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domingo, 20 de septiembre de 2026

Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña

 


Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña

Isaías 55, 6-9; Salmo 144; Filipenses 1, 20c-24. 27A; Mateo 20, 1-16

¿Por qué siempre hemos de estar comparándonos los unos a los otros, sacando a relucir méritos o merecimientos, lo mejor que nosotros lo hacemos y siempre la inferioridad de los otros? Hemos convertido la vida en un tira y afloja, en una lucha competitiva para ver quién acaba primero la carrera y a la larga en buscar por los medios que sea el descalificar al otro porque al final ni lo consideramos digno de estar en esa competición.

No tendría que ser la vida una competición, porque aunque mucho hablamos de deportividad no es esa la manera habitual que empleamos para desarrollar lo mejor de nosotros mismos. Competencia en el sentido de que saquemos lo mejor de nosotros mismos para desarrollar la función que tengamos en la vida o ser nosotros mismos es una cosa, pero convertir la vida en una competición es bien distinto. Por eso andamos siempre con el reloj en la mano, no tanto para aprovechar nosotros el tiempo que no se nos pierde en superficialidades, sino para tener en cuenta y medir lo que hacen los otros, que siempre nos parecerá que no vale tanto como lo que nosotros hacemos.

Son los primeros pensamientos que me surgen al escuchar la Palabra de Dios que en este domingo se nos ofrece. Muchas veces habremos reflexionado sobre esta parábola de los obreros llamados a la viña en distintas horas del día. Una parábola que rompe esquemas sobre la forma cómo nosotros nos organizamos y medimos lo que hacemos. Una parábola que nos enseña cómo valorar el trabajo pequeño o grande que realizan los demás. Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña. Una parábola que nos hace mirar con ojos distintos a los que llegan a nuestro mundo y a nuestra vida en la hora del hoy manteniendo siempre por encima de todo su dignidad de personas y valorando que en esta hora que nos parece intempestiva sin embargo pueden hacer por nuestro mundo y por nosotros. Una parábola que nos está enseñando lo maravilloso que es el amor que nos tiene que hacer comprensivos y generosos abriendo siempre nuestros brazos con un sentido amplio y universal.

Los obreros de la primera hora quizás miraban mal a aquellos que se incorporan en horas distintas, al final protestarán porque a los últimos se les ha pagado igual que a los primeros que parecieran que se llevaron todo el calor y el bochorno del día. ¿No habrán también en nosotros esos sentimientos encontrados en relación a lo que hacen los demás porque nos parece que lo que hacemos nosotros sí vale y tendría que tener el reconocimiento de lo que hemos hecho?

Afloran a veces sentimientos negativos en nosotros cuando vemos tanta gente distinta a nuestro alrededor y nos aparecen incluso algunos resabios racistas en relación a los que vienen de otros países. Nos van a quitar el pan de nuestros hijos, dicen a veces algunos, como si el mundo fuera solo nuestro. ¿No tendría que decirnos a nosotros, como aquellos obreros de última hora de la parábola, que están ociosos porque nadie los ha contratado? Tanto que hablamos de la globalidad de nuestro mundo, tanto que hablamos de la dignidad de las personas y ¿por qué hacemos tantas distinciones que se convierten en discriminaciones?

Por eso decía que esta parábola nos va a enseñar a tener una mirada distinta y a provocar en nosotros unas nuevas actitudes para hacer que la vida sea más que una competición una colaboración entre todos, cada uno desde su tiempo y su lugar, para hacer que tengamos un mundo más humano, nuestras mutuas relaciones tengan más humanidad, y ciertamente aprendamos a ser verdaderamente solidarios los unos con los otros. Es el camino del amor que tendría que imperar en nuestra vida.

Ya nos recordaba el profeta que los planes de Dios son distintos y superiores a la mezquindad con que nosotros vamos caminando por la vida. Es la novedad que nos ofrece el evangelio que nos pedirá una vestidura nueva, unos odres nuevos para el vino nuevo, un hombre nuevo que se haya despojado de esas vestiduras viejas del egoísmo y la insolidaridad para vestir el traje de fiesta que siempre resplandece con las múltiples joyas del amor vivido en los mil detalles con que expresamos el amor a cuantos nos rodean, sean quienes sean, hagan lo que hagan. ¿Vestiremos ese traje del hombre nuevo de la gracia?


miércoles, 19 de agosto de 2026

Tenemos que reconocer que somos una misma humanidad que entre todos ponemos el granito de arena de nuestra vida para hacer que nuestro mundo sea más humano

 


Tenemos que reconocer que somos una misma humanidad que entre todos ponemos el granito de arena de nuestra vida para hacer que nuestro mundo sea más humano

Ezequiel 34, 1-11; Salmo 22; Mateo 20, 1-16

La vida la hemos convertido en una carrera donde todos queremos llegar los primeros o tener siempre los beneficios de los ganadores; hay que ser competitivos nos dicen porque se quiere desarrollar en nosotros esos deseos de no quedarnos atrás, de ser siempre los ganadores y algunas veces en esa competición parece que fuéramos enemigos los unos de los otros porque queremos arrasar a nuestros contrincantes, queremos avasallar, o queremos valernos de las influencias del poder que hayamos conseguido para anular a los demás.

¿Es eso algo que nos satisface, que nos haga vivir la vida con paz, que lleguemos de verdad a comprender de esa manera el sentido de la vida? Creo que ser competitivo no tiene que significar anular a nadie, sino desarrollar lo mejor de nosotros mismos con la conciencia además de estar contribuyendo a hacer que nuestro mundo sea mejor para todos poniendo cada uno su parte, como solemos decir, su granito de arena.

Pero no siempre lo entendemos así. Ya sabemos de los empujones con que andamos en la vida, de las manipulaciones que intentamos hacer para conseguir nuestros adelantamientos, de lo poco que valoramos lo positivo que también ofrecen los demás, de cómo siempre nos creemos merecedores de los mejores premios sobre todo para deslumbrar a los demás. Después de todo eso ¿no sentiremos un vacío por dentro?

Hoy Jesús nos propone una parábola partiendo de esas cosas normales de la vida y de lo que era la vida de trabajo en un mundo rural, como quizás también podemos ver hoy en parte de nuestra sociedad. El dueño de una viña que necesita jornaleros para trabajar en su campo y sale muy de mañana en búsqueda de esos trabajadores. Hasta aquí todo parece que entra en la normalidad, quedan en lo que van a recibir de salario al final del día y son enviados al campo. Pero no sé si es que las necesidades eran mayores de lo previsto o era el buen corazón de aquel hombre, que sale también a la plaza a diversas horas del día y sigue recolectando trabajadores para su campo; casi al final del día se sigue encontrando gente que no ha sido contratada y él los envía también a su viña.

Quiere aquel amo de la vida que todos puedan tener trabajo, por eso ya no le importa la hora del día pero sigue invitando gente para trabajar en su viña. A la hora de la paga del jornal es cuando sucede algo que parece estar fuera del guión, porque los últimos que han ido a trabajar reciben el mismo salario que los primeros; como siempre suele suceder surge el descontento y las reclamaciones. Habían quedado en un denario y un denario reciben según contrato.

Pero detrás de todo esto quiere dejarnos Jesús un mensaje. Primero podríamos decir su voluntad de que todos puedan trabajar; cada uno ha de aportar según sus propias condiciones en la hora en que ha sido llamado pero todo trabajo ha de tener su valor; no andamos aquí en nuestros parámetros humanos donde, como decíamos al principio, andamos todos a la carrera y al empujón, mirando con malos ojos lo que el otro pueda aportar y dejando aflorar con demasiada facilidad nuestros orgullos y nuestras envidias porque nos hayamos tomado la vida como una competición en la que ganar significa descartar o anular al otros.

Miremos como hacemos todas nuestras competiciones en la vida, incluso en el mundo deportivo, donde siempre vamos descartando gente o equipos y al final los que se sienten perdedores ya sabemos cómo suelen reaccionar, con poca deportividad solemos decir, pero tendríamos que pensar qué es lo que les hemos insuflado en su espíritu para hacer esa competición. ¿Lo importante es la belleza del juego, la humanidad y respeto que nos tenemos incluso en la lucha, o lo que va a predominar es nuestro amor propio o nuestro orgullo herido?

No terminamos de aprender a caminar juntos. Por muchas palabras bonitas que digamos siempre nos quedan heridas que no sabemos curar en el corazón. ¿Cuando nos daremos cuenta que somos una misma humanidad y todos tenemos que contribuir a que sea más humano nuestro mundo?


lunes, 13 de julio de 2026

El camino puede tener baches que pongan en peligro el equilibrio de la paz pero aun así el perfume del amor de Cristo nos envuelve y fortalece en el camino

 


El camino puede tener baches que pongan en peligro el equilibrio de la paz pero aun así el perfume del amor de Cristo nos envuelve y fortalece en el camino

Isaías 1, 10-17; Salmo 49;  Mateo 10, 34 – 11, 1

Como solemos decir nos gustaría que en la vida todo nos marchara sobre ruedas, un camino de rosas lleno de colorido y buen perfume, pero bien sabemos que los caminos tienen baches y ese vehículo de la vida en muchas ocasiones nos vibrará más de lo que deseamos, y que las rosas, es cierto, tienen su bello colorido y su aroma que todo lo llena de perfume pero también tienen espinas y según como las afrontemos, las tomemos en nuestras manos muchas veces vamos a sentir sus pinchazos en nuestra carne y hasta nos producirán dolor y sangre.

Creo que esto que estoy diciendo nos puede ayudar a encontrar la clave de las palabras de Jesús; lo que hoy hemos escuchado viene a ser conclusión de aquellas recomendaciones que Jesús hacía a los que había escogido para ser apóstoles, para ser sus enviados. Es parte de esa formación y preparación que Jesús va haciendo con ellos ante la misión que van a recibir.

Ser los enviados de Jesús claro que nos produce una gran satisfacción, y sentir que van a hacer la misma obra de Jesús porque eso viene a significar ese poder que les ha dado para curar enfermos, expulsar demonios o resucitar muertos. Podríamos decir que se sienten como niños llenos de gozo porque les han regalado unos zapatos nuevos, así podríamos sentir también lo que es su misión. Pero aparte del desprendimiento y humildad que les ha pedido para que en verdad sean fieles a su misión también les anuncia Jesús, y lo hemos venido escuchando, que el camino no es fácil; lo que antes decíamos de los baches del. camino y de las espinas de las rosas.

Es lo que viene a decirnos hoy. Y nos habla de fuego y nos habla de guerras, nos habla de división cuando el mensaje que tenemos que trasmitir es el del amor y la paz, nos habla de los contratiempos cuando no seamos entendidos incluso por los más cercanos a nosotros, nos habla de la exigencia de un amor radical de manera que ningún otro amor podrá separarnos del amor de Dios, como un día nos reflexionara también san Pablo en sus cartas, nada puede estar por encima de ese amor que será siempre prioritario entre todos los amores humanos que tengamos, pero que será donde encontremos modelo que dé sentido y fuerza para mantenernos en esa fidelidad radical. Nos está pidiendo Jesús una opción radical siendo capaces de entregar la vida, perderla, porque eso es lo que será en verdad ganarla.

Pero nos deja al mismo tiempo el matiz bonito y delicado de saber que quien nos recibe está recibiendo a quien nos ha enviado, descubriendo así esa mediación tan hermosa que nosotros hemos de ser para los demás; pero también nos está enseñando el valor de las cosas pequeñas, porque un simple vaso de agua no quedará sin recompensa.

Gozosos hemos de sentirnos porque nos sentimos amados; gozosos por esa misión que pone en nuestras manos; gozosos porque podamos realizar la misma obra de Jesús; gozosos porque no nos sentimos solos, recordemos que nos ha prometido la asistencia de su Espíritu; gozosos porque también podemos parecernos a El cuando estamos viviendo su misma cruz; gozosos aun en medio de esos contratiempos que podamos encontrar cuando no somos comprendidos o incluso rechazados porque es signo de la autenticidad del mensaje que tratamos de trasmitir; gozosos porque al final tendremos la recompensa de la vida eterna que Jesús nos ha prometido.

domingo, 31 de agosto de 2025

Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir, no andamos en la carrera de un concurso de méritos

 


Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir, no andamos en la carrera de un concurso de méritos

Eclesiástico 3, 17-20. 28-29; Salmo 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª; Lucas 14, 1. 7-14

¿Un concurso de méritos? ¿Será en eso lo que hemos convertido nuestra vida? Es cierto que tenemos que aspirar a ser el mejor y que seguramente cuando busquemos un colaborador para nuestros proyectos busquemos siempre lo mejor. Los buenos valores tenemos que saber utilizarlos, quien tiene las mejores cualidades ha de saber desarrollarlas. Claro que seguramente tenemos que preguntarnos qué entendemos por ser el mejor, cuáles son esos valores tan valiosos – y valga la redundancia – o las mejores cualidades de la persona.

El evangelio de hoy y toda la Palabra de Dios proclamada nos da pautas que tenemos que saber entender. La ocasión de las palabras de Jesús ha venido desde los codazos que El contempla que se dan los invitados por conseguir los mejores puestos, o los puestos de honor en aquel banquete al que han sido invitados. Y nos habla de humildad, no como una táctica para obtener posteriores reconocimientos sino como un sentido de vida en la verdad y en la autenticidad. ¿Será por ahí por donde nos chirríen nuestros engranajes y nuestras maneras de entender la vida?

La humildad es una actitud interior, no es mera apariencia, no es ocultar nuestra realidad ni nuestros valores, es reconocimiento de sentirnos amados aunque nos parezca que somos pequeños, es un constatar el regalo que hemos recibido simplemente porque somos amados. ¿No reconocía María que en la pequeñez de una esclava Dios había realizado obras grandes? Humildad que tampoco es pasividad ni conformismo; humildad que nos hace fuertes para ser generosos y nos dará una nueva lucidez a nuestra vida para saber valorar a los demás, sean quienes sean, o tengan lo que tengan. Quien es humilde tampoco necesita de la aprobación de nadie para hacer lo que él considera que debe hacer. Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir.

Igualmente nos dice que actuemos con humildad y generosidad no para ir consiguiendo réditos y méritos. Nuestra generosidad no puede terminar en arrogancia porque ya le quitaríamos su valor. Simplemente nos damos porque nos sentimos amados y con ese mismo amor nosotros queremos amar. Nos corresponderán o no nos corresponderán, pero nosotros seguimos amando, seguimos siendo generosos porque la satisfacción nos la dará el que por nosotros mismos seamos capaces de amar. Ojalá siempre sepamos gozarnos en nuestro interior por el bien que hacemos o por los caminos de crecimiento interior que logramos para los demás. Y es que el amor nunca es interesado, el amor peca siempre de generosidad y nunca se sentirá culpable de amar.

Hoy Jesús les dice a los invitados que no anden así con esos raquitismos de andar peleándose por esos honores mundanos. ¿Será ocupar un puesto de honor en la vida y recibir reconocimientos o serán también esas actitudes y posturas que de alguna manera tratamos de disimular para escoger con lupa a aquellos con quienes nos juntamos? ¿No nos sucede muchas veces que no queremos que nos vean con determinadas personas o con ciertos sectores de la sociedad para que, decimos, la gente no se confunda al vernos y piensen que todos somos de la misma calaña? Ya procuramos hacerlo con mucha sutileza pero de alguna manera son costumbres demasiado arraigadas en nosotros.

Jesus hoy aparece rompiendo moldes, tanto por lo que le dice a los invitados como por lo que le dice también al que realiza la invitación. No invites, les viene a decir Jesús, a quienes pueden ofrecerte una compensación por tu invitación invitándote ellos también a ti. Invita, les dice, a los que no pueden corresponder con una invitación, a los pobres, a los lisiados, a los que nada tienen, a los que incluso no te darán las gracias, porque eso sucede también muchas veces.

Son los caminos de la gratuidad que muchas veces no entiende el mundo que nos rodea, porque siempre parece que todo se hace por interés, todo lo que hacemos ha de tener una ganancia o sacar unos beneficios. Y cuidado que puede ser una tentación en la que fácilmente caigamos en aquellas cosas buenas que queremos hacer por los demás. Algunas veces pudiera parecer que vamos acumulando puntos porque en el Reino de los Cielos vamos a presentar la cartilla para ver qué mejor lugar podemos ocupar. Hasta en las cosas espirituales podemos ser interesados.

Nuestro premio es el Señor y teniéndolo a El, qué más da el lugar o la altura del pedestal, porque el gozo es el Señor. No andamos en la carrera de un concurso de méritos.

 

lunes, 30 de junio de 2025

Seguir a Jesús algo más que buena voluntad, una búsqueda de compensaciones, o unos compromisos con condiciones

 


Seguir a Jesús algo más que buena voluntad, una búsqueda de compensaciones, o unos compromisos con condiciones

Génesis, 18, 16-33; Salmo 102; Mateo, 8, 18-22

Hemos oído muchas veces aquello de nadar y guardar la ropa; es una imagen que solemos emplear para manifestarnos algo que si no imposible sí que resulta bien difícil, porque mientras nadamos nos despojamos de la ropa, que se queda abandonada en la orilla a merced de quien quiere adueñarse de ella; pero sin embargo queremos expresar actitudes de cierta doblez con las que actuamos muchas veces en la vida, aparentamos una lealtad que luego interiormente no tenemos, queremos contentar algunas cosas como para prevenir y salvarnos luego cuando las cosas se vuelvan en contra, porque siempre tenemos algo de lo que agarrarnos.

Ya decimos que el juego de la política es ese en cierto modo, porque para sacar nuestros proyectos adelante tenemos que negociar con quien sea para cediendo en algunas cosas poder conseguir aquello que aspiramos; lo que nos sucede con frecuencia es que ese juego se vuelve sucio, muchas veces injusto, y donde se oculta mucho la identidad de lo que realmente nosotros queremos. Así andamos en muchas cosas de la vida con politiqueos.

Pero hay cosas que son mucho más serias y que realmente nos piden una autenticidad verdadera y una congruencia entre palabras y acciones. Nuestro camino de seguimiento de Jesús no puede andar con esos politiqueos. Ya veremos que muchas veces Jesús nos pide radicalidad hasta el punto de que nos arranquemos un ojo o una mano si nos hacen pecar.

En el caso del evangelio de hoy se trata del seguimiento de Jesús, de lo que podíamos llamar vocación a la vida cristiana en todas sus consecuencias. La Palabra que va anunciando Jesús llama la atención y entusiasma a las gentes; ‘nadie ha hablado como El’, se dicen las gentes, ‘habla con autoridad’, lo que da una garantía de veracidad; pero además sus palabras van acompañadas de numerosos signos, como cumplimiento de lo anunciado por los profetas y que Jesús recordó en la sinagoga de Nazaret. ‘los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados…’ Eso hará que muchos quieran seguirlo, o aquellos a los que Jesús va llamando desde esos signos que va realizando quieran en verdad seguirle, aunque muchas veces se sientan inseguros y pongan por así decirlo sus condiciones.

Uno se ofrece a seguirle a donde quiera que vaya con todo el impulso y vehemencia de su buena voluntad. Pero Jesús lo hace pensar, le hace ver que hay unas exigencias, que va a haber un nuevo estilo de vida, que seguirle a El no es para conseguir unos beneficios o privilegios. ‘Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’, le dice Jesús.

¿Estaremos dispuestos a esa disponibilidad total? ¿Estaremos a hacernos pobres así, a vivir con esa pobreza de no tener ni siquiera un techo donde cobijarnos cuando llegue la noche? ¿Seguiremos aun hoy en el siglo XXI buscando esos privilegios, esos puestos de honor, esa placa de reconocimiento  porque un día hicimos una cosa buena y trabajos quizás en la Iglesia?

A otro es al que Jesús directamente le invita a seguirle. Parece que al hombre le agrada, le parece bien y estaría dispuesto, pero está pidiendo que le den un tiempo, que tiene que hacer unas cosas en la familia, que tiene que atender porque se le ha muerto un familiar. ‘Tú sígueme y deja que los muertos entierren a los muertos’, le dice Jesús.

Queremos la luz, pero aún queremos permanecer en las sombras un ratito más por si acaso luego fuera demasiado el calor. Y nuestros arreglos siguen retrasando nuestros pasos, porque tenemos que dejarlo todo atado y bien atado. Y los apegos de los que tenemos que arrancarnos nos duelen, el cambiar nuestras costumbres nos parece imposible y decimos que tenemos que darle tiempo al tiempo, las rutinas van ralentizando nuestros pasos que no nos dejan actuar con la autentica libertad que en Jesús vamos a encontrar. Y tenemos que dejar las cosas bien arregladas en casa, por si acaso no resulte y tener donde volver a refugiarnos. ¿Nos seguirán sucediendo cosas así también hoy?

‘Tú, sígueme’, nos está diciendo Jesús. ¿Qué haremos? ¿También queremos nadar y guardar la ropa?

martes, 4 de marzo de 2025

Lo que buscamos será siempre la gloria de Dios, lo demás se dará por añadidura y no importa que algunas veces aparezcan las persecuciones, por encima de todo el amor de Dios

 

Lo que buscamos será siempre la gloria de Dios, lo demás se dará por añadidura y no importa que algunas veces aparezcan las persecuciones, por encima de todo el amor de Dios

Eclesiástico 35, 1-12; Salmo 49; Marcos 10,28-31

Siembra ahora para que un día puedas cosechar. Es cierto, hemos de reconocer. Es lo que sucede en nuestros campos, si no hacemos buena siempre y buen cultivo al final no podemos esperar una buena cosecha; es lo que motiva nuestros esfuerzos y nuestros trabajos, la obtención de unos beneficios, el desarrollo de una idea o de una tarea, lo que podemos hacer para mejorar la vida; es, sí, la tarea de unos padres responsables que educan y hacen todo lo que pueden por sus hijos para que crezcan y maduren, llegan a desarrollar su personalidad y su vida y, como solemos decir, sean unas personas de provecho; es lo que quiere hacer quien trabaja por la sociedad, que lo considera como un servicio para hacer que esa sociedad funcione, que nuestro mundo sea mejor.

Una buena interpretación de lo que decíamos al principio, ‘siembra para que un día puedas cosechar’. Pero bien sabemos que a esa frase o sentencia le damos también otras interpretaciones que muchas veces encierran unos intereses de alguna manera egoístas, como siempre son los intereses. Son, por ejemplo, los que van haciendo favores, pero que un días pretenden cobrar, que nos sintamos eternamente agradecidos por lo que han hecho por nosotros, pero que luego sepamos corresponder; detrás hay una cierta manipulación que podíamos decir que llega a corrupción con lo que pretendemos tener atados a nuestros intereses a aquellas personas a las que un día hicimos un favor.

Reconozcamos que vemos demasiado de esto en la sociedad donde vivimos; no siempre esas cosas buenas que podamos hacer son fruto de la generosidad sino del interés, creando servilismos, un clientelismo – podíamos decir así – en que queremos poco menos que convertir en servidores nuestros a quienes un día hicimos un favor. No aparece la generosidad y el desinterés, no aparece el verdadero amor, lo convertimos todo en un mercantilismo donde siempre queremos estar cobrando aquello que un día hicimos.

¿Será así cómo estamos haciendo con Dios? Pensemos por ejemplo en esas oraciones muchas veces llenas de amargura cuando los problemas nos aparecen por todas partes y nos decimos, nosotros que siempre hemos sido buenos, ¿cómo es que Dios nos castiga? Dios tiene que ayudarme porque yo he hecho tantas cosas buenas por la Iglesia… y hacemos toda una lista – ¿de la compra? – con la que poco menos que queremos chantajear a Dios para que nos ayude. ¿Qué es lo que realmente nos ha motivado? ¿Un amor generoso y desinteresado o realmente le estamos pidiendo cuentas a Dios? Tendríamos que pensar.

En el episodio de hoy del evangelio yo quiero imaginar algo que no nos dice, pero ¿cómo sería la cara de Jesús ante las exigencias de Pedro para ver cuánto iban a recibir ellos que lo habían dejado todo por seguir a Jesús? ¿Seguían a Jesús realmente por amor al Reino de Dios que Jesús anunciaba o pensaban – como tantas veces discutieron – qué lugar iban ellos a ocupar en ese Reino que Jesús proclamaba?

Pero el corazón de Dios no se deja ganar en generosidad, aunque nuestra generosidad vaya algunas veces de alguna manera maleada. Jesús les dice que cien veces más, pero también les dice ‘con persecuciones’, pero les dice también que en la edad futura, la vida eterna. Les recuerda también que ‘los últimos serán los primeros y los primeros los últimos’, para que no olviden donde está su verdadera grandeza y cual es el espíritu de servicio que tiene que guiar sus vidas.

¿Cuál es la cosecha que pretendemos un día obtener de nuestra siembra y de nuestro cultivo? Creo que en la vida tenemos que pensarnos muy bien cual es la cosecha que merece la pena y en la generosidad con que siempre hemos de actuar buscando simplemente el bien y dejándonos llevar por lo que nos dicte el amor.

Esto tiene que hacernos reflexionar mucho también para los que trabajamos en la Iglesia, para los que nos sentimos comprometidos por el evangelio. No lo hagamos nunca buscando compensaciones, buscando agradecimientos y recompensas. Dejemos de ponernos lápidas y plaquitas de reconocimientos de lo que hacemos, esas plaquitas que aparecen tantas veces ‘para eterna memoria’.

Lo que buscamos será siempre la gloria de Dios. Busquemos el Reino de Dios y su justicia que lo demás se dará por añadidura. No importa que algunas veces aparezcan las persecuciones. Por encima de todo el amor de Dios.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Busquemos lo que llena de verdad el corazón del hombre y aunque nos cueste alcanzarlo caminamos con esperanza porque en el Señor tenemos nuestra recompensa

 


Busquemos lo que llena de verdad el corazón del hombre y aunque nos cueste alcanzarlo caminamos con esperanza porque en el Señor tenemos nuestra recompensa

1Corintios 7, 25-31; Salmo 44; Lucas 6, 20-26

Si la satisfacción y la felicidad del hombre, de la persona está solo en las riquezas que posea o la alegría que le dan las cosas pobre es el sentido de la vida de esa persona y no ha llegado a comprender que es lo que da verdadera felicidad. En esa pobreza de vida vemos caminar a muchos aunque muchas sean las riquezas que posean y las posibilidades que les da su dinero para encontrar esas cosas que desde fuera dicen que los hacen felices. Tengo todo lo que quiero y deseo, se dicen, porque pueden comprarlo, pero la verdadera felicidad no se compra con esos medios, porque su fiesta y su alegría serán caducas y durará lo poco que le pueden elevar el ánimo esos sustitutivos.

¿En qué se queda nuestra fiesta y alegría cuando solo la buscamos desde el alcohol, la droga, el sexo como pasión carnal por citar algunas cosas? Aquella euforia pronto pasará cuando esos aditivos dejen de producir sus efectos y a la larga lo que parece que es que nos quedamos con más hambre y más insatisfechos; por eso cuando entramos en esa dinámica de la vida todo es como rodar por una pendiente en la que parece que no podemos parar.

Nos cuesta entenderlo. Como nos cuesta entender el mensaje que hoy quiere darnos el evangelio con las bienaventuranzas que nos trae san Lucas. Habla de los pobres para quienes es el reino de los cielos, de los hambrientos que serán saciados o de los que lloran y encontrarán consuelo; por el contrario hablará de los ricos que se quedarán en el vacío porque todo su consuelo consistía simplemente en la posesión de cosas, o de los que en su opulencia parece sin embargo que nunca estarán saciados.

¿Qué es lo que llena de verdad el corazón del hombre? Esa es, podríamos decir, la piedra filosofal, lo que realmente tenemos que buscar. Y habrá muchas mas cosas que esas materialidades de la vida que nos darán hondas satisfacciones. Será, empezando por algo, la rectitud con que hemos de vivir la vida, una rectitud que nos lleva a buscar lo bueno y lo mejor, una rectitud que nos hará tener una mirada nueva y distinta a cuanto nos rodea porque también eso material que está en nuestras manos es un don de Dios pero que nos tiene que llevar a construir un mundo en el que todos nos sintamos beneficiados de esa riqueza de la vida; una rectitud para comprender el valor de la vida y de toda vida, y en consecuencia nos hará maravillarnos ante la dignidad de toda persona a la que siempre mostraremos nuestro respeto y para quien siempre buscaremos lo mejor. Y desde ahí cuantas consecuencias tendríamos que sacar para nuestros actos y para nuestra forma de vivir.

¿Y no nos sentiremos verdaderamente felices cuando actuamos así y sentiremos igualmente la satisfacción de ver felices a cuantos están a nuestro lado? No serán las cosas materiales las que nos hagan brotar una sonrisa desde el alma sino todo eso bueno que seremos capaces de hacer. Y cuando vemos a nuestro crecer en esos valores, y cuando vemos que hay mayor unidad y cercanía en el trato entre unos y otros, y cuando contemplemos ese buen trato que aprendemos a tenernos, nos sentiremos profundamente felices.

Y no nos importa que haya quien no nos comprenda o incluso pretenda ponernos trabas en ese camino que intentamos vivir; somos fieles a la rectitud que llevamos en el corazón y viviremos con la esperanza de la victoria del bien y del amor haciendo un mundo mejor. Tendremos nuestra recompensa, como nos dice Jesús. Alcanzaremos la bienaventuranza que la sentiremos desde lo más hondo de nosotros mismos. Dios estará con nosotros en ese camino.

martes, 28 de mayo de 2024

No importa que podamos parecer los últimos, porque finalmente vamos a ser los primeros en el Reino de Dios, ahí tenemos nuestra ganancia

 


No importa que podamos parecer los últimos, porque finalmente vamos a ser los primeros en el Reino de Dios, ahí tenemos nuestra ganancia

1Pedro 1, 10-16; Salmo 97; Marcos 10, 28-31

¿Qué gano yo? Es una  pregunta que fácilmente nos hacemos. Siempre andamos al interés. Nos pasa cuando tenemos que hacer esfuerzos extraordinarios, sobre todo cuando lo que estamos haciendo no es tanto por nosotros mismos sino por los demás; nos hacemos la pregunta cuando se nos pide una dedicación especial en una obra o en una empresa que no es tanto personal sino algo comunitario; nos la hacemos cuando quizás se nos pide renunciar a algo que en si mismo es bueno pero que podría ser un camino para algo mejor pero que no vemos tan claro. De una forma o de otra nos hacemos la pregunta, nos preguntamos cual es la ganancia que vamos a tener.

Ronronean dentro de nosotros aspiraciones de grandeza, vanidad del corazón, amor propio que se convierte en orgullo y cuando se nos tocan esas llamemos realidades nos ponemos alerta. Queremos más y buscamos reconocimientos, nos queremos mostrar orgullosos ante los demás de lo que hemos conseguido y nuestro ego parece siempre que quiere crecerse, pero cuando tenemos que hacer las cosas y no tenemos tan palpables esos reconocimientos por parte de los demás, nos sentimos heridos y frustrados; cuando nos podemos mostrar ante los otros las cosas buenas que hacemos, nos preguntamos si merece la pena que eso se mantenga oculto.

¿Qué gano yo nos preguntamos? Tanto sacrificio, tantos momentos de lucha, tantos momentos amargos incluso que a veces podemos pasar, ¿para qué? ¿No tendríamos derecho a un agasajo, a un reconocimiento, a unas palabras de alabanza? Qué mal nos sentimos cuando llega ese momento en que esperábamos que se reconocieran todas las cosas que hemos hecho, a nosotros ni nombrarnos, y quizás los méritos se los dan a otros.

Ahora Jesús, a partir de aquel episodio del hombre rico, les recuerda que aquellos que andan buscando esas grandezas en la vida, al final se van a encontrar vacíos; les recuerda que si no hay desprendimiento en sus vidas todo carece de sentido; les ha venido enseñando que hay que hacerse los últimos, cuando ellos siempre andaban pensando en grandezas y en poder, y ahora les dice Jesús que los que viven apegados a sus riquezas no tienen cabida en el reino de Dios; todo eso de lo que se han inflado en la vida les impedirá entrar por la puerta estrecha.

Y ellos que lo habían dejado todo; ellos que un día dejaron las redes y la barca varada en la playa; ellos que habían abandonado sus negocios seguros, había dejado atrás familias y antiguos amigos por estar con Jesús, habían abandonado sus garitas y sus puestos de trabajo, ¿qué es lo que iban a recibir si las ganancias materiales parecían que eran tan poco importante en aquel reino de los cielos que Jesús anunciaba? Habían caminado de un lado para otro siguiendo los pasos de Jesús, habían pasado también por momentos de pobreza y de escasez porque realmente vivían de la limosna de unas buenas mujeres que los atendían, ¿merecía la pena tanto sacrificio? ¿Qué es lo que iban a ganar?

Es lo que le plantean directamente a Jesús. Y Jesús, sí, coge el toro por los cuernos, no rehuye la pregunta, pero no dejará de hablarles claro. Es cierto que la promesa de Jesús en este momento puede parecer un tanto extraña, pero algo hondo quiere decirles Jesús con ello. ‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna’. 

No niega Jesús que van a tener premio, que nada se quedará sin recompensa. Ya lo había dicho en otra ocasión, que un vaso de agua dado en su nombre no quedaría sin recompensa. Habla de recibir cien veces más. Han dejado padre, madre, hijos, hermanos… pero va a nacer para ellos una nueva familia mucho más grande. Serán grandes las satisfacciones que se van a sentir. Será hermoso el amor en el que se van a sentir esponjados. Será un nuevo sentido de vida y de relación con los demás. Será algo nuevo que va a llenar de alegría verdadera el corazón.

Pero no deja de decirles Jesús que también habrá persecuciones, habrá momentos de dificultad, de oscuridad y de sombras, de dudas interiores y de búsquedas que parecen no encontrar respuesta. Pero no importa, eso les llevará a alcanzar la vida eterna. ¿Y no es eso lo más importante? ‘Y en la edad futura, la vida eterna’. Ahí está la maravilla de sentirnos llenos de Dios, porque vida eterna es estar llenos de Dios para tener una vida sin fin, y eso sí que merece la pena, y eso sí que es verdadera ganancia.

Por eso terminará sentenciando Jesús. ‘Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’. No importa que podamos parecer los últimos, porque finalmente vamos a ser los primeros en el Reino de Dios. Ahí tenemos nuestra ganancia.

domingo, 19 de noviembre de 2023

Nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena

 


Nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1 Tesalonicenses 5, 1-6;  Mateo 25, 14-30

Trabajamos y queremos obtener unos beneficios, bien porque la semilla que echamos en la tierra queremos que germine, que crezca y madure para obtener unos frutos, bien porque el trabajo que hacemos queremos que sea debidamente remunerado, bien porque el negocio que emprendamos queremos que tenga éxito y al final podamos obtener unos rendimientos. Queremos, es cierto, que el trabajo sea productivo, que la vida no se nos esterilice y al final nos veamos con las manos vacías.

No todos, es cierto, estamos en el mismo trabajo, no todos tenemos las mismas cualidades y valores, no todos valemos para todo sino que, vamos a decirlo así, cada uno ha de encontrar su camino donde vaya realizando su vida según su propia capacidad, y en consecuencia también serán distintos los rendimientos. 

Lo que realmente ganamos no es que tengamos unos beneficios económicos que sean mayores que los de los demás, sino que la mayor ganancia es la realización de la propia vida en aquello que ha sido capaz de hacer y de vivir. Esto nos plantea, entonces, que no nos podemos quedar ociosos, esperando el fruto de los otros, sino que tenemos que saber hacer fructificar su vida, que además va a tener repercusión en el mundo en el que vive.

Creo que de esto es de lo que nos quiere hablar hoy Jesús con la parábola que nos propone que tantas veces hemos escuchado y reflexionado. Una vez más detengámonos en ella y escuchémosla como palabra de vida para nosotros. Un hombre que al irse de viaje confía sus posesiones o sus riquezas, como queramos verlo, a aquellos servidores suyos que fielmente han estado siempre junto a él. Reparte de manera desigual, pues a uno dará cinco talentos, a otro dos y finalmente al tercero solo un talento. ‘A cada uno según su capacidad’, nos dice la parábola. Y marchó de viaje.

A la vuelta va a pedir a sus servidores que le rindan cuenta de lo que han hecho con aquellos talentos. Ya la parábola nos fue diciendo como tanto el de los cinco talentos como el de dos, pusieron a rendimiento aquellos talentos. El que recibió solamente uno tenía miedo de perderlo - ¿quizás que los negocios salieran mal y se quedara sin nada? – por eso en lugar de negociar, de trabajar lo que hizo fue enterrar el talento. Ya hemos escuchado la reacción de aquel hombre. Alaba a quienes les han sacado rendimiento a lo que le habían confiado cada uno en su medida, mientras no valorará los miedos del tercero, que no lo ha perdido, pero tampoco le ha sacado rendimiento.

Todos entendemos muy bien el sentido de la parábola. ¿La vida que Dios ha puesto en nuestras manos? ¿La responsabilidad que tenemos con el mundo en el que vivimos y donde no podemos hacer dejación de nuestras obligaciones? ¿El descubrimiento de cuáles son en verdad nuestros valores y capacidades sin tener que estar mirando de forma desconfiada o recelosa a las capacidades que puedan tener los demás? Muchas preguntas que tendríamos que hacernos sobre nuestras actitudes y nuestros verdaderos valores por los que tenemos que luchar, o que tenemos que desarrollar.

Lo importante es la actitud que tengamos ante nuestras responsabilidades o las tareas que se nos confían. Claro que hemos de obtener un rendimiento, pero no todos tienen que ser por igual. Cada uno tiene que valorar sus propias capacidades, cada uno ha de saber hacer resaltar sus propios valores; no todos vamos a ser ‘premio Nóbel’ por los grandes descubrimientos que podamos hacer en el camino de la ciencia, pero sí todos somos ‘premio Nóbel’ por la fidelidad con que realizamos lo que tengamos que hacer aunque sea pequeño, aunque no tenga el relumbrón que otros puedan tener. El premio, podíamos decirlo así, lo vamos a tener en nosotros mismos, en nuestro interior, en la satisfacción de la fidelidad de lo que realizamos.

Es esa faceta tan bonita de la vida en la que nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo y donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena. No andaremos nunca con recelos ni desconfianzas porque uno tiene más y otro tiene menos, porque uno es capaz de hacer grandes cosas y otro será el servidor fiel de las cosas pequeñas pero que son parte también de ese conjunto que entre todos estamos construyendo.

Es una invitación a la vigilancia y un aliciente para la esperanza. Todos tenemos que estar atentos para tener el aceite suficiente y que necesitamos para mantener encendida la lámpara, como escuchábamos el domingo pasado. 

Todos tenemos la esperanza de que al final vamos a escuchar la voz que nos llama y nos invita a participar del Reino del Padre, ya sea porque hayamos hecho grandes cosas o ya sea simplemente porque hemos ofrecido un vaso de agua, pero porque lo hicimos, porque mantuvimos esa fidelidad en todo momento vamos a escuchar esa invitación a estar con El para siempre en su reino del cielo.


martes, 22 de agosto de 2023

Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día más, nos sentiremos pagados en ese amor

 


Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día más, nos sentiremos pagados en ese amor

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30

En la sociedad en la que vivimos, quizás por aquello de las leyes del comercio y de la economía, estamos acostumbrados a que necesitamos tener mucho para alcanzar aquello que deseamos. Se nos impone la ley del tener de alguna manera. Cuanto más tengamos, más podemos conseguir. Por eso, como consecuencia, terminaremos porque todo aquello que hacemos ha de tener una compensación, de alguna manera tiene un precio que ha de significar una ganancia para nosotros. ¿Cuánto gano yo por esto que voy a hacer? Nos olvidamos así de la gratuidad y nos olvidamos también de los valores que no podemos cuantificar en algo material y económico.

¿En que convertimos, en consecuencia, la vida? Viene la competición, viene la lucha, viene la rivalidad que fácilmente puede derivar incluso en violencias. Todo son carreras locas por ver cuanto vamos a obtener y cuanto más podemos conseguir. Regateamos incluso hasta en las cosas buenas que podamos hacer; terminamos regateando hasta con Dios a ver cual es el premio o recompensa que vamos a obtener por lo bueno que vayamos haciendo en la vida.

Nos ganamos la salvación, nos decimos, por las misas a las que vamos, por nuestros rezos de cada día, por las limosnas que hacemos, porque estamos cumpliendo con los mandamientos, al menos yo no mato ni robo ni hablo mal de nadie, que nos decimos tantas veces para justificarnos, o para buscar esa justificación y esa salvación.

Cuando hoy en el evangelio escuchamos comentar a Jesús, después de aquel episodio del joven rico que no fue capaz de seguir a Jesús desprendiéndose todo, lo difícil que será a los ricos entrar en el reino de los cielos, por los apegos que tienen en el corazón, vemos que a los discípulos cercanos a Jesús les entran unas dudas si en verdad ha merecido la pena haber seguido a Jesús dejándolo todo.

Y nosotros, ¿qué?, se preguntan y le preguntan a Jesús. Un día dejaron las redes y la barca, un día abandonaron la garita de cobrador en la que trabajaba, un día dejaron sus casas y sus tareas por seguir a Jesús por estar a Jesús, ¿y eso no va a tener ninguna recompensa?

Pensamos así también en la lista que mentalmente nosotros también nos hacemos de lo que hemos hecho, de aquellas cosas a las que hemos renunciado, de lo que de nuestro bolsillo nosotros hemos gastado porque hemos querido contribuir a las obras de la Iglesia, y así seguimos haciéndonos una lista donde además sabremos también con gran sentido económico ir abultando bien lo que hemos hecho o de lo que hemos renunciado.

O sea, tendríamos que son sinceridad preguntarnos, ¿nosotros hacemos las cosas porque también en esto de las cosas de Dios también queremos obtener unos beneficios? ¿Nos mueve nuestro interés, camuflándolo quizás en eso de ganarnos la salvación, o realmente buscamos el Reino de Dios y su justicia, como nos enseña Jesús en el Evangelio?

Seamos generosos que Dios no se deja ganar en generosidad. Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día un poquito más, disfrutemos con la dicha y la satisfacción de que estamos contribuyendo a hacer que nuestro mundo mejor, a que la gente se ame más, a que haya menos violencias en nuestro entorno, a que con lo que hacemos logramos que alguien pueda ser un poquito más feliz. Nos sentiremos pagamos en ese amor.

Y para hacer eso no necesitamos cosas, necesitamos solo el amor que llevamos en el corazón. No convirtamos en pura economía cuanto hacemos por un mundo mejor al que nosotros queremos llamar el reino de Dios.

lunes, 17 de julio de 2023

Las palabras de Jesús son de ánimo y de consuelo, poniendo ilusión y esperanza en el corazón para sentir la fuerza de ese camino de fidelidad que hemos de seguir

 


Las palabras de Jesús son de ánimo y de consuelo, poniendo  ilusión y esperanza en el corazón para sentir la fuerza de ese camino de fidelidad que hemos de seguir

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1

Hay cosas que algunas veces nos desconciertan cuando hacemos una lectura ligera y superficial del evangelio. Escuchando lo que hoy nos dice Jesús, nos puede parecer inverosímil que quien viene a construir un mundo de amor y de paz, quien nos enseña a amar y a mantenernos siempre en unidad, hoy nos hable de división, nos hable de enfrentamientos incluso entre familiares, nos hable incluso de violencia. En una primera impresión nos quedamos como estupefactos, sin comprender.

Jesús no deja de hablarnos del amor y ese es el camino que hemos de seguir, Jesús no deja de hablarnos de paz, ya que así fue anunciado y proclamado desde su nacimiento para todos los hombres de buena voluntad. Pero es que quien opta por ese camino de Jesús no lo va a tener fácil, no todos van a comprender ese camino y lo que nosotros hagamos; otros serán los planteamientos que el mundo se haga sobre el sentido de vivir que chocan, y de qué manera, con el camino y los valores del Reino de Dios.

Claro que cuando vean que nosotros somos capaces de entregarnos por los demás olvidándonos incluso de nosotros mismos, no se va a entender y habrá muchos que tratarán de apartarnos de ese camino; cuando nos vean comprometidos seriamente por la verdad y por la justicia, como chocamos con el mundo de vanidad y de mentira en que muchos viven y nuestra vida se convierta en testimonio y denuncia de su mentira, claro que tratarán de hacernos callar porque les resultamos incómodos. Y así podíamos seguir pensando en la radicalidad de vida que nos exige el evangelio, que muchos verán como algo ilusorio o inútil y lucharán contra lo que ellos llamarán nuestros sueños.

Y eso lo vamos a encontrar hasta en los más cercanos a nosotros que tratarán de imponernos sus planteamientos o su sentido de vida. Resultaremos incómodos por nuestra rectitud, por nuestra manera de luchar por la justicia, por nuestro desprendimiento y la generosidad de nuestro corazón para darnos y para compartir. Pero quien quiere seguir el camino del evangelio, el camino de Jesús tiene que mantenerse firme y fiel a ese ideal, a esa opción que ha hecho de su vida. Y eso, es cierto, va a costar.

Y Jesús nos habla de unas exigencias. ‘El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mi no es digno de mi; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mi. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mi, la encontrará’.

Por eso, cuando hoy contemplamos a Jesús en ese diálogo intimo y cercano con aquellos discípulos que están a su lado y lo va instruyendo sobre el sentido del Reino de Dios, vemos cómo va desgranando esos consejos, va ayudándoles a descubrir ese camino con el que se van a encontrar que no siempre será fácil, pero al mismo tiempo sus palabras son de ánimo y de consuelo, poniendo  ilusión y esperanza en el corazón para sentir la fuerza de ese camino de fidelidad que han de seguir.

‘El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, les dice Jesús, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo’. Y le enseña el valor grande que van a tener esas pequeñas cosas que han de realizar cada día. Nada se pierde, todo tiene su valor, todo es importante. ‘El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, sólo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa’.

Son las palabras que necesitamos escuchar, las que darán hondura a nuestra vida, las que despiertan ilusión y esperanza en nuestros corazones, las que nos ponen en camino aunque algunas veces nos cueste entender y aceptar muchas cosas, pero las que nos darán seguridad a nuestra fe.

miércoles, 21 de junio de 2023

No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

 


No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18

Bueno, hay que decirlo así, a todos nos gusta una alabanza, una muestra de agradecimiento, que nos reconozcan lo que hemos hecho. Es muy humano. Podemos decir también que un reconocimiento puede ser un aliciente, un estímulo en esa lucha interior por salirnos de nosotros mismos para hacer algo distinto, para hacer algo que sea bueno también para los otros. Y realmente hemos de decir que no podemos quitar esos estímulos de la vida. Aunque sabemos que las cosas hay que hacerlas no por los reconocimientos que tengamos, sino desde nuestra responsabilidad, desde la humanidad que llevemos en el corazón.

Es cierto que demasiados hay en la vida que no saben actuar sino por el aplauso, por la plaquita que nos den o pongan en algún lugar con nuestro nombre. Forma parte, como decíamos, de nuestra condición humana, que halaguen nuestro yo. Pero ¿qué tiene que ser lo importante? ¿Nuestro amor propio o un amor autentico que nos lleve a darnos por los demás? Nos ponemos en plan de razonamientos y todos lo vemos muy claro, pero luego quizás será lo que hagamos en el día a día. Y bien sabemos de cuantos se suben con mucha ligereza al pedestal para recibir los aplausos.

Jesús hoy en el evangelio viene a prevenirnos y nos habla en tres situaciones muy concretas de la vida, la limosna, el ayuno y la oración, aunque por supuesto lo podemos ampliar a todos los aspectos de la vida. Quizás el evangelista nos ha recogido solamente estas situaciones por esa denuncia constante que Jesús hace en el evangelio de las actitudes y de las posturas de los fariseos. Porque los ejemplos que está poniendo Jesús para concretar esas situaciones bien retratan las costumbres de los fariseos acostumbrados a figurar y a que todo lo que hacían tuviera su resonancia para recibir las alabanzas de la gente.

Nos deja Jesús una sentencia muy sencilla y muy bonita. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha’. Es la ofrenda callada y anónima de aquella pobre viuda en el templo. Si hoy la conocemos es porque fue Jesús el que en ella se fijó y nos quiso dar una lección, pero la generosidad de aquella mujer había pasado desapercibida para todos. Es la tarea de nuestro amor, es el silencio de nuestra generosidad, es el corazón que calladamente se pone al lado del otro sin que nadie lo note, pero que va a levantar el animo de quien sufre en soledad, es ese gesto que pasará desapercibido para la mayoría de los presentes pero que lo sentirá en su corazón quien está buscando fuerzas para levantarse y en esa mirada silenciosa, en esa sonrisa que pasa desapercibida para los demás él escucha esa palabra que le da aliento y que le da fuerza.

Y nos hablará Jesús de cuales han de ser las actitudes y las posturas de nuestra relación con Dios, ya sea la oración, ya sean nuestros actos penitenciales. ‘Entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Si nuestra oración no sale del corazón nunca llegará a Dios. No son las palabras repetidas en altavoz como una cantinela, mientras quizás nuestros pensamientos y nuestro corazón están muy lejos del lugar en que te encuentras, las que van a llegar al corazón de Dios. Decimos tantas veces que Dios no nos escucha, pero es que realmente nosotros hemos hablado con Dios, ¿nuestra oración ha sido realmente un encuentro vivo con el Dios que tanto nos ama?

Pero ya decíamos que estas pautas que hoy Jesús nos propone nos valen para todas las situaciones de nuestra vida. Es todo ese desarrollo de nuestra vida interior, como será el cumplimiento de nuestras responsabilidades personales, familias o en el ámbito de nuestra sociedad. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿Solamente buscamos una recompensa o una compensación? ¿Habrá algo profundo dentro de nosotros mismos que sea lo que nos mueva a darle toda esa intensidad a nuestra vida?

 

martes, 16 de agosto de 2022

Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

 


Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

Ezequiel 28, 1-10; Sal.: Dt. 32, 26-27ab. 27cd-28. 30. 35cd-36ab; Mateo 19, 23-30

Todo lo que nos encierre en nosotros mismos, nos haga pensar solo en nosotros mismos, no nos conducirá a una plenitud y a una felicidad en la vida. Muchas veces nos cegamos. Pensamos que convirtiéndonos en el centro de todo vamos a alcanzar la verdadera felicidad, pensamos que llenándonos de cosas, porque decimos que no dependemos de nada ni de nadie, no dependemos de los demás, vamos a ser más libres y más felices. Acaparamos bienes, acaparamos cosas, acaparamos orgullos, acaparamos vanidad, y lo que estamos haciendo es creando un círculo alrededor nuestro que nos aleja de todos, al final nos sentiremos vacíos y el que se siente vacío y el que se aísla de todo para vivir solo para si mismo nunca podrá sentirse feliz.

Cuando nos encerramos en nosotros mismos y nos dedicamos a acaparar que lejos estamos del Reino de Dios; no hemos comprendido el sentido de la vida, no hemos llegado a descubrir lo que verdaderamente nos hace más humanos y en consecuencia más felices.

Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio, cuando sentencia radicalmente que a los ricos les es imposible entrar en el reino de los cielos, que más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja. La imagen del camello y de la aguja ha dado mucho que hablar para buscarnos muchas explicaciones; pensemos, si queremos en la materialidad de las propias palabras, o pensemos en esa puerta estrecha que había en la muralla de la entrada a las ciudades por la que no podía pasar un camello y menos con la carga que solían llevar. Esas cargas sobre nuestras espaldas de nuestros apegos, o de las cosas y riquezas que acumulamos no nos dejan pasar a nosotros tampoco por esa puerta estrecha, por esa aguja; el camello pasaría más fácilmente que nosotros.

Cuando hablamos de riquezas, ya entendemos todo lo que se engloba en esa palabra. Sí, es cierto, son los bienes materiales, el oro o la plata, los dineros o las posesiones, pero muchas veces son otras las riquezas que acumulamos en nuestros orgullos mal curados, en nuestras envidias que tanto daño nos hacen, en la vanidad de la que queremos revestirnos, en el endiosamiento de nuestro yo que nos vuelve egoístas e insolidarios, en las ambiciones que nos ciegan, en los distanciamientos que creamos alrededor nuestro para no mezclarnos, para no contaminarnos, para que no crean que nosotros somos como todos. Y en nuestra vanidad nos creemos ricos, nos subimos a los pedestales, nos aislamos de los demás.

Son muchas las cosas de las que tenemos que liberarnos, de las que tenemos que desprendernos, que tenemos que arrancar de nosotros, y eso cuesta. Los discípulos cuando escuchaban a Jesús en estas consideraciones que hoy estamos comentando se preguntaban que entonces quién puede salvarse. Y Jesús nos da una clave, por nosotros mismos, no, pero con Dios todo es posible. Imposible para los hombres, pero no para Dios; imposible no será, entonces, para quienes queremos estar con Dios, para quienes queremos contar con Dios.

Pedro y los discípulos se siguen haciendo preguntas. Y a ellos ¿qué les va a tocar? Lo han dejado todo por seguir a Jesús; allá amarradas quedaron las lanchas del lago de Tiberíades, vacía quedó la garita del cobrador de impuestos, en casa quedaron padre y madre, esposa o hijos, ¿qué será de ellos? ¿Habría para ellos primeros puestos, lugares de honor, recompensas de lugares de privilegio? Era algo en lo que pensaban y discutían muchas veces cuando salían las ambiciones de los primeros puestos, como es algo que hoy sigue tentando a muchos cuando optan por algún servicio o función por la comunidad o por la sociedad; ya se creen, nos creemos con derechos adquiridos para recibir pagos y recompensas extraordinarias.

Cuando se han dispuesto a seguir a Jesús dejándolo todo, lo habían hecho tras lo que Jesús había dicho que había que negarse a sí mismo, que había que tomar la cruz si fuera necesario, que había que dejar padre y madre, hermano y hermana, mujer o hijos, casas o tierras para seguirle y entrar en el Reino de los cielos. Y ahora les dice que quienes han sido capaces de eso van a recibir cien veces más y en el Reino futuro, la vida eterna. Un vaso de agua dado en su nombre, nos dirá en otra ocasión, que no quedará sin recompensa.

Por eso todo lo que sea desprendimiento, vaciarnos de nuestras apetencias humanas, arrancarnos de nuestros orgullos, quitar de nosotros esas ambiciones materiales, será lo que en verdad nos va a abrir la puerta del Reino de los cielos, que es la puerta de la verdadera felicidad, que es la puerta de la mayor plenitud del hombre.