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jueves, 23 de julio de 2026

Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos



Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Toda obra que realicemos aparte de que tratemos de diseñarla bien para llevarla a la mayor perfección que deseemos nos exige un esfuerzo de superación, de corrección y mejora en la medida que la vamos realizando, que nos puede llevar incluso en algún momento a que tengamos que rehacerla totalmente como si la comenzáramos de nuevo para lograr esa meta de perfección a la que aspiramos; puede ser igual cualquier tipo de trabajo que realicemos de forma manual o incluso con los medios de los que disponemos hoy lo mismo que el artista que quiere plasmar una obra de arte.

Hoy el evangelio nos pone la imagen del agricultor que cultiva una viña con el deseo de obtener unos frutos de la mejor calidad; no nos vale la viña estéril que no da fruto como son innecesarios esos sarmientos que solo le dan frondosidad pero que no dan fruto; por eso hoy Jesús nos habla de poda, de cortar lo que impide los mejores frutos, lo que le va a mermar la vitalidad de esa planta.

Nos está queriendo decir muchas cosas el evangelio, porque nos está hablando de la vida misma, de nuestra vida, que ha de estar llena de vigor, que ha de madurar los mejores frutos; nos está hablando de nuestro crecimiento personal, que no es simplemente dejar pasar los días y que nuestro organismo y nuestro ser viva por si mismo, sino de esa búsqueda que nos da ese crecimiento como personas, que enriquece nuestra personalidad, que desarrolla nuestras capacidades, que nos hace madurar para afrontar la vida con todos sus problemas, pero que ha llevado un trabajo de nosotros mismos para corregir defectos y errores, para no dejar que se envicie nuestra vida, para que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos, para que aparezcan los frutos de nuestra vida. ¿Cuáles serán los mejores frutos que podamos ofrecer de nosotros mismos? Es una búsqueda en nuestro crecimiento personal.

Pero nuestra vida no es solo lo humano que podamos realizar con toda su riqueza, hay un itinerario espiritual que también hemos de realizar buscando la verdadera grandeza y está, por supuesto, todo lo que significa nuestro seguimiento de Jesús. De una forma muy concreta nos está hablando Jesús cuando nos habla de cómo tenemos que estar unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vid para poder dar fruto, porque sin El no daremos en verdad fruto. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.

Nos decimos cristianos y lo decimos con excesiva facilidad que se puede quedar en superficialidad. No somos cristianos solamente porque se han realizado unos ritos religiosos en nuestra vida, ya fuera nuestro bautismo o la primera comunión, o porque realicemos unas determinadas prácticas religiosas; eso se nos quedaría en la apariencia si luego en el día a día de nuestra vida no estamos mostrando unos frutos, de unas actitudes y de unos valores, de una manera de vivir y de plantearnos las cosas y de unos compromisos nacidos en esa fe y que nos lleven la transformación de nuestro mundo a la manera del Reino de Dios.

Muchas veces nuestra vida se nos queda en lo superficial o simplemente nos dejamos arrastrar por el mundo que nos rodea. No olvidemos que en la masa de ese mundo tenemos que ser levadura, a ese mundo tenemos que llevarle el sabor de la sal del evangelio, ese mundo tenemos que iluminarlo con la luz de Cristo. Pero para poder realizar todo eso tenemos que estar unidos a Cristo como el sarmiento a la vid, como nos ha dicho hoy el evangelio. Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, pero no lo lograremos si no lo escuchamos y plantamos de verdad en nuestro corazón.

Hoy la liturgia nos ha ofrecido este texto del evangelio porque estamos celebrando a Santa Brígida de Suecia que es patrona de Europa; una mujer que en su tiempo sintió una preocupación muy grande por lo que era y lo que significaba la Iglesia en su tiempo y la necesidad de una reforma muy grande para darle esa vitalidad del evangelio en el mundo en que vivía. Quizás de la mano de esta santa patrona de Europa y con el evangelio que hemos escuchado en nuestras manos y en nuestro corazón también tendríamos que sentir esa misma preocupación de que la Iglesia hoy siga siendo esa levadura de nuestro mundo, esa sal que dé sabores de evangelio a nuestra sociedad. Hablamos con mucha facilidad de una Europa cristiana, pero somos conscientes que cada vez influyen menos los valores del evangelio en esa sociedad nueva que queremos construir.

Muchas preguntas que hacernos. ¿Donde estamos los cristianos comprometidos? ¿Estará haciendo la Iglesia todo lo que tiene que hacer con arrojo y valentía para ser esa luz que refleje la luz de Cristo y del Evangelio en nuestra sociedad? ¿Qué estamos haciendo nosotros ahí en ese ámbito concreto en el que vivimos, nuestra familia, nuestros lugares de convivencia, nuestra comunidad, nuestro pueblo o lugar concreto donde vivimos y donde tenemos que ser esa levadura?


miércoles, 6 de mayo de 2026

La apariencia del mucho ramaje no nos va a garantizar buenos frutos, tentación de autosuficiencia y vanidad de la que nos hemos de curar con una buena poda

 


La apariencia del mucho ramaje no nos va a garantizar buenos frutos, tentación de autosuficiencia y vanidad de la que nos hemos de curar con una buena poda

Hechos 15, 1-6; Salmo 121; Juan 15, 1-8

Tenemos que curarnos de autosuficiencias y de vanidades, una enfermedad que se nos mete en nuestras venas y nos hace creernos que somos los únicos o somos los mejores porque quizás en un momento dado hemos hecho cosas buenas o que nos parecían buenas y ya nos creíamos sabedores de todo y no aceptamos ninguna palabra que nos haga ver el valor de lo que hacemos de otra manera; aparecen los orgullos, el amor propio que terminarán queriendo eliminar a quien nos pudiera hacer sombra; es una cadena a la que parece que no le damos fin. Por eso tenemos que comenzar con humildad reconociendo que de nada nos vale esa autosuficiencia y esa vanidad.

Nos cuesta que nos digan que eso que hacemos y que nos parece bueno se puede hacer de otra manera, porque quizás nosotros siempre lo hemos hecho así; nos cuesta aceptar algunos errores que hemos cometido, quizás con la mejor buena voluntad, como nos cuesta aceptar esa buena palabra que nos dice en un momento determinado que quizás debemos dejar de hacer algunas cosas.

Hoy el evangelio parece que se hace agricultor o para los agricultores, pues nos está hablando de prácticas que se realizan en la agricultura para mejorar la producción de lo que cultivamos, y que quizás a los que somos ajenos a ese mundo de la agricultura nos pudiera costar entender; si ese árbol lo vemos tan bonito y tan frondoso, ¿por qué tenemos que cortar algunas de sus ramas?, se puede preguntar el que es ignorante en esas tareas.

Nos habla de la vid y de los sarmientos, nos habla de esa tarea que realiza el viticultor en un momento determinado que corta muchos de esos sarmientos que podrían hacer improductiva aquella planta, para que luego pueda dar mejores frutos; pero ha de cuidar el viticultor en conservar lo que es esencial para que un día puedan brotar abundantes frutos. No voy a ponerme aquí a dar lecciones de esos trabajos agrarios, pero desde lo elemental podemos entender lo que con esta alegoría nos quiere enseñar Jesús para nuestra vida. Y cómo el buen sarmiento tiene que estar bien unido o injertado en la cepa para que surja la vida, para que surjan los frutos.

Es el examen que necesitamos hacer de nuestra vida con serenidad y con realismo; aunque nos parezca que hacemos muchas cosas ¿en verdad estaremos dando los frutos que Dios nos pide? ¿Habrá ramajes en nuestra vida que necesitamos cortar, que necesitamos podar que ese es el nombre porque nos podríamos quedar en las apariencias y final seamos una higuera con muchas cosas pero con pocos frutos en sus troncos? Hablábamos de la autosuficiencia y de la vanidad, como enfermedades que dañaban nuestro espíritu; cuando nos creemos que por nosotros mismos somos capaces de hacer muchas cosas maravillosas, pero que al final todo se quedará en mucho ruido y pocas nueces, como dice el refrán.

Es la humildad que nos hará verdaderamente grandes cuando sabemos que tenemos que estar bien unidos al Señor, porque no es nuestra obra, no son las maravillas que nosotros podamos realizar, sino que es la obra del Señor; en El entonces nos apoyamos, en El encontraremos esa fortaleza y esa sabiduría que necesitamos; en el nos daremos cuenta de cuántas cosas tenemos que podar en nuestra vida para que haya autenticidad en aquello que hacemos; no buscamos méritos ni reconocimientos, que nos cuelguen medallas al cuello o nos den diplomas; lo importante es que busquemos la gloria del Señor.

Es lo que nos está pidiendo el Señor, permanecer en Él, como el sarmiento en la vid, para que demos fruto abundante. ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’, nos dice hoy el Señor. De lo contrario seríamos sarmientos secos e infructuosos. Esa es la gloria del Señor que hemos de buscar. ‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’. Todo siempre, como decíamos, para la gloria del Señor.


martes, 23 de julio de 2024

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí

 


Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Permanece el que se mantiene en su sitio, en la labor que le han encomendado o en la misión que ha asumido; permanece el que no abandona, el que es constante, el que se mantiene fiel; permanece el que no tiene miedo a los embates porque los afronta con valentía y lucha por salir adelante; permanece el que es fiel a su palabra y a sus compromiso, el que no mira atrás con viejas añoranzas sino que sigue buscando la meta hasta alcanzarla.

Como la semilla ha de permanecer enterrada para que germine, como las plantas que han de ser cuidadas a su tiempo para esperar a que un día den fruto, como el sarmiento tiene que estar bien injertado en la cepa para que no se seque y muere y un día nos produzca hermosos racimos, como toda planta tiene que permanecer unida a su raíz para extraer de la tierra aquello que un día le hará producir, como se mantienen unidos los amigos en una amistad que crece y crece y no se acaba, como se mantienen fieles los que se aman para lograr esa verdadera comunión de vida… podríamos seguir diciendo muchas cosas más de lo que es permanecer.

De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio, precisamente tomando la imagen de la naturaleza, de la vida y de los sarmientos que han de permanecer unidos para que un día puedan darnos hermosos frutos. Y así nos viene a decir Jesús: ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’. Viene a decirnos, entonces, que tenemos que permanecer unidos a El.

¡Qué importante lo que nos dice Jesús y con qué facilidad lo olvidamos! No es precisamente la constancia la virtud que más cultivamos; nos cansamos pronto de todo, hasta de lo mejor y más sabroso, porque queremos novedades. Creer en Jesús no es solo un día hacer una profesión de fe y luego vivir nuestra vida a nuestra manera. No nos basta decir cosas bonitas. Somos fáciles para ello, pero tenemos que recapacitar porque al mismo tiempo somos bien débiles y muy inconstantes.

Pedro fue capaz de decir cosas maravillosas de Jesús que mereció incluso la alabanza de Jesús; hubo momentos en que decía que estaba dispuesto a todo por Jesús hasta el dar su vida; llegaría a decir que a donde iban a ir si solo Jesús tenía palabras de vida eterna, pero bien sabemos que aunque el espíritu está pronto la carne es débil. Conocemos el pecado de Pedro, la negación de Jesús. Pero conocemos una cosa importante también, supo levantarse, supo rehacer su vida, supo volver a su amor primero que a pesar de las negaciones y debilidades seguía ardiendo en su corazón. ‘Tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’, le respondería a Jesús.

Creo que este testimonio de Pedro que estamos recordando nos viene bien para despertarnos y aprender a permanecer; a permanecer en nuestra fe a pesar de nuestras dudas; a permanecer en el camino aunque muchas veces se nos haga difícil; a permanecer en nuestro compromiso y fidelidad aunque sean muchos los cantos de sirena que escuchemos de un lado y otro y pretendan distraernos; a permanecer en el amor aunque muchas veces parezca que se nos debilita, o aunque veamos cosas en los demás que no nos agraden, aunque podamos incluso sufrir decepciones y rechazos, porque es en ese amor donde nos sentiremos de verdad llenos de Dios.

‘Sin mí no podéis hacer nada’, nos dice Jesús. Por eso necesitamos estar unidos a El; y permaneceremos unidos a El si cultivamos nuestra vida interior, si crecemos en el espíritu de oración, si abrimos la tierra de nuestro corazón para se siembre continuamente la Palabra de Dios, si queremos limpiarnos y purificarnos cuantas veces sea necesario a causa de nuestras debilidades en los sacramentos, si nos mantenemos en comunión con los hermanos porque es una forma de permanecer en el amor y permanecer unidos a Jesús.

Qué importante es permanecer, nuestra constancia y perseverancia, nuestra fidelidad y nuestro amor, nuestras ganas de seguir caminando y de levantarnos una y otra vez de nuestras caídas. Fijémonos cuantas veces emplea Jesús la palabra permanecer en este corto texto del evangelio que hoy se nos ofrece.


miércoles, 10 de mayo de 2023

Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

 


Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

En los alrededores de donde yo vivo son campos de cultivo de la vid en otros tiempos muy abundantes; hoy cuando salgo en mis paseos por el campo igual me encuentro un terreno cuidadosamente cultivado donde a través del año es muy frecuente encontrarme al agricultor que en cada época realiza los trabajos propios del cultivo de la viña, igualmente me encuentro también en sus cercanía otros campos que no han sido cuidados y hoy sus viñas se encuentran abandonadas a su suerte y presentan una imagen poco menos que selvática.

Es hermoso ver en esta época el crecimiento de la planta ofreciéndonos en ciernes ya lo que serán los futuros frutos de hermosos racimos para producirnos generoso vino; pero, como decíamos, ahí está el trabajo del agricultor cuidando su vida a través de todo el año en las diferente atención que esas plantas necesitan, la poda, el escardar la tierra para evitar hierbajos y la lluvia la pueda empapar generosamente, el levantamiento de la viña en esta época para disponer su ramaje de manera que ni el excesivo sol, ni las corrientes de viento dañen el futuro fruto, y así muchas otras tareas, que no es necesario detallar aquí, pero que serán promesa de abundantes frutos.

Hoy Jesús en el evangelio nos propone una alegoría partiendo de esta imagen de la viña; nos habla de la poda para eliminar los sarmientos inútiles, como nos habla de la necesidad de que el sarmiento no se desgaje y separe de la vida para que pueda dar fruto; y terminará diciéndonos que así nosotros, como el sarmiento a la vida, tenemos que estar unidos a El porque El es la vid verdadera y el Padre es el viñador.

Una imagen muy hermosa que nos describe lo que ha de ser verdaderamente lo que llamamos la vida cristiana. Porque desde la fe nos unimos a El en el Bautismo comenzamos a disfrutar de la vida de los hijos de Dios, porque por la fuerza del Espíritu participamos de su misma vida. Pero no es solo la plantación, sino que necesitamos el cultivo. No solo basta que un día hayamos recibido el Bautismo, o en otros momentos determinados de la vida hayamos recibido algunos sacramentos que nos vinculan a la vida cristiana. Esa vida cristiana hemos de vivirla en el día a día, y no la podremos vivir si no estamos verdaderamente unidos a Jesús. ‘Sin mí, no podéis hacer nada’, ha venido hoy a decirnos.

Y es lo que descuidamos demasiado a lo largo de la vida. Esa unión con Jesús que parte de la escucha de la Palabra y de la oración. Esa unión con Jesús que mantenemos viva con la vivencia de los sacramentos. Como nuestro alimento diario, como el agua de lluvia que riega nuestros campos para hacerlos verdaderamente fecundos, como esa atención que prestamos a lo largo del año a nuestras plantas, en este caso estamos hablando de la vida, para mantener esa planta viva, fértil, fecunda capaz de darnos no solo hermosas flores sino también generosos y abundantes frutos.

¿Cómo podríamos mantener la amistad si no nos relacionamos con el amigo? ¿Cómo podemos renovar e intensificar el amor de hijo si no entramos en relación con el padre y con la madre para escucharle y para contarle, para mantener vivo el cariño, la relación y la confianza, para hacer que sea intenso ese amor familiar que verdaderamente nos hará crecer y madurar como personas? ¿No es en ese trato donde se mantiene y se hace crecer la relación y el amor porque hará que sepamos que siempre podemos contar con ese amor de padre que estará a nuestro lado en las buenas y en las malas?

¿No necesitamos hacer crecer ese amor de hijos hacia Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza nos va a dar en nuestra vida? Por eso esa sintonía de corazones que hemos de mantener con Dios, a quien escuchamos y con quien contamos. Es nuestra oración que es más que un rezo porque será verdaderamente un encuentro donde nos alimentamos de su amor, donde nos llenamos de su vida, donde nos sentiremos empapados de Dios descubriendo siempre lo que Dios quiere para nosotros, por eso nuestra oración será siempre además escucha de Dios.  

Cultivemos bien esa viña de Dios en nosotros. No lo abandonemos.

 

miércoles, 18 de mayo de 2022

Sepamos sentarnos en silencio en la presencia de Dios para sentir el palpitar de vida de su corazón que nos haga entrar en la misma sintonía, en el mismo ritmo de amor

 


Sepamos sentarnos en silencio en la presencia de Dios para sentir el palpitar de vida de su corazón que nos haga entrar en la misma sintonía, en el mismo ritmo de amor

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

El trato hace la amistad, solemos decir. Es necesario sentir la cercanía, es importante estar en contacto, no podemos perder la relación y la comunicación; no puede ser simplemente algo mantenido en el recuerdo, por muy buenas que hayan sido las experiencias vividas, porque el distanciamiento enfría la relación, poco a poco corta la comunicación y se pierde la comunión. Yo tuve un amigo, llegamos a reconocer, pero ya no sé por dónde anda, se cortó la comunicación y la relación y al final puede parecer que fue algo, muy bonito quizá, que pertenece al pasado y ahora poco o nada nos puede decir. Cuántas amistades abandonadas, cuántos amigos olvidados, cuántos recuerdos que parece que son solo para la historia pero que ahora no hacen vida.

Algo así nos está hablado Jesús. Nos pone comparaciones, tomadas incluso de lo que es la propia naturaleza, pero al final nos dirá tajantemente ‘sin mí, nada sois’. Necesitamos estar unidos a El, mantener nuestra comunión y nuestro amor. Si siempre hemos venido diciendo que todo es una relación y una respuesta de amor, esa llama hay que mantenerla viva, y no se mantiene viva si no se la alimenta. Y el alimento está en esa comunicación y en ese diálogo, en ese conocimiento que crece y que hará crecer el amor, en esa presencia que es luz, fuego, alimento, fuerza para el espíritu.

La comunicación y el encuentro con el amigo, el diálogo lleno de confianza donde todo se comparte y donde mutuamente disfrutamos de esa presencia, de esas palabras, de esas experiencias compartidas, hacen crecer la amistad, harán crecer el amor. Lo tenemos que cuidar; no será solo una presencia ocasional por alguna circunstancia que nos haga encontrarnos; no solo puede ser un encuentro fugaz fruto de nuestras correrías y de nuestras prisas, tiene que ser algo más hondo, algo que se disfrute mejor, algo que nos meta el gozo en el alma del amor y la amistad compartida. No somos amigos por un regalo formalmente compartido ni por una visita de compromiso.


Tenemos que buscar lo que en verdad nos hace crecer como cristianos. Nuestra manera de vivir la presencia de Jesús en nuestra vida. Hoy nos habla Jesús de la vid y de los sarmientos; que hay que cultivar, que hay que cuidar, que hay que incluso podar para que no se vaya por ramajes inútiles e inservibles, que tenemos que saber mantener en profunda unión para que no sea un sarmiento que se seque sino una planta que desde lo más profundo llegue a dar fruto.

Igual que cultivamos de verdad una amistad y cuidamos que nada la entorpezca o la llene de maleza, tenemos que cuidar nuestra relación con Dios, nuestra relación con Jesús. Es la oración profunda que nos llena de la presencia de Dios, es el diálogo de amor en que se nos ofrece la Palabra a la que hemos de dar una respuesta de vida, es el cuidar que esa relación no se quede en lo formal o en lo ritual sino que en verdad nos haga gozarnos en su amor y cantar la alegría de su presencia, es ese saber sentarnos en silencio en su presencia para sentir el palpitar de vida del corazón de Dios que no haga entrar en la misma sintonía, en el mismo ritmo de amor.

El trato hace la amistad, habíamos comenzado diciendo, y será ese trato y esa relación llena de vida con Dios lo que nos hará crecer en su amor. ‘Permaneced en mi y yo en vosotros’, nos decía Jesús en el evangelio. Qué distintos nos sentiríamos, qué seguridad daría a nuestra vida, qué fortaleza para nuestro caminar, con qué nueva ilusión y esperanza nos pondríamos a contagiar a los demás de ese amor, qué fuerza tendría nuestro compromiso de amor, con qué amor nuevo amaríamos también a los demás a los que ya para siempre miraremos como hermanos.

viernes, 28 de mayo de 2021

Una oración llena de confianza nacida de un corazón humilde que se siente pecador y ha experimentado la misericordia del Señor mostrándose misericordioso con los demás

 


Una oración llena de confianza nacida de un corazón humilde que se siente pecador y ha experimentado la misericordia del Señor mostrándose misericordioso con los demás

Eclesiástico 44,1.9-13; Sal 149; Marcos 11, 11-25

Hay días que nos parecen una rutina, nos parece que todo es igual, que no sucede nada extraordinario sino que es el sucederse de las horas y los minutos en que nos parece que estamos haciendo lo mismo de siempre; días que se nos pueden volver cansinos y aburridos, pero a los que toda persona madura sabe sacar provecho porque en esas cosas ordinarias que parece que se repiten sin embargo saben realizarlas con tal intensidad que parece que les dan una novedad a cada instante y a cada día. Siempre podemos encontrar una luz, un mensaje, algo positivo de aquello que hacemos que nos enriquece y que nos hace saborear la vida que estamos viviendo.

Hoy nos encontramos con un relato del evangelio que nos puede parecer como una crónica sencilla de lo que era la vida de Jesús cuando subía a Jerusalén. Es cierto que está enmarcado por algunos acontecimientos, pero todo parece un ir y venir de Jerusalén a Betania y su vuelta, porque parece como si fuera su lugar de hospedaje en sus visitas a la ciudad santa; por algo en otro momento nos aparecerá la amistad grande que Jesús tiene con aquellos hermanos de Betania, Lázaro, Marta y María.

Algo tan sencillo como sentir el incomodo de no encontrar frutos en la higuera cuando Jesús a su paso sintió hambre y quiso tomar unos higos que no encontró, porque quizá no era el tiempo propicio, pero que sin embargo dará pie para un mensaje de Jesús sobre el valor de la oración y de cómo hemos de hacerla. En medio, es cierto, está la expulsión de los vendedores del templo que motivará aún más a aquellos que quieren quitarlo de en medio aunque no se atreven porque el pueblo escucha con gusto a Jesús.

Y es que en esos actos que nos parecen sencillos y normales, como la rutina de cada día en las andanzas de Jesús para nosotros siempre es Evangelio, siempre tienen una Buena Nueva de salvación que trasmitirnos. Y es aquí donde tenemos que saber abrir nuestro corazón para encontrar una palabra de vida, una luz de salvación para nuestra vida. En cada cosa, en cada detalle hemos de saber encontrar ese mensaje.

A Jesús le da pie para dejarnos un mensaje aquel momento que en cierto modo sirvió de desconcierto para los discípulos en que Jesús maldijera la higuera porque no le daba fruto y aquella higuera se secara. ¿Seremos acaso como aquella higuera que no damos fruto porque así de seca y de árida está nuestra vida? Ya podía ser un interrogante que se nos planteara y nos hiciera recapacitar de cómo tenemos que buscar la manera de que nuestra vida no fuera tan infructuosa  y tan estéril. ¿Dónde tenemos que enraizar nuestra vida para que podamos dar fruto? No nos quedemos en la vanidad del ramaje como tantas veces llenamos nuestra vida de apariencias, pero entre cuyos ramajes no se va a encontrar ningún fruto.

Ya Jesús en otro momento nos dirá que los sarmientos tienen que estar bien injertados en la vid para que puedan dar fruto. No podemos ser solo unas ramas llenas de hojas sino que en nosotros tiene que florecer algo más que al final nos de un buen fruto. Nos habla Jesús de la necesidad de la oración y de la oración llena de confianza en el Dios que nos ama que es a quien dirigimos nuestra oración y nuestras súplicas. Una oración llena de confianza pero una oración nacida de un corazón humilde que se siente también pecador pero un corazón que habiendo experimentado la misericordia del Señor así se muestra también misericordioso con los demás.

‘Tened fe en Dios, nos dice. Os aseguro que si uno dice a este monte: Quítate de ahí y tírate al mar, no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’.

domingo, 2 de mayo de 2021

Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

 


Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

Hechos de los Apóstoles 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8

Tengo un amigo que trabaja en la agricultura, en concreto, en la recolección de la fruta, pero hay ocasiones en que me dice que al día siguiente lo envían a otra cosa, lo envían a la poda o lo envían a quitar chupones; para que se pueda tener buena fruta es necesario cuidar debidamente la planta, el árbol o lo que sea de lo que recogemos la fruta, por eso cada año se necesita la poda, como también cada cierto tiempo se cortan o arrancan los chupones que son esos ramajes que muchas veces surgen pero que no dan ningún fruto y lo que hacen es chuparle la vida al árbol.

Aparte de yo ser también hijo de agricultores y vivir en un lugar donde se cultiva intensamente la vid, me vino también la imagen del trabajo de este amigo que he mencionado al escuchar hoy el evangelio. De eso nos habla Jesús como una imagen de gran riqueza para nuestra vida cristiana.

Hemos de reconocer que en muchas ocasiones nuestra vida cristiana es mediocre, no se ven los frutos que tendrían que resplandecer. Un poco nos contentamos, como solemos decir, en lo de siempre – siempre se ha hecho así, decimos para contentarnos – y la vida que contemplamos muchas veces en nuestras comunidades es lánguida, pobre, amorfa, donde falta valentía para hacer un anuncio claro del evangelio, para lanzarnos a algo más y desear poder llegar a los más lejanos, o nos cargamos de rutinas y tibiezas en las que no brilla lo suficiente el compromiso por un auténtico amor.

De muchos sarmientos inútiles que como chupones estamos rodeados o tenemos en nuestra propia vida; nos vamos consumiendo en hacer lo de siempre pero nos faltan iniciativas, riesgo para lanzarnos en la búsqueda de algo nuevo para vivir con intensidad el evangelio y para poder mejor hacerlo llegar a todos; nuestros templos se nos vacían, nos faltan elementos jóvenes y con ardor en nuestras comunidades que manifiesten la energía de nuestra fe y la energía que tendría que brillar en nuestra comunidad; algo nos está fallando que no trasmitimos el evangelio a los demás, no contagiamos de nuestra fe a los que nos rodean.

Es esa tibieza espiritual en la que vivimos porque nos falta poner en práctica esto que hoy nos señala Jesús en el evangelio. Tener fe en Jesús no es solo cuestión de tener unas ideas que mantenemos como tradiciones en nuestra vida sino que es necesario que en verdad estemos bien enraizados en Jesús. El hoy nos está repitiendo que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Como el sarmiento que no está unido, enraizado en la cepa para que tenga la misma savia, la misma vida.

Pero también Jesús nos habla de la poda que es necesario realizar para quitar aquellos sarmientos que no dan fruto, pero Jesús aun más nos dice que a los que dan fruto el viñador los poda para que den mejores frutos. Y es donde tenemos que mirar con sinceridad nuestra vida. Muchas cosas hemos dejado apegar a nuestro corazón y que se convierten en rémoras en nuestro caminar, porque son un peso muerto, porque no nos dejan avanzar, porque nos van arrastrando y casi empujándonos hacia atrás. Como esos chupones, como esos sarmientos inservibles.

Y aquí tendríamos que revisar actitudes pasivas y negativas que hemos ido dejando introducir en nuestra vida que se convierten en rutinas, que nos llevan a esas posturas de tibieza, que nos llenan de miedos y cobardías, que nos van quitando esa capacidad de iniciativa y esa creatividad que tendría que haber en un corazón lleno de amor.

Son las cojeras de la vida cristiana con que andamos en nuestras comunidades que se han dedicado más a conservar que a abrirse a la iniciativa y creatividad para llegar a nuestros campos, para realizar cosas nuevas, para intensificar todo lo que significa el compromiso de nuestro amor. Nos encontramos así comunidades empobrecidas y envejecidas que no es cuestión solo de años o de la edad que tengamos, comunidades demasiado ritualistas quizás y por otra parte muy rutinarias en sus costumbres y tradiciones, comunidades a las que les falta vida.

Tenemos que despertar, tenemos que volver a la fuente, tenemos que buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y en consecuencia nuestra vida cristiana esté verdaderamente enraizada en Jesús y en el evangelio, tenemos que despertar de nuevo la esperanza y la ilusión en el trabajo pastoral, tenemos que abrirnos a esa creatividad que nos da el Espíritu del Amor. Para eso tenemos que estar muy unidos a Jesús porque sin El nada somos ni nada podremos hacer.

jueves, 23 de julio de 2020

Aspiramos a la mayor plenitud de nuestra propia identidad pero es en Cristo donde el hombre encuentra la verdad del hombre y alcanzamos la mayor dignidad


Aspiramos a la mayor plenitud de nuestra propia identidad pero es en Cristo donde el hombre encuentra la verdad del hombre y alcanzamos la mayor dignidad

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8
Somos celosos de nuestra propia identidad, queremos ser nosotros mismos. Es nuestra autonomía, es nuestro propio ser e identidad, somos lo que somos por nosotros mismos. Decimos que no tenemos que estar pareciéndonos a nadie, porque cada uno tiene su propia estima, su propio sello y las reivindicaciones que escuchamos en nuestra vida moderna que decimos tan llena de libertades son para ser nosotros mismos, aunque luego bien sabemos que andamos imitando a este o al otro, queremos seguir sus modos, vestir a su manera, presentarnos incluso con su imagen. Incongruencias en las que algunas veces nos vemos metidos cuando tanto reclamamos por otra parte.
A algunos, entonces, se les atraviesan las palabras que escuchamos hoy tanto en el evangelio como en la carta de san Pablo, cuando se nos habla de vivir tan unidos a Cristo que seamos una sola cosa con El y sin El nada podríamos ser ni nada podríamos conseguir. ‘Ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mi’, que nos dice san Pablo, por ejemplo. O lo que nos habla Jesús de la vid y los sarmientos y nos dice que somos los sarmientos que hemos de estar necesariamente unidos a la vid.
¿Paradojas? ¿Cosas sin sentido para el mundo de hoy? ¿Se trata quizá que desde nuestra fe en Jesús nos sentimos como anulados para no ser nosotros mismos? Si no sabemos escuchar bien lo que nos dice el evangelio pueden surgir esas dudas dentro de nosotros, porque nos podría parecer que nuestra fe nos anula.
De ninguna manera. Hay un principio de interpretación bíblica que nos dice que el evangelio o la palabra de Dios se explica y se entiende con el mismo evangelio o la misma Sagrada Escritura. Y es que ya nos repite muchas veces Jesús que El ha venido para que tengamos vida y tengamos vida en plenitud. Luego el evangelio no nos anula, sino que precisamente nos lleva por caminos de plenitud, de que seamos más nosotros mismos.
Cuando Jesús viene a hacerse vida nuestra lo que quiere es que vivamos nuestra vida pero con la mayor perfección; Él viene precisamente a arrancar de nosotros todo eso que se nos ha metido dentro para anularnos o para destruirnos, todo eso que puede mermar nuestro ser porque como rémoras se van pegando a nuestra vida nos dejan vivir en plenitud. El barco al que se la han pegado muchas rémoras en su casco ya no tendrá la ligereza ni la rapidez original para surcar el mar, para surcar las aguas, porque esas rémoras con como frenos que impiden esa ligereza y rapidez con que se ha de mover. Así nos pasa a nosotros.
Por eso la imagen que Jesús nos propone en el evangelio. Hemos de estar unidos a Cristo como el sarmiento está unido a la cepa, está unido a la vid. Pero ya sabemos cómo hay sarmientos que son como chupones que le quitan la fuerza al conjunto de la planta, hay sarmientos que no dan frutos porque todo se le va en ramaje y en hojas; se necesita la poda, la limpieza de esas ramas inútiles, de esos ramajes que le quitan la fuerza a la vid para que pueda producir abundantes y generosos frutos.
Todos conocemos, o al menos los que vivimos más cerca de las actividades agrícolas, del trabajo que el agricultor ha de realizar todos los años con la poda. ¿Para qué? Para que la vid sea más autentica, podríamos decir, para que cumpla en verdad su función, para que dé esos ricos frutos que todos esperamos.
Así en nuestra vida unidos a Cristo, purificados de todas aquellas rémoras que nos dejan vivir en plenitud porque nos arrastran, nos merman los ideales de la vida, nos impiden vivir en toda esa plenitud del amor que es donde alcanzamos la verdadera felicidad, el verdadero sentido de nuestro ser. Nos unimos a Cristo para que en verdad podamos desarrollar todos nuestros valores, todas nuestras cualidades, todo eso que hay como en potencia en nosotros y que desarrollándolo nos llevarán a esa plenitud de nuestro ser. Seremos más nosotros mismos porque entonces si van a brillar todas nuestras cualidades y valores.
Y es que en Cristo como tantas veces nos repetía san Juan Pablo II está la verdad del hombre, en Cristo el hombre encuentra su plenitud, con Cristo alcanzaremos la mayor y mejor dignidad.
Hoy hemos escuchado estos textos de la Palabra saltándonos la continuidad del tiempo ordinario porque celebramos a una de las patronas de Europa, santa Brígida de Suecia.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Porque nos sentimos amados de Dios, a El permanecemos unidos para siendo en verdad así discípulos de Jesús para dar en abundancia los frutos del amor



Porque nos sentimos amados de Dios, a El permanecemos unidos para siendo en verdad así discípulos de Jesús para dar en abundancia los frutos del amor

Hechos 15, 1-6; Sal 121;  Juan 15, 1-8
Unidos venceremos, es una expresión que como un slogan quizás habremos escuchado más de una vez en distintas manifestaciones de la vida social queriendo expresar como entendemos bien en la frase que la unión hace la fuerza en otra expresión presentada como un principio y un valor para la vida de la sociedad. No pretendo hacerme portavoz de ningún tipo de reivindicación social pero con toda libertad creo que podemos usar esta expresión que nos viene a resumir lo que Jesús hoy nos quiere presentar en el evangelio.
Y no se trata ya de la unión entre unos y otros donde sintamos el apoyo de los otros en nuestras luchas o en nuestro camino de superación, sino que Jesús quiere hablarnos de otra muy necesaria unión para poder realizar el camino de la vida cristiana. Un camino como llevamos bien experimentado en la vida que no siempre es fácil, un camino con obstáculos y tropiezos, un camino en cuyo entorno nos pueden aparecer en muchas ocasiones tantas cosas que nos atraen y nos distraen de esa meta a la que queremos llegar; un camino de exigencias dentro de nosotros mismos en ese crecimiento humano y personal, pero en ese camino de crecimiento espiritual que tenemos que realizar; un camino en el que sentimos la tentación, porque el enemigo como león rugiente anda a nuestro acecho, como nos dirá la carta del apóstol san Pedro.
Otra dificultad que podemos encontrar en el camino y que está en nosotros mismos es la autosuficiencia. Nos creemos capaces de hacer el camino por nosotros mismos, sin darnos cuenta de que no es solo la voluntad o la decisión que tomemos por nosotros mismos, sino que también es puro asunto de gracia. No se trata de vivir nuestra vida; no se trata de hacer nuestros esfuerzos personales porque queremos cultivar esta virtud o aquella otra; no se trata de ese deseo de superación por nuestra parte en que queremos ir haciendo una ascesis como si solo se tratara de un programa que nos trazamos y que nos proponemos cumplir.
Y es que todo parte del regalo del amor de Dios; nos sentimos amados por Dios, nos sentimos inundados y nuestra vida se transforma como hemos dicho en más de una ocasión recientemente. No es que nosotros hayamos amado a Dios y por eso tratamos de hacer méritos cumpliendo con esto o con aquello, sino que el amor consiste en que Dios nos amó primero, como nos enseña san Juan en sus cartas. Esa es la grandeza y la maravilla de nuestra vida cristiana.
Y aquí viene lo que nos dice Jesús hoy. Tenemos que estar unidos a El como el sarmiento a la vid, porque el sarmiento que se desgaja no dará fruto, se secará y poco más servirá que para el fuego. Esa es la unión que nos hace fuertes, nuestra unión con El, porque sin El nada podemos hacer, como nos dice hoy. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.
Podrán venirnos tormentas, momentos oscuros y de tensión, tentaciones y cosas que nos pueda distraer, pero nada podrá apartarnos del amor de Cristo, como nos dice san Pablo. Y es ese amor, y esa unión la que tenemos que mantener; unidos, pero no es una unión cualquiera, es nuestra unión con el Señor, venceremos. No nos faltará su gracia, como la savia que corre por los sarmientos que están unidos a la vid.
Claro que nuestra unión con el Señor nos hace mantenernos unidos también con los demás hermanos, porque formamos como un gran racimo, como una piña, porque somos una familia, porque vivimos la comunión del amor que parte y arranca del amor que el Señor nos tiene. Y con ese amor amaremos a los demás, cumpliremos el mandamiento del Señor, el mandamiento del amor. Unidos venceremos, como decíamos al principio que es mucho más que un slogan para nuestras relaciones o reivindicaciones sociales, porque la unión importante es la que mantenemos con el Señor.
Como termina diciéndonos Jesús hoy, ‘con esto recibe gloria mi Padre, daréis fruto abundante y seréis discípulos míos’.

martes, 23 de julio de 2019

Una luz que no se alimenta con el necesario combustible o una planta que no se cuida y abona lo suficiente termina por apagarse y morir, así nos sucede con la fe



Una luz que no se alimenta con el necesario combustible o una planta que no se cuida y abona lo suficiente termina por apagarse y morir, así nos sucede con la fe

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8
No pretendo yo enmendar a nadie. Pero quienes siguen con cierta frecuencia lo que se publica en distintos medios sobre la Iglesia y sobre los cristianos, ya sea en revistas mas especializadas en el tema religioso o eclesial, o también en grandes medios con una amplitud mayor de noticias de todo tipo, nos damos cuenta por los comentarios allí expresados que algo está sucediendo, que el tema de la fe o de la Iglesia hace aguas; continuamente nos están hablando de distintos problemas que surgen en el seno de la Iglesia y que nos ponen a mal parir, que se palpa una cierta crisis en el abandono de muchos, pero también en el poco coraje de los cristianos por hacer un anuncio de la fe.
Podemos ponernos nerviosos, quedarnos intranquilos, tener la sensación de que la cosa se puede ir desmoronando, y nos puede entrar como un cierto pesimismo. Pero creo que en momentos así no es cosa de amilanarse, de esconderse, sino de afrontar las cosas, pero sobre todo de despertar. Preguntarnos que nos puede estar pasando, pero no ya solo a nivel de iglesia institución, sino a pie de calle, en nosotros los cristianos para que de alguna manera hayamos perdido ese ardor misionero.
¿Estaremos siendo higuera que no da frutos o viña que no produce uvas? El evangelio en algún momento nos hace ese planteamiento y quiere que nos preguntemos que hemos hecho de nuestra fe, de la intensidad de nuestra vida cristiana, donde tenemos ese ardor o espíritu misionero o por qué se nos ha apagado. Planteamientos para todo lo que es la vida de la Iglesia pero, como decíamos, preguntas que nos tenemos que hacer a nosotros mismos. ¿Nos habremos detenido lo suficiente en el evangelio que hoy se nos propone?
Nos habla de sarmientos, nos habla de vid y de cepas a las que tienen que estar unidos los sarmientos para que puedan tener vida y llegar a dar fruto, y termina, por así decirlo, con la afirmación de Jesús de que si no estamos unidos a El no daremos fruto sino que moriremos. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’.
Nos está hablando de toda la espiritualidad del cristiano, verdadero fundamento de la vida cristiana. Y aquí tendríamos que hacernos serias reflexionemos. ¿Cómo mantenemos esa espiritualidad? ¿Qué unión con Jesús estamos viviendo? Tenemos el peligro y la tentación de convertir nuestra vida en puro activismo. Nos dejamos influenciar por el espíritu del mundo que solo pide efectividad, resultados y todo se va en trabajar, llenando la vida de agobios, pero sin saber detenernos para alimentarnos por dentro, para alimentar nuestro espíritu.
Porque tenemos mucho que hacer, no rezamos, no buscamos ese tiempo para nosotros mismos y para Dios; todo se nos va en planear, trabajar, hacer cosas, tener reuniones interminables, organizar cosas, pero, ¿dónde está el tiempo de oración en nuestra vida? ¿Dónde está el tiempo para nuestra escucha de Dios? Porque no ha de ser solo buenas cosas que organicemos por nosotros mismos buscando los mejores métodos, las formas más eficaces, como si de un negocio se tratara. Es algo mucho más hondo lo que tiene que ser nuestra vida cristiana. Y si nos falla esa unión del sarmiento con la vid, si nos falta esa unión con Jesús todo se nos quedará en bonitas cosas pero realmente no es la gloria del Señor lo que buscamos.
Caemos en un enfriamiento espiritual, y todo es como una pendiente en declive, en que nos vamos cayendo y cayendo sin poder pararnos. ¿Problemas en la Iglesia? ¿Crisis en la vida de la Iglesia? ¿Disminución de los que vivimos comprometidos? ¿Dónde estamos alimentando nuestra vida cristiana? ¿Dónde podremos encontrar ese optimismo y alegría de la fe, ese entusiasmo por el anuncio del evangelio, ese impulso misionero que nos lleve a anunciar a Jesús para que en verdad la Iglesia crezca? Lo sabemos pero no lo hacemos y así nos va.
Mucho se tendría que reflexionar sobre todo esto, porque hay demasiado la creencia en muchos de que lo importante es que hagamos cosas, que vivamos un compromiso por los demás, y dejamos a un lado nuestra vida espiritual, y no tenemos vivencias y experiencias religiosas que nos ayuden a hacer crecer nuestra vida. Y una luz que no se alimenta con el combustible que necesita, al final termina apagándose. Me miro a mí mismo el primero.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra la que vivamos como los sarmientos viven unidos a la cepa de la vid para tener vida



Hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra la que vivamos como los sarmientos viven unidos a la cepa de la vid para tener vida

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8
Todos entendemos la alegoría que nos propone hoy Jesús. Aunque no seamos del campo ni agricultores. Más o menos todos entendemos del cuidado de las plantas y de los árboles. Una planta que no es cuidada debidamente no nos dará ni la flor ni el fruto que de ella esperamos. Serán los cuidados de la tierra, la humedad necesaria, los nutrientes que necesita, la eliminación de ramas inútiles o que se secan, la poda que la fortalece.
Y Jesús nos dice que así tiene que ser nuestra vida. En la material, por así decirlo, ya tratamos de cuidarnos, de alimentarnos debidamente, de hacer los ejercicios que necesitamos para la agilidad de nuestros miembros o la fortaleza de nuestro cuerpo, de protegernos o de prevenir enfermedades y cuando surgen acudimos a quien nos pueda ofrecer remedio para recuperar nuestra salud. Hoy en la vida esto es algo que se tiene muy en cuenta, a pesar de tantas cosas nocivas que nos rodean y que pudiera atentar contra nuestra salud como atentan también contra la naturaleza. En eso hay como una nueva cultura y son muchas las campañas que surgen de un lado y de otro en este sentido. Y también el Señor quiere esa buena salud para nuestro cuerpo y para nuestra vida.
Pero bien sabemos que es mucho más lo que nos quiere decir hoy Jesús con esta alegoría de la vid y de los sarmientos que nos ofrece el evangelio. Porque tajantemente nos dirá que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Ya podemos recordar aquel episodio en que Pedro haciendo las cosas en nombre de Jesús, fiándose de la palabra de Jesús echó la red y la redada de peces fue muy grande.
Hoy nos está pidiendo que vivamos unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vida para que circule la savia, para que puedan llegar los nutrientes hasta sus ramos y sus hojas, para que pueda florecer el racimo y ofrecernos hermoso fruto. Es la gracia del Señor que necesitamos, porque es nuestra vida y nuestra fortaleza; porque es su Vida la que nos va a nutrir, la que tenemos que vivir, la que hará que tengamos buenos frutos.
‘Corno el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’. Tenemos que escuchar estas palabras de Jesús con mucha atención. Hemos de buscar la manera de permanecer bien unidos a Jesús. Quiere El estar presente en nuestra vida; hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra cosa la que vivamos.
Así tenemos que escucharle, así tenemos que meterle bien en nuestra vida, así tiene que ser nuestro alimento y nuestra fuerza. Ahí está la escucha de su Palabra; ahí tiene que estar muy viva nuestra oración de cada día no hecha de una forma rutinaria sino de una forma muy viva porque es meter a Dios en nuestro corazón y nosotros meternos en el corazón de Dios; ahí está la vivencia de los sacramentos en los que El se hace presente con su gracia, porque los sacramentos no son sino presencia de Dios en nosotros.
‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’, termina diciéndonos hoy Jesús.

lunes, 23 de julio de 2018

Una vid cargada de frutos es imagen de la vida y de la fe que está llena de vida y resplandeciente de amor


Una vid cargada de frutos es imagen de la vida y de la fe que está llena de vida y resplandeciente de amor

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Una hermosa imagen de la vida la que nos ofrece el evangelio de hoy; una hermosa imagen de la fe que está llena de vida, tenemos que concluir. Es la imagen de la vid, bien enraizada, bien cuidada, podada convenientemente y cultivada con todo mimo que en consecuencia nos ofrecerá sus frutos.
En mi tierra en estos días podemos contemplar en nuestros campos las vides exuberantes que comienzan a dejarnos ver sus frutos; crecen frondosamente aunque el agricultor sabe cómo quitar los ramajes innecesarios, los sarmientos que no van a dar fruto para que los que comienzan a ofrecernos los primeros racimos reciben el calor del sol necesario para llegar a la mejor maduración. Mucho podríamos comentar de tanto mimo y tanto cuidado de los agricultores en sus cultivos y que pueden ser buena imagen del cuidado de nuestra vida de fe.
No nos sirven unos sarmientos muertos sino unas vides llenas de vida. Es lo que tiene que ser nuestra fe; no la podemos dejar morir y muchas veces por falta de cuidado se nos seca, se nos muere y al final nos quedamos sin nada llenos de oscuridad y de muerte. Igual que de nada nos sirven unos terrenos heredados que en otro tiempo ofrecieron hermosas cosechas si ahora no los cuidamos, no podemos contentarnos con decir que hemos heredado una fe que nos dieron nuestros padres si ahora nosotros no la cuidamos para poderla vivir y hacer que dé fruto en el momento en que vivimos.
Una fe bien enraizada y se lo debemos a nuestros padres que nos la trasmitieron; una fe bien enraizada que ahonda sus raíces en la Iglesia y cuanto ella nos ofrece para seguirla manteniendo viva; una fe bien enraizada porque seguimos plantando en lo más hondo de nuestro corazón la Palabra de Dios que ilumina y alimenta nuestra vida; una fe bien enraizada porque la Eucaristía es nuestro alimento, porque los sacramentos nos ayudan y nos purifican para ir arrancando de nosotros  todo el pecado que tantas veces nos ahoga y nos quiere llenar de muerte.
Hoy nos dice Jesús que sin El nada podemos hacer, nada podemos ser. Es la savia divina de la gracia que llega a nuestra vida; es la participación en el misterio pascual de Cristo que cada día queremos hacer presente en nosotros dando muerte al pecado y queriendo siempre renacer a vida nueva. Sin Cristo nada podemos ser, porque El es nuestra única verdad y es nuestra vida. Sin Cristo nada podemos hacer porque siempre en su nombre hemos de iniciar cuanto hagamos para que todo sea siempre para la gloria de Dios.
Florecerán así los racimos de buenas obras en nuestra vida; podremos en verdad dar fruto en ese compromiso con que vivimos nuestras vidas siempre dispuestas al bien, siempre dispuestas al servicio, siempre disponibles para el amor. Son frutos que han de responder al hoy y ahora de nuestro tiempo con sus expectativas y con sus exigencias.
Que seamos en verdad esa vid cargada de frutos, unos frutos que nos alimenten y nos enriquezcan en el hoy de nuestra vida e iluminen también a los hombres de hoy; no olvidemos que hemos de ser signos en medio del mundo que hoy vivimos. Que estemos en verdad llenos de vida porque estemos llenos de amor.

miércoles, 2 de mayo de 2018

El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos así nosotros unidos a Jesús


El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos así nosotros unidos a Jesús

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

Nos lo repite Jesús en el evangelio, que lo que El quiere es que nosotros demos fruto y fruto abundante. No se entiende que no demos fruto. Y Jesús cuando pasa por el camino y se acerca a una frondosa higuera y ve que en ella no hay fruto la maldice. Pero al mismo tiempo veremos al dueño de la higuera que viene cada año a buscar fruto a su higuera y al no encontrarla querrá arrancarla porque de nada le sirve sino que es un estorbo en su terreno, pero el agricultor le dice que la cavará y la abonará un año más y tenga que paciencia que al año tendrá fruto.
Pero nos habla también en el evangelio del propietario que sale una y otra vez a las calles y plazas en busca de trabajadores para su viña, y a todos los envía allá para que ellos obtengan fruto y beneficio con su trabajo. Igualmente nos propone la parábola del que preparó muy bien viña, dotándola de lagar y buena casa para el guarda para arrendarla a unos labradores que le proporcionaran cada año el fruto y beneficio de aquella viña.
Todo nos está hablando del fruto que Dios pide de nuestra vida. Y pensamos en los dones y cualidades con los que nos ha dotado a cada uno que tenemos que hacer fructificar porque los talentos no son para enterrarlos sino para hacer que tengan su beneficio para nosotros y para cuantos nos rodean en ese mundo en el que vivimos.
¿Cómo podemos llegar a dar ese fruto? Bien sabemos que algunas veces la tierra parece que se nos hace infructuosa, o que nos pueden aparece plagas dañinas que nos hagan perder toda la cosecha que quizá con tanto esfuerzo antes habíamos trabajado, que nos pueden aparecer ventiscas y temporales que puedan poner en peligro nuestra producción, que las malas hierbas y los abrojos pueden mezclarse con nuestras buenas plantas que les mermen su fructuosidad, que muchas cosas al menor descuido pueden poner peligro el fruto de nuestros trabajos, y así muchas cosas más.
Hoy nos viene a decir Jesús que una sola cosa nos hace falta. El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa, de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos. Creo que entendemos lo que nos quiere decir Jesús. ‘Sin mi no podéis hacer nada’. Un día Pedro había dicho ‘en tu nombre echaré la red’ y la red se llenó de peces hasta casi reventar donde parecía que allí no había peces.
‘El que permanece en mi y yo en El ese dará fruto abundante’, nos dice Jesús hoy. Claro que podemos dar fruto, que no los vamos a dar por nosotros mismos, sino desde la unión que mantengamos con Jesús. Es su gracia la que nos hace fecundos y hará fructificar de verdad nuestra vida.
Tenemos que abonar nuestra vida con la gracia del Señor, pero tenemos que cuidar debidamente la planta de nuestra vida para que no se desarrolle en ramas infructuosas. Hay que realizar la poda cada año para poder tener una planta robusta y fecunda. Cuantas cosas tendremos que podar en nuestra vida, porque tantas cosas maléficas se nos pueden meter en ella. No podemos dejar crecer esos abrojos a nuestro alrededor metiéndonos en terrenos de zarzales que en peligro pueden poner la integridad de nuestra vida.
Con las imágenes que nos ofrece esta alegoría con la que Jesús nos habla se nos está presentando todo un programa de ascesis, de superación, de purificación que necesitamos en nosotros. Muchos apegos nos pueden ir apareciendo a los que en principio quizá no damos importancia pero que se pueden convertir en plagas o malas hierbas que nos impidan el desarrollo de una vida santa. Como el agricultor que está siempre atento y vigilante a los cultivos que realiza para poder obtener una buena cosecha, así tenemos que estar atentos y vigilantes en el camino de nuestra vida cristiana.
Cada día le pedimos al Señor que no nos deje caer en la tentación y que nos libere del mal, porque nosotros queremos avanzar, crecer, madurar y no queremos que nada malogre nuestra vida. ‘Asi recibirá gloria nuestro Padre del cielo’, como nos dice Jesús.