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domingo, 19 de octubre de 2025

Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

 


Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

El que mantiene la perseverancia está a un paso de la victoria final. La perseverancia, el ser constantes en nuestra búsqueda y escucha, en lo que pedimos, en lo que emprendemos, en lo que hacemos está abriendo caminos que le llevarán al encuentro de lo que desea y busca y al valor de lo que hacemos o queremos hacer.

No es la búsqueda del milagro de la manera como solemos entenderlo, no es la solución inmediata e instantánea de aquello que es una dificultad en la vida, es el camino de ir rumiando en nuestro interior lo que nos sucede, las dificultades que nos parecen insalvables que nos vamos encontrando, es ir encontrando esa rendija de luz en medio de la oscuridad de ese túnel que podamos estar atravesando, es el mantener la esperanza a pesar de los vaivenes que parece que nos van a hacer zozobrar el barco; e iremos sintiendo una inspiración interior, una fuerza dentro de nosotros que nos hará sentirnos salvados porque algo nuevo y distinto aparecerá delante nosotros. Es la fe que ha mantenido nuestra esperanza.

Son actitudes y valores humanos que necesitamos en el día a día de nuestra vida, en nuestras responsabilidades, en la vida familiar, en el trabajo que realizamos o aquello nuevo que emprendemos, en las oportunidades que vamos encontrando y que nos abren a nuevos caminos. Pero sabemos que no todo lo vamos a conseguir en lo inmediato, que necesitamos esos momentos de silencio interior y de reflexión para que pueda haber una auténtica búsqueda y que en esa perseverancia llegaremos a conseguir eso o algo mucho mejor.

Será una forma en que vayamos creciendo y madurando, vayamos sintiendo esa fortaleza interior, nos daremos cuenta de lo que somos capaces y ya con todos esos presentimientos en nosotros nos sentiremos distintos, sentiremos una novedad en nuestra vida que nos hará en verdad grandes. Después de una noche de tormenta en la que hemos aprendido a mantenernos firmes nos daremos cuenta de donde está nuestra grandeza y nos hará sentirnos profundamente renovados. La perseverancia, como decíamos, ha sido camino de victoria.

Nos vale todo esto que venimos reflexionando para ese camino de crecimiento y maduración de nuestra vida, como decíamos en todos los aspectos, pero será también un principio fundamental en todo lo que nos afecta como cristianos en nuestra relación con los demás con todo su compromiso y en nuestra relación con Dios. Al proponernos Jesús la parábola que hemos escuchado y que ha dado pie también a toda esta reflexión en el plano más humano que nos hemos venido haciendo el evangelista nos decía que Jesús lo hacía de cara también a que fuéramos constantes y perseverantes en nuestra oración.

Parece que por ahí van los detalles y matices de la parábola, en el hecho de que esta mujer viuda pedía con insistencia justicia, aunque parecía no ser escuchada. Pero, como nos dice la parábola, aquel juez aunque solo fuera por quitársela de encima para que no lo siguiera molestando atendió a la petición de aquella mujer y le hizo justicia. Pero ya inmediatamente nos dice Jesús, si aun en esta justicia humana con todas sus imperfecciones se le hizo justicia a aquella mujer desamparada, ¿Cómo no lo va a hacer Dios con aquellos que desde nuestra debilidad con confianza y perseverancia le suplicamos?

Y es que Dios tiene un corazón de padre, y un corazón de padre siempre está lleno de amor. No es la fría resolución de lo que es justo, sino que, vamos a decirlo así aunque parezca una incongruencia, es la humanidad con que Dios se manifiesta con el hombre. Es una forma de decirlo para querer expresar toda la ternura de Dios como Padre que nos ama y siempre nos escucha y nos atiende.

Tenemos que saber descubrir esa ternura de Dios que de mil maneras se nos puede manifestar, y es lo que tantas veces nos cuesta. Por eso aquella actitud perseverante de la que antes hablábamos, en esa búsqueda y en ese silencio interior mantenemos siempre la esperanza porque mantenemos la fe en el Dios que sabemos que nos ama. Por eso nuestra súplica y oración tiene que saber convertirse en escucha y en reflexión, en silencio en el corazón pero también en apertura a esa revelación de Dios, a esa inspiración que vamos a sentir en nuestro interior.

Cuántas veces cuando rumiamos lo que nos va sucediendo y tratamos de hacerlo con serenidad y con paz terminamos descubriendo caminos nuevos, van apareciendo en nosotros nuevas actitudes que nos llevan a nuevos valores, y llegaremos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible. Nuestra oración no es ya repetir como una cantinela las mismas palabras y las mismas peticiones sino que ahondando en nosotros mismos iremos sintiendo esa inspiración de Dios, esa fuerza espiritual para afrontar esas situaciones y mantener la serenidad de nuestro espíritu.

Seguro que al final terminaremos siempre dando gracias para cantar la gloria de Dios que así se nos manifiesta.


viernes, 15 de noviembre de 2024

Allí donde estamos o con la responsabilidad que tenemos muchas cosas tendríamos que cambiar en nosotros mismos para gestionar nuestra vida y lo que hacemos

 


Allí donde estamos o con la responsabilidad que tenemos muchas cosas tendríamos que cambiar en nosotros mismos para gestionar nuestra vida y lo que hacemos

2Juan 4-9; Salmo 118; Lucas 17, 26-37

La vida no siempre es fácil, todos lo sabemos. Exige esfuerzo y deseos de superación, nos pide muchas veces estar en pie de lucha ante las dificultades que van apareciendo, muchas veces nos suceden cosas que nos lo pueden trastocar todo y quedarnos como con las manos vacías sin saber que hacer, pero siempre podemos encontrar el ánimo, la fuerza de voluntad, el apoyo que necesitamos en ese camino. Son las luchas y los trabajos de cada día, familia, responsabilidades, crecimiento personal, que muchas veces desde nosotros mismos nos encontramos con tropiezos, por nuestros cansancios y nuestra falta de constancia, por nuestras propias pasiones que en ocasiones nos hacen perder el sentido más profundo, por cuanto nos sucede a nuestro alrededor. Pero yo diría que no podemos sentirnos derrotados.

Tiene que aparecer toda la madurez de nuestra propia persona, para reflexionar y para discernir, para saber encontrar el camino y no perder la esperanza, para mantenernos fieles a nuestros valores y a nuestros principios, para sentir también que la mano de Dios está detrás de todo eso y quizás a través de esas mismas cosas que nos suceden El quiere hablarnos al corazón, como al mismo tiempo abrirnos a nuevos horizontes. Aquí tiene que aparecer el discernimiento de nuestra fe, para no confundirnos, para saber que siempre hay una luz, que no nos faltará el amor de Dios, aunque el camino nos parezca oscuro. En cañadas oscuras El nos conduce como rezamos en alguno de los salmos.

El evangelio de hoy nos puede parecer un tanto enigmático y difícil de comprender. Jesús está en el camino de su subida a Jerusalén para la pascua y sabe bien cuál es la pascua que allí ha de vivir. En su entorno aunque los discípulos más fieles están siempre con El, alguno fallará sin embargo, comienza también a notarse el rechazo de algunos principales y que más tarde en Jerusalén se hará bien patente. Las palabras de Jesús de alguna manera tienen este trasfondo.

En los próximos días también vamos a escuchar mucho que Jesús hablará de los tiempos finales, de los últimos tiempos, como también anunciará proféticamente lo que va a suceder en medio de su pueblo, aunque a la gente le cueste entender las palabras de Jesús. Pero ahí han quedado en el evangelio y son palabras iluminadoras en todos los tiempos en que siempre los cristianos o nos vamos a encontrar con momentos difíciles, o vivimos también en la expectación de los últimos días. Por eso las palabras de Jesús siguen siempre palabras que iluminan, palabras de esperanza para los hombres de todos los tiempos.

Hemos hablado de nuestras luchas y de lo difícil que se nos pone la vida de muchas maneras, pero también hemos insinuado la necesidad de que reflexionemos sobre la vida y cuanto nos sucede, y seamos capaces de hacer un discernimiento para encontrar lo que tiene que ser nuestro camino, nuestro camino precisamente iluminado por esa fe que ponemos en Jesús.

En todo momento de la vida tenemos que descubrir esa luz que no nos falta, porque Dios estará siempre con nosotros aunque tengamos que pasar por momentos negros en la vida. Cuanto sucede a nuestro alrededor nos ha de servir de lección, de toque de atención, de plantearnos que es lo que de verdad estamos haciendo que la vida, qué estamos haciendo nuestro mundo, qué respuesta tenemos que ir dando.

En nuestra tierra hemos pasado – sobre todo en aquellas regiones más afectadas aunque todos queremos sentirlo como algo que nos ha sucedido a nosotros, como algo nuestro – unos momentos difíciles donde ha aparecido la destrucción y la muerte. ¿Todo esto no nos tendría que hacer pensar? ¿Cuáles han de ser los verdaderos afanes que hemos de tener en la vida? ¿Qué estamos haciendo allí donde estamos, allí donde vivimos, allí donde ejercemos nuestras responsabilidades por hacer que nuestro mundo sea mejor?

En medio de tanto dolor y oscuridad siempre podemos encontrar una luz, como siempre tenemos que sentir una llamada del Señor. Se ha despertado la solidaridad de muchos, hemos roto esa cadena de insensibilidad en que a veces parece que caminamos en la vida, ha habido una respuesta hermosa en tantos y tantos que han sentido como propios los sufrimientos de esas personas y de tantos que de una forma o de otra se han movilizado para ayudar.

¿No tendría que hacernos pensar en que sería de otra manera como gestionáramos nuestro mundo? Incluso desde nuestra vida personal, allí donde estemos o con la responsabilidad que tengamos, ¿no nos daremos cuenta que quizás haya muchas cosas que tendríamos que cambiar en nosotros mismos, en nuestra manera de hacer las cosas o donde empleamos lo que somos y lo que tenemos? Pueden ser llamadas que Dios está haciendo a nuestro corazón.

martes, 23 de julio de 2024

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí

 


Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Permanece el que se mantiene en su sitio, en la labor que le han encomendado o en la misión que ha asumido; permanece el que no abandona, el que es constante, el que se mantiene fiel; permanece el que no tiene miedo a los embates porque los afronta con valentía y lucha por salir adelante; permanece el que es fiel a su palabra y a sus compromiso, el que no mira atrás con viejas añoranzas sino que sigue buscando la meta hasta alcanzarla.

Como la semilla ha de permanecer enterrada para que germine, como las plantas que han de ser cuidadas a su tiempo para esperar a que un día den fruto, como el sarmiento tiene que estar bien injertado en la cepa para que no se seque y muere y un día nos produzca hermosos racimos, como toda planta tiene que permanecer unida a su raíz para extraer de la tierra aquello que un día le hará producir, como se mantienen unidos los amigos en una amistad que crece y crece y no se acaba, como se mantienen fieles los que se aman para lograr esa verdadera comunión de vida… podríamos seguir diciendo muchas cosas más de lo que es permanecer.

De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio, precisamente tomando la imagen de la naturaleza, de la vida y de los sarmientos que han de permanecer unidos para que un día puedan darnos hermosos frutos. Y así nos viene a decir Jesús: ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’. Viene a decirnos, entonces, que tenemos que permanecer unidos a El.

¡Qué importante lo que nos dice Jesús y con qué facilidad lo olvidamos! No es precisamente la constancia la virtud que más cultivamos; nos cansamos pronto de todo, hasta de lo mejor y más sabroso, porque queremos novedades. Creer en Jesús no es solo un día hacer una profesión de fe y luego vivir nuestra vida a nuestra manera. No nos basta decir cosas bonitas. Somos fáciles para ello, pero tenemos que recapacitar porque al mismo tiempo somos bien débiles y muy inconstantes.

Pedro fue capaz de decir cosas maravillosas de Jesús que mereció incluso la alabanza de Jesús; hubo momentos en que decía que estaba dispuesto a todo por Jesús hasta el dar su vida; llegaría a decir que a donde iban a ir si solo Jesús tenía palabras de vida eterna, pero bien sabemos que aunque el espíritu está pronto la carne es débil. Conocemos el pecado de Pedro, la negación de Jesús. Pero conocemos una cosa importante también, supo levantarse, supo rehacer su vida, supo volver a su amor primero que a pesar de las negaciones y debilidades seguía ardiendo en su corazón. ‘Tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’, le respondería a Jesús.

Creo que este testimonio de Pedro que estamos recordando nos viene bien para despertarnos y aprender a permanecer; a permanecer en nuestra fe a pesar de nuestras dudas; a permanecer en el camino aunque muchas veces se nos haga difícil; a permanecer en nuestro compromiso y fidelidad aunque sean muchos los cantos de sirena que escuchemos de un lado y otro y pretendan distraernos; a permanecer en el amor aunque muchas veces parezca que se nos debilita, o aunque veamos cosas en los demás que no nos agraden, aunque podamos incluso sufrir decepciones y rechazos, porque es en ese amor donde nos sentiremos de verdad llenos de Dios.

‘Sin mí no podéis hacer nada’, nos dice Jesús. Por eso necesitamos estar unidos a El; y permaneceremos unidos a El si cultivamos nuestra vida interior, si crecemos en el espíritu de oración, si abrimos la tierra de nuestro corazón para se siembre continuamente la Palabra de Dios, si queremos limpiarnos y purificarnos cuantas veces sea necesario a causa de nuestras debilidades en los sacramentos, si nos mantenemos en comunión con los hermanos porque es una forma de permanecer en el amor y permanecer unidos a Jesús.

Qué importante es permanecer, nuestra constancia y perseverancia, nuestra fidelidad y nuestro amor, nuestras ganas de seguir caminando y de levantarnos una y otra vez de nuestras caídas. Fijémonos cuantas veces emplea Jesús la palabra permanecer en este corto texto del evangelio que hoy se nos ofrece.


jueves, 2 de mayo de 2024

Si sabemos permanecer en el amor sentiremos al final la más hermosa satisfacción que nos llenará el corazón de la más hermosa alegría

 


Si sabemos permanecer en el amor sentiremos al final la más hermosa satisfacción que nos llenará el corazón de la más hermosa alegría

Hechos de los apóstoles 15, 7-21; Salmo 95; Juan 15, 9-1

La vida tiene muchas curvas, no le faltan dificultades, lugares de sombra y oscuridad, momentos de frialdad, situaciones de tormenta, igual que tiene días plácidos, calmas bonancibles, momentos en que brilla el sol, la suave brisa nos refresca o el viento sopla a nuestro favor; dichoso no solo el que sabe disfrutar de estos momentos de luz, de calor, donde todo puede llenarse de entusiasmo, sino muy feliz será el que sabe sortear las tormentas, superar las dificultades de las curvas, mantener el corazón templado a pesar de las heladas ventiscas que parece que todo se lo llevan por delante. Quien sabe hacerlo, aunque le cueste, sentirá al final una hermosa satisfacción que le llenará el corazón de alegría, porque nunca perdió la esperanza ni se dejó vencer por la derrota, y su alegría será más plena y de más honda satisfacción.

Es así cómo tenemos que vivir los cristianos. Será por eso por lo que podemos decir que los cristianos somos las personas más alegres del mundo. No perdemos la serenidad y la alegría de nuestros rostros ni la serenidad del alma, sabremos mantenernos en el amor aunque no seamos correspondidos, podemos responder con palabras y gestos de paz a pesar de las violencias que parece que nos quieren envolver. Sabemos quién es el que va al timón de nuestra barca, nos sentimos seguros porque sabemos que quien nos acompaña es quien nos ama con el mayor amor de los amores. Por eso queremos seguir caminando porque sabemos de quien nos confiamos; mantenemos el rumbo de la vida porque es el amor el que nos envuelve y nos llena de felicidad.

No hay mayor alegría ni felicidad. La hemos construido poniendo buenos cimientos y dándole fortaleza a los muros del alma para detener todos los embates. Nos hemos mantenido en el amor, que no se queda en gestos momentáneos, que pueden salir con buena voluntad de forma espontánea, no se queda en palabras brillantes que pueden encandilar a cualquiera – aunque en un mundo de tantas palabras ya muchos no se dejan encandilar de cualquier manera aunque siempre es una tentación – sino que ha sabido darle permanencia al amor.

Es lo que hoy Jesús nos enseña. ‘Permaneced en el amor’, nos dice. Nos ha amado del amor del Padre y de su amor, ahora nos toma a nosotros entrar en esa órbita. Pero permanecer en el amor, aunque cueste, aunque el camino se haga cuesta arriba, aunque no seamos correspondidos, aunque suframos violencias y nos podamos sentir heridos, aunque sean muchos los que luchen contra nosotros, aunque nos sintamos atraídos por cantos de sirena ofreciéndonos delicias que nos puedan encandilar, aunque a veces dentro de nosotros mismos sintamos una rebeldía y un cansancio interior, aunque no seamos comprendidos.

Son aquellas noches oscuras de las que hablábamos o esas curvas del camino que nos pueden distraer, son aquellas frialdades en los que el camino se nos hacía difícil, pero donde seguimos caminando porque sabíamos de la meta y de quien guiaba nuestro camino. Por eso permanecemos en el amor. Como Jesús ha permanecido siempre en el amor del Padre y en el amor que nos tiene a nosotros.

        Y hoy Jesús ha terminado diciéndonos que nos ha hablado de todo esto para que nuestra alegría sea completa. Qué gozo sentimos cuando nos sentimos abrazados por esa ternura de Dios, que sabiendo de nuestras debilidades aun así nos pone metas altas y nos dice que no podemos perder nunca la alegría porque El estará siempre con nosotros. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’. Claro que si sabemos permanecer en el amor sentiremos al final la más hermosa satisfacción que nos llenará el corazón de la más hermosa alegría.

jueves, 9 de febrero de 2023

Jesús quiere hacer resplandecer como en un claroscuro la fe, la humildad y la constancia de la mujer cananea y aprendamos a valorar la fe de los demás venga de donde venga

 


Jesús quiere hacer resplandecer como en un claroscuro la fe, la humildad y la constancia de la mujer cananea y aprendamos a valorar la fe de los demás venga de donde venga

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30

Jesús quería pasar desapercibido. Es cierto que estaba fuera del territorio propiamente de Palestina, pues andaba en las cercanías de Tiro y de Sidón. Se había alejado de los territorios habituales de los judíos, donde la gente le buscaba y le seguía. No se menciona que Jesús se retirara por aquellos territorios con sus discípulos más cercanos por alguna razón especial; o sí la había.

Ese querer pasar desapercibido sería quizá como un claroscuro que se utiliza en ocasiones para hacer resaltar algo que va a tener especial interés en aquel cuadro. ¿Sería lo importante la reacción de aquella mujer y sus valores que anda ahora suplicándole por su hija que está enferma? ¿Querrá Jesús quedar en un segundo plano, en el lugar oscuro, para hacer resaltar otra luz?

Con lo que nos gusta a nosotros salir en los primeros planos. No le cedemos el puesto a nadie si nosotros podemos relucir en algo. La vanidad siempre nos ataca sutilmente, porque siempre nos podremos buscar alguna excusa con tal de quedar nosotros bonitos en la foto. ¿Seremos nosotros capaces de dejar que brillen los otros mientras permanecemos en el lado oscuro? Puede parecernos una cosa sin importancia, podemos decir que es necesario que se vean las cosas buenas que nosotros hacemos para servir de atracción a que otros hagan también lo bueno, pero puede ser también que la vanidad se coma los mejores brillos y al final lo que queremos hacer resaltar son nuestros orgullos.

Hoy quiere Jesús hacer resplandecer la fe, la humildad y la constancia de aquella mujer. Jesús parece desentenderse de sus lamentos y de sus gritos; siempre nos ha costado entender el por qué Jesús no quería atender a las peticiones de aquella mujer. Era fenicia, no era judía, no es bueno dar el pan de los hijos a los perritos. Palabras duras, pero era realmente el lenguaje que utilizaban los judíos en referencia a los gentiles, aunque nos parecen duras en labios de Jesús.

Algo quiere resaltarnos Jesús. Porque la mujer con humildad insiste y encontrará razones y motivos porque los perritos algunas veces se contentan con las migajas que se les caen a los niños mientras comen. Pero aquella mujer sigue suplicando con fe. Nos recuerda al centurión de Cafarnaún que no se siente digno de que Jesús entre en su casa, pero suplicará con fe para que su criado pueda ser sanado por la palabra de Jesús. Jesús entonces alabará la fe de aquel centurión porque en Israel no ha encontrado nadie con tanta fe. Jesús alabará finalmente la fe de aquella mujer a la que se le va a cumplir todo lo que ha pedido, porque lo ha pedido con fe.

Es la luz que Jesús nos quiere hacer brillar. Para que aprendamos a hacer resplandecer nuestra fe aun en los momentos que nos parecen más oscuros. Tantas veces pedimos y pedimos y no alcanzamos tan pronto como quisiéramos lo que son nuestras suplicas y desistimos y tiramos pronto la toalla. Dios no nos escucha, decimos tantas veces, y nuestra fe se debilita. Es lo que ahora tenemos que aprender de esta mujer. Dios nos escucha más allá de que merezcamos o no merezcamos que nos escuche, más allá de lo que pudiéramos considerar nuestra indignidad por nuestro pecado. Seamos humildes, reconozcamos nuestra pobreza y nuestro pecado, pero reconozcamos por encima de todo lo que es el amor del Señor que no nos abandona.

Aprendamos también a valorar la fe de los demás, venga de donde venga. Cuidado con las discriminaciones que muchas veces nos hacemos.

jueves, 6 de octubre de 2022

Habremos experimentado muchas veces la paz que sentimos en nuestro corazón cuando con nuestras necesidades o nuestras angustias sabemos ponernos en las manos de Dios

 


Habremos experimentado muchas veces la paz que sentimos en nuestro corazón cuando con nuestras necesidades o nuestras angustias sabemos ponernos en las manos de Dios

Gálatas 3, 1-5; Sal: LC. 1, 69-70. 71-72. 73-75; Lucas 11, 5-13

Tenemos una instancia que presentar ante un determinado organismo, hay algo que deseamos pero que está en manos de otro el que se nos pueda conseguir, andamos preocupados por la forma cómo vamos a presentar esa instancia, o cómo vamos a hacer esa petición para que nos concedan aquello que tanto deseamos. ¿Cómo hacerlo? ¿A quien acudimos? ¿De quién nos valemos?

Cuando nos vamos haciendo esta reflexión con estos presupuestos que hemos planteado parece como si todo se dirigiera a organismos superiores a nosotros o a personas de gran poder o influencia de quien pueda depender la solución a eso que anhelamos; pero esto sucede también en cosas más cercanas a nosotros, como pueda ser en el ámbito familiar, como pueda ser entre vecinos, compañeros de trabajo o incluso amigos; ¿cómo hacemos para lograr de esa persona, familiar, vecino, compañero o amigo, lo que deseamos? Si es algo que es importante para nosotros seguro que hasta nos pondremos pesados en nuestras peticiones a fin de poderlo lograr.

De esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio pero en referencia lo que es nuestra relación con Dios y lo que ha de ser nuestra oración. Por supuesto que con corazón agradecido cuando nos acercamos a Dios en nuestra oración tendríamos que comenzar con la alabanza y humildemente las muestras de agradecimiento a Dios por cuanto nos regala comenzando por la vida misma. Pero conociendo el corazón de Dios ¿a quién vamos a acudir en nuestras necesidades?

Somos pobres ante Dios, de nada nos valen las autosuficiencias y los orgullos. Es más con humildad tenemos que saber acercarnos a Dios; con humildad sí, pero no con temor; con humildad pero con confianza; con humildad, es cierto, pero dejándonos contagiar y envolver con su amor para ofrecerle también nosotros nuestro amor aunque sea pequeño y lleno de debilidades; con humildad pero con la certeza de que El nos escucha y siempre nos dará lo mejor que necesitamos, mucho más y mejor incluso que lo que nosotros le vamos a pedir.

Nos habla Jesús del amigo que con confianza porque es amigo, pero con insistencia y perseverancia para hacerlo levantar incluso de la cama donde ya está descansando, va a pedirle aquello que ahora necesita de forma perentoria. Es aquello de la constancia de la viuda que pide justicia con insistencia y perseverancia. Quiere el Señor que le pidamos aquello que necesitemos, pero quiere que aprendamos a hacerlo porque nos dejemos conducir por el Espíritu que, como nos dirá san Pablo, rugirá en nuestros corazones poniendo en nuestros labios lo mejor que podamos pedirle al Señor.

Por eso nos dice hoy Jesús tajantemente: ‘Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre’.

No hemos de tener miedo, pues, de pedir, de llamar, de buscar, de insistir en nuestra petición. Seremos escuchamos, se nos dará cuanto necesitamos, encontraremos aquello que buscamos, se nos abrirá la puerta del corazón de Dios para que entremos a morar en El. Es lo que nos enseña Jesús con la formula de oración que nos propone, el padrenuestro. Ahí están nuestras necesidades materiales – el pan de cada día – como estará todo lo que necesitamos para tener paz en el corazón – perdón recibido y otorgado -. Ahí está esa fuerza que necesitamos en el camino que nos hace fuertes para superarnos y para crecer, para liberarnos de todo lo malo – líbranos del todo mal y no nos dejes caer en la tentación - y para dejarnos inundar por su amor – venga a nosotros tu reino -.

Seguro que lo habremos experimentado muchas veces – tenemos que recordarlo saber dar gracias por ello - la paz que sentimos en nuestro corazón cuando con nuestras necesidades o nuestras angustias sabemos ponernos en la manos de Dios. Habrá una paz dentro de nosotros que en ningún otro sitio podremos encontrar. No necesitamos otras influencias porque sabemos que quien nos escucha es nuestro Padre.

miércoles, 4 de agosto de 2021

La mujer cananea es hoy ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor que siempre será presencia de luz y de amor

 




La mujer cananea es hoy ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor que siempre será presencia de luz y de amor

Números 13, 1-2. 25; 14, 1. 26-29. 34-35; Sal 105; Mateo 15, 21-28

Qué desilusión nos llevamos en ocasiones cuando con mucha confianza queríamos lograr algo que además considerábamos importante para nosotros, pero nos encontramos la negativa por respuesta. Se nos cae el mundo encima, se nos vienen abajo todas nuestras esperanzas, nos sentimos desilusionados y cuando somos personas propensas a sentirnos fácilmente deprimidos nos dan ganas de tirar la toalla en todos nuestros proyectos y nos sentimos como ridiculizados y como unos ineptos porque quizás no suplimos plantearlo debidamente.

Puedo parecer un poco exagerado pero son cosas que nos suceden y siempre nos conviene analizar un poco nuestra vida para ver también cuales son nuestras reacciones, las que tenemos o las que deberíamos de tener. Siempre tenemos que estar aprendiendo de la vida, incluso de aquello negativo que nos puede suceder, y de alguna manera preparándonos para las situaciones en las que nos podamos encontrar.

¿Se sentiría algo así aquella mujer cananea de la que nos habla hoy el evangelio? En este caso no era simplemente un proyecto que podría tener para su vida, sino estaba por medio el sufrimiento de una madre que de alguna manera veía morir a su hija en su grave enfermedad.

Como nos narra el evangelista Jesús anda por las fronteras de Palestina, muy al norte en Galilea en territorios cercanos a los fenicios – actual Líbano – y no eran territorios precisamente donde abundaran los judíos. Vemos a Jesús en ocasiones que se marcha a lugares lejanos y, en cierto modo, apartados porque también quiere ir instruyendo a sus discípulos más cercanos a los que un día va a confiar su propia misión.

Una mujer fenicia, pagana, camina detrás de Jesús gritándole que tenga compasión de ella y de su hija gravemente enferma. Parece como que Jesús se desentiende, de manera que incluso los discípulos interceden para quitarse el tormento de los gritos de aquella mujer. La respuesta de Jesús nos desconcierta aunque él solo emplea el lenguaje habitual de los judíos, que consideraban perros a los paganos.

Pero ante la negativa de Jesús la mujer no se viene abajo, sino que insiste y aprovechando incluso las palabras de Jesús buscará argumentos para seguir haciendo su petición. ‘También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos’, le responde dando a entender en su humildad que no le importan incluso los desprecios con tal de comer esas migajas del amor de Dios. Pero Jesús para ella no tiene migajas sino que está todo su amor, para alabar la fe de aquella mujer y para conceder lo que tanto está deseando aquella mujer.

Ya hemos visto en el evangelio que en muchas ocasiones se queja de la falta de fe de los que le escuchan; se extrañó de la falta de fe incluso en su pueblo de Nazaret, de manera que como dice el evangelista allí no hizo ningún milagro; a los mismos discípulos los llama torpes y tardos de corazón para creer.

Pero hay dos momentos en que Jesús alaba la fe de alguien, y en estos casos se tratará precisamente de dos personas que no son judías. Alaba la fe del centurión, como alaba ahora la fe de esta mujer fenicia. Y como nos dirá en otras ocasiones basta que tengamos fe, que la fe es la que nos ha curado. Tendría que hacernos pensar.

Pero por medio está la consideración con la que comenzábamos esta reflexión. Las negativas nos desalientan, cuando las cosas se nos ponen difíciles nos llenamos de dudas y de temores; la frustración que muchas veces sentimos nos lleva a querer abandonar y no insistir en aquello bueno que deseamos o tendríamos que realizar.

La mujer cananea nos sirve hoy de ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor, que siempre será para nosotros presencia de luz y de amor, a pesar de todas las oscuridades en las que nos encontremos.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

 


Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

‘Nadie es capaz de saber quién es y de lo que es capaz hasta que no se mide con la realidad, entregándose al bien a través del ejercicio de sus cualidades y habilidades’. Un buen pensamiento que nos da inicio al comentario al evangelio de hoy y que me he permitido tomar de un comentarista de textos evangélicos.

Cuando nos aprietan sacamos a flote todos los recursos que tenemos e ingeniosamente somos capaces de ponerlos a juego; es el momento, sí, de descubrir nuestro valor en la dificultad y cuando tenemos todas las cosas en contra. Pero también sabemos que para algunos es el momento de achicarse, de acobardarse, de esconderse o de huir tirando la toalla, lo que decimos comúnmente es una cobardía, o decimos el poco valor que tenemos. Pero sucede, nos sucede, más de lo que imaginamos o queremos reconocer.

Yo no valgo, decimos acobardados, yo no soy capaz, algunas veces preferimos hundirnos antes que intentar nadar que a fuerza de hacerlo terminaríamos aprendiendo. Aquellas dos moscas que cayeron en un vaso de leche, ¡me ahogo!, pensaron quizás, y una se dejó hundir porque no veía en la orilla a donde agarrarse o por donde salir, pero la otra, sin embargo, comenzó a mover sus patitas intentando nadar, no cejó en el empeño, insistió dando vueltas y vueltas hasta que pronto sintió que bajo sus patitas había algo sólido que parecía crecer y en lo que podía apoyarse, batiendo sus patitas había hecho una bola de mantequilla con la grasa de la leche y al final se salvó.

Tenemos que aprender, tenemos que no cejar en nuestro empeño e insistir, tenemos que aprender a buscar salidas que podemos encontrar, no nos podemos quedar quietos y encerrados; detrás de cualquier obstáculo que nos encontremos puede haber un respiradero, una salida, un rayo de luz que despierte nuestra esperanza y haga aparecer nuestra creatividad. Es difícil, nos decimos muchas veces, esto supera mis fuerzas o mis capacidades, pero nada se ha hecho por si solo sino que ha habido alguien con empeño que ha buscado soluciones, ha abierto caminos, a despejado horizontes.

La pasividad no es buena, es algo negativo y siempre tenemos que intentar ser positivos y con optimismo pensar que podemos encontrar una salida. Ahí están nuestros valores humanos, nuestra constancia, nuestra firmeza, nuestro creer en nosotros mismos, la fortaleza de espíritu, la capacidad de iniciativa que todos tenemos escondida dentro de nosotros; hay que buscar el resorte que le haga saltar.

Y esto en todos los aspectos de la vida; vendrán momentos difíciles pero en nuestras manos siempre hay algún talento que podemos desarrollar; serán muchos o serán pocos, no importa, lo importante es que creamos que podemos negociarlos, que podemos sacar un provecho, un fruto de eso que tenemos.

Son los momentos difíciles que vivimos actualmente que si tenemos que estar encerrados en previsión de posibles contagios del virus, sin embargo nuestro espíritu no lo podemos encerrar, podemos soñar y podemos imaginar, podemos tener creatividad y tener inventiva, podemos aprender lecciones como revisar actitudes y posturas con las que hemos vivido de una forma conformista hasta ahora.

Pero tenemos que salir de nuestro conformismo, despertar de la pasividad, quitar los miedos, creer que en verdad un día encontraremos una luz. No podemos quedarnos pasivamente a que otros nos abran caminos, nos den soluciones o nos resuelvan las cosas; cada uno tiene su parte, y tú y yo tenemos también nuestra parte y nuestra responsabilidad.

Creo que es lo que nos quiere decir Jesús con la parábola que nos propone. Aquel hombre que repartió los talentos entre sus servidores esperando encontrar un fruto y un rendimiento a la vuelta. Unos supieron negociarlos, otros lo enterró y no se obtuvo ningún beneficio, es más, él mismo perdió aquel talento que se le había confiado. Había tenido miedo, como nosotros tantas veces que nos acobardamos. No nos quiere el Señor pasivos. Ha puesto el mundo en nuestras manos y en nuestras manos está el que podamos hacerlo mejor. No nos podemos sentir abrumados por los problemas, por la inmensidad del trabajo, o por el mundo contrario que nos podamos encontrar.

Es lo que nos sucede con nuestra fe, ese tesoro que ha sembrado Dios en nuestro corazón. Y hemos reconocer que estamos en una generación de cristianos pasivos, que nos encerramos, que huimos, que enterramos nuestros valores y nuestros principios. Pero ese Reino de Dios tenemos que construirlo, está en nuestra manos.

Nos cuesta dejarnos renovar para salir de nuestra pasividad y de nuestro miedo; vivimos en una actitud muy conformista simplemente de dejar hacer, pero sin comprometernos; nos contentamos con nuestros cumplimientos como si solo fuera suficiente el que enterremos el talento para que no se nos pierda. Tenemos que despertar y es en momentos como los que vivimos donde tiene que resplandecer esa fe que decimos anima nuestra vida para anime también a nuestro mundo.


Ahora incluso, que por la situación actual nos vemos muy mermados en nuestras actividades pastorales, tendríamos que saber encontrar caminos, medios, formas para seguir haciendo ese anuncio que ahora quizá con más razón nuestro mundo necesita cuando nos encontramos tantos desesperanzados de la vida. Y nosotros tenemos que ser luz de esperanza para nuestro mundo, sembrar un optimismo de la vida que nace de nuestra fe.

No sabemos, quizás, como hacerlo, pero es el momento de reflexionar, de abrirnos al espíritu del Señor que nos inspire nuevos caminos y nuevos campos. Pero tenemos que seguir siendo esa luz del mundo, esa sal de la tierra. No perdamos ese resplandor ni ese sabor que tenemos que transmitir a los demás.

viernes, 7 de diciembre de 2018

En nuestras manos, a nuestro alcance está esa nueva luz que necesitamos y hemos de tomar la iniciativa de lanzarnos a buscarla


En nuestras manos, a nuestro alcance está esa nueva luz que necesitamos y hemos de tomar la iniciativa de lanzarnos a buscarla

Isaías 29, 17-24; Sal. 26; Mateo 9,27-31

¿Podremos lograrlo o no podremos? Algunas veces nos acobardamos con las dificultades, dificultades que en muchas ocasiones casi nos creamos nosotros mismos en nuestra imaginación. Nos parece difícil, algo en cierto modo inalcanzable, es algo que pudiera o debiera cambiarnos la vida, la percepción de las cosas, la manera de actuar. Pero o nos da miedo o no le damos la importancia debida y las cosas suceden pero no repercuten en nosotros.
Hay desconfianza en nosotros, nos consideramos tan poco cosa que si es algo que tenemos que pedir pensamos ya de antemano que no nos van a escuchar, y ya no ponemos mucho empeño en conseguirlo. Tenemos posibilidades delante de nosotros y por nuestros miedos o desconfianzas no alcanzamos aquello que podría ser tan importante para nosotros.
Así muchas veces nuestra vida se hace ramplona, nos acostumbramos y nos damos por satisfechos quedándonos quizá en nuestras necesidades, no hacemos que en verdad vayamos creciendo con lo que cada día vivimos porque realmente no le ponemos toda la intensidad posible en aquello que hacemos o por lo que tenemos que pasar.
Muchas veces pasamos en la vida por situaciones que quizá podríamos mejorar, pero vivimos como acomplejados, nos sentimos satisfechos con lo poco que tenemos o somos, nos conformamos por no tener la valentía de dar la cara para pedir, para reclamar, para poner un plus de esfuerzo por hacer que las cosas sean mejores. Es el conformismo con que vivimos la vida, incluso necesidades, o enfermedades que padezcamos. Quizá en nuestra imaginación pensamos en cuantas cosas vamos a decir o hacer para que las cosas cambien, pero a la hora de la verdad nos encerramos en nuestro conformismo y nada hacemos, ningún paso damos.
Necesitaríamos una cierta rebeldía interior que nos saque de nuestro conformismo. Una rebeldía que  nos haga tomar iniciativas, dar pasos, reclamar si es necesario, querer salir de donde estamos y querer darle un mayor crecimiento a nuestra vida.
Hoy vemos en el evangelio que dos ciegos iban gritando detrás de Jesús y daba la impresión que Jesús no les hiciera caso. Muchos ciegos había en Israel, era una enfermedad muy común que implicaba situaciones límites de pobreza que les llevaba simplemente a pasar su vida junto a los caminos pidiendo limosna. Estos ciegos oyen que pasa Jesús, habrán oído con toda seguridad de los milagros que Jesús hacia curado a otros ciegos como ellos y se lanzan al camino para seguir a Jesús. Es al llegar a casa cuando parece que Jesús les hace caso y se interesa por ellos.
¿Qué queréis que os haga? ¿Creéis que yo pueda hacerlo? Parece que todo son dificultades pero aquellos hombres llenos de fe insisten, no se acobardan. Están seguros que Jesús puede hacerlo y por eso están ellos aquí; de ahí su insistencia sin cansarse ni rendirse, aunque les pareciera que todo estaba en contra; no solo era la negrura de su ceguera, sino las dificultades que están encontrando. Recordamos aquel otro ciego de Jericó a quien quieren acallar sus gritos las gentes mismas que acompañaban a Jesús.
La fe insistente de aquellos hombres les lleva a encontrar la salvación, a encontrar la luz para sus ojos. Pero quizá tengamos que preguntarnos, porque este texto del evangelio tiene que ser un impulso para nuestra fe y para nuestras luchas, hasta donde somos capaces de insistir, si estaremos dispuestos a poner en camino buscando en verdad que las cosas cambien, que nuestra vida cambien también. Porque algunas veces somos nosotros los ciegos, pero que no hacemos lo suficiente por salir de nuestra oscuridad y encontrar una nueva luz.
Esta Palabra del Señor que escuchamos desde el testimonio de arrojo y valentía de aquellos ciegos tendría que ser para nosotros un impulso grande para nuestra vida. No dejemos que la salvación pase a nuestro lado y no nos beneficiemos de ella. En nuestras manos, a nuestro alcance está esa nueva luz que necesitamos y quizá no somos todo los impulsivos para lanzarnos a buscarla.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Cuando saboreemos en el amor nuestro encuentro con Dios estaremos siempre buscándole, deseando estar en el gozo de su presencia



Cuando saboreemos en el amor nuestro encuentro con Dios estaremos siempre buscándole, deseando estar en el gozo de su presencia

1Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18,1-8

Una virtud que muchas veces nos falla en la vida es la constancia. Nos cuesta perseverar, mantener el ritmo, llegar hasta el final. Vienen los cansancios cuando la meta parece que tarda en llegar y nos decimos para que seguir luchando; no tenemos confianza en que podemos alcanzar el objetivo, la meta, y nos entran las desganas, mil tentaciones de abandonar la lucha, de tirar la toalla.
Es en nuestras luchas personales por tratar de superarnos, de mejorar nuestra vida; nos cuesta trazarnos una meta y ser fieles y continuos en nuestra lucha hasta conseguirlo; así nos cansamos de nuestros trabajos y queremos estar cambiando siempre, no porque surjan iniciativas que nos lleven a un mayor crecimiento sino quizás para rehuir el aburrimiento que decimos tenemos porque nos parece todo siempre lo mismo. Es en el trabajo, es en nuestras responsabilidades que quizá empezamos con mucha fuerza pero poco a poco nos vamos desinflando, es en nuestra vida interior, en el crecimiento de nuestra espiritualidad. En muchas cosas nos damos cuenta que nos cuesta perseverar, que no somos lo suficientemente constantes.
Y aquí entra el tema que nos apunta Jesús hoy en el evangelio, la oración. No somos perseverantes, porque quizá nuestra fe es floja y débil, porque no terminamos de tener confianza en que el Señor nos escucha, o porque algunas veces somos demasiado interesados y materialistas en lo que pedimos y siempre el Señor nos va a dar lo mejor para nuestra vida; claro como no vemos lo que nosotros ansiamos en esa superficialidad en que vivimos muchas veces, dejamos pronto a un lado nuestra oración. No hemos aprendido por otra parte a saborear la oración como tendríamos que hacerlo.
Nos dice el evangelista que Jesús nos propuso esta parábola ‘para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar sin desanimarse’. Y nos habla de la viuda que pide justicia pero que no es escuchada. Pero ante su insistencia al final el juez decide hacerle justicia aunque solo fuera por quitársela de encima. La perseverancia de aquella mujer hizo que al final fuera escuchada.
No es que Dios nos escuche con la actitud displicente de aquel juez. La escucha que el Señor hace de nuestras plegarias entra en otra onda, porque Dios nos ama, porque Dios es nuestro Padre ¿y qué padre no escucha a sus hijos? Es no solo la perseverancia sino la confianza con que nosotros hemos de acudir a Dios. El nos escucha.
Pero es lo que antes mencionábamos de paso, tenemos que aprender a saborear nuestra oración. No es solo pedir, es disfrutar de la presencia de quien sabemos que nos ama. Como el hijo se siente a gusto con su madre, como el amigo busca la compañía del que sabe que le aprecia mucho y que es su amigo, es el gozo de estar con Dios. No necesitamos en ocasiones palabras, sino dejar que fluyan nuestros sentimientos; no necesitamos palabras sino saber que estamos con quien nos ama.
Y ahí estaremos con nuestro amor y saboreando el amor de Dios; y ahí estaremos con nuestros gozos y alegrías y gozándonos en Dios; y ahí estaremos con nuestras necesidades que bien sabemos que Dios las conoce; y ahí estaremos y seremos capaces de presentar ante la mirada de Dios a todos aquellos a los que amamos para que sientan la mirada de Dios, para que sientan su bendición.
Cuando saboreemos así  nuestro encuentro con Dios ya no necesitamos que nos digan que seamos constantes, porque siempre estaremos buscando a Dios, deseando estar en el gozo de su presencia.

viernes, 12 de octubre de 2018

María sea ese Pilar que nos fortalece en nuestra fe y nos alienta en la tarea de la Nueva Evangelización

María sea ese Pilar que nos fortalece en nuestra fe y nos alienta en la tarea de la Nueva Evangelización

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26;  Lucas 11,27-28

Una tradición casi legendaria nos habla de la presencia de María junto al apóstol Santiago en la tarea de la evangelización de nuestra tierra española. Allí en la antigua Cesareagusta, hoy Zaragoza, junto al río Ebro quedó como señal aquel Pilar de la fortaleza que por la fuerza del Espíritu y con la presencia de María a nuestro lado ha de anunciarse y mantenerse la fe cristiana en nuestra tierra y en el mundo.
Así nació desde los tiempos más inmemoriales la devoción a María, que como un signo en su pequeña imagen sobre el Pilar, nos ayuda a mantener con fortaleza nuestra fe, a proclamarla con perseverancia y a expresarla en los mejores signos del amor. Hoy 12 de octubre es para nosotros la fiesta de la Virgen del Pilar. Ha sido así a través de los siglos y hoy seguimos invocando con amor a nuestra Madre, porque ella como Madre ha estado y está siempre a nuestro lado ayudándonos a preservar nuestra fe frente a tantos peligros que la acechan y es un espejo en el que mirarnos para descubrir en todo momento cuales son los caminos de Jesús.
A través de los tiempos y con el paso de los siglos muchos han sido los momentos duros como nos refleja la historia en que nos hemos visto convulsionados en nuestra fe, momentos también de persecución y hasta de martirio, momentos oscuros en que nos hemos visto envueltos por la indiferencia de tantos en lo que atañe a la fe que a todos  nos debilita, igualmente que momentos floridos en que ha resplandecido la fe y la santidad de tantos que nos han precedido o también, por qué no pensarlo, están a nuestro lado y son un estimulo fuerte en ese camino de la vivencia de nuestra propia fe.
Y María ha estado ahí siempre como un faro de luz que nos guía en nuestro camino para que vayamos siempre hasta Jesús, para que no nos acobardemos en nuestra debilidad o en esos momentos difíciles en que se pueda poner a prueba nuestra fe. Sentir la presencia de María nos da fortaleza en nuestro camino, nos da seguridad frente a los peligros que tenemos que afrontar, sentimos su aliento de madre junto a nosotros que nos da esperanza.
Y eso hoy, en los tiempos en que vivimos que no son mejores ni peores que otros tiempos de la historia, queremos sentirlo una vez más con la presencia de María. A ella acudimos como a una Madre, porque así nos la dejó Jesús, en ella nos refugiamos, pero no para escondernos frente a aquellos que nos puedan hacer oposición sino para salir más fortalecidos en esa tarea de anuncio del evangelio que en estos nuevos tiempos con valentía tenemos que hacer.
Hoy la Iglesia, aparte de otras muchas cosas que la convulsionan, esté comprometida en la tarea de una nueva evangelización. Y no es solo pensando en lejanos lugares donde por primera vez haya de anunciarse el nombre de Jesús, sino que es en nuestra tierra, en aquellos que nos rodean y con quienes convivimos donde tenemos que realizar esa tarea.
Hay en muchos lugares momentos de un reflorecimiento del fervor religioso, nuestro pueblo a pesar de tantas cosas que tiene en contra se dice cristiano y religioso y en alguna cosa y en algunos momentos lo manifiesta, sobre todo cuando es en actos en torno a María, pero bien sabemos que nuestra sociedad está bien lejana en muchos aspectos del sentido del evangelio, aunque también aparecen buenos brotes de semillas que no están lejos del Reino de Dios.
Y es ahí donde tenemos que evangelizar; es ahí donde queremos sentir de manera especial esa presencia de María, que a través de sus distintas imágenes en la devoción sana de nuestros pueblos, aun hace que se mantenga un rescoldo de fe. Es lo que tenemos que avivar con la fuerza del Espíritu, con la presencia de María, para que en verdad nuestros corazones y nuestras gentes se abran de nuevo al mensaje del evangelio.
Que María sea ese Pilar que nos fortalezca en nuestra fe; hoy la invocamos en la Advocación del Pilar que une en torno a si a todas las naciones hispanas del Nuevo Mundo; hoy en nuestra tierra tinerfeña la contemplamos peregrina en su imagen bendita de Candelaria en los caminos de la nueva evangelización en esa visita que en estos momentos está haciendo a nuestra zona metropolitana; o Virgen de Guadalupe en otra de nuestras islas, La Gomera, en su bajada al encuentro con sus hijos realizada en estos días; y así en tantas y tantas otras advocaciones de nuestra devoción. Amemos a María y con ella vayamos siempre hasta Jesús.

 

jueves, 8 de marzo de 2018

No bajemos la guardia sino que en todo momento luchemos, sí, pero busquemos la gracia de los sacramentos que alimenten y fortalezcan nuestra vida.


No bajemos la guardia sino que en todo momento luchemos, sí, pero busquemos la gracia de los sacramentos que alimenten y fortalezcan nuestra vida.

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

No podemos bajar la guardia. Es cosa que todos sabemos. Esta frase tiene sus connotaciones quizá militares o de estrategia de defensa porque al que se le ha confiado la guardia de un puesto o una ciudad tiene que estar vigilante y no se puede dormir; en cualquier momento aparece el ladrón o el que ataca la ciudad y si nos coge desprevenidos nos robará o nos vencerá.
Pero es la vida de cada día, las metas que nos propongamos, los negocios en que nos metamos, las responsabilidades que hemos de asumir en cualquier ámbito social. Es aquel hombre que luchó y luchó para sacar adelante un proyecto y cuando estaba comenzando a pregustar las mieles del triunfo, de la meta conseguida, bajó la guardia, perdió la intensidad de sus preocupaciones y responsabilidades y pronto las cosas comenzaron a ir para detrás y el fracaso se atisbaba en el horizonte.
Es la tarea de la construcción de la propia vida con sus esfuerzos y sus luchas, con nuestro deseo constante de superarnos, de quitar malas costumbres o no dejar que el mal se vaya adueñando de nuestro corazón, es la intensidad con que hemos de vivir nuestro amor para que no se merme ni se enfríe, son esas ganas de mantener bien altas nuestras metas y no olvidarnos de adonde queremos ir o queremos llegar.
Es el camino de santidad que como cristianos queremos emprender y en donde tenemos que estar vigilantes para no caer en la tentación que nos lleve al pecado de nuevo, pero también la tentación de la tibieza o del cansancio que nos puede acechar en cualquier momento. Experiencia quizás tenemos de momentos de gran fervor, donde nos parecía que ya aquellas pasiones las teníamos controladas o aquellas situaciones difíciles las teníamos superadas y creíamos que no volveríamos a tropezar, pero un día nos encontramos débiles y volvimos a tropezar y caer en el mismo pecado.
Es como nos dice hoy Jesús en el evangelio el enemigo está al acecha, como león que nos está rondando, y las tentaciones se pueden volver más fuertes y sutiles y quizás nos habíamos debilitado, no manteníamos la misma tensión para luchar y parecía que todo se nos venia abajo. Nos sucede también en el ámbito de la fe, que si no la cuidamos nos aparecerán las dudas, nos entrará confusión con todo lo que vemos a nuestro alrededor e influye en nosotros y tenemos el peligro de perder la fe.
La vida del hombre en todos los aspectos, la vida del cristiano en este ámbito de la fe y de la gracia ha de ser siempre una ascesis, un deseo de crecimiento pero limando asperezas, enderezando lo torcido que nos pueda ir apareciendo en la vida aunque muchas veces nos duela, pero es la certeza de poder llegar a la meta.
El cristiano sabe que no puede enfriarse en su espíritu de oración, que no puede dejar de lado los sacramentos, que necesita continuamente revisarse y renovarse, que tiene que buscar siempre ese alimento de gracia que recibe en los sacramentos. Qué importante para todo cristiano el sacramento de la Penitencia; que necesaria y fundamental la Eucaristía alimento de su alma, viático para nuestro caminar.
No bajemos la guardia. Luchemos, sí, pero busquemos la gracia de los sacramentos que alimenten y fortalezcan nuestra vida.



miércoles, 12 de octubre de 2016

El Pilar de María sea signo de fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor reflejos de nuestra vida cristiana

El Pilar de María sea signo de fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor reflejos de nuestra vida cristiana

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28

Hoy celebramos el día de la Virgen del Pilar. Una fiesta muy entrañable para todos los españoles y para toda la hispanidad. Una fiesta que es un eco de aquel grito de la mujer anónima que bendecía a la madre de Jesús, cumplimiento de las palabras proféticas de María que en el Magnifica anunciaba que la felicitarían todas las generaciones, pero que se convierte en un reto para nosotros que seremos bendecidos si, como María, escuchamos la Palabra de Dios y la plantamos en nuestro corazón, como nos ha dicho Jesús en el evangelio.
La tradición, entre las penumbras de la leyenda, nos habla de la presencia de María haciéndose cercana al apóstol Santiago mientras anunciaba el Evangelio en nuestras tierras hispanas. Como un hito, como un signo grande allí quedó el Pilar sobre el que descansan los pies de la Virgen y a donde acuden millares y millares de devotos para sentir el amor y la protección de María que siempre nos conduce hasta Jesús.
Es la madre que se hizo presente junto al apóstol en momentos duros y difíciles de la predicación del Evangelio y que con su aliento llenó de esperanza aquel corazón en su entrega por la causa del evangelio. Es la madre que sigue haciéndose presente en la vida de sus hijos como consuelo y como esperanza, como fortaleza para su fe para que nunca se sienta debilitada por los avatares de la vida, como ánimo para la constancia en el amor de la entrega y de la búsqueda del encuentro con los demás, y como refugio maternal para los pecadores y consuelo de los afligidos que así sienten siempre la presencia de María.
Ese pilar sobre el que descansa la imagen bendita de María y que da nombre a esta advocación de todo esto nos habla. Que sintamos de verdad ese pilar de María en nuestro corazón, en nuestra vida para así sentirnos fortalecidos en nuestra fe y en nuestro amor con la gracia del Señor.
El Beato Pablo VI en la exhortación apostólica ‘Marialis Cultus’ entre otra cosas bellas nos dice: ‘La misión maternal de la Virgen empuja al Pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a Aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora; por eso el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado; porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado. Y, hay que afirmarlo nuevamente, dicha liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas…’  
Así queremos sentir la protección de María del Pilar cuando celebramos su fiesta y sentimos siempre a nuestro lado la presencia de la madre, la presencia de María. Quiero completar esta breve reflexión con el himno que nos ofrece la liturgia para la oración de Laudes de esta fiesta:
Santa María del Pilar, escucha
nuestra plegaria, al celebrar tu fiesta,
Madre de Dios y Madre de los hombres,
Reina y Señora.

Tú, la alegría y el honor del pueblo,
eres dulzura y esperanza nuestra;
desde tu trono, miras, guardas, velas,
Madre de España.

Árbol de vida, que nos diste a Cristo,
fruto bendito de tu seno virgen,
ven con nosotros hasta que lleguemos
contigo al puerto…