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jueves, 2 de julio de 2026

Jesús quiere darnos nueva vida, inundarnos de su paz, que andemos en la verdadera libertad, ya todo será distinto, ha llegado la luz y el perdón

 


Jesús quiere darnos nueva vida, inundarnos de su paz, que andemos en la verdadera libertad, ya todo será distinto, ha llegado la luz y el perdón

 Amós 7, 10-17; Salmo 18; Mateo 9, 1-8

El evangelio de hoy habla de un paralítico, no se puede mover por sí mismo, no le escucharemos en el relato decir ni una palabra, lo traen en una camilla, pasivamente se deja hacer y se deja llevar por aquellas personas de buena voluntad que le ayudan, que en este caso lo traen ante jesús. 

Creo que el evangelio nos está provocando a que nos demos cuenta de otras parálisis que hay en la vida que van más allá de unos miembros del cuerpo inmovilizados, y que les hace sentirse inútiles a las personas. Esa inutilidad que sentimos en ocasiones que ya no es física es algo en lo que nos quiere hacer reflexionar hoy el evangelio. Cuántas veces nos quedamos paralizados en nuestra pasividad o nuestra impotencia, no sabemos qué hacer, por dónde empezar, nos dejamos llevar porque nos decimos que las cosas no pueden cambiar, que es imposible, que nos sobrepasan los problemas, que nos sentimos deprimidos, que no somos capaces de salir de nuestro círculo en búsqueda de nuevas salidas o nuevas soluciones, que nos acobardamos ante la multiplicidad de los males o problemas que se nos agolpan alrededor, que nos sentimos mudos sin saber qué responder ante lo que nos achacan o quieren culpabilizarnos… muchas parálisis de nuestro espíritu, mucha impotencia o pasividad, muchas camillas en las que anímicamente nos sentimos postrados.

A aquel paralítico que llevan ante Jesús lo primero que le dice es ‘¡Ánimo, hijo!, que tus pecados están perdonados’. Un revuelo de escándalo se levanta a su alrededor. Sorpresa quizás en aquellos que lo llevaban y que lo que deseaban era que Jesús lo levantara de la camilla y se pudiera valer por sí mismo. Pero es también la primera reacción que nosotros pudiéramos tener porque esperábamos otra cosa. La reacción de escándalo fue principalmente para los fariseos y maestros de la ley que por allí andaban que sienten que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. ‘Este blasfema’, se dice entre ellos.

Pero Jesus no blasfema. ¿Quién puede tener poder para curar a un paralítico? ¿No se está manifestando también ahí el poder de Dios como en el perdón de los pecados? Por eso dirá al paralítico ‘levántate, ponte en pie y vete a tu casa’.

Es importante sí esa parálisis de nuestros miembros pero son más importantes aún las parálisis que sentimos por dentro de nosotros. Jesus es el que ha venido a dar libertad a los oprimidos, y es lo que quiere hacer en lo más hondo de nosotros mismos. Las curaciones de nuestras enfermedades físicas son solo un signo de esa sanación que Jesus viene a traer a nuestro corazón. Quiere levantarnos también de esas postraciones que nos encierran, que nos inutilizan; quiere sanarnos de esas esclavitudes a las que nos hemos sometidos dentro de nosotros mismos con nuestros apegos, con nuestras rutinas, con nuestro encierro en la insolidaridad, con ese mal que corroe el corazón y nos llena de muerte. 

Cuando hemos preferido esas negatividades para nuestra vida le hemos estado dando la espalda a Dios, a lo que es el plan de vida y de redención que Dios nos ofrece, es nuestro pecado. Tenemos que dejarnos sanar, tenemos que dejar actuar a Dios en nuestra vida que con la fuerza de su Espíritu nos renueva y nos hace tener nueva vida. 

También Jesús nos dice que nos levantemos, que nos pongamos en pie, que vayamos allí donde está nuestra vida, pero no ya arrastrando una camilla o dejándonos arrastrar postrados en las camillas de nuestras depresiones, Jesús quiere darnos nueva vida, quiere inundarnos de su paz, quiere que andemos en la verdadera libertad. con Jesús ya todo será distinto, con Jesús ha llegado la luz a nuestra vida, con Jesús siempre encontraremos salidas y caminos a recorrer.


lunes, 16 de marzo de 2026

El camino de la vida, el camino de la fe, ante el que no nos quedamos en la pasividad que nos llevaría a la decadencia, un camino con riesgos pero lleno de mucha confianza

 


El camino de la vida, el camino de la fe, ante el que no nos quedamos en la pasividad que nos llevaría a la decadencia, un camino con riesgos pero lleno de mucha confianza

Isaías 65, 17-21; Salmo 29; Juan 4, 43-54

La vida para vivirla en intensidad necesita que nos pongamos en camino; no puede ser algo estático ni pasivo porque una actitud así merma nuestra vida. No puede ser nunca quedarnos pasivamente que todo nos lo den hecho o que de una forma mágica lleguen las cosas a nuestras manos; muchos juegan a la suerte, y no es solo es esa locura en la que vivimos en medio de sorteos esperando siempre que nos sonría la suerte, y esas nuevas servidumbres y dependencias pueden ser signo de esa pasividad con que vivimos la vida; que nos toque la suerte, que por suerte nos salgan las cosas bien, pero rehuimos el esfuerzo, el ponernos en camino, el querer buscar algo mejor o cómo desarrollarnos mejor.

Las pasividades nos hacen caer en decadencia, lo vemos en la historia cuando los pueblos se han dormido en sus laureles que detrás vendrá enseguida la dependencia, pero lo habremos experimentado más de una vez en la vida, en esa pasividad no nos esforzamos, no buscamos, no luchamos, terminamos en nuestras rutinas, la tibieza, la frialdad que nos dejará helados al fin.

Hoy el evangelio nos habla de caminos y de caminantes; será Jesús que viene desde Jerusalén atravesando Samaría hasta llegar a Galilea y nos mencionará incluso aquel lugar, Caná, donde Jesús hizo su primer milagro. Pero nos encontramos con alguien más que está en camino, aquel hombre principal con un hijo enfermo que viene a buscar a Jesús. Querrá que Jesús baje con él a Cafarnaún para curar a su hijo, pero Jesús le dice que su hijo vive.

¿Se fiará aquel hombre de la palabra de Jesús? Podría haber pensado que eran bonitas palabras de Jesús, poco  menos que para quitárselo de en medio. ¿Qué hará? ¿Confiará en la palabra de Jesús y se arriesgará a bajar solo con la incertidumbre de si en verdad su hijo se ha curado? Son tantas palabras bonitas que a veces nos decimos para quitarnos de encima a quienes nos pueden resultar pesados. Pero aquel hombre que con fe había acudido a Jesús ahora se fía de la palabra de Jesús y se pone en camino. Le saldrán al encuentro sus sirvientes para anunciarle que su hijo está curado.

Ha hecho un camino de fe, que también tiene sus riesgos pero también ha sabido obrar con confianza; un camino que muchas veces nos cuesta hacer, porque más que la confianza parece que utilicemos más la exigencia, o el palpar con nuestras propias manos el resultado de aquello que buscamos; pero también tenemos que dejarnos envolver por el misterio, no buscando lo mágico, sino sabiendo abrir los ojos a la fe, abrir los ojos con fe para ver lo nuevo que se nos puede ofrecer, lo que es lo verdaderamente importante, pero para decidirnos a emprender ese camino aunque nos cueste, con subidas y con bajadas, pero un camino en que tenemos la certeza de la presencia de Jesús, nos confiamos con toda seguridad en su Palabra, seguimos en nuestro camino de búsqueda donde se nos pueden abrir nuevos caminos.

Un camino que tendrá sus subidas y bajadas, como tendrá sus lugares oscuros, en los que nos aparecerá la incertidumbre y el miedo, donde a veces parece que se nos viene el mundo encima con los problemas, con los sufrimientos, con tantas angustias que nos pueden ir apareciendo en la vida. Pero no nos quedaremos en la pasividad, podremos alcanzar aquello que ansiamos y buscamos, aquello por lo que luchamos, no será en el momento que nosotros desearíamos, pero Dios nunca nos falla.


viernes, 30 de enero de 2026

No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

 


No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Salmo 50; Marcos 4, 26-34

No es lo mismo pasividad que saber estar pero dejar hacer. El pasivo se desentiende, no se preocupa pase lo que pase, de alguna manera es como si pensara que las cosas vienen solas y de forma automática. Pero cuando sabemos estar cumplimos con nuestra responsabilidad en lo que nos toca, mantenemos una vigilancia para ser consciente de lo que sucede, pero dejamos hacer, confiamos en las responsabilidades de los otros, cada uno en su lugar, pero también contemplamos el misterio de lo que recibimos como regalo, pero también el misterio de las personas que asumen sus responsabilidades, toman  parte en lo que les corresponde y son capaces también de desarrollarse como personas.

Hoy Jesús nos ofrece una parábola en que se nos ofrece la contemplación de ese misterio en lo que sucede sin que él intervenga; en este caso se nos hace contemplar la capacidad de la semilla por si misma de germinar y producirnos vida, nos hace ser agradecidos porque en ello estamos contemplando los dones de Dios en nosotros mismos y también en cuantos nos rodean. El labrador ha sembrado la semilla, ahora el campo florece por si mismo para que al final podamos recoger frutos. Descubrimos la acción de Dios y no pretendemos ocupar su lugar, con respeto y gratitud contemplamos.

Podemos pensar, como siempre hacemos cuando reflexionamos sobre esta parábola – recientemente la hemos meditado también – en la fuerza que por si misma tiene la semilla y en ella vemos la Palabra de Dios, sembrada en nosotros o que nosotros también tenemos que sembrar en los campos de la vida. Y tenemos que dejar que esa semilla actúe por dentro, en nosotros mismos o en quienes la queremos sembrar. Nuestra tierra que somos nosotros tenemos que estar dispuestos a acoger esa semilla y a dejar hacer en nosotros; si no la echamos en saco roto esa semilla un día germinará vida en nosotros o en aquellos donde la hemos sembrado. Es el actuar de Dios pero es la respuesta del hombre, que no es pasividad, que es dejarnos hacer por el Espíritu del Señor.

Pero me lleva a pensar esta reflexión que me estoy haciendo en la semilla sembrada en los demás. Tenemos que hacer que esa semilla también germine y dé su fruto, pero tenemos que saber respetar el ritmo de las personas. Nos pasa en todos los aspectos en los que tratamos de trasmitir algo a los demás, ya sea la tarea educativa que tengamos que realizar o ya sea la labor apostólica que podemos realizar. Queremos respuestas prontas, queremos que la gente cambie poco menos que de forma automática, queremos que lo que le indicamos a alguien sobre lo que tiene que hacer, ya desde el momento lo realice con toda perfección. Dejemos hacer, dejemos que cada uno dé sus pasos, sepa superar las montañas que tiene que atravesar o llegue a tener fuerza para dejar atrás cosas que quizás le perjudiquen. Nos volvemos impacientes e intransigentes. Creo que la parábola en eso también nos está dando lecciones.

Maravillémonos de ese actuar de Dios y seamos agradecidos por la paciencia que en su misericordia tiene con nosotros, porque no siempre sabemos dar la respuesta adecuada. Pero no nos durmamos. Tratemos de seguir creciendo por dentro, aunque nadie lo vea, pero iremos logrando esa madurez humana y cristiana que todos necesitamos. Vayamos dando esos necesarios pasos de nuestro crecimiento espiritual. Seamos esa tierra abonada y preparada para recibir esa semilla que produzca en nosotros frutos de santidad. Ojalá pudiéramos llegar a decir con la prontitud de María que se cumpla en nosotros lo que es la voluntad de Dios.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Un denario al final de la vida por nuestro trabajo que en la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, sino es el gozo de Dios

 


Un denario al final de la vida por nuestro trabajo que en la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, sino es el gozo de Dios

Jueces 9,6-15; Salmo 20; Mateo 20, 1-16a

Yo ahora estoy de vacaciones, a mi ahora que no me molesten, que este tiempo es para mi y no pienso dar golpe, nos dirá uno; otro nos dirá que ya está jubilado, que bastante ha trabajado en la vida, y para que va a andar ahora con preocupaciones; otro nos hablará que tiene su ‘paguita’, que bastante le costó conseguirla – aunque tendríamos que ver con que artimañas – y que ya el trabajo no es para él; otros están soñando y contando el tiempo que le falta para la jubilación porque bien se merece un descanso con todo lo que ha trabajado en la vida. Así podríamos seguir fijándonos en tantos que han llegado a una situación en la vida en la que reina la pasividad, el dejarse arrastrar por los días, en un vacío del que al final incluso nos van a decir que qué vida más aburrida.

Y yo realmente me pregunto ¿qué sentido tiene una vida así? ¿Eso es realmente vivir y gozar de la vida? ¿No tenemos nada que aportar a la vida con nuestros años, con nuestra experiencia, con la riqueza de espíritu, sabiduría, que hayamos podido acumular en nuestro interior?

‘¿Qué hacéis ahí ociosos todo el día?’ se pregunta aquel buen hombre que está buscando trabajadores para su viña. Es la parábola que hoy nos ofrece Jesús. No solo en la mañana al comienzo de la jornada, sino en diversas horas del día saldrá a la plaza y a los que va encontrando los va invitando a trabajar en su viña. Ya ha ajustado lo justo con los primeros contratados, aunque luego veremos realmente el pago que les ofrece a todos.

La parábola, es cierto, sugiere que aquellos que están en la plaza querían trabajar pero nadie les había contratado. Pero esa pregunta que hace aquel que va buscando trabajadores para su viña nos puede sugerir muchas más cosas; creo que nos puede estar planteando ese sentido que le damos a la vida y a nuestro trabajo; lo veremos luego en la valoración que hará aquel buen hombre del trabajo de todos, aunque fueran a trabajar en distintas horas. Era algo más que una remutación económica, aunque es cierto que con nuestro trabajo nos ganamos la vida, obtenemos unos medios para valernos y para tener una vida digna.

Pero el trabajo es mucho más. Estamos contribuyendo con nuestras posibilidades y capacidades a la vida de nuestro mundo. Podríamos decir quizás que no somos indispensables, pero sí que podemos pensar que ese grano de arena que yo estoy poniendo con mi trabajo, sea en lo que sea, o sea a la hora que sea de nuestra vida es importante para el bien de ese mundo en el que vivimos y vivimos interrelaciones los unos con los otros. De ahí cómo hemos de amar nuestro trabajo, cómo hemos de disfrutar con lo que hacemos, como sentimos el gozo que aquello que nosotros hacemos puede hacer felices a los demás. Hacemos una pelota, por ejemplo, y nos puede parecer insignificante, pero ¿habremos pensado en lo feliz que se a sentir un niño el día que juegue con esa pelota?

Nuestra vida en la pasividad no tiene sentido ni valor, no podemos andar dormidos por la vida porque decimos que ahora nos toca descansar, esa riqueza interior que hemos acumulado a través de nuestros años, nuestras luchas, nuestros logros, nuestras experiencias es algo que le debemos también a ese mundo que nos rodea y con ellos lo hemos de compartir.

¿Un denario va a ser el usufructo de lo que realicemos? En la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, es algo mucho más intenso porque es llenarnos del gozo de Dios.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Aprendamos del silencio de san José que es aprender de su fe para abrir nuestro corazón a Dios y aun en medio de la oscuridad sentirlo siempre a nuestro lado

 


Aprendamos del silencio de san José que es aprender de su fe para abrir nuestro corazón a Dios y aún en medio de la oscuridad sentirlo siempre a nuestro lado

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Salmo 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21

La fe ni es refugio conformista ni es pasividad, la fe no siempre nos aclara las dudas e interrogantes a la primera ni nos libera de tensiones en el espíritu para adormecernos en ante los problemas; la fe es camino que se abre ante nosotros dando firmeza a nuestros pasos, la fe nos da seguridad incluso cuando parece que hayamos perdido toda esperanza y dando trascendencia a lo que hacemos o vivimos llena de sentido nuestra vida; la fe es búsqueda pero también apertura del corazón para encontrar respuestas. No siempre es fácil mantenernos en la fe que profesamos, pero nos hace sentir que más allá de las soledades en que nos encontremos en la vida hay un Dios que siempre está a nuestro lado caminando con nosotros.

Hoy miramos a un hombre íntegro y maduro en su fe que a pesar de su silencio mucho tiene que enseñarnos y que es para nosotros modelo de ese camino de silencio que tantas veces tendremos que hacer en nuestra vida, sin aspavientos y sin llamar la atención pero con la conciencia de una gran misión. Estamos celebrando a san José, el esposo de María, el padre de Jesús porque esa fue la misión que se le confió sobre la tierra.

Comencemos por observar su silencio. No hay palabras de José en el evangelio. Sin embargo es mucho lo que nos está hablando con su silencio. En silencio, y algunas veces pareciera que en soledad, va afrontando los diferentes problemas que le van apareciendo en la vida. No hace aspavientos con los problemas sino que en silencio va rumiándolos en su corazón. Son oscuridades llenas de sueños, porque sueños tenemos todos en la vida en nuestras aspiraciones y deseos. Pero en san José pareciera que todo se va truncando porque ni entiende lo que pasa con María y de entrada encuentra pocas respuestas; prefiere que todo se quede en silencio porque a nadie quiere hacer daño. Pero no son los sueños de lo que El desee sino un nuevo sueño venido del cielo el que hable a su corazón.

No se ha cerrado a la presencia ni a la voz de Dios que ahora maravillosamente se le manifiesta. El misterio se le revela pero es para él ponerse en camino; un camino en el que luego le irán apareciendo nuevos tramos pero que El está dispuesto a asumir. Primero recoge a María, su mujer, en su casa, aunque le cuesta entender el misterio, pero se fía de la revelación de Dios. Era el designio de Dios que él obedece y que le compromete.

El camino seguirá en dirección a Belén, como posteriormente será el destierro en Egipto. Poco a poco parece que se va diluyendo la figura de José, y aunque a El no se le ha anunciado una espada que le atraviese el alma, como a María, tendrá el sufrimiento de los caminos en silencio, como lo será el silencio de su vida en Nazaret. Alguien un día mencionará que aquel nuevo profeta de Galilea es el hijo del carpintero, así sin nombre y sin ningún otro reconocimiento. Grande fe el camino recorrido como compromiso de su fe.

El también en silencio buscaba a Dios, aunque pareciera que había perdido a Dios con la pérdida de Jesús; pudiera parece que se pierden las esperanzas pero será constante en su búsqueda contra toda esperanza,  como un día buscaría al niño perdido hasta encontrarlo en el templo en medio de los doctores. ‘¿No sabías que tu padre y yo te andábamos buscando?’, no serán sus palabras sino las de María pero que reflejan bien lo que la fe fue búsqueda también para José.

¿Estaremos viendo nuestros recorridos por la vida con sus oscuridades y con sus sueños, con nuestras esperanzas perdidas en ocasiones y con nuestras dudas, con nuestros problemas y con nuestros tormentos, con esos momentos de soledad y silencio cuando nos parece que ni de la tierra ni del cielo nos llega ninguna señal, o cuando se abren ante nosotros caminos inciertos en los que no sabemos qué calvario vamos a encontrar?

Aprendamos del camino de José, aprendamos de su fe que también va creciendo y madurando para encontrar esa fortaleza del espíritu, no le hace cruzarse de brazos desde la pasividad ni ser conformista esperando que otros le den soluciones, sino que tenemos que aprender a ir poniéndonos en camino de búsqueda abriendo nuestro corazón para sentir a Dios que siempre estará a nuestro lado.

 

viernes, 6 de diciembre de 2024

¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad?

 


¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad?

Isaías 29, 17-24; Salmo 26; Mateo 9, 27-31

¿Será posible? Una pregunta que nos hacemos, muchas veces echando una mirada atrás, o viendo la realidad que vivimos, o una pregunta que podríamos llamar de futuro, una pregunta que encierra de alguna manera una esperanza de que sea posible algo mejor.

¿Por qué me suceden a mí estas cosas? ¿Qué he hecho? ¿Será posible que yo sea el único castigado? Preguntas así que nos hacemos cuando nos vemos envueltos en problemas, cuando las cosas no obtienen el resultado que esperábamos, cuando nos llega la enfermedad, un accidente, alguna cosa desagradable en la vida que de alguna manera nos desestabiliza. ¿Nos hundimos a veces parece que estamos en el borde y no sabemos qué hacer o a quien acudir? Unas preguntas del pasado y del presente, que podríamos llamar.

Pero también nos preguntamos sobre la posibilidad de algo mejor, de un futuro mejor. ¿Será posible que un día salgamos de esta situación? ¿Podremos encontrar un día una vida mejor? Y pensamos en nuestra vida personal con nuestros sueños, con nuestros deseos, con nuestros planes y proyectos, como al mismo tiempo miramos en derredor nuestro, nuestro mundo y nuestra sociedad con sus problemas, ¿será posible que un día podamos tener, podamos hacer un mundo mejor? Son las esperanzas que nunca nos deberían faltar y que nos dar fuerza, que nos hacen caminar con empuje y buen ánimo.

En este camino de adviento que estamos haciendo que tiene que ser siempre un camino de esperanza hoy se nos ofrece un texto del evangelio con mucho significado. Nos habla de un signo realizado por Jesús. ‘Dos ciegos seguían a Jesús gritando: ‘Ten compasión de nosotros, hijo de David’.

Muchas preguntas también se habrían hecho muchas veces dada su situación y el sentido que para ellos tenía el sufrimiento, el dolor, en este caso la ceguera, como un castigo, como una consecuencia de un pecado. Lo vemos reflejado muchas veces en los relatos del evangelio. ¿Qué hacer? ¿Resignación? ¿Vivir su pobreza y todas sus carencias dependiendo de las limosnas que en el camino pudieran ofrecerles? Una vida muchas veces de mucha pasividad y dependencia, porque su ceguera les impedía hacer una vida normal. ¿No entraremos nosotros en esa área de conformismo y pasividad cuando no vemos soluciones, nos cegamos con los mismos problemas?

Aquellos hombres vieron una tabla de salvación con el paso de Jesús. Tendrían ya conocimiento de los signos que Jesús realizaba. Podían recordar lo anunciado por los profetas, como es el texto que hoy también se nos propone, y como decían que si aquel profeta de Galilea podía ser el Mesías, ¿por qué no acudir a El pidiendo su compasión? Creían en verdad que era posible algo nuevo y distinto, que podrían recobrar la vista; por eso acuden a Jesús.

‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ les pregunta Jesús cuando finalmente al llegar a casa pueden acercarse a El. Están convencidos que sí. ‘Y entonces Jesús les tocó los ojos, diciendo: Que os suceda conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos’.

¿Estaremos convencidos también nosotros que sí? Nos lo preguntamos ante esta navidad que se acerca, nos lo preguntamos desde esa situación personal que cada uno vivimos con nuestras historias y con nuestros problemas, con las rémoras que aun llevamos en el camino pasado de la vida y con nuestros sueños y expectativas; nos lo preguntamos desde esa situación que vive nuestro mundo, con todo lo que está sucediendo en nuestro mundo; nos lo preguntamos desde la situación concreta de esa sociedad en la que vivimos donde seguimos contemplando tantas cosas que no entendemos, donde contemplamos tantas rupturas en la propia sociedad, donde contemplamos la acritud con que vivimos la vida social y política… son tantas cosas.

¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad? Lo que vamos a vivir en la navidad, ¿cómo nos va a afectar personalmente en nuestro mundo interior? ¿Afrontaremos de una manera nueva toda esa problemática que vivimos personalmente o que vivimos en nuestra familia? ¿Cómo va a ser una nueva luz para nuestra Iglesia? ¿Cómo nos sentiremos impulsados a hacer algo por mejorar nuestra sociedad?

¿Nos quedaremos conformistas y pasivos porque pensamos que nada podemos hacer, nada podemos cambiar? ¿Dónde está nuestra esperanza, una esperanza comprometida?

miércoles, 20 de noviembre de 2024

Salgamos de la pasividad conservadora de no perder lo que tenemos con el riesgo que significar abrir nuevos horizontes desde nuestra fe en nuestro mundo

 


Salgamos de la pasividad conservadora de no perder lo que tenemos con el riesgo que significar abrir nuevos horizontes desde nuestra fe en nuestro mundo

Apocalipsis 4, 1-11; Salmo 150; Lucas 19, 11-28

¿En qué ocupamos la vida? Eso viene a decirnos el sentido que la vida tiene para nosotros. Hay quienes no piensan en  hacer nada, simplemente dejarse llevar por la pasividad, a lo que salga, pasarlo bien y vivir la vida; pero claro, tendríamos que preguntarnos y ¿qué es vivir la vida?  Creo que una vida así no se vive, se soporta o nos queremos aprovechar de ella, pero nada aportamos.

Pero hay quienes se arriesgan, quieren salir de esa pasividad, buscan algo nuevo y algo mejor, algo que en verdad les haga sentirse vivos, y siempre estarán buscando qué hacer, no simplemente por ocupar el tiempo sino por darle sentido a su tiempo haciéndolo productivo. Pero es un riesgo, conlleva esfuerzo, no siempre vamos a encontrar el resultado apetecido tan pronto como deseamos, nos exigirá sacrificios, buscar metas, darle hondura a la vida, aunque haya tropiezos, se puedan cometer errores, pero encontraremos satisfacciones más hondas que las de aquellos que no hacen nada y se quedan en la pasividad. Es un riesgo, porque nos exigirá poner todo lo nuestro, lo que somos más que lo que tenemos, porque no son cosas solo lo que buscamos.

Y surgen las personas emprendedoras, aparecen nuevas iniciativas, desarrollamos toda nuestra creatividad, porque de alguna manera estamos siendo creadores de esa vida que vivimos, y por eso mismo sentimos mayor satisfacción. Lo vemos en el orden también de lo material, quien quiere emprender un nuevo negocio, quiere avanzar en la vida para no quedarse en lo de siempre, quien busca también ¿por qué no?, un beneficio material, una riqueza para su vida, tiene que arriesgar y esforzarse, no se puede quedar con los brazos cruzados esperando que todo se lo den hecho.

De esto nos está hablando Jesús en el evangelio. Lo hace como una lección amplia para nuestra vida, pero está también en aquellas circunstancias que ahora mismo están viviendo sus seguidores, pero de alguna manera lo que es la vida del pueblo de Israel. Estaban subiendo a Jerusalén, nos dice el evangelista. Y algunos de sus seguidores más entusiastas ya estaban pensando que llegaba la hora de aquel reino que Jesús tanto había anunciado; claro que seguían sin terminar de entender el sentido del Reino de Dios que Jesús les anunciaba. Algunos pensaban que era la hora de la restauración de Israel, con todas las connotaciones que aquello tenía en su mentalidad. Pero también pensaban que todo se les iba a dar por nada, surgía un Mesías, un liberador y todo estaba hecho. Pero Jesús les propone una parábola.

Alguien que va a buscar el titulo de rey, aunque hay muchos que no están de acuerdo, pero mientras él deja a sus más cercanos un encargo. Les reparte una minas de oro (era una expresión que tenían de esos valores o riquezas que poseían), pero a no todos reparte de la misma manera, unos más y otros menos. Han de negociarlo.

Ponerse a negociar es una habilidad y es también un riesgo, porque aquel con quien negociemos también tiene sus mañas y habilidades y él también quiere ganar. Lo que son los negocios de la vida, como bien sabemos. A su vuelta pide cuentas; unos han dado rendimiento, más o menos según sus capacidades y habilidades, pero hay quien no ha rendido nada, porque nada ha negociado, y así lo reconoce. Había guardado aquella mina de oro que le habían confiado para no perderla y ahora la entrega dando la razón del miedo que tenía de no ganar, de perderla. Y con él aquel que viene con el titulo de rey es muy severo.

Como decíamos, Jesús quiere hablarnos de una forma general para la vida y para nuestras responsabilidades, y ya tomamos nota. Pero Jesús quiere hablarnos de lo que hemos de hacer para realizar ese Reino de Dios. No nos podemos cruzar de brazos, no podemos decir que son tiempos difíciles, no nos podemos quedar en que la gente no responde por mucho que nosotros hagamos, no podemos quedarnos en la pasividad del que se resigna. Y cuidado que habemos cristianos resignados y pacíficos, cuidado que algunas veces también en nuestros ámbitos eclesiales nos falta ese entusiasmo, esa iniciativa y esa creatividad, cuidado que no contentamos, decimos, con conservar los que aun tenemos para que no se vayan, pero nada estamos haciendo para sean otros los que vengan, los que reciban el anuncio del Reino que tenemos que realizar.

¿Querremos entender de verdad lo que Jesús nos está diciendo con la parábola? ¿Llegará un momento en que terminemos por despertar y salir de nuestras rutinas? ¿Seguiremos los cristianos en nuestra dejadez y nuestro poco entusiasmo? ¿Seguiremos refugiándonos en nuestras reuniones de siempre y en nuestros rezos dentro de nuestros templos? ¿Nos daremos cuenta de que es algo más que organizar procesiones lo que los cristianos tenemos que hacer en medio del mundo?

martes, 22 de octubre de 2024

Vivir con esperanza es vivir con responsabilidad, es darle calidad a la vida y a lo que hacemos, y nos lleva a una nueva alegría que da optimismo a la vida

 


Vivir con esperanza es vivir con responsabilidad, es darle calidad a la vida y a lo que hacemos, y nos lleva a una nueva alegría que da optimismo a la vida

Efesios 2,12-22; Salmo 84; Lucas 12, 35-38

Estamos acostumbrados a ver esos vigilantes, que llamamos habitualmente seguritas, que se encargan de la vigilancia de determinados lugares o en ciertos acontecimientos; vigilantes, por ejemplo, que en la noche tienen que estar guardando la seguridad de un determinado lugar, bien desde cámaras de vigilancia, por ejemplo, repartidas por un edificio, bien sea en las rondas que durante su tiempo de servicio tienen que estar realizando continuamente; no se les permite que se distraigan con otras cosas para que puedan prestar bien ese servicio de vigilancia; su uniforme, sus medios de disuasión para los intrusos, pero sobre todo la atención que deben prestar. Al final de su servicio sin que haya ocurrido nada presentarán la guardia satisfechos de haber logrado prestar bien su servicio y recibirán el reconocimiento de quienes se lo han encargado.

Me viene a la mente este hecho ante lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. ‘Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros Estad. como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame…’ Ceñida la cintura y encendidas las lámparas, nos dice. Vestidos como quien tiene que salir a realizar un servicio – no acostados en la cama adormilados, podríamos decir – y con los medios adecuados como sería una luz para poder ver en las sombras a quien se acerca y llega. Atentos, porque no se sabe la hora de la llegada, y hay que estar prontos para abrir la puerta y recibir al que llega. Y con eso, nos dice Jesús, que se sienten dichosos, se sienten bien, se sienten a gusto, felices.

Y Jesús nos está diciendo que esa es tarea de nuestra vida. Vigilancia porque hay esperanza; al final dicha y felicidad porque se ha mantenido esa vigilancia, se ha cumplido con esa responsabilidad y se siente la satisfacción final. Una vigilancia y una esperanza vivida con alegría; es el gozo de la espera en la seguridad de lo que ha de venir, de lo que hemos de recibir, de la gloria de Dios que hemos de dar con nuestra vida.

No es fácil esa vigilancia en una noche oscura en la que parece que las horas se alargan. En ocasiones en la vida no nos es fácil mantenernos en esa tensión de la fidelidad; o  nos dormimos, o nos distraemos con otras cosas de las que quizás nos valemos para pasar el tiempo. Pero la vida no nos la podemos tomar como un dejar que pase el tiempo y veremos que la que al final tenga que suceder. La esperanza nunca puede ser pasiva, no es cruzarnos de brazos, es asumir nuestra vida, el lugar que en ella tenemos, lo que es nuestra responsabilidad, lo que nosotros podemos aportar, lo que tenemos que construir.

No es pasar la vida, dejando pasar el tiempo, que ya vendrá el final; es construir, es sentirnos responsables de esa vida, pero también de ese mundo en el que vivimos, por eso no puede haber pasividad, porque el que se siente responsable no actuar de una manera pasiva, sino que se siente activo, se siente con vida y con ganas de vivir. Por eso el que tiene esperanza será siempre una persona optimista, capaz de ver lo bueno que puede construir y se pone de manera activa a realizarlo. Siempre decimos que la esperanza es el gran motivo de nuestra alegría.  Se sentían dichosos, nos dice hoy el evangelio, aquellos criados cuando al final de su tiempo de vigilancia  tenían la satisfacción de haber realizado bien su tarea. Los hará sentar a la mesa aquel buen amo al encontrar a sus criados vigilantes y los irá sirviendo.

¿Viviremos así con esa alegría nuestra tarea y el cumplimiento de nuestras responsabilidades? Lástima esa amargura con que tantos viven su trabajo; no le han terminado de encontrar su sentido y su valor. Y cuando no vivimos con alegría nuestro trabajo seguro que no daremos el cien por cien, sino que simplemente nos contentaríamos con cumplir. Y ya sabemos la merma de calidad que va a tener una vida así y un trabajo realizado de esa manera. Creo que es una hermosa llamada de atención la que hoy Jesús nos está haciendo en el evangelio.

lunes, 8 de julio de 2024

Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

 


Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Salmo 144; Mateo 9, 18-26

Como tengamos salud, lo tenemos todo. Eso nos decimos muchas veces. Y no queremos la enfermedad ni el sufrimiento. Aunque muchas son las ambiciones que tenemos en la vida, - porque ¿quién no quiere sacarse la lotería con lo que podríamos tapar tantos huequitos, como decimos tantas veces? ¿Quién no quiere que las cosas le salgan bien, prosperen sus negocios, o vea el fruto de su trabajo? ¿Quién en el fondo no quiere tener éxito en la vida, ganar en prestigio, poder alcanzar grandes puestos que son como logros o triunfos en la vida? – sin embargo nos decimos que teniendo salud, lo tenemos todo. Nos aparece en un momento determinado la enfermedad y nos sentimos como descolocados, no sabemos cómo reaccionar, perdemos la calma y la serenidad, nos sentimos aburridos en la vida. Pero ¿solo esa salud corporal es verdaderamente lo importante?

Seguramente podemos llegar a darnos cuenta que detrás o por encima de esa salud corporal hay otra cosa que sí puede llenar la vida. No estamos enfermos, pero estamos tristes porque quizás nos duelen los desaires que nos puedan hacer los demás. No tenemos ninguna enfermedad a la vista ni en nosotros ni en los que amamos, pero quizás no tenemos auténtica paz en casa, en las relaciones entre los más cercanos y sentimos en nuestro interior que realmente nos falta algo que nos pueda hacer más felices. Y así podemos seguir haciéndonos más comparaciones pero es necesario sentir y descubrir lo que verdaderamente es la vida que hemos de vivir en plenitud.

Hoy el evangelio nos ofrece un episodio que realmente se desdobla en dos a lo largo de su desarrollo. En principio viene un padre angustiado; ¿por qué su angustia? Su hija está en las últimas o acaba de morir – según el relato de uno u otro de los evangelistas – y pide la presencia de Jesús en su hogar; quiere que vaya le imponga las manos a su hija para que haya vida.

De camino una mujer se atraviesa, vamos a decirlo así, en el camino; viene con su enfermedad, sus hemorragias que no se curan, a pesar de haberse gastado todo lo que tenía en médicos y medicinas; pero aquella mujer tiene una confianza plena en Jesús, por eso se atreve a tocar el manto de Jesús intentando que ni siquiera El lo note. En aquella mujer hay muchos miedos y temores; su enfermedad la hacía impura y no podía presentarse en medio de la gente; después al sentirse curada sigue aún temiendo el verse descubierta, por eso intenta pasar desapercibida entre la gente hasta que no le queda más remedio que reconocer lo que ha hecho y presentarse ahora ante Jesus.

¿Es solo la enfermedad o la muerte en sentido físico lo que está afectando a estas personas? Hay angustias y otros sufrimientos del espíritu, hay miedos y desconfianzas que le hacen ocultarse; hay una paz que falta en el corazón; hay un no terminar de reconocer lo que se es también con sus debilidades, hay una turbación del espíritu que parece difícil de curar. Todavía Jairo siente desconfianza cuando aun yendo ya Jesús de camino le vienen a anunciar que ya no hay nada que hacer.

Pero cuando aquella mujer reconoce toda su situación y es capaz de manifestarse con libertad también delante de los demás, no sólo ha recobrado su salud sino que ha recobrado su dignidad, su confianza en sí misma, su propia valoración. ‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús; pero solo le ha curado de sus hemorragias sino que la ha curado dentro de sí misma, pero ahora sí que se sentirá otra mujer en toda su grandeza.

Te he dicho que te basta la fe, le dice Jesus a aquel hombre que parece que lo ve todo perdido. Todo cambia a la llegada de Jesús a aquella casa; no se necesitan aquellas plañideras, no hay porque seguir con crespones de duelo, pero ha renacido la vida, hay que volver al ritmo y a la armonía de aquel hogar donde los padres se vuelven a sentar con los hijos para comer juntos, con todo lo que eso puede significar. ‘Dadle de comer a la niña’, les dice Jesus cuando la levanta de su postración. Jesús viene a levantarnos de nuestra postración, esa postración de nuestras angustias y desánimos, de nuestras desesperanzas y de verlo todo negro, de nuestras pasividades y desalientos, de seguir arrastrándonos por la vida cuando podemos caminar con dignidad por nosotros mismos.

Es algo más que la salud física, del cuerpo, o la liberación de una enfermedad; hay otras cosas que pueden hundirnos y de lo que Jesús quiere levantarnos, es esa paz que quiere poner en nuestros corazones, ese buen ánimo para enfrentar la vida aún cuando aparezcan momentos duros y difíciles.

¿Comprenderemos lo que es verdaderamente importante y nos hace plenamente felices?


jueves, 29 de febrero de 2024

El cristiano va siempre con los ojos bien abiertos, no vuelve su rostro hacia otro lado al pasar junto a los demás y sus manos siempre están tendidas para sanar y para compartir

 


El cristiano va siempre con los ojos bien abiertos, no vuelve su rostro hacia otro lado al pasar junto a los demás y sus manos siempre están tendidas para sanar y para compartir

Jeremías 17, 5-10; Salmo 1; Lucas 16, 19-31

No sabía nada, nos disculpamos tantas veces; no me había enterado, nadie me dijo nada, seguimos auto justificándonos, porque aquello que sucedió, la muerte de aquella persona, de aquel vecino quizás a la puerta de nuestra casa, nos sorprendió porque no lo esperábamos. 

Pero quizás tenemos que interrogarnos a nosotros mismos, ¿es que tú te habías interesado alguna vez por esa persona? ¿Fuiste capaz de notar su ausencia y preocuparte por lo que podía pasarle? Vivimos tan absortos en nuestras cosas que muchas veces no nos enteramos de lo que sucede a la puerta de nuestra casa. Es una lástima que vayamos con tanta insensibilidad por la vida. Quizás luego hasta nos quejamos porque nadie me atiende, me visita, o se interesa por mí.

Quizás cuando escuchamos la parábola que nos ofrece hoy el evangelio pronto nos hacemos nuestros juicios sobre la actitud de aquel hombre, al que luego encima llamamos el rico epulón. Nos parece incomprensible que estuviese banqueteando y haciendo fiesta en su casa mientras a su puerta estaba el pobre Lázaro, al que solo los perros le lamían las llagas, porque nadie hacia nada por él pasando necesidad y poder alcanzar alguna migaja que cayese de la mesa de aquel rico a cuya puerta estaba.

Luego en el desarrollo de la parábola veremos al pobre en el seno de Abrahán mientras el rico estaba sumergido, por decirlo de alguna manera, en el abismo del infierno, deseando que alguien viniera a calmar lo amargo de sus labios. Un abismo inmenso los separaba ahora en la eternidad, como consecuencia de aquel abismo que había creado aquel hombre en vida entre él y los que estaban a su alrededor. Suspiraba porque a sus hermanos no les sucediera lo mismo y allí estaba pidiendo que fuera enviado Lázaro como mensajero a sus hermanos para que no cayeran en su mismo error y en sus mismos abismos. ‘Tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen’, se le dice desde lo alto, pero él insiste en que si un muerto se les aparece ellos creerán. ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto’, se les señala.

¿Qué se nos está queriendo decir con esta parábola? Amplio y diverso es el mensaje. ¿Cómo rompemos esa espiral de insensibilidad en que nos metemos en la vida? Algunas veces decimos, yo no hago mal a nadie, yo no molesto, no me meto con nadie, y con eso queremos justificarnos. Aquel rico no hacía mal a nadie, él vivía su vida de puertas para adentro, lo que sucedía es que no era capaz de prestar atención a lo que sucedía a su alrededor. 

No podemos decir que somos buenos solamente porque no hacemos mal, porque no molestamos, no hablamos mal ni criticamos ni levantamos calumnias, tampoco tenemos resentimientos en el corazón contra nadie porque a nadie queremos mal, sino que dejamos que cada uno viva su vida y no nos metemos con los demás.

Pero bien creo que podemos comprender que cuando queremos entrar en la órbita del amor que nos enseña Jesús no es eso solo lo que tenemos que hacer; eso sería un amor pasivo e inactivo, podríamos decir, pero el amor verdadero tiene que ponernos en camino, el amor verdadero nos tiene que llevar al encuentro con los demás, el amor verdadero tiene que llevar a hacer el bien aunque no nos pidan nada, pero el amor verdadero tiene sensibilidad en el corazón y ve donde tiene que poner la mano para sanar, para levantar, para servir de apoyo en el camino, para consolar, para compartir.

El amor verdadero no nos puede dejar con los brazos cruzados y es demasiado que nos cruzamos los brazos en la vida, porque no nos queremos meter en líos, porque no queremos complicarnos nuestra vida, porque nos aislamos y vivimos encerrados en nuestro círculo. Por eso Jesús nos dirá que tenemos que saber hacernos los últimos y los servidores de todos.

El cristiano verdadero es el que va siempre con los ojos bien abiertos, no vuelve su rostro hacia otro lado cuando pasa al lado de los demás, y sus manos siempre están tendidas para sanar y para compartir.

jueves, 31 de agosto de 2023

Hoy jesús en el evangelio nos está diciendo que nos preparemos y andemos vigilantes, no nos podemos quedar, pues, en una pasividad de la vida, sino en poner actitudes nuevas y positivas


  

Hoy Jesús en el evangelio nos está diciendo que nos preparemos y andemos vigilantes, no nos podemos quedar, pues, en una pasividad de la vida, sino en poner actitudes nuevas y positivas

1 Tesalonicenses 3, 7-13; Sal 89; Mateo 24, 42-51

'La próxima semana hay examen', le dice el profesor a sus alumnos, 'prepárense', y allá veremos a los alumnos preocupados quizás por lo inesperado del anuncio pero poniendo todo su empeño y esfuerzo para preparar debidamente el examen. Prepararse significa un repaso más exhaustivo de lo estudiado, significa dedicar más tiempo para el estudio renunciando, aunque fuera de momento, a otras actividades, organizar su tiempo, sus ocupaciones, sus horarios; no pueden quedarse quietos, no significa quedarse pasivamente que llegue la hora del examen para ver cuales son las preguntas que se van a plantear, sino estudiar todas las posibilidades para poder dar respuesta adecuadamente.

Así podríamos o tendríamos que pensarlo de muchas situaciones a las que nos enfrentamos en la vida; así tendríamos que pensarlo de la vida misma que vamos viviendo cada día y que muchas veces no sabemos darle la intensidad adecuada. Es lo que vamos haciendo en años de formación, de estudio, de aprendizaje y de prácticas que vamos realizando y nos irá conduciendo a una madurez en la vida, a vivirla mejor y aprovechar también todas las oportunidades que se nos van ofreciendo.

Hoy Jesús en el evangelio nos está diciendo también que nos preparemos, que andemos vigilantes. Y nos habla de la vigilancia que ha de tener el dueño de cada para que nadie, por ejemplo, le entre a robar en ella, o para que ninguna situación adversa lo encuentre desprevenido y se puedan producir daños en sus posesiones. Y nos habla del servidor, del que está encargado de los servicios de la cada y tendrá que estar atento para abrir la puerta cuando llamen a ella, o cuando llegue su amo, y que tendrá que saber organizar todo el servicio para todas las cosas estén a punto en el momento oportuno.

Nos propone Jesús diversos ejemplos de situaciones de la vida como modelo de esta vigilancia interior que cada uno ha de vivir en su propia vida. No podemos vivir la vida a la ligera; no podemos vivir la vida a lo loco; hemos de saber mostrarnos responsables de lo que somos, de lo que tenemos, de todo lo que es la vida que tenemos en nuestras manos. Es amplio el espectro en el que tendríamos que fijarnos. No es solo la materialidad de las cosas que podamos poseer, sino es todo lo que conforma nuestra vida desde lo más profundo de nosotros mismos. Aquí tendriamos que mirar nuestra interioridad, ahí tendríamos que mirar a nuestra conciencia, a nuestros valores, a los principios que rigen nuestra vida, a todo aquello que da sentido a nuestra existencia.

Quizás andamos preocupados por los bienes o las cosas materiales que podamos poseer y estamos muy atentos a no perderlas, pero fácilmente nos olvidamos de nuestro espíritu y no nos preocupamos tanto de fortalecer una espiritualidad que nos eleve, que nos haga encontrar nuestra grandeza, que le dé verdadero sentido a nuestra vida, que nos conduzca a una verdadera plenitud.

¿Nos preocupamos de nuestra vida espiritual? ¿Nos preocupamos de creer interiormente? ¿Nos preocupamos de ir superándonos más y más en el día a día de nuestra vida para corregir errores, para enderezar caminos equivocados, para arrancar malas costumbres de nuestras vidas que se van arraigando poco a poco en nosotros y nos crean vicios y dependencias? ¿Sabremos hacer crecer más y más el amor en nuestra vida manifestando en nuestros gestos y en nuestras palabras, en los detalles de delicadeza que tengamos con los demás o en esa generosidad de nuestro compartir?

Hoy nos decía san Pablo en la carta a los Tesalonicenses que hiciéramos creer más y más nuestro amor hasta rebosar para inundar y para empapar cuanto nos rodea.

'En cuanto a vosotros, que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos a vosotros; y que afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos'.

¿Será así el crecimiento de nuestro amor? ¿Será así como respondemos a esa invitación que nos está haciendo Jesús para que estemos preparados?


lunes, 24 de octubre de 2022

Nos hace falta madurar más nuestro amor, nos hace falta madurar más nuestra relación con Jesús, nos hace falta madurar más el evangelio en nuestra vida

 


Nos hace falta madurar más nuestro amor, nos hace falta madurar más nuestra relación con Jesús, nos hace falta madurar más el evangelio en nuestra vida

Efesios 4, 32 — 5, 8; Sal 1; Lucas 13, 10-17

‘Hay seis días para trabajar; venid, pues, a que os curen en esos días y no en sábado…’ era la argumentación que ponía el jefe de la sinagoga ante la situación embarazosa que se había producido. Es más, en este caso, nadie había pedido nada. Estaban el sábado en la sinagoga como era costumbre y es Jesús el que se adelante cuando ve a aquella mujer enferma, encorvada sin poderse enderezar, allí en medio de la gente. ‘Mujer, quedas libre de tu enfermedad’, le dice Jesús cuando la llama.

Que vengan otro día a curarse, que bastantes días tiene la semana. No es tan lejano de muchas cosas que suceden, siguen sucediendo hoy. También tenemos unos horarios, pero eso sería lo de menos si no fueran otros límites que también seguimos poniendo. Un larvado racismo que algunas veces nos aparece aunque queramos disimularlo de muy buenas intenciones. Esos emigrantes que les quitan trabajo a los que aquí no tienen trabajo, decimos en ocasiones; esas ayudas que se reparten mientras los de aquí no tienen donde caerse muertos, y ponemos cara de tragedia, pero no vemos cuales son los trabajos y las condiciones de trabajo que les imponemos a muchos de esos emigrantes.

Y la gente discute por estas cosas con mucha pasión que algunas veces ciega. Pero vamos poniendo etiquetas, y vamos creando principios, y queríamos poner no se cuentas condiciones, y cargamos con el sambenito de maleantes simplemente porque vienen de otro país, y pasamos de largo cuando nos tienen la mano a nuestro paso por la calle o incluso en la puerta de nuestras iglesias. Claro que podríamos pensar también en otras situaciones, porque desde muchos aspectos y conceptos seguimos discriminando a muchos que están en nuestro entorno.

¿Habremos pensado alguna vez en el drama que hay detrás de ese rostro? ¿Seremos conscientes del sufrimiento que puede haber en ese corazón? Si junto a ti estando caído en la calle pasaran de largo sin ni siquiera mirarte, ¿cómo te sentirías? ¿Qué es lo que pensarías? ¿Nos habremos atrevido alguna vez a acercarnos a alguna de esas personas para preguntarle qué es lo que necesita?

Te digo una cosa, eso cuesta. No siempre nos sentimos fuertes para acercarnos a una persona y preguntarle cual es su problema o en qué podemos ayudarle. Aparecen nuestros miedos, nuestros temores, qué nos va a responder, por qué tengo que interesarme por esa persona, y si no soy capaz de hacer nada estaré creando falsas esperanzas… muchas cosas que nos pueden dar vueltas en nuestra cabeza y en nuestro interior. Nuestro miedo quizás a sentirnos comprometidos. El no saber hasta dónde podemos llegar. Y no son disculpas que estoy poniendo ante esa pasividad que muchas veces nos envuelve, pero es nuestra realidad, nuestra débil realidad.

Yo soy el primero que soy débil, que me siento débil; que reconozco que muchas veces soy cobarde. Al  hacer esta reflexión que os ofrezco siento que soy el primero que me siento recriminado por la Palabra de Dios que a mi me está haciendo también muchas preguntas.

No terminado nosotros aun de sentirnos cogidos y envueltos por el amor de Dios. Nos hace falta madurar más nuestro amor; nos hace falta madurar más nuestra relación con Jesús; nos hace falta madurar más el evangelio en nuestra vida, para que casi como de forma espontánea surjan esos gestos comprometidos de amor.

miércoles, 18 de agosto de 2021

Siempre hay una hora donde podemos de nuevo comenzar a sembrar porque grande y amplio es el campo que tenemos ante nosotros

 


Siempre hay una hora donde podemos de nuevo comenzar a sembrar porque grande y amplio es el campo que tenemos ante nosotros

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20, 1-16a

¿A dónde voy yo a estas alturas?, pensamos algunas veces.  Bien porque nos parece que se nos ha pasado la hora, y ya llegamos tarde, bien porque pensamos qué es lo que podemos nosotros aportar si ya hay tanta gente que está haciendo cosas. Lo pensamos en referencia a nuestras actividades de la vida social, nuestra relación con los demás, o los compromisos que podríamos adquirir. Lo pensamos porque quizás ya nos creemos mayores y que nuestra hora se ha pasado, y que quizás ya nuestra vida se ha de reducir a ir viviendo sin más pero sin complicarnos demasiado las cosas. Lo pensamos en todo lo que significa el progreso de nuestra propia vida, en los deseos de superación que tendríamos que tener, en las cosas que podríamos mejorar en nosotros mismos o incluso en el desarrollo de valores que podemos tener ocultos ahí en nosotros y nos da pereza hacerlos salir a flote.

Muchas son las cosas que podríamos pensar en este sentido. Mucha puede ser la pasividad con la que vivamos, o quizá las cansancios que han ido apareciendo en la vida desde frustraciones de cosas no logradas, de fracasos en algunos momentos y ya pensamos que a dónde vamos a ir.

Hoy Jesús con su parábola en el evangelio nos da respuesta. Nunca podremos decir que es demasiado tarde, nunca podremos pensar que se nos pasó la hora; nunca nos podemos resignar a decir aquí no hay nada que hacer o yo no puedo aportar nada; nunca cabe la pasividad en la vida de quedarnos simplemente sentados en la plaza sin salir al encuentro de algo nuevo que siempre se nos puede ofrecer; nunca podemos pensar que ya es tarde para comenzar a esta hora; nunca nos podemos dejar envolver por actitudes pasivas ni por el conservadurismo que ya todo está hecho porque otros lo han hecho muy bien y yo nada puedo aportar. Siempre hay un momento para comenzar.

Es el hombre que salió a buscar jornaleros para su vida desde muy de mañana, pero que luego siguió saliendo en distintas horas del día e incluso cuando parecía que ya todo se iba a acabar, y siempre encontró a alguien nuevo que enviar a su viña. Para todos tenía su denario.

Pensamos en la vocación y la llamada que nos hace el Señor que puede ser a cualquier hora del día de nuestra vida, pero tenemos que pensar también en ese campo abierto que tenemos ante nosotros y en el que tenemos tanta semilla que sembrar. Un testimonio, una palabra, un gesto, una mano tendida hacia el otro lo podemos hacer o lo podemos dar en cualquier hora de nuestra vida.

Siempre hay en ti una buena semilla que sembrar, siempre hay la posibilidad de un campo abierto ante tu vida donde puedes realizar tu labor. No podemos andar con cobardías ni mezquindades, no nos podemos quedar en conservadurismos ni pasividades, no podemos ir enterrando talentos sin hacerlo fructificar, no podemos seguir parapetándonos tras nuestras comodidades que muchas veces son cobardías.

Lo hacemos por la gloria de Dios. Eso es lo importante. No nos podemos quedar en nuestros cálculos humanos para sacar nuestros rendimientos. No podemos andar con medidas ni contabilidades de lo que hemos hecho o dejado de hacer. Nuestro premio es el Señor. En sus manos nos ponemos con toda confianza porque ya es un gozo grande poder trabajar en la viña del Señor. Y el Señor sigue confiando en nosotros.