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miércoles, 20 de noviembre de 2024

Salgamos de la pasividad conservadora de no perder lo que tenemos con el riesgo que significar abrir nuevos horizontes desde nuestra fe en nuestro mundo

 


Salgamos de la pasividad conservadora de no perder lo que tenemos con el riesgo que significar abrir nuevos horizontes desde nuestra fe en nuestro mundo

Apocalipsis 4, 1-11; Salmo 150; Lucas 19, 11-28

¿En qué ocupamos la vida? Eso viene a decirnos el sentido que la vida tiene para nosotros. Hay quienes no piensan en  hacer nada, simplemente dejarse llevar por la pasividad, a lo que salga, pasarlo bien y vivir la vida; pero claro, tendríamos que preguntarnos y ¿qué es vivir la vida?  Creo que una vida así no se vive, se soporta o nos queremos aprovechar de ella, pero nada aportamos.

Pero hay quienes se arriesgan, quieren salir de esa pasividad, buscan algo nuevo y algo mejor, algo que en verdad les haga sentirse vivos, y siempre estarán buscando qué hacer, no simplemente por ocupar el tiempo sino por darle sentido a su tiempo haciéndolo productivo. Pero es un riesgo, conlleva esfuerzo, no siempre vamos a encontrar el resultado apetecido tan pronto como deseamos, nos exigirá sacrificios, buscar metas, darle hondura a la vida, aunque haya tropiezos, se puedan cometer errores, pero encontraremos satisfacciones más hondas que las de aquellos que no hacen nada y se quedan en la pasividad. Es un riesgo, porque nos exigirá poner todo lo nuestro, lo que somos más que lo que tenemos, porque no son cosas solo lo que buscamos.

Y surgen las personas emprendedoras, aparecen nuevas iniciativas, desarrollamos toda nuestra creatividad, porque de alguna manera estamos siendo creadores de esa vida que vivimos, y por eso mismo sentimos mayor satisfacción. Lo vemos en el orden también de lo material, quien quiere emprender un nuevo negocio, quiere avanzar en la vida para no quedarse en lo de siempre, quien busca también ¿por qué no?, un beneficio material, una riqueza para su vida, tiene que arriesgar y esforzarse, no se puede quedar con los brazos cruzados esperando que todo se lo den hecho.

De esto nos está hablando Jesús en el evangelio. Lo hace como una lección amplia para nuestra vida, pero está también en aquellas circunstancias que ahora mismo están viviendo sus seguidores, pero de alguna manera lo que es la vida del pueblo de Israel. Estaban subiendo a Jerusalén, nos dice el evangelista. Y algunos de sus seguidores más entusiastas ya estaban pensando que llegaba la hora de aquel reino que Jesús tanto había anunciado; claro que seguían sin terminar de entender el sentido del Reino de Dios que Jesús les anunciaba. Algunos pensaban que era la hora de la restauración de Israel, con todas las connotaciones que aquello tenía en su mentalidad. Pero también pensaban que todo se les iba a dar por nada, surgía un Mesías, un liberador y todo estaba hecho. Pero Jesús les propone una parábola.

Alguien que va a buscar el titulo de rey, aunque hay muchos que no están de acuerdo, pero mientras él deja a sus más cercanos un encargo. Les reparte una minas de oro (era una expresión que tenían de esos valores o riquezas que poseían), pero a no todos reparte de la misma manera, unos más y otros menos. Han de negociarlo.

Ponerse a negociar es una habilidad y es también un riesgo, porque aquel con quien negociemos también tiene sus mañas y habilidades y él también quiere ganar. Lo que son los negocios de la vida, como bien sabemos. A su vuelta pide cuentas; unos han dado rendimiento, más o menos según sus capacidades y habilidades, pero hay quien no ha rendido nada, porque nada ha negociado, y así lo reconoce. Había guardado aquella mina de oro que le habían confiado para no perderla y ahora la entrega dando la razón del miedo que tenía de no ganar, de perderla. Y con él aquel que viene con el titulo de rey es muy severo.

Como decíamos, Jesús quiere hablarnos de una forma general para la vida y para nuestras responsabilidades, y ya tomamos nota. Pero Jesús quiere hablarnos de lo que hemos de hacer para realizar ese Reino de Dios. No nos podemos cruzar de brazos, no podemos decir que son tiempos difíciles, no nos podemos quedar en que la gente no responde por mucho que nosotros hagamos, no podemos quedarnos en la pasividad del que se resigna. Y cuidado que habemos cristianos resignados y pacíficos, cuidado que algunas veces también en nuestros ámbitos eclesiales nos falta ese entusiasmo, esa iniciativa y esa creatividad, cuidado que no contentamos, decimos, con conservar los que aun tenemos para que no se vayan, pero nada estamos haciendo para sean otros los que vengan, los que reciban el anuncio del Reino que tenemos que realizar.

¿Querremos entender de verdad lo que Jesús nos está diciendo con la parábola? ¿Llegará un momento en que terminemos por despertar y salir de nuestras rutinas? ¿Seguiremos los cristianos en nuestra dejadez y nuestro poco entusiasmo? ¿Seguiremos refugiándonos en nuestras reuniones de siempre y en nuestros rezos dentro de nuestros templos? ¿Nos daremos cuenta de que es algo más que organizar procesiones lo que los cristianos tenemos que hacer en medio del mundo?

sábado, 31 de agosto de 2024

Descubre lo que hay en ti, ayuda también a los demás a que descubran sus posibilidades, abre horizontes en tu vida y amplíalos también para los que te rodean

 


Descubre lo que hay en ti, ayuda también a los demás a que descubran sus posibilidades, abre horizontes en tu vida y amplíalos también para los que te rodean

1 Corintios 1,26-31; Salmo 32; Mateo 25,14-30

Cantos de lamentaciones de lo poquito que somos o que valemos, de lo poquito que tenemos en la vida que no nos da para nada, seguramente estaremos acostumbrados a escuchar, o acaso nosotros mismos en más de una ocasiones también nos hemos hecho esas elegías de nuestra vida; yo no valgo para nada, yo no tengo medios, yo no sé como salir adelante, yo que puedo hacer por los demás si no tengo ni para mí mismo, yo no tengo suerte en la vida, yo no tengo quien me ayude, quizás también nos lo hemos repetido, en algunas ocasiones decimos que por humildad, pero muchas veces por la propia desidia con que vivimos nuestra vida.

Sin embargo sí hemos visto a más de uno que desde lo más bajo, podríamos decir, supo levantarse, supo emprender, supo luchar para salir adelante, buscando fuerza donde parecía que no la tenía, pero con una energía del espíritu que le hizo salir adelante.

Algunas veces para justificarnos quizá pensamos que quienes fueron capaces de salir adelante fue porque tuvieron padrinos, porque tuvieron suerte en la vida, o porque quizás tenían unos medios que nosotros no tenemos; pero pienso no en los que estaban esperando que la suerte les cayera un día encima para comenzar a luchar, ni los que se valieron de padrinos, sino en los que con su esfuerzo supieron luchar; no vamos a negar que luego apareciera quien les ayudara, porque personas así con ese empuje son personas a las que merece en verdad ayudar porque sabrán aprovecharlo bien para conseguir esos nobles fines. La suerte y la ayuda tenemos que encontrarla en nosotros mismos, en nuestras ganas de luchar que nos hace buscar y tener iniciativas, que nos hace mover Roma con Santiago, como dice el refrán, y así sabremos salir adelante. Desgraciadamente hoy en la vida nos encontramos muchos que todo lo esperan regalado – que si subvenciones, que si padrinos… - y no ponen ningún tipo de esfuerzo por sí mismos para luchar por la vida.

¿No será de esto de lo que nos está hablando hoy el evangelio con la parábola que Jesús nos propone? Unos talentos – se refiere a unas monedas fuertes que se utilizaban entonces – que aquel buen hombre reparte nos parece de manera desigual entre sus servidores  mientras él se va de viaje. Podemos pensar, si queremos, en unas responsabilidades en la administración de sus bienes, por ejemplo, que confía a sus servidores mientras está ausente.

Cuando vuelva va a pedir cuentas de la administración de aquello que les ha confiado. Dos de aquellos servidores supieron negociar muy bien aquellos bienes y presentarán positivo rendimiento, aunque fueran diversas las cantidades que se les habían confiado. Merecen la alabanza y el premio de su señor. Mientras el tercero, considerándose inferior porque menos recibió, no quiso perderlo y allá lo enterró para poder entregarlo integro cuando tuviera que rendir cuentas. Tuve miedo, decía, porque yo sabía como tú eres de exigente, pero no tuvo la osadía de aventurarse, de buscar la manera de salir de aquello que le parecía pequeño, y ya sabemos cómo fue recriminado a la vuelta de su señor. No lo había perdido, simplemente lo había enterrado.

¿No andaremos así muchas veces nosotros enterrando talentos? Es que yo no valgo para nada, a mi fue poco lo que me ofrecieron o pusieron en mis manos y qué voy a hacer con tan poca cosa, nos decimos tantas veces. Y solo esperamos el milagro de la suerte, solo esperamos que otro sea el que nos saque las castañas del fuego porque nosotros no queremos quemarnos.

Lo tenemos que mirar para todos los aspectos de nuestra vida en que nos decimos tantas veces que nos sentimos tan pobres, tan poca cosa; pero quizás no hemos sabido mirarnos por dentro, no hemos sabido descubrir todo lo que somos capaces de hacer por nuestros miedos, por nuestra indecisión, por nuestras rutinas, por la flojera con que vivimos la vida, por la superficialidad que le vamos dando a lo que hacemos. ¿Qué buscamos? Con aquello de la sociedad del bienestar que decimos que tenemos que crear sin embargo nos hemos hecho cómodos y estamos esperando que todo nos lo den hecho y no somos capaces de desarrollar eso que llevamos dentro de nosotros; siempre hay unos valores, unas capacidades, unas posibilidades, unas iniciativas que podemos tomar, que aunque pequeñas en principio se van a hacer en la medida que rueden en una bola grande.

Descubre lo que hay en ti, ayuda también a los que están a tu lado a que descubran todas sus posibilidades, abre horizontes en tu vida y amplia también los horizontes de los que te rodean. Lo podemos hacer con los amigos, como los padres tienen que hacerlo con los hijos, como todos tenemos que hacerlo con los que caminan a nuestro lado en nuestra sociedad.

Jesús cuando nos está proponiendo esta parábola está queriendo hablarnos del Reino de Dios, de los valores que en él hemos de encontrar y que nos harán crecer a nosotros en nuestra fe y en nuestro compromiso. Esto tendría que llevarnos a pensar también en lo que nosotros en medio de nuestra comunidad cristiana podemos hacer y estamos haciendo. La comunidad no nos la van a hacer otros, sino que somos nosotros, entre todos, los que en verdad tenemos que construirla.

miércoles, 22 de noviembre de 2023

El reino de Dios tenemos que construirlo en nuestro mundo donde no siempre será fácil pero claro es el mensaje que Jesús nos ha dejado a lo largo del evangelio

 


El reino de Dios tenemos que construirlo en nuestro mundo donde no siempre será fácil pero claro es el mensaje que Jesús nos ha dejado a lo largo del evangelio

2 Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28

El episodio, o más bien la parábola que nos narra hoy el evangelio, son acontecimientos, son palabras de Jesús en su subida a Jerusalén cuando ya estaban cerca de la ciudad. Aquella subida tiene unas connotaciones especiales, desde los anuncios insistentes que Jesús había hecho de esa subida a Jerusalén y hacía que los que le seguían también se hicieran muchas preguntas.

¿Era el momento tan esperado de la aparición del Mesías tan deseado e iban a suceder cosas que cambiarán la historia del pueblo de Israel? No iba a suceder tal como ellos se lo habían imaginado muchas veces según la idea que se habían ido haciendo de lo que iba a representar la figura del Mesías. Por eso se preguntan si había llegado ya el momento en que se iba a manifestar el Reino de Dios tal como ellos tanto habían imaginado y que Jesús venía anunciando desde los inicios de su predicación. ¿No sería el mejor momento y lugar precisamente su presencia en la ciudad santa? 

Ecos de esos sueños y aspiraciones sería la entrada en Jerusalén que más tarde nos narrarán los evangelistas; pero era lo que estaba en la mente de los discípulos más cercanos también, porque en las apariciones de Cristo resucitado y cuando ya va a suceder la Ascensión de Jesús al cielo seguirán preguntándose por lo mismo, por la llegada del Reino y la restauración de la soberanía de Israel.

Pero todo tendría otro recorrido. Y ahora Jesús les propone una parábola. ¿Sería la llegada del Reino algo como automático o algo que se les diera como regalado desde lo que ese Mesías pudiera realizar por el pueblo? Y Jesús habla del rey que va a marchar de viaje para volver con el título de rey pero a sus servidores les reparte unos dineros, unas minas de oro, para que las negociaran mientras él volvía. Algunos negociaron y tuvieron sus rendimientos, otro prefirió enterrar aquella mina donde nadie la pudiera encontrar y robar para entregarla intacta a la vuelta de su señor.

Y aquí está el mensaje que recientemente también hemos meditado pero con la entrega de unos talentos. Esas minas de oro, o esos talentos, valga una u otra expresión, nos están queriendo manifestar cómo es que tenemos que realizar ese Reino de Dios. Es, sí, un regalo que se pone en nuestras manos porque bien sabemos que todo parte del amor y de la misericordia del Señor y no de nuestros merecimientos, pero es algo en lo que tenemos que implicarnos, tiene, por así decirlo, unas exigencias en nuestra vida, hay una laboriosidad que tenemos que desarrollar, no nos vale simplemente guardar por temor a perderlo, nos exigirá también que pasemos por un riesgo.

Ese reino de Dios tenemos que construirlo en nuestro mundo donde no siempre será fácil. Porque andamos con otras preocupaciones, porque son otros nuestros intereses, porque andamos envueltos en un materialismo y una sensualidad de la vida que nos absorbe y nos hace perder la visión de metas altas, porque en ese camino nos vamos a encontrar muchos señuelos que nos atraigan, nos arrastren y nos alejen de lo que tendrían que ser nuestras metas, porque muchas veces pensamos más en nosotros mismos y nos olvidamos de tener una mirada amplia alrededor.

El mensaje lo tenemos claro, porque claro nos ha hablado Jesús a lo largo de todo el evangelio. Pero eso tenemos que hacerlo vida, y nos cuesta, y surgen muchas cosas que nos atraen y nos tientan. Ojalá cuando nos presentemos ante el Señor vayamos no con las manos vacías sino con toda esa riqueza espiritual que hemos labrado. No pensamos en cosas o momentos espectaculares, momentos extraordinarios, sino que el Reino de Dios se va a hacer presente en nuestra vida calladamente pero haciéndonos germinar desde nuestro interior como semilla sembrada en buena tierra.


domingo, 19 de noviembre de 2023

Nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena

 


Nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1 Tesalonicenses 5, 1-6;  Mateo 25, 14-30

Trabajamos y queremos obtener unos beneficios, bien porque la semilla que echamos en la tierra queremos que germine, que crezca y madure para obtener unos frutos, bien porque el trabajo que hacemos queremos que sea debidamente remunerado, bien porque el negocio que emprendamos queremos que tenga éxito y al final podamos obtener unos rendimientos. Queremos, es cierto, que el trabajo sea productivo, que la vida no se nos esterilice y al final nos veamos con las manos vacías.

No todos, es cierto, estamos en el mismo trabajo, no todos tenemos las mismas cualidades y valores, no todos valemos para todo sino que, vamos a decirlo así, cada uno ha de encontrar su camino donde vaya realizando su vida según su propia capacidad, y en consecuencia también serán distintos los rendimientos. 

Lo que realmente ganamos no es que tengamos unos beneficios económicos que sean mayores que los de los demás, sino que la mayor ganancia es la realización de la propia vida en aquello que ha sido capaz de hacer y de vivir. Esto nos plantea, entonces, que no nos podemos quedar ociosos, esperando el fruto de los otros, sino que tenemos que saber hacer fructificar su vida, que además va a tener repercusión en el mundo en el que vive.

Creo que de esto es de lo que nos quiere hablar hoy Jesús con la parábola que nos propone que tantas veces hemos escuchado y reflexionado. Una vez más detengámonos en ella y escuchémosla como palabra de vida para nosotros. Un hombre que al irse de viaje confía sus posesiones o sus riquezas, como queramos verlo, a aquellos servidores suyos que fielmente han estado siempre junto a él. Reparte de manera desigual, pues a uno dará cinco talentos, a otro dos y finalmente al tercero solo un talento. ‘A cada uno según su capacidad’, nos dice la parábola. Y marchó de viaje.

A la vuelta va a pedir a sus servidores que le rindan cuenta de lo que han hecho con aquellos talentos. Ya la parábola nos fue diciendo como tanto el de los cinco talentos como el de dos, pusieron a rendimiento aquellos talentos. El que recibió solamente uno tenía miedo de perderlo - ¿quizás que los negocios salieran mal y se quedara sin nada? – por eso en lugar de negociar, de trabajar lo que hizo fue enterrar el talento. Ya hemos escuchado la reacción de aquel hombre. Alaba a quienes les han sacado rendimiento a lo que le habían confiado cada uno en su medida, mientras no valorará los miedos del tercero, que no lo ha perdido, pero tampoco le ha sacado rendimiento.

Todos entendemos muy bien el sentido de la parábola. ¿La vida que Dios ha puesto en nuestras manos? ¿La responsabilidad que tenemos con el mundo en el que vivimos y donde no podemos hacer dejación de nuestras obligaciones? ¿El descubrimiento de cuáles son en verdad nuestros valores y capacidades sin tener que estar mirando de forma desconfiada o recelosa a las capacidades que puedan tener los demás? Muchas preguntas que tendríamos que hacernos sobre nuestras actitudes y nuestros verdaderos valores por los que tenemos que luchar, o que tenemos que desarrollar.

Lo importante es la actitud que tengamos ante nuestras responsabilidades o las tareas que se nos confían. Claro que hemos de obtener un rendimiento, pero no todos tienen que ser por igual. Cada uno tiene que valorar sus propias capacidades, cada uno ha de saber hacer resaltar sus propios valores; no todos vamos a ser ‘premio Nóbel’ por los grandes descubrimientos que podamos hacer en el camino de la ciencia, pero sí todos somos ‘premio Nóbel’ por la fidelidad con que realizamos lo que tengamos que hacer aunque sea pequeño, aunque no tenga el relumbrón que otros puedan tener. El premio, podíamos decirlo así, lo vamos a tener en nosotros mismos, en nuestro interior, en la satisfacción de la fidelidad de lo que realizamos.

Es esa faceta tan bonita de la vida en la que nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo y donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena. No andaremos nunca con recelos ni desconfianzas porque uno tiene más y otro tiene menos, porque uno es capaz de hacer grandes cosas y otro será el servidor fiel de las cosas pequeñas pero que son parte también de ese conjunto que entre todos estamos construyendo.

Es una invitación a la vigilancia y un aliciente para la esperanza. Todos tenemos que estar atentos para tener el aceite suficiente y que necesitamos para mantener encendida la lámpara, como escuchábamos el domingo pasado. 

Todos tenemos la esperanza de que al final vamos a escuchar la voz que nos llama y nos invita a participar del Reino del Padre, ya sea porque hayamos hecho grandes cosas o ya sea simplemente porque hemos ofrecido un vaso de agua, pero porque lo hicimos, porque mantuvimos esa fidelidad en todo momento vamos a escuchar esa invitación a estar con El para siempre en su reino del cielo.


sábado, 2 de septiembre de 2023

Todos tenemos una responsabilidad en la vida, hay siempre en nosotros unas capacidades, unos valores, unas cualidades que tenemos que saber descubrir



 Todos tenemos una responsabilidad en la vida, hay siempre en nosotros unas capacidades, unos valores, unas cualidades que tenemos que saber descubrir

1 Tesalonicenses 4, 9-11; Sal 97;Mateo 25, 14-30

Hay ocasiones en que parece que nos anulamos a nosotros mismos, no sé si en razón de falsas humildades, porque nos decimos que no somos capaces, que somos tan pequeños y con tan pocos valores que nada valemos; nos empequeñecemos tanto que nos falta decisión para emprender algo, para asumir responsabilidades, para desarrollar aquellas cosas que nos encomiendan, para sacar a flote las capacidades que podamos tener.

Es una mala visión de nosotros mismos, son unos sentimientos negativos que nos anulan, algo que tendríamos que saber desaparecer de nuestra vida, porque necesitamos valorar más, reconocer lo que somos capaces, desarrollar los valores y cualidades que podamos tener, porque siempre hay algo valioso en nuestra vida.

Todos tenemos una responsabilidad en la vida, hay siempre en nosotros unas capacidades, unos valores, unas cualidades que tenemos que saber descubrir, ayudándonos incluso del consejo de quienes nos aprecian, algo que tenemos que saber desarrollar. Es, incluso, por fidelidad a nosotros mismos, y desde nuestra condición de creyentes, tenemos que saber reconocer los dones y valores que Dios ha puesto en nuestra vida, por muy pequeños que nos consideremos.

De esto nos habla hoy el evangelio. La llamada parábola de los talentos. Aquel rey que al salir de viaje confía a sus empleados una determinada y distinta cantidad de talentos que ellos han de saber negociar. Dos de ellos con toda fidelidad realizan la misión que les han encomendado, uno con sus miedos enterró el talento para no perderlo, pero no fue capaz de ponerlo a negociar para darle rendimiento. Ya vemos en la parábola la reacción de aquel rey a su vuelta cuando le rinden cuentas sus empleados.

Como decíamos hay aquí un tema de fidelidad. 'Siervo bueno y fiel', llama aquel señor a los empleados que han sabido sacar rendimiento a aquellos talentos. Creo que todos entendemos bien la parábola que probablemente hayamos meditado muchas veces. Es una mirada a nosotros y a nuestra vida, es una mirada a nuestra fidelidad a la misión que nos han confiado. Una fidelidad a nuestros compromisos adquiridos, sea cual sea el lugar que ocupamos en la vida, sea cual sea la misión que nos han encomendado, sean cuales sean los valores que haya en nosotros y nuestras capacidades y posibilidades.

Es el esfuerzo que hemos de saber realizar, porque no nos podemos cruzar de brazos pensando que todo nos lo van a dar hecho. Es la preocupación llena de responsabilidad con la que buscamos salida a los problemas con los que nos podamos encontrar. Son los deseos de superación y crecimiento que haremos surgir dentro de nosotros para no dejarnos vencer por debilidades ni por cobardías.

Es también la madurez que vamos a mostrar en la vida porque sabremos sobreponernos a las tentaciones con que nos vayamos a encontrar de desistir en nuestro empeño porque encontremos dificultades, de encerrarnos en nuestros miedos y cobardías que coartan esa valentía, con ese coraje con que tenemos que enfrentarnos a la vida.

Es tratar de hacer que cada día nuestra vida tenga más valor porque queremos vivir con intensidad cada momento. Es hacer fructificar de verdad nuestra vida, con lo que nos sentimos llenos en lo más hondo de nosotros mismos alcanzando una plenitud de nuestro ser, y porque con ello estamos haciendo crecer nuestro mundo para lograr también una mayor felicidad para todos.


sábado, 27 de agosto de 2022

Conformismo, brazos cruzados, miedo a arriesgarnos por algo nuevo y mejor, cosas que tenemos que arrancar de nosotros quienes queremos ser los hombres nuevos del evangelio

 


Conformismo, brazos cruzados, miedo a arriesgarnos por algo nuevo y mejor, cosas que tenemos que arrancar de nosotros quienes queremos ser los hombres nuevos del evangelio

1Corintios 1,26-31; Sal 32; Mateo 25,14-30

Yo con eso me las arreglo, no necesito más, para que me voy a estar agobiando ahora con nuevas cosas, con nuevos trabajos, además a mi edad ya no necesito tanto. Una postura conformista, pero al mismo tiempo una postura cómoda, ¿Para qué esforzarnos más? O son los criterios de aquellas personas que se planteaban para que dar unos estudios a sus hijos, sus padres no sabían leer ni sabían de cuentas y sacaron a la familia adelante, o como le decía aquella mujer a una madre que quería que su hijo estudiase y se estaba sacrificando para ello, tú pon a tu hijo a estudiar y que haga carrera y el día de mañana se va a avergonzar de ti.

Y con ese conformismo enterramos tantos valores y tantos talentos, con ese conformismo no veríamos nunca avanzar el mundo y la vida, con ese conformismo no nos superamos por no esforzarnos, con ese conformismo dejamos el tesoro enterrado por no esforzarse a cavar para desenterrarlo y con esto creo que estamos entiendo muchas situaciones, muchas posturas, muchas comodidades con que vivimos la vida, con ese conformismo no queremos arriesgar y queremos sentirnos seguros con lo que ya tenemos aunque sea poco, con ese conformismo decimos yo no sé pero no queremos aprender y nos consideramos o nos hacemos inútiles a nosotros mismos.

Una postura pobre, una postura que manifiesta nuestra pobreza, no porque nada tengamos, sino porque ni siquiera tenemos sueños de poder conseguir algo mejor; la pobreza muchas veces está no en que no tengamos cosas, sino las actitudes pasivas y negativas con que andamos por la vida. Nos conformamos y ya está, no ganaremos, pero no corremos el riesgo de poder perder, pero quien no se arriesga nunca llegará a ninguna parte, nunca tendrá la posibilidad de ganar.

Y no es que vayamos actuando en la vida solo por ambición y nuestros sueños sean puro materialismo, sino por el deseo de crecimiento personal que significa también un desarrollo de cuanto somos y que muchas veces está escondido dentro de nosotros, pero que hemos de saber sacar a flote. Es el valor del saber arriesgarse, es el valor que me hace crecer, es el valor que voy poniendo en la vida para alcanzar una mayor plenitud y dignidad. Pero será una riqueza que alcanzamos no solo para nosotros mismos, sino que es una riqueza que estoy ofreciendo a los que están a mi lado, que estoy ofreciendo a la comunidad en la que vivo, a mi sociedad que así la quiero hacer mejor.

De esto nos está hablando hoy Jesús en el evangelio con la parábola que nos propone. Aquellos talentos repartidos entre sus servidores cuando marchó de viaje; unos talentos que unos supieron desarrollar, mientras unos talentos que el que no quería arriesgar para no perderlos los enterró. Pero no era esa la misión que le habían confiado; pero eso su amo le recriminará a la vuelta porque no supo negociarlos para tener mucho más.

Es la vida que Dios ha puesto en nuestra manos; es ese mundo que nos ha confiado; son esas cualidades y valores que todos tenemos; son los hijos o la familia que están a nuestro cuidado; con los amigos con los que comparto tantas cosas en la vida; es todo cuanto tenemos que cuidar y valorar, es eso por lo que hemos de trabajar para que nuestro mundo sea mejor, para que los que nos rodean se sientan también estimulados, es esa riqueza de la fe que llevamos en el corazón pero que no hemos de dejar encerrada dentro de nosotros sino que tenemos que trasmitirla, con la que hemos de iluminar a los demás, desde la que nos tenemos que sentir comprometidos por hacer un mundo mejor que vive en los parámetros del Reino de Dios.

Tenemos quizá que preguntarnos si acaso no andamos demasiado con los brazos cruzados y no estamos poniendo mano para hacer algo nuevo y distinto.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Una llamada de atención a nuestra responsabilidad porque la vida exige desarrollo y crecimiento y en el evangelio encontramos los valores que le darán intensidad

 


Una llamada de atención a nuestra responsabilidad porque la vida exige desarrollo y crecimiento y en el evangelio encontramos los valores que le darán intensidad

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28

Nos puede suceder en ocasiones en la vida que cuando se avecinan cambios pensamos que no merece la pena esforzarse mucho en lo que estamos haciendo; ya vendrán otros tiempos, quizá pensamos, en que podremos dedicarnos con mayor intensidad y ahora no merece el esfuerzo; y dejamos que las cosas sigan en una rutina, en cierto modo imperativa, sin darnos cuenta de que mientras tengamos en manos una actividad, una responsabilidad no podemos hacer dejación de ello.

Recuerdo un profesor, que en esto fue poco sabio y poco profesor, que nos decía que todo aquello iba a cambiar y entonces de alguna manera nos quitaba los deseos de ponerle empeño a la materia y quizá hubo cosas fundamentales en las que no se profundizó lo suficiente y luego no se tenía base para cimentar lo nuevo que se tendría que edificar, por decirlo de alguna manera.

Lo que tenemos entre manos, lo que es ahora nuestra responsabilidad, aquello que se nos ha confiado no podemos abandonarlo; el terreno de la vida siempre hemos de tenerlo roturado y preparado, aunque ahora nos pueda parecer que no vamos a obtener un fruto inmediato, pero eso que ahora nos puede parecer pequeño y sin importancia pudiera convertirse en una base fundamental para lo que hemos de crear en el futuro.

Es la responsabilidad con hemos de tomarnos la vida, es la seriedad con que hemos de ir haciendo las cosas, que al menos ese esfuerzo nos estará sirviendo también como de entrenamiento para lo que en el futuro tengamos que hacer. Sin perdemos las ganas y el entusiasmo, si bajamos la guardia en la responsabilidad del hoy, en el día de mañana también nos buscaremos alguna disculpa para volver a bajar la guardia o hacer dejación de nuestra responsabilidad.

Hoy Jesús nos ofrece una parábola. Y ya nos dice el evangelista que el motivo era porque con la subida de Jesús a Jerusalén se iba a instaurar ya el Reino y entonces como de alguna manera había entrado como una cierta pasividad en la espera de lo que pensaban que podría suceder. Y Jesús les propone la parábola del que se marchaba de viaje y dejó diversas cantidades de valores a sus empleados. A la vuelta quiso que le rindieran cuentas y mientras unos los habían hecho fructificar, a otro le había entrado la desgana y la irresponsabilidad quizá apoyándose en los temores que tenía porque sabía que su señor era exigente, pero había enterrado el talento y no lo había hecho fructificar. Y ya vemos cómo fue la reacción.

Es una llamada de atención a nuestra responsabilidad. Como decíamos antes de lo que tenemos entre manos no podemos hacer dejación de nuestra responsabilidad. Lo que es nuestra vida nos exige continuamente un desarrollo y un crecimiento. Lo que no crece muere. Igual que las células de nuestro organismo continuamente se van renovando y eso es señal de la vida, y cuando no hay esa renovación, porque las dejamos morir y no hay renovación, entramos en el camino de la enfermedad y en el camino de la muerte.

Pero no olvidemos que la vida no son solo esas células corporales con todas las funciones del cuerpo humano, sino que la vida está en nuestro ser, en lo que somos, en lo que son nuestras vivencias o nuestros sentimientos, en lo que son nuestros deseos y en lo que es nuestro querer, en eso bueno que vamos desarrollando con nuestra existencia y esos valores que vamos cultivando.

Y le hemos de dar intensidad a esa vida; y hemos de desarrollar esas cualidades y esos valores que tenemos, y hemos de superarnos en las limitaciones que encontremos. Es el espíritu fuerte que tengamos en nuestro interior; es la fe que anima nuestra vida y nos llena de esperanza, es el amor con que vamos construyendo cada uno de los pasos de nuestra existencia que también va a tener repercusión en los demás. Es el cultivo de nuestro espíritu elevándonos por encima de todo porque nuestro corazón tiende siempre a Dios. Es el impulso que sentimos en nosotros cuando nos dejamos inundar por el Espíritu y nos lleva a esa entrega y a ese darnos a nosotros mismos. El apoyo lo tenemos siempre en Dios. El evangelio será siempre esa luz para nosotros, para mantenernos en el camino y vivir con toda intensidad.

sábado, 28 de agosto de 2021

Nos sentimos enriquecidos con la confianza que Dios ha puesto en nosotros y con la confianza que somos capaces de poner en los demás daremos valor a toda persona

 


Nos sentimos enriquecidos con la confianza que Dios ha puesto en nosotros y con la confianza que somos capaces de poner en los demás daremos valor a toda persona

1Tesalonicenses 4, 9-11; Sal 97; Mateo 25, 14-30

¿A quién confiamos nuestras cosas? Como ya lo expresamos con la palabra a aquel en quien tengamos depositada nuestra confianza. No somos dados a confiar nuestras cosas, nuestras pertenencias a nadie, mantenemos la reserva. Tenemos que encontrar a alguien con grande responsabilidad y que sepa manejar nuestros asuntos para no tener pérdidas sino mejor beneficios; si sabemos que es un manirroto y un irresponsable no le manifestaremos nuestra confianza.

Grande tenía que ser la confianza del hombre de la parábola que hoy nos propone Jesús. Porque al confiar aquellos talentos – y con esa palabra se está expresando que eran cantidades grandes – a aquellos empleados suyos cuando se fue de viaje, es porque mucha confianza tenía en ellos. Confiar en ellos era valorarlos, hacerles sentir que eran capaces cuando en ellos se había depositado esa confianza. Se harían o no merecedores de aquella confianza con sus responsabilidades o con su dejadez por la manera de llevar los asuntos, pero el primer mensaje que se nos deja va por ese camino, el de la confianza. Una confianza que nos enriquece.

Cuando Jesús nos propone las parábolas está haciéndonos comparaciones para que entendamos lo que es el Reino de Dios y cómo hemos de vivirlo. Y me atrevo a decir que el primer mensaje es cómo Dios confía en nosotros desde el momento que nos ha dado la vida. Es el regalo de Dios, es la muestra del amor que Dios nos tiene.

Y en esa vida nuestra aparecerán unos talentos u otros, porque cada uno tenemos unos valores, hay cualidades y capacidades diversas en nosotros; y no somos iguales sino que cada uno tenemos nuestra propia identidad, nuestros propios valores. Significa además que en el amor de Dios nos sentimos valorados, y eso ha de darnos mayor confianza en nosotros mismos para desarrollar lo que se nos han confiado.

No tenemos que andarnos con comparaciones que siempre nacen de ojos turbios y opacos, sino que cada uno ha de descubrir el valor de su vida y lo que en ella y con ella puede realizar. Es la responsabilidad con que asumimos nuestra vida; es el sentido de respuesta de amor que hemos de saberle dar si en una lectura creyente de nuestra vida hemos descubierto ese regalo del amor de Dios.

Vemos cómo aquel hombre de la parábola felicitará de la misma manera tanto al que había trabajado con cinco como al que había trabajado con dos, como le pedirá cuentas al que recibió solamente uno pero no supo trabajarlo, o más bien, no quiso trabajarlo. Igual de feliz fue el que recibió cinco como el que recibió dos, como igualmente podría haber sido feliz el que recibió uno.

La felicidad en la vida no está en las cantidades sino en la medida en que seamos capaces de ser nosotros mismos con lo que somos o con lo que tenemos. Ya sé que muchos van en la vida siempre ansiando tener más porque dicen que así serán más felices, pero cuando esas ambiciones nos cogen el corazón al final nos volvemos dependientes de las cosas y por mucho que tengamos nunca llegaremos a esa felicidad.

Aquel que descubre su propio ser y asume su vida podrá entrar en camino de plenitud y de felicidad. Descubre lo que eres, descubre tus valores, sean muchos o sean pocos, procura ir creciendo como persona a partir de eso que eres y entonces serás capaz de desarrollar todas tus posibilidades, podrás ir alcanzando metas en tu vida, podrás sentirte satisfecho de ti mismo, podrás sentir la felicidad en tu corazón.

Pero aprende también a contar con los demás; aprende a poner confianza en las personas que te rodean para que ellas también crean en sí mismas; nuestras desconfianzas pueden anular a los que están a nuestro lado, porque nuestra desconfianza crea sombras y negruras, impide que el otro se descubra a sí mismo cuando no es valorado. Con tu confianza estás enriqueciendo la vida del que tienes a tu lado.

Un mensaje enriquecedor el que nos deja hoy el evangelio. Nos sentimos enriquecidos con la confianza que Dios ha puesto en nosotros y con la confianza que somos capaces de poner en los demás estaremos dándole valor a la vida de toda persona.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos que harán nuestro mundo mejor


De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos que harán nuestro mundo mejor

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28
Hay momentos en la vida que parece que andamos desganados, como se dice ahora sin motivación, sin ilusión por seguir luchando o por emprender una nueva tarea. La desilusión que se nos mete por dentro nos hace pensar que iniciar una nueva tarea es una aventura imposible y así vamos caminando dejándonos llevar, o mejor, dejándonos arrastrar por lo que cada día sucede pero nos falta fuerza para querer cambiar las cosas, para buscar algo que las mejore.
Corazones cansados, y no se trata de problemas cardiacos que nos solucione un cardiólogo, sino esa desilusión que se nos mete por dentro. Miramos alrededor y todo nos parece negro; vemos las luchas de intereses en las que se mueven tantos y ni en eso queremos meternos; los rumbos por los que camina la sociedad vapuleada por tantas cosas no nos gustan pero tampoco hacemos nada por poner nuestro grano de arena, sembrar nuestra pequeña semilla. Nos confían quizá una tarea o una misión y tratamos solamente de guardar las formas pero aquello que nos han confiado no camina sino por la inercia y con ese desánimo nada hacemos por sacar un fruto nuevo.
No es que todos caminen así en la vida, ni ese sea el marco en el que nos movemos siempre, pero hay momentos en que preferimos enterrar el talento, refugiarnos en la cueva que nos hemos creado poniendo en nuestro entorno muchas barreras para no salir, pero tampoco para dejar que entre una luz nueva en nosotros.
Hoy en el evangelio se nos propone la parábola de los talentos que en este relato de Lucas más bien nos habla de onzas de oro. Cuando se les pide cuentas a aquellos empleados a los que se les habían confiado el que solo había recibido una, lleno de miedo la había guardado bien guardada por miedo a perderla y ahora no pudo presentar ningún rendimiento. ¿Sentía que era poco lo que se le había confiado? ¿Tenia miedo a los riesgos a los que tenia que enfrentarse si se ponía a negociarlas para sacarle rendimiento? Prefirió no hacer nada, simplemente aguardar.
Lo que nos pasa a nosotros tantas veces en la vida. Decimos que no valemos, que no somos capaces, que es un peligro arriesgarse a algo nuevo, que preferimos quedarnos en nuestro conservadurismo, que nunca terminamos de ver clara a donde nos llevan esos caminos, que siempre hay dudas y miedos en nuestro interior, y nos sentimos aplanados y nunca llegaremos a destacar en nada porque no sacamos a flote aquello que somos aunque nos parezca pequeño. Olvidamos que de lo pequeño pueden salir cosas grandes y hermosas. Una semilla bien pequeña es pero si la plantamos podemos sacar no solo una planta hermosa sino también hermosos frutos.
Es lo que tenemos que aprender a hacer en la vida y tener la paciencia de la esperanza. Merece la pena esperar, merece la pena ponerse a plantar la semilla, merecen la pena las luchas y los esfuerzos, merece la pena todo el trabajo que tengamos que realizar porque estaremos en verdad haciendo un mundo nuevo. Ya no nos quedamos a comentar desilusionados los rumbos que lleva la vida y dejar que otros hagan, sino que vamos a poner manos a la obra porque somos nosotros los que tenemos que hacer.
De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos. Es la esperanza que siempre tiene que estar presente en nuestra vida y que nos llenará de luz y saltará por encima de nuestros cansancios y desilusiones. No nos crucemos de brazos. Hagamos florecer nuestro rosal.

sábado, 31 de agosto de 2019

La llama de nuestros valores, aunque nos parezcan pequeños, ha de iluminar y dar calor allí donde se encuentra



La llama de nuestros valores, aunque nos parezcan pequeños, ha de iluminar y dar calor allí donde se encuentra

1Tesalonicenses 4, 9-11; Sal 97; Mateo 25, 14-30
Yo no soy tan afortunado como otros, decimos algunas veces porque nos parece que otros son mejores o tienen mejores cualidades que nosotros; y nos entra quizás un complejo de inferioridad que nos hace sentirnos inútiles, incapaces de hacer algo bueno, de poder aportar algo, y nos encerramos en nosotros mismos y nos cegamos de tal manera que no somos capaces de valorarnos.
Cada uno tiene sus cualidades y valores, no tenemos que estarnos comparando con los demás ni tampoco tenemos que ser todos iguales, como cortados por la misma tijera, como suele decirse. Lo que tenemos que hacer es aprender a descubrir esos valores que tenemos que aunque parecieran pequeños en comparación con los demás – y repito no tenemos que compararnos con nadie – son también importantes y hemos de ser capaces de desarrollarlos debidamente.
Igual que en la vida no todos tenemos que ser carpinteros, ni todos electricistas, ni todos artistas, ni todos maestros o abogados, sino que cada uno tiene su función y desarrolla una tarea, lo mismo con nuestras capacidades, con nuestros valores que, repito, tenemos que aprender a valorar. Y desde esos valores que cada uno tiene, desde esas cualidades cada uno aporta y su aportación es tan valiosa como la de los demás.
Hoy nos dice el evangelio que no podemos enterrar los talentos que se nos han confiado sino que cada uno tiene que negociar los que tiene. Es la parábola de los talentos. Y aquel que solo tenia un talento lo enterró para no perderlo, pero los talentos que enterramos al final se pudren y se pierden; no vale que lo queramos sacar a ultima hora diciendo que lo teníamos a buen recaudo para que no se perderá, porque si no lo negociamos es como si lo hubiéramos perdido. La parábola lo expresa porque aquel talento inutilizado se le quitó al que lo tenía y se le confió al que tenia y había desarrollado más.
Creo que entendemos fácilmente el sentido de la parábola, pero no nos vale solo decir que la entendemos, sino que hemos de poner en práctica aquello que nos enseña; de lo contrario seria como el talento enterrado y perdido. Y ponerlo en práctica es aplicar todo esto a lo que son nuestras responsabilidades de cada día, en la familia, en nuestro trabajo, en la comunidad, y también en el ámbito de nuestra fe y de nuestra pertenencia a la Iglesia.
Aquí tendríamos que preguntarnos qué aportamos desde nuestra fe a ese mundo en el que vivimos, a esa sociedad de la que formamos parte. Seremos pequeños o nos consideramos pequeños, pero somos luz, una luz que tiene que iluminar y dar sentido y valor a cuanto nos rodea. La luz es para difundirla, e igual se enciende una pequeña llama que nos parece insignificante e ilumina aquel lugar donde está colocada, que se enciende un foco grande para iluminar grandes espacios. Importantes, la una y la otra.
Importante tú que pareces pequeño, o que te sientes pequeño, como de la misma manera aquellos a los que se les confía mayores responsabilidades. Solo te van a pedir si esa llama se mantuvo encendida, si esa llama iluminó y dio calor allí donde estaba.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aún ha puesto su vida y nos regala la gracia de ser hijos de Dios


Cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aún ha puesto su vida y nos regala la gracia de ser hijos de Dios

1Corintios 1,26-31; Sal 32; Mateo 25,14-30

¿En quien puedo yo confiar las cosas que son muy importantes en mi vida? ¿Quién merece nuestra confianza como para que pongamos en sus manos nuestras cosas, nuestros negocios, nuestros bienes, o aquellas cosas que son importantes para mi?
Quizá en alguna ocasión nos lo planteemos ya sea en asuntos de orden material para que sean administradores de nuestras cosas, pero quizá en el fondo consciente o inconscientemente nos lo estamos planteando cuando confiamos algo de la intimidad de nuestra personas, nuestros secretos o nuestras inquietudes, las ilusiones que tenemos en la vida o aquellas cosas en las que vamos tropezando y quizás fracasando. No a cualquiera le confiamos nuestras cosas, no a cualquiera desvelamos esas cosas que en cierto modo forman parte de nuestra intimidad. Conseguir esa confianza en ocasiones no nos resulta fácil.
Claro que aquel en quien confiamos, o nosotros mismos si somos depositarios de la confianza de alguien tenemos que hacernos merecedores de ello, siendo buenos administradores o manteniendo la necesaria discreción y lealtad hacia quien nos ha confiado algo de si mismo. Discreción y lealtad que no siempre quizá encontramos, pero que tan necesaria es en el respeto que siempre hemos de tener a la persona, a toda persona y mucho más a quien ha tenido esa deferencia de mostrarnos así su confianza. ¿Seremos siempre lo suficientemente discretos y leales? ¿Seremos en verdad buenos administradores de lo que se nos confía?
Cuando Jesús nos habla del Reino de Dios lo hace utilizando parábolas, imágenes con hondos significados que nos ayudan a comprender todo ese misterio de gracia que es el Reino de Dios que hemos de vivir y que nos dan pautas de esos valores nuevos que hemos de saber resaltar en nuestra vida, vivir con intensidad para sentirnos en verdad dentro del Reino de Dios.
Hoy nos habla de aquel hombre que se iba al extranjero y que quiere confiar sus bienes y sus cosas a tres personas en quienes confía para que se las administren. La parábola nos describe el diferente actuar de aquellas personas, pues mientras unos se sienten responsables de hacer producir aquellos bienes, otro simplemente se contenta con conservarlos sin que se le pierdan, pensando que con solo eso ya tenia todo hecho. No es eso lo que aquel hombre esperaba de sus administradores.
Muchas consecuencias podemos derivar para nuestra vida personal, pero también considerándonos en medio de una sociedad, de una comunidad de la que también hemos de sentirnos responsables. Quiero incidir sobre todo en la confianza que aquel hombre tuvo en sus empleados, cada uno con sus diferentes cualidades, pero a los que el consideraba capaces de desempeñar aquella tarea. Y ahora pienso en mi mismo, cada uno piense en si mismo, a quienes se nos ha confiado también un tesoro que es nuestra propia vida, con sus valores y sus cualidades, con sus limitaciones, es cierto, también, pero con lo que en realidad somos cada uno.
¿Estaremos en verdad respondiendo a esa confianza? muchos tenemos que analizarnos personalmente sobre lo que hacemos con nuestra vida. Tenemos también el peligro de considerarnos pequeños y que nada valemos y lo que estamos haciendo es enterrar nuestros valores, porque no somos capaces de sacarlos a flote, desarrollar en verdad lo que somos y valemos con todas las posibilidades que todos tenemos en la vida.
Aquí tendríamos que pensar también en los que son educadores de la persona -empezando por los padres y todos los maestros o educadores que tengamos en la vida en la diversas situaciones – en cómo han de saber hacer descubrir y desarrollar los valores de esas personas que se les han confiado. Hay ahí una responsabilidad tremenda porque en esos educadores se ha puesto una confianza grande en la tarea que han de realizar como tales.
Quedémonos al menos con una última consideración de pensar cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aun ha puesto su vida cuando nos regala su gracia, la gracia de ser hijos de Dios. ¿Viviremos como tales?  En quien puedo yo confiar, comenzábamos preguntándonos, pero pensemos también como Dios ha puesto su confianza en nosotros.



miércoles, 22 de noviembre de 2017

Subiendo con Jesús a Jerusalén aprendemos que aunque el camino se costoso y nosotros nos sintamos débiles hay en nosotros unos talentos que serán nuestra fuerza para el camino

Subiendo con Jesús a Jerusalén aprendemos que aunque el camino se costoso y nosotros nos sintamos débiles hay en nosotros unos talentos que serán nuestra fuerza para el camino

Lucas, 19, 11-28
Jesús iba subiendo de Jericó a Jerusalén; el episodio que contemplábamos anteriormente en el evangelio ha sucedido en Jericó; la ascensión no es fácil, pues median casi una treintena de kilómetros y el desnivel es considerable, porque supera los mil metros desde la profundo del valle del Jordán donde está situada la ciudad de Jericó. Las subidas son costosas, pero viene a ser aquí una buena imagen para el mensaje de Jesús.
Después de los acontecimientos de Jericó, los ciegos curados, Zaqueo transformado por la presencia de Jesús, al iniciar la subida toma a sus discípulos como en un aparte y les propone una parábola; en ella de alguna manera les habla del sentido de su subida a Jerusalén; pero es también una parábola que hablará de responsabilidades y respuestas, una parábola que nos habla en el fondo de fidelidad y de compromiso.
En la versión de san Lucas que escuchamos nos habla de un hombre noble que marcha a lugares lejanos para buscar el titulo de rey, pero que ha confiado a sus servidores una serie de talentos para que mientras tanto los administren y negocien con ellos. A uno confiará cinco talentos, a otro tres y al tercero solamente uno. A la hora de rendir cuentas veremos al de cinco que ha negociado otros cinco y al que ha confiado tres lo mismo ha conseguido otros tres. Al que se le había confiado solamente uno tuvo miedo a arriesgarse, no quería perder, aunque eso significara no ganar, y así se presentó a rendir cuentas con sus miedos y con su pobreza, viéndose ahora despojado de todo.
En la vida tenemos que ponernos en camino dejando a un lado los miedos a los riesgos o a los peligros. No podemos encerrarnos y contentarnos con lo que tenemos, sino que hemos de hacer de verdad fructificar nuestra vida. Y ya no son solo las ganancias materiales que podamos adquirir lo cual podría ser valido en orden a nuestro propio sustento y el de los nuestros, sino que en el desarrollo de lo que somos nos veremos siempre sorprendidos y enriquecidos en lo más hondo de nuestra vida. Los perezosos y miedosos no querrán salir de su letargo porque les parece más cómodo ni arriesgarse a las luchas de la vida con las posibles heridas que podamos alcanzar, pero perdiendo la posibilidad de ese enriquecimiento personal cuando desarrollamos lo que somos aunque nos pueda parecer poco e insignificante.
Podemos tener la experiencia quizás ya sea en nuestro propio nivel personal o porque lo que descubramos en los demás, que en un momento determinado cuando nos parecía que éramos incapaces de afrontar aquellos problemas o situaciones si hubo en nosotros ese espíritu de lucha fueron surgiendo en nuestra vida tantas cosas de las que no nos creíamos capaces pero que en aquel momento difícil  brotaron en nosotros con una fuerza especial para aunque pareciéramos débiles afrontar las peores situaciones.
Responsabilidad, compromiso, respuesta, fidelidad, decíamos al principio que de eso nos hablaba la parábola. A eso nos lleva. Descubriremos así nuestra misión en el mundo en el que vivimos; descubriremos también la misión que como cristianos tenemos en el seno de nuestra comunidad, de nuestra iglesia.
En esta tarea misionera y evangelizadora en la que estamos inmersos en los planes pastorales de nuestras comunidades tenemos que descubrir bien cuanto tenemos que hacer; no podemos decir que no sabemos ni que no podemos. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que va inspirando tantas cosas buenas en nuestro corazón. Esa riqueza de nuestra fe no nos la podemos guardar para nosotros solos, sino que será algo que tenemos que compartir, algo de lo que contagiar a cuantos nos rodean, algo que tenemos que anunciar con nuestro testimonio y el compromiso de nuestra vida.

domingo, 19 de noviembre de 2017

De lo que tú contribuyas con eso que llamas tu pequeño talento quizás puede estar dependiendo el bienestar de una persona y su desarrollo, el que viva en un mundo mejor con menos sufrimientos

De lo que tú contribuyas con eso que llamas tu pequeño talento quizás puede estar dependiendo el bienestar de una persona y su desarrollo, el que viva en un mundo mejor con menos sufrimientos

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

No importa tanto la cantidad que tengamos como el valor que le demos a lo que tenemos. Miramos a los demás y nos parece que son tantas las cosas que tienen en comparación con lo que a nosotros nos parece nuestra pobreza.
Esto lo podemos pensar en los aspectos más materiales de la vida, como en referencia a los valores, a las cualidades, a los dones naturales que nos parece que otros tienen; nosotros quizá nos vemos pobres, nos parece que nosotros no valemos nada en comparación con lo que los otros son, nos sentimos empequeñecidos y tenemos la tentación se anularnos, de sentir que no valemos nada, que con lo que somos no merece la pena luchar porque poco o nada vamos a conseguir y tenemos el peligro de tirar la toalla. Las comparaciones son odiosas por crean en nosotros desconfianzas, envidias, orgullos en nuestro interior que nos hace sentirnos dolidos, y terminamos que dándonos poco valor.
Tenemos que aprender a descubrir el valor de lo que somos o tenemos; quizá somos un diamante en bruto que cuando lo lleguemos a pulir debidamente va a salir una preciosa joya, aunque antes solo nos pareciera un trozo de carbón terroso; quizá tenemos en nuestras manos esa joya de nuestra vida que no hemos sabido desenterrar, que no hemos aprendido a valorar, que en nuestra torpeza nos hace sentirnos inútiles y nos arrimamos a un lado en la vida porque como no valemos damos paso a otros cuando nosotros podríamos ser capaces de hacer mucho más.
En una falsa humildad nos sentimos inútiles y terminamos enterrando con miedo lo que somos que quizá pueden ser grandes valores. Que importante es que en la educación, quienes tienen esa misión, ayuden a descubrir al educando todos sus valores y aprendan a darle la importancia que tienen sus vidas. Cuántas personas quizá ya en el ocaso de su vida llegaron a descubrir todo lo que valían y no habían desarrollado y ahora se lamentan porque no contribuyeron a la sociedad con todos los valores que encerraban y que se habían mantenido ocultos.
Me estoy haciendo estas consideraciones al hilo de la parábola que hoy nos propone Jesús en el evangelio. La conocemos como la parábola de los talentos. Aquel señor que al irse de viaje confió a sus empleados diversa cantidad de talentos con la misión que los trabajaran o negociaran en su ausencia para recoger luego el fruto de aquellos trabajos. Fue el tercero, el que recibió menor cantidad de talentos, solo uno frente a los cinco o los diez que recibieron sus compañeros, el que lo enterró por miedo a que se perdiera, para luego devolvérselo intacto al regreso de su amo.
Tuve miedo, decía, y por eso no me atreví a hacer nada. Como veníamos reflexionando es lo que nos puede pasar a nosotros que nos parece o nos vemos infravalorados y por eso terminando no haciendo nada; tememos a arriesgarnos, nos puede salir mal, nosotros no valemos, nos decimos tantas veces. Hoy se habla mucho de la autoestima, pero démosle el nombre que le queramos dar, aprendamos a valorar lo que en verdad somos.
Algunos dicen la vida es una aventura, yo no lo diría de esa manera, pero en la vida tenemos que saber ser valientes, audaces, sentir curiosidad por nosotros mismos para descubrirnos y para conocernos, ser capaces de lanzarnos adelante con lo que somos, con lo que valemos, que somos capaces de hacer muchas cosas. Y es que nuestro grano de arena, aunque sea pequeño, forma parte de la riqueza y de la belleza del conjunto.
Son las responsabilidades que todos tenemos en la vida. No todos somos iguales, es cierto, no todos tenemos los mismos valores, pero precisamente en esa diversidad está la riqueza, ahí está lo que le da belleza al conjunto.
Y esto lo podemos ver desde el descubrimiento y desarrollo de nuestro yo personal que encerramos una semilla capaz de dar grandes frutos en nuestra madurez humana y espiritual, como lo vemos, tenemos que verlo, en el lugar que ocupamos en la sociedad y en la Iglesia.
Nadie se puede desentender; nadie se puede considerar inútil ni incapaz; todos tenemos que aportar desde lo que somos y contribuir a la mejora de nuestra sociedad en relaciones humanas, en el desarrollo de las personas, en un bienestar para todos, en esa paz y esa armonía que entre todos hemos de conseguir, en esa lucha por la justicia, por los derechos y los valores de toda persona, en lograr que haya mas humanidad entre todos, en que logremos que desde nuestra solidaridad vayamos desterrando todo lo que pueda hacer sufrir a alguna persona de nuestro entorno o de nuestro mundo. De lo que tú contribuyas quizá puede estar dependiendo el bienestar de una persona, su desarrollo, el que viva en un mundo mejor con menos sufrimientos.
Y es lo que como creyentes y miembros de una comunidad eclesial tenemos que hacer para que se haga más presente en nuestro mundo el Evangelio y el Reino de Dios. En esa comunidad que es la Iglesia todos somos piedras valiosas que mucho podemos y tenemos que hacer en bien de la Iglesia, en el anuncio del evangelio, y en mejorar nuestro mundo desde lo que son los valores que vivimos desde el evangelio.
Descubramos nuestro lugar, el aporte que cada uno de nosotros puede hacer, sintamos el compromiso de la evangelización de nuestro mundo, vivamos nuestro ser iglesia como el mejor tesoro y la mayor alegría para nuestras vidas. El gozo del evangelio nunca se puede apagar en nuestro corazón.