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miércoles, 16 de abril de 2025

Dispuestos de verdad a vivir la Pascua con Jesús, paso de la muerte a la vida, asumiendo la cruz clavada a nosotros para llegar a la resurrección de una nueva vida

 


Dispuestos de verdad a vivir la Pascua con Jesús, paso de la muerte a la vida, asumiendo la cruz clavada a nosotros para llegar a la resurrección de una nueva vida

Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Hay momentos que son de preparativos; es un acontecimiento que se avecina y al que queremos darle la importancia que juzgamos que ha de tener y allá nos creamos comisiones de trabajo para que todo este a punto, para que lo tengamos todo preparado, nos trazamos planes, vemos las cosas que son necesarias, lo que no nos puede faltar lo buscamos por donde sea, nos hacemos listas de las cosas que necesitamos; pero es la madre que prepara la comida para sus hijos que se reúnen y quiere ofrecerles lo mejor y allá anda afanada con las comidas, con los adornos de la casa, la preparación de la mesa y no sé cuantas cosas más; es un viaje que vamos a emprender y reunimos todo aquello que creemos necesitar aunque no nos quepa en las maletas, hacemos previsiones de todo tipo, pero queremos tenerlo todo preparado y que no nos falle nada.

¿Preparativos de qué? ¿Preparativos de las cosas que creemos necesitar para ese acto? ¿Cuál tendría que ser lo importante que preparemos? Quizás sea bueno hacernos estas preguntas pero no solo para cosas como hemos querido reflejar en unos ejemplos anteriormente sino en este momento presente que vivimos como cristianos. También llega la hora de los preparativos ahora que estamos en semana santa en vísperas ya de celebrar la pascua. En otros tiempos nuestras madres nos preparaban la ropa de la semana santa que además quizás había la costumbre de estrenar algo. ¿En qué andamos afanados? ¿Será lo más importante lo que nos ocupa en la preparación de estos días?

El evangelio hoy nos ayuda. Se acercaba el día de celebrar la cena de pascua, están por Jerusalén lejos de sus viviendas habituales, y es la pregunta que le hacen al Maestro. ‘¿Dónde quieres que te prepararemos la Pascua?’ Jesús les da instrucciones muy concisas de cómo llegar a la persona que les ofrecería el sitio para la cena pascual. Los discípulos encontraron todo como les había dicho Jesús y allí lo prepararon.

Pero el evangelio nos dice algo más de esos preparativos. Ya Judas Iscariote se había dejado ver con los pontífices para ver en lo que quedaban para entregarle; las gestiones estaban hechas. Al comienzo de la cena Jesús manifiesta la congoja que lleva en el alma. ‘Uno de vosotros me va a entregar’. Como hemos comentado en otra ocasión la inquietud queda sembrada en todos los presentes. ‘¿Soy yo acaso, Señor?’ todos se preguntan y le preguntan. ‘El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!’ Pero todos estaban comiendo del mismo plato, porque eran las costumbres y era la forma de comer el cordero pascual. ¿Estaban todos provocando esa entrega? Una buena pregunta para que nos miremos por dentro, como les estaba sucediendo en aquel momento al grupo de los apóstoles sentados a la mesa con Jesús.

Conocemos la conclusión del relato del evangelio, pero nosotros nos tenemos que quedar con esas preguntas que han ido siendo base y carril por donde va discurriendo esta reflexión que nos tenemos que hacer en estos momentos en que también nosotros nos disponemos a celebrar la Pascua.

La pregunta que nos hacemos más que en donde es decirnos como vamos a celebrar la Pascua y también como yo soy actor de esa Pascua. Ni nos podemos quedar fuera contemplando a los otros ni nos podemos quedar en las cosas que hemos de preparar. Demasiado tiempo le dedicamos estos días a las cosas, a los preparativos de las cosas y quizás no estemos pensando en cómo hemos de prepararnos nosotros. Soy yo también actor en esa Pascua, pero no como una representación a la manera de teatro que tengamos que hacer sino en la medida en que con Cristo nosotros también vamos a subir al Calvario, a la cruz, a pasar por la muerte. Si no lo hacemos así no llegaremos a la Pascua, seguiremos siendo unos espectadores o unos tramoyistas que preparan cosas para que otros contemplen o vivan.

¿Estaré dispuesto de verdad a vivir toda la Pascua con Jesús pasando de la muerte a la vida, asumiendo la cruz en todo su sentido clavada a nuestra vida para poder llegar a la resurrección de una nueva vida? Muchas cosas, algunas veces inesperadas o no deseadas van apareciendo en nuestra vida que tienen que convertirse en Pascua en nosotros.

domingo, 6 de junio de 2021

En procesión no podremos llevar la Eucaristía por nuestras calles, pero sí ha de notarse que llevamos con nosotros a Cristo a quien hemos recibido en la comunión

 


En procesión no podremos llevar la Eucaristía por nuestras calles, pero sí ha de notarse que llevamos con nosotros a Cristo a quien hemos recibido en la comunión

Éxodo 24, 3-8; Sal. 115; Hebreos 9, 11-15; Marcos 14, 12-16. 22-26

‘¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?’ habían preguntado los discípulos a Jesús cuando se acercaba el día de la cena pascual; les había dado unas indicaciones muy especificas y ‘los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua’.

Pero aquella cena de Pascua iba a ser especial. Los judíos celebraban la pascua cada año recordando su salida de Egipto y la Alianza que con Dios habían hecho en el Sinaí. La sangre de los animales sacrificados se había derramado sobre el altar levantado en el desierto pero también se había derramado sobre el pueblo ratificando así la alianza con el Señor. ‘Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras’, había dicho Moisés entonces mientras aspergeaba al pueblo con la sangre de los sacrificios ofrecidos a Dios. Cada año lo recordaban, lo celebraban, comían el cordero pascual como aquella noche lo habían comido en Egipto porque se repetían los gestos y la forma de comerlo.

Pero no era aquel cordero de la Antigua Alianza el que aquella noche de Jueves Santo – como nosotros la llamamos – iba a estar presente en la mesa de la cena pascual. Porque allí estaba el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el que se entregaría a sí mismo por nosotros, el que derramaría su sangre, que ya desde entonces sería la Sangre de la Alianza nueva y eterna para el perdón de los pecados.

Ya en el día del jueves santo recordamos los distintos signos y gestos que aquella noche se realizaron. Hoy volvemos a tener presente el gran signo de la Alianza. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios’. Son las palabras que le escuchamos a Jesús y donde se obra el milagro, se realiza y se hace presente el misterio de nuestra Redención que nosotros seguiremos repitiendo ‘en conmemoración suya’ cada vez que celebramos la Eucaristía.

Y esto es lo que hoy de manera especial queremos celebrar en una fiesta que nació del amor y de la devoción del pueblo cristiano. Podríamos decir que nos parece poco la gran celebración del Jueves Santo cuando recordamos y celebramos la Institución de la Eucaristía, que aparte de que cada domingo y cada día celebramos la Eucaristía  así surgió esta gran fiesta de la Eucaristía, la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo de Cristo, en que incluso queremos salirnos a nuestras calles y plazas para hacer patente y proclamar nuestra fe en la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía.

En la tradición de nuestros pueblos está el adornar de una manera especial con alfombras, con arcos de triunfo, con flores el paso del Santísimo Sacramento, aunque esa expresión externa debido a la situación sanitaria que vive nuestra humanidad se ha tenido que suprimir. Pero lo que llevamos en el corazón no hay quien nos lo arranque y aunque sea sin esas solemnidades y suntuosidades externas seguimos nosotros celebrando con la mayor intensidad y fervor esta fiesta del Corpus.

Lo que tenemos es que saberle dar su sentido más profundo y quizás la imposibilidad de celebrar esa suntuosidad externa de la que hemos rodeado esta fiesta, nos haga mirar más por dentro de nosotros mismos y por el sentido con que vivimos nuestra celebración. Algunas veces lo externo, que ha nacido de buena voluntad y de deseos de amor, se pueda convertir en una cortina que nos vele lo que es lo verdaderamente esencial.

Y es recuperar todo el valor y sentido de la Eucaristía, recuperar lo que es el sacramento en sí mismo para que no nos distraigamos y lleguemos a proclamar con toda la fuerza de nuestro corazón nuestra fe en que en ese pan Eucarístico está real y verdaderamente presente Dios, está real y verdaderamente presente Jesús. Y ante Dios nos postramos y adoramos desde lo más profundo de nosotros mismos. Ante la presencia real y verdadera de Jesús nos sentimos sobrecogidos por tanto amor que así quiso darse por nosotros, entregarse y darnos su vida, hacerse comida para que nos unamos en la mayor y más profunda comunión con El y si estamos en comunión con El necesariamente tenemos que estar en comunión de amor con los hermanos con todas sus consecuencias.

Amén, decimos cuando vamos a comulgar. Amén que es toda una proclamación de fe, sí, es el Cuerpo de Cristo, es Cristo mismo a quien vamos a comer, es Cristo mismo ante quien nos postramos para adorarle porque es verdadero Dios y verdadero hombre.

No adornamos nuestras calles y plazas para llevar en procesión el Santísimo Sacramento, pero pensemos que la procesión sí la hacemos. Hemos comulgado en la Eucaristía, hemos comido el Cuerpo de Cristo, pues con nosotros va Cristo en nuestro corazón cuando salgamos del templo y vayamos por nuestras calles y nos dirijamos a nuestras casas o al encuentro con los demás. Pensemos que llevamos a Cristo con nosotros, pues que en nosotros se refleje en esas actitudes nuevas de amor que vamos a tener que hemos vivido de verdad esa comunión con Cristo.

¿Tendrán que notar algo distinto en nosotros los que nos ven venir de la Misa?

miércoles, 31 de marzo de 2021

Preparemos el traje de fiesta para entrar al banquete del reino, a la cena de la pascua del Señor y piensa en qué va a consistir ese traje, qué es lo que te está pidiendo el Señor

 


Preparemos el traje de fiesta para entrar al banquete del reino, a la cena de la pascua del Señor y piensa en qué va a consistir ese traje, qué es lo que te está pidiendo el Señor

 Isaías 50, 4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25

‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de pascua?’ La cena pascual tenía sus rituales. Los preparativos habían de hacerse con todo detalle. Dificultaba estar en Jerusalén y no cada uno en su lugar de origen, aunque la cercanía del templo facilitaba las cosas y creaba también un ambiente especial.

Ahora los discípulos preguntan por el lugar, luego vendrán los restantes preparativos. Por lo que nos dice este evangelista la casa era bien conocida del Maestro y de los discípulos; en el relato de este mismo hecho por otro evangelista nos dará los detalles de las señales por las que habían de encontrar la casa. Un hombre con un cántaro de agua al que siguen por la ciudad y con el que entrarán en la casa preguntando por el dueño y dando el recado de parte del Maestro. Encontrarán una sala grande en el piso de arriba donde han de hacer todos los preparativos.

El Cordero pascual, los panes ácimos y las lechugas amargas, los divanes para recostarse a la mesa y el agua suficiente para las purificaciones, las jarras con vino suficiente para la fiesta que se ha de celebrar. Porque todo ha de tener un sentido de fiesta; la cena del cordero pascual era el recuerdo del paso de Dios en Egipto cuando fueron liberados y que ritualmente todos los años habían de celebrar en la luna llena de primavera. Era en lo que ahora se habían de afanar los discípulos, los preparativos para la cena de pascua.

Aunque aquel día la cena habría de tener un significado especial. Lo iremos viendo en el relato de hoy y en el que escucharemos la noche del jueves santo. Ahora sí iba a ser el verdadero paso del Señor, la verdadera pascua. Como dice Jesús ‘mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Es lo que le han trasmitido al dueño de la casa y allí harán todos los preparativos.

Luego irán surgiendo elementos nuevos, sorprendentes en el deseo de Jesús celebrar aquella pascua con los discípulos pues yo no volvería a beber el vino de la pascua hasta la llegada del Reino de los cielos. Por eso incluso Jesús sentirá angustia en su alma ante todo lo que ha de suceder. Los discípulos parecen corderos inocentes que son llevados de la mano por el maestro y su sorpresa irá en aumento con los gestos y los signos que aquella noche se van a realizar. Mañana entraremos en mayor detalle. Pero ahora están los anuncios que Jesús hace. ‘Uno entre vosotros me va a entregar’.

No sabían ellos que ya Judas, el de Iscariote, había ido a preguntar a los sumos sacerdotes cuánto le iban a dar si se los entregaba. Judas conocía bien los pasos de Jesús y sabía cómo Getsemaní, aquel viejo molino de aceite, era uno de los lugares preferidos de Jesús para pasar la noche cuando andan por Jerusalén. Por eso se adelanta a todo buscando sus intereses, haciendo aflorar quizás sus desencantos.

Se habría hecho una imagen de Jesús como Mesías, pero no respondía Jesús a sus expectativas. ¿De ahí sus desencantos? La ambición, la avaricia, su materialismo en que todo quizás lo cifraba en poder, poder económico o poder político van torciendo el corazón, como tantas veces sucede. Unas monedas, en treinta monedas de plata habían quedado, hacen quebrar su corazón y su voluntad para caer en lo horrible de la traición. Se olvidaba la lealtad del discípulo que se deja enseñar para hacer sobresalir esas ansias de poder que luego en nada quedarán. Pero el corazón ya está herido. Aún así él está participando de aquella cena pascual. ¿Dónde tendría puesto su corazón y su mente mientras Jesús iba realizando todos aquellos gestos y signos que se destacan en aquella cena pascual que va siendo bien distinta?

‘Mientras comían dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar. Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro: ¿Soy yo acaso, Señor?’ todos se veían sorprendidos, pero acaso Judas se vería aun más sorprendido al darse cuenta de que Jesús estaba al tanto de todo. ¿Aún tenía la sangre fría de estar allí? Mucho odio quizá se había encendido en su corazón. La lealtad se había transformado en traición. Y todo seguía su camino. ‘El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!’ Y aún Judas todavía se atreve a preguntar ‘¿soy yo acaso, Maestro?’ Como nos dice otro evangelista Jesús le dice: ‘Lo que has de hacer, hazlo pronto’.

Dejamos la cena en este momento para hacernos nuestra reflexión, para preguntarnos también como vamos a preparar y a celebrar la cena de pascua. Estamos repitiendo hasta la saciedad que este año para nosotros va a ser distinta, y tenemos el peligro de que al final sea como siempre. No han aparecido esas señales externas con las que otros años celebramos estos días santos, pero quizá nosotros no hemos profundizado aun lo suficiente para hacer que sea lo que tiene que ser.

Eso, lo que tiene que ser. Y cuando hacemos las cosas con intensidad y profundidad haremos que en verdad cada año sea distinta, como momento sea distinto, cada instante vivamos con intensidad ese encuentro con el Señor que se entrega por nosotros. Porque si no hay ese encuentro de nada nos han servido todos los preparativos. Es lo que tenemos que buscar, es cómo tenemos que abrir el corazón, es cómo hemos de ponernos en la sintonía de Dios.

¿Hemos preparado el traje de fiesta para entrar al banquete del reino, a la cena de la pascua del Señor? Piensa en qué va a consistir ese traje, qué es lo que te está pidiendo el Señor, qué paso adelante vas a dar en el camino de la entrega y del amor, cómo va a disponerse tu espíritu también para saber acoger a los que están a tu lado que tanto te cuesta entender.

viernes, 3 de enero de 2020

Reconozcamos en verdad lo que nos está diciendo Juan de Jesús, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo



Reconozcamos en verdad lo que nos está diciendo Juan de Jesús, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

1Juan 2, 29-3, 6; Sal 97; Juan 1, 29-34
Le habían venido a preguntar a Juan, como escuchábamos ayer, ‘Tú ¿quién eres?’ ‘¿Por qué bautizas?’ El no era el Mesías ni se consideraba un profeta. Sólo sabía una cosa, era el que habían anunciado los profetas que saldría a preparar los caminos del Señor, ya puede afirmar que en medio de ellos está aunque no lo conocen. Los que habían venido a preguntar no encuentran respuestas satisfactorias.
Hoy vemos como de una forma concreta ya señala a Jesús, que viene hacia él como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Está señalando en Jesús que en El se cumplen las profecías, que es el enviado de Dios, que El sí es el verdadero cordero pascual. Hasta ahora habían comido el cordero de la pascua como un recuerdo de la pascua pasada. Ahora llegaba el verdadero cordero pascual que iba a ser inmolado, que nos traería el perdón, la vida, la salvación.
Y él puede dar testimonio, porque allá en su corazón había sentido la revelación de Dios. ‘Yo no lo conocía, les dice, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel’ y manifiesta claramente la revelación que él ha recibido. ‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’. Como comprendemos fácilmente estas palabras del bautista fueron pronunciadas después de aquella teofanía del Jordán cuando Jesús quiso ser bautizado por Juan.
Escuchamos hoy toda una revelación de quien es Jesús, aquel niño que hemos contemplado estos días recién nacido en Belén, envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Hemos contemplado toda la humanidad de Jesús, pero ahora estamos contemplando su gloria, ahora se nos está diciendo que es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo, que es el Hijo de Dios. Y Juan da testimonio de todo ello. Un momento propicio para renovar toda nuestra fe en Jesús.
Nos acostumbramos a las palabras, nos acostumbramos a lo que expresamos y decimos cuando hacemos una profesión de fe, pero no siempre somos totalmente conscientes de lo que decimos o expresamos; lo decimos y repetimos y el peligro está en que lo convirtamos en una rutina. Es necesario detenernos, reflexionar, motivamos bien cuando vamos a hacer una profesión de fe, abrirnos a la acción del Espíritu para dejarnos conducir por El y encontrarle todo su sentido a las palabras que decimos.
De tantas formas decimos en la liturgia y tantas veces repetimos que al final se puede quedar en palabras que decimos, pero que no es realmente algo que llevamos en el corazón. ‘Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo’, decimos muchas veces en una celebración de la eucaristía, así textualmente o con su sentido. Pero ¿somos conscientes de ello? Porque algunas veces quitamos ese concepto de pecado de nuestra vida; todo nos parece bueno, nada es pecado, nos parece una palabra o un concepto de otro tiempo que hoy no pueda tener sentido. Pero ahí está el pecado en nuestra vida de tantas maneras.
Y es la ausencia de Dios con que vivimos o es el orgullo de nosotros mismos creernos como dioses; no aceptamos lo que Dios nos propone como norma o plan para nuestra vida y queremos construirla por nuestro lado o a nuestra manera. Y entonces rechazamos sus mandamientos, no les hacemos caso, no les tenemos en cuenta, olvidándonos así del camino de Dios, dejando, entonces, que el mal se meta en nuestro corazón.
Vamos a reconocer hoy lo que nos está diciendo Juan de Jesús, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. No solo viene a recordarnos Jesús lo que son los caminos de Dios – no ha venido a anular la ley de Dios, nos dirá en su momento – sino a sacarnos de ese pozo en el que nos metemos cuando olvidamos la ley de Dios, de ese pozo de nuestro pecado. Y El es nuestro único salvador.

jueves, 1 de noviembre de 2018

En la Sangre del Cordero hemos sido consagrados y nuestra vida ha de ser entonces sagrada, una vida santa, porque hemos de significar para siempre esa presencia de Dios


En la Sangre del Cordero hemos sido consagrados y nuestra vida ha de ser entonces sagrada, una vida santa, porque hemos de significar para siempre esa presencia de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

‘Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero…’ y anteriormente se nos había hablado de ‘una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos’.
Es la imagen que aparece ante nuestros ojos en la solemnidad que hoy estamos celebrando, la fiesta de Todos los Santos. Una imagen que nos habla del cielo, de la gloria de Dios, y de cuantos en Dios están alabándole y bendiciéndole siempre por toda la eternidad. Lavaron y blanquearon sus vestiduras en la Sangre del Cordero. Un primer pensamiento nos lleva a los mártires, que derramaron su sangre, que dieron su vida, por eso los contemplamos con las palmas de la victoria en sus manos.
Pero si ahondamos en esta imagen y captamos que nos dice que lavaron sus vestiduras en la sangre del Cordero, tenemos que pensar en algo más, en cuantos han sido bautizados, que con la sangre de Cristo fuimos redimidos, por la sangre de Cristo alcanzamos vida, la vida de la gracia, la vida de Dios y que por eso mismo estamos llamados a ser santos, llamados a la santidad.
En la Sangre del Cordero hemos sido consagrados, la unción del Bautismo eso ha venido a significar, siendo consagrados somos como separados para Dios, seremos para siempre para Dios. Si decimos que una iglesia ha sido consagrada y desde ese momento es un lugar santo, un lugar sagrado que viene a significar como una presencia especial de Dios en aquel lugar, de la misma manera nosotros, hemos sido consagrados en la Sangre del Cordero, nuestra vida ha de ser entonces sagrada, nuestra vida ha de ser santa, porque hemos de significar para siempre esa presencia de Dios.
Cuando decimos santos muchos se quedan en las imágenes sagradas, son los santos decimos; pero esas imágenes sagradas son eso imágenes, unas imágenes que nos hablan de los santos. Claro que en esa forma tan elemental de ver las cosas para muchos los santos son los que hacen milagros, o los que nos consiguen de Dios aquellas cosas que necesitamos y a ellos pedimos, y pensamos en los santos solo como unos intercesores poderosos que están en el cielo junto a Dios para conseguirnos aquello que le pedimos diciendo entonces que unos santos son más milagrosos que otros. Nos quedamos bien pobres en nuestra imagen de los santos.
¿Por qué son santos? Porque lavaron sus vestiduras en la Sangre del Cordero, porque consagraron su vida para vivir en una fidelidad total a Dios para no volver a manchar sus vidas con el pecado. Los que es santo y sagrado lo queremos mantener sin mancha porque la dignidad de su ser sagrado así lo exige. Pero somos santos y consagrados y no es ya una mancha externa la que tenemos que evitar en virtud de esa dignidad sagrada de nuestra vida, sino que lo hemos de ser desde lo más hondo de nosotros mismos porque viviendo en esa fidelidad – fe – vivimos para Dios y nos alejamos de cuanto nos pueda alejar de Dios. Y eso vivieron los santos, también con sus luchas y con sus debilidades como todos nosotros pero manteniéndose en esa fidelidad.
Estamos pensando, pues, en los santos quienes ya recorrieron el camino de la vida y por su fidelidad ahora gozan ya de la gloria de Dios en el cielo. La Iglesia reconoce la santidad de sus mejores hijos y así lo proclama además poniéndolos como ejemplo de ese camino que nosotros hemos de hacer; contemplar a los santos es para nosotros también como un estímulo, porque nos sentimos débiles y pecadores tantas veces, pero estamos contemplando quienes siendo humanos como nosotros – no fueron hechos de una materia distinta que los hiciera santos - vivieron en esa fidelidad de amor a Dios con una vida santa. Es para nosotros posible, pues, esa santidad a la que somos todos llamados.
Hoy cuando la Iglesia nos propone esta celebración de todos los santos no es que solo vayamos a celebrar a quienes la Iglesia ha reconocido – canonizado, decimos – como tales proponiéndonoslos como ejemplo y al mismo tiempo como intercesores, sino que hoy queremos celebrar a todos, aunque los desconozcamos, los que han vivido su vida de forma santa en su fidelidad al Señor.
Santos que han caminado a nuestro lado, con quienes hemos convivido también, que vivieron nuestras mismas luchas y nuestros mismos problemas, de quienes un día recibimos una palabra o un ejemplo que nos edificó en nuestra vida, muchos que no supimos quizá ver y reconocer lo bueno que hacían y que vivían pero que podemos tener la certeza de que también están junto a Dios alabándole por toda la eternidad.
Es la fiesta de todos los santos, de todos los santos de los que aspiramos un día nosotros también formar parte en esa corte celestial. Porque con esa esperanza vive el cristiano, es la trascendencia que queremos darle a nuestra vida; es lo que queremos hacer en nuestra fidelidad y en la rectitud con que queremos vivir nuestra vida; es lo que queremos expresar con nuestro amor, con nuestro compromiso, con nuestra lucha por el bien y la justicia, en todo eso bueno que queremos hacer para de verdad construir el Reino de Dios entre nosotros cuando vivimos el espíritu de las bienaventuranzas que nos propone hoy Jesús en el Evangelio; es lo que venimos a celebrar cuando vivimos los sacramentos para así sentir esa fuerza de la gracia de Dios; es a lo que queremos unirnos, como decimos y expresamos en nuestras celebraciones, con los Ángeles y los santos y todos los coros celestiales, para cantar para siempre la gloria y la santidad de Dios.
Es la fiesta de Todos los Santos, nuestra fiesta, de nuestros hermanos que nos precedieron y están en el cielo, de los que caminan a nuestro lado en una vida de fidelidad y de nosotros mismos porque llamados estamos a ser santos por nuestra consagración bautismal.

domingo, 7 de junio de 2015

Celebrar la comunión con Cristo en la Eucaristía es entrar en comunión con ese Cristo vivo que son nuestros hermanos

Celebrar la comunión con Cristo en la Eucaristía es entrar en comunión con ese Cristo vivo que son nuestros hermanos

Éxodo 24, 3-8; Sal. 115; Hebreos 9, 11-15; Marcos 14, 12. 16. 22-26
Cuando era el día y la hora del sacrificio - cuando se sacrificaba en el templo el cordero pascual, dice el evangelista - los discípulos le preguntan a Jesús donde quiere que le preparen la cena de pascua. Están en Jerusalén y han de depender de la generosidad de alguien que les facilite el lugar. Jesús les da una dirección concreta; han de seguir al  hombre que lleva cántaro de agua para llegar hasta el dueño del lugar. Todo sucede como lo ha señalado Jesús y allí hacen los preparativos.
Era el día y la hora del sacrificio del cordero pascual que cada año les servia de recuerdo de una pascua; celebraban así la pascua comiendo un cordero sacrificado en el templo. Era un sacrificio lo que se realizaba pero era una comida de comunión en la que se participaba. Era ahora el momento en que había llegado la hora, como dirá Juan en su evangelio, en que se iba a realizar la verdadera y definitiva pascua. Los discípulos estaban colaborando en los preparativos sin ser del todo conscientes de lo trascendental no solo para ellos sino para toda la humanidad de lo que iba a suceder.
Recordaban los judíos la liberación de Egipto y todo había de tener aires de fiesta y sentido de comunión. Por eso se sentaban alrededor de la mesa para comer el cordero pascual. Pero ahora Jesús les va a decir tomando el pan en sus manos que aquel Pan era su cuerpo entregado y que lo habían de comer ya para siempre hasta el final de los tiempos recordando y viviendo su pascua, su paso salvador para todos los hombres.
‘Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos’. Y eso mismo tendríamos que seguirlo haciendo siempre. ‘Haced esto en memoria mía’, para siempre. Y cada vez que comiéramos de ese pan y bebiéramos de esa copa estaríamos recordando para siempre el paso salvador del Señor, su muerte redentora y salvadora que nos liberaba de los pecados. Y eso mismo tendríamos que seguirlo haciendo con ese mismo aire de fiesta y de comunión.
Ahora será ya un nuevo sacrificio el que se celebra y del que para siempre participaremos porque tiene valor y duración eterna. ‘No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna’. Es su sangre derramada, es la sangre de la Nueva Alianza, es la Sangre que si nos traerá el perdón de los pecados, es la sangre que va a derribar para siempre el muro que nos separaba con nuestros odios y desamores, es la sangre que crea una nueva alianza entre los  hombres, que crea una nueva comunión, que estrecha lazos entre los hombres para vivir para siempre en el amor. Está hablándonos Jesús del sacrificio de la propia vida que logra una Alianza eterna.
Y eso es lo que vivimos, hemos de vivir con toda intensidad en cada Eucaristía. No la convirtamos en unos ritos; hagamos de verdad de la Eucaristía ese banquete de comunión porque en verdad vivamos para siempre esa comunión nueva que Cristo ha creado entre nosotros cuando ha derramado su sangre. No podemos celebrar la Eucaristía de cualquiera manera. Siempre tiene que recordarnos la Alianza de Jesús, siempre tenemos que vivirla en la comunión y para la comunión. Y la comunión no es solo que vayamos ritualmente a comer el cuerpo de Cristo en el pan sagrado, sino que tiene que expresar algo más hondo que queremos vivir en nuestra vida.
Queremos, sí, comulgar a Cristo porque queremos entrar en comunión con Cristo, pero entrar en comunión con Cristo es entrar en comunión con ese Cristo vivo que son nuestros hermanos que están a nuestro lado. Por eso ya nos decía que si cuando íbamos a presentar la ofrenda no había esa comunión entre los hermanos fuéramos primero a restablecer esa comunión con ellos para que la comunión de la Eucaristía tuviera verdadero sentido.
Por eso cuando vemos a tantos hermanos nuestros que sufren a nuestro lado en ese mundo en el que vivimos tenemos que luchar por vivir de forma autentica esa comunión con ellos para que nuestras eucaristías tengan sentido profundo. Y si vivimos profundamente nuestras eucaristías de ahí tenemos que salir siempre con un compromiso nuevo para llegar hasta esos hermanos que sufren y compartir con ellos nuestro amor.
Esa presencia de Cristo que llega a nuestra vida en ese paso liberador y salvador es lo que en esta fiesta del Cuerpo de Cristo queremos celebrar. Vayamos a lo hondo. No nos quedemos en cosas externas. Es hermoso que hagamos ese homenaje a la Eucaristía con nuestra procesión eucarística por nuestras calles adornadas de flores, de pasillos, de todos esos signos de fiesta. Pero eso ha de significar cómo tenemos que ir al encuentro de nuestros hermanos; cómo tenemos que ir creando esos lazos de comunión con todos los que nos rodean; cómo nos compromete a hacer un mundo más justo, más fraterno, donde vayamos repartiendo auténtico amor.
Del paso la procesión de Cristo por nuestras calles ha de quedar algo más que unos restos de flores con las que hayamos adornado el paso de Cristo en su procesión; ha de quedar el suave olor del amor porque al día siguiente nos amemos más, nos sintamos más comprometidos con los hermanos que sufren, hayamos creado más comunión entre nosotros.

jueves, 17 de abril de 2014

Contemplamos un amor que se arrodilla para servir y entregarse hasta el extremo de dar la vida y darnos su vida


Contemplamos un amor que se arrodilla para servir y entregarse hasta el extremo de dar la vida y darnos su vida

Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11.23-26; Jn. 13, 1-15
Era importante la cena de la pascua que los judíos celebraban cada año. Era un recuerdo imborrable lo que rememoraban pues sus padres habían sido liberados de la esclavitud de Egipto liderados por Moisés, pero donde el Señor se había mostrado grande y poderoso. Cada  año cuando llegaba la pascua, así estaba prescrito, habían de escoger un cordero, conforme a todo lo que estaba ritualizado con todo detalle de lo que habían de hacer; un cordero que se sacrificaría en el templo y luego comerían en familia recordando el paso liberador del Señor en Egipto pero que ellos sentían vivo y presente entre ellos. Era la Pascua.
Para eso habían hecho ahora los preparativos según las instrucciones de Jesús.  El cordero sacrificado, el agua para las purificaciones, los panes Ázimos, las lechugas amargas con su salsa del color de los ladrillos que fabricaban en Egipto, el vino para las bendiciones… todo estaba preparado. Ahora se habían reunido en aquella sala de la parte alta de la casa que generosamente les habían facilitado, pero ya desde el comienzo de la cena se palpaba que todo iba a ser distinto. ‘Mi momento está cerca’, había mandado decir Jesús a quien le facilitaría aquella sala. Y ahora nos dice el evangelista que ‘sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en este mundo, los amó hasta el extremo’.
Seguirían fielmente los rituales establecidos pero pronto comenzarán a realizarse signos que nos hablarían de que algo distinto estaba sucediendo, signos que nos hablarán de una nueva pascua; unos signos que quedarían para perpetuidad pero que nos darían señales de una vida nueva, de un estilo distinto, de una pascua nueva que se iba a convertir en Alianza eterna. Unos signos que no solo iban a servirnos para recordar lo que entonces estaba sucediendo o iba a suceder, sino que lo actualizarían y lo harían presente para siempre cada vez que esos signos se repitiesen.
Todo aquello que allí esa noche estaba sucediendo se habría de repetir cada día recordando y haciendo presente al Señor. Ese iba a ser su mandato: ‘haced esto en conmemoración mía… si yo el maestro y el Señor’ lo he hecho, de ahora en adelante vosotros también tendréis que hacer lo mismo, viene a decirles Jesús.
Dos signos, que en el fondo serán como uno solo; dos signos que habían de seguirse repitiendo a través de los tiempos si en verdad querríamos vivir en esa Alianza nueva y eterna que ahora se constituía. Sería el signo del amor en el lavarse los pies los unos a los otros, y sería el signo del pan y el vino  que ya no serían pan y vino sino presencia real y verdadera para siempre de Jesús en medio de nosotros como la expresión más sublime del amor. Los dos un mismo signo, porque será para siempre el signo del amor que nos habría de distinguir.
Ya lo hemos escuchado en el Evangelio. ‘Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe. Echa agua en una jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido’. No simplemente les ofrece agua para que hagan sus purificaciones; El, que es el Maestro y el Señor, se pone de rodillas delante de sus discípulos para lavarles los pies. Algo inaudito, pero que conociendo a Jesús venía a expresar lo que era toda su vida.
Es el signo del amor. El signo del amor que nos manda repetir. El signo del amor más humilde y más entregado. El signo del amor que es el signo del servicio y de la entrega. El signo del amor que nos habla de cercanía y de humildad profunda. El signo del amor, sí, que nos habla de lo que es el amor verdadero. Porque para amar de verdad no lo podemos hacer nunca desde arriba, como no podemos lavar los pies de nadie desde la altura; al menos, será necesario ponernos a su altura; pero Jesús nos enseña algo más importante para ese amor, ponernos de rodillas delante de aquel a quien amamos. Cuánto nos dice Jesús con ese signo de su amor. Cómo tenemos que aprender.
Luego nos dirá ‘si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Contemplando el gesto de Jesús comprenderemos mejor lo que luego nos dirá que es su mandamiento. Que nos amemos los unos a los otros, nos dirá. Pero amarnos los unos a los otros no es hacerlo de cualquier manera ni con cualquier  medida. Un día se nos había dicho que nos amemos los unos a los otros al menos como nos amamos a nosotros mismos. Ahora Jesús, con sus gestos y con sus palabras nos dirá más, porque la medida de ese amor es amar como El nos ha amado. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’.
Es un amor que se arrodilla, porque quien es capaz de hacerlo así no rivalizará con el otro, no querrá ser el primero, no le hará sentirse principal o importante.  Es un amor que se hace servicial, porque ‘el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir’; sabe hacerse el último y el servidor de todos porque esa será la verdadera grandeza, recordamos que les decía a los discípulos cuando discutían por los primeros puestos. Es un amor que nos purifica; ese ser capaz de lavar los pies a los otros nos purifica de nuestros orgullos, nos abaja de nuestros pedestales, nos cura en humildad, los limpia el corazón de malas querencias. Es un amor que nos abrirá los ojos para contemplar a Jesús y postrarnos ante El para adorarle, porque a eso nos tiene que llevar el amor que le tenemos.
Ese fue el primer signo del amor y de su presencia para siempre con nosotros. El que realiza a continuación es como una consecuencia de tanto amor como nos tiene. En la cena comían el cordero  pascual que era un recuerdo y una memoria del paso salvador de Dios que les liberó de la esclavitud de Egipto. Ahora ya no sería un cordero cualquiera el que íbamos a comer como memorial de esta Pascua eterna y salvadora para siempre. Juan lo había señalado a El como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y el Cordero iba a ser inmolado, pues comenzaba su pasión que era la Pascua nueva y eterna en su Sangre derramada en la Cruz, como la prueba más grande del amor más grande.
Un día había anunciado que comerle a El era tener vida para siempre, porque El era el Pan vivo bajado del cielo que da vida al mundo. ‘Quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida para siempre y yo lo resucitaré en el último día’, había anunciado en la sinagoga de Cafarnaún. Y ahora Cristo se nos da, se hace Sacramento para que le comamos y le vivamos, para sepamos vivir su presencia para siempre y para que adorándole a El aprendamos a amar de verdad a los hermanos, para que comiéndole en la Eucaristía mientras caminamos aun por esta tierra tengamos la prenda segura de la vida que dura para siempre.
‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre… cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva’. Así nos lo recuerda san Pablo, como una tradición que ha recibido del Señor y que a su vez él nos ha trasmitido. La noche de su entrega, la noche que nos dio las muestras supremas de su amor así nos dejó este memorial. Lo mismo que había dicho que si El les había lavado los pies, a su vez ellos tenían que hacer lo mismo, ahora nos dice que eso mismo han de hacerlo en conmemoración suya para siempre. Y le comeremos a El. Y le viviremos a El.
Cada vez que le comemos hacemos memorial de su entrega y de su amor; cada vez que celebramos la Eucaristía no lo podemos hacer si no estamos viviendo su mismo amor y su misma entrega; cada vez que nos ponemos de rodillas delante de la Eucaristía para adorar su presencia tenemos que estar recordando que así tenemos que ponernos de rodillas delante de los otros para ofrecerles nuestro amor, porque ahí en ellos, y especialmente en los más pobres o los más vulnerables, siempre tenemos que verle a El.  No podrá haber Eucaristía donde no haya amor; no podremos comer a Cristo en la Eucaristía si no vamos con nuestro amor siempre al encuentro con los demás para lavarles los pies.
Hoy estamos celebrando el amor. Estamos iniciando el triduo pascual de la muerte y la resurrección del Señor y no hacemos otra cosa sino contemplar el amor infinito del Señor que así se entrega y así se da por nosotros. Cada día un buen cristiano, un buen seguidor de Jesús, ha de celebrar con toda intensidad el amor. Hoy parece que se hace más intenso contemplando los signos del amor que Jesús nos muestra. Hoy mirando y contemplando a Jesús en todos sus signos de amor nos tenemos que sentir como más impulsados a vivir un amor así. Es que estamos mirando el amor de Jesús que llegó hasta el extremo, al mayor amor.
Decimos que el Jueves Santo es el día del amor fraterno, porque recordamos el mandato de Jesús. Comamos a Cristo en la Eucaristía, sacramento de su amor que nos ha dejado, para que nos llenemos intensamente de su amor y así aprendamos a amar siempre a los demás, aprendamos a ponernos de rodillas los unos delante de los otros para lavarles los pies. Y ya sabemos todo lo que eso significa y cómo podemos hacerlo.

miércoles, 27 de marzo de 2013


¿Cómo vamos a preparar la Pascua?

Is. 50, 4-9; Sal. 68; Mt. 26, 14-25
¿Cómo vamos a preparar la Pascua? ¿cómo hemos venido preparándola? Hoy el evangelio nos habla de esos preparativos. ‘Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿dónde quieres que te preparemos la cena de pascua?’ Ya hemos escuchado la instrucciones de Jesús.
Los preparativos eran laboriosos; no solo había que buscar un lugar, porque estaban en Jerusalén que no era su lugar de residencia y no tenían allí casa propia por lo que habría que buscar la casa de alguien conocido, algun pariente, alguien que ofreciera generosamente un lugar donde hacerlo; pero había que preparar el cordero, que previamente habia de ser sacrificado en el templo, preparar los panes ácimos, las lechugas amargas, el vino, el agua para las abluciones tan importantes en cualquier ritual judío. De todo eso  han de encargarse aquellos que Jesús envía a Jerusalen ‘que cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua’.
Pero aquella pascua iba a ser distinta y otros eran los preparativos. Por eso el evangelista comenzará hablándonos de la traición de Judas que va a hablar con los sumos sacerdotes. ‘El Hijo de Hombre se va como está escrito’, dirá luego Jesús en la cena. Jesús ya había anunciado varias veces todo lo que iba a suceder en subida a Jerusalén; y los profetas habían descrito todo lo que se refería a la pasión del Hijo del Hombre. Eso formaba parte también de la preparación de aquella pascua y también se iba cumpliendo.  Y Jesús ahora lo está anunciando también con la consternación de los discípulos.
Pero la pregunta que nos hacíamos era ¿cómo vamos a preparar la pascua nosotros? Estamos a las puertas del triduo pascual, de la celebración de la pascua. Mañana, ya, jueves santo iniciaremos con la conmemoración de la cena pascual, la última cena, con todo lo que en ella sucedió. Iniciaremos así las celebraciones de todo el misterio pascual de Cristo. Pero ¿estaremos en verdad preparados para vivir misterio tan grande como el que vamos a celebrar? ¿qué será lo importante que tendríamos que preparar?
Algunas veces podemos andar ajetreados en nuestras parroquias y comunidades porque son muchas las cosas que hay que preparar en el orden de lo material. Es cierto que hemos de tener todo a punto para poder vivir intensamente esas celebraciones del triduo pascual, pero no nos podemos quedar en lo material, como cuando pensamos en el evangelio de hoy no nos quedamos solamente en aquellos preparativos que los discípulos hicieron para tener todo a punto para la cena del cordero pascual.
Algo más hondo tenemos que preparar. Son las disposiciones que allá en lo hondo de nuestro espíritu tenemos para poder celebrar y vivir todo el misterio de Cristo. Ya lo hemos reflexionado que nos vamos a vivir estos días desde el exterior, desde las cosas externas. Lo más importante será como dispongamos nuestro espíritu, qué apertura tengamos en nuestro corazón y en nuestra vida a la gracia de Dios, para dejarnos inundar por esa gracia que Cristo nos regala.
Que no resbale sobre nosotros esa gracia del Señor y nosotros nos quedemos de la misma manera que estábamos antes. Tiene que haber un verdadero y profundo encuentro con el Señor y con su gracia dejándonos transformar por la gracia del Señor que llega a nosotros. probablemente ya nos habremos acercado a los sacramentos y en especial al Sacramento de la Penitencia o Reconciliación para renovar esa gracia de Dios en nuestra vida que acaso habíamos perdido con nuestro pecado.
Si no lo hemos hecho aún, aprovechemos estos últimos momentos de gracia para acercarnos al Sacramento. Mal podremos celebrar el misterio pascual de Cristo y su salvación si nos mantenemos en nuestro pecado, si no convertimos nuestro corazón al Señor, si hemos tenido miedo y cobardía para acercarnos al Sacramento que nos alcanza ese perdón de Dios. Hagámoslo bien y con toda sinceridad; es el primer y más importante preparativo que  hemos de hacer para poder sentarnos a la mesa del Señor y celebrar su Pascua.
Además intensifiquemos nuestra oración, nuestra escucha a la Palabra de Dios una y otra vez, la ofrenda de amor que le hagamos al Señor con nuestro sacrificio y nuestra penitencia, y el amor exquisito que le tengamos y mostremos a aquellos hermanos que están a nuestro lado, porque si no somos capaces de acogerlos a ellos, tampoco seremos capaces de acoger al Señor que viene a nuestra vida con su salvación.
‘El momento está cerca, nos dice el Señor; quiero celebrar la pascua en tu casa’, quiere el Señor celebrar su Pascua en nuestro corazón.

jueves, 3 de enero de 2013


El Cordero que se inmola para quitar el pecado del mundo

1Jn. 2, 29-3, 3; Sal. 97; Jn. 1, 29-34
‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’, señala el Bautista a Jesús que viene hacia él. En los breves cinco versículos que hoy hemos escuchado en el evangelio Juan nos dice muchas cosas de Jesús.
Decíamos ayer que en este proceso de conocimiento y reconocimiento de Jesús para proclamar con toda intensidad nuestra fe en El nos íbamos a ir dejando conducir por la Palabra del Señor que se nos va proclamando en estos días. Queremos centrar nuestra fe en Jesús y por eso tenemos que ir creciendo más y más en el conocimiento de su misterio. Todo tiene que guiarnos a esa proclamación de fe que queremos que sea con toda nuestra vida. Pero ¿cómo podemos creer en El si no lo conocemos? La fe es una adhesión total de nuestra vida a Jesús para seguirle y para vivirle, pero no es una fe ciega sino que hemos de irle conociendo más y más.
Como hemos comenzado en nuestra reflexión, Juan lo señala como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Nosotros hemos tomado esa expresión para manifestar nuestra fe y la utilizamos repetidamente en la liturgia y en nuestras oraciones. El Cordero pascual tenía un hondo significado para el pueblo judío. Era el cordero de la pascua que cada año se inmolaba y luego se comía en la cena pascual.
Fue el signo que les dejó Moisés de la Pascua. Con la sangre de los corderos sacrificados se marcaron las puertas de los judíos en aquella primera pascua en Egipto para que al paso del ángel del Señor no fueran exterminados. Era la señal de la pertenencia al pueblo de Dios. Por eso celebrar la pascua cada año comporta el sacrificio de ese cordero pascual que luego se comía en la cena de pascua, como signo y señal de la liberación de Egipto, como signo y señal del Dios que estaba siempre con ellos para liberarles de todo mal.
He aquí que el Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios. Está señalando, podemos decir, al Cordero que va a ser inmolado, el Cordero que nos va a redimir de nuestro pecado con su Sangre derramada. Es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. El que va a dar la vida para que nosotros tengamos vida.
Pero Juan lo señala también como el que está lleno del Espíritu Santo. ‘He contemplado al Espíritu Santo que bajaba sobre él como una paloma y se posé sobre El’, dice Juan. ‘El Espíritu del Señor está sobre mi y me ha ungido, nos recordará Jesús en la sinagoga de Nazaret la profecía de Isaías, y me ha enviado para anunciar la Buena Noticia’.
Es Jesús, el Hijo de Dios, como terminará confesando el Bautista, que viene lleno del Espíritu divino para bautizarnos con un bautismo nuevo. ‘Aquel sobre el que veas bajar el Espíritu y posarse sobre El, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo’, nos señala el Bautista que le ha sido revelado en su corazón. Juan bautizaba con agua porque venía a preparar los caminos del Señor. Pero Jesús, lleno del Espíritu Santo, nos va a bautizar con Espíritu Santo para que los que creamos en El tengamos nueva vida y podamos ser hijos de Dios. Ya lo anunciará Jesús a Nicodemo, ‘hay que nacer del agua y del Espíritu’; quienes creen en Jesús así van a recibir ese nuevo bautismo.
Hoy nos ha dicho Juan en su carta cómo nosotros somos hijos de Dios porque así somos amados de Dios. ‘Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’. Así rotundamente lo afirma el Apóstol. Hemos sido hechos partícipes de la vida de Dios por la unción del Espíritu.
Jesús es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo; Jesús es el que está lleno del Espíritu Santo, porque en Jesús no vemos meramente un hombre; es verdaderamente un hombre, pero es el Hijo de Dios que se ha encarnado para inmolarse por  nosotros, para concedernos el don del Espíritu que nos ha purificado y nos ha llenado de vida para hacernos también a nosotros hijos de Dios. Mucho tenemos que reflexionar con este texto del evangelio y muchas gracias tenemos que dar a Dios porque con la fuerza y la luz del Espíritu podemos conocer más y más a Jesús y crecer en nuestra fe.

jueves, 22 de noviembre de 2012


¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar los sellos?

Apoc. 5, 1-10, Sal. 149; Lc. 19, 41-44
‘¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar los sellos?’ La visión continúa. Ayer contemplábamos la liturgia celestial y nos queríamos unir con nuestra alabanza al canto a la gloria del Señor. Ayer contemplábamos al Creador del universo, Señor Soberano de todas las cosas, y hoy vamos a contemplar al Cordero que se ha sacrificado y nos ha comprado con su Sangre.
Es Cristo, el Señor, nuestro Salvador y nuestro Redentor. Podíamos recordar aquí lo que nos diría san Pedro en sus cartas cuando nos habla de que no  hemos sido comprados ni a precio de oro ni de plata, sino al precio de la Sangre de Cristo derramada por nosotros.
‘Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo habían degollado… y el Cordero se acercó, y el que estaba sentado en el trono le dio el libro con su mano derecha’.
 Es Cristo verdadera Palabra y revelación de Dios en esa imagen del Cordero que va a abrir el rollo de la revelación para darnos a conocer todo el misterio del amor de Dios. Una cosa sí sabemos y es que los libros en la antigüedad tenían esa forma de rollos, que no tenían la encuadernación que tienen nuestros libros hoy. Recordamos que el Apocalipsis comenzaba diciéndonos ‘esta es la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo para que muestre a sus siervos lo que tiene que suceder’. Ahora contemplamos al Cordero que toma de la mano del que está sentado en el trono el libro de la revelación de Dios.
‘Y entonaron un cántico nuevo: Eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado, y con tu sangre has comprado para Dios, hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal, que sirva a Dios y reine sobre la tierra’. Es el cántico al Cordero pascual que ha sido inmolado; Cristo es nuestra Pascua. Ya no será la pascua recuerdo de la Antigua Alianza, sino será la Pascua en la Nueva Alianza de la Sangre del Cordero. Es el Cordero de Dios, como anunciaba y señalaba el Bautista, el que quita el pecado del mundo.
Es aquel que no sólo nos ha redimido de nuestro pecado cuando ha derramado su sangre por nosotros y por todos los  hombres para el perdón de los pecados, sino que nos ha regalado su Espíritu para darnos nueva vida haciéndonos hijos de Dios. Es quien se ha hecho en todo semejante a nosotros, pero para levantarnos y elevarnos, para darnos una dignidad nueva, para configurarnos con El y hacernos partícipes de su sacerdocio y de su heredad. Somos el nuevo pueblo, el pueblo de la Alianza nueva y eterna, el pueblo sacerdotal que participa del sacerdocio de Cristo, pues con Cristo hemos sido hechos de nuestro bautismo sacerdotes, profetas y reyes.
‘Nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes’, hemos repetido y meditado en el salmo y por eso cantábamos jubilosos la alabanza del Señor. ‘Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de sus fieles, que se alegre Israel por su Creador, los hijos de Sión por su Rey… que los fieles festejen tu gloria y canten jubilosos en filas…’
Desde un principio hemos dicho que el Apocalipsis es un libro de esperanza porque es anuncio y revelación de la victoria de Cristo sobre el mal. Cuando hoy contemplamos cómo en la sangre de Cristo hemos sido redimidos de tal manera que así nos hace partícipes del misterio y de la vida de Cristo no es para menos esa esperanza de la que se llena nuestro corazón.
Grande será el peso de nuestros pecados que nos abruma el corazón, oscuros pueden ser los momentos por los que pasamos en las tribulaciones de la vida, pero mayor es el amor del Señor que nos anuncia ese triunfo sobre el mal, nos revela lo que es el amor de Dios y nos llena de nueva vida. Serán entonces muchos los motivos para amar al Señor, para darle gracias y para cantar eternamente sus alabanzas.

domingo, 10 de junio de 2012


Alzaré la copa de la Salvación en la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna
Ex. 24, 3-8;
 Sal. 115;
 Hebreos, 9, 11-15;
 Mc. 14, 12-16.22-26
‘Era el primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual’. Se iniciaba así la fiesta de la Pascua, pero ahora iba a ser la Pascua definitiva, la Pascua nueva y eterna. Se hacía memoria de una alianza que era ya la Alianza antigua; se estaban dando los pasos de la Alianza definitiva, la que iba a sellarse no con un cordero cualquiera, como el que cada año comían los judíos en recuerdo de la primera pascua. 
En la primera lectura del libro del Éxodo hemos escuchado el relato de la realización de aquella alianza. Se habían ofrecido holocaustos y un sacrificio de comunión. Con la sangre de los animales sacrificados se había consumado la alianza derramándola sobre el altar y aspergiando con ella al pueblo que se había comprometido a hacer cuando el Señor les mandaba. ‘Haremos todo lo que nos manda el Señor y le obeceremos’. De la salida de Egipto había quedado el recuerdo y el mandato de comer cada año la pascua, el cordero pascual.
Ahora era el verdadero Cordero Pascual el que iba a subir al altar del Sacrificio; su sangre sería ya para siempre la Sangre de la Alianza nueva y eterna; ‘no era la sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia’, como dice la carta a los Hebreos; de ahora en adelante se iba a celebrar un nuevo memorial, el del Sacrificio de la Cruz, el sacrificio que había sido consumado derramando la Sangre que en verdad iba a ser nuestra redención, la Sangre de la Alianza nueva y eterna. 
Cristo es el ‘Mediador de una Alianza nueva’, como nos dice la carta a los Hebreos. ‘Su Sangre, en virtud del Espíritu eterno, se había ofrecido como sacrificio sin mancha para purificarnos y llevarnos al culto del Dios vivo’, nos seguía diciendo.  Y Jesús en la cena pascual nos había dado el signo convertido en sacramento de su presencia y de su pascua redentora, y de ahora en adelante habíamos de hacerlo en conmemoración suya para siempre. Celebramos ahora ya para siempre el memorial del Señor, de su pasión, muerte y resurrección.
Hoy lo estamos celebrando, cada vez que nos reunimos en Eucaristía hacemos memorial, celebramos la nueva y eterna pascua; cada vez que comemos de este pan que Jesús nos ha dado y bebemos de esta copa estaremos para siempre anunciando la muerte y la resurrección del Señor hasta que vuelva. Lo podemos hacer todos los días para que nunca nos falte su gracia, para hacernos partícipes de su Redención; lo hacemos de manera especial cada semana el día del Señor, el día en que conmemoramos su resurrección, celebrando así la Pascua del Señor. 
Hoy, sin embargo, es una fiesta especial, porque no nos queremos quedar encerrados en nuestras iglesias y templos, sino que queremos salir a la calle, salir al mundo para proclamar nuestra fe en la Eucaristía, en la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía; queremos proclamar que cada vez que celebramos la Eucaristía estamos celebrando el sacrificio redentor de Cristo haciéndolo presente en medio de nosotros, haciéndolo presente en nuestro mundo para que todos alcancen la redención lograda por esa sangre derramada, por ese sacrificio ofrecido en el altar de la cruz.
Con emoción en el alma y con temblor en el corazón nos acercamos hoy hasta el Altar del Sacrificio, hasta el Altar de la Eucaristía. Tenemos que detenernos y dejar que se emocione el alma ante la maravilla que celebramos, ante lo grandioso que Cristo nos permite celebrar en la Eucaristía, ante el Sacrificio de nuestra Redención. 
Estamos ante la Cruz redentora donde Cristo se inmoló por nosotros. Estamos ante el supremo sacrificio de la entrega de Cristo en el amor más grande y más sublime, del que da la vida por los que ama. Es lo que significa acercarnos al altar de la Eucaristía, al altar del sacrificio. No repetimos simplemente sino hacemos presente, porque el sacrificio de Cristo fue único y de una vez para siempre. Porque cuando celebramos al Eucaristía estamos siempre celebrando el mismo sacrificio, el de la Alianza nueva y eterna para el perdón de nuestros pecados. 
Sacrificio de redención y sacrificio de comunión; por eso la Eucaristía se convierte para nosotros en banquete donde comemos a Cristo, al Cristo que se entregó en sacrificio por nosotros y al que quiso ser pan de vida para que le comiéramos, para que nos llenáramos de su vida, de su amor, de su gracia y de su salvación.
Tenemos que despertar el corazón para que no se nos duerma en rutinas y frialdades y consideremos bien lo que celebramos y hemos de vivir. Porque lo celebramos y lo vivimos; no es una fiesta externa lo que queremos hacer, sino que tiene que nacer de verdad desde lo más hondo de nuestra vida. Tenemos que detenernos a pensar muy bien el misterio grande que estamos celebrando porque Dios se hace presente en medio de nosotros para hacernos llegar su salvación, para ser nuestra vida y nuestra fuerza, para hacerse alimento de nosotros y para que podamos llegar a vivir en su mismo amor.
 Lo expresaremos también exteriormente con signos y señales. Porque la Eucaristía es el gran signo del amor que el Señor nos ha dejado, porque vamos a acompañar nuestra fiesta y nuestra vivencia también de muchas señales externas al paso de Cristo Eucaristía en medio de nosotros con nuestros adornos, nuestras flores, nuestras alfombras, nuestros cánticos, con la alegría que llevamos en el corazón pero que ha de verse reflejada en nuestros rostros y también en las nuevas actitudes que vamos a tener hacia el Sacramento y hacia los hermanos que se convierten también para nosotros en sacramento de Dios, porque en ellos tenemos que ver al Señor y amarlos con el mismo amor del Señor.
No podemos separar nuestra la celebración y la fiesta de la Eucaristía del amor. No sólo es el amor de Dios que nos inunda sino que es el amor de los hermanos que necesariamente hemos de vivir. No puede haber Eucaristía sin amor, sin amor fraterno, sin un amor como el que Jesús nos tiene y que es con el que nosotros hemos de amar a los demás. Por eso, siempre en la fiesta de la Eucaristía celebramos la fiesta del amor, la fiesta de la caridad. 
La Eucaristía es sacrificio de comunión, pero esa comunión con Dios hemos de expresarla y vivirla en nuestra comunión con los hermanos. De lo contrario seríamos unos mentirosos porque no sería auténtica nuestra comunión con Dios si no vivimos esa comunión con los hermanos que tenemos a nuestro lado. Nos lo enseña el apóstol. 
Es el compromiso serio al que nos lleva siempre la Eucaristía. Después de cada Eucaristía tenemos que amarnos más y con mayor sinceridad y autenticidad. Porque no es un amor solo de palabras bonitas sino que tiene que ser efectivo, real, comprometido, auténtico. Y de tantas formas podemos expresar ese amor a los demás, esa caridad de Dios que tiene que llenar e inundar nuestro corazón para que se desparrame sobre los demás.
En ese sacrificio de Cristo que estamos celebrando tenemos que poner nuestro amor tal como lo vivimos y expresamos en nuestra vida, con sus logros, con esos momentos de auténtico cariño hacia los demás, con nuestros compromisos, pero también con sus dificultades, con los momentos en que nos cuesta amar a los demás y nos ponemos reticentes, con esos momentos que se nos atraviesan en el alma porque nos cuesta amar, o perdonar, o compartir, o poner buena cara a los que están a nuestro lado. Forman parte del sacrifico que nosotros, unidos al sacrificio de Cristo, también desde nuestra debilidad, queremos ofrecer al Señor para que el Señor nos lo devuelva convertido en gracia, en fuerza, en vida, en nuevo amor.
Estamos ahora celebrando el Sacrificio de Cristo, la fiesta de la Nueva Alianza en la Sangre derramada de Cristo, la fiesta grande de la Eucaristía. Pongamos toda nuestra fe, pongamos todo nuestro amor; llenemos nuestra vida de esperanza; pongamos toda nuestra vida junto al Sacrificio de Cristo. Sintamos su Sangre redentora que nos llena de vida. Dejémonos inundar por la alegría del Señor. Es fiesta. Es la fiesta de la Eucarisstía y del amor.

miércoles, 30 de mayo de 2012


Amaos unos a otros de corazón e intensamente

1Pd. 1, 18-25; Sal. 147; Mc. 10, 32-45
En los sacrificios de la antigua Alianza se ofrecían sacrificios de animales o de cosas materiales como ofrendas que se hacían al Altísimo como holocausto de acción de gracias o como reparación. Sin embargo el cordero que se sacrificaba en la pascua todos los años más que nada era una señal de lo que Dios había hecho por el pueblo que lo había liberado de la esclavitud de Egipto.
Pero todo eso esa anticipo y preparación de lo que había de venir. Quien iba a derramar su Sangre en sacrificio sería Jesús convirtiéndose así en nuestro salvador y redentor. Desde Cristo todo iba a ser distinto, porque era El el verdadero Cordero Pascual inmolado para nuestra salvación. El sería el que nos iba a rescatar, como nos dice hoy san Pedro, ‘no con bienes efímeros, con oro o con plata, sino a precio de la Sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha’.
Es lo que hemos venido celebrando de manera intensa en el tiempo de pascua que hemos recién concluido. Es lo que celebramos cada vez que nos reunimos en Eucaristía que hacemos memorial de su pasión y su muerte en la cruz y de su resurrección. Es lo que continuamente tenemos que recordar para dar gracias y para recordar el valor grande de nuestra vida cuando hemos sido rescatados a precio de la Sangre de Cristo. Como nos sigue diciendo en el texto hoy proclamado ‘por Cristo vosotros creéis en Dios que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza’. Con todo lo que significa poner toda nuestra fe y nuestra esperanza en Dios y las repercusiones que ha de tener para nuestra vida.
Pero  nos recuerda algo importante también hoy el apóstol Pedro en su carta y es la consecuencia de vida que hemos de vivir a partir de que hemos sido así redimidos. ‘Ahora que estáis purificados por vuestra respuesta a la verdad y habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente’.
Nos recuerda el mandamiento del amor que ha de ser nuestro distintivo para siempre. Y es que quienes hemos experimentado en nuestra vida lo que es el amor de Dios que nos rescatado y redimido por la Sangre de Cristo, no nos queda otra respuesta que la del amor. Y el amor que le hemos de tener a Dios ha de ser en su estilo, a su manera, como es el amor que Dios nos tiene, como tantas veces hemos reflexionado.
En el evangelio hemos escuchado el anuncio que hace de su entrega y de su pasión mientras van subiendo a Jerusalén. Un detalle curioso es que parece como si Jesús tuviera prisa por llegar a Jerusalén para su entrega, porque nos dice que iba delante, adelantándose a los discípulos y estos le seguían extrañados. Las prisas del amor, podríamos decir.
Pero es en este momento y circunstancia cuando aquellos dos discípulos vienen pidiendo primeros puestos. Ya hemos reflexionada ampliamente en muchas ocasiones el diálogo entre Jesús y Santiago y Juan. Pero fijémonos en la reacción del resto de los discípulos que no entienden, que dejan en cierto modo de llenar de envidia y celos sus corazones.
Pero allí está Jesús con el mensaje y la enseñanza. ¿Queréis primeros puestos? ¿Queréis ser los primeros? Hay que hacerse servidor y esclavo de todos. Recuerda Jesús la ley del amor que es la que tiene que guiar nuestra vida, como ya también hemos venido hoy reflexionando. No pueden ser otros los intereses; no puede ser otro el estilo de nuestro vivir. Es el amor que nos lleva a olvidarnos de nosotros mismos para amar, para buscar el bien del otro, para servir, para darnos por los demás. Como nos decía Pedro hoy en su carta ‘habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente’. Que así sea siempre en nuestra vida.