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lunes, 23 de marzo de 2026

Es hora de curar de verdad el corazón sanando esas heridas que podemos llevar dentro sin terminar de curar siendo generosos en la misericordia y en la compasión

 


Es hora de curar de verdad el corazón sanando esas heridas que podemos llevar dentro sin terminar de curar siendo generosos en la misericordia y en la compasión

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

¿Las acusaciones y condenas no podrían estar ocultando malicias y maldades que tenemos dentro de nosotros mismos y de las que no tenemos la sinceridad de reconocer? Es el primer pensamiento que llega a mi mente al escuchar ambos textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece. Mucho más es el mensaje que nos quiere transmitir y del que hemos de tomar buena nota, porque nos está hablando de la misericordia entrañable de Dios que se manifiesta en Jesús.

El evangelio es bien conocido y lo habremos meditado multitud de veces, pero para nosotros tiene que seguir siendo una buena nueva que nos hace considerar lo que es la misericordia del Señor pero para que aprendamos también nosotros a actuar con la misma misericordia. No se deja de condenar el mal y Jesús le dirá a la mujer al final que no peque más, pero hemos de saber tener ojos de misericordia con el pecador, como nosotros imploramos también esa misericordia cuando nos vemos en la miseria de nuestros errores y pecados. ¿No es una cosa que continuamente le pedimos al Señor que tenga misericordia con nosotros que somos pecadores? ¿O se quedará solo en palabras pero sin llegar a saborear por nosotros mismos lo que es esa misericordia del Señor?

Muchas veces nos endurecemos tanto que perdemos lo que tiene que ser la ternura de nuestro amor. Somos exigentes con los demás lo que no somos capaces de ser con nosotros mismos porque siempre estaremos buscando disculpas ante lo que hayamos podido hacer mal. Nos cegamos tanto en la exigencia del cumplimiento de la ley, de los mandamientos, que perdemos la ternura de nuestra humanidad. Nos volvemos implacables contra los que hacen mal, como decíamos, quizás queriendo ocultar nuestros propios errores.

Es sorprendente cómo Jesús nos hace recapacitar. Ante las exigencias implacables de aquellos fariseos que pedían el cumplimiento de la ley de Moisés de apedrear a las adúlteras está la serenidad con que se manifiesta Jesús, para colmo se pone a garabatear en silencio en el suelo mientras escucha aquellos gritos para finalmente decirles que quien no tenga pecado que le tire la primera piedra. Antes de gritar y exigir detente a mirarte por dentro. Un buen criterio que habríamos de tener más presente en los avatares de cada día, en esa violencia que nos envuelve, en esa acritud con que nos tratamos, en esas exigencias con que vamos reclamando a los demás.

¿Tendremos derecho a tirar la primera piedra? Seguramente si hubiera alguien que tuviera ese derecho, que significaría una rectitud en su vida y la vivencia de unos valores que ponen por delante la dignidad de la persona a toda costa, no sería precisamente el que tirara la primera piedra. Sería una persona en verdad comprensiva y con una bondad grande en el corazón para siempre buscar y encontrar una salida antes de la condena inmisericorde.

Qué fácil parece ser el condenar, el juzgar lo que hacen las otras personas, el descalificar y querer echar abajo y hundir cualquier cosa que hagan los otros. No podemos decir que eso son cosas que no nos afectan. Seamos sinceros y miremos la realidad. Parece que eso está a la orden del día como si fuera lo que tiene que predominar. Por eso las distancias y los abismos que vamos poniendo entre unos y otros cada día se ensanchan más. En lugar de ir tendiendo puentes vamos poniendo distancias, vamos levantando murallas, vamos cerrando puertas.

Lo estamos viendo continuamente en todo el ámbito de la vida social. Y luego decimos que trabajamos por hacer que nuestro mundo sea mejor, y lo que hacemos es fomentar rencores y desenterrar odios. ¿No nos damos cuenta de que cuando somos inmisericordes con el pecador de alguna manera al sentirse abandonado le estamos incitando a dejarse llevar por ese arrastradero en que se encuentra?

Y los cristianos que tenemos como principal mandamiento el amor ¿qué estamos haciendo en este sentido? ¿Cómo estamos promoviendo ese acercamiento de unos y otros? ¿Estaremos siguiendo el juego al mundo cuando quizás entre nosotros seguimos marcando a las personas por errores que hayan cometido alguna vez en su vida? ¿Dónde está de manera efectiva la misericordia de la que hacemos gala? Muchas heridas siguen sin sanarse con las cicatrices muy marcadas. Es hora de curar de verdad el corazón. 


jueves, 18 de septiembre de 2025

Abrámonos a los caminos nuevos del amor tapizados por la comprensión y el perdón y sea la humildad y el amor los que nos lleven a los pies de Jesús

 


Abrámonos a los caminos nuevos del amor tapizados por la comprensión y el perdón y sea la humildad y el amor los que nos lleven a los pies de Jesús

1Timoteo 4, 12-16; Salmo 110; Lucas 7, 36-50

Aunque hoy decimos que nos damos de muy liberales y que nadie nos tiene que imponer lo que tenemos que hacer, sin embargo nuestra sociedad está llena de unos protocolos que marcan nuestras relaciones, muchos actos de la misma vida social y que aunque no lo confesemos muy claramente sin embargo de alguna manera nos sometemos y los convertimos hasta en normas de conducta. No solo son las cuestiones de buena urbanidad y de mutuo respeto que nos hemos de tener los unos a los otros, sino que en nuestros círculos no siempre aceptamos aquellos que nos parecen diferentes, con no todo el mundo queremos mezclarnos para que no digan de nosotros y vamos creando una serie de discriminaciones en función de los trabajos o cargos que desempeñen, los lugares de origen, lo que llamamos legalidad para permanecer en un lugar con todos sus derechos humanos y así podríamos pensar en muchas cosas; no admitimos a nuestra mesa a cualquiera, cuidamos muchos a quienes vamos a invitar a algún tipo de celebración, y hasta entre vecinos creamos distanciamientos y diferencias. Quienes tengan mala fama o de los que se sospeche o hayan cometido ciertos delitos ya los marcaremos para siempre queriendo crear un círculo de aislamiento.

En el tiempo del que nos habla el evangelio fuertes eran esas discriminaciones, las barreras que se interponen entre unos y otros y no eran solamente los leprosos los que eran aislados para evitar el contagio sino que eran muchas más las trabas impuesta en la sociedad de entonces; las mujeres no contaban para nada, los que se consideraban pecadores eran excluidos del trato de aquellos que se consideran puros y cumplidores, muchos escalones dentro de aquella sociedad que vemos hoy en el pasaje que contemplamos cómo Jesús se los salta porque era algo nuevo lo que Él quería ofrecernos. Hacía falta, como diría en otra ocasión, unas vasijas nuevas para el vino nuevo que Él venía a ofrecernos en el anuncio del evangelio.

Unos protocolos de acogida, una separación y distanciamiento entre los que asistían al banquete que aquel fariseo le había ofrecido a Jesús, unas actitudes nuevas y un nuevo sentido de vida venían a ofrecernos Jesús. Un banquete en el que solo participaban hombres y que demás se consideraban unos puritanos; pero una mujer que se introduce saltándose todos los permisos, podríamos decir, que se introduce en la sala del banquete; un juicio y prejuicio que se va apoderando del corazón de quienes están sentados a la mesa, empezando por quien había hecho la invitación, porque además aquella mujer era considerada una mujer pecadora.

Además aquella mujer estaba ahora realizando lo que no se había hecho en virtud de las normas de la hospitalidad, cuando lava los pies de Jesús con sus lágrimas y los besa con todo su amor, mientras el perfume de nardo puro envuelve a todos los comensales al ungir los pies de Jesús. Parecería que aquello era algo intolerable, pero Jesús se deja hacer, permitiendo que aquella mujer pecadora unja y perfume sus pies. Pero ahí están las palabras de Jesús en aquella pequeña parábola que propone. ¿Quién crees que amó más tras el perdón que habían recibido por su deuda? Palabras que van a conducir a Jesús a su momento culminante, el perdón generoso ofrecido por Jesús a aquella mujer que tanta amaba a Jesús a pesar de su condición de pecadora.

Saltan por los aires todas las prevenciones que aquellos hombres tenían ante aquella situación que se está viviendo con la presencia de aquella mujer pecadora. Pero, ‘¿Quién puede perdonar pecados sino Dios?’ Aquello era considerado una blasfemia porque Jesús se estaba atribuyendo el perdón de Dios. No lo podían comprender como nunca llegarán a comprender el sentido de la muerte de Jesús. Solo los que se pusieran humildes ante Dios, pero con un corazón cargado de amor lo podrían entender.

Es que solo los humildes, los sencillos que ansiaban y deseaban tener limpio el corazón podían comprender aquel misterio de lo que es el amor de Dios y el perdón que nos regala. Solo un hombre que se sintió empequeñecido ante el milagro de amor que contemplaba, como fue aquel centurión del calvario, podía reconocer la inocencia y la grandeza de Jesús. Un centurión también con humildad se había acercado un día, aunque se sabía no merecedor de la gracia que pedía, se había también atrevido a acercarse a Jesús y recibiría la mejor alabanza de Jesús. ‘No he encontrado en nadie tanta fe en todo Israel’.

Es el camino nuevo en que viene a ponernos Jesús. Han de saltar por el aire todas las prevenciones, porque cuando vivimos con la vida encorsetada por los protocolos del hombre viejo no podremos sentir el gozo de la libertad que nos ofrece Jesús con su vida nueva. Rompamos barreras y saltemos por encima de los abismos, que sea la humildad y el amor los que nos lleven a los pies de Jesús. Abrámonos a los caminos nuevos del amor que tienen que estar tapizados por la comprensión y el perdón, porque será así cómo podremos disfrutar del perdón que viene a traernos Jesús con su muerte redentora y su salvación. 


lunes, 7 de abril de 2025

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

 


No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

Alguna vez nos hemos encontrado a nosotros mismos haciendo dibujitos en lo que tengamos a mano, ‘pintando machanguitos’; estamos como distraídos de nuestro entorno más cercano, ensimismados en nuestros pensamientos, con la mente quizás muy lejos de donde físicamente estamos, pero son momentos de relax, de pensar, de darle vueltas a las cosas, de abstraernos de lo que nos rodea, de estar oyendo sí pero no escuchando, no prestando atención porque nosotros estamos en la nuestro. Hasta que en un punto despertamos, sí, como si saliéramos de un sueño tratamos de situarnos donde estamos.

¿Momentos quizás para tomar decisiones, para pensarnos las cosas, para emprender con empuje algo nuevo, para decir una palabra quizás llena de sabiduría que ni nosotros mismos habíamos pensado? Algo paradójico lo que nos puede suceder. Momentos y silencios que necesitamos en la vida.

¿Nos quedaremos así ante el evangelio? Hay ocasiones en que es tal la novedad que se nos presenta que de alguna manera nos quedamos paralizados hasta darnos cuenta de la profundidad del mensaje. Y es que el evangelio no nos lo podemos tomar a la ligera; no podemos decir nunca, eso ya lo sabía. Cada página del evangelio tiene el  olor y el sabor de lo nuevo cada vez que nos acercamos a ella, la leemos o la escuchamos. Y aunque un texto lo hayamos leído o escuchado en el día anterior e incluso lo hayamos meditado, cuando lo escuchamos de nuevo, si lo hacemos con fe, vamos a encontrar siempre la novedad que es el evangelio, porque siempre es noticia de algo para nosotros, siempre es buena noticia que quiere llegar al corazón, a lo más hondo de la vida y nos producirá interrogantes, nos abrirá caminos, nos dejará el sabor del vino nuevo.

Hoy estamos acercándonos de nuevo a una página que ya escuchamos ayer en el quinto domingo de la cuaresma. Hoy la liturgia nos la vuelve a presentar, pero para nosotros no puede representar una repetición que ya damos por sabida. Como hacíamos referencia en la introducción a este comentario Jesús parece que se queda como abstraído cuando en medio de la predicación le traen a aquella mujer con las acusaciones del adulterio y las condenas que a las mujeres adúlteras se les aplicaban; y Jesús no dice nada, se queda en silencio, como nos dice el evangelio haciendo dibujitos en el suelo. Le apremian aquellos que están pronto para la condena, pero Jesús está en silencio; parece que no tiene prisa. ¡Cuántas prisas nos damos sobre todo cuando queremos quedar por encima de los otros, cuando queremos ganar nuestra partida sea como sea!

Solo una palabra saldrá de la boca de Jesús en consonancia con lo que había venido haciendo siempre poniendo siempre la misericordia por encima de todo. No invoca directamente la misericordia aunque está en el trasfondo sino que interroga con su mirada. ¿Quién es el que no tiene pecado y se atreve a tirar la primera piedra? Y ahora el silencio se hace más denso, mientras uno a uno todos aquellos acusadores se van escabullendo empezando por los mayores, a los que se les pediría quizás mayor sensatez.

Y en ese silencio, solos la mujer aun tirada por los suelos y Jesús también agachado en el suelo con sus dibujitos, comienza a refulgir del todo la luz de la misericordia. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco… vete en paz y no peques más’.

Es el sabor del vino nuevo que ahora estamos saboreando. Ha aparecido sobre la tierra la misericordia del Señor. Es la esperanza de los pecadores que no siempre todos llegan a comprender. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’, les decían los fariseos a los discípulos de Jesús. Tiene que sonar fuerte el evangelio de este día y esas palabras finales de Jesús.

Los hombres decimos tantas veces que perdonamos pero seguimos guardando el recuerdo del pecado de aquel pecador. Como si aun siguiéramos con la costumbre de poner un cartel sobre la cabeza del pecador aunque se hubiera arrepentido para seguirle recordando que cometió tal atrocidad. Es lo que seguimos haciendo en nuestra sociedad. Cuidado que los cristianos nos contagiemos de esas costumbres y posturas que seguirán produciendo dolor y amargura; cuidado el daño que podemos hacer, el daño que puede hacer la iglesia también cuando se deja contagiar por esas posturas.

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud con que nosotros nos acerquemos a los demás ofreciendo siempre generoso perdón.

domingo, 6 de abril de 2025

Es necesario hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios y a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar


Es necesario hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios y a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar

Isaías 43, 16–21; Salmo 125; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11

Todos tenemos una historia que contar, aunque nos parezca que nuestra vida es insignificante y no tenemos acontecimientos reseñables que contar, siempre ha habido un momento especial, logros alcanzados, situaciones difíciles que nos hayan podido llenar de dolor, momentos de dicha y felicidad que merecen ser recordados y como creyentes que somos en esos acontecimientos hemos podido ver la mano de Dios, el actuar de Dios en nuestra vida que podemos llamar momentos de gracia para nosotros.

He querido comenzar mi reflexión sobre el evangelio de este quinto domingo de la cuaresma con esta referencia, porque la misma Palabra de Dios nos lo está recordando. La primera lectura que viene a ser como el credo del pueblo de Israel lo que hace es recordar su historia y como en esa historia ellos han sabido ver siempre el actuar de Dios, desde Abraham al que Dios llamó a salir de su tierra y ponerse en camino, la historia de los grandes patriarcas fundamentos de ese pueblo y sobre todo la liberación y salida de Egipto en camino hacia la libertad y la constitución de ese pueblo en la tierra que Dios le iba a dar.

San Pablo en la segunda lectura hará también memoria de su vida que se transformó totalmente a partir del momento del encuentro con Jesús en el camino de Damasco. Sabe reconocer el apóstol ese actuar de Dios en su vida de manera que como dice ‘Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor’. Es su vida y es su historia pero sobre la que se ha construido otra nueva desde su encuentro con Jesús, pero que se hace camino de superación y crecimiento en búsqueda de esa meta que espera alcanzar.

¿No tendría historia que contar aquella mujer que porque fue sorprendida en adulterio había tirado a los pies de Jesús esperando su condena? Hemos comentado muchas veces la escena del evangelio que todos conocemos bien. La implacable ley mosaica que condenaba a ser apedreada la mujer que fuera sorprendida en adulterio. Aunque fuera ley en Israel esos no eran los caminos de Dios. Si Jesús estaba presente entre los hombres, como signo de la presencia y de la misericordia de Dios, lo que venía a ofrecernos no era condenación sino salvación. Misericordia quiero y no sacrificios, recordaría precisamente con textos de los profetas. 

Tensos tuvieron que ser aquellos momentos para la mujer tirada en el suelo y condenada de antemano esperando ejecución de la sentencia, por así decirlo. Pero tensos fueron los momentos de silencio de Jesús antes de darnos la verdadera sentencia. ¿Quién no tiene pecado y puede tirar la primera piedra? Era la nueva historia que se estaba labrando de misericordia y de perdón. ¿No pediría perdón Jesús al ser crucificado por aquellos que le clavaban al madero, ‘porque no sabían lo que hacían’? ¿No sería también la voz que se escucharía desde lo alto de la cruz prometiendo el paraíso aquel mismo día al ladrón arrepentido?

¿Quién podría tirar la primera piedra? El que no tenía pecado allí lo que estaba ofreciéndonos un regalo de amor. Sería la historia que aquella mujer recordaría para siempre. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’. Una nueva historia de vida se estaba comenzando a escribir a partir sí de una realidad pero sobre todo a partir del regalo de amor y de misericordia que Jesús estaba ofreciendo.

Es lo que ahora nos disponemos a celebrar, estamos ya a las puertas de la Semana que llamamos santa porque tiene su culminación en la Pascua del Señor. Es el memorial de su pasión y de su muerte y también de su resurrección lo que vamos a revivir y a celebrar; es para lo que nos hemos venido preparando en este camino cuaresmal donde hemos ido dejándonos conducir por la Palabra de Dios que día a día ha ido enriqueciendo e iluminando nuestra vida.

Nuestra vida con nuestra historia, que todos tenemos nuestra historia, que tiene que convertirse para nosotros también en historia de salvación. Tenemos la tendencia al recordar nuestra historia en hacer hincapié en nuestros momentos de sombra, ya sea por las situaciones de dificultad por las que hemos pasado o por los tropiezos que hemos tenido en la vida que nos llenan de culpabilidades.

Es necesario tener otra mirada, descubrir el lado de luz, sentir que no nos ha faltado la presencia y la gracia de Dios en nosotros que nos llama y nos ofrece continuamente su amor; si nos detenemos un poco podemos encontrar ese momento, esa llamada que ha convertido nuestra vida en historia de salvación, porque es la historia del amor que Dios nos ha tenido, es la historia que podemos relatar en muchos momentos, detalles, gestos, acontecimientos, personas a nuestro lado donde podemos y tenemos que descubrir ese amor de Dios, que llega a nosotros, como llegó a aquella mujer de la que nos habla hoy el evangelio.

No se trata de rescribir nuestra historia sino hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios. Tendremos muchas cosas que recordar y que celebrar. Vamos a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar este año.