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miércoles, 17 de junio de 2026

Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

 


Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

No eches a perder aquello que haces poniéndole demasiados galones, tantos que no se va a valorar lo que tú has sido capaz de realizar por ti mismo, por lo que tú eres y sabes hacer, sino que esos adornos externos realmente lo van a ocultar.  Para que quede bonito, decimos, y lo que estamos haciendo es desvirtuándolo.

Así nos puede suceder en muchas situaciones de la vida, por eso hemos de cuidar la autenticidad de lo que hacemos, que eres tú mismo en tu interior el que tienes que saber darle valor. Cuando ponemos otras intenciones y quiere aparecer el lucimiento realmente hemos desvalorado lo que en principio con nuestra buena voluntad habíamos querido hacer. No busquemos las alabanzas externas sino mejor lo que tú en tu interior sientas. De eso nos está previniendo Jesús.

Nos habla hoy de tres momentos o de tres situaciones, en este caso concreto, en referencia a nuestra religiosidad, pero que lo podríamos ampliar a todo lo bueno que podamos hacer en la vida. La apariencia y la vanidad están reñidas con la autenticidad, porque cuando hacemos las cosas buscando esa alabanza de los demás, aparte de nuestra vanidad le añadimos más cosas para que tengan brillo que encandile a los demás, lo que empañará el auténtico brillo que debería tener y ya ha perdido su autenticidad.

Jesús parte siempre de cosas concretas, señala situaciones que observa en su entorno, nos da pautas para nuestra autenticidad, pero quiere que evitemos las vanidades que podamos contemplar en otros que quieran presentarse como modelos para nuestra vida. Seré modelo auténtico si actúo desde mi mismo en lo que soy y en lo que vivo en lo más profundo de mi, no porque así quiera presentarme ante los demás como su yo estuviera en un estadio superior al que tienen que aspirar los que me rodean. Hemos de reconocer que somos débiles y a pesar de nuestra buena voluntad y de nuestro esfuerzo en ocasiones pueda ser que no aparezca tan perfecto para los demás. Hemos de pasar por el camino de la humildad, de reconocer lo que somos, lo que somos capaces de hacer, pero también de las limitaciones que envuelven nuestra vida.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración y del ayuno. Nos está pidiendo autenticidad, no apariencia. Ya en otro momento nos dirá que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, luego no podemos ir tocando campanillas por delante nuestro cuando vamos a compartir con los demás. La discreción hará valiosa tu generosidad pero además no humillará a quien recibe lo que compartamos.

Y al hablarnos de la oración nos dice que vayamos al lugar escondido. Recordamos la parábola que un día nos propondrá de los dos que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano. Rezar en lo escondido significa la interioridad que hemos de darle a nuestra oración, que no es cuestión de muchos rezos, como nos dice, no hacen falta muchas palabras; la oración es vivir un encuentro de amor. Es por donde tenemos que comenzar y lo que tiene que ser el meollo de nuestra oración; nos sentimos amados y nos dejamos inundar por el amor, y para eso no hacen falta muchas palabras, lo importante es vivir, es sentir en el corazón, es entrar en esa sintonía de amor que será escuchar y saborear todo ese amor que sentimos. Cuanto tendríamos que decir, cuanto tendríamos que reflexionar, cuanto tendríamos que mirar nuestra forma de orar.

Es el sentido de autenticidad que hemos de darle a nuestros ayunos. ¿Es la ofrenda de un sacrificio? Pero tiene que ser algo salido de verdad del corazón. Lo importante no es la apariencia que podamos manifestar exteriormente, sino ese control de nuestra vida que podemos aprender a hacer desde lo más hondo de nuestro corazón. No son ofrendas o sacrificios de cosas lo que le agrada al Señor, sino ese corazón contrito, ese corazón humilde que reconoce cuanto tiene que transformar en si mismo en ese camino de ascensión y superación que tiene que ser su vida.

Aprenderemos a decir no, no para machacarnos en el sufrimiento, sino como un aprendizaje de liberación; no nos ata nuestro capricho, no se nos impone nuestro egoísmo, no nos dejamos arrastrar por nuestro amor propio, no queremos que prevalezca nuestra vanidad que nos hace orgullosos y soberbios, no dejamos que se impongan sobre nosotros las pasiones, no nos queremos dejar arrastrar por el ambiente que nos rodea, y para eso tenemos que aprender a decir no; el ayuno no es en sí una limitación del alimento por si mismo, sino que el ayuno tiene que pasar por todas esas cosas de las que no nos queremos dejar dominar en la vida. No es apariencia ni se queda en gestos externos, pasa por la transformación de nuestra vida que es un camino de conversión.

Todo envuelto por la autenticidad del amor.

miércoles, 19 de junio de 2024

Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios

 


Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios

2 Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todavía hay quien va buscando el reconocimiento y el aplauso, quien va buscando, como se suele decir pero como en realidad sucede, la foto. ¿Nos gustan los aplausos? Nos sentimos halagados es cierto y se aviva nuestro orgullo y nuestro amor propio; pero también es cierto que nos sentimos turbados, al menos quienes queremos ir por la vida con humildad y sencillez. Bien sabemos que para todos no es así.

Pero hoy de lo que queremos hablar es de la sencillez y autenticidad con que hemos de ir por la vida, como nos pide Jesús. No es que ocultemos lo bueno que realicemos, porque ya en otro momento dirá que los hombres vean vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo. Una cosa es que queramos y busquemos nuestra gloria, y otra que a partir de nuestras buenas obras sean muchos los que reconozcan la obra de Dios y den gloria al Padre del cielo.

Jesús se centra hoy en tres pilares de la religiosidad y de la espiritualidad judía, como son la oración, el ayuno y la limosna. Y cuando nos ofrece sus pautas Jesús para la vivencia por nuestra parte de esa religiosidad está teniendo en cuenta lo que con cierta normalidad se contemplaba en su entorno. Jesús denuncia en muchas ocasiones las actitudes hipócritas y de vanagloria que tenían los fariseos, aquel grupo que se consideraba fiel cumplidor de la ley de Moisés en sus prácticas muy estrictas, pero que sin embargo están envueltos de vanidad y de la búsqueda de la apariencia exterior sin darle verdadera autenticidad a sus vidas.

Es lo que nos pide Jesús. Sencillez y humildad lejos de la vanidad y la apariencia, autenticidad para que aquello que realicemos lo hagamos desde el corazón, verdadera espiritualidad porque lo que se busca es la gloria de Dios viviendo en profundidad nuestro encuentro con El por medio de la oración. Lo bueno que realicemos tiene que surgir de lo más intimo y secreto del corazón.

Por eso nos dirá que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha; por eso nos pide esa interiorización en nuestra oración porque lo que buscamos es el encuentro íntimo y profundo con Dios; por eso nos pide hacer desaparecer esas señales externas que quieran manifestar nuestra penitencia y nuestro sacrificio.

Recordamos cómo alabará la actitud humilde del publicano cuando subió al templo para la oración que humilde se sentía pequeño y pecador ante Dios, frente a quien hacía gala ostentosamente de sus cumplimientos casi como una exigencia con la que se presentaba ante Dios. Vete a tu cuarto interior, nos dice Jesús, que no es tanto escondernos cuando hacer verdadero silencio en torno nuestro para poder escuchar la voz de Dios que es lo que verdaderamente importa. Cuando estamos con nuestras galas de lo que hacemos estaremos como distraídos con esas vanidades y no podremos escuchar la voz de Dios en nuestro corazón.

El ayuno no es tanto lo que le podamos restar de alimento a nuestro estómago cuanto todas aquellas cosas de las que debemos desprendernos para poder tener un corazón libre para amar de verdad según el corazón de Cristo. Ayunemos de orgullos y de vanidades, ayunemos de nuestro amor propio y de nuestros deseos de reconocimientos y recompensas, pero ayunemos también de tantas cosas que nos entretienen y nos distraen que se convierten en ataduras de las que tan difícil nos es liberarnos; pensemos en tantas cosas que tenemos a mano continuamente y estamos utilizando a cada momento, pero que si nos faltaran nos parece que ya no seríamos nadie, que nos parece que no podríamos vivir sin ellas.

Piensa, por ejemplo, en ese aparatito que ahora mismo tienes en tus manos para leer esta reflexión, ¿qué serías sin tu móvil, sin tu tablet, sin esos medios que nos unen a las redes sociales? ¿No habría que hacer ayuno de ellas para entrar más en contacto con los que tienes a tu lado?

Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios.

miércoles, 21 de junio de 2023

No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

 


No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18

Bueno, hay que decirlo así, a todos nos gusta una alabanza, una muestra de agradecimiento, que nos reconozcan lo que hemos hecho. Es muy humano. Podemos decir también que un reconocimiento puede ser un aliciente, un estímulo en esa lucha interior por salirnos de nosotros mismos para hacer algo distinto, para hacer algo que sea bueno también para los otros. Y realmente hemos de decir que no podemos quitar esos estímulos de la vida. Aunque sabemos que las cosas hay que hacerlas no por los reconocimientos que tengamos, sino desde nuestra responsabilidad, desde la humanidad que llevemos en el corazón.

Es cierto que demasiados hay en la vida que no saben actuar sino por el aplauso, por la plaquita que nos den o pongan en algún lugar con nuestro nombre. Forma parte, como decíamos, de nuestra condición humana, que halaguen nuestro yo. Pero ¿qué tiene que ser lo importante? ¿Nuestro amor propio o un amor autentico que nos lleve a darnos por los demás? Nos ponemos en plan de razonamientos y todos lo vemos muy claro, pero luego quizás será lo que hagamos en el día a día. Y bien sabemos de cuantos se suben con mucha ligereza al pedestal para recibir los aplausos.

Jesús hoy en el evangelio viene a prevenirnos y nos habla en tres situaciones muy concretas de la vida, la limosna, el ayuno y la oración, aunque por supuesto lo podemos ampliar a todos los aspectos de la vida. Quizás el evangelista nos ha recogido solamente estas situaciones por esa denuncia constante que Jesús hace en el evangelio de las actitudes y de las posturas de los fariseos. Porque los ejemplos que está poniendo Jesús para concretar esas situaciones bien retratan las costumbres de los fariseos acostumbrados a figurar y a que todo lo que hacían tuviera su resonancia para recibir las alabanzas de la gente.

Nos deja Jesús una sentencia muy sencilla y muy bonita. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha’. Es la ofrenda callada y anónima de aquella pobre viuda en el templo. Si hoy la conocemos es porque fue Jesús el que en ella se fijó y nos quiso dar una lección, pero la generosidad de aquella mujer había pasado desapercibida para todos. Es la tarea de nuestro amor, es el silencio de nuestra generosidad, es el corazón que calladamente se pone al lado del otro sin que nadie lo note, pero que va a levantar el animo de quien sufre en soledad, es ese gesto que pasará desapercibido para la mayoría de los presentes pero que lo sentirá en su corazón quien está buscando fuerzas para levantarse y en esa mirada silenciosa, en esa sonrisa que pasa desapercibida para los demás él escucha esa palabra que le da aliento y que le da fuerza.

Y nos hablará Jesús de cuales han de ser las actitudes y las posturas de nuestra relación con Dios, ya sea la oración, ya sean nuestros actos penitenciales. ‘Entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Si nuestra oración no sale del corazón nunca llegará a Dios. No son las palabras repetidas en altavoz como una cantinela, mientras quizás nuestros pensamientos y nuestro corazón están muy lejos del lugar en que te encuentras, las que van a llegar al corazón de Dios. Decimos tantas veces que Dios no nos escucha, pero es que realmente nosotros hemos hablado con Dios, ¿nuestra oración ha sido realmente un encuentro vivo con el Dios que tanto nos ama?

Pero ya decíamos que estas pautas que hoy Jesús nos propone nos valen para todas las situaciones de nuestra vida. Es todo ese desarrollo de nuestra vida interior, como será el cumplimiento de nuestras responsabilidades personales, familias o en el ámbito de nuestra sociedad. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿Solamente buscamos una recompensa o una compensación? ¿Habrá algo profundo dentro de nosotros mismos que sea lo que nos mueva a darle toda esa intensidad a nuestra vida?

 

miércoles, 22 de febrero de 2023

Detengámonos, hagamos silencio de los ruidos que nos ensordecen, comencemos a afinar los oídos de nuestro corazón y escuchemos a Dios

 


Detengámonos, hagamos silencio de los ruidos que nos ensordecen, comencemos a afinar los oídos de nuestro corazón y escuchemos a Dios

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2;  Mateo 6, 1-6. 16-18

A pesar de la austeridad propia de estos días y de los signos propios de la liturgia de este día, podíamos decir que se comienza hoy con cierta solemnidad haciéndonos un llamamiento muy importante que a todos quiere despertar. Una invitación a todos, pequeños y mayores, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres de toda condición, gente sencilla del pueblo como también a los sacerdotes, servidores del Señor. Resonarán sonidos palpitantes y que a todos han de despertar. ‘Tocad la trompeta en Sión, proclamad un ayuno santo,  convocad a la asamblea, reunid a la gente, santificad a la comunidad…’

Es cierto que el mundo en que vivimos tiene otros sonidos estridentes que resuenan también fuertemente y que de alguna manera acallan o quieren acallar esos sonidos de la trompeta. Andan en otros andares, son otras las cosas por las que sienten más interés, muchos ni se enterarán del sonido de esta trompeta, pero cuidado que nosotros también nos hayamos insensibilizado de tal manera que ya nuestros oídos estén sordos para estas llamadas. Muchos quizás aún en este día venimos a la Iglesia, pero cuidado nuestras mentes anden por otros lados, o aún permanezca en nuestros oídos el ruido ensordecedor del mundo que nos rodea.

‘Convertíos a mí de todo corazón, con ayunos, llantos y lamentos; rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del castigo…’

Es la llamada y es la invitación. Es a lo que nos convoca ese toque de trompeta. Es a lo que somos convocados. A volver nuestro corazón a Dios. A rasgar nuestros corazones. A mirar de frente al Señor para darnos cuenta que es compasivo y misericordioso.

Es el tiempo de la reconciliación, es el tiempo de la misericordia, es el tiempo del Señor. ‘Es el tiempo favorable, es el día de la salvación’. Pero es necesaria una cosa. Tenemos que ser en verdad conscientes de que necesitamos de esa salvación. Quien dice que no necesita salvación, poco puede llegar la gracia de Dios a él. Quien dice no necesitar de salvación, aunque se esté cayendo por un profundo abismo, no tenderá la mano en búsqueda de quien agarrarse, en quien apoyarse para salir de ese abismo. Por ahí tenemos que comenzar. 

Porque a veces nos sentimos a gusto de cómo estamos; nos hemos acostumbrado; lo vemos todo tan normal; no queremos sentirnos diferentes de los que están a nuestro lado; seguimos el ritmo de todos que ya todo nos parece bueno; al final hemos terminado por perder la sensibilidad, nuestra conciencia se ha adormecido; hemos llegado a crear una costra a nuestro alrededor, o quizás nos hemos envuelto en los velos de la apariencia y de la vanidad, que no nos damos cuenta de la realidad. Hemos terminado perdiendo el gusto por las cosas de Dios, no captamos ya la sintonía de lo espiritual, nos hemos endurecido quedándonos solo en lo material o del disfrute de lo más cercano y que más pronto o fácil podamos alcanzar.

Ya nos creemos no necesitar a Dios, ¿para qué entonces rezar? Solo nos interesa lo que sea la vida fácil, ¿cómo vamos a entender lo que sea sacrificarnos por alcanzar cosas superiores? Solo pensamos en nosotros mismos ¿para qué vamos a mirar las carencias que puedan tener los demás, cuando son ellos los que tienen que resolvérselo por si mismos?

Despertemos. Busquemos un sentido a lo que vivimos, a lo que hacemos, a lo que es nuestra relación con los demás. Detengámonos de esa loca carrera, porque no es ya que corramos mucho o poco, sino que andamos desorientados y no sabemos ni siquiera a donde vamos corriendo. Acalla un poco ese ruido que te envuelve y escucha esta trompeta que te está llamando. Intenta hacer silencio en tu corazón y comienza a mirarte de verdad; no tengas miedo de enfrentarte a tu realidad, pero no te quedes mirando solo a ras del suelo, eleva la mirada, mira a horizontes más lejanos y más alto, busca el más bello color para tu vida, comienza a afinar las cuerdas de tu espíritu para que puedas descubrir otra música, que te va a conducir por nuevos caminos de felicidad.

Comenzamos la Cuaresma. Escuchemos la voz del Señor. Convirtamos de verdad nuestro corazón a Dios.

 

miércoles, 15 de junio de 2022

Necesitamos cultivarnos por dentro para no quedarnos en vanidades porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos

 


Necesitamos cultivarnos por dentro para no quedarnos en vanidades porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Sal 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

A quién le amarga un dulce, solemos decir cuando queremos camuflar el orgullo que sentimos dentro de nosotros ante una alabanza por algo que hayamos hecho, un reconocimiento ya sea en forma de plaquita o de los oropeles de las medallas que quieren colgar sobre nuestros cuellos. Es cierto que en la vida tenemos que aprender a reconocer lo bueno que hacen los demás, y que todos sentimos dentro de nosotros el prurito satisfactorio de una alabanza o de un reconocimiento.

De cosas sencillas y pequeñas, muy elementales nacidas de la gratitud que hemos de tener hacia aquellos que hacen el bien, nacen luego las vanidades que se transforman en vanagloria y hasta desearíamos que nuestro nombre se perpetuara hasta la eternidad, porque así complacemos nuestra vanidad, alimentamos el orgullo y el amor propio y terminamos no solo queriendo elevarnos por encima de los demás sino que hasta seremos exigentes con aquellos que no nos muestran esos reconocimientos.

No vamos a seguir tirando del hilo de las vanidades porque esa hoguera de las vanidades consume muchos corazones o nos llena de muchas ambiciones que pueden terminar convirtiéndose en auténticas batallas que pueden destruir lo más hermoso que podemos llevar en nuestro corazón. Nadie es ajeno a esta tentación de la vanidad, a todos nos puede aflorar en el momento en que menos lo pensemos ese brillo en nuestros ojos emocionados por los reconocimientos. Demasiados oropeles de vanidad envuelven nuestra vida.

De esto nos quiere prevenir hoy Jesús en el evangelio. En el llamado sermón del monte Jesús nos va desgranando diversas situaciones de la vida donde hemos de saber mantener una vigilancia para que se mantenga la pureza de intención en aquello bueno que hacemos y no lleguemos a empañarla con esos brillos de oropeles. Nos señala Jesús diversos momentos o situaciones de nuestra vida, y sobre todo en relación a todo lo que fuera nuestra vida religiosa para que alejemos de ella toda vanidad.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración, del ayuno y de la penitencia que podamos hacer en distintos momentos de la vida. Ya de entrada Jesús nos deja la sentencia, el principio: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos’. Practicar la justicia, hacer el bien con humildad y con la sinceridad de nuestra vida. No por el aplauso y reconocimiento, sino por aquello que con sinceridad queremos hacer desde lo más hondo de nosotros mismos.

Claro que Jesús aquí nos está queriendo contraponer actitudes y posturas de mucha gente de su tiempo, que no pueden ser la pauta de los que nos llamamos sus seguidores, sus discípulos vayamos a hacer en nuestra vida. Son las actitudes de los fariseos que veremos en otros momentos del evangelio denunciar con vehemencia y fuerza por parte de Jesús; es de lo que ahora nos quiere prevenir para que haya esa sinceridad y rectitud en nuestra vida, porque lo que en verdad busquemos siempre sea la gloria de Dios.

‘Tú, en cambio, cuando hagas limosna, nos dice Jesús, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará’. No son las recompensas humanas, no son los reconocimientos de los hombres lo que tiene que movernos. Y nos habla de la limosna, pero nos hablará de la oración que haremos en lo escondido de nuestra habitación, porque es allí en nuestro interior más profundo donde vamos a sentir a Dios, donde vamos a encontrarnos con Dios, dónde y cómo vamos a presentarle nuestras peticiones. ‘Ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Y en el mismo sentido nos va a hablar del ayuno. ‘Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará’.

Nos habla Jesús de estas tres situaciones concretas, porque eran hechos que estaban bien palpables en tantos en aquel momento. ¿Hoy qué nos diría el Señor? ¿Qué situaciones concretas de nuestra vida nos estaría señalando? ¿Esa vanidad no irá pareja en la vida con la superficialidad con que vivimos las cosas? Vanidad, superficialidad que nos lleva muchas veces de la rutina y a la vaciedad con que vivimos y hacemos las cosas; y nos fijamos en las apariencias que queremos mantener para que nos tengan en consideración o para que no baje nuestra autoestima; costumbrismo vacío, porque siempre las cosas se han hecho así, y no intentamos ni profundizar ni mejorar y acaso nos contentamos de realizar formalmente, ritualmente las cosas sin darles mayor sentido.

Nos falta muchas veces a los cristianos una auténtica espiritualidad que nos dé profundidad a lo que vivimos; damos la impresión tantas veces de que estamos tan vacíos; sería lo que nos haría creíbles ante el mundo que nos rodea, aunque también hay el peligro o la tentación de que nos rechacen porque les molesta la profundidad que le queremos dar a las cosas que hacemos. Necesitamos cultivarnos por dentro porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos.

miércoles, 16 de junio de 2021

Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, poniendo todo nuestro corazón, pues Dios ama “al que da con alegría”

 


Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, poniendo todo nuestro corazón, pues Dios ama “al que da con alegría”

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18

Fácilmente cuando vamos haciendo turismo, por decirlo de una manera fácil, nos encontraremos en ciertos lugares, en monumentos, o en obras de cierta relevancia que a su pie ha quedado constancia para la historia en unas placas colocadas con cierto interés, de quién es el personaje que contemplamos, o quién promovió determinadas obras que pudieran ser un beneficio para la comunidad. Hay placas que nos valen para la historia y para el recuerdo, pero reconocemos que también las hay para la vanidad y para la vanagloria.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? aquí es donde tendríamos que ponernos a pensar si aquello que hacemos lo hacemos con corazón, con alegría en el corazón por la satisfacción del deber cumplido, por el gozo y la alegría con que nos damos por los demás, por esa generosidad que nos llevaría incluso a olvidarnos de nosotros mismos por el bien que hacemos y que beneficia a los demás. Si lo hacemos así, lejos de nosotros estará esa vanidad y esa vanagloria y estaremos dando muestras de la riqueza de nuestro amor y de nuestra generosidad.

Pero todos podemos tener la tentación de buscar ese regustín en lo que hacemos y de intentar subir algún peldaño en ese pedestal de reconocimientos. ¿Qué nos sucede por dentro cuando vemos que aquello en lo que nosotros nos entregamos con tanto ahínco, ahora vemos que se atribuye a otros y parece que la gloria se la llevan ellos? A punto estamos de dar el grito, de pedir el reconocimiento. Es de justicia, nos atrevemos a pensar en que se nos reconozca aquello que hicimos.

¿Qué nos dice hoy Jesús en el evangelio? ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial…’ Y nos hablará de tres cosas muy concretas como son la limosna, la oración y el ayuno. Eran como tres prácticas en el orden religioso, como siguen siéndolo hoy, pero de las que hacen gala con mucho empeño los fariseos y los principales grupos religiosos en Israel. Ni tocar campanillas delante de nosotros por donde hemos de pasar dando limosna para ayudar a los demás, ni la vanidad de ponernos en lugares destacados en pie delante de todos para hacer ostentación de nuestra oración, ni caras de plañideras ni de luto por el hecho de que nos sacrifiquemos haciendo un ayuno que habría de tener un sentido purificatorio. Otro tiene que ser el estilo y la manera de hacer que le dé autenticidad a cuanto hagamos.

Claro que aquí podemos englobar muchas cosas, muchos aspectos de nuestra vida de cada día, de esa generosidad de nuestro corazón para compartir o para hacer por los demás; que también podemos tener la tentación de llenar nuestros estantes y vitrinas con placas de reconocimientos dejando traslucir esa vanidad con la que podemos llenar nuestra vida; recuerdos, nos decimos para auto justificarnos; pero la huella que nosotros hemos de dejar en ese campo en el que estamos trabajando es todo ese surco que hemos abierto con nuestro trabajo para dejar sembrada una buena semilla.

Lo importante no es quién haya hecho el surco, sino la planta nueva que brotará de ese semilla que hemos sembrado que hará que todos nos amemos un poquito más, que hayamos logrado una mejor armonía entre todos y un mundo más lleno de paz. De nada nos vale que dejemos una placa para la historia si realmente no han mejorado las relaciones, por ejemplo, entre unos y otros.

Esa es la gloria que hemos de buscar que es la gloria del Señor, no nuestras glorias o nuestras recompensas terrenas que al final se nos quedarán en algo vacío y sin sentido. Muchas actitudes y muchas maneras de hacer las cosas tendríamos que revisar.

 

lunes, 25 de noviembre de 2019

Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado


Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal. Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4
Es cierto que vamos caminando con los ojos abiertos, de lo contrario iríamos tropezando con todo y con todos, pero también hemos de decir, aunque parezca contradicción, que no siempre vamos con los ojos abiertos y suceden cosas delante de nosotros y ni las vemos ni nos enteramos.
Es mirar, prestar atención, detenernos, darnos cuenta del detalle o del gesto; no nos quedemos en una mirada superficial y ligera donde paseamos los ojos por todos lados pero al final no vemos nada. ¿Te diste cuenta de aquel detalle? Nos dice el que va con nosotros que sí ha sabido observar y se fijó en un detalle al que nosotros no prestamos atención. Pasan desapercibidos delante de nuestros ojos y no los vemos.
Ya sé que me vais a decir que hay muchos que se fijan en todo, que todo lo están observando para criticar, para ver lo malo o la segunda intención, pero yo te digo no mires con mirada turbia, porque algunas veces, es cierto, la maldad que llevamos en el corazón se convierte en persiana delante de los ojos para dejarnos ver solo lo que nos interesa desde nuestra maldad. Sin embargo hay tantas cosas hermosas que nos pasan desapercibidas; nuestros ojos se han ido entumeciendo y ya no nos permiten ver esas cosas tenues pero bellas que si nos fijamos en ellas tienen bello resplandor.
Hoy el evangelio nos habla de que Jesús estaba cerca de la entrada del templo y levantando los ojos vio a cuantos iban entrando y como estaba cerca el cepillo de las limosnas no podía menos que observar la ostentación con que algunos echaban sus limosnas, pero esos oropeles no le impidieron ver a una mujer sencilla, una pobre viuda que echó solo dos reales porque era lo que tenia. Aquella mujer hubiera pasado desapercibido, como realmente lo fue para la inmensa mayoría, frente a los sonidos tintineantes de las monedas que echaban los ricos o de los que hacían ostentación, que además querían hacerse notar.
Normalmente siempre destacamos, como lo hace el mismo Jesús, en este evangelio la generosidad y desprendimiento de aquella pobre mujer que echó cuanto tenía para vivir. Diríamos que en principio es el primer mensaje del evangelio de este día, pero como siempre decimos, con una lectura atenta podemos descubrir algo más. Y es en lo que hoy nos fijamos, la mirada de Jesús que nos enseña para nuestras miradas.
Porque hay tanto detalles en la vida que pueden ser Buena Nueva para nosotros, evangelio para nuestra vida, porque nos enseñan a vivir, nos abren los ojos para amar, nos ponen en una disposición distinta cuando nos hacen salir de nosotros, de nuestros anhelos, de nuestras preocupaciones y agobios para ver algo nuevo, para descubrir una nueva actitud, o para hacernos notar una nueva manera de mirar que hemos de tener en la vida.
Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno; abramos los ojos para ver más allá de las apariencias y poder descubrir el corazón de las personas; abramos los ojos llenos de luz para ver lo bueno, para llegar a descubrir que siempre en toda persona hay algo bueno, en toda persona puede florecer el amor, aunque si nos quedamos en lo externo solo veamos hojarasca y espinas; abramos los ojos para descubrir también el sufrimiento que muchos llevan calladamente en su corazón y necesitan el bálsamo de un corazón amigo que camine a su lado y podemos ser nosotros. Abramos los ojos y nos encontraremos a Dios en los que caminan a nuestro lado y en cuanto sucede en torno nuestro.

domingo, 11 de noviembre de 2018

¿Hasta qué punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios?


¿Hasta qué punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios?

1Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28;  Marcos 12, 38-44

Estaba Jesús enfrente de la entrada del templo y el evangelista nos señala cómo Jesús iba observando toda aquella gente que iba entrando al templo.
Judíos devotos que cada día subían al templo para la oración en la hora de los sacrificios, lo ofrenda del pan de la mañana o los sacrificios vespertinos, gente que acudía para escuchar a los maestros de la ley que desparramados por aquellos pórticos hacían comentarios a la Ley y los Profetas, los que acudían con los animales para los sacrificios quizá entraran por otra puerta, cercana a la piscina de las ovejas pero por allí entrarían los cambistas con sus dineros para el cambio a la moneda del templo, peregrinos venidos de cualquier lugar de la tierra de Judá e Israel o llegados desde los lugares lejanos de la diáspora, gente sencilla, pequeños y grandes, niños y mayores, sacerdotes y levitas, saduceos y fariseos.
Y allí en el cepillo de las ofrendas iban dejando sus limosnas; unos callados y humildemente, otros quizá entre aspavientos que llamaran la atención de los circundantes para que vieran lo generoso de sus ofrendas. Jesús observa; solo él puede ver el corazón de los hombres y las rectas intenciones o el amor que había en aquellos corazones. El culto a Dios que allí se celebraba y el esplendor de aquel templo se sostenía, por así decirlo, desde aquellas ofrendas que allí se hacían. Y muchos querían que fuera esplendoroso.
Alguna vez también habremos estado enfrente de las puertas de nuestros templos, quizá porque esperábamos a alguien o que fuera el tiempo de las celebraciones, o quizá en la visita a algún santuario especial como tantos repartidos por tantos lugares. Y distraídamente quizá nos habremos fijado también en los que entraban o salían de nuestros templos o santuarios, observando la diversidad de personas que traspasan esos umbrales hacia lo sagrado desde distintas motivaciones, unos en su fervor, otros quizá desde la curiosidad de conocer algún lugar especialmente artístico, otros simplemente porque acompañaban a algún familiar o amigo en alguna circunstancia especial; no queremos entrar en juicios o cavilaciones pero diversos pueden ser los motivos o las actitudes. Algo o alguien quizá en un momento determinado pueden habernos llamado la atención, mientras otros pasan desapercibidos delante de nosotros.
Pero Jesús si conoce el corazón de los hombres y se ha fijado en la que parece más pequeña y más humilde que también ha depositado callada y silenciosamente su ofrenda en el cepillo. Y aunque de aquella mujer ni siquiera conocemos su nombre, solo que era una pobre viuda – y decir viuda era sinónimo de pobreza y necesidad porque ya no tenia quien sostuviera su vida -, y ni ella se enteraría de los comentarios de Jesús porque sigilosamente se ha introducido en el templo Jesús sí quiere hacerle un comentario a los discípulos. ‘Os aseguro, les dice, que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie’.
Anteriormente a ella habrían pasado ricos con sus generosas o portentosas ofrendas, habrían desfilado como lo seguirían haciendo los orgullosos fariseos con sus campanilleos y aspavientos para que todos vieran su aparente generosidad, pero Jesús nos viene a decir que aquella mujer ha echado más que nadie. ‘Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Ya antes Jesús había prevenido a los discípulos. ‘¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa’. No ha de ser ese nuestro estilo ni el sentido que le demos a lo que hacemos. No es esa la manera como habremos de ir por la vida poco menos que comiéndonos el mundo y atropellando cuanto y cuantos encontremos.
El culto que le demos a Dios no se ha de sustentar ni en cosas portentosas ni en vanidades. No son cosas lo que nos pide Dios que le ofrendemos sino nuestra propia vida, el corazón. Es la imagen que vemos reflejada en aquella pobre mujer; nada tiene e incluso se desprende de lo poco que tiene. ‘Ha echado lo que tenia para vivir’, que nos dice Jesús resaltado la ofrenda de aquella mujer. Ha puesto allí su vida.
Ella sabe que su vida no depende de cosas sino depende en lo más profundo de Dios y con esa confianza hemos de saber caminar por la vida. Porque nos confiamos en un Dios que nos ama, un Dios que es nuestro padre y no abandona a sus hijos. De su mano hemos de hacer el camino con la confianza puesta totalmente en El. Es la fe, es el fiarnos de Dios, es el confiar en El por encima de todas las cosas. Y a ese amor de Dios respondemos nosotros con nuestro amor. Ese es el verdadero culto que Dios nos pide.
Y quien ama se confía. Quien ama de verdad en el amor encuentra toda su fortaleza. Y aunque no lo terminemos de creer Dios cada día va haciendo el milagro de su amor sobre nosotros y se nos va manifestando de mil maneras. Claro que no siempre tenemos los ojos abiertos para descubrirlo, cerramos demasiadas veces en la vida los ojos de la fe.
Seguimos pensando en las cosas como la solución de nuestra vida y terminamos por tener más confianza en las cosas que poseemos que en Dios, a pesar que decimos que creemos en El y le amamos. ¿Hasta que punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios? ¿Hasta donde llega el nivel de nuestra fe?


miércoles, 15 de junio de 2016

Seremos luz para los demás y seremos sal para nuestro mundo no desde la ostentación y vanagloria sino de la sencillez y de la humildad con que amamos y nos damos a los demás

Seremos luz para los demás y seremos sal para nuestro mundo no desde la ostentación y vanagloria sino de la sencillez y de la humildad con que amamos y nos damos a los demás

1Reyes 2. 1. 6-14; Sal 30; Mateo 6, 1-6- 16-18

Hay gente que le gusta mucho la ostentación y la vanagloria, que vean lo que hacen y recibir halagos y alabanzas. Es una realidad y es también una tentación que en el fondo todos sentimos. Como se suele decir a quien no le gusta un dulce, a quien no le gusta una alabanza. También hemos de decir que es bueno que sepamos reconocer y valorar lo que hacen los demás y sin que ellos busquen esa alabanza o reconocimiento nosotros tengamos una actitud positiva hacia ellos para valorar lo que hacen. Es también una forma de gratitud por lo bueno que recibimos de los demás.
Pero el tema que se nos plantea con lo que Jesús nos está diciendo hoy en el evangelio va por ese camino de los que buscan esa vanagloria. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿qué pretendemos cuando hacemos una obra buena o ayudamos, por ejemplo, a los demás? ¿qué buscamos en el cumplimiento de nuestras responsabilidades y obligaciones?
Es lo que Jesús quiere decirnos con su sentencia. ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial’. Buscamos el bien que hacemos; buscamos lo bueno que podamos hacer por los demás; buscamos, es cierto, el cumplimiento de nuestras propias obligaciones y sentirnos satisfechos y en paz en nuestro interior; buscamos, y andamos entre cristianos, la gloria del Señor que se manifiesta también en la alegría que puedan sentir los demás con lo que reciben de nosotros.
En el evangelio Jesús se centra en tres cosas relacionadas con la religiosidad del judío creyente, que son la oración, la limosna y el ayuno. Quiere denunciar la actitud de los fariseos queriendo prevenirnos para que no caigamos nosotros en esa ostentosidad. Ya nos había prevenido en otra ocasión ‘si no sois mejores que los letrados y fariseos no entraréis en el Reino de los cielos’. Ahora nos dice que ya sea en nuestra oración, o en la manera de compartir con los demás, o en los sacrificios y ayunos que hagamos, no lo hagamos para que nos vea la gente, sino allá en lo escondido, en el secreto de nuestro corazón, en la discreción con que nos acerquemos a aquel con quien vamos a compartir, y ‘tu Padre que ve en lo escondido, te lo recompensará’.
Busquemos la gloria del Señor, busquemos el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se nos dará por añadidura, como nos dirá en otro lugar. Sí, es cierto, que tenemos que ser luz para el mundo que nos rodea y que tenemos que ser sal que dé el sabor de Cristo; también nos dirá el Señor que vean vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo. Pero es desde la humildad, desde la sencillez, desde el silencio quizá en muchas ocasiones, como iremos siendo esa sal y esa luz.
Será, sí, ese testimonio de lo bueno que hacemos, será ese amor que compartimos, será ese espíritu de servicio y de disponibilidad generosa que tengamos en lo que tenemos que trasmitir ese anuncio del Reino para que todos en verdad puedan dar gloria al Padre del cielo. Seremos luz para nuestro mundo, seremos sal para la tierra no desde la ostentación y vanagloria sino desde la sencillez y la humildad con que amamos y nos damos por los demás.

domingo, 15 de febrero de 2015

Jesús nos enseña a acercarnos a los demás sin prevenciones ni prejuicios para derruir barreras y hacer desaparecer marginaciones

Jesús nos enseña a acercarnos a los demás sin prevenciones ni prejuicios para derruir barreras y hacer desaparecer marginaciones

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Cor. 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45
La presencia de Jesús es rompedora, podríamos decir; hace que salten todos los moldes y rutinas porque se siente que con El algo nuevo está comenzando y todo ha de mirarse con una mirada nueva y distinta. Ya en otro lugar del evangelio nos dirá que a vino nuevo es necesario odres nuevos, que no nos valen los remiendos ni componendas sino que todo ha de ser nuevo y distinto. Es la novedad, el espíritu abierto con que nosotros hemos de acercarnos al Evangelio.
Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Aquel leproso se atreve a saltarse todas las normas cuando comprende, lleno de fe, que en Jesús puede encontrar la salud. Ya escuchábamos en la lectura del Levítico todas las prohibiciones que acompañaban su vida de leproso, pero ‘se acercó a Jesús suplicándole de rodillas: Si quieres puedes limpiarme’.
Dura era en si misma la enfermedad porque con los medios sanitarios de aquella época era una enfermedad necesariamente mortal. Pero más duro aún tenía que ser toda aquella situación de marginación en todos los aspectos, humano, familiar, social, incluso religioso, a la que se veía sometido un leproso. Terminaba diciéndonos el Levítico ‘mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento’. No es necesario extendernos en más explicaciones porque está bien claro.
‘Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: Quiero: queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio’. Allí está el amor renovador de Jesús. No solo lo cura, sino que lo acoge, se acerca a él, lo toca. Algo impensable, a un leproso no se le podía tocar porque inmediatamente se quedaría también impuro. Pero allí está Jesús. Y con Jesús todo es distinto.
Nos está enseñando Jesús a acercarnos a los demás sin prevenciones ni prejuicios. Porque es una tentación que tenemos; son actitudes que se nos pueden meter en la vida casi sin darnos cuenta. Piensa, por ejemplo, vas a dar una limosna, a compartir algo tuyo, con alguien que se acerca a ti en la calle, o lo encuentras tirado en la acera o a la puerta de un templo o un lugar publico; quizá esa persona tiene una cestita o algo para recoger la limosna que le des, pero ¿se la das en la mano o te contentas con echar, tirar la moneda en aquella bandeja o cesta que tenga aquella persona? ¿Qué sería más humano? Pero quizá tenemos miedo de tocar.
Nos asustamos del tipo de marginación que vivían los leprosos en tiempos de Jesús, pero ¿no habrá marginaciones parecidas hoy también en nuestro mundo en nuestras relaciones con los que nos vamos encontrando? Habría que examinar posturas y actitudes.
Creamos distancias, ponemos barreras, hacemos distinciones porque son de otra raza o de otra religión, porque son de otro país o porque están esclavizados en la droga o el alcohol, porque tienen una opinión distinta a nuestra o porque tienen una determinada ideología, porque son de esta condición o de la otra, y todos nos entendemos. No te mezclas con toda clase de gente y andamos prevenidos o queriendo incluso prevenir a los demás. Y nos aislamos o intentamos aislar a los demás.
Y nos llamamos creyentes y seguidores de Jesús; y nos decimos que nosotros queremos vivir el Reino de Dios; quizá hasta cuando reflexionamos sobre este pasaje del evangelio, de este leproso que se acercó a Jesús hasta decimos que es muy hermoso y valoramos la valentía del leproso o esa actitud abierta y acogedora de Jesús. Pero ¿seremos capaces de hacer como Jesús? ¿Estamos dispuestos a romper barreras, a quitar impedimentos, a hacer desaparecer todas esas discriminaciones tomando nosotros posturas y decisiones acogedoras y valientes como las de Jesús?
Que el Señor inspire en nosotros esas actitudes nuevas; que en verdad seamos esos odres nuevos que contengan en nuestra vida el vino nuevo del Evangelio.

miércoles, 18 de junio de 2014

Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará…



Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará…

2Reyes, 2, 1.6-14; Sal. 30; Mt. 6, 1-6.16-18
‘Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará… tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará…’ repite Jesús en el evangelio. Pero antes nos previene: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia - vuestras buenas obras - delante de los hombres  para ser vistos por ellos…’ Y nos habla de hipocresía y de farsantes.
Hipócrita es que el que tiene doble cara; la palabra proviene de la escena del teatro, en la que aquel que representaba un papel se ponía una careta, llamada precisamente hipócrita, delante de su cara para aparecer en el personaje que representaba. La palabra farsante tiene un significado idéntico, el que al representar una farsa está haciendo un papel que él realmente no es, pero que tiene que aparentar.
Y Jesús nos dice que eso estará bien para el teatro, pero para la vida no nos vale, porque lo que es necesario es la autenticidad de la persona, que se refleje realmente lo que se es, que no aparentemos lo que no somos. Nos puede parecer que esos son casos extremos, pero seamos sinceros y reconozcamos que muchas veces tenemos la tentación de guardar las apariencias. Pero lo que vale es lo que realmente llevamos dentro.
No suceda como con aquella persona que compró una pieza de metal precioso; al menos como tal se la vendieron pagando quizá una buena suma de dinero por ella; pero pronto se dio cuenta que no es oro todo lo que brilla, que pronto perdió el brillo externo que tenía aquel objeto y se dio cuenta de que estaba hecho de vil metal barato; grande fue su enfado porque se sintió engañado porque quien se lo vendió y él en si mismo por el brillo de la apariencia. Son cosas que nos suceden en la vida. Pero nos pueden servir bien de lección.
Hoy Jesús en el evangelio nos previene frente a ese engaño que nos podemos hacer a nosotros mismos y con lo que queremos quizá deslumbrar a los demás. Nos habla Jesús de tres prácticas fundamentales en la religión judía: la limosna, la oración y el ayuno. Y nos habla Jesús claramente para que no vayamos haciendo como los hipócritas y los farsantes.
Nos es necesaria esa interiorización en nuestra vida y esa autenticidad en lo que hacemos. Por eso nos habla Jesús de lo secreto, como El dice, o de entrar en la habitación interior cuando vamos a hacer nuestra oración. Ahí en ese silencio interior, sin buscar apariencias, es como podemos encontrarnos de verdad con el Señor.
No nos está diciendo Jesús que siempre tengamos que orar a solas y que tenemos que rehuir la oración hecha con los demás. De ninguna manera, porque es de suma importancia la oración comunitaria como pueblo peregrino, como comunidad orante, como Iglesia que se siente congregada para la alabanza del Señor. Pero no nos quedaremos en esos cánticos externos, por así decirlo, sino que lo que cantamos con nuestra voz, tenemos que hacerlo vivo desde lo más profundo de nosotros mismos, desde nuestro interior. Cuantas veces tenemos el peligro de que con nuestros labios estemos diciendo hermosas oraciones  o entonando hermosos cánticos de alabanza, pero nuestro corazón esté muy lejos de aquello que estamos haciendo. Es algo que tenemos que cuidar mucho.
Y esto que estamos comentando de la oración, lo podemos reflexionar de igual manera en nuestro compartir con los demás, llamémoslo limosna o como queramos llamarlo, o nuestras prácticas penitenciales, ya sea el ayuno o cualquier otro sacrificio con sentido penitencial que queramos hacer. Como nos dice Jesús ‘que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha’. Nuestro compartir no puede ser para la ostentación, para que vean lo generosos que nosotros somos o buscando la alabanza o gratitud de las gentes. Es otro el espíritu humilde que tiene que guiar nuestra manera de actuar. No buscamos la alabanza de los hombres, sino la gloria del Señor y el Señor no se dejará ganar en generosidad. Su gracia no nos faltará.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Tocad la trompeta, congregad al pueblo porque se acerca la Pascua e iniciamos la Cuaresma



Tocad la trompeta, congregad al pueblo porque se acerca la Pascua e iniciamos la Cuaresma

Joel, 2, 12-18; Sal. 50; 2Cor. 5, 20-6, 2; Mt. 6, 1-6.16-18
‘Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno,  convocad la reunión, congregad al pueblo…’ Es el grito que como un pregón escuchamos en este primer día de Cuaresma. Los que son muy mayores pueden recordar aquellos viejos tiempos cuando se proclamaba un bando en el pueblo; allá venía el pregonero con su trompetín y en los lugares públicos después de recabar la atención de las gentes proclamaba aquel bando o aquel anuncio que se quería hacer; imágenes así hemos visto todos en películas, pero hoy todavía en nuestros pueblos queda el auxilio del coche con sus parlantes o altavoces en alto que va por las calles, plazas y caminos haciendo sus correspondientes anuncios de algo que va a suceder o celebrar, o quizá el anuncio de un vecino que haya fallecido.
Nos viene bien recordar estas imágenes porque hoy lo que hemos escuchado es también un pregón o una llamada que nos hace la Iglesia en su liturgia con la Palabra de Dios convocándonos a este tiempo que iniciamos que llamamos Cuaresma. Y creo que hemos de tomarnos muy en serio esta llamada o convocatoria que se nos hace.
El profeta decía de parte del Señor: ‘Convertios a mí de todo corazón… rasgad los corazones, no las vestiduras: convertios al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad…’ Y por su parte el apóstol san Pablo nos recordaba que ‘ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación’; y nos invitaba ‘a no echar en saco roto la gracia de Dios… dejaos reconciliar con Dios’.
Iniciamos este tiempo que todos sabemos bien que es el camino que nos ofrece la Iglesia para prepararnos para la Pascua. Llegan momentos muy importantes para el cristiano en que nos disponemos a celebrar el misterio pascual de Cristo. Pero, como bien sabemos, la celebración no es un mero recuerdo que hagamos como si fuera una mera representación que nos da gusto contemplar y por eso acompañamos nuestra celebración de unas representaciones plásticas en las imágenes sagradas que nos recuerden los misterios de la pasión y muerte del Señor.
La celebración de la Pascua tiene que ser algo mucho más hondo que todo eso porque de ninguna manera nos podemos quedar en lo externo. Tiene que ser una vivencia profunda del misterio redentor de Cristo haciéndonos participes de esa gracia redentora de Cristo para dejarnos transformar por su vida y por su gracia. Es ahora que tenemos que vivir todo ese misterio de Cristo; es ahora que tenemos que revivir, hacer de nuevo viva en nosotros esa salvación de Jesús en nuestra vida. Por eso nos queremos preparar con intensidad en los cuarenta días de la Cuaresma.
‘Convertios al Señor Dios vuestro’, nos decía el profeta. Por eso  nosotros tenemos que levantar la mirada a lo alto para mirar a Jesús, para mirar a Cristo en todo el misterio de su pasión y de su muerte que nos lleve a la resurrección de una nueva vida en nosotros. Miramos a Cristo, porque sabemos que en El está de verdad la salvación para nosotros y para nuestro mundo.
Miramos a Cristo porque sabemos que El es la luz verdadera que ilumina nuestro mundo, nuestra vida; ese mundo  nuestro con sus crisis y sus problemas, esa vida nuestra llena tantas veces también de muchas tinieblas y oscuridades, ese mundo y esa vida nuestra tantas veces que parece que anda desorientada, en Cristo va a encontrar esa luz que nos señale el camino del verdadero sentido, de la verdadera vida. En Cristo entramos la respuesta a tantos interrogantes que se nos pueden presentar en nuestro interior, porque Cristo es el que en verdad tiene palabras de vida eterna para nosotros.
‘Conviértete y cree en el evangelio’, se nos va a decir en el rito de la imposición de la ceniza. La ceniza nos mancha, mejor aún, nos recuerda que estamos manchados porque somos pecadores; la ceniza nos recuerda la debilidad y la fragilidad de nuestra vida, ‘eres polvo y en polvo te has de convertir’; pero la ceniza nos evoca que si nos acercamos con fe hasta el Señor, convirtiendo nuestro corazón a El nuestra debilidad se puede transformar en vida por la fortaleza de la gracia del Señor.
Nos sentimos débiles y pecadores, pero queremos volver nuestro corazón a Dios. Por eso escuchamos la invitación a la conversión. Pero la conversión no es decir simplemente voy a intentar ser mejor, a cambiar algunas cosas de mi vida que tengo que mejorar; la conversión significa darle la vuelta a nuestra vida para que esté totalmente orientada en Dios; si tenemos que convertirnos, darle la vuelta, es porque el camino que seguíamos no era el bueno, porque andábamos como desorientados y ahora tenemos que darle la vuelta. Tenemos que empezar por reconocerlo. Pero  no es una vuelta cualquiera; es una vuelta hacia el evangelio de Jesús. ‘Conviértete y cree en el Evangelio’, se nos dice.
Creemos en el Evangelio y miramos a Jesús, como decíamos antes. Cuando miremos a Cristo frente a frente, sin ocultamientos ni temores, iremos entonces confrontando nuestra vida, iremos dejando iluminar nuestra vida por su Palabra, iremos dando esos pasos que nos va pidiendo el evangelio, iremos dejándonos reconciliar con Dios que significará también irnos reconciliando más y más con los hermanos, iremos transformando nuestra vida por la fuerza de la gracia del Señor.
Es el camino que nos irá ofreciendo la Iglesia a través de toda la Cuaresma con la Palabra de Dios que cada día se nos proclame, con las celebraciones que iremos viviendo, con todas esas reflexiones que se nos vayan ofreciendo, con esos sacrificios que le iremos ofreciendo al Señor en la conversión de nuestro corazón, y con la intensidad de nuestra oración al Señor. Ayuno, limosna y oración son las tres palabras que se repiten, para hablarnos de ese sacrificio de nuestra conversión, de ese compartir generoso con los demás porque la limosna limpia tus pecados que dice la Escritura, y será nuestra oración al Señor.
Serán momentos para interiorizar de verdad en nuestra vida. Hoy el evangelio nos habla de cómo no podemos quedarnos en hacer las cosas de forma externa solamente buscando la apariencia. Nos dice Jesús que nos metamos en nuestro cuarto interior, que no es simplemente encerrarnos en una habitación para hacer nuestra oración y reflexión, sino saber entrar dentro de nosotros mismos con toda sinceridad para que podamos tener ese encuentro vivo con el Señor. Hay el peligro, y de eso nos quiere prevenir, de que recemos y recemos muchas oraciones pero no haya un encuentro vivo allá en el secreto de nuestro corazón con el Señor. Es lo que tenemos que cuidar mucho.
‘En el tiempo de la salvación te escucho, en el día de la salvación te ayudo…’ nos decía el Señor en la carta de San Pablo. Es el tiempo de la salvación, escuchemos de verdad a Dios en lo más hondo de nuestro corazón, sintamos viva en nosotros la gracia del Señor.

miércoles, 19 de junio de 2013

Un camino de crecimiento espiritual desde la autenticidad de nuestra relación con el Señor

2Cor. 9, 6-11; Sal. 111; Mt. 6, 1-6.16-18
No hace mucho escuchábamos que Jesús les decía a los discípulos que si su justicia no era mayor que la de los escribas y fariseos no llegarían a entender el Reino de Dios. Así tienen que ser nuestros deseos de santidad, que cada vez con mayor ahínco hemos de buscar para nuestra vida. Tiene que ser una vida en continuo crecimiento donde hemos de ir purificando nuestros deseos, nuestras intenciones, como hemos de ir mejorando nuestra manera de actuar igual que nuestras actitudes interiores.
El llamado sermón del monte que venimos escuchando día a día en el evangelio y tratando de meditarlo para irlo aplicando en nuestro camino de cada día va continuamente recordándonos diversos aspectos de nuestra vida, de nuestras relaciones con los demás, pero también de todo lo que ha de ser nuestra espiritualidad, nuestra relación con Dios, en una palabra, de nuestras prácticas religiosas.
Como siempre Jesús nos pide autenticidad en lo que hacemos y vivimos. De nada nos valen las apariencias si allá en lo más hondo de nosotros mismos no nos llenamos de Dios para ofrecerle lo mejor de nuestro corazón. No hacemos las cosas por el lucimiento para que los demás vean lo buenos que somos, porque con eso estaríamos ya enturbiando nuestras intenciones, podíamos decir, quitándole el brillo de aquellas buenas acciones que realicemos.
Es cierto que cuando los que están a nuestro lado vean nuestras buenas obras ellos darán gloria al Señor por ello, y les puede servir de estímulo para su caminar cristiano, porque realmente mutuamente nos ayudamos los unos a los otros. ‘Que vean vuestras buenas obras, nos dice Jesús cuando nos señala que tenemos que ser luz, para que glorifiquen al Padre del cielo’.
Pero hoy nos dice: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia - la santidad de vuestra vida, traducimos - delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre del cielo’. Nos señala tres pilares fundamentales de nuestra piedad como son la limosna, el ayuno y la oración. ‘No vayas tocando la trompeta por delante… no te pongas de pie delante de todos o en las esquinas de las plazas… no desfigures tu cara como los farsantes…’ nos señala Jesús. No busquemos ser honrados por los hombres, no busquemos alabanzas humanas que nos llenan de vanidad y orgullo. Como nos dirá en otro lugar que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.
En nuestra oración lo que tenemos que buscar es ese encuentro intimo y profundo con el Señor, por eso hemos de saber hacer ese silencio en nuestro corazón para poder sentirle y escucharle. Que aunque nuestra oración la hagamos unidos a los demás, con un verdadero sentido comunitario, como son nuestras celebraciones litúrgicas, no nos quedemos en realizar, por así decirlo, el rito, porque repitamos los gestos o las palabras rituales de nuestras oraciones, sino que surja esa oración desde lo más profundo de nuestro corazón, sintiendo esa presencia de Dios que me llena y me inunda el alma, disfrutando de su presencia y de su amor.
Por eso tenemos que hacerlo de forma auténtica, de forma viva, haciéndonos conscientes de verdad de lo que estamos haciendo, de cómo nos sentimos en la presencia del Señor, y concentrándonos bien para que nada nos distraiga, para que no se quede en lo ritual, sino que vivamente nos sintamos inundados de la gracia de Dios.
Es así cómo podemos ir creciendo espiritualmente; sintiendo esa fuerza de la gracia en nuestro corazón nuestra vida se irá iluminando para ir descubriendo lo que de verdad merece la pena; nos sentiremos purificados porque iremos descubriendo todo eso en lo que hemos de crecer y con la gracia del Señor, unidos a El íntima y profundamente en nuestra oración, nos sentimos al mismo tiempo fortalecidos en el Señor. Que no nos falte nunca esa gracia del Señor ni la echemos en saco roto para que seamos cada vez más santos. Esa ha de ser la meta y la tarea de todo cristiano que quiere en verdad seguir a Jesús.