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jueves, 27 de noviembre de 2025

Miremos con ojos luminosos nuestro entorno para apreciar esas pequeñas semillas de bondad que muchos van sembrando para hacer florecer un mundo nuevo

 


Miremos con ojos luminosos nuestro entorno para apreciar esas pequeñas semillas de bondad que muchos van sembrando para hacer florecer un mundo nuevo

Daniel 6, 12-28; Dn 3,68-74; Lucas 21, 20-28

Nos conviene recordar experiencias por las que hemos pasado, quizás muchas veces difíciles o dolorosas, porque seguramente desde una lectura serena de lo que hemos vivido siempre podemos sacar una lección, siempre podemos recordar un rayo de luz que en aquellos momentos mantuvo viva nuestra esperanza y nos ayudó a atravesar aquel mar de confusiones. La historia, no solo en los grandes acontecimientos, sino quizás en esas pequeñas historias de cada día que nos ha tocado vivir es una gran maestra para nuestra vida.

Hace unos años, y podemos decir que en el mundo entero, pasamos por una situación difícil como fue la pandemia del COVID con todas sus consecuencias de confinamientos y restricciones; aunque teníamos que estar confinados y los movimientos que podíamos realizar eran pocos sin embargo aparecieron muchos signos de solidaridad y aun con la lejanía física sin embargo de cercanía entre unos y otros que nos ayudó a atravesar aquel vendaval. Aquellos aplausos de todas las tardes desde nuestros balcones y ventanas, aquellas canciones espontáneas que escuchábamos cada uno desde su estancia, eran señales de que no nos dábamos por vencidos y había una esperanza de salir con bien de aquella situación.

En muchas ocasiones difíciles de la vida ante catástrofes naturales o provocadas quizás por nuestras violencias, siempre surgen almas solidarias que se dan y se sacrifican, que despiertan la conciencia de los demás y de la sociedad en tantos movimientos solidarios que de una forma o de otra van surgiendo y reclamando algo nuevo y mejor, que hacen que no perdamos la esperanza; siempre sacaremos a flote lo mejor de nosotros mismos que muchas veces llevamos demasiado oculto para mitigar dolores y sufrimientos, para compartir allí donde nada tienen. Son semillas bonitas de humanidad que no dejamos de sembrar, y aunque nos parezcan gestos demasiado pequeños o sencillos, tendríamos que aprender a valorarlos más.

Ahí nosotros los cristianos, los que nos decimos seguidores del evangelio de Jesús, quienes queremos construir en nuestro mundo el Reino de Dios porque eso es lo que pretendemos con el anuncio del evangelio, tendríamos que ser ejemplares y ser los primeros que demos esas muestras de esperanza. No nos podemos sentir derrotados cuando contemplamos la realidad de nuestro mundo en el que aparecen demasiadas sombras, algo podemos hacer, una semilla podemos sembrar, un compromiso tendría que haber en nuestra vida.

No podemos permitir ese camino de decadencia que algunas veces observamos a nuestro alrededor, no nos podemos quedar en lamentaciones por lo mal que están las cosas. Tenemos que poner mano a la obra. Tenemos que ser sembradores de esperanza en medio del mundo que nos rodea. Por mucha que sea la tarea que tenemos entre manos y las responsabilidades de las que tenemos que dar cuenta, siempre tiene que haber ese momento en que sembremos de verdad esperanza por nuestros gestos.

El evangelio nos inspira y nos impulsa. Nos pone en camino. Hemos de saber escuchar la voz de Jesús que así nos habla y quiere sembrar esa buena semilla en nuestro corazón. El evangelio de hoy nos pudiera parecer excesivamente apocalíptico por las destrucciones que nos anuncia y por los malos momentos que se nos dice que podemos pasar; pero el verdadero sentido apocalíptico no es al anuncio de lo malo, sino la esperanza que quiere suscitar en nuestros corazones.

Por una parte nos dice que se acercan días terribles, pero al mismo tiempo casi nos dice que levantemos nuestra cabeza que se acerca la liberación.  ¿Dónde están esas señales de liberación? Tratemos de mirar con ojos luminosos nuestro entorno y veremos a mucha gente que hace muchas cosas buenas, a mucha gente que ora al Señor ante esas situaciones, pero orar al Señor es dejarnos iluminar por El, orar al Señor es ser conscientes de esa realidad dura que está a nuestro alrededor, pero orar al Señor nos lleva al compromiso, a que nosotros comencemos a sembrar esas pequeñas semillas que nos van a hacer florecer en un mundo nuevo y mejor.

domingo, 16 de noviembre de 2025

Ante tanto catastrofismo que nos rodea no podemos responder ni con resignación ni con pasividad, hay una esperanza que nos anima, una luz que ilumina el camino

 


Ante tanto catastrofismo que nos rodea no podemos responder ni con resignación ni con pasividad, hay una esperanza que nos anima, una luz que ilumina el camino

Malaquías 3, 19-20ª; Salmo 97; 2Tesalonicenses 3, 7-12; Lucas 21, 5-19

Esto ha sucedido en todos los tiempos, darle un sentido catastrófico y apocalíptico a lo que sucede, sobre todo cuando sentimos que las cosas marchan mal, vemos el revoltijo en que se ha convertido nuestra sociedad, e incluso las inclemencias de la naturaleza parece que se desbordan sobre nosotros; nos están hablando ahora continuamente del cambio climático y parece como si nos anunciaran el fin del mundo; a río revuelto todos quieren dar soluciones pero todos también nos presentan cuadros dramáticos como si nada tuviera ya solución. Y realmente escuchando uno tantas cosas al final se nos pueden sembrar una inquietud en nuestro interior que puede desembocar en angustia y hasta desesperación. Cada ciclo de la historia va acompañado por estas lecturas catastrofistas de la vida y de la propia historia y también hemos reconocer que aparecen salvadores por doquier.

Es el primer pensamiento que me surge hoy escuchando las lecturas del evangelio y de la Palabra de Dios, pero haciendo al mismo tiempo una lectura de nuestra historia, de nuestro hoy. ¿Tendremos en verdad motivos por la angustia y la desesperación? ¿Tenemos que ver nuestros tiempos, con lo que nos está sucediendo hoy, como tiempos apocalípticos? Claro que me gusta aclarar que no siempre le damos a esta palabra su verdadero sentido, porque por ejemplo el libro del Apocalipsis que tenemos como culminación de la Biblia no es un libro de derrotas sino de victoria, no es un libro para la angustia sino para la esperanza, porque ese es realmente el significado de la palabra aunque luego la hayamos versionado de otra manera.

El hablarnos Jesús de ello parte de la contemplación que están haciendo de la belleza del templo de Jerusalén. ¿Sería probablemente desde la contemplación que se tiene de la ciudad santa desde el bacón, podríamos decir así, del Monte de los Olivos precisamente teniendo en primer plano el templo?  Sigue siendo una contemplación maravillosa hoy desde ese escenario.

Pero la grandiosidad del templo en todo su esplendor y belleza le hace quizás pensar a Jesús en la futilidad de esa belleza externa que se puede quedar finalmente en una vanidad. Y Jesús les dice que todo eso se vendrá abajo, que toda la belleza de ese templo y esa ciudad va a ser destruida, no quedará piedra sobre piedra. No podemos dejar de tener en cuenta que cuando el evangelista nos narra estas palabras de Jesús, ya se había cumplido aquella palabra profética de Jesús, pues el año 70 Jerusalén quedó destruida a mano de los romanos. Algo que tendría que causarles dolorosa impresión a los que le escuchaban que comienzan a hacer preguntas sobre ese temor al fin del mundo que todos llevamos dentro.

Y es a lo que Jesús quiere hoy respondernos, porque la respuesta no solo fue para los discípulos de entonces, sino también para nosotros hoy que escuchamos la Palabra de Dios. Vendrán tiempos difíciles y precisamente para los que le siguen serán incluso tiempos de persecución. Serán llevados a los tribunales y a las cárceles, les dice Jesús.

¿Son palabras para el agobio y la desesperación? Las palabras de Jesús son siempre palabras que animan a la esperanza. No es la resignación la respuesta, sino la esperanza. No es la pasividad sino el movimiento positivo que ha de brotar dentro de nuestro interior.

Todavía algunas veces los cristianos seguimos pensando que la resignación y la pasividad son los valores que tenemos que cultivar. No es ese el sentido que nos da nuestra fe, porque paciencia no significa resignación; será una aceptación de la realidad a la que nos enfrentamos, pero eso para buscar salida, para saber encontrar una luz. Y cuando estamos en un túnel oscuro y tenebroso pero vemos que al final hay una luz, no nos quedamos pasivos esperando que la luz venga a nosotros, sino que buscaremos medios por acercarnos allí donde está la luz.

Por eso luchamos por la vida, creemos que las cosas pueden ser mejores, tenemos esperanza de que todo puede cambiar, nos sentimos impulsados a poner las piedras que tenemos a nuestros pies o en nuestras manos haciendo escalera para subir, abriendo camino para poder caminar, buscando esa superación de nosotros mismos cada día, tratando siempre en positivo de ver lo bueno que podemos encontrar o tenemos que construir. El vivir del cristiano no puede ser en la amargura, aunque tengamos sufrimientos, porque a esos sufrimientos le podemos dar un sentido, porque en ese dolor podemos poner todo nuestro amor.

Es lo que Jesús nos ha prometido cuando nos dice que no estamos preocupados por preparar nuestra defensa porque el Espíritu pondrá en nosotros las palabras que necesitamos y la fuerza que nos hace caminar. Ante tanto catastrofismo que nos rodea nosotros no podemos perder la serenidad de nuestro espíritu, porque en nosotros hay una fe, porque una esperanza nos anima, porque el amor será siempre el motor de nuestra vida.

domingo, 17 de noviembre de 2024

Si abrimos los ojos y nos dejamos iluminar por la fe y la esperanza descubrimos muchas cosas bellas, no solo negruras de sufrimiento sino muchas luces de esperanza

 


Si abrimos los ojos y nos dejamos iluminar por la fe y la esperanza descubrimos muchas cosas bellas, no solo negruras de sufrimiento sino muchas luces de esperanza

Daniel 12, 1-3; Sal. 15; Hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13, 24-32

En la lectura de la historia y de la vida que todos de alguna manera nos hacemos surge la cuestión de si otros tiempos fueron mejores o peores, si acaso nosotros estamos viviendo los peores momentos de la historia o acaso nuestros tiempos son los mejores gracias al desarrollo que hemos alcanzado y el estilo de bienestar que hoy podemos vivir, aunque cuando contemplamos la cruda realidad de nuestro mundo pareciera que si todo eso del bienestar se nos queda en agua de borrajas.

No soy un experto para dictaminar si fueron o son peores o mejores los antiguos o los de nuestra época, pero siempre nos vamos a encontrar cosas que hacen sufrir a la humanidad, la naturaleza no sé si de manera cíclica o no pero se nos muestra violenta y destructora, como ahora hemos vivido en la cercanía de nuestra tierra, pero todos recordamos avalanchas y destrucción, volcanes y terremotos, devastación y muerte a lo largo de la historia que, vamos a decirlo así, nos ponen la carne de gallina, porque nos llenan de sufrimiento y de dolor.

Pero ¿nos resignamos ante lo irremediable? ¿O acaso nos llenamos de insensibilidad cuando no nos sucede a nosotros directamente? ¿Nos hará plantearnos quizás un sentido de la vida o una nueva manera de hacer las cosas o enfrentarnos a esas realidades? Claro que no nos quedamos en esos daños materiales, en esos sufrimientos y dolor diríamos solamente desde lo material. Descubrimos o nos damos cuenta que en la vida hay otros muchos sufrimientos que nos provocamos los unos a los otros cuando quizás vivimos un sentido egoísta de la vida, nos dejamos arrastrar por nuestros orgullos y pasiones, o algunas veces queremos convertirnos en dioses del mundo para que todos nos adoren.

No nos es fácil la vida porque muchas veces no son fáciles nuestras relaciones con los demás porque nos puede faltar madurez y entereza para afrontar la vida y sus problemas, para suavizar esas aristas que muchas veces todos llevamos con los que al rozar los unos con los otros en nuestros mutuos y necesarios encuentros nos podemos hacer daño. No siempre quizás estamos dispuestos a limar esas asperezas y nos vamos haciendo daño los unos a los otros. Algo nuevo y distinto tendríamos que hacer, tendríamos que plantearnos.

¿Se estarán refiriendo a esas turbulencias los anuncios que nos hace hoy Jesús en el evangelio? Es cierto que escuchamos un lenguaje apocalíptico, y parece como si nos hablara del fin del mundo, del fin de los tiempos. Muchos se han quedado en la interpretación de estos evangelios que escuchamos sobre todo en estos días del final del año litúrgico en este sentido. Es cierto también que es algo que está podríamos decir en el sentir de muchos de nuestra sociedad hoy como también ha sido en otros tiempos.

Los que tenemos unos años podemos recordar cuantas veces en los últimos tiempos se ha hablado de la proximidad del fin del mundo. Estos días pasados leía el anuncio que se hacía de que se podía datar ya la fecha o algo así del fin del mundo que hoy conocemos, aunque la verdad no me entretuve mucho en leer con detalle lo que se decía. De algunas maneras todos pensamos, aunque lo tratemos de disimular, en un final de la vida o de la historia. Pero ¿esto ha de ser motivo de angustias y de agobios?

Jesús con sus palabras en el evangelio, que no valen para todos los tiempos, son buena noticia de Dios en todos los tiempos, trata de hacer que vivamos en paz y en serenidad. ¿Por qué no seguir viviendo con responsabilidad el tiempo presente que de alguna manera estar construyendo un futuro mejor?

Jesús nos propone unas imágenes muy bonitas y que pueden ser bien significativas. Habla de los brotes de las yemas de la higuera, que nos anuncian primavera y nos anuncian un verano de frutos que se acerca. ¿Por qué, pues, en todo eso que sucede, en todo eso que es nuestra vida, con sus luces y con sus sombras, no vemos surgir esas yemas o esos brotes que nos anuncian un tiempo mejor? ¿No podríamos descubrir en medio de todas esas oscuridades pequeñas luces que van brotando porque van surgiendo corazones generosos y solidarios, porque nos hacen preguntarnos y plantearnos qué es lo que podemos hacer mejor para que nuestro mundo sea mejor?

Tenemos que saber descubrir y ver el esfuerzo de tantos que siguen luchando con responsabilidad y constancia a pesar de las dificultades, vemos el trabajo que se intenta realizar por una mejor educación de nuestra sociedad, constatamos el sacrificio de tantos que trabajan desinteresadamente por hacer que los que están a su lado tengan una vida más digna, el espíritu fuerte de tantos que se levantan de en medio del barro en que los ha envuelto la vida para recomenzar de nuevo con ilusión y con esperanza.

Si abrimos los ojos, dejándonos iluminar por la fe y la esperanza podemos ver muchas cosas bellas, no solo las negruras del sufrimiento o de los horrores que puedan ir surgiendo. Hay muchas luces en nuestro mundo que nos dan esperanza.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Hoy cuando celebramos la fiesta de Todos los Santos sepamos aspirar el perfume del amor, de la rectitud, de la verdad, de la santidad que tantos exhalan con sus vida a nuestro lado

 


Hoy cuando celebramos la fiesta de Todos los Santos sepamos aspirar el perfume del amor, de la rectitud, de la verdad, de la santidad que tantos exhalan con sus vidas a nuestro lado

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3;  Mateo 5, 1-12a

A vivir que son cuatro días, para allá no nos llevamos nada… son expresiones que escuchamos con frecuencia, y es fácil que en estos días, por aquello de las celebraciones de los difuntos, escuchemos con mucha frecuencia, sobre todo mañana aunque para muchos se haya trasladado esta celebración al día primero con merma del sentido que tiene este día. Esos son los que el mundo llama dichosos, porque la felicidad se les queda en eso, vivir, disfrutar, pasarlo bien sin preocupaciones ni problemas que nos quiten el sueño, y de ahí ya sabemos en lo que consisten esos disfrutes y esas maneras de ser felices.

Pero qué contraste con lo que hoy escuchamos en el evangelio, lo que tendrían que ser nuestros valores, nuestros sueños y nuestras metas si en verdad nos decimos cristianos, seguidores de Jesús y su evangelio. Pasarlo bien parece que es tener de todo, pasarlo bien es que nunca nada nos haga sufrir, porque intentamos pasar por encima de todo eso sin querer atender a esos detalles, pasarlo bien es que yo sea feliz y poco me importe lo que le pasa a los demás, pasarlo bien es sentirme siempre triunfador, colocado como sobre un pedestal porque todos me admiren aunque algunos quizás me teman, y así podríamos seguir haciendo relación de esa manera de entender eso de pasarlo bien.

En contraste, Jesús habla de pobres, de gente que llora y que sufre, habla de los que son incomprendidos por los principios y valores sobre los que han fundamentado su vida, habla de saber llorar también con los que lloran y con los que sufren, habla de unos caminos de rectitud frente al mal que nos rodea lo que tendrá que llevarme a un camino continuo de superación y de vencimiento ante tantas cosas que nos rodean y nos atraen por caminos fáciles. Pero, ¡ojo!, Jesús nos está diciendo que serán dichosos y serán felices y bienaventurados.

Es un nuevo sentido de vivir, es una nueva riqueza que buscamos para nuestra vida, son unos nuevos caminos que nos van a llenar de las satisfacciones más hondas y que serán las que van a permanecer para siempre con nosotros y sí nos vamos a llevar para allá. Es una vida de trascendencia, que nos hace ir más allá del momento presente para encontrar lo que va a dar verdadera plenitud a nuestra vida. Es una vida donde vamos llenando el corazón no de riquezas caducas que las polillas pueden corroer o los ladrones robar.

Son los verdaderos tesoros que embellecen el corazón y que no se quedan en vanidades exteriores que pronto pueden ajarse o que el paso de los años van a llenar de arrugas. Serán esos corazones generosos, compasivos, llenos de ternura y de misericordia cuya sintonía va a hacer felices a muchos. ¡Qué bien nos sentimos al lado de los que tienen un corazón así! ¡Qué mundo distinto construiríamos si todos fuéramos capaces de entrar en esa sintonía!

Es a lo que nos está invitando esta fiesta de todos los Santos que hoy celebramos. Es nuestra fiesta, es el día de todos nosotros, es el día de todos los que han caminado a lo largo de los siglos queriendo seguir y vivir ese camino, es el día en que tenemos que mirar en torno nuestro para darnos cuenta, aunque vivan una vida silenciosa, de tantos y tantos que viven en esa sintonía del evangelio.

Como nos decía el Papa Francisco en una ocasión tenemos que saber descubrir a los santos de la puerta de al lado. Esas personas que están junto a nosotros, cercanas a nuestra vida, con sus luchas y trabajos, con sus deseos de superación a pesar de las debilidades que quizás muchas veces les hagan tropezar e incluso caer, pero con la ternura que van derramando a su paso por la vida en sus familias, en los hijos, en los esposos, en los amigos que están cercanos o con todo aquellos con los que se van encontrando. No somos santos porque nunca hayamos tropezado y quizás caído, sino por esos deseos hondos que tenemos dentro de nosotros de darle un sentido de plenitud y trascendencia a nuestra vida y así queremos ir derramando esas semillas de amor  de paz allí donde estamos.

Hoy cuando celebramos la fiesta de Todos los Santos, no solo miramos el catálogo de los que han sido canonizados por la Iglesia – aunque ellos son también un estímulo, un ejemplo y un rayo de esperanza para todos – sino queremos tener en cuenta a tantos que nos han precedido o que conviven a nuestro lado y han ido dejando tras de sí el perfume del amor, de la rectitud, de la verdad, incluso como decíamos con sus debilidades, y que son también para nosotros ese estimulo y ese ejemplo para nuestro propio camino. Creo que esta celebración tendría que hacernos abrir los ojos para descubrir esos santos que caminan a nuestro lado y nunca tenemos en cuenta.

Son los que viven, como nos decía el Apocalipsis, en medio de la tribulación de la vida, pero están queriendo siempre lavar sus mantos en la sangre del Cordero y, aunque no escuchemos su canto por falta de sensibilidad en los oídos de nuestro corazón, están cantando con sus vidas el glorioso cántico de alabanza al Señor que se eleva desde todos los rincones y con toda la creación.

domingo, 13 de noviembre de 2022

El anuncio del evangelio trata de sembrar siempre esperanza y paz en los corazones, aún en los momentos difíciles invitándonos a la responsabilidad y al compromiso

 


El anuncio del evangelio trata de sembrar siempre esperanza y paz en los corazones, aún en los momentos difíciles invitándonos a la responsabilidad y al compromiso

Malaquías 3, 19-20ª; Sal 97; 2Tesalonicenses 3, 7-12; Lucas 21, 5-19

La historia es un devenir de situaciones que en momentos nos parecen difíciles y complicadas, situaciones de crisis donde todo parece que se pone en duda, con otros momentos si no de prosperidad total sí de un cierto bienestar y prosperidad que muchas veces parece que nos hacen olvidar cual es el camino y cual es la meta que perseguimos en la vida.  unos y otros momentos según la manera en que los vivamos o nos enfrentemos a esas situaciones pueden devenir en cierta crisis, una veces por los miedos que nos paralizan y otras porque hay cosas que nos pueden llevar a una pérdida de los verdaderos valores que le podrían dar un mejor y mayor sentido a nuestras vidas.

Siempre en medio de todas esas situaciones nos aparecen profetas, muchas veces profetas de calamidades que nos anuncian hecatombes que nos pueden llenar de angustias. Son esos ‘profetas’ (y los tenemos que poner entre comillas) que no nos anuncian sino destrucción y muerte, que no encienden la esperanza, que nos llenan de angustia el alma con lo que nos sentimos más turbados y cegados para encontrar caminos que nos puedan llevar a la luz.

¿No los tuvimos también en medio de los momentos difíciles que hemos pasado últimamente con pandemias, con catástrofes naturales, con guerras como hemos estado viviendo? Cuantos mensajes de desaliento hemos recibido también de esos profetas de calamidades, como hemos querido llamarlos. Aprovechan cualquier situación difícil o los mismos acontecimientos de la naturaleza para llenarnos el alma de esos miedos hablando de tiempos apocalípticos, sin haber entendido siquiera lo que en si significa la palabra Apocalipsis.

Hoy nos encontramos con una de esas páginas duras del evangelio a las que se les da muchas veces ese apelativo de apocalípticas. Se entremezclan diversas consideraciones en el texto del evangelio, desde situaciones que ya había vivido quizá el propio evangelista que nos trasmite el mensaje del evangelio, como había sido la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén, que es cierto Jesús proféticamente había anunciado, como hoy mismo escuchamos.

Quizás en los momentos en que se escribió el evangelio los judíos y en consecuencia también los cristianos habían comenzado a pasar por momentos difíciles desde los caprichos de las autoridades romanas que lo llenaban todo de destrucción y muerte con sus diversas persecuciones que vivieron también los propios judíos. Y cuando se están viviendo situaciones difíciles así fácilmente nos lleva a considerar que esto es el fin, que se nos viene encima el final de los tiempos. Es lo que nos aparece hoy en el evangelio.

Pero el evangelio es buena noticia, como su misma palabra indica. El anuncio que  nos hace el evangelio no puede ser un anuncio de muerte. El anuncio que se nos hace en el evangelio trata de sembrar esperanza y paz en los corazones, a pesar de los momentos difíciles por los que puedan estar pasando los destinatarios del evangelio. Es el sentido de la palabra Apocalipsis, esperanza, un rayo de luz que siembra esperanza en medio de las oscuridades por las que podamos estar pasando.

Es a lo que nos invita hoy el evangelio. ¿Cómo ha terminado el texto que hoy se nos ofrece? ‘Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.


Ha ido repasando diversas situaciones, como hemos recordado, la destrucción de Jerusalén, lo que pueden ser los tiempos finales que un día han de llegar, pero antes en el camino de en medio, podríamos decir así, no faltarán momentos de dificultad, momentos incluso de persecución. ¿Y qué nos dice Jesús? No tengáis miedo. No tenemos ni por qué preocuparnos con qué palabras hemos de defendernos; nos promete la asistencia del Espíritu Santo que como Defensor estará con nosotros. ‘Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’.

Como hemos venido diciendo el evangelio de Jesús siempre es un anuncio de esperanza. Es una invitación a la perseverancia, a vigilar, a estar despiertos para no dejarnos envolver por esos nubarrones de pesimismo y de muerte; para no dejar que el miedo se nos meta dentro y nos llene de angustia, para no dejarnos confundir con falsos profetas. Tenemos una tarea que realizar y sabemos que no es fácil, pero no estamos solos. El nos prometió que estaría siempre con nosotros hasta el final de los tiempos. Siempre tendremos la luz al final del túnel, al final del camino.

Es la esperanza que siempre tiene que reinar en nuestro corazón. Es el compromiso con que hemos de vivir nuestra vida. Aquello que nos dice san Pablo que el que no trabaja que no coma, es esa invitación a la responsabilidad en nuestra tarea, en el lugar que ocupamos en la vida, en las tareas que tenemos que realizar, en ese compromiso por el evangelio que tenemos que anunciar.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Siempre hay una luz que nos invita a la lucha, al esfuerzo, a la superación, a buscar la transformación de ese mundo de oscuridad en un mundo de luz y de vida

 


Siempre hay una luz que nos invita a la lucha, al esfuerzo, a la superación, a buscar la transformación de ese mundo de oscuridad en un mundo de luz y de vida

Daniel 12, 1-3; Sal. 15; Hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13, 24-32

Hay ocasiones en la vida que parece que el mundo se nos cae encima, son momentos difíciles por los que pasamos en que todo se nos vuelve negro y oscuro, los problemas se nos acumulan, la soledad del alma nos duele por dentro porque en momentos así nos parece que nadie nos quiere ni nadie se preocupa de nosotros, se crean abismos en el espíritu que nos llevan a encerrarnos en un cuarto oscuro, que es encerrarnos en nosotros mismos o no querer contar con nadie y dejar que nadie esté a nuestro lado. Momentos bastante difíciles y amargos para quien los pasa.

La descripción que nos hace Jesús de los últimos tiempos con resonancias muy claras de las profecías apocalípticas del profeta Daniel, algunas veces nos parece verlas reflejadas en lo que nos sucede. No queremos hacer lecturas catastrofistas, porque además todo esto encierra una palabra de esperanza y de vida.

En nuestras islas en este momento y en una isla en concreto que está sufriendo todas las calamidades del volcán nos pudiera parecer ver un cumplimiento de esas palabras proféticas y apocalípticas; tendríamos que saber hacer una buena lectura de esos acontecimientos, pero que no son solo estas catástrofes naturales que se repiten tantas veces en la historia desde esos accidentes de la naturaleza, como también de situaciones que provocamos los hombres,  cuántos tiempos doscurie guerras, de hambre y de miseria ha atravesado la humanidad a lo largo de la historia; pero es que además tendríamos que ir más allá de todo eso para verlo, como comenzábamos hoy nuestra reflexión, en nuestra vida misma con sus problemas y con sus agobios, con esos momentos oscuros y con esas angustias que tantas veces padecemos en la vida. Esos túneles oscuros de la vida.

La liturgia siempre nos ofrece semejantes textos de la Palabra de Dios en los últimos domingos del año litúrgico, pero siempre la Palabra que escuchamos no es para llenarnos de angustias sino de esperanzas. Es una tentación fácil y muchos se aprovechan de estas situaciones difíciles para la humanidad o para el hombre desde lo más interior de si mismo, para sembrar desesperanzas y agobios y ofrecernos caminos falsos de salvación. Pero es este sentido de esperanza con el que tenemos que ver todo esto en lo que venimos reflexionando, en esos diversos acontecimientos de la vida misma o en lo que llevamos muchas veces en el interior del corazón.

Pero la respuesta a esas inquietudes, angustias o preguntas que surgen en nuestro interior ante lo que es la vida misma nunca puede ir por caminos de destrucción y muerte sino por caminos de vida y de esperanza. Algunas veces nos parece desear una intervención milagrosa de Dios que de forma espectacular acabe con ese mundo de angustia y de dolor. Que caigan rayos del cielo  que destruya ese mundo que nos parece injusto, deseamos y quizá algunas veces interpretamos como castigos de Dios lo que por naturaleza nos sucede. Pero los caminos de Dios son otros, y los caminos de Dios donde buscan y realizan la verdadera transformación es en el corazón del hombre.

Es la luz que siempre hemos de saber encontrar. Es la luz que nos abre caminos de algo nuevo y esperanzador. Es la luz que nos hace descubrir el sentido de las cosas y de la vida misma. Es la luz que nos invita a la lucha, al esfuerzo, a la superación, a buscar la transformación de ese mundo de oscuridad en un mundo de luz y de vida. Cuando en un camino oscuro por alguna parte se abre una rendija que deja entrar un rayo de luz, por tenue que sea, siempre surge la alegría en nuestro corazón, porque aquel rayo de luz nos está diciendo lo que hay más allá, la salvación que nos espera y nos hace luchar con mayores ansias por superar esas oscuridades que aun queden en el camino porque sabemos la vida que nos espera al final.

Nos vale esto para el día a día de nuestra vida tan envuelto tantas veces en problemas que nos llenan de angustia, pero esto nos vale para darle una trascendencia final a lo que hacemos y a lo que vivimos porque como creyentes en Jesús sabemos que nos espera una vida eterna de dicha y de felicidad, como El tantas veces nos prometió en el evangelio.

El verdadero creyente en Jesús es siempre un hombre de esperanza. Así tenemos que manifestarnos en el camino duro de la vida. Sabemos bien de quien nos fiamos y la palabra de Jesús siempre se cumplirá.

viernes, 12 de noviembre de 2021

Que se nos abran los ojos de la fe y vuelva a brotar fuerte la esperanza en el corazón para que aun en medio de la angustia escuchemos su voz que nos dice ‘no temáis, soy yo’

 


Que se nos abran los ojos de la fe y vuelva a brotar fuerte la esperanza en el corazón para que aun en medio de la angustia escuchemos su voz que nos dice ‘no temáis, soy yo’

Sabiduría 13,1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37

Hay textos en el evangelio que en algunas ocasiones nos desconciertan y pudieran  hacer aflorar en nosotros miedos, angustias, desconfianzas. Lo que nos habla Jesús hoy en el evangelio en una primera lectura nos pudiera parecer catastrófico, apocalíptico en el sentido más vulgar por así decirlo de la palabra – como podemos ver por otros lugares lo de apocalíptico tiene otro sentido de esperanza – porque parece que no hace otra cosa que anunciarnos catástrofes, destrucción y muerte.

Os confieso que al ir leyendo el texto para hacer esta reflexión me vino a la mente lo que en estos días están sufriendo muchas personas con el volcán surgido en la isla de la Palma, aquí cercana a nosotros. Prácticamente de forma inesperada – aunque los científicos hacían sus cálculos y sus estudios como siguen haciéndolo – surgió esa llamarada de destrucción que es un volcán con esa lava destructora que todo lo inunda y ante la cual nada podemos hacer.

Lo que nos dice hoy el evangelio de salir con lo puesto, de no volver a sus casas a recoger nada, lo de quedar todo roto y destruido parece una descripción demasiado literal de lo que allí está sucediendo. ‘Como sucedió en los tiempos de Lot’ nos recuerda Jesús, ‘asi serán también los días del Hijo del Hombre’. Pero no quiero sacar conclusiones terroríficas que nos llenen de temor. El evangelio nunca es para eso, siempre nos dirá Jesús, ‘No temáis, soy yo’.

Momentos de angustia y desolación, como la que están viviendo estas gentes; momentos de angustia ante lo impredecible y de desesperanza ante el futuro. Momentos en que es necesaria una fortaleza muy grande y una serenidad de espíritu para no aturdirnos ni acobardarnos; momentos que pueden ser una llamada a renacer y hacer surgir en nuestros corazones lo mejor de nosotros mismos, desde la solidaridad de los unos con los otros en el mismo sufrimiento, y desde una esperanza que quiere renacer de algo nuevo que en el futuro se puede realizar.

¿Y qué nos quiere decir Jesús con estas palabras tan apocalípticas y tan catastróficas que hoy nos ha pronunciado y llega como palabra de Dios en el ahora de lo que estamos viviendo o nos puede tocar vivir en un momento determinado? Siempre las palabras de Jesús son una invitación a la vigilancia para estar preparados ante lo que nos ha de devenir en cualquier momento, y son palabras que nos invitan a la esperanza.

Estas palabras de Jesús, que no podemos escuchar nunca aisladas del resto del evangelio, conectan con lo que nos habla del juicio final donde un día hemos de comparecer y precisamente se nos va a examinar del amor. ¿No querrán despertar en nosotros ese amor que con tanta intensidad hemos de vivir siempre en nuestra relación con los demás, porque todo lo que le hagamos al otro es como si a El se lo hubiéramos hecho?

Viene el Señor a nuestras vidas, y como tantas veces nos dice, ‘no sabemos el día ni la hora’. Y como tantas veces hemos reflexionado el Señor se nos manifiesta en las cosas quizás que menos esperamos, en los acontecimientos de la vida, unas veces agradables y otras veces no tanto. Soñaríamos quizás con apariciones milagrosas, cuando estamos angustiados estaríamos deseando un milagro extraordinario, pero la vida sigue, los acontecimientos se suceden unos tras otros, pero detrás de todo eso hemos de descubrir los caminos del Señor. No siempre es fácil. Muchas veces nos sentimos aturdidos. En ocasiones perdemos la esperanza, pero es ahí donde tiene que manifestarse la madurez de nuestra fe, la fortaleza de nuestra esperanza, la intensidad de nuestro amor.

Es una lectura que tenemos que saber hacer en los tiempos dolorosos de la vida que podamos estar viviendo. Que se nos abran los ojos de la fe, que vuelva a brotar fuerte la esperanza en el corazón.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

 


Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Celebramos la fiesta de todos los santos. No sé si siempre los cristianos alcanzamos a saborear el sentido de esta fiesta o si la palabra santidad sigue diciéndonos algo hoy. Para muchos, para el conjunto de nuestra sociedad se ha quedado obsoleta, no porque su significado sea algo viejo y sin sentido ni valor, sino porque no hemos llegado a comprenderlo de verdad. Por eso nuestra fiesta de Todos los Santos queda desdibujada con el día de Difuntos y un poco en eso se nos queda, y terminamos porque toda la celebración que hagamos sea la visita a las tumbas de nuestros difuntos en el cementerio.

De entrada decir que la santidad es una característica divina porque solo Dios es santo en si mismo. Pero es algo de lo que nos hace partícipes Dios. Por decirlo con pocas palabras es decir que somos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos. Y esa es la santidad en su sentido más profundo. Estamos marcados por el amor de Dios que no solo nos creó y nos dio la vida, sino que nos hace partícipes de su vida divina. Es por eso por lo que nos sentimos sus hijos, somos sus hijos, podemos llamarle Padre, como nos dice hoy san Juan en el texto de su carta.

La lectura del Apocalipsis que hoy se nos ofrece nos habla de los que han sido marcados con la Sangre del Cordero, y nos habla de cantidades innumerables, nadie las puede contar, aunque primeramente nos habla de los ciento cuarenta y cuatro mil, en una clara referencia al Antiguo Testamento, al número de doce tan significativo por aquello de las doce tribus de Israel; pero a continuación nos hablará de esa multitud innumerable que viene todas partes y que han sido marcados.

La marca es una señal de pertenencia; han sido marcados con la sangre del Cordero, han sido marcados y separados para formar un nuevo pueblo con una clara referencia a la consagración de algo que es marcado, señalado, separado para ser algo distinto, y la palabra santo precisamente de ahí tiene tu derivación.

Hemos sido marcados para ser esa pertenencia de Dios, para ser los consagrados del Señor, para ser los santos, tendríamos que decir en una palabra. Recordemos nuestro bautismo con su significado más hondo y más profundo, no solo hemos sido marcados y señalados con la señal de la cruz, sino que luego hemos sido ungidos para ser consagrados. ¿Qué significa esa señal de la cruz y qué significa esa unción? Hemos sido consagrados por el amor de Dios, nos sentimos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos, por eso tenemos que sentirnos ya los santos.

Ahora nos toca vivirlo. Vivir como quien se siente en verdad amado de Dios. ¿Cómo no nos vamos a sentir amados si nos ha llenado de su vida divina para hacernos sus hijos? Y no tenemos que hacer otra cosa que mirar a Jesús para comprender toda la maravilla de lo que es el amor que Dios derrama sobre nosotros y escuchar a Jesús paras vivir con ese sentido nuevo de los que están llenos del amor de Dios y por eso ya somos santos.

Por eso hoy Jesús nos dice en el evangelio que somos dichosos, que somos felices. ¿Cómo no lo vamos a ser con ese amor de Dios que se derrocha sobre nosotros? y cuando sentimos así su amor en nosotros no necesitamos ni riquezas ni grandezas humanas, estaremos por encima de los sufrimientos que nos pueda tocar sufrir en las luchas de la vida, pero es que necesariamente tendremos que comenzar a amar con un amor igual.

Somos dichosos y felices porque somos hijos; somos dichosos y felices con ese desprendimiento que hacemos de nosotros mismos para darnos en humildad y para darnos en amor por los demás; no nos importan las posesiones que tengamos sino el amor con que nos repartimos por los demás.

Somos dichosos y felices y nuestro corazón está lleno de mansedumbre, de humildad, de ternura y de misericordia para los demás; somos dichosos y felices aunque tengamos que llorar con las lágrimas de los demás porque así compartimos su vida, pero porque así compartimos todo lo que hay en nuestro corazón con los que sufren a nuestro lado.

Somos dichosos y felices porque ansiamos y buscamos siempre lo bueno, la verdad y la justicia porque trabajamos con ahínco por la paz, porque hemos arrancado de nuestro corazón todo tipo de malicia porque quien está lleno de Dios no puede sino actuar de esa manera; no caben en nosotros las sospechas ni las reticencias que nos dividen y nos enfrentan, no caben en nosotros orgullos mal curados sino que todo será buscar lo bueno y al ofrecer lo mejor de nosotros mismos estará siempre presente el perdón que nos lleva a la paz con nosotros mismos y a la paz con los demás.

Somos dichosos y felices porque sintiéndonos llenos de Dios por su amor en verdad sentimos que Dios es el único Señor de nuestra vida con lo que alcanzamos la más hermosa libertad; bien sabemos que cuando dejamos que otras cosas se enseñoreen de nuestras vidas terminaremos siendo siempre esclavos que nos quitan lo más preciado de nuestra dignidad.

Y eso es lo que en verdad hoy celebramos. Y celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que antes que nosotros han recorrido el camino y ahora alaban eternamente a Dios en el cielo y celebramos que nosotros estamos queriendo hacer ese camino de santidad con lo que siempre nos sentiremos dichosos y felices como nos proclama Jesús en las bienaventuranzas. No es, pues, recordar y celebrar a los difuntos, porque estamos celebrando a los que viven, a los que estamos queriendo vivir esa santidad en el amor que Dios nos tiene.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Nos dejamos conducir hasta Jesús y El pondrá una mirada nueva en nuestros ojos que ilumina con una nueva luz también nuestro mundo


Nos dejamos conducir hasta Jesús y El pondrá una mirada nueva en nuestros ojos que ilumina con una nueva luz también nuestro mundo

Santiago 1, 19-27; Sal 14; Marcos 8, 22-26
Hay ocasiones en que nos cuesta entender la vida; suceden tantas cosas a nuestro alrededor y a veces de forma vertiginosa que no llegamos a captar su sentido, nos sentimos confusos. Son complejas las interpretaciones que escuchamos por acá o por allá, nuestra mente da vueltas y vueltas queriendo encontrar un sentido, un por qué, un valor, un significado a cuanto sucede y además nos podemos ver influenciados por interpretaciones que se hacen acá y allá y nos llenan de mayor confusión.
Como en ocasiones parece que se resaltan más las cosas negativas y no dejamos de ver tantas ambiciones que llevan a una lucha sin cuartel entre unos y otros llenando el mundo de violencias pero también de corrupción, nos hace sentirnos más confusos y sin saber qué interpretación podemos dar. Ese torbellino de violencias, de catástrofes o de muerte que vemos que sucede en nuestro entorno lleva a muchos a hacer interpretaciones catastrofistas donde todo les parece perdido y que ya es el comienzo del final.
Necesitamos una luz que nos dé esperanza; necesitamos quien pueda sembrar claridad sobre tanta confusión y podamos llegar a descubrir que a pesar de todo se pueden abrir horizontes de esperanza delante de nosotros que nos impulsarán a buscar caminos nuevos. Necesitamos un colirio para nuestros ojos que nos hace mirar con una mirada distinta, de la que quitemos sombras para poder ver con esa nueva claridad.
Y es que algunos podrán venir, incluso queriendo apoyarse en la misma Palabra de Dios, para sembrar más confusión con sus visiones catastrofistas y con no correctas interpretaciones de esas Palabra de Dios. Muchos quizá sin hacer una lectura bien hecho del mismo texto sagrado se dejarán influir por conceptos preconcebidos que nos pueden crear mas confusión.
Es lo que sucede por ejemplo con el Apocalipsis que sirve para muchos como cauce de interpretación de todas esas violencias de que está lleno nuestro mundo y le hacen decir cosas que realmente no es el sentido del Apocalipsis. Ya que lo hemos mencionado decir que es un libro de esperanza, porque en medio de toda esa confusión que podemos contemplar con esas descripciones violentas del mundo quiere sin embargo alumbrar la visión de un mundo nuevo, de un cielo nuevo donde podemos contemplar la victoria del Cordero.
Hoy nos encontramos en el evangelio cómo Jesús fue luz para aquel ciego de Betsaida. En pocas palabras el evangelio nos presenta todo un proceso. Le llevaron aquel ciego a Jesús para que lo curara y Jesús lo apartó a un sitio aparte, como queriéndolo arrancar de allí donde estaba siempre, y le impone las manos untándole los ojos con saliva. Aquel hombre comienza a ver, en principio confundido porque los hombres le parecían árboles pero que andaban; Jesús vuelve a imponerle las manos y aquel hombre comienza a ver con toda claridad.
Nuestras confusiones allí donde estamos y donde no vemos con claridad, pero necesitamos apartarnos de eso, dejarnos conducir por la mano de Jesús hacia algo nuevo y distinto; el proceso de crecimiento de nuestra fe algunas veces es costoso, no lo vemos todo claro, pero si nos dejamos hacer por Jesús vendrá la luz a los ojos, vendrá la luz a nuestro corazón.
Recientemente charlaba con un joven de todo ese mundo de confusión y catastrófico del que hablamos al principio de esta reflexión, pero nuestra reflexión podríamos decir que fue dando pasos y al final aquel joven me decía que para él mejorar y ver las cosas distintas necesitaba de las lentes de Jesús que sería quien iluminaría su camino. Creo que no es necesario decir nada más. Dejemos que Jesús abra nuestros ojos, ponga una mirada nueva en nuestra vida y veremos distinto, seremos distintos. Es lo que estamos contemplando en el evangelio.
¿Habrá quien nos lleve hasta Jesús? ¿Seremos nosotros capaces de llevar a otros hasta que Jesús para que miren con esos lentes nuevos que pone Jesús en nuestros ojos?

jueves, 28 de noviembre de 2019

En el sentido de nuestra fe cristiana no cabe la angustia ni el temor ante el final de la vida y de la historia, es tiempo de esperanza como nos dice Jesús ‘se acerca nuestra liberación’


En el sentido de nuestra fe cristiana no cabe la angustia ni el temor ante el final de la vida y de la historia, es tiempo de esperanza como nos dice Jesús ‘se acerca nuestra liberación’

Daniel 6, 11-27; Sal. Dn 3,68-74; Lucas 21, 20-28
Aunque queramos ir muchas veces de estoicos por la vida, diciendo que nada nos preocupa, que esos temas del final de los tiempos y de otros mundos y de otra vida son frutos de imaginaciones y sueños nacidos de la incultura y no sé cuantas cosas más que queramos decir, sin embargo hemos de reconocer que allá en el fondo de nosotros mismos nos queda la duda, aparece una cierta inquietud y hasta angustia, porque como solemos decir, ¿y si todo eso es verdad? El mundo ha de acabarse un día ¿un cataclismo final? Ahora que tanto hablamos de medio ambiente y de la destrucción del planeta es que algo nos tememos para ese final.
Ahora que estamos en el final del año litúrgico se nos presentan en la Palabra de Dios unos textos con un sentido apocalíptico de final y de final envuelto en medio de catástrofes y de guerras. Lo hemos venido escuchando estos días que Jesús ha comenzado a hablarnos en el evangelio de esos últimos tiempos y habla de algo inmediato para lo que podían estar muy sensibles los judíos como era la destrucción de Jerusalén y el templo. Pero se entremezclan cosas, porque ayer escuchábamos esa profecía de la historia donde los cristianos íbamos a ser perseguidos y pasar por tiempos difíciles. Hoy, podemos decir, se da un paso mas pues se habla incluso de cataclismos de carácter cósmico.
¿Todo eso para que nos entre el pánico, la angustia y el temor? De ninguna manera porque el mensaje de Jesús siempre es para la esperanza y para la paz. No nos puede faltar porque si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El verdadero sentido del Apocalipsis es la esperanza, la esperanza del triunfo final. Y todas esas señales son los signos de la venida del Señor a nosotros. ‘Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación’, nos dice hoy Jesús.
El sentido apocalíptico del final de los tiempos era algo muy presente en el pensamiento del pueblo de Dios. Pero todo era para una invitación a la esperanza, pero para prepararnos para ese encuentro definitivo con el Señor. En ese lenguaje oriental tan rico en imágenes y comparaciones, los últimos grandes profetas habían hablado de esos últimos tiempos, como había sido por ejemplo el profeta Daniel. Claro que según tengamos nuestra conciencia podrá surgir el temor y la angustia en nuestro corazón.
Por eso Jesús nos repetirá continuamente en el evangelio también con muchas imágenes como hemos de estar preparados para ese momento final. Las lámparas encendidas en nuestras manos, como las jóvenes que esperaban al novio para la boda, el traje de fiesta para participar en el banquete, el administrador que tiene que estar atento para el cuidado de los que trabajan en casa, o el criado vigilante para abrir la puerta apenas venga y llame el ama, la fe que continuamente Jesús pedía a quienes acudían a El son algunas muestras de esa preparación que ha de haber en nuestra vida.
Y esto es algo serio que tenemos que pensarnos. No nos gusta pensar en ese momento final de nuestra vida; quizá nos preocupamos de preparar nuestros asuntos materiales con tema de las herencias para evitar problemas en el futuro, pero poca trascendencia le damos a esos momentos de nuestra vida para prepararnos para nuestro encuentro con el Señor.
El viene como ladrón en la noche cuando menos lo esperamos, como nos dirá en otro lugar, y para ello hemos de estar atentos y preparados. Quien ha purificado su corazón acogiéndose a la misericordia del Señor nada teme porque nos confiamos al que es compasivo y misericordioso, y para nosotros entonces será en verdad el momento de nuestra liberación. Si ahora te llama el Señor, te pide la vida, ¿estarás con la conciencia realmente preparada?

domingo, 18 de noviembre de 2018

Y no estamos solos, ni hemos de perder la esperanza ni llenarnos de angustia o de zozobra, porque sabemos bien que podemos hacer ese mundo nuevo y ese cielo nuevo




Y no estamos solos, ni hemos de perder la esperanza ni llenarnos de angustia o de zozobra, porque sabemos bien que podemos hacer ese mundo nuevo y ese cielo nuevo

Daniel 12, 1-3; Sal. 15; Hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13, 24-32

La incertidumbre del final parece que es algo que no nos podemos quitar de encima. Mil imaginaciones llenan nuestra mente y fácilmente afloran miedos y temores ante lo que pueda ser el final de la historia, del mundo conocido o de todo el universo.
Las catástrofes naturales que azotan nuestro planeta tierra casi de una manera cíclica, los anuncios del cambio climático con mil calamidades que se avecinan sin que podamos determinar los tiempos, las noticias que nos llegan de agujeros negros que se acercan a nuestra galaxia como hemos escuchado recientemente, o la misma destrucción que el hombre va realizando de la naturaleza hacen surgir agoreros de malas noticias que parece que lo dan todo por irremediable y el fin se acerca.
Y de esto hay mucha gente que se aprovecha y aparecen los profetas de calamidades que nos anuncian y hasta nos ponen fechas para ese fin del mundo. Los que somos mayores muchas veces hemos oído anuncios de este tipo aprovechado por ciertos sectores incluso religiosos más alarmistas.
Este mismo texto del evangelio que en este domingo se  nos ofrece da pie a interpretaciones radicales que nos pueden llenar de alarmismos y no es eso lo que Jesús quiere trasmitirnos con sus palabras. Los últimos tiempos de Antiguo Testamento estuvieron marcados por anuncios apocalípticos que no siempre se supieron o se saben interpretar y eso era algo que estaba latente también entre los judíos en los tiempos de Jesús. Es la época de los profetas con más sentido apocalíptico como Daniel a quien  hoy escuchamos.
Es por lo que surgen las preguntas que le hacen a Jesús sus discípulos. No responde Jesús a esas alarmas apocalípticas aunque los discípulos hacen interpretación de las palabras de Jesús para entender también los tiempos difíciles que se Vivian entre los cristianos en el momento en que se redactan los evangelios. Y eso se va a reflejar en el texto evangélico.
Jesús quiere, si, ponernos en alerta, pero es una vigilancia llena de esperanza. En las palabras que hoy le escuchamos pretende ayudarnos a aprender a leer los signos de los tiempos y sepamos descubrir lo que en cada momento de la historia Dios nos está pidiendo. Nos habla de la parábola de la higuera, cada año cuando se acerca la primavera las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas anuncio de una nueva floración y de unos nuevos frutos.
En cada momento de la historia, y el que vivimos no es ajeno a ello, se viven momentos difíciles de un signo o de otro; podemos pensar en las catástrofes naturales pero no hemos de quedarnos en eso, sino que mas bien tenemos que pensar en la situación en que vivimos los hombres, en que vive nuestra sociedad muchas veces muy llenas de confusión. Nos atormenta quizás en muchos momentos esos momentos difíciles que pueda vivir una sociedad desorientada y que parece que va a la deriva, como nos preocupa la situación que podamos estar pasando los que tenemos fe y vemos como el hecho religioso se ve zarandeado de mil maneras por muchos en la sociedad. ¿Qué hacer? ¿Cómo responder? ¿Cuál tiene que ser nuestra manera de actuar?
En los tiempos en que los evangelistas nos trasladaron las palabras de Jesús comenzaban las persecuciones contra los cristianos y a eso querían responder con las palabras de Jesús para que no se perdiera nunca la esperanza y se tuviera siempre la certeza del Señor que viene como Señor de la historia y será nuestra fortaleza para la salvación del mundo. El libro del Apocalipsis de Juan es una buena imagen de lo que estoy diciendo.
Ahora también en el tiempo presente tenemos que saber leer e interpretar los signos de los tiempos. Ahora también tenemos que escuchar esas palabras de Jesús que nos llenan de esperanza. Son palabras con un lenguaje especial pero que nos hablan de esa venida del Señor a nuestra vida y a nuestra historia y donde creemos que podemos transformar nuestro mundo y hacer un mundo mejor. Parece que todo se tambalea como si el sol y el universo entero perdiera sus cimientos, pero ‘entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte’.
No nos quedemos en las imágenes asombrosas de nubes sobre las que aparece el Señor y de Ángeles que lo acompañan; son imágenes que nos hablan de esa presencia misteriosa pero maravillosa a la vez del Señor en nuestra vida, en nuestra historia y en nuestro mundo. A nosotros nos envió y nos confió el mensaje que habíamos de trasmitir porque su salvación es para todos los hombres y de todos los tiempos. Sentiremos, pues, la presencia del Señor en nuestra vida, porque ya nos dijo que estaría siempre con nosotros hasta el final de los tiempos, pero  nosotros hemos de ser esas señales, esos signos vivos de su presencia también en nuestro mundo.
Y no estamos solos, y  no hemos de perder la esperanza ni llenarnos de angustia o de zozobra, no nos puede faltar la paz en el corazón porque sabemos bien que podemos hacer ese mundo nuevo y ese cielo nuevo. Somos constructores de esa nueva humanidad, y cada uno de nosotros ha de ser semilla que se plante en ese mundo y lo haga fructificar. Somos levadura en esa masa, somos la sal que ha de dar ese sabor nuevo, somos la luz que hemos de llevar reflejando la luz de Cristo para eliminar y destruir toda tiniebla.
Es lo que nos ha confiado Jesús, es lo que nos ha venido diciendo a lo largo de todo el evangelio, es la misión que nosotros tenemos que realizar.


viernes, 16 de noviembre de 2018

Vigilancia y confiada esperanza con que hemos de vivir, que nos hace estar atentos, ser fieles, vivir en el amor, actuar siempre en justicia y santidad


Vigilancia y confiada esperanza con que hemos de vivir, que nos hace estar atentos, ser fieles, vivir en el amor, actuar siempre en justicia y santidad

2Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17,26-37

No te esperaba ahora, sabría que vendrías pero no pensaba que fuera tan pronto; mira como tengo las cosas, la casa sin recoger, sin limpiar, pensaba hacerlo después… Alguna vez quizá hemos razonado así, buscando disculpas por no tener todo preparado, ante una visita no tan inesperada, pero sí que llegó en el momento inoportuno para nuestros intereses. Nos descuidamos, dejamos las cosas para después, no ordenamos las cosas y al final surge lo inesperado.
Bueno, esto es una imagen de algo que en la vida nos sucede tantas veces. Un motivo de reflexión en la humano, en las cosas que cada día hacemos o tenemos que hacer, sobre nuestras responsabilidades y nuestras dejaciones, o la superficialidad con que vivimos la vida estando solamente a lo que salga sin preocuparnos de darle una mayor profundidad a lo que hacemos y a lo que vivimos. Necesitamos muchas veces en la vida detenernos, no quedarnos en un activismo o en un estar simplemente entretenido. Muchas veces no hacemos mayores cosas sino que nos contentamos con estar entretenidos, como también tenemos la tentación de dejarnos arrastrar por la rutina y no poner todo nuestro ser en aquello que hacemos para hacerlo de la mejor forma posible.
Pero también esta reflexión surge de lo que hoy nos dice el evangelio. Es lo que estamos escuchando con mayor intensidad estos días. Una invitación a la vigilancia y a la responsabilidad con que hemos de vivir la vida; pero una invitación a que no hagamos dejación de todo lo que son nuestros compromisos cristianos, nuestra vida espiritual, nuestra unión con el Señor y la purificación interior que hemos de vivir siempre atentos al encuentro con el Señor que llega a nuestras vidas y nos puede sorprender con sus llegadas inesperadas por causa de nuestras insensatez, nuestra tibieza espiritual, o nuestra rutina.
El lenguaje del texto que hoy se nos ofrece tiene unas características que solemos llamar apocalípticas. Pero decimos apocalípticas no en el sentido profundo de la palabra sino en el sentido de lo catastrófico que se nos presenta. Quizá desde una lectura superficial del libro del Apocalipsis hemos unido lo catastrófico a lo apocalíptico, y eso es lo que hoy interpretamos de las palabras de Jesús.
Pero si, como en un paréntesis, hemos de decir que el libro del Apocalipsis es un libro de esperanza; Apocalipsis es la revelación del Señor, que en medio de esas situaciones difíciles en que nos podemos encontrar en la vida – el Apocalipsis fue escrito en tiempos de persecución y es lo que reflejan sus imágenes – pues en esos momentos difíciles sabemos que el Señor llega a nuestra vida y llega con su vida y salvación. El final del Apocalipsis nos habla de momentos de triunfo, ya no habrá muerte ni dolor porque un mundo nuevo ha surgido, el nuevo cielo y la nueva tierra. Valga este comentario como decíamos a manera de paréntesis para mejor entender las palabras de Jesús.
La llegada del Señor no ha de ser para el temor, sino para el amor porque es encuentro con el Señor que nos ama. Quizá lo inesperado del momento nos asusta, por aquello de que no estamos quizá preparados, pero esto nos ha de hacer pensar en esa vigilancia con que hemos de vivir nuestra vida para no separarnos de nuestra unión con el Señor, para ser fieles y no apartarnos de sus caminos.
Es la vigilancia y la confiada esperanza con que hemos de vivir, que nos hace estar atentos, ser fieles, vivir en el amor, actuar siempre en justicia y santidad.

martes, 27 de diciembre de 2016

Con el evangelista Juan aprendamos a buscar a Jesús queriendo conocerle más y más para entrar en la intimidad de su vida que nos llena de vida para siempre

Con el evangelista Juan aprendamos a buscar a Jesús queriendo conocerle más y más para entrar en la intimidad de su vida que nos llena de vida para siempre

1Jn 1,1-4; Sal 96; Juan 20,2-8
‘Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó… para que nuestra alegría sea completa…’ Así nos dice Juan en el principio de su carta. Es lo que fue su vida en torno a Jesús y lo que fue su anuncio desde entonces.
‘Vio y creyó…’ nos dice el evangelio de Juan cuando entró en el sepulcro vacío después de la resurrección. Vio, creyó y nos lo anunció. Ya desde el principio del evangelio se nos habla de sus deseos de ver, de conocer, de saber. El Bautista había señalado a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y allá se fueron tras Jesús Andrés y Juan. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ Querían conocer por si mismos, querían saber de su vida, querían estar con Jesús. Era la forma mejor de conocerle. Ya al día siguiente saldrán haciendo el anuncio.
Celebramos hoy en este marco de la Navidad de Jesús a Juan, el evangelista, el hijo de Zebedeo, el hermano de Santiago, el que quería estar cerca de Jesús; el que quería conocer los secretos de su corazón. Le veremos en la cena pascual casi recostado sobre el pecho de Jesús y preguntándole en secreto que Jesús le revelara de quien se estaba refiriendo cuando Jesús anunciaba la traición de uno de los discípulos.
Pero le veremos siempre caminando tras Jesús, queriendo conocer lo más secreto y lo más hondo del corazón de  Cristo. Subirá con Jesús al Tabor y allí será testigo silencio de la transfiguración; estará con Jesús en la alcoba de la hija de Jairo cuando Jesús la resucita; será de los que se adentrarán con Jesús en el Huerto de Getsemaní para ser testigo de su oración y de la agonía del corazón de Cristo; podrá estar cerca de Jesús en los comienzos de su pasión porque podrá entrar incluso al patio del sanedrín donde se juzga a Jesús, y será el único de los apóstoles que llegará a estar al pie de la cruz recibiendo a María como a su madre.
Luego tras la resurrección correrá hasta el sepulcro tras la noticia de la Magdalena de que se han robado el cuerpo de Jesús y aunque llega el primero dejará paso a Pedro aunque cuando entre y vea las vendas por el suelo en el evangelio se nos dirá que ‘vio y creyó’. Y será el que le reconocerá entre las nieblas del amanecer allá en la orilla del lago cuando Jesús se les manifiesta y realicen una nueva pesca milagrosa; ‘es el Señor’, le dirá a Pedro aunque éste en su ímpetu sea el que se lance al agua para llegar pronto a los pies de Jesús.
Quería ver, quería saber, quería conocer a Jesús, quería entrar en la intimidad de su alma, por eso  nos hablará con gran profundidad teológica de Jesús en su evangelio. Vislumbra bien que Jesús es la luz y es la vida, es la resurrección y es el camino, es la verdad de nuestra vida y lo será todo para nosotros porque sin El nada podemos hacer. Es hermoso y profundo su evangelio, la buena noticia que nos trae.
Como nos dice hoy en la carta, lo que había visto, lo que había oído, lo que había palpado incluso con sus manos no lo podía callar. Ya responderían a los sumos sacerdotes que no podían callar lo que habían visto y oído. Ahora nos lo trasmite en el evangelio y nos deja las joyas preciosas de sus cartas con la profundidad escatológica de su Apocalipsis que nos llena de esperanza en ese cielo nuevo y en esa tierra nueva donde ya no habrá ni luto ni llanto ni dolor, porque todo será vida, que es lo que nos ha dado Jesús porque quien cree en El tendrá vida para siempre.
Esta festividad de san Juan evangelista nos está invitando a que nazca ese deseo en nuestro corazón, de conocer a Jesús, de entrar en esa intimidad de vida con Jesús. Busquemos su evangelio, escuchemos esa buena noticia, empapémonos del Espíritu de Jesús y nos llenaremos de vida para siempre. Nuestra alegría será completa.