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domingo, 6 de abril de 2025

Es necesario hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios y a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar


Es necesario hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios y a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar

Isaías 43, 16–21; Salmo 125; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11

Todos tenemos una historia que contar, aunque nos parezca que nuestra vida es insignificante y no tenemos acontecimientos reseñables que contar, siempre ha habido un momento especial, logros alcanzados, situaciones difíciles que nos hayan podido llenar de dolor, momentos de dicha y felicidad que merecen ser recordados y como creyentes que somos en esos acontecimientos hemos podido ver la mano de Dios, el actuar de Dios en nuestra vida que podemos llamar momentos de gracia para nosotros.

He querido comenzar mi reflexión sobre el evangelio de este quinto domingo de la cuaresma con esta referencia, porque la misma Palabra de Dios nos lo está recordando. La primera lectura que viene a ser como el credo del pueblo de Israel lo que hace es recordar su historia y como en esa historia ellos han sabido ver siempre el actuar de Dios, desde Abraham al que Dios llamó a salir de su tierra y ponerse en camino, la historia de los grandes patriarcas fundamentos de ese pueblo y sobre todo la liberación y salida de Egipto en camino hacia la libertad y la constitución de ese pueblo en la tierra que Dios le iba a dar.

San Pablo en la segunda lectura hará también memoria de su vida que se transformó totalmente a partir del momento del encuentro con Jesús en el camino de Damasco. Sabe reconocer el apóstol ese actuar de Dios en su vida de manera que como dice ‘Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor’. Es su vida y es su historia pero sobre la que se ha construido otra nueva desde su encuentro con Jesús, pero que se hace camino de superación y crecimiento en búsqueda de esa meta que espera alcanzar.

¿No tendría historia que contar aquella mujer que porque fue sorprendida en adulterio había tirado a los pies de Jesús esperando su condena? Hemos comentado muchas veces la escena del evangelio que todos conocemos bien. La implacable ley mosaica que condenaba a ser apedreada la mujer que fuera sorprendida en adulterio. Aunque fuera ley en Israel esos no eran los caminos de Dios. Si Jesús estaba presente entre los hombres, como signo de la presencia y de la misericordia de Dios, lo que venía a ofrecernos no era condenación sino salvación. Misericordia quiero y no sacrificios, recordaría precisamente con textos de los profetas. 

Tensos tuvieron que ser aquellos momentos para la mujer tirada en el suelo y condenada de antemano esperando ejecución de la sentencia, por así decirlo. Pero tensos fueron los momentos de silencio de Jesús antes de darnos la verdadera sentencia. ¿Quién no tiene pecado y puede tirar la primera piedra? Era la nueva historia que se estaba labrando de misericordia y de perdón. ¿No pediría perdón Jesús al ser crucificado por aquellos que le clavaban al madero, ‘porque no sabían lo que hacían’? ¿No sería también la voz que se escucharía desde lo alto de la cruz prometiendo el paraíso aquel mismo día al ladrón arrepentido?

¿Quién podría tirar la primera piedra? El que no tenía pecado allí lo que estaba ofreciéndonos un regalo de amor. Sería la historia que aquella mujer recordaría para siempre. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’. Una nueva historia de vida se estaba comenzando a escribir a partir sí de una realidad pero sobre todo a partir del regalo de amor y de misericordia que Jesús estaba ofreciendo.

Es lo que ahora nos disponemos a celebrar, estamos ya a las puertas de la Semana que llamamos santa porque tiene su culminación en la Pascua del Señor. Es el memorial de su pasión y de su muerte y también de su resurrección lo que vamos a revivir y a celebrar; es para lo que nos hemos venido preparando en este camino cuaresmal donde hemos ido dejándonos conducir por la Palabra de Dios que día a día ha ido enriqueciendo e iluminando nuestra vida.

Nuestra vida con nuestra historia, que todos tenemos nuestra historia, que tiene que convertirse para nosotros también en historia de salvación. Tenemos la tendencia al recordar nuestra historia en hacer hincapié en nuestros momentos de sombra, ya sea por las situaciones de dificultad por las que hemos pasado o por los tropiezos que hemos tenido en la vida que nos llenan de culpabilidades.

Es necesario tener otra mirada, descubrir el lado de luz, sentir que no nos ha faltado la presencia y la gracia de Dios en nosotros que nos llama y nos ofrece continuamente su amor; si nos detenemos un poco podemos encontrar ese momento, esa llamada que ha convertido nuestra vida en historia de salvación, porque es la historia del amor que Dios nos ha tenido, es la historia que podemos relatar en muchos momentos, detalles, gestos, acontecimientos, personas a nuestro lado donde podemos y tenemos que descubrir ese amor de Dios, que llega a nosotros, como llegó a aquella mujer de la que nos habla hoy el evangelio.

No se trata de rescribir nuestra historia sino hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios. Tendremos muchas cosas que recordar y que celebrar. Vamos a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar este año.

 

miércoles, 25 de enero de 2023

Pablo sí escuchó la voz que le llamaba, que le gritaba en su interior, se dejó conducir y encontraría a quien le abriría los ojos para un nuevo camino

 


Pablo sí escuchó la voz que le llamaba, que le gritaba en su interior, se dejó conducir y encontraría a quien le abriría los ojos para un nuevo camino

Hechos de los Apóstoles 22, 3-16; Sal 116; Marcos 16, 15-18

Todos habremos pasado alguna vez en la vida por alguna experiencia, aunque no hayamos sabido quizás leer su significado, que nos haya impactado profundamente y nos haya dejado como sin palabras, sin saber qué expresar o qué decir. Un accedente, un encuentro con alguien, algo que nos llamó poderosamente la atención sin entender su significado, algún acto heroico o extraordinario de alguien quizá realizado en la sencillez de un momento que para muchos pasara desapercibido, cosas que se suceden, cosas que nos impactan, cosas que parece que nos están pidiendo algo.

¿Serán llamadas en nuestro interior a algo distinto?  ¿Serán cosas que nos duelen por dentro y que casi queremos quitárnoslas de encima? ¿Serán una invitación a pensar, a reflexionar sobre el sentido de la vida y de las cosas, cosas que si les hacemos caso nos tendrían que hacer entrar en otra órbita distinta? Tendríamos que estar más atentos a cuanto nos sucede en la vida y tener una sensibilidad distinta, porque nos hemos endurecido demasiado y ya parece que nada nos impresiona.

¿Por qué no podemos pensar que en esos acontecimientos, muchas veces sin embargo llenos de sencillez Dios nos está hablando? No cerremos los oídos y nos empeñemos en seguir nuestro camino sin importarnos esa voz interior que nos está gritando para que le prestemos atención, lo hacemos demasiadas veces, olvidamos y olvidamos interesadamente, no queremos recordar cosas que nos han sucedido porque nos obligarían a pensar, porque quizás nos duelan por dentro, porque queremos crearnos un mundo de paz en nuestro interior totalmente ficticio.

Pablo sí escuchó esa voz que le llamaba, que le gritaba en su interior. Cayó por el suelo. Muchas veces decimos que cayó del caballo, del que precisamente no se habla en el texto, pero es como una imagen de lo que sucedió en su interior. Solo él escuchó la voz que le hablaba, aunque los demás vieran los signos de su caída y de ese comenzar a tropezar con todo porque se había quedado ciego. Como nos sucede cuando nos quedamos sin palabras ante lo que nos sucede. Hubo alguien que le llevó de la mano, lo levantó y lo condujo a la ciudad para terminar el camino, pero allí le esperaba alguien, Ananías, enviado de Dios para que encontrara la luz que le cegaba ahora pero que le haría ver de una manera nueva de ahora en adelante.

Hoy estamos celebrando lo que llamamos la conversión de san Pablo, de aquel Saulo que iba camino de Damasco – más tarde cambiaría de nombre - para perseguir a los que creían en el nombre de Jesús, pero Jesús le había salido al encuentro, nuevas eran las señales de algo nuevo que iba a comenzar para Pablo y para la Iglesia.

Hoy nosotros escuchamos estos textos de la Palabra de Dios que nos hablan de la conversión de san Pablo pero tenemos que saber hacer una lectura viéndolo, leyéndolo, en nuestra vida. Hablábamos de experiencias que hayamos podido tener en nuestra vida, de gran impacto quizás en su momento, pero que hemos metido en el baúl de los recuerdos que nunca queremos abrir. Abrámoslo sin temor.

Habrá habido en nuestra vida experiencias maravillosas que son signos de esa presencia de Dios en nosotros, que nos pedía algo, que nos llamaba la atención, que quería ponernos en camino para algo distinto. Reavivemos esas experiencias en nosotros, recordemos sin temor y con mucha paz, porque cuando Dios ha venido a nosotros no viene a asustarnos, a que entremos en etapas de temor y de miedo.

Recordemos el evangelio en el que muchas veces escucharemos que cuando Dios se hace presente en la vida de los hombres, en una aparición angélica o en un sueño, en un llegar a nuestro lado igual que se acercó Jesús al paralítico de la piscina, o hizo levantar en medio de todos al paralítico de la mano seca, lo hacía siempre para hacerles encontrar la paz. ‘No temáis’ hemos oído repetir muchas veces en el evangelio. ‘No temáis’ nos está diciendo también hoy Jesús que quiere poner paz en nuestro corazón, pero que quizás quiere ponernos en camino de algo nuevo, como  hizo con Pablo.

miércoles, 29 de junio de 2022

Habrá que renovar y reavivar de nuevo ese momento de encuentro con Cristo para que de nuevo caldeemos nuestro espíritu y lo pongamos en verdadera sintonía de amor


Habrá que renovar y reavivar de nuevo ese momento de encuentro con Cristo para que de nuevo caldeemos nuestro espíritu y lo pongamos en verdadera sintonía de amor

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

Hay momentos que resultan transcendentales en la vida de una persona, encuentros con alguien que nos cautiva y no pensamos ya en lo físico sino porque encontramos en esa persona algo que nos llama la atención, algo que nos hace plantearnos las cosas de otra manera, algo que nos hace dar un viraje a nuestra existencia. Una palabra, una mirada, un gesto que nos llama la atención, una cercanía que no encontramos en otro lugar, nos hace persistir en aquella amistad, en aquella nueva sintonía que ha surgido en lo más hondo, aunque también haya momentos en los que dudamos o hasta nos echamos para detrás. Pero siempre vamos a encontrar aquella mirada que nos invita a seguir caminando, a levantarnos porque con esa persona junto a nosotros sabemos que todo puede ser distinto, todo va a ser distinto.

Aquel pescador del lago de Tiberíades hubiera pasado el resto de su vida en el anonimato y quizá no hubiera destacado en nada especial. Es cierto que era trabajador y muy impulsivo, pero su corazón latía con fuerza en su propia dirección en sus intereses hasta que encontró una nueva sintonía, en una mirada, en una llamada, en un encuentro en el que sintió desde el primer momento que confiaban en él.

La palabra de su hermano Andrés, a pesar de sus reticencias, le había hecho ir al encuentro con Jesús, pero desde el primer momento sintió que había algo especial, porque sin conocerle ya le anunciaba que algo grande podría suceder en su vida. Y aunque manteniendo su trabajo con las redes en aquel lago había ido acercándose a Jesús. Con El se sentía invitado a algo nuevo, le anunciaba que otra sería su pesca cuando pasaba Jesús junto a ellos en las playas de aquel lago.

Y tras aquel momento en que él también había confiado en la palabra de Jesús, pues en su nombre había echado las redes cuando sabía que no había pescado, se había encontrado que en verdad algo nuevo había en Jesús pues la pesca había sido muy abundante. Entonces se sintió pequeño y pecador y casi quería irse lejos porque descubría que el misterio de Dios se manifestaba en Jesús. Pero Jesús le había dicho que en adelante sería pescador de otros mares, con otras redes, porque seria pescador de hombres.

Ya para entonces sus caminos serían los caminos de Jesús. Con Jesús recorrería las aldeas y poblaciones de Galilea y con Jesús subiría a Jerusalén. Su casa, por no decir su corazón, había comenzado a ser la casa de Jesús, pues en Cafarnaún se había establecido. Se sentía especialmente guiado por Jesús, porque a El y a otros que había llamado para conformar el grupo de los Doce les enseñaba las cosas del Reino de manera especial.

En aquellos caminos por los alrededores de Galilea, fuera casi de sus fronteras, allá en las fuentes del Jordán, había llegado un momento importante. Jesús hacía una encuesta, qué piensa la gente, qué pensáis vosotros del Hijo del hombre. Tras las generalidades que recogían las expresiones que les escuchaban a la gente, será Simón Pedro el que se adelante para dar la respuesta. ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’. Y ahora había sido la confirmación de la promesa que se vislumbrara en aquel primer encuentro, porque Jesús le dirá, ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’.

Ya Pedro no veía sino por los ojos de Jesús, aunque hubiera momentos en que no entendiera del todo las palabras y los anuncios de Jesús. Había hablado Jesús de una nueva Pascua, porque había hablado de entrega y de muerte por amor, pero eso Pedro no lo podía entender, ni él quería tampoco permitirlo. ‘Eso no puede pasarte a ti’, aunque Jesús lo aparte a un lado como si fuera una tentación.

Pero seguía con Jesús, seguía empapándose de Jesús. En otro momento de crisis cuando incluso la gente abandona porque no entienden las palabras de Jesús, allá en la sinagoga de Cafarnaún cuando lo del pan de Vida, lo del pan bajado del cielo y lo de comer su carne, será Pedro el que responderá que a donde van a ir si solo Jesús tiene palabras de vida eterna. Lo había encontrado todo en Jesús aunque en su audacia por estar cerca de Jesús, incluso después del prendimiento, dudará y se acobardará ante las palabras y preguntas de unos sirvientes porque ahora sí teme que a él le pueda pasar lo mismo.

Pero la mirada al paso de Jesús le había hecho comprender el error de aquel momento de debilidad, y más será cuando en un nuevo encuentro con Jesús, de nuevo junto al mar de Galilea, a pesar de su caída, Jesús le dirá que solo importa que le ame y que le siga amando. Sería pescador de nuevos mares, sería pastor de nuevos rebajos, ovejas y corderos que Jesús confiaba, seguía confiando a su cuidado.

Y todo había comenzado en un momento, en un encuentro, en una mirada quizás, en un sentir que alguien ya desde el primer momento confiaba en él. Bástenos en esta fiesta de san Pedro hacer este rápido de recorrido para que también nosotros nos hagamos preguntas. Un recorrido semejante podríamos hacer con aquel Saulo que un día se encontró con aquel Jesús a quien en este caso perseguía en el camino de Damasco. Desde ese encuentro también todo había sido distinto, porque ya luego no seria Saulo sino Pablo que se convertiría en el apóstol de los gentiles, y quien diría que su vivir era Cristo y nada más. También hoy lo recordamos y lo celebramos.

¿Cuál ha sido nuestro momento de encuentro con Cristo? No puede ser que simplemente nos hayamos acostumbrado a ser o a llamarnos cristianos desde siempre. Tenemos que detenernos un poco, pararnos a pensar en ese momento que habrá sido decisivo en nuestra vida para mantenernos firmes en nuestra fe y que se habrá convertido en ese motor, en esa brújula de nuestra existencia.

Habrá quizá que renovar y reavivar de nuevo ese momento para que de nuevo caldeemos nuestro espíritu para que lo pongamos en verdadera sintonía de amor. Como a Pedro, porque nosotros hemos sido y somos también muy débiles, Jesús nos está diciendo que con solo nuestro amor basta. Queremos seguir amando, queremos intensificar nuestro amor, queremos decirle también como Pedro, ‘Tú, Señor, lo sabes todo, Tú sabes que te amo’.


sábado, 11 de junio de 2022

Aprendamos a discernir para descubrir y valorar a tantos a nuestro lado capaces de manifestar también con sus obras las maravillas de Dios

 


Aprendamos a discernir para descubrir y valorar a tantos a nuestro lado capaces de manifestar también con sus obras las maravillas de Dios

Hechos de los apóstoles 11, 21b-26; 13, 1-3; Sal 97; Mateo 5, 33-37

Algunas veces tenemos la tendencia de hacer las cosas solos y no sabemos confiar en nadie; nos parece quizás que nosotros sabemos hacer bien las cosas y que las hacemos mejor y lo tremendo es que no sabemos descubrir los valores de los demás y darles la oportunidad de que ellos desarrollen cuanto valen. Es una buena sabiduría y un signo también de nuestra madurez humana el ser capaces de fijarnos en los otros para saber descubrir cuánto bueno tienen en sí mismos y cuánto podrían desarrollar desde una responsabilidad que le confiemos y no pensar que solo por nosotros mismos seremos capaces de hacerlo todo.

Es la tarea educadora de unos padres que saben descubrir los distintos valores que tienen los hijos y que no son solo lo que nosotros queremos que sean, sino lo que ellos por sí mismo tienen y pueden desarrollar; es la tarea de todo educador y de todo aquel que se considere de alguna manera dirigente de la sociedad; saber discernir, saber descubrir, saber valorar, saber dejar hacer confiando en el otro, saber dejar que cada uno aporte su granito de arena en esa sociedad en la que vivimos.

Alguien al hilo de esta reflexión se podría estar preguntando a qué viene todo esto. Me vais a permitir que lo diga ya así claramente de entrada, es lo que vemos que supo hacer san Bernabé a quien estamos celebrando en este día. Pudiera parecer que hacemos un aparte en la continuidad del texto evangélico que se nos va proclamando en estos días, pero no nos alejamos del espíritu del evangelio cuando contemplamos la obra de san  Bernabé.

El texto escogido en la liturgia de este día nos lo presenta enviado por la comunidad de Jerusalén cuando tienen conocimiento de cómo va creciendo la nueva comunidad de Antioquia. Los Apóstoles atentos a la proclamación del evangelio que les ha confiado Jesús, quieren tener un conocimiento directo de las noticias tan esperanzadoras que llegan de Antioquía y envían a alguien de confianza, Bernabé. El ‘consolado’, lo ha venido a definir previamente el texto de los Hechos, y ya se nos habló de su generosidad para desprenderse de sus bienes a la hora de la conversión y poner todo a los pies de los apóstoles para que se cubrieran las necesidades de aquella Iglesia naciente. Ya vamos viendo una cualidad valiosa de este que sin ser del grupo de los doce, sin embargo es considerado también como un apóstol.

Es en Antioquía desde donde va a resplandecer aun más su figura. Es ‘un hombre lleno del espíritu Santo y de fe’ y sabrá discernir cuánto sucede en aquella comunidad animándolos a todos en su fe. Allí es necesario alguien más y marcha a Tarso a buscar a Saulo para incorporarlo a la predicación y enseñanza en aquella comunidad, dando incluso la cara por Pablo, cuando aún algunos tenían cierta desconfianza en él.

Pero sabrán dejarse conducir por el Espíritu Santo que estando la comunidad en oración sienten como son escogidos para ser enviados a una misión evangelizadora que sería principio de grandes viajes apostólicos. Bernabé se lleva consigo a Saulo - a partir de Chipre ya comenzará a llamársele Pablo -, y también a Juan Tomás, aunque posteriormente él les abandone en su camino para volverse a la comunidad de origen. Será un primer viaje recorriendo gran parte del Asia Menor, donde irá dejando la iniciativa a Pablo, sabiendo hacer ese discernimiento para encontrar al gran apóstol de los gentiles como se le llamará.

A su regreso serán otros los viajes y las tareas que se le encomendarán y subirán a Jerusalén para en aquel primer concilio de los Apóstoles tener también su palabra  desde la experiencia vivida para que el evangelio se abra también a los gentiles sin necesidad de imponerles la ley y las costumbres judías. Será la apertura a nuevos rumbos y a nuevos horizontes de la predicación del evangelio y en lo que tuvo buena parte este apóstol lleno también del Espíritu para discernir lo que era la obra de Dios.

Un estímulo hermoso para nuestra vida, y para la vida de nuestras comunidades cristianas. Ojalá sepamos tener ese espíritu de discernimiento para descubrir la obra de Dios en lo que hacemos, pero también en lo que hacen tantos a nuestro lado que quizá no siempre tenemos en consideración. Desgraciadamente muchas veces andamos con nuestros celos llenos de desconfianzas y desaprovechamos la obra de Dios que se está manifestando en el buen hacer de quien está a nuestro lado y que quizá no le prestamos atención.

Nos quejamos en ocasiones de que nuestras comunidades cristianas están muertas, que no surgen nuevas personas inquietas y con deseos de trabajar, pero quizás los que ya estamos en esas tareas no hemos sabido discernir, estamos llenos de desconfianzas hacia los otros, y no descubrimos cuántos apóstoles pueden estar escondidos a nuestro lado, como verdaderos diamantes en bruto, en personas a las que solamente tendríamos que hacerles una invitación, tener un gesto de cercanía y confianza y ya serían capaces de hacer también las maravillas de Dios en nuestro mundo que tanto lo necesita.

martes, 25 de enero de 2022

Es cuestión de gracia y también de respuesta, es posible si nos dejamos conducir poniendo confianza y disponibilidad en el corazón para la nueva misión que se nos confía

 


Es cuestión de gracia y también de respuesta, es posible si nos dejamos conducir poniendo confianza y disponibilidad en el corazón para la nueva misión que se nos confía

Hechos de los apóstoles 22, 3-16; Sal 116; Marcos 16, 15-18

Hay momentos en la vida que nos pueden sorprender de tal manera que nos hagan dar un cambio radical en la vida; algo inesperado y por eso mismo sorprendente, algo que nos sucede quizás como una consecuencia de una cadena de hechos anteriores; un accidente en esos caminos que vamos recorriendo en la vida; algo extraordinario que nos puede suceder en lo sorprendente incluso de la misma naturaleza; una palabra, un encuentro, un sueño quizás como una pesadilla que nos deja inquietos… muchas cosas nos pueden suceder y quizás alguna experiencia podamos tener.

Cosas que nos hacen pensar, que nos hacen interiorizar, que nos hacen preguntas por dentro, que nos abren caminos inesperados y sorprendentes. ¿Lo llamamos milagro? ¿Es una aparición sobrenatural – nos sobrepasa - en nuestra vida? ¿Algo misterioso o que como dicen algunos el destino nos depara aunque nosotros no lo queramos? ¿Una llamada del cielo?

Saulo tenía sus convicciones y sus planes. No podía permitir que se siguieran propagando aquellas ideas y todo cuanto estaba sucediendo en el mismo seno de la comunidad judía. Lo que parecía una camino nuevo él no lo podía tolerar. Por eso había emprendido algunas cosas para erradicar aquello que parecía que se iba extendiendo porque en poco tiempo ya iba transcendiendo las propias fronteras de Israel. Ahora marcha convencido, con cartas incluso de los sumos sacerdotes de Jerusalén que lo autorizan, a Damasco porque quiere quitar de en medio a algunos que por allá difundían aquellas doctrinas. Iba muy convencido y seguro de si mismo.

Pero algo sucede en el camino, a las puertas casi ya de la ciudad de Damasco. Algo que lo tumba por tierra incluso en el sentido físico, porque una luz lo ha deslumbrado todo, lo ha deslumbrado como para quedarse ciego. Solamente él ha visto lo que había detrás de aquella luz, porque allí le salía al encuentro el mismo Jesús al que él perseguía en sus seguidores. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... Yo soy Jesús, el Nazareno, a quien tú persigues’

Será el propio Saulo el que nos lo cuente. Los que le acompañaban solo sintieron que algo le pasó a Saulo que estaba caído por tierra, y lo que harán será ayudarlo a levantarse para llevarlo a la ciudad. Allí se desarrollará el resto del episodio. Saulo ya no es el mismo. Se ha encontrado con Jesús, a quien él perseguía. Será un vaso de elección, como le señalará luego Ananías enviado por el Señor. ‘El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Ahora, ¿qué te detiene? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre’.

Y se convertirá en testigo ante todos los pueblos. Como Jesús había enviado a sus discípulos según escuchamos hoy también en el evangelio. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’. Apóstol de los gentiles lo llamaremos haciendo alusión a sus largos viajes y acontecimientos anunciando el nombre de aquel a quien había perseguido. Hoy celebramos la conversión de san Pablo y el comienzo de un nuevo camino, su apertura a unos nuevos horizontes, su encuentro con una nueva luz que iba a propagar para que todos tuvieran esa luz. Y todo a partir de un encuentro. Inesperado, sorprendente, sobrenatural… fue un camino de gracia.

Algunos dicen que no pueden cambiar. Apegos, ataduras, viejas costumbres, rutinas de la vida… pero las cadenas se pueden romper, las ataduras por fuertes que sean se pueden desatar. Es cuestión de gracia; es cuestión también de respuesta; es posible si nos dejamos sorprender; lo podremos realizar no por nosotros mismos sino por la gracia del Señor.

la gracia del Señor no nos faltará; su llamada la podremos escuchar muchas veces en lo hondo de nosotros mismos, pero hemos de ser capaces de sintonizar, levantar las antenas o abrir nuestros oídos para poder escuchar, abrir los ojos en la posibilidad de descubrir campos nuevos, dejarnos conducir quizá en los primeros pasos que tambaleantes demos en la nueva dirección como se dejó hacer Saulo para llegar finalmente a Damasco, poner confianza y disponibilidad en el corazón ante la nueva misión que se nos confía. Seremos capaces, porque todo lo puedo en Aquel que me conforta, como diría más tarde san Pablo.

lunes, 25 de enero de 2021

Cuidado seamos tan cegatos que dejemos pasar de largo el paso de Jesús por nuestra vida que viene a nuestro encuentro como con Saulo en el camino de Damasco

 


Cuidado seamos tan cegatos que dejemos pasar de largo el paso de Jesús por nuestra vida que viene a nuestro encuentro como con Saulo en el camino de Damasco

Hechos de los apóstoles 22, 3-16; Sal 116; Marcos 16, 15-18

Tenemos nuestros caminos, nuestras ideas, nuestros principios por los que tratamos de guiarnos, nos hemos trazado una metas y nos sentimos muy seguros en aquello que hacemos y aquello que queremos lograr en la vida, pero quizá en un momento determinado algo nos ha sucedido que trastocado nuestros planes; un acontecimiento en nuestra vida o algo que acaece en nuestro mundo que a todos nos afecta y aquellos caminos parece que se fueron al traste, aquellos ideales por los soñábamos se nos derrumbaron y otro es el camino que tenemos que tomar aunque nos cueste, aunque eso produzca una grave conmoción en nuestra vida. La situación que vivimos en estos últimos tiempos en nuestra sociedad un poco a todo esto suenan.

Pero si me he hecho este planteamiento desde el principio de esta reflexión es pensando en lo que le sucedió a san Pablo que hoy nos lo recuerda en su discurso de los Hechos de los Apóstoles. Hoy estamos celebrando lo que llamamos la conversión de san Pablo. Saulo tenía su camino trazado, había recibido una sólida formación en la ley judía, como nos dice hoy estudió a los pies de Gamaliel que fue un rabino de mucha sabiduría e importancia en el mundo judío, pero todo aquello por lo que luchaba se le vino abajo.

Perseguía a los que seguían el camino de Jesús – era la forma de llamar o señalar en aquellos primeros tiempos a los seguidores de Jesús – y con esos deseos iba a Damasco para traer presos a Jerusalén a todos los que seguían el camino. Pero el camino le hizo dar un vuelco en su vida, porque se encontró con quien era en verdad el Camino, y la Verdad y la Vida. A las puertas de Damasco tiene lugar el encuentro que incluso le dejará ciego a las luces de este mundo hasta que pocos días después al recibir el Bautismo iba a recobrar la luz de sus ojos y de su corazón.

‘¿Quién eres? ¿Qué quieres que haga?’ eran las preguntas que se hacía Saulo ante el resplandor de Dios que lo envolvió. ‘¿Qué debo hacer?’ Y la Palabra que escucha le señalará que siga su camino hasta Damasco y allí ya se le dirá lo que tiene que hacer. Será Ananías el que Dios le enviará para que reciba el Bautismo y se encuentre definitivamente con la luz, recuperando también la luz de sus ojos que habían quedado cegados. Sus compañeros lo llevan de la mano a Damasco. Pero ahora todo va a ser distinto, porque quien perseguía a los seguían el camino se ha encontrado con el camino y pronto va a ser también anunciador de ese evangelio. ‘El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Ahora, ¿qué te detiene? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre’. Una nueva vida, un nuevo camino comienza para Pablo. Un vuelco grande se había realizado en su vida.

Quiero quedarme aquí en la reflexión. Podríamos hacer un recuento de lo que fue su vida a partir de entonces, pero es algo que prácticamente todos conocemos de alguna manera, pues también muchas veces hemos escuchado sus cartas. Pero es importante este momento que hoy conmemoramos y que podría convertirse en un interrogante en nuestro interior. Ha habido un encuentro muy importante; quien hasta ahora no conocía a Jesús aunque perseguía a los que seguían el camino de Jesús, se ha encontrado con Jesús en el camino. Es un momento de suma importancia y que ha de llevarnos a que nosotros también nos dejemos encontrar por Jesús.

Quizá nosotros conocemos muchas cosas de Jesús, en la fe cristiana fuimos educados, aprendimos un catecismo, vivimos en una cultura que tiene también sus raíces y resonancias cristianas, muchas de las costumbres que se viven en nuestro entorno las llamamos también costumbres cristianas, pero quizás no haya podido faltar algo importante en nuestra vida, dejarnos encontrar por Jesús.

Todas esas cosas que hemos mencionado tendrían que formar parte de ese encuentro con Jesús a lo largo de la vida, pero quizá se hayan podido quedar en cosas meramente formales que hemos hecho o que hemos vivido. Pero es algo vital lo que quizás nos falta. Es lo que hemos de buscar o hemos de estar atentos a esa llegada de Jesús a nuestra vida que nos puede suceder en cualquier momento y en cualquier acontecimiento. Cuidado seamos tan cegatos que dejemos pasar de largo ese paso de Jesús por nuestra vida y ese encuentro vital.

sábado, 25 de enero de 2020

Con un pequeño gesto de nuestra vida podemos convertirnos en signos e instrumentos de gracia para muchos que caminan a nuestro lado


Con un pequeño gesto de nuestra vida podemos convertirnos en signos e instrumentos de gracia para muchos que caminan a nuestro lado

Hechos de los apóstoles 22, 3-16; Sal 116; Marcos 16, 15-18
Alguna vez nos ha sucedido que realizamos algo de forma espontánea y casi sin darle importancia, tuvimos un gesto con alguien porque le tendimos la mano en el momento que aquella persona lo necesitaba pero que nosotros lo hicimos casi sin percatarnos del significado que pudiera alcanzar y aquel detalle esa persona nos lo agradecerá por vida porque si para nosotros fue casi sin trascendencia sin embargo fue muy importante para ella. Casi tendríamos que ponernos a pensar en el valor de esos pequeños detalles y como tendríamos que estar más atentos para esa huella positiva que quizá podemos dejar en una persona que puede ser todo un mundo de salvación y de vida para ella.
Los que acompañaban a Pablo realmente no eran conscientes de lo que a Pablo le había sucedido, porque ya el mismo Pablo nos dice que ellos no oyeron la voz, solo sintieron el resplandor. Pero aquella caída de Pablo por tierra lo había dejado mal porque había perdido incluso la visión. Había que continuar hasta Damasco porque era el destino, pero también porque podían hacer por Pablo allí en las afueras de la ciudad. Lo tomaron de la mano y lo condujeron hasta Damasco, aunque sin saberlo ellos, con aquel gesto y lo que había sucedido el camino ahora tenía otro sentido. Pero era importante aquella ayuda que le estaban prestando porque estaban contribuyendo sin saberlo a lo que eran los planes de Dios.
Había sido un momento importante, un momento de gracia para Pablo. Había sido su encuentro con la luz, aunque ahora sus ojos estaban cegados por aquel resplandor, pero era antes cuando realmente estaban cegados en su fanatismo para perseguir todo lo que le sonara al camino de Jesús. Por eso había marchado a Damasco con cartas de los sumos sacerdotes para llevarse presos a Jerusalén a todos los que confesasen su fe en Jesús. Era su ceguera y ahora había sido el encuentro con la luz. Necesitaba, es cierto de la ayuda de sus acompañantes, como necesitaba de Ananías que ya le estaba esperando dentro de la ciudad.
He estado resaltando la ayuda prestada por aquellos compañeros caminantes con Pablo pero también tendríamos que destacar la necesidad de bajarnos de nuestros caballos de orgullo para dejarnos conducir, para dejarnos ayudar a encontrar la luz. Muchas veces también caminamos cegados por la vida desde nuestros orgullos o autosuficiencias de creernos en posesión de la verdad, de mi verdad, y sin embargo estamos caminando por el camino del error. 
Habrá siempre alguien que nos tienda una mano, que nos eche un cabo, que intente poner la luz delante de nuestros ojos, pero hemos de dejarnos iluminar, dejarnos ayudar. Ayudas que pueden llegar a nosotros desde cosas muy simples y sencillas, pero que hemos de aprender a captar, a sintonizar con ellas para poder escuchar esa voz, para sentir esa luz, para ponernos a avanzar por esa camino nuevo que se abre ante nosotros, que aunque quizá nos parezca tan simple es el camino que nos está llevando a la verdad y a la luz. Dios nos tiene quizá reservadas grandes cosas para nosotros pero que podemos perder si no nos abajamos de nuestros orgullos y autosuficiencias.
Pensemos también como nosotros podemos convertirnos también en instrumentos elegidos cuando con nuestros pequeños gestos podemos ser signos de gracia para los que están a nuestro lado. Esa buena palabra, esa sencilla sonrisa mirando a los otros a nuestro interlocutor, esa mano tendida para levantarse alguien de una caída o para dar el paso adelante con mayor seguridad pueden convertirse en signos de gracia y Dios estar actuando también a través de nosotros. Dejémonos conducir por ese impulso que sentimos en momentos determinados dentro de nosotros o estemos siempre con ojos atentos para ver donde podemos poner nuestra mano servicial.

domingo, 23 de junio de 2019

Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor



Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor

Génesis 14, 18-20; Sal 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17
‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva…’
Es lo que san Pablo nos transmite como una Tradición que a su vez él mismo ha recibido del Señor. Es lo que se convierte en el centro de nuestra celebración y de nuestra vida. Es lo que hoy de manera especial, pero siempre queremos vivir cada vez que celebramos la Eucaristía.
Es la entrega del Señor. ‘El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo… se entregó El’. Podría parecer que son los hombres los que entregan a Jesús cuando atentan contra su vida y lo llevan ante Pilato para ser ejecutado, pero es El quien se entrega. Ya lo había expresado, ‘nadie me quita mi vida sino que yo la entrego libremente’ y así lo contemplaremos en Getsemaní que se adelanta a los que le buscan. ‘¿A quién buscáis?... Yo soy’ y da el paso adelante, se entrega.
Por eso en la noche de la cena pascual, se adelanta. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre’. Es la entrega de Jesús camino y ejemplo de nuestra entrega. ‘Haced esto en memoria mía’, les dice y nos dice. Hacemos memoria del Señor, hacemos memoria de su entrega, hacemos memoria de su vida, hacemos memoria de su amor. 
Hoy está de moda hablar de la memoria histórica, y quien no hace memoria de su historia parece que está olvidándose de sus orígenes, de sus raíces, de valor y del sentido de su vida, porque nacemos y vivimos en un momento de la historia que tiene su continuidad como tiene sus raíces, lo pasado, lo vivido que ha construido el presente. Y quien olvida su historia está olvidando algo muy importante de la razón de ser de su vida; por eso hemos de hacer buena memoria y no tergiversar tampoco la historia, como muchas veces quizá queremos hacer a nuestra conveniencia. Mal construimos así nuestra vida y la vida de nuestro pueblo.
Jesús nos pide hacer memoria suya porque en esa vida de Jesús y de su entrega de amor estamos hundiendo nuestra vida en Dios. Y no podemos desdecirnos de esa historia de amor y de entrega, sino que precisamente eso nos está pidiendo que nosotros hagamos lo mismo que Jesús. Porque Jesús nos está pidiendo que hagamos lo mismo. ‘Haced esto…’, nos dice
¿Qué hemos visto hoy en el evangelio? Jesús que cuando llega a aquel lugar se encuentra con una multitud hambrienta y dolorida. Se detiene con ellos, les habla, les cura y finalmente los alimenta, podemos resumir el evangelio. Pero en medio hay algo que le está diciendo a los discípulos, que nos está diciendo a nosotros. ‘Dadles vosotros de comer’. Los discípulos le habían manifestado con compasión que aquella gente está hambrienta, que están lejos de poblados, que no tienen allí con qué alimentarlos y lo mejor es que regresen a sus hogares, pero Jesús les dice: ‘Dadles vosotros de comer’.
Hoy nos dice ‘haced esto en memoria mía’. ¿Qué ha hecho Jesús? Es el momento de su entrega, de la entrega de amor infinito y nos está pidiendo que nosotros vivamos también en esa entrega de amor. Es abrir entonces nuestros ojos a la compasión, es poner el corazón en sintonía de amor, es ser capaces de captar donde está la necesidad, es ponernos manos a la obra ante la tarea inmensa del mundo hambriento que nos rodea.
Nos lo está recordando hoy con su Palabra en esta fiesta grande de la Eucaristía. Litúrgicamente llevaremos en procesión el Sacramento del Cuerpo de Cristo por nuestras calles. Tiene que ser todo un signo de cómo nosotros salimos también por nuestras calles, por nuestro mundo al encuentro de nuestros hermanos, al encuentro del sufrimiento de los hombres y mujeres de hoy, al encuentro de tantas almas tristes y sin esperanza, al encuentro de ese mundo donde hay tanto sufrimiento porque falta paz, al encuentro de tantos que indiferentes pasan por la vida sin sensibilidad para tener compasión en el corazón, al encuentro de los hermanos que creen y de aquellos que han perdido toda esperanza y les parece que ya no tienen nada en qué creer, al encuentro de los que quizá confundidos en la orientación que le dan a sus vidas crean guerras y violencias allí donde están o con aquellos con los que conviven o viven solo pensando en si mismos, al encuentro de ese mundo que nos rodea que muchas veces parece que se nos vuelve hostil.
La procesión de este día es el signo de todo ese trabajo que tenemos que realizar cuando nos dice Cristo que les demos de comer, o cuando nos manda hoy que hagamos lo mismo que El hizo en memoria suya. No es una memoria de la mente, tiene que ser una memoria hecha desde el corazón porque nos tiene que llevar a un compromiso serio e importante, porque ahí a ese mundo con esos sufrimientos tenemos que alimentar, tenemos que iluminar con una nueva luz. Es el anuncio del Evangelio de Jesús que tenemos que realizar, pero un evangelio de Jesús que tenemos que presentar plasmado en nuestras vidas.
No sean solo unos adornos los que pongamos en nuestras calles con nuestras flores o con nuestro arte – que también tenemos que hacerlo, ¿por qué no? – pero que tiene que llevarnos a un compromiso más grande para hacer lo mismo que hizo Jesús, para vivir la misma entrega que vivió Jesús. No olvidemos que estamos proclamando la muerte de Jesús hasta que El vuelva.


domingo, 13 de enero de 2019

Bautizado en el Espiritu es el Ungido del Señor para el anuncio del Evangelio a los pobres y la liberación a los oprimidos en el Año de Gracia del Señor


Bautizado en el Espíritu es el Ungido del Señor para el anuncio del Evangelio a los pobres y la liberación a los oprimidos en el Año de Gracia del Señor

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38;Lucas 3, 15-16. 21-22
Con este segundo domingo de enero cerramos el ciclo de la Navidad y de la Epifanía, comenzando a partir de ahora lo que llamamos litúrgicamente el tiempo Ordinario hasta que lleguemos a iniciar la Cuaresma el miércoles de ceniza. Y en este domingo con ese sentido de Epifanía vivido el pasado 6 de enero celebramos el Bautismo de Jesús en el Jordán. Epifanía, manifestacion que nos da a conocer plenamente quien es Jesús, ungido por el Espíritu como verdadero Hijo de Dios que se va a manifestar en la teofanía que se nos describe en el Evangelio.
Juan bautizaba en el Jordán anunciando la inminente llegada del Mesías esperado. La gente acudía desde todos los rincones de Israel a Juan escuchando su invitación a la conversión y se sumergían en las aguas del Jordán, como un signo de su penitencia y arrepentimiento para purificar los corazones en aquel preparar los caminos del Señor que proclamaba el Bautista. Y allí acudió Jesús. San Lucas es escueto en el relato pues no establece diálogos entre Juan y Jesús sino que no dice que al salir del agua y Jesús ponerse en oración se abrieron los cielos para que el Espíritu de Dios viniera sobre Jesús y escuchándose se la voz del cielo que le señalaba como el Hijo amado y predilecto del Padre. 'Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto'.
Cuando pensamos o hablamos del bautismo nos quedamos habitualmente con la imagen del agua, del sumergirse en agua del río, pero quizá por quedarnos con la imagen no llegamos a captar el más profundo sentido del bautismo de Jesús y en consecuencia también de nuestro propio bautismo. El agua, si queremos, es el signo. pero es algo más que el agua lo que produce en nosotros la gracia de Dios, la acción salvadora de Dios. Aquel bautismo en agua de Juan era simplemente un signo de la purificación y la penitencia, pero el sentido profundo del bautismo es mucho más.
Recordemos varios textos de la Palabra de Dios. Cuando Jesús le habla a Nicodemo de nacer de nuevo, cosa que no llega a entender aquel maestro de Israel y de ahí sus objeciones y preguntas, le explica que hay que nacer del agua y del Espíritu. Ahora cuando Juan nos está señalando al que ha de venir, dice que si él ha bautizado con agua 'el que va a venir bautizará con Espíritu Santo y fuego'. Y cuando jesus envía a sus discípulos por el mundo a anunciar el evangelio a aquellos que crean los bautizarán en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Aquí está ante Juan, en aquel bautismo general de tantos en las aguas del Jordán el que el profeta anunció como 'el Ungido por el Espíritu enviado a anunciar el evangelio a los pobres, la liberación a los oprimidos y el año de gracia del Señor', como Jesús proclamará en la Sinagoga de Nazaret. Ahora lo contemplamos en este momento del Bautismo cómo el Espíritu Santo baja sobre El y está siendo señalado desde el cielo como el Hijo amado y predilecto de Dios. Ese es el bautismo de Jesus, la unción con el Espíritu. Y cómo nos dirá Pedro, en el texto de los Hechos que hemos escuchado hoy es 'Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él'.
Es esa la maravilla del nuevo Bautismo. No solo es una purificación sino un renacer, un volver a nacer. Es una nueva vida que nace en nosotros por la fuerza del Espíritu, porque también nosotros somos los ungidos por el Señor. Y si Jesús por naturaleza divina es verdadero hombre pero tambien verdadero Dios, a nosotros por esa unción del Espíritu en el Bautismo se nos hace también hijos de Dios, coherederos con Cristo. 'Es el Espíritu que clama en nosotros para hacernos hijos adoptivos de Dios', como nos enseñará san Pablo en sus cartas.
Estamos hoy, finalizando el tiempo de la Navidad y la Epifanía, como antes decíamos, celebrando la fiesta del Bautismo del Señor. Una fiesta y una celebración de hondo sentido que nos manifiesta lo que es la gloria del Señor. Una fiesta del Espíritu podemos decir también porque asi se nos manifiesta ungiendo a Jesús para que se nos manifieste verdaderamente como Hijo de Dios que nos trae la salvación abriéndonos a caminos de nueva vida. Una fiesta que al mismo tiempo nos remite a nuestro propio Bautismo que por la fuerza del Espíritu nos ha hecho comenzar a vivir nueva vida, al vida de los hijos de Dios.
Se abren ante nosotros caminos de nueva vida, porque el bautismo es un renacer, un nacer de nuevo 'por el agua y el Espíritu', como le decía Jesús a Nicodemo. Si Juan pedía conversión para preparar los caminos del Señor, si Jesús desde el principio del Evangelio nos pide conversión porque llega el Reino de Dios y hemos de creer en esa Buena Noticia, la conversión no es solo purificación, sino que es transformar nuestra vida, cambiar nuestra vida, porque ya desde el bautismo es una nueva vida la que hemos de vivir, son unos nuevos valores los que han de adornar nuestra vida, es un nuevo sentido y estilo de vivir lo que ha de marcar nuestra existencia que ha de estar envuelta toda ella por el amor, el amor de Dios que nos inunda con su Espíritu y el amor en nosotros que ha de ser nuestro distintivo.



miércoles, 25 de enero de 2017

Dejémonos encontrar abajándonos del caballo de nuestras autosuficiencias y descubriremos la verdadera luz y el auténtico camino, Jesús nuestro Salvador

Dejémonos encontrar abajándonos del caballo de nuestras autosuficiencias y descubriremos la verdadera luz y el auténtico camino, Jesús nuestro Salvador

Hechos 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18
‘¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues’. Había escuchado una voz que le llamaba, ‘¡Saulo, Saulo!’, y se preguntaba cuál era aquella voz. Era el Señor que le salía al encuentro. Camino de Damasco con cartas de los sumos sacerdotes iba Saulo buscando a los seguidores de Jesús para llevarlos presos a Jerusalén. Pero alguien le salió al encuentro y fue tal el impacto espiritual que cegado cayó por los suelos.
Es lo que hoy celebra la Iglesia, el encuentro de Pablo con Jesús en el camino de Damasco que tan grandes repercusiones iba a tener en su vida. No había escuchado la invitación del Maestro por los caminos de Galilea invitando a la conversión y a vivir la vida nueva del Reino de Dios – él no había conocido en vida a Jesús – pero ahora es Jesús el que le sale al encuentro y aquella conversión se va a realizar en él. Por eso a este día lo llamamos el de la conversión de san Pablo. El encuentro con Jesús así ilumina nuestra vida para estar ya para siempre resplandecientes de su luz.
‘¿Qué debo hacer, Señor?... Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer…’ es la pregunta que también hemos de hacernos cuando nos sentimos iluminados por su luz. El encuentro con Jesús no nos deja quietos e inmovilizados sino que siempre tiene que ponernos en camino. Ponernos en camino y dejarnos conducir. San Pablo cuenta que se dejó ayudar por los que le acompañaban porque no sabía por dónde ir ni qué hacer. Y mira que Pablo era un hombre seguro de si mismo con una fuerte personalidad. Pero tuvo la humildad de preguntar, de dejarse conducir, de dejarse hacer.
Podríamos ponernos ahora a reflexionar en la grandeza del apóstol o incluso hacernos un breve recorrido por lo que fue su vida, su obra, su predicación, sus cartas. Prefiero en este momento y en la brevedad de esta reflexión detenerme aquí en estos primeros momentos porque mucho nos puede enseñar.
Una primera cosa sería que nos dejáramos encontrar; sí, porque tenemos el peligro y la tentación de la autosuficiencia, de querer sentirnos seguros por nosotros mismos, de creer que ya nos lo sabemos todo y qué nos pueden decir o enseñar. Mucho podemos aprender de los demás, mucha humildad es necesario tener en nuestro corazón para que lleguemos a ese encuentro verdadero con el Señor.
Dios va poniendo muchas señales al borde del camino de nuestra vida que tenemos que saber descubrir, va poniendo quizá también muchas personas que nos pueden ayudar, que nos pueden decir esa palabra que necesitamos para que se nos descorran muchos velos de nuestra mente, que puedan ser ese ejemplo y ese estímulo en nuestra lucha personal, en nuestra personal búsqueda de la luz. Dejarnos conducir, dejarnos llevar de la mano haciéndonos como niños que se agarran de la mano del que confían.
‘¿Quién eres?’ quizás necesitamos muchas veces preguntarle al Señor que nos sale al encuentro; necesitamos apagar nuestras luces para ver la verdadera luz, cerrar nuestros oídos a tantos ruidos para encontrarnos con la verdadera voz, acallar nuestra mente alocada con tantas cosas que la enturbian por acá o por allá para encontrarnos la verdad que da auténtico sentido a nuestra vida.
‘¿Quién eres?’ nos preguntamos y vemos que a través del hermano, del que pasa a nuestro lado en el camino, del que nos tiende la mano o vemos atenazado en su sufrimiento, está la voz que nos dice ‘Yo soy Jesús… Creamos en esa palabra, en esa voz que nos hablará allá en lo hondo de nuestro corazón.

miércoles, 29 de junio de 2016

La confesión de la fe verdadera pasa por el camino de la Iglesia ayudándonos a transformar nuestra vida y a iluminar nuestro mundo con la luz del evangelio

La confesión de la fe verdadera pasa por el camino de la Iglesia ayudándonos a transformar nuestra vida y a iluminar nuestro mundo con la luz del evangelio

Hechos  12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

'Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará’, le dice Jesús después de la afirmación de fe de Pedro. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Había preguntado Jesús que decía la gente de él, pero también les había preguntado directamente al grupo de los discípulos más cercanos ‘y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Pedro se había adelantado a dar la respuesta en nombre de todos y es a continuación cuando surge la promesa de Jesús ‘sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’.
La fe verdadera y auténtica en Jesús pasa por el camino de la Iglesia. Confesamos nuestra fe en Jesús pero la confesamos en Iglesia, en medio de la comunidad de los que creemos en Jesús, fortalecidos por la esencia de la Iglesia en la que está Jesús. De la fe en Jesús nace la Iglesia, en la comunidad de los que creemos en Jesús confesaremos nuestra fe en Jesús. Sobre Pedro, por la fe de Pedro, se fundamenta la Iglesia; en la Iglesia con esa fe que nos trasmitió Pedro, que nos han trasmitido los apóstoles vivimos con seguridad nuestra unión a Jesús porque ‘el poder del infierno no la derrotará’; tendremos así la garantía de la autenticidad de nuestra fe.
Muchos quieren vivir la fe a su aire, por su cuenta, desde su subjetivismo particular, no quieren saber nada de la fe de los demás, quieren aislarse de todos y de la Iglesia en la manera de vivir la fe y la convierten en algo muy particular, muy suyo, donde terminarán haciéndose una fe a su imagen y semejanza, porque aceptaran solo lo que les guste, rechazarán aquello que pueda convertirse en exigencia para su vida, ya no viven entonces una fe eclesial, ya no podrá llamarse auténticamente una fe cristiana, es solo su fe particular. Claro así no nos extrañe que al final la reduzcan solo al ámbito de lo privado, no será algo que se manifieste de forma publica y no será en verdad transformadora de la vida y transformadora de nuestra sociedad.
Cuando hoy estamos celebrando la fiesta de los santos apóstoles san Pedro y san Pablo queremos hacer una profesión de fe auténtica en Jesús como le contemplamos a Pedro. Por eso queremos hoy sentir el gozo de nuestra pertenencia a la Iglesia y proclamarlo también con toda nuestra vida. Sabemos que en la Iglesia tenemos la garantía de la fe verdadera. A Pedro Jesús confió la misión de pastorear al pueblo de Dios. Después de su profesión de fe y aun contando con la debilidad de su vida que le hiciera poner en peligro incluso su fe en el momento duro de la pasión donde terminaría incluso negándole en su cobardía, Jesús le pide que se mantenga firme para que cuando se recupere ayude a los hermanos a mantenerse firmes en la fe.
Tenemos también nuestras debilidades y nuestras caídas en la infidelidad del pecado y de la negación, tenemos dudas y tentaciones en tantas ocasiones, pero vamos a dejarnos llevar de mano de la Iglesia que nos garantiza la fe verdadera y nos ayuda a mantenernos firmes en la fe. Es en la Iglesia donde la celebramos con gozo, pero en la que recibimos la gracia de los sacramentos, el alimento de la Palabra que nos fortalece en nuestra fe.
No lo olvidemos la confesión de la fe verdadera con nuestra vida, nuestras obras y nuestras palabras pasa por el camino de la Iglesia; así lo quiso Jesús. Será así como nuestra vida se siente transformada por la fe y como podremos transformar nuestro mundo iluminándolo con la luz del evangelio.

lunes, 25 de enero de 2016

Preguntemos también nosotros como Saulo ‘¿qué quieres que haga, Señor?’

Preguntemos también nosotros como Saulo ‘¿qué quieres que haga, Señor?’

 Hechos de los Apóstoles 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18

‘¡Saulo, Saulo! ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús, a quien tu persigues... ¿Qué debo hacer, Señor?’ Es el diálogo que se desarrolló en el camino de Damasco. Y Saulo cayó. No es solo el hecho de que rodara por tierra en aquel momento ante el impacto de la visión. Saulo se cayó de su orgullo y de su prepotencia, de su fatalismo y de su violencia. Saulo se transformó con la experiencia del encuentro con Jesús.
Es lo que hoy recordamos y celebramos. En su fanatismo religioso se había dedicado a destruir cuanto no fueran sus ideas. Por eso perseguía a los cristianos. Por eso iba ahora a Damasco con cartas de los sumos sacerdotes que le autorizaban para coger a todos los que creyeran en el nombre  de Jesús y llevarlos presos a Jerusalén. Saulo se había formado sólidamente en la fe judía a los pies de su maestra Gamaliel. Se había hecho del partido de fariseos su fanatismo no tenía limites. Había sido incluso testigo de la muerte de Esteban encargándose de guardar los mantos de aquellos que le apedreaban, porque aun era muy joven. Pero todo aquello había ido haciendo mella en su corazón que se iba endureciendo más y más.
No contaba con las maravillas de la gracia divina, pues pensaba quizá que todo había de hacerlo por si mismo y no por las fuerza de las convicciones sino por la fuerza de la violencia. Ahora se iba a encontrar con otro Maestro, el Maestro que venía a su encuentro aunque él lo persiguiera, el Maestro que iba a trastocar todos sus planes violentos y le iba a enseñar que toda aquella energía de su corazón había de dedicarla a algo mejor. El que hasta entonces perseguía a los cristianos iba a convertirse en apóstol de los gentiles para traerlos a la fe, pero a la fe de Jesús.
Era, aunque él no lo sabía o lo había interpretado de manera equivocada, un elegido del Señor, un instrumento de salvación para muchos como le manifestara el Señor en la visión a Ananías. Se acabarían los recelos contra Saulo porque se había encontrado con el Señor y su vida iba a ser distinta. Al final de aquel encuentro había llegado a decir ‘¿qué quieres que haga, Señor?’ y se había dejado conducir por el Señor.
Como un ciego al que llevan de la mano fue al encuentro de la luz verdadera porque las otras luces lo habían cegado. Todos los gestos e imágenes de este relato son verdaderos signos para nosotros, que tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Señor porque mientras no estemos con El andaremos también como ciegos por los caminos de la vida subidos sobre los caballos de nuestra soberbia que también nos hace violentos tantas veces e intolerantes.
Creo que es el mensaje sencillo pero capaz de transformar nuestro corazón que podemos recibir hoy en esta fiesta en que recordamos y celebramos la conversión de san Pablo. El Señor le dio otra oportunidad a Saulo para rehacer su vida y Saulo fue capaz de hacerlo. El Señor sigue dándonos oportunidades a nosotros; seamos capaces de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor y reconozcamos cuantas maravillas realiza en nosotros.
Preguntemos también nosotros como Saulo ‘¿qué quieres que haga, Señor?’

lunes, 4 de mayo de 2015

Llenos del amor de Dios que habita en nosotros seamos capaces de ver sus maravillas para que todos den gloria al Señor

Llenos del amor de Dios que habita en nosotros seamos capaces de ver sus maravillas para que todos den gloria al Señor

Hechos,  14,15-18; Sal 113; Juan 14, 21-26
‘No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria’, decimos con el salmo como aclamación y respuesta a lo que nos narraba el libro de los Hechos de los Apóstoles. No es nuestra gloria lo que hemos de buscar sino siempre la gloria del Señor. No es atribuirnos las cosas buenas que podamos hacer, sino ver y hacer descubrir a los demás las obras del Señor que quizá a través nuestro también quiera realizar maravillas.
Es de lo que nos habla el libro de los Hechos hoy. Bernabé y Pablo están en su primer viaje misionero y en Listra por su fe en Jesús realizan el milagro de curar a un hombre lisiado y cojo de nacimiento. La reacción de las gentes es creer que ellos son dioses en apariencia humana por lo que quieren incluso ofrecerles sacrificios. Con gran dificultad logran convencerles de que no son sino hombres y si han realizado aquellas maravillas es por la fe en Jesús, por la acción de Dios.
Es en lo que tenemos que pensar porque es una tentación fácil que nos aparece allá en lo secreto del corazón y se puede manifestar también en actitudes y posturas. Es el orgullo que se nos puede meter por dentro por las cosas buenas que podamos hacer y que lo echa todo a perder. Es la búsqueda de la alabanza y el reconocimiento que siempre puede estar rondando en nuestro corazón. O puede ser incluso luego las actitudes de prepotencia con que nos podamos presentar ante los demás.
Nos sucede a todos. Sucede también en nuestra Iglesia; actitudes avasalladoras, posturas prepotentes, orgullo de sabérnoslo todo y de tener el poder, manipulación de los demás muchas cosas así pueden aparecer; creernos dioses y hasta en la apariencia de nuestros gestos, de nuestra manera de comportarnos es algo que nos puede suceder; y digo también en nuestro ámbito eclesial. Qué necesaria es la humildad y con humildad presentarnos a los demás no como quien se las sabe todas sino como el hermano que va a servir.
Es una pobreza espiritual en la que podemos caer; una tentación y una pendiente fácil por la que rodar y que puede ir creciendo y creciendo en velocidad. Tenemos que despojarnos de esos ropajes para mostrarnos con humildad ante los demás aunque tengamos un servicio o un ministerio que realizar. El Papa Francisco nos está dando mucho ejemplo de ello.
En el evangelio que hemos escuchado hoy se nos señalan caminos para ese crecimiento de nuestra espiritualidad que no es otra cosa que llenarnos más y más de Dios. Es llenarnos de amor de Dios y amar con ese mismo amor. Cuando entramos en esa órbita del amor vemos cómo crece más y más si nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor.
Hoy nos decía Jesús que si le amamos, cumplimos sus mandamientos; pero cuando le amamos así Dios nos amará aún más, tanto que se nos da de tal manera que quiere habitar en nosotros, en nuestro corazón. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’.
Vivamos en su amor y caminaremos por caminos de humildad para reconocer siempre la obra de Dios y cantar la gloria del Señor.