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miércoles, 22 de enero de 2025

No pasemos de largo volviendo nuestra mirada para otro lado para no ver, en esa mirada tiene que estar la mirada de Jesús que nos llega al corazón

 


No pasemos de largo volviendo nuestra mirada para otro lado para no ver, en esa mirada tiene que estar la mirada de Jesús que nos llega al corazón

Hebreos 7,1-3.15-17; Salmo 109; Marcos 3,1-6

¿Necesitamos también unas medidas, unos pesos, unas reglas para contabilizar el bien que vamos haciendo? Ante esta pregunta seguro que todos responderán con aquello de ‘haz bien y no mires a quien’, que cuando hacemos una cosa buena es porque nos sale del corazón y ponemos todo nuestro amor en lo que hacemos. Es cierto, no lo niego, pero tras esos pensamientos siempre pueden aparecer algunas sombras, no somos tan generosos como decimos, y en más de una ocasión habremos echado en cara a alguien todo lo que hemos hecho por él y siempre no encontramos correspondencia.

Me viene a la mente el recuerdo de cuando con la más buena voluntad del mundo nos insistían mucho en los actos piadosos que pudiéramos hacer y que serían como punto en el carné de nuestra vida cristiana, las misas a las que asistimos, las novenas en las que participamos, las procesiones a las que íbamos ya fuera en la fiesta ya en semana santa, las cofradías a las que nos habíamos apuntado, los primeros viernes de mes que ya nos valían para tener una salvación segura.

Quizás fueron momentos de fervor y religiosidad y se pretendía que tuviéramos como muy importante todo lo que fuera el culto que le diéramos a Dios, pero en nuestra manera de hacer cuentas ya estábamos haciendo la lista de todo lo que habíamos hecho. Pero ¿nos podemos quedar solo en eso? ¿La vivencia del Reino de Dios no tendría que manifestarse en muchas mas cosas? Porque además no se trata de sustituir una religión por otra. Algo más hondo tiene que ser el seguimiento de Jesús.

Me han venido a la mente todas estas consideraciones desde el hecho que se nos relata hoy en el evangelio. Hemos venido viendo últimamente las cuestiones que le planteaban a Jesús en relación a lo del descanso sabático. Hoy nos aparece otra situación similar. Jesús va a la sinagoga y allí hay un hombre con una mano paralizada. Ya todos conocían la reacción de Jesús ante el dolor y el sufrimiento. Además Jesús quería mostrar con lo que hacía las señales del Reino de Dios que se estaba haciendo presente entre ellos. Pero como siempre hay alguien al acecho porque es sábado y curar a alguien era considerado como un trabajo.

Jesús tiene claro cual es su misión y lo que tiene que realizar. Nada le acobarda. De ahí la pregunta que Jesús les hace: ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’. El bien de la persona tiene que estar siempre por encima de todo. Y es lo que Jesús realiza. ‘Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: Extiende la mano. La extendió y su mano quedó restablecida’.

¿Estaremos nosotros por esa labor? Cuántas veces pasamos de largo en los caminos de la vida volviendo nuestro rostro para otro lado para no enfrentarnos a esos que nos miran desde su necesidad. No nos gustan esas miradas, decimos muchas veces, pero no nos gustan porque nos llegan al alma, allí donde tendríamos que tomar una decisión y no la tomamos. Prueba a ver en esa mirada los ojos de Jesús que te están mirando. Recordemos lo que El nos dice que cuando hagamos al otro a El se lo hacemos. Si comenzáramos a hacerlo así, otro sería el mundo que estamos construyendo.

 

domingo, 3 de marzo de 2024

A ese templo de religión y cristianismo que nos hemos construido Jesús tendría que venir a derribar muchas cosas y a hacernos cambiar muchas actitudes


 

A ese templo de religión y cristianismo que nos hemos construido Jesús tendría que venir a derribar muchas cosas y a hacernos cambiar muchas actitudes

 Éxodo 20, 1-17; Salmo 18; 1Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25

Cuidado que el árbol no nos deje ver el bosque; cuidado que la anécdota se convierta en el atractivo y no nos deje profundizar en el mensaje para que nos llegue a nuestra vida en la situación concreta en que vivimos.

Tentados estamos en darle vueltas y más vueltas al episodio que se nos narra hoy en el evangelio, con las explicaciones de por qué aquellos animales para los sacrificios o el motivo de aquellos cambios de monedas en el templo y nos quedemos en lo que pudiera ser anecdótico y solo un signo que nos lleva a algo más profundo.

¿En qué situaciones nos podemos encontrar hoy y que encuentren como un eco en lo que nos narra el evangelio? muchas veces quizás hayamos podido convertir todo lo que atañe a nuestra relación con Dios y en lo que convertimos muchas veces nuestra vida cristiana en unas costumbres – siempre nos lo han enseñado así, nos decimos -, en unos ritos que repetimos – porque eso es la tradición -, en unas cosas que tenemos que cumplir – porque cuando cumplimos ya nos quedamos satisfechos y parece, por ejemplo, que el domingo no es domingo porque no hemos venido a Misa, aunque nos la pasáramos pensando en las musarañas -. Y en eso reducimos muchas veces todo lo que es ser cristiano.

¿Dónde ha estado en nuestras celebraciones un encuentro vivo con Dios sintiendo el gozo de su presencia allá en lo más hondo de nosotros? ¿Qué marca ha dejado en nuestra vida esa Palabra de Dios que se ha proclamado en la celebración? ¿Cuando salimos de la Iglesia ya vamos con el propósito de algo nuevo y distinto que allí en la Palabra de Dios encontramos? ¿Qué recuerdo nos queda el domingo por la tarde de esa Palabra que escuchamos en la Misa de la mañana? Y así podríamos hacernos muchas más preguntas. ¿En qué estábamos, o donde estábamos mientras se iba realizando el rito de la celebración? ¿Nos habremos quedado en un culto vacío?

 Pero bien nos damos cuenta que todo nuestro ser cristiano no se reduce al cumplimiento, y volvemos con la misma palabra, de unos ritos o unas celebraciones. El evangelio de Jesús es una propuesta de vida, es un sentido nuevo para lo que hacemos y para lo que es toda nuestra vida. El evangelio es una buena noticia – porque así mismo lo significa la palabra – de una vida nueva que llamamos el Reino de Dios.  ¿El Reino de Dios se nos queda en que le pongamos una hermosa corona a nuestra imagen preferida de Jesús o de la Virgen o los santos? Entre vosotros no será como en los reinos de este mundo, les dice Jesús en muchas ocasiones a los discípulos. Y nos hablará de unas actitudes nuevas que hemos de tener los unos con los otros.

Es lo que en verdad tenemos que descubrir. Cuando estamos reconociendo que Dios es el único Señor de nuestra vida estamos abriendo los ojos a mirar con una mirada distinta cuanto nos rodea, a mirar con una mirada nueva y distinta las personas que están a nuestro lado o componemos nuestro mundo. Ya nos decía Jesús que no es en la búsqueda de lugares de honor o de primeros puestos cómo vamos a manifestar en verdad que Dios es el único Señor de nuestra vida. Es cuando seamos capaces de ver a Dios en aquellos que están a nuestro lado y amarlos con ese amor de Dios. Por eso nos hablará de hacernos los últimos y los servidores de todos. Como lo hizo Jesús.

Nuestro trabajo, nuestras responsabilidades, lo que vamos haciendo en la vida adquieren un nuevo sentido y un nuevo valor. Ya no podemos ir pensando solo en nosotros mismos y en nuestras ganancias personales; ya tenemos que comenzar a pensar como estaremos contribuyendo con lo que es nuestra vida al bien de ese mundo porque es al bien de cuantos nos rodean. Con qué responsabilidad tenemos que tomarnos la vida y cuanto hacemos; con cuanta responsabilidad nos sentimos de ese mundo que está en nuestras manos. Mucho tendría que cambiar cuando de verdad nos encontramos con el evangelio de Jesús nuestra vida, lo que hacemos y todo lo que son nuestras responsabilidades.

Ya nuestra vida no son simplemente unas costumbres o unas rutinas; ya no nos podemos quedar en hacer unas cosas por cumplimiento o realizar unos ritos para quedarnos como tranquilos en nuestra conciencia porque ya cumplimos. Ya no es solo que en un momento quizá de generosidad hagamos unas ofrendas, llevemos unas flores, ofrezcamos unas cosas, sino que la ofrenda tiene que ser algo más hondo, no de cosas, sino de nosotros mismos desde lo más hondo de nosotros.

Volvemos a lo que podríamos llamar la anécdota del evangelio de hoy, ¿no tendría que venir Jesús a ese templo de religión y de cristianismo a nuestra manera que nos hemos construido a derribar muchas cosas, a echar fuera muchas pobres actitudes porque el culto que le debemos a Dios tiene que ser algo más hondo y profundo que ofrezcamos con toda nuestra vida? ¿Cómo se tendría que renovar ese templo de Dios que somos nosotros y qué nuevas actitudes y valores tendríamos que hacer florecer?

martes, 11 de febrero de 2020

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83;  Marcos 7, 1-13
La autenticidad con que nos manifestamos, la veracidad de la vida donde no nos quedamos en la apariencia y la vanidad exterior son valores muy importantes que nos manifiestan la madurez humana de la persona. Esa incongruencia que aparece en la vida cuando nuestras palabras van por un lado, pero lo que llevamos en el interior se queda lejos es algo que produce rechazo y desconfianza. ¿Cómo nos vamos a fiar de quien solo tiene gestos de cara a la galería pero de quien sabemos de la superficialidad que lleva dentro de si aunque nos parezca contradictoria la frase?
Son por otra parte en los que se quedan en las costumbres que convierten en reglas de su vida, pero que no saben ni que sentido darle a lo que están haciendo. Es que eso siempre se ha hecho así, nos dicen, y si les preguntas qué sentido tiene no saben darnos una respuesta. Está bien tener buenas costumbres porque son las que pueden hacer madurar nuestras virtudes, pero es necesario hacer las cosas con sentido dándole su auténtico valor. Hacer las cosas simplemente porque repetimos lo que siempre hemos hecho no siempre da la autenticidad de la persona y de lo que hacemos.
Costumbres que nacieron en unas circunstancias concretas y que entonces sirvieron para orientar el sentido de lo que hacíamos, no significa que por si mismas tengamos que seguir repitiendo lo mismo. Muchas veces se pueden convertir en reglas implacables a las que podemos darle mayor importancia incluso que a la humanidad con que hemos de tratar a los demás. Todo ha de servirnos para hacer crecer nuestras humanidad, hacer que nuestras relaciones sean humanas y entonces sepamos tratar con ese respeto pero también con esa bondad a los que están a nuestro lado.
Hoy en el evangelio vemos que le echan en cara a Jesús porque sus discípulos al regresar de la plaza comen sin lavarse las manos. Está bien las normas y reglas de higiene, pero llegar a convertir su cumplimiento o no en causa de una impureza del espíritu, es algo que llega a pasarse de la raya, podíamos decir. Fue necesario quizá en un tiempo educar al pueblo en esa higiene, viviendo además como vivían una vida errante de un lado para otro y donde no era fácil además tener lo suficiente para la higiene personal.
Por eso en la respuesta de Jesús les insiste en la necesaria pureza interior, que va mucho más allá de lavarse o no las manos, porque hayamos tocado algo que se considera impuro y nos puede volver impuros. Nos preocupamos de lo externo, pero no le prestamos la misma atención por lo menos al interior del hombre, nos preocupamos de esas impurezas legales, pero nos importa poco que nuestro corazón esté lleno de maldad y queramos más a los demás o los tratemos injustamente. ¿Qué será lo verdaderamente importante?
Les recuerda Jesús lo anunciado por el profeta. ‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
Es la autenticidad con que hemos de mostrarnos en la vida, en todas las facetas de la vida, también en este aspecto religioso o cristiano. Tenemos que darle autenticidad, veracidad a aquello que hacemos, que no solo sean con nuestros labios, con gestos externos que hagamos como mera costumbre, pero que interiormente no nos significan nada.
Y en esto quiero resaltar algo que parece lo más normal, nuestras prácticas religiosas, ya desde nuestras oraciones personales, como nuestra participación en las celebraciones litúrgicas. Muchas veces se nos quedan en una rutina; es cierto que no nos podemos pasar sin hacer nuestras oraciones, y como dicen algunos no me puedo dormir sin rezar mis oraciones, pero cuidado que sea solo como una cantinela que nos adormece; no tengo sueño y me pongo a rezar para que me dé sueño. Y eso nos pasa, y eso es la manera como hacemos muchas veces las cosas.
Y lo mismo tendríamos que decir de nuestra participación en las celebraciones litúrgicas, como la misa por ejemplo. Yo fui a Misa, yo estaba en Misa, decimos, tu cuerpo, pero tu mente, ¿dónde estaba? ¿Aquellas oraciones en verdad eran tu oración porque tú lo estabas sintiendo por dentro, viviendo por dentro? Mucho tenemos que revisar en la vida en este sentido, no me quiero ahora alargar en este comentario y reflexión.


Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina, sino que en verdad sea vida en nosotros.

viernes, 22 de noviembre de 2019

La expulsión de los vendedores del templo nos dice que es necesario detenerse a reflexionar, a ver nuestra vida y cuanto nos sucede y saber leer esos signos de Dios para nosotros hoy


La expulsión de los vendedores del templo nos dice que es necesario detenerse a reflexionar, a ver nuestra vida y cuanto nos sucede y saber leer esos signos de Dios para nosotros hoy

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal. 1Cro 29,10-12; Lucas 19,45-48
Hay ocasiones en que nos podemos encontrar con un gesto realizado por alguien, un hecho que nos sucede y que se salta todo lo previsible, algo que nos llama la atención, que puede incluso escandalizarnos porque no lo entendemos, que de alguna manera nos conmociona y nos hace pensar.
Claro que tenemos que saber estar atentos en la vida porque a veces nos pueden pasar desapercibidos y no los tenemos en cuenta ni siquiera captamos su sentido. Cuando nos detenemos algo a pensar nos damos cuenta que aquello tiene un significado, que puede ser una llamada a nuestra conciencia, que puede ser un despertar y un abrirnos a algo nuevo que quizá nos trasciende.
Vivimos sin embargo muchas veces demasiado superficialmente y dejamos pasar grandes oportunidades para nuestra vida, hermosos testimonios que podrían hacer que nuestra vida sea mejor. Esa superficialidad nos hace mucho daño en la vida porque nos puede hacer perder el sentido de cosas que aparentemente son pequeñas pero que pueden cosas grandes para nuestra vida. Es necesario detenerse a reflexionar, a rumiar lo que nos pasa, lo que contemplamos, lo que vemos o lo que escuchamos en nuestro entorno; grande seria la riqueza para nuestra vida. Tenemos que aprender también a dejarnos sorprender.
Hoy el evangelio nos presenta un hecho verdaderamente profético de Jesús. Después de aquellas lágrimas al contemplar su ciudad que le hicieron aflorar todas sus emociones, se abre paso Jesús hasta el templo de Jerusalén. El camino de bajada del monte de los Olivos, tras atravesar el torrente Cedrón que circunvalaba la ciudad y el templo por su lado este sube de nuevo la colina y atravesando la llamada Puerta Hermosa – hoy clausurada en la actual muralla – introducirse en el templo.
Allí el espectáculo que se ofrece realmente no es agradable ni da el sentido profundo que tendría que tener el templo como lugar de oración y encuentro con Dios. Justificándose en la necesidad de tener lo necesario para el culto y los sacrificios aparecen en aquellas explanadas multitud de vendedores y cambista de dinero que lo convierten todo en una muchedumbre tumultuosa. Qué parecido a lo que sigue sucediendo en torno a nuestros templos y sobre todo santuarios de especial devoción y afluencia de fieles.
Y ahí surge el gesto profético de Jesús echando fuera a todos aquellos vendedores y quitando de en medio todo lo que representaba un negocio en torno al culto debido a Dios. No entenderán el por qué de ese gesto de Jesús y por que tiene que meterse con algo que parecía tan natural en torno al templo. Suscitará preguntas, interpretaciones y será un motivo más para querer quitar de en medio a Jesús. Andaban ya acechando como acabar con El porque además desbarataba los intereses de tantos. Incluso las palabras de Jesús serán utilizadas en su contra sin haberlas realmente entendido cuando lo acusen ante el Sanedrín.
Nos habla el gesto de Jesús de la necesaria purificación del templo, pero  nos estará hablando más hondamente de la purificación de nuestro templo, de nosotros mismos que en verdad somos ese templo de Dios que quiere morar en nosotros. ¿Estaremos lo suficientemente purificados? Fácil nos es el juzgar lo que sucedía entonces en aquel templo de Jerusalén y en los intereses de tantos que lo rodeaban, pero nos cuesta más mirarnos a nosotros mismos, mirar nuestra situación actual, mirar también lo que nos sucede en la Iglesia para que sea en verdad ante el mundo esa verdadera morada de Dios entre los hombres, ese signo vivo de la presencia y del amor de Dios para todos.
Es necesario detenerse a reflexionar, a ver nuestra vida y cuanto nos sucede y saber leer esos signos de Dios para nosotros hoy.


domingo, 11 de noviembre de 2018

¿Hasta qué punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios?


¿Hasta qué punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios?

1Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28;  Marcos 12, 38-44

Estaba Jesús enfrente de la entrada del templo y el evangelista nos señala cómo Jesús iba observando toda aquella gente que iba entrando al templo.
Judíos devotos que cada día subían al templo para la oración en la hora de los sacrificios, lo ofrenda del pan de la mañana o los sacrificios vespertinos, gente que acudía para escuchar a los maestros de la ley que desparramados por aquellos pórticos hacían comentarios a la Ley y los Profetas, los que acudían con los animales para los sacrificios quizá entraran por otra puerta, cercana a la piscina de las ovejas pero por allí entrarían los cambistas con sus dineros para el cambio a la moneda del templo, peregrinos venidos de cualquier lugar de la tierra de Judá e Israel o llegados desde los lugares lejanos de la diáspora, gente sencilla, pequeños y grandes, niños y mayores, sacerdotes y levitas, saduceos y fariseos.
Y allí en el cepillo de las ofrendas iban dejando sus limosnas; unos callados y humildemente, otros quizá entre aspavientos que llamaran la atención de los circundantes para que vieran lo generoso de sus ofrendas. Jesús observa; solo él puede ver el corazón de los hombres y las rectas intenciones o el amor que había en aquellos corazones. El culto a Dios que allí se celebraba y el esplendor de aquel templo se sostenía, por así decirlo, desde aquellas ofrendas que allí se hacían. Y muchos querían que fuera esplendoroso.
Alguna vez también habremos estado enfrente de las puertas de nuestros templos, quizá porque esperábamos a alguien o que fuera el tiempo de las celebraciones, o quizá en la visita a algún santuario especial como tantos repartidos por tantos lugares. Y distraídamente quizá nos habremos fijado también en los que entraban o salían de nuestros templos o santuarios, observando la diversidad de personas que traspasan esos umbrales hacia lo sagrado desde distintas motivaciones, unos en su fervor, otros quizá desde la curiosidad de conocer algún lugar especialmente artístico, otros simplemente porque acompañaban a algún familiar o amigo en alguna circunstancia especial; no queremos entrar en juicios o cavilaciones pero diversos pueden ser los motivos o las actitudes. Algo o alguien quizá en un momento determinado pueden habernos llamado la atención, mientras otros pasan desapercibidos delante de nosotros.
Pero Jesús si conoce el corazón de los hombres y se ha fijado en la que parece más pequeña y más humilde que también ha depositado callada y silenciosamente su ofrenda en el cepillo. Y aunque de aquella mujer ni siquiera conocemos su nombre, solo que era una pobre viuda – y decir viuda era sinónimo de pobreza y necesidad porque ya no tenia quien sostuviera su vida -, y ni ella se enteraría de los comentarios de Jesús porque sigilosamente se ha introducido en el templo Jesús sí quiere hacerle un comentario a los discípulos. ‘Os aseguro, les dice, que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie’.
Anteriormente a ella habrían pasado ricos con sus generosas o portentosas ofrendas, habrían desfilado como lo seguirían haciendo los orgullosos fariseos con sus campanilleos y aspavientos para que todos vieran su aparente generosidad, pero Jesús nos viene a decir que aquella mujer ha echado más que nadie. ‘Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Ya antes Jesús había prevenido a los discípulos. ‘¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa’. No ha de ser ese nuestro estilo ni el sentido que le demos a lo que hacemos. No es esa la manera como habremos de ir por la vida poco menos que comiéndonos el mundo y atropellando cuanto y cuantos encontremos.
El culto que le demos a Dios no se ha de sustentar ni en cosas portentosas ni en vanidades. No son cosas lo que nos pide Dios que le ofrendemos sino nuestra propia vida, el corazón. Es la imagen que vemos reflejada en aquella pobre mujer; nada tiene e incluso se desprende de lo poco que tiene. ‘Ha echado lo que tenia para vivir’, que nos dice Jesús resaltado la ofrenda de aquella mujer. Ha puesto allí su vida.
Ella sabe que su vida no depende de cosas sino depende en lo más profundo de Dios y con esa confianza hemos de saber caminar por la vida. Porque nos confiamos en un Dios que nos ama, un Dios que es nuestro padre y no abandona a sus hijos. De su mano hemos de hacer el camino con la confianza puesta totalmente en El. Es la fe, es el fiarnos de Dios, es el confiar en El por encima de todas las cosas. Y a ese amor de Dios respondemos nosotros con nuestro amor. Ese es el verdadero culto que Dios nos pide.
Y quien ama se confía. Quien ama de verdad en el amor encuentra toda su fortaleza. Y aunque no lo terminemos de creer Dios cada día va haciendo el milagro de su amor sobre nosotros y se nos va manifestando de mil maneras. Claro que no siempre tenemos los ojos abiertos para descubrirlo, cerramos demasiadas veces en la vida los ojos de la fe.
Seguimos pensando en las cosas como la solución de nuestra vida y terminamos por tener más confianza en las cosas que poseemos que en Dios, a pesar que decimos que creemos en El y le amamos. ¿Hasta que punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios? ¿Hasta donde llega el nivel de nuestra fe?


lunes, 10 de septiembre de 2018

Hagamos que cualquier función que desempeñemos esté siempre en función del bien de la persona para llenar de más humanidad la vida y el mundo


Hagamos que cualquier función que desempeñemos esté siempre en función del bien de la persona para llenar de más humanidad la vida y el mundo

1Corintios 5,1-8; Sal 5; Lucas 6,6-11

Ya no es hora, ya se pasó del horario, así que no puedo atenderte, ven mañana. Y por mucho que supliquemos aquel funcionario, aquella persona tras el mostrador de la oficina, o tras la mesa de su despacho no  hay quien la convenza, por mucho que le digamos no nos va a atender. Nos habrá sucedido, o habremos escuchado hechos semejantes. A esto, claro, podemos unir las miles de exigencias y burocracias con que llenamos nuestras relaciones en estos ámbitos en que llegamos a dejar de cuidar de verdad a la persona.
Respetamos, por supuesto, el trabajo de cada uno, sus horarios y su derecho también al descanso, pero reconozcamos que muchas veces somos inhumanos, prima más un horario, un reglamento, nuestras cosas persónale que la necesidad quizás de una persona para que le atiendan o le resuelvan un problema. ¿Qué es lo que priva más? ¿Qué es lo más importante? ¿El reglamento, unas normas, unas exigencias burocráticas o la persona? ¿Un horario o el sufrimiento de alguien? ¿El interés por servir a la persona o mis intereses personales? Queden ahí las preguntas, porque nos puede suceder en negativo, en que seamos quienes lo suframos, o pudiera suceder del otro lado en las actitudes o posturas de nuestra parte.
Este hecho o situación humana que nos puede suceder de una forma o de otra me lo trae a la memoria lo que hoy nos cuenta el evangelio. Es bueno que nos fijemos en nuestras situaciones humanas, en las posturas que nosotros vamos tomando en la vida porque algunas veces no estamos tan distantes de lo que criticamos de otros, o las situaciones que nos propone el evangelio de hechos acaecidos en el entorno de Jesús y el mundo judío en que se desarrolla el evangelio.
Era sábado, Jesús había ido a la Sinagoga donde solía enseñar aprovechando el encuentro de la gente y la lectura de la ley y los profetas que allí siempre se hacia para la oración y la adoración del sábado. En esta ocasión le están acechando los escribas y fariseos y entre la gente que había en la sinagoga para la oración había un hombre con su mano paralizada. Ya sabían cual era el estilo del corazón de Cristo, que donde había sufrimiento aparecía el amor y la compasión. Por eso le acechan a ver qué hace, siendo sábado que no se podía trabajar.
Y ahí viene la pregunta que Jesús les hace. ‘Os voy a hacer una pregunta, les dice, ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ la ley sabática en su origen para motivar a que la gente dedicara ese día para Dios, al mismo tiempo que les sirviera de descanso evitando todo tipo de esclavitud en el trabajo, prohibía hacer trabajo alguno en el día del Señor.  Pero de ahí viene la pregunta de Jesús, ¿no se puede curar? Porque es sábado ¿tenemos que dejar a alguien en su sufrimiento sin que se le pueda hacer nada para remediar su dolor?
Había una cosa buena en imponer el descanso evitando así cualquier tipo de esclavitud o dominio de la persona, y además para dedicarlo al culto al Señor, pero ¿no se podía hacer también algo mejor como era el curar o atender a alguien en su sufrimiento? Pero los fariseos muy estrictos y minuciosos habían impuesto miles de normas y reglamentos para mantener ese estricto cumplimiento de la ley que hasta les volvía inhumanos.
Nos puede valer esta consideración para muchas cosas de nuestra vida, para esas nuevas actitudes que tendría que haber siempre en nuestros corazones que nos llenaran de humanidad e hicieran más humanas nuestras relaciones y nuestro mundo. Cuidado que cosas así nos sucedan también en el ámbito de nuestra Iglesia. Y en aquellas situaciones que mencionábamos al principio de esta reflexión hemos de saber poner más humanidad.

viernes, 1 de junio de 2018

Profundidad y altura de miras en la vida para despojarnos del ropaje de la vanidad y la superficialidad


Profundidad y altura de miras en la vida para despojarnos del ropaje de la vanidad y la superficialidad

1Pedro 4,7-13; Sal 95; Marcos 11, 11-26

Eso no es sino ramaje, apariencia, luego no se recogerá cosecha. Recuerdo que con palabras parecidas en alguna ocasión le escuche a mi padre, agricultor, que aquello que veíamos en la huerta con tanto ramaje solo se podía quedar en eso y que luego no pudiéramos tener buena cosecha.
Así nos puede pasar en la vida, nos quedamos en muchas ocasiones en apariencias, palabras bonitas, hermosas promesas, muchos propósitos, pero luego en el fondo de la persona no hay nada, sino que todo se queda en lo superficial, en consecuencia, en la mentira y en la falsedad. Tenemos que aprender a trabajar la vida desde el fondo, poniendo buenos cimientos, dándole un buen cultivo, abonando de verdad con verdaderos valores nuestra existencia, no quedándonos nunca en lo superficial ni en la apariencia, dándole un buen y verdadero sentido a lo que hacemos, purificando todo lo que sea necesaria con una buena poda de ramas superficiales y también de ramajes de malas costumbres que serán un obstáculo para nuestro crecimiento personal, poniendo también metas altas y llenas de espíritu en nuestra lucha y en nuestro caminar.
Cuando vivimos en la superficialidad, aunque nos creamos que todo es bello y es fácil y nos sentimos hasta contentos porque no tenemos que esforzarnos tanto, nos hacemos daño a nosotros mismos, pero es que también podemos dañar a los demás. Es que para mantener esa apariencia y vanidad avasallamos cuanto encontremos a nuestro paso y nos volvemos manipuladores, egoístas, intransigentes con los demás sobre todo con aquellos que no nos ríen la gracia. Esa apariencia es una forma de creernos superiores y llenos de poder y todo lo que pueda ser obstáculo a ese endiosarnos a nosotros mismos, lo queremos quitar de en medio. Lo vemos en tantos que se creen poderosos.
Las imágenes que hoy nos ofrece el evangelio nos llevan por estos derroteros. Nos habla de una higuera frondosa, pero que no tiene higos; nos habla de un culto vació y superficial en el templo de Jerusalén reducido a una serie de sacrificios en los que todo se queda en lo material de manera que han cambiado el sentido de lo que tendría que ser el templo, casa de Dios y casa de encuentro para la significación de la persona. No es eso lo que quiere Jesús; le veremos maldiciendo la apariencia de aquella higuera que no da fruto, pero también purificando el templo para que no sea una cueva de ladrones. Cuánta superficialidad y cuantas manipulaciones, cuánta pérdida de valores y cuanta vanidad y apariencia. Faltaba la profundidad de la verdadera fe.
Es lo que finalmente nos quiere enseñar Jesús, que le demos esa profundidad y también esa altura de miras a nuestra vida. Pero eso, incluso, cuando vamos a acercarnos al Señor con nuestra oración hemos de saber hacerlo desde el interior de nosotros mismos con un corazón limpio de toda maldad. Pero para eso necesitamos una purificación. Con un corazón maleado en rencores y regimientos, un corazón que no sabe sanarse perdonando de verdad y siendo verdaderamente misericordioso con los otros no podemos acercarnos al Señor con la pretensión que nos escuche en nuestras peticiones. ‘Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’, nos dice el Señor.
Profundidad, pues, y altura de miras en la vida para despojarnos del ropaje de la vanidad y la superficialidad y así podamos dar verdaderos frutos de vida.


lunes, 11 de septiembre de 2017

El tiempo de nuestro descanso podría ser el momento para a ir a encontrarnos con esa persona que vive en soledad, quizás por sus años, quizá por sus enfermedades u otras circunstancias de la vida

El tiempo de nuestro descanso podría ser el momento para a ir a encontrarnos con esa persona que vive en soledad, quizás por sus años, quizá por sus enfermedades u otras circunstancias de la vida

Colosenses, 1,24-2,3; Sal 61; Lucas 6,6-11
‘¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ Es la pregunta que les hace Jesús ante la resistencia y los recelos que tenían algunos porque era sábado y Jesús se había atrevido a curar a un enfermo. La ley del descanso sabático pesaba como una loza sobre la conciencia de aquellos tan fieles cumplidores de la ley. Por eso están al acecho de lo que haga Jesús. Curar era considerado como un trabajo y el sábado no se podía hacer ningún trabajo porque en el descanso todo tenía que estar reservado para el Señor. Pero ¿podian llegar las exigencias de la ley del descanso sabático hasta impedir que un hombre que sufría fuera curado? Las incongruencias de los legalismos cuando no hay verdadero espíritu en el corazón.
Pero puede ser una pregunta que nos haga también Jesús a nosotros. Ya sé que eso del descanso del día del Señor nos lo tomamos a nuestra manera. Por supuesto que el descanso es un bien para la persona y todos lo necesitamos. Ese detenernos de lo que son nuestros trabajos habituales sobre todo en referencia a las jornadas laborales donde vamos a recibir un salario para nuestro sustento, son algo importante que valoramos mucho en nuestra sociedad actual.
Necesitamos ese encuentro con los demás, ese convivir más intensamente con aquellos que amamos como son nuestra familia o también nuestros amigos; hemos de saber dedicar un tiempo a los nuestros, como necesitamos un tiempo también para nosotros mismos. Está bien y hasta es necesario sicológicamente ese desconectar de lo que son nuestras tareas habituales, pero quizá también habríamos de buscar un modo de darle el mejor sentido y valor a esa tiempo de nuestra actividad.
Como creyentes y cristianos es también el tiempo que aprovechamos mejor para nuestro culto al Señor; si cada día el cristiano ha de vivir la presencia de Dios en su vida sabiendo invocarle y darle gracias, pidiendo su gracia y su fuerza para las tareas y para la lucha de cada día y también para saber sentir su luz en nosotros que nos ayude, nos ilumine para esos pasos de nuestro diario caminar, en el tiempo del descanso podemos tener la oportunidad de un tiempo mas intenso de encuentro con el Señor, para escucharle, para sentir como camina junto a nosotros alimentando nuestra vida.
Es lo que hacemos los cristianos con la participación en la Eucaristía dominical, pero también cuando sabemos encontrar esos momentos de interioridad para saborear más pausadamente la palabra del Señor. No es solo un rito o una imposición de una norma, sino necesidad espiritual de nuestra vida. Solo así podremos levantar mejor nuestro espíritu sabiendo mirar a lo alto y teniendo fuerza para trazarnos también metas altas en nuestra vida.
Pero creo que podría ser también el tiempo para el vivir con más intensidad el compromiso de nuestro amor. Recojamos la pregunta de Jesús que recordábamos al principio. ‘¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ puede ser y tiene que ser el tiempo de dar vida, de compartir nuestro tiempo y nuestra persona en al amor a los demás. Son tantas las tareas que podemos hacer en este sentido. ¿No podría ser el momento para a ir a encontrarnos con esa persona que vive en soledad, quizás por sus años, quizá por sus enfermedades u otras circunstancias de la vida? Ahí queda el planteamiento y miremos qué hacemos o qué podemos hacer en este sentido que seguro que tenemos muchas posibilidades.

viernes, 21 de julio de 2017

Actitudes nuevas, valores profundos, verdadero respeto a la persona y su dignidad que nos lleven a buscar de verdad la gloria del Señor

Actitudes nuevas, valores profundos, verdadero respeto a la persona y su dignidad que nos lleven a buscar de verdad la gloria del Señor

Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8
Rápido nos viene a nuestra mente el pensamiento con que enjuiciamos y condenamos a los demás. Atentos estamos a lo que haga el otro para hacernos nuestro juicio sobre lo que hace aunque solo nos dejemos llevar por las apariencias. Poco podemos saber sobre lo que hay en el interior del hombre y la razón o el por qué de lo que hace, pero nosotros en nuestro juicio parece que nos lo sabemos todos y creemos saber más los por qué de lo que hacen mas que los mismos que lo hacen.
Cuando vamos prejuzgando en la vida a los demás ya vamos interponiendo barreras porque en nuestro orgullo nos creemos superiores y que estamos por encima de los demás y nos creemos con derecho para opinar y para juzgar lo que hacen los otros. Nos alejamos así de las personas porque en nuestro prejuicio no querríamos mezclarnos con ellos para que otros no nos juzguen iguales a ellos.
Es difícil que así seamos capaces de colaborar, de trabajar juntos por hacer que nuestro mundo mejor o que nuestras relaciones sean más amistosas y fraternales. Con nuestros prejuicios ponemos barreras y estamos poniendo imposible cualquier relación amistosa. Pero ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? ¿Qué derecho tengo a condenar al otro cuando en mi corazón esta floreciendo la maldad con esos juicios y condenas que estoy haciendo a los demás? ¿No seria más hermoso una auténtica corrección fraterna en la que como hermanos y con humildad nos ayudemos mutuamente? ¿No necesitaré yo también de esa ayuda para mejorar muchas cosas en mi vida porque tampoco yo soy perfecto?
Me viene a la mente esta reflexión que tendría que valerme para yo mejorar mis actitudes y para poner más humildad en mi corazón, a partir de lo que hoy vemos en el evangelio. Por allá andan los fariseos pendientes de lo que puedan hacer los discípulos de Jesús para aprovechar cualquier ocasión para tratar de desprestigiar la obra de Jesús.
Los discípulos realizan quizás distraídamente lo que cualquiera hace al pasar por un sembrado. Hay unas espigas que están granando ya su cosecha y se siente uno tentado en el buen sentido de coger una de esas espigas, estrujarla en la mano y llevarse a la boca aquellos granos que aun están en proceso de maduración. Pero es sábado mientras caminan de un lugar a otro en medio de aquellos sembrados. Aquello podía considerarse un trabajo y en el sábado no se puede trabajar. Tajantes son en el cumplimiento del descanso sabático y aquello podría equivaler a la siega, a la trilla y no se cuantas cosas más. Y allí surge el juicio y la condena.
Qué quisquillosos nos volvemos tantas veces en la vida buscando maldades, segundas intenciones para poner pronto el prejuicio y la condena. ¿Podemos andar así por la vida y ser felices? ¿No tendrían que ser otras las actitudes?
Claro que Jesús quiere aclararnos que el cumplimiento de la ley del Señor ha de tener otro sentido. Nunca podremos mirarlo como esclavitud, siempre tiene que ser una ofrenda de amor, y siempre la persona tiene que verse enriquecida en su interior que es lo verdaderamente importante.
No podemos convertir la religión y los actos religiosos que realicemos como un mero cumplimiento, una rutina o una ley que nos esclavice en un cumplimiento ritual. Una mayor profundidad hemos de darle a todo lo que sea nuestra relación con Dios, porque Dios quiere siempre la grandeza del hombre y no el sufrimiento.

martes, 17 de enero de 2017

El día de descanso hemos de saber convertirlo en un día de encuentro intenso para la convivencia familiar y el encuentro con los demás desde el encuentro que vivimos con el Señor

El día de descanso hemos de saber convertirlo en un día de encuentro intenso para la convivencia familiar y el encuentro con los demás desde el encuentro que vivimos con el Señor

Hebreos 6,10-20; Sal 110; Marcos 2,23-28
En la cultura que hoy vivimos, con las nuevas costumbres que se van introduciendo, teniendo en cuenta también los ritmos de trabajo que hoy se tienen, nos parece como muy fuera de lugar y nos cuesta entender los planteamientos que hoy en el evangelio vemos que le hacen a Jesús en relación al descanso sabático.
Hoy las exigencias y derechos al descanso por nuestro trabajo tienen otras regulaciones y normalmente tampoco van unidas al hecho religioso, aun cuando permanece como habitual, salvo que sean otras las exigencias del trabajo, que el descanso sea asociado al fin de semana. El ritmo de la semana desde antiguo y es herencia de la cultura antigua tiene su eje en el domingo, que si es cierto que para nosotros los cristianos tienen un hondo sentido religioso, en la cultura laica que se vive se desliga de ese sentido religioso.
Para el pueblo judío y eso en cierto modo lo heredamos los cristianos aunque lo hayamos trasladado al domingo, el descanso sabático que fue una buena norma antigua que obligaba al necesario descanso sin embargo tenia un fuerte sentido religioso. Era el día del descanso del Señor, el séptimo día como nos venia enseñado en los relatos de la creación, tenia la motivación profunda de ser el día del culto a Dios, de la alabanza y la acción de gracias por la vida recibida y por los frutos obtenidos por el trabajo del hombre.
Jesús quiere enseñarnos como hemos de vivir con autentica libertad espíritu. No nos podemos sujetar a unas normas sin mas, como si nos sintiéramos atados a ellas viviendo en una cierta como esclavitud. Es cierto que necesitamos del descanso semanal, y hemos de saberle dar su autentico sentido, nunca como una atadura. Necesita el hombre de ese descanso y podríamos decir que con esa norma heredada de la Biblia somos los creyentes como pioneros de esa defensa de esos derechos, que ahora viviremos con otros ritmos y quizás en otros tiempos.
Es algo que tenemos que saber seguir cuidando, es cierto. Aunque descanso no significa quedarnos sin hacer nada; es una buena oportunidad para el desarrollo de nuestro espíritu, la profundización en nuestra cultura, pueden ser momentos para una especial solidaridad y aprender a pensar también en los demás dedicando parte de nuestro tiempo al bien que de una forma u otra podamos hacer a los demás.
Y en nuestro sentido creyente ese día en que rompemos el ritmo de nuestras actividades es la oportunidad para ese especial culto al Señor. Es cierto que el autentico creyente cada día y en cada momento se siente en la presencia del Señor, y cada día hemos de saber dedicar parte de nuestro tiempo para ir al encuentro del Señor en la oración, la alabanza y la acción de gracias, queriendo también escuchar a Dios en nuestro corazón abriéndonos a su Palabra salvadora.
Pero en ese día del Señor nosotros los cristianos tenemos un especial recuerdo, una memoria de lo que es nuestra salvación. Por eso en ese día de manera especial hacemos y celebramos el memorial del Señor, muerto y resucitado para nuestra vida y salvación. Es el día en que participamos en la celebración de la Eucaristía, uniéndonos a la alabanza y la acción de gracias de toda la Iglesia y dejándonos iluminar por la Palabra del Señor que se nos proclama alimentamos nuestra vida en Cristo con la comunión eucarística.
No es el rito que tenemos que realizar, ni la obligación que tenemos que cumplir; es la necesidad de nuestro espíritu, es el deseo de llenarnos de Dios, es el hambre de su palabra, su presencia y su gracia para vivir de forma comprometida nuestra fe. Por eso seremos capaces de dejarlo todo para ir al encuentro con el Señor y de ese encuentro del Señor saldremos con nuestro espíritu rebosante de gracia para ir también al encuentro con los demás. Ese día de descanso se convierte así en un día de encuentro intenso en que vamos a vivir de forma muy especial en la unidad familiar, pero vamos también a aprender a convivir mejor con los amigos, con los compañeros, con los que nos rodean.
Qué hermoso sentido le daríamos a nuestro descanso; qué hermoso sentido le daríamos así al día del Señor.

viernes, 27 de mayo de 2016

No podemos ser solo una higuera llena de hojas sino que en nuestra vida se han de manifestar los frutos del amor como respuesta al amor eterno de Dios

No podemos ser solo una higuera llena de hojas sino que en nuestra vida se han de manifestar los frutos del amor como respuesta al amor eterno de Dios

1Pedro 4,7-13; Sal 95; Marcos 11, 11-26

‘Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas…’ Caminaba desde Betania a Jerusalén y dice el evangelista que Jesús sintió hambre. Pero en la higuera todo se había quedado en hojas, no tenía fruto.
Una imagen bien significativa de lo que Dios pedía de su pueblo; una imagen bien significativa de lo que nos pide a nosotros también. Ya nos hablaba el profeta de la viña amada que tanto había cuidado su amo, pero que no dio uvas buenas, sino agraces; ya nos hablará Jesús también de la viña en la parábola en la que tanto empeño había puesto el amo para confiarla luego a unos labradores que la cuidaran y rindieran fruto, pero no lo hicieron. En el mensaje del evangelio siempre hemos de ver la relación de unos textos con otros y como se explican mutuamente.
Hay una referencia clara al pueblo de Israel. Ahí estaba su historia, una historia de salvación, una historia de amor de Dios por su pueblo a lo largo de la historia; cuánto había hecho por su pueblo con sus profetas y reyes, con la liberación de Egipto y el paso del mar Rojo, con la travesía por el desierto guiados por Moisés, a la sombra de la nube que los cubría, con la luz de la salvación que les conducía. Y ya sabemos bien la respuesta.
Pero el texto de hoy nos relata más cosas, porque al llegar al templo y ver su situación Jesús quiere purificarlo. ‘¿No está escrito: Mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos…’ El lugar santo que tenia que servir para dar culto al Señor, para el encuentro vivo con Dios en la escucha de la Ley y los Profetas y en el cántico de alabanza al Creador se había convertido en un mercado. 
Cómo tenemos la tentación de profanar lo más santo, de convertir aquello que tendría que ayudarnos a nuestro encuentro con el Señor en algo que satisfaga nuestros intereses o busque acrecentar nuestras ganancias. Cuantas tentaciones tenemos de manipular lo más religioso y sagrado solo buscando nuestro interés egoísta. Cómo queremos manipular o chantajear de alguna manera a Dios en nuestra relación con El porque realmente no buscamos la gloria del Señor. ‘El culto que me dan está vacío…’ es la queja del Señor a través de los profetas y que nos refleja también el evangelio.
Por eso hoy tenemos que preguntarnos con toda sinceridad tras la escucha de este evangelio cuál es el fruto que nosotros estamos dando como respuesta a todo lo que es el amor del Señor que de manera tan maravillosa se derrama sobre nuestra vida.
Jesús terminará hablándonos de la fe, la fe capaz de mover montañas, cuando en verdad ponemos toda nuestra confianza en el Señor. No se trata, entendemos bien, de cambiar la geografía de cuanto nos rodea, sino de esa transformación de nuestro corazón. No es un adorno externo que nos ponemos, sino que tiene que ser algo hondo que en verdad transforme y de un sentido nuevo a nuestra vida. Esa fe que nos hace sentirnos amados por un Dios que es Padre del que verdaderamente hemos de sentirnos hijos amados.

viernes, 30 de octubre de 2015

La gloria del Señor está en que sepamos hacer más feliz a quien está a nuestro lado borrando de su vida todo lo que le hace sufrir

La gloria del Señor está en que sepamos hacer más feliz a quien está a nuestro lado borrando de su vida todo lo que le hace sufrir

Romanos 9,1-5; Sal 147; Lucas 14,1-6

Hay momentos en que tenemos la sensación de que estamos siendo observados y lo  normal es que de alguna manera nos sintamos incómodos; no nos agrada, nos parece que nos están desnudando con sus ojos y en su pensamiento, analizando nuestros actos, interpretando lo que hacemos. En esa incomodidad no sabemos qué hacer, o pasamos olímpicamente de ello y nos da igual lo que miren, piensen u opinen, o tenemos la tentación de acomodarnos un poco y tratar de parecer normales, o también podemos reaccionar de mala manera según sea nuestro temperamento. En la madurez de nuestra vida, cuando obramos rectamente no nos importa que nos miren y seguimos actuando con toda rectitud.
A Jesús también lo observaban, algunos miraban con lupa lo que hacia y lo que decía y cuándo actuaba. Pero como alguien le dijo un día ‘sabemos que eres sincero t veraz y no tienes ninguna acepción de personas’. Ahora nos cuenta el evangelio que lo habían invitado a casa de unos de los principales fariseos y allí estaban letrados y fariseos expiando a ver qué es lo que hacía.
Era sábado. Y allí estaba un hombre enfermo de hidropesía. Y Jesús pregunta qué es lo licito de hacer el sábado. Era el día del Señor; todo tenía que estar centrado en el culto a Dios. Pero el culto que había que tributarle a Dios ¿era solamente lo que en el templo o en la sinagoga se pudiera hacer? ¿Solo serían los sacrificios del templo o la lectura de la ley y los profetas de las sinagogas? ¿Y la gloria del Señor no es el buscar el bien del hombre? ‘Y se quedaron sin respuesta’, dice el evangelista ante las preguntas que en este sentido Jesús les hacia.
Allí tenía que manifestarse la gloria del Señor. En la curación de aquel hombre que era mucho más que simplemente curarle de su enfermedad. Era la atención, la cercanía, el contacto humano, el amor en una palabra lo que en verdad iba a curar a aquel hombre, por lo que aquel hombre podría sentirse sano, sentirse feliz. Y esa es la gloria del Señor que hemos de buscar.
Vamos a iniciar el año de la misericordia al que nos ha convocado el Papa. Pero que no se quede en bonitas palabras sino que se manifieste de verdad la misericordia del Señor en su Iglesia. Aun seguimos pendientes más de las normas y de las leyes, de los ritos y de la imagen que podamos dar, que de una autentica misericordia con la que nos acerquemos a todas las personas.
Todavía seguimos condenando con dureza de corazón, sin llenarnos de ternura para ver cual es la situación humana de aquel que quizá haya obrado mal y porque obró quizá en un momento mal ahora excluimos y separamos. No terminamos de mirar cuanto es el sufrimiento que puedan tener en su interior esos a los que condenamos y excluimos. Todavía en nuestra Iglesia tenemos muchas cosas que revisar.
En nuestro corazón, en nuestros gestos y en nuestras actitudes, en nuestra manera de actuar, en nuestras relaciones con los demás mucho tenemos que revisar para en verdad nos manifestemos compasivos y misericordiosos, como nos dice el evangelio, que tenemos que ser pareciéndonos al Padre bueno que siempre es compasivo y misericordioso.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

No seamos niños en lo tocante a nuestra fe y vida cristiana sino busquemos la forma de madurar como cristianos

No seamos niños en lo tocante a nuestra fe y vida cristiana sino busquemos la forma de madurar como cristianos

1Timoteo, 3, 14-16; Sal 110; Lucas, 7,31-35

Son como niños, solemos decir cuando nos encontramos con alguien lleno de caprichos, sin saber realmente lo que quiere apeteciendo de todo, ahora esto, después la ultima novedad que aparezca, sin criterios, sin una personalidad definida. Y algunas veces vamos así por la vida y nos cuesta reconocerlo en medio de nuestras dudas y nuestras indecisiones, con nuestra falta de criterios y sin unos principios bien definidos. Somos inmaduros. Nos hace falta poner unos fundamentos serios en la vida.
Es lo que vemos hoy en el evangelio que Jesús les echa en cara a los judíos de su tiempo. Que si Juan era muy austero, que si Jesús es un comilón; que si ahora todos los aclamamos porque nos entusiasman sus milagros, pero luego le tiramos piedras porque no accede a nuestros caprichos pueblerinos; que si en un momento todos son alabanzas  porque habla muy bien, pero luego lo criticamos porque qué va a saber él y donde ha aprendido que no es más que el hijo del carpintero y al final hasta quieren tirarlo por un barranco.
Así pasaba en tiempos de Jesús. Pero así sigue pasando en nuestro tiempo. Andamos a la última novedad. Recibimos muy entusiasmados a un nuevo sacerdote que nos llega a la parroquia porque estábamos hasta el gorro con el que teníamos, pero a éste pronto se le comenzarán a poner los 'peros', porque si anda con este o se mezcla con no sé quien, que si todo lo viene cambiando o que es un novelero. Todos tenemos esas experiencias en nuestros pueblos.
Y lo decimos de eso tan cercano como  pueda ser nuestro pueblo o lo decimos del Obispo o de la Iglesia universal. Pareciera que andábamos solamente tras la novedad unas veces y otras queremos anclarnos en el pasado para que nada cambie porque ya andábamos bien como estábamos.
Nos hace falta madurez en nuestra vida cristiana, en nuestra vida personal y en nuestras comunidades en su conjunto. Y esa falta de madurez puede estar originada en que nos falta una profunda formación cristiana donde tengamos bien claro lo que son los principios del evangelio, lo que en verdad es el estilo del Reino de Dios que nos anuncia Jesús. Y para eso necesitamos leer más el evangelio; en una lectura personal que nos sirva de meditación y de oración para sentir la voz del Espíritu allá en nuestro interior, pero también en una lectura llamémosla comunitaria, porque nos pongamos a estudiar más a fondo el evangelio  y todo lo que es nuestra fe cristiana en cursos o reuniones de formación que tendrían que abundar más en nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias.
Creo que es algo que todos tendríamos que plantearnos seriamente. Desde los cristianos de a pie, por llamarlos de alguna forma, que manifiesten ese deseo de formarse y de participar  con mayor seriedad y compromiso en esos grupos de formación cristiana, como desde nuestros pastores que tendrían que hacer mayores ofertas de grupos de formación en nuestras parroquias.
Muchas veces estamos muy preocupados por el culto, por nuestras celebraciones, por nuestras fiestas y cosas extraordinarias que hagamos y no se pone tanto empeño en dedicar tiempo  a esas grupos de formación, llámese catequesis de jóvenes o de adultos o como queremos llamarlos. Los pastores tendrían que sentarse más con esos grupos para dialogar, para formar, para enriquecer a fondo la fe de nuestro pueblo, aunque cueste, aunque tengan también que prepararse para encontrar los mejores medios y métodos, porque no siempre se sabe hacer.  Reconozcamos que es una carencia muy fuerte.

martes, 10 de febrero de 2015

El culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón con la fuerza del Espíritu

El culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón con la fuerza del Espíritu

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8,4-5.6-7.8-9; Marcos 7,1-13
‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Son duras las palabras de Jesús, recordando lo dicho por el profeta Isaías; a continuación les señala cosas muy concretas de lo que se habían convertido en normas y leyes en el pueblo de Israel.
Pero no nos contentemos con comentar lo que sucedía en tiempos de Jesús y que Jesús denuncia, sino que eso tenemos que escucharlo hoy, en nuestra vida. ¿Cuál es el culto verdadero que nosotros le ofrecemos al Señor? Podríamos decir que con la sagrada liturgia que celebramos estamos ofreciendo el sacrificio más agradable al Señor, porque cada vez que celebramos una acción litúrgica estamos ofreciendo el sacrificio de Cristo. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, Ven, Señor Jesús’ decimos, es cierto, cada vez que celebramos la Eucaristía, memorial de la pascua del Señor, de su muerte y resurrección.
Pero ¿dónde tenemos puesto nuestro corazón? ¿Qué profundidad le damos a cada una de nuestras celebraciones sagradas? Lo que decimos con nuestros labios o realizamos con nuestros gestos y ritos ¿lo estamos en verdad viviendo en lo más hondo de nosotros mismos? ¿Podría sucedernos en algún momento que se está cumpliendo en nosotros lo denunciado por Jesús que le honramos con los labios pero el corazón lo tenemos lejos de El?
Y no es solo que en algún momento nuestra atención se distraiga por cualquier motivo mientras estamos en la celebración, porque no siempre nos concentramos debidamente y surgen las distracciones. Sería lo menos importante, esas distracciones pasajeras, contra las que, es cierto, también tenemos que luchar.
Lo peligroso y que sería una tremenda tentación es que nos contentemos con realizar bien nuestros ritos, pero nuestra vida vaya por otros derroteros. Si estamos celebrando los misterios de nuestra salvación, es porque esa salvación estamos queriendo vivirla. Si celebramos el misterio de Cristo, es porque en verdad estamos queriendo hacer que Cristo sea el centro de nuestra vida. Si decimos que estamos escuchando la Palabra de Dios, es porque queremos plantar de verdad esa Palabra de Dios en nuestra vida y estamos esforzándonos con la gracia del Señor a dar fruto.
Nos expresamos a través de signos y de ritos pero que tienen que tener hondo significado en nuestra vida; por una parte que comprendamos bien el significado de nuestros ritos conociéndolos bien; por supuesto, tenemos que ser fieles porque con ellos estamos queriendo expresar y vivir algo grande y misterioso como es la salvación que Dios nos ofrece en su amor. Pero no nos quedemos en ritualismo, sino que pongamos corazón, pongamos vida en aquello que hacemos.
Porque el culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón, desde lo más hondo de nuestra vida. Pero no somos nosotros los que por nosotros mismos hacemos ese culto agradable a Dios, sino en la medida en que lo vivimos unidos a Cristo, porque es con Cristo, por Cristo y en Cristo donde y cómo podemos dar la mejor gloria a Dios, nuestro Padre del cielo. Que esas palabras de la doxología, al final de la plegaria eucarística, las vivamos siempre en su más hondo sentido, dejándonos conducir por el Espíritu Santo que clama desde lo más hondo de nosotros y llena nuestro corazón.