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viernes, 11 de septiembre de 2026

Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

 


Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Salmo 83; Lucas 6, 39-42

Todos en la vida tenemos luces y sombras, y el que diga lo contrario está equivocado, no se conoce de verdad a sí mismo, o tiene una falta grande de humildad que lo tiene endiosado. Tenemos nuestros límites, nos sentimos en ocasiones impotentes, nos damos cuenta de nuestra ignorancia en muchas ocasiones aunque nos demos de sabérnoslas todas, el camino de la vida parece que en ocasiones se nos llena de obstáculos, somos conscientes sin querer dárnoslas de perfectos o perfeccionistas que también los que caminan a nuestro lado se encuentran en situaciones como las nuestras, también con sus luces y con sus sombras, con ese temblor que se nos mete en las piernas cuando encontramos dificultades o nos parece que no vemos clara la meta que nos proponemos.

La vida es un aprendizaje que ha de tener también su proceso, donde hemos de tener por una parte la valentía de querer avanzar y aprender, pero también la humildad de quien se deja enseñar y conducir porque reconoce que no todo lo tiene ya conseguido; cuidado que nos creamos sabedores de todo antes de tiempo porque nuestros tropiezos serán más aparatosos y también el daño que podemos hacer a los demás cuando estamos aun con poca claridad y nos podemos convertir en ciegos que intentan guiar a otros ciegos.

Es lo que nos está planteando Jesús hoy en el evangelio. San Lucas recoge aquí diversas sentencias que pone en labios de Jesús, que eran esas enseñanzas que en su momento oportuno Jesús iba desgranando con sus discípulos. Ya nos dice que como discípulos. no nos creamos más que nuestro Maestro, y que solo cuando haya recorrido todo el proceso podremos hablar con autoridad, no la nuestra, sino la que proviene de la acción del Espíritu en nosotros.

Por eso antes nos ha dicho Jesús lo del ciego que guía a otro ciego cayendo los dos en el hoyo. La necesaria humildad que necesitamos, como decíamos hace un momento, para primero dejarnos enseñar. No podemos ir de autosuficientes por la vida aunque muchos de esa especie nos podemos ir encontrando por los caminos. Es un gran problema con que nos encontramos hoy los cristianos y en la Iglesia; quizás porque recibimos un catecismo cuando de niños nos prepararon para los sacramentos ya pensamos que tenemos todo el camino recorrido, que ya tenemos la suficiente formación.

En la vida no nos quedamos en las cuatro reglas que nos enseñaron en la escuela, por decirlo de alguna manera, sino que en la medida en que hemos ido creciendo y madurando hemos seguido formándonos y preparándonos para afrontar los problemas de la vida pero también nuestras tareas y responsabilidades. Queremos que nuestros hijos aprendan, solemos decir, y les ofrecemos un camino en colegios, institutos, universidades, todo lo que sea necesario para que se formen y se preparen bien para la vida.

¿Es lo que queremos y deseamos en nuestra formación cristiana? Como niños recibimos lo que podíamos captar como niños, pero en nuestro crecimiento como adolescentes y jóvenes, como personas adultas y maduras tenemos que seguir con nuestra formación., con ese ir madurando cuando hemos recibido y forma parte de nuestra fe y en consecuencia de lo que tendría que ser nuestra vida cristiana. Pero eso no lo tenemos en cuenta, eso nos parece una pesadez, eso nos lleva a la superficialidad e inmadurez con que vivimos en el ámbito de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano.

Por eso terminará el texto del evangelio ofreciéndonos esas sentencias de Jesús que nos hablan de cómo primero hemos de purificar nuestra vida antes de querernos convertir en salvadores de los demás. Es la mota que podemos ir a quitar del ojo de nuestro hermano, mientras nosotros llevamos una vida atravesada en nuestros ojos. ¿Significa que porque somos débiles y pecadores no podemos ayudar a los demás? Nada de eso, siempre podemos y tener que estar abiertos a la corrección fraterna, aún sabiendo de nuestras debilidades; si las reconocemos en nosotros iremos con más humildad al encuentro con los otros; porque sabemos de lo débiles que somos y lo que muchas veces nos puede costar el superarnos, iremos con mayor delicadeza a ayudar al otro, porque nunca iremos desde nuestro pedestal sino abajándonos y poniéndonos a la misma altura del otro para mejor expresarle nuestro amor.

Todo un camino de luces y sombras, todo un camino que hemos de aprender a recorrer, todo un camino que ha de ser siempre de superación y crecimiento, un camino en que aunque débiles nos sentimos hermanos y sabemos tendernos las manos con la mayor delicadeza para caminar juntos.


martes, 4 de agosto de 2026

Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

 


Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Salmo 101; Mateo 15, 1-2. 13-14

Uno de los signos anunciados por el profeta por los que había de reconocerse la llegada del Reino de Dios era que los ciegos recobrarían la vista. Así lo proclamó Jesús en la sinagoga de Nazaret con aquel texto proclamado del profeta Isaías; y Jesús había dicho al terminar su proclamación que aquello allí anunciado se estaba cumpliendo entonces.

Bien vemos a lo largo del evangelio cómo se repiten las curaciones de los ciegos que acuden a Jesús y bien nos proclamará Jesús que El es la luz del mundo. ¿Para qué es la luz? Para que podamos ver, pero también para que podemos iluminar; tenemos que iluminar. Pero además nos está pidiendo que nosotros seamos luz y la luz no se puede ocultar, tiene que ponerse en el lugar más estratégico para que todos se puedan iluminar. Así nos pedirá que salgamos a nuestros caminos con la luz en nuestras manos para que todos sean iluminados; así hemos de tener cuidado que no nos falte el combustible que mantenga encendida nuestra luz, no sea que nos pase como a aquellas doncellas que no fueron previsoras y no llevaron alcuzas con suficiente aceite para mantener encendidas sus lámparas.

Pero hoy nos encontramos con lo que sería un contrasentido, los ciegos que no reconocen su ceguera, creen que ven pero sus ojos están ciegos, no tienen luz pero rechazan la luz. Ya lo decía el evangelio de Juan al principio, las tinieblas rechazaron la luz. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Surge el comentario a raíz de lo que le dicen los discípulos a Jesús. Los fariseos se habían escandalizado con las palabras de Jesús. Y Jesús no había hablado sino de la necesaria autenticidad de nuestra vida que no se puede quedar en apariencias. Nos pide Jesús que miremos el corazón que es de donde sale la más terrible maldad. ‘Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre’.

La ley del Señor que pedía la pureza interior desde la mayor autenticidad se había transformado con las normas y preceptos que se les hacían insoportables de lo que podían o no podían comer porque solo por eso se convertía en impuro el hombre. Y venían las normas de lavarse las manos para no caer en esa impureza por algo que pudieran haber tocado. Era algo muy arraigado en la fe judía y de lo que les costó liberarse. Recordemos aquella visión de Pedro en la que descendía del cielo un gran mantel con toda clase de alimentos y se le decía a Pedro que tomase de aquel mantel y comiese; Pedro se negaba porque allí había alimentos impuros, pero el Señor le decía que lo que Dios declaraba puro porque de sus manos había salido el hombre no podía declararlo impuro.

Ahora ante la observación de Jesús para que examinemos lo que sale de nuestra boca, lo que sale dentro de nosotros cuando tenemos el corazón lleno de maldad, los fariseos se escandalizan. Y es cuando Jesús nos deja esta observación de que son ciegos que no quieren reconocer su ceguera y por eso nunca irán en la búsqueda de la luz. ‘Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo’.

Que no nos sucede a nosotros esto. Tenemos cegueras porque son muchas las debilidades que nos envuelven; somos ciegos muchas veces cegados por el orgullo y por el amor propio; somos ciegos en nuestras autosuficiencias en que no nos dejamos enseñar; somos ciegos en nuestras insolidaridad que nos encierra en nosotros mismos; somos ciegos que solo nos miramos a nosotros mismos y lo que son nuestros intereses; somos ciegos arrastrados por la vanidad que nos hace creernos los mejores y los superiores; somos ciegos y no somos capaces de ver un hermano en quien está a nuestro lado sea cual sea su condición. Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo.


viernes, 5 de diciembre de 2025

Pongámonos en camino porque tenemos que hacer llegar a Jesús hasta el último rincón y hasta en el último rincón tenemos que dejar los signos de Jesús

 


Pongámonos en camino porque tenemos que hacer llegar a Jesús hasta el último rincón y hasta en el último rincón tenemos que dejar los signos de Jesús

Isaías 29, 17-24; Salmo 26; Mateo 9, 27-31

Quizás nos habrá sucedido algo así o algo parecido. En un momento determinado, ante una situación inesperada quizás, nos vimos en la encrucijada que teníamos que actuar, en aquel momento no valían excusas ni echarse atrás porque quizás era mucho lo que estaba en juego;  pero nos sentimos impotentes, ¿Podré realizarlo? ¿Seré capaz? Nos parecía casi imposible porque era algo que no habíamos intentado nunca, porque parecía que una cosa así estaba fuera de mis capacidades. ¿Al final qué hiciste? ¿Te quedaste con los brazos cruzados, llorando penas en tu interior porque no lo intentaste y solucionaste algo que te parecía que estaba por encima de tus posibilidades? ¿No creías en ti mismo? Somos capaces de hacer mucho, lo que hay que hacer es dejar atrás los miedos y cobardías e intentarlo.

Nos puede valer esto que estamos diciendo para muchas situaciones de la vida. Se necesitan más personas comprometidas, en el ámbito de nuestra sociedad porque no podemos permitirnos seguir viendo pasar cuánto está sucediendo, pero no podemos mirar también en el ámbito de nuestra fe y del camino de nuestra vida cristiana, de nuestro compromiso como bautizados. Que no es solo creer en nosotros mismos, que sin orgullos ni vanaglorias también tenemos que creer en nosotros, pero sobre todo confiando en la gracia y la fortaleza que Dios nos da en esa hermosa tarea de evangelizar nuestra vida y nuestro mundo. Somos nosotros los primeros que tenemos que dejarnos evangelizar, dejar que el evangelio cale hondo en nuestra vida dejando a un lado tantas superficialidades.

Muchas cosas nos vamos encontrando en el camino de la vida de las que no podemos pasar de largo. Mucha luz tenemos que poner en los ojos de cuantos nos rodean para que lleguen a saborear la verdadera luz del evangelio. Es lo que contemplamos hoy en Jesús en el evangelio. Dos ciegos siguen a Jesús gritando tras el que tenga compasión de ellos.

Algunas veces nos hacemos sordos ante quienes están gritándonos a nuestro lado, grito que es una presencia, que puede ser una mirada o una mano tendida, alguien que está postrado a la vera del camino y no solo pienso en los sin techo, como en estos días recordamos que también tenemos que hacerlo, sino en tantos que están siendo excluidos de nuestra sociedad, que no cuentan ni se quieren tener en cuenta, porque sigue habiendo discriminaciones, mantenemos un cierto racismo en referencia a los que nos vienen de fuera sobre todo cuando no traen dinero en el bolsillo, porque a esos sí los tenemos en cuenta, pero si son inmigrantes que llamamos ilegales – fijémonos como incluso los clasificamos -, si son venidos de países pobres hayan llegado como sea, ya andamos con miedo de que nos quiten nuestros beneficios o nos molestamos porque se les preste ayudas oficiales, sin embargo terminan en los trabajos más humillantes que nosotros no queremos hacer, aunque luego nos justifiquemos con que no hay trabajo para no dar nosotros golpe.

Pero Jesús se ha detenido al lado de aquellos ciegos que le siguen y le suplican. ¿Qué queréis que haga por vosotros?, comienza el diálogo aunque el evangelista es muy escueto en su narración. Pero Jesús les pregunta algo más cuando le están pidiendo luz para sus ojos ciegos, ‘¿creéis que puedo hacerlo?’ Jesús está queriendo que se despierte en ellos la fe verdadera y sean capaces de sentir en sus corazones esa seguridad que nace de la confianza en Jesús. ‘Que os suceda conforme a vuestra fe’ y nos dice el evangelista que se les abrieron los ojos.

La pregunta nos la hacemos nosotros, nos la hace también Jesús a nosotros. Tiene que aflorar la fe verdadera, pero no solo para pedir milagros sino para vivir el milagro de nuestra vida; lo que somos capaces y lo que tenemos que hacer. Empecemos por no hacernos oídos sordos al clamor del mundo que nos rodea; no queramos quedarnos tranquilitos entre algodones sino salgamos a la vida aunque lo que nos encontremos algunas veces sea duro. Pero ahí tenemos que estar; porque Jesús iba de camino, aquellos ciegos pudieron llegar hasta El.

Pongámonos en camino porque en nuestro caminar tenemos que hacer llegar a Jesús hasta el último rincón y hasta en el último rincón tenemos que dejar los signos de Jesús con nuestra vida aunque nos cueste, aunque algunas veces no sepamos cómo hacerlo; seguro que el Espíritu del Señor actuará en nosotros y tendremos la fortaleza para realizar maravillas. Creamos que podemos hacerlo, porque además es la misión que Jesús nos ha confiado.


viernes, 6 de diciembre de 2024

¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad?

 


¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad?

Isaías 29, 17-24; Salmo 26; Mateo 9, 27-31

¿Será posible? Una pregunta que nos hacemos, muchas veces echando una mirada atrás, o viendo la realidad que vivimos, o una pregunta que podríamos llamar de futuro, una pregunta que encierra de alguna manera una esperanza de que sea posible algo mejor.

¿Por qué me suceden a mí estas cosas? ¿Qué he hecho? ¿Será posible que yo sea el único castigado? Preguntas así que nos hacemos cuando nos vemos envueltos en problemas, cuando las cosas no obtienen el resultado que esperábamos, cuando nos llega la enfermedad, un accidente, alguna cosa desagradable en la vida que de alguna manera nos desestabiliza. ¿Nos hundimos a veces parece que estamos en el borde y no sabemos qué hacer o a quien acudir? Unas preguntas del pasado y del presente, que podríamos llamar.

Pero también nos preguntamos sobre la posibilidad de algo mejor, de un futuro mejor. ¿Será posible que un día salgamos de esta situación? ¿Podremos encontrar un día una vida mejor? Y pensamos en nuestra vida personal con nuestros sueños, con nuestros deseos, con nuestros planes y proyectos, como al mismo tiempo miramos en derredor nuestro, nuestro mundo y nuestra sociedad con sus problemas, ¿será posible que un día podamos tener, podamos hacer un mundo mejor? Son las esperanzas que nunca nos deberían faltar y que nos dar fuerza, que nos hacen caminar con empuje y buen ánimo.

En este camino de adviento que estamos haciendo que tiene que ser siempre un camino de esperanza hoy se nos ofrece un texto del evangelio con mucho significado. Nos habla de un signo realizado por Jesús. ‘Dos ciegos seguían a Jesús gritando: ‘Ten compasión de nosotros, hijo de David’.

Muchas preguntas también se habrían hecho muchas veces dada su situación y el sentido que para ellos tenía el sufrimiento, el dolor, en este caso la ceguera, como un castigo, como una consecuencia de un pecado. Lo vemos reflejado muchas veces en los relatos del evangelio. ¿Qué hacer? ¿Resignación? ¿Vivir su pobreza y todas sus carencias dependiendo de las limosnas que en el camino pudieran ofrecerles? Una vida muchas veces de mucha pasividad y dependencia, porque su ceguera les impedía hacer una vida normal. ¿No entraremos nosotros en esa área de conformismo y pasividad cuando no vemos soluciones, nos cegamos con los mismos problemas?

Aquellos hombres vieron una tabla de salvación con el paso de Jesús. Tendrían ya conocimiento de los signos que Jesús realizaba. Podían recordar lo anunciado por los profetas, como es el texto que hoy también se nos propone, y como decían que si aquel profeta de Galilea podía ser el Mesías, ¿por qué no acudir a El pidiendo su compasión? Creían en verdad que era posible algo nuevo y distinto, que podrían recobrar la vista; por eso acuden a Jesús.

‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ les pregunta Jesús cuando finalmente al llegar a casa pueden acercarse a El. Están convencidos que sí. ‘Y entonces Jesús les tocó los ojos, diciendo: Que os suceda conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos’.

¿Estaremos convencidos también nosotros que sí? Nos lo preguntamos ante esta navidad que se acerca, nos lo preguntamos desde esa situación personal que cada uno vivimos con nuestras historias y con nuestros problemas, con las rémoras que aun llevamos en el camino pasado de la vida y con nuestros sueños y expectativas; nos lo preguntamos desde esa situación que vive nuestro mundo, con todo lo que está sucediendo en nuestro mundo; nos lo preguntamos desde la situación concreta de esa sociedad en la que vivimos donde seguimos contemplando tantas cosas que no entendemos, donde contemplamos tantas rupturas en la propia sociedad, donde contemplamos la acritud con que vivimos la vida social y política… son tantas cosas.

¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad? Lo que vamos a vivir en la navidad, ¿cómo nos va a afectar personalmente en nuestro mundo interior? ¿Afrontaremos de una manera nueva toda esa problemática que vivimos personalmente o que vivimos en nuestra familia? ¿Cómo va a ser una nueva luz para nuestra Iglesia? ¿Cómo nos sentiremos impulsados a hacer algo por mejorar nuestra sociedad?

¿Nos quedaremos conformistas y pasivos porque pensamos que nada podemos hacer, nada podemos cambiar? ¿Dónde está nuestra esperanza, una esperanza comprometida?

viernes, 2 de diciembre de 2022

Aunque ciegos vamos por los caminos abramos nuestros sentidos del espíritu para descubrir las señales que nos ayuden a encontrar el camino y la luz

 


Aunque ciegos vamos por los caminos abramos nuestros sentidos del espíritu para descubrir las señales que nos ayuden a encontrar el camino y la luz

Isaías 29, 17-24; Sal 26; Mateo 9, 27-31

Seguir a alguien por un camino siendo ciego parece una cosa bastante difícil, porque quien no va iría tropezando con todo, no sabría los límites del camino y tendría el peligro de despeñarse, y podría desistir ante la imposibilidad de seguir el paso de quien está bien, ve con claridad y nada le detiene.

¿Andaremos así en la vida? ¿Podremos con nuestras cegueras tener certeza del camino que hacemos y podremos alcanzar la meta? ¿No tenemos el peligro de errar el camino, de no encontrarle sentido a lo que hacemos, de que la oscuridad nos agobie o se convierta en una barrera difícil de superar? ¿Podremos tener claro hacia donde vamos? Y comprenderemos que no estamos ha hablando de las cegueras de los ojos, sino de esas otras cegueras de nuestro espíritu, de esas oscuridades en que nos vemos envueltos cuando hay cosas que no entendemos, cuando las dificultades de la vida nos hacen tropezar, nos desorientan y nos hacen perder el sentido de la vida.

El evangelio de hoy nos habla de dos ciegos que seguían a Jesús por el camino. En medio de sus tumbos al final llegaron también a la casa de Jesús. ¿Les guiaban sus oídos porque escuchaban el murmullo de los que acompañaban a Jesús y ya eso les servía de alguna manera de guía? ¿Alguien entre los que estaban caminando con Jesús les pudo quizás servir de lazarillo para ayudarles de alguna manera a seguir tras Jesús? Sabían ellos a quien estaban intentando seguir, porque pedían compasión y misericordia; no era solo la limosna que estaban acostumbrados a pedir en la orilla de los caminos a quienes por allí transitaban, sino que ellos lo que estaban pidiendo era recobrar la vista. ‘Ten compasión de nosotros, ¡Hijo de David!’ era su súplica.

Logran al final llegar a los pies de Jesús, ya en casa, y se establece aquel diálogo en aquella súplica que es oración, pero que es también proclamación de una fe, porque ante la pregunta de Jesús de si creían ellos que El pudiera hacerlo, su respuesta es una afirmación de su fe. Y desde esa fe recobran la vista. ‘Suceda conforme a vuestra fe’, les dice Jesús y ellos recobran la vista. Pero aquí no acaba todo porque no son sólo sus ojos los que se han abierto, sino que ante ellos se abre un horizonte nuevo donde tienen que anunciar lo que Jesús ha hecho con ellos. ‘Ellos al salir hablaron de él por toda la comarca’.

Estamos contemplando aquí todo un itinerario de nuestra búsqueda de la luz pero también de cuanto podemos hacer para ayudar a otros a encontrar la luz. Entre tropiezos caminamos, pero siempre con los sentidos abiertos para descubrir las señales que Dios va poniendo junto a nosotros como muestra de su amor.

Quizás nos llama la atención el camino que otros también están haciendo y seguimos el rumor de sus pasos porque también nosotros queremos encontrar algo; quizás sentimos una mano amiga que nos ayuda a caminar y nosotros nos dejamos ayudar, que puede ser una palabra o un gesto, que pueda ser descubrir que hay alguien a nuestro lado cuya presencia nos estimula para superar dificultades, para encontrar el camino de salida de esa oscuridad.

Pero estamos descubriendo también lo que podemos hacer, el testimonio que podemos ofrecer, la palabra buena que podemos decir, el brazo que tendemos generosos para que pueda servir de apoyo a otros, o el ser capaces de ponernos en camino para anunciar todo lo que el Señor ha hecho con nosotros. Es anuncio de evangelio.

¿Queremos seguir en la oscuridad? ¿Ayudaremos a otros a que también encuentren la luz? ¿Nuestra vida es testimonio de quien se ha dejado iluminar para reflejar esa luz y ayudar también a los demás? ¿Seremos unos testigos que pongamos más luz en nuestro mundo?

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Jesús nos ha elegido y nos ha enviado como a los apóstoles para que nosotros anunciemos también esa Buena Noticia que de los pobres es el Reino de los cielos

 


Jesús nos ha elegido y nos ha enviado como a los apóstoles para que nosotros anunciemos también esa Buena Noticia que de los pobres es el Reino de los cielos

1Corintios 7, 25-31; Sal 44; Lucas 6, 20-26

¿Le hemos mirado a la cara y a los ojos a un hombre que está llorando porque quizás no tiene pan que darles a sus hijos mientras le decimos que un día se secarán sus lágrimas, y que aquella situación por la que está pasando un día se acabará? Confieso que a mí, por lo menos, me es difícil decirle esas cosas y mirarlo a los ojos. ¿Nos lo creerá? ¿Pensará acaso que nos estamos riendo de él con promesas infundadas porque sospecha que ni nosotros mismos nos estamos creyendo lo que le decimos?

Es difícil. Pero también digo que si aquella persona ha puesto su confianza en nosotros y mostramos sinceridad en nuestras palabras porque también nosotros nos las creemos, seguramente un nuevo brillo comenzará a aparecer en su mirada pensando en el día, no sabe si cercano o lejano, en que todo aquel sufrimiento se va a acabar. Algo parece que puede aparecer en el horizonte de su vida. Y os digo también que tenemos la obligación de aclarar bien ese horizonte para tantos que sufren en torno nuestro. ¿Cómo hacerlo? He aquí una gran tarea que hemos de tener entre manos. Y con urgencia.

Pero cuando escuchamos hoy estas palabras pronunciadas por Jesús frente a aquella multitud que se había congregado en aquel llano porque querían escucharle, tenemos la seguridad que escuchando a Jesús se les abrían los horizontes a aquellas gentes. Por eso acudían a El de todas partes. Por eso ahora cuando Jesús ha bajado del monte con aquel grupo a los que ha constituido apóstoles, se encuentra con aquella multitud congregada. Y Jesús está realizando signos de que aquellas palabras eran verdad y podían confiar en El.

Aquellos enfermos, paralíticos, ciegos, leprosos, todos los aquejados con cualquier dolencia iban recibiendo las señales de ese Reino nuevo que comenzaba cuando comenzaban a moverse sus miembros antes inválidos, cuando la piel de los leprosos se sanaba, cuando comenzaban a ver la luz aquellos ojos ciegos que vivían en la oscuridad. De los pobres era el Reino de los cielos, porque en ellos primero que en nadie se estaban dando las señales, y los que tenían hambre comenzaban a sentirse saciados con algo nuevo que desde Jesús llegaba a ellos, las lágrimas se secaban porque las penas desaparecían y la nueva esperanza que iba brotando en sus corazones les hacía disfrutar de la más hermosa de las alegrías. Se estaba realizando aquello anunciado por el profeta y que se había proclamado en la sinagoga de Nazaret, ‘a los pobres se les anunciaba una buena noticia’.

Pero Jesús nos ha elegido y nos ha enviado como a los apóstoles para que nosotros anunciemos también esa Buena Noticia. Nosotros tenemos que mostrar no solo ya con nuestras palabras sino con nuestras vidas esos signos del Reino Nuevo, haciendo el mismo anuncio de Jesús. Con certeza y seguridad tenemos que anunciar que los hambrientos serán saciados y que los que lloran un día reirán de felicidad. Y por nuestros gestos, por nuestra vida, por aquello que vayamos haciendo tenemos que ir haciendo creíble ese mensaje frente al mundo que nos rodea.

Es el compromiso de nuestra fe, es el compromiso de nuestra vida, son los signos que nosotros hoy también tenemos que seguir realizando a la manera de Jesús, es la tarea que tenemos entre manos de hacer un mundo nuevo, hacer nuestro mundo, hacer que en verdad todos sean felices. En nuestras manos está esa tarea. Hagamos creíble ante el mundo esa fe que profesamos, ese Reino de Dios que decimos que queremos construir.

miércoles, 11 de mayo de 2022

Creemos en Jesús y en El encontramos la Luz, comenzamos a encontrar el camino, se disiparán las tinieblas que tantas veces nos oprimen y todo es vida para nosotros

 


Creemos en Jesús y en El encontramos la Luz, comenzamos a encontrar el camino, se disiparán las tinieblas que tantas veces nos oprimen y todo es vida para nosotros

Hechos de los apóstoles 12, 24 — 13, 5ª; Sal 66; Juan 12, 44-50

Triste, duro, peligroso es caminar en una noche oscura sin ninguna luz. No sé si les habrá pasado en alguna ocasión que caminando en la noche por lugares apartados, de repente el coche se haya quedado sin luz. Qué abismos se nos abren ante nosotros en la oscuridad, aunque quizá el camino esté bien cerca; nos encontramos perdidos, desorientados, ante los posibles peligros no sabemos hacia donde dirigirnos. En esas oscuridades de caminos oscuros podemos tener algunos sucedáneos que momentáneamente nos puedan resolver algo, pero necesitamos la seguridad de una luz que no nos falle.

Pero no he comenzado esta reflexión por ahí simplemente para que contemos anécdotas, sino que puede ser una buena imagen de cómo podamos encontrarnos en la vida. Necesitamos un norte, como decimos en nuestras latitudes, necesitamos algo que nos dé sentido, necesitamos encontrar caminos seguros y hay muchos sucedáneos a nuestro alrededor, muchas luces que quisieran ser señeras y que nos atraen y nos pueden confundir.

Siempre el hombre se ha preguntado por si mismo y por el sentido de su vida, y aunque algunos digan que no creen en nada sino que lo que quieren es vivir la vida, en el fondo están encontrando un sentido, algo que dé valor, algo que nos haga sentirnos seguros en lo que hacemos. Podremos disimular falsa felicidad o podemos querer dar apariencia de que tenemos tranquilidad, pero en el fondo nos preguntamos por algo, en el fondo estamos necesitando de alguna luz. Y cada uno tenemos nuestros por qué, nuestras razones, nuestro sentido, nuestro camino o la apariencia de alguna luz; y nos vamos influyendo los unos a los otros, pero seguimos buscando en nuestro interior.

Hoy Jesús nos deja dicha una cosa importante. Algo que se nos repetirá a lo largo de todo el evangelio, pero de manera especial en este evangelio de Juan. Es el tema de la luz repetido en diversas imágenes, en diversos signos, en palabras concretas de Jesús como las que hoy escuchamos.

Son significativas en el evangelio las curaciones de los ciegos. Lo habían anunciado los profetas. Eran las señales del Reino. Encontrar la luz. La luz que quería brillar entre los hombres, pero las tinieblas, los que andaban en tinieblas la rechazaron. Pero es continua esa imagen que se repite a lo largo de todo el Evangelio. Es que la Buena Noticia de Jesús nos trae la luz, quiere disipar las tinieblas de nuestro mundo, viene a ayudarnos a encontrar el sentido y el camino de nuestra vida. El camino de la piscina de Siloé – el enviado - es bien significativo para que el ciego de nacimiento recobre la luz de sus ojos. Nos encontramos con el enviado del Padre como hoy mismo nos está diciendo Jesús.

‘El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’.

Creemos en Jesús que es creer en quien le ha enviado. Creemos en Jesús y en El encontramos la Luz. Creemos en Jesús y comenzamos a encontrar el camino. Creemos en Jesús y se disiparán las tinieblas que tantas veces nos oprimen. Creemos en Jesús y todo es vida para nosotros, porque la vida adquiere un nuevo sentido. Pongamos nuestra fe en Jesús y nunca nos veremos defraudados. El ha venido al mundo como luz para que no queremos en tinieblas. Es la luz que es vida y que es salvación, es la luz que nos arranca de las tinieblas y en la que vamos a encontrar el perdón. No rechacemos la luz.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Señor, danos siempre esa luz, abre nuestros ojos y nuestro corazón para finalmente conocerte y llenar el mundo de luz

 


Señor, danos siempre esa luz, abre nuestros ojos y nuestro corazón para finalmente conocerte y llenar el mundo de luz

Santiago 1, 19-27; Sal 14; Marcos 8, 22-26

¿Seremos ciegos? Desgraciadamente sabemos bien quien nace con esa discapacidad en sus ojos y la ceguera le impide ver la luz y los colores, o peor aún, no poder contemplar el  rostro de los seres amados. Muchos a lo largo de la vida vamos perdiendo por distintos motivos la capacidad total de visión y hoy podemos valernos de muchos medios para recobrar la luz de sus ojos. Qué gozo cuando tras una cirugía de cataratas puedes contemplar de nuevo los colores con toda nitidez e intensidad, por ejemplo.

Pero cuando estamos ahora refiriéndonos a la ceguera todos entendemos que queremos decir algo más. En la vida fácilmente nos cegamos, en la vida no siempre vemos con total claridad, en la vida damos muchas veces palos de ciego, como suele decirse, unas veces desde nuestro orgullo en que quizás queremos que todos tengan nuestra misma forma de mirar las cosas, muchas veces porque nos ofuscamos en muchas cosas y cerramos nuestra mente no queriendo ver más allá de la punta de nuestra nariz, como suele decirse.

Hay ocasiones en que recibimos tantas influencias de tantas luces fatuas de nuestro entorno que quedamos encandilados sin saber qué camino tomar, cuales son las decisiones más importantes de nuestra vida, o perdemos el sentido de nuestro caminar, el sentido de nuestra existencia. Cegueras, muchas veces que nos buscamos, muchas veces que lo que está a nuestro alrededor nos las impone, o cegueras en que algunas veces hay quien quiera que caminemos con ellas, manipulaciones en la sociedad hay demasiadas.

¿Dónde encontrar la luz, cómo encontrar la luz? Intentamos por nosotros mismos tantas veces interiorizar en nuestra vida, haciéndonos preguntas hondas para clarificarnos, para saber qué es lo que queremos o cuál es el rumbo que hemos de tomar. Es una búsqueda de la luz. Necesitamos hacerlo, no hemos de tener miedo a arriesgarnos a hacernos esas preguntas y planteamientos o ponernos en ese camino de búsqueda. Mejor es andar buscando aunque tanteemos y nos podamos equivocar que quedarnos en nuestra ceguera para siempre.

Quienes seguimos a Jesús sabemos donde podemos encontrar la luz. Precisamente le seguimos porque tenemos la experiencia de que en El hemos encontrado esa luz. Así se nos presenta El en el Evangelio y nos invita a seguirle, y si no le seguimos ya nos dice que andaremos en tinieblas. Son muchos los textos que en los evangelios y en los distintos evangelistas de una forma o de otra nos hablan de la luz, de esa luz que en Jesús podemos encontrar.

Hoy el evangelio nos habla de un ciego que llevaron a Jesús para que Jesús lo curara. Un detalle, hubo alguien que se preocupó de la ceguera de aquel hombre y lo llevó a Jesús; creo que nos puede estar diciendo mucho a todos los que creemos en Jesús y parece que nos guardamos la luz solo para nosotros.

Y Jesús curó a aquel hombre, devolvió la luz a sus ojos. Fue todo un proceso, porque a aquel hombre le costó recobrar totalmente la visión de sus ojos. Confundía a las personas con árboles que caminaban. Todo un signo, porque aunque la Palabra de Jesús llega a nosotros para darnos esa luz nueva, hay ocasiones en que nos cuesta interiorizar de verdad el mensaje de Jesús. Pero tenemos que seguir buscando, tenemos que seguir estando al lado de Jesús y escuchándole. Podremos encontrar ese sentido nuevo, esa visión nueva que Jesús quiere darnos.

Señor, danos siempre esa luz.

domingo, 24 de octubre de 2021

Que no se nos cierren los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, o no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que sucedan en nuestro entorno

 


Que no se nos cierren los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, o no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que sucedan en nuestro entorno

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52

Parece una escena muy estática el comienzo de la narración que nos hace hoy el evangelista Marcos. A la salida de la ciudad un ciego al borde del camino pidiendo limosna – era un lugar de paso muy apropiado – y un grupo de peregrinos que se dirige a Jerusalén. Era el camino normal para los peregrinos que venían de Galilea bajando el valle del Jordán para no tener que cruzar por Samaria y desde Jericó iniciaban la subida hasta Jerusalén. Algo que podría pasar sin mayores incidencias.

Pero allí había oídos atentos, aunque hubiera otros que quisieran hacerse sordos. Y aunque no ve, Bartimeo escucha. Qué importante es tener los oídos atentos para escuchar donde podría parecer que todo se confundía. Habría otros quizá que también quisieran hacerse los ciegos y pasar de largo como tantas veces sucede. Aquel grupo no era un grupo cualquiera porque allí iba Jesús con sus discípulos y acompañantes. Y Bartimeo lo escucha y comienza a gritar.

Ya en esa pequeña descripción que estamos haciendo se están manifestando muchos signos. El ciego que está al borde del camino, los oídos atentos para percibir la más mínima señal de lo que quizás otros no son capaces de escuchar, la confusión y la ceguera de los que quieren pasar de largo. Nos daría para muchas consideraciones. Vamos por el camino de la vida muy ensimismados en nuestras cosas o en nuestros intereses y ni vemos ni escuchamos, no somos capaces de percibir algunas veces ni el dolor de los que están a la vera del camino de la vida, a cuantos vamos marginando en nuestro caminar porque no son de los nuestros o porque son incapaces de seguir nuestro ritmo. ¿Qué será realmente lo importante en ese camino que vamos haciendo, simplemente el llegar porque es de nuestro interés o estar atentos para escuchar o para percibir lo que hay o sucede a nuestro lado?

Por eso aquellos que caminaban al lado de Jesús – quizás incluso intentando escuchar las palabras de Jesús – recriminan al ciego para que se calle porque sus gritos son una molestia. ¿No dejan oír o simplemente pueden interpelarles su conciencia? Pero Jesús si ha escuchado – y volvemos con la escucha – los gritos de aquel ciego que está a la orilla del camino. Y lo llama, les pide a los que le acompañan que se lo traigan. Ahora sí que le dicen ‘mira que te llama’ y le abren camino para que llegue hasta Jesús.

Ya conocemos el diálogo entre el ciego y Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Aquel hombre está pidiendo una limosna al borde del camino porque la vida del ciego era de una pobreza y miseria extrema. Pero ahora no es una limosna lo que pide. ‘Señor, que pueda ver’. Y Jesús le dice ‘anda, tu fe te ha salvado’, y recobró la vista.

Aquel hombre estaba ciego pero su fe no se había apagado. Y fue su salvación. La sensibilidad de su alma se había mantenido firme y eso le hacia tener quizás oídos más atentos para darse cuenta del paso salvador que estaba acaeciendo a su lado.

¿Se nos apagará la fe cuando los problemas nos envuelven, cuando la necesidad nos aprieta, cuando nos vemos quizás tirados al borde del camino? Aunque vayamos aparentemente caminando con normalidad por los caminos de la vida ¿se nos habrá apagado quizás nuestra fe porque ya teníamos nuestras seguridades y nuestros apoyos en nuestras posibilidades o en lo que de normal íbamos haciendo?

Acomodados en nuestra vida y en nuestros caminos que vamos haciendo de un lado para otro ¿se nos habrán ido cerrando los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, para no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que puedan suceder en nuestro entorno o puedan suceder a los demás y ya no queremos ver ni queremos oír?

¿Nos habremos ido cansando de lo dura que es la vida y de forma egoísta nos centramos solo en nuestras cosas queriendo desentendernos de los demás porque ya tenemos bastante con lo nuestro? Nos vamos encerrando de tal manera y perdiendo la sensibilidad que ya no somos capaces de escuchar el paso salvador de Dios a nuestro lado.

Pero fijémonos en un detalle último. Jesús a aquel ciego, al que han tenido que ayudar para que pudiera llegar a los pies de Jesús, ahora lo pone en camino. ‘Anda, le dice, tu fe te ha salvado’. Y el ciego se puso en camino, pero para seguir a Jesús en el camino de subida a Jerusalén que tanto iba a significar. Ahora ya él no era como aquellos que simplemente iban al lado de Jesús, sino que se puso a seguir el camino de Jesús. ‘Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino’.

¿Será ésa nuestra reacción tras el encuentro con Jesús que hemos tenido con este evangelio?


viernes, 4 de diciembre de 2020

Conforme sea nuestra fe el Señor va a ir actuando en nuestra vida y en nuestro mundo y en estas cosas concretas que estamos viviendo y que tanto nos están haciendo sufrir

 


Conforme sea nuestra fe el Señor va a ir actuando en nuestra vida y en nuestro mundo y en estas cosas concretas que estamos viviendo y que tanto nos están haciendo sufrir

Isaías 29, 17-24; Sal 26; Mateo 9, 27-31

No sé que experiencia habréis tenido de oscuridad. En la oscuridad se siente uno como oprimido; envuelto en las tinieblas se sientes como atado, no sabes a donde ir, no sabes que hacer, es algo más o algo distinto al miedo aunque también lo es. Cuando hablo de oscuridad no es que en un momento determinado nos falle la energía y nos quedemos a oscuras; eso sentimos que es algo momentáneo, que pronto se va a restablecer la luz o buscamos unos sustitutivos, porque encendemos una vela, nos valemos de baterías y podemos encender una linterna o algún punto de luz; es otra oscuridad a la que quiero referirme, es como hallarse en un túnel oscuro y largo donde no vemos el final, pero tampoco sabemos lo que podemos encontrar, caminamos a tientas queriendo seguir una orientación pero no se termina nunca la oscuridad, no se termina el túnel para ver un punto de luz aunque sea a lo lejos y al final. Es opresivo. ¿Habremos pensado alguna vez seriamente como se siente un ciego que no ha visto nunca la luz?


En la vida ¿no habrá situaciones en las que nos encontremos de alguna manera así? Los problemas nos abruman y no vemos salida, todo se nos vuelve un sin sentido y no sabemos que rumbo tomar. Más o menos los problemas ordinarios los vamos timoneando y vamos buscando salidas, pero hay cosas que nos pueden llegar de repente y no sabemos qué respuesta dar. Y alguna vez alguno de los problemas parece que coge el centro de todo y hasta nos olvidamos de otros problemas que podamos tener porque quizá todo lo centramos en aquella situación nueva que nos ha aparecido, pero todo sigue sin encontrar salida, sin encontrar solución.

¿No nos estará sucediendo ahora con la problemática que estamos viviendo en nuestro mundo con la pandemia? La repetición una y otra vez de las mismas noticias, el ver que no hay una pronta solución ya nos va agobiando y hasta quizás no queremos ni oír las noticias. Pero ¿no nos damos cuenta que hay otros muchos más problemas en el mundo y parece que hasta los hemos olvidado? Nos olvidamos de guerras o de hambre en el tercer mundo, nos olvidamos de niños soldados o de otras epidemias y hambrunas que hay en otros lugares del mundo, hasta los problemas mas cercanos que tengamos parece que los dejamos a un lado. ¿Es bueno eso? ¿Nos sentiremos acaso que esto no hay quien lo arregle, que no vamos a salir de estas situaciones en las que nos vemos envueltos?

¿A dónde o a quién gritamos? ¿A quién podemos buscar que nos ayude a salir de todo esto? ¿Pensamos acaso solo en remedios o soluciones humanas? ¿No estaremos como los ciegos del camino caminando sin saber a dónde acudir o a quién pedir ayuda? Decimos que somos creyentes, ¿y a Dios donde lo hemos metido en todo este fregado? Queremos darles explicaciones muy humanas y racionales a los milagros y terminamos por no creer en esa fuerza superior que nos puede venir de lo alto. ¿Tenemos miedo quizá de lo que nos puedan tachar los que no tienen fe porque nosotros creemos de verdad en el Dios que en verdad puede ser nuestra fuerza y nuestra luz?

Hoy nos habla el evangelio de dos ciegos que iban gritando detrás de Jesús y parecía que Jesús no les hiciera caso. Cuando llegaron a la casa ante la insistencia de los ciegos Jesús se pone a hablar con ellos. ‘¿Creeis en verdad que puedo hacerlo?’ Una prueba más para la fe de aquellos hombres, como si Jesús fuera el que dudara. Pero la fe de aquellos hombres no era ciega aunque ellos fueran ciegos, la fe de aquellos hombres se apoyaba en la certeza de que con la mano de Jesús ellos podían volver a ver, todo sería de nuevo luz para ellos. Fue la respuesta pronta y segura de aquellos hombres. Claro que creían que Jesús podía hacerlo. Y Jesús les dice ‘que suceda conforme a vuestra fe’.

Ante la oscuridad que estamos viviendo y que tanto nos oprime quizá lo primero que tendríamos que ver es si en verdad nosotros hemos orado al Señor, pero orado con verdadera confianza por la salida o la solución de esta situación. Seguimos poniendo en duda quizás la posibilidad de los milagros, pero lo que estamos poniendo en duda es nuestra fe. Voy a decir que no sé si la salida es un milagro portentoso que a todos nos deje atónitos, o ver la presencia y la mano del Señor que se va manifestando de mil maneras junto a nosotros en esta situación que estamos viviendo. Creo que la generosidad, la solidaridad, la responsabilidad que se ha despertado en tantos ya es un signo de esa presencia del Señor que es el que mueve los corazones y ha movido así a tantos y tantos.

Pensemos también como el Señor por la fuerza de su Espíritu inspira los corazones, nos inspira allá dentro en lo más hondo de nosotros mismos tantas cosas buenas como puede estar inspirando a quienes están trabajando para dar salida a estas situaciones. Pero hay que querer escuchar esa inspiración.

Pensemos en la llamada que puede estar haciéndonos el Señor a través de estos signos para que cambiemos los ritmos de nuestra vida, busquemos lo que verdaderamente es importante ahora que nos hemos visto con las manos tan vacías, y tantos castillos en el aire que nos habíamos creado se nos han venido abajo.

Conforme sea nuestra fe el Señor va a ir actuando en nuestra vida y en nuestro mundo, y en estas cosas concretas que estamos viviendo y que tanto nos están haciendo sufrir. Claro que sí podemos encontrar la luz, salir de esta opresión que nos agobia, llegar a vivir de una forma nueva, distinta y hasta más humana; claro que el Señor alienta también nuestra fe.

Oremos, pues, con toda confianza y con toda la intensidad de nuestro amor al Señor. En este tiempo de Adviento también esta puede ser una motivación para nuestra oración y vivir un auténtico Adviento.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Que salga a flote nuestra fe para tener la confianza de que el Señor que viene renueva nuestra vida y nos hace salir de nuestras limitaciones y debilidades


Que salga a flote nuestra fe para tener la confianza de que el Señor que viene renueva nuestra vida y nos hace salir de nuestras limitaciones y debilidades

 Isaías 29, 17-24; Sal 26;  Mateo 9, 27-31
Afrontar las dificultades de la vida es algo que en muchas ocasiones nos cuesta y casi preferiríamos evadirnos, no querer ver ni saber para no tener que pasar por ese esfuerzo, repito, muchas veces costoso y que nos podría acarrear también en ocasiones muchos sufrimientos. Huimos de aquello que nos hace ver la realidad, que nos puede hacer sufrir, preferimos, repito, cerrar los ojos.
Pero no quiero pensar en este momento en las dificultades que podamos encontrar, por así decirlo, enfrente, sino quiero pensar en lo que encontramos en nosotros mismos, nuestras limitaciones, o las malas costumbres que se convierten en vicio y que tenemos que esforzarnos por superar. No queremos reconocer nuestras limitaciones, o los errores que hayamos podido cometer en la vida; queremos creernos perfectos, fuertes y poderosos e incluso cuando la enfermedad nos toca por algún lado no queremos pensar en ello o tardamos en ocasiones en dar pasos por superar esa situación. Enfermedades que se vuelven crónicas con todos sus inconvenientes, o malas costumbres que se convierten no solo en rutinas sino también en vicios en nuestra vida.
Pero bien sabemos que la solución no pasa por cerrar los ojos, sino por afrontar la realidad, reconocer eso que nos limita o que nos hace daño, para encontrar caminos luego de solución, de reparación o de encuentro con una vida renovada. No es la actitud pasiva, de esperar a ver si por si mismo se solucionan las cosas la que nos puede ayudar sino una actitud positiva de caminar y de dar pasos hacia delante buscando camino y solución.
Creo que es el estilo de esperanza activa que hemos de vivir en este tiempo de Adviento. No podemos simplemente dejar pasar el tiempo. No es decir, viene la navidad y ya vivimos en esos momentos la alegría de la fiesta o nos llenaremos de nostalgias y tristezas como les sucede a muchos. Es otra la manera de celebrar el nacimiento del Señor, pero haciendo de verdad que el Señor venga a nuestra vida con su salvación. Claro que necesitamos reconocer que estamos necesitados de esa salvación. Y para ello tenemos que mirarnos frente a frente a nosotros mismos para reconocer cómo somos, qué es lo que hay en nuestra vida que necesita la renovación de esa salvación que nos trae el Señor.
Hoy vemos a dos ciegos en búsqueda de Jesús. Le siguen aunque pueda parecer que Jesús no los escucha, insisten y llegan incluso a las puertas de la casa donde está Jesús. Reconocen su ceguera y esperan la compasión y el amor del Señor. Seguramente se habrán valido incluso de alguien que les lleve y les conduzca hasta Jesús porque en su ceguera les sería difícil seguir el camino. Pero allí están.
¿Puede Jesús curarles? ¿Puede el Señor renovar de verdad nuestra vida tan llena de limitaciones, de errores, de pecados? Ahí tiene que estar nuestra fe que nos da seguridad. Ahí tiene que estar nuestra fe para dejarnos curar por Jesús. Porque algunas veces no nos dejamos curar, preferimos quizá seguir cómo estamos o sean otros los remedios que se nos ofrezcan. Pero dejar que el Señor llegue a nuestra vida tiene que ser algo radical, en una disponibilidad total para recibir y aceptar la gracia que el Señor nos ofrece y comenzar luego a vivir con un sentido nuevo, con una vida nueva. Que no queramos seguir como antes, como tantas veces hacemos.

miércoles, 23 de enero de 2019

Jesús nos está pidiendo unas nuevas actitudes, una nueva forma de plantearnos las cosas, una mirada distinta a cuantos nos rodean para no hacer tantas discriminaciones


Jesús nos está pidiendo unas nuevas actitudes, una nueva forma de plantearnos las cosas, una mirada distinta a cuantos nos rodean para no hacer tantas discriminaciones

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109; Marcos 3,1-6

Hoy se nos llena la boca cuando hablamos de acciones sociales, de cómo las administraciones públicas tienen en sus programas no se cuántas acciones de tipo social y a los políticos no les falta en sus programas una serie de puntos de este tipo prometiendo que nadie se quedará desatendido, que para todos hay algún tipo de ayuda y no sé cuantas promesas más. a nivel individual decimos que queremos ayudar y nos sonrojaríamos si alguien descubriera en nosotros pasividad o negatividad en este sentido. Como programa o como proyecto todo eso está muy bien, como buenos deseos por nuestra parte es algo que no debería faltar, pero en la realidad ¿todo esto se realiza y nosotros nos sentimos en verdad comprometidos?
Quizá cuando pasamos por la calle al lado de alguien que de forma clara podíamos ver su pobreza y su necesidad, quizá volvemos la vista para otro lado para no querer enterarnos; cuando llegan a nuestra puerta personas en las que distinguimos otros rasgos distintos que nos están señalando que son de otra raza o que provienen de otro lugar, quizá nos sentimos incómodos y con miedo, farfullamos una disculpa y procuramos no entretenernos mucho con ellos, no sea que… y así no sé cuántas situaciones en que podríamos encontrarnos.
Cuántas disculpas y disimulos, cuánto pasar de largo ante situaciones que nos resultan incómodas, acaso porque se nos hace tarde… ¿para qué? ¿para ir a la Iglesia, quizás? ¿para no perder el programa de televisión que estamos viendo? ¿para que no nos vean con esas personas porque acaso luego no sé qué puedan pensar de nosotros?
Nos hacemos ciegos y sordos tantas veces ante el dolor o sufrimiento de los demás en su pobreza, su necesidad, las discriminaciones y soledades que sufren porque no queremos enterarnos. Pero lo peligroso, además de ser ya terrible que individualmente tengamos esas posturas, sería que ese fuera de alguna manera el sentir de nuestra sociedad. Queremos de alguna ocultar esas realidades. ¿Qué sucede cuando oímos hablar de pueblos o comunidades que no quieren que en él se instalen centros de acogida, por ejemplo de emigrantes? Pensemos en ciertos movimientos que hay de rechazo a los inmigrantes porque decimos quizá que ellos van a quitar puestos de trabajo a los naturales de lugar.
Hay ocasiones en que hasta se hacen manifestaciones y se impulsan movimientos sociales desde ciertos sectores cuando se va a crear un centro de este tipo en algún lugar.
¿La sociedad querrá ocultar o no querer enterarse de esas problemáticas? ¿Así nos hacemos insensibles ante las necesidades y problemas que hay en tantos lugares que obligan a la gente a emigrar? Quizá porque en la campaña contra el hambre una vez al año contribuimos con unas monedas pensamos que ya está todo hecho y resuelto.
Me ha venido toda esta reflexión a partir de un gesto que vemos realizar a Jesús en el texto del evangelio que se nos ofrece. Nos habla de la presencia de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún; era sábado. Pendientes estaban todos de lo que hiciera o dijera Jesús; los fariseos y maestros de la ley estaban al acecho. pero hay un hombre que pasa desapercibido, tiene una mano paralizada con todas las limitaciones y necesidades que se seguían de su enfermedad, pero nadie le presta atención. Llegó Jesús y le pide que se ponga en medio. Todos los ojos se dirigen a aquel  hombre del que comienza a hablar Jesús. Muy preocupados todos de la lectura de la Ley y de los comentarios que Jesús pudiera hacer - ya conocían de otros lugares y momentos de lo que hablaba Jesús - pero preocupación por aquel hombre enfermo y necesitado nadie tiene; como si no lo vieran.
Y es cuando Jesús plantea si será lícito o no curar a aquel  hombre en sábado.Todos conocían la ley y como habian de cumplirla estrictamente, para eso están allí los doctores de la ley y los fariseos para recordarlo. ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’, es la pregunta de Jesús a la que nadie quiere dar respuesta. y aquello dolió a Jesús en su corazón. Ya sabemos como termina el episodio curando Jesús la enfermedad de aquel hombre.
¿Hay relación entre lo que antes reflexionábamos de lo que hacemos o no hacemos, a pesar de las bonitas palabras, ante los problemas o las necesidades de los demás o esas diversas situaciones que mencionábamos con esto que nos dice el Evangelio?
Creo que Jesús nos está pidiendo unas nuevas actitudes, una nueva forma de plantearnos las cosas, una mirada distinta a cuantos nos rodean para no hacer tantas discriminaciones como vamos haciendo por la vida. En nosotros está la respuesta. Aquello de la conversión que nos pedía Jesús al principio del evangelio habrá que tomárselo en serio.