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viernes, 11 de septiembre de 2026

Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

 


Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Salmo 83; Lucas 6, 39-42

Todos en la vida tenemos luces y sombras, y el que diga lo contrario está equivocado, no se conoce de verdad a sí mismo, o tiene una falta grande de humildad que lo tiene endiosado. Tenemos nuestros límites, nos sentimos en ocasiones impotentes, nos damos cuenta de nuestra ignorancia en muchas ocasiones aunque nos demos de sabérnoslas todas, el camino de la vida parece que en ocasiones se nos llena de obstáculos, somos conscientes sin querer dárnoslas de perfectos o perfeccionistas que también los que caminan a nuestro lado se encuentran en situaciones como las nuestras, también con sus luces y con sus sombras, con ese temblor que se nos mete en las piernas cuando encontramos dificultades o nos parece que no vemos clara la meta que nos proponemos.

La vida es un aprendizaje que ha de tener también su proceso, donde hemos de tener por una parte la valentía de querer avanzar y aprender, pero también la humildad de quien se deja enseñar y conducir porque reconoce que no todo lo tiene ya conseguido; cuidado que nos creamos sabedores de todo antes de tiempo porque nuestros tropiezos serán más aparatosos y también el daño que podemos hacer a los demás cuando estamos aun con poca claridad y nos podemos convertir en ciegos que intentan guiar a otros ciegos.

Es lo que nos está planteando Jesús hoy en el evangelio. San Lucas recoge aquí diversas sentencias que pone en labios de Jesús, que eran esas enseñanzas que en su momento oportuno Jesús iba desgranando con sus discípulos. Ya nos dice que como discípulos. no nos creamos más que nuestro Maestro, y que solo cuando haya recorrido todo el proceso podremos hablar con autoridad, no la nuestra, sino la que proviene de la acción del Espíritu en nosotros.

Por eso antes nos ha dicho Jesús lo del ciego que guía a otro ciego cayendo los dos en el hoyo. La necesaria humildad que necesitamos, como decíamos hace un momento, para primero dejarnos enseñar. No podemos ir de autosuficientes por la vida aunque muchos de esa especie nos podemos ir encontrando por los caminos. Es un gran problema con que nos encontramos hoy los cristianos y en la Iglesia; quizás porque recibimos un catecismo cuando de niños nos prepararon para los sacramentos ya pensamos que tenemos todo el camino recorrido, que ya tenemos la suficiente formación.

En la vida no nos quedamos en las cuatro reglas que nos enseñaron en la escuela, por decirlo de alguna manera, sino que en la medida en que hemos ido creciendo y madurando hemos seguido formándonos y preparándonos para afrontar los problemas de la vida pero también nuestras tareas y responsabilidades. Queremos que nuestros hijos aprendan, solemos decir, y les ofrecemos un camino en colegios, institutos, universidades, todo lo que sea necesario para que se formen y se preparen bien para la vida.

¿Es lo que queremos y deseamos en nuestra formación cristiana? Como niños recibimos lo que podíamos captar como niños, pero en nuestro crecimiento como adolescentes y jóvenes, como personas adultas y maduras tenemos que seguir con nuestra formación., con ese ir madurando cuando hemos recibido y forma parte de nuestra fe y en consecuencia de lo que tendría que ser nuestra vida cristiana. Pero eso no lo tenemos en cuenta, eso nos parece una pesadez, eso nos lleva a la superficialidad e inmadurez con que vivimos en el ámbito de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano.

Por eso terminará el texto del evangelio ofreciéndonos esas sentencias de Jesús que nos hablan de cómo primero hemos de purificar nuestra vida antes de querernos convertir en salvadores de los demás. Es la mota que podemos ir a quitar del ojo de nuestro hermano, mientras nosotros llevamos una vida atravesada en nuestros ojos. ¿Significa que porque somos débiles y pecadores no podemos ayudar a los demás? Nada de eso, siempre podemos y tener que estar abiertos a la corrección fraterna, aún sabiendo de nuestras debilidades; si las reconocemos en nosotros iremos con más humildad al encuentro con los otros; porque sabemos de lo débiles que somos y lo que muchas veces nos puede costar el superarnos, iremos con mayor delicadeza a ayudar al otro, porque nunca iremos desde nuestro pedestal sino abajándonos y poniéndonos a la misma altura del otro para mejor expresarle nuestro amor.

Todo un camino de luces y sombras, todo un camino que hemos de aprender a recorrer, todo un camino que ha de ser siempre de superación y crecimiento, un camino en que aunque débiles nos sentimos hermanos y sabemos tendernos las manos con la mayor delicadeza para caminar juntos.


miércoles, 12 de agosto de 2026

Buenas semillas hemos de saber sembrar con las buenas actitudes de nuestro corazón, siempre comprensivo, capaz de perdonar y ofrece la corrección fraterna

 


Buenas semillas hemos de saber sembrar con las buenas actitudes de nuestro corazón, siempre comprensivo, capaz de perdonar y ofrece la corrección fraterna

Ezequiel 9, 1-7; 10, 18-22; Salmo 112; Mateo 18, 15-20

Es bien cierto que todos estamos llamados a la perfección y a la plenitud, esas son las ansias más hermosas que llevamos en el corazón, pero es cierto también que no somos perfectos, porque estamos llenos de limitaciones que nos hacen descubrir nuestra debilidad y cómo tantas veces tropezamos no alcanzando esa plenitud que deseamos y nuestra humanidad es tan humana que se manifiesta como tal en esas carencias de nuestra vida.

Ya quisiéramos que nuestra respuesta fuera siempre perfecta en comportamientos y en actitudes, pero vamos tropezando continuamente, sentimos en nuestro interior esa tentación y esa inclinación al mal que nos hace actuar torpemente tantas veces y estamos llenos de errores pero también envueltos por el mal, que nos hace perder nuestra propia dignidad y grandeza y que daña de tantas maneras la dignidad y grandeza de los que están a nuestro lado. Tendríamos que tener la valentía de la humildad para reconocerlo pero también la fuerza interior que nos ayuda a corregirnos y a ser mejores; muchas veces nos ciega nuestro orgullo y amor propio y no reconocemos nuestras debilidades y para colmo queremos presentarnos ante los demás con la fantasía y la vanidad de que somos buenos.

Es un paso importante que tendríamos que realizar es el reconocimiento de nuestros fallos, pero también la humildad de dejarnos corregir por los que están a nuestro lado. No es fácil porque nos pesa mucho ese orgullo y amor propio o esa imagen que queremos mantener ante los demás porque nos parece que si nos mostramos débiles estaríamos perdiendo la buena imagen y el prestigio que decimos que nos hemos conquistado. Pero precisamente reconociendo nuestra debilidad es cuando mejor manifestamos la grandeza de nuestro espíritu y cuando nos ganamos mejor la valoración de los demás.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de la corrección fraterna, porque si en la comunidad cristiana nos sentimos como hermanos miembros de una misma familia estamos para ayudarnos los unos a los otros. Jesús nos da unas pautas que nos hablan de humildad y de sencillez, pero que nos hablan también de respeto y de capacidad de comprensión; ya le ponemos el apellido, digámoslo así, de fraterna, porque como hermanos hemos de corregirnos, y como hermanos no nos humillamos, como hermanos nos sentimos a la misma altura, con el amor de hermanos sentimos como nuestro lo de los demás y queremos siempre lo mejor, como hermanos nos damos ánimos porque nos tendemos la mano para seguir caminando apoyándonos mutuamente en nuestra debilidad, como hermanos nos estimulamos al tiempo que somos comprensivos porque vemos esa misma debilidad en nosotros.

Es la manera cómo hemos de saber escuchar esa palabra de corrección que nos ofrece el hermano cuando hemos renqueado en nuestra vida con nuestras debilidades y tropiezos y es la buena actitud con que nosotros hemos de acercarnos siempre a los demás. Cuesta hacerlo y bien sabemos que el mundo está lleno de resentimientos y desconfianzas, de envidias y de rencores, de actitudes revanchistas que lo que quieren es marcarte con ese sambenito de nuestra debilidad y de hundirte para siempre. Es cuando no hemos entendido ese sentido de comunión y de amor que entre todos debería haber ya que tendríamos que ser como una gran familia. Pero son las buenas semillas que nosotros hemos de saber sembrar con esas buenas actitudes de nuestro corazón.

Finalmente hoy en el evangelio nos enseña a saber rezar unidos, porque es la mejor manera de sentir a Dios en medio de nosotros. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. ¿Será así siempre el sentido de nuestra oración?

lunes, 22 de junio de 2026

Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

 


Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

2 Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Salmo 59; Mateo 7, 1-5

Decía san Agustín ‘si corriges, hazlo con amor; y si perdonas, hazlo con amor’. Una hermosa sentencia que tendríamos que recordar al albur de lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Si lo haces así habrás aprendido a hacerlo con humildad.

Vamos demasiado de autosuficientes y de maestros por la vida. Somos los que nos lo sabemos todo y lo que todo lo hacemos bien. Que nadie nos diga nada. Porque ya estaremos preparados con la regla en alto para humillar a quien trate de decirnos algo en contra de nuestras opiniones. Cuando empleo esta expresión de la regla en algo lo hago recordando aquellos tiempos en que el maestro quizás corregía más con la regla que con las palabras de convencimiento para hacernos ver nuestro error. Hoy la regla es la descalificación, es el tener en cuenta la lista de errores que tú en otro momento hayas podido cometer para ahora echártelo en cara y hacerte perder autoridad para lo que tratas de decirle buenamente, son las palabras hirientes que quieren hacer creer como un tonto que nada sabes ni nada puedes decir, es el querer imponer mis criterios porque tú ya estás trasnochado. De cuántas cosas nos valemos para aceptar una corrección.

Que la corrección nunca sea un juicio condenatorio porque se volverá contra nosotros por nuestra falta de humildad. Nos habla Jesús de la paja en el ojo ajeno que queremos retirar mientras tenemos una viga en el nuestro. Qué importante es que nos miremos a nosotros mismos primero en toda su crudeza, pero comenzaremos a ser más humildes y a tener mayor delicadeza cuando vamos a ayudar a los demás.

Jesús nos está planteando en el sermón del monte que venimos escuchando en el evangelio ese sentido nuevo de nuestras relaciones mutuas cuando nos está dando las características del Reino de Dios que anuncia. Un mundo nuevo de fraternidad cuyos lazos son los del amor de hermanos. Los hermanos no se imponen los unos a los otros, los hermanos saben caminar juntos y a la par, los hermanos se respetan y valoran cada uno en sus valores y capacidades sabiendo ocupar cada uno su lugar, los hermanos se ayudan a salir de los atolladeros de la vida con los menos daños y consecuencias, los hermanos no humillan ni discriminan.

Son características muy valiosas en nuestras mutuas relaciones y que van a contracorriente de un mundo de prepotencias y discriminaciones, de manipulación y dominio de la manera que sea de los unos sobre los otros, de desconfianzas y zancadillas porque siempre queremos prevalecer y quitamos de en medio a quien nos pudiera hacer sombra. Y nos cuesta remar a contracorriente pero nosotros tenemos unos valores que son los realmente van a dar grandeza a nuestra vida. Hoy se habla mucho de dignidad y de derechos humanos pero seguimos poniendo barreras en el camino de la vida difíciles de sortear para muchos porque siempre trataremos de arrimar el ascua a nuestra sardina.

Tendrá que ser siempre la humildad y la sencillez los que guíen nuestros pasos, moderen nuestros gestos y llenen de delicadeza nuestro trato con los demás. Será ahí donde estaremos manifestando nuestra verdadera grandeza; como nos dirá Jesús en otro momento del evangelio será el más importante el que sea capaz de ser más servidor. Por eso nos dirá que quien quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos. Y ahí tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar los que nos decimos seguidores de Jesús. Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo.

miércoles, 13 de agosto de 2025

Si en familia nos amamos y hemos de sentirnos unidos y sabernos apoyar mutuamente, cómo no hacerlo cuando estando unidos Jesús está en medio de nosotros

 


Si en familia nos amamos y hemos de sentirnos unidos y sabernos apoyar mutuamente, cómo no hacerlo cuando estando unidos Jesús está en medio de nosotros

Deuteronomio 34,1-12; Salmo 65; Mateo18, 15-20

Los trapos sucios se lavan en casa. Habremos escuchado esta recomendación más de una vez. No es simplemente el hecho de cubrirnos nuestras espaldas, para que cuando luego nosotros tropecemos – que alguna vez tropezaremos porque todos estamos en el camino, como se suele decir – pues den la cara por nosotros. Creo que tiene que ir a algo mucho más profundo y más hermoso.

Si formamos una familia porque nos amamos creo que hemos de sentirnos unidos y sabernos apoyar mutuamente. Es camino que hacemos juntos y en el que no nos sentimos aislados, porque cada una de las cosas que suceden o que son la vida de esa familia a todos nos atañe, todos hemos de saber arrimar el hombro, todos tenemos que ayudarnos para salir juntos de esos problemas o dificultades que se presentan, o para ayudarnos mutuamente a corregir errores, a enderezar posturas, a buscar no solo lo bueno sino lo mejor, porque sentimos como propio lo de los demás miembros de la familia, nos duele lo que a los otros les duele y nos alegra lo que crea ilusión en los demás miembros, evitando rivalidades y enfrentamientos y nunca dejándonos seducir por recelos ni desconfianzas.

Es lo que Jesús nos está diciendo hoy en el evangelio. Fijémonos que termina diciéndonos que si nos sentimos unidos y somos capaces desde esa unión de pedir algo al Padre en su nombre, se nos concederá. Porque además, nos dice Jesús, que cuando en su nombre estamos reunidos El estará en medio de nosotros. Cuánta falta nos hace que estemos verdaderamente convencidos de esto. Con esa premisa qué distinta sería nuestra vida, que seguridad tenemos para nuestro actuar, que niveles de confianza y cercanía nos creamos los unos con los otros. ¿Podremos ponernos a hacernos la guerra los unos a los otros si decimos que cuando estamos unidos en medio de nosotros está el Señor?

Es importante este pensamiento, esta fe que hemos de tener en esa presencia del Señor en los demás, allí donde nos sentimos en esa unión y comunión. Se va a derivar en la manera en que comenzaremos a mirar al otro; no será para mí un extraño, no lo miraremos a la distancia, no comenzaremos a hacer discriminaciones, empezaremos a valorarlo de verdad quitando esos filtros que tantas veces nos ponemos. No será para mi un extraño, un extranjero, un emigrante venido de lejos, alguien de otra raza, un pobrecito del que podamos sentir lástima.

Nuestras actitudes tienen que ser otras, quitando diferencias y buscando cercanía, ofreciendo mi brazo para caminar juntos apoyándonos mutuamente, sintiendo como vibra de manera especial el corazón ante su presencia porque lo estamos viendo como un hermano. Ya no pondremos distancias porque me pueda contagiar con sus malas costumbres como siempre andamos con nuestras desconfianzas, ya sabré acercarme a El con el corazón lleno de comprensión para ayudarle en los tropiezos que pueda tener en la vida.

Hoy nos está hablando Jesús de eso tan bonito que es la corrección fraterna. Seremos siempre ministros y servidores del reencuentro y de la reconciliación, seremos siempre lazo que une y punta de lanza que rompe nudos para regalar el perdón. Si en Jesús estamos unidos con los lazos del amor, ¿cómo no voy a regalar el perdón a quien tengo que amar?

lunes, 11 de noviembre de 2024

Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás

 


Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás

Tito 1,1-9; Salmo 23; Lucas 17,1-6

Algunas veces se pone uno a pensar y no termina de ver por donde van los derroteros de nuestra sociedad. Es muy fácil decir que queremos una sociedad nueva; todos de una manera o de otra lo dicen sea cual sea la ideología o la manera de pensar que tengan; parece que nadie está de acuerdo con las cosas como marchaban antes, salvo los nostálgicos, y queremos hacer reformas por todas partes porque decimos que queremos una sociedad mejor.

Pero ¿sobre qué bases o fundamentos queremos construir esa sociedad? Por todas partes no vemos sino revanchas, palabras agrias porque no se sabe hacer un debate si no buscamos descalificaciones y enseguida salen a relucir los insultos, despertamos odios y enfrentamientos que habíamos dejado ya por zanjados y volvemos a desenterrar viejos enfrentamientos y divisiones; como alguien tenga un tropiezo, ya estamos todos haciendo leña del árbol caído, tapamos lo que nos conviene o lo de lo que está más cerca de nosotros buscando mil justificaciones, pero como podamos enterramos vivo al que haya tenido un tropiezo.

Escándalos del tipo que sea, errores en la realización de las cosas, cosas mal hechas o que han rayado con cosas injustas, las ha habido en todos los tiempos, pero parece que ahora yo no somos capaces de enmendar errores, no se da posibilidad a que haya una rehabilitación de las personas, y por supuesto lo del perdón parece que está bien lejos del pensamiento y del actuar. ¿Y de esa manera haremos que las cosas vayan mejor? ¿A dónde vamos a llegar?

Esto lo palpa uno en la vida de la sociedad en la que estamos, donde parece a veces que falta una madurez humana y unos valores que de verdad construyan a la persona. Y de esto todos podemos contagiarnos, porque ya no es solo a los niveles que podríamos llamar altos de la sociedad, sino que esto es lo que luego palpamos en las relaciones más a pie de calle de unos y otros, entre vecinos, entre familias, y cuidado que los cristianos y en el ámbito de la iglesia nos contagiemos de esa manera de actuar.

Me surge toda esta reflexión desde el evangelio que hoy se nos propone. Nos habla Jesús de los escándalos, y de alguna manera nos dice que son inevitables (teniendo en cuenta claro nuestra propia debilidad que fácilmente nos hace tropezar tantas veces y en tantas cosas) y ya nos dice que ay del que provoca el escándalo, pero también nos dice que tengamos cuidado. Tengamos cuidado ¿por qué? Porque, es cierto, nos podemos contagiar de la manera de reaccionar y de actuar del mundo que nos rodea. Pero Jesús a continuación nos ofrece todo un proceso, podríamos decir.

Nos habla Jesús de cómo tenemos que ser comprensivos los unos con los otros, porque todos podemos de la misma manera cometer errores - ¿No nos dirá en otro momento que el que esté sin pecado que tire la primera piedra?, y muchos buscarán cómo justificarse para tirar esa piedra – pero nos dice además como tenemos que corregirnos los unos a los otros, cómo tenemos que buscar la manera de ayudarnos; y la comprensión exige paciencia, y humildad, y mucho cariño y amor; la corrección nos lleva a perseverar en esas palabras buenas que queremos decir para convencer y para animar; y la corrección nos llevará al perdón, para que la persona se sienta en verdad rehabilitada y considerada de nuevo para volver a comenzar.  ¿Seremos capaces de hacer todo eso?

Muchas veces nos tomamos las palabras de Jesús allí por donde mejor nos conviene, pero no terminamos de escuchar todo lo que Jesús nos dice. Entiende Jesús que las personas tienen que realizar un proceso, y somos humanos, y no siempre es fácil. Pero no sabemos acompañar al que yerra y se quiere levantar; no sabemos valorar los esfuerzos que hace y que tanto le cuestan para tropezar quizás una y otra vez. ¿Es que nosotros somos tan perfectos y tenemos tanta fuerza para que a la primera cambiemos del todo y nos podamos presentar de nuevo como santos? Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás.

Si entre nosotros no somos capaces de realizarlo, ¿como seremos capaces de verdad de contribuir a que la sociedad sea mejor y destierre de una vez por todas esas revanchas y esos odios renacidos que estamos viendo continuamente?

Los discípulos a todo esto que les planteaba Jesús terminaron pidiéndole que les aumentara la fe. Les parecía, es cierto, algo muy difícil. Pero Jesús nos habla del poder de la fe, de lo que podemos hacer si en verdad ponemos toda nuestra fe y toda nuestra confianza en Dios, de la fortaleza que nos va a acompañar. ‘Si tuvierais fe como un granito de mostaza…’ nos dice.

miércoles, 14 de agosto de 2024

Una necesaria carga de humanidad en nuestras mutuas relaciones para que seamos en verdad una humanidad que camina en armonía y en amor

 


Una necesaria carga de humanidad en nuestras mutuas relaciones para que seamos en verdad una humanidad que camina en armonía y en amor

Ezequiel 9, 1-7; 10, 18-22; Salmo 112;  Mateo 18, 15-20

Hablamos de la humanidad, pero me atrevo a decir, nos falta poner humanidad a la vida. Decimos la humanidad y estamos haciendo referencia al conjunto de todos los seres humanos, hombres y mujeres que por esa nuestra condición de personas estamos conformando la humanidad.

Sin embargo somos conscientes que nuestras mutuas relaciones no siempre están cargadas de humanidad, algo nos falla porque en lugar de caminar juntos parece que lo que queremos es destruirnos; testigo de esto son esas innumerables guerras que a través de los siglos siempre hemos mantenido los unos contra los otros, ese mundo de violencia que impregna nuestras relaciones, esa desconfianza que nos tenemos o esas ambiciones que nos ciegan para no ser capaces de ver a quienes caminan a nuestro lado formando una misma humanidad.

Por eso decía nos falta poner humanidad a la vida, hacer que nuestras relaciones sean verdaderamente humanas desde el mutuo respeto a la dignidad de toda persona, pero también poniendo el calor del amor en nuestro trato para lograr esa armonía en nuestro camino.

Pero Dios ha querido seguir siempre contando con el hombre, con la humanidad. La muestra del amor que nos tiene está en Jesús, verdadero hijo de Dios que se ha encarnado en nuestra humanidad para nacer siendo hombre. Es la señal de que es posible la humanidad, es posible ese hombre nuevo y esas relaciones nuevas entre unos y otros llenas de humanidad. Nos hemos querido destruir con nuestra  maldad y nuestro pecado, y Jesús viene a decirnos que de eso El nos quiere regenerar. Nos ofrece su perdón, pero nos abre un camino nuevo. Es la Buena Nueva del Reino de Dios, como así quiere llamarlo, es el Evangelio que nos viene a transmitir.

En cada página del evangelio El nos va trazando el camino, nos va señalando las pautas de ese mundo nuevo que entre todos tenemos que construir, de ese nuevo de sabor de humanidad que tenemos que darle a nuestro mundo. Hoy nos habla de la delicadeza con que hemos de tratarnos para ayudarnos a ser ese hombre nuevo, nos habla del perdón que va a restaurar nuestra vida tan rota por el pecado, y nos habla de esa comunión para presentarnos de mejor manera ante Dios.

Una delicadeza que tiene que manifestarse de manera especial en esas aristas que van surgiendo en nuestro contacto de los unos con los otros; no es fácil, fácilmente chirrían nuestros contactos, porque cada uno somos como somos, con nuestras cosas buenas y nuestros aciertos, pero también con nuestros errores y tropiezos, con nuestro carácter y nuestra manera de ser, con nuestras miradas que tienen el peligro de hacerse torvas y oscuras, desde los sentimientos encontrados que aparecen en nuestro corazón por los que nos sentimos heridos o en las cosas que nos cuesta aceptar de los demás.

Pero somos unos hombres y mujeres que caminamos juntos pero no somos perfectos, y eso nos obliga a ser comprensivos, porque también nosotros cometemos errores, a ser capaces de ofrecer el abrazo del perdón, pero también la mano tendida que ayuda a levantarse al caído como también nosotros lo necesitamos. Por eso nos detalla Jesús la manera de realizar esa corrección fraterna que mutuamente siempre tenemos que estar dispuestos a realizar pero también a aceptar.

Qué importante esa delicadeza en nuestro trato mutuo nos está diciendo Jesús hoy en el evangelio. Qué carga de humanidad tenemos que ir poniendo en todo lo que hacemos, que a la larga como nos seguirá enseñando Jesús es poner el calor del amor.

domingo, 10 de septiembre de 2023

No podemos cerrar los ojos, no podemos permitir que nuestra sociedad se hunda porque con ella nos hundiremos si no ponemos de nuestra mano nuestro grano de arena para hacerla mejor


 

No podemos cerrar los ojos, no podemos permitir que nuestra sociedad se hunda porque con ella nos hundiremos si no ponemos de nuestra mano nuestro grano de arena para hacerla mejor

Ezequiel 33, 7-9; Sal 94; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20

En ocasiones sentimos la tentación de decir que nadie se meta conmigo que yo tampoco me meto con nadie. Y parece como si quisiéramos ir por la vida aislados de los demás y sintiéndonos despreocupados de lo que nos sucede a nuestro alrededor. confesamos que a la larga no nos sentimos satisfecho con posturas así, pero quizás cansados de que los cotillas de turno siempre se estén metiendo con uno y parece como si siempre quisieran estar diciéndonos lo que tenemos que hacer, quizás agobiados por los problemas de la vida, por los problemas de la sociedad en la que vivimos a los que no siempre sabemos qué solución dar, parece como si quisiéramos poner una campana alrededor que nos aisle de todo. 

Pero vivimos en una sociedad, estamos creados para la socialización, para la relación, nos damos cuenta de que no podemos desentendernos así de todas las cosas, que lo que sucede en nuestro entorno nos afecta, que lo que es la vida de los que nos rodean también de alguna manera nos afecta, podríamos decir que tenemos que despertar de esas posturas aislacionistas y necesariamente tenemos que sentir preocupación por cuanto nos rodea y nosotros mismos en el camino que vamos haciendo por muy aislados que queramos vivir nos damos cuenta que nos necesitamos los unos a los otros. Mejor es tendernos la mano, mejor es tratar de poner algún granito de arena que contribuya a una mejor construcción de nuestra sociedad. Si dejamos que la sociedad se hunda sin que pongamos algo de remedio según seamos capaces, seguro que nos vamos a hundir en ese mismo hundimiento de la sociedad.

Hoy nos habla Jesús en el evangelio de la corrección fraterna. Y ya nos decía el profeta que nuestro hermano se hunde por el mal que ha dejado meter en su corazón sin corregirse, pero nosotros no hemos hecho nada por ayudarlo, él tendrá su culpa, pero Dios nos pedirá cuentas porque nosotros nos cruzamos de brazos y nada hicimos. Jesus nos está dando la pauta de cómo hemos de actuar, de la delicadeza que hemos de poner, porque en fin de cuentas es entrar en el sagrario del yo y del ser de la otra persona y eso no lo podemos hacer de cualquier manera, de cómo hemos de contar con otros para poder realizar esa labor, que no es ir con el chisme para decirle a los demás lo mala que es aquella persona, sino saber encontrar la forma de acercarnos al otro buscando la mejor manera de ayudarle. 

No podemos cerrar los ojos; no podemos permitir, aun respetando la libertad de cada persona y su personal responsabilidad en sus decisiones, que alguien se hunda porque no le advertimos del peligro, porque no seamos capaces de tener una mano para que pueda sortear ese momento difícil. Tenemos que sentir hondamente esa responsabilidad por el hermano y con él saber buscar caminos de vida.

Pero como hemos venido diciendo no nos quedamos reducidos a ese ámbito particular de cada persona, sino que eso ha de llevarnos a mucho más; es la responsabilidad que tenemos con la sociedad en la que vivimos. 

Es fácil que todos nos pongamos a hablar de lo mal que andan las cosas; hay momentos difíciles por los que pasamos con mucha frecuencia en nuestra sociedad que parece que nos encontramos como en un callejón sin salida porque los problemas se acumulan, porque no siempre somos capaces de entendernos o ponernos de acuerdo en las soluciones que le tenemos que ir dando a los caminos o a los momentos que vivimos, pero todo se nos va y se nos queda en nuestras críticas y en nuestros juicios, en culpar a los demás, sean personas, sean partidos, sean instituciones, de que las cosas vayan como están marchando, pero poco aportamos, pocos lazos de entendimiento buscamos, demasiados abismos creamos entre unos y otros, de excesiva tensión cargamos el más mínimo intento de diálogo que queramos entablar. 

¿No tendríamos que buscar otros caminos? ¿No tendríamos que bajarnos de nuestros pedestales de orgullo con los que queremos siempre imponernos a los demás? Algo nuevo y distinto tendríamos que hacer para mejorar el estado Si nos callamos, como nos decía el profeta, también a nosotros se nos pedirá cuenta de lo que no hicimos.


miércoles, 16 de agosto de 2023

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día

 


Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo18,15-20

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día. Nos sentimos como en la gloria, decimos, y seguro que con entusiasmo quedamos para vernos otra vez y para volver a pasar unos ratos juntos. Son los encuentros de los amigos de siempre, con quienes hemos compartido la vida, caminado juntos en momentos felices como también en momentos tormentosos y difíciles, pero que seguimos queriendo encontrarnos y compartiendo.

En mis añoranzas de hombre mayor quizás, recuerdo como los vecinos a la fresca de la tarde salíamos a nuestros patios que se comunicaban unos con otros y allí a la puerta, sentados en cualquier sitio, pasábamos los ratos comentando las incidencias de la jornada, de los que nacían momentos gratos de ayuda y de colaboración para muchas cosas buenas. Momentos felices para el recuerdo, momentos ahora nos hacen valorar y revitalizar muchas cosas que parece que han quedado atrás, pero que han sido momentos de felicidad. Qué bien nos sentíamos y qué bien lo pasábamos.

He traído a la memoria estas que podríamos llamar añoranzas porque realmente nos pueden remitir a lo que Jesús nos está planteando hoy en el evangelio. Podríamos pensar que no nos está diciendo nada especial que nosotros no podamos hacer. Vivir juntos, vivir unidos, vivir compartiendo, vivir sintiendo preocupación los unos por los otros, vivir con corazón comprensivo para entender los errores de los demás pero también para ofrecer de nuestra parte lo que podamos hacer para que las cosas sean a mejor. Y viene terminando por decirnos Jesús, que cuando vivimos así, El está en medio de nosotros.

Seamos capaces de establecer buenas relaciones de amistad y de comprensión, sepamos vivir con un corazón del que hayamos alejado la malicia y la búsqueda de intereses egoístas, y todo saldrá bordado, como solemos decir, todo será armonía y paz; y nos ayudaremos a corregirnos y a crecer; y seremos comprensivos con los errores de los demás porque sabemos que también nosotros los podemos cometer; y seremos capaces de preocuparnos por los otros y no los dejaremos pasar necesidad porque el compartir generoso es la riqueza más hermosa que llevamos en nuestra vida.

Y por eso nos dice Jesús como hemos de saber corregirnos los unos a los otros llenos de humildad y de comprensión. La corrección no es hundir, un sacarle los colores a la cara, no es echar en cara, no es acusar para condenar; la corrección es tender una mano para ayudar a levantarse al caído; es decirle a la persona que seguimos confiando en ella a pesar de los tropiezos o de los errores; es ayudar a que se sienta capaz de reemprender de nuevo el camino enderezando lo que está torcido; es como dar un nuevo voto de confianza tantas cuantas veces sea necesario; es poner esperanza en el corazón que se ve hundido cuando reconoce sus tropiezos y ayudar para que no falte la ilusión y la alegría.

Por eso terminará diciéndonos hoy Jesús que ‘donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ y por eso podemos tener la confianza de que siempre seremos escuchados por Dios cuando somos capaces de ponernos de acuerdo para pedir algo al Padre en su nombre. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos'.

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día, decíamos al principio. Sepamos vivir en esa dicha y felicidad.

miércoles, 11 de agosto de 2021

Somos una comunión de hermanos que se aman y quieren caminar juntos a pesar de sus imperfecciones y limitaciones, porque mutuamente nos ayudaremos a superarnos y a caminar

 


Somos una comunión de hermanos que se aman y quieren caminar juntos a pesar de sus imperfecciones y limitaciones, porque mutuamente nos ayudaremos a superarnos y a caminar

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo 18, 15-20

Algunas veces nos creemos una raza de perfectos. Aunque en la sinceridad de nuestro ser más profundo reconocemos lo que son nuestras limitaciones, pero no es así cómo queremos manifestarnos, cómo queremos que nos conozcan, y ya nos molesta muchísimo que alguien nos haga ver nuestros defectos y nuestras limitaciones.

Así como queremos poner como una máscara para que no se noten nuestros defectos o nuestros fallos, porque muchas veces no es simplemente una debilidad, sino una maldad que nos surge en nuestro corazón, con los demás nos volvemos exigentes y nada les perdonamos; con qué facilidad echamos en cara a los otros sus errores, en qué pedestal de autosuficiencia nos subimos tantas veces, y cómo no nos importa humillar a los demás. Son cosas que nos pasan, que están ahí en la realidad de nuestra vida, que no sabemos superar, y es causa de tantos tropiezos o de tantas heridas que podemos ir produciendo en los demás.

Y es que nos falta humanidad; humanidad que tiene que llenar de comprensión nuestro corazón, que nos hace ser sinceros con nosotros mismos, que nos llevaría a una cercanía para saber caminar junto a los otros apoyándonos, estimulándonos, evitando heridas o curándolas cuando aparecen, sintiéndonos de verdad en un mismo camino.

Hemos convertido la vida demasiado en una competición, pero sin espíritu deportivo; con espíritu deportivo lo veremos como algo alegre que hemos de vivir para sentirnos todos satisfechos, con verdadero espíritu deportivo no es tanto el que quede el primero o el último, sino el gozo de haber hecho ese camino juntos. Pero hemos convertido la vida en una competición en que si podemos descartamos al otro, lo anulamos de la forma que sea y para ello no nos importaría sobreabundar sus defectos o sus errores, para yo quedar en mejor lugar. Es amargo un camino así. No es la alegría que tendríamos que vivir en la vida.


Lo que nos enseña Jesús en el evangelio es que sepamos caminar juntos, que seamos felices caminando juntos, que seamos capaces de aceptarnos, pero al mismo tiempo ser estímulo para los demás como los demás son estímulo para mí para superarnos juntos, para corregir errores, para limar asperezas, para sanar heridas. Por eso hoy Jesús nos habla de la corrección fraterna; y nos da unas pautas, porque esa corrección no puede ser un hundir a la persona sino darle la mano para que se levante y siga caminando; esa corrección la llamamos fraterna porque así nos sentimos, hermanos, y hermanos que se quieren, y hermanos que quieren lo mejor los unos para los otros, hermanos que nos sabemos sentir en comunión.

Por eso hoy Jesús nos habla también del perdón; cuando sabemos ofrecer ese perdón, y lo hacemos porque hay amor en nuestro corazón, ese gesto llega al cielo y desde el cielo recibimos también ese perdón. Por eso nos dice Jesús que ‘todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos’. Es el fruto del amor, es el fruto de sentirnos hermanos, es el fruto de saber caminar juntos.

Por esto terminará diciéndonos Jesús que cuando vivamos un amor así, seremos verdaderamente gratos para Dios. Tan gratos que por esa comunión que hay entre nosotros podemos tener la seguridad de que Dios siempre nos escucha, Dios se hace presente entre nosotros de manera especial. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’.

Ya no somos aquella raza de perfectos que nos volvemos exigentes con todos y de qué manera; somos una comunión de hermanos que se aman y quieren caminar juntos a pesar de sus imperfecciones y limitaciones, porque mutuamente nos ayudaremos a superarnos y a caminar.

 

domingo, 6 de septiembre de 2020

Algo nuevo quiere realizar Jesús porque quiere crear una nueva comunidad donde tanto es nuestro amor que nos sentiremos siempre hermanos y podremos llamar a Dios Padre

 


Algo nuevo quiere realizar Jesús porque quiere crear una nueva comunidad donde tanto es nuestro amor que nos sentiremos siempre hermanos y podremos llamar a Dios Padre

Ezequiel 33, 7-9; Sal 94; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20

‘Yo no me meto en la vida de nadie, allá él’, ‘cada uno que se las arregle como pueda, yo tengo bastante con lo mío’… Cosas así escuchamos todos los días, cosas así pensamos nosotros algunas veces. Porque esa tentación a la insolidaridad está muy presente en la vida. Es una manera de entender la vida, o mejor dicho, es una manera de no haber entendido el sentido de la vida.

Creemos que podemos ser felices por nosotros mismos, nosotros solo sin contar con nadie, pero aunque tengamos momentos en que lleguemos a decir que lo pasamos muy bien sin tener que contar con los demás, al final nos damos cuenta que la felicidad no es completa. Querer vivir la vida en soledad, porque nos encerramos en nosotros y no queremos contar con nadie es no haber terminado de entender el sentido de la vida.

Son razones de la más honda humanidad las que nos tendría que hacer encontrar el verdadero sentido de la vida. Y en esto los seguidores de Jesús tendríamos que ser especialistas. Sí, digo bien, especialistas, porque Jesús nos ha dejado el amor a los demás como nuestro distintivo. Y si amamos a los demás, al menos tal como nos amamos a nosotros mismos aunque el amor cristiano tiene una sublimidad mayor porque la imagen del amor la tenemos en el amor que Cristo nos tiene, si amamos a los demás, repito, no podemos aislarnos ni desentendernos de los demás. Es lo que nos quiere decir hoy Jesús.

Nuestro vivir tiene que estar fundamentado en esa comunión de amor; y cuando hay esa comunión de amor todo cuanto afecte al otro me afecta a mí y lo siento como algo mío también. Por eso hoy nos habla Jesús de ayudarnos mutuamente en ese camino de superación que toda persona ha de recorrer; y ayudarnos es estar al lado del hermano en sus luchas y batallas de crecimiento y superación, ayudarnos es hacernos ver las cosas con una visión distinta, porque eso somos capaces de corregirnos mutuamente señalándonos aquello que vemos que tendría que cambiar o que superar; y ayudarnos es ser comprensivos con los demás en sus debilidades tanto que estamos dispuestos siempre a perdonar, porque perdonar es estimular al otro a que se corrija o que haya las cosas bien.

Cuántas oportunidades tenemos cuando hay verdadero amor pero cuando lo hacemos con la humildad de quien se siente débil también y reconoce que tropieza mil veces también en la misma piedra. No es fácil, porque todos tenemos nuestro amor propio y nuestros orgullos; por eso costará aceptar lo que el otro me diga, pero me costará también el acercarme de manera humilde y llena de amor al otro, no para imponer, sino para ayudar;  con qué facilidad afloran nuestras violencias y malos modos en gestos y palabras, en la manera de hacer las cosas para los demás.

Algo nuevo quiere realizar Jesús en nosotros, unos nuevos lazos de comunión que nos hagan vivir en el amor verdadero. Por eso ya nos va previniendo en los distintos momentos del evangelio de que nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestras relaciones con los demás tienen que ser distintas. Una sinceridad y una autenticidad en la vida, una apertura del corazón a los demás donde nadie puede quedar excluido, por eso nos dirá que tenemos que amar incluso a los enemigos y rezar por los que nos odian o hayan hecho mal. Tendremos que aprender a hacernos los últimos y los servidores de todos, de manera que no caben las imposiciones ni las exigencias a los demás creyéndonos ni mejores ni superiores a los otros. Ahí estará nuestra grandeza.

Será grande la preocupación que siente Jesús por los que le siguen para que vivan en la unidad y nada nos distancie ni nos separe, porque sería un contra testimonio contra el amor y la comunión que tenemos que vivir. Por eso nos enseñará a permanecer unidos no simplemente como un recurso psicológico de aquello de que la unión hace la fuerza, sino que la grandeza de nuestra vida estará en esa comunión que vivamos con los demás.

Y nos enseñará que nuestra relación con Dios, que tiene que ser muy personal y auténtica, al mismo tiempo ha de tener también ese sentido de comunión, de modo que cuando nos reunamos y pidamos algo al Padre en su nombre el Padre nos lo concederá. No tendrá nunca sentido que nos atrevemos a llamar a Dios Padre, como  nos enseña en su modelo de oración, si no vivimos en comunión con los demás.

Sí, algo nuevo quiere realizar Jesús en nosotros porque quiere crear una nueva comunidad donde tanto es nuestro amor que nos sentiremos siempre hermanos, donde podremos llamar a Dios Padre porque miramos siempre a los demás como hermanos.

Claro que las preguntas comienzan a rondar en nuestro interior. ¿Será así cómo nosotros amamos? ¿Qué señales de comunión estoy dando cada día porque siento cuanto sucede a los demás como algo mío también? ¿Será esa la imagen de Iglesia que nosotros ofrecemos al mundo?


miércoles, 14 de agosto de 2019

Porque queremos sentir entre nosotros la comunión del Reino de Dios nos ayudamos mutuamente a superarnos y a crecer en nuestro amor



Porque queremos sentir entre nosotros la comunión del Reino de Dios nos ayudamos mutuamente a superarnos y a crecer en nuestro amor

 Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo 18, 15-20
Este individuo es imposible, es insoportable. Reacciones así tenemos en ocasiones cuando nos encontramos en la vida con personas que quizá dejan mucho que desear en sus comportamientos, que quizá todo el mundo ve cómo se han metido en una vida viciosa - qué lista casi interminable podríamos hacer de individuos que conocemos así enrollados en todo tipo de vicios – y que quizá un día quisimos darle un consejo pero nos hizo caso. Los dejamos por imposibles, como solemos decir, con la cuchara que cojas con esa comas, porque ya ni siquiera intentamos una vez más tratar de ayudar que le den una vuelta a su vida.
¿Nos acobardamos, quizá? ¿Tenemos miedo de enfrentarnos a esas situaciones por las consecuencias que pudieran tener para nuestra vida? Queremos evitar complicaciones y cerramos los ojos para no ver ni querer saber nada. Es difícil y complicado, pero ¿esa sería en verdad una actitud humana hacia esas personas? ¿Qué nos diría el evangelio? Son situaciones difíciles que muchas veces no sabemos como afrontar. Es bonito eso que se dice que tenemos que ayudarnos y que esa es una pobreza muy terrible, pero quizá en nuestra indecisión, cobardía quizá, insolidaridad somos nosotros los verdaderamente pobres. Realmente me siento interpelado en lo más hondo de mi mismo con situaciones así. Es fácil dar consejos, pero ¿hacerlo?
Cuando hablamos del Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que nosotros hemos de construir y vivir no se trata de cosas utópicas que se quedan en sueños y que no podemos realizar. Decimos Reino de Dios porque reconocemos que Dios es el único Señor de nuestra vida y que en torno a El formamos como una gran familia en la que hemos de querernos y mantener la unidad y la comunión. Eso se ha de traducir en unos valores que queremos poner en nuestra vida, eso significa como hemos de amarnos y siempre en consecuencia buscamos el bien los unos de los otros, eso significa como tenemos que sentirnos en una profunda comunión sintiendo incluso como propio cuando suceda al hermano.
Si eso queremos vivirlo, ¿no nos duele el mal que pueda haber en los otros o incluso que los otros puedan hacer? ¿No tendríamos, entonces, que preocuparnos los unos de los otros para ayudarnos a superar esas situaciones no tan buenas en las que tantas veces nos podemos ver envueltos? Mucho más podríamos preguntarnos en este sentido.
Y es así, desde ese amor, cómo nos aceptamos y nos comprendemos, pero también con un grande amor y con una exquisita humildad nos corregimos y apoyamos mutuamente para salir de ese mal que se nos haya podido meter en el corazón. Así estaremos haciendo en verdad el Reino de Dios, así es como realmente llegaremos a vivirlo. Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio en la llamada corrección fraterna, dándonos las pautas más humildes y exquisitas para que realicemos ese mutua corrección de hermanos.
¿Lo hacemos? ¿Nos cuesta? ¿Ponemos verdadera humildad en esa corrección fraterna? No podemos ir desde el engreimiento orgulloso de creernos los santos y los que nunca fallamos, sino que reconociendo que nosotros somos también débiles muchas veces nos acercamos con amor al hermano, con sencillez y con humildad. Muchas consecuencias tendríamos que sacar de las palabras de Jesús que hoy le escuchamos en el evangelio. Aquellas actitudes insolidarias y prepotentes de las que hablamos al principio tienen que estar muy lejos de nuestro estilo de vivir.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Si nos tomáramos en serio lo de basar nuestras mutuas relaciones en una amistad verdadera y en un auténtico amor de hermanos, qué distintos seriamos, qué felices podríamos ser, qué mundo más hermoso estaríamos construyendo.

Si nos tomáramos en serio lo de basar nuestras mutuas relaciones en una amistad verdadera y en un auténtico amor de hermanos, qué distintos seriamos, qué felices podríamos ser, qué mundo más hermoso estaríamos construyendo

Ezequiel 33, 7-9 Sal 94 Romanos 13, 8-10 Mateo 18, 15-20
Un centinela es algo más que un adorno bonito que pongamos en las puertas de algún palacio importante para retrotraernos a otras épocas  quizá más guerreras pero que en nuestra imaginación hayamos llenado de romanticismo y poesía. El centinela es un vigilante colocado en un lugar estratégico desde donde pudiera dar la alerta ante cualquier peligro que pudiera atentar contra la población.
Siguen habiendo guardaespaldas y guardias de seguridad, pero hay mucho más de eso que podamos ver con nuestros ojos. Hoy aunque les demos otros nombres y otros aparentes cometidos esa vigilancia se realiza y con mucha responsabilidad en muchos hilos, digámoslo así, que mueven el ritmo de nuestro mundo. Serán vigilancias y alertas electrónicas o con otros medios más sofisticados, pero siguen teniendo su función.
¿Por qué comienzo hablando de todo esto? El profeta que nos ofrece hoy la liturgia en la primera lectura de la Palabra de Dios nos habla de ello. Pero quiere darle un sentido más amplio y que va más allá del hecho de darnos unas alertas ante algunos peligros materiales que pudieran afectarnos. Nos habla de unos vigías que como profetas están para en nombre de Dios alertarnos del mal en el que podemos caer, pero al mismo tiempo para señalarnos los caminos de luz por los que hemos de transitar.
Es el vigía que alerta pero es la voz que nos trae la Palabra de Dios que viene a iluminar nuestra vida. Es el vigía pero que también como un arcángel Rafael viene a caminar con nosotros y acompañarnos en los caminos de la vida, para ayudarnos a hacer esos caminos de luz y de amor que tendríamos que recorrer en una fidelidad al Señor.
¿Una referencia a los que tienen una misión muy concreta dentro de la comunidad cristiana para acompañarnos y ayudarnos a hacer el camino de la fe alertándonos y previniéndonos con el anuncio de la Buena Nueva de salvación? Sí, es cierto, pero creo que quiere decirnos algo más.
Es el camino que juntos hemos de hacer en la vida, pero en el que todos tenemos que ser esos compañeros de camino los unos de los otros, y por eso mismo aceptándonos y respetándonos sin embargo nos ayudamos cuando vemos algo que nos puede hacer tropezar, o cuando dejamos manchar nuestra vida por tantos lodos del camino que nos pueden hacer tanto daño.
Hoy Jesús en el evangelio nos está hablando de esa corrección de hermanos que hemos de hacernos los unos a los otros precisamente en nombre de ese amor que nos hace hermanos. Cuando nos amamos de verdad, cuando nos sentimos hermanos nos ayudamos; no estamos al acecho a ver en que puede tropezar el otro para echárselo en cara y tratar de hacernos nosotros los justos. Eso no es amor de hermanos.
Como hermanos somos comprensivos con los demás, alejamos de nuestros sentimientos el juicio y la condena, nos respetamos mutuamente conociendo nuestra propia debilidad, nos tendemos la mano y nos ayudamos a superar nuestros baches; aceptamos que nos ayuden a descubrir nuestros tropiezos en ese afán y deseo de superación que siempre tenemos muy latente en nuestro corazón.
Hemos de reconocer, sin embargo, que es fácil decirlo pero hacerlo nos cuesta más; y por una cosa muy sencilla, porque no siempre nos amamos de verdad, somos auténticos en nuestro amor, y fácilmente aparecen en nuestro interior los orgullos y las vanidades, y cuando nos podemos ver perjudicados por los otros nos es difícil aceptarlo y actuar desde esos valores. Es nuestra tarea, y en eso hemos de estar vigilantes sobre nosotros mismos para no  nos inoculemos esos venenos de desconfianzas y de orgullos, de resentimientos y de juicios, porque realmente nos haríamos mucho daño a nosotros mismos.
Como decíamos al principio eso de ser centinela no es un adorno más o menos romántico, sino que tiene que ser una actitud que tengamos primero que nada con nosotros mismos, y luego también en nuestro amor por los demás buscando siempre lo bueno para ayudarnos en lo mejor.
Como nos dice también hoy la carta de san Pablo a los Romanos ‘A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley’. Si nos tomáramos en serio lo de basar nuestras mutuas relaciones en una amistad verdadera y en un auténtico amor de hermanos, qué distintos seriamos, qué felices podríamos ser, qué mundo más hermoso estaríamos construyendo.

viernes, 21 de julio de 2017

Actitudes nuevas, valores profundos, verdadero respeto a la persona y su dignidad que nos lleven a buscar de verdad la gloria del Señor

Actitudes nuevas, valores profundos, verdadero respeto a la persona y su dignidad que nos lleven a buscar de verdad la gloria del Señor

Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8
Rápido nos viene a nuestra mente el pensamiento con que enjuiciamos y condenamos a los demás. Atentos estamos a lo que haga el otro para hacernos nuestro juicio sobre lo que hace aunque solo nos dejemos llevar por las apariencias. Poco podemos saber sobre lo que hay en el interior del hombre y la razón o el por qué de lo que hace, pero nosotros en nuestro juicio parece que nos lo sabemos todos y creemos saber más los por qué de lo que hacen mas que los mismos que lo hacen.
Cuando vamos prejuzgando en la vida a los demás ya vamos interponiendo barreras porque en nuestro orgullo nos creemos superiores y que estamos por encima de los demás y nos creemos con derecho para opinar y para juzgar lo que hacen los otros. Nos alejamos así de las personas porque en nuestro prejuicio no querríamos mezclarnos con ellos para que otros no nos juzguen iguales a ellos.
Es difícil que así seamos capaces de colaborar, de trabajar juntos por hacer que nuestro mundo mejor o que nuestras relaciones sean más amistosas y fraternales. Con nuestros prejuicios ponemos barreras y estamos poniendo imposible cualquier relación amistosa. Pero ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? ¿Qué derecho tengo a condenar al otro cuando en mi corazón esta floreciendo la maldad con esos juicios y condenas que estoy haciendo a los demás? ¿No seria más hermoso una auténtica corrección fraterna en la que como hermanos y con humildad nos ayudemos mutuamente? ¿No necesitaré yo también de esa ayuda para mejorar muchas cosas en mi vida porque tampoco yo soy perfecto?
Me viene a la mente esta reflexión que tendría que valerme para yo mejorar mis actitudes y para poner más humildad en mi corazón, a partir de lo que hoy vemos en el evangelio. Por allá andan los fariseos pendientes de lo que puedan hacer los discípulos de Jesús para aprovechar cualquier ocasión para tratar de desprestigiar la obra de Jesús.
Los discípulos realizan quizás distraídamente lo que cualquiera hace al pasar por un sembrado. Hay unas espigas que están granando ya su cosecha y se siente uno tentado en el buen sentido de coger una de esas espigas, estrujarla en la mano y llevarse a la boca aquellos granos que aun están en proceso de maduración. Pero es sábado mientras caminan de un lugar a otro en medio de aquellos sembrados. Aquello podía considerarse un trabajo y en el sábado no se puede trabajar. Tajantes son en el cumplimiento del descanso sabático y aquello podría equivaler a la siega, a la trilla y no se cuantas cosas más. Y allí surge el juicio y la condena.
Qué quisquillosos nos volvemos tantas veces en la vida buscando maldades, segundas intenciones para poner pronto el prejuicio y la condena. ¿Podemos andar así por la vida y ser felices? ¿No tendrían que ser otras las actitudes?
Claro que Jesús quiere aclararnos que el cumplimiento de la ley del Señor ha de tener otro sentido. Nunca podremos mirarlo como esclavitud, siempre tiene que ser una ofrenda de amor, y siempre la persona tiene que verse enriquecida en su interior que es lo verdaderamente importante.
No podemos convertir la religión y los actos religiosos que realicemos como un mero cumplimiento, una rutina o una ley que nos esclavice en un cumplimiento ritual. Una mayor profundidad hemos de darle a todo lo que sea nuestra relación con Dios, porque Dios quiere siempre la grandeza del hombre y no el sufrimiento.

viernes, 9 de septiembre de 2016

No podemos ser ciegos que quieren guiar a otros ciegos, sino hermanos que caminamos juntos para ayudarnos a no tropezar una y otra vez en la misma piedra

No podemos ser ciegos que quieren guiar a otros ciegos, sino hermanos que caminamos juntos para ayudarnos a no tropezar una y otra vez en la misma piedra

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Sal 83; Lucas 6, 39-42

Cuántas veces a pesar de tener todas las posibilidades de la luz se nos nublan los ojos para no ver lo que realmente sería interesante que nos viéramos. Sí, ya no se trata solamente de esa luz que necesitamos para ver nuestro entorno o ver a las personas que nos rodean – que muchas veces andamos ciegos y tampoco las vemos cómo tendríamos que verlas – sino que se trata de esa luz interior que nos hace ver lo más profundo de nosotros.
Nos cuesta mirarnos, no queremos mirarnos, rehuimos muchas veces tener una visión realista de nuestro interior y nos creamos fantasías. Ya decía un filósofo de la antigüedad que la verdadera sabiduría está en conocerse a uno mismo pero la mirada que nos hacemos a nosotros mismos muchas veces es interesada para no ver la realidad de lo que somos.
Ver la realidad de lo que somos significa, sí, auto estimarnos, valorando también lo bueno que hay en nosotros, tomando en consideración nuestros valores y virtudes, nuestras capacidades que muchas veces son más de las que aprovechamos, pero significa también ser realista para que vuestros defectos, nuestros fallos, esa piedra en la que tropezamos no solo dos veces sino muchas veces, ver eso que hemos de corregir y lo que hemos de mejorar.
Ni queremos hundirnos a causa de nuestros defectos, ni queremos ponernos sobre pedestales porque tengamos unos valores y cualidades, sino mirarnos con sinceridad para ver lo que somos y que eso sirva para seguir construyendo nuestra vida y para ayudar también a la construcción de un mundo mejor.
Si nos miramos a nosotros mismos con sinceridad, seguro que la mirada que tengamos sobre los demás será más clara y luminosa. Muchas veces tenemos la tendencia de tener una mirada negativa de los otros, fijándonos quizá primero que nada en sus defectos o en aquellas cosas que no nos gustan. Viendo la realidad de nuestra vida seguro que nuestra mirada se vuelve más positiva.
Es cierto que para el amigo y el hermano siempre queremos lo mejor y por supuesto no nos gusta verle caer en errores o que se deje arrastrar por sus debilidades. Pero es ahí donde tiene que estar la delicadeza y la humildad de nuestro amor. Si nos acercamos al hermano y queremos corregirlo vamos con la conciencia humilde de que no somos perfectos y también tendremos nuestros fallos y por eso con la delicadeza más exquisita queremos ayudarles a superar sus fallos. Nunca desde la prepotencia de la soberbia y el orgullo, sino siempre desde la humildad de quien se sabe también pecador, pero con la delicadeza del que ama de verdad.
Es lo que viene a enseñarnos hoy Jesús en el evangelio. Es la manera en que en verdad podemos ser luz y llevar luz a los demás. Es la forma en que nos convertiremos en ciegos que guían a otros ciegos, sino en hermanos que queremos caminar juntos y nos damos la mano para no tropezar una y otra vez en los mismos errores.

miércoles, 12 de agosto de 2015

No caminamos en solitario sino sintiéndonos en comunión los unos con los otros ayudándonos en todo lo que nos haga crecer y ser más felices

No caminamos en solitario sino sintiéndonos en comunión los unos con los otros ayudándonos en todo lo que nos haga crecer y ser más felices

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo18,15-20
El cristiano nunca camina en solitario; un buen cristiano nunca puede ser individualista ni insolidario; el que sigue a Jesús sabe que su camino lo hace al par de los otros que hacen también el camino de Jesús. Ni se puede sentir solo, ni tiene ningún sentido aislarse de los demás. En el camino que hacemos no cabe de ninguna manera desentenderse de los otros. Sería un contrasentido con lo que nos enseñó Jesús a lo largo del evangelio.
Como señal de ello vemos el mismo camino que hizo Jesús. Buscaba a los demás, quería estar en medio de los hijos de los hombres, formó en torno a sí el grupo de los discípulos, quiso de ellos hacer comunidad. Era lo que plasmaban sus palabras, las actitudes nuevas que les iba enseñando, lo que una y otra vez les iba repitiendo aunque volvieran con las mismas preguntas y planteamientos.
Cuando caminamos juntos nos ayudamos, nos tendemos la mano, incluso sabemos esperarnos pacientemente los unos a los otros. Y es que tenemos que sentir preocupación por los demás, por el camino que van haciendo; no es entrometernos en su vida porque cada uno es libre, pero cuando hemos hecho opción por el camino de Jesús hemos elegido también el caminar junto a los otros y de la misma manera que les ofrezco mi compañía y mi ayuda, también estoy abierto a recibirla y a sentir el gozo de la compañía de los demás.
Y es que lo que nos guía es el amor; contemplamos ante nuestros ojos el amor de Jesús que se ha acercado a nosotros y camina a nuestro lado y que es imagen de lo que es el amor infinito del Padre; pero además Jesús nos lo ha dejado como nuestro distintivo. Y amándonos sentimos también el gozo del amor de los que están a nuestro lado; amándonos queremos formar como una piña, queremos sentirnos unidos, formamos una familia que se ama, una auténtica comunidad en la que todo lo compartimos.
Y esto se ha de traducir en muchas cosas, empezando por la alegría con que vivimos nuestra fe y nuestro amor. Y esto lo traducimos en la corrección fraterna de la que nos habla hoy Jesús en el evangelio. Si nos amamos y caminamos juntos nos ayudamos en ese camino; si vemos piedras en ese camino en las que podemos tropezar nosotros o puedan tropezar los que caminan a nuestro lado, seria inhumano y poca muestra de amor el no quitarlas o no ayudar a los otros a que no tropiecen en ellas. Por eso, tendríamos decir, es tan necesaria la corrección fraterna entre los hermanos, para aceptarnos mutuamente con todo respeto pero también con todo amor queriendo siempre lo mejor.
Muchas más consideraciones nos podríamos hacer al hilo de este mandato del Señor, pero me quiero quedar así en lo sencillo. Asumamos y tengamos muy claro que hemos de saber caminar juntos porque nos amamos y si nos amamos nos ayudamos; la ayuda no tiene que quedarse en lo material sino que la ayuda tenemos que prestarla en aquello que le pueda hacer mejor y en lo que nos haga de verdad crecer como personas y como seguidores de Jesús. Con esto hacemos más felices a los demás y estaremos haciendo mejor nuestro mundo.