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miércoles, 26 de agosto de 2026

Es hora de revisarnos con sinceridad, nuestras actitudes y posturas en muchas cosas, nuestra manera de actuar, también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios

 


Es hora de revisarnos con sinceridad, nuestras actitudes y posturas en muchas cosas, nuestra manera de actuar, también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios

2Tesalonicenses 3, 6-10. 16-18;Salmo 127; Mateo 23, 27-32

Si yo hubiera estado allí… habremos dicho en alguna ocasión cuando vemos desde la distancia alguna situación que no brilla precisamente por la rectitud, por la honradez, por el saber estar y el buen hacer de los que presenciaron aquella situación y quizás no hicieron nada; y venimos nosotros, como redentores por decirlo de alguna manera y decimos que nosotros hubiéramos actuado de otra manera, que no hubiéramos permitido las cosas que sucedieron y mil cosas más; pero nosotros no estuvimos allí, de verdad ¿qué hubiéramos hecho? ¿ir a la contra quizás de lo que todos hacían por inercia? Es fácil mirar desde la distancia y también somos tendenciosos para culpabilizar y quitarnos culpas a nosotros mismos de encima.

Es como cuando hay un accidente y en aquel momento de urgencia los que estaban presentes y pudieron ayudar con buena voluntad hicieron todo lo que estaba de su parte o sabían hacer, pero luego vendrá el sabio de turno para decir lo que no tenían que haber hecho, lo que él hubiera decidido si hubiera estado allí, pero no estaba y los que estaban hicieron lo que les dictó su saber en aquel momento. Otra cosa es decir que tenemos que estar más preparados para situaciones así, que tendríamos que tener claros unos protocolos y demás cosas de preservación.

Jesús sigue hablando fuerte contra los escribas y fariseos, como hemos venido escuchando estos días. Les habla de su hipocresía y doblez de corazón, de la incongruencia con que se actúa tantas veces cuando no hay una concordancia con lo que decimos o con lo que queremos imponer a los demás, mientras nosotros hacemos lo contrario. Hablaba Jesús contra quienes se consideraban dirigentes del pueblo o de quienes considerándose en un estadio superior en que incluso se consideraban más perfectos luego trataban de cargar a la gente sencilla de normas y preceptos que ellos en lo interior de sus corazones lo tenía muy lejos. Hoy les llama sepulcros blanqueados, muy bonitos por fuera pero bien sabemos lo que hay en su interior, pero Jesús quiere hacerles caer en la cuenta de la maldad que ellos llevan en su interior, hipocresía y crueldad, les dice.

Pero volvemos a repetirnos, ‘si hubiéramos estado allí…’ nosotros no hubiéramos sido como ellos, porque nosotros – desde la distancia – nos damos cuenta muy bien de la incongruencia en que vivían. ‘Si hubiéramos estado allí…’ nos decimos; pero más tenemos que plantearnos y nosotros, ahora y aquí, ¿qué es lo que hacemos? ¿No nos podrá suceder que nos parecemos demasiado a aquellos escribas y fariseos contra los que habla Jesús?

Es hora de revisarnos con sinceridad; hora de revisar nuestras actitudes y posturas en muchas cosas; hora de revisar nuestra manera de actuar. ¿No estaremos siendo también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios, con nuestras criticas a todo el que no ve las cosas como nosotros las vemos o quienes tienen unas posturas o unos principios distintos a los nuestros?

Pensemos, por ejemplo, en la crispación en que vive hoy nuestra sociedad y qué mal ejemplo nos dan nuestros dirigentes, sean del color que sean, pero quienes nos decimos cristianos y hemos optado por el seguimiento del Jesús que nos da como único y principal mandamiento el del amor, veamos cómo reaccionamos con quienes tienen otra opinión, otra manera de ver las cosas y unas actuaciones que quizás no nos gusta. ¿Qué epítetos usamos habitualmente para catalogar a esas personas? ¿Cuáles son los deseos que albergamos en nuestro corazón, que no siempre se queda en lo secreto porque muchas veces lo proclamamos bien alto, contra esas personas a las que quisiéramos quitar de en medio y no nos importaría incluso la violencia? ¿Esa tendría que ser la actuación, el lenguaje, los deseos de uno que se dice seguidor de Jesús el que incluso desde la cruz estaba diciendo ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’?

El evangelio siempre tiene que ser un interrogante que se abre ante nuestra vida y nuestra manera de actuar; no hemos de tener miedo que nos produzca inquietud y desazón porque puede significar muy bien que nos está tocando nuestras heridas que tenemos que saber curar.


sábado, 5 de octubre de 2024

Miramos lo que tenemos en las manos y recapitulamos nuestra vida, dando gracias por los frutos, pero lanzando de nuevo la semilla a la tierra en el nombre del Señor

 


Miramos lo que tenemos en las manos y recapitulamos nuestra vida, dando gracias por los frutos, pero lanzando de nuevo la semilla a la tierra en el nombre del Señor

Deuteronomio 8, 7-18; Salmo 1 Crón 29, 10-12; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Miramos lo que tenemos en las manos y nos sirve para recapitular de alguna manera lo que ha sido hasta ahora nuestro trabajo, el camino recorrido en la vida observando lo que hemos vivido pero también el fruto que hemos logrado, lo que ha merecido la pena los esfuerzos realizados pero también el rumbo que quizás tenemos que enderezar.

Todos hacemos paradas en la vida que nos ayudan a hacer balance de lo que vivimos. Lo hacemos en nuestros negocios – cerrado por inventario, nos encontramos algunas veces -, lo hace el estudiante al finalizar el curso presentando unos exámenes, lo hace el agricultor cuando recoge sus cosechas y valora el fruto del esfuerzo de su trabajo, lo hacemos cuando queremos llevar una buena administración y una contabilidad para recoger beneficios, lo hacemos en casa no solo porque queremos ver si llegamos a fin de mes o tenemos unos ahorros para emprender una reforma que necesitamos… y así en todos los aspectos de la vida.

¿En todos? ¿Lo haremos también del recorrido de nuestra vida personal, con sus altos y bajos, con sus momentos de crecimiento y felicidad o también con los errores cometidos? Quizás nos preocupamos mucho de los asuntos materiales donde pensamos encontrar unos rendimientos económicos, pero no lo hacemos tanto por lo que tiene que ser la maduración de nuestra vida personal o nuestra relación con los demás. ¿Y nuestra vida espiritual?

La liturgia de la Iglesia nos ofrece una oportunidad en la celebración que nos ofrece en estos primeros días de octubre. Sobre todo en nuestro hemisferio es la época en que retomamos nuestras tareas en todos los aspectos después del descanso del verano. En la vida civil sobre todo en el mundo de la educación y la enseñanza es la época en que comienza el curso; la vida laboral retoma la intensidad de su ritmo después de las vacaciones; en nuestros campos se están terminando de recoger las cosechas de todos sus frutos y comienza la época de una nueva siembra; en la vida pastoral de la Iglesia, aunque nunca se detiene, retoma sin embargo la intensidad de su ritmo. Y la Iglesia nos ofrece en la liturgia de este día de témporas – así llamado – la oportunidad de revisar y programar, de poner todo en las manos de Dios y de sentirle en verdad presente en este camino.

Nos recuerda la Palabra de Dios, con aquellas recomendaciones que hacía Moisés al pueblo para cuando se establecieran en la Tierra Prometida que en los momentos de abundancia de prosperidad no nos olvidemos de Dios; si a El acudimos buscando ayuda en los momentos oscuros no seamos los desagradecidos que pronto olvidamos la acción de Dios en nuestra vida. Nos sucede en la vida misma, tenemos la tentación y el peligro de pronto olvidar a quien nos tendió una mano y nos ayudó. No seamos así con el Señor, como aquellos leprosos que una vez curados corrieron al encuentro de la vida, pero solo uno volvió atrás para reconocer el don que de Dios había recibido.

Pero es momento de recapitular y revisar, de reencontrarnos con nosotros mismos, pero también de aprender a reencontrarnos con los demás; por eso se nos habla también de reconciliación. ‘Dejaos reconciliar con Dios’, nos dice el apóstol. Reconciliarnos, reencontrarnos, reconociendo desvíos y desaciertos, para tomar de nuevo el rumbo, para sentirnos satisfechos dentro de nosotros mismos, pero para saber valorar lo que hemos recibido y saber ser agradecidos, para sentirnos a bien con los demás rehaciendo lo que se haya podido romper, pero para sentirnos a bien con Dios porque en El sabemos que siempre vamos a encontrar misericordia.

Y es momento de reemprender el camino en el nombre del Señor. ‘En tu nombre echaré las redes’, decía Pedro. Por eso invocamos a Dios, sentimos su presencia a nuestro paso, contamos con El como Cireneo, queremos que la lluvia de su gracia caiga sobre nosotros para que haga fecundo nuestro campo y nuestra vida. Igual que estamos ansiosos por la lluvia que riegue nuestros campos – y cuanto hemos de pedirlo al Señor – estamos ansiosos por la lluvia de su gracia que es la que va en verdad a hacer florecer nuestra vida, y tras esas flores sabemos que habrá unos frutos.

miércoles, 25 de septiembre de 2024

Tenemos que aprender los cristianos a apoyarnos menos en las vanidades que se nos pegan del mundo y que nuestra fortaleza sea el mismo anuncio del evangelio

 


Tenemos que aprender los cristianos a apoyarnos menos en las vanidades que se nos pegan del mundo y que nuestra fortaleza sea el mismo anuncio del evangelio

Proverbios 30, 5-9; Salmo 118; Lucas 9, 1-6

¿Ricos? ¿Pobres? Algunas veces lo planteamos como si fuera entre una cosa y otra. Todos deseamos disponer de lo necesario para una vida digna, para nosotros y para los nuestros. Para eso trabajamos, nos esforzamos, buscamos los medios necesarios. Sentimos con los que nada tienen la angustia de no tener con qué salir adelante. Ansiamos algunas veces, o al menos alguno, tener de todo no solo ya para lo necesario sino incluso para lo superfluo, es la tentación de riqueza que llevamos dentro de alguna manera. Pero queremos tener los suficientes medios para poder realizar nuestros sueños, desarrollar iniciativas, hacer producir nuestro mundo. Es en nuestro trabajo o nuestras profesiones, es en el ámbito de la familia, es contemplando la sociedad en la que vivimos y que queremos de alguna manera desarrollar. Pero ese desarrollo ¿estará solo en función de los bienes materiales o económicos de los que dispongamos?

Esta última pregunta nos tendría que hacer plantearnos qué es lo verdaderamente importante para la vida, para ser más persona, para hacer mejor nuestro mundo. Pudiera ser que algunas veces andemos un tanto confundidos. Todo parece que queremos resolverlo desde la posesión de esos medios y así vemos en nuestra sociedad que siempre se están pidiendo esos medios para hacer algo, pero muchas veces no nos implicamos desde otros valores que son importantes en la vida y que serán los que de verdad nos harán crecer. Vemos cómo muchas cosas están abocadas al fracaso por muchos medios materiales que puedan tener cuando no se implican de verdad las personas con sus propios valores.

¿Nos sucederá también así a los cristianos, en el ámbito de la Iglesia? Es cierto que algunos critican las riquezas de la Iglesia, mientras desde dentro muchas veces andamos demasiado angustiados porque no tenemos los medios suficientes para llevar adelante nuestras tareas. ¿En qué tendremos que quedarnos? ¿Tendríamos quizás que revisarnos en muchas de las cosas en las que ponemos tanto esfuerzo para ver si en verdad nuestro actuar tiene verdadero sentido evangélico?

Creo que el evangelio de hoy nos ofrece mucha luz en este sentido. Nos narra el evangelista que Jesús ha elegido a los apóstoles para que vayan con su misión a anunciar también el Reino de Dios. ‘Los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos…’ nos dice el evangelista, como un signo de esa llegada del Reino de Dios. Pero fijémonos en lo que les dice Jesús, cómo los envía, las condiciones para ponerse en camino. ‘No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio’.

Son muy significativas las palabras de Jesús. El único poder que Jesús les da es el de curar enfermos y expulsar demonios. Son los signos que han de realizar de la llegada del Reino de Dios, la liberación de todo mal. Pero el signo está también en la manera en que han de ir; en nada se han de apoyar. ‘No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan ni dinero’. Vacíos de sí mismos, vacíos de todo signo de poder, en la pobreza de quien no se apoya en sus medios materiales, pero con la disponibilidad del que vacío de si mismo solo se apoya en el Señor.  Es la autenticidad de sus vidas lo que en verdad tiene que convencer. Nos dejaremos acoger y alimentar por aquellos que quieran con nosotros compartir. Entramos en una nueva dinámica donde serán las personas con unos valores que no son los materiales sino los que la hacen más personas  los que van a hacer presente ese Reino de Dios.

¿Habría algo que revisar, plantearnos de nuevo a la hora de trabajar por el evangelio? ¿Tendremos que desprendernos de tantos signos de ostentación que algunas veces damos los cristianos o la misma presencia de la Iglesia? ¿Nos estaremos apoyando de verdad en el evangelio o en esas vanidades que se nos pegan de nuestro mundo?

 

 

jueves, 24 de marzo de 2022

Tenemos que convencernos que como cristianos tenemos que ser sembradores de paz y de comunión, buscando siempre el encuentro para recorrer caminos de colaboración entre todos

 


Tenemos que convencernos que como cristianos tenemos que ser sembradores de paz y de comunión, buscando siempre el encuentro para recorrer caminos de colaboración entre todos

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

¿Por qué seremos así? Siempre hay alguien que tras cada cosa, por muy buena que sea, siempre estará viendo una segunda intención, siempre andará en desconfianza o queriéndonos poner en desconfianza, siempre tratará de decirnos que hay algo turbio, siempre hay una mala intención, siempre hay una razón oculta. Desconfiados terminamos por destruirnos; desconfiados contagiamos a los demás de nuestra desconfianza, y luego terminaremos sin tener en qué apoyarnos.

Nunca se será capaz de aceptar lo bueno que pueda haber en la actuación de los demás sobre todo si los consideramos adversarios. Parece que siempre tenemos que estar enfrentándonos como enemigos que llevan el odio por bandera. Y esa forma de actuar nos destruye en lo más hondo de nosotros mismos. Lo contemplamos en el día a día de nuestra sociedad, donde siempre se irá echando abajo – hasta en el sentido más material de la palabra – lo que hayan podido hacer otros.

Cuando alguien tiende la mano para el diálogo y para construir unidos, siempre andamos con desconfianza hacia esa mano tendida. Vamos por la vida en un diálogo de sordos porque solo nos oímos y nos queremos ver a nosotros mismos como los únicos salvadores. Y así surge una crispación en la sociedad que termina por llenarnos de violencia. Siento en verdad tristeza en el corazón cuando veo esa manera de actuar sobre todo en quienes tienen la responsabilidad de dirigir nuestra sociedad y ser constructores de una sociedad mejor que tendría que ser contando con la colaboración de todos. Tenemos que tener cuidado de no contagiarnos con esa mala levadura, o diría peor, de esa cizaña sembrada de mala manera en nuestros corazones.

‘Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa’, les responde Jesús cuando andan acusándolo con la incongruencia de que los milagros que realiza los hace con el poder del espíritu del mal. ¿En qué cabeza cabe? Pero esta frase de Jesús no solo hemos de verla en esa apología contra la incongruencia de quienes no aceptan las obras de bien que realiza, sino que además puede ser un toque de atención para esa división que hay entre nosotros cuando no somos capaces de aceptarnos, cuando nos hacemos la guerra entre nosotros mismos.

Nos tendría que dar que pensar para esas relaciones enfrentadas y llenas de violencia que hay entre nosotros en el pan nuestro de cada día, pero que algunas veces descubrimos entre quienes más unidos tendríamos que estar en torno a Jesús. No siempre los creyentes vivimos esa necesaria comunión entre nosotros. Es, sí, la ruptura de la falta de unidad de los cristianos y miramos la iglesia en su globalidad, pero tendríamos que mirar en la cercanía a donde estamos para ver que no siempre resplandece esa comunión entre los mismos que participamos en la misma Eucaristía cada semana, el día del Señor.

Nuestras comunidades muchas veces están rotas, porque ni entre nosotros mismos nos conocemos; no somos capaces de ver y reconocer lo que está haciendo el hermano que está dos bancos más atrás de nosotros en el templo, porque no nos conocemos, porque no hay cercanía entre nosotros. Muchas tendrían que ser las cosas que tendríamos que revisar, muchas las actitudes y posturas nuevas que tenemos que hacer surgir de nuestro corazón, muchas las cosas de las que tendríamos que desprendernos porque a la larga pueden ser sombras que llevamos en nuestra vida.

Mucha tendría que ser la apertura que como cristianos tenemos que hacer a esa sociedad en la que vivimos y donde tendríamos que ser siempre sembradores de paz y de comunión, buscando el encuentro, trabajando para que sepamos encontrar esos caminos de colaboración entre todos y dejemos ya de una vez de ponernos tantas zancadillas.

Es el camino de conversión que vamos realizando en este tiempo cuaresmal buscando que haya verdadera pascua en nosotros.

viernes, 31 de diciembre de 2021

Es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida

 


Es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18

Hoy es habitual en la mayoría de la casas andar muy preocupados y ocupados en los preparativos para la nochevieja, para el fin de año. Es un hecho social. En el calendario cae una hoja, pero con el cambio de año no parece una hoja cualquiera. Son momentos de fiesta en la despedida del año que termina y en el recibimiento del año nuevo. Todo son buenos deseos para el año que comienza.

Pero también hay que decir que para algunos – y nos tendríamos que preguntar si no sería así para todos – es un momento de un parón, aunque sea momentáneo para mirar hacia atrás y contemplar el año que termina. Sería una cosa muy necesaria y conveniente. Me atrevo a pensar que en medio de todas esas preocupaciones y ocupaciones en que hoy estamos liados tendríamos que sacar unos momentos para hacer esa mirada.

Socialmente ha sido un año muy complejo porque la pandemia sigue y no terminamos de ver previsiones de un próximo cambio, sino que más bien parece que en estos momentos las cosas se ponen un tanto graves; la crisis social y económica que acompaña cuanto sucede sigue afectando a muchas personas y es algo que tendría que preocuparnos seriamente; en una de nuestras islas se han vivido unos especiales momentos de angustia, donde en cierto modo todos los canarios nos hemos visto afectados, con el volcán de Cumbre Vieja que asoló en parte la isla de La Palma. Así podríamos seguir pensando en muchas más cosas de este calibre que ya los medios de comunicación social en algún momento nos están recordando.

Pero creo que ese detenernos, aunque existen estas preocupaciones graves, tendría que ir en lo personal por caminos de mayor hondura. ¿Qué ha significado en mi vida personal este año que termina? ¿Qué provecho ha tenido para mi vida? Lo que he ido viviendo a través del año ¿ha contribuido a mi crecimiento personal, a mi maduración como persona? Muchas cosas tendríamos que saber analizar con detalle; cada uno conoce su vida con sus limitaciones y carencias y con el progreso personal que va realizando, y la mirada tiene que ser muy personal de cada uno a sí mismo, a su interior, y al mismo tiempo en consecuencia a todo lo que ha significado mi relación con las personas de las que me rodeo.


Es momento, sí, de hacer balances, pero no de resultados económicos sino de ese enriquecimiento como persona en el cultivo de los mejores valores. Y es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida. Vamos a decir que es tratar de descubrir cómo me ven los ojos de Jesús, los ojos de Dios. Es en Cristo donde tenemos que centrar lo más hondo de nuestra vida, pero ¿ha sido así como realmente he vivido este año?

Hoy he querido en este último día del año dejar esta reflexión, aunque nos pareciera que no es un comentario al evangelio del día. No perdamos de vista, por otra parte, que seguimos dentro de la octava de la Navidad y ese espíritu navideño tenemos que seguir viviéndolo, aunque ya para el mundo que nos rodea les pueda parecer que quedó atrás y muy lejos, aunque aún sigan los mismos adornos en nuestras casas y en nuestras calles.

Hoy precisamente en el evangelio se nos recuerda que ‘el Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. Es el misterio de Navidad que seguimos viviendo y celebrando. Pero también se nos dice que ‘la luz brilló en la tiniebla y la tiniebla no quiso recibirla’. Cuidado le demos la espalda a esa luz preocupados como andamos por tantas cosas. Que seamos en verdad aquellos que la recibimos y que ‘a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre les dio poder de ser hijos de Dios’. Es lo que somos y es lo que hemos de vivir.

sábado, 6 de febrero de 2021

Necesitamos en la vida más que unas vacaciones un tiempo de encontrarnos con nosotros mismos pero sobre todo de encontrarnos a solas con Jesús

 


Necesitamos en la vida más que unas vacaciones un tiempo de encontrarnos con nosotros mismos pero sobre todo de encontrarnos a solas con Jesús

Hebreos 13,15-17.20-21; Sal 22;  Marcos 6,30-34

Hoy una cosa que se ansía en medio de cualquier actividad o trabajo es el poder tener unas vacaciones. Ya vemos a la gente con cuanto tiempo de antelación planifican sus vacaciones, esos días en que suspendemos el trabajo, si nos es posible nos alejamos incluso de aquellos lugares habituales de nuestra vida y buscando ese tiempo de descanso, de relax, de romper el ritmo y la monotonía del trabajo de todos los días y poder dedicarnos a otra cosa sin mayores obligaciones o responsabilidades.

Será desde nuestros trabajos en las empresas, será desde la rutina que vivimos en nuestros hogares en aquellas personas que no tienen otra responsabilidad que la de su hogar y su familia, será el estudiante en su ritmo de estudios, pero es algo que todos ansiamos. Años, como el que hemos pasado azotado por la pandemia, no los deseamos porque incluso de esa rutina de unas vacaciones también nos hemos tenido que desprender, y así algo nos ha faltado. Claro que no todos pueden tener vacaciones.

Parece que eso de las vacaciones es tan viejo como la misma humanidad, aunque exageremos un poco, pero por decirlo un tanto superficial vemos que Jesús también quiere llevarse de vacaciones a los apóstoles y discípulos más cercanos. Los había enviado a hacer un primer anuncio del Reino y ahora están de vuelta contando todo cuanto les había sucedido. Jesús quiere llevárselos a solas con El a un lugar apartado, ¿cómo un descanso? Al menos para que tengan la oportunidad de compartir toda aquella experiencia que habían vivido. Jesús quería que estuvieran a solas con El.

Pero las cosas se tuercen porque al llegar la gente se les ha adelantado y mientras ellos iban en barca, por tierra ha llegado mucha gente antes, con los que se encuentran cuando desembarcan al llegar al lugar. No les dejaban tiempo ni para comer, dice el evangelista; ahora les vemos que no les dejan tiempo ni para descansar. Porque allí afloró el corazón lleno de amor de Jesús y compasivo y misericordioso se puso a enseñarles y a curarles de sus enfermedades. No tendrían tiempo para todo lo que deseaban estar a solas con Jesús pero la lección quedaría aprendida porque el amor y el espíritu de servicio está por encima de todo que sería para siempre la pauta de los apóstoles de Jesús.

Pero vamos a detenernos un poco en ese deseo de estar a solas con Jesús a raíz de lo que hemos venido hablando de los deseos de vacaciones o de descanso, de cambios de ritmo en la vida y de un tiempo relajado para nosotros mismos. Ya sé que en los tiempos que vivimos necesitamos de ese tiempo de descanso o de vacaciones, pero necesitamos también un tiempo para nosotros mismos, para saber hacer un silencio y una parada en nuestras carreras para encontrarnos más con nosotros mismos; un tiempo que no es simplemente no hacer nada, que al final puede ser hasta un tiempo aburrido del que nos cansemos, sino ser capaces de mirar nuestra vida, lo que hacemos y sobre todo lo que somos; será el momento en que miremos hacia atrás y veamos nuestro camino y analicemos muchas cosas, pero también un tiempo para mirar hacia delante, descubriendo caminos por recorrer.

No se trata de coger una revista de viajes, como todos entendemos, para ver a donde vamos a ir a parar – que tampoco estaría mal si vamos al encuentro de otras culturas, de otras personas -, sino que se trata del viaje de nuestra propia vida, en lo que somos y en lo que tendríamos que ser, en ese camino de ascensión en nosotros o si queremos llamarlo de otra manera de crecimiento espiritual.

Y aquí, aunque fuera brevemente, vuelvo a incidir en lo de ir y estar a solas con Jesús. Es algo que un cristiano necesita cada día, porque ahí está el verdadero motor de su existencia, de su vivir, de su espiritualidad. Necesitamos esos momentos de silencio para escuchar a Dios, necesitamos esos momentos de pausa para encontrarnos con Dios, porque así aprenderemos también a tener esa pausa que necesitamos en la vida para sabernos encontrar con los demás.

Pero en algún momento tiene que ser algo más que ese rato de cada día, necesitamos de un tiempo más amplio, donde seamos capaces de dejar a un lado también nuestros quehaceres y descubrir ese quehacer de Dios en nuestra vida. Podremos descubrir maravillas. Intentémoslo. No nos vamos a arrepentir.

martes, 31 de diciembre de 2019

Nos preguntamos cuál es la riqueza humana y espiritual que hemos acumulado en el año que termina y al mismo tiempo estamos dispuestos a compartir con los demás


Nos preguntamos cuál es la riqueza humana y espiritual que hemos acumulado en el año que termina y al mismo tiempo estamos dispuestos a compartir con los demás

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18
Lo que hoy os voy a ofrecer en la semilla de cada día no es lo que habitualmente ofrecemos desde un comentario a la Palabra de Dios que cada día se nos ofrece pero en las circunstancias del fin de año en que estamos bien puede ser una semilla que también sembremos en nosotros.
Fin de año, hora de balances. La empresas cuadran sus cuentas, quieren contabilizar sus beneficios, pero que también aparezcan los aspectos negativos, las pérdidas quizás o los logros que no alcanzaron obtener que a la larga se convierten en negativos que mermaran unas ganancias que pudieron ser mejores. Baremos, fórmulas para hacer los cálculos, plantillas que ayuden al balance se ofrecen por doquier y expertos los hay para hacer dichas cuentas.
Pero creo que esos no son solo los balances importantes que tenemos que hacernos cuando llega la hora de un fin de año o cuando puede haber un cambio de etapa en la vida. Podemos circunscribirnos al ámbito de la familia o al ámbito social donde hacemos la vida. Creo que toda persona que quiere ser más en la vida o que quiere vivir la vida en una mayor plenitud dando lo mejor de sí, es algo que tiene que detenerse a hacer con cierta frecuencia. ¿Qué mejor oportunidad que este momento de fin de recorrido en un año que hemos vivido y cuando nos abrimos, quizá con incertidumbres, a un nuevo año?
La reflexión que aquí cada día nos hacemos creo que hoy podría ir por estos derroteros. Detenernos a pensar, mirarnos a nosotros mismos allá en lo más hondo con toda sinceridad para constatar el camino recorrido, puede ser una buena oportunidad.
Algunas veces los tiempos nos vienen demasiado convulsos, porque lo que sucede en nuestra sociedad, lo que son los problemas que podemos palpar a nivel social también nos tocan. Las inseguridades y en cierto modo desconciertos de la vida social y política también nos afectan y pudieran también desestabilizarnos cuando reina la confusión en la vida social y política.
Un punto para pensar sería cómo me he visto afectado por lo que sucede en nuestra sociedad pero también preguntarnos cual ha sido nuestra actitud. ¿Pasividad? ¿Conformismo? ¿Sólo palabras y criticas que se lleva el viento pero sin ningún tipo de compromiso? ¿O he sido capaz de aportar algo, de poner mi granito de arena implicándome más en la vida social de mi entorno?
Muchos serían los temas de los que hacer balance en el año que termina. Y tenemos que tomar también nuestras propias iniciativas. Pero entre creyentes y personas religiosas y de Iglesia nos movemos. ¿Cómo hemos vivido el momento actuar de la Iglesia en este año que termina? Problemas variados constatamos ciertamente en el camino de la Iglesia, aunque muchas veces los medios de comunicación incidan con mayor insistencia en algunos que más morbo puedan tener.
Algunas veces nos podemos sentir hastiados por las cosas que constatamos pero también por la forma en que son tratados en diferentes niveles. Habrá momentos en que podamos sentirnos inseguros o no terminamos de ver el rumbo que se va tomando según los diferentes medios por los que nos llegan las noticias o comentarios. Se habla de renovación y de autenticidad pero no siempre lo vemos o nos pueda parecer que algunas cosas no nos llevan a esa necesaria renovación.
¿Cómo nos sentimos en todo ese recorrido? ¿En qué medida yo en mi entorno ayudo a la Iglesia, a otros cristianos para que puedan encontrar lo que buscan o lo que necesitan? ¿Me estaré quedando en ser un miembro pasivo más que se pone en la barrer para verlas venir o para ver donde va a parar todo esto sin que yo me complique mucho?
Finalmente vamos a hacer un poco balance de lo que ha sido mi vida personal, aunque de alguna manera aspectos ya han ido saliendo. Cada uno tenemos nuestros objetivos, nuestros planes de vida, nuestras metas y es el momento de ver cómo lo hemos ido logrando. Cada uno piense en sus personales metas en la vida. No crecemos como personas ni somos más maduros simplemente porque vayamos dejando pasar los días. La intensidad con que vivimos cada momento es lo que nos hará crecer y madurar.
Y la intensidad viene dada por la responsabilidad con que vivimos la vida, por lo que sabemos disfrutar de cada momento no de una forma superficial sino por la hondura que le vamos dando aún en los momentos difíciles, por la apertura de nuestro yo y nuestro espíritu para acoger todo lo bueno que nos viene de los demás o la vida nos ofrece, por la sensibilidad con que vivimos nuestra relación con la naturaleza en la que estamos inmersos pero también sobre todo con los que convivimos cada día, en una palabra, por el amor que ponemos y que repartimos.
¿Cuál es la riqueza humana y espiritual que hemos acumulado y al mismo tiempo estamos dispuestos a compartir con los demás? Un buen balance para el año que termina, esperemos que sea positivo.

domingo, 3 de marzo de 2019

Analicemos nuestras palabras, revisemos nuestras actitudes, examinemos la verdad de nuestro actuar haciendo un buen discernimiento de nuestra vida



Analicemos nuestras palabras, revisemos nuestras actitudes, examinemos la verdad de nuestro actuar haciendo un buen discernimiento de nuestra vida

Eclesiástico 27, 4-7; Sal 91; 1Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

‘Se agita la criba y queda el desecho, así el desperdicio del hombre cuando es examinado’, nos ha dicho el libro sapiencial. Los granos de trigo se pasan por la criba para despejarlos de toda hojarasca, para separar el grano bueno de la parva que se llevará el viento y podamos obtener un fruto limpio y sustancioso. Bien lo saben los agricultores que en la era han de trillar el trigo para sacarlo limpio de paja y luego es aventado al viento para liberarlo de esa parva. Hermosa imagen para la vida.
Necesitamos de esa criba donde veamos la verdad de nuestra vida, para que no se quede todo en vanidosos oropeles que oculten la vaciedad de nuestros frutos o la podredumbre de nuestro corazón. Se llamará discernimiento – y la palabra ya vemos que se deriva de cernir, de pasar por la criba – que no solo es el que tenemos que hacer de los demás o de los acontecimientos que nos rodean, sino que cada uno ha de saber hacerlo de si mismo para descubrir la autentica verdad de sus valores.
Ese discernimiento lo podemos llamar también revisión o examen pero será algo que tenemos que hacer con total sinceridad, por respeto a nosotros mismos y a nuestra propia conciencia, pero también por respeto a esas personas que nos rodean, con quienes convivimos o a quienes en una tarea educadora hemos de saber trasmitir también unos valores que no se pueden quedar en palabras huecas y vacías. No nos vale cubrirnos de apariencias ni nos vale querer ocultar lo que llevamos en nuestro corazón porque pronto saldrá a relucir porque de lo que hay en nuestro corazón hablarán nuestros labios, o lo denunciarán nuestras propias obras. Y cuanto de todo eso puede haber en nuestra vida.
En este estilo sapiencial nos habla Jesús hoy en el evangelio. Son como sentencias que va desgranando pero que tenemos que detenernos para rumiarlas y masticarlas para sacar de ellas todo fruto. No nos vale leerlas o escucharlas todo de corrido, porque tenemos el peligro de quedarnos en la superficie y no lleguemos a ahondar en toda la sabiduría que Jesús quiere ofrecernos para nuestra vida.
Así no podemos ir de maestros por la vida siempre queriendo señalar para los demás cuando nosotros previamente no lo hayamos rumiado en lo más intimo de nuestra vida y con toda sinceridad; cuando simplemente tratamos de trasmitir palabras oídos o aprendidas de memoria, pero que no hemos asimilado en nosotros para hacerlas vida en nuestra vida, nos quedaremos en palabras huecas y vacías que nada van a decir a quienes tratamos de trasmitirlas.
Una almendra está escondida tras un doble caparazón que hemos de saber tener la habilidad de abrirlo para poder encontrar ese rico fruto; una perla está escondida en el caparazón de una concha que hemos de saber abrir para encontrarnos con su belleza y su riqueza. Es lo que tenemos que saber hacer con la Palabra de Dios que escuchamos y que queremos trasmitir; no nos quedamos en la superficie, como no nos quedamos en el caparazón de la concha, sino que lo abrimos para disfrutar de la belleza de la perla; así tenemos que saber rumiar, con verdadero discernimiento para aplicarla a nuestra vida esa Palabra que escuchamos y luego ya podremos ofrecerla con toda claridad y brillantez a los demás.
Hoy nos habla Jesús de quitar la mota o la viga de nuestro ojo, para poder ver claramente la mota que pueda tener el ojo de nuestro hermano y poder extraerla. Discernimos primero sobre nuestra vida, viendo lo que en realidad hay en nosotros para que con ojos claros y límpidos podamos ofrecer la luz a los demás.
De igual manera nos habla Jesús de cómo he cuidar el árbol de nuestra vida para que no esté dañado de ninguna maldad y así podarlos dar frutos buenos que enriquezcan a los demás y enriquezcan a nuestro mundo haciéndolo mejor. ‘Cada árbol se conoce por su fruto’, nos viene a decir Jesús, y si los frutos de nuestra vida no son buenos es porque nuestro árbol, nuestra vida está dañada y es lo primero que tenemos que curar. ‘El fruto muestra el cultivo de un árbol, la palabra, la mentalidad del hombre’, nos decía también el libro del Eclesiástico.  ¿Cuál es el fruto que nosotros ofrecemos? Analicemos nuestras palabras, revisemos nuestras actitudes, examinemos de verdad lo que son las obras de nuestra vida, nuestra manera de actuar, nuestra propia idea, nuestra mentalidad. Es lo que en verdad tenemos que saber cribar, discernir.
‘El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca’, terminará diciéndonos Jesús. Hagamos ese verdadero discernimiento, esa buena criba de nuestra vida para no nos quedemos en ofrecer paja, sino buen grano, buen fruto que alimente no solo nuestra vida sino que enriquezca también a nuestro mundo haciéndolo mejor.

domingo, 10 de junio de 2018

El mensaje del Evangelio que siempre nos inquieta, no nos deja adormilados, nos interroga por dentro, nos compromete y nos pone en camino de una vida nueva


El mensaje del Evangelio que siempre nos inquieta, no nos deja adormilados, nos interroga por dentro, nos compromete y nos pone en camino de una vida nueva

Génesis 3, 9-15; Sal. 129; 2Corintios 4, 13–5, 1; Marcos 3, 20-35

El mensaje de Jesús no es como para dejarnos como adormilados y relajados en nuestras rutinas y en la insensibilidad de una vida cómoda. La presencia de la figura de su Jesús y su mensaje siembra inquietud en los que lo contemplan y lo escuchan cuando hay un mínimo de sensibilidad y de sinceridad en la escucha.
Algunas veces una lectura en cierto modo superficial del evangelio nos puede hacer pensar que en torno a Jesús todos lo tenían claro y siempre todo eran aclamaciones de gentes entusiasmadas que lo escuchaban y seguían. Pero si hacemos una lectura atenta nos iremos dando cuenta que aquello que había anunciado el anciano Simeón cuando la presentación de Jesús niño en el templo se hacia realidad continuamente. Era en verdad un signo de contradicción.
Por eso tenemos que acercarnos siempre al Evangelio sin ideas preconcebidas en un sentido o en otro sino con una sinceridad de conciencia para ponernos frente a frente con Jesús y su evangelio, con sus enseñanzas y sus signos aunque pudieran dejarnos intranquilos porque se produzca una inquietud en nuestro corazón. Inquietud que no significa pérdida de paz, sino interrogantes, deseos de búsqueda, descubrimiento de las contradicciones que tantas veces pueden aparecer en nuestra vida.
Ejemplo lo tenemos en la página del evangelio de hoy. Nos habla de que acudía tanta gente que no le dejaban tiempo ni para comer, pero inmediatamente vienen algunos familiares y tratan de llevárselo porque no estaba en sus cabales. La preocupación de los familiares porque veían que no podía seguir con una vida así y aquello podía acabar mal.
Pero al mismo tiempo por allá andan diciendo los que siempre estaban en contra que lo que Jesús hacia lo hacia con el poder del demonio. Realmente es que les desconcertaba lo que Jesús hacia y decía, no podían entenderlo, rompía sus esquemas, y para ellos eso era como echar abajo aquella religión en la que siempre habían creído. Cuanto de eso puede seguir sucediendo cuando ella alguien que con sus palabras o con sus gestos nos provoca inquietudes que nunca habíamos sentido y que nos hace tener unos planteamientos serios sobre lo que hemos venido haciendo siempre. Cuando nos tratan de arrancar de nuestras rutinas y comodidades ya no nos gusta y nuestra reacción puede ser el desprestigiar a aquel que nos hace pensar, que nos hace reflexionar para entrar en revisión de nuestras posturas.
Ya nos responde Jesús haciéndonos ver la contradicción que realmente donde está es en nosotros por nuestra frialdad, por nuestros legalismos, por los ritualismos en que convertimos todo el hecho religioso y cristiano. Ya tendríamos que pararnos a pensar y a reflexionar más a fondo en lo que hacemos y como y por qué lo hacemos. Ya tendríamos que revisarnos de esa tibieza espiritual en la que hemos metido nuestra vida donde de verdad no terminamos de definirnos si estamos o no estamos por el evangelio. Ya tendríamos que revisarnos y plantearnos seriamente nuestra falta de compromiso, y hasta de la incongruencia en que podemos estar viviendo nuestra vida cristiana, porque no terminamos de entregarnos como tendríamos que hacerlo.
Y habla Jesús de ese pecado terrible de la blasfemia contra el Espíritu Santo. Atribuir al espíritu maligno la acción del Espíritu de Dios. Es ese hacernos oídos sordos a la inspiración del Espíritu en nosotros. ¿Cómo podemos avanzar en el camino de nuestra vida, de nuestra fe, de la respuesta que como cristianos tenemos que dar si no  nos dejamos conducir por el Espíritu Santo? Es el pecado que nos hace caer por la pendiente del mal; es el meternos en ese torbellino de las obras malas que comienzan por nuestra tibieza y superficialidad del que luego nos será difícil arrancarnos y en el que nos iremos hundiendo más y más.
Y finalmente nos ofrece otro detalle que a primera vista nos puede parecer desconcertante. Parece que Jesús no hace caso cuando le dicen que allí están su madre y sus hermanos, su familia. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús ante el anuncio que le hacen. Parece que se desentendiera, pero sin embargo nos deja un hermoso mensaje. Podemos entrar en la órbita de su familia si hacemos como María, como el proclamara en otro momento. Ahora nos dice que serán su madre y sus hermanos los que cumplen la voluntad de Dios, los que de verdad plantan en su corazón la Palabra de Dios y la ponen en práctica.
Un evangelio que nos puede hacer reflexionar sobre muchas cosas. Un evangelio, como lo es siempre como Buena Nueva que es, que nos inquieta, nos hace preguntar, no nos deja adormilados, nos pone en camino de vida nueva, nos hace renovarnos de verdad. Porque quien escucha y la escucha de verdad, con total sinceridad, la Buena Nueva de Jesús ya su vida no puede seguir siendo igual. Dejémonos interpelar por el Evangelio de Jesús.

lunes, 26 de junio de 2017

Que nunca se interpongan las cataratas del orgullo y el amor propio entre nosotros y la relación con los demás, porque solo caminaremos caminos de tinieblas y de oscuridad

Que nunca se interpongan las cataratas del orgullo y el amor propio entre nosotros y la relación con los demás, porque solo caminaremos caminos de tinieblas y de oscuridad

Génesis 12,1-9; Sal 32; Mateo 7,1-5
Quienes hemos tenido en la vida la experiencia de tener cataratas en los ojos, después de la cirugía que extirpó esa catarata seguramente recordamos el cambio que se operó en nuestra visión. Casi sin darnos cuenta en la medida en que crecía la catarata en nuestros ojos la visión se iba difuminando, los ojos perdían claridad y capacidad para apreciar los detalles y los colores; pero casi nos habíamos acostumbrado a aquella visión borrosa. Al recuperar la visión nos dimos cuenta de la belleza de los colores, la calidad de los detalles que podíamos apreciar, la visión nueva que teníamos a partir de ese momento de la cosas con una mayor claridad.
En la vida vamos con demasiadas cataratas en los ojos, y ya no es esa cortina que se ha formado en la lente de nuestra retina; es el velo que desde intenciones sesgadas quizá hemos ido interponiendo entre nosotros y los demás, y la visión no ya borrosa sino muchas veces maligna que nos hacemos de las cosas y de las personas. Excesivas cataratas y lentes con colores distorsionados nos ponemos en la vida con nuestros prejuicios y con nuestras sospechas, desde nuestros orgullos o desde la miopía de nuestros egoísmos, desde esos destellos de vanidad y de amor propio con que miramos a nuestro alrededor, y desde tantas malicias con que maleamos nuestro corazón y con eso la visión de los demás.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de la humildad con que hemos de caminar en la vida, reconociendo que muchas motas, que muchos errores, que muchas cosas no buenas se nos apegan demasiado fácilmente a nuestro corazón, para que así no aprendamos a juzgar ni a condenar a los demás porque quizás nos parezca que no hacen las cosas bien o que también pueden cometer errores.
Ese camino de humildad nos hace ser menos exigentes y más comprensivos; ese camino  nos hace acercarnos con sencillez junto al hermano para saber caminar juntos ayudándonos mutuamente en nuestras cojeras, en nuestras limitaciones; el ayudar al hermano a pesar de mis limitaciones estimula al otro, y a mi me hace fuerte en mi luchas por superar mis propios defectos y debilidades. El camino que en la vida hacemos acompañados es más estimulante y nos levanta los ojos del espíritu para ver metas más altas a las que podemos llegar.
El orgulloso que camina solo y ni acompaña ni se deja acompañar, solo se quedará en su caída porque no tendrá nadie a su lado porque a todos ha apartado con su orgullo. Aprendamos esos caminos de humildad, acompañemos abajándonos si es necesario hasta la altura del otro, y dejemos acompañar acomodándonos también al paso del que esta a nuestro lado y nos tiende la mano para seguir el camino.
Que nunca se interpongan esas cataratas del orgullo entre nosotros y la relación que hemos de tener con los demás, porque solo caminaremos caminos de tinieblas y de oscuridad.

jueves, 23 de febrero de 2017

Las virtudes con que adornemos nuestra vida serán ese cristal luminoso y brillante a través del cual demos buena luz a los demás con nuestros buenos ejemplos


Las virtudes con que adornemos nuestra vida serán ese cristal luminoso y brillante a través del cual demos buena luz a los demás con nuestros buenos ejemplos

Eclesiástico 5,1-10; Sal 1; Marcos 9,41-50
En otro momento del evangelio Jesús nos decía que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal; la luz tiene que iluminar, la sal tiene que dar sabor. Pero si la lámpara esta oculta no puede dar luz, pero también hemos de decir que si la lámpara esta visible pero el cristal que cubre la llama que da luz esta manchada y rota no podrá reflejar debidamente esa luz, si el cristal esta lleno de suciedad o enturbiado con distintos colores lo que sucederá es que la luz no podrá llegar nítida para iluminar o teñirá de colores no tan agradables su resplandor. O como nos dice refiriéndose a la sal si se vuelve sosa no podrá realizar su acción, si se corrompe nos dará corrupción.
Creo que esto nos pueda ayudar mucho. Vamos a decir, a dar por sentado que somos buenos porque no hacemos grandes maldades, pero bien sabemos que tenemos que cuidar mucho nuestras actitudes, hacer un control de nuestras pasiones más diversas porque muchas veces pueden aparecer en nosotros algunas cosas que ya no son tan buenas, no hay tal pureza de intención, o el descontrol de nuestra vida puede hacer que nos aparezcan actitudes y comportamientos en que nos dejamos llevar por nuestro orgullo, aparecen mezquindades en nuestra vida, nos pueden ir corroyendo por dentro los celos y las envidias y ya aunque aparentemente parezcamos buenos  no todo es bueno en nuestro interior; y eso que tenemos en nuestro interior se va reflejando aunque no queramos en nuestros actos.
Por eso la actitud madura de la persona es querer ir superándose cada día mas, para superar debilidades, para purificar esas posturas, esos gestos, esas acciones que realizamos delante de los demás, porque el mal que hay en nosotros desgraciadamente puede influir en los demás, puede arrastrar a los demás también a realizar lo mismo que nosotros con no tanta pureza realizamos. Ya sabemos que en la vida caminamos siempre como en una pendiente, y el que está en una pendiente y quiere ascender siempre tendrá que estar en tensión para no dejarse arrastrar, para poder seguir dando pasos en esa ascensión y en ese crecimiento de su vida.
El ajetreo de la vida, el encuentro con los demás, el esfuerzo y preocupación por nuestro trabajo y nuestras responsabilidades puede hacer muchas veces que no pongamos toda la tensión y toda la atención en lo que tendría que ser importante en nuestra vida que es ese crecimiento interior, ese crecimiento y maduración como persona. Fácilmente nos pueden aparecer en esos encontronazos que vamos teniendo en la vida por los problemas que nos van como cercando, pueden aparecer, digo, ramalazos de orgullo, de egoísmo, de amor propio, de rivalidades que nos enfrentan, de envidias y celos que tanto daño nos hacen, pero que también pueden hacer mucho daño a los que están a nuestro lado.
Jesús nos previene con sus palabras hoy en el evangelio que nos pueden parecer incluso duras, pero es que tenemos que saber arrancar de raíz esas malas pasiones que se nos meten tan dentro de nosotros; algunas veces parece incluso que no nos damos cuenta de lo que nos sucede o de esos gestos o esas actitudes impropias que podamos tener con los demás. Por eso es tan necesaria la vigilancia. Ya sabemos que una mala hierba no nos vale solo con cortarla, sino que tenemos que arrancarla de raíz porque de lo contrario volverá a reverdecer en nosotros.  A eso nos está invitando Jesús hoy en el evangelio.
Las virtudes con que adornemos nuestra vida serán ese cristal luminoso y brillante a través del cual demos buena luz a los demás con nuestros buenos ejemplos.

sábado, 4 de febrero de 2017

Necesitamos un descanso que no solo nos haga reponer fuerzas sino que nos ayude a crecer humana y espiritualmente para vivir mejor nuestro encuentro con Dios y con los demás

Necesitamos un descanso que no solo nos haga reponer fuerzas sino que nos ayude a crecer humana y espiritualmente para vivir mejor nuestro encuentro con Dios y con los demás

Hebreos 13,15-17.20-21; Sal 22; Marcos 6,30-34
A lo largo de la historia una de las luchas y de los logros en el desarrollo de la humanidad ha sido el lograr un justo descanso para el hombre trabajador que no solo le haga reponer fuerzas para poder continuar desarrollando su tarea sino que le sirva también para el relax, para el encuentro con los demás y para la merecida y necesaria convivencia familiar.
En nuestra tradición judeocristiana sin embargo eso ha sido algo que ha estado marcado desde siempre, dándole un sentido sagrado y religioso puesto que ese día del descanso era también necesario para el debido culto a la divinidad. Así lo tenemos traducido en los mandamientos y en la organización de la semana laboral desde toda la historia de la salvación en el pueblo judío en el que el sábado era el día del descanso y del culto al Señor.
Justo es que en nuestra sociedad desarrollada se mantenga ese tiempo de descanso en la organización de nuestra vida, como decíamos antes para la necesaria recuperación de nuestras fuerzas pero que ha de servir también para otras muchas actividades que nos ayuden a la estabilización de nuestra vida, a nuestro crecimiento personal y también para poder contribuir mejor al bien de nuestra comunidad en tantas actividades sociales y comunitarias que en esos momentos podríamos realizar.
Descansar no es simplemente estar sin hacer nada, aunque necesitemos también ese tiempo de inactividad física; es un tiempo hermoso para la meditación, para la reflexión, para la lectura, simplemente si queremos decirlo así para pensar en nuestras cosas o en nuestros propios planteamientos revisando lo que somos o lo que hacemos. Es un tiempo muy necesario para ese crecimiento interior, esa profundización en nuestra vida, como decíamos, en lo que somos y en lo que hacemos.
Son momentos propicios para crear ilusión en nuestro corazón y en nuestros sueños plantearnos cosas nuevas para nuestra vida con nuevos proyectos, con ambiciones nobles; son momentos para ayudarnos al descubrimiento de los demás y aprender a ir al encuentro con los otros no ya por la necesidad de la vida laboral, sino simplemente para convivir y soñar juntos.
Como decíamos no es quedarnos en la inactividad o la pasividad, sino que pueden ser momentos para desarrollar nuestra creatividad más allá de lo que puedan ser nuestras obligaciones laborales o las responsabilidades ordinarias que tengamos en la vida. Nuestro descanso nos puede hacer más creativos, despertar iniciativas, ayudar a vivir una vida social más intensa y más participativa.
Me podréis decir y a cuenta de qué vienen ahora estas reflexiones en la semilla de cada día. Pues he de decir que estos pensamientos me han surgido desde lo que hoy escuchamos en el evangelio. Los apóstoles y discípulos regresan de la misión a la que Jesús les había enviado de ir anunciando el Reino. Y ahora nos dice el evangelista que Jesús quiso llevárselos a un lugar tranquilo y apartado para descansar un poco. Era, sí, el momento del descanso donde los discípulos compartirían sus experiencias en el cumplimiento de aquella misión de Jesús. Era el momento del descanso pero para estar más a solas con Jesús. Era el momento del descanso para escuchar esa palabra viva y distinta que Jesús podría decirles a cada uno según fuera su vida y lo que habían realizado.
¿No será eso también lo que nosotros espiritualmente también necesitaríamos? Ir a estar a solas con Jesús para compartir con El nuestra vida, nuestras ilusiones y nuestros sueños, nuestras esperanzas y nuestras luchas, nuestros tropiezos y nuestros fracasos. Necesitamos descansar en el Señor. Y escuchar esa palabra que nos dirige personalmente a nuestro corazón, palabra que nos anima y que nos da fuerza, palabra que nos reconforta allá en lo más hondo de nosotros mismos y nos hace caminar con nueva fuerza.
Pero hay una cosa que también aprendemos en el evangelio de hoy. Porque vayamos al descanso en el encuentro con el Señor con nuestra oración o con nuestra celebración, sin embargo nunca nos podremos desentender de los demás. Como nos dice el evangelista cuando llegaron a aquel sitio se encontraron con una multitud hambrienta y sedienta de Dios que les estaba esperando. Es ese mundo que nos rodea del que nunca podremos desentendernos. 

miércoles, 27 de abril de 2016

Un crecimiento interior, un camino de purificación, una riqueza manifestada en santidad, una construcción de un mundo mejor

Un crecimiento interior, un camino de purificación, una riqueza manifestada en santidad, una construcción de un mundo mejor

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

Hoy las imágenes con las que nos habla Jesús son eminentemente agrícolas. Nos habla de vid y de sarmientos, nos habla de poda y de los abonos necesarios para obtener unos buenos frutos. Imágenes todas ellas muy expresivas y tienen perfecta aplicación en todo lo que es nuestra vida.
Queremos que nuestra vida fructifique; nada hay peor que una vida insulsa y sin sentido, una vida sin metas ni objetivos, que no manifieste en aquello que hacemos y vivimos lo más hondo que llevamos dentro. Cada uno se prolonga, podemos decir, en aquellas obras que realiza y así manifiesta la riqueza interior que lleva dentro y que de alguna manera enriquece también a los que nos rodean y enriquecen a la sociedad en la que estamos. Vamos dejando nuestra impronta, nuestra huella, nuestros frutos en lo que hacemos no solo de forma personal para nuestro enriquecimiento personal sino también en bien de la sociedad en la que vivimos.
Eso significará un esfuerzo personal por ese crecimiento interior y por ese crecer y madurar como personas. Una persona sensata y sabia sabe analizar su vida para corregir errores, para mejorar su forma de actuar, para tratar de fijarse metas, para encontrar motivaciones para esa lucha de cada día que le haga mejorar como persona. Y esto en todas las facetas de su vida humana. Así manifestamos la madurez de nuestra vida.
Lo mismo y con mayor motivación, si queremos, en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana, de seguimiento de Jesús. Es de lo que en concreto nos habla hoy el evangelio. Y además de esa poda necesaria para corregir errores, para purificar lo malo que pudiera ir apareciendo en nuestra vida, nos habla de algo muy importante que es la necesaria unión del sarmiento con la cepa, con la vid.
El Señor a través de su Palabra, allá en lo más secreto de nuestro corazón, en la intimidad de la oración o en aquellos que como instrumentos de Dios están a nuestro lado para ayudarnos, nos va señalando todo eso que tendríamos que podar en nuestra vida para que nuestros frutos tengan el verdadero sabor. Ya sabemos muy bien que un frutal que no se poda debidamente no nos dará unos buenos y sabrosos frutos de calidad. Es lo que necesitamos ir haciendo en nuestra vida cristiana, porque nuestra vida se puede ir maleando con la influencia negativa de tantas cosas con que nos vamos encontrando y nos pueden ir dañando.
Y todo eso lo podremos ir logrando en verdad con la fuerza del Espíritu divino. Es la necesaria unión con Dios que todo cristiano ha de vivir desde la oración y desde la vivencia de los sacramentos. Bien tenemos la experiencia – o mala experiencia, podríamos más bien decir – de que cuando aflojamos nuestra vida espiritual nos debilitamos, nos enfriamos, entramos en esa etapa de la vida espiritual que no somos ni fríos ni calientes, y la tibieza espiritual es el camino más terrible que nos hará resbalar por la pendiente de la tentación y del pecado.
Leamos y escuchemos allá en lo más hondo de nosotros mismos este hermoso texto del  evangelio de hoy. ‘Permaneced en mí, y yo en vosotros… el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada… Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos…’ Será un fruto que va a revertir en bien de nuestra sociedad y en bien de la Iglesia. Estaremos así construyendo un mundo mejor y realizando el Reino de Dios

jueves, 3 de marzo de 2016

Necesitamos fortalecernos espiritualmente manteniendo el ritmo de nuestra vida cristiana para vivir el camino de santidad que nos haga crecer de verdad

Necesitamos fortalecernos espiritualmente manteniendo el ritmo de nuestra vida cristiana para vivir el camino de santidad que nos haga crecer de verdad

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

En todas las cosas que hacemos hemos de estar atentos siempre y prestar la debida atención; somos conscientes de que cuando hacemos las cosas con rutina terminamos no fijándonos en lo que hacemos y al final las cosas salen mal.
Esto lo aplicamos al trabajo que hacemos que por muy rutinario que sea por hacer siempre lo mismo, sin embargo hemos de prestarle atención, pero lo podemos aplicar a muchos aspectos de nuestra vida; serán nuestras relaciones con los demás en la convivencia con aquellos que están más cercanos a nosotros a los que tenemos el peligro de no prestarles la debida atención teniendo una palabra amable con ellos, sabiendo dar gracias por algo que nos hacen, o tener un detalle de delicadeza, pero podemos pensar en nuestro desarrollo personal, en las actitudes que como personas hemos de tener, en ese crecimiento de nuestra vida tratando de progresar de verdad en valores y en cosas buenas, en la superación de nuestros fallos o defectos.
Es esa necesaria vigilancia para estar atentos, para revisar continuamente lo que vamos haciendo, para irnos trazando metas y objetivos que nos hagan crecer y madurar, para prever también los peligros y problemas que nos pueden acechar. Nos conoceremos así mejor, veremos nuestras posibilidades, como veremos también donde están las partes débiles de nuestra vida donde mayor atención y prevención quizá hemos de tener.
Es la vigilancia también en nuestra vida espiritual que da sentido profundo y trascendencia a nuestra vida; es la vigilancia en todo lo que ha de ser vivir el sentido cristiano de la vida en aquello que hacemos y que da verdadero color a nuestro yo más profundo. En eso algunas veces somos abandonados porque nos creemos que con hacer como siempre hacemos ya está todo logrado.
Un cristiano de verdad siempre ha de estar confrontando su vida con el evangelio, con la Palabra de Jesús para ir descubriendo lo que Dios nos pide cada día y la mejor respuesta que hemos de dar con nuestra vida cristiana. Y en eso somos muy rutinarios, nos contentamos con poco, no terminamos de avanzar como deberíamos y así rehuimos el esfuerzo, el compromiso, lo que signifique superación o corrección de nuestros fallos o errores.
Es lo que nos suele pasar con las tentaciones que nos aparecen en la vida y que no somos capaces de superar. Hoy en el evangelio Jesús nos previene. Nos habla del enemigo que nos puede atacar en cualquier momento, aunque ya en otras ocasiones hayamos sido capaces de superarle y vencer en la tentación. Nos confiamos y nos aparece de nuevo la tentación y el tropiezo cuando menos lo esperamos.
Es necesario fortalecernos espiritualmente, como nos  sugiere Jesús hoy con sus palabras. Una fortaleza que encontramos no solo en la fuerza de nuestra voluntad, sino que hemos de ser capaces de saber encontrar en la gracia del Señor. Y para eso necesitamos orar más, necesitamos abrirnos con mayor intensidad a la Palabra del Señor, a su Evangelio, necesitamos dejarnos aconsejar por aquellas buenas personas que están a nuestro lado y siempre tendrán una palabra de ánimo pero también una palabra que nos ayude a  encontrar caminos.