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domingo, 18 de noviembre de 2018
Y no estamos solos, ni hemos de perder la esperanza ni llenarnos de angustia o de zozobra, porque sabemos bien que podemos hacer ese mundo nuevo y ese cielo nuevo
Y no
estamos solos, ni hemos de perder la esperanza ni llenarnos de angustia o de
zozobra, porque sabemos bien que podemos hacer ese mundo nuevo y ese cielo
nuevo
Daniel 12, 1-3; Sal. 15; Hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13,
24-32
domingo, 15 de noviembre de 2015
Un sentido de trascendencia nos hará encontrar sentido y valor a la vida que ahora vivimos y sufrimos confiados en la Palabra de Jesús
Un sentido de trascendencia nos hará encontrar sentido y valor a la vida que ahora vivimos y sufrimos confiados en la Palabra de Jesús
lunes, 17 de marzo de 2014
Seamos compasivos como nuestro Padre celestial es compasivo y seamos generosos en el amor
Seamos compasivos como nuestro Padre celestial es compasivo y seamos generosos en el amor
miércoles, 20 de marzo de 2013
Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres
lunes, 25 de febrero de 2013
Nuestro Padre Dios es compasivo, seamos compasivos con los demás
domingo, 18 de noviembre de 2012

Entonces se salvará tu pueblo…
miércoles, 13 de abril de 2011
La fe en Jesús nos conduce a la libertad y a ser hijos de Dios
Daniel, 3, 14-20.91-92.95;
Sal.: Dan. 3, 52-56;
Jn. 8, 31-42
La fe en Jesús nos llena de libertad y nos hace verdaderos hijos de Dios. Así podría resumir en pocas palabras el mensaje que nos ofrece el evangelio. Partimos de nuestra fe en Jesús. Creer en El. Lo que nos dará sentido a todo. Lo que en verdad nos engrandecerá.
‘Dijo Jesús a los judíos que habían creido en El’, nos dice el evangelista. ‘Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’.
No entendían los judíos. No se consideraban ni querían ser esclavos. Precisamente su gran lucha era en aquellos momentos verse liberados del dominio de los romanos. Pero Jesús hablaba de otra libertad más honda y profunda. Cómo otra había sido la libertad cuando salieron de Egipto. No fue solo verse libres de la esclavitud del Faraón, sino era sentirse un pueblo nuevo, un pueblo libre, un pueblo amado y protegido por Dios que les conduciría a la tierra prometida. Fue grande el proceso que en el interior de aquel pueblo se fue realizando en su camino por el desierto. Con la Alianza realizada con el Señor caminaban hacia la verdadera libertad.
Jesús habla ahora de creer en El, ser su discípulo, conocer la verdad y por esa verdad ser libres de verdad. Una libertad que desde esa fe les llevaba a ser verdaderos hijos de Dios. Porque creyendo en Jesús ya el pecado tiene que estar alejado totalmente de la vida del creyente. Esa es la peor esclavitud en la que podemos caer, el pecado. ‘Os aseguro que quien comete pecado es esclavo’, nos dice Jesús. Y de ahí Cristo nos quiere liberar. Derrama su sangre para el perdón de los pecados, para que nos veamos liberados del pecado para siempre. Por eso su Alianza es definitiva, es una Alianza nueva y eterna.
Protestaban los judíos en su discusión con Jesús porque ellos, decían, eran hijos de Abrahán. Pero no se trata solo de un linaje o una herencia. Es algo distinto a conseguir y solo lo podemos conseguir si verdad ponemos toda nuestra fe en Jesús. Cuando nos unimos a Jesús por el Bautismo nos llenaremos de la vida de Dios, por la fuerza del Espíritu comenzaremos en verdad a ser hijos de Dios. Unirnos a Jesús, creer en El, punto de arranque necesario y esencial.
Todo esto nos viene bien recordarlo y meditarlo y rumiarlo una y otra vez. Porque nuestra fe se enfría muchas veces; porque nos sentimos tentados una y otra vez a volver a la esclavitud del pecado. Y queremos en verdad vernos totalmente renovados en esta Pascua que vamos a celebrar y para la que nos estamos preparando en este camino de cuaresma que estamos haciendo. Por eso muchas cosas hay que revisar, limpiar, purificar, restaurar para que brilla en nosotros la gracia del Señor, para que vivamos la santidad a la que estamos llamados.
¿Seremos capaces como los tres jóvenes de los que nos habla el libro de Daniel de exponer nuestra vida a la muerte incluso en el tormento por mantener nuestra fidelidad al Señor? ‘Bendito sea Dios que envió a su ángel a librar a sus siervos que, confiando en El, despreciaron la orden real y expusieron la vida antes que dar culto a otro dios que sea el suyo’. Así exclamó el rey finalmente reconociendo la acción de Dios. Ellos se confiaban en el Señor que podía liberarlos, pero, como dijeron en un momento, aunque no lo hiciera seguirían adorando al único Dios y Señor. Ojalá sea así de firme nuestra fe.
martes, 29 de marzo de 2011
Generosidad para perdonar con un corazón contrito y humilde
Dan. 3, 25.34-43;
Sal. 24;
Mt. 18, 21-35
‘Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde… que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados…’
Es la oración de Azarías, de Daniel, que hemos escuchado en la primera lectura. Se sienten un pueblo pecador – ‘hoy estamos humillados por tierra a causa de nuestros pecados’, dice – y abandonados y perseguidos por los hombres, ponen toda su confianza en el Señor – ‘por el honor de tu nombre no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu mirada’ -. No tienen ni donde poder ofrecer sacrificios que sean agradables al Señor y le ofrecen lo mejor que tienen, su corazón ‘un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias’.
Nos vale esta oración para acercarnos también con humildad al Señor sintiéndonos pecadores. Nosotros además con toda la confianza en la misericordia de Dios que nos garantiza Jesús en su muerte y resurrección. La ofrenda que tenemos que hacer al Señor es nuestro corazón que queremos que el Señor purifique, pero en el que sentimos el dolor de nuestro pecado.
Un corazón contrito y humilde que nos hará tener nuevas actitudes, nuevos sentimientos hacia los demás. Quien se siente amado y perdonado por el Señor no puede menos que amar de la misma manera y tener esa actitud del perdón para con los que nos hayan podido ofender. Quien ha experimentado en sí lo que es la misericordia del Señor de la misma manera ha de actuar con misericordia con los demás. De lo contrario sería raquítica esa experiecia. Recordemos que cuando rezamos el padrenuestro le pedimos al Señor que ‘perdone nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los demás’.
Una invocación y petición del padrenuestro que quizá muchas veces decimos demasiado deprisa; y digo demasiado deprisa porque quizá no pensamos bien lo que decimos. Le pedimos perdón al Señor, pero, ¿de la misma manera y con la misma generosidad del Señor para con nosotros somos capaces nosotros de perdonar a los demás? Reconozcamos que es algo que nos cuesta. Ahí está herida difícil de curar.
Es lo que se nos plantea en el evangelio. Es la pregunta de Pedro pero puede ser también nuestra pregunta que aunque seamos buenos algunas veces parece que nos cansamos de ser buenos y de perdonar una y otra vez. Pero ¿es que tengo que perdonarle otra vez? ¡Ya está bien!, decimos tantas veces si no con las palabras sí con las actitudes cuestionándonos lo de perdonar una vez más.
‘Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Y nos propone Jesús la parábola que hemos escuchado. No es necesario detenernos mucho a explicarla porque con toda claridad está expuesto el mensaje. No podemos actuar como aquel a quien su señor le había perdona diez mil talentos y luego no era capaz de perdonar a su compañero cien denarios.
Hay una diferencia muy notable entre el valor de los talentos y el de los denarios. Como grande es la diferencia que hay entre lo que es nuestra ofensa a Dios y la ofensa que podamos recibir del hermano. Y Dios siempre está dispuesto a perdonar cuando con humildad acudimos a El porque ‘el Señor es compasivo y misericordioso’. Cuántas veces le decimos como hemos repetido hoy en el salmo ‘Señor, recuerda tu misericordia’. Reconozcamos que nos falta esa misericordia, esa compasión en nosotros, en nuestras comunidades cristianas, en nuestra iglesia.
Pero nosotros seguimos con nuestros resentimientos hacia los demás, tan sensibles a lo que nos puedan hacer o decir los otros, teniendo en cuenta la más mínima palabra o gesto que puedan tener con nosotros y que siempre malinterpretamos, y nos hacemos rencorosos no olvidando nunca y no siendo capaces de perdonar con generosidad.
Cuánto tenemos que aprender del Señor. Qué corazón contrito y humillado hemos de saber poner delante del Señor; y un corazon contrito es un corazón que copiando el amor de Dios es capaz de llenarse de amor para saber ser humildes con Dios y con los demás. Que sea sacrificio agradable en la presencia del Señor ese corazón que somos capaces de llenar de generosidad, de amor y de capacidad de perdón.
lunes, 21 de marzo de 2011
Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados
Dan. 9, 4-10;
Sal. 78;
Lc. 6, 36-38
‘Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados’, repetíamos en el salmo; ‘que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados…’
En la presencia del Señor, con sinceridad de corazón nos sentimos pecadores. Apelamos a que somos el pueblo del Señor, su pueblo elegido y amado - ‘nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño’- pero tenemos que reconocer que somos un pueblo pecador. Es nuestro pecado personal, de cada uno de nosotros, pero es el sentirnos también pueblo pecador.
Es lo que se expresa en la oración de Daniel, en la primera lectura. ‘Nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y normas…’ Y va desgranando el profeta toda esa maldad del corazón del hombre, que rechaza el mandamiento del Señor, pero rechaza también a aquellos que como enviados del Señor vienen a llamarnos a la conversión. ‘No hemos escuchado a tus siervos los profetas…’
En este camino cuaresmal que vamos haciendo con deseos de purificación y renovación de nuestra vida es como vamos también sintiéndonos, pueblo pecador que quiere convertirse al Señor. En la medida que vamos dando pasos y queriendo acercarnos al Señor vamos viendo la realidad de nuestra vida, nuestra condición pecadora que nos arrastra por caminos de frialdad, de infidelidad al Señor, de pecado. También cuántas veces nos hacemos oídos sordos a las llamadas que nos hace el Señor. Continuamente en nuestra oración y en la liturgia vamos manifestando que somos pecadores y pedimos la misericordia y compasión del Señor. ‘Ten piedad de nosotros’, repetimos muchas veces en distintos momentos a través de la celebración litúrgica.
Así con sinceridad tenemos que sentirnos delante del Señor, pero apelamos a su misericordia y compasión. Por eso escuchamos también lo que hoy nos dice el evangelio que nos invita a poner actitudes buenas en nuestro corazón: misericordia, compasión, perdón, acogida y aceptación de los demás, generosidad en todos los aspectos de nuestra vida. Aunque muchas veces nos cueste tener esas buenas actitudes para con los demás queremos hacerlo porque queremos parecernos al corazón compasivo y misericordioso del Señor. Con su gracia podemos realizarlo. El nos da la fuerza de su Espíritu para que nosotros tengamos esas buenas actitudes en nuestro corazón.
‘Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará…’
Muchas veces hemos proclamado y rezado con los salmos ‘el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad’. Así ahora nos pide Jesús que actuemos nosotros de la misma manera cuando humildemente nos acercamos a El para pedirle que tenga compasión y misericordia de nosotros que somos pecadores.
Así lo rezamos también en la oración que Jesús nos enseñó cuando le vamos a pedir perdón: ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…’ Queremos perdonar porque también queremos ser perdonados. Ya escucharemos la parábola de Jesús que nos enseña a nosotros ser compasivos con los demás y perdonar para ser nosotros perdonados. Que ya sabemos que si amamos muchos, se nos perdonarán nuestros muchos pecados.
‘No nos trates, Señor, como merecen nuestros pecados’, le pedimos al Señor. Pero que no sólo nos convirtamos al Señor cuando reconocemos nuestro pecado y le pedimos perdón, sino que al mismo tiempo comencemos a tener buenas actitudes y sentimientos hacia los demás.
martes, 9 de marzo de 2010
Seamos misericordiosos como grande es la misericordia del Señor
‘Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Es la pregunta de Pedro a Jesús. Y ya sabemos cómo Jesús sentencia firme y tajantemente que tenemos que perdonar siempre. Y además nos propone la parábola del hombre que es perdonado y luego no sabe perdonar a su hermano.
Pero antes de entrar en más detalles con sinceridad reconozcamos, ustedes y yo también, que esa pregunta de Pedro nos la hacemos nosotros muchas veces. Nos cuesta perdonar, seamos sinceros. Nos cuesta perdonar, cuando aquel que nos ha ofendido o nos ha molestado es reincidente en su ofensa o en su molestia. Pero, ¿tengo que perdonarlo otra vez?
La parábola que nos propone Jesús nos hace mirarnos a nosotros mismos por muy santos y buenos que nos creamos. Somos pecadores, y no pecadores de una vez, sino pecadores reincidentes. ¿Te habrás parado a ennumerar cuantas veces te has acercado a Dios para pedirle perdón por tus pecados en los que reincidimos una y otra vez? Y ¿qué hace el Señor? ¿Nos dirá porque ya te perdoné una vez ese pecado y has vuelto a caer en el mismo ya no te voy a perdonar más? No es así la misericordia de Dios.
Por eso la parábola nos está invitando a que seamos conscientes cómo el Señor nos ha perdonado y nos ha perdonado una y otra vez. ‘Un rey quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos… arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo… tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar perdonándole la deuda’.
Así es de generoso el Señor. No podemos pagar porque la ofensa es grande. Es el amor infinito de Dios el que hemos ofendido. Será ese amor infinito de Dios, que nos entrega a su Hijo que derrama su sangre y entrega su vida por nosotros, el que borra nuestras culpas, perdona nuestros pecados.
¡Qué hermosa oración la de Azarías en el libro de Daniel! Es la oración del hombre que se siente pecador; es la oración del pueblo que reconoce su pecado y su infidelidad. ‘Somos los más pequeños de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados… acepta nuestro corazón contrito, y nuestro espíritu humilde…’ más que todos los holocaustos y sacrificios ‘sea hoy éste nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, porque los que en ti confían no quedan defraudados…’ ¡Cómo tendríamos que aprender a presentarnos ante el Señor con sinceridad, con humildad, con amor.
Si consideramos todo esto, ¿por qué no somos compasivos y misericordiosos con nuestros hermanos? Ya sabemos cómo continúa la parábola. El que encontró compasión con su señor no fue capaz de tener compasión con su compañero. El debía diez mil talentos y se les perdonaron, a él le deben cien denarios y no es capaz de perdonar. ¿Merecía compasión de su señor el que no había sido capaz de tener compasión con su compañero?
‘¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?’ es la pregunta que nos hacemos. Considera lo que el Señor te perdona a ti para que tú tengas igualmente compasión del hermano.
‘Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’, decimos en el padrenuestros como nos enseñó Jesús. ¿Lo pediremos con autenticidad y sinceridad cuando rezamos el padrenuestro cada día? ¿Quién soy yo para juzgar y condenar al hermano? Por qué si tuvo un día la desgracia de caer le voy a seguir teniendo en cuenta para siempre su caída (su pecado)? Seamos misericordiosos como grande es la misericordia del Señor.
lunes, 1 de marzo de 2010
¿Juicios y condenas o misericordia y compasión?
¿Por qué tendremos que estar haciendo juicios y valoraciones de los demás que fácilmente nos lleva a la crítica y a la condena? ¿No será quizá porque no enjuiciamos sinceramente nuestra propia vida, sino que a nosotros todo nos lo perdonamos o disculpamos pero a los otros no le dejamos pasar ni una? Claro que a nosotros no nos gusta que nos juzguen los demás.
El responsorio que hemos repetido en el salmo si lo dijéramos con toda sinceridad seguro que nos ayudaría a tomar otras posturas. ‘No nos trates, Señor, como merecen nuestros pecados’. Y digo decirlo con sinceridad porque seamos capaces de ver y reconocer nuestros pecados. Como decíamos, somos muy fáciles para disculpar nuestros fallos, cerrar los ojos a lo que hemos hecho mal y no reconocer la maldad de nuestros pecados y la ofensa que significa contra el Señor.
Hoy nos dicen mucho que no te culpabilices, bueno, eso fue un error, una equivocación, luego ya lo intentarás hacer de otra manera o mejor en otra ocasión. Y nos quedamos tan tranquilos en nuestra conciencia.
Claro que no se trata de abrumar nuestra conciencia para llevarla a la depresión o la desesperación. Pero creo que sí hemos de tener claro lo que es una conciencia de pecado y cuando no obedecemos la ley del Señor sentir que no estamos dando la respuesta de amor que deberíamos dar y eso es ofensa a Dios que tanto nos ama y hace por nosotros. Claro que esto lo podemos descubrir si le hemos dado un sentido de trascendencia a nuestra vida, hay en nosotros unos sentimientos religiosos de relación con Dios que es nuestro Señor. Y junto a todo esto todo lo que abarca nuestra fe cristiana. Decimos que se ha perdido una conciencia de pecado, pero es que se ha perdido una conciencia de Dios, un sentido de Dios en la vida.
Hoy hemos escuchado al profeta Daniel en una hermosa oración que dirige al Señor sintiendo por una parte la grandeza de Dios y por otra si indignidad de hombre pecador que no ha obedecido la ley del Señor.
‘A Ti, Señor, la justicia; a nosotros la vergüenza en el rostro… nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus normas… hemos pecado contra Ti… al Señor Dios nuestro la piedad y el perdón… porque nos hemos rebelado contra El y no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios…’
Cuando nos reconocemos así pecadores y acudimos al Señor con humildad tenemos la certeza de que la misericordia del Señor es grande. ‘El Señor es compasivo y misericordioso’, nos lo repite la Biblia continuamente y lo habremos experimentado muchas veces en nuestra vida.
El sentirnos culpables ante el Señor no nos hunde nunca en la depresión y la desesperanza. Todo lo contrario, esto es lo hermoso porque en la misericordia del Señor encontraremos la paz, nos llenamos de su paz. Qué gusto encontrar esa paz porque recibimos el perdón de nuestros pecados. Que no es acallar nuestra conciencia, sino que es tener el gozo del perdón y la misericordia. No es decir, bueno en otra ocasión lo haré mejor, sino que es sentir la fuerza del Señor en mi vida que me hará en realidad ser mejor. ¡Qué grande es la misericordia del Señor!
Y es que hoy nos está enseñando Jesús en el evangelio cómo tenemos que ser generosos en nuestra compasión y misericordia con los demás. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo…’ Eso nos hará tratar de distinta manera a quien vemos pecador aunque nunca tenemos que juzgar ni condenar a nadie, a quien nos haya podido ofender o a quien haya podido cometer las peores cosas en su vida. ¡Cuántas cosas tendríamos que deducir de aquí para unas nuevas actitudes con los demás!
martes, 24 de noviembre de 2009
Suscitaré un reino que no será destruido, que durará para siempre
Sal.: Dan. 3, 57-61
Lc. 21, 5-11
La Palabra de Dios que se manifiesta a través de los profetas no sólo fue una palabra de vida y de esperanza para aquellos para quienes fue directamente pronunciada, sino que sigue siendo una palabra que de parte de Dios llega a nosotros – decimos Palabra de Dios, cuando la proclamamos – para llenarnos de vida, para suscitar esperanza, para despertarnos a la fe y al amor, para invitarnos a la conversión y que llega a nosotros en nuestras circunstancias concretas, en el momento concreto que vivimos.
Por eso hemos de escucharla siempre atentamente y dejar que el Espíritu divino nos ilumine para saber descubrir y discernir bien esa palabra del Señor. Ahí tenemos que poner nuestra vida, el momento que vivimos para que en verdad nos dejemos iluminar, nos dejemos querer por el Señor.
Hemos escuchado al profeta Daniel en la interpretación que hace del sueño al rey Nacubodonosor. Le hace una descripción del sueño y le da su interpretación. Esos distintos reinos que se suceden después del esplendor del reinado del rey de Babilonia pueden hacer verdadera referencia a los distintos momentos históricos que se suceden a partir de entonces.
Pero el profeta nos está haciendo también un anuncio mesiánico, pues nos dirá que ‘durante ese reinado, el Dios del cielo suscitará un reino que no será destruido… y durará para siempre’. Nos resuenan los ecos de las palabras del ángel a María que le anuncia que el hijo que va a nacer de sus entrañas ‘será grande, se llamará Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin’. Todavía tenemos bien reciente la fiesta del domingo, la fiesta de Cristo Rey del universo.
Podemos sentir en las palabras que hoy hemos escuchado resonar las palabras del Génesis. Dios crea al hombre y lo hace grande – ‘hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ – y pone en sus manos toda la obra de la creación para que la domine y la trabaje, convirtiendo al hombre en rey de la creación. ‘Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla: dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra…’ Palabras semejantes a las que le dice Daniel a Nabucodonosor ‘a quien el Dios del cielo ha entregado el reino y el poder, y el dominio y la gloria, a quien ha dado poder sobre los hombres… las bestias de la tierra y las aves del cielo…’
Dios nos ha hecho grandes, pero ¿qué ha hecho el hombre de su vida, de esa maravilla que Dios ha creado? El pecado nos ha degradado y destruido, nos ha llenado de oprobio y de muerte. Pero Dios nos ha enviado un Salvador, Cristo Jesús, que establecerá el Reinado de Dios, el reino que no tendrá fin, y al que n os invita a nosotros a que entremos a formar parte. El mal será destruido, la muerte vencida; para nosotros hay esperanza y hay vida, porque hay salvación.
En el fondo este texto es una invitación a la vida, a la salvación, a la conversión al Señor. ¿No tendremos que darle gracias? ‘Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos’.
lunes, 23 de noviembre de 2009
En medio del mundo sin contaminarnos del mundo y generosidad de corazón
Sal.: Dan.3, 52-56
Lc. 21, 1-4
Dos breves comentarios a los textos hoy proclamados. Hoy hemos escuchado en la primera lectura al profeta Daniel, uno de los cuatro profetas mayores. Lo seguiremos escuchando durante toda esta última semana del año litúrgico. Aunque la acción de la profecía se sitúa, como hoy mismo se nos narra, en la época del destierro de Babilonia, la aparición de los textos proféticos son propiamente más tarde en los momentos difíciles de la época de los Macabeos que escuchamos la pasada semana.
Es un grito de esperanza para un pueblo que se ve oprimido o con muchas dificultades para vivir su fidelidad a la Alianza y al Señor al mismo tiempo que quiere ser iluminación, como lo es siempre el texto de las profecías, a la situación que viven para mantener esa fidelidad desde la confianza del Señor que está y actúa en medio de su pueblo, aunque sean muchas las dificultades y problemas. Bien nos viene a nosotros también.
Este capítulo primero nos presenta el marco histórico en que se desarrolló la acción del profeta Daniel. Nos presenta la elección de Daniel y los otros tres jóvenes, que veremos repetidas veces en la profecía, para servir al rey Nabucodonosor que los había llevado cautivos a Babilonia.
En el texto hoy escuchado podemos decir que hay un mensaje latente. En ese hecho de negarse a comer de los manjares del que les ofrecen y sin embargo van a servir en el mismo palacio, nos está enseñando cómo podemos y tenemos que vivir en medio del mundo sin contaminarnos con las cosas del mundo. Tenemos que ser sal que dé sabor a nuestro mundo y en medio de él tenemos que estar, pero sin perder nuestro sabor, sin perder nuestro sentido, porque es el sentido y la luz del Evangelio el que tenemos que llevar. Y es que nos fiamos del Señor, en El ponemos toda nuestra confianza y El estará siempre de nuestro lado.
Y una segunda palabra en torno al mensaje del evangelio. No hace muchos días hemos meditado sobre este mismo hecho en la narración que nos hace san Marcos. Ayer celebramos la fiesta de Cristo Rey. En nuestra reflexión hablábamos de un estilo nuevo del que tenemos que impregnar nuestra vida para ser pobres y desprendidos como señal de nuestra pertenencia al Reino de Dios. Aquí tenemos un hermoso ejemplo en esta pobre viuda que no da de lo que le sobre sino que ‘ella que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Nos recuerda la primera de las bienaventuranzas, ‘dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’. Nos recuerda el mandamiento del amor que Jesús nos dejó como distintivo. Porque amar es tener un corazón generoso; es la disponibilidad de nuestro corazón; es el vaciarse de uno mismo, de las reservas que siempre nosotros hacemos para nosotros mismos, para darnos totalmente a los demás. Esta viuda de la que nos habla el evangelio no se hizo reservas para si, sino que lo dio todo, sin pensar en sí misma, porque así era la generosidad de su corazón.
¿Cómo se puede tener una generosidad así? Cuando ponemos toda nuestra confianza en el Señor, en su providencia amorosa que siempre nos cuida. Que el Señor nos dé esa generosidad del corazón. Nuestro será el Reino de Dios. Es la señal de que vivimos en verdad el Reino de Dios. En El tenemos la eterna recompensa, porque Dios siempre nos ganará en generosidad.




