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viernes, 30 de agosto de 2024

No fuimos reponiendo en la alcuza de nuestra vida ese aceite que luego íbamos a necesitar y ahora quizás nos encontramos en un vacío

 


No fuimos reponiendo en la alcuza de nuestra vida ese aceite que luego íbamos a necesitar y ahora quizás nos encontramos en un vacío

1 Corintios 1, 17-25; Salmo 32; Mateo 25, 1-13

Ya tendremos tiempo, después de lo hacemos, ahora que estamos con esto aprovechemos que todo no va a ser andar preocupado, que tenemos que pasar un rato también. Más de una vez lo hemos dicho y hecho, dejamos las cosas para después, porque nos creemos que tenemos todo el tiempo del mundo para nosotros, porque decimos que tenemos que tomarnos las cosas con calma y no andar siempre agobiados; y dejamos a un lado responsabilidades, no hacemos aquello que se nos ha confiado en el momento que teníamos que hacerlo, nos creemos capaces de hacerlo luego de cualquier manera… Son tantas las cosas que vamos dejando para después, son tantos los ejemplos que podríamos poner de cosas importantes de la vida, pero también de esos pequeños detalles que realmente son los que van conformando la vida.

Algo así pensarían quizás algunas de aquellas doncellas que tenían que salir a recibir al novio de su amiga que venía para la boda y para lo que tendrían que tener preparadas las luces que iluminasen el camino. Era un engorro eso de tener que estar llevando más aceite de repuesto, porque si acaso se hiciera tarde. Total, luego vamos corriendo y compramos lo que necesitamos, o alguien habrá que nos lo facilite, nos lo preste. Pero su desidia se les puso en contra, porque ni encontraron quien les facilitara el aceite que no tenían, ni llegaron luego a tiempo porque en la tienda tardaron también en obtenerlo. Se quedaron fuera, aunque ellas fueran también amigas de la novia.

Es la parábola que nos está proponiendo Jesús y que tantas veces hemos reflexionado. Pero de nuevo tenemos que vernos en su espejo, porque ahí estamos bien retratados con nuestras desidias, nuestros abandonos, nuestro dejar las cosas para más tarde que ya tendremos tiempo. Jesús nos está queriendo hablar de valores del Reino de Dios que son bien importantes en nuestra vida; pensamos con la trascendencia que tenemos que darle a nuestra vida con mirada también de eternidad, pero tenemos que pensar en esas pequeñas cosas de cada día a las que tantas veces no le damos la importancia que tienen; nos habla de nuestras responsabilidades que no solo es pensar en las grandes tareas que en un momento se nos pueden confiar, pero tenemos que pensar en esos pequeños detalles que crean nuestra relación entre unos y otros y no siempre cuidamos lo suficiente.

Sí, son las tareas de cada día que tenemos que asumir con responsabilidad y eficiencia que son con las que vamos construyendo nuestra vida, fundamentándola de verdad, dándole unos buenos cimientos; tenemos que pensar que cada momento de nuestra vida es una riqueza primero que nada para nosotros, y tenemos que saber aprovecharlos, darles rendimiento que no solo son las ventajas económicas que podamos obtener con nuestro trabajo, sino que es la riqueza humana y espiritual que va adquiriendo nuestra vida; cuántas veces más tarde nos decimos, si yo hubiera sabido hubiera puesto más empeño en aquellos estudios, por ejemplo, que me tomé a la ligera, en aquellas cosas que dejé de aprender por no esforzarme; nuestra vida sería otra con toda seguridad.

Hablamos en lo humano y hablamos en lo espiritual; hablamos en lo que nos atañe a nosotros mismos, pero tenemos que hablar de nuestro entorno social del que tenemos que aprender pero también al que tenemos que aportar desde la riqueza espiritual de nuestra vida. No fuimos reponiendo en la alcuza de nuestra vida ese aceite que luego íbamos a necesitar y ahora quizás nos encontramos en un vacío.

Y tenemos que hablar, por supuesto, en el ámbito de nuestra fe y de nuestra vida cristiana que tan a la ligera de forma superficial nos la hemos tomado a lo largo de la vida. ¿Dónde está ahora el verdadero tesoro que tendríamos que tener guardado en el corazón? Mucho tendríamos que pensar y reflexionar en este aspecto donde de una vez por todas tenemos que despertar. Es la vigilancia de la que nos está hablando hoy Jesús, el cuidado de nuestra fe, la atención a los valores cristianos, el compromiso de nuestra vida, nuestra participación en la vida y en la misión de la Iglesia.

Despertemos. Y ayudemos también a los que están a nuestro lado a despertar para estar vigilantes.

viernes, 9 de agosto de 2024

En la vida hemos de estar atentos, hemos de volvernos más reflexivos para no llegar tarde, porque la hora de Dios está ahí y llega a nosotros y no podemos perderla

 


En la vida hemos de estar atentos, hemos de volvernos más reflexivos para no llegar tarde, porque la hora de Dios está ahí y llega a nosotros y no podemos perderla

Oseas 2, 16b. 17 de. 21-22; Salmo 44; Mateo 25,1-13

Una vez escuchaba un comentario en referencia a una persona, a su manera de ser y de hacer las cosas, pero que parecía que nunca estaba a tiempo; ‘piensa bien, decían, pero siempre llega tarde’.

Creo que esto nos lo podemos aplicar también a nosotros mismos, tantas veces que metemos ‘la pata’ y luego nos dimos cuenta de donde estaba nuestro error; no nos fijamos, nos disculpamos, pero no siempre estamos atentos y alertas a lo que nos va sucediendo, vivimos demasiado superficialmente y no reflexionamos antes de dar una respuesta, antes de emprender una tarea, y luego vemos lo que nos pasa, fallamos, no estamos a la altura, no llegamos a tiempo. Y es que en la vida necesitamos ser más reflexivos, sopesar bien las cosas, darnos cuenta de las posibilidades o y hasta dónde podemos llegar, que muchas veces es mucho más allá de lo que habitualmente hacemos, a causa de nuestra superficialidad.

Hoy Jesús nos propone una parábola que habremos medita muchas veces y de la que siempre sacamos buenas conclusiones, pero es una parábola que ahora hemos de escuchar en el hoy de nuestra vida, porque siempre la Palabra de Dios es algo vivo para nosotros y que tenemos que convertir en vida. Conocemos el desarrollo de la parábola, unas jóvenes amigas de la novia que están esperando la llegada del novio para la boda, según las costumbres de la época. El esposo tardaba y cuando llegó el momento resultó que no todas aquellas doncellas tenían aceite suficiente en sus lámparas primero para iluminar el camino y luego también la sala de la boda. Mientras fueron a buscarlo, llegaron tarde.

A muchas situaciones de la vida podemos aplicarlo, pero creo que entre otras cosas nos ayuda a que sepamos discernir la presencia de Dios en nuestra vida, que se nos manifiesta de muchas maneras y de los modos menos esperados, aun en medio de las oscuridades y tensiones con que nos vamos encontrando. Pero la hora de Dios es cierta, es segura. Dios llega en su momento para nosotros, el momento que nosotros necesitamos, el momento que es de gracia para nosotros; podríamos decir que ni es antes ni después, porque Dios tiene su hora.

No es el retraso de quien llega, sino es la poca actitud del que espera. Es sí la vigilancia, la atención que hemos de poner, pero es la seguridad de la esperanza, la certeza de la llegada del Señor a nuestra vida en ese momento que es momento de gracia para nosotros. Es el significado del aceite que hemos de tener siempre de reserva para que nuestras lámparas no se apaguen, con la imagen de la parábola.

Aunque la parábola nos habla de esas luces que hemos de mantener encendidas, creo que en nuestra reflexión podemos ir más allá para saber descubrir esos puntos de luz que Dios nos va poniendo en el camino de la vida; los mismos acontecimientos de la vida tienen que enseñarnos, lo que vamos recibiendo de los demás son también señales de Dios, las posibilidades que se abren ante nosotros, las nuevas perspectivas que nos puedan aparecer, las oportunidades que van surgiendo, podemos decir que no son cosas que nos sucedan al azar, pueden ser esas señales de Dios que necesitamos y que por nuestra inconsciencia, por nuestras prisas y carreras, por no abrir los ojos para detectarlas, las dejamos pasar, muchas veces las perdemos.

Como decíamos antes, es la hora de Dios para nosotros, pero hemos de estar atentos, hemos de volvernos más reflexivos para no llegar tarde, porque la hora de Dios está ahí y llega a nosotros y no podemos perderla. Hoy termina diciéndonos Jesús en la parábola, ‘por tanto velad, porque no sabéis el día ni la hora’.


viernes, 26 de agosto de 2022

 


Cuidemos que no nos falte el aceite y nos encontremos desorientados en la vida sin saber dar respuesta desde un sentido cristiano a los problemas del mundo de hoy

1Corintios 1, 17-25; Sal 32; Mateo 25, 1-13

‘Dadnos un poco de vuestro aceite que se nos apagan las lámparas…’ es la súplica y la petición que en este caso no es atendida. Y se quedaron sin aceite y en consecuencia las lámparas no funcionaban; y tuvieron que ir a comprarlo, y ya se les hizo tarde, se les pasó la hora, llegó el novio y ellas no estaban, no pudieron ya entrar porque la puerta estaba cerrada.

¿Se nos pasará el arroz?, como solemos decir cuando con nuestro despiste no estuvimos a punto, no tuvimos las cosas que teníamos que tener preparadas, se nos cerró la puerta y nos quedamos fuera. Y ya no valían las súplicas ni las disculpas.

¿Qué nos pasará en la vida en este sentido? Nos llegan los problemas y no estamos preparados para afrontarlos; se nos confía una tarea y una misión y no somos capaces de desarrollarla, cuando tuvimos la oportunidad de aprender, perdimos el tiempo; en la carrera loca del mundo y de la sociedad en la que vivimos nos van apareciendo problemas inesperados o a los que no habíamos dado suficiente importancia en los signos que nos lo iban anunciando, y ahora no sabemos como salir adelante. Lo estamos viendo cada día en lo que va sucediendo en nuestra sociedad que muchas veces se nos derrumba.

Nos falta aceite, no tuvimos en cuenta las previsiones necesarias, muchos perdimos el tiempo cuando era la hora de prepararnos para un buen futuro, pero no pensábamos que esas situaciones nos pudieran llegar, o que eso le tocaría a otros. Y estamos viendo que en muchas situaciones seguimos haciendo lo mismo, no terminamos de tomarnos en serio las cosas y buscar la mejor preparación y profundidad, seguimos con nuestras superficialidades, seguimos dando tantas facilidades que no terminamos de endurecernos lo suficiente para afrontar los temporales que se nos vienen encima. Así van los derroteros de nuestra sociedad.

Parece que estamos hablando excesivamente de los problemas humanos o sociales que nos vamos encontrando en el mundo de hoy, pero esto es una imagen de toda esa falta de profundidad con que andamos en nuestra vida. No estamos cuidando los valores más profundos de la persona que pueden darnos esa estabilidad y esa fortaleza; no estamos cuando los valores del espíritu, como no estamos cuidando nuestra fe.

Es lo que tenemos que plantearnos los que nos decimos cristianos, los que nos decimos que seguimos a Jesús. ¿Estaremos guardando suficiente aceite del evangelio en nuestra vida para encontrar un sentido y una fuerza para lo que tiene que ser un seguimiento en serio de Jesús? Seguimos pensando que tenemos suficiente aceite, porque un día de pequeños hicimos la primera comunión y a lo más luego más tarde nos confirmamos, pero las vasijas en las que lo hemos guardado son las de cuando éramos pequeños, y nos damos cuenta que no son suficientes.

Yo aprendí el catecismo, decimos, pero luego no  nos hemos vuelto a preocupar de leer de nuevo con la madurez que nos va dando la vida el evangelio, de profundizar en él, de formarnos debidamente en nuestra fe. Y así nos va, se nos va agotando el aceite y muchas veces terminamos que se nos va apagando nuestra fe; queremos solucionarlo a última hora y corriendo, pero se necesita algo más que quizá no siempre los cristianos estamos haciendo al buscar esa formación honda que necesitamos.

Y claro, para afrontar todos esos problemas que ahora la vida nos va presentando no nos encontramos preparados, y flaqueamos, y no sabemos cómo actuar ni cuáles valores cultivar de verdad, y nos encontramos desorientados en la vida, y no sabemos dar una respuesta con el verdadero sentido de Cristo. Cuidemos que no nos falte el aceite.

viernes, 27 de agosto de 2021

Busquemos ese sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna

 


Busquemos ese sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96;  Mateo 25, 1-13

Los ritmos de trabajo de la vida muchas veces se vuelven vertiginosos y nos vemos tan absorbidos por el día a día de la vida, de las responsabilidades, de los trabajos que parece que si no viviéramos sino para trabajar; terminamos porque no disfrutamos del trabajo y de lo que hacemos, pero es que no disfrutamos de la vida.

Eso nos hace olvidar también en muchas ocasiones de darle como más profundidad a la vida, de poner metas e ideales que nos eleven, y aunque no dejamos de cumplir con nuestras responsabilidades hay el peligro de que al final nos sintamos vacíos, porque nos falta algo que le de sabor a lo que hacemos y a lo que vivimos. Parece incluso que hayamos perdido la alegría de la vida absorbidos por lo que vamos haciendo cuando nos olvidamos de lo principal.

Olvidamos detalles en nuestras relaciones con los demás que nos hagan más humanos, pero olvidamos detalles que nos den sentido y profundidad a nuestro ser. A veces nos parece que los engranajes de nuestra vida no funcionan con la suavidad que tendrían que funcionar y parece como que chirrían. ¿Faltará un aceite que facilite ese rodar de la vida con un sentido nuevo? No es cuestión solamente de estar, de pasar los días o de realizar unos trabajos, necesitamos algo más. Necesitamos algo que nos ilumine por dentro y también nos haga ver todo con un nuevo color. Pudiera ser que al final nos sintiéramos como cansados de la vida misma porque no la hemos sabido saborear en profundidad.

Necesitamos tener aceite suficiente en nuestra alcuza, en el depósito de nuestro corazón para que esa luz se mantenga siempre encendida. Hoy Jesús en el evangelio nos propone una parábola que habremos reflexionado muchas veces. El hecho de que la hayamos escuchado muchas veces no tendrá que impedirnos que en verdad la escuchemos con la novedad de la buena noticia que se nos quiere trasmitir.

Conocemos la parábola, una doncellas que según las costumbres de la época salen al recibir al esposo de la amiga que viene para la boda; dadas las circunstancias han de llevar lámparas encendidas para iluminar primero el camino y luego la sala de la boda; la tardanza del novio hizo que se quedaran adormecidas o que por otra parte se consumiera el aceite de las lámparas que cuando había que avivarlas ya no tenían el aceite necesario. Necesitaban un nuevo aceite que había que ir con prisas a buscarlo, pero ahora fueron algunas de aquellas doncellas las que llegaron tarde cuando la puerta estaba cerrada. Ya no pudieron disfrutar de la fiesta de la boda porque se quedaron fuera.

Nos quedamos fuera de la fiesta de la vida, como decíamos antes, quizás demasiado absorbidos por las mismas tareas que nos ocupan. Lo que nos sucede tantas veces cuando no le damos importancia a lo que verdaderamente tiene importancia, cuando descuidamos ese aceite y esa luz que dé color y sabor a lo que vivimos, cuando nos hemos olvidado de esos detalles que nos den mayor humanidad a nuestras relaciones, cuando aunque muy atareados vivimos muy superficialmente pensando solo en lo material o en las ganancias que podamos obtener, cuando pensando tanto en la vida presente nos hemos olvidado de darle trascendencia a lo que hacemos o cuando absorbidos por lo material hemos olvidado el sentido espiritual de nuestra vida, cuando quizá vivimos sí unas prácticas religiosas destinadas al cumplir por cumplir pero no le hemos dado profundidad a nuestra fe y a nuestra relación con Dios.

¿Cuál es el aceite que tendríamos que buscar? ¿Qué sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna? cultivemos y profundicemos en nuestra fe.

lunes, 9 de agosto de 2021

Dios llega con sus llamadas a la hora en que menos pensemos pero en nosotros ha de haber una sintonía espiritual para captar la señal, la honda de Dios

 


Dios llega con sus llamadas a la hora en que menos pensemos pero en nosotros ha de haber una sintonía espiritual para captar la señal, la honda de Dios

Oseas 2, 16b. 17de. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

Salimos al camino o bien porque nos vayamos a poner en camino para ir hacia alguna parte, o porque esperamos a alguien. Más de una vez lo habremos hecho o habremos visto a alguien a la puerta de su casa como si estuviera esperando a alguien; alguien nos ha avisado que llega y quizás en cierto modo impacientes nos asomamos al camino para ver si atisbamos por donde viene; quizás tengamos que indicar con claridad al que llega cual es el lugar, o por el respeto que nos merece la persona que llega mantenemos la puerta abierta y en cierto modo preparamos algo para recibirle. Había muchos gestos y signos que se realizaban para expresar la acogida que dispensábamos al que llegaba.


Jesús al proponernos hoy la parábola utiliza la imagen de las bodas, en las que las amigas de la novia habían de salir al camino con lámparas encendidas para iluminar el camino y para hacer la acogida del novio que llegaba con sus amigos para la boda. Y aquí era algo importante la luz; era la carencia de luz, algo normal en aquellos caminos, pero la luz que había de servir también para iluminar la sala del banquete de bodas; y era importante la previsión del aceite suficiente para poder mantener las lámparas encendidas.

La parábola habla de una tardanza; los caminos podían ser largos y dificultosos y en el camino siempre nos podemos encontrar contratiempos que nos hagan retrasar la llegada; en el mundo de las puntualidades en el que vivimos en el presente bien sabemos que también se producen los retrasos por lo que siempre hemos de estar atentos al momento de la llegada con los preparativos necesarios.

Es lo que nos sucede en el ritmo ordinario de la vida, esperamos y algunas veces nos llenamos de impaciencia; se nos anuncia que algo va a llegar o a suceder y quizás andamos distraídos en otras cosas y quien llega se nos puede presentar de improviso, porque además nos puede adelantar su llegada. Me estaba acordando ahora de aquel prior del convento que sabía de la llegada del Obispo aquel día a visitar el convento, pero el obispo se presentó antes de la hora prevista y para sorpresa del propio prior se encontró en ropa de faena regando los jardines del claustro, y nada estaba aún preparado pasando sus correspondientes apuros.

Cuando Jesús nos está proponiendo esta parábola está señalándonos la vigilancia con que hemos de vivir nuestra vida porque Dios llega con sus llamadas a la hora en que menos pensemos. Es el ojo del creyente atento a ese actuar de Dios en su vida; las cosas se nos van sucediendo una tras otra y seguimos con normalidad el ritmo de nuestra vida, pero el verdadero creyente sabe tener una sintonía especial para descubrir esa presencia de Dios, esa llamada de Dios, esa Palabra de Dios que nos llega a través de esos mismos acontecimientos ordinarios que vamos viviendo.

La parábola habla del aceite suficiente que se ha de tener preparado porque parte de esa imagen de las lámparas de aceite que se han de tener encendidas. Decimos el aceite y decimos esa sintonía espiritual para captar las señales de Dios; decimos el aceite y estamos diciendo esos ojos de fe para saber estar atentos y a la escucha; decimos el aceite y hablamos de nuestro espíritu de oración para estar a la escucha; decimos el aceite y estamos hablando de esa capacidad de reflexión para pensar y para repensar lo que nos sucede; decimos el aceite y estamos diciendo esa vigilancia y atención para no dejarnos embaucar ni seducir por falsos cantos de sirena en tantas cosas que nos pueden distraer en la vida; decimos el aceite y decimos ese cultivo espiritual que hemos de hacer en nosotros mismos para que sepamos ver más allá de lo material que tantas veces nos ciega.

No importa que tarde o venga fuera de hora incluso adelantándose a lo que quizás teníamos previsto, porque en nosotros hay esa sintonía espiritual para captar la señal, para captar esa honda de Dios.

Hoy estamos celebrando a santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein como era conocida antes de ser religiosa, que un día supo escuchar la voz de Dios, aunque estaba fuertemente enfrascada en sus estudios filosóficos, para entrar por los caminos de la fe y aceptar a Jesucristo como única sabiduría de su vida. La ciencia y el conocimiento filosófico no fue un obstáculo para ella encontrarse con Jesús y consagrarle totalmente su vida.

viernes, 9 de agosto de 2019

Que no se nos apague nunca esa Luz, ni nos falte el aceite para mantenerla encendida, para iluminar siempre a los demás y a nuestro mundo sin dejarlo al azar ni para última hora


Que no se nos apague nunca esa Luz, ni nos falte el aceite para mantenerla encendida, para iluminar siempre a los demás y a nuestro mundo sin dejarlo al azar ni para última hora

Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13
Nos sucede en ocasiones. Tenemos que realizar algo en un tiempo determinado, pero nos confiamos y lo vamos dejando para después porque sabemos que podemos hacerlo y nos llega el último momento y vienen los agobios para terminarlo y muchas veces ya no lo realizamos como a nosotros nos hubiera gustado porque se nos fue el tiempo. Hay personas que son especialistas en dejarlo todo para última hora confiándose demasiado y luego viviendo con agobios y prisas. Lo malo es que al final nos tengamos que presentar con las manos vacías o que no lo realicemos con la perfección que se nos pide. Responsabilidad, prontitud, previsión, buena organización de nuestras tareas, seriedad con la que nos tomamos las cosas es algo importante a tener en cuenta y que van a marcar nuestra madurez humana.
Algo que hemos de saber aplicar a las diferentes facetas de la vida, desde las responsabilidades en nuestros trabajos o en la propia familia, como en lo más personal de nosotros mismos que nos ayuda a realizarnos más y mejor como personas y tenemos que decir también en el ámbito de nuestra fe. Es la tarea de la vida con el sentido de trascendencia que hemos de darle a cuanto hacemos, que no solo nos repercute en lo que cada momento vivamos sino que va más allá de nosotros mismos en lo que podemos trascender en los demás por lo bueno que les podamos trasmitir, pero también en el sentido de trascendencia de eternidad que vivimos desde nuestra fe.
Ahí está todo ese camino de superación que hemos de ir realizando siempre en nuestra vida, ese camino de crecimiento en lo humano pero también en lo espiritual para darle cada día una mayor profundidad a nuestro ser. Ahí está ese lucha diaria en la que intentamos ser mejores, corregir nuestros errores, fortalecernos frente a las debilidades que hay en nosotros y también, ¿por qué no?, pedir perdón a Dios por lo que hayamos hecho en contra de su voluntad. Un aspecto que olvidamos, que dejamos de lado o para el último momento tantas veces, pero el final puede ser inesperado y siempre hemos de estar preparados. ¿Cómo nos vamos a presentar ante Dios? ¿Con las manos vacías? ¿Con las manos manchadas por nuestro pecado?
Todas estas cosas – y en muchas más podríamos profundizar – me sugiere y comparto con ustedes en esta semilla de cada día desde la parábola que hoy se nos presenta en el evangelio y que seguramente muchas veces hemos escuchado, rumiado en nuestro interior y también querido llevar a nuestra vida. La parábola de las jóvenes que esperaban la llegada del novio para la boda.
Esperaban con lámparas encendidas en sus manos, según las costumbres de la época en la que no solo se alumbraba así el camino, sino que además aquellas luces habían de servir para iluminar la sala del convite de bodas. Pero no todas tuvieron suficiente aceite para mantener encendidas las lámparas, más cuando el esposo tardo en su llegada, y así algunas se encontraron que sus lámparas se apagaban y ni podían alumbrar el camino ni tampoco iluminar la sala del banquete. Fueron a buscar aceite a última hora y la puerta se cerró sin posibilidad de entrar al banquete de bodas.
Creo que la aplicación de la parábola a la vida es bien sencilla, pero que también nos ayudará a encontrar esa profundidad para nuestra vida. No podemos dejar las cosas al azar ni para última hora. Como decíamos antes en todas las facetas de la vida; como podemos pensar también en todo lo que afecta y atañe a nuestra relación con Dios y a lo que ha de ser nuestra respuesta de vida cristiana. Es el cuidado de nuestra fe y de nuestra vida espiritual; es la profundidad que hemos de saber darle a la vida desde los valores del Evangelio; es el camino de nuestra vida cristiana como respuesta de amor al amor que Dios nos tiene; es el compromiso que desde esa fe vivimos también en el seno de nuestra comunidad cristiana a la que tenemos que enriquecer con nuestra vida, pero que si vamos con las manos vacías poco podemos hacer.
Que no se nos apague nunca esa luz, que no nos falte el aceite para mantenerla encendida, que podamos siempre iluminar a los demás y a nuestro mundo. No lo dejemos al azar ni para la última hora, sino vivámoslo cada día con intensidad.

viernes, 31 de agosto de 2018

La esperanza es disponibilidad y apertura, entrar en una nueva sintonía que nos hace pregustar el rumor del amor, gozo y alegría pregustando la certeza de lo que está por llegar


La esperanza es disponibilidad y apertura, entrar en una nueva sintonía que nos hace pregustar el rumor del amor, gozo y alegría pregustando la certeza de lo que está por llegar

1Corintios 1,17-25; Sal 32; Mateo 25,1-13

Me cansé de esperarte, le decimos al amigo cuando al fin aparece a la cita, allí estaba aburrido sin saber que hacer, si venias o no venias, porque se pasaron las horas, y vaya puntualidad la tuya, nos quejamos. Malo es estar esperando a alguien, pero estar esperando pasivamente, aguantando a que pase el tiempo, sin darle un sentido o un valor a esa espera. Se nos hace difícil, imposible, aburrida, nos dan ganas de marcharnos. Pero es también la pasividad o la ociosidad con la que esperamos. Quizá tampoco estábamos preparando nada para recibirle, sino simplemente pasivamente a lo que saliera.
En la vida hay que hacer muchas esperas, porque puede ser como veníamos diciendo al amigo o a la persona que nos había anunciado su llegada, pero es también la espera por el fruto de nuestro trabajo, la espera de un mañana mejor, la espera de algo que buscamos ansiadamente y que esperamos – valga repetir la palabra – que con nuestro trabajo consigamos. Poniéndonos más trascendentes es la espera de la salvación que se nos ofrece con la ayuda de la gracia, o la esperanza de la vida eterna que anima la vida de todo cristiano.
La esperanza una virtud y un valor muy importante en la vida del ser humano y una virtud esencial en la vida del cristiano. No es solo la esperanza humana en la realización de esos sueños o esos ideales que esperamos alcanzar para ser mejores y ser más felices, sino también la esperanza virtud sobrenatural que ponemos en el Dios de quien esperamos el perdón y la salvación.
Es la esperanza que de manera especial se nos refleja en la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio y tantas veces habremos meditado del Señor que viene a nuestra vida porque en nosotros quiere habitar como en unas bodas eternas. Es la esperanza que abre nuestro corazón a una alegría especial, porque nos gozamos ya en aquello que un día vamos a vivir en plenitud. Por eso decimos siempre que el hombre de esperanza es alguien en quien siempre ha de rebosar la alegría, desterrando todo luto y todo llanto.
Pero la esperanza nunca es una actitud pasiva en la que resignadamente aguantamos y esperamos salir de la situación en la que nos encontremos deseando que se nos dé aunque nada pongamos de nuestra parte un mañana mejor. No es así de ninguna manera como hemos de ver y sentir lo que es nuestra esperanza cristiana.
Es una disponibilidad y una apertura, pero es ir ya transformando nuestras actitudes o nuestra manera de ver y hacer las cosas porque el que está vigilante está activo, está haciendo además todo lo posible no solo para no dormirnos sino para tener preparado todo lo que sea necesario para cuando llegue el cumplimiento de esa esperanza.
Es lo que nos está enseñando esta parábola que hoy se nos ofrece. No se puede estar pasivamente durmiéndose en la vida. Hay que estar vigilante y activo, sabiendo estar preparado y tener las cosas disponibles. El que espera tiene que estar en la sintonía del amor, pero eso al que espera nunca le faltará la alegría y el gozo que está pregustando de lo que va a llegar. El que de verdad espera en esta sintonía de amor no se amarga ni sufre por la tardanza, sino que le hará estar más vigilante y mejor preparado. Es la actitud, la postura que hemos de tener en la vida ante lo humano que nos sucede cada día, pero también en lo sobrenatural que Dios nos regala.

viernes, 26 de agosto de 2016

No dejemos para después el cultivo de nuestra vida interior para que podamos estar preparados para el encuentro con Dios y con los demás que llegan a nuestra vida


No dejemos para después el cultivo de nuestra vida interior para que podamos estar preparados para el encuentro con Dios y con los demás que llegan a nuestra vida

1Corintios 1,17-25; Sal 32; Mateo 25,1-13

Cuántas veces nos ha sucedido. Tenemos una serie de cosas que hacer, pero nos decimos, bueno, mas tarde lo hago, aun tenemos tiempo, eso lo hago yo luego en un momento, pero llegó el momento de tenerlo realizado y no lo habíamos hecho, o nos vimos en apuros para terminarlo corriendo porque el tiempo apremia o porque nos surgieron problemas que no preveíamos y luego no encontrábamos solución para poder tenerlo todo a punto. Nos creíamos capaces de resolver todas las dificultades, porque aquello nos parecía fácil, pero luego no fue tan fácil o nos complicamos con tantas cosas que no lo pudimos tener a tiempo.
Experiencias así habremos tenido quizá muchas y luego nos lamentábamos, y nos prometíamos que eso no nos volvería a suceder, pero tropezamos una y otra vez en la misma piedra y no terminamos de tener la sensatez de hacer las cosas bien y en su tiempo, sin dejarlo para más tarde.
Esto que estoy comentando de las cosas ordinarias de la vida que nos suceden cada día nos puede suceder en los ámbitos de la vida interior, de la vida espiritual y de la vida cristiana. Sabemos que tenemos que superarnos en esto o en aquella otra cosa que tantas veces me hace tropezar, pero nos creemos fuertes y que sabemos como hacerlo y que ya en otro momento lo vamos a hacer. Y no nos cuidamos por dentro, y no cultivamos nuestra vida interior, y hay una serie de valores a los que quizá damos poca importancia, pero que luego su falta va hacer que nos demos cuenta de la debilidad de nuestra vida interior.
Sabemos las cosas, sabemos lo que tenemos que hacer y hasta quizá nos atrevemos a querer enseñárselo a los demás en nuestra tarea educadora como padres o en otra cualquier función que desempeñemos en nuestra sociedad y en la que podríamos influir pero luego para el crecimiento de nuestra vida interior no hacemos nada o al menos todo lo que tendríamos que hacer.
De eso y de muchas cosas más nos está hablando Jesús hoy con la parábola que nos propone en el evangelio. Las jóvenes amigas de la novia que tenían que salir al encuentro del novio que venía para la boda y que tenían que esperar con lámparas encendidas, tanto para iluminar el camino como luego también la sala del banquete. Pero la mitad de ellas no fueron previsoras, no llevaron aceite de reserva porque pensaban que con el que tenían en la lámpara sería suficiente, pero las cosas se complicaron con la tardanza de la llegada del novio. Se les apagaron las lámparas, no les valía el aceite de sus compañeras sino que tenían que afanarse el propio y cuando llegaron la puerta estaba cerrada. Se quedaron fuera, como tantas veces nos sucede a nosotros en tantas cosas.
Que no se nos apaguen las lámparas; que tengamos la suficiente previsión; que cultivemos en verdad nuestra vida interior para que tengamos esa fuerza que necesitamos en la camino de cada día; que haya esa verdadera sensatez en nuestra vida.

sábado, 9 de agosto de 2014

Una lámpara encendida para mantener viva nuestra fe y nuestra esperanza nos hace vivir un compromiso de amor

Una lámpara encendida para mantener viva nuestra fe y nuestra esperanza nos hace vivir un compromiso de amor

Os. 2, 16-17.21-22; Sal. 44; Mt. 25, 1-13
‘A medianoche se oyó una voz: Que llega el esposo, salid a recibirlo. Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas…’ Había que tener la lámpara encendida para cuando llegara el esposo y poder entrar al banquete de bodas.  Ya hemos escuchado el evangelio, era necesario tener suficiente aceite para que se mantuviera la lámpara encendida.
Una imagen muy significativa la de la lámpara encendida. Vamos a ponernos, aunque fuera virtualmente como ahora se dice, delante de la lámpara encendida para ver cuánto nos puede decir. De entrada podríamos decir, al hilo de las circunstancias de la parábola, que es la imagen de una espera, de una esperanza; mientras esperaban al esposo, como signo de que en verdad estaban preparadas para iluminar primero el camino y luego la sala del banquete, había de tenerse la lámpara encendida. Cuántas esperanzas nos mantienen despiertos pero con la lámpara encendida se disipan las oscuridades de las dudas e incertidumbres; se mantiene viva la esperanza y se superan las congojas y angustias que nos pudieran aparecer, porque esperamos que quien venga nos puede ofrecer algo nuevo y distinto, algo mejor.
Con la lámpara encendida no nos podemos dormir porque hemos de estar vigilantes para recibir al que llega, pero vigilantes también para que no se apague manteniendo siempre el necesario combustible que la mantenga encendida.
Esa lámpara encendida es luz que ilumina, que nos hace vernos pero que nos hace ver con un brillo o una claridad distinta cuanto no rodea; nos ayuda a conocernos y comprender lo que somos y nos hace descubrir quizá la tarea que tenemos que realizar; no solo constatamos la realidad de cuanto nos rodea, también quizá en lo crudo de sus carencias o limitaciones, al tiempo que nos abre caminos de compromiso que nos llevan a la acción, a ver lo que tenemos que hacer, a intentar quizás que las cosas sean distintas y mejores.
¿Será la luz de la fe? ¿Será la luz de la Palabra que nos descubre el misterio de Dios y lo que es la grandeza de nuestra vida? ¿Cómo podemos avivar esa luz que no se apague nunca e ilumine siempre con un sentido nuevo y luminoso nuestra vida?
Esa lámpara encendida puede ser un punto de encuentro, una referencia para que vayamos los unos al encuentro de los otros y aprendamos a conocernos y a caminar juntos; esa lámpara encendida nos hace salir de nosotros mismos para no vivir ensimismados en nuestro yo y nos haga comprender la riqueza que encontramos en los otros y la riqueza que encontramos cuando caminamos juntos porque así nos apoyamos, así nos motivamos los unos a los otros, así nos sentimos estimulados a crecer y madurar en nuestras mutuas relaciones que habrán de ser distintas porque esa luz nos une, esa luz crea unos lazos de comunión entre los unos y los otros.
¿Será la luz del amor que nos caldee los corazones para comenzar a amarnos con un amor nuevo y distinto? ¿Dónde podemos encontrar ese combustible que mantenga la lámpara encendida pero también vivo el calor del amor en nuestro corazón?
Es la lámpara encendida que nos hace profundizar para mirar allá en lo más hondo de nuestro ser, pero que también nos hace mirar a lo alto y también más allá de lo presente o de lo que puedan ver nuestros ojos materiales en una profundidad que nos dará trascendencia porque ya no nos quedamos solo en el momento presente, sino que no da una visión de futuro, una visión de eternidad donde podamos alcanzar la plenitud total. Es la luz de la Sabiduría de Dios que hemos de prender en nuestra vida y que nos dará un conocimiento nuevo y distinto.
Es la luz que despierta en nosotros ansias de futuro y de vida sin fin; es la luz que nos eleva hasta Dios pero que al mismo tiempo nos hará ver a Dios a nuestro lado, en nuestro mismo camino, queriendo venir a habitar en nosotros y en nuestro corazón e invitándonos a ir hasta El para que con El habitemos y con El participemos del Banquete de las Bodas eternas.
Pero, ¿no será la luz que en nuestra vida hemos de prender para que al mismo tiempo seamos nosotros también luz para iluminar a los demás? No olvidemos que somos invitados a ser luz del mundo y sal de la tierra.
Muchas cosas nos puede sugerir esa lámpara encendida ahí delante de nuestros ojos, pero también se convierte en una exigencia para nosotros de no dejarla apagar, de mantenerla siempre encendida. ¿Dónde y cómo podemos alimentarla? Lo maravilloso es que Aquel a quien esperamos y que es la razón para que la mantengamos encendida, se convierte también en Aquel que alimenta esa luz, en la medida en que permanezcamos unidos a El.

Que no se nos apague nunca esa luz; que no nos apartemos jamás de El, porque El es la verdadera Luz y sin el nosotros no podremos ser luz ni podremos mantener encendida nuestra luz.