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domingo, 31 de agosto de 2025

Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir, no andamos en la carrera de un concurso de méritos

 


Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir, no andamos en la carrera de un concurso de méritos

Eclesiástico 3, 17-20. 28-29; Salmo 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª; Lucas 14, 1. 7-14

¿Un concurso de méritos? ¿Será en eso lo que hemos convertido nuestra vida? Es cierto que tenemos que aspirar a ser el mejor y que seguramente cuando busquemos un colaborador para nuestros proyectos busquemos siempre lo mejor. Los buenos valores tenemos que saber utilizarlos, quien tiene las mejores cualidades ha de saber desarrollarlas. Claro que seguramente tenemos que preguntarnos qué entendemos por ser el mejor, cuáles son esos valores tan valiosos – y valga la redundancia – o las mejores cualidades de la persona.

El evangelio de hoy y toda la Palabra de Dios proclamada nos da pautas que tenemos que saber entender. La ocasión de las palabras de Jesús ha venido desde los codazos que El contempla que se dan los invitados por conseguir los mejores puestos, o los puestos de honor en aquel banquete al que han sido invitados. Y nos habla de humildad, no como una táctica para obtener posteriores reconocimientos sino como un sentido de vida en la verdad y en la autenticidad. ¿Será por ahí por donde nos chirríen nuestros engranajes y nuestras maneras de entender la vida?

La humildad es una actitud interior, no es mera apariencia, no es ocultar nuestra realidad ni nuestros valores, es reconocimiento de sentirnos amados aunque nos parezca que somos pequeños, es un constatar el regalo que hemos recibido simplemente porque somos amados. ¿No reconocía María que en la pequeñez de una esclava Dios había realizado obras grandes? Humildad que tampoco es pasividad ni conformismo; humildad que nos hace fuertes para ser generosos y nos dará una nueva lucidez a nuestra vida para saber valorar a los demás, sean quienes sean, o tengan lo que tengan. Quien es humilde tampoco necesita de la aprobación de nadie para hacer lo que él considera que debe hacer. Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir.

Igualmente nos dice que actuemos con humildad y generosidad no para ir consiguiendo réditos y méritos. Nuestra generosidad no puede terminar en arrogancia porque ya le quitaríamos su valor. Simplemente nos damos porque nos sentimos amados y con ese mismo amor nosotros queremos amar. Nos corresponderán o no nos corresponderán, pero nosotros seguimos amando, seguimos siendo generosos porque la satisfacción nos la dará el que por nosotros mismos seamos capaces de amar. Ojalá siempre sepamos gozarnos en nuestro interior por el bien que hacemos o por los caminos de crecimiento interior que logramos para los demás. Y es que el amor nunca es interesado, el amor peca siempre de generosidad y nunca se sentirá culpable de amar.

Hoy Jesús les dice a los invitados que no anden así con esos raquitismos de andar peleándose por esos honores mundanos. ¿Será ocupar un puesto de honor en la vida y recibir reconocimientos o serán también esas actitudes y posturas que de alguna manera tratamos de disimular para escoger con lupa a aquellos con quienes nos juntamos? ¿No nos sucede muchas veces que no queremos que nos vean con determinadas personas o con ciertos sectores de la sociedad para que, decimos, la gente no se confunda al vernos y piensen que todos somos de la misma calaña? Ya procuramos hacerlo con mucha sutileza pero de alguna manera son costumbres demasiado arraigadas en nosotros.

Jesus hoy aparece rompiendo moldes, tanto por lo que le dice a los invitados como por lo que le dice también al que realiza la invitación. No invites, les viene a decir Jesús, a quienes pueden ofrecerte una compensación por tu invitación invitándote ellos también a ti. Invita, les dice, a los que no pueden corresponder con una invitación, a los pobres, a los lisiados, a los que nada tienen, a los que incluso no te darán las gracias, porque eso sucede también muchas veces.

Son los caminos de la gratuidad que muchas veces no entiende el mundo que nos rodea, porque siempre parece que todo se hace por interés, todo lo que hacemos ha de tener una ganancia o sacar unos beneficios. Y cuidado que puede ser una tentación en la que fácilmente caigamos en aquellas cosas buenas que queremos hacer por los demás. Algunas veces pudiera parecer que vamos acumulando puntos porque en el Reino de los Cielos vamos a presentar la cartilla para ver qué mejor lugar podemos ocupar. Hasta en las cosas espirituales podemos ser interesados.

Nuestro premio es el Señor y teniéndolo a El, qué más da el lugar o la altura del pedestal, porque el gozo es el Señor. No andamos en la carrera de un concurso de méritos.

 

martes, 12 de agosto de 2025

Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

 


Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

Deuteronomio 31,1-8; Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Todos, quieras que no, vamos buscando nuestro lugar en la vida, para eso nos esforzamos, nos preparamos, trabajamos para ir logrando ese lugar, ese puesto, ese prestigio; podemos luego darnos importancia, o sentirnos interiormente satisfechos de nuestros logros. No está mal, claro que tendríamos que ver nuestras mañas, nuestras aspiraciones, los empujones quizás que hemos dado para quitar delante de nosotros el que nos estorba, el que nos impide llegar a aquel lugar con el que soñamos; tendríamos, es cierto, que ver por qué lo buscamos o qué pretendemos.

Pero no queremos ser como ‘esos’, y pensamos a los que vemos a nuestro alrededor que nada importan ni significan, que según nosotros simplemente van arrastrándose por la vida sin conseguir nada, sin salir de sus pobrezas o nulidades como a nosotros quizás nos gusta pensar. Y nos hacemos comparaciones y no queremos ‘vernos en su pellejo’, porque nos parece que para nada valen, para nada sirven y no van a llegar a ninguna parte.

Ya nos estamos dando cuenta que en esas nuestras apetencias no todo era tan bonito cuando decíamos que queríamos buscar nuestro lugar en la vida. Cuántas comparaciones hacemos, cuantas descalificaciones, a cuantos arrimamos a un lado porque son tan pequeños, son tan insignificantes en la vida, que nada decimos alcanzarán. ¿Para nosotros los primeros puestos, los lugares de importancia?

Jesús viene a romper nuestros esquemas. De entrada ha tomado un niño y lo ha puesto en medio. ¿Qué hace un niño en una reunión de personas mayores? ¿Qué puede pintar allí? ¿Quizás para que nos haga los mandados? Pero Jesús viene a decirnos otra cosa. ‘¿Quién será el más importante en el Reino de los cielos?’ Una pregunta que parece que no dice nada. ¿A qué viene esa pregunta? Pero es lo que tantas veces han discutido y volverán a discutir entre el grupo de los discípulos más cercanos a Jesús. Y Jesús lo quiere dejar muy claro. ‘Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí’.

Por eso ha puesto un niño allí en medio, en el centro. Hacernos como niños, pequeños como este niño; no eran tenidos en cuenta para nada los niños. Se le consideraba algo insignificante. Se acogía a los amigos, se acogía a las personas de bien, se acogía a las personas importantes, se acogía a los poderosos, pero ahora nos dice Jesús que hay que acoger un niño. Sus ángeles están viendo el rostro de Dios, nos dice.

Si el pastor que pierde una oveja en el campo se vuelve loco buscándola hasta que la encuentre, ahora nos dice Jesús que a ese pequeño e insignificante hay que acogerlo, hay que tenerlo en cuenta. Pero es que nos dice más, es que nosotros tenemos que hacernos así pequeños, como los inocentes niños, y entonces entenderemos la verdadera grandeza que hemos de buscar.

Pero nosotros seguimos con nuestras peleas y con nuestras ambiciones, seguimos buscando puestos y queriendo ascender en esa escalera que nos llevaría a los puestos de privilegio. ¿Dónde está nuestro espíritu de servicio? ¿No estaremos viendo esos codazos muchas veces también en nuestra iglesia? Las hermandades que quieren aparecer con toda pomposidad y gran número de afiliados; los puestos especiales en nuestras celebraciones porque nosotros vamos con nuestro bastón de mando o con nuestras medallas y nuestras túnicas y hábitos, los ropajes de colores que buscamos vestir para diferencias las diversas categorías o las carreras que hemos hecho.

¿Nuestra iglesia no tendría que leer con más atención este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece?

miércoles, 21 de junio de 2023

No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

 


No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18

Bueno, hay que decirlo así, a todos nos gusta una alabanza, una muestra de agradecimiento, que nos reconozcan lo que hemos hecho. Es muy humano. Podemos decir también que un reconocimiento puede ser un aliciente, un estímulo en esa lucha interior por salirnos de nosotros mismos para hacer algo distinto, para hacer algo que sea bueno también para los otros. Y realmente hemos de decir que no podemos quitar esos estímulos de la vida. Aunque sabemos que las cosas hay que hacerlas no por los reconocimientos que tengamos, sino desde nuestra responsabilidad, desde la humanidad que llevemos en el corazón.

Es cierto que demasiados hay en la vida que no saben actuar sino por el aplauso, por la plaquita que nos den o pongan en algún lugar con nuestro nombre. Forma parte, como decíamos, de nuestra condición humana, que halaguen nuestro yo. Pero ¿qué tiene que ser lo importante? ¿Nuestro amor propio o un amor autentico que nos lleve a darnos por los demás? Nos ponemos en plan de razonamientos y todos lo vemos muy claro, pero luego quizás será lo que hagamos en el día a día. Y bien sabemos de cuantos se suben con mucha ligereza al pedestal para recibir los aplausos.

Jesús hoy en el evangelio viene a prevenirnos y nos habla en tres situaciones muy concretas de la vida, la limosna, el ayuno y la oración, aunque por supuesto lo podemos ampliar a todos los aspectos de la vida. Quizás el evangelista nos ha recogido solamente estas situaciones por esa denuncia constante que Jesús hace en el evangelio de las actitudes y de las posturas de los fariseos. Porque los ejemplos que está poniendo Jesús para concretar esas situaciones bien retratan las costumbres de los fariseos acostumbrados a figurar y a que todo lo que hacían tuviera su resonancia para recibir las alabanzas de la gente.

Nos deja Jesús una sentencia muy sencilla y muy bonita. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha’. Es la ofrenda callada y anónima de aquella pobre viuda en el templo. Si hoy la conocemos es porque fue Jesús el que en ella se fijó y nos quiso dar una lección, pero la generosidad de aquella mujer había pasado desapercibida para todos. Es la tarea de nuestro amor, es el silencio de nuestra generosidad, es el corazón que calladamente se pone al lado del otro sin que nadie lo note, pero que va a levantar el animo de quien sufre en soledad, es ese gesto que pasará desapercibido para la mayoría de los presentes pero que lo sentirá en su corazón quien está buscando fuerzas para levantarse y en esa mirada silenciosa, en esa sonrisa que pasa desapercibida para los demás él escucha esa palabra que le da aliento y que le da fuerza.

Y nos hablará Jesús de cuales han de ser las actitudes y las posturas de nuestra relación con Dios, ya sea la oración, ya sean nuestros actos penitenciales. ‘Entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Si nuestra oración no sale del corazón nunca llegará a Dios. No son las palabras repetidas en altavoz como una cantinela, mientras quizás nuestros pensamientos y nuestro corazón están muy lejos del lugar en que te encuentras, las que van a llegar al corazón de Dios. Decimos tantas veces que Dios no nos escucha, pero es que realmente nosotros hemos hablado con Dios, ¿nuestra oración ha sido realmente un encuentro vivo con el Dios que tanto nos ama?

Pero ya decíamos que estas pautas que hoy Jesús nos propone nos valen para todas las situaciones de nuestra vida. Es todo ese desarrollo de nuestra vida interior, como será el cumplimiento de nuestras responsabilidades personales, familias o en el ámbito de nuestra sociedad. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿Solamente buscamos una recompensa o una compensación? ¿Habrá algo profundo dentro de nosotros mismos que sea lo que nos mueva a darle toda esa intensidad a nuestra vida?

 

domingo, 28 de agosto de 2022

La persona humilde no espera a que el otro sea quien dé el primer paso, sino que estará siempre con los pies bien dispuestos a salir y encontrar al que está caído en el camino

 


La persona humilde no espera a que el otro sea quien dé el primer paso, sino que estará siempre con los pies bien dispuestos a salir y encontrar al que está caído en el camino

Eclesiástico 3, 17-20. 28-29; Sal 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª; Lucas 14, 1. 7-14

Hoy los protocolos de los que hemos llenado nuestra vida social y de relaciones entre unos y otros ya no hace que cuando vayamos a una boda, por ejemplo, vayamos como locos a buscar la mesa mejor, donde más pronto nos puedan servir, o donde podamos relucir nuestro ‘palmito’, sino que tendremos que irnos a buscar en unas listas qué mesa nos corresponde y con quien tenemos que compartir mesa, porque todo está muy reglamentado. Siempre nos quedará tiempo para murmurar y quejarnos del sitio que nos asignaron y la gente con la que hemos de compartir si no son de nuestro agrado, a pesar de la buena voluntad de los anfitriones. Siempre nos queda en el fondo aquel deseo de buscar el sitio de relumbrón donde podamos ‘mostrar’ nuestras vanidades.

Es lo que Jesús contempló en aquella ocasión cuando fue invitado por aquel fariseo principal a comer y el mensaje que Jesús nos dejará a invitados y a anfitriones. Nos está señalando que nuestros estilos tienen que ser diferentes, porque ni hemos de estar buscando sitios preferentes, primeros puestos, ni hemos de buscar rodearnos solamente de aquellos que consideramos ‘importantes’ sino que nuestro espíritu tiene que estar siempre abierto a todos. Es el estilo nuevo de los valores nuevos que Jesús nos está enseñando.

Qué importante que todos nos sintamos como hermanos, que todos nos sintamos iguales, que seamos acercarnos con sencillez y humildad a los demás, que nunca vayamos por la vida apabullando a los demás porque los consideremos inferiores, que si hay en nosotros unas cualidades o unos valores seamos capaces de desarrollarnos no para ponernos en un estadio superior sino que precisamente esa riqueza de nuestros dones enriquezca también a los demás. Es cierto que no todos tenemos las mismas responsabilidades ni tenemos las mismas capacidades o cualidades, pero esa responsabilidad y esa capacidad la tenemos que contemplar como un servicio que yo puedo y tengo que prestar a los demás.

La humildad que nos está pidiendo Jesús en nuestras relaciones entre unos y otros no significa por un lado ocultar aquellos dones de los que estoy dotado, ni haciendo alarde de mis valores servirme de ello para humillar a los demás. Por eso el corazón humilde, reconociendo incluso la riqueza de dones de su vida, tiene sin embargo una capacidad ilimitada de generosidad y de espíritu de servicio. El hombre humilde está pronto para despojarse siempre de sus vanidades y ceñirse la toalla del servicio asumiendo generosamente las responsabilidades de la vida que será también sentir como propio las necesidades de los demás.

Hoy nos habla de no pelearnos por primeros puestos ni lugares de honor y nos habla de compartir no con aquel que un día te va a pagar ese mismo servicio que ahora tu le prestas, sino con aquellos que nada tienen y que quizá no podrán corresponderte más allá de una buena palabra de agradecimiento.

No invites a tus amigos y a quienes un día también pueden invitarte a ti; eso lo hace cualquiera, como nos dirá en otro momento del evangelio cuando nos habla del amor, de la generosidad y del perdón. No hagas alarde de lo que haces o de lo que tienes, sino que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, nos dirá en otra ocasión.

No esperes nunca a que el otro sea el que dé el primer paso, sino que tus pies siempre estén dispuestos para ser los primeros que se pongan en marcha para encontrar al que está herido y caído en el camino.

miércoles, 26 de mayo de 2021

El camino del seguidor de Jesús tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para ser servidores de todos

 


El camino del seguidor de Jesús tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para ser servidores de todos

Eclesiástico 36, 1. 4-5a. 10-17; Sal 78; Marcos 10,32-45

En todas partes nos encontramos con quien busca protagonismos, busca por la forma que sea destacar, llamar la atención, para que se le tenga en cuenta y a la larga conseguir sus metas y ambiciones. Eso nos lo encontramos fácilmente en muchos grupos humanos y suele ser motivo de desasosiego e inquietud que va sembrando o que va produciendo reacciones que corroen la unidad de tal grupo; es un camino fácil de perdición y destrucción.

El grupo de los que seguían a Jesús de cerca era un grupo humano como todos; se había ido constituyendo desde la inquietud que aquellos hombres sentían en su interior y que en Jesús comenzaban a tener respuestas y estaba formado especialmente por aquellos que Jesús había ido llamando para tenerlos junto a sí; un grupo diverso, pescadores algunos, alguno como Mateo procedía del campo de los publicanos y en cierto modo funcionario por la tarea que realizaba de cobrador de impuestos, otros provenían de aquellos grupos inquietos de los zelotes, probablemente gentes de aquellos campos de Galilea acostumbrados al cultivo de sus tierras, algunos parientes de Jesús.

En torno a Jesús se había ido formando el grupo y Jesús los había ido preparando. Ahora en especial a ellos les anuncia el sentido de su subida a Jerusalén. Daba la impresión de que iba con prisa, pues se les adelantaba en el camino de la subida a Jerusalén y ellos se preguntaban por qué sería aquello. Les desvela su secreto, les revela lo que va a pasar en Jerusalén, aunque ellos no parecen entender las palabras de Jesús como veremos en otras ocasiones.

Parecía el momento oportuno cuando Jesús les había reunido aparte y en una cierta intimidad haciéndoles estos anuncios, para aquellos dos hermanos expresar a Jesús lo que llevaban, quizá hacía tiempo, de inquietud en su corazón. Se valen de la presencia de la madre y le dicen que quieren hacerle una petición. ‘Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir… ¿Qué queréis que haga por vosotros?... Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda… No sabéis lo que pedís…’ Así transcurrió el diálogo ante la sorpresa y la inquietud del resto de los discípulos que veían como éstos se les adelantaban en lo que podían ser aspiraciones de todos.

‘No sabéis lo que pedís…’ les dice Jesús. Pero es Jesús el que ahora pregunta. ‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Lo que Jesús les plantea es algo serio. El mismo lo ha anunciado hace un momento, el sentido de su subida a Jesús; es la entrega, es el amor hasta el final, es el ser capaces de llegar a dar la vida. Les había hablado de que su subida era para la pasión y para la muerte. Era la entrega del amor, era el ser capaces de ponerse el ultimo, el ser capaces del sacrificio por los demás. ¡Qué distinto era lo que ellos pedían! Pedían honores, pedían poder, pedían participar de la gloria del triunfo sin pasar antes por la entrega de la pasión. Ellos dicen que están dispuestos aunque sin quizás pensar demasiado a lo que comprometía aquel bautismo del que Jesús hablaba.

Y los otros discípulos andan por allí revueltos. Las apetencias de algunos y la búsqueda de protagonismos, como ya antes decíamos, producen división que lleva a la destrucción. Por eso Jesús los coge de nuevo aparte a todos ellos para explicarles lo que una y otra vez les ha dicho. No pueden ellos estar andando con apetencias a la manera de los que quieren ser poderosos en este mundo. Su camino tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, por el camino del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para hacerse servidores de todos.

Pero esto tenemos que escucharlo todos los que queremos seguir a Jesús. Que también andamos muchas veces a zancadillas, a búsquedas de protagonismos, a querer aparecer para que vean lo buenos que somos y todas las cosas buenas que hacemos, también queremos diferenciarnos subiéndonos en pedestales y en las búsquedas de reconocimientos. Pero en lo único que tenemos que diferenciarnos es en el amor, en que somos capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos. Esos son los primeros lugares que tenemos que buscar.

martes, 2 de marzo de 2021

Seamos capaces de presentar a Cristo con el testimonio de nuestra vida y descubrir al Cristo roto en los hermanos que sufren

 


Seamos capaces de presentar a Cristo con el testimonio de nuestra vida y descubrir al Cristo roto en los hermanos que sufren

Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

El mejor predicador es el ejemplo. No tenemos dudas de ello. Por eso quien nos convence de verdad es Jesús. Pero es la alerta que hoy Jesús nos sigue haciendo. No se trata solo de lo que Jesús echa en cara a los maestros de la ley de su tiempo, sino de la Palabra de Jesús que llega a nosotros  hoy. No nos podemos quedar en apariencias ni vanidades.

En el evangelio se nos dice que en ocasiones querían poner a prueba a Jesús y por allá iban en ocasiones maestros de la ley, en otros momentos eran directamente los fariseos o los fariseos los que se enfrentaban a Jesús con preguntas capciosas, o se valían de los partidarios de Herodes o de cualquiera que se atreviera a enfrentarse a Jesús para poner en duda su autoridad. Mira por donde en algunas ocasiones parecen preguntas de examen, a ver si Jesús decía algo contrario a lo que enseñaba la ley como aquello de preguntar cuál es el primer mandamiento de la ley. De Jesús no se sabía que hubiera estudiado en alguna escuela rabínica de las que había en Jerusalén, y esa era la pregunta que se hacían sus convecinos de Nazaret preguntándose de donde sacaba toda aquella doctrina que enseñaba si lo vieron siempre allí en su pueblo de Nazaret.

Jesús por otra parte no se mostraba como los maestros de la ley de entonces o los principales dirigentes en sus distintas opciones de fariseos, saduceos, herodianos y otros grupos. No buscaba primeros puestos, no buscaba asientos de honor en las sinagogas, no hacía las cosas a bombo y platillo para que todos se enteraran y reconociesen su influencia y su poder. Cuántas veces le vemos en el evangelio tras realizar alguno de los milagros que hacía recomendarles que aquello no lo dijeran a nadie, aunque su fama se extendía y todos los reconocían viniendo de todas partes para buscar algún tipo de salvación o salud.

Pero decíamos antes que cuando hoy nosotros escuchamos el evangelio es para descubrir cómo es luz para nuestra vida hoy. Si en aquella época buscaban lugares de honor o de influencia en la sociedad, cuidado hoy no andemos nosotros también buscando alguna de esas cosas. Y ya tenemos que recordar una y otra vez que Jesús no quiere vanidades en nuestra vida ni son esos reconocimientos los que tenemos que buscar. Nuestra influencia en la sociedad como cristianos es tratar de llevar esos valores que aprendemos del evangelio y de ello contagiar a nuestro mundo para que se abra al reino de Dios. Pero acaso algunas veces ¿no estaremos más pendientes de títulos, de lugares de importancia o de influencia que del testimonio que tendríamos que dar de la Palabra hecha vida en nosotros?


Os cuento algo; hace unos días llegó a mis manos un video con un mensaje muy hermoso en el que un sacerdote se había encontrado con una imagen de un Cristo roto y era lo que él quería presentar en esta cuaresma, en estas circunstancias en que vivimos en que en nuestro entorno podemos encontrarnos muchos cristos rotos en las personas rotas por tantos sufrimientos. Presentaba con mucha sencillez ese mensaje y yo quise compartirlo con mucha gente a través de las redes sociales, pues me parecía que era un mensaje que nos ayudaba a pensar.

Muchos me lo agradecieron y alabaron el mensaje, pero hubo un comentario que me llamó la atención; una persona que enseguida me dijo que conocía al sacerdote del mensaje, que era un hombre muy preparado con no sé cuantos títulos en teología y me dio la impresión que el mensaje para esa persona se quedó diluido en los grados universitarios y en la importancia de ser una persona conocida para él. Me pregunto ¿si no tuviera esos títulos su mensaje no tendría valor ni sería una enseñanza para nuestra vida?

No quiero entrar en juicio de nadie ni contra nadie, pero me ha parecido bien compartirlo desde lo que venimos reflexionando porque ¿qué era más importante? ¿el mensaje en sí que nos hacía descubrir a esos cristos rotos con que nos podemos ir tropezando en los caminos de la vida o la importancia del que nos trasmitía el mensaje por toda la instrucción teológica que llevase en su vida? ¿En qué de verdad tenemos que apoyarnos para alimentar nuestra fe, para buscar esos caminos que nos lleven a dar frutos, a la transmisión del mensaje de Jesús que tiene que ser una tarea nuestra de cada día?

viernes, 12 de junio de 2020

Si queremos vivir un auténtico seguimiento de Jesús tenemos que arrancar de nosotros tantas cosas que se nos pegan del mundo y manchan el camino de la Iglesia


Si queremos vivir un auténtico seguimiento de Jesús tenemos que arrancar de nosotros tantas cosas que se nos pegan del mundo y manchan el camino de la Iglesia

1Reyes 19, 9a. 11-16; Sal 26; Mateo 5, 27-32
Siempre nos han parecido fuertes las palabras de Jesús en el evangelio. Habla de una radicalidad fuerte a la hora de su seguimiento y como nos parecen palabras tan fuertes siempre estamos prontos para hacernos nuestras interpretaciones, por una parte desde quienes se toman en serio esa radicalidad y son capaces de mutilarse físicamente o por otra parte de quienes nos hacemos nuestras rebajas que al final terminamos descafeinando el evangelio; queramos o no queramos un café descafeinado no es café aunque mantenga sus ‘sabores’, pero se le ha quitado su elemento más esencial. Es lo que muchas veces hacemos al final con el evangelio.
Como hemos venido reflexionando en estos días en que se nos está ofreciendo en el evangelio el llamado Sermón del Monte es cuestión de un amor que se ha derrochado sobre nosotros, que hemos experimentado en nuestra vida, y de la respuesta de amor que en consecuencia queremos dar. Nada, pues, nos puede distraer de ese amor. Como diría san Pablo nada podrá apartarme del amor de Cristo Jesús. Es lo que tenemos que hacer con nuestra vida, es el camino que nos pide el evangelio, es lo que tiene que ser el verdadero seguimiento de Jesús.
Ya escuchamos en distintos momentos del evangelio como Jesús se muestra radical y exigente con aquellos que quieren seguirlo o que han sentido la llamada del Señor. No se puede estar volviendo la vista atrás cuando hemos puesto la mano en el arado en la tarea del seguimiento de Jesús. Y a quienes quieren seguirle recordemos que les dice que los zorros tienen sus guaridas o los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza, y si vamos a seguirle buscando unas facilidades para nuestra vida, no es ese el camino del seguidor del evangelio.
No nos valen prebendas, no nos vale el beneficio que podamos sacar con nuestros prestigios o nuestras ganancias, no nos valen las apariencias ni las vanidades, no nos vale el querer situarnos en lugares de poder porque así podamos influir o dominar sobre los demás, sino que el camino es el del servicio y el de hacerse el ultimo y el servidor de todos. Y así podríamos recordar muchos pasajes más del evangelio.
Cuanto tendríamos que revisar en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en las carreras que algunas veces vemos hasta dentro de nuestras comunidades, en nuestra propia Iglesia. Da la impresión que puede más en nosotros y hasta en nuestra propia iglesia el espíritu del mundo, lo que son esas luchas de poder o de prestigio que vemos en tantos en la vida pública, o en los que tendrían que vivir su vida como una vocación de servicio a los demás.
Nos dejamos contagiar fácilmente y tenemos el peligro de montarnos nuestros escaparates de vanidades, de grandezas, de títulos honoríficos y tantas veces no tan honoríficos sino que pueden significar poder. Algunas veces incluso pueden aparecer actuaciones influenciadas por esos miedos a las pérdidas de prestigio o de poder. Tendríamos que vivir una Iglesia más sencilla, más pobre, más humilde, más en consonancia con el espíritu del Evangelio.
Hay algo, entonces, que sea un obstáculo para la vivencia de ese amor, tenemos que apartarlo radicalmente de nuestra vida. En nosotros, en el seguidor de Jesús, tiene que brillar una rectitud que sea ejemplar para los demás; en el seguidor de Jesús ha de resplandecer todo lo que sea el servicio y el amor, nada lo puede oscurecer; el que quiere seguir el camino del evangelio ha de buscar primero y por encima de todo lo que es el Reino de Dios y su justicia, que lo demás será un regalo del Señor.
Por eso todo aquello que nos hace pecar, que nos desvía del camino del seguimiento de Jesús tenemos que apartarlo radicalmente de nuestra vida; no podemos consentir con la tentación y la debilidad, es la lucha que cada día hemos de mantener; tenemos que alejar de nosotros todas esas vanidades de las que tantas veces nos rodeamos. Pero tenemos que hacer prevalecer por encima de todo lo que es el amor verdadero y la misericordia, que recibimos del Señor y con la que nosotros tenemos que saber acercarnos a los demás.