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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

 


Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

Proverbios 30, 5-9; Salmo 118; Lucas 9, 1-6

En tus manos está, en tus manos lo dejo, decimos cuando queremos confiar a alguien la realización de algo que queremos importante, que no hemos de realizar por nosotros mismos, pero que ponemos toda nuestra confianza en alguien para que lo lleve a cabo. Confiamos en que es capaz, que tiene los medios o los conocimientos para realizarla, que tiene la autoridad quizás de una experiencia o también desde los valores y cualidades que posee y que estamos seguros de que podrá llevarla adelante.

Es lo que estamos viendo en este pasaje del evangelio; lo consideramos un momento clave e importante en que Jesús va, podríamos decirlo así, delegando en sus discípulos, a quienes como nos dice el evangelista les ha dado autoridad, para que sigan realizando su misión, el anuncio del evangelio con palabras y con signos. ‘En tus manos está, en tus manos lo dejo’, como decíamos al principio. Han de hacer el anuncio del Reino, han de mostrar los signos de que llega el Reino de Dios y los corazones han de cambiar. Por eso como dice el evangelista ‘les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades’ y terminará diciendo que ‘se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes’.

Y nos habla el evangelista de la disponibilidad que Jesús les pide, vacíos de sí mismos para que todo su apoyo y su confianza para la misión que han de realizar la pongan en Dios. ‘No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno’. No llevar nada para el camino significa no poner la confianza en las propias seguridades, medios o apoyos humanos, sino depender únicamente de la fuerza de la Palabra y de la providencia del Padre. La libertad interior del enviado nace de esta desnudez: quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino, como nos decía un teólogo de nuestro tiempo, Carlos María Martini.

Es necesario también una disponibilidad y una predisposición a ser acogedores pero también a ser acogidos, allí donde nos reciban. Es algo nuevo y distinto, es cercanía y es corazón; como les dirá Jesús en otro momento no pueden actuar a la manera de los jefes y poderosos de este mundo, porque la misión es la del servicio y para eso hay que ponerse a la altura de todos, también del más pequeño y del más bajo, porque en su Reino la grandeza está en el servir y en el hacerse el último de todos.

¿Será esta la imagen que damos los servidores del evangelio, la imagen que da la Iglesia hoy en medio del mundo que nos rodea? Tenemos, es cierto, que vivir en el mundo de hoy, con los medios de los que hoy disponemos, pero no tenemos que hacernos a la manera del mundo que nos rodea. Demasiadas veces cometemos el error de presentarnos con los parámetros del mundo y cuando llegan a confundirnos con las maneras de ser del mundo estamos perdiendo toda credibilidad. La Iglesia no puede ser nunca una sociedad a la manera de las sociedades del mundo. Otra tiene que ser la manera de ser ese rostro de Dios en medio de los que nos rodean.

Nuestra pobreza y nuestro espíritu de servicio tiene que ser la primera señal que demos, con esa cercanía a los demás estaremos diciendo cómo el Señor nos ama, nuestra fortaleza no tiene que estar en los medios o recursos humanos que utilicemos, porque nuestra fortaleza la tenemos en el Espíritu del Señor que tiene que llenar e inundar nuestra vida. El verdadero evangelizador tiene que revestirse desde lo más hondo de humanidad para poder mostrar esa ternura de Dios.

Y una cosa muy hermosa que está pidiendo Jesús a los que son sus enviados, han de ser sanadores de nuestro mundo. Nos hablaba de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba pero también de curar enfermos. No nos quedemos en el milagro por el milagro, porque tenemos una enfermedad de la que queremos ser curados, es una sanación mucho más profunda la que tenemos que realizar que va más allá de un cuerpo dolorido o impedido.

Las curaciones de los enfermos, es cierto, son signos que hemos de realizar, pero los signos nos hablan de algo más; hay dolor y sufrimiento que tenemos que curar, hay angustias en las que tenemos que poner serenidad, hay inquietudes en el corazón donde tenemos que orientar, hay oscuridades en la vida que tenemos que iluminar, hay muchos equívocos que tenemos que corregir, hay caminos que tenemos que enderezar, hay pobreza del corazón que tenemos que enriquecer, hay amor que tenemos que hacer florecer en tantos caminos llenos de odios y de insolidaridades, hay alegrías que tenemos que despertar en tantos corazones llenos de tristeza, hay un mundo nuevo que tenemos que sanar y reconstruir.

¿Estaremos siendo en verdad signos de esa nueva salud y salvación que Cristo viene a ofrecernos? En nuestras manos está, es nuestra responsabilidad y nuestra misión.


martes, 4 de febrero de 2025

Descubramos a Jesús en quien nos sale al encuentro y nos ofrece su oído para escucharnos, nos regala su palabra, vuelve su mirada hacia el borde del camino y nos llama

 


Descubramos a Jesús en quien nos sale al encuentro y nos ofrece su oído para escucharnos, nos regala su palabra, vuelve su mirada hacia el borde del camino y nos llama

Hebreos 12, 1 – 4; Salmo 21; Marcos 5, 21-43

Supongamos que tenemos que hacer una petición de algo que consideramos muy importante para nuestra vida; ya procuraremos preparar con todo cuidado la solicitud, las palabras que vamos a decir en nuestra petición o la instancia a presentar si ese es el camino; buscaremos quizás los más expertos que nos puedan aconsejar, nos valemos de las influencias que podamos conseguir de personas que desde su situación privilegiada pongan su mano, intercedan por nosotros si ese es el caso, o cuidaremos mucho la forma de presentarnos ante quien nos pueda atender en dicha solicitud. No iremos con las manos vacías y de cualquier modo.

¿Será esa la manera de proceder cuando acudimos a Dios desde nuestras necesidades o problemas? Creo que en este aspecto tenemos muchas cosas que revisar; con atención tenemos que leer, escuchar, empaparnos del evangelio que hoy se nos ofrece. ¿Qué necesitaríamos en verdad?

El evangelio es claro. Escuchémoslo desde el corazón y con mucha atención porque nos dice cosas importantes. Repasemos las situaciones que se nos describen. Un hombre, que en cierta manera era importante, era el jefe de la sinagoga, tiene una niña que está muy enferma y acude directamente a Jesús. Y Jesús se ofrece para ir directamente a su casa para darle vida a su niña. Por otra parte una pobre mujer, anónima entre la multitud de manera que pasa desapercibido incluso en la situación de la enfermedad que padece que en cierto modo oculta, pero que no sabe a quien acudir y se va directamente a Jesús, sin preparar palabras ni peticiones, pero con una certeza que le da su corazón desde la fe que la mueve; solo con tocarle el manto piensa ella que es suficiente.

Vendrán criados con malas nuevas para el jefe de la sinagoga, porque piensan que ya nada hay que hacer, pero Jesús le dice a aquel hombre que solo le ha pedido fe, ‘basta que tengas fe’. Aquella mujer, que nada dice, pero que se atreve a tocar a Jesús pero que ahora le está costando dar la cara cuando Jesús pregunta que quien le ha tocado, incluso con la aglomeración de gente a su alrededor, cuando se atreve a dar el paso adelante, tímida pero agradecida, Jesús le dirá que su fe le ha curado.

La única instancia necesaria ha sido la de la fe. Ni discursos con muchas palabras ni influencias de nadie que puedan aparecer como poderosos, sino la humildad del que se siente pobre y necesitado y con esa fe y con esa humildad acude a Jesús. No hacen falta antesalas porque todo va a suceder a pie de calle, no será necesario acudir ni al templo ni a la sinagoga, Jesús que se baja de la barca y allí lo aborda aquel hombre, Jesús que camina por la calle entre el remolino de gente que lo apretuja por todas partes. Pero la fe mueve montañas, como nos dirá Jesús en otra ocasión.

Y nosotros que nos cansamos de hacer largos rezos, nosotros que acudimos a la intercesión de todos los santos, nosotros que rodeamos de esplendor nuestro culto, nosotros que vamos con nuestras ofrendas por delante o al menos con nuestras promesas de no sé cuantas cosas haremos después, cuantas de alguna manera instancias que preparamos;  y Jesús nos dice que basta que tengamos fe, Jesús que se deja abordar por los necesitados o sale a su encuentro dejando que lo apretuje la gente o tiren de su manto, Jesús que se pone en camino allí donde falta la vida porque quiere hacer que la recuperemos, Jesús que no le importa que se rían de El porque está diciendo cosas que la mayoría influenciada por costumbres o rutinas no sabe comprender.

¿Aprenderemos a encontrarnos con Jesús? ¿Sabremos descubrirle en quien sale a nuestro encuentro en la vida y nos ofrece su oído para escucharnos, nos regala su palabra que nos anima, vuelve su mirada hacia quienes estamos al borde del camino, nos llama para que vayamos hasta El?

¡Qué hermoso es el evangelio! ¡Qué buena noticia nos trae Jesús! Dejémonos sorprender, comencemos a ver las cosas con los ojos de Jesús, despertemos de verdad nuestra fe y que sea la que mueva esas montañas de rutinas que paralizan nuestra vida.

 

lunes, 8 de julio de 2024

Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

 


Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Salmo 144; Mateo 9, 18-26

Como tengamos salud, lo tenemos todo. Eso nos decimos muchas veces. Y no queremos la enfermedad ni el sufrimiento. Aunque muchas son las ambiciones que tenemos en la vida, - porque ¿quién no quiere sacarse la lotería con lo que podríamos tapar tantos huequitos, como decimos tantas veces? ¿Quién no quiere que las cosas le salgan bien, prosperen sus negocios, o vea el fruto de su trabajo? ¿Quién en el fondo no quiere tener éxito en la vida, ganar en prestigio, poder alcanzar grandes puestos que son como logros o triunfos en la vida? – sin embargo nos decimos que teniendo salud, lo tenemos todo. Nos aparece en un momento determinado la enfermedad y nos sentimos como descolocados, no sabemos cómo reaccionar, perdemos la calma y la serenidad, nos sentimos aburridos en la vida. Pero ¿solo esa salud corporal es verdaderamente lo importante?

Seguramente podemos llegar a darnos cuenta que detrás o por encima de esa salud corporal hay otra cosa que sí puede llenar la vida. No estamos enfermos, pero estamos tristes porque quizás nos duelen los desaires que nos puedan hacer los demás. No tenemos ninguna enfermedad a la vista ni en nosotros ni en los que amamos, pero quizás no tenemos auténtica paz en casa, en las relaciones entre los más cercanos y sentimos en nuestro interior que realmente nos falta algo que nos pueda hacer más felices. Y así podemos seguir haciéndonos más comparaciones pero es necesario sentir y descubrir lo que verdaderamente es la vida que hemos de vivir en plenitud.

Hoy el evangelio nos ofrece un episodio que realmente se desdobla en dos a lo largo de su desarrollo. En principio viene un padre angustiado; ¿por qué su angustia? Su hija está en las últimas o acaba de morir – según el relato de uno u otro de los evangelistas – y pide la presencia de Jesús en su hogar; quiere que vaya le imponga las manos a su hija para que haya vida.

De camino una mujer se atraviesa, vamos a decirlo así, en el camino; viene con su enfermedad, sus hemorragias que no se curan, a pesar de haberse gastado todo lo que tenía en médicos y medicinas; pero aquella mujer tiene una confianza plena en Jesús, por eso se atreve a tocar el manto de Jesús intentando que ni siquiera El lo note. En aquella mujer hay muchos miedos y temores; su enfermedad la hacía impura y no podía presentarse en medio de la gente; después al sentirse curada sigue aún temiendo el verse descubierta, por eso intenta pasar desapercibida entre la gente hasta que no le queda más remedio que reconocer lo que ha hecho y presentarse ahora ante Jesus.

¿Es solo la enfermedad o la muerte en sentido físico lo que está afectando a estas personas? Hay angustias y otros sufrimientos del espíritu, hay miedos y desconfianzas que le hacen ocultarse; hay una paz que falta en el corazón; hay un no terminar de reconocer lo que se es también con sus debilidades, hay una turbación del espíritu que parece difícil de curar. Todavía Jairo siente desconfianza cuando aun yendo ya Jesús de camino le vienen a anunciar que ya no hay nada que hacer.

Pero cuando aquella mujer reconoce toda su situación y es capaz de manifestarse con libertad también delante de los demás, no sólo ha recobrado su salud sino que ha recobrado su dignidad, su confianza en sí misma, su propia valoración. ‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús; pero solo le ha curado de sus hemorragias sino que la ha curado dentro de sí misma, pero ahora sí que se sentirá otra mujer en toda su grandeza.

Te he dicho que te basta la fe, le dice Jesus a aquel hombre que parece que lo ve todo perdido. Todo cambia a la llegada de Jesús a aquella casa; no se necesitan aquellas plañideras, no hay porque seguir con crespones de duelo, pero ha renacido la vida, hay que volver al ritmo y a la armonía de aquel hogar donde los padres se vuelven a sentar con los hijos para comer juntos, con todo lo que eso puede significar. ‘Dadle de comer a la niña’, les dice Jesus cuando la levanta de su postración. Jesús viene a levantarnos de nuestra postración, esa postración de nuestras angustias y desánimos, de nuestras desesperanzas y de verlo todo negro, de nuestras pasividades y desalientos, de seguir arrastrándonos por la vida cuando podemos caminar con dignidad por nosotros mismos.

Es algo más que la salud física, del cuerpo, o la liberación de una enfermedad; hay otras cosas que pueden hundirnos y de lo que Jesús quiere levantarnos, es esa paz que quiere poner en nuestros corazones, ese buen ánimo para enfrentar la vida aún cuando aparezcan momentos duros y difíciles.

¿Comprenderemos lo que es verdaderamente importante y nos hace plenamente felices?


sábado, 25 de febrero de 2023

Jesús quiere llegar también a tu corazón y a mi corazón para que emprendamos el camino de la cuaresma que estamos iniciando y también nos está diciendo. ‘¡Sígueme!’

 


Jesús quiere llegar también a tu corazón y a mi corazón para que emprendamos el camino de la cuaresma que estamos iniciando y también nos está diciendo. ‘¡Sígueme!’

Isaías 58, 9-14; Sal 85; Lucas 5, 27-32

Hay momentos y hay encuentros que no pasan desapercibidos, que dejan huella, y más aun que nos marcan un paso que tenemos que dar. De una forma o de otra son experiencias que podemos tener en la vida; y no porque sucedan cosas extraordinarias, sino que son el paso a paso del día a día con aquellas cosas más ordinarias que nos suceden o con aquellas personas con que nos encontramos de las que quizás no esperábamos nada especial. Pero ese momento fue diferente, como decíamos, marcó un paso que teníamos que dar, y en el que quizá nunca habíamos pensado, porque ya llevábamos la rutina de cada día sin salirnos de lo de siempre.

Así estaba aquel día Leví detrás de su mostrador o garita o como queramos llamarla donde cobraba los impuestos. Eran las rutinas de siempre, con los comentarios de la gente de siempre por el oficio que desempeñaba, por las quejas habituales en los que tienen que pagar, con todas esas particularidades que se sucedían cada día en quien tenía aquel oficio. Nada esperaba de especial aquel día.

Pero pasó Jesús, se detuvo también delante de aquel mostrador, ¿iba también a pagar sus impuestos? ¿Iba a pedir ayuda a quien se dedicaba también a aquel negocio de los prestamos y las deudas para resolver alguna situación del grupo?, algunos podían pensar en esas y muchas cosas, ¿o era por simple curiosidad? Pero Jesús se había acercado a Leví y solo había pronunciado una palabra, ‘sígueme’.

Y todo cambió. ¿Qué sucedió en aquel momento? ¿Qué color o qué música tenía aquella palabra? ¿Qué mirada se habría cruzado entre Jesús y el publicano? ¿Qué sintonía se había producido entre ambos? El evangelio no nos da detalles, pero algo había sucedido, porque todo había comenzado a caminar con otros rumbos.

El publicano se levantó de su mostrador y se fue con Jesús. Ahora le había invitado a su casa y había preparado una comida para Jesús y sus discípulos, pero allí estaban también los amigos del cobrador de impuestos. Había sonido de fiesta y de alegría porque algo en verdad había cambiado.

Como siempre, por allá andarán los que están al acecho. Jesús y sus discípulos sentado a la mesa de un publicano, pero además rodeado de muchos publicanos y pecadores. Era incomprensible, se dejan caer los comentarios como quien no quiere la cosa, pero aquello es algo que no pueden tolerar, no pueden aceptar. Y los rumores llegarán a los oídos de Jesús.

El médico no es para los sanos o los que se creen que están sanos, sino para los enfermos. Jesús ha venido para estar al lado del  hombre, allí donde el hombre le necesita. El viene a traernos la salud y allí donde puede faltar esa salud, allí quiere estar. Claro que está con los publicanos y con los pecadores, pero también quiere estar con aquellos que se creen justos, porque quizá son los más enfermos, pero estos no se dejarán, estarán siempre poniendo barreras.

Jesús viene a nuestro encuentro, se acerca allí donde nosotros estamos, en lo que es nuestra vida, nuestro dolor o nuestros anhelos; Jesús camina siempre con los brazos abiertos dejando que su sombra pueda llegar a todos, o todos puedan acercarse hasta su manto; Jesús se deja encontrar y dejará no solo la puerta abierta sino también el tejado dispuesto para que lo abran y puedan llegar hasta él, Jesús se acercará al que está solo y abandonado de todos y no tiene a nadie que le ayude; Jesús querrá sintonizar con aquel corazón solitario que parece que nadie quiere sintonizar con él y le dirá que lo necesita, que quiere que él también forme parte del grupo de los que van a estar siempre cerca de Jesús.

Por eso hoy llegó junto al mostrador de los impuestos, por eso llegó a la casa de Leví, por eso comerá con los publicanos y con los pecadores, por eso quiere llegar también a tu corazón y a mi corazón para que emprendamos sin ningún temor el camino de la cuaresma que estamos iniciando. También nos está diciendo. ‘¡Sígueme!’ ¿Qué respuesta le vamos a dar? ¿Dejaremos pasar ese momento único de encuentro con Jesús?

martes, 1 de febrero de 2022

Dejémonos llevar por Jesús, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo entrar, ahí está esperándonos y tendiéndonos la mano

 


Dejémonos llevar por Jesús, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo entrar, ahí está esperándonos y tendiéndonos la mano

2Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43

El refrán dice que nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Y bien que es cierto porque sólo cuando nos vemos con el agua hasta el cuello es cuando pedimos socorro. Normalmente nos queremos valer por nosotros mismos; es cierto que si yo puedo hacer una cosa, es junto que me afane por tenerla o conseguirla. Pero eso nos vuelve muchas veces autosuficientes en muchos sentidos y aspectos en nuestra relación con los demás, donde como decimos no queremos deber nada a nadie, pero nos afecta también al sentido religioso que podamos tener en la vida. En Dios buscamos nuestros refugios, y parece muchas veces que solo contamos con El cuando nos vemos en la más extrema necesidad, o en el mayor peligro. Es el supermercado donde vamos cuando necesitamos algo, o la farmacia a la que sólo acudimos cuando necesitamos una medicina.

Mal se estaban viendo los dos personajes de los que nos habla el evangelio. Parece como muy sencilla a simple vista que aquel jefe de la sinagoga acudiera a Jesús porque tenía enferma a su hija. El tenía su prestigio, en cierto modo era de la clase dominante y de los que de alguna manera ejercían algún poder. Pero ahora se ve en la necesidad de acudir a Jesús. Su hija está en las últimas. Ya no hay solución por otros caminos, y ha oído hablar de los milagros que hace Jesús, pues ahora viene a pedirle que vaya a poner su mano sobre ella para que se cure. En el fondo, no juzguemos del todo, porque era también un hombre de fe, aunque ahora no sabía ni a quien acudir.

Mal se estaba viendo también aquella mujer que había gastado toda su fortuna buscando la salud y sus hemorragias no cesaban. Fue un atrevimiento grande meterse en medio de la gente sabiendo que tenía que sentirse una mujer impura, a causa de sus hemorragias y no tendría que meterse en medio de la gente. Pero entre toda la gente que se apretujaba junto a Jesús está aquella mujer que no se atreve ni a hablar ni a pedir ayuda pero que tiene la fe de que solo tocando el manto de Jesús puede curar. Y es lo que hace. Y es lo que siente, que ‘las fuentes de sus hemorragias cesaron de inmediato y su cuerpo estaba curado’.

Esto hace que aquella comitiva, vamos a llamarla así, de los que se dirigían a la casa de Jairo encabezados por Jesús, se detenga. ‘¿Quién me ha tocado?’ por allá está el espabilado de Pedro diciendo ‘¿cómo se te ocurre preguntar eso, si ves toda la gente que se apretuja junto a ti?’ Pero Jesús no hace caso de las indicaciones de Pedro y está esperando la salida valiente de quien se ha atrevido a tocar su manto. La mujer temerosa se acerca y lo explica todo. ‘No te preocupes, viene a decirle Jesús, tu fe te ha curado… vete en paz porque tu fe ha curado’.

Mientras, llegan los sirvientes de Jairo para decirle que ya no hay nada que hacer, porque la niña ha muerto. Pronto estarán allí las plañideras para iniciar el duelo. No merece la pena molestar más al maestro. Parece que todo se pone en contra. Y ahora ha sido a causa de aquella mujer por lo que se ha detenido Jesús y no ha podido llegar a tiempo. Parece que todo se derrumba. Pero allí está la Palabra de Jesús. ‘No temas; basta que tengas fe’.

Cómo necesitaríamos tantas veces nosotros escuchar esa palabra de Jesús. Dudamos, nos derrumbamos, nos parece que nadie nos escucha, todo parece muchas veces que se nos pone en contra, los problemas se agravan y no encontramos soluciones, el camino para encontrar la luz se nos hace largo, se tambalea nuestra fe. En nuestros agobios y desesperanzas todo nos parece una montaña que se nos viene encima, las oscuridades parecen mayores. Pero mantengámonos anclados en esa fe que tenemos, aunque nos parezca débil y muchas veces imperfecta. ‘No temas, basta que tengas fe’, nos está diciendo Jesús.

Y El nos toma de la mano, y nos dice que las cosas no son tan grandes como nosotros las imaginamos, ‘la niña no está muerta, sino que está dormida’, y nos invita a confiar, y nos invita a entrar con El al santuario interior donde nos vamos a encontrar con El de verdad, donde vamos a recobrar la luz y la vida.

Dejémonos llevar por El, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo meternos, nos vamos a encontrar con nosotros mismos, vamos a ver quizá nuestra debilidad y nuestras oscuridades, pero ahí vamos a encontrar la luz, porque ahí está El esperándonos y tendiéndonos la mano. Toquemos la orla de su manto, agarrémonos fuerte a esa mano que se nos tiende, sintamos fuertemente su presencia. Esa fe también nos va a curar.

¿Nos invitará también a que le comamos para que tengamos vida y vida para siempre?

miércoles, 6 de enero de 2021

Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar conciencias, hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza

 


Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar conciencias, hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza

Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Navidad es Epifanía y Epifanía sigue siendo Navidad. No es un juego de palabras, es la realidad de lo que vivimos y celebramos porque todo es manifestación de la gloria y del amor del Señor. Se nos manifiesta en Belén aunque en aquel momento hablamos más de Navidad, de Natividad, de nacimiento de Dios hecho hombre, pero que no es otra cosa que manifestación de la gloria de Dios. ¿No es lo que los ángeles cantaron? ‘Ha aparecido la gracia de Dios’, escuchábamos en los textos de la Palabra de esa noche. Y se manifestó y se dio a conocer a unos humildes pastores que cuidaban sus rebaños en las afueras de Belén como un signo y señal para el pueblo de Dios.

Se nos manifiesta ahora en la fiesta de la Epifanía, y ese es el sentido y significado de la palabra. Es la manifestación de la gloria del Señor a todos los pueblos significados en aquellos Magos de Oriente de los que nos habla san Mateo; es la manifestación de que el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús es para todos los hombres, para todos los pueblos. Por eso decimos Epifanía que sigue siendo Navidad. Todavía el próximo domingo casi descolgándonos de la Navidad o culminando la Navidad sigue siendo Epifanía en la manifestación de la gloria de Dios en el Bautismo del Señor.

Las imágenes, los signos y los gestos que contemplamos en el relato que hoy nos ofrece el evangelio son de una gran riqueza y nos hablan de caminos y de recorridos que son caminos y recorridos de fe que todos vamos realizando o hemos de realizar en nuestra vida. Es el camino de fe, de búsqueda que realizaron aquellos magos a partir de que reciben la señal de lo alto en la estrella aparecida en los cielos pero que también a nosotros nos quiere hacer mirar hacia lo alto, aunque vayamos tropezándonos con tantas cosas que se nos atraviesan ante nuestros pies para que sepamos elevarnos, para que nos demos cuenta de que hay una luz a pesar de las oscuridades de la vida.

El camino no siempre es fácil; igual que aquellos magos tuvieron que atravesar desiertos y tortuosos caminos y también se encontraron en el camino quienes se les querían interponer poniéndoles trabas a su recorrido; es lo que nos sucede tantas veces en el camino de nuestra vida. No se dejaron confundir con falsas estrellas, y aunque hubo momentos de oscuridad en que ni siquiera veían la estrella supieron trascender por encima de aquellos obstáculos, encontraron la Palabra que les guiaba de verdad y de nuevo apareció la estrella que les guiaba hasta aquel recién nacido que era la luz verdadera que viene a iluminar nuestro mundo y que es luz para todos los pueblos y naciones.

Cuánto tenemos que aprender de ese camino siguiendo el rastro de la estrella de Belén. Es el camino de nuestra vida con sus luces y con sus sombras, con sus luchas, frustraciones y también victorias, es el camino de un mundo enmarañado que se confunde y nos confunde, es el camino que el mundo nos quiere ofrecer como luces lo que no son más que oscuridades y que nos ofrece falsos señuelos que nos distraen de la meta que deberíamos alcanzar, es el camino lleno de problemas y dificultades que nos hace perder la esperanza porque nos sentimos como derrotados y nos parece que nunca podremos salir, son esos caminos del mundo que ponen a prueba nuestra fe y nos llenan de dudas y de interrogantes a los que nos cuesta encontrar respuesta.

Nosotros sabemos bien que la luz de la estrella que nos guía nunca dejará de brillar para nosotros. No nos puede fallar nuestra fe y nuestra esperanza. Esa luz está siempre con nosotros y por mucho que las tinieblas traten de ahogarla seguirá brillando con fuerza para nuestro mundo. Esa luz tiene que hacernos levantar cada día con una nueva ilusión, una gran fuerza interior para seguir en el camino, para seguir confiando, para seguir manteniendo la esperanza, para seguir poniendo de nuestra parte todo lo que sea necesario para que esa luz llegue a los demás. Hay muchas desesperanzas a nuestro alrededor, muchos pesimismos, mucha gente que se siente agobiada, muchos que han perdido la trascendencia de su vida cuando han dejado apagar la luz de la fe en sus corazones.

Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar las conciencias, para hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza en tantos que van apagados por la vida. Tenemos que ser valientes para ponernos en camino, como hicieron aquellos magos. No podemos ser nosotros estrellas apagadas que no den luz allí donde estamos y aunque tengamos que mantener muchas luchas en nuestro interior para mantener encendida esa luz en nuestro corazón, tenemos que reflejarla para los demás, tenemos que ayudar a los demás. Codo con codo trabajamos con los que están a nuestro lado en esa búsqueda de salidas y soluciones a los problemas, en ir haciendo que encontremos la verdadera salud de nuestra vida que va más allá de las pandemias y situaciones lúgubres que se puedan vivir.

Es el compromiso que tenemos con nuestro mundo. Es un compromiso nacido de nuestra fe. Nosotros sabemos muy bien que nuestra luz y nuestra salvación están en el Señor. Con esa luz queremos iluminar nuestro mundo.

lunes, 10 de febrero de 2020

Jesús sigue queriendo llegar hoy y estar en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu

Jesús sigue queriendo llegar hoy y estar en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu

1Reyes 8, 1-7. 9-13; Sal 131; Marcos 6, 53-56
Nos sentimos mal cuando el cuerpo está enfermo, cuando alguno de sus órganos no funcionan debidamente, cuando nuestros miembros se ven atrofiados o limitados de alguna manera, cuando aparece el dolor que lacera nuestro cuerpo, cuando nuestras posibilidades de vida plena se ven limitadas y mermadas y así podíamos seguir haciendo referencia a todo lo que conlleva que la enfermedad aparezca en nuestro cuerpo.
Y por supuesto todo esto es causa de sufrimiento que ya no es solo el dolor físico de aquel miembro u órgano enfermo sino que eso nos afecta también a nuestro yo, a nuestro ser persona, a lo que es la vida que queremos vivir de la forma más plena posible. Cuando llegamos a este punto nos damos cuenta que hay dolor y que hay enfermedad mucho más allá de esas limitaciones corporales que podamos sufrir.
Nos sentimos mal con muchas mas cosas que nos hacen sufrir cuando nos sentimos insatisfechos en la vida, cuando nos duele el dolor de los demás sin que nosotros físicamente lo estemos padeciendo, cuando hemos perdido la paz interior, cuando nos sentimos heridos en nuestras relaciones con los demás, cuando sentimos frustración en aquello que no hemos conseguido, cuando quizá nos falten ideales altos y nobles y nos demos cuenta que lo que hacemos es ir arrastrándonos por superficialidades o por tantas cosas que nos crean dependencia y esclavitud, y así muchas cosas. Enfermedades del alma, enfermedades del espíritu, enfermedades y sufrimientos que nos afectan en lo más profundo de nuestro yo y nos producen desequilibrios y frustraciones, como ya antes decíamos.
Hoy nos habla el evangelio de aquellas multitudes de enfermos que salían al encuentro de Jesús en su caminar por los pueblos y aldeas de Galilea. Normalmente al hablarnos de ello, bien porque en ocasiones se nos hagan listas en este sentido o porque nos parece más cómodo y fácil pensarlo así, recordamos a ciegos y sordomudos, a leprosos y a paralíticos, pero también en ocasiones se nos habla de endemoniados y de poseídos por espíritus inmundos.
Creo, sin embargo, que en esas multitudes de enfermos que acudían a Jesús podemos englobar no solo los que padecían esas limitaciones somáticas sino también los que se veían envueltos en esa otra multitud de limitaciones y sufrimientos a los que someramente antes hacíamos referencia. El sufrimiento de aquella gente estaba en su pobreza pero también en su falta de esperanza, en las frustraciones que sufrían en su vida cuando se veían manipulados y tratados injustamente, cuando sentían que quizá no pudieran ofrecerle a sus hijos un futuro mejor pero que es ahora quizá muchas veces ni una alimentación suficiente, en los que se sentían vejados y maltratados por la vida pero sobre todo por aquellos que de una forma o de otra los esclavizaban o les imponían excesivas cargas para la vida.
Qué lista más inmensa podríamos hacer recogiendo todos esos sufrimientos que vivían entonces aquellos que se acercaban a Jesús, pero que tendríamos que pensar también en los sufrimientos diversos que sufren hoy los hombres y mujeres de nuestro tiempo y acaso nosotros mismos también. Ahí podemos englobar los sufrimientos y las tristezas de todos los hombres, sus desesperanzas y su falta de ilusión, las angustias de tantos corazones y la lagrimas muchas veces reprimidas de tantos rostros.
Y en medio de todos ellos caminaba Jesús cuando recorría las aldeas y pueblos de Galilea y de todo Israel curando a los enfermos, como sigue queriendo llegar hoy en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu.
Sintamos esa presencia salvadora de Jesús. El sana nuestra vida. Pongamos en su presencia nuestros sufrimientos, de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, nuestras preocupaciones y nuestras angustias, nuestras esperanzas tantas veces frustradas y esos deseos de vida que llevamos en lo más hondo. En Jesús nos sentiremos con nueva vida.

jueves, 11 de octubre de 2018

Dentro de esa confianza que Jesús nos ofrece para que oremos a Dios nuestro Padre, no es el milagro fácil que nos lo da todo hecho lo que hemos de esperar de esa ayuda del Señor



Dentro de esa confianza que Jesús nos ofrece para que oremos a Dios nuestro Padre, no es el milagro fácil que nos lo da todo hecho lo que hemos de esperar de esa ayuda del Señor

Gálatas 3,1-5; Sal.: Lc 1,69-70.71-72.73-75; Lucas 11,5-13
‘Por pedir que no sea’, habremos dicho o escuchado alguna vez. Cuando tenemos la oportunidad de pedir allí estamos prontos para pedir lo que sea; hay gente que tiene la ‘buena virtud’ de pedir; allí donde les llega la noticia que regalan cosas inmediatamente se apuntan aunque quizá no lo necesitan; ‘total, es gratis’, se dicen.
Eso que sucede en lo material en muchas ocasiones, sucede también cuando se trata de pedir favores o recomendaciones; si nos enteramos que hay una persona influyente y que es generosa y a todo el mundo atiende, allí estamos poco menos que haciendo cola a ver qué es lo que podemos conseguir.
Pero ¿y en el orden espiritual, en lo religioso de nuestra relación con Dios? ¿Qué es lo que realmente pedimos? ¿No utilizaremos a Dios y a la oración como un solucionador fácil de problemas o necesidades? Claro que me vais a decir que hoy Jesús en el evangelio nos dice que pidamos, que llamemos, que busquemos, porque se nos va a conceder lo que pedimos, se va responder a nuestras llamadas, vamos a encontrar lo que busquemos.
Tenemos que entender bien lo que Jesús quiere decirnos hoy. Quiere Jesús que tengamos confianza en la oración, sí, porque Dios es nuestro Padre, ¿y qué padre no escucha la súplica de sus hijos? ¿Qué padre no le concede lo mejor que pueda ofrecerle a su hijo en sus necesidades? Y para que tengamos esa confianza nos habla del amigo que importuna a su amigo vecino, porque le ha llegado alguien a su casa en medio de la noche y no tiene ni pan que ofrecerle, y allá va con confianza hasta su amigo para pedirle porque sabe que a pesar de la inoportunidad va a ser escuchado. Y nos habla del padre que no ofrece una piedra al  hijo que le pide pan.
Dentro de esa confianza que Jesús nos ofrece para que oremos a Dios nuestro Padre, y aunque le pidamos en todas nuestras necesidades, no es el milagro fácil que nos lo da todo hecho lo que hemos de esperar de esa ayuda del Señor. ‘Danos hoy el pan de cada día’, aprendíamos ayer en el modelo de oración que Jesús nos ofrecía. Pero ¿qué será lo que verdaderamente nos va a dar el Señor? ¿La solución de los problemas sin poner nosotros nada de nuestra parte?
Estos días en las trasmisiones que se estaban haciendo en torno a la Virgen patrona de una de nuestras islas en sus fiestas, los periodistas la preguntaban a la gente que es lo que le pedían a la Virgen, y en una cierta incultura religiosa en estos comunicadores empleaban la expresión de cuales eran sus promesas en referencia a lo que eran sus peticiones. Las respuestas eran variadas y escuchábamos a muchos que lo que pedían era salud para ellos y para los suyos, que tuvieran suerte en la vida, y algunos quizá abrían un poco más el horizonte y pedían la paz para el mundo para que no hubiera guerras, y las respuestas en general iban en ese sentido.
No escuché a nadie – y no digo que entre tanta gente no hubiera quien hiciera peticiones en este sentido – que pidiera que creciera su fe, que sintieran la fortaleza del Señor en sus luchas de cada día por superarse en la vida, por crecer en la fe, para vivir un mayor compromiso con el mundo en el que vivimos, o con la Iglesia a la que pertenecemos.
No era una muestra exhaustiva porque los periodistas preguntaban al paso de los que se encontraban y no podemos generalizar, pero si tiene que hacernos pensar en cual es verdaderamente nuestra oración. Es cierto que sentimos preocupación por los nuestros y queremos pedir por todos esos que están cercanos a nosotros familiares o amigos, que queremos la salud o que deseamos la paz, pero algo  mas hondo tendría que salir de nuestra oración para sentir esa fuerza de la gracia y que nuestra oración sea una manifestación de ese compromiso que nace de nuestra fe también con nuestro mundo.
Me ha surgido esta reflexión que cada uno ha de hacerse en su interior ampliando, por así decirlo su contenido, para que sepamos descubrir que es lo importante que vamos a poner en las manos del Señor cuando acudimos a El en nuestra oración. Pongámonos en la presencia del Señor y preguntémonos por nuestra vida y qué es lo más importante para nosotros en ese camino de nuestra fe, y también en esa tarea que como cristianos hemos de asumir por la proclamación del evangelio en ese mundo en el que vivimos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Tenemos que mostrar los signos de la misericordia de Dios en la paz que llevamos en los corazones y en los signos de curación que realizamos con nuestros hermanos

Tenemos que mostrar los signos de la misericordia de Dios en la paz que llevamos en los corazones y en los signos de curación que realizamos con nuestros hermanos

2Timoteo 4,9-17ª; Sal 144; Lucas 10,1-9

Al celebrar hoy la fiesta del evangelista san Lucas a quien consideramos también apóstol aunque no forme parte del numero de los Doce del Colegio Apostólico la liturgia nos ofrece en el evangelio el texto del envío de los setenta y dos discípulos por parte de Jesús para hacer el anuncio del Reino. Un texto muy bien escogido por la liturgia para esta celebración porque nos viene a definir de alguna manera lo que fue el evangelio que nos trasmite san Lucas.
Envía Jesús a sus discípulos a anunciar el Reino en la pobreza y en la disponibilidad; el anuncio del Reino lo han de realizar trasmitiendo la paz para todos los corazones y haciéndoles presente la misericordia y el amor de Dios, el saludo siempre el de la paz; con el anuncio de la Buena Nueva de Jesús los corazones han de saber encontrar la paz, llenarse la paz; pero el anuncio ha de ir acompañado por las obras de la misericordia porque anunciar el Reino de Dios es decirnos que Dios se acuerda de nosotros, se hace presente entre nosotros y nos ofrece la salud y la vida, la salvación y la gracia.
Curar enfermos, resucitar muertos han de ser los signos que siempre han de acompañar al anuncio que se hace del Reino. Es lo que manda Jesús hacer a los discípulos y es el testigo que nosotros hemos de recoger para seguir manifestando ante el mundo que Dios nos ama y es misericordioso con nosotros.
Recordemos que en el evangelio se Lucas esta es una de las características que se destacan siempre. Nos trae el evangelio las hermosas parábolas de la misericordia como la llamada comúnmente como la del hijo prodigo que lo que quiere manifestarnos es el amor y la misericordia del padre, y también los hermosos gestos de Jesús con que acoge a la mujer pecadora o se manifiesta siempre cercano a los pecadores y los que son despreciados por todos. Se destaca siempre en su evangelio esa cercanía de Dios que quiere llegar al que está más solo y abandonado como Jesús se hace presente allí donde están los pecadores y los más pobres y necesitados.
‘¡Poneos en camino!’ les dice Jesús a los discípulos que ha escogido. Cuando escuchamos el evangelio no escuchamos lo que Jesús les dice a otros, sino lo que Jesús está queriendo decirnos a nosotros. Y a nosotros nos está diciendo hoy ‘¡Poneos en camino!’.
Es el envió que Jesús nos está haciendo a nosotros también, el envío y mandato de Jesús a nosotros cristianos del siglo XXI porque la mies sigue siendo abundante, ancho y grande es nuestro mundo, muchas son las necesidades de todo tipo que siguen sufriendo los hombres y las mujeres de hoy, igual es el hambre de Dios que padecen nuestros hermanos los hombres, nubes de desesperanza y hasta de desesperación se ciernen sobre los horizontes concretos de nuestro mundo agobiado en sus problemas, desorientado muchas veces sin saber por donde tomar, inquieto por las crisis que se sufren en el corazón y que afloran en nuestra sociedad en forma de divisiones, enfrentamientos, falta de entendimiento, violencias de mil formas y maneras.
A ese mundo tenemos que hacer el anuncio del Reino, de que es posible un mundo nuevo, de que es posible la paz y el entendimiento, de que necesitamos ser más solidarios los unos con los otros y aprendamos a curar tantos odios que afloran en nuestros corazones. Tenemos que anunciar que es posible encontrar la paz, y el entendimiento, y lograr ese abrazo común de los hermanos que en verdad quieren caminar juntos. Muchos son los signos que nosotros también tenemos que dar con nuestras obras, nuestra misericordia, nuestro trabajo sincero por la paz, la curación que podemos ir haciendo de tantos corazones, igual que nosotros nos sentimos curados en el Señor cuando saboreamos su misericordia.
Llevemos al mundo la noticia de la paz, trasmitamos el mensaje de la misericordia y del amor. Que se manifiesten en los signos que damos con nuestra vida.

lunes, 6 de febrero de 2017

colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos

También Jesús llega a nuestra vida y se deja tocar por nosotros para llenarnos de una nueva vida si sabemos acercarnos al hermano que sufre a nuestro lado

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56
Como muestra de nuestro saludo lleno de paz y de buenos deseos ofrecemos la mano a aquel con quien nos encontramos y con quien vamos a compartir algo, aunque solo sean unos momentos de nuestro tiempo. Es señal de buena educación el ofrecer nuestra mano sin ningún tipo de guante, sino nuestra mano y limpia y desnuda pero también de esos deseos de paz; no llevamos en ella ningún arma ni ninguna cosa que pudiera dañar a nuestro contrincante o a aquel con quien nos encontramos pero que es signo también de nuestros buenos deseos que llevamos allá dentro de nosotros mismos.
En la corrección de la vida normalmente no tocamos a nadie, pero si en un momento nos sentimos tocados nos ponemos como en alerta pues sería señal de algo salvo que sea inadvertido o no querido; puede ser un toque de atención, una llamada de alguna manera, un deseo de cercanía, una muestra de confianza, una súplica de auxilio, de muchas maneras lo podemos interpretar.
Ese tender la mano, ese tocar a alguien, como estamos expresando, puede significar muchas cosas, en ese ofrecimiento quizá que hacemos de nosotros mismos, como dicen hoy de trasmitirle nuestra energía. Cuánto sentimos dentro de nosotros mismos cuando recibimos un abrazo alguien como muestra de cariño y amistad, como signo de confianza, como expresión de que cuentan con nosotros seamos como seamos. Por eso la imposición de manos puede significar el confiar una misión, el trasmitir algo de si mismo o un buen deseo o una bendición.
El evangelio nos habla hoy de la llegada de Jesús y los discípulos después de la travesía que habían hecho por el lago a Genezaret; allí fueron reconocidos por la gente y comenzó un recorrido de Jesús por aquellos lugares, por aquellas aldeas donde la gente salía a su encuentro trayéndole los enfermos para que los curase. Le pedían poder al menos tocarle para así curarse, como aquella mujer que en otro lugar del evangelio contemplamos tocando a hurtadillas el manto de Jesús por detrás. Todos los que lo tocaban se curaban, nos dice el evangelista.
Jesús no rehúsa ese contacto físico. Ya le veremos en ocasiones que será El  quien toque al leproso, toque los ojos del ciego, los oídos y lengua del sordomudo o tienda su mano para levantar al paralítico. Quiere que esos gestos tengan un profundo significado de fe. Es algo más que una curación física lo que Jesús está ofreciendo. Jesús quiere despertar la fe en aquellos que le escuchan y se acercan a El pero para que no solo sea la salud que recuperen sino que se manifieste en unas nuevas actitudes de vida. Es la salvación que Jesús nos ofrece que nos pone siempre en camino de algo nuevo, de la vivencia del Reino de Dios.
Quizá alguna vez en nuestra mente o en nuestro corazón haya aparecido también ese deseo de ese contacto personal y hasta físico con Jesús, si estuviera en nuestra mano. Sí podemos sentir esa presencia de Jesús en nosotros por nuestra fe. Sí podemos llegar a ese encuentro íntimo y profundo con el Señor en nuestra unión con El en la comunión Eucarística. Sí podemos sentir esa presencia viva del Señor junto a nosotros en el hermano, y sobre todo en el hermano que sufre. Yo estaré con vosotros todos los días, nos prometió y esa presencia llena de vida y que nos llena de vida no nos faltará.

martes, 31 de enero de 2017

Un testimonio valiente de nuestra fe que vivimos con gozo también en los momentos oscuros de la vida porque siempre sentimos la presencia de vida del Señor

Un testimonio valiente de nuestra fe que vivimos con gozo también en los momentos oscuros de la vida porque siempre sentimos la presencia de vida del Señor

Hebreos 12, 1 – 4; Sal 21; Marcos 5, 21 – 43
‘Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: - Mi niña está en las últimas, ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba…’
Habían regresado de nuevo a Cafarnaún después de la corta visita a la tierra de los gerasenos. Ahora la gente se arremolina una vez más en torno a Jesús. Y allí se acerca el jefe de la sinagoga. ¿Vendrá para invitar a Jesús a hablar en la sinagoga? Ya lo solía hacer habitualmente y era normal que cualquiera pudiera participar en la oración del sábado y hacer comentario sobre la Ley y los Profetas. Son otras las cosas que trae Jairo en su corazón por su hija está en las últimas. Ha sido testigo muchas veces de cómo Jesús en la misma sinagoga o en cualquier otro lugar donde se acercasen a él los enfermos mostraba siempre su amor y su misericordia.
‘Mi niña está en las últimas, ven, pon las manos sobre ella, para que cure y viva’, es la petición que le hace a Jesús. Y allá va Jesús con él hasta su casa aunque por camino sucedan muchas cosas. Solo le está pidiendo Jesús a Jairo su fe; aunque sean duros los momentos, aunque vengan algunos diciendo que ya no hay nada que hacer, aunque se encuentra al llegar a la casa los lloros de las plañideras de turno, solo es necesaria la fe. ‘Basta que tengas fe’, le dirá Jesús.
Pero otro episodio de una grande fe se va a suceder en el camino. Una mujer con hemorragias incurables desde hace muchos años, en lo que había gastado todo lo que tenía buscando curarse se acercará también a Jesús. Aquí no mediarán palabras sino que será una fe silenciosa y que quiere pasar desapercibida. Pensaba ella que con solo tocarle la orla del manto podría curarse. Y así fue.
Pero aquella fe no puede quedarse en el anonimato. Jesús que sabe bien lo que ha ocurrido quiere hacer pública y patente aquella fe. ‘¿Quién me ha tocado?’ ¿Cómo hace tal pregunta si la gente lo apretuja por todas partes y muchos serían los empujones, las manos que se tienden para tocar a Jesús, la gente con la que se tropieza mientras va caminando? Es lo que le quieren hacer ver sus discípulos más cercanos. Pero Jesús sigue buscando con la mirada a la mujer que lo ha tocado, para quien ha llegado por su fe la salud y la salvación. ‘Hija, tu fe ha curado. Vete en paz y con salud’, le dirá finalmente Jesús cuando aquella mujer humildemente se atreva a acercase públicamente a Jesús.
Fe, vida, salud, salvación son los ejes de los distintos episodios que hoy se entrelazan en el evangelio. La fe de Jairo que pide por su hija y que ha de mantener firme frente a toda duda cuando las cosas pueden parecer que se vuelven más oscuras. Fe la de aquella mujer que calladamente acude a Jesús con la certeza de que en Jesús encontrará salud. Vida en la salud y en la vuelta a la vida de la niña que estaba en las últimas. Vida y salvación que va mucho más allá de una salud corporal que es lo que nos ofrece Jesús cuando en verdad creemos en El.
Una fe firme, con confianza, sin dudas, en el silencio y también en la proclamación publica de esa fe que anima nuestra vida. Fe de la que hemos de dar testimonio, aunque no nos entiendan, aunque se rían de nosotros como se reían de Jesús cuando decía que la niña no estaba muerta sino dormida. Fe que nos hace vivir una vida distinta de total confianza en el Señor. Fe que tenemos que contagiar a los demás para que todos puedan descubrir esa alegría que allá en lo más hondo de nosotros sentimos cuando vivimos nuestra fe. Fe que nos tiene que llevar también a la alabanza, a la acción de gracias al Señor por tantas maravillas que realiza en nosotros, por esa luz que ilumina nuestras vidas, por esa fuerza que sentimos en nuestro interior que nos salva y nos llena de vida nueva.

lunes, 8 de febrero de 2016

Vayamos hasta Jesús toquemos la orla de su manto para que se restablezca con toda dignidad nuestra vida

Vayamos hasta Jesús toquemos la orla de su manto para que se restablezca con toda dignidad nuestra vida

1Reyes 8,1-7.9-13; Salmo 131; Marcos 6, 53-56

‘Colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos…’  Allá por donde fuera Jesús se iba encontrando con el dolor y el sufrimiento y su presencia era signo de la llegada de la liberación y de la paz. Todos ansiaban tocar a Jesús.
Queremos sanarnos; el enfermo tiene ansia de salud, porque todos deseamos la vida y tener ansias de salud es tener deseos de vida, pero de vida en plenitud, sin limitaciones, sin dolor, sin muerte. Y ya no es solo el dolor o la enfermedad física, las limitaciones que las discapacidades de nuestro cuerpo puedan producirnos.
Es algo más, porque hay otros sufrimientos, otras limitaciones, otras angustias que no solo afectan a nuestro cuerpo sino que las tenemos en lo más hondo de nosotros mismos, que nos afectan a nuestro ser, que nos restan dignidad, que nos hacen ir como perdidos sin sentido ni orientación, que nos envuelven de soledad, que nos aíslan de los demás, que nos encierran en nosotros mismos, que nos distancian de todo cuanto hay en nuestro entorno, que nos hacen perder el sentido de la vida.
Buscamos la salud, la vida, el sentido, el camino, el encuentro. Es una búsqueda continua de nuestra vida porque siempre queremos crecer, porque queremos recuperar la dignidad perdida, porque queremos tener paz en nuestro corazón, porque buscamos el amor, amando y sintiéndonos amados, porque queremos ver lo bueno que los otros nos puedan ofrecer, porque queremos compartir la pequeña o grande luz que llevamos dentro, porque ansiamos encontrar ese sentido de la vida que dé plenitud a nuestra existencia.
Vamos a Jesús como aquellos enfermos, de los que nos habla el Evangelio, como toda aquella gente que se arremolinaba en torno a Jesús y querían tocarle, aunque solo fuera la orla de su manto. Vamos a Jesús y queremos que El tienda también su mano sobre nosotros, al menos llegue su sombra sobre nuestras vida, porque sabemos que en El vamos a encontrar vida, porque su mano y su sombra nos va a llenar de luz, porque sabemos que con Jesús aprenderemos a ir al encuentro con los demás y nunca nos sentiremos solos, porque en El vamos a ver restablecida nuestra dignidad, porque con El ya para siempre vamos a tener razones para vivir, para buscar la vida, pero también sobre todo para compartirla.
Jesús tendía su mano y tocaba al leproso curándole no solo de su lepra sino restableciendo su dignidad; tomaba de la mano al paralítico para levantarlo de la camilla y caminar por si mismo con dignidad; tocaba los ojos del ciego para hacerle tener una visión nueva y una mirada nueva; tocaba la lengua y los oídos del sordomudo para que aprendiera el lenguaje nuevo del amor que le hiciera encontrarse con los demás. Vemos tantos momentos así en el Evangelio y queremos también que llegue a nosotros con su vida.
Sí, vayamos hasta Jesús porque en El siempre vamos a encontrar vida.

martes, 3 de febrero de 2015

Acudamos con fe a Jesús que queremos tocarle la orla de su manto o El nos tienda su mano para levantarnos llenos de vida y de paz

Acudamos con fe a Jesús que queremos tocarle la orla de su manto o El nos tienda su mano para levantarnos llenos de vida y de paz

Hebreos 12, 1 – 4; Sal 21; San Marcos 5, 21 – 43
‘No temas, basta que tengas fe’, le dice Jesús a Jairo, cuando le entran dudas si ya merecerá la pena que Jesús llegue a su casa, porque le anuncian que la niña ya se ha muerto. ‘Basta que tengas fe’. Nos sucede muchas veces.
Todo el episodio que hoy nos narra el evangelista es una invitación a poner toda nuestra fe en Jesús. Con fe aquel jefe de la sinagoga, que conocemos por el nombre de Jairo por el relato paralelo de otro evangelista, ha llegado hasta Jesús pidiéndole: ‘Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que cure y viva’.
Mientras van de camino otra mujer se acerca con fe a Jesús ‘pensando que con solo tocarle el vestido curaría’. Lleva muchos años con hemorragias que no se curan, se ha gastado toda su fortuna acudiendo a los médicos que le den remedios para curarse; ahora ha oído hablar de Jesús y con fe se acerca hasta Jesús para tocarle la orla de su manto. Y se curó. ‘Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’.
Finalmente las palabras de Jesús a Jairo cuando le entran las dudas. ‘Basta que tengas fe’, y llegan a la casa y toma a la niña de la mano y la levanta llena de vida.
Con fe acudimos a Jesús nosotros también. Aunque a veces nos entra la tentación de la duda, quisiéramos tener la fe de aquella mujer para llegar hasta Jesús y al menos tocarle la orla de su manto. Quisiéramos que Jesús llegara hasta nosotros y también nos tendiera su mano, nos cogiera de la mano como a la niña de Jairo para levantarnos llenos de su vida, de su paz, de su salvación. Nos puede parecer en alguna ocasión hasta imposible lo que le pidamos a Jesús en nuestras dudas e inseguridades, pero con el Señor hemos de sentirnos seguros, porque nos sentimos amados.
Nos puede suceder como en este episodio que los que están en nuestro entorno nos hacen dudar. A la mujer casi le era imposible llegar hasta Jesús por la gente que se arremolinaba al lado de Jesús. Pero queremos llegar hasta El, que nada ni nadie nos lo impida. Queremos tocar la orla de su manto, queremos agarrarnos fuerte a Jesús para que nada nos separe de El. Que nada nos perturbe ni nos quite la paz. Aquella mujer porque mantuvo firme su fe en Jesús y se atrevió incluso a tocarle el manto, marchó curada y llena de paz. Es lo que queremos pedirle al Señor.
Por allá llegaron algunos a decirle a Jairo que ya no merecía la pena que Jesús llegara a su casa porque no había nada que hacer. ¿Quién tiene la última palabra? ¿Nosotros con nuestros razonamientos algunas veces mezquinos o Jesús? Fiémonos de Jesús. Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida, con su Palabra, con su mano tendida, con su amor y su paz y podremos comenzar a vivir una vida nueva y en paz. Que nos tienda su mano y nos levante. Que crezca así nuestra fe. Que nos llenemos de su nueva vida.

jueves, 22 de enero de 2015

Todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo

Todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo

Hebreos 7,25–8,6; Sal 39,7-8a.8b-9.10.17; Marcos 3,7-12
El enfermo busca la salud, el que tiene un dolor busca un remedio o una medicina que se lo cure, el que está sufriendo por algún motivo busca consuelo y algo que mitigue su angustia y su dolor. Todos buscamos sentirnos bien. Para nuestros dolores y enfermedades acudimos allí donde sabemos que podremos encontrar remedio, una medicina que nos cure, y por eso algunas veces no nos contentamos con lo que sería la medicina, llamémosla normal, sino que acudimos a aquel de quien hemos oído que nos puede remediar.
No nos extraña, entonces, lo que hemos escuchado hoy en el evangelio. ‘Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’. Habían venido de todas partes; ya el evangelista nos relata como han venido de todos los lugares, Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania, Tiro, Sidón son los lugares que señala, además desde la propia Galilea donde se encontraba. Aunque Jesús quisiera retirarse a lugares apartados con sus discípulos más cercanos allí lo seguía la gente venida de todos los lugares.
¿Qué buscaban en Jesús? ¿Qué buscamos en Jesús? Allí estaban con sus sufrimientos, con su vida, con sus esperanzas y desesperanzas, con sus corazones rotos, con sus deseos de paz. Hambrientos de vida, de salud para sus cuerpos, pero de salvación y de esperanza para sus vidas. Y Jesús iba respondiendo a toda aquella inquietud y todos aquellos deseos que se anidaban en sus corazones. Porque los curaba, pero los enseñaba. No quería que se quedaran solamente en la salud corporal, sino que en ello vieran el signo del Reino de los cielos que El les anunciaba.
Buscamos nosotros también a Jesús. Llevamos muchas preocupaciones en el corazón, desde los problemas y angustias que todos tenemos dentro de nosotros, quizá también desde nuestros cuerpos maltrechos o debilitados por la enfermedad o por los años, pero queremos mirar también cuánto de sufrimiento hay a nuestro alrededor y con ello también nos presentamos ante el Señor.
También nos queremos echar encima, como aquellas gentes, para tocarle, para sentir el calor de su amor y de su paz, para sentir la fortaleza que necesitamos en nuestra alma frente al mal que nos acecha, la calidez de su presencia, la luz de su gracia. Con Jesús nos sentimos seguros. En El vamos a encontrar la respuesta a nuestras inquietudes. El llenará nuestras vidas con su gracia y ya todo será distinto. El despierta la esperanza más profunda en nuestro corazón.
Vayamos hasta Jesús, con seguridad nuestra alma se llenará de paz