decimos que somos pecadores y vamos a pedir perdón en el reconocimiento de nuestras faltas y pecados envolvemos lo que decimos en bonitas palabras para no decir al pan, pan y al vino, vino con total sinceridad?

La humildad es el mejor antídoto para curar nuestros males, porque nos hace bajarnos de nuestros orgullos; si no hay verdadera humildad no habremos entrado en el camino de sanción y liberación que Jesús nos ofrece; solo desde una autentica humildad comenzaremos a saborear de verdad lo que es el amor, para dejarnos amar, para sentirnos amados, y para poner todo nuestro amor en los demás y en lo que hacemos.

‘Sí, quiero, queda limpio’, nos dirá Jesús. Ojalá podamos escucharlo.

viernes, 28 de junio de 2024

Cuando vemos el actuar de Jesús tenemos que decir que también nosotros queremos e inmediatamente tender nuestra mano para levantar al que está a la vera del camino

 


Cuando vemos el actuar de Jesús tenemos que decir que también nosotros queremos e inmediatamente tender nuestra mano para levantar al que está a la vera del camino

2Reyes 25, 1-12; Salmo 136; Mateo 8, 1-4

Se suele decir que las desgracias nunca vienen solas. Y no es que se tenga un sentido pesimista de la vida, a la que siempre hemos de darle un sentido de positividad, porque será además lo que nos haga salir de los momentos oscuros; pero fácilmente constatamos que cualquier situación mala por la que podamos estar pasando, no se queda muchas veces, por ejemplo, en el dolor que podamos tener por una enfermedad, sino que espiritualmente, anímicamente nos sentimos débiles, la impotencia para salir de aquella situación nos hace descubrir otras pobrezas de nuestra vida, o nos lleva a un vacío espiritual que aumenta nuestra soledad y nuestro dolor.

Hoy el evangelio nos habla de un leproso que viene y se postra a los pies de Jesús para decirle que si quiere puede curarle. Pero no era solo la enfermedad física de ver cómo su cuerpo se desmorona con la enfermedad, sino era la soledad en la que estaban obligados a vivir, porque habían de vivir alejados de la gente, fuera de los pueblos, sin contacto ni siquiera con la familia. La enfermedad en este caso conllevaba una exclusión social que tenía que ser también muy difícil de llevar.

Es bien significativo para nuestra vida este episodio del evangelio. Jesús había venido anunciando el Reino de Dios y había ido mostrando señales de cómo ese Reino de Dios se hacía presente en medio de ellos. Antes del Sermón del Monte que hemos venido escuchando y que es como un resumen del mensaje de Jesús, ya le habíamos visto en Galilea realizando diversos signos que manifestaban esa cercanía del Reino de Dios.

Vamos a ver ahora un gran signo de esa presencia del Reino de Dios. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le había dicho el leproso que se había atrevido a llegar a los pies de Jesús en medio de la gente a pesar de la prohibición de que un leproso pudiera acercarse así a la gente. Y Jesús quiere. Y aquel leproso queda limpio. Y Jesús le pedirá que vaya a presentarse al sacerdote porque es quien tiene la autoridad para una vez curado poder entrar en el seno de la comunidad.

Aquel hombre ha sido curado de su enfermedad, pero aquel hombre ha recobrado su dignidad como persona; puede estar de nuevo en medio de los suyos, se reintegra de nuevo en el seno de la comunidad.

Y es aquí donde tenemos que ponernos a pensar en el hoy de nuestra vida. Vemos a nuestro alrededor tantos con las mismas señales de lo que era la vida de aquel leproso. Pensamos en el sufrimiento de tantos en sus enfermedades y limitaciones, pensamos en la pobreza que viven tantos a nuestro alrededor, pero no nos podemos quedar en esas situaciones, digamos, físicas que podemos contemplar. Hemos de detenernos a contemplar lo que hay detrás de todos esos sufrimientos.

¿De alguna manera no estaremos creando abismos detrás de muchas de esas personas que vemos con sus sufrimientos, con sus enfermedades, con sus limitaciones, con sus pobrezas y carencias? Cuando vamos por la calle y nos vamos tropezando con tantos que no nos gustan, que no nos caen bien, cuya presencia nos puede resultar repulsiva, o que vemos sumidos en un mundo de dependencias de tantas cosas, ¿no estaremos de alguna manera, quizás incluso de una forma inconsciente, discriminación con nuestras miradas de pena pero siempre desde la lejanía, con ese mantenernos a distancia y mirarlos quizás por encima del hombro, con ese no querer mezclarnos y entonces no dejamos entrar en nuestro circulo que siempre quiere ser selecto?

Muchas formas en las que seguiremos mirando a tantos a nuestro alrededor como a aquellos leprosos de los que nos habla el evangelio. Vendrán o no vendrán a pedirnos o a decirnos que nosotros podemos limpiarnos, como le decía aquel leproso a Jesús, pero no sé lo que realmente vamos pensando en nuestro interior de si acaso o no podemos limpiarlos.

Cuando vemos el actuar de Jesús no es solo para admirarnos y decir ‘mira lo que Jesús fue capaz de hacer’. Vemos el actuar de Jesús y sabemos que ese tiene que ser nuestro actuar. también nosotros hemos decir que sí queremos y adelantar nuestra mano hasta el leproso de turno, hasta ese al que tenemos que levantar, hasta ese al que no queremos mirar al pasar, hasta eso del que nos hacemos oídos sordos para no escuchar su ruego.

Es duro y es difícil. Porque en nuestra conciencia nos damos cuenta de que seguimos pasando de largo ante el leproso, ante tantos que están a la vera de nuestro camino. ¿Despertaremos algún día?

lunes, 4 de marzo de 2024

El paso por el tamiz de la humildad nos llevará a descubrir nuestra verdadera grandeza, hará posible el encuentro con Dios, y facilitará nuestra relación con los demás

 


El paso por el tamiz de la humildad nos llevará a descubrir nuestra verdadera grandeza, hará posible el encuentro con Dios, y facilitará nuestra relación con los demás

2Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

No es fácil muchas veces pasar por el tamiz de la humildad. Es muy fino y delicado, por su entramado hay que hacerse muy pequeño para poder traspasarlo.

Cuánto nos cuesta reconocer la realidad de nuestra vida, cuánto nos duele cuando nos hacen agachar nuestra cabeza, cuánto nos cuesta pasar por la puerta estrecha porque cada vez andamos más inflados. Si viene alguien con halagos  y alabanzas, aunque buenamente digamos – y no sé si sería de bocas a fuera como suele decirse – que no lo merecemos, que habíamos hecho lo que teníamos que hacer y no se cuantas cosas más, sin embargo en el fondo estamos agradeciendo esas alabanzas y si pudiéramos se las restregaríamos en el rostro a tantos que pensamos nosotros que no nos valoran ni nos tienen en cuenta. En el fondo nuestro orgullo se quiere alimentar y nuestro ego parece que necesita inflarse. Eso de la humildad acaso pensamos que no es para nosotros.

Como nos narra el texto del libro de los Reyes, hasta Israel ha llegado un hombre muy embebido en su soberbia, pero que sin embargo está enfermo; viene porque una esclava de su mujer le ha dicho que en Israel hay un profeta que puede curarlo. Allá viene con sus credenciales de poder, pero finalmente tiene que llegar hasta la pobre casa del profeta. No sale a recibirlo, como él esperaba con todas las credenciales de grandeza que le acompañaban, sólo el profeta le manda a decir que vaya al río Jordán y se lave siete veces. Herido en su orgullo quiere marcharse, porque en su tierra hay ríos más importantes que aquel para él minúsculo río del Jordán; convencido por sus acompañantes poco a poco va descendiendo de sus pedestales y pasa por el tamiz de la humildad bañándose en el Jordán y sintiéndose curado. Vendrán luego la gratitud y los reconocimientos, pero solo cuando ha pasado por ese tamiz de la humildad se ha encontrado con la gracia y el poder del Señor.

Es a ese episodio al que hace referencia Jesús en su visita, precisamente, a su pueblo y a la sinagoga de Nazaret. Se sienten inflados en su orgullo las gentes de Nazaret por lo que han oído que Jesús ha ido realizando en otros lugares.  Pero en su orgullo persiste la desconfianza, como sucede tantas veces. Parece que el orgullo y la soberbia solo nos hacen creer en nosotros mismos porque nos sentimos grandes. Y Jesús no realiza en Nazaret ninguno de aquellos milagros que ellos esperaban. Como hemos dicho les recuerda el episodio de Naamán el leproso sirio, pero no aprenden la lección. Más bien tratarán de quitarse de en medio a Jesús porque se sienten heridos en su orgullo.


Cómo comenzamos a tirar dardos contra los demás cuando nos vemos humillados, fácilmente nos volvemos violentos y destructivos. Aparecerán pronto los resabios y descalificaciones.
‘Es el hijo del carpintero’, dirán de Jesús, ‘aquí están sus parientes’, como queriendo siempre minimizar los que nos parece grande o nos sentimos heridos por su luz.

¿Qué nos sucede tantas veces con aquellas personas que decíamos que apreciábamos? pero cuando no actuaron como nosotros esperábamos qué pronto nos volvemos contra ellas y cómo todo fácilmente se transforma en resentimientos y en odio. Eran tan amigos y ahora no se pueden ver, porque no supieron pasar por ese tamiz de la humildad su amistad y los pequeños roces o la falta de entendimiento y comprensión se convierten en desaires que crean abismos y distanciamientos.

Pero ¿no nos sucede de manera semejante en nuestra relación con Dios? Lo primero que aparece muchas veces es decir que Dios no nos escucha y no sabemos aceptar con humildad lo que son los planes de Dios para nuestra vida; cómo se enfría fácilmente nuestra religiosidad, como nos vamos alejando poco a poco cayendo en una tibieza espiritual que se hace pendiente que nos lleva al abandono de todo.

Sólo cuando tengamos un corazón humilde podremos llegar a reconocer la grandeza del amor de Dios y cómo en nosotros, sin que sepamos reconocerlo, sin embargo Dios siempre está haciendo maravillas.


domingo, 11 de febrero de 2024

‘Quiero’, dijo Jesús y extendió la mano. ¿Dónde y cuándo tengo yo también que decir ‘quiero’ para extender la mano como Jesús?

 


‘Quiero’, dijo Jesús y extendió la mano. ¿Dónde y cuándo tengo yo también que decir ‘quiero’ para extender la mano como Jesús?

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Corintios 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45

Lo que en su origen podía ser una norma sanitaria y de higiene para preservar del peligro de contagio sobre todo en pueblos trashumantes  por lugares de desierto y con muchas carencias se convirtió con el paso del tiempo en una ley religiosa que conllevaba una cierta discriminación e inhumanidad sobre todo visto de los ojos de nuestro tiempo.

La salida de Egipto y el itinerario a lo largo de muchos años por el desierto sirvió para el pueblo de Israel para constituirse como pueblo y aprender a ser pueblo con normas comunes de convivencia y de organización. Con ojos humanos en lo que podemos ver en ese recorrido aunque transcendemos de esa realidad humana para descubrir la presencia de Dios junto a su pueblo que como tal lo va constituyendo. Es el sentido de los mandamientos, que resumimos en una tabla de diez mandamientos, pero que entraña muchas cosas que atañían a esa organización como pueblo que se fue dando en el camino del desierto.

¿Era necesaria aquella norma que al mismo tiempo conllevaba mucho de inhumanidad y de discriminación? Quiero, de alguna manera, ponerme en el lugar de quien en su origen dictara tales normas y las hiciera cumplir para tratar de descubrir los sentimientos de su corazón cuando así se obligaba a vivir a quienes padeciesen esas enfermedades contagiosas, como hace referencia a la lepra en esta ocasión. Doloroso era para quien se veía privado de sus derechos a la pertenencia y presencia en medio de su comunidad, pero también pienso tendría que ser quien tenia que hacer cumplir tales normas.

No quisiera ver inhumanidad nunca en el corazón del hombre, aunque bien sabemos que muchos rasgos de inhumanidad seguimos teniendo también hoy. Y es lo que tendría que hacernos pensar, en el hoy con sus discriminaciones y signos de inhumanidad que seguimos de muchas formas teniendo, en el lugar de quedarnos en hacer juicio critico de actitudes o posturas de otros momentos, porque cada momento de la historia tiene que tener su interpretación en su propio lugar y circunstancia.

La Buena Noticia de Jesús que nos llega hoy a través de esta página del evangelio tiene que hacernos descubrir los pasos que también nosotros hoy tenemos que dar para llenar de más humanidad a nuestra humanidad. Puede parecer un juego de palabras, pero no lo es. Hay gestos que vamos descubriendo en esta página del evangelio que nos van manifestando esa necesaria ruptura de muchas cosas para no quedarnos en la vasija vieja, sino para buscar esos odres nuevos en nuestra vida que nos abran a un sentido nuevo.

Es rompedor este texto del evangelio. Un leproso, que tenía que estar confinado en un lugar aislado, que se atreve a presentarse en medio de un grupo de gente y llegar hasta los pies de Jesús. No era cualquier grupo si consideramos lo que nos dice el evangelio que muchas personas se aglomeraban alrededor de Jesús para escucharle. Y allí en medio se atreve a llegar aquel hombre con su petición, ‘si quieres, puedes limpiarme’.

Pero es bien significativa la reacción de Jesús. ‘Compadecido extendió la mano y lo tocó’. ¿Entraba también Jesús al atreverse a tocar al leproso en la condición de los que había que considerar inmundos? Cualquiera que tocase algo impuro o alguien al que se consideraba impuro quedaba impuro también. ¿No recordamos las exigencias de los fariseos de lavarse y purificarse las manos incluso cuando regresaban de la plaza por si algo impuro habían tocado y comiesen entonces con manos impuras?

Algo nuevo está sucediendo. ‘Quiero’, fueron las palabras de Jesús cuando tocó aquel cuerpo enfermo y en consecuencia impuro. ‘Y la lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio’. ¿Nos estará diciendo Jesús lo que tenemos que hacer?

‘Quiero’, que no fueron solo palabras. ‘Extendió la mano y lo tocó’. ¿Será lo que tenemos que decir y que hacer cuando nos cruzamos con aquellas personas a las que seguimos mirando de lejos? Porque seguimos poniendo distancias, seguimos manteniendo barreras, seguimos mirando de lejos, con no todos queremos juntarnos; seguimos queriendo ignorarnos los unos a los otros, decimos que para no molestarnos pero realmente porque rompemos sintonías y queremos caminar cada uno por su lado; seguimos saludando a unos sí y a otros ni las vemos porque no miramos a la cara; decimos que no somos racistas pero, ¿cómo miramos a las inmigrantes que traspasan nuestras fronteras? ¿Tratamos igual a un extranjero que viene en avión con su pasaporte a gastarse su dinero en nuestra tierra que al inmigrante que nos llega de forma clandestina, en patera o como decimos de forma ilegal?

‘Quiero’, dijo Jesús y extendió la mano. ¿Dónde y cuando tengo yo también que decir ‘quiero’ para extender la mano como Jesús? Os digo con sinceridad que me deja inquieto esta página del evangelio. Tenemos que ir sanando de muchas lepras a tantos a nuestro lado y a nuestro mundo, pero tenemos que ir sanándonos nosotros de esa lepra que de una forma u otra hemos dejado meter en nuestra vida con nuestros gestos y actitudes no siempre tan buenos.

jueves, 11 de enero de 2024

Quizás sea yo el que tenga que ser curado de tantas lepras que me paralizan, que están poniendo barreras en mi vida, que también de alguna manera me están aislando

 


Quizás sea yo el que tenga que ser curado de tantas lepras que me paralizan, que están poniendo barreras en mi vida, que también de alguna manera me están aislando

1Samuel 4, 1-11; Sal 43; Marcos 1, 40-45

‘Si quieres puedes limpiarme’, le dice el leproso a Jesús. Dura y desesperada era la situación. Un vivir sin vivir. Era la enfermedad, era la soledad, era la situación de abandono en que se sentían. Aislados, lejos de todos, apartados de sus seres queridos, ¿se podía vivir así? Era algo más que ese dolor de su cuerpo. Se atrevió a romper con todo, se atrevió a acercarse a Jesús, aunque estuviera rodeado de gente, lo que a él no se le permitía. Era la petición que ahora presentaba a Jesús, porque para él era su única tabla de salvación.

¿Seguirán sucediendo cosas así entre nosotros? ¿Encontraremos a alguien en situaciones semejantes? Si encontráramos gente que está sufriendo discriminaciones semejantes, ¿cuál sería nuestra reacción, nuestra manera de actuar? ¿Pondríamos trabas a quienes quieran liberarse de situaciones semejantes?  ¿Tendríamos una actitud valiente?

Miro en mi entorno y quizás me estoy cruzando con esos muchachitos que han llegado a nuestras costas en una patera, que quizás los han confinado en algunos centros esperando una resolución de sus casos, pero que ahí siguen día tras día, y nos cruzamos con ellos en la calle o en algún medio de transporte, y los miramos de lejos y quizás con desconfianza, a los que no nos atrevemos a dirigirles una palabra y mucho menos una sonrisa de comprensión o de amistad que abra puertas, y pasan ante nosotros sin que establezcamos ningún signo de comunicación.

¿Sabemos cómo se sienten? ¿Conocemos las inquietudes que llevan en el alma? ¿Intuimos los dramas que pudiera haber tras sus miradas? Y nos seguimos cruzando de brazos; y pensamos que la solución a esas situaciones no depende de nosotros, esperando que otros las resuelvan. ¿Su mirada nos estará diciendo como aquel leproso a Jesús, ‘si quieres puedes curarme’?

Muchas veces no sé qué hacer y me siento impotente. Mirando hoy el evangelio ¿podré comenzar a pensar en alguna situación, en alguna nueva actitud y postura? ¿Llegará a despertarse mi conciencia para comenzar a tender la mano, o aunque solo fuera, comenzar a tener una nueva mirada?

Me quedo aquí paralizado con mis miedos y mis cobardías. Pido al Señor que me dé esa osadía que tanto necesito para comenzar a ser valiente de verdad. Quizás sea yo el que tenga que ser curado de tantas lepras que me paralizan, que están poniendo barreras en mi vida, que también de alguna manera me están aislando. ¿Cuándo comenzará a romper esos moldes? ¿Cuándo me decidiré a comenzar a actuar de manera distinta?

Dame, Señor, la fuerza de tu Espíritu.

viernes, 30 de junio de 2023

Comencemos de verdad a dar las señales del Reino de Dios y que el anuncio de la Buena Noticia sea algo más que palabras, en nosotros está

 

Comencemos de verdad a dar las señales del Reino de Dios y que el anuncio de la Buena Noticia sea algo más que palabras, en nosotros está

Génesis 17,1.9-10.15-22; Sal 127;  Mateo 8,1-4

¿Alguna vez nos hemos encontrado en la situación de que alguien se acerque a nosotros para decirnos que en nuestras manos está, el que le resolvamos aquel problema que tiene, que él sí está seguro que nosotros podemos resolvérselo?

¿Qué hacemos si nos encontramos en una situación así? ¿No nos creemos que esté en nuestras manos la solución? ¿Dar la vuelta y volverle la espalda ignorando aquello que nos piden, pues vete a saber… como siempre sospechamos? ¿Intentamos encontrar alguna salida y ver lo que podemos hacer? Diversas reacciones podemos tener. ¿Cuál será la medida de nuestro corazón? ¿Por qué son esas seguridades en quien viene a pedirnos?

Jesús había estado enseñando en el monte; ya había reunido en torno a él un grupo de discípulos más cercanos que siempre le seguían que iba a ser como principio de aquel grupo, de aquella pequeña comunidad que iba creando. Les enviaría también a ellos a anunciar el Reino y curar enfermos. Ahora alguien, que quizás de lejos le había estado escuchado dada su situación de leproso que no podía mezclarse con los demás viene a decirle que si quiere El puede curarle; y Jesús lo tocó diciéndole, quiero, queda limpio, y al momento aquel hombre quedó curado.

¿Eran los signos del Reino de Dios que Jesús había estado anunciando? Se está manifestando claramente que la buena noticia llega a los pobres y a los que sufren; aquello anunciado por el profeta y proclamado en la sinagoga de Nazaret que era algo así como una proclamación programática de la acción del Mesías de Dios. ‘Los pobres son evangelizados’ y se están dando las señales de liberación y de salvación que anunciaba el profeta.

No me quiero quedar en lo acaecido aquel día al pie de la montaña cuando Jesús de nuevo baja a la llanura para el encuentro con los que sufren. Es que ese evangelio lo escuchamos hoy. Pero no como un relato bonito del que podemos hacernos hermosas consideración. Es evangelio hoy, es buena noticia hoy para este mundo, estos hombres y mujeres que vivimos en este momento concreto de la historia

¿A quien estará representando este leproso? ¿De quienes será signos hoy este leproso? Podemos ser tu y yo que también con nuestra lepra – ¡cuánto mal se sigue encerrando en nuestros corazones y del que tenemos necesidad de liberarnos! – nos acercamos a Jesús para decirle también ‘si quieres, puedes limpiarme’.

Pero es que podemos decir también que nosotros estamos en el lado de Jesús, porque a nosotros también se nos ha confiado una misión como Iglesia en medio de nuestro mundo donde también tenemos con urgencia que anunciar el Reino de Dios. ¿Podríamos ver representado en ese leproso a ese mundo que nos rodea y también se acerca para decirnos ‘si quieres, puedes sanarme’?

Ante nosotros, ante la Iglesia está ese mundo que tantas veces los describimos envuelto en tantos males, pero que muchas veces nos quedamos en eso, en hacer bonitas descripciones. Pero también se nos está diciendo en tus manos está, ¿y qué hacemos? ¿No estará el mundo esperando una respuesta de nuestra parte? ¿Tendremos miedo de tender nuestra mano para tocar al leproso? ¿Tendremos miedo de meternos en medio de ese mundo para comenzar, pero en serio, a hacer una transformación?

¿Cuándo comenzaremos de verdad a dar las señales del Reino de Dios y que esa buena noticia sea algo más que palabras?

jueves, 12 de enero de 2023

Busquemos la verdadera liberación que Dios quiere realizar en nuestra vida dando gloria a Dios por las obras grandes que realiza en nosotros

 


Busquemos la verdadera liberación que Dios quiere realizar en nuestra vida dando gloria a Dios por las obras grandes que realiza en nosotros

Hebreos 3,7-14; Sal 94; Marcos 1,40-45

Lo bueno, es cierto, tenemos que comunicarlo; y más en este mundo de sombras cuando aparece por algún lado la luz tenemos que hacerla conocer, porque esa luz que nosotros hemos encontrado no es solo para nosotros mismos, sino que también puede beneficiar a los demás. ¿Qué pensaríamos si viviéramos en un pueblo que nos estuviéramos muriendo de sed, porque no hay agua, porque las fuentes se han secado, porque sucedió algo que envenenó las aguas de aquel pueblo – nos podemos hacer las suposiciones que queramos – pero un hombre encuentra en el patio de su casa una fuente de agua limpia y cristalina si acaso se guardara el descubrimiento, si se guardara el agua solo para si y no lo comunicara a los demás vecinos y ni compartiera el agua con todos? Por eso digo que lo bueno tenemos que comunicarlo y compartirlo porque anima la esperanza de todos.

Con esta premisa que estoy poniendo quizás nos podría extrañar ese mandato de Jesús a aquel hombre que había curado de su lepra que no lo dijera a nadie. Ya sabemos lo que nos suele suceder, entonces y ahora también; cuando hay hechos extraordinarios somos muy dados a magnificarlos, nos encantan los milagros.

El actuar de Jesús, con los signos que estaba realizando para dar las señales del Reino de Dios que llegaba y que estaba anunciando, podía hacer, como para muchos realmente sucedía, en que Jesús se convirtiera solo en un taumaturgo, capaz de hacer grandes milagros y la gente desviara su atención de lo que realmente era el signo que Jesús quería darnos.  ¿Por qué iban tras Jesús? ¿Solamente por el milagro? ¿Serían capaces ver las señales del Reino de Dios que Jesús quería mostrar con aquel ir venciendo el mal?

No queremos, ni debemos, juzgar a aquel leproso que desde el mal que estaba padeciendo acude a Jesús con la confianza de que Jesús en verdad puede salvarlo, puede curarlo. Se encontraba en un pozo hondo en la vida, por todo lo que de aislamiento y discriminación significaba padecer aquella enfermedad.

No podían estar con nadie, no podían vivir con la familia, tenían que irse a lugares apartados y solitarios, tenían que evitar todo contacto con los que no tuvieran la enfermedad. Lo que eran normas higiénicas muy saludables los convertían en una maldición religiosa incluso, porque eran considerados unos impuros.

Ha oído hablar de los signos que Jesús realiza con aquel anuncio nuevo que está haciendo Jesús y a El acude saltándose incluso las más elementales normas que se les imponían. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le pide a Jesús. Y Jesús extiende su mano, lo toca y lo cura. Le pedirá Jesús que cumpla con lo establecido para poder incorporarse de nuevo a la comunidad presentando su ofrenda ante los sacerdotes, aunque le pide también, vamos a decirlo así, que no haga propaganda. Hay que saber entender el signo que Jesús ha realizado.

El Reino de Dios que Jesús está anunciando, está haciendo llegar a todos, va a significar algo nuevo y distinto. Con el Reino de Dios nos sentiremos liberados de todo lo que nos ata y nos esclaviza. ¿No anunciaba Jesús en la sinagoga de Nazaret con el pasaje de Isaías que ungido del Espíritu había sido enviado para dar libertad a los oprimidos? Aquí estaba una señal.

Cuando ponemos a Dios en verdad como el centro de nuestra vida, desaparece toda esclavitud y opresión, nos llenaremos de la libertad de los hijos de Dios. Pero es porque buscamos liberarnos, no solo de una enfermedad, sino del mal que nos ata y nos oprime por dentro. Es la señal de la liberación que se daba con la curación de aquel leproso de su enfermedad con todas las secuelas que conllevaba.

Es el milagro que Jesús quiere en verdad realizar en nuestra vida, es por lo que tenemos que acudir a El. ¿Es en verdad lo que buscamos en Dios? ¿Seguiremos solamente quizá pidiendo el milagro de la suerte, como decimos, que nos salga bien el examen o nos saquemos la lotería, que no nos pase nada malo ni a nosotros ni a los nuestros o que nos curemos de nuestros dolores?

Busquemos la verdadera liberación que Dios quiere realizar en nuestra vida. Nuestra soberbia o nuestra vanidad, nuestras ambiciones o nuestros deseos de grandeza, nuestros orgullos o nuestros resquemores ¿no nos estarán haciendo a nosotros opresores de los demás porque además esas mismas actitudes nos están también esclavizando a nosotros mismos? Cuando nos veamos liberados de todas esas cosas demos gloria a Dios manifestando sí las obras grandes que Dios realiza en nosotros.

jueves, 13 de enero de 2022

Un pequeño gesto puede convertirse en una gran señal de amor que haga maravillas en la vida

 


Un pequeño gesto puede convertirse en una gran señal de amor que haga maravillas en la vida

1Samuel 4, 1-11; Sal 43; Marcos 1, 40-45

Hay cosas que no podemos callar, aunque nos lo pidan. Quizá una experiencia muy vital que hemos vivido, nos ha impresionado o hasta incluso marcado nuestra vida entre un antes y un después, o puede ser algo tan sencillo como un gesto que alguien ha tenido con nosotros y no esperábamos y por eso nos ha sorprendido e impresionado, un accidente quizás que nos ha traumatizado y no lo podemos quitar de la mente y lo compartimos con todo el mundo… hechos, gestos, cosas que nos suceden, nos impresionan, son como una señal en la vida.

Es lo que vivió aquel leproso. Hasta entonces se había sentido marginado de la sociedad porque su enfermedad le impedía convivir no solo con sus vecinos sino incluso con su propia familia; una enfermedad terrible en la que uno se ve en cierto modo muriéndose, al ver como su cuerpo se desmorona, pero no son solo los sufrimientos de la enfermedad sino la mella que va haciendo en su espíritu, el considerarse casi como un maldito.

Se había atrevido a acercarse a Jesús porque había oído hablar de El, de lo que enseñaba pero también de su cercanía con todos y de los milagros que le contaban que hacía. Se acercó a Jesús con miedo y temor, pero al mismo tiempo casi con una certeza. ‘Si quieres puedes limpiarme’. Había dado un paso, no se había quedado a lo lejos, sentía que tenía que hacer algo y se decidió. Y Jesús no lo había rehuído, no se había puesto a salvo, no se puso ni guantes ni una mascarilla, se había acercado a él y lo había tocado. ‘Extendió la mano y lo tocó diciéndole: Quiero, queda limpio’, fueron sus gestos y sus palabras.

Aunque Jesús le había recomendado que no estuviese contando a nadie lo sucedido, que fuera y se presentara a los sacerdotes para cumplir con las exigencias de la ley para poder ser considerado curado y poder volver con los suyos, él no podía callar. Estaba, es cierto, su atrevimiento, pero todo lo que había sucedido después le había desbordado; no solo se sentía sano de su enfermedad, lo que ya en sí era grandioso, sino que Jesús se había acercado a él, le había hablado, había tenido aquel gesto de extender la mano y tocarle sin miedo a la impureza legal, era algo que lo sobrepasaba todo. No podía callar.

Había sucedido algo grandioso, pero todo se había desarrollado en lo sencillo. Habían sido momentos sorprendentes de la manifestación del poder y de la grandeza de Dios se había realizado desde los gestos humanos más sencillos. Dios había llegado al corazón de aquel hombre desde los gestos más sencillos y más humanos. Era la acogida de Jesús, fue el gesto de tender su mano y de tocarlo. Allí estaba el amor, allí estaba la humanidad, allí se estaba haciendo presente Dios. Claro que aquel leproso curado no se podía callar.

Necesitamos gestos de humanidad. No son acciones mecánicas, no son protocolos burocráticos, no son normas incluso de higiene o de urbanidad las que nos impongamos las personas en nuestras relaciones. Hace falta algo más en la vida. Es necesario aprender a llevar el corazón en la mano. Y no hacen falta cosas ni extrañas ni extraordinarias, sino en eso pequeño, sencillo, ordinario de la vida de cada día poniendo humanidad, amabilidad, una sonrisa, una mirada a los ojos, un ponerte a su lado y a su altura, un facilitar el encuentro o ese decir esa primera palabra con amabilidad. ‘Extendió la mano y lo tocó’. Y el leproso curado iría diciendo ‘me tocó con su mano’ porque ese calor de su mano no lo olvidaría jamás, nunca jamás se enfriaría en su corazón.

Cuántas cosas sencillas podemos hacer y con ellas cuántas maravillas.

 

viernes, 25 de junio de 2021

Tendremos que ser nosotros los que corramos hasta Jesús para pedirle ‘si quieres, puedes curarme’ porque nos sobran protocolos de distanciamientos que nos hacen leprosos


 

Tendremos que ser nosotros los que corramos hasta Jesús para pedirle ‘si quieres, puedes curarme’ porque nos sobran protocolos de distanciamientos que nos hacen leprosos

Génesis 17,1.9-10.15-22; Sal 127; Mateo 8,1-4

Un leproso, como diríamos hoy con toda la carga de discriminación que llevaba consigo, se atreve a acercarse a Jesús para pedirle que lo cure. Hay situaciones en que nos vemos desesperados y nos saltamos todas las reglas o protocolos que pretendan imponernos. Ya no importa nada peor que nos pueda suceder que la situación por la que estamos pasando. Como aquel leproso, alejado de los suyos, de su familia, de su casa, de su entorno social para vivir aislado de todos y de todo, como un maldito de Dios y de los hombres.

Hay momentos que son muy duros. ¿Habremos tenido que pasar por algo así? ¿Conocemos de buena mano a alguien que lo haya pasado? Quizás nos desentendemos. ¿Qué me importa a mí? Alguno puede pensar no es mi problema, es tu problema; cuantas veces habremos escuchado cosas así cuando queremos insensibilizarnos ante lo que vemos, ante lo que sucede, ante el sufrimiento de los demás. Nos daría mucho que pensar.

Aquel hombre se saltó todos los límites que pudieran imponerle. Su fe era grande. Habría oído hablar de Jesús o quizá él mismo antes de su enfermedad lo habría escuchado y habría contemplado los signos que hacía. Y aunque ahora estaba aislado de todo siempre llegan las noticias, siempre hay alguien que puede trasmitir algo que despierte esperanza. Como la que tenía aquel hombre para atreverse a meterse en medio de la gente y llegar hasta Jesús. Para él sobraban los distanciamientos sociales como ahora los llamamos.

‘Si quieres, puedes curarme’. No suplica de forma lastimera, sino con la dureza que se ha podido crear en su corazón con todo lo que había sufrido. Sabía que Jesús podía, pero tenía que querer. Aunque como nos señalará Jesús en otros momentos somos nosotros los que hemos de querer, los que hemos de creer, los que hemos de tener la certeza y la confianza. Y en aquel hombre la había, pero humildemente lo dejaba todo en las manos de Jesús. ‘Si quieres…’

Pero si aquel hombre se había saltado los protocolos, Jesús también se los salta. A un leproso no se le podía tocar, porque solo el hecho de tocarlo, aunque quizá no llegase a contagiarse, ya se le consideraba impuro como se consideraba de la misma manera a todo leproso. Porque Jesús se adelantó para acercarse del todo a aquel hombre y lo tocó. ‘Quiero, queda limpio’.

Todo esto nos puede enseñar muchas cosas, puede incidir en muchas cosas de nuestra vida. Porque aparte de que ahora andemos también con unos protocolos y unos distanciamientos con motivo de la pandemia que estamos padeciendo, también nos ponemos muchos protocolos y nos llenamos de muchos miedos en la vida y en nuestra relación con los demás.

A cuántos tampoco nosotros nos atreveríamos a adelantar la mano para tocarlos en nombre de esa escala social que nos hemos inventado los hombres para querer unos estar por encima y a otros considerarlos por debajo. Cuántos parias habremos creado en nuestro entorno en aquellas personas con las que no queremos mezclarnos, ni que nos vean hablando con ellas; y pasamos de largo, y miramos acaso de rabadillo, pero no somos capaces de mirarle a la cara, de mirarle a los ojos.

Cuando escuchamos este evangelio nos hacemos consideraciones muy graves y sesudas sobre la discriminación que se vivía entonces, por ejemplo, con los leprosos, pero no somos capaces de mirar nuestro entorno, de mirarnos a nosotros mismos, de reconocer lo que nosotros podemos estar haciendo también. Hablar, quizás, hablamos bonito de todas estas cosas, pero luego ¿qué es lo que hacemos? ¿Habremos roto barreras, nos habremos saltado esos protocolos que nos hemos creado, nos habremos sabido acercar a todos poniéndonos a su lado y a su altura?

Una pregunta nos queda, ¿no tendremos que ser nosotros los que corramos hasta Jesús para decirle también ‘si quieres, puedes curarme’? ¿Acaso pensamos que no hay en este sentido nada de lo que nos tenga que sanar Jesús? ¿Y esa ceguera para no querer ver y esos miedos para no mezclarnos?

lunes, 8 de marzo de 2021

No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos sino ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo

 


No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos sino ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo

2Reyes 5, 1-15ª; Sal 41; Lucas 4, 24-30

El orgullo de los pueblos que se creen merecedores de todo y que se creen los mejores. Y siempre que aparece el orgullo aparecen los desprecios, la poca valoración de los que creemos inferiores, y las exigencias de todo tipo, porque, como decíamos, nos creemos merecedores de todo. Quizá no puedan ofrecer otra cosa que uno de su pueblo alcanzó cotas altas, y porque de nuestro pueblo salió, vamos a decirlo así, una lumbrera, alguien que en algún campo de la vida destacó por algo, ahora yo todos nos creemos mecedores y hasta nos volvemos exigentes.

¿Qué pasaba en Nazaret? La fama de Jesús, el profeta que había surgido de aquel pueblo que antes apenas había tenido nombre, llegaba a todas partes y comenzaron a aparecer los orgullos. Pero bien sabemos que los orgullos van acompañados también de desconfianzas, porque ¿de dónde ha sacado El toda esa sabiduría y esos poderes? Y en esas desconfianzas comienzan las valoraciones que no siempre van a ser favorables para los cercanos al personaje. Si aquí están sus hermanos, sus parientes, su familia que en nada han destacado, porque su padre era simplemente el carpintero.

Es lo que podemos describir de Nazaret, que al principio cuando había salido Jesús a hacer la lectura en la sinagoga, todo eran alabanzas y orgullos patrios, pero pronto se volvieron en contra en desconfianzas y en desprecios de alguna manera. Por eso Jesús les dirá claramente que un profeta no es bien mirado en su pueblo, solo en su pueblo será despreciado. Y ahora le están pidiendo que haga allí lo que saben que ha hecho en otros lugares, aunque su fe en El no sea tan clara. Y ya sabemos que la exigencia primera para los milagros de Jesús es la fe los que piden la ayuda, los que piden el milagro, y en eso no están destacando precisamente en su pueblo de Nazaret.

Y Jesús les recuerda dos hechos o acontecimientos de los antiguos profetas, en este caso de Elías y Eliseo. En tiempos de Elías muchas viudas había en Israel pasando necesidad en aquellos tiempos de sequías y de hambres, y sin embargo fue enviado a una viuda de Sarepta de Sidón, un pueblo ya ajeno a Israel; pero grande había sido la generosidad de aquella mujer que nada tenía sino un puñado de harina y un poquito de aceite para hacer el último panecillo y esperar la muerte, pero sin embargo se había desprendido generosamente de ello para compartirlo con el profeta.

Muchos leprosos, les recuerda Jesús, había en Israel – era una enfermedad muy común en la antigüedad – y sin embargo el profeta Eliseo a quien curó fue a Naamán, el sirio. Había venido a Israel buscando la salud porque la fe de una esclava lo había recomendado.  Y la gente de Nazaret entendió el mensaje que Jesús les estaba dando, que había de despertar su fe, pero ellos seguían encerrados en sus orgullos, por eso se revuelcan y se vuelven contra Jesús, al que arrojan fuera del pueblo que incluso quieren despeñarlo por un barranco.

¿Por dónde anda el proceso de nuestra fe?, tendríamos quizá que preguntarnos en este momento. A eso tiene que llevarnos este evangelio que hoy estamos escuchando y precisamente en este camino de cuaresma que estamos haciendo. Bueno, nos hemos acostumbrado ya a que en este tiempo viene la Cuaresma, porque pronto se acerca la Semana Santa, pero quizá vamos pasando los días y no vemos ningún  progreso en nuestra vida. Escuchamos la Palabra que cada día se nos ofrece, bueno, no sé si realmente la escuchamos, porque para escuchar de verdad tenemos que abrir los oídos del corazón.

No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos. Es ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo, ir saliendo de nuestras rutinas en que simplemente repetimos las cosas que siempre hacemos pero no siempre con el deseo de superación, de crecimiento espiritual. La gente de Nazaret oyó aquel día las palabras de Jesús y la lectura del profeta, pero no supo escuchar en su corazón. Es lo que nosotros necesitamos saber hacer.

 

domingo, 14 de febrero de 2021

Mirar de frente al leproso que se acerca a Jesús y contemplar los gestos de humanidad y misericordia de Jesús me hace abrir caminos nuevos de cercanía a los demás

 


Mirar de frente al leproso que se acerca a Jesús y contemplar los gestos de humanidad y misericordia de Jesús me hace abrir caminos nuevos de cercanía a los demás

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Corintios 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45

No termina de ser algo que lleguemos a comprender o que asumamos de tal manera como si fuera algo propio. Y me refiero a lo que podían sentir los leprosos que de tal forma eran excluidos de la sociedad, de la familia, arrancados de su pueblo y de sus raíces para ir a malvivir o a mal morir en los lugares en que los obligaban a recluirse.

Por mucho que ahora nosotros digamos que comprendemos lo que estar recluidos en casa, como nos hemos visto obligados por la pandemia que aun seguimos sufriendo, porque nosotros podíamos comunicarnos de alguna forma con los demás y había o hay un cierto grado de movimientos. No nos sentimos unos condenados, unos ‘impuros’ como se les llamaba a los leprosos solamente por el hecho de tener una enfermedad. El miedo al contagio había sacralizado las medidas que en aquella época se podían tomar que se convertían en algo muy duro para quien estuviera sufriendo dicha enfermedad.

De ello nos habla hoy la Palabra de Dios cuando por una parte se nos proponen las normas y protocolos (como diríamos ahora) que se establecían para el trato con los leprosos, pero que nos sirve para comprender mejor lo que sucede en el evangelio. El gesto de Jesús al acoger a aquel leproso que, saltándose todas las normas, ha sido capaz de llegar a los pies de Jesús, es toda una manifestación de humanidad y de lo que es la misericordia del Señor.

Aquel hombre llega a los pies de Jesús con el deseo de que Jesús le imponga su mano para curarse; y Jesús no rehúsa el gesto sino que extiende la mano y toca al leproso arriesgándose incluso a ser Él mismo considerado como un impuro y que de alguna manera se viera obligado a un confinamiento semejante.

Jesús extiende su mano y podríamos decir allí se está extendiendo y de una forma muy honda todo lo que es la misericordia de Dios. Misericordia, en este caso, para este considerado como paria de la sociedad, pero que viene a significar toda la hondura de la liberación que Jesús viene a ofrecernos. Por eso, la cercanía de Jesús, el contacto incluso físico de la mano de Jesús sobre aquel cuerpo dolorido y enfermo. Es la mano de Jesús que viene a abrirnos caminos nuevos, unos caminos que con nuestros miedos pero también con la cerrazón de nuestro corazón habíamos ido cerrando.

Caminos que aún mantenemos cerrados en nuestra vida, tenemos que reconocerlo, cuando aún no ha terminado de prevalecer la solidaridad y el amor sobre esos miedos y complejos en los que vivimos, sobre esos aislamientos que creamos, sobre esas discriminaciones que hacemos.

Seguimos en un mundo cerrado, en el que solo nos miramos a nosotros mismos, en que queremos centrarlo todo en nuestro yo egoísta, en que con nuestros orgullos y vanidades vamos haciendo distinción entre los que son de los nuestros y los que no nos caen bien, en que aún seguimos con un corazón endurecido en la injusticia y manipulamos según sean nuestros intereses, ocultamos la verdad, favorecemos a los de nuestra onda y tan fácilmente olvidamos el sufrimiento de los demás cerrando los ojos para no ver el mundo de dolor que existe a nuestro lado; cuántas veces ni nos queremos enterar ni nos interesamos por el que está sufriendo al lado de la pared de nuestra casa.

Jesús viene a enseñarnos a salir de nosotros mismos, a abrir los ojos de nuestro corazón para poder palpar y sentir el sufrimiento de los demás, a enseñarnos a bajarnos de esos pedestales de vanidad en que nos hemos subido para caminar de forma sencilla al lado de los pobres y de los que sufren, a ser ejemplo para nosotros de esos gestos de cercanía, de amistad, de amor y fraternidad que hemos de ir poniendo como hitos en nuestro camino de encuentro con los otros.

Mirar de frente a este leproso que se ha acercado a Jesús y contemplar los gestos de humanidad y misericordia que Jesús tiene con El me ha enseñado hoy a abrir bien los ojos pero para ver con toda sinceridad mis propios gestos y mis posturas; quizás si no llego a tener ese gesto sencillo de cercanía al otro es por la postura que estoy manteniendo en  mi corazón; una oportunidad para un buen examen de mi vida, para que aquellos gestos que tenga o haya de tener con los demás sean de total sinceridad y autenticidad. No nos podemos quedar ni en apariencias ni en fotogénicas imágenes sino que tenemos que ir a lo que llevamos en lo hondo del corazón.

Por eso quiero terminar con una referencia a este día del amor y de la amistad que se celebra hoy en nuestra sociedad, cuidado nos quedemos en apariencias, en palabras bonitas que como una bonita nube pronto se la lleva el viento, en gestos que pronto olvidamos sino que haya autenticidad en nuestra amistad y en el amor que ofrecemos.