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viernes, 7 de agosto de 2026

No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor

 


No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor

Nehemías 2, 1. 3; 3, 1-3. 6-7; Salmo : Dt 32, 35-41; Mateo 16, 24-28

Algunas veces sentimos el deseo de encerrarnos en una torre para estar preservados de todo, no contagiarnos de tanta violencia, de tanto egoísmo, de tanto materialismo que contemplamos por todos lados, hastiados del vacío con que se vive la vida sin darle un sentido y un valor a lo que hacemos, buscando siempre pasarlo bien y de la forma que sea en todos los aspectos, no queriendo contaminarnos de esas ínfulas en que viven tantos en su vanidad y en su prepotencia que nada respetan ni nada valoran. Pero al mismo tiempo nos preguntamos si en verdad esa es la solución cuando solo queremos salvarnos a nosotros mismos dejando que nuestro mundo sigan circulando por esos cauces turbios.

¿Estaré ganando o estaré perdiendo? ¿Qué satisfacción puedo sentir al final si nada he hecho sino de preocuparme de salvarme a mí mismo sea como sea? ¿No estaré yo haciendo lo mismo por lo que no quiero contagiarme y por lo que me refugio en ese torreón cerrado? Nos sentimos confundidos, no hemos terminado quizás de encontrarle un sentido a la vida. ¿Merecería la pena?

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio y no siempre hemos terminado de entender. Nos está hablando de cruz y también de ser capaz de perder para poder ganar. ¿Nos quiere unos perdedores? ¿Quiere que busquemos el dolor y el sacrificio por mi mismo quizás de una manera fanática? ¿Es que nos quiere acaso tristes y amargados en medio de penas y sufrimientos?

No es ese el sentido de Jesús. Él nos ha hablado de dicha y felicidad y la promete para todos. Cuando nos está hablando del Reino de Dios es que quiere que le demos un sentido distinto a nuestra vida con unos valores que en verdad van a darle una plenitud a nuestra existencia. Nos está hablando Jesús del amor como lo que le da sentido a todo y lo que en verdad nos va a llenar de vida. Los edificios de la vida construidos desde la vanidad o pensados solo para nuestro disfrute personal y egoísta pronto se los va a comer la carcoma de esa misma vanidad y se vendrán abajo.

Unos sólidos fundamentos en los valores de la autenticidad, del amor y la generosidad, de la búsqueda del bien para actuar en justicia para todos serán los que mantendrán firme ese edificio que entonces estará abierto para todos. Nos es más cómodo dejarnos arrastrar por la vanidad y los caprichos de mi autosuficiencia pero sabemos que estamos edificando sobre arenas movedizas que no dan auténtica firmeza a nuestra vida. Amar porque nos damos y somos capaces incluso de olvidarnos de nosotros mismos porque lo que buscamos siempre es el bien del otro nos resulta más costoso y exigente, pero estaremos haciendo un mundo más agradable y acogedor donde todos nos vamos a sentir más a gusto y ya nos cuidaremos entre todos de mantenerlo.

Es lo que nos está queriendo decir Jesús cuando nos habla de negarnos a nosotros mismos o cuando nos dice que tenemos que ser capaces de perder la vida para ganarla. En ese mundo tan revuelto del que, como decíamos al principio, algunas veces tenemos la tentación de preservarnos encerrándonos en nosotros mismos tenemos que ser mensajeros de esperanza, de que es posible un mundo nuevo y mejor, y de ello tenemos que saber dar testimonio.

Cuando nos detenemos ante el que sufre para con nuestra presencia ser consuelo, cuando tenemos una palabra amable para sembrar paz y armonía donde todo es confusión, cuando vamos actuando con generosidad derrochando gestos de ternura para los que están a nuestro lado, cuando vamos buscando la autenticidad de los gestos sencillos que nos hacen sentirnos cercanos a los que van con nosotros en el camino, cuando tenemos paciencia para escuchar el que vive en soledad y nos contará una y mil veces sus andanzas o sus preocupaciones… estamos siendo esos mensajeros de esperanza que nuestro mundo necesita.

No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor.


domingo, 1 de febrero de 2026

No son paradojas, no son utopías, son impactos para la vida, interrogantes hondos que nos hacen emprender un camino nuevo para un mundo nuevo de felicidad

 


No son paradojas, no son utopías, son impactos para la vida, interrogantes hondos que nos hacen emprender un camino nuevo para un mundo nuevo de felicidad

Sofonías, 2, 3; 3, 12-13; Salmo 145; 1 Corintios, 1, 26-31; Mateo, 5, 1-12

Hay cosas en la vida que nos resultan una paradoja, de alguna manera incomprensibles, indescifrables, nos suenan a utopía y por eso pensamos quizás que son solo sueños pero irrealizables; pero precisamente por eso nos impactan, nos llaman la atención, nos hacemos preguntas, se convierten en interrogantes en la vida y no cejamos antes que vayamos encontrando una respuesta, una manera de entenderlo y al final nos damos cuenta que de alguna manera están denunciando actitudes nuestras, describiéndonos algo que quizás estamos viviendo o de lo que queremos huir.

Yo creo que el evangelio si lo escuchamos a tumba abierta, como se suele decir, sin prevenciones y poniendo toda la sinceridad de nuestra vida puede quizás resultarnos esa paradoja pero estás sembrando una inquietud y un interrogante en nuestro corazón. Pero claro, hemos de escucharlo con toda sinceridad, sin prejuicios, sin dar por adelantado que ya nos lo sabemos, dejándonos sorprender. No son utopías, no son sueños irrealizables, son caminos que hemos de recorrer, porque es además, y lo decimos ya por adelantado, algo que contemplamos en el propio Jesús.

Nos encontramos hoy ante una de esas páginas más sorprendentes del evangelio. Es de verdad una buena noticia, evangelio para nuestro hoy, para nuestro mundo, para cada uno de nosotros. Nos habla de eso que todos deseamos, la felicidad; pero lo que nos sucede es que parece que va a contracorriente de lo que nosotros pensamos, si, de lo que en el fondo pensamos, pero también de lo que son los deseos de nuestro mundo. Habla de dicha y de felicidad, pero habla de pobreza y sufrimiento, habla llantos y de lágrimas, habla de esfuerzos por algo que nos parece difícil de conseguir porque por mucho que nosotros queramos los andares de nuestro mundo van por otras sendas, habla de sentirnos perseguidos por lo bueno que queremos hacer, y habla de una vida humilde y sencilla sin malos deseos a pesar de lo que sea.

Pero es que tenemos que decir que donde Dios está cerca es precisamente de quienes están sufriendo esas situaciones. Es la buena noticia para los pobres, que Jesús anunciaba en la sinagoga de Nazaret, para los oprimidos, para los carentes de libertad, para los que tienen su vida llena de sufrimientos y limitaciones. Es lo que nos viene a decir Jesús cuando nos habla del Reino de Dios, es lo que contemplamos en Jesús a lo largo del todo el evangelio, es lo que hace que la vida y la palabra de Jesús sea evangelio, sea buena noticia.

Jesús quiere poner esperanza en los corazones, en los pobres y en los que lloran, en los que trabajan y luchan por un mundo mejor y mas justo a pesar de todo lo que les cueste, en aquellos que quieren caminar en rectitud a pesar de verse zarandeados por tanta maldad que tenemos en nuestro entorno; y esa esperanza en el corazón da fuerza en la vida, esa esperanza nos hace sentirnos satisfechos en todo eso en lo que estamos luchando por salir hacia delante. Podremos ir dando pasos aquí y ahora en esa liberación, podemos ir sembrando esa buena semilla siempre con la esperanza de que un día podamos alcanzar unos frutos, confiando que un día todo eso lo veremos en plenitud. Y en esa lucha nos sentimos dichosos, estamos ya pregustando esa felicidad que tanto ansiamos.

Pero además las bienaventuranzas que Jesús nos proclama se convierten en un reto para nosotros. ¿Dónde tenemos que estar? No escuchamos las bienaventuranzas para sentirnos contentos por todas las promesas que nos hace Jesús; escuchamos las bienaventuranzas para hacer como Jesús, para hacer también nosotros una elección; alguien ha traducido las bienaventuranzas diciendo dichosos y bienaventurados los que eligen ser pobres.

¿Qué nos quiere decir? ¿Qué tenemos que hacernos pobres para vivir en la pobreza y la miseria? Es algo mucho más sutil. Elegimos estar con los pobres, con los que lloran, con los que luchan, con los que optan por la mansedumbre en sus vidas a pesar de la violencia que nos envuelve, con los que paso a paso van transformando todo esos instrumentos de guerra en materiales de paz, con los que se sienten solos o incomprendidos por sus sueños y utopías pero siguen luchando por ello. Ahí es donde tenemos que estar, ahí es donde tenemos que convertirnos en liberadores de los demás, ahí es donde tenemos que ser ese buen paño de lágrimas con nuestra presencia y compañía que lleve consuelo a los que sufren y a los que se sienten solos.

Seguro que sentiremos una nueva forma de ser felices. Es la bienaventuranza que Jesús nos está proponiendo hoy en el evangelio en esto que pudiera parecernos tan paradójico pero que sin embargo nos pone en camino de un mundo nuevo, es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y viene a instaurar.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Afinemos nuestra fe y démosle verdadera hondura aunque por lo tan apegados que estamos a lo material tantas veces nos cueste abriéndonos a una órbita de vida eterna

 


Afinemos nuestra fe y démosle verdadera hondura aunque por lo tan apegados que estamos a lo material tantas veces nos cueste abriéndonos a una órbita de vida eterna

1 Macabeos 6,1-13; Salmo 9; Lucas 20,27-40

Vivimos apegados a la vida, a lo que ahora hacemos y de lo que ahora disfrutamos, pero algunas veces más parece que a lo que estamos apegados es a las cosas, y queremos tenerlas para siempre, no queremos desprendernos de lo que conocemos y disfrutamos y nos parece único, queremos que dure para siempre y cuando nos imaginamos un futuro parece como si solo quisiéramos vivir en lo que ahora tenemos, en lo que ahora poseemos, de lo que ahora disfrutamos; y o imaginamos que ese futuro será disfrutar con mayor intensidad de lo que ahora disfrutamos, o tenemos miedo ante lo que nos parece incierto de ese futuro; negamos la trascendencia que pueda tener nuestra vida por lo desconocido que se nos presenta; tenemos miedo al momento en que todo lo que ahora tenemos se acabe porque nos puede parecer que vamos a caer en un vacío, lo que haría o que la vida no tiene sentido, o lo otro que muchos piensan disfrutemos y gocemos de lo que ahora tenemos porque para allá no nos vamos a llevar nada.

No quiero crear dudas ni incertidumbres con estas palabras que me han ido surgiendo, pero que puede ser un poco lo que a todos en un momento o en otro se nos ha pasado por la cabeza; lo que nos hace dudar, lo que nos puede llevar a perder un sentido superior de la vida, un sentido y una visión más espiritual y más sobrenatural. ¿Lo tendremos realmente claro? ¿En el fondo no vivimos muchas veces como ateos porque aunque decimos que creemos en Dios sin embargo hay cosas que no terminamos de aceptar, no terminan de iluminar realmente nuestra vida? ¿No lo estamos expresando con el pesimismo y con el materialismo con que vivimos muchas veces la vida?

Hoy en el evangelio se nos habla de los saduceos y de las preguntas y cuestionamientos que le hacían a Jesús. Ya de entrada para que comprendamos el sentido de sus cuestiones el propio evangelista nos recuerda que los fariseos no creían en la resurrección. No creen pero se lo cuestionan en su interior, como se manifiesta en que vayan a plantear esas cuestiones a Jesús. ¿De verdad, de verdad tenemos nosotros una fe clara en la resurrección, tal como confesamos cuando proclamamos el credo de nuestra fe? ¿No estaremos nosotros imaginando una vida futura pero según los mismos parámetros con que vivimos ahora la vida, con las mismas cosas?

Es lo que viene a aclararles Jesús. No podemos pensar en la vida futura con casamientos y matrimonios, les viene a decir Jesús desde las cuestiones de la ley del Levítico de la que le hablan los saduceos. La plenitud en Dios es algo muy distinto a la plenitud de nuestros goces y felicidades temporales que vivimos en el aquí y ahora de nuestro caminar sobre la tierra. No podemos entrar en la onda de la imaginación para ponernos a pensar en lo que es esa vida futura, esa vida eterna, esa vida de resurrección de la que nos habla Jesús.

¿Lo que disfrutamos en el ahora de nuestra vida se queda solo en lo material o en lo corporal? Pensemos como tantas veces hemos sido felices y no por la posesión o disfrute de cosas materiales. Hay una elevación de nuestro espíritu que nos lleva, por ejemplo, a disfrutar de la belleza, pero no solo como un concepto material que veamos reflejada en cosas, sino como una sensibilidad de nuestro espíritu ante lo bueno, ante el amor, en el disfrute de la paz cuando la sentimos desde lo más hondo de nosotros mismos, lo que es una verdadera amistad y un verdadero amor no por unos intereses o cosas que vayamos a conseguir sino por esa comunión que une nuestros espíritus haciéndonos sentir algo nuevo y sublime; hay algo más hondo y más sublime  que eleva nuestro espíritu. ¿Y si todo eso lo tenemos en plenitud en Dios?

Son pensamientos que tenemos que madurar dentro de nosotros mismos, es algo espiritual que nos eleva y nos hace llenarnos de Dios, son cosas que tenemos que saber rumiar en el silencio del corazón, es algo que nos va a hacer trascender nuestra vida para no quedarnos en el ahora y como ahora lo vivimos sino que nos lleva a sentir una nueva plenitud para nuestra vida, que nos hace entrar en esa órbita de vida eterna que Jesús nos ofrece. Afinemos nuestra fe y démosle verdadera hondura aunque por lo tan apegados que estamos a lo material tantas veces nos cueste. Nos abriremos a una felicidad mayor que llamamos vida eterna.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Ama y serás feliz, pero seamos conscientes de lo que en verdad nos exige el amor para que sea auténtico y con todas sus consecuencias

 


Ama y serás feliz, pero seamos conscientes de lo que en verdad nos exige el amor para que sea auténtico y con todas sus consecuencias

Romanos 13, 8-10; Salmo 111; Lucas 14, 25-33

Ya está todo hecho, ama y serás feliz. ¿Será verdad? ¿Será algo tan fácil? Bueno, son unas conclusiones que muchos sacamos de las palabras que escuchamos hoy en el evangelio, pero mira por donde no todos entendemos lo mismo ni todos hacemos lo mismo. Es el lema de muchos que viven a su aire, aunque tendríamos que preguntarnos qué es lo que realmente entienden por amor. ¿Se quedará solamente en una sensualidad o en la búsqueda de unas satisfacciones que a la larga se pudieran convertir en egoísta porque solo lo pienso para mí, para mis satisfacciones particulares?

Seguimos sin negar esa primera cosa que hemos dicho casi como una sentencia, pero no siempre vemos pronto esa felicidad por amar, porque hemos de entender todo su sentido desde lo más hondo que es amar. Porque tenemos que pensar en amor como una donación de nosotros mismos, podemos pensar en lo que eso significa de entrega de mi mismo, porque ya no solo puedo pensar en mi mismo sino en aquel que amo para quien quiero lo mejor, quiero siempre el bien; y no siempre será fácil, porque podemos encontrarnos de frente algo que no nos agrade demasiado, porque tenemos que pensar en un vaciarnos de nosotros mismos porque queremos dar desde nosotros mismos al otro. Y eso no siempre es fácil, cuesta realmente ese olvidarme de mi mismo para solo pensar en el bien de aquel a quien amo.

¿Seré en verdad feliz por amar? Creo que va a entenderse desde el sentido que le estoy dando a mi vida, y entonces aun en el sacrificio que tengo que hacer de mi mismo para amar me voy a sentir hondamente satisfecho. Estaremos entrando en esa órbita de felicidad que no son solo placeres sensuales, sino algo que llega, nace y se desarrolla en lo más profundo de mí ser.

Se suele decir que el amor no es exigente y es cierto porque a quien amamos no le exigimos, a quien amamos trataremos con la mayor delicadeza y atención, a quien amamos le estamos regalando de nuestra vida y nuestro ser. Pero el amor será exigente conmigo mismo. Nos pueden salir como retoños brotes de insolidaridad o de cansancio, desánimo porque no encontramos respuesta para aquello que estamos dando, lo cual estaría señalándonos una falta de generosidad por parte de nosotros mismos, nos puede rebrotar el orgullo o el amor propio que pueden hacerle perder el brillo y la belleza a ese amor. Y es ahí cuando tenemos que ser exigentes con nosotros mismos, para podar esos malos brotes, para arrancar esas viejas raíces que pueden quedar dentro de nosotros. Y eso cuesta y es doloroso. Pero no dejaremos de ser felices con aquella felicidad honda que estábamos buscando.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Que no nos valen unos entusiasmos pasajeros. Cuántas veces en unos buenos momentos prometemos muchas cosas y que nos vamos a querer siempre y que no nos vamos a olvidar los unos de los otros y no sé cuantas cosas más. Pero pronto nos puede entrar la rutina de la vida y aquellos amores y entusiasmos se enfrían, decaen y terminan por morir. Cuántas amistades han comenzado con un entusiasmo rayano en la locura, pero con el tiempo se han difuminado y si acaso no se nos han vuelto en contra.

Seguía mucha gente a Jesús nos dice hoy el evangelista. Pero Jesús quiere dejar las cosas claras. Y habla de que seguirle no es cualquier cosa, nos habla de negación de nosotros mismos y de cruz, nos habla de hacer opciones serias y fundamentales en la vida de las que no nos podemos volver atrás; y nos dice Jesús que las cosas hay que pensarlas bien, como el que va a construir una torre que tiene que ver si será capaz de terminarla, o el rey que va a emprender una batalla y tiene que examinar con cuantas fuerzas cuenta para culminarla bien.

¿Seremos en verdad discípulos de Jesús? ¿Estamos al tanto de todo lo que nos exige el amor? ¿Llegaremos en verdad a ser felices? Yo creo que sí, que encontraremos la felicidad más honda.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Una buena nueva de felicidad nos anuncia Jesús que tenemos que saber escuchar y hacerla realidad en nuestra vida

 


Una buena nueva de felicidad nos anuncia Jesús que tenemos que saber escuchar y hacerla realidad en nuestra vida

Colosenses 3, 1-11; Salmo 144; Lucas 6, 20-26

Ser felices, ser dichosos es un deseo que todos tenemos, es un anhelo universal; lo buscamos, nos inventamos quizás en muchas ocasiones mil cosas buscando esa dicha y esa felicidad, no sabemos como conseguirla. Vemos tanto sufrimiento a neustro alrededor que se nos enturbian esos deseos, parece que se pierden; la situación que vive en nuestra sociedad, desde mil frentes distintos podríamos decir, no es siempre de felicidad para todos; pensamos en los sufrimientos de tantos y que también nos afectan muchas veces a nosotros, desde la enfermedad de nuestro cuerpo o desde los problemas que nos van apareciendo cada día; aunque buscamos sucedáneos al final nos sentimos vacíos e insatisfechos, parece que no llegamos a rozar esos umbrales de la felicidad.

Pero Jesús nos dice hoy felices, dichosos, bienaventurados, son palabras que nos vienen a definir lo mismo. Y es la palabra de Jesús, algún sentido tendrá porque forma parte de la buena nueva que nos anuncia y a la que nos pide creer, que tengamos fe y confianza. Claro que Jesús nos dice felices y habla de los pobres, o de los que lloran, o de los que están cargados de sufrimientos, o de los que no son comprendidos y de alguna manera se sienten rechazados por todos. ¿Será una contradicción? Porque podría parece que no casa eso de ser feliz y ser pobre, o estar marchado por el sufrimiento, o el rostro surcado por las lágrimas, o el corazón lleno de amargura por las incomprensiones.

Pero las palabras de Jesús aunque nos cueste comprenderlas son ciertas, nos dan la llave de la verdadera felicidad que no está en la riqueza ni en que seamos aceptados por todos, que no está en que hagamos desaparecer las lagrimas de nuestros ojos o se nos curen todos nuestros malos. O, sí. Porque Jesús nos hará comprender que hay otra riqueza que no son solo los tesoros o los valores económicos, que no son solo las alabanzas que recibamos de los demás, sino que partirá de lo que en verdad sintamos en la hondura del corazón, que no estará solo en que quitemos nuestras limitaciones corporales sino que seamos capaces de desprendernos de otras ataduras más hondas. Y por ese camino nos sentiremos más libres, más nosotros mismos, más con nuestros valores y eso sí que nos hará encontrar una felicidad que nadie nos podrá quitar.

Es el camino de la autentica grandeza de la persona que no está en las pomposidades externas sino en los valores que cultivamos desde dentro de nosotros mismos. Es un camino de esperanza, de esperanza en que las cosas pueden ser de otra manera, de esperanza que abriéndonos a los demás encontraremos una nueva hermandad, una nueva fraternidad; y cuando hacemos caminos juntos, de la mano los unos de los otros sentiremos una alegría en el corazón que nadie nos podrá quitar.

No nos importará las limitaciones corporales que podamos tener, no importará que no tengamos nada en nuestro bolsillo, porque una sonrisa que recibimos de aquel que va por la calle y nos saluda aunque no nos conozca será algo que nos llena el alma, cuando recibimos una mirada agradecida de aquel con quien habíamos compartido hasta lo poco que teníamos nuestra alma se siente henchida y será como el mejor alimento que podamos comer, o el mejor regalo que podamos recibir.

Seremos en verdad dichosos sin tener que buscar sucedáneos, sin tener que recurrir a sustitutivos que al final lo que hacen es crearnos dependencias y ataduras creando un vacío grande de insatisfacción en el alma. Por eso Jesús se lamenta de los que se creen ricos y poderosos porque pueden disponer de cosas, de los que se creen saciados porque se pueden permitir todos los caprichos, de los que se ríen haciendo ruido para aparentar que son felices mientras sus corazones siguen derramando lágrimas amargas de infelicidad, de los que se creen importantes por todos los conocen o todos hablan de ellos pero que al final no pueden mantener una amistad sincera y verdadera con nadie porque por medio median siempre los intereses.

Una buena nueva de felicidad nos está anunciando Jesús. Escuchemos su evangelio, dejémonos conducir por su Espíritu, sintamos siempre su presencia en nuestro corazón.

domingo, 3 de agosto de 2025

Cultivemos aquellos valores que van a dar trascendencia a nuestra vida, que nunca nos aíslan sino que siempre crean comunión con los demás

 


Cultivemos aquellos valores que van a dar trascendencia a nuestra vida, que nunca nos aíslan sino que siempre crean comunión con los demás

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Salmo 89; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21

Qué contentos y felices nos sentimos si las cosas nos salen bien; es muy humano, es una satisfacción que nos sale del corazón, tenemos también que reconocerlo. Que podemos completar nuestro trabajo y obtener su rendimiento y beneficios, es algo que todos deseamos; que el agricultor tiene una buena cosecha de la que va a sacar también una riqueza para su vida, es algo en lo que se siente feliz porque para algo trabajo y a todos nos gusta ver sus beneficios; y así podríamos seguir haciéndonos consideraciones en plan bien y positivo, porque seguramente, y lo decimos por poner una nota distinta al cuadro que muchas veces se nos puede presentar, también hacemos partícipes de alguna manera de nuestra alegría, de nuestro triunfo a los que nos rodean.

Hasta aquí en lo que vamos describiendo como base y punto de partida de nuestra reflexión no hemos dejado traslucir la avaricia y la codicia que sin embargo muchas veces en estos asuntos materiales suele aparecer. Cuando tenemos entre manos este tema de ganancias, de frutos y de resultados sabemos que es una pendiente muy resbaladiza por la que podemos caer y nos vemos envueltos fácilmente en esa codicia de la vida, en esa avaricia para querer acumular, y a la larga ese encerrarnos en nosotros mismos para disfrutar nosotros solos de lo que tenemos.

Que esa avaricia nos puede aparecer en estos temas tan materiales como lo económico, pero que no la reducimos solamente a estos campos, porque nos puede aparecer también en muchas actitudes egoístas que nos encierran en nosotros mismos y nos hacen despreocuparnos totalmente de los demás. Vamos a ser felices nosotros y a los demás que los parta un rayo, diciendo pronto y mal.

El evangelio parte de hoy de lo que podríamos considerar una anécdota. Uno que tenía problemas con su familia a cuenta del tema de las herencias viene a pedirle a Jesús que intervenga; era propio de alguna manera de aquellos maestros de la ley entre los judíos que fueran como jueces de paz en esas reyertas que habitualmente podrían surgir en muchos individuos y en las familias. El hecho del que se nos habla no está tan lejos de muchas cosas que en ese tema surgen también entre nosotros hoy.

Pero la respuesta de Jesús parece en principio tirar balones fuera. ‘¿A qué me vienes con esas? ¿Quién me ha nombrado a mí juez en estos asuntos?’ Pero aunque parece no querer intervenir nos deja una hermosa sentencia que luego nos ampliará con la pequeña parábola que nos ofrecerá. ‘Guardaos de toda clase de codicia’, no tiene sentido estarse agobiando tanto por estos temas, viene a decirnos Jesús, que por eso no nos llegue a faltar la paz.

Pero continuará Jesús con una pequeña parábola. El terrateniente que tiene una buena cosecha, mejor de lo que se esperaba y por eso tendrá que ampliar sus bodegas y graneros; ahora piensa que ya en la vida lo tiene todo resuelto, ahora toca el vivir la vida. Cuántas veces soñamos con esas cosas, para no tener que trabajar, para no tener que estar agobiado cada día y poder dedicarse a pasarlo bien. Lo sueñan quienes han tenido un buen negocio, y que de ahora en adelante ya no quieren hacer nada; lo sueña el que llega a la jubilación, porque ahora que tiene su paga y no tiene que trabajar lo va a pasar muy bien, aunque al tercer día y ande aburrido sin saber que hacer o a qué dedicar su tiempo. Lo estamos viendo en nuestro entorno, nos puede suceder a nosotros. ¿Y qué sentido y valor le damos a la vida?

Hay un detalle en el que quiero fijarme y en el que alguien me ha hecho caer en la cuenta. ¿Os habéis dado cuenta de la soledad de este terrateniente? Ni se habla de familia, ni se habla de sus trabajadores, ni se habla de amigos y vecinos, ni se habla a aquellos con los que podría compartir estas riquezas que ha obtenido. Qué solo se encuentra en esa noche en que todo ese castillo se le viene al suelo porque le llega la hora de la muerte. ¿Quién va ahora a disfrutar de sus bienes, de los que él tampoco supo disfrutar?

Cuantas cosas nos aíslan, se convierten como en un circulo a nuestro alrededor y aunque nos creamos el centro qué solos estamos, qué vacío encontraremos entonces en nuestra vida. Busquemos y trabajamos por aquello que nos va a llenar por dentro, pero por aquello que nos va a llevar a encontrarnos con los demás, para que no sintamos ese vacío, para que no nos encontremos en esa soledad.

Solo la posesión de las cosas materiales no va a poner alegría en nuestra vida, porque además la avaricia con que vivimos nos hará andar preocupados y siempre desconfiados porque o nos lo pueden robar, o un día no lo podremos disfrutar.  ¿Serán otros los valores que en verdad tenemos que cultivar? Como termina diciéndonos Jesús seamos ricos ante Dios, porque no vayamos ante El con las manos vacías.

lunes, 3 de marzo de 2025

Buscamos la felicidad o buscamos la vida eterna, una senda que hemos de emprender por el camino de las bienaventuranzas para saber lo que buscamos

 


Buscamos la felicidad o buscamos la vida eterna, una senda que hemos de emprender por el camino de las bienaventuranzas para saber lo que buscamos

Eclesiástico 17, 24-29; Salmo 31; Marcos 10, 17-27

¿Qué tendría que hacer para ser feliz? Me pueden decir que estoy cambiando la pregunta que le hace aquel joven a Jesús, según nos cuenta el evangelio. Me atrevo a decir que en  cierto modo no, porque tendríamos que preguntarnos ¿qué significaría realmente para aquel joven lo de la vida eterna? ¿Qué podemos entender con una pregunta así en este mundo en que vivimos, que podrá entender la gente que nos rodea?

Realmente tendríamos que decir que esa es una prioridad muy importante en nosotros y en los que nos rodean; queremos ser felices y daríamos lo que fuera por ser felices. ¿En qué ponemos esa felicidad? Normalmente soñamos con tener, con tener de todo, sentirnos así fuertes y poderosos para hacer lo que nos apetezca, rodearnos de comodidades, sentirnos quizás por encima de los demás desde esa posición de poder que nos pueda dar la riqueza o el dinero; poder divertirme y que nada nuble esa diversión, aunque no siempre sea alegría en el fondo; porque todo parece que lo hacemos desde el exterior y la vanidad de lo que luce externamente pareciera que nos diera mucha satisfacciones.

¿Es esa nuestra manera de pensar? Cuidado que aunque digamos que no todo ni siempre lo ponemos en esas cosas, sin embargo nos sentimos tentados por esos sueños y ambiciones. Por eso nos cuesta entender el evangelio de Jesús. Reconozcámoslo. Hay cosas que a veces no entendemos, aunque no digamos nada; y todavía el mensaje de las bienaventuranzas no termina de calar en nosotros, en nuestra forma de entender la vida, en lo que hacemos o en lo que son nuestras prioridades.

Comentando este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece, con esa petición de aquel joven la respuesta y el diálogo con Jesús y lo que Jesús le propone con el abandono de quien primero había venido tan entusiasmado, lo que tendríamos que comenzar a hacer es escuchar aquella primera bienaventuranza del monte en la que Jesús dice que son dichosos los pobres y de ellos es el Reino de los cielos. Claro que siempre le damos muchas vueltas a esas palabras de Jesús para hacer nuestra interpretación y nuestras rebajas.

Aquel joven que se acercó a Jesús con tan buenos deseos y voluntad era una persona buena y cumplidora. Cuando Jesús le habla de cumplir los mandamientos, él responde que eso lo ha cumplido desde siempre. Pero Jesús propone algo más, algo que está en consonancia con aquella primera bienaventuranza. ‘Una cosa te falta, le dice Jesús: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme’.

Solo quien es capaz de desprenderse de todo podrá entender lo que es el Reino de Dios. Quien es pobre quitando todo apego de su vida podrá tener un corazón libre y liviano para emprender ese camino del Reino de Dios. Es tener abiertas las puertas a otras riquezas que sí van a dar plenitud a nuestra vida; es tener la libertad de emprender el camino de otros valores que van a llenar la vida de sentido; es arrancar esos velos que oscurecen los ojos del corazón para ver lo que verdaderamente es importante en nuestra vida; es saber distinguir lo que es caduco y efímero para centrarnos en lo que nos llene de plenitud y nos dé la verdadera felicidad; es no quedarnos en esas cosas que nos entretienen y nos divierten, pero que no nos están dando verdadera felicidad, porque como un fuego fatuo cuando se apagan se quedan en nada.

Aquel joven se marchó muy triste porque aun no había entendido verdaderamente lo que era la autentica felicidad, era muy rico y su corazón tenía muchos apegos en cosas que se gastan y se quedan en nada. Ya vemos las palabras que siguen de Jesús y la extrañeza de los discípulos cercanos a Jesús. ‘Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios’.

Podrá parecer imposible, como comentarán los discípulos, pero son cosas que no hemos de hacer a lo humano, solo con nuestros parámetros y medidas humanas, sino que tenemos que hacerlo desde Dios, desde el sentido de Dios. ‘Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo’. Con Dios todo es posible, por eso nuestra mirada tiene que ser distinta, lo que por ese camino buscamos nos llevará a la más plena felicidad.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Busquemos lo que llena de verdad el corazón del hombre y aunque nos cueste alcanzarlo caminamos con esperanza porque en el Señor tenemos nuestra recompensa

 


Busquemos lo que llena de verdad el corazón del hombre y aunque nos cueste alcanzarlo caminamos con esperanza porque en el Señor tenemos nuestra recompensa

1Corintios 7, 25-31; Salmo 44; Lucas 6, 20-26

Si la satisfacción y la felicidad del hombre, de la persona está solo en las riquezas que posea o la alegría que le dan las cosas pobre es el sentido de la vida de esa persona y no ha llegado a comprender que es lo que da verdadera felicidad. En esa pobreza de vida vemos caminar a muchos aunque muchas sean las riquezas que posean y las posibilidades que les da su dinero para encontrar esas cosas que desde fuera dicen que los hacen felices. Tengo todo lo que quiero y deseo, se dicen, porque pueden comprarlo, pero la verdadera felicidad no se compra con esos medios, porque su fiesta y su alegría serán caducas y durará lo poco que le pueden elevar el ánimo esos sustitutivos.

¿En qué se queda nuestra fiesta y alegría cuando solo la buscamos desde el alcohol, la droga, el sexo como pasión carnal por citar algunas cosas? Aquella euforia pronto pasará cuando esos aditivos dejen de producir sus efectos y a la larga lo que parece que es que nos quedamos con más hambre y más insatisfechos; por eso cuando entramos en esa dinámica de la vida todo es como rodar por una pendiente en la que parece que no podemos parar.

Nos cuesta entenderlo. Como nos cuesta entender el mensaje que hoy quiere darnos el evangelio con las bienaventuranzas que nos trae san Lucas. Habla de los pobres para quienes es el reino de los cielos, de los hambrientos que serán saciados o de los que lloran y encontrarán consuelo; por el contrario hablará de los ricos que se quedarán en el vacío porque todo su consuelo consistía simplemente en la posesión de cosas, o de los que en su opulencia parece sin embargo que nunca estarán saciados.

¿Qué es lo que llena de verdad el corazón del hombre? Esa es, podríamos decir, la piedra filosofal, lo que realmente tenemos que buscar. Y habrá muchas mas cosas que esas materialidades de la vida que nos darán hondas satisfacciones. Será, empezando por algo, la rectitud con que hemos de vivir la vida, una rectitud que nos lleva a buscar lo bueno y lo mejor, una rectitud que nos hará tener una mirada nueva y distinta a cuanto nos rodea porque también eso material que está en nuestras manos es un don de Dios pero que nos tiene que llevar a construir un mundo en el que todos nos sintamos beneficiados de esa riqueza de la vida; una rectitud para comprender el valor de la vida y de toda vida, y en consecuencia nos hará maravillarnos ante la dignidad de toda persona a la que siempre mostraremos nuestro respeto y para quien siempre buscaremos lo mejor. Y desde ahí cuantas consecuencias tendríamos que sacar para nuestros actos y para nuestra forma de vivir.

¿Y no nos sentiremos verdaderamente felices cuando actuamos así y sentiremos igualmente la satisfacción de ver felices a cuantos están a nuestro lado? No serán las cosas materiales las que nos hagan brotar una sonrisa desde el alma sino todo eso bueno que seremos capaces de hacer. Y cuando vemos a nuestro crecer en esos valores, y cuando vemos que hay mayor unidad y cercanía en el trato entre unos y otros, y cuando contemplemos ese buen trato que aprendemos a tenernos, nos sentiremos profundamente felices.

Y no nos importa que haya quien no nos comprenda o incluso pretenda ponernos trabas en ese camino que intentamos vivir; somos fieles a la rectitud que llevamos en el corazón y viviremos con la esperanza de la victoria del bien y del amor haciendo un mundo mejor. Tendremos nuestra recompensa, como nos dice Jesús. Alcanzaremos la bienaventuranza que la sentiremos desde lo más hondo de nosotros mismos. Dios estará con nosotros en ese camino.

viernes, 23 de agosto de 2024

Hay preguntas que tenemos que tomárnoslas en serio como qué es lo que realmente nos hace felices y qué es lo más importante para nuestra vida

 


Hay preguntas que tenemos que tomárnoslas en serio como qué es lo que realmente nos hace felices y qué es lo más importante para nuestra vida

Ezequiel 37, 1-14; Salmo 106;  Mateo 22, 34-40

Ni aún en aquello que todos buscaríamos para ser felices, nos pondríamos de acuerdo. Todos queremos ser felices, buscamos la felicidad, es cierto, pero bien sabemos que a todos no nos hace felices lo mismo. Intentando ponernos un poco sensatos podremos decir incluso cosas bonitas, de que buscamos la felicidad de los demás, que buscamos aquello en lo que verdaderamente nos realicemos, que tengamos una buena conciencia, y así podríamos decir muchas cosas bonitas, pero en el fondo ¿qué buscamos para ser felices? Y por ahí aparecen nuestras ambiciones, nuestras pasiones, nuestros sueños y hasta nuestros egoísmos de pensar solo en nosotros mismos. Nos daría qué pensar.

Me vale esto como introducción a lo que hoy nos presenta el evangelio. Por medio están las discusiones con Jesús, el pretender dejarlo callado y parece que se van sustituyendo unos a otros en cola buscando un argumento nuevo con el que enfrentarse a Jesús o buscar la manera de dejarlo callado y en evidencia. Ha hecho callar a los saduceos y ahora son los fariseos con los maestros de la ley los que vienen haciendo preguntas.

Pudiera parece una pregunta muy elemental y que nos podría hacer pensar que o tiene sino una única respuesta. Pero bien sabemos que tampoco entre ellos se ponían de acuerdo, y por allá andan precisamente los rigoristas fariseos con su pregunta. Bien sabemos qué hincapié hacían ellos con algunas cosas mientras otras que estaban también en la ley de Moisés las dejaban de lado.

¿Nos pasará a nosotros lo mismo? Poniéndonos sensatos como decíamos antes podemos decir cosas bonitas o aprendidas de memoria;  pero si preguntamos al conjunto de los que nos rodean qué es lo que sería más importante de todo lo que tenemos que hacer como creyentes y como cristianos, nos encontraremos también con las más diversas respuestas. Que si todos tenemos que respetarnos y tratarnos bien, que si nos portamos bien con aquellos que se portan bien con nosotros, que si somos amigos de nuestros amigos pero los demás… ya nos lo pensaremos, que si tenemos que hacer el bien cuando podamos (y ya veremos cuan pocas veces podemos), que si hay que ir de sinceros por la vida y no podemos ser unos fachas para los demás, y desgranaríamos un montón de cosas que irían apareciendo en esta hipotética lluvia de ideas que nos hagamos.

Es más importante de lo que pensamos este planteamiento que se nos hace en el evangelio. Porque no es solamente la pregunta que los maestros de la ley le hicieron a Jesús para ponerlo a prueba – que poco nos importarían hoy las malas intenciones que pudiera tener aquella gente – sino que desde la Palabra de Dios se nos está interrogando a la sinceridad de nuestra vida cuál es ese mandamiento importante.

Nos puede parecer cosa sabida de catecismo la respuesta que estamos escuchando en el evangelio, pero realmente nos preguntamos nosotros por el amor de Dios, por el amor que le tenemos a Dios, como decimos en el catecismo, sobre todas las cosas, o como se nos dice aquí ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’. No es cosa baladí, no son meras palabras que podamos poner o quitar según nos convenga, es algo que va a afectar realmente a toda nuestra vida.

Jesús ha venido anunciando la llegada del Reino de Dios, está en el centro de su mensaje, pero repito que no son solo palabras; es poner en verdad a Dios como el centro único de nuestra vida, ‘corazón, alma, mente’, se nos dice. ¿Dios está en verdad en el centro de nuestro corazón, de nuestros pensamientos, de lo que es la motivación más profunda de nuestra vida? Cuando hacemos examen de conciencia pasamos demasiado rápido por este primer mandamiento, nos lo damos por sabido y por cumplido; pero vayamos analizando lo que hacemos, lo que es nuestra vida de cada día, nuestras preocupaciones y nuestras ocupaciones, ¿qué lugar ocupa Dios en todo ello? ¿También cuando podamos o cuando nos sobre tiempo?

Pero Jesús en la respuesta no se queda ahí, porque nos dice que el segundo es igual de importante.  ‘El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Semejante, no los podemos separar porque el uno se cumple y se realiza en el otro. Y porque no estamos hablando de un amor cualquiera. ‘Como a ti mismo’, nos dice. Y amarnos a nosotros mismos eso sí que lo haremos. Y ya sabemos cuantas cosas podríamos señalar para decir que nos amamos. Porque tenemos que amarnos porque amamos la vida y queremos vivir, y buscar lo mejor, y darle la mayor dignidad a la vida, y hacernos querer y respetar, y valorar lo que somos como nos gozamos también en lo que hacemos, y así podríamos seguir diciendo muchas cosas. Pues nos dice Jesús ‘y a tu prójimo como a ti mismo’.

Y nos concluirá Jesús que ‘en estos mandamientos se sostienen la ley y los profetas’. Está respondiendo Jesús a unos maestros de la ley. ¿Por dónde ha de ir nuestra búsqueda de la felicidad, como habíamos comenzado planteándonos? ¿Qué es lo realmente importante para nuestra vida?

miércoles, 21 de agosto de 2024

Como el artista se siente complacido en el arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, para la belleza de nuestro mundo

 


Como el artista se siente complacido en el arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, para la belleza de nuestro mundo

Ezequiel 34, 1-11; Salmo 22; Mateo 20, 1-16

Forma parte de la naturaleza del ser humano el ir plasmando su ser en la obra que realiza con sus manos, el trabajo; y cuando hablo de lo que realizamos con las manos no reduzco el concepto solamente a lo que pueda ser el trabajo manual, sino que estoy queriendo expresar lo que podríamos decir todo lo que sale del ser del hombre, del ser de la persona.

Trabajo es lo que realizamos manualmente pero es también todo lo que podríamos llamar lo brotado de su inteligencia y de su ingenio, de donde surge todo lo que es el pensamiento del ser humano, y en consecuencia podríamos decir la filosofía pero es también lo que de manera artística realiza, como puedan ser las artes plásticas pero también la belleza de pensamiento expresado en la poesía. En todo ello vamos dejando la impronta de nuestro ser, brotarán las iniciativas y la creatividad y con ello queremos dejar tras nosotros un mundo mejor y más bello.

El hombre o la persona ociosa que nunca tiene ganas de hacer nada diríamos que está cortándole las alas a su espíritu; esa falta de actividad y de creatividad anula algo importante de su ser con lo que ve mermado también su propio desarrollo personal. Es cierto que podemos necesitar algún periodo de inactividad pero como una recarga de baterías, una recarga de fuerzas para continuar produciendo esa plenitud de su vida. El ocioso no entenderá de plenitud ni de búsqueda de algo más y mejor, simplemente se deja arrastrar por la vida, es lo que decimos habitualmente lo que hacemos es vegetar, pero aun así haríamos un mal uso de la palabra, porque también los vegetales nos producen flores y nos dan frutos.

En cualquier estadio de la vida en que nos encontremos tenemos esa posibilidad de hacernos crecer a nosotros mismos con nuestro propio trabajo dándole un sentido y una plenitud a nuestra vida; y es que en cualquier estadio de nuestra vida tenemos que saber disfrutar de nuestro trabajo que nos dignifica y nos enriquece, y no hablo solo de unos beneficios materiales que podamos obtener como fruto de nuestros trabajos, sino de una riqueza espiritual que le da una nueva dignidad y grandeza a nuestra propia vida.

Hoy la parábola que nos ofrece el evangelio nos habla de aquel propietario que salió de mañana bien temprano a buscar trabajadores para su viña; y nos habla cómo en las distintas horas del día siguió saliendo en búsqueda de más operarios, de manera que casi a última hora de la tarde, cuando se encuentra a algunos que aun andan sin trabajo, les pregunta que cómo es que han estado ociosos todo el día. Algo les faltaba a aquellas personas, a los que, aunque parezca una hora tardía, envía también a su viña.

Muchas explicaciones y comentarios nos habremos hecho o se nos ha ofrecido en otras ocasiones sobre esta parábola. Quiero seguir por esta línea de pensamiento que hemos venido desarrollando; en cualquier hora de nuestra vida tendremos siempre la oportunidad de darle un desarrollo a nuestra vida.

Aunque tengamos siempre que obrar en justicia para que todo el mundo sea remunerado debidamente por lo que realiza para una vida con dignidad, no solo tenemos que pensar en esa remuneración material o económica, sino que cada uno tenemos que considerar la grandeza y la dignidad de lo que es nuestra trabajo, la riqueza y no solo en lo material que adquiere nuestra vida porque cuanto realizamos nos lleva a un crecimiento y a una plenitud de nuestro ser.

Así qué gozosos hemos de sentirnos en el desarrollo de nuestro trabajo, sea cual sea, porque siempre nos estará haciendo ver la dignidad de la persona. Disfrutemos de nuestro trabajo, sintámonos complacidos en la obra que sale de nuestras manos donde estamos plasmando, como decíamos, todo nuestro ser.

No lo miremos como una carga que no nos queda más remedio que soportar, sino como algo que sale de lo más profundo de nuestro ser; como el artista que se siente complacido en la obra de arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, porque estamos contribuyendo a la verdadera riqueza y belleza de nuestro mundo, que Dios ha puesto en nuestras manos para que continuemos la obra de la creación.

lunes, 8 de julio de 2024

Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

 


Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Salmo 144; Mateo 9, 18-26

Como tengamos salud, lo tenemos todo. Eso nos decimos muchas veces. Y no queremos la enfermedad ni el sufrimiento. Aunque muchas son las ambiciones que tenemos en la vida, - porque ¿quién no quiere sacarse la lotería con lo que podríamos tapar tantos huequitos, como decimos tantas veces? ¿Quién no quiere que las cosas le salgan bien, prosperen sus negocios, o vea el fruto de su trabajo? ¿Quién en el fondo no quiere tener éxito en la vida, ganar en prestigio, poder alcanzar grandes puestos que son como logros o triunfos en la vida? – sin embargo nos decimos que teniendo salud, lo tenemos todo. Nos aparece en un momento determinado la enfermedad y nos sentimos como descolocados, no sabemos cómo reaccionar, perdemos la calma y la serenidad, nos sentimos aburridos en la vida. Pero ¿solo esa salud corporal es verdaderamente lo importante?

Seguramente podemos llegar a darnos cuenta que detrás o por encima de esa salud corporal hay otra cosa que sí puede llenar la vida. No estamos enfermos, pero estamos tristes porque quizás nos duelen los desaires que nos puedan hacer los demás. No tenemos ninguna enfermedad a la vista ni en nosotros ni en los que amamos, pero quizás no tenemos auténtica paz en casa, en las relaciones entre los más cercanos y sentimos en nuestro interior que realmente nos falta algo que nos pueda hacer más felices. Y así podemos seguir haciéndonos más comparaciones pero es necesario sentir y descubrir lo que verdaderamente es la vida que hemos de vivir en plenitud.

Hoy el evangelio nos ofrece un episodio que realmente se desdobla en dos a lo largo de su desarrollo. En principio viene un padre angustiado; ¿por qué su angustia? Su hija está en las últimas o acaba de morir – según el relato de uno u otro de los evangelistas – y pide la presencia de Jesús en su hogar; quiere que vaya le imponga las manos a su hija para que haya vida.

De camino una mujer se atraviesa, vamos a decirlo así, en el camino; viene con su enfermedad, sus hemorragias que no se curan, a pesar de haberse gastado todo lo que tenía en médicos y medicinas; pero aquella mujer tiene una confianza plena en Jesús, por eso se atreve a tocar el manto de Jesús intentando que ni siquiera El lo note. En aquella mujer hay muchos miedos y temores; su enfermedad la hacía impura y no podía presentarse en medio de la gente; después al sentirse curada sigue aún temiendo el verse descubierta, por eso intenta pasar desapercibida entre la gente hasta que no le queda más remedio que reconocer lo que ha hecho y presentarse ahora ante Jesus.

¿Es solo la enfermedad o la muerte en sentido físico lo que está afectando a estas personas? Hay angustias y otros sufrimientos del espíritu, hay miedos y desconfianzas que le hacen ocultarse; hay una paz que falta en el corazón; hay un no terminar de reconocer lo que se es también con sus debilidades, hay una turbación del espíritu que parece difícil de curar. Todavía Jairo siente desconfianza cuando aun yendo ya Jesús de camino le vienen a anunciar que ya no hay nada que hacer.

Pero cuando aquella mujer reconoce toda su situación y es capaz de manifestarse con libertad también delante de los demás, no sólo ha recobrado su salud sino que ha recobrado su dignidad, su confianza en sí misma, su propia valoración. ‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús; pero solo le ha curado de sus hemorragias sino que la ha curado dentro de sí misma, pero ahora sí que se sentirá otra mujer en toda su grandeza.

Te he dicho que te basta la fe, le dice Jesus a aquel hombre que parece que lo ve todo perdido. Todo cambia a la llegada de Jesús a aquella casa; no se necesitan aquellas plañideras, no hay porque seguir con crespones de duelo, pero ha renacido la vida, hay que volver al ritmo y a la armonía de aquel hogar donde los padres se vuelven a sentar con los hijos para comer juntos, con todo lo que eso puede significar. ‘Dadle de comer a la niña’, les dice Jesus cuando la levanta de su postración. Jesús viene a levantarnos de nuestra postración, esa postración de nuestras angustias y desánimos, de nuestras desesperanzas y de verlo todo negro, de nuestras pasividades y desalientos, de seguir arrastrándonos por la vida cuando podemos caminar con dignidad por nosotros mismos.

Es algo más que la salud física, del cuerpo, o la liberación de una enfermedad; hay otras cosas que pueden hundirnos y de lo que Jesús quiere levantarnos, es esa paz que quiere poner en nuestros corazones, ese buen ánimo para enfrentar la vida aún cuando aparezcan momentos duros y difíciles.

¿Comprenderemos lo que es verdaderamente importante y nos hace plenamente felices?


lunes, 10 de junio de 2024

Dichosos, felices, bienaventurados, como nos dice Jesús, pero no es con una varita mágica como lo conseguimos, sino con el camino nuevo que nosotros emprendamos

 


Dichosos, felices, bienaventurados, como nos dice Jesús, pero no es con una varita mágica como lo conseguimos, sino con el camino nuevo que nosotros emprendamos

1Reyes 17, 1-6; Salmo 120; Mateo 5, 1-12

Todos soñamos siempre con algo mejor, sobre todo cuando estamos pasando por momentos difíciles, con problemas y carencias; si alguien viene además a decirnos con convencimiento que todo eso puede cambiar, más grande se hace nuestra ilusión y de más esperanza llenamos nuestros sueños; aunque nos tratemos de convencer que quizás eso no es tan inminente como nos lo prometen, pero ahí está sembrada la semilla de la esperanza, y seremos capaces de irnos detrás de quien nos ha hecho esas promesas hasta el fin del mundo si fuera necesario; además cuando vemos algunas señales de que eso es posible, más alegría se mete en el corazón, aun cuando sigamos todavía por un tiempo con aquella misma situación. La esperanza que nos parece cierta pone un nuevo brillo en nuestros ojos.

Seguramente era lo que iban sintiendo los que escuchaban el mensaje de Jesús. Aunque algunos les dijeran que eso que prometía era imposible, era irrealizable, estarían dispuestos a todo por escucharle y por seguirle. Todavía hoy hay quienes cuando escuchan esta página de las bienaventuranzas en el evangelio dicen que eso es una utopía irrealizable, que de alguna manera los oyentes de Jesús se sentían engañados, y siguen tirando piedras sobre el tejado de la Iglesia y del evangelio.

No queremos tampoco hacer rebajas en las interpretaciones que nos hagamos de esta página del evangelio con unas explicaciones muy espiritualistas. Sí tenemos que darnos cuenta de la trascendencia que se despertaba en los corazones al escuchar estas palabras de Jesús. Van más allá de una lectura e interpretación al pie de la letra; tenemos que saber entender lo que significaba el Reino de Dios anunciado por Jesús; tampoco Jesús quería promover una revolución llena de revueltas, como tantos hoy manipulan a las personas y a los pueblos; Jesús estaba proponiendo un mundo nuevo que por supuesto tenía que plasmarse en la vida de las personas, en la mejora de las que iban a disfrutar todos los que creyeran el mensaje de Jesús y quisieran ponerlo en práctica.

Porque de eso se trata, es algo que tenemos que poner en práctica; no es una varita mágica con la que tocamos las cosas y las cosas por si solas se transforman. Es la Palabra y la mano de Jesús que irá tocando el corazón del hombre, el corazón de las personas para hacer posible eso nuevo que Jesús nos proclama cuando nos llama dichosos también en nuestra pobreza, nuestras carencias que pueden llevar al hambre y a la sed, a aquellos que van a actuar de una manera nueva porque será la mansedumbre su manera de actuar, desterrarán todo lo que signifique maldad y violencia, o se sientan defraudados porque no son comprendidos por nadie.

Es que tenemos que comenzar a tener un corazón nuevo - ¿no pedía Jesús conversión desde sus primeros anuncios para poder creer en la buena noticia del Reino de Dios que Jesús nos anunciaba? -, por ahí tenemos que comenzar y entonces comenzaremos a tener una nueva mirada de la vida, de las personas, de los que están a nuestro lado, de cuanto vaya sucediendo, y podremos tener esa mansedumbre del corazón, y esa humildad para mirarnos los unos a los otros de una manera nueva, y pureza de corazón para arrancar toda malicia que nos lleva a sospechas, envidias o incomprensiones. Vamos a comenzar a sentir una nueva paz en el corazón, y nos sentiremos satisfechos de las semillas que vamos sembrando, de la bondad que vamos repartiendo, de la ternura con que vamos contagiando nuestro mundo. Y comenzaremos a sentir una felicidad nueva en los corazones.

Es lo que nos está diciendo Jesús y es lo que tenemos que comenzar nosotros a hacer y a vivir. Y no es una utopía irrealizable lo que Jesús nos anuncia, esa manera de ser felices que Jesús nos está diciendo. Si de verdad nos ponemos en camino en este estilo de Jesús estaremos haciendo de verdad un mundo de felicidad para todos.

¡Dichosos! ¡Felices! ¡Bienaventurados!, que nos dice Jesús.

miércoles, 5 de junio de 2024

Me he quedado pensando si realmente creemos en el Dios de la vida o nos hemos hecho un dios de muertos

 


Me he quedado pensando si realmente creemos en el Dios de la vida o nos hemos hecho un dios de muertos

2Timoteo 1, 1-3. 6-12; Salmo 122; Marcos 12, 18-27

Me he quedado pensando ante este pasaje que nos ofrece hoy el evangelio. Por allí andan las distintas corrientes de pensamiento religioso que daba ocasión a fuertes enfrentamientos entre unos y otros en el pueblo de Dios. Por un lado andaban los saduceos que no creían en la resurrección y en la vida eterna, por otra estaban no solo los fariseos con su mayor rigorismo con todas sus connotaciones sino también lo que era la fe habitual del pueblo creyente que creía en la vida que un día podían tener en Dios. Y en esto quieren meter por medio a Jesús y vienen con sus casuísticas, como suele suceder siempre, con planteamientos y preguntas, que no siempre eran fáciles de responder.

Pero en lo que me he quedado pensando es en la fe que realmente nosotros tenemos en Dios, en la manifestación de fe que habitualmente vive la generalidad de lo que decimos el pueblo cristiano. Y la pregunta que me ronda es si creemos realmente en un Dios de la vida o en un Dios de los muertos. No quiero entrar en generalizaciones que suelen ser complicadas y en cierto modo conflictivas porque hasta se pueden convertir en ofensivas para algunas personas. Pero viendo la relación que tienen muchos cristianos con la Iglesia o con las celebraciones religiosas, algunas veces puede uno llegar a pensar que para muchos Dios es el dios de la muerte.

Veamos, si no, para mucha gente venir a la Iglesia es porque venimos a acompañar un entierro, venimos a la Iglesia y lo que pedimos es misas para los difuntos, venimos a nuestras celebraciones y lo que hacemos muchas veces es echar una lagrimita porque recordamos ‘a los que se han ido’, como solemos decir, y todo se llena de llanto y de tristezas. ¿Dónde tenemos la esperanza? ¿Dónde sentimos que Dios viene para llenarnos de vida y no solo pensando en la vida eterna, en la vida futura, sino en el hoy de cada día de nuestra vida? ¿No habremos alineado demasiado la religión con la muerte?

Es cierto que la muerte nos hace plantearnos hondas preguntas en lo más profundo de la persona, nos puede hacernos plantear un sentido de vida y también un sentido de trascendencia para nuestra vida. ¿Cuál sería en verdad ese sentido de vida y de trascendencia del que tenemos que llenarnos? ¿Dónde está nuestra esperanza? En nuestra fe no nos quedamos en el umbral de la muerte, Jesús quiere para nosotros vida y vida en plenitud. No quiere que vivamos de cualquier manera, no quiere en nosotros superficialidades ni vanidades, quiere de verdad algo que nos dé hondura, profundidad a lo que vivimos. Porque además nos quiere felices, para eso nos ha creado.

No nos quiere angustiados por las tristezas, no quiere que simplemente vayamos echando días, como se suele decir, porque un día todo esto se termina y no va a quedar nada. Una vida así, con esas alas recortadas, claro que es triste, claro que no sabremos salir adelante con los problemas, claro que nos vamos a ahogar en un vaso de agua. Tenemos que pensar en otra plenitud, que ahora también hemos de vivir viviendo. Ahora también tenemos que ser felices, pero no con sucedáneos, sino porque le vayamos dando un sentido a todo lo que hacemos, porque sintamos el gozo de que podamos amarnos más, de que haya gente a nuestro alrededor que cada día pueda vivir con mayor dignidad, porque sintamos en verdad la alegría de la vida. Y por eso tenemos que luchar, para eso está Jesús junto a nosotros, ese es el evangelio que nos ha trasmitido cuando nos ha anunciado y comprometido con el Reino de Dios. Es por eso por lo que tenemos que trabajar y sentirnos felices en lo que cada día vamos logrando.

No es pensar en la muerte y vivimos agobiados por esa realidad. Es sentir que Dios quiere darnos vida y que la vivamos en plenitud, una plenitud que un día no dará sin fin, es lo que llamamos vida eterna. Y mirar para el más allá no es llenarnos de tristeza sino de esperanza, porque es donde queremos llegar para vivir para siempre en Dios. Como nos dice hoy Jesús, Dios es un Dios de vivos, es un Dios de la vida.

sábado, 2 de diciembre de 2023

Nos lo tenemos que pensar muy bien y con mucha seriedad para estar vigilantes y no apartarnos de ese camino que nos lleva a la plenitud y es nuestra fe en Jesús

 


Nos lo tenemos que pensar muy bien y con mucha seriedad para estar vigilantes y no apartarnos de ese camino que nos lleva a la plenitud y es nuestra fe en Jesús

Daniel 7, 15-27; Sal.: Dn. 3,82-87; Lucas 21, 34-36

¿Qué es lo que realmente queremos hacer de nuestra vida? Si nos ponemos un poco razonables seguramente que todos reconoceremos que no queremos destrozar nuestra vida, que queremos buscar lo mejor, que en la vida estamos para ser felices y que por supuesto no queremos hacer daño a nadie. Claro que el tema de fondo está en qué es lo que creemos que es lo mejor, donde podemos encontrar esa felicidad que deseamos y que claro en la vida nos vamos rozando los unos con los otros y no es que queremos dañar a nadie, pero en esos roces siempre alguien saldrá dañado, y claro no queremos ser nosotros.

Aquí hay muchas cuestiones de fondo, porque es plantearnos que es lo que verdaderamente me satisface, o como puedo encontrar prontamente esos momentos de felicidad. Y nos encontramos en nuestro derredor muchas cosas que nos atraen, que nos confunden, que nos ofrecen momentos prontos de placer que confundimos con la felicidad verdadera, y poco a poco podemos irnos cegando, confundiendo, y terminamos por derroteros que no hubiéramos querido recorrer. A cualquier persona llena de vicios y de ataduras en su vida le preguntamos si querían llegar a ese estado y nos dirán que no, pero que en la pendiente de la vida las cosas fueron rodando y rodando y terminaron como terminaron. No justificamos, pero si entendemos. Porque todos estamos sometidos a esa tentación.

Hoy nos dice que Jesús que tengamos cuidado con que no se nos embote la mente; que no nos ceguemos; que no nos encerremos en esas cosas de placer pronto pero que no nos harán totalmente felices. Cuando caemos en esas redes luego terminamos queriendo más y más, y todo es como una espiral que se va agrandando y que parece que no puede tener fin. Pero hemos de romper esa espiral; tener la fuerza de voluntad suficiente para decir hasta aquí he llegado y no doy un paso más por esa pendiente, porque mucho que sea lo que me arrastre. Y sabemos que cuesta, que es difícil.

En la vida tenemos que estar atentos para no caer por esas pendientes. Son unos oropeles muy brillantes que nos atraen y nos confunden. Tenemos que saber discernir en cada momento lo que se nos ofrece y lo que hacemos. No puede ser una espiral irremediable, aunque tanto nos cueste arrancarnos de ella. Es la vigilancia de la que continuamente Jesús nos está hablando; hemos escuchado hablar del criado que está pendiente de la puerta para abrir apenas llegue su señor, del administrador a quien se le han confiado unas responsabilidades del cuidado de la casa y de todos los que en ella habitan y tiene que cumplir fielmente con su tarea, como del centinela que está de guardia en la muralla para evitar ser atacado. Muchas imágenes que nos propone Jesús para hablarnos de esa atención y vigilancia con que hemos de vivir.

Y es aquí cuando tenemos que ir a lo más hondo de nosotros mismos. ¿En qué o en quien hemos puesto el sentido de nuestra vida? ¿Estaremos siendo fieles a esa trayectoria que nos hemos trazado para no apartarnos ni lo más mínimo del camino? Si nos llamamos cristianos es porque nuestra fe la hemos puesto en Jesús; es El el sentido de nuestra vida, por algo nos dice que es el Camino y la Verdad y la Vida.

Es por lo que hemos optado en nuestra existencia, por ese camino, esa verdad y esa vida que es Jesús. Es lo que queremos vivir. Es lo que nos va a dar verdadera plenitud. Es de lo que no nos podemos alejar. Pero ahí están esas pendientes resbaladizas que nos rodean, que, como decíamos, nos ofrecen otras cosas que nos parecen más fáciles. Es la meta por la que tenemos que lugar, es esa vida eterna que Jesús nos ofrece para que vivamos para siempre con El.

Nos lo tenemos que pensar muy bien, con mucha seriedad. Para que no se nos embote la mente, como antes nos decía Jesús, para que sigamos el camino recto que nos lleva a la plenitud y nos hará alcanzar la verdadera felicidad.