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domingo, 18 de noviembre de 2018

Y no estamos solos, ni hemos de perder la esperanza ni llenarnos de angustia o de zozobra, porque sabemos bien que podemos hacer ese mundo nuevo y ese cielo nuevo




Y no estamos solos, ni hemos de perder la esperanza ni llenarnos de angustia o de zozobra, porque sabemos bien que podemos hacer ese mundo nuevo y ese cielo nuevo

Daniel 12, 1-3; Sal. 15; Hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13, 24-32

La incertidumbre del final parece que es algo que no nos podemos quitar de encima. Mil imaginaciones llenan nuestra mente y fácilmente afloran miedos y temores ante lo que pueda ser el final de la historia, del mundo conocido o de todo el universo.
Las catástrofes naturales que azotan nuestro planeta tierra casi de una manera cíclica, los anuncios del cambio climático con mil calamidades que se avecinan sin que podamos determinar los tiempos, las noticias que nos llegan de agujeros negros que se acercan a nuestra galaxia como hemos escuchado recientemente, o la misma destrucción que el hombre va realizando de la naturaleza hacen surgir agoreros de malas noticias que parece que lo dan todo por irremediable y el fin se acerca.
Y de esto hay mucha gente que se aprovecha y aparecen los profetas de calamidades que nos anuncian y hasta nos ponen fechas para ese fin del mundo. Los que somos mayores muchas veces hemos oído anuncios de este tipo aprovechado por ciertos sectores incluso religiosos más alarmistas.
Este mismo texto del evangelio que en este domingo se  nos ofrece da pie a interpretaciones radicales que nos pueden llenar de alarmismos y no es eso lo que Jesús quiere trasmitirnos con sus palabras. Los últimos tiempos de Antiguo Testamento estuvieron marcados por anuncios apocalípticos que no siempre se supieron o se saben interpretar y eso era algo que estaba latente también entre los judíos en los tiempos de Jesús. Es la época de los profetas con más sentido apocalíptico como Daniel a quien  hoy escuchamos.
Es por lo que surgen las preguntas que le hacen a Jesús sus discípulos. No responde Jesús a esas alarmas apocalípticas aunque los discípulos hacen interpretación de las palabras de Jesús para entender también los tiempos difíciles que se Vivian entre los cristianos en el momento en que se redactan los evangelios. Y eso se va a reflejar en el texto evangélico.
Jesús quiere, si, ponernos en alerta, pero es una vigilancia llena de esperanza. En las palabras que hoy le escuchamos pretende ayudarnos a aprender a leer los signos de los tiempos y sepamos descubrir lo que en cada momento de la historia Dios nos está pidiendo. Nos habla de la parábola de la higuera, cada año cuando se acerca la primavera las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas anuncio de una nueva floración y de unos nuevos frutos.
En cada momento de la historia, y el que vivimos no es ajeno a ello, se viven momentos difíciles de un signo o de otro; podemos pensar en las catástrofes naturales pero no hemos de quedarnos en eso, sino que mas bien tenemos que pensar en la situación en que vivimos los hombres, en que vive nuestra sociedad muchas veces muy llenas de confusión. Nos atormenta quizás en muchos momentos esos momentos difíciles que pueda vivir una sociedad desorientada y que parece que va a la deriva, como nos preocupa la situación que podamos estar pasando los que tenemos fe y vemos como el hecho religioso se ve zarandeado de mil maneras por muchos en la sociedad. ¿Qué hacer? ¿Cómo responder? ¿Cuál tiene que ser nuestra manera de actuar?
En los tiempos en que los evangelistas nos trasladaron las palabras de Jesús comenzaban las persecuciones contra los cristianos y a eso querían responder con las palabras de Jesús para que no se perdiera nunca la esperanza y se tuviera siempre la certeza del Señor que viene como Señor de la historia y será nuestra fortaleza para la salvación del mundo. El libro del Apocalipsis de Juan es una buena imagen de lo que estoy diciendo.
Ahora también en el tiempo presente tenemos que saber leer e interpretar los signos de los tiempos. Ahora también tenemos que escuchar esas palabras de Jesús que nos llenan de esperanza. Son palabras con un lenguaje especial pero que nos hablan de esa venida del Señor a nuestra vida y a nuestra historia y donde creemos que podemos transformar nuestro mundo y hacer un mundo mejor. Parece que todo se tambalea como si el sol y el universo entero perdiera sus cimientos, pero ‘entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte’.
No nos quedemos en las imágenes asombrosas de nubes sobre las que aparece el Señor y de Ángeles que lo acompañan; son imágenes que nos hablan de esa presencia misteriosa pero maravillosa a la vez del Señor en nuestra vida, en nuestra historia y en nuestro mundo. A nosotros nos envió y nos confió el mensaje que habíamos de trasmitir porque su salvación es para todos los hombres y de todos los tiempos. Sentiremos, pues, la presencia del Señor en nuestra vida, porque ya nos dijo que estaría siempre con nosotros hasta el final de los tiempos, pero  nosotros hemos de ser esas señales, esos signos vivos de su presencia también en nuestro mundo.
Y no estamos solos, y  no hemos de perder la esperanza ni llenarnos de angustia o de zozobra, no nos puede faltar la paz en el corazón porque sabemos bien que podemos hacer ese mundo nuevo y ese cielo nuevo. Somos constructores de esa nueva humanidad, y cada uno de nosotros ha de ser semilla que se plante en ese mundo y lo haga fructificar. Somos levadura en esa masa, somos la sal que ha de dar ese sabor nuevo, somos la luz que hemos de llevar reflejando la luz de Cristo para eliminar y destruir toda tiniebla.
Es lo que nos ha confiado Jesús, es lo que nos ha venido diciendo a lo largo de todo el evangelio, es la misión que nosotros tenemos que realizar.


domingo, 15 de noviembre de 2015

Un sentido de trascendencia nos hará encontrar sentido y valor a la vida que ahora vivimos y sufrimos confiados en la Palabra de Jesús

Un sentido de trascendencia nos hará encontrar sentido y valor a la vida que ahora vivimos y sufrimos confiados en la Palabra de Jesús

Daniel 12, 1-3; Sal. 15; hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13, 24-32
Cuando leí este evangelio con toda esa serie de señales cósmicas con las que nos habla me vino a la mente el desasosiego que se nos mete por dentro cuando vemos que se nos acerca una tormenta, porque el cielo más que gris se nos pone negro cubierto de densos nubarrones, nos parece presentir el aullar del viento en fuertes tormentas y nos tememos lo peor o al menos no sabemos exactamente qué nos puede suceder. Hoy los meteorólogos nos anuncian la cercanía de ciclones o tormentas tropicales, nos previenen con alertas donde la intensidad de los colores nos quieren situar en la gravedad de lo que se avecina y de alguna manera queremos prepararnos, predisponernos, no siempre sin cierta angustia, a lo que está por venir.
En el mundo en que hoy vivimos tenemos más medios para prepararnos, aunque muchas veces nos cogen de sorpresa esos temporales, lluvias o vientos produciéndonos numerosos daños; pero pensemos en la antigüedad donde no se tenían ni las previsiones de hoy ni los medios para precaverse de ellas con cuanta angustia se recibían dichos aconteceres de la naturaleza. En lo que decimos cuando estamos envueltos en una tormenta que parece que el mundo se nos cae encima; justo es que se empleen estas señales para hablarnos de un final de los tiempos, que serán tiempos difíciles como nos señalaba el profeta Daniel con su lectura con un sentido muy apocalíptico.
La liturgia nos presenta estos textos de la Palabra de Dios en estos domingos finales del ciclo litúrgico y serán también el sentido del primer domingo del nuevo ciclo cuando comencemos el Adviento. Justo es que pensemos en esos últimos tiempos y que pensemos en los novísimos como en un lenguaje teológico se nos enseñaba en el catecismo para recordarnos el fin de nuestros días y también para hacernos pensar en la vida trascendente que más allá se nos ofrece. Creer en la vida eterna y en la resurrección son artículos de nuestra fe que algunas veces tenemos demasiado olvidados, aunque lo repitamos cada domingo al hacer la profesión de fe.
Podemos hacer una lectura y una reflexión sobre esos textos desde esa clave del final de nuestra existencia, sea el final definitivo de la existencia de este mundo creado, o sea el propio final de nuestros días, de nuestra vida concreta en este mundo terreno en el que vivimos, pero siempre con la esperanza de eternidad, de vida eterna que Jesús nos ha prometido. Esa trascendencia de nuestra vida que ha de impregnar de un valor y de un sentido nuevo todo aquello que hacemos y que vivimos porque ansiamos y caminamos hacia la plenitud que solo en Dios podemos encontrar.
No podemos olvidar el hecho de la muerte, porque un día este edificio de nuestro cuerpo terreno se derrumbará, tendrá un final, pero siempre con ese sentido de trascendencia, de vida eterna que da sentido profundo a nuestra vida y nos hace desear que un día podamos encontrarnos en esa vida de Dios viviendo en plenitud para siempre en lo que llamamos el cielo, que no es otra cosa que vivir en Dios en total plenitud. Desde ahí claro encontramos un valor y un sentido a cuanto vivimos y sufrimos en este mundo que nos hará buscar y guardar ese verdadero tesoro allí donde la polilla no lo corroe ni los ladrones lo pueden robar, como tantas  veces Jesús nos repite en el evangelio.
Claro que estos textos nos hacen pensar también en esa vida nuestra de cada día en ese camino que hacemos aquí y ahora. ‘Tiempos difíciles’ que decía el profeta con aquel sentido apocalíptico que decíamos. Pero por muchas que sean las tormentas que se nos avecinen, por muchas que sean las oscuridades que nos puedan envolver hay algo en nuestra fe y en nuestra esperanza que no nos hará perder el sentido de las cosas para desesperarnos y angustiarnos.
Se nos oscurece el sol, es cierto, cuando los problemas nos abruman, cuando las luchas que tenemos que mantener en la vida nos envuelven, cuando nos parece que no encontramos una salida y todo se nos vuelve turbio en la vida; enfermedades, cosas imprevistas que nos suceden y que desestabilizan nuestra vida, errores que cometimos que nos hacen pagar las consecuencias, cosas que parece que se nos vuelven en contra y nos hace sentirnos inseguros en nuestras soledades… muchas nubes oscuras nos van apareciendo en la vida.
Pero en nuestra fe sabemos que la Palabra del Señor no pasa. No nos faltará el brillo de su luz. ‘El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán’, le hemos escuchado decir hoy a Jesús en el evangelio. Y la palabra de Jesús nos prometió su presencia para siempre - ‘yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo’ nos dijo antes de subir al cielo en la Ascensión -, nos dejó la fuerza de su Espíritu que para nosotros es luz y es vida, es salvación y es gracia, es fortaleza y es presencia de Dios en nuestra vida, allá en lo más profundo de nosotros mismos. Sepamos discernir los signos de los tiempos, como nos enseña Jesús con la imagen de la higuera de la que brotan las yemas anuncio de una primavera cercana, para saber descubrir esa presencia del Señor.
Por eso como decíamos antes, por muchas que sean las oscuridades hay algo que no nos hace olvidar lo que es nuestra fe y nuestra esperanza. Es la palabra de Jesús; es su presencia siempre junto a nosotros, es la fuerza de su Espíritu, sí, que nos impulsará a seguir caminando, a encontrar ese sentido y esa fuerza, a darle valor a cuanto hacemos, a trascendernos de este momento presente para pensar en eternidad, para pensar en vida eterna, para pensar en esa plenitud que en Dios vamos a encontrar.
Ahora pueden ser muchas las turbaciones en que nos encontremos en la vida, muchas pueden ser las soledades humanas que tengamos que sufrir, pero no estamos solos ni a oscuras para Dios está siempre con nosotros. El nos conduce y nos acompaña a una vida en plenitud. Vivamos con verdadera fe esa presencia y esa gracia del Señor en nuestra vida. ‘Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción’, decíamos en el salmo. Estamos llamados a la resurrección y a la vida sin fin. ‘Los que duermen en el polvo… despertarán para la vida eterna’.

lunes, 17 de marzo de 2014

Seamos compasivos como nuestro Padre celestial es compasivo y seamos generosos en el amor



Seamos compasivos como nuestro Padre celestial es compasivo y seamos generosos en el amor

Dan. 9, 4-10; Sal. 78; Lc. 6, 36-38
‘Señor, no  nos trates como merecen nuestros pecados… que tu compasión nos alcance pronto… socórrenos, Dios salvador nuestro… líbranos y perdona nuestros pecados…’ Así fuimos desgranando nuestra oración con el salmista. Ya la lectura de la profecía de Daniel era una confesión de nuestra condición de pecadores. ‘A nosotros la vergüenza… porque hemos pecado contra ti. Al Señor, nuestro Dios, la piedad y el perdón… porque no hemos escuchado la voz del Señor’.
Son hermosos los sentimientos que afloran tanto en la oración de Daniel como con el salmo en el que hemos querido seguir ahondando con espíritu de humildad en nuestra condición de pecadores. Es importante que lo reconozcamos. Importante que nos presentemos con humildad delante del Señor reconociendo nuestro pecado para impetrar misericordia y perdón.
¿A quien vamos a acudir si sabemos que la misericordia y el perdón lo encontramos en Dios? Esa es la actitud fundamental con la que hemos de presentarnos delante del Señor. No somos dignos, somos pecadores, solo el Señor es misericordioso y tiene compasión de nuestro pecado. Qué paz podemos sentir en el corazón cuando así nos sentimos amados del Señor e inundados de su misericordia y su gracia. Son torrentes de amor los que se derraman sobre nosotros cuando llega la gracia de Dios a nuestra vida.
Pero es actitud fundamental para nuestro trato y relación con el prójimo. Si en verdad fuéramos humildes como desterraríamos de nosotros el juicio y la condena que tan fáciles nos salen cuando hablamos de los demás; si en verdad fuéramos humildes qué distintas serían nuestras actitudes ante los otros: siempre estaríamos a la misericordia, a la compasión, al perdón; si en verdad fuéramos humildes con qué cariño y comprensión trataríamos a los otros.
Para poder hacer tal como nos enseña Jesús hoy en el evangelio tenemos que haber experimentado en nuestra vida lo que es el amor y la misericordia de los demás, porque quien se sabe perdonado sabrá también perdonar de corazón a su hermano; quien siente la compasión y la misericordia de Dios sobre sí mismo de manera que siente la mano amiga y amorosa de Dios que nos levanta y nos ayuda a dar los pasos de la conversión a la nueva vida, sabrá entonces comprender al hermano que cae y hasta disculparlo, sabrá tender su mano o su brazo para ayudar a levantarse al caído.
Hoy nos ha dicho Jesús: ‘Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará…’ Y todo arranca del amor compasivo y misericordioso del Señor para con nosotros. Quien se siente amado, no podrá sino amar a su vez a todo hermano. Es importante esa experiencia de sentirse amado para amar. Y todo partirá de la humildad del reconocimiento de nuestra condición pecadora, porque así podremos reconocer y experimentar en nuestra vida esa compasión y esa misericordia.
¿Quiénes somos nosotros para juzgar o para condenar cuando tanto hemos recibido del Señor? ¿Cómo nos vamos a atrever a pedir perdón al Señor si nosotros no somos capaces de otorgar generosamente ese mismo perdón a los hermanos que nos hayan ofendido? Tiene que primar siempre la generosidad del amor, porque entonces además nos estaríamos pareciendo a Dios. El es el modelo y también nuestra meta y nuestra fuerza. El nos dará su luz para que seamos capaces de reconocer cuanto hemos sido amados por el Señor, para así amar también nosotros generosamente a los hermanos.
Ya nos abundará más adelante el evangelio en este camino cuaresmal con este pensamiento, haciéndonos reconocer también la maldad de nuestro corazón cuando no somos capaces de perdonar de corazón a nuestro hermano, de amarlo con un amor lo más semejante al amor que Dios nos tiene.

miércoles, 20 de marzo de 2013


Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres

Daniel, 3, 14-20.91-92.95; Sal.: Dan. 3, 52-56; Jn. 8, 31-42
Muchos pensamientos se van como agolpando en nuestra cabeza al escuchar estas palabras de Jesús. ¿Seremos en verdad discípulos de Jesús? ¿Qué tendríamos que hacer para ser libres de verdad? ¿Conoceremos en verdad a Jesús o qué nos falta? ¿Le escuchamos y aceptamos con la totalidad de nuestra vida o nos quedamos a medias?
Hemos escuchado que ha comenzado diciéndonos: ‘Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Ya el evangelista nos decía que Jesús hablaba ‘a los que habían creído en él’. Sin embargo la reacción de los que ahora le están escuchando es bastante controvertida porque parece como que se sienten ofendidos por las palabras de Jesús. Le replican airados que ellos no son esclavos de nadie porque son linaje de Abrahán a quien consideran su padre. Llamamos a Abrahán nuestro padre en la fe, es cierto, pero ahora no quieren aceptar a Jesús.
A nosotros algunas veces, cuando estamos encerrados demasiado en nosotros mismos o en nuestras ideas también nos cuesta entender y aceptar las palabras de Jesús. Por eso siempre decimos que hemos de ir con un corazón sincero y libre de prejuicios hasta Jesús para saber aceptar lo que nos dice que si lo asumimos interiormente veremos la verdad de las palabras de Jesús que quieren conducirnos a la verdadera libertad.
Nos llamamos cristianos y decimos que no hay quien crea más que nosotros que somos creyentes desde siempre, pero quizá eso no lo mostremos realmente en nuestras actitudes, en nuestras posturas y en nuestros comportamientos. Nuestra fe no se puede quedar solo en palabras, la fe tiene que envolver toda nuestra vida. Y cuando actuamos iluminados y conducidos por esa fe seguro que nos damos cuenta las actitudes y posturas que tenemos que cambiar, las malas costumbres quizá de las que tenemos que arrancarnos, o cómo tenemos que caldear de una forma distinta nuestro corazón para que lleguemos a manifestarnos con toda intensidad como cristianos, verdaderos seguidores de Jesús.
Nos cuesta reconocer en ocasiones que no tenemos todo el conocimiento que deberíamos de Jesús y nuestra formación cristiana puede aparecernos un tanto coja en ciertas cosas porque seguimos con nuestros apegos, posturas no totalmente generosas para los demás, y al final como nos quiere decir Jesús hoy somos esclavos porque dejamos meter en el pecado en nuestro corazón. ‘Os aseguro, nos dice, que quien comete pecado es esclavo’. ¿Por qué nos dejamos seducir a veces con tanta facilidad por la tentación?
‘Si os mantenéis en mi palabra…’ nos dice Jesús. Mantenernos en su palabra comienza por querer escucharla con fe. Mantenernos en su palabra es dejar que se confronte nuestra vida con la Palabra del Señor. Mantenernos en su palabra para ir examinando nuestra vida y mejorar todo aquello en lo que vamos dejándonos arrastrar. Mantenernos en su palabra para con decisión y coraje ponernos a amar como Jesús nos enseña que tiene que ser nuestro amor. Hermosa tarea la que hemos de ir haciendo con una especial intensidad en este tiempo de la Cuaresma para ir en verdad convirtiendo nuestro corazón al Señor e ir liberándonos de todas esas esclavitudes que nos atan.
Miremos el coraje de los tres jóvenes de los que nos habla el libro del profeta Daniel. Nada podía doblegar su corazón para hacerles caer en la idolatría adorando aquel falso dios que les presentaba Nabucodonosor. No temen el fuego ni la muerte, porque se sienten libres en el Señor y saben que el Señor es su fortaleza y El los liberará. Aunque estuvieran en medio de las llamas de aquel horno encendido siete veces mas fuerte que lo normal, se sienten libres porque siguen adorando al Señor y cantando su alabanza. Y nosotros que nos acobardamos tan fácilmente cuando tenemos que dar testimonio, cuando tenemos que dar la cara por el Señor y por el evangelio.
Invoquemos al Señor que en verdad nos libera con su gracia y nos regala su fortaleza para alcanzar la verdadera libertad. A Dios sea la gloria y la alabanza por todos los siglos.

lunes, 25 de febrero de 2013


Nuestro Padre Dios es compasivo, seamos compasivos con los demás

Dan. 9, 4-10; Sal. 78; Lc. 6, 36-38
‘Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados… que tu compasión nos alcance pronto… socórrenos… líbranos y perdona nuestros pecados a causa de tu nombre…’ Así rezábamos en el salmo. Así con humildad queremos sentirnos ante Dios.
La lectura del profeta Daniel, la primera lectura, es toda una hermosa confesión de nuestra condición de pecadores. En la medida en que vamos avanzando en nuestro camino de cuaresma que es un camino de purificación que nos tiene que llevar a una renovación profunda de nuestra vida, una y otra vez confesaremos nuestro pecado delante del Señor.
El reconocimiento sincero de nuestro pecado nos abre a la misericordia de Dios. Dios nos ofrece su misericordia y su perdón porque el Señor es misericordioso y compasivo, pero nosotros hemos de reconocer nuestro pecado. Solo así habrá verdadero arrepentimiento en nuestro corazón. Cuando con humildad y sinceridad queriendo poner mucho amor se hará presente la misericordia de Dios en nuestra vida.
‘Nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y apartado de tus mandamientos y normas, no hemos escuchado a tus siervos, los profetas, que en tu nombre nos hablaban…’
¿No han de ser nuestras esas palabras? Ahí están reflejando lo que es nuestra vida. La Palabra del Señor que cada día vamos escuchando nos ayuda a reflexionar, a revisar nuestra vida haciendo un auténtico y sincero examen de conciencia. Y esa Palabra nos va iluminando, nos va señalando lo que es la voluntad del Señor, lo que han de ser nuestras actitudes y posturas, lo que en cada momento hemos de hacer. Con sinceridad hemos de ponernos ante la Palabra de Dios. Con un corazón bien abierto y acogedor sincero a la Palabra que se nos proclama. No podemos tirar la primera piedra porque pensemos que no tenemos pecado.
Pero el reconocimiento de nuestro pecado, que es reconocer lo que es nuestra pequeñez, nos hace al mismo tiempo admirar la grandeza del amor que nos tiene el Señor. Qué grande es el Señor; qué grande es su amor. Es infinita su misericordia, la paciencia que tiene con nosotros en su amor.
Pero todo esto tiene que movernos a enmendar nuestra vida. Vemos lo que tenemos que corregir, lo que tiene que ser mejor en nosotros. Como decimos en el catecismo en las condiciones para una buena confesión, propósito de la enmienda. No nos vale reconocernos pecadores y seguir actuando o viviendo de la misma manera. No es suficiente con que vayamos a decirle al Señor lo bueno que es y que nos perdone, si por nuestra parte no ponemos todo lo necesario para cambiar nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestras maneras de actuar. Aunque nos cueste.
Son las actitudes de generosidad, de compasión que hemos de poner también en nuestra vida de cara a los demás. Porque la misma generosidad que estamos recibiendo del Señor hemos de tenerla nosotros con los demás. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’, nos dice Jesús hoy en el evangelio. Y por eso lejos de nosotros los juicios condenatorios que podamos tener con los demás. Ese no puede ser nuestro estilo ni nuestra manera de actuar. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar o condenar a los demás si nosotros también somos pecadores? Si Dios tan generosamente nos perdona, ¿por qué nosotros no vamos a perdonar también a los demás?
Seamos generosos en nuestro amor, en nuestra comprensión, en nuestra capacidad de perdonar a los otros, que el Señor no se dejará ganar en generosidad, y siempre nos ofrecerá su gracia infinita que nos dará fuerzas para tener esas buenas actitudes con los otros y para la santificación de nuestra vida. 

domingo, 18 de noviembre de 2012


Entonces se salvará tu pueblo…

Dn. 12, 1-3; Sal. 15; Hb. 10, 11-14.18; Mc. 13, 24-32
El profeta Daniel habla de tiempos difíciles y en el evangelio se nos habla de cataclismos cósmicos. Pero al mismo tiempo el profeta hace anuncios de salvación y de resurrección - ‘entonces se salvará tu pueblo’ - y en el evangelio se nos dice que ‘entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad’. Lo que podría parecer en principio anuncio de males y de muerte, sin embargo se convierte en un anuncio que nos llena de esperanza porque nos habla de salvación y de vida.
¿Son anuncios del tiempo final? ¿Es el final de los tiempos en que esta vida terrena se acaba? Es un género apocalíptico el que emplea el profeta Daniel y también el sentido de las palabras de Jesús. Se nos puede hacer indescifrable y de difícil comprensión pero, aunque a veces el concepto que tenemos del Apocalipsis es que nos habla de cataclismos, de destrucción y de muerte, sin embargo su verdadero sentido es un anuncio de esperanza como un rayo de luz para quienes se ven envueltos en momentos difíciles y que podrían parecer estar llenos de negrura.
Cuando Jesús pronunciaba estas palabras que hemos de ver en su contexto, no sólo anunciaba el tiempo final, sino que estaba hablando también del camino de destrucción al que estaba avocado el templo y la ciudad de Jerusalén, hechos que podrían haber sucedido ya cuando el evangelista nos traslada este relato. Por eso sus palabras tienen ese trasfondo de esperanza porque nos hablan de una salvación final con la venida del Hijo del Hombre en gran poder y majestad. Y es que en Cristo todo un día va a alcanzar su plenitud total.
Es por eso que también nosotros cuando escuchamos hoy estas palabras, como Palabra que Dios nos dice hoy en el contexto también de la vida que vivimos, vemos reflejados, es cierto, los momentos difíciles por los que pueda estar pasando nuestra sociedad y nuestra vida, pero como siempre la Palabra del Señor es una palabra que quiere suscitar en nosotros esperanza porque siempre es camino de vida. Y vaya si necesitamos tener esperanza que nos anime a luchar y hacer en verdad un mundo mejor.
Jesús propone una breve parábola haciendo que se fijen en la higuera que cuando en medio del crudo invierno sin embargo sus ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, es un anuncio de principio de primavera y de verano de frutos cercanos.
En la turbulencia en que vivimos hoy en nuestra sociedad y nuestro mundo afectado por tantas crisis que parece que pueden hacer tambalear los cimientos de nuestra sociedad, hemos de saber descubrir esas ramas que se ponen tiernas y esas yemas que parecen querer brotar. Siempre reflexionamos que la situación por la que pasamos no es sólo una crisis económica, aunque esta pueda ser muy dura y muy real también, sino que detrás, quizá por la forma como hemos ido construyendo nuestra sociedad, hay una crisis de valores muy importante.
La gente está inquieta pero uno puede atisbar los deseos de que las cosas cambien, de que no podemos fundamentar nuestra vida sobre los antivalores sobre los que hasta ahora hemos ido construyendo en parte nuestra vida, y se ven surgir brotes, quizá algunas veces forzados, de deseos de mayor justicia, de solidaridad, de capacidad de sacrificio para buscar algo hondo y bueno, de inquietud en el corazón para hacer que las cosas sean mejor, de unión y de encuentro para entrar en un diálogo donde se busque una mejor manera de hacer las cosas. Creo que hemos de saber hacer también una lectura positiva en cuanto nos sucede.
Creo que podemos ver semillas esperanzadoras en todas esas cosas. Y ahí los que tenemos fe en Jesús y en los valores del evangelio tenemos mucho que decir y mucho que hacer. Porque la esperanza no nos puede faltar en el corazón. Y en Jesús y desde Jesús sabemos que sí podemos hacer un mundo nuevo y mejor. Tenemos en nuestras manos las reglas de juego, podríamos decir, si nos dejamos conducir por esos valores que nos enseña Jesús en el Evangelio. Tenemos la esperanza de la salvación que en Jesús podemos encontrar.
Sabemos que nuestra patria definitiva no está aquí en la tierra ni en lo que aquí podamos vivir, pero sí sabemos también que Dios ha puesto este mundo en nuestras manos para que lo construyamos haciendo de él el Reino de Dios, a pesar de nuestras limitaciones e incluso nuestros fallos humanos. El anuncio del evangelio que estamos obligados a hacer, porque es la misión que a nosotros nos ha confiado, tiene que ir moviendo y transformando los corazones para que logremos lo más hermoso que podamos humanamente conseguir si logramos una mayor armonía entre todos, si logramos que haya verdadera paz en los corazones y en los pueblos, si conseguimos que nos amemos más porque seamos en verdad más hermanos, si hacemos lo posible porque los que están a nuestro lado sean cada vez más felices. Eso es ir sembrando el Reino de Dios que un día podremos llegar a vivir en plenitud.
Y creo que esa es nuestra tarea cada uno en la parcela que le toca vivir y de la que ha de sentirse responsable. Allí donde estamos, donde hacemos nuestra vida, con aquellos con los que convivimos todos los días, en la familia o con los amigos, en nuestro lugar de trabajo o donde descansamos tenemos que ir sembrando esas semillas de amor, de paz, de armonía, de verdad para que cuando broten los corazones se transformen y vayamos haciendo poco a poco un mundo nuevo y mejor.
También en nuestra Iglesia y desde nuestro ser Iglesia tenemos que ir realizando esa transformación de nuestro mundo. En este domingo precisamente estamos celebrando el Día de la Iglesia Diocesana con este lema: ‘La Iglesia contribuye a crear una sociedad mejor’. Efectivamente como creyentes, como miembros de la Iglesia, como seguidores de Jesús no somos ajenos al mundo en el que vivimos. Y desde la Iglesia, con nuestra fe, nos sentimos comprometidos a hacer ese mundo mejor. En la medida en que vivamos con mayor autenticidad nuestra fe más nos sentiremos comprometidos con nuestro mundo, con nuestra sociedad.
La fe no nos aleja de nuestro mundo, como algunos pretenden hacer creer cuando quieren hacer un mundo ateo y sin Dios, sino que, todo lo contrario, nos compromete más con él porque sentimos que Dios lo ha puesto en nuestras manos y tenemos que hacerlo mejor cada día. Y tenemos con nosotros la fuerza del amor que es quien en verdad puede transformar nuestro mundo. Y no hay amor más grande que el que Dios nos tiene y el que ha sembrado en nuestros corazones.
Como nos dice nuestro Obispo en su mensaje para este día ‘La Iglesia se preocupa (y se ocupa) de las necesidades espirituales y materiales de sus hijos y, también, de quienes no están vinculados a ella y que aceptan su servicio. Esto, ni más ni menos, es lo que hace la Iglesia: preocuparse y ocuparse de las necesidades espirituales y materiales de las personas. Por eso, podemos afirmar que directa e indirectamente, con su acción espiritual y socio-caritativa, la Iglesia contribuye a crear una sociedad mejor’. Hemos de saber ver y descubrir la ingente tarea que la Iglesia realiza en este sentido a través de toda su labor pastoral que educa y forma las conciencias, que despierta inquietudes y suscita gente comprometida para luchar por un mundo mejor.
Que no nos falte la esperanza; que los tiempos difíciles no nos obnubilen nuestra mente ni paralicen nuestro corazón. El Señor viene con su salvación. Es una seguridad y una certeza grande que tenemos desde nuestra fe cuando hemos experimentado su amor en nosotros.

miércoles, 13 de abril de 2011

La fe en Jesús nos conduce a la libertad y a ser hijos de Dios

Daniel, 3, 14-20.91-92.95;

Sal.: Dan. 3, 52-56;

Jn. 8, 31-42

La fe en Jesús nos llena de libertad y nos hace verdaderos hijos de Dios. Así podría resumir en pocas palabras el mensaje que nos ofrece el evangelio. Partimos de nuestra fe en Jesús. Creer en El. Lo que nos dará sentido a todo. Lo que en verdad nos engrandecerá.

‘Dijo Jesús a los judíos que habían creido en El’, nos dice el evangelista. ‘Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’.

No entendían los judíos. No se consideraban ni querían ser esclavos. Precisamente su gran lucha era en aquellos momentos verse liberados del dominio de los romanos. Pero Jesús hablaba de otra libertad más honda y profunda. Cómo otra había sido la libertad cuando salieron de Egipto. No fue solo verse libres de la esclavitud del Faraón, sino era sentirse un pueblo nuevo, un pueblo libre, un pueblo amado y protegido por Dios que les conduciría a la tierra prometida. Fue grande el proceso que en el interior de aquel pueblo se fue realizando en su camino por el desierto. Con la Alianza realizada con el Señor caminaban hacia la verdadera libertad.

Jesús habla ahora de creer en El, ser su discípulo, conocer la verdad y por esa verdad ser libres de verdad. Una libertad que desde esa fe les llevaba a ser verdaderos hijos de Dios. Porque creyendo en Jesús ya el pecado tiene que estar alejado totalmente de la vida del creyente. Esa es la peor esclavitud en la que podemos caer, el pecado. ‘Os aseguro que quien comete pecado es esclavo’, nos dice Jesús. Y de ahí Cristo nos quiere liberar. Derrama su sangre para el perdón de los pecados, para que nos veamos liberados del pecado para siempre. Por eso su Alianza es definitiva, es una Alianza nueva y eterna.

Protestaban los judíos en su discusión con Jesús porque ellos, decían, eran hijos de Abrahán. Pero no se trata solo de un linaje o una herencia. Es algo distinto a conseguir y solo lo podemos conseguir si verdad ponemos toda nuestra fe en Jesús. Cuando nos unimos a Jesús por el Bautismo nos llenaremos de la vida de Dios, por la fuerza del Espíritu comenzaremos en verdad a ser hijos de Dios. Unirnos a Jesús, creer en El, punto de arranque necesario y esencial.

Todo esto nos viene bien recordarlo y meditarlo y rumiarlo una y otra vez. Porque nuestra fe se enfría muchas veces; porque nos sentimos tentados una y otra vez a volver a la esclavitud del pecado. Y queremos en verdad vernos totalmente renovados en esta Pascua que vamos a celebrar y para la que nos estamos preparando en este camino de cuaresma que estamos haciendo. Por eso muchas cosas hay que revisar, limpiar, purificar, restaurar para que brilla en nosotros la gracia del Señor, para que vivamos la santidad a la que estamos llamados.

¿Seremos capaces como los tres jóvenes de los que nos habla el libro de Daniel de exponer nuestra vida a la muerte incluso en el tormento por mantener nuestra fidelidad al Señor? ‘Bendito sea Dios que envió a su ángel a librar a sus siervos que, confiando en El, despreciaron la orden real y expusieron la vida antes que dar culto a otro dios que sea el suyo’. Así exclamó el rey finalmente reconociendo la acción de Dios. Ellos se confiaban en el Señor que podía liberarlos, pero, como dijeron en un momento, aunque no lo hiciera seguirían adorando al único Dios y Señor. Ojalá sea así de firme nuestra fe.

martes, 29 de marzo de 2011

Generosidad para perdonar con un corazón contrito y humilde


Dan. 3, 25.34-43;

Sal. 24;

Mt. 18, 21-35

‘Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde… que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados…’

Es la oración de Azarías, de Daniel, que hemos escuchado en la primera lectura. Se sienten un pueblo pecador – ‘hoy estamos humillados por tierra a causa de nuestros pecados’, dice – y abandonados y perseguidos por los hombres, ponen toda su confianza en el Señor – ‘por el honor de tu nombre no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu mirada’ -. No tienen ni donde poder ofrecer sacrificios que sean agradables al Señor y le ofrecen lo mejor que tienen, su corazón ‘un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias’.

Nos vale esta oración para acercarnos también con humildad al Señor sintiéndonos pecadores. Nosotros además con toda la confianza en la misericordia de Dios que nos garantiza Jesús en su muerte y resurrección. La ofrenda que tenemos que hacer al Señor es nuestro corazón que queremos que el Señor purifique, pero en el que sentimos el dolor de nuestro pecado.

Un corazón contrito y humilde que nos hará tener nuevas actitudes, nuevos sentimientos hacia los demás. Quien se siente amado y perdonado por el Señor no puede menos que amar de la misma manera y tener esa actitud del perdón para con los que nos hayan podido ofender. Quien ha experimentado en sí lo que es la misericordia del Señor de la misma manera ha de actuar con misericordia con los demás. De lo contrario sería raquítica esa experiecia. Recordemos que cuando rezamos el padrenuestro le pedimos al Señor que ‘perdone nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los demás’.

Una invocación y petición del padrenuestro que quizá muchas veces decimos demasiado deprisa; y digo demasiado deprisa porque quizá no pensamos bien lo que decimos. Le pedimos perdón al Señor, pero, ¿de la misma manera y con la misma generosidad del Señor para con nosotros somos capaces nosotros de perdonar a los demás? Reconozcamos que es algo que nos cuesta. Ahí está herida difícil de curar.

Es lo que se nos plantea en el evangelio. Es la pregunta de Pedro pero puede ser también nuestra pregunta que aunque seamos buenos algunas veces parece que nos cansamos de ser buenos y de perdonar una y otra vez. Pero ¿es que tengo que perdonarle otra vez? ¡Ya está bien!, decimos tantas veces si no con las palabras sí con las actitudes cuestionándonos lo de perdonar una vez más.

‘Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Y nos propone Jesús la parábola que hemos escuchado. No es necesario detenernos mucho a explicarla porque con toda claridad está expuesto el mensaje. No podemos actuar como aquel a quien su señor le había perdona diez mil talentos y luego no era capaz de perdonar a su compañero cien denarios.

Hay una diferencia muy notable entre el valor de los talentos y el de los denarios. Como grande es la diferencia que hay entre lo que es nuestra ofensa a Dios y la ofensa que podamos recibir del hermano. Y Dios siempre está dispuesto a perdonar cuando con humildad acudimos a El porque ‘el Señor es compasivo y misericordioso’. Cuántas veces le decimos como hemos repetido hoy en el salmo ‘Señor, recuerda tu misericordia’. Reconozcamos que nos falta esa misericordia, esa compasión en nosotros, en nuestras comunidades cristianas, en nuestra iglesia.

Pero nosotros seguimos con nuestros resentimientos hacia los demás, tan sensibles a lo que nos puedan hacer o decir los otros, teniendo en cuenta la más mínima palabra o gesto que puedan tener con nosotros y que siempre malinterpretamos, y nos hacemos rencorosos no olvidando nunca y no siendo capaces de perdonar con generosidad.

Cuánto tenemos que aprender del Señor. Qué corazón contrito y humillado hemos de saber poner delante del Señor; y un corazon contrito es un corazón que copiando el amor de Dios es capaz de llenarse de amor para saber ser humildes con Dios y con los demás. Que sea sacrificio agradable en la presencia del Señor ese corazón que somos capaces de llenar de generosidad, de amor y de capacidad de perdón.

lunes, 21 de marzo de 2011

Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados


Dan. 9, 4-10;

Sal. 78;

Lc. 6, 36-38

‘Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados’, repetíamos en el salmo; ‘que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados…’

En la presencia del Señor, con sinceridad de corazón nos sentimos pecadores. Apelamos a que somos el pueblo del Señor, su pueblo elegido y amado - ‘nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño’- pero tenemos que reconocer que somos un pueblo pecador. Es nuestro pecado personal, de cada uno de nosotros, pero es el sentirnos también pueblo pecador.

Es lo que se expresa en la oración de Daniel, en la primera lectura. ‘Nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y normas…’ Y va desgranando el profeta toda esa maldad del corazón del hombre, que rechaza el mandamiento del Señor, pero rechaza también a aquellos que como enviados del Señor vienen a llamarnos a la conversión. ‘No hemos escuchado a tus siervos los profetas…’

En este camino cuaresmal que vamos haciendo con deseos de purificación y renovación de nuestra vida es como vamos también sintiéndonos, pueblo pecador que quiere convertirse al Señor. En la medida que vamos dando pasos y queriendo acercarnos al Señor vamos viendo la realidad de nuestra vida, nuestra condición pecadora que nos arrastra por caminos de frialdad, de infidelidad al Señor, de pecado. También cuántas veces nos hacemos oídos sordos a las llamadas que nos hace el Señor. Continuamente en nuestra oración y en la liturgia vamos manifestando que somos pecadores y pedimos la misericordia y compasión del Señor. ‘Ten piedad de nosotros’, repetimos muchas veces en distintos momentos a través de la celebración litúrgica.

Así con sinceridad tenemos que sentirnos delante del Señor, pero apelamos a su misericordia y compasión. Por eso escuchamos también lo que hoy nos dice el evangelio que nos invita a poner actitudes buenas en nuestro corazón: misericordia, compasión, perdón, acogida y aceptación de los demás, generosidad en todos los aspectos de nuestra vida. Aunque muchas veces nos cueste tener esas buenas actitudes para con los demás queremos hacerlo porque queremos parecernos al corazón compasivo y misericordioso del Señor. Con su gracia podemos realizarlo. El nos da la fuerza de su Espíritu para que nosotros tengamos esas buenas actitudes en nuestro corazón.

‘Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará…’

Muchas veces hemos proclamado y rezado con los salmos ‘el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad’. Así ahora nos pide Jesús que actuemos nosotros de la misma manera cuando humildemente nos acercamos a El para pedirle que tenga compasión y misericordia de nosotros que somos pecadores.

Así lo rezamos también en la oración que Jesús nos enseñó cuando le vamos a pedir perdón: ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…’ Queremos perdonar porque también queremos ser perdonados. Ya escucharemos la parábola de Jesús que nos enseña a nosotros ser compasivos con los demás y perdonar para ser nosotros perdonados. Que ya sabemos que si amamos muchos, se nos perdonarán nuestros muchos pecados.

‘No nos trates, Señor, como merecen nuestros pecados’, le pedimos al Señor. Pero que no sólo nos convirtamos al Señor cuando reconocemos nuestro pecado y le pedimos perdón, sino que al mismo tiempo comencemos a tener buenas actitudes y sentimientos hacia los demás.

martes, 9 de marzo de 2010

Seamos misericordiosos como grande es la misericordia del Señor

Dan. 3, 25.34-43;
Sal. 24;
Mt. 18, 21-35

‘Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Es la pregunta de Pedro a Jesús. Y ya sabemos cómo Jesús sentencia firme y tajantemente que tenemos que perdonar siempre. Y además nos propone la parábola del hombre que es perdonado y luego no sabe perdonar a su hermano.
Pero antes de entrar en más detalles con sinceridad reconozcamos, ustedes y yo también, que esa pregunta de Pedro nos la hacemos nosotros muchas veces. Nos cuesta perdonar, seamos sinceros. Nos cuesta perdonar, cuando aquel que nos ha ofendido o nos ha molestado es reincidente en su ofensa o en su molestia. Pero, ¿tengo que perdonarlo otra vez?
La parábola que nos propone Jesús nos hace mirarnos a nosotros mismos por muy santos y buenos que nos creamos. Somos pecadores, y no pecadores de una vez, sino pecadores reincidentes. ¿Te habrás parado a ennumerar cuantas veces te has acercado a Dios para pedirle perdón por tus pecados en los que reincidimos una y otra vez? Y ¿qué hace el Señor? ¿Nos dirá porque ya te perdoné una vez ese pecado y has vuelto a caer en el mismo ya no te voy a perdonar más? No es así la misericordia de Dios.
Por eso la parábola nos está invitando a que seamos conscientes cómo el Señor nos ha perdonado y nos ha perdonado una y otra vez. ‘Un rey quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos… arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo… tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar perdonándole la deuda’.
Así es de generoso el Señor. No podemos pagar porque la ofensa es grande. Es el amor infinito de Dios el que hemos ofendido. Será ese amor infinito de Dios, que nos entrega a su Hijo que derrama su sangre y entrega su vida por nosotros, el que borra nuestras culpas, perdona nuestros pecados.
¡Qué hermosa oración la de Azarías en el libro de Daniel! Es la oración del hombre que se siente pecador; es la oración del pueblo que reconoce su pecado y su infidelidad. ‘Somos los más pequeños de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados… acepta nuestro corazón contrito, y nuestro espíritu humilde…’ más que todos los holocaustos y sacrificios ‘sea hoy éste nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, porque los que en ti confían no quedan defraudados…’ ¡Cómo tendríamos que aprender a presentarnos ante el Señor con sinceridad, con humildad, con amor.
Si consideramos todo esto, ¿por qué no somos compasivos y misericordiosos con nuestros hermanos? Ya sabemos cómo continúa la parábola. El que encontró compasión con su señor no fue capaz de tener compasión con su compañero. El debía diez mil talentos y se les perdonaron, a él le deben cien denarios y no es capaz de perdonar. ¿Merecía compasión de su señor el que no había sido capaz de tener compasión con su compañero?
‘¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?’ es la pregunta que nos hacemos. Considera lo que el Señor te perdona a ti para que tú tengas igualmente compasión del hermano.
‘Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’, decimos en el padrenuestros como nos enseñó Jesús. ¿Lo pediremos con autenticidad y sinceridad cuando rezamos el padrenuestro cada día? ¿Quién soy yo para juzgar y condenar al hermano? Por qué si tuvo un día la desgracia de caer le voy a seguir teniendo en cuenta para siempre su caída (su pecado)? Seamos misericordiosos como grande es la misericordia del Señor.

lunes, 1 de marzo de 2010

¿Juicios y condenas o misericordia y compasión?

Dan. 9, 4-10;
Sal. 78;
Lc. 6, 36-38

¿Por qué tendremos que estar haciendo juicios y valoraciones de los demás que fácilmente nos lleva a la crítica y a la condena? ¿No será quizá porque no enjuiciamos sinceramente nuestra propia vida, sino que a nosotros todo nos lo perdonamos o disculpamos pero a los otros no le dejamos pasar ni una? Claro que a nosotros no nos gusta que nos juzguen los demás.
El responsorio que hemos repetido en el salmo si lo dijéramos con toda sinceridad seguro que nos ayudaría a tomar otras posturas. ‘No nos trates, Señor, como merecen nuestros pecados’. Y digo decirlo con sinceridad porque seamos capaces de ver y reconocer nuestros pecados. Como decíamos, somos muy fáciles para disculpar nuestros fallos, cerrar los ojos a lo que hemos hecho mal y no reconocer la maldad de nuestros pecados y la ofensa que significa contra el Señor.
Hoy nos dicen mucho que no te culpabilices, bueno, eso fue un error, una equivocación, luego ya lo intentarás hacer de otra manera o mejor en otra ocasión. Y nos quedamos tan tranquilos en nuestra conciencia.
Claro que no se trata de abrumar nuestra conciencia para llevarla a la depresión o la desesperación. Pero creo que sí hemos de tener claro lo que es una conciencia de pecado y cuando no obedecemos la ley del Señor sentir que no estamos dando la respuesta de amor que deberíamos dar y eso es ofensa a Dios que tanto nos ama y hace por nosotros. Claro que esto lo podemos descubrir si le hemos dado un sentido de trascendencia a nuestra vida, hay en nosotros unos sentimientos religiosos de relación con Dios que es nuestro Señor. Y junto a todo esto todo lo que abarca nuestra fe cristiana. Decimos que se ha perdido una conciencia de pecado, pero es que se ha perdido una conciencia de Dios, un sentido de Dios en la vida.
Hoy hemos escuchado al profeta Daniel en una hermosa oración que dirige al Señor sintiendo por una parte la grandeza de Dios y por otra si indignidad de hombre pecador que no ha obedecido la ley del Señor.
‘A Ti, Señor, la justicia; a nosotros la vergüenza en el rostro… nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus normas… hemos pecado contra Ti… al Señor Dios nuestro la piedad y el perdón… porque nos hemos rebelado contra El y no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios…’
Cuando nos reconocemos así pecadores y acudimos al Señor con humildad tenemos la certeza de que la misericordia del Señor es grande. ‘El Señor es compasivo y misericordioso’, nos lo repite la Biblia continuamente y lo habremos experimentado muchas veces en nuestra vida.
El sentirnos culpables ante el Señor no nos hunde nunca en la depresión y la desesperanza. Todo lo contrario, esto es lo hermoso porque en la misericordia del Señor encontraremos la paz, nos llenamos de su paz. Qué gusto encontrar esa paz porque recibimos el perdón de nuestros pecados. Que no es acallar nuestra conciencia, sino que es tener el gozo del perdón y la misericordia. No es decir, bueno en otra ocasión lo haré mejor, sino que es sentir la fuerza del Señor en mi vida que me hará en realidad ser mejor. ¡Qué grande es la misericordia del Señor!
Y es que hoy nos está enseñando Jesús en el evangelio cómo tenemos que ser generosos en nuestra compasión y misericordia con los demás. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo…’ Eso nos hará tratar de distinta manera a quien vemos pecador aunque nunca tenemos que juzgar ni condenar a nadie, a quien nos haya podido ofender o a quien haya podido cometer las peores cosas en su vida. ¡Cuántas cosas tendríamos que deducir de aquí para unas nuevas actitudes con los demás!

martes, 24 de noviembre de 2009

Suscitaré un reino que no será destruido, que durará para siempre

Dan. 2, 31-45
Sal.: Dan. 3, 57-61
Lc. 21, 5-11


La Palabra de Dios que se manifiesta a través de los profetas no sólo fue una palabra de vida y de esperanza para aquellos para quienes fue directamente pronunciada, sino que sigue siendo una palabra que de parte de Dios llega a nosotros – decimos Palabra de Dios, cuando la proclamamos – para llenarnos de vida, para suscitar esperanza, para despertarnos a la fe y al amor, para invitarnos a la conversión y que llega a nosotros en nuestras circunstancias concretas, en el momento concreto que vivimos.
Por eso hemos de escucharla siempre atentamente y dejar que el Espíritu divino nos ilumine para saber descubrir y discernir bien esa palabra del Señor. Ahí tenemos que poner nuestra vida, el momento que vivimos para que en verdad nos dejemos iluminar, nos dejemos querer por el Señor.
Hemos escuchado al profeta Daniel en la interpretación que hace del sueño al rey Nacubodonosor. Le hace una descripción del sueño y le da su interpretación. Esos distintos reinos que se suceden después del esplendor del reinado del rey de Babilonia pueden hacer verdadera referencia a los distintos momentos históricos que se suceden a partir de entonces.
Pero el profeta nos está haciendo también un anuncio mesiánico, pues nos dirá que ‘durante ese reinado, el Dios del cielo suscitará un reino que no será destruido… y durará para siempre’. Nos resuenan los ecos de las palabras del ángel a María que le anuncia que el hijo que va a nacer de sus entrañas ‘será grande, se llamará Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin’. Todavía tenemos bien reciente la fiesta del domingo, la fiesta de Cristo Rey del universo.
Podemos sentir en las palabras que hoy hemos escuchado resonar las palabras del Génesis. Dios crea al hombre y lo hace grande – ‘hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ – y pone en sus manos toda la obra de la creación para que la domine y la trabaje, convirtiendo al hombre en rey de la creación. ‘Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla: dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra…’ Palabras semejantes a las que le dice Daniel a Nabucodonosor ‘a quien el Dios del cielo ha entregado el reino y el poder, y el dominio y la gloria, a quien ha dado poder sobre los hombres… las bestias de la tierra y las aves del cielo…’
Dios nos ha hecho grandes, pero ¿qué ha hecho el hombre de su vida, de esa maravilla que Dios ha creado? El pecado nos ha degradado y destruido, nos ha llenado de oprobio y de muerte. Pero Dios nos ha enviado un Salvador, Cristo Jesús, que establecerá el Reinado de Dios, el reino que no tendrá fin, y al que n os invita a nosotros a que entremos a formar parte. El mal será destruido, la muerte vencida; para nosotros hay esperanza y hay vida, porque hay salvación.
En el fondo este texto es una invitación a la vida, a la salvación, a la conversión al Señor. ¿No tendremos que darle gracias? ‘Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos’.

lunes, 23 de noviembre de 2009

En medio del mundo sin contaminarnos del mundo y generosidad de corazón

Dan. 1, 1-6.8-20
Sal.: Dan.3, 52-56
Lc. 21, 1-4


Dos breves comentarios a los textos hoy proclamados. Hoy hemos escuchado en la primera lectura al profeta Daniel, uno de los cuatro profetas mayores. Lo seguiremos escuchando durante toda esta última semana del año litúrgico. Aunque la acción de la profecía se sitúa, como hoy mismo se nos narra, en la época del destierro de Babilonia, la aparición de los textos proféticos son propiamente más tarde en los momentos difíciles de la época de los Macabeos que escuchamos la pasada semana.
Es un grito de esperanza para un pueblo que se ve oprimido o con muchas dificultades para vivir su fidelidad a la Alianza y al Señor al mismo tiempo que quiere ser iluminación, como lo es siempre el texto de las profecías, a la situación que viven para mantener esa fidelidad desde la confianza del Señor que está y actúa en medio de su pueblo, aunque sean muchas las dificultades y problemas. Bien nos viene a nosotros también.
Este capítulo primero nos presenta el marco histórico en que se desarrolló la acción del profeta Daniel. Nos presenta la elección de Daniel y los otros tres jóvenes, que veremos repetidas veces en la profecía, para servir al rey Nabucodonosor que los había llevado cautivos a Babilonia.
En el texto hoy escuchado podemos decir que hay un mensaje latente. En ese hecho de negarse a comer de los manjares del que les ofrecen y sin embargo van a servir en el mismo palacio, nos está enseñando cómo podemos y tenemos que vivir en medio del mundo sin contaminarnos con las cosas del mundo. Tenemos que ser sal que dé sabor a nuestro mundo y en medio de él tenemos que estar, pero sin perder nuestro sabor, sin perder nuestro sentido, porque es el sentido y la luz del Evangelio el que tenemos que llevar. Y es que nos fiamos del Señor, en El ponemos toda nuestra confianza y El estará siempre de nuestro lado.
Y una segunda palabra en torno al mensaje del evangelio. No hace muchos días hemos meditado sobre este mismo hecho en la narración que nos hace san Marcos. Ayer celebramos la fiesta de Cristo Rey. En nuestra reflexión hablábamos de un estilo nuevo del que tenemos que impregnar nuestra vida para ser pobres y desprendidos como señal de nuestra pertenencia al Reino de Dios. Aquí tenemos un hermoso ejemplo en esta pobre viuda que no da de lo que le sobre sino que ‘ella que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Nos recuerda la primera de las bienaventuranzas, ‘dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’. Nos recuerda el mandamiento del amor que Jesús nos dejó como distintivo. Porque amar es tener un corazón generoso; es la disponibilidad de nuestro corazón; es el vaciarse de uno mismo, de las reservas que siempre nosotros hacemos para nosotros mismos, para darnos totalmente a los demás. Esta viuda de la que nos habla el evangelio no se hizo reservas para si, sino que lo dio todo, sin pensar en sí misma, porque así era la generosidad de su corazón.
¿Cómo se puede tener una generosidad así? Cuando ponemos toda nuestra confianza en el Señor, en su providencia amorosa que siempre nos cuida. Que el Señor nos dé esa generosidad del corazón. Nuestro será el Reino de Dios. Es la señal de que vivimos en verdad el Reino de Dios. En El tenemos la eterna recompensa, porque Dios siempre nos ganará en generosidad.