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jueves, 18 de septiembre de 2025

Abrámonos a los caminos nuevos del amor tapizados por la comprensión y el perdón y sea la humildad y el amor los que nos lleven a los pies de Jesús

 


Abrámonos a los caminos nuevos del amor tapizados por la comprensión y el perdón y sea la humildad y el amor los que nos lleven a los pies de Jesús

1Timoteo 4, 12-16; Salmo 110; Lucas 7, 36-50

Aunque hoy decimos que nos damos de muy liberales y que nadie nos tiene que imponer lo que tenemos que hacer, sin embargo nuestra sociedad está llena de unos protocolos que marcan nuestras relaciones, muchos actos de la misma vida social y que aunque no lo confesemos muy claramente sin embargo de alguna manera nos sometemos y los convertimos hasta en normas de conducta. No solo son las cuestiones de buena urbanidad y de mutuo respeto que nos hemos de tener los unos a los otros, sino que en nuestros círculos no siempre aceptamos aquellos que nos parecen diferentes, con no todo el mundo queremos mezclarnos para que no digan de nosotros y vamos creando una serie de discriminaciones en función de los trabajos o cargos que desempeñen, los lugares de origen, lo que llamamos legalidad para permanecer en un lugar con todos sus derechos humanos y así podríamos pensar en muchas cosas; no admitimos a nuestra mesa a cualquiera, cuidamos muchos a quienes vamos a invitar a algún tipo de celebración, y hasta entre vecinos creamos distanciamientos y diferencias. Quienes tengan mala fama o de los que se sospeche o hayan cometido ciertos delitos ya los marcaremos para siempre queriendo crear un círculo de aislamiento.

En el tiempo del que nos habla el evangelio fuertes eran esas discriminaciones, las barreras que se interponen entre unos y otros y no eran solamente los leprosos los que eran aislados para evitar el contagio sino que eran muchas más las trabas impuesta en la sociedad de entonces; las mujeres no contaban para nada, los que se consideraban pecadores eran excluidos del trato de aquellos que se consideran puros y cumplidores, muchos escalones dentro de aquella sociedad que vemos hoy en el pasaje que contemplamos cómo Jesús se los salta porque era algo nuevo lo que Él quería ofrecernos. Hacía falta, como diría en otra ocasión, unas vasijas nuevas para el vino nuevo que Él venía a ofrecernos en el anuncio del evangelio.

Unos protocolos de acogida, una separación y distanciamiento entre los que asistían al banquete que aquel fariseo le había ofrecido a Jesús, unas actitudes nuevas y un nuevo sentido de vida venían a ofrecernos Jesús. Un banquete en el que solo participaban hombres y que demás se consideraban unos puritanos; pero una mujer que se introduce saltándose todos los permisos, podríamos decir, que se introduce en la sala del banquete; un juicio y prejuicio que se va apoderando del corazón de quienes están sentados a la mesa, empezando por quien había hecho la invitación, porque además aquella mujer era considerada una mujer pecadora.

Además aquella mujer estaba ahora realizando lo que no se había hecho en virtud de las normas de la hospitalidad, cuando lava los pies de Jesús con sus lágrimas y los besa con todo su amor, mientras el perfume de nardo puro envuelve a todos los comensales al ungir los pies de Jesús. Parecería que aquello era algo intolerable, pero Jesús se deja hacer, permitiendo que aquella mujer pecadora unja y perfume sus pies. Pero ahí están las palabras de Jesús en aquella pequeña parábola que propone. ¿Quién crees que amó más tras el perdón que habían recibido por su deuda? Palabras que van a conducir a Jesús a su momento culminante, el perdón generoso ofrecido por Jesús a aquella mujer que tanta amaba a Jesús a pesar de su condición de pecadora.

Saltan por los aires todas las prevenciones que aquellos hombres tenían ante aquella situación que se está viviendo con la presencia de aquella mujer pecadora. Pero, ‘¿Quién puede perdonar pecados sino Dios?’ Aquello era considerado una blasfemia porque Jesús se estaba atribuyendo el perdón de Dios. No lo podían comprender como nunca llegarán a comprender el sentido de la muerte de Jesús. Solo los que se pusieran humildes ante Dios, pero con un corazón cargado de amor lo podrían entender.

Es que solo los humildes, los sencillos que ansiaban y deseaban tener limpio el corazón podían comprender aquel misterio de lo que es el amor de Dios y el perdón que nos regala. Solo un hombre que se sintió empequeñecido ante el milagro de amor que contemplaba, como fue aquel centurión del calvario, podía reconocer la inocencia y la grandeza de Jesús. Un centurión también con humildad se había acercado un día, aunque se sabía no merecedor de la gracia que pedía, se había también atrevido a acercarse a Jesús y recibiría la mejor alabanza de Jesús. ‘No he encontrado en nadie tanta fe en todo Israel’.

Es el camino nuevo en que viene a ponernos Jesús. Han de saltar por el aire todas las prevenciones, porque cuando vivimos con la vida encorsetada por los protocolos del hombre viejo no podremos sentir el gozo de la libertad que nos ofrece Jesús con su vida nueva. Rompamos barreras y saltemos por encima de los abismos, que sea la humildad y el amor los que nos lleven a los pies de Jesús. Abrámonos a los caminos nuevos del amor que tienen que estar tapizados por la comprensión y el perdón, porque será así cómo podremos disfrutar del perdón que viene a traernos Jesús con su muerte redentora y su salvación. 


domingo, 21 de julio de 2024

Encontremos ese momento para estar con Jesús, escucharle en nuestro corazón, disfrutar de su presencia, sentirnos renovados en el espíritu porque El está con nosotros

 


Encontremos ese momento para estar con Jesús, escucharle en nuestro corazón, disfrutar de su presencia, sentirnos renovados en el espíritu porque El está con nosotros

Jeremías 23, 1-6; Sal. 22; Efesios 2, 13-18; Marcos 6, 30-34

‘Mira, estás estresado, estas viviendo una tensión muy fuerte, mejor te vas unos días a descansar y luego hablamos’, quizás hemos dicho alguna vez a alguien que venía con sus agobios y problemas, no sabíamos por donde hacer algo por él, y pensamos que lo mejor es que tuviera ese tiempo de descanso para que él mismo se aclarara y luego poder hablar para encontrar soluciones. Es lo que le dice el padre al hijo que está viviendo un momento malo y no hay por donde hablar, y le dice ‘vete, duerme esta noche, y mañana estarás más tranquilo y podemos hablar’. Muchos ejemplos de situaciones así podíamos seguir poniendo en las relaciones de la pareja y del matrimonio, en los problemas de los amigos, en la tensión del trabajo cuando las cosas no salen y parece que todo puede ir al fracaso.

¿Es esa la solución y los protocolos técnicos que podamos tener para esos casos? Nos hablarán los sicólogos, nos hablaran los asistentes sociales, los consejeros matrimoniales, los asesores en recursos humanos… para todo tenemos protocolos y respuestas, que en esta reflexión no entro a valorar.

Solo quiero fijarme en este pasaje del evangelio que este domingo se nos propone. Jesús había enviado a los discípulos a hacer el anuncio del Reino e incluso les había dado autoridad, como en otros momentos hemos reflexionado, para curar enfermos y para expulsar demonios. Es el regreso de la misión que Jesús les había encomendado, vienen contentos por lo que han realizado en nombre de Jesús, pero sabe El que después de aquella actividad necesitan un descanso. Además eran tantos los que iban y venían que nos les daban tiempo ni para comer. ‘Vamos a un sitio aparte, a un lugar desierto, para descansar’.

¿Tú, duerme y descansa ahora que luego hablamos? No es eso lo que quiere Jesus. ‘Vamos’, dice, porque El va con ellos; vamos a un lugar apartado, pero será un lugar, al menos es lo que pretende, donde podamos estar juntos, donde podamos disfrutar de nuestro descansa, donde podamos tener tiempo de compartir. Vamos, que yo estaré con nosotros.

Podíamos recordar otro pasaje del evangelio donde Jesus invita a los que están cansados y agobiados a ir con El, porque en El encontrarán su descanso, a ir con El, porque de su mansedumbre han de aprender para mantener la paz en el corazón, porque en El nos vamos a sentir fuertes frente a todos los embates, frente a todos los agobios y carreras, frente a todas las luchas que habremos de mantener, porque no es que no nos dejen ni comer, es que no nos dará cuartel ni descanso ese mundo que tenemos enfrente y del que no nos podemos desentender.

No es el descanso solo de meternos dentro de nosotros mismos y quizás querer olvidarnos de todo, es el descanso de estar con Jesus porque en El encontraremos la fuerza que necesitamos, recargamos nuestras pilar como decimos tantas veces; pero no es algo externo que venga a nosotros sino que será Dios mismo el que estará dentro de nosotros; es inundarnos de Dios, dejarnos empapar de Dios y de su Palabra, dejarnos conducir por Dios porque su espíritu estará con nosotros inspirando y haciendo nueva nuestra vida. El es nuestra paz, como nos decía san Pablo. El es el Pastor que en verdes praderas nos hace recostar y repara nuestras fuerzas, como decíamos en el Salmo.

No es aislarnos para nadie nos moleste, mientras resolvemos nuestras cosas, sino abrir nuestro espíritu de manera distinta para que sea el espíritu de Dios el que inhabite en nosotros; no es aislarnos para olvidarnos de ese mundo que nos rodea con sus problemas y con sus aspiraciones, sino aprender a tener una mirada distinta para conocerlo mejor y para también para mejor darle una respuesta. Solo lo podremos haces desde Dios, solo lo podremos hacer si aprendemos a hacerlo con la mirada de Dios.

En aquella travesía que hicieron entonces los discípulos con Jesus para encontrar aquel lugar apartado y de silencio no tuvieron tiempo de muchas cosas, porque al llegar a aquel sitio se encontraron que ese mundo estaba esperándolos. Y Jesús no se desentiende, se puso a enseñarles y a curar a sus enfermos; y los discípulos tuvieron ya con la fuerza de lo que habían estado con Jesús que comenzar a realizar también su tarea. Ya escucharemos en próximos domingos la continuación de este relato del evangelio.

Quedémonos aquí, o mejor, vayamos con Jesús, porque El quiere que estemos con El. Encontremos, sí, ese momento para estar con Jesus, para escucharle en nuestro corazón, para disfrutar de su presencia, para sentirnos renovados en el espíritu porque sabemos que El está con nosotros.

Que el domingo, día del Señor, día para ir y estar con el Señor de manera especial como El nos llama, sepamos aprovecharlo; no lo convirtamos en un cumplimiento que despachamos en unos minutos; mucho más tendría que ser nuestro encuentro con el Señor y su Palabra en la Eucaristía dominical, el prepara para nosotros una mesa, nos unge con perfume y nos ofrece una copa que rebosa. ¿Sabremos disfrutar de ese banquete del Señor que nos ofrece el Señor? Es mucho más que los protocolos de la vida nos puedan ofrecer.

sábado, 1 de julio de 2023

Nos acercamos a Jesús sin protocolos ni barreras, siempre sintiéndonos indignos pero siempre con la confianza en la Palabra de Jesús que nosotros hace maravillas

 


Nos acercamos a Jesús sin protocolos ni barreras, siempre sintiéndonos indignos pero siempre con la confianza en la Palabra de Jesús que nosotros hace maravillas

Génesis 18,1-15; Sal.: Lc.1, 6-55; Mateo 8,5-17

Todos se acercan a Jesús. No hay protocolos ni barreras. Cómo nos gusta poner nuestras barreras, crear nuestros distanciamientos. ¿Con quién andamos? Con nuestros amigos, los que son de nuestra honda, con los que tenemos una cierta sintonía; ¿a quién saludamos cuando vamos por la calle? Reconozcamos que de alguna manera ponemos un velo en nuestros ojos con lo que no llegamos a ver muchas veces a los que pasan a nuestro lado, incluso rozándonos. Más de una vez nos habrán dicho, pasaste a mi lado y ni adiós dijiste. Íbamos en nuestros pensamientos, en nuestras cosas, no era la persona que pensábamos encontrar y por eso pusimos el paraguas alrededor para no ver a nadie.

He querido comenzar el comentario del evangelio de hoy con esta reflexión que parece que no viene a cuento, pero que sí es importante y tiene relación con lo que sucede en el evangelio. Recordamos, incluso, que cuando envía a sus discípulos a anunciar el Reino les dice que solo vayan a las ovejas descarriadas de Israel; diríamos que de alguna manera el círculo parece cerrarse.

Pero, ¿quién es el que se acerca ahora a Jesús? Un centurión romano que tiene en casa un criado al que aprecia mucho y que está muy enfermo. Sorprende el acercamiento de este gentil a Jesús. Normalmente los judíos miraban con desconfianza a todo el que no fuera judío, y más en esta situación en que era la expresión de la dominación romana; no solo era un romano, un gentil, un pagano, sino además un centurión, quien estaba al frente de aquella centuria de soldados que mantenían la opresión del pueblo judío. Es cierto que como nos muestra otro evangelista en este mismo episodio nos dirá que era bien considerado por los principales de la ciudad, porque quizás se había preocupado de arreglarles la Sinagoga y otros aspectos de la vida de su ciudad.

Se presenta a Jesús y presenta su situación. No pide que Jesús vaya a curarlo, como un día pidiera Jairo el jefe de la Sinagoga cuando tenía a su niña en las últimas. Es más, cuando Jesús dice que quiere ir a su casa para curarlo, aparecerá la grandeza de este hombre. ‘No soy digno…’ dirá. ¿Quién es él para que Jesús llegue a su casa? El tiene fe en el poder de su Palabra. ‘Basta que lo digas de palabra’ y mi criado quedará sano. Algo grande se estaba manifestando. Cuando otros le reclaman a Jesús con qué autoridad realiza cuanto hace, este hombre tiene fe en la palabra de Jesús; ahí está su autoridad. Y se pone por ejemplo un hombre acostumbrado a mandar a sus criados y a los soldados. A su palabra todos tienen que obedecer; a la Palabra de Jesús todo mal puede desaparecer.

Jesús reconocerá la fe de este hombre. ‘Vete, que te sucede conforme has creído’, le dirá finalmente. Pero antes Jesús levantará la voz para que todo reconozca la fe de este hombre. Es un pagano, es un gentil, pero ‘ni en todo Israel he encontrado tanta fe’, dirá Jesús. Y quedará para nosotros como ejemplo para nuestra fe. Por su fe este hombre se está convirtiendo en un signo para nosotros, un revulsivo para nuestra fe.

¿Hasta donde llegamos en nuestra fe? Nos decimos tan creyentes y siempre estamos poniendo límites con nuestras desconfianzas. ¿Me escuchará o no me escuchará el Señor? nos preguntamos tantas veces. Y además queremos que nos escuche conforme a nuestros criterios, a nuestros deseos, a que se realicen las cosas como yo quiero, son los condicionamientos que ponemos tantas veces. 

Pero qué sencillo es aquel hombre, no pide, solo expone su situación, y luego aparece como en cascada todas esas obras maravillosas, comenzando por la fe de aquel hombre. ¿Quién le ha dado ese don de la fe? No olvidemos que es algo sobrenatural, es algo que nos viene de Dios. Dios ha estado también obrando maravillas en él.

lunes, 16 de enero de 2023

Vestidura nueva para el hombre nuevo sin remiendos ni apaños, odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio, tenemos que tomárnoslo en serio

 


Vestidura nueva para el hombre nuevo sin remiendos ni apaños, odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio, tenemos que tomárnoslo en serio

Hebreos 5,1-10; Sal 109; Marcos 2,18-22

¿Qué es lo que necesito para pertenecer a esta sociedad o a este club? Es la pregunta que suelen hacer quienes quieren entrar a formar parte de algún tipo de sociedad o club por el que muestran interés. Estarán unas cuotas que habrá que pagar, unas características que hay que tener y unos ideales o unos protocolos que hay que cumplir. Cumplimos nuestros tramites y ya nos creemos con derecho a pertenecer a ese determinado grupo, asistiremos a alguna asamblea a la que se nos convoque y hasta según la implicación que queramos tener evitaremos compromisos y responsabilidades.

En la vida nos estamos acostumbrando a eso que ahora llamamos protocolos, a unos reglamentos que tenemos que cumplir y que siempre procuramos que sean los menos y así andamos sin complicarnos mucho. Eso que hacemos en nuestra vida social algunas veces también se nos convierte poco menos que en costumbre o en manera de actuar en lo que sean nuestras relaciones con Dios, nuestra pertenencia a la Iglesia, o lo que es nuestra vida religiosa o cristiana. Asistimos a algunas cosas, mantenemos algunas costumbres o tradiciones, pero implicamos poco la vida. Cumplimos, pero no nos comprometemos.

Algo así vemos que vienen planteándole a Jesús en el texto que hoy escuchamos en el evangelio. Ser de religión judía era la pertenencia a un pueblo, con unas exigencias de circuncisión para los varones, unas prácticas religiosas de los sábados en la sinagoga o de subida al templo de Jerusalén por la fiesta de la Pascua con la cena del cordero pascual, y algunos sacrificios o ayunos en determinados momentos.

Reciente había estado la figura de Juan el Bautista que al preparar los caminos del Señor en la inminente llegada del Mesías invitaba al ayuno y a la penitencia, junto con el rito del bautismo en el Jordán. Su figura austera vestido de piel de camello y alimentándose solo de saltamontes y miel silvestre, invitaba a sus seguidores a vivir también en ese estilo penitencial.

Es lo que ahora vienen a plantearle a Jesús, quienes no hacían tampoco mucho caso a lo que había dicho el Bautista, porque Jesús estaba ofreciendo algo nuevo y distinto cuando les hablaba del Reino de Dios. Su vida no iba en el camino de aquella austeridad y ayuno, más bien lo llamarían comelón porque se sentaba a comer con publicanos y pecadores. Por eso le plantean por qué sus discípulos no ayunan. ¿Podían los amigos del novio que con el participaban del banquete de bodas prescindir de comer?, les viene a responder Jesús.

Y es que Jesús lo que plantea es algo nuevo. Algo nuevo que no se soluciona con remiendos que como arreglitos hagamos a nuestra vida. Ya para aceptar el Reino de Dios que nos anunciaba nos pedía conversión para creer en esa Buena Noticia que era el Reino de Dios. Significaba una vestidura nueva igual que le había dicho a Nicodemo que había que nacer de nuevo. Los remiendos siempre terminan en rotos peores y no arreglan nada; por eso pide para ese vino nuevo del Evangelio unos odres nuevos; los viejos odres ya consumidos y demasiado curtidos por el paso de diversas cosechas no podría soportar la fuerza del vino nuevo y terminarían reventando.

Es lo que nos está pidiendo Jesús. Unas nuevas actitudes, una nueva manera de actuar, dejando atrás todo lo que significa el hombre viejo. Es novedad, es vida nueva, es camino nuevo que nos plantea Jesús y es por donde tenemos que caminar. No es cumplir unos protocolos o contentarnos con el cumplimiento externo y frío de unos mandamientos, sino que tienen que ser las actitudes nuevas del corazón.

¿Llegaremos en verdad a comprender el alcance del Evangelio? ¿Estaremos dispuestos a darle en serio esa vuelta a la vida para no quedarnos en el remiendo, en el odre viejo que al final no terminará aguantando toda la fuerza de la vida nueva que nos ofrece Jesús?

Algunas veces seguimos dando la impresión los cristianos que no nos hemos tomado en serio el evangelio y queremos seguir con nuestros apaños y nuestros remiendos; nos queremos quedar en cumplimientos sin poner esas actitudes nuevas, esos valores nuevos en nosotros para que haya nueva vida. Y tenemos que reconocer que algunas veces da la impresión que hasta la misma Iglesia tiene miedo a esa novedad del evangelio y estamos añorando viejas prácticas, viejos protocolos, viejas rutinas, quedándonos en el ropaje externo, en la solemnidad que nos puede adormecer, evitando lo que sea un compromiso de total renovación.

lunes, 31 de octubre de 2022

El amor verdadero siempre se da primero, toma la iniciativa, no está esperando a que el otro comience a amarnos, cree en el otro, aunque no nos ofrezca ni razones ni motivos

 



El amor verdadero siempre se da primero, toma la iniciativa, no está esperando a que el otro comience a amarnos, cree en el otro, aunque no nos ofrezca ni razones ni motivos

Filipenses 2,1-4; Sal 130; Lucas 14,12-14

No hace falta andar con muchos protocolos. ¿Quiénes son los que habitualmente sentamos a nuestra mesa, participan de nuestras fiestas de cumpleaños, o habitualmente invitamos a comer? Normal, nuestra familia, las personas más cercanas a nosotros, nuestros amigos, algún compañero de trabajo o acaso algún vecino por aquello del compromiso de que están cercanos a nuestra casa y bueno, vamos a tenerlos de buenos amigos. Aquellos que nos invitan también a nosotros, que nos hacen participar de sus fiestas, aquellos con los que contamos para alguna ocasión especial o para salir en un momento determinado de un apuro.

Pero Jesús hoy parece que rompe todos los protocolos. Fue en la ocasión en la que ya hizo su comentario especial, como escuchamos el pasado sábado, sobre los lugares que ocupamos o queremos ocupar en la mesa del banquete. Ya lo comentamos. Ahora se dirige de manera especial al dueño de la casa, al que ha hecho la invitación para aquella comida. Y viene a decirnos lo que se salta todas las normas, por así decirlo.

Es bueno escuchar una vez más el texto concreto de las palabras de Jesús. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

Está claro, no podemos sentirnos pagados por invitar a alguien porque él se siente obligado luego a invitarte a ti también. Parece un negocio. Yo te doy, tú me das; yo te ayudo, tú me ayudas. Aquello de que yo quiero a mis amigos, a los que se portan bien conmigo; aquello de que echamos una mano en las tareas, pongamos agrícolas, para que ellos a su vez a su tiempo me echen una mano a mí. Y nos encontramos con aquellos a quienes nunca nadie ayuda, porque ellos tampoco ayudan nunca a los demás. Son los protocolos de intereses que nos vamos creando en nuestras relaciones y que, reconozcámoslo, le dan pobreza a nuestras relaciones.

Son claras las palabras de Jesús. A los que no puedan pagarte, a los que no pueden corresponder invitándote a ti. Es la calidad del amor que es desinteresado; es la calidad del amor que se hace sublime porque amamos simplemente porque nos damos, amamos porque queremos al otro más allá de sus cualidades o sus valores; amamos porque entendemos que la riqueza de nuestra vida es cuando nos damos, porque darnos no nos empobrece sino todo lo contrario.

Y reconozcamos que esto a muchos les cuesta entenderlo. Por supuesto que nos sentimos felices cuando somos amados y tratamos de corresponder a ese amor con nuestro amor. Pero el amor verdadero siempre se da primero, toma la iniciativa, no está esperando a que el otro comience a amarnos. Así es el amor de Dios, el amor que El nos tiene, así tiene que ser nuestro amor verdadero.

Por eso el que ama siempre es comprensivo; el que ama de verdad siempre está dispuesto a perdonar; el que ama cree en el otro, aunque no nos ofrezca ni razones ni motivos; el que ama se da y lo hace siempre con generosidad, lo hace siempre sin tener en cuenta medidas. Qué bello es el amor, qué bello es amar como nos ama Dios, qué bella haríamos la vida, qué felices podríamos ser todos.

lunes, 19 de septiembre de 2022

Y nosotros tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar, una esperanza que despertar, una luz con la que iluminar, no dejemos que nos manipulen esa luz

 


Y nosotros tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar, una esperanza que despertar, una luz con la que iluminar, no dejemos que nos manipulen esa luz

Proverbios 3,27-34; Sal 14; Lucas 8,16-18

¿Para qué quiero una lámpara por muy valiosa y artística que sea si cuando todo está a oscuras no la puedo encender o no me dejan encenderla? Por muy maravillosa que sea no me vale que solo sea un adorno, la quiero para que ilumine, y para eso además he de colocarla en el lugar más oportuno para que la luz se expanda con toda intensidad.

Eso tendríamos que ser nosotros, los cristianos; ya Jesús nos dirá en otro lugar que nosotros hemos de ser la luz del mundo, hoy nos vuelve a insistir en lo mismo, la lámpara tiene que iluminar y así nosotros tenemos que iluminar, no podemos ocultar la luz, porque no tendría sentido. ¿Será acaso que nos hemos pensado que somos solo un adorno?

Así las tinieblas querrán ahogar esa luz. Ya nos dice el principio del evangelio de Juan que la luz brilla en medio de la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió, la rechazó. Y sutilmente eso quieren hacer algunos de la fe, de la Iglesia, de la religión, del cristianismo. Como un residuo que quedara de otras épocas, y se la quieren presentar como si fuera una pieza de arqueología; bueno algunas veces parece que le dan más importancia a las piezas de arqueología que a los valores y a los principios cristianos.

Son unas tradiciones, como si nada tuviera que ver con el momento presente y si recordamos algo es como del tiempo pasado. Fijémonos en qué han querido mucho transformar nuestras fiestas religiosas en una tradiciones que celebramos como un folklorismo, nos han convertido nuestras expresiones de fe en puro folklore y romería. Nos quedamos tantas veces en puros ritualismos y convertimos nuestras celebraciones en un protocolo que cumplir, porque eso está bien y queda bonito. Y lo malo es que nosotros los cristianos nos dejamos, lo permitimos, y no terminamos de sacar a flote toda la profundidad que tendrían que tener nuestras expresiones religiosas cultuales.

Es la luz que se quiere ocultar; es la luz que rodeamos de tantos adornos que al final son un impedimento para que llegue nítida esa luz a todos; como pasa con tantas lámparas que con tantos adornos ya no nos sirven para alumbrar.

No ocultemos nuestra luz, no ocultemos nuestra fe, no temamos a los vientos que podamos encontrar en contra; estemos atentos para no dejarnos manipular; seamos valientes y dejemos de una vez todas esas cobardías que tantas veces nos encierran; demos valientemente razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Que el mundo nos necesita, aunque nos digan lo contrario porque se encuentran envueltos en muchas tinieblas, en muchas oscuridades.

Y nosotros tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar, una esperanza que despertar, una luz con la que iluminar; pero nuestras cobardías, nuestros arreglos para que no se lo tomen a mal, nuestros disimulos para que no nos digan que vamos haciendo proselitismo; al final ni proselitismo ni nada porque en nuestras cobardías nos encerramos y ocultamos la luz. ¿Dónde está aquella luz que pusieron en nuestras manos en el momento de nuestro Bautismo? ¿Qué hemos hecho de esa luz? ¿La habremos dejado apagar?

Y quiero terminar con unos hermosos párrafos de nuestro Papa Francisco. ‘¡Pero que hermosa es esta misión de dar luz al mundo! Pero es una misión que nosotros tenemos. Es hermosa… También es hermoso conservar la luz que hemos recibido de Jesús. Custodiarla, conservarla. El cristiano tendría que ser una persona luminosa, que lleva luz, siempre da luz, una luz que no es suya, sino que es un regalo de Dios, un regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz adelante. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido. Es un cristiano solo de nombre, que no lleva la luz. Una vida sin sentido. Pero yo quisiera preguntaros ahora: ¿Cómo queréis vivir vosotros? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? ¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? Pero no se escucha bien aquí. ¡Lámpara encendida!, ¿eh? Y es precisamente Dios el que nos da esta luz y nosotros se la damos a los demás. ¡Lámpara encendida! Esta es la vocación cristiana’ (Papa Francisco. Ángelus del 9 de febrero de 2014).

domingo, 27 de febrero de 2022

Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar con autenticidad en nuestra vida, porque vayamos plantando la buena semilla en nuestro interior

 


Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar con autenticidad en nuestra vida, porque vayamos plantando la buena semilla en nuestro interior

Eclesiástico 27, 4-7; Sal 91; 1Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

Cuánto nos gastamos en guardar las apariencias… ahora tenemos hasta asesor de imagen; hay sus protocolos de cómo hay que presentarse, lo que podemos o no podemos decir, la imagen que tenemos que dar para ser más atrayentes. Falsos oropeles, palabras vacías, gestos que nada dicen y que ocultan mucho, apariencias que tratan de engañar para dar una presentación, aunque por dentro estemos vacíos u ocultemos las intenciones torcidas que tengamos.

Al hablar de esto podemos pensar en personajes públicos o gente que consideramos importantes y que se envuelven en estas vanidades, pero hemos de reconocer que es algo que nos puede pasar a todos; como me decía un amigo medio en broma ‘cuando me hago una fotografía pongo el lado bonito de la cara’, y ocultaba el lado que no tenía buena apariencia. Todos podemos tener esa tentación de la apariencia. Nos falta autenticidad, nos faltan valores que verdaderamente podamos presentar como auténtica riqueza de nuestra vida. Pero bien sabemos que el que está vacío por dentro pronto saldrá a relucir la falsedad de su vida a pesar de todos los oropeles y vanidades de las que se quiera rodear.

Es de lo que nos está previniendo hoy el evangelio y podemos decir que todo el conjunto de la Palabra de Dios que en este domingo se nos proclama. Si somos ciegos poco podremos convertirnos en guías del camino de los demás; si nuestros ojos están turbios poco podemos hablar de claridad, porque esa claridad no existe en nuestros ojos. Sin embargo en nuestra ceguera con qué facilidad juzgamos y condenamos a los demás. Quizás muchas veces aquellas cosas que criticamos de los demás y por las que los juzgamos o los condenamos son carencias que llevamos en nosotros mismos. Dime de lo que hablas y sabré lo que verdaderamente llevas en el corazón.

Limpiemos los cristales por los que miramos a los demás, porque si los tenemos llenos de suciedad estaremos viendo suciedad en los otros, pero donde está es en nuestros ojos. Siempre recuerdo lo de aquella mujer que criticaba a su vecina porque decía que lavaba mal la ropa y la tendía al sol llena de suciedad; no se daba cuenta que la suciedad estaba en los cristales de su ventana y era lo que le hacía creer que veía suciedad en la ropa de su vecina.

Hoy nos habla Jesús de quitar la viga que llevamos en nuestros ojos antes de querer quitar la pequeña mota que pudiera haber en los ojos del hermano. Por eso, tenemos que mirarnos primero a nosotros mismos para limpiar la suciedad que llevamos en el corazón. Como nos decía Jesús en otro momento, es de dentro del corazón de donde salen las malicias y toda clase de males. Como tantas veces habremos reflexionado es el camino de superación, de crecimiento interior que tenemos que realizar en nuestra propia vida.

Somos discípulos que seguimos el camino de nuestro Maestro y de El tenemos que aprender. Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar en nuestra vida, porque vayamos plantando esa buena semilla en nuestro interior. Porque de lo que llevamos en el corazón hablará nuestra boca, se reflejará en nuestras obras. Por eso tenemos que cuidar con mucho esmero esas actitudes que llevamos dentro. No se trata solamente de que hagamos muchas obras de caridad y con ello parece que quedamos bien, si no hay verdadera caridad en nuestro corazón.

Quizá en un momento podemos ser capaces de desprendernos incluso de algo nuestro que nos puede costar, pero si lo hacemos a regañadientes, poco nos vale y se queda en apariencia; si mientras damos esa limosna al necesitado no somos capaces de tener una mirada de amor para con esa persona que atendemos, algo nos está fallando en nuestro interior, algo nos está fallando para que sea un amor verdadero lo que estemos manifestando.

Es necesario un corazón fraterno y abierto, un corazón lleno de misericordia porque hemos experimentado en nosotros la misericordia de Dios que se manifestará verdaderamente compasivo y cercano con los demás, un corazón lleno de delicadeza y de humildad porque nunca con nuestras obras vamos a avasallar a los demás considerándonos superiores.

El amor nunca humilla, siempre levanta; el amor no crea distancias, sino que busca la ternura y la cercanía; el amor nunca se impone ni lo realizamos como un cumplimiento, sino que será algo que siempre se contagia creando unos vasos de comunicación con los demás; el amor nunca puede ser apariencia sino que tiene que manifestarse con la autenticidad de nuestra vida; el amor no es un protocolo que nos traza cómo hemos de hacer las cosas para dar una buena imagen, sino que siempre partirá de la generosidad que llevemos en el corazón que nos hará creativos en gestos y acciones concretas; el amor cuando hay entrega sin limites nunca mermará ni se consumirá sino que crecerá agrandando nuestro corazón pero también contagiando a los demás; los gestos y actitudes de amor serán siempre el fruto del árbol bueno que llevamos en el corazón y define nuestra vida.

viernes, 25 de junio de 2021

Tendremos que ser nosotros los que corramos hasta Jesús para pedirle ‘si quieres, puedes curarme’ porque nos sobran protocolos de distanciamientos que nos hacen leprosos


 

Tendremos que ser nosotros los que corramos hasta Jesús para pedirle ‘si quieres, puedes curarme’ porque nos sobran protocolos de distanciamientos que nos hacen leprosos

Génesis 17,1.9-10.15-22; Sal 127; Mateo 8,1-4

Un leproso, como diríamos hoy con toda la carga de discriminación que llevaba consigo, se atreve a acercarse a Jesús para pedirle que lo cure. Hay situaciones en que nos vemos desesperados y nos saltamos todas las reglas o protocolos que pretendan imponernos. Ya no importa nada peor que nos pueda suceder que la situación por la que estamos pasando. Como aquel leproso, alejado de los suyos, de su familia, de su casa, de su entorno social para vivir aislado de todos y de todo, como un maldito de Dios y de los hombres.

Hay momentos que son muy duros. ¿Habremos tenido que pasar por algo así? ¿Conocemos de buena mano a alguien que lo haya pasado? Quizás nos desentendemos. ¿Qué me importa a mí? Alguno puede pensar no es mi problema, es tu problema; cuantas veces habremos escuchado cosas así cuando queremos insensibilizarnos ante lo que vemos, ante lo que sucede, ante el sufrimiento de los demás. Nos daría mucho que pensar.

Aquel hombre se saltó todos los límites que pudieran imponerle. Su fe era grande. Habría oído hablar de Jesús o quizá él mismo antes de su enfermedad lo habría escuchado y habría contemplado los signos que hacía. Y aunque ahora estaba aislado de todo siempre llegan las noticias, siempre hay alguien que puede trasmitir algo que despierte esperanza. Como la que tenía aquel hombre para atreverse a meterse en medio de la gente y llegar hasta Jesús. Para él sobraban los distanciamientos sociales como ahora los llamamos.

‘Si quieres, puedes curarme’. No suplica de forma lastimera, sino con la dureza que se ha podido crear en su corazón con todo lo que había sufrido. Sabía que Jesús podía, pero tenía que querer. Aunque como nos señalará Jesús en otros momentos somos nosotros los que hemos de querer, los que hemos de creer, los que hemos de tener la certeza y la confianza. Y en aquel hombre la había, pero humildemente lo dejaba todo en las manos de Jesús. ‘Si quieres…’

Pero si aquel hombre se había saltado los protocolos, Jesús también se los salta. A un leproso no se le podía tocar, porque solo el hecho de tocarlo, aunque quizá no llegase a contagiarse, ya se le consideraba impuro como se consideraba de la misma manera a todo leproso. Porque Jesús se adelantó para acercarse del todo a aquel hombre y lo tocó. ‘Quiero, queda limpio’.

Todo esto nos puede enseñar muchas cosas, puede incidir en muchas cosas de nuestra vida. Porque aparte de que ahora andemos también con unos protocolos y unos distanciamientos con motivo de la pandemia que estamos padeciendo, también nos ponemos muchos protocolos y nos llenamos de muchos miedos en la vida y en nuestra relación con los demás.

A cuántos tampoco nosotros nos atreveríamos a adelantar la mano para tocarlos en nombre de esa escala social que nos hemos inventado los hombres para querer unos estar por encima y a otros considerarlos por debajo. Cuántos parias habremos creado en nuestro entorno en aquellas personas con las que no queremos mezclarnos, ni que nos vean hablando con ellas; y pasamos de largo, y miramos acaso de rabadillo, pero no somos capaces de mirarle a la cara, de mirarle a los ojos.

Cuando escuchamos este evangelio nos hacemos consideraciones muy graves y sesudas sobre la discriminación que se vivía entonces, por ejemplo, con los leprosos, pero no somos capaces de mirar nuestro entorno, de mirarnos a nosotros mismos, de reconocer lo que nosotros podemos estar haciendo también. Hablar, quizás, hablamos bonito de todas estas cosas, pero luego ¿qué es lo que hacemos? ¿Habremos roto barreras, nos habremos saltado esos protocolos que nos hemos creado, nos habremos sabido acercar a todos poniéndonos a su lado y a su altura?

Una pregunta nos queda, ¿no tendremos que ser nosotros los que corramos hasta Jesús para decirle también ‘si quieres, puedes curarme’? ¿Acaso pensamos que no hay en este sentido nada de lo que nos tenga que sanar Jesús? ¿Y esa ceguera para no querer ver y esos miedos para no mezclarnos?

martes, 21 de enero de 2020

La humanidad que hemos de poner en nuestro corazón buscando siempre el bien de la persona es lo que en verdad nos hará agradables ante Dios


La humanidad que hemos de poner en nuestro corazón buscando siempre el bien de la persona es lo que en verdad nos hará agradables ante Dios

1Samuel 16, 1-13; Sal 88; Marcos 2, 23-28
Ahora los llaman protocolos; esas normas que nos detallan lo que tenemos que hacer en determinadas circunstancias y a los que tenemos que ceñirnos en la resolución de los problemas que se nos planteen en cualquier colectivo, para cualquier profesional en el desarrollo de su profesión,  para cualquier actuación en grupos, colectivos, etc.…; parece que todo está previsto, como previstas están las formas de actuar y de responder y conforme a ello tenemos que actuar.
De la misma manera todo está regulado en leyes, reglamentos o normativas y parece que la vida misma está encorsetada con todas esas prescripciones que algunas veces nos hacen reaccionar hasta con cierto rechazo porque nos sentimos agobiados y parece que nos falta aire, que nos falta autentica libertad. Es cierto que todas esas normas, preceptos, leyes, protocolos o como quiera que los queramos llamar tendrían siempre que buscar el bien de la persona y si se nos ofrecen esos cauces es para que no nos salgamos de ellos para no perjudicar, sino todo lo contrario ayudar de la mejor manera.
Claro que todas esas cosas tienen su interpretación a la hora de actuar y nos encontraremos aquellos que pareciera que son esclavos de la norma o del protocolo de manera que parece que se le acaban las iniciativas para buscar algo incluso mejor. Están por su parte los que se saltan toda norma o todo reglamente y anárquicamente quieren ir siempre a su aire, que hay el peligro de que muchas veces sea solo buscando su interés personal y nunca el bien común o el bien de los demás.
¿A qué atenernos en todo esto? Creo que si todo eso que está reglamentado busca en verdad el bien de la persona hemos de saberlo y tenerlo en cuenta y no nos lo podemos saltar así como así, pero también según la inquietud que haya en nuestro corazón creo que tenemos que desarrollar la iniciativa del amor, las iniciativas que surgen desde un corazón lleno de amor que siempre buscarán lo mejor, pero no para su propio interés sino siempre buscando el bien de los demás. Claro que por otra parte sabemos que podemos ser muy fieles a los protocolos pero no tengamos verdadera humanidad en el trato con esas personas a las que queremos atender y entonces ¿de qué nos sirven tantas reglamentaciones si no tenemos humanidad en el corazón?
Creo que todo esto tendría que hacernos reflexionar hondamente dentro de nosotros para descubrir todo lo bueno que tendríamos que ser capaces de hacer en beneficio siempre del otro, en especial, del que más sufre.
Me estoy haciendo toda esta reflexión queriendo llegar a cosas muy concretas de la vida desde lo que hoy vemos en el evangelio. Por allá andan los leguleyos, como sucede en todos los tiempos, esclavos de la ley o de la norma pero que no buscan el bien de la persona. Muy preocupados andaban si los discípulos de Jesús al pasar por el campo en un sábado estrujaban en sus manos unas espigas para llevarse unos granos a la boca que quizá calmase la fatiga de su caminar. Claro, el sábado estaba bien reglamentado en lo que se podía o no se podía hacer para guardar el descanso sabático y aquello acaso lo mirasen poco menos que el segar la cosecha del campo.
‘El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado’, les dice Jesús. Les costará aceptar aquella visión nueva que Jesús quiere ofrecerles sobre el sentido y el valor profundo que hemos de darle a lo que hacemos en la vida. Pero con Jesús llegan esos aires renovadores que buscan siempre el bien del hombre, el bien de la persona. Es la humanidad que hemos de poner en nuestro corazón lo que en verdad nos hará agradables ante Dios.