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viernes, 11 de septiembre de 2026

Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

 


Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Salmo 83; Lucas 6, 39-42

Todos en la vida tenemos luces y sombras, y el que diga lo contrario está equivocado, no se conoce de verdad a sí mismo, o tiene una falta grande de humildad que lo tiene endiosado. Tenemos nuestros límites, nos sentimos en ocasiones impotentes, nos damos cuenta de nuestra ignorancia en muchas ocasiones aunque nos demos de sabérnoslas todas, el camino de la vida parece que en ocasiones se nos llena de obstáculos, somos conscientes sin querer dárnoslas de perfectos o perfeccionistas que también los que caminan a nuestro lado se encuentran en situaciones como las nuestras, también con sus luces y con sus sombras, con ese temblor que se nos mete en las piernas cuando encontramos dificultades o nos parece que no vemos clara la meta que nos proponemos.

La vida es un aprendizaje que ha de tener también su proceso, donde hemos de tener por una parte la valentía de querer avanzar y aprender, pero también la humildad de quien se deja enseñar y conducir porque reconoce que no todo lo tiene ya conseguido; cuidado que nos creamos sabedores de todo antes de tiempo porque nuestros tropiezos serán más aparatosos y también el daño que podemos hacer a los demás cuando estamos aun con poca claridad y nos podemos convertir en ciegos que intentan guiar a otros ciegos.

Es lo que nos está planteando Jesús hoy en el evangelio. San Lucas recoge aquí diversas sentencias que pone en labios de Jesús, que eran esas enseñanzas que en su momento oportuno Jesús iba desgranando con sus discípulos. Ya nos dice que como discípulos. no nos creamos más que nuestro Maestro, y que solo cuando haya recorrido todo el proceso podremos hablar con autoridad, no la nuestra, sino la que proviene de la acción del Espíritu en nosotros.

Por eso antes nos ha dicho Jesús lo del ciego que guía a otro ciego cayendo los dos en el hoyo. La necesaria humildad que necesitamos, como decíamos hace un momento, para primero dejarnos enseñar. No podemos ir de autosuficientes por la vida aunque muchos de esa especie nos podemos ir encontrando por los caminos. Es un gran problema con que nos encontramos hoy los cristianos y en la Iglesia; quizás porque recibimos un catecismo cuando de niños nos prepararon para los sacramentos ya pensamos que tenemos todo el camino recorrido, que ya tenemos la suficiente formación.

En la vida no nos quedamos en las cuatro reglas que nos enseñaron en la escuela, por decirlo de alguna manera, sino que en la medida en que hemos ido creciendo y madurando hemos seguido formándonos y preparándonos para afrontar los problemas de la vida pero también nuestras tareas y responsabilidades. Queremos que nuestros hijos aprendan, solemos decir, y les ofrecemos un camino en colegios, institutos, universidades, todo lo que sea necesario para que se formen y se preparen bien para la vida.

¿Es lo que queremos y deseamos en nuestra formación cristiana? Como niños recibimos lo que podíamos captar como niños, pero en nuestro crecimiento como adolescentes y jóvenes, como personas adultas y maduras tenemos que seguir con nuestra formación., con ese ir madurando cuando hemos recibido y forma parte de nuestra fe y en consecuencia de lo que tendría que ser nuestra vida cristiana. Pero eso no lo tenemos en cuenta, eso nos parece una pesadez, eso nos lleva a la superficialidad e inmadurez con que vivimos en el ámbito de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano.

Por eso terminará el texto del evangelio ofreciéndonos esas sentencias de Jesús que nos hablan de cómo primero hemos de purificar nuestra vida antes de querernos convertir en salvadores de los demás. Es la mota que podemos ir a quitar del ojo de nuestro hermano, mientras nosotros llevamos una vida atravesada en nuestros ojos. ¿Significa que porque somos débiles y pecadores no podemos ayudar a los demás? Nada de eso, siempre podemos y tener que estar abiertos a la corrección fraterna, aún sabiendo de nuestras debilidades; si las reconocemos en nosotros iremos con más humildad al encuentro con los otros; porque sabemos de lo débiles que somos y lo que muchas veces nos puede costar el superarnos, iremos con mayor delicadeza a ayudar al otro, porque nunca iremos desde nuestro pedestal sino abajándonos y poniéndonos a la misma altura del otro para mejor expresarle nuestro amor.

Todo un camino de luces y sombras, todo un camino que hemos de aprender a recorrer, todo un camino que ha de ser siempre de superación y crecimiento, un camino en que aunque débiles nos sentimos hermanos y sabemos tendernos las manos con la mayor delicadeza para caminar juntos.


sábado, 4 de mayo de 2024

Nos convertimos como Jesús, en signos de contradicción en medio del mundo, normal es que no todos nos entiendan, nosotros sabemos cuales son nuestras metas y caminos

 


Nos convertimos como Jesús, en signos de contradicción en medio del mundo, normal es que no todos nos entiendan, nosotros sabemos cuales son nuestras metas y caminos

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

Si lo que yo quiero es bueno, no quiero hacer daño a nadie sino que más gasto mi tiempo en los demás, ¿por qué me quieren tan mal? ¿Por qué esas envidias y zancadillas que me voy encontrando por todas partes?

Son cosas que algunas veces piensan las personas que trabajan por los demás, que viven, por ejemplo, un compromiso social intenso y lo que tratan siempre es de arreglar las cosas, que todo vaya mejor; pero siempre hay quien quiere meter la zancadilla, siempre habrá personas que desconfían de todo y ya están pensando de esa persona que hace por los demás que algunos intereses ocultos tendrá, que alguna tajada se sacará de todo eso.

Es el frente de la malicia que siempre va a la contra de la bondad; es el rechazo que tenemos ante todo lo que nos venga del otro, y nos cuesta aceptar su buena voluntad, sus trabajos desinteresados. Claro que quien está sufriendo ese acoso después de lo que intenta hacer por los demás sienten que se le socavan los cimientos y parece que se siente solo y sin fuerzas. Cuántas veces que después de unos años dedicándose así a los demás terminan quemados, y al final arrojan también la toalla y no quieren seguir metidos en conflictos.

Es necesario tener una gran fortaleza interior, estar preparado para cuando nos puede sobrevenir, sentir los apoyos necesarios, quizás empezando por la familia – que algunas veces se vuelve también detractora de lo que hacemos -, apoyo de quienes le rodean, o de quien le ha confiado la misión que se ha puesto en sus manos. Sentimos a veces esa debilidad interior.

Jesús nos está hoy preparando, como iba preparando al grupo de los discípulos que tenía más cerca de sí, con ese tenerles a su lado, con esas enseñanzas que de manera especial tenía para ellos, con esos momentos en que los llevaba solos a algún lugar. ¿Unas vacaciones espirituales? ¿Unos retiros espirituales? Jesús vemos que los practicaba con ellos, aunque entonces no les dieran esos nombres, que con el paso del tiempo nosotros nos hemos dado a esas situaciones. Jesús también habla para todos los que quieran seguirle, para que comprendan que el camino no es de rosas, porque en medio nos podemos encontrar muchas espinas.

Y Jesús les dice que miren lo que han hecho con El, y que ‘el discípulo no es mayor que su maestro’. No hay mejor preparación que tener claro el camino que vamos a emprender, las dificultades y obstáculos que podemos encontrar, las persecuciones incluso que se desatarán contra nosotros. ¿Qué estoy haciendo de malo? Nos preguntábamos al principio cuando nos plateábamos el tema, y veíamos que queríamos hacer lo bueno y lo que íbamos a encontrar era oposición.

‘Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia’, les dice Jesús.  Y es que el seguidor de Jesús, que vive en medio del mundo, en medio de diversas situaciones, en medio de gente muy variada, sin embargo ha de reflejar algo distinto. No somos iguales. Ni nos consideramos mejores ni superiores.

Pero tenemos nuestras metas, tenemos nuestros ideales, tenemos un camino que nos señala el evangelio y eso nos hace tener unas actitudes distintas hacia los demás, unos comportamientos en los que tiene que reflejarse siempre la rectitud y el buen hacer, y hay algo especial que tiene que resplandecer en nosotros que es el amor; y eso tiene sus consecuencias en la vida y en nuestra manera de actuar; en nuestro corazón siempre tendrá que brillar la misericordia y la compasión, siempre tenemos que ir con la mano tendida por delante porque buscamos paz, buscamos la reconciliación, buscamos algo nuevo para nuestro mundo, siempre tienen que estar presentes las actitudes del perdón.

Y eso choca al mundo que nos rodea. Nos convertimos como Jesús, como había anunciado el anciano Simeón, en signos de contradicción en medio del mundo. Normal es que no todos nos entiendan. Pero nosotros sí tenemos que entendernos a nosotros mismos y cuales son nuestras metas y nuestros caminos.

viernes, 26 de agosto de 2022

 


Cuidemos que no nos falte el aceite y nos encontremos desorientados en la vida sin saber dar respuesta desde un sentido cristiano a los problemas del mundo de hoy

1Corintios 1, 17-25; Sal 32; Mateo 25, 1-13

‘Dadnos un poco de vuestro aceite que se nos apagan las lámparas…’ es la súplica y la petición que en este caso no es atendida. Y se quedaron sin aceite y en consecuencia las lámparas no funcionaban; y tuvieron que ir a comprarlo, y ya se les hizo tarde, se les pasó la hora, llegó el novio y ellas no estaban, no pudieron ya entrar porque la puerta estaba cerrada.

¿Se nos pasará el arroz?, como solemos decir cuando con nuestro despiste no estuvimos a punto, no tuvimos las cosas que teníamos que tener preparadas, se nos cerró la puerta y nos quedamos fuera. Y ya no valían las súplicas ni las disculpas.

¿Qué nos pasará en la vida en este sentido? Nos llegan los problemas y no estamos preparados para afrontarlos; se nos confía una tarea y una misión y no somos capaces de desarrollarla, cuando tuvimos la oportunidad de aprender, perdimos el tiempo; en la carrera loca del mundo y de la sociedad en la que vivimos nos van apareciendo problemas inesperados o a los que no habíamos dado suficiente importancia en los signos que nos lo iban anunciando, y ahora no sabemos como salir adelante. Lo estamos viendo cada día en lo que va sucediendo en nuestra sociedad que muchas veces se nos derrumba.

Nos falta aceite, no tuvimos en cuenta las previsiones necesarias, muchos perdimos el tiempo cuando era la hora de prepararnos para un buen futuro, pero no pensábamos que esas situaciones nos pudieran llegar, o que eso le tocaría a otros. Y estamos viendo que en muchas situaciones seguimos haciendo lo mismo, no terminamos de tomarnos en serio las cosas y buscar la mejor preparación y profundidad, seguimos con nuestras superficialidades, seguimos dando tantas facilidades que no terminamos de endurecernos lo suficiente para afrontar los temporales que se nos vienen encima. Así van los derroteros de nuestra sociedad.

Parece que estamos hablando excesivamente de los problemas humanos o sociales que nos vamos encontrando en el mundo de hoy, pero esto es una imagen de toda esa falta de profundidad con que andamos en nuestra vida. No estamos cuidando los valores más profundos de la persona que pueden darnos esa estabilidad y esa fortaleza; no estamos cuando los valores del espíritu, como no estamos cuidando nuestra fe.

Es lo que tenemos que plantearnos los que nos decimos cristianos, los que nos decimos que seguimos a Jesús. ¿Estaremos guardando suficiente aceite del evangelio en nuestra vida para encontrar un sentido y una fuerza para lo que tiene que ser un seguimiento en serio de Jesús? Seguimos pensando que tenemos suficiente aceite, porque un día de pequeños hicimos la primera comunión y a lo más luego más tarde nos confirmamos, pero las vasijas en las que lo hemos guardado son las de cuando éramos pequeños, y nos damos cuenta que no son suficientes.

Yo aprendí el catecismo, decimos, pero luego no  nos hemos vuelto a preocupar de leer de nuevo con la madurez que nos va dando la vida el evangelio, de profundizar en él, de formarnos debidamente en nuestra fe. Y así nos va, se nos va agotando el aceite y muchas veces terminamos que se nos va apagando nuestra fe; queremos solucionarlo a última hora y corriendo, pero se necesita algo más que quizá no siempre los cristianos estamos haciendo al buscar esa formación honda que necesitamos.

Y claro, para afrontar todos esos problemas que ahora la vida nos va presentando no nos encontramos preparados, y flaqueamos, y no sabemos cómo actuar ni cuáles valores cultivar de verdad, y nos encontramos desorientados en la vida, y no sabemos dar una respuesta con el verdadero sentido de Cristo. Cuidemos que no nos falte el aceite.

viernes, 30 de agosto de 2019

Cuidemos que no nos falte el aceite suficiente para mantener encendida la lámpara de la fe para que sea viva y podamos ser luz en medio del mundo



Cuidemos que no nos falte el aceite suficiente para mantener encendida la lámpara de la fe para que sea viva y podamos ser luz en medio del mundo

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96;  Mateo 25, 1-13
Con esto es suficiente, pensábamos, y si acaso luego buscamos más. Pero nos cogió el toro, como se suele decir. No fue suficiente y luego no hubo manera de conseguir más. Son nuestras imprevisiones, muchas veces nacidas de la desgana, del poco entusiasmo, de hacer las cosas simplemente como si fuera una obligación pero sin poner ganas, entusiasmo, alegría que aquello que hacemos.
Hay personas que van así por la vida, arrastrándose. Han perdido la ilusión, no tienen ganas de esforzarse para nada, con poca cosa se contentan, van a lo mínimo y así le vas en la vida. Parece que son felices así, que no necesitan tanto esfuerzo como aquellos que nos tomamos las cosas en serio y ponemos ganas y trabajamos lo que sea necesario para conseguirlo. Pero a la larga no son felices, lo pasaron bien (¿?) en algún momento porque no se esforzaron tanto, pero sus metas eran raquíticas y no lograron algo que les diera mas plenitud a sus vidas.
Esforzarnos y perseveran es algo que cuesta; ser previsores de futuro para las contingencias que pudieran surgir no siempre lo tenemos en cuenta; y no es que tengamos que ir acaparando con agobios como si nos fuéramos a quedar sin nada, pero sí es necesario preparar bien las cosas, porque eso forma parte de nuestra responsabilidad en la vida.
No podemos estar a lo que salta, a lo que venga en cualquier momento y nos coja de improviso. Hay tomarse en serio la misión que tenemos en la vida y por eso es necesario prepararse y desde muy pronto. Es una lástima que tantos jóvenes se tomen la vida alegremente en su juventud y no se preparen en serio para el futuro de su vida.
Son pensamientos que me surgen, un poco desordenados quizás, ante la parábola que se nos ofrece hoy en el evangelio. Ya sabemos de aquellas jóvenes que salían a recibir al esposo que llegaba para la boda, pero que tenían que ir con lámparas encendidas para alumbrar el camino en principio pero también para iluminar la sala de las bodas. El esposo tardó en llegar, y no había suficiente aceite para mantener las lámparas encendidas. Ya conocemos el desarrollo de la parábola y como las que no tuvieron aceite suficiente mientras a última hora fueron a comprar más, se cerró la puerta de la boda y no pudieron entrar.
Ya de alguna manera hemos hecho una lectura del mensaje del texto aplicándolo a la vida, en esas cosas que nos suceden cada día, o en estas posturas o actitudes que tomamos ante nuestras responsabilidades. Muchas situaciones de la vida tendríamos que ver reflejadas ahí para sacar nuestras propias conclusiones; revisión de la forma como nos tomamos la vida, como asumimos hasta el fondo nuestras responsabilidades, como vamos teniendo esas previsiones que necesitamos en el día a día.
Algo que podemos aplicar al camino de nuestra fe, de nuestra formación cristiana, de nuestros compromisos ante el mundo desde esa vivencia de nuestra fe. En nuestras manos, podemos decir, tenemos esa luz de nuestra fe, pero que tenemos que cuidar, que tenemos que preservar que no se apague, que tenemos que alimentar. No nos podemos contentar en decir que tenemos fe, que estamos bautizados y algunas veces realicemos algún acto religioso.
La vivencia de la fe tiene que llevarnos a algo más; primero a profundizar en esa fe, a tener un verdadero conocimiento y formación de esa fe que tenemos, que hemos recibido. Poco nos preocupamos de la formación y maduración de esa fe; nos contentamos con lo que de niño nos trasmitieron, pero luego no lo hemos madurado en la vida en la medida en que hemos ido madurando humanamente. Hay que alimentar esa fe, conociéndola, formándonos, escuchando con atención desde lo hondo del corazón, participando en todo aquello que se nos pueda ofrecer para profundizar en esa fe y hacerla más viva.
Tenemos posibilidad de cada día leer el evangelio, leer la Biblia; como igualmente se nos ofrece por parte de la Iglesia en que participemos en grupos cristianos que nos ayudan a madurar en esa fe. Pero muchas veces somos reacios a participar porque nos creemos que ya nos lo sabemos todo y qué nos van a decir o qué nos van a enseñar.
Se nos apagan las lámparas, no tenemos el aceite suficiente, y vemos como se va debilitando la fe en tantos y nos puede suceder a nosotros también. Cuidemos que no nos falte el aceite suficiente para mantener encendida esa lámpara.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Mantengamos la lámpara encendida, tengamos el suficiente aceite, desempeñemos nuestra responsabilidad, no dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy


Mantengamos la lámpara encendida, tengamos el suficiente aceite, desempeñemos nuestra responsabilidad, no dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96; Mateo 25, 1-13
‘Bueno, con eso será suficiente, ¿para qué llevar más? Y si hace falta ya tendremos oportunidad de conseguir como sea algo más por allí o se busca donde comprarlo...’ Así quizá habremos pensado en alguna ocasión cuando teníamos que preparar algo que tendríamos que utilizar luego y luego nuestros cálculos nos salieron fallidos porque no fue suficiente lo que teníamos.
O es la tentación que tenemos tantas veces de dejar para otro momento algo que tenemos que hacer porque decimos que tenemos tiempo y luego el tiempo se nos echa encima y andamos con apuros al final. Siempre recuerdo lo que me decía mi madre, ‘guarda que comer y no qué hacer’, para que fuéramos previsores de futuro y prepara las cosas a tiempo no dejándolas para después, como sentimos la tentación tantas veces porque quizá ahora en este momento estamos entretenidos en otras cosas.
Es una vigilancia cargada de responsabilidad que hemos de saber tener en la vida. aunque sabemos quizá de nuestras posibilidades, de nuestras capacidades, la vida está hecha de muchas circunstancias que no siempre dependen de nosotros mismos, porque vivimos en relación con los demás, porque son diversos los acontecimientos que suceden en nuestro entorno que no dependen de nosotros, porque no sabemos lo que van a hacer los demás, pero nosotros tenemos nuestra responsabilidad y esa responsabilidad nos tiene que llevar a ese cumplimiento de deberes y obligaciones, a esa vigilancia para no perder la oportunidad de lo bueno que vamos teniendo en la vida.
Son los pensamientos que afloran en mí al escuchar esta parábola que nos propone Jesús de las doncellas que han de salir con sus lámparas encendidas para la llegada del novio a la boda. Una parábola que en su literalidad hemos de entender desde las costumbres de la época y las circunstancias que se Vivian entonces, que hacen necesario ese tener luz en los caminos cercanos a la casa de la novia para cuando llegara el novio con sus amigos a la boda; eran las amigas de la novia las encargadas de iluminar con lámparas de aceite aquellos caminos y había que ser previsoras para tener aceite suficiente porque no sabían realmente la tardanza y aquellas lámparas iban también a servir para iluminar la sala de la boda. Ya conocemos el desarrollo de la parábola con las tardanzas, la falta de aceite y la imposibilidad de tenerlo a tiempo, que hizo que se quedaran sin boda aquellas doncellas.
Nos quiere hablar Jesús de la trascendencia de la vida y de ese momento final de nuestra historia personal para el que hemos de estar preparados. Llega el Señor a nuestra vida, un día nos hemos de presentar ante El y hemos de estar dispuestos y preparados. Pero no solo es el momento final sino el día a día de nuestra vida, con nuestras responsabilidades, con nuestras tareas, con la hermosura del trabajo humano, como en otras ocasiones hemos reflexionado.
No podemos desatender nuestra vida. Es el cuidado personal en nuestro propio desarrollo y es el cuidado personal en como hemos de prepararnos para la vida. es una lástima como pasamos adormecidos muchos momentos de la vida en los que tendríamos que estarnos preparando, desarrollando nuestras cualidades y capacidades, poniendo los cimientos de una sólida formación, cuidando nuestros estudios que nos capacitan siempre para algo más y algo mejor. Que lástima tantos momentos de juventud desaprovechados y que crean tantas lagunas en nuestra vida de las que nos daremos cuenta cuando ya sea quizá demasiado tarde.
El tema nos da para muchas mas reflexiones – no queremos alargarnos – que nos hablan de la responsabilidad de cada día de nuestra vida, de nuestro hoy con las tareas que tenemos que realizar, la familia en la que vivimos, el trabajo que desempeñados, la apertura a la sociedad en la que vivimos, el bien que podemos hacer, lo que podemos contribuir a nuestra propia comunidad… Mantengamos la lámpara encendida, tengamos el suficiente aceite, desempeñemos nuestra responsabilidad. No dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy.

sábado, 1 de abril de 2017

Con humildad desde nuestras limitaciones, desde nuestras dudas y confusiones tenemos que acudir a Jesús queriendo llenarnos de su vida y dejarnos inundar por su Espíritu

Con humildad desde nuestras limitaciones, desde nuestras dudas y confusiones tenemos que acudir a Jesús queriendo llenarnos de su vida y dejarnos inundar por su Espíritu

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53
Jesús no deja indiferente a nadie. Ante Jesús, su figura, su vida, sus obras todos nos decantamos de alguna manera. Ya lo había anunciado el anciano Simeón allá en el templo con la presentación del Niño. Será bandera discutida, será signo de contradicción, ‘este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel’.
Hoy lo escuchamos en el evangelio. Gente que dice que nadie ha hablado como El, otros que decía que si no seria el Mesías o un profeta, mientras los fariseos y los sumos sacerdotes están maquinando contra El; quieren apoyarse incluso en las Escrituras y cada uno hace sus interpretaciones; habrá entre ellos alguien que pide serenidad, reflexión, no tomarse las cosas a la ligera ni dejarse llevar por impulsos, porque las acusaciones hay que probarlas, pero todos de alguna manera se decantan a favor o en contra. Un mundo de confusión en torno a Jesús; los sencillos no entienden de esos conflictos, pero esas cosas afectan a todos. 
Pero ¿no sucederá que sigue pasando igual? ¿No nos puede pasar a nosotros mismos en nuestro interior? También en nuestro entorno hay mucha gente confundida. Nos sentimos confundidos nosotros mismos porque muchas veces casi sin saber por qué nos entran dudas en nuestro interior, nos preguntamos muchas cosas y no siempre sabemos dar respuestas.
Mucha gente sabemos bien que se aleja de la fe, de la religión, de la Iglesia cuando le surgen esas dudas que no saben resolver. No es malo que nos surjan dudas, porque eso tendría que aquilatar nuestra fe, purificarla, hacerla profundizar, pero tenemos que saber bien a donde tenemos que acudir, tenemos que saber también dejarnos conducir que el Señor irá poniendo nuestro lado muchas señales que tenemos que saber discernir.
Confusión también se produce cuando vemos tantas opiniones distintas, cuando vemos tantas divisiones incluso en los que tenemos una misma fe, o creemos tener una misma fe, en Jesús. Gentes que llegan a nuestra puerta y nos ofrecen sus ideas y sus interpretaciones, que unas veces quizá cerramos la puerta, pero otras veces nos producen una cierta inquietud en nuestro interior. Corrientes de opinión en torno a la Iglesia, la religión, la fe que circulan en el entorno en que vivimos, gente que habla en contra siempre tratando de desprestigiar, de anular, de destruir. Somos conscientes de ello y cuanto daño se hace a los sencillos.
Es necesario fortalecer nuestra fe, darle hondura, formarnos debidamente, crecer en espiritualidad. Con humildad desde nuestras limitaciones, desde nuestras dudas y confusiones tenemos que acudir a Jesús queriendo conocerle más y más, llenarnos de su vida, dejarnos inundar por su Espíritu. Es el Espíritu del Señor que nos conduce a la verdad plena, es el Espíritu que nos revelará allá en el interior de nuestro corazón todo el misterio de Cristo, es el Espíritu que nos fortalecerá interiormente frente a tantas cosas que nos puedan confundir o nos puedan arrastrar fuera de los caminos de la Verdad.
Tengamos un corazón humilde y sencillo porque será la mejor manera de escuchar a Dios, de sentir a Dios en nuestra vida, de expresarle toda nuestra fe. Pero esa humildad y sencillez no nos quita que nos esforcemos por conocer mejor nuestra fe para que podamos dar verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Un compromiso que tendría que surgir en nosotros en este camino cuaresmal que estamos viviendo sería el que leyéramos más la Biblia, la estudiáramos más, nos preocupásemos de acudir a aquellos medios que nos ofrece al Iglesia para crecer en nuestra fe. 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

No seamos niños en lo tocante a nuestra fe y vida cristiana sino busquemos la forma de madurar como cristianos

No seamos niños en lo tocante a nuestra fe y vida cristiana sino busquemos la forma de madurar como cristianos

1Timoteo, 3, 14-16; Sal 110; Lucas, 7,31-35

Son como niños, solemos decir cuando nos encontramos con alguien lleno de caprichos, sin saber realmente lo que quiere apeteciendo de todo, ahora esto, después la ultima novedad que aparezca, sin criterios, sin una personalidad definida. Y algunas veces vamos así por la vida y nos cuesta reconocerlo en medio de nuestras dudas y nuestras indecisiones, con nuestra falta de criterios y sin unos principios bien definidos. Somos inmaduros. Nos hace falta poner unos fundamentos serios en la vida.
Es lo que vemos hoy en el evangelio que Jesús les echa en cara a los judíos de su tiempo. Que si Juan era muy austero, que si Jesús es un comilón; que si ahora todos los aclamamos porque nos entusiasman sus milagros, pero luego le tiramos piedras porque no accede a nuestros caprichos pueblerinos; que si en un momento todos son alabanzas  porque habla muy bien, pero luego lo criticamos porque qué va a saber él y donde ha aprendido que no es más que el hijo del carpintero y al final hasta quieren tirarlo por un barranco.
Así pasaba en tiempos de Jesús. Pero así sigue pasando en nuestro tiempo. Andamos a la última novedad. Recibimos muy entusiasmados a un nuevo sacerdote que nos llega a la parroquia porque estábamos hasta el gorro con el que teníamos, pero a éste pronto se le comenzarán a poner los 'peros', porque si anda con este o se mezcla con no sé quien, que si todo lo viene cambiando o que es un novelero. Todos tenemos esas experiencias en nuestros pueblos.
Y lo decimos de eso tan cercano como  pueda ser nuestro pueblo o lo decimos del Obispo o de la Iglesia universal. Pareciera que andábamos solamente tras la novedad unas veces y otras queremos anclarnos en el pasado para que nada cambie porque ya andábamos bien como estábamos.
Nos hace falta madurez en nuestra vida cristiana, en nuestra vida personal y en nuestras comunidades en su conjunto. Y esa falta de madurez puede estar originada en que nos falta una profunda formación cristiana donde tengamos bien claro lo que son los principios del evangelio, lo que en verdad es el estilo del Reino de Dios que nos anuncia Jesús. Y para eso necesitamos leer más el evangelio; en una lectura personal que nos sirva de meditación y de oración para sentir la voz del Espíritu allá en nuestro interior, pero también en una lectura llamémosla comunitaria, porque nos pongamos a estudiar más a fondo el evangelio  y todo lo que es nuestra fe cristiana en cursos o reuniones de formación que tendrían que abundar más en nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias.
Creo que es algo que todos tendríamos que plantearnos seriamente. Desde los cristianos de a pie, por llamarlos de alguna forma, que manifiesten ese deseo de formarse y de participar  con mayor seriedad y compromiso en esos grupos de formación cristiana, como desde nuestros pastores que tendrían que hacer mayores ofertas de grupos de formación en nuestras parroquias.
Muchas veces estamos muy preocupados por el culto, por nuestras celebraciones, por nuestras fiestas y cosas extraordinarias que hagamos y no se pone tanto empeño en dedicar tiempo  a esas grupos de formación, llámese catequesis de jóvenes o de adultos o como queremos llamarlos. Los pastores tendrían que sentarse más con esos grupos para dialogar, para formar, para enriquecer a fondo la fe de nuestro pueblo, aunque cueste, aunque tengan también que prepararse para encontrar los mejores medios y métodos, porque no siempre se sabe hacer.  Reconozcamos que es una carencia muy fuerte.

viernes, 24 de julio de 2015

Algo más que buena voluntad para crecer como personas y para llegar a vivir todo el compromiso de nuestra fe

Algo más que buena voluntad para crecer como personas y para llegar a vivir todo el compromiso de nuestra fe

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23
La buena voluntad no siempre es suficiente. Es cierto que respetamos y valoramos la buena voluntad que ponen en su vida las otras personas, porque siempre hemos de respetar lo bueno, por más mínimo que sea, que tienen los demás. Pero cuando se trata de nuestra vida personal hemos de ser exigentes que nosotros mismos; no nos podemos contentar con la buena voluntad, porque eso nos exige el mínimo esfuerzo.
La persona que quiere crecer en la vida, quiere desarrollar al máximo sus valores y cualidades, quiere darle profundidad a lo que hace y vivir en total dignidad no se puede contentar en si mismo con la buena voluntad. Tiene que aspirar a más y en consecuencia ha de poner todo su esfuerzo por crecer, por no quedarnos en la mediocridad, siempre buscando lo más grande, lo más alto, lo más intenso y profundo para su vida. Por eso decimos que no siempre la buena voluntad es suficiente.
Eso en todos los aspectos de su vida, en lo humano, en lo espiritual, en su compromiso cristiano, en la búsqueda de Dios, en el querer darle un sentido profundo a su ser. No nos podemos quedar en mediocridades. Es lo que nos va enseñando el evangelio en cada una de sus páginas. Cuántas veces escuchamos a Jesús pedirnos que demos fruto en sus parábolas, en sus enseñanzas. Es la medida del amor cristiano que no se queda solo en cosas elementales sino al que cada día hemos de darle mayor profundidad y amplitud.
Es, podríamos decir, una de las enseñanzas de la parábola del sembrador que tantas veces hemos escuchado en el evangelio. Cuando Jesús se la explica a los discípulos al llegar a casa ante sus preguntas - es el texto que hoy escuchamos, aunque en días anteriores que se hubiera proclamado la parábola en sí no la pudimos escuchar por otras fiestas que tenían sus lecturas propias - les habla de quienes no entendieron la Palabra que se les proclamaba, de los que eran inconstantes y de los que simplemente se dejaban arrastrar en la vida por los afanes de cada día sin poner mayor esfuerzo.
Entender significa que hemos de tener las cosas claras; entender en nuestro caso de cristianos que queremos vivir el compromiso de nuestra fe, es tener claros los objetivos, lo que hemos de hacer, el sentido de la vida que hemos de vivir y que hemos de trasmitir a los demás. Nos pudiera pasar muchas veces porque vivimos a lo de la fe del carbonero, sin mayores preocupaciones de formarnos debidamente en nuestra fe, sin comprender bien el compromiso de vida al que nos lleva nuestra fe, sin tener claro cuales son los valores que nos enseña el evangelio.
Y está luego la perseverancia, el permanecer fieles en nuestro camino, en nuestro compromiso, sin cansarnos, sin volver la vista atrás, sin dejarnos seducir por otros señuelos. Muchas son las cosas que nos rodean que nos pueden llamar la atención y distraer de la meta de nuestro camino; muchas pueden ser las cosas que nos confundan y nos hagan caer en frialdades y rutinas; muchas pueden ser las cosas que nos tienten en esos afanes de la vida, en esas apetencias o ambiciones que se nos pueden meter en el alma, en esos orgullos y vanidades que nos pueden seducir.
La parábola nos pide que seamos tierra buena y bien cultivada. Y cultivar la tierra es cuidarla, es abonarla, es quitar abrojos y malas hierbas, es humedecerla debidamente para que la semilla pueda germinar y la planta prosperar hasta llegar a dar fruto. Bien sabemos todo lo que eso significa en nuestro quehacer cristiano contando con la gracia del Señor, con su Palabra, con los sacramentos, con el alimento y la luz de nuestra oración de cada día.
Es mucho más que buena voluntad. Pero no para exigirles a los otros, sino para exigirnos a nosotros mismos.

martes, 30 de junio de 2015

Nos preguntamos también quién es Jesús porque necesitamos conocerle más y profundizar en la formación de nuestra fe

Nos preguntamos también quién es Jesús porque necesitamos conocerle más y profundizar en la formación de nuestra fe

Génesis 19,15-29; Sal 25; Mateo 8,23-27
‘Ellos se preguntaban admirados: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!’ Aún siguen preguntándose quién es Jesús, qué hay en Jesús a pesar de todo lo que hasta entonces habían visto, de todo lo que le habían escuchado. No terminaban de conocer a Jesús.
No los juzguemos a ellos sino más bien mirémonos a nosotros. ¿Terminamos de conocer a Jesús? Nos pudiera extrañar que en aquella situación en la que se encontraban de cierto peligro porque al atravesar el lago se había levantado una fuerte tormenta y parecía que la barca desapareciera bajo las olas aun siguieran desconfiando de lo que tendría que significar la presencia de Jesús allí con ellos. Habían visto tantas cosas maravillosas que Jesús había hecho y aun seguían llenos de dudas.
Pero pensemos que a nosotros nos sucede también. Nos decimos creyentes, nos llamamos cristianos, decimos que tenemos fe, rezamos y queremos darle culto al Señor, pero cuando viene el peligro y la tentación ¿qué nos sucede? ¿Nos mantenemos firmes para superar aquel mal momento o nos llenamos de dudas, de inseguridades y muchas veces incluso caemos en la tentación y en el pecado?
Sabemos que somos débiles, pero no terminamos de poner toda nuestra confianza en el Señor. Conocemos el evangelio y el sentido de vida que Jesús quiere trasmitirnos, pero no somos lo suficientemente fuertes para arrancarnos de viejas costumbres y rutinas, para arrancar de nosotros ese mal que tantas veces dejamos meter en nuestro corazón. Ante nosotros están esos altos valores que nos propone el evangelio, pero seguimos arrastrándonos en nuestros materialismos y sensualidades, seguimos sin terminar de comprometernos por hacer que nuestro mundo sea mejor sembrándolo de las buenas semillas de los valores del evangelio.
Y seguimos con nuestras dudas, sin terminar de ahondar lo suficiente en el evangelio y en el conocimiento de Jesús. Ante cualquier cosa que nos argumenten en contra de nuestra fe muchas veces nos quedamos callados sin saber que responder. Y es que muchas veces nos sucede que no terminamos de tener una sólida formación de nuestra fe. Nos contentamos con saber lo de siempre, no nos preocupamos de buscar cauces para profundizar en nuestra fe.
Ante las ofertas que recibimos de la iglesia, de nuestras parroquias y comunidades para tener encuentros donde profundicemos en nuestra fe los rehuimos porque decimos que no tenemos tiempo, pero que quizás lo que realmente nos falta es ese deseo de formación, de crecer en nuestra fe, de alimentarla y pulirla para que en verdad pueda aparecer resplandeciente ante los que nos rodean. Y luego, claro, nos vienen nuestros miedos, nuestras cobardías, nuestra echarnos para atrás a la hora de compromiso, o el no saber dar respuesta a los planteamientos que nos hagan.
‘¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!’, se preguntaban los que iban en la barca con Jesús en aquella ocasión. Pero quizá sea la pregunta que tengamos que hacernos nosotros, pero porque deseemos de verdad conocer cada vez más a Jesús y fundamentar debidamente nuestra fe.

martes, 18 de febrero de 2014

Busquemos la levadura de Cristo que llene de sentido nuestra vida



Busquemos la levadura de Cristo que llene de sentido nuestra vida

Sant. 1, 12-18; Sal. 93; Mc. 8, 14-21
‘Tened cuidado con la levadura de los fariseos y la de Herodes’, le dijo Jesús mientras iban en la barca hacia la otra orilla. Pero los discípulos no entendieron lo que Jesús quería decirles. Se habían olvidado de llevar pan y ‘no tenían más que un pan en la barca’ y ya estaban pensando que era a eso lo que Jesús se refería.
‘¿No acabáis de entender? ¿Tan torpes sois?’  Y les recuerda que no tenían pan en el descampado cuando estaba aquella multitud con ellos desde hacía ya días y no hizo falta por El pudo darles milagrosamente de comer a todos a partir de los pocos panes y peces que tenían. Jesús quería decirles algo más. ‘¿Para qué os sirven los ojos si no veis  y los oídos si no oís?’ ¿Qué les quiere decir Jesús?
Ya sabemos para que sirve la levadura; mezclada con la harina hará fermentar la masa para que el pan sea más pan y pueda tener su apropiado sabor. ¿Querrá Jesús ir por ahí con su comentario? ¿Dónde encontramos el verdadero sabor y sentido de nuestra vida? ¿Cuál sería la levadura que en verdad diera saber a nuestra vida y a nuestra existencia?
Todos entendemos muy bien que si nos llamamos cristianos es porque el sentido de nuestra vida lo tenemos en Jesús. Al Evangelio acudimos porque ahí queremos encontrar, ahí encontraremos con toda seguridad esa luz que guíe nuestra vida, que nos da el sentido de nuestra existencia; por eso nos llamamos cristianos.
Jesús estaba anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios y en Jesús es donde encontramos nuestra salvación y nuestra vida. Pero ya vamos viendo en el evangelio que no todos aceptan su mensaje. Por allá andan los fariseos con sus reglamentaciones y con sus puritanismos muy lejanos de la Buena Nueva que Jesús nos anunciaba para salvación de nuestra vida. Y los fariseos tenían su manera muy peculiar de influir en la mentalidad y en el actuar de las gentes, porque además se manifestaban con un cierto poder en medio del pueblo.
Y Jesús lo que quiere es prevenirlos para que no se dejen influir, que sea el Evangelio, la Buena Nueva de Salvación que El estaba anunciando lo que de verdad tenía que dar sentido a sus vidas. Es una nueva levadura, no la levadura vieja y corrompida de los fariseos o la levadura de la maldad de Herodes la que tenía que influir en ellos. ‘Tened cuidado con la levadura de los fariseos y la de Herodes’, les dice.
Pero  nosotros escuchamos el Evangelio hoy y no serán quizá los fariseos los que nos podrían corromper con su vieja levadura, pero sí tenemos que cuidarnos también de que otras levaduras influyan en nuestra vida y nos alejen de los caminos del evangelio. Muchas cosas, muchas maneras de pensar y de actuar, en el estilo del mundo, pueden influir sutilmente en nosotros.
Que no nos corrompa la levadura del relativismo que invade nuestro mundo, donde quiere parecer que todo es igual de bueno y nos puede hacer caer por esa pendiente donde parece que todo está permitido, ese permisivismo moral donde todo se nos quiere presentar como bueno y nos llena de confusión; esa pendiente de falsas religiosidades que a la larga van introduciendo en nuevo paganismo lleno de supersticiones en nuestra sociedad; esa pendiente de la indiferencia, de la tibieza y frialdad que va corroyéndonos por dentro y alejándonos de la verdad de Jesús y de su evangelio.
Nos encontramos por otra parte que se dice que cada uno tiene sus ideas y que todas se han de respetar, pero sin embargo cuando la Iglesia, o cuando nosotros los cristianos queremos presentar nuestro sentido de la vida desde el sentido de Cristo y del Evangelio, ya no nos dejan hablar, ya nos dicen que eso son anacronismos o somos unos anticuados, y quizá nos llenamos de miedo y nos dejamos arrastrar desde nuestra cobardía por esas influencias mundanas.
Así podríamos seguir pensando en esas levaduras - y son muchas las cosas y las ideas que pueden influir en nosotros que en el breve espacio de una homilía no podemos tratar de forma más exhaustiva - de las que nos tenemos que cuidar porque realmente nos van a amargar el pan de nuestra vida y podemos perder el sentido de Jesús y de su evangelio.
¿Qué podemos o tenemos que hacer? Tenemos que crecer cada día más y más en nuestra fe, en el conocimiento de Jesús y de su evangelio, formando debidamente nuestra conciencia. Sería un compromiso muy fundamental, esencial para mantener íntegra nuestra fe. Pero ya sabemos que por medio está esa levadura que nos hace creer que todo ya nos lo sabemos y que no necesitamos que nadie nos enseñe ni nos forme, una mala levadura que se nos puede meter en el alma.
Busquemos de verdad a Jesus que es quien de verdad va a dar sabor y sentido a nuestra vida.

lunes, 27 de enero de 2014



No desconfiemos nunca de la acción de Dios en nosotros que nos lleva por caminos de santidad

2Sam. 5, 1-7.10; Sal. 88; Mc. 3, 22-30
‘Un reino en guerra civil, no puede subsistir; una familia dividida, no puede subsistir…’ son los ejemplos que les propone Jesús para rebatir la injuriosa blasfema calumnia que quieren levantar contra él.
Ya habían dicho de Jesús que blasfemaba cuando perdonó los pecados al paralítico que llevaron a su presencia. Pero ahora son ellos los que blasfeman contra el Espíritu de Dios presente en Jesús queriendo atribuirle que si expulsa los demonios lo hace con el poder del jefe de los demonios, lo que se sale de toda congruencia; por eso Jesús les dice lo del reino en guerra civil o la familia dividida que no pueden subsistir. ‘Si Satanás se rebela contra sí mismo para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido’.
El espíritu maligno es el espíritu de la confusión y de la mentira. Es la forma como también nosotros somos tentados tantas veces queriendo crear confusión en nuestro espíritu. A la larga la tentación está en presentarnos lo malo como bueno, en querernos convencer de que aquello en lo que somos tentados no es tan malo, es natural, no tendríamos que verlo como malo.
Fijémonos como nosotros  mismos muchas veces a sabiendas de que lo que hacemos no es bueno, sin embargo queremos buscarnos mil justificaciones para hacer lo que hacemos y nunca nosotros queremos sentirnos culpables y, si acaso llegamos a reconocer que no es tan bueno lo que hemos hecho, trataremos de echarle la culpa a los demás.
Eso nos está enseñando cómo tenemos que tratar de formar nuestra conciencia rectamente, buscando los fundamentos verdaderos de la moralidad de nuestros actos en lo que es la ley del Señor y en su palabra revelada. Como se suele decir queremos arrimar el ascua a nuestra sardina, y de una forma subjetiva queremos ver la cosas  pero no las confrontamos lo  más objetivamente posible con lo que es la ley del Señor y su revelación de la que la Iglesia es la más autentica trasmisora.
La catequesis que hemos recibido a lo largo de la vida no siempre ha sido todo lo profunda que tenía que haber sido,  porque muchas veces se nos ha quedado en los elementales conocimientos que recibimos de niños en consonancia con la edad y madurez que entonces teníamos. Hubiéramos necesitado que en la medida que íbamos madurando como personas hubiéramos ido madurando también esa formación cristiana y moral, de donde surgen tantas lagunas luego en la necesaria madurez de nuestra vida cristiana.
Y es entonces cuando el espíritu maligno se aprovecha de esa debilidad e inmadurez de nuestra formación para crearnos esas confusiones en nuestro espíritu para arrastrarnos con la tentación y al pecado que nos aleje de los caminos de Dios. Tentaciones que nos ayudarían a superar, por una parte esa más profunda formación en nuestra vida cristiana y moral, pero que también con una vida de más intensa relación con Dios en nuestra oración y en la práctica de los sacramentos. Es la gracia del Señor que nos acompañaría en nuestra vida y nos daría fortaleza con la tentación y el mal.
Pidámosle al Señor que nos conceda la fortaleza de su Espíritu para mantenernos firme frente a toda tentación; que nos dé Espíritu de Sabiduría para saber discernir bien todo cuando nos va sucediendo y no se cree en nuestro corazón ese espíritu de confusión que nos lleva por los caminos de la mentira y el mal. Que no desconfiemos nunca de la acción de Dios en nuestra vida; El nos va conduciendo, siendo nuestra fortaleza frente al maligno; sepamos dar gracias a Dios por el Espíritu Santo que llena nuestro corazón y nos enseña a recorrer los caminos de la santidad.