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domingo, 22 de junio de 2025

Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida… es lo que tenemos que celebrar y vivir en esta fiesta del Corpus

 


Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida… es lo que tenemos que celebrar y vivir en esta fiesta del Corpus

Génesis, 14, 18-20; Salmo 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17

No sé si en alguna ocasión se han visto desbordados por una situación en la que tenían que actuar pero que parecía que superaba todas vuestras posibilidades o capacidades de actuación, pero era algo que se esperaba de ustedes, porque formaba parte de las responsabilidades asumidas, de un cargo o responsabilidad que tenían en la vida, o era una situación familiar en la que se veían involucrados muchos de la familia, pero que podía estar en las manos de ustedes la salida de tal conflicto. ¿Cómo se sentían? ¿Qué tenían que hacer? No sabían por donde empezar y el camino parecía bastante escabroso. ¿Podríamos buscarnos alguna disculpa? Seguro que no podíamos escaquearnos porque todos estaban pendientes de nuestra actuación.

Me planteo esto, porque por un lado vemos lo que dice el evangelio y el compromiso en que Jesús pone a sus discípulos, cuando ante toda aquella multitud que había venido de lejos para ver y escuchar a Jesús, había que darles de comer; pero es que Jesús les dice: no es cuestión de que les digamos que se marchen sino ‘dadles vosotros de comer’.

Pero esto no es ajeno a lo que al mismo tiempo podemos contemplar en el mundo en que vivimos, problemas, necesidades, hambre, guerras, miseria, desplazados o emigrantes que nos llegan continuamente a nuestras tierras, o se desplazan por el mundo buscando algo mejor y sucede en todos los continentes. Nos sentimos impresionados por las noticias que nos llegan a través de los medios de comunicación, las decisiones que toman los poderosos de nuestro mundo, los problemas que se acumulan muchas veces no tan lejos de nosotros. ¿Y nos quedamos con los brazos cruzados? ¿Y echamos balones fuera porque decimos que esas decisiones están en manos de otros? ¿Nos desentendemos y cerramos los ojos? ¿Decimos que eso no está en nuestras manos y que nada podemos hacer? ¿Comenzamos a decir lo que tienen que hacer los otros? Pero Jesús nos está diciendo ‘dadles vosotros de comer’.

Y esta reflexión nos la hacemos en esta fiesta del Corpus. Quizás en muchos de nuestros pueblos se movilice mucha gente para preparar la fiesta del Corpus, con nuestras procesiones, nuestras alfombras, nuestros descansos, nuestra música, nuestros cantos… todo un fervor popular. Un fervor que nació de nuestra fe en la Eucaristía, del misterio de amor y de entrega que celebramos en la Eucaristía. Estamos recordando y celebrando algo muy grande, pero que algunas veces porque lo vemos tan grande y misterioso casi lo hemos ido alejando de lo que tiene que ser la realidad de nuestra vida cristiana. Es Cristo que se entrega para que tengamos vida.

‘Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida…’ ¿Será esto en verdad lo que estamos celebrando? Cuidado que la pantalla de nuestras fervorosas celebraciones oculte lo que en verdad celebramos y lo que tenemos que manifestar en nuestra vida. Cuando Cristo se entrega por nosotros para que tengamos vida nos dice ‘lo mismo que yo he hecho tenéis que hacerlo los unos con los otros’, y ha sido después de lavarles los pies a los discípulos. Pero es que no solo fue lavando los pies a los discípulos en el cenáculo al principio de aquella cena pascual, sino ha sido lo que ha ido haciendo continuamente en su vida.

Nunca se puso Jesús en una posición en que estuviera lejos de la gente; con ellos se mezclaba, en medio de ellos caminaba, se acercaba a la orilla del lago o se sentaba en la barca con los discípulos cuando iban a la pesca, se detenía ante el ciego en las calles de Jerusalén, o con su mano tocaba a los leprosos o ponía sus dedos en lo oídos de los sordomudos, dejaba que le tocaran el manto en medio de los apretujones de la gente, o camina a casa de Jairo o quería ir también a la casa del centurión, llegaba a la casa de Simón para tomar de la mano a la suegra y levantarla o permitía que le rompieran el techo de la casa para bajar por allí al paralítico… muchos más gestos podemos seguir recordando y contemplando. Y Jesús nos dice que hagamos lo mismo que ha hecho El.

Cuando nos habla de su cuerpo entregado y de su sangre derramada al darnos a comer de aquel pan y beber de aquella copa, nos dirá también que hagamos lo mismo en recuerdo y conmemoración suya para siempre. Pero hacerlo no es solo comer de aquel pan y beber de aquella copa, sino hacer la misma entrega hasta derramar la sangre si fuera necesario para poder dar vida a nuestro alrededor. ¿Estaríamos dispuestos a llevar nuestra actitud de servicio hasta ese extremo?

Esto es lo que hoy queremos celebrar, lo que tenemos que celebrar. Y lo celebramos en medio de ese mundo donde tenemos que poner nuestra mano, nuestro actuar, nuestro compromiso, nuestra entrega. No podemos cruzarnos de brazos, decir que eso les toca a otros. Nosotros tenemos que poner nuestro pan aunque sea de cebada, nosotros tenemos que poner nuestro actuar aunque muchas veces no sepamos como, en nosotros tienen que darse esos gestos de amor, de ternura, de cercanía, de amistad con los que vamos encontrando en los camino de la vida.

Y pondremos nuestra mano, y diremos nuestra palabra, y ofreceremos nuestra mirada, y regalaremos nuestra sonrisa, y ponemos nuestra pobreza, porque si todo hiciéramos un poquito de todo esto muchas esperanzas se despertarían, muchos serían los que se levantaran de su postración o de su desánimo, muchos se sentirían movidos a poner también su parte en lugar de esconderse y haríamos en verdad un mundo nuevo. Es el Reino de Dios por el que Jesús se ha entregado, es lo que hoy estaremos celebrando con todo sentido.

jueves, 1 de junio de 2023

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva

 


Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva 

Génesis 22, 9-18; Sal 39; Mateo 26, 36-42 

Hay momentos en la vida que nos pueden resultar duros y difíciles cuando tratamos de mantenernos en fidelidad en lo que hacemos, lo que consideramos que es nuestra misión, pero en nuestro entorno quizás encontramos vacío, incomprensión, soledad porque incluso aquellos que pensábamos que se mantendrían a nuestro lado parece que están más pendientes de otras cosas. Sentimos un silencio que pudiera llenarnos de amargura, sentimos el abandono de la soledad, miramos a nuestro alrededor y no encontramos esa mano amiga que buscamos, esa presencia que tanto necesitamos, queremos suplicar desde lo más hondo de nosotros cómo vernos libres de esos momentos, pero al mismo tiempo sentimos que aquella es nuestra misión que no podemos abandonar.  

He querido hacer una descripción de situaciones por las que quizás alguna vez hemos pasado en la vida, pero que de alguna forma es copia de lo que hoy nos habla el evangelio. Es la soledad de Getsemaní. Allí se había retirado Jesús en aquellos momentos, porque el silencio en la noche de aquel huerto bien valía para una reflexión y para una oración. Era un lugar habitual en que Jesús se refugiaba en sus subidas a Jerusalén. Normal que los peregrinos que venían a la ciudad santa, sobre todo con ocasión de la pascua, no siempre pudieran encontrar acogida y alojamiento entre las personas que conocían en la ciudad santa y buscaran lugares propicios para pasar la noche aunque fuera a la sombra de unos olivos. 

Era sabido que Jesús allí se refugiaba para orar, no en vano en esas mismas laderas del monte de los olivos la tradición nos recuerda el lugar donde Jesús enseñó el padrenuestro a sus discípulos. Aquella noche que había tenido un significado muy especial desde la celebración de la cena pascual, con todos los signos, los gestos, los anuncios de traición y negación, las palabras de despedida de Jesús con la promesa del envío de su Espíritu. Ahora Jesús se había adentrado en el huerto, mientras unos buscaban entre los olivos donde encontrar un lugar mas azocado y a tres de ellos se los había llevado consigo con la exhortación a velar y orar porque el espíritu puede estar decidido pero la carne es débil. 

Pero los discípulos se caían de sueño y Jesús se queda solo en su encuentro consigo mismo, con la Pascua inminente que llega a su vida y con sus deseos de la presencia del Padre del cielo que le reconforte. Eran los preparativos para la ofrenda que había de realizarse. No lo entregaban sino que era El quien se entregaba. Había llegado la Hora como ya había predicho al comienzo de la cena Pascual y llegaba la hora de la ofrenda. Ante sí tiene ese camino de ascensión, pero en este caso hasta el Calvario y hasta la Cruz. Obediente al Padre solo quería hacer su voluntad y por amor había emprendido aquel camino. Lo que había descrito el profeta sobre el Siervo de Yahvé se quedaba corto con lo que en aquellos momentos iba a suceder. Y allí está en el silencio y en la soledad de aquella noche, porque incluso los que más habían porfiado que daban su vida por El se habían dormido.  

Y es el grito, que ahora sí se oye fuerte, del cordero que es llevado al matadero. Si es posible que pase de mí este cáliz. Gotas incluso de sangre fluyen con el sudor de su piel en el sufrimiento que se avecina y que ahora la embarga. Pero El es el Sacerdote que tiene que hacer la ofrenda al mismo tiempo que la Victima que se inmola en aquel sacrificio que se va a presentar al Padre. Será el Cuerpo inmolado y la Sangre derramada para enseñarnos del amor, para traernos el perdón, pero inundarnos de la luz y de la paz nueva de la Pascua. Pero es el momento duro del sacrificio y de la ofrenda y el Sacerdote está dispuesto a hacer su subida al altar de la cruz. Si es posible, había dicho, que pase de mí este cáliz, pero continúa adelante con la ofrenda, no se haga mi voluntad sino la tuya,  

Aquí estoy, OH Padre, para hacer tu voluntad, había sido su expresión en la entrada en el mundo. Su alimento era hacer la voluntad de su Padre, había repetido en alguna ocasión. El es el enviado del Padre que viene para hacer su voluntad y así nos lo enseña a rezar nosotros también, y ahora en las manos del Padre va a poner su espíritu, aunque haya sentido la soledad y el abandono. Es el Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva. 

Es lo que hoy estamos celebrando en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés, a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. No nos queda sino contemplar y agradecer. 

 

domingo, 6 de junio de 2021

En procesión no podremos llevar la Eucaristía por nuestras calles, pero sí ha de notarse que llevamos con nosotros a Cristo a quien hemos recibido en la comunión

 


En procesión no podremos llevar la Eucaristía por nuestras calles, pero sí ha de notarse que llevamos con nosotros a Cristo a quien hemos recibido en la comunión

Éxodo 24, 3-8; Sal. 115; Hebreos 9, 11-15; Marcos 14, 12-16. 22-26

‘¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?’ habían preguntado los discípulos a Jesús cuando se acercaba el día de la cena pascual; les había dado unas indicaciones muy especificas y ‘los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua’.

Pero aquella cena de Pascua iba a ser especial. Los judíos celebraban la pascua cada año recordando su salida de Egipto y la Alianza que con Dios habían hecho en el Sinaí. La sangre de los animales sacrificados se había derramado sobre el altar levantado en el desierto pero también se había derramado sobre el pueblo ratificando así la alianza con el Señor. ‘Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras’, había dicho Moisés entonces mientras aspergeaba al pueblo con la sangre de los sacrificios ofrecidos a Dios. Cada año lo recordaban, lo celebraban, comían el cordero pascual como aquella noche lo habían comido en Egipto porque se repetían los gestos y la forma de comerlo.

Pero no era aquel cordero de la Antigua Alianza el que aquella noche de Jueves Santo – como nosotros la llamamos – iba a estar presente en la mesa de la cena pascual. Porque allí estaba el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el que se entregaría a sí mismo por nosotros, el que derramaría su sangre, que ya desde entonces sería la Sangre de la Alianza nueva y eterna para el perdón de los pecados.

Ya en el día del jueves santo recordamos los distintos signos y gestos que aquella noche se realizaron. Hoy volvemos a tener presente el gran signo de la Alianza. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios’. Son las palabras que le escuchamos a Jesús y donde se obra el milagro, se realiza y se hace presente el misterio de nuestra Redención que nosotros seguiremos repitiendo ‘en conmemoración suya’ cada vez que celebramos la Eucaristía.

Y esto es lo que hoy de manera especial queremos celebrar en una fiesta que nació del amor y de la devoción del pueblo cristiano. Podríamos decir que nos parece poco la gran celebración del Jueves Santo cuando recordamos y celebramos la Institución de la Eucaristía, que aparte de que cada domingo y cada día celebramos la Eucaristía  así surgió esta gran fiesta de la Eucaristía, la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo de Cristo, en que incluso queremos salirnos a nuestras calles y plazas para hacer patente y proclamar nuestra fe en la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía.

En la tradición de nuestros pueblos está el adornar de una manera especial con alfombras, con arcos de triunfo, con flores el paso del Santísimo Sacramento, aunque esa expresión externa debido a la situación sanitaria que vive nuestra humanidad se ha tenido que suprimir. Pero lo que llevamos en el corazón no hay quien nos lo arranque y aunque sea sin esas solemnidades y suntuosidades externas seguimos nosotros celebrando con la mayor intensidad y fervor esta fiesta del Corpus.

Lo que tenemos es que saberle dar su sentido más profundo y quizás la imposibilidad de celebrar esa suntuosidad externa de la que hemos rodeado esta fiesta, nos haga mirar más por dentro de nosotros mismos y por el sentido con que vivimos nuestra celebración. Algunas veces lo externo, que ha nacido de buena voluntad y de deseos de amor, se pueda convertir en una cortina que nos vele lo que es lo verdaderamente esencial.

Y es recuperar todo el valor y sentido de la Eucaristía, recuperar lo que es el sacramento en sí mismo para que no nos distraigamos y lleguemos a proclamar con toda la fuerza de nuestro corazón nuestra fe en que en ese pan Eucarístico está real y verdaderamente presente Dios, está real y verdaderamente presente Jesús. Y ante Dios nos postramos y adoramos desde lo más profundo de nosotros mismos. Ante la presencia real y verdadera de Jesús nos sentimos sobrecogidos por tanto amor que así quiso darse por nosotros, entregarse y darnos su vida, hacerse comida para que nos unamos en la mayor y más profunda comunión con El y si estamos en comunión con El necesariamente tenemos que estar en comunión de amor con los hermanos con todas sus consecuencias.

Amén, decimos cuando vamos a comulgar. Amén que es toda una proclamación de fe, sí, es el Cuerpo de Cristo, es Cristo mismo a quien vamos a comer, es Cristo mismo ante quien nos postramos para adorarle porque es verdadero Dios y verdadero hombre.

No adornamos nuestras calles y plazas para llevar en procesión el Santísimo Sacramento, pero pensemos que la procesión sí la hacemos. Hemos comulgado en la Eucaristía, hemos comido el Cuerpo de Cristo, pues con nosotros va Cristo en nuestro corazón cuando salgamos del templo y vayamos por nuestras calles y nos dirijamos a nuestras casas o al encuentro con los demás. Pensemos que llevamos a Cristo con nosotros, pues que en nosotros se refleje en esas actitudes nuevas de amor que vamos a tener que hemos vivido de verdad esa comunión con Cristo.

¿Tendrán que notar algo distinto en nosotros los que nos ven venir de la Misa?

jueves, 22 de abril de 2021

No es solo nuestra fuerza con lo que hacemos el camino, es Cristo mismo que se hace alimento, fuerza, vida para nuestro caminar, y comiéndole tendremos vida para siempre

 


No es solo nuestra fuerza con lo que hacemos el camino, es Cristo mismo que se hace alimento, fuerza, vida para nuestro caminar, y comiéndole tendremos vida para siempre

Hechos de los apóstoles 8, 26-40; Sal 65; Juan 6, 44-51

En el camino de la vida que hacemos cada día nos vamos proponiendo metas para ir logrando ese crecimiento personal y para ir logrando la realización de esos sueños que tenemos, es un continuo esfuerzo que vamos realizando tratando también de superar los obstáculos que la vida misma nos va presentando o que encontramos en nosotros mismos en nuestra incapacidad o en nuestra debilidad. A veces nos decimos ¿y de donde saco yo fuerzas? Siempre hay una fuerza interior en nosotros mismos que es como un fuerte estímulo pero aún así sentimos que necesitamos algo más.

Cuando se trata de que esos deseos de superación los queremos ir realizando en lo que llamamos normalmente nuestra vida cristiana que no es otra cosa que el seguimiento de Jesús tratando de conformar nuestra vida a los ideales y a los valores que nos enseña el Evangelio sentimos que por mucha fuerza de voluntad que tengamos solo por nosotros mismos no lograremos ese crecimiento interior, esa crecimiento espiritual, repito, desde esos valores del evangelio.

Estamos viendo cómo Jesús se nos presenta como el Pan de vida, el alimento de nuestra vida, pero en el sentido, hemos dicho, de que en El encontramos ese sentido y ese valor más hondo para nuestra existencia; hemos dicho que El se deja comer por nosotros en el sentido de que seamos uno con El para vivir su misma vida, su mismo sentido de existir. Es un querer identificarnos con Cristo de tal manera que no vivamos nuestra vida sino que lo vivamos a El porque en nosotros queremos plasmar todos sus valores, todo su sentido de existir, toda su vida, todo su amor. Y nos dice que si así lo hacemos nos llenaremos de su vida para siempre. Hoy nos habla también de resurrección.

Pero hoy Jesús da un paso más. No solo es que lo comamos porque en el amor así nos identificamos con El – es una forma de comerle como hemos dicho – sino que ahora viene a decirnos que es el Pan de vida y es su propia carne la que hemos de comer y que da vida al mundo. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’.


Algo maravilloso lo que nos está diciendo Jesús pero al tiempo algo misterioso que va a provocar la crítica de los que le escuchaban y que incluso algunos le abandonen. Ya nos lo irá haciendo entender, pero ahí están claras sus palabras. ‘Es el pan vivo bajado del cielo… y el pan que nos dará es su propia carne por la vida del mundo…’

Jesús nos está hablando de la Institución de la Eucaristía, el sacramento de su cuerpo y de su sangre, que llegaremos a comprender muy bien en la noche del jueves santo en la cena pascual. ‘Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros, nos dirá; Esta es mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna derramada por vosotros’.

Así comprenderemos lo que hoy nos está diciendo. Porque comiéndole a El tendremos vida, comiéndole a El tendremos toda la fuerza de su Espíritu con nosotros. Decíamos antes cuán débiles nos sentimos en ocasiones en ese nuestro camino de la vida, en ese camino de la vida cristiana. Es el sentido de nuestro vivir y es el camino que hemos de hacer, pero no por nosotros mismos. No es solo nuestra fuerza; es Cristo mismo que se hace alimento, fuerza, vida nuestra para nuestro caminar. Y comiéndole a El tendremos vida para siempre, tendremos vida eterna, nos resucitará en el último día.

jueves, 1 de abril de 2021

Tres detalles como grandes signos de lo que es la entrega y el amor de Jesús por nosotros, se quita el manto… se ciñe una toalla… y seca los pies con la toalla que se había ceñido

 


Tres detalles como grandes signos de lo que es la entrega y el amor de Jesús por nosotros, se quita el manto… se ciñe una toalla… y seca los pies con la toalla que se había ceñido

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

‘Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’.

Así comienza el evangelista Juan el relato de cuanto sucedió aquella tarde y aquella noche durante la cena de Pascua. Ha llegado la hora del amor más supremo; no es la hora de la muerte sino de la vida, es la hora del amor. ‘Los amó hasta el extremo’.

Los discípulos habían preparado con todo esmero y amor todo lo necesario para la cena pascual según las indicaciones que Jesús les había dado. Y el evangelista ahora se pone trascendente, podíamos decir, nos deja relucir toda su altura teológica en lo que nos va a relatar. Pero Juan no nos relata lo que los otros evangelistas nos han relatado de la Institución de la Eucaristía, como tampoco los otros evangelistas nos relatan este episodio que nos trae Juan, el lavatorio de los pies.

Es todo un signo y un gesto profético el que Jesús realiza, que va más allá de lo que ritualmente tenía que estar previsto que era ofrecer agua para las abluciones y purificaciones previas, el gesto del dueño de la casa que ofrece agua a sus huéspedes como ya vemos en otras ocasiones del evangelio en donde se hace mención a ello. Este gesto de Jesús tiene un valor simbólico muy grande, a la manera de aquellos signos proféticos que vemos en el Antiguo Testamento que realizaban los profetas y que el mismo gesto se convertía en un mensaje.

En pocas palabras nos lo trasmite el evangelista. ‘Estaban cenando… y Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido’. Tres detalles que nos pueden pasar desapercibidos porque pareciera que todo se centra en el hecho de que Jesús realizara la labor de un sirviente, de un esclavo lavando los pies de los discípulos; pero en torno a ello están esos tres detalles como grandes signos de lo que es su entrega y su amor, se quita el manto… se ciñe una toalla… y seca los pies con la toalla que se había ceñido.

Un desprenderse primero de lo que ahora no necesita, va a emprender una tarea y nada puede constreñirlo para que no pueda realizarla debidamente; pero como va a emprender una tarea se ciñe, como el trabajador que va a realizar un trabajo, como el soldado que va a emprender una batalla. Me vais a permitir un recuerdo familiar, mi abuelo usaba un ceñidor muy lago que todas las mañanas antes de salir al campo a sus tareas se ceñía y lo hacía con todo cuidado y esmero; yo como niño no entendía lo de aquel ceñidor y el esmero con que mi abuelo se lo ceñía. Con el paso de los años lo he llegado a entender.

Es un gesto muy importante el que Jesús está realizando; comienza el momento de su entrega, llegó la hora del amor, decíamos antes; va a emprender una tarea y una batalla porque es la lucha de la vida sobre la muerte, del amor para vencer al odio y al pecado. Una imagen de su entrega, de su sangre derramada, de su cuerpo entregado que veremos por otra parte cuando los otros evangelistas nos hablan de la institución de la Eucaristía que hoy también estamos celebrando. Y con aquella toalla ceñida completa toda la obra de su servicio; ha lavado los pies de los discípulos y se los seca con la toalla que se había ceñido.

Luego nos dirá que si El, ‘el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros’. Pero tenemos que copiar todo su gesto primero porque no podemos ir darnos por los demás si no somos desprendidos; como Jesús que se quitó el manto, de cuantas cosas tenemos que despojarnos. Pero como Jesús hemos de ceñirnos para la tarea y para la batalla. Es la lucha contra el mal, contra el odio, contra el desamor y la insolidaridad, contra todas esas actitudes que se meten en el corazón del hombre y que nos llenan de maldad, que nos vuelven discriminatorios y racistas, que envuelven nuestro mundo de sombras.

Pero en esa batalla la victoria está de nuestra parte, no podemos ir de antemano ya como derrotados sino que creemos en la fuerza del amor y sabemos que podremos lograr un mundo mejor, un mundo en paz, un mundo en que sepamos aceptarnos y respetarnos, un mundo en que nos amemos todos y porque nos amamos de verdad no hacemos distinciones de a quien le ofrecemos nuestro amor.

Nos ceñimos para la lucha y para la victoria e iremos lavando los pies y secándolos con la toalla que nos hemos ceñido, como Jesús, porque será nuestro corazón lleno de amor el que va a hacer aflorar una vida nueva en aquellos que se sienten amados. Fíjate en la sonrisa que aflora en el rostro de quien descubre en un momento determinando que es amado por alguien y tenido en cuenta. Es lo que tenemos que hacer surgir con nuestra toalla ceñida.

Porque creemos en Jesús y nos sentimos amados de Jesús nuestra tarea ha de ser siempre ir sembrando esperanzas, encendiendo luces, suscitando actitudes nuevas en el corazón de los demás. Aunque los que nos rodean no se lo crean, porque hay gente que cuando ve la situación de pobreza, de dolor, de desesperanza, de angustias y de odios que hay en nuestro mundo parece como que ya se sienten derrotados e incapaces de intentar algo nuevo y mejor en bien de los demás.

Se ha envenenado su corazón de tal manera que ya no creen posible construir un mundo nuevo y así se llenan de amarguras y de violencias interiores. Hoy una persona me rechazó ese mensaje de optimismo y esperanza que como semilla envío cada día a mis amigos en las redes sociales. Pero no importa, sigo creyendo que con Jesús tenemos asegurada la victoria de que podemos hacer cada día el mundo un poquito mejor.

En la Eucaristía tenemos nuestra fuerza. Para eso en un día como este quiso Jesús instituir el Sacramento de la Eucaristía. Hoy la celebramos con fuerza, con ganas, con mucha fe, esta Eucaristía que se va a prolongar a través de todo el triduo pascual, porque la celebración de mañana viernes en la pasión y la muerte de Jesús es como una prolongación de este día y que tendrá su culminación el día de la Pascua al celebrar la Resurrección del Señor.

Hoy nos queremos quedar – lo haremos al menos virtualmente ya que en las circunstancias en que estamos no todo lo podremos hacer presencialmente – junto a Jesús en la Eucaristía para caldear nuestro corazón en su amor, y así aprendamos a despojarnos, pero también sobre todo a ceñirnos en esa tarea tan hermosa que tenemos entre manos, llevar su amor a nuestro mundo para hacerlo mejor. ‘Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’, termina diciéndonos Jesús.

domingo, 23 de junio de 2019

Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor



Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor

Génesis 14, 18-20; Sal 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17
‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva…’
Es lo que san Pablo nos transmite como una Tradición que a su vez él mismo ha recibido del Señor. Es lo que se convierte en el centro de nuestra celebración y de nuestra vida. Es lo que hoy de manera especial, pero siempre queremos vivir cada vez que celebramos la Eucaristía.
Es la entrega del Señor. ‘El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo… se entregó El’. Podría parecer que son los hombres los que entregan a Jesús cuando atentan contra su vida y lo llevan ante Pilato para ser ejecutado, pero es El quien se entrega. Ya lo había expresado, ‘nadie me quita mi vida sino que yo la entrego libremente’ y así lo contemplaremos en Getsemaní que se adelanta a los que le buscan. ‘¿A quién buscáis?... Yo soy’ y da el paso adelante, se entrega.
Por eso en la noche de la cena pascual, se adelanta. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre’. Es la entrega de Jesús camino y ejemplo de nuestra entrega. ‘Haced esto en memoria mía’, les dice y nos dice. Hacemos memoria del Señor, hacemos memoria de su entrega, hacemos memoria de su vida, hacemos memoria de su amor. 
Hoy está de moda hablar de la memoria histórica, y quien no hace memoria de su historia parece que está olvidándose de sus orígenes, de sus raíces, de valor y del sentido de su vida, porque nacemos y vivimos en un momento de la historia que tiene su continuidad como tiene sus raíces, lo pasado, lo vivido que ha construido el presente. Y quien olvida su historia está olvidando algo muy importante de la razón de ser de su vida; por eso hemos de hacer buena memoria y no tergiversar tampoco la historia, como muchas veces quizá queremos hacer a nuestra conveniencia. Mal construimos así nuestra vida y la vida de nuestro pueblo.
Jesús nos pide hacer memoria suya porque en esa vida de Jesús y de su entrega de amor estamos hundiendo nuestra vida en Dios. Y no podemos desdecirnos de esa historia de amor y de entrega, sino que precisamente eso nos está pidiendo que nosotros hagamos lo mismo que Jesús. Porque Jesús nos está pidiendo que hagamos lo mismo. ‘Haced esto…’, nos dice
¿Qué hemos visto hoy en el evangelio? Jesús que cuando llega a aquel lugar se encuentra con una multitud hambrienta y dolorida. Se detiene con ellos, les habla, les cura y finalmente los alimenta, podemos resumir el evangelio. Pero en medio hay algo que le está diciendo a los discípulos, que nos está diciendo a nosotros. ‘Dadles vosotros de comer’. Los discípulos le habían manifestado con compasión que aquella gente está hambrienta, que están lejos de poblados, que no tienen allí con qué alimentarlos y lo mejor es que regresen a sus hogares, pero Jesús les dice: ‘Dadles vosotros de comer’.
Hoy nos dice ‘haced esto en memoria mía’. ¿Qué ha hecho Jesús? Es el momento de su entrega, de la entrega de amor infinito y nos está pidiendo que nosotros vivamos también en esa entrega de amor. Es abrir entonces nuestros ojos a la compasión, es poner el corazón en sintonía de amor, es ser capaces de captar donde está la necesidad, es ponernos manos a la obra ante la tarea inmensa del mundo hambriento que nos rodea.
Nos lo está recordando hoy con su Palabra en esta fiesta grande de la Eucaristía. Litúrgicamente llevaremos en procesión el Sacramento del Cuerpo de Cristo por nuestras calles. Tiene que ser todo un signo de cómo nosotros salimos también por nuestras calles, por nuestro mundo al encuentro de nuestros hermanos, al encuentro del sufrimiento de los hombres y mujeres de hoy, al encuentro de tantas almas tristes y sin esperanza, al encuentro de ese mundo donde hay tanto sufrimiento porque falta paz, al encuentro de tantos que indiferentes pasan por la vida sin sensibilidad para tener compasión en el corazón, al encuentro de los hermanos que creen y de aquellos que han perdido toda esperanza y les parece que ya no tienen nada en qué creer, al encuentro de los que quizá confundidos en la orientación que le dan a sus vidas crean guerras y violencias allí donde están o con aquellos con los que conviven o viven solo pensando en si mismos, al encuentro de ese mundo que nos rodea que muchas veces parece que se nos vuelve hostil.
La procesión de este día es el signo de todo ese trabajo que tenemos que realizar cuando nos dice Cristo que les demos de comer, o cuando nos manda hoy que hagamos lo mismo que El hizo en memoria suya. No es una memoria de la mente, tiene que ser una memoria hecha desde el corazón porque nos tiene que llevar a un compromiso serio e importante, porque ahí a ese mundo con esos sufrimientos tenemos que alimentar, tenemos que iluminar con una nueva luz. Es el anuncio del Evangelio de Jesús que tenemos que realizar, pero un evangelio de Jesús que tenemos que presentar plasmado en nuestras vidas.
No sean solo unos adornos los que pongamos en nuestras calles con nuestras flores o con nuestro arte – que también tenemos que hacerlo, ¿por qué no? – pero que tiene que llevarnos a un compromiso más grande para hacer lo mismo que hizo Jesús, para vivir la misma entrega que vivió Jesús. No olvidemos que estamos proclamando la muerte de Jesús hasta que El vuelva.


jueves, 18 de abril de 2019

Es la hora del amor, es el paso del Señor, es la pascua, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor



Es la hora del amor, es el paso del Señor, es la pascua, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
‘Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido’ nos decía san Pablo en la carta a los Corintios. Mientras en la lectura del Éxodo escuchábamos ‘porque es la Pascua, el paso del Señor’.  Y Jesús en el evangelio nos dice que ‘ha llegado la hora, la hora de pasar de este mundo al Padre’.
Tres expresiones podríamos decir que nos están manifestando la grandeza del momento. No es un momento cualquiera al que hacen referencia las lecturas de la Palabra hoy proclamadas en la liturgia, como no es un momento cualquiera el que ahora nosotros estamos viviendo. Es el hoy de nuestra salvación; es el hoy del paso de Dios por nuestra vida; es el hoy de la Pascua. Y ese hoy no es simplemente recordar tiempos pasados o circunstancias que hayamos podido vivir en otros momentos. Es el hoy que nosotros tenemos que vivir, en esas circunstancias concretas de nuestra vida, como de la vida de nuestro mundo. Porque es el hoy en que Dios llega a nuestra vida.
Cuando celebramos jueves santo es una simplemente repetición de otros momentos o de otros hechos. San Pablo nos dice que ha recibido una tradición que al mismo tiempo nos trasmite. Es cierto que hacemos memoria, pero la palabra que mejor lo expresa es memorial, porque no solo es recuerdo sino que es presencia en el hoy de nuestra vida. Es el paso del Señor en el hoy de nuestra vida, tal como somos, tal como vivimos, en el mundo concreto en que estamos, con aquellas cosas que suceden en el hoy de nuestro mundo.
Esto nos tiene que dar la intensidad con que nosotros queremos vivir hoy jueves santo, como la intensidad que le daremos mañana al Viernes Santo, pero será la intensidad de la Pascua que viviremos cuando lleguemos en el amanecer del domingo a la celebración de la resurrección. No lo podemos vivir de una forma cualquiera. Es nuestra vida que se abre a la presencia de Dios en nosotros.
Contemplemos y revivamos cuanto hoy celebramos. Sí, contemplar, quedarnos como extasiados ante el cuadro que nos presenta el evangelio. Allí están en aquella sala grande en el piso de arriba que aquella familia ha facilitado a Jesús para celebrar la cena pascual. Allí está todo preparado, como ayer escuchábamos que hacían los discípulos a las indicaciones de Jesús. Allí está sintiendo Jesús la grandeza de aquel momento. ‘Había llegado la hora…’ Y se rompen los protocolos.
Es Jesús el que se levanta de la mesa y se despoja del manto, ciñéndose una toalla a la cintura. Normal era que se ofreciera agua al huésped que llegara a casa para que se purificara, pero ahora es Jesús el que va postrándose a los pies de los apóstoles para ser El quien les lavara los pies. Asombro, desconcierto, lo contemplamos en los rostros de los apóstoles; reticencias como la de Pedro que no quiere permitirlo, pero insistencia de Jesús. ‘No tendrás parte conmigo’ y en su amor por Jesús ya Pedro está dispuesto para no separarse de Jesús que no solo sean los pies sino todo. ‘Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos’.
Este gesto de Jesús es bien significativo. Quien se quita el manto y se ciñe bien es el que se dispone a trabajar, a servir. Es lo que está realizando Jesús. Porque es el signo de su entrega. El es el Maestro y el Señor, pero es quien ha venido a servir, a dar su vida en rescate por muchos. Es el signo de su entrega con el amor más grande que nadie habría podido imaginar. Es el amor del que da su vida por los ama. Es el amor con el que el Señor nos ama a nosotros.
Ahí está el paso del Señor, entonces y ahora. Es el Señor que nos ama, que me ama a mi, que me ama tal como soy, que me ama aunque sea pecador, que me ama y sigue amándome por toda la eternidad para dar su vida por mi. Y es lo que ahora tengo que sentir y tengo que vivir. No podemos cansarnos de considerar lo que es el amor que Dios nos tiene y que así se nos manifiesta en Jesús.
Por eso a partir de entonces vamos a sentir que cada vez que comemos del Pan que Jesús nos da y bebemos de su copa vamos a sentir que está con nosotros, que por nosotros está dándosenos, que nos está amando y podemos y tenemos que sentir su presencia de la misma manera que la sintieron los apóstoles en aquella cena pascual.
Parte el pan y nos lo reparte para que lo comamos, es su cuerpo; por eso cada vez que comemos de ese pan hacemos memoria del Señor – ‘haced esto en memoria mía’ nos ha dicho – y ya no es un pan cualquiera que comemos, sino que estamos comiendo al mismo Señor. Aquel Pan de vida que prometió allá en la sinagoga de Cafarnaún y que nos dijo que era su carne, y que quien comiera su carne y bebiera su sangre tendría viva para siempre, nos resucitaría en el último día.
Los discípulos no terminaron de comprender totalmente las palabras de Jesús allá en la sinagoga; ahora en la cena pascual lo están entendiendo. Como nosotros que parece que no siempre entendemos y creemos en total fidelidad las palabras de Jesús, pero que ahora tenemos que sentir de una manera especial dentro de nosotros. Porque ahora tenemos que comprender y tenemos que comprender que es el paso del Señor, es la Pascua.
Un paso del Señor que nos transforma, que nos pone en nuevo camino, que nos impulsa a vivir su misma entrega, que nos llena de su Espíritu para que vivamos su mismo amor. Entenderemos entonces lo que nos dice Jesús que tenemos que amarnos y no con amor cualquiera sino con un amor como el suyo. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice. Y entenderemos todo aquello que a lo largo del evangelio nos ha dicho de cómo tiene que ser nuestro amor, para amar a todos, para rezar por todos, para sentirnos en comunión con todos, para con todos tener un corazón abierto al perdón y a la verdadera comunión.
Es la pascua, es el paso del Señor, es la hora del amor, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor.

domingo, 18 de junio de 2017

En la Eucaristía celebramos el memorial del Señor porque nos mandó hacer lo mismo que El hizo, lavar los pies y darnos el signo de su cuerpo entregado y su sangre derramada

En la Eucaristía celebramos el memorial del Señor porque nos mandó hacer lo mismo que El hizo, lavar los pies y darnos el signo de su cuerpo entregado y su sangre derramada

Deut. 8,2-3.14b-16ª; Sal. 147; 1Cor. 10,16-17; Jn. 6,51-58
Los recuerdos nos acompañan. Nos hacen revivir cosas que para nosotros han sido importantes, en ocasiones nos hacen recobrar la ilusión y la esperanza porque en el recuerdo de lo que vivimos nos sentimos motivados para mantener nuestras luchas, nuestros esfuerzos, seguir haciendo el camino de la vida; también el recuerdo quizá de momentos que no fueron tan agradables o de cosas que nos pudieron causar problemas y sufrimientos, ahora nos sirven de lección en ese magisterio de la vida misma para no tener quizás esos mismos tropiezos o para aprender a reaccionar de forma distinta ante lo que ahora se nos va presentando.
Es bueno recordar esos acontecimientos que han sido importantes en nuestra vida. Cada uno tenemos nuestros propios recuerdos y experiencias. Aunque caminamos en el momento presente vislumbrando un futuro que siempre queremos que sea mejor estamos rodeados de recuerdos; que no son simplemente objetos físicos, imágenes o cosas de orden material que quizás acumulamos en nuestro entorno, sino que es algo que llevamos muy dentro, muy grabado en nosotros y se convierten en emociones, sentimientos, certezas, deseos e impulsos que nos siguen dando vida desde lo más hondo de nosotros. Esos recuerdos nos hacen sentirnos fuertes e impulsan nuestra voluntad a seguir soñando con cosas grandes y haciendo esos sueños realidad.
A raíz de estas consideraciones que me estoy haciendo sobre lo importantes que son para nosotros los recuerdos de lo vivido, se me ocurre hacerme una pregunta: ¿Cómo serían los recuerdos que los discípulos conservaban de Jesús? De entrada decir que lo que nos narran los evangelistas es esa recopilación, por decirle de alguna manera, que en los primeros momentos hicieron de todo cuanto recordaban de Jesús. Es cierto que Jesús les mandó hablar de todo ello a todas las gentes en su envío misionero, pero de algunas cosas en especial les dijo claramente que habrían de hacer lo mismo, y que habrían de hacerlo en memoria suya.
Y aquí quiero pensar de manea especial en todo lo acaecido en la ultima cena, pues si primero les lavó los pies a los discípulos que con El estaban sentados a la mesa, les diría que ellos habrían de hacer lo mismo lavándose los pies los unos a los otros. Pero es que además el signo de aquella comida pascual que allí estaban celebrando habría de hacerlo hasta el final de los tiempos.
Allí estaba el pan como signo de su Cuerpo entregado y estaba la copa llena de vino que habría de ser signo para siempre de su Sangre derramada para la salvación de todos los hombres. Serían para siempre el signo de su pascua, de su entrega, de su amor en la expresión más suprema del amor que era entregar su vida. Y esto habrían de hacerlo para siempre en memoria suya, por eso como más tarde nos explicaría san Pablo cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos haciendo memoria de la muerte de Señor hasta que vuelva.
Es el memorial del Señor, así llamamos para siempre nuestra celebración de la pascua de Jesús, porque será algo más que memoria, algo más que revivir, porque es hacer presente, es vivir de nuevo su pascua, es sentir su presencia, es llenarnos para siempre de su vida.
Nos preguntábamos como seria la memoria, el recuerdo que los discípulos hacían de Jesús. Ahí lo tenemos bien reflejado para siempre en lo que para siempre será para nosotros la Eucaristía. No es un rito que hacemos en memoria, es mucho más. Es comenzar de nuevo a vivir en nosotros todo lo que significa la entrega de Jesús, la pascua de Jesús; y recordamos sus palabras, hacemos memoria de todo aquello que Jesús fue haciendo y diciendo en su caminar en medio de los judíos.
Pero no es el recuerdo de algo lejano, es mucho más. Es mucho más porque estamos metiendo en nuestro corazón aquellas cosas que Jesús hacia y decía, estamos sintiendo como se va haciendo vida en nosotros, como nos sentimos de nuevo impulsados a caminar siguiendo los pasos de Jesús, escuchando sus palabras, realizando sus mismos gestos y acciones.
Y entonces sentimos la urgencia de realizar aquello que de manera especial nos mando el Señor, lavarnos los pies los unos a los otros. Ahí tiene que estar expresado todo lo que va a ser nuestro amor, nuestro compromiso por los demás, nuestro compartir y nuestra solidaridad, nuestro trabajo por la justicia y la búsqueda de todo lo bueno que continuamente tenemos que hacer por el hermano.
Celebramos el memorial del Señor cada vez que celebramos la Eucaristía y de Cristo nos alimentamos; nos alimentamos porque le comemos, le comemos en la Eucaristía y le comemos en la Palabra que plantamos hondo en nosotros; nos alimentamos porque el nos ofrece el pan de vida que nos dará vida para siempre y a partir de cada eucaristía y llenos de esa vida que El nos da comenzaremos a repartir vida, a llenar de vida a los demás desde nuestro compromiso de amor. Nunca la Eucaristía que celebramos va a estar lejos de nuestra vida ni de la vida de los demás.
En el recuerdo del Señor, en el memorial del Señor que celebramos, estaremos sintiendo una vez mas todo lo que ha hecho en nosotros a lo largo de nuestra vida y nos sentiremos impulsados con una nueva fuerza, con una nueva vitalidad para seguir viviendo el camino de Jesús, haciendo memoria del paso del Señor por nosotros y para la vida del mundo, celebrando así la pascua del Señor.
Haced vosotros lo mismo, haced esto en memoria mía, nos dice el Señor. Eso hoy en esta fiesta grande de la Eucaristía que es la fiesta del Corpus lo queremos celebrar, lo queremos proclamar cuando llevemos a Cristo mismo en la Eucaristía por nuestras calles y plazas, pero es que eso significa y es compromiso de cómo tenemos que ir al encuentro de Cristo en los demás, en los que sufren, en todos los hombres y mujeres que son nuestros hermanos.

jueves, 24 de marzo de 2016

Celebramos hoy la cena del amor, de la gran manifestación del amor por el que para siempre tendremos la presencia de Jesús que nos llena de vida

Celebramos hoy la cena del amor, de la gran manifestación del amor por el que para siempre tendremos la presencia de Jesús que nos llena de vida

Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jn.13, 1-15
Cuando tenemos que desprendernos de las personas que amamos bien porque vayamos a tener una larga ausencia o por cualquier otro motivo por el que tengamos que separarnos, tratamos de juntar todos los buenos recuerdos que tengamos de esa persona para llevarlos siempre consigo, o bien tratamos también de mostrarles muchas señales de nuestro amor y cariño y si pudiéramos hacer algo que le dejemos como un recuerdo permanente de nuestra presencia, para que sientan que si físicamente tenemos que alejarnos siempre con el corazón estamos a su lado.
La cena pascual de Jesús con sus discípulos tiene de alguna manera estas connotaciones; todo suena a despedida, porque algo grande va a suceder, pero Jesús quiere dejarles la certeza de que siempre estará con ellos. ‘Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo’, comienza diciéndonos el evangelista.
Los signos y señales se suceden unos tras otros en medio de la cena, en los gestos que realiza Jesús para mostrarnos su amor y lo que ha de ser también nuestro amor, y no serán solo sus palabras, sino que nos dejará el signo más grande de su presencia y de su amor en la Eucaristía que instituye en este día.
Es la cena del amor, de la gran manifestación del amor por el que para siempre tendremos su presencia que nos llena de vida. Todo nos habla de amor en este día. Todo son signos del amor.
Así comienza la cena en lo que era el signo de la hospitalidad que se realizaba siempre cuando alguien llegaba a nuestra casa. Pero es Jesús el que va a postrarse delante de sus discípulos para lavarles los pies. A los discípulos les va a costar entender aquel gesto de Jesús e incluso alguno no querrá que Jesús le lave los pies. Pero es una señal del Reino que tenemos que aprender y si no es así no entenderemos lo que es el Reino de Dios. ‘Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo’ le dice Jesús a Pedro que se resiste.
‘Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’.
Nos recuerda lo que ya nos había dicho. ‘Todo lo que hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’, nos decía en la alegoría del juicio final. Ahí, en el hermano, está Jesús. Ahí desde el amor podemos y tenemos que descubrir su presencia. Jesús estará siempre con nosotros. No nos deja solos. Tenemos que saber descubrir su presencia.
Pero algo más sucede en aquella cena. Un día había dicho que teníamos que comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna. A los discípulos les había costado entender entonces las palabras de Jesús pero lo habían aceptado porque era la Palabra de Jesús. ‘Tu tienes palabras de vida eterna, ¿a quien vamos a acudir?’ se habían dicho entonces poniendo toda su fe en Jesús.
Ahora llega el momento en que aquello se hace realidad. ‘Esto es cuerpo que se entrega por vosotros’, les dice ahora después de tomar el pan y hacer la bendición. ‘Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’, les dice pasándole la copa. Como nos recordaría san Pablo más tarde terminaría diciéndoles ‘por eso cada vez que comáis de este pan y bebáis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’.
Proclamamos la muerte del Señor, bebemos del cáliz de la Nueva Alianza, nos alimentamos de su cuerpo y de su sangre para tener vida eterna, nos hacemos participes de la resurrección del Señor. El Señor estará para siempre con nosotros. Sigue alimentando nuestra vida, sigue iluminándonos su Palabra, seguimos sintiendo la fuerza de su Espíritu. El Señor viene continuamente a nuestra vida y vivimos su presencia cada vez que celebramos la Eucaristía, nos alimentamos de su vida, y su presencia será permanente en nuestros sagrarios.
‘Haced esto en conmemoración mía’, les dice a los apóstoles instituyendo en esta noche el sacerdocio de la Nueva Alianza. Podremos celebrar la Eucaristía, podremos sentir la gracia del Señor en todos y cada uno de los sacramentos porque Jesús nos hace participes de su sacerdocio y elige a quienes en su nombre ejerciten ese ministerio. Una prueba más del amor del Señor que nos asegura su presencia para siempre junto a nosotros. Por eso este día del amor y de la Eucaristía es también el día del Sacerdocio.
Es grande el misterio de amor que hoy celebramos y con el que iniciamos el triduo pascual para celebrar su entrega y su pasión, para alegrarnos de su resurrección, para poder comenzar a vivir en plenitud esa vida nueva que El quiere regalarnos en su amor.

jueves, 23 de abril de 2015

Comer a Cristo, comer su cuerpo entregado nos hace unirnos a El para vivir su misma vida y su misma entrega

Comer a Cristo, comer su cuerpo entregado nos hace unirnos a El para vivir su misma vida y su misma entrega

Hechos,  8, 26-40; Sal 65; Juan 6,44-51
 ‘Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna’. Para eso ha venido Jesús, para que tengamos vida y vida en abundancia, para que tengamos vida eterna. Es necesario, pues, poner toda nuestra fe en El.
Y Cristo se nos ofrece como pan de vida, como alimento de nuestra vida. Recuerda una vez más lo que ya antes le habían dicho los judíos, que en el desierto Moisés les dio pan del cielo, el maná, pero Jesús nos dice que El es el verdadero pan bajado del cielo. ‘Éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’. Comiéndole a El tendremos vida para siempre.
Por eso terminará diciéndonos: ‘Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’. Cuando comemos el pan de la Eucaristía no estamos comiendo simplemente pan, estamos comiendo a Cristo; es su Cuerpo, es su Carne, es Cristo mismo que se nos da y se nos entrega. Es lo que hizo Jesús en la última cena y que nosotros repetimos en cada Eucaristía; tomando el pan les dijo ‘esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros’.
Es su Cuerpo entregado, sacrificado para que nosotros tengamos vida y vida en abundancia, porque por su muerte tenemos el perdón de los pecados, pero tenemos más, porque tenemos la vida eterna, tenemos la vida divina, la vida de Dios de la que nos hacemos partícipes. Por eso, como nos enseñaría san Pablo, cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Es lo que hacemos, lo que tenemos que vivir con toda intensidad cada vez que celebramos la Eucaristía, cada vez que participamos de la comunión de Cristo.
Comer a Cristo, comer su cuerpo entregado nos hace unirnos a El para vivir su misma vida, pero para vivir también su misma entrega. Cuando comemos a Cristo, cuando comulgamos nos hacemos partícipes del Sacrificio de Cristo, pero uniéndonos nosotros también con nuestra propia vida a su misma sacrificio. Comer a Cristo es entregarnos también nosotros viviendo el sacrificio de Cristo con nuestra propia vida; ahí unimos nuestros sacrificios, nuestras luchas, nuestros sufrimientos y nuestras alegrías, unimos toda nuestra vida. Nada puede ser ajeno al sacrificio de Cristo.
De la misma manera que no vamos a la Eucaristía para abstraernos de lo que es nuestra vida con sus luchas y con sus sufrimientos, con sus problemas o sus alegrías, sino para en la Eucaristía encontrar fuerza para vivir esa vida en plenitud. Y lo mejor que podemos hacer es nuestra entrega, nuestra ofrenda hecha con amor porque en el ponemos toda nuestra fe. Y el que cree en El tiene la vida eterna, como nos decía.
Nuestra vida toda tiene que estar siempre unida a Cristo y esto es lo que queremos vivir cada vez que celebramos la Eucaristía; esto es lo que tenemos que hacer cada vez que comulgamos a Cristo.