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jueves, 3 de septiembre de 2026

Jesús quiere seguir contando con nosotros, darnos confianza y quitarnos los miedos, porque nos abre nuevos horizontes como pescadores y sembradores de esperanza

 



Jesús quiere seguir contando con nosotros, darnos confianza y quitarnos los miedos, porque nos abre nuevos horizontes como pescadores y sembradores de esperanza

1Corintios 3, 18-23; Salmo 23; Lucas 5, 1-11

¿Estamos contentos con lo que hacemos? ¿Estamos contentos con nuestro trabajo? ¿Estamos contentos con los frutos, los beneficios, las ganancias, llamarlo como queramos, de ese trabajo que realizamos? ¿Vemos algún beneficio? ¿Nos sentiremos cansados y desilusionados alguna vez? Hay ocasiones aunque estemos haciendo lo que nos gusta, sin embargo, en cierto modo nos sentimos defraudados; parece que aquello no tiene fin, parece que nunca las dificultades se acaban, que cada día nos resulta más costoso y nos parece no tener aliciente. No es algo que me esté inventando, porque es la realidad del camino de cada día, cuando quizás nos falte algo que le pueda dar un colorido distinto, que nos pueda hacer renovar la ilusión.

Jesús había estado estado predicando, enseñando a la gente, allí en la orilla de la playa del lago pero se había reunido tanta gente que parece que la voz de Jesús no podía llegar a todos; se subió a una de las barcas que recientemente habían regresado de su faena, mientras los pescadores estaban poniendo en orden sus cosas; desde una de esas barcas, la de Simón Pedro y su hermano Andrés Jesús enseñaba a la gente, con esas palabras que llegaban al corazón de manera que la gente se quedaba entusiasmada escuchándolo. Cuántas esperanzas se habrían despertado con aquellas palabras de Jesús, que venían corroboradas por las noticias que les llegaban de los signos que Jesús iba realizando.

Al terminar su enseñanza le pide a los pescadores que vuelvan al lago, mar adentro, para echar de nuevo las redes para pescar. ¿ Cómo se sentirían cuando de nuevo les quieren hacer volver a la faena que tan poco fruto había obtenido aquella noche? ¿Estarían con ánimos como para reemprender de nuevo la tarea siendo además de día, que no era la hora más propicia para la pesca? Es la primera reacción de Pedro, ¿a qué me vienes ahora con esas? ¿Me vas a enseñar tú a mi cuando tengo que volver a pescar? Pero a pesar de sus cansancios, sus desalientos y desilusiones algo le estaba diciendo allá en lo hondo de su corazón que hiciera caso del Maestro.

No hemos cogido nada en toda la noche en que hemos estado de faena… ¿qué me está pidiendo? Como tantas veces nosotros en la vida cuando tenemos que recomenzar las cosas que se nos han ido abajo, cuando tenemos que seguir con la tarea de la siembra a pesar de que aparentemente no hay cosecha porque nada se recoge, porque las cosas no cambian, porque seguimos encontrándonos con las mismas dificultades, porque nos parece un trabajo infructuoso a pesar de tanto esfuerzo, porque vemos que no hay respuesta, que parece que la gente no termina de entusiasmarse por cosas importantes y siguen con sus superficialidades. 

Son muchas las situaciones en que nos encontramos en el trabajo de nuestras responsabilidades que no tienen luego correspondencia en aquellos con los que trabajamos, son muchos los desalientos que sentimos cuando parece que nuestro compromiso es inútil porque nadie responde, pensamos en nuestra tarea de educadores, en la tarea de los padres, en los compromisos sociales en que nos hemos comprometido, en nuestra tarea también en medio de la Iglesia con nuestro apostolado.

‘Hemos pasado la noche de faena y no hemos cogido nada, pero en tu nombre, porque tú me lo dices y me lo pides, echaré las redes’, fue finalmente la respuesta de Pedro Y ya hemos escuchado la redada tan grande de peces que las redes se rompían y hubo que llamar a los compañeros de la otra barca para no perder aquella oportunidad. ¿Lo llegaremos a ver nosotros también? ¿Será esa nuestra conciencia de lo que sucede o nos habrá faltado algo, ese ‘en tu nombre’ con el que Pedro lanzó de nuevo la red al lago?

Cansancios y desalientos no nos faltan, como le estaba sucediendo a aquellos pescadores del mar de Galilea, pero quizás nos falta la fe de Pedro, nos falta ser conscientes de esa luz que nos ilumina, nos falta esa oración confiada y humilde a pesar de que parezca que ya no podemos más, nos falta ese reconocimiento de la acción de Dios en nuestra vida y en lo que hacemos. No llegamos a decir como Pedro ‘¡apártate de mi que soy un hombre pecador!’.

Jesús quiere seguir contando con nosotros; Jesús tiene una tarea y una misión que encomendarnos; Jesús quiere darnos confianza y que quitemos de una vez por todas nuestros miedos; Jesús quiere abrirnos nuevos horizontes, pero para eso es necesaria nuestra confianza y nuestra humildad. ‘No temas, de ahora en adelante será pescador de hombres’.


miércoles, 10 de septiembre de 2025

Seamos capaces de entrar en la sintonía del amor que nos propone Jesús para armonizar el coro de una nueva fraternidad y una nueva humanidad

 


Seamos capaces de entrar en la sintonía del amor que nos propone Jesús para armonizar el coro de una nueva fraternidad y una nueva humanidad

 Colosenses 3,12-17; Salmo 150; Lucas 6, 27-38

Algunas veces parece que en la vida andamos cansados de todo, hasta de lo bueno que hacemos. Hay una persona que rara vez que me encuentre con él no me diga que está cansado; al principio pensaba en la presión que estaba sufriendo en su trabajo, o que eran muchas las cosas que se le acumulaban y que no encontraba tiempo para sacarlas adelante y que estaba dedicando muchas horas a su tarea; trataba yo de decirle que se tomara las cosas con calma, que supiera encontrar tiempo para su descanso que le era necesario para poder luego trabajar mejor, pero un día me di cuenta que al hablar de su cansancio hablaba de algo más que un desgaste físico, se cansaba de sus relaciones con los demás, a algunos no los soportaba, le entraban ganas de alejarse de todas aquellas personas que le rodeaban, porque le parecía que solo era él quien sentía preocupación por ellos o trataba de hacer algo por ellos.

Es el cansancio que nos puede entrar hasta de lo bueno; por qué tengo que ser yo el primero que esté pronto para hacer un servicio si luego ni me lo van a agradecer; por qué tengo que ser yo el que dé el brazo a torcer y me humille y reconozca lo que son quizás mis errores; por qué siempre me llaman a mi cuando hay un problema que resolver… y así no sé cuantas cosas y preguntas que muchas veces nos hacemos; y queremos encerrarnos en nosotros mismos y olvidarnos de todo para vivir mi vida a mi manera y que no me molesten; queremos algunas veces desengancharnos de esos compromisos que un día asumimos. Desánimos y cansancios, desaliento quizás porque nos parece que no reconocen lo que hacemos, ¿no será que al final es que no nos valoramos ni a nosotros mismos?

Pero ¿qué sentido tiene que nosotros solo nos preocupemos de los que parecen ser nuestros amigos, o de aquellos a los que quizás les deba un favor? ¿Dónde está la gratuidad como sentido de vida? Algunas veces da la impresión que solo queremos hacer las cosas por las que nos pagan, pero esa manera de actuar ¿nos llegará hacer sentir satisfacciones hondas en el corazón?

Es lo que nos quiere hacer comprender hoy Jesús en el evangelio. Nos está haciendo unos planteamientos nuevos, haciendo romper unos roles en los que fácilmente nos hemos metido y en los que privarían siempre nuestros intereses. Pero Jesús quiere darnos un sentido nuevo del amor, o hacernos encontrar lo más profundo y hermoso que es el amor que algunas veces aunque lo llamamos amor pudieran convertirse en actos egoístas, aunque parezca un contrasentido tener ‘un amor egoísta’. ¿No es así cuando solo amamos o hacemos el bien por interés?

Por eso hoy Jesús nos pregunta qué de especial hacemos cuando saludamos solo al que nos saluda, si solo ayudamos a los que previamente nos hayan ayudado a nosotros, o también como nos dice, si solo prestamos a los que tenemos la seguridad de que nos van a pagar. Como nos dice Jesús eso lo hace cualquiera, eso lo hace el que piensa en sus negocios y en sus ganancias. Pero el amor en su esencia es dar y entregarse desinteresadamente.

Por eso nuestro amor será también a los que no nos aman o no nos van a corresponder; se atreverá a decir Jesús que tenemos que amar a nuestros enemigos. Es más, tendríamos que pensar, que quien vive desde los planteamientos de amor que nos hace Jesús, no tendría que tener enemigos, es decir, a nadie tendría que ver como enemigo; los que se sienten enemigos es porque en ellos no han dejado entrar el amor y en consecuencia ni sabrán ser comprensivos con los demás ni sabrán perdonar.

Quien ama de verdad entra en otra dinámica en su vida, la dinámica del bien, de la verdad y sinceridad, de la generosidad y del desprendimiento, de la comprensión y del diálogo, del acercamiento al otro y de la capacidad de perdonar, en la dinámica que pone serenidad en la vida a pesar de todos sus lados oscuros y que llenará de paz el corazón, que nos hará sentir lo que es la verdadera alegría y contagiará de ilusión por algo nuevo y distinto a los que están a su lado.

¿Seremos capaces de entrar en la sintonía del amor que nos propone Jesús para armonizar el coro de una nueva fraternidad y humanidad?

lunes, 16 de octubre de 2023

Sepamos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino y no nos sigamos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio

 


Sepamos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino y no nos sigamos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio

Romanos 1,1-7; Sal 97; Lucas 11,29-32

Creemos hacer las cosas bien, pero las cosas  no nos salen; nos sucede muchas veces; y tenemos la tentación del desaliento, del desánimo, nos sentimos cansados en nuestras luchas, no sabemos que hacer. Nos pasa en muchos aspectos de la vida; serán los negocios, los trabajos que emprendemos, nos sucede en la vida familiar que no es todo lo brillante que uno quisiera, nos pasa con los hijos por los que nos hemos dado y gastado sin saber más que hacer, pero ahora nos salen por otros derroteros tan lejos de los sueños que teníamos sobre ellos, nos sucede en nuestra vida personal en la que queremos superarnos cada día más, pero vienen los mismos tropiezos de siempre, no logramos la serenidad que querríamos para nuestra vida. No siempre es así, pero con frecuencia nos sucede. ¿Cómo reaccionamos? Somos humanos y vienen los cansancios; somos humanos y no siempre tenemos la madurez suficiente para afrontar todos esos problemas.

¿Por qué me digo esto? ¿Por qué me hago esta reflexión de entrada? En una primera lectura del texto del evangelio que hoy se nos ofrece, parece que Jesús está al borde de verse en situaciones así. Claro que su anuncio de Buena Nueva es una oferta de salvación a la que el hombre puede responder o no; y Dios siempre respeta la libertad del corazón del hombre, aunque vayamos errados, porque es un don que nos regaló, la libertad.

Veremos a Jesús en distintos momentos del evangelio en que se enfrenta, por así decirlo, a esa realidad. Un día le escuchamos hablar de Corozaín, Betsaida y el mismo Cafarnaún que no daban respuesta al evangelio de Jesús; más tarde le veremos llorar desde las colinas donde contempla la ciudad de Jerusalén, porque ha querido ser como la gallina que acoge bajo sus alas a sus polluelos, pero Jesuralem no se ha convertido; ahora se queja Jesús porque no hacen sino pedir signos y milagros y a pesar de tenerlos ante sus ojos no saben leer lo que esos milagros significan y no serán capaces de ver la acción de Dios con su salvación.

Como les dice el signo que se les dará será el signo de Jonás. Aquel profeta que en principio quiso rechazar la misión que Dios le confiaba de predicar la conversión en la ciudad de Nimbe y quiso huir por mares que le alejaran, pero se vio incluso tragado por un cetáceo que a los tres días lo devolvió sano y salvo para que al final él mismo se convirtiera y realizara la misión que Dios le había confiado. Y los ninivitas creyeron en la Palabra y el signo de Jonás, pero ahora aquella generación no quiere ver las señales de Dios para escuchar su Palabra.

Será también un signo el que la reina del Sur viniera de lejos para escuchar la sabiduría de Salomón, pero ahora tienen en medio de ellos alguien que es más que Salomón y sin embargo no quieren escucharle.

Pero y eso ¿qué nos dice a nosotros hoy? ¿Sabremos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino o nos seguiremos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio?

Buscamos sabidurías por todas partes, nos vamos tras cualquier cosa que nos resulte novedosa porque nos puede venir de sitios extraños o lejanos, nos dejamos encantar por filosofías o por espiritualidades que nos puedan resultar novedosas, pero no somos capaces de ir a las páginas del evangelio que hemos tenido siempre delante de nuestros ojos para saborear esa sabiduría de Dios que allí se nos ofrece. Hablamos de espiritualidades que nos dicen que nos elevan nuestra mente y nos dan nuevas visiones, y descartamos dejarnos conducir por el Espíritu de Dios al que podemos sentir en lo hondo del corazón y de verdad nos llevará por caminos de plenitud.

Busquemos la sabiduría de Dios, dejémonos inundar de su Espíritu, empapémonos del espíritu del evangelio.

viernes, 27 de agosto de 2021

Busquemos ese sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna

 


Busquemos ese sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96;  Mateo 25, 1-13

Los ritmos de trabajo de la vida muchas veces se vuelven vertiginosos y nos vemos tan absorbidos por el día a día de la vida, de las responsabilidades, de los trabajos que parece que si no viviéramos sino para trabajar; terminamos porque no disfrutamos del trabajo y de lo que hacemos, pero es que no disfrutamos de la vida.

Eso nos hace olvidar también en muchas ocasiones de darle como más profundidad a la vida, de poner metas e ideales que nos eleven, y aunque no dejamos de cumplir con nuestras responsabilidades hay el peligro de que al final nos sintamos vacíos, porque nos falta algo que le de sabor a lo que hacemos y a lo que vivimos. Parece incluso que hayamos perdido la alegría de la vida absorbidos por lo que vamos haciendo cuando nos olvidamos de lo principal.

Olvidamos detalles en nuestras relaciones con los demás que nos hagan más humanos, pero olvidamos detalles que nos den sentido y profundidad a nuestro ser. A veces nos parece que los engranajes de nuestra vida no funcionan con la suavidad que tendrían que funcionar y parece como que chirrían. ¿Faltará un aceite que facilite ese rodar de la vida con un sentido nuevo? No es cuestión solamente de estar, de pasar los días o de realizar unos trabajos, necesitamos algo más. Necesitamos algo que nos ilumine por dentro y también nos haga ver todo con un nuevo color. Pudiera ser que al final nos sintiéramos como cansados de la vida misma porque no la hemos sabido saborear en profundidad.

Necesitamos tener aceite suficiente en nuestra alcuza, en el depósito de nuestro corazón para que esa luz se mantenga siempre encendida. Hoy Jesús en el evangelio nos propone una parábola que habremos reflexionado muchas veces. El hecho de que la hayamos escuchado muchas veces no tendrá que impedirnos que en verdad la escuchemos con la novedad de la buena noticia que se nos quiere trasmitir.

Conocemos la parábola, una doncellas que según las costumbres de la época salen al recibir al esposo de la amiga que viene para la boda; dadas las circunstancias han de llevar lámparas encendidas para iluminar primero el camino y luego la sala de la boda; la tardanza del novio hizo que se quedaran adormecidas o que por otra parte se consumiera el aceite de las lámparas que cuando había que avivarlas ya no tenían el aceite necesario. Necesitaban un nuevo aceite que había que ir con prisas a buscarlo, pero ahora fueron algunas de aquellas doncellas las que llegaron tarde cuando la puerta estaba cerrada. Ya no pudieron disfrutar de la fiesta de la boda porque se quedaron fuera.

Nos quedamos fuera de la fiesta de la vida, como decíamos antes, quizás demasiado absorbidos por las mismas tareas que nos ocupan. Lo que nos sucede tantas veces cuando no le damos importancia a lo que verdaderamente tiene importancia, cuando descuidamos ese aceite y esa luz que dé color y sabor a lo que vivimos, cuando nos hemos olvidado de esos detalles que nos den mayor humanidad a nuestras relaciones, cuando aunque muy atareados vivimos muy superficialmente pensando solo en lo material o en las ganancias que podamos obtener, cuando pensando tanto en la vida presente nos hemos olvidado de darle trascendencia a lo que hacemos o cuando absorbidos por lo material hemos olvidado el sentido espiritual de nuestra vida, cuando quizá vivimos sí unas prácticas religiosas destinadas al cumplir por cumplir pero no le hemos dado profundidad a nuestra fe y a nuestra relación con Dios.

¿Cuál es el aceite que tendríamos que buscar? ¿Qué sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna? cultivemos y profundicemos en nuestra fe.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Los que confían y los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan porque el Señor es nuestra paz

 


Los que confían y los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan porque el Señor es nuestra paz

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

Es triste no tener a nadie en quien confiar. Esa persona o ese amigo en quien confiamos es como un descanso para el alma que se siente atormentada por los aconteceres de la vida. Tener confianza con alguien es mucho más que tener una persona a la que le puedes contar tus secretos; digo es mucho más porque en ese desahogo alivias la presión que estás sintiendo interiormente que no sabes en quien o como descargar. Es sentir su presencia amiga que está a nuestro lado que no prejuzga ni condena, que tendrá una palabra valiente y generosa para decirnos también lo que ve mal en nosotros, pero siempre tiene la capacidad de comprensión para no tirar piedras sobre el caído. Es nuestro descanso.

Pero muchas veces no lo encontramos o no sabemos encontrarlo. Porque también somos desconfiados y no queremos confiar en nadie, queremos valernos por nosotros mismos, nos da miedo que conozcan la realidad de nuestra vida o nosotros conocernos a nosotros mismos para aceptar nuestra propia realidad. Nos sucede mucho en el mundo de hoy.

Estamos muy prontos para tirar la piedra, pero también mucha gente vive agobiada por no querer aceptarse y también por no aceptar la ayuda de los demás. Nunca se ha necesitado tanto de los sicólogos ni han aflorado tantos desequilibrios sicológicos de la persona que necesitan una reconstrucción. Muchos desequilibrios interiores, mucha falta de sosiego y paz en nuestro interior que luego manifestamos en mil violencias, mucho encerrarnos en nosotros mismos y demasiadas desconfianzas que nos llenan más aún de tormentas interiores, muchos miedos que no terminamos de saber superar porque tampoco nos dejamos ayudar.

Hoy nos dice Jesús: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré… y encontraréis descanso para vuestras almas…’ Jesús nuestro descanso, nuestro apoyo y nuestra fuerza. Su camino es un camino de paz; seguirle a El es tener confianza en el corazón; estar con El nos asegura esa armonía interior, esa paz que tengo necesitamos en el corazón. Y es que quien lo escucha no puede menos que sentir esa paz interior que tanta fuerza nos da. Su Palabra siempre es una palabra que nos invita a la vida, una palabra que nos llena de esperanza, una palabra que nos pone en camino sintiendo la seguridad de su presencia, una palabra que nos hace experimentar en nosotros la fuerza interior que sentimos cuando nos dejamos llenar por su Espíritu.

Caminar con los pasos de Jesús nos aleja de agobios y de angustias porque nos da seguridad para nuestro camino y porque nos hace buscar siempre la paz con los que están a nuestro lado, nunca nos dejaremos vencer por los conflictos encontrando siempre una salida de paz. Cuando dejamos que Jesús se meta en nuestro corazón nos vamos a encontrar con nosotros mismos, pero nunca con miedos ni complejos porque sentimos y experimentamos lo que es la dulzura de la misericordia y eso nos hará sentirnos como un corazón nuevo y renovado.

Muchas más podríamos seguir diciendo de lo que significa la experiencia de vivir a Jesús. Vayamos a El con confianza porque El nunca nos defraudará. Y es que como nos decía el profeta ‘los que confían y los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan’. Con Jesús tenemos la paz.

jueves, 14 de mayo de 2020

Allí donde va un cristiano tendría que notarse ese resplandor del amor de Dios que llena su corazón y en el que quiere permanecer


Allí donde va un cristiano tendría que notarse ese resplandor del amor de Dios que llena su corazón y en el que quiere permanecer

Hechos 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17
Mantenernos siempre en una misma actitud o postura, perseverar en aquello que nos hemos propuesto, mantenernos en una fidelidad absoluta a unos principios o a unos valores, la permanencia en una misma tarea es algo que hoy nos cuesta mucho. Sabemos, es cierto al menos teóricamente, que esa constancia y esa perseverancia es una prueba de nuestra madurez y que de alguna manera tenemos claras las cosas, pero luego por así decirlo nos gusta andar de flor en flor, probar suerte decimos en ocasiones, o también nos viene el cansancio y el aburrimiento porque tenemos el peligro o la tentación de entrar en una rutina.
Hasta del trabajo que nos facilita nuestro sustento y el de los nuestros nos parece un aburrimiento permanecer siempre en el mismo, y no es por la ambición de mejorar o ampliar horizontes en la vida, sino muchas veces lo que pueda ser la novedad de probar otra cosa. Nos obligan a la permanencia en algunas cosas, queriéndonoslo imponer como si fuera ley porque de lo contrario estaríamos cambiando de todo como de camisa cada día.
Pero mira por donde hoy el evangelio nos hace conjugar el verbo permanecer. Ya en lo que escuchábamos ayer aparecía aquello del sarmiento que aparece unido a la cepa, a la vida para que pueda dar fruto. Hoy, por así decirlo, Jesús da un paso más y vuelve a hablarnos de permanecer en su amor. Y si ayer ya comentábamos que todo arranca de ese amor que Dios nos tiene hoy Jesús vuelve a reafirmarlo. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’.
Permanecer en su amor, nos viene a decir Jesús. Si ha sido un gozo, y de lo más profundo, experimentar el amor que Dios nos tiene, lo lógico sería que nunca nos apartáramos de ese amor. Pero esa permanencia en el amor no será de ninguna manera algo pasivo, un simplemente estar; tiene que ser algo más dinámico porque el amor en si  mismo es siempre creativo. Permanecer, pues, en ese amor es estar buscando cómo mejor amar, como mejor dar respuesta a ese amor que Dios nos tiene, es estar abriendo cauces continuamente en el quehacer diario de nuestra vida a horizontes nuevos de amor.
Permanecer en el amor es crecer en el amor creciendo en esa intima comunión de amor que tenemos con Dios lo que espiritualmente tiene que hacernos crecer; creciendo en esa intima comunión con Dios nuestra oración no será nunca fría ni rutinaria sino que hará arder cada vez más nuestro corazón en ese amor y en esa presencia de Dios. Es así como los místicos creciendo en esa intimidad con Dios llegaban a ver a Dios místicamente se les revelaba. Con qué palabras misteriosas en ocasiones para los más legos en estas cosas del espíritu, pero cada vez más maravillosas, nos hablaban de esa intimidad de Dios a quien sentían y vivían de manera tan especial.
Permanecer en ese amor es gustar las mieles del amor, saborear en el alma esa presencia de Dios en nuestra vida, reflejar con todo nuestro ser esa presencia de amor de Dios en nosotros. ¿No recordamos como Moisés salían con el rostro refulgente de la presencia de Dios cuando subía a la montaña de manera que incluso los israelitas le pedían que se cubriera el rostro con un velo para no sentirse deslumbrados por tal resplandor? No es que nosotros vayamos con el rostro demudado por los resplandores divinos, pero si de nuestra presencia ha de surgir por nuestra manera de ser y de actuar ese resplandor que llevamos dentro con el amor de Dios que nos envuelve.
Allí donde va un cristiano tendría que notarse ese resplandor del amor de Dios que llena su corazón y en el que quiere permanecer. Serán los gestos, las palabras, las actitudes y posturas, la manera de hacer y de actuar, la ternura y cercanía con que se acerca a los demás, la misericordia que siempre resplandece en su corazón, la sonrisa que lleva en sus labios que brota de un corazón que va lleno del amor de Dios.
Queremos en verdad permanecer en el amor de Dios para siempre, no por una permanencia pasiva sino porque al sentirnos inundados del amor de Dios nuestra vida se transforma en los frutos del amor.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos que harán nuestro mundo mejor


De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos que harán nuestro mundo mejor

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28
Hay momentos en la vida que parece que andamos desganados, como se dice ahora sin motivación, sin ilusión por seguir luchando o por emprender una nueva tarea. La desilusión que se nos mete por dentro nos hace pensar que iniciar una nueva tarea es una aventura imposible y así vamos caminando dejándonos llevar, o mejor, dejándonos arrastrar por lo que cada día sucede pero nos falta fuerza para querer cambiar las cosas, para buscar algo que las mejore.
Corazones cansados, y no se trata de problemas cardiacos que nos solucione un cardiólogo, sino esa desilusión que se nos mete por dentro. Miramos alrededor y todo nos parece negro; vemos las luchas de intereses en las que se mueven tantos y ni en eso queremos meternos; los rumbos por los que camina la sociedad vapuleada por tantas cosas no nos gustan pero tampoco hacemos nada por poner nuestro grano de arena, sembrar nuestra pequeña semilla. Nos confían quizá una tarea o una misión y tratamos solamente de guardar las formas pero aquello que nos han confiado no camina sino por la inercia y con ese desánimo nada hacemos por sacar un fruto nuevo.
No es que todos caminen así en la vida, ni ese sea el marco en el que nos movemos siempre, pero hay momentos en que preferimos enterrar el talento, refugiarnos en la cueva que nos hemos creado poniendo en nuestro entorno muchas barreras para no salir, pero tampoco para dejar que entre una luz nueva en nosotros.
Hoy en el evangelio se nos propone la parábola de los talentos que en este relato de Lucas más bien nos habla de onzas de oro. Cuando se les pide cuentas a aquellos empleados a los que se les habían confiado el que solo había recibido una, lleno de miedo la había guardado bien guardada por miedo a perderla y ahora no pudo presentar ningún rendimiento. ¿Sentía que era poco lo que se le había confiado? ¿Tenia miedo a los riesgos a los que tenia que enfrentarse si se ponía a negociarlas para sacarle rendimiento? Prefirió no hacer nada, simplemente aguardar.
Lo que nos pasa a nosotros tantas veces en la vida. Decimos que no valemos, que no somos capaces, que es un peligro arriesgarse a algo nuevo, que preferimos quedarnos en nuestro conservadurismo, que nunca terminamos de ver clara a donde nos llevan esos caminos, que siempre hay dudas y miedos en nuestro interior, y nos sentimos aplanados y nunca llegaremos a destacar en nada porque no sacamos a flote aquello que somos aunque nos parezca pequeño. Olvidamos que de lo pequeño pueden salir cosas grandes y hermosas. Una semilla bien pequeña es pero si la plantamos podemos sacar no solo una planta hermosa sino también hermosos frutos.
Es lo que tenemos que aprender a hacer en la vida y tener la paciencia de la esperanza. Merece la pena esperar, merece la pena ponerse a plantar la semilla, merecen la pena las luchas y los esfuerzos, merece la pena todo el trabajo que tengamos que realizar porque estaremos en verdad haciendo un mundo nuevo. Ya no nos quedamos a comentar desilusionados los rumbos que lleva la vida y dejar que otros hagan, sino que vamos a poner manos a la obra porque somos nosotros los que tenemos que hacer.
De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos. Es la esperanza que siempre tiene que estar presente en nuestra vida y que nos llenará de luz y saltará por encima de nuestros cansancios y desilusiones. No nos crucemos de brazos. Hagamos florecer nuestro rosal.

jueves, 4 de abril de 2019

Que no nos tambaleemos en nuestra fe y en el compromiso de nuestra vida cristiana por muchas que sean las oscuridades y tormentas siempre permanece la luz de nuestra fe en Jesús


Que no nos tambaleemos en nuestra fe y en el compromiso de nuestra vida cristiana por muchas que sean las oscuridades y tormentas siempre permanece la luz de nuestra fe en Jesús

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47
Nos cansamos hasta de lo bueno; así somos en la vida, inconstantes, en cierto modo olvidadizos, nos dejamos impresionar por cosas pero pronto nos acostumbramos y entramos en rutina; nos hacemos nuestras ilusiones desde lo que son nuestras apetencias y de alguna manera queremos manipular aquello que nos llama la atención y cuando no conseguimos lo que nos habíamos imaginado, pronto lo descartamos; andamos muchas veces como en un vaivén de la vida y no terminamos de ser perseverantes ni en unos principios que sean motor de lo que hacemos, ni en la lucha por alcanzar una meta.
Y esto nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras responsabilidades, en nuestro encuentro con los demás que lo hacemos muchas veces de manera superficial, en muchas cosas de nuestra vida y nuestras relaciones sociales, en aquellas cosas que tienen que darnos un sentido a la vida, en nuestra fe, en nuestra vida religiosa. Necesitamos de darle una mayor profundidad a la vida; necesitamos aprender a saborear lo bueno que encontramos y aquello que hacemos y vivimos. No podemos dejarnos arrastrar por nuestros cansancios ni por nuestra inconstancia.
Estaba sucediendo con Jesús en la vida de los judíos, como nos puede suceder en nuestra vida de fe y en nuestro compromiso cristiano. Con Jesús se habían entusiasmado al ver sus milagros, al escuchar sus enseñanzas y se había despertado una nueva esperanza. Los pobres, los sencillos y humildes, los que sufrían y no solo con dolores del cuerpo sino también por la situación social que Vivían parecía que despertaban a algo nuevo con lo que Jesús les anunciaba.
Pero como sucede en muchas situaciones, había siempre quien quería sembrar cizaña, quien quería sembrar desconfianza, o también aquellos que podían ver peligrar sus posiciones, la situación de fuerza y poder que querían ostentar con sus manipulaciones con aquel mundo nuevo que Jesús les anunciaba. Y comienza a aparecer la oposición a Jesús, porque lo que Jesús les enseñaba no respondía a sus intereses muy particulares. Y quieren comenzar a influir sobre el pueblo sencillo negándose a aceptar a Jesús y queriendo, como decíamos, sembrar desconfianza. Niegan y rechazan la autoridad con que se presenta Jesús.
Es a lo que Jesús les está respondiendo con lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. Ahora querían negar incluso el testimonio que Juan el Bautista había dado de Jesús, pero es que tampoco quieren ver que se cumplía en Jesús lo anunciado en las Escrituras, lo que anunciaba Moisés y los Profetas que eran para ellos sus principales valedores. Pero es que además querían negar el testimonio de las mismas obras que Jesús realizaba que solo se podían realizar con el poder de Dios. Por eso Jesús les dice que Moisés y los profetas dieron testimonio de El, que ahora es el Padre del cielo el que da testimonio de Jesús. Pero ellos no lo quieren aceptar.
Nosotros nos cegamos también muchas veces y no queremos ver. Somos culpables de nuestra propia ceguera, por encerrarnos en nosotros mismos y hasta en cierto modo perder la esperanza. Algunas veces se nos presentan situaciones difíciles en nuestra propia vida, en la sociedad en la que vivimos, o en la Iglesia a la que pertenecemos. Y nos podemos sentir confundidos.
Tratemos de ver las obras de Dios detrás de todo eso; sepamos sentir su presencia y la fuerza de su Espíritu que es el que nos guía en estos momentos en que podamos sentir confusión por muchas cosas. Apoyémonos de verdad en Jesús y en su evangelio y no decaigamos.
Necesitamos fortalecer nuestra fe y así se fortalezca nuestra vida para ser perseverantes, para que no hagamos de nuestra vida, como decíamos antes, un vaivén. Que no nos tambaleemos en nuestra fe y en el compromiso de nuestra vida cristiana. Aunque muchas sean las oscuridades y hasta las tormentas siempre permanece la luz de nuestra fe en Jesús. No la dejemos apagar.

sábado, 26 de enero de 2019

Sembremos cada día en el campo de la vida la semilla del Evangelio con la esperanza de que un día dará fruto


Sembremos cada día en el campo de la vida la semilla del Evangelio con la esperanza de que un día dará fruto

2 Timoteo 1, 1-8; Sal 95;Marcos 4,26-34

En mis paseos por los campos en los alrededores de donde vivo me suelo encontrar muchas veces a los agricultores afanados en sus tareas de siembra, de cultivo, de cuidado de sus tierras y lo que en ella tienen sembrado. Una tarea ardua pero silenciosa y con esperanza de fruto siempre, en muchas ocasiones en solitario o en otras acompañado de otros jornaleros que les ayudan en sus tareas; muchas veces los veo silenciosos contemplando la tierra en la que han sembrado su semilla esperando verla brotar, el crecimiento de sus plantas y con la esperanza siempre de una buena cosecha.
No siempre quizá germina la semilla como ellos quisieran, en ocasiones por las inclemencias del tiempo se malogran las plantas que han surgido, no siempre la cosecha es la deseada pero allì están ellos siempre con esperanza realizando una y otra vez la siembra. Cuanto nos enseñan todas estas cosas.
Hoy Jesús cuando nos habla del Reino de Dios utiliza estas imágenes del campo, de la siembra y de la siega. Hay que echar la semilla a la tierra y esperar a que germine y un dia llegue a dar fruto. Todo un misterio, un misterio de vida. y nos dice jesus que asi es el Reino de Dios; también hemos de realizar una siembra, pero hemos de tener la paciencia necesario para poder un dia recoger la cosecha. Algo misterioso que se realiza en el corazón del hombre que es el que da respuesta a esa llamada e invitación. Es la obra de a gracia.
Y por ahí anda nuestra tarea de sembradores, porque todos hemos de ser sembradores en este campo del Reino de Dios. Es nuestra tarea, sembramos y cultivamos, sembramos y nos llenamos de esperanza, sembramos y nos confiamos en la gracia del Señor que es el que mueve los corazones.
Algunas veces parece que queremos precipitarnos, queremos recoger el fruto enseguida cuando eso no es lo que a nosotros corresponde. Sentimos desaliento quizás porque no siempre vemos la respuesta o vemos el campo demasiado lleno de cizaña. Tenemos que dejar el actuar de Dios, pero por nuestra parte no nos podemos cansar de sembrar y en la medida en que está en nuestra manos ir cultivando. Como el agricultor que cultiva la tierra, y en pequeños detalles va facilitando que la semilla germine y la nueva planta pueda dar fruto un dia.
Será nuestra palabra, pero será nuestro testimonio, será el consejo bueno que sepamos dar en su momento, o el ejemplo de nosotros ir delante abriendo caminos para aquellos que nos acompañan en este peregrinar. Nunca podemos ser obstáculo, siempre tenemos que ser ayuda, cauce, personas que abramos camino.
No tengamos miedo de que lo que hacemos pueda parecer pequeño e insignificante. El grano de mostaza del que nos habla Jesús en la parábola es un semilla insignificante, pero en ella está la vida de una nueva planta que pueda surgir. Por eso en esas cosas pequeñas y sencillas que cada dia hacemos está la semilla de la vida que queremos transmitir a los demás, ahí se manifiesta la fortaleza de Dios. No dejemos de hacer algo bueno aunque nos pueda parecer pequeño porque eso puede ser una gracia de Dios no solo para nosotros sino también para los demás. Así desde esas pequeñas cosas también construimos el Reino de Dios.

lunes, 15 de octubre de 2018

Con Jesús encontraremos la verdadera paz, es el descanso de nuestra alma y con El nuestro espíritu se siente siempre revivificado


Con Jesús encontraremos la verdadera paz, es el descanso de nuestra alma y con El nuestro espíritu se siente siempre revivificado

Eclesiástico 15,1-6; Sal 88; Mateo 11,25-30

Estamos cansados y necesitamos descansar, encontrar ese lugar y ese momento de relax, de tranquilidad, de silencio, donde quizás en el sueño, o simplemente sin hacer nada recuperar fuerzas, ponernos de nuevo a tono para recuperar el ritmo de la vida y de nuestros trabajos.
Pero hay cansancios y cansancios; no siempre es el cansancio físico tras una tarea agotadora, un trabajo muy intenso, sino que lo que necesitamos es recuperarnos por dentro, poner en orden quizá muchas cosas de la vida, sentir cómo nuestro espíritu se tonifica, porque en ese cansancio no es que no tengamos fuerzas físicas para el trabajo; nos falta el ánimo, nos sentimos en turbulencias interiores, el cansancio quizá es de la vida, de los problemas, de los agobios y es más bien lo que necesitamos es recuperarnos espiritualmente.
Ya no siempre no es un lugar de reposo lo que necesitamos sino saber encontrar una nueva actitud interior, quizá alguien que nos escuche o alguien que simplemente esté a nuestro lado, o nos diga una palabra de animo que levante de nuevo nuestro espíritu. Necesitamos encontrar paz para nuestro espíritu, y el abrazo de un amigo o de quien nos escuche nos puede hacer mucho bien.
Son muchos los agobios de la vida que algunas veces nos hacen perder el  norte y nos entra el desaliento, porque nos sentimos incapaces, porque nos damos cuenta de nuestra debilidad e impotencia, porque los errores o los tropiezos que hayamos tenido en la vida ahora quizá nos atormentan. Muchos secretos quizá se guardan en nuestro corazón que necesitaríamos desprendernos y liberarnos de ellos, pero no sabemos siempre en quien podamos confiar. Quien llegue a nosotros y nos haga sentir de nuevo la paz es como un ángel de Dios que llega a nuestro espíritu.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’. Hermosas y consoladoras palabras de Jesús. Jesús nos abre su corazón y en él sí podremos encontrar verdadera paz. A El podemos acudir porque sabemos que siempre seremos escuchados. Jesús no tiene relojes que midan el tiempo, no hay horarios de consulta y nunca tiene prisa porque siempre tiene su corazón abiertos para escucharnos.
En El encontraremos siempre un corazón compasivo y misericordioso porque siempre va a acogernos y recibirnos con amor y en su amor nos sentiremos en verdad renovados. En El vamos a encontrarnos con la verdad de nuestra propia vida porque florecerá la sinceridad en nosotros mismos, pero al mismo tiempo vamos a tener una luz nueva que nos haga ver las cosas de manera distinta. Con Jesús ya no va a haber secretos en nuestra vida ni nada querremos ocultar porque sabemos que El es compasivo y misericordioso y hasta para las más horribles miserias tendremos siempre su amor y su perdón.
Con Jesús encontraremos la verdadera paz. Es el descanso de nuestra alma y con El nuestro espíritu se siente siempre revivificado. Pongamos nuestra vida en sus manos, depositémosla en su corazón, su gracia nos cura y nos salva.

miércoles, 24 de enero de 2018

No nos cansemos de sembrar la semilla, de hacer el bien, de trabajar por los demás, de comprometernos seriamente en la vida, algún día esa semilla puede brotar y llegar a dar fruto

No nos cansemos de sembrar la semilla, de hacer el bien, de trabajar por los demás, de comprometernos seriamente en la vida, algún día esa semilla puede brotar y llegar a dar fruto

2Samuel 7,4-17; Sal 88; Marcos 4,1-20

Es un poco la tentación de desánimo que muchas veces sienten los que trabajan por los demás, quieren hacer cosas buenas, se preocupan de esa sociedad en que viven o tienen un compromiso social en alguna actividad en su entorno. Es el desánimo que se puede sentir cuando no vemos el fruto pronto de aquello que hacemos.
O que nos puede pasar en nuestra vida personal, que queremos superarnos, avanzar en la consecución personal de algunos valores, pero parece que vamos a rastras porque no avanzamos, porque no logramos superar aquellos escollos que la vida nos va poniendo, no logramos mejorar nuestro carácter, no conseguir dominar aquellos impulsos, seguimos con nuestra rabias y violencias aunque solo sean en nuestro interior.
Creo que no podemos idealizar la vida, nuestras luchas o nuestro trabajo por los demás, pensando que todo será fácil y maravilloso y que pronto conseguiremos aquello que perseguimos; son muchas las circunstancias que nos rodean, influencias que recibimos nosotros de todo tipo o también aquellas personas para las que trabajos o con quienes queremos conseguir algo.
Ahí anda nuestra vida con nuestros cansancios y con nuestras inconstancias, ahí están esas raíces profundas que hay en nosotros y que tanto nos cuesta arrancar, y eso les puede pasar a los demás también, ahí está que nuestra visión algunas veces se vuelva turbia y no terminemos de ver las cosas y a los otros también les sucede, ahí están esas desconfianzas que se nos meten en el alma y que nos debilitan y los demás también pueden tener esa tentación.
Nos sentimos desalentados, pero tenemos que ser realistas, que no significa que dejemos de luchar, de buscar lo bueno, de entregarnos, de querer seguir sembrando la semilla aunque sepamos que no siempre va a dar fruto al ciento por uno; hemos de tener confianza, hemos de mantenernos en camino, hemos de seguir adelante.
Me ha venido todo este pensamiento y reflexión escuchando la parábola que Jesús nos propone hoy. Había mucha gente a su alrededor y nos dice el evangelista que se sentó y se puso a hablar en parábolas. Y la primera parábola que les propone es la del sembrador que yo todos bien conocemos porque muchas veces la hemos escuchado y meditado y nos hemos visto bien reflejados en ella.
Jesús, es cierto, está queriendo enseñarnos con la parábola que tenemos que preparar la tierra de nuestra vida y quitar abrojos y pedruscos, ablandar la dureza de la tierra del camino y ser buena tierra. Pero Jesús está siendo muy realista porque eso le está pasando con su predicación. No todos aquellos que allí están ahora escuchándole van a dar el mismo fruto, van a tener la misma respuesta. Pero Jesús no deja de sembrar, y como dice la parábola, saldrá por todos los caminos y por todos los rincones lanzando la semilla a voleo. En algún lugar, en algunas personas aquella semilla va a caer y echar raíces y hasta que crezca la planta y dé fruto.
¿No nos estará diciendo algo Jesús para nuestros desalientos y cansancios a la hora de nosotros sembrar? Es que aquí no se puede hacer nada, nos decimos algunas veces y dejamos de sembrar, de trabajar, de hacer por los demás. Jesús era consciente de que algunas de aquellas semillas iban a caer entre abrojos y sin embargo lanzó la semilla. ¿No será lo que nosotros tenemos que hacer? 
No nos cansemos de sembrar la semilla, de hacer el bien, de trabajar por los demás, de comprometernos seriamente en la vida. Algún día esa semilla, que a nosotros ahora nos parece que no brota, sin embargo puede brotar y llegar a dar fruto. Es la esperanza que siempre tiene que animar nuestra vida. Si no la sembramos seguro que no dará fruto. No digamos nunca que aquí no se puede hacer nada. Eso significaría que no estamos confianza en la fuerza que en si misma tiene la Palabra de Dios.

jueves, 14 de julio de 2016

Seguir a Jesús no será para nosotros una carga pesada porque nos hace caminar por caminos de verdadera libertad que son los caminos del amor

Seguir a Jesús no será para nosotros una carga pesada porque nos hace caminar por caminos de verdadera libertad que son los caminos del amor

Isaías 26,7-9.12.16-19; Sal. 101; Mateo 11,28-30

‘Venid a mí todos los que estáis cansado y agobiados y yo os aliviaré… y encontraréis vuestro descanso…’ ¡Qué palabras más consoladoras! En la vida tenemos muchos momentos de desánimo, de desaliento, en los que los agobios de la vida nos tientan a rendirnos, nos sentimos cansados de nuestras luchas,  no vemos salida a tantos esfuerzos que nos parecen en vano. Necesitamos esa mano que se pose sobre nuestro hombro y nos diga ‘¡Ánimo! Adelante’.
Todos tenemos alguna vez esos momentos bajos y esos cansancios que no solo es lo físico, sino que son cansancios del alma porque nuestro espíritu se siente decaído. ‘El espíritu está pronto, pero la carne es débil’, les decía Jesús allá a la entrada de Getsemaní. Sí, nos parece estar prontos para todo y parece que nos queremos comer el mundo, pero cuando vienen las luchas del día a día y los problemas se acumulan, y parece que nada a nuestro alrededor nos estimula, sino que más bien vemos las cosas negras, estamos prontos, sí, pero para tirar la toalla; aparecen nuestras debilidades, nuestras flaquezas, y nos parece que no somos capaces, y no tenemos fuerzas para seguir adelante.
Vemos cómo Jesús viene a nuestro encuentro para ser ese alivio que nos haga sentir paz aunque sean muchos los agobios, esa fuerza para vencer nuestra debilidad y levantarnos de nuestras apatías, esa luz que nos ilumine y nos haga caminar con esperanza porque no todo es oscuridad y estando con El nunca nos faltará esa luz y ese sentido y valor para nuestra vida.
A Jesús, vemos en el evangelio, que acudían todo tipo de gentes con sus enfermedades, sus sufrimientos, sus dolencias; nos quedamos muchas veces aparentemente solo en las enfermedades o limitaciones físicas porque nos aparecen delante de nuestros ojos las cegueras o las invalicedes, las lepras o la carencia de alguno de los sentidos, pero cuanto se encierra en esas dolencias y sufrimientos; aislamiento y soledad, pobreza e incapacidades que angustiaban el alma, estaban detrás de esas limitaciones físicas y que hacían aumentar los sufrimientos en el interior de las personas. Estaban también las angustias y las esperanzas frustradas en tantas cosas que coartaban su libertad, que limitaban sus posibilidades desde el dominio de los poderosos o las manipulaciones de los que trataban de dominar y controlar sus aspiraciones.
A todos Jesús les dice: ‘Venid a mí todos los que estáis cansado y agobiados y yo os aliviaré… y encontraréis vuestro descanso…’ Jesús con su presencia hace renacer las esperanzas; Jesús quiere en verdad liberar los corazones; Jesús quiere rescatar la dignidad perdida de todas las personas que merecen la mejor de las consideraciones; Jesús quiere un mundo nuevo donde nos sintamos en verdad hermanos porque todos nos queremos; Jesús viene a ser esa luz verdadera que ilumina los corazones para dar un verdadero sentido a sus vidas, a nuestras vidas.
Escuchamos en nuestro corazón también tantas veces atormentado las palabras de Jesús y que renazca nuestra esperanza. Seguir a Jesús no será para nosotros una carga pesada porque nos hace caminar por caminos de verdadera libertad que son los caminos del amor.

miércoles, 29 de enero de 2014



El agricultor cuidadosamente prepara la tierra para poder sembrar la semilla y que dé fruto

2Sam. 7, 4-17; Sal. 88; Mc. 4, 1-20
En otra ocasión había pedido tener una barca preparada por si acaso lo fuera a estrujar la gente. Ahora es El quien ‘se subió a una barca, se sentó y el gentío quedó en la orilla’ a la manera de un anfiteatro en la playa. ‘Y les enseñó mucho rato en parábolas, como El solía enseñar’.
La autoridad de la Palabra de Jesús se manifiesta en su cercanía y en la forma de hacerse entender por todos. Su lenguaje era sencillo - ojalá quienes tenemos la misión de anunciar la Palabra fuéramos capaces de usar también ese lenguaje sencillo - y todos le entendían. Usa parábolas, algo así como ejemplos o hechos de los que se pueden extraer unas lecciones fáciles de entender, tomados de lo que era la vida ordinaria de la gente. Hoy habla de la siembra y de la cosecha, a la que la mayoría estarían acostumbrados a realizar. Todos podemos entender fácilmente el mensaje de Jesús.
Todos podemos entenderlo pero, sin embargo, muchas veces nos cerramos de tal manera o tenemos tantos obstáculos en el corazón que no penetra hondamente en nosotros.  No es necesario que repitamos de nuevo la parábola -  a quienes leen este comentario en el blogs les aconsejo que previamente lean los textos que se citan al principio, pues son las lecturas de la Palabra de la Eucaristía de cada día cuyo comentario pretendemos hacer en esta semilla que cada día queremos también sembrar por este medio -, pues lo que nos describe es algo sencillo y natural que sucedía fácilmente cuando se esparcía la semilla a voleo por los campos. No toda caía en tierra buena y preparada y no toda llegaba a germinar y dar fruto de la misma manera.
Nos habla de la tierra dura del camino, de los pedregales que bordeaban los campos de cultivo, de los abrojos, malas yerbas y zarzales que podrían surgir en la misma tierra o su alrededor, y nos habla finalmente de la tierra buena y preparada. Es normal, el fruto no puede ser igual según donde caiga la semilla.
Es expresión de nuestras actitudes y de nuestra manera de acoger la Palabra. Jesús nos lo explica al final cuando los discípulos más cercanos le preguntan. Superficialidad, cerrazón, indiferencia, corazón enviciado en mil pecados y pasiones que nos atan y esclavizan son algunas de las cosas con que nos predisponemos ante la Palabra que se nos anuncia.
Cuántas veces cuando comenzamos a escuchar o leer un texto del Evangelio ya nos lo damos por sabido y casi no nos esforzamos por tratar de encontrar ese mensaje, esa Buena Nueva que en todo momento tiene que ser para nosotros. Con qué superficialidad nos acercamos a la Palabra, porque mientras se nos proclama nuestra mente está divagando por otras cosas o estamos distraidos atendiendo más a lo que pueda pasar a nuestro alrededor. La semilla así no puede caer en la tierra de nuestra vida para germinar y dar fruto en nosotros.
Nos entusiasmamos quizá en algun momento porque nos parece algo hermoso el mensaje que estamos recibiendo y quizá nos hacemos buenos propósitos, pero pronto nos entran los cansancios, la inconstancia, la rutina o la frialdad que hará que olvidemos todo aquello que nos habíamos propuesto. Las prisas y las carreras de la vida que vivimos, llenos de agobios y ambiciones, nos hacen perder hondura, paciencia y perseverancia porque en un mundo donde estamos acostumbrados a muchos automatismos donde tocamos un botón o una pantalla y ya todo está hecho al instante, la paciencia y la perseverancia no sea precisamente una virtud o valor muy cotizado.
Luego están también los apegos del corazón de los que no queremos desprendernos, el mundo cómodo y sensual en el que vivimos que nos impide muchas veces mirar a lo alto para buscar valores que llenen nuestro espíritu son otro gran obstáculo para que la semilla  de la Palabra pueda fructificar en nuestra vida.
El agricultor cuidadosamente prepara la tierra para poder sembrar la semilla, y luego pacientemente va cuidando la planta que germina y nace aportándole los abonos necesarios, la humedad conveniente, preservandola de todo aquello que la pueda dañar y le pueda impedir el lograr un día un buen fruto. Es lo que tenemos que hacer.
El Señor nos da su Espíritu para ayudarnos a acoger y recibir esa Palabra que se siembra en nuestro corazón y continuamente nos va ofreciendo su gracia en la oración y los sacramentos para fortalecernos en ese camino de nuestra vida cristiana, mientras esa misma Palabra nos va iluminando y orientando para que caminemos por caminos rectos y evitemos toda tentación que nos pueda  arrastrar por el camino del mal.
Sí así lo hacemos tendremos asegurado el fruto de neustra vida cristiana, estaremos en el camino cierto que nos lleva a alcanzar la vida eterna.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El Señor Dios da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido… y nos llenará de paz

Is. 40, 25-31; Sal. 102; Mt. 11, 28-30
La vida está muchas veces llenas de agobios, por los problemas que la misma vida nos da; el trabajo y las responsabilidades de cada día nos hacen mantenernos en ocasiones tensos, porque queremos realizar muchas cosas, o desempeñar nuestras responsabilidades y no logramos abarcarlo todo; en otras ocasiones nos cuesta la relación con los demás que no siempre es fácil y pueden surgir malos entendimientos entre unos y otros que nos pueden llevar a enfrentamientos, a reacciones violentas o nos pueden crear algún tipo de discordia.
Están también los problemas derivados de nuestras propias limitaciones, las enfermedades que nos aparecen, un accidente que nos surge y nos puede crear alguna inutilidad o incapacidad, o son los sufrimientos que van surgiendo en nuestra debilidad o por los achaques propios de los años; también la situación social en la que vivimos nos crea tensiones e incertidumbres sobre todo cuando vemos a tanta gente que lo pasa mal en sus necesidades básicas que no son resueltas para poder tener una vida digna. Muchas más cosas podríamos pensar que nos causan agobios en la vida.
No es que queramos hacer un cuadro con tintes negros, porque al lado de todo eso también hay momentos de luz, momentos en que nos sentimos dichosos o hay personas que saben vivir o sufrir todas cosas sin perder la paz interior ni la sonrisa de los labios. Pero es ahí en esas situaciones o viviendo en medio de la gente que se ve envuelta en esos problemas o sufrimientos donde hemos de vivir nuestro ser creyentes y cristianos; será  ahí donde tendríamos que dar el testimonio de nuestra fe, pero que algunas veces parece que a nosotros también se nos puede apagar; es ahí donde hemos de saber encontrar desde la fe esa luz del Señor que dé sentido y nos ilumine.
Es ahí, mirando la realidad de nuestra vida, cuando escuchamos que Jesús nos dice, como se nos ha proclamado hoy en el Evangelio: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados…’ Sí, a todos los que vivimos esos agobios y preocupaciones que parecen hacernos perder la paz, nos está diciendo Jesús: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré; cargad con mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’.
‘Yo os aliviaré… encontraréis vuestro descanso…’ nos dice Jesús. Nos agradan y llenan de paz estas palabras del Señor. Nosotros, que cuando estamos envueltos en nuestros agobios lo vemos todo negro y hasta nos parece que Dios se ha olvidado de nosotros. Hoy nos ha dicho con el profeta: ‘¿Por qué andas hablando, Jacob, y diciendo, Israel: mi suerte está oculta al Señor, mi Dios ignora mi causa?’ No podemos desconfiar del Señor. ‘El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe. No se cansa, no se fatiga,  es insondable su inteligencia: El da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido…’
Ya escucharemos en otro momento y tendremos oportunidad de reflexionar más hondamente, como los ciegos van a recobrar la vista, los inválidos van a poder caminar, los leprosos serán curados y los muertos resucitarán, como señales del Reino de Dios que llega con la salvación de Jesús.
Hoy nos invita a ir hasta El porque es nuestro alivio, nuestra fuerza, nuestro descanso; porque en Jesús vamos a encontrar nuestra paz, El que es manso y humilde de corazón. Y es que cuando estamos con Jesús nos sentimos renovados y salvados; con Jesús vamos a encontrar la fortaleza para todos esos momentos y vamos a encontrar el sentido y valor de cuanto hacemos y vivimos; con el amor de Jesús vamos a sentir siempre paz en nuestro corazón y nada nos va a hacer perder ese sosiego de nuestra alma. Sabemos que Jesús está a nuestro lado y El es nuestra vida y nuestra fortaleza, nunca nos va a faltar su gracia.
Escuchemos hondamente en nosotros esta palabra, esta invitación de Jesús. Los problemas no nos van a faltar, los sufrimientos seguirán apareciendo en nuestra vida con nuestras debilidades y enfermedades, nos seguirá costando quizá la relación y la convivencia con los demás, o las carencias siguen estando ahí presentes, pero habrá una nueva paz en nuestro espíritu, un nuevo sentido para todo eso que vivimos, un nuevo amor que nos hará saltar y destruir barreras para vivir siempre en armonía con los demás y que provocará un mundo de solidaridad que a todos nos hará mejores.

En el Señor nos sentiremos siempre renovados y fortalecidos desde lo más hondo de nuestra vida.