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miércoles, 20 de noviembre de 2024

Salgamos de la pasividad conservadora de no perder lo que tenemos con el riesgo que significar abrir nuevos horizontes desde nuestra fe en nuestro mundo

 


Salgamos de la pasividad conservadora de no perder lo que tenemos con el riesgo que significar abrir nuevos horizontes desde nuestra fe en nuestro mundo

Apocalipsis 4, 1-11; Salmo 150; Lucas 19, 11-28

¿En qué ocupamos la vida? Eso viene a decirnos el sentido que la vida tiene para nosotros. Hay quienes no piensan en  hacer nada, simplemente dejarse llevar por la pasividad, a lo que salga, pasarlo bien y vivir la vida; pero claro, tendríamos que preguntarnos y ¿qué es vivir la vida?  Creo que una vida así no se vive, se soporta o nos queremos aprovechar de ella, pero nada aportamos.

Pero hay quienes se arriesgan, quieren salir de esa pasividad, buscan algo nuevo y algo mejor, algo que en verdad les haga sentirse vivos, y siempre estarán buscando qué hacer, no simplemente por ocupar el tiempo sino por darle sentido a su tiempo haciéndolo productivo. Pero es un riesgo, conlleva esfuerzo, no siempre vamos a encontrar el resultado apetecido tan pronto como deseamos, nos exigirá sacrificios, buscar metas, darle hondura a la vida, aunque haya tropiezos, se puedan cometer errores, pero encontraremos satisfacciones más hondas que las de aquellos que no hacen nada y se quedan en la pasividad. Es un riesgo, porque nos exigirá poner todo lo nuestro, lo que somos más que lo que tenemos, porque no son cosas solo lo que buscamos.

Y surgen las personas emprendedoras, aparecen nuevas iniciativas, desarrollamos toda nuestra creatividad, porque de alguna manera estamos siendo creadores de esa vida que vivimos, y por eso mismo sentimos mayor satisfacción. Lo vemos en el orden también de lo material, quien quiere emprender un nuevo negocio, quiere avanzar en la vida para no quedarse en lo de siempre, quien busca también ¿por qué no?, un beneficio material, una riqueza para su vida, tiene que arriesgar y esforzarse, no se puede quedar con los brazos cruzados esperando que todo se lo den hecho.

De esto nos está hablando Jesús en el evangelio. Lo hace como una lección amplia para nuestra vida, pero está también en aquellas circunstancias que ahora mismo están viviendo sus seguidores, pero de alguna manera lo que es la vida del pueblo de Israel. Estaban subiendo a Jerusalén, nos dice el evangelista. Y algunos de sus seguidores más entusiastas ya estaban pensando que llegaba la hora de aquel reino que Jesús tanto había anunciado; claro que seguían sin terminar de entender el sentido del Reino de Dios que Jesús les anunciaba. Algunos pensaban que era la hora de la restauración de Israel, con todas las connotaciones que aquello tenía en su mentalidad. Pero también pensaban que todo se les iba a dar por nada, surgía un Mesías, un liberador y todo estaba hecho. Pero Jesús les propone una parábola.

Alguien que va a buscar el titulo de rey, aunque hay muchos que no están de acuerdo, pero mientras él deja a sus más cercanos un encargo. Les reparte una minas de oro (era una expresión que tenían de esos valores o riquezas que poseían), pero a no todos reparte de la misma manera, unos más y otros menos. Han de negociarlo.

Ponerse a negociar es una habilidad y es también un riesgo, porque aquel con quien negociemos también tiene sus mañas y habilidades y él también quiere ganar. Lo que son los negocios de la vida, como bien sabemos. A su vuelta pide cuentas; unos han dado rendimiento, más o menos según sus capacidades y habilidades, pero hay quien no ha rendido nada, porque nada ha negociado, y así lo reconoce. Había guardado aquella mina de oro que le habían confiado para no perderla y ahora la entrega dando la razón del miedo que tenía de no ganar, de perderla. Y con él aquel que viene con el titulo de rey es muy severo.

Como decíamos, Jesús quiere hablarnos de una forma general para la vida y para nuestras responsabilidades, y ya tomamos nota. Pero Jesús quiere hablarnos de lo que hemos de hacer para realizar ese Reino de Dios. No nos podemos cruzar de brazos, no podemos decir que son tiempos difíciles, no nos podemos quedar en que la gente no responde por mucho que nosotros hagamos, no podemos quedarnos en la pasividad del que se resigna. Y cuidado que habemos cristianos resignados y pacíficos, cuidado que algunas veces también en nuestros ámbitos eclesiales nos falta ese entusiasmo, esa iniciativa y esa creatividad, cuidado que no contentamos, decimos, con conservar los que aun tenemos para que no se vayan, pero nada estamos haciendo para sean otros los que vengan, los que reciban el anuncio del Reino que tenemos que realizar.

¿Querremos entender de verdad lo que Jesús nos está diciendo con la parábola? ¿Llegará un momento en que terminemos por despertar y salir de nuestras rutinas? ¿Seguiremos los cristianos en nuestra dejadez y nuestro poco entusiasmo? ¿Seguiremos refugiándonos en nuestras reuniones de siempre y en nuestros rezos dentro de nuestros templos? ¿Nos daremos cuenta de que es algo más que organizar procesiones lo que los cristianos tenemos que hacer en medio del mundo?

miércoles, 21 de agosto de 2024

Como el artista se siente complacido en el arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, para la belleza de nuestro mundo

 


Como el artista se siente complacido en el arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, para la belleza de nuestro mundo

Ezequiel 34, 1-11; Salmo 22; Mateo 20, 1-16

Forma parte de la naturaleza del ser humano el ir plasmando su ser en la obra que realiza con sus manos, el trabajo; y cuando hablo de lo que realizamos con las manos no reduzco el concepto solamente a lo que pueda ser el trabajo manual, sino que estoy queriendo expresar lo que podríamos decir todo lo que sale del ser del hombre, del ser de la persona.

Trabajo es lo que realizamos manualmente pero es también todo lo que podríamos llamar lo brotado de su inteligencia y de su ingenio, de donde surge todo lo que es el pensamiento del ser humano, y en consecuencia podríamos decir la filosofía pero es también lo que de manera artística realiza, como puedan ser las artes plásticas pero también la belleza de pensamiento expresado en la poesía. En todo ello vamos dejando la impronta de nuestro ser, brotarán las iniciativas y la creatividad y con ello queremos dejar tras nosotros un mundo mejor y más bello.

El hombre o la persona ociosa que nunca tiene ganas de hacer nada diríamos que está cortándole las alas a su espíritu; esa falta de actividad y de creatividad anula algo importante de su ser con lo que ve mermado también su propio desarrollo personal. Es cierto que podemos necesitar algún periodo de inactividad pero como una recarga de baterías, una recarga de fuerzas para continuar produciendo esa plenitud de su vida. El ocioso no entenderá de plenitud ni de búsqueda de algo más y mejor, simplemente se deja arrastrar por la vida, es lo que decimos habitualmente lo que hacemos es vegetar, pero aun así haríamos un mal uso de la palabra, porque también los vegetales nos producen flores y nos dan frutos.

En cualquier estadio de la vida en que nos encontremos tenemos esa posibilidad de hacernos crecer a nosotros mismos con nuestro propio trabajo dándole un sentido y una plenitud a nuestra vida; y es que en cualquier estadio de nuestra vida tenemos que saber disfrutar de nuestro trabajo que nos dignifica y nos enriquece, y no hablo solo de unos beneficios materiales que podamos obtener como fruto de nuestros trabajos, sino de una riqueza espiritual que le da una nueva dignidad y grandeza a nuestra propia vida.

Hoy la parábola que nos ofrece el evangelio nos habla de aquel propietario que salió de mañana bien temprano a buscar trabajadores para su viña; y nos habla cómo en las distintas horas del día siguió saliendo en búsqueda de más operarios, de manera que casi a última hora de la tarde, cuando se encuentra a algunos que aun andan sin trabajo, les pregunta que cómo es que han estado ociosos todo el día. Algo les faltaba a aquellas personas, a los que, aunque parezca una hora tardía, envía también a su viña.

Muchas explicaciones y comentarios nos habremos hecho o se nos ha ofrecido en otras ocasiones sobre esta parábola. Quiero seguir por esta línea de pensamiento que hemos venido desarrollando; en cualquier hora de nuestra vida tendremos siempre la oportunidad de darle un desarrollo a nuestra vida.

Aunque tengamos siempre que obrar en justicia para que todo el mundo sea remunerado debidamente por lo que realiza para una vida con dignidad, no solo tenemos que pensar en esa remuneración material o económica, sino que cada uno tenemos que considerar la grandeza y la dignidad de lo que es nuestra trabajo, la riqueza y no solo en lo material que adquiere nuestra vida porque cuanto realizamos nos lleva a un crecimiento y a una plenitud de nuestro ser.

Así qué gozosos hemos de sentirnos en el desarrollo de nuestro trabajo, sea cual sea, porque siempre nos estará haciendo ver la dignidad de la persona. Disfrutemos de nuestro trabajo, sintámonos complacidos en la obra que sale de nuestras manos donde estamos plasmando, como decíamos, todo nuestro ser.

No lo miremos como una carga que no nos queda más remedio que soportar, sino como algo que sale de lo más profundo de nuestro ser; como el artista que se siente complacido en la obra de arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, porque estamos contribuyendo a la verdadera riqueza y belleza de nuestro mundo, que Dios ha puesto en nuestras manos para que continuemos la obra de la creación.

viernes, 13 de enero de 2023

Aprendamos a entrar en la órbita del amor para nosotros acoger y saber también ofrecer el perdón, teniendo la audacia de buscar el amor y de regalar amor

 


Aprendamos a entrar en la órbita del amor para nosotros acoger y saber también ofrecer el perdón, teniendo la audacia de buscar el amor y de regalar amor

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

El amor hace milagros. Y eso lo palpamos en tantas ocasiones de la vida. Hay cosas que nos parecen imposibles, todo son obstáculos y dificultades. Pero hay alguien que lo siente hondamente en el corazón, hay alguien que ama y no puede permitir el sufrimiento, la carencia de alguien a quien ama. Y revolverá lo que sea necesario para conseguir que aquella situación cambie, se encuentre un camino y una solución, y lo que parecía imposible al final se consiguió. Era la fuerza del amor. Todos hemos conocido en nuestro entorno situaciones así, y personas que con amor se entregan para conseguir lo imposible.

Hoy el evangelio nos está hablando de eso. Primero son aquellos hombres que llevan en una camilla a un discapacitado, paralítico se solía decir de forma generalizada, que quieren llevar a la presencia de Jesús para su curación. Algo hondo tenían que sentir aquellos hombres además de una fe muy grande. En la imposibilidad de hacerlo llegar por la vía normal, la puerta, por la cantidad de gente que se agolpaba para escuchar a Jesús, surge la iniciativa y la creatividad para hacerlo llegar aunque tengan que romper el tejado. Por allí lo descienden hasta los pies de Jesús.

Todo parecía resuelto ya ante aquella determinación valiente de aquellos hombres, pero allí está también la fuerza del amor. Quien ama da vida, quien ama ofrece lo mejor de su corazón, quien ama se derrite en compasión y misericordia, quien ama perdona. Ya tendríamos que aprender a caldear nuestro corazón con el verdadero amor y seríamos tan distintos los unos con los otros. Nos falta dejar de mirarnos para nosotros mismos para abrir una ventana en el alma por donde entren los aires caldeadores del sol que viene de lo alto, del amor de Dios. Se caerían esas barreras del orgullo que tantas veces ponemos entre unos y otros, por las que no pasamos ni dejamos pasar.

Aquel día ya se habían superado unas barreras. Incluso el deseo de escuchar a Jesús de aquellas gentes había sido una barrera, pero el amor la había hecho saltar, porque el amor fue creativo como para hacer llegar al enfermo a los pies de Jesús aunque tuvieran que descolgarlo desde el techo. ¿Cómo no tendrían que saltar esas otras barreras de muchos de los que estaban allí que estaban al acecho de lo que Jesús hiciera o pudiera decir?

El amor de Dios que envolvía a Jesús haría saltar aquellas últimas barreras aunque pudiera servir de escándalo para algunos. Y es que el amor hace lo que parece imposible. ‘Tus pecados quedan perdonados’, le dice Jesús al paralítico. Y surgen los murmullos de los que quieren crear desconfianzas. ¿Cómo puede perdonar pecados? Este hombre blasfema. Pero sí se podían perdonar pecados porque allí está presente el amor, el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús. ¿No era el amor que hace presente el poder de Dios el que podía hacer que aquel hombre se curase y se levantase de su camilla? ¿Quién puede hacerlo sino Dios?

‘Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados -dice al paralítico-: Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa. Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios…’

‘Nunca hemos visto una cosa igual’, fue la reacción de los que saben descubrir las cosas de Dios, fue la reacción de los que estaban abiertos al amor de Dios. El amor hace milagros, comenzamos diciendo al iniciar esta reflexión en torno al evangelio. Aprendamos a acoger el perdón con lo que humildemente y también con esperanza estamos manifestando nuestra propia fragilidad, que se ve sanada por el amor.

Aprendamos a entrar en esa órbita del amor para también nosotros saber ofrecer el perdón, tener la audacia de buscar el amor y de regalar amor. Sanaremos nuestro corazón, pero estaremos también sanando a los demás; seremos capaces de levantarnos de la postración de nuestras camillas de orgullos y resentimientos, y daremos la oportunidad a los otros de llegar también a los pies de Jesús por los caminos del amor, como lo hicieron aquellos que saltaron todas las barreras para llegar hasta la fuente de la vida y del amor. Podremos en la vida ir haciendo los milagros del amor para dar más vida a nuestro mundo.

domingo, 2 de mayo de 2021

Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

 


Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

Hechos de los Apóstoles 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8

Tengo un amigo que trabaja en la agricultura, en concreto, en la recolección de la fruta, pero hay ocasiones en que me dice que al día siguiente lo envían a otra cosa, lo envían a la poda o lo envían a quitar chupones; para que se pueda tener buena fruta es necesario cuidar debidamente la planta, el árbol o lo que sea de lo que recogemos la fruta, por eso cada año se necesita la poda, como también cada cierto tiempo se cortan o arrancan los chupones que son esos ramajes que muchas veces surgen pero que no dan ningún fruto y lo que hacen es chuparle la vida al árbol.

Aparte de yo ser también hijo de agricultores y vivir en un lugar donde se cultiva intensamente la vid, me vino también la imagen del trabajo de este amigo que he mencionado al escuchar hoy el evangelio. De eso nos habla Jesús como una imagen de gran riqueza para nuestra vida cristiana.

Hemos de reconocer que en muchas ocasiones nuestra vida cristiana es mediocre, no se ven los frutos que tendrían que resplandecer. Un poco nos contentamos, como solemos decir, en lo de siempre – siempre se ha hecho así, decimos para contentarnos – y la vida que contemplamos muchas veces en nuestras comunidades es lánguida, pobre, amorfa, donde falta valentía para hacer un anuncio claro del evangelio, para lanzarnos a algo más y desear poder llegar a los más lejanos, o nos cargamos de rutinas y tibiezas en las que no brilla lo suficiente el compromiso por un auténtico amor.

De muchos sarmientos inútiles que como chupones estamos rodeados o tenemos en nuestra propia vida; nos vamos consumiendo en hacer lo de siempre pero nos faltan iniciativas, riesgo para lanzarnos en la búsqueda de algo nuevo para vivir con intensidad el evangelio y para poder mejor hacerlo llegar a todos; nuestros templos se nos vacían, nos faltan elementos jóvenes y con ardor en nuestras comunidades que manifiesten la energía de nuestra fe y la energía que tendría que brillar en nuestra comunidad; algo nos está fallando que no trasmitimos el evangelio a los demás, no contagiamos de nuestra fe a los que nos rodean.

Es esa tibieza espiritual en la que vivimos porque nos falta poner en práctica esto que hoy nos señala Jesús en el evangelio. Tener fe en Jesús no es solo cuestión de tener unas ideas que mantenemos como tradiciones en nuestra vida sino que es necesario que en verdad estemos bien enraizados en Jesús. El hoy nos está repitiendo que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Como el sarmiento que no está unido, enraizado en la cepa para que tenga la misma savia, la misma vida.

Pero también Jesús nos habla de la poda que es necesario realizar para quitar aquellos sarmientos que no dan fruto, pero Jesús aun más nos dice que a los que dan fruto el viñador los poda para que den mejores frutos. Y es donde tenemos que mirar con sinceridad nuestra vida. Muchas cosas hemos dejado apegar a nuestro corazón y que se convierten en rémoras en nuestro caminar, porque son un peso muerto, porque no nos dejan avanzar, porque nos van arrastrando y casi empujándonos hacia atrás. Como esos chupones, como esos sarmientos inservibles.

Y aquí tendríamos que revisar actitudes pasivas y negativas que hemos ido dejando introducir en nuestra vida que se convierten en rutinas, que nos llevan a esas posturas de tibieza, que nos llenan de miedos y cobardías, que nos van quitando esa capacidad de iniciativa y esa creatividad que tendría que haber en un corazón lleno de amor.

Son las cojeras de la vida cristiana con que andamos en nuestras comunidades que se han dedicado más a conservar que a abrirse a la iniciativa y creatividad para llegar a nuestros campos, para realizar cosas nuevas, para intensificar todo lo que significa el compromiso de nuestro amor. Nos encontramos así comunidades empobrecidas y envejecidas que no es cuestión solo de años o de la edad que tengamos, comunidades demasiado ritualistas quizás y por otra parte muy rutinarias en sus costumbres y tradiciones, comunidades a las que les falta vida.

Tenemos que despertar, tenemos que volver a la fuente, tenemos que buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y en consecuencia nuestra vida cristiana esté verdaderamente enraizada en Jesús y en el evangelio, tenemos que despertar de nuevo la esperanza y la ilusión en el trabajo pastoral, tenemos que abrirnos a esa creatividad que nos da el Espíritu del Amor. Para eso tenemos que estar muy unidos a Jesús porque sin El nada somos ni nada podremos hacer.

lunes, 7 de diciembre de 2020

El amor tiene que romper todas las barreras y prejuicios y hacernos creativos en nuestras iniciativas para hacer el bien

 


El amor tiene que romper todas las barreras y prejuicios y hacernos creativos en nuestras iniciativas para hacer el bien

 Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

Yo siempre que puedo ayudo, por lo que está de mi parte si veo una necesidad pongo mi mano y ayudo. Expresión de una buena actitud que llevamos dentro que nos lleva a prestar servicios, a echar una mano, a poner de lo que tenemos cuando vemos una necesidad.

Ojalá esa actitud sea amplia y universal y todos actuemos de la misma manera, porque ya bien sabemos quien no es capaz de mover un dedo por su parte sino que cada uno se las arregle por sí mismo; pero también somos conscientes de que hay gente que no hace sino poner trabas a las ruedas en el camino y no solo ya no prestan el servicio, sino que por su parte son en cierto modo destructores de lo que hacen los demás. El que está con la crítica pronta, el que siempre pondrá pegas y dificultades o se escudará cómodamente en sus propias limitaciones, el que siempre anda culpabilizando y amedrentando con culpas a quien tiene un problema o una necesidad, o aquel que es negativo y siempre ve un imposible que superar. Podríamos poner muchos ejemplos de esas posturas negativas.

Hoy nos lo refleja el evangelio. En torno a Jesús hay mucha gente que ha venido de todas partes para escucharle, que le traen sus enfermos o vienen ellos mismos con sus necesidades. La puerta se convierte en un tapón para quien quiera entrar. Por allí anda también un grupo de fariseos y de escribas que en sus posturas negativas están siempre al acecho de lo que Jesús pudiera hacer, como sucede también en otras ocasiones. Por lo que parece hoy no se trata de un sábado como en otras ocasiones sino de un día normal.

A Jesús acude ahora un grupo que traen en una camilla a un imposibilitado, a un paralítico. Allí están los hombres buenos que se preocupan, que conocen al inválido y han oído hablar de Jesús, como ha curado a otros paralíticos como ha devuelto la vista a los cielos o el hacer que puedan oír y hablar muchos sordomudos, lo traen hasta Jesús. Pero se encuentran la primera barrera en los que llenan la casa hasta la puerta, como decíamos, produciendo un tapón que impide su entrada. ¿Cómo llegar hasta Jesús, porque ante El quieren ponerlo para que lo cure? Al amor no le faltan iniciativas. No importa que tengan que romper el tejado moviendo las tejas, o abrir un hueco por la terraza. Por allí descenderán al paralítico a los pies de Jesús.

Y ya hemos escuchado el actuar de Jesús que provocará otro nuevo rechazo, otra nueva barrera que se quiere interponer. ‘Tus pecados son perdonados’, le dice al paralítico que provocará la reacción de los fariseos y de los escribas. ‘Este hombre blasfema, ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?’ Son las barreras que interponemos en la vida incluso valiéndonos de lo que pudieran ser principios y valores buenos. Es cierto que el perdón de los pecados solo a Dios podemos atribuirlo, pero ¿no han sido capaces de descubrir el actuar de Dios en Jesús y en los milagros que realiza?

En una lógica elemental, como Jesús trata de hacérselos comprender, podrían entenderlo. Si Jesús puede dar la vida, si Jesús puede curar, es el actuar de Dios, el poder de Dios que se manifiesta. No es nuestro poder humano el que puede dar vida. Luego tenemos en verdad que reconocer quien es Jesús. Por eso Jesús le dirá al paralítico que tome su camilla y vuelva a su casa.

El mensaje del evangelio, es cierto, que está en ese reconocimiento que hemos de hacer de Jesús, pero en las entrelíneas del evangelio podemos descubrir y aprender más cosas. Es la actitud servicial de aquellos hombres capaces de romper barreras para llegar hasta Jesús. No nos quedemos paralizados ante la primera dificultad, como muchas veces nos pasa en la vida que vemos imposibles y dificultades por todas partes. Cuando se debilita la intensidad del amor nos paralizamos con facilidad y todo serán dificultades que no sabremos superar.

Pero hay algo más en lo que podemos fijarnos para que no nos suceda. No seamos nosotros la dificultad, no seamos nosotros los que ponemos el tapón, no seamos nosotros los que hagamos imposible en el hacer el bien, no quitemos nunca la ilusión ni la esperanza a nadie, no seamos barrera con nuestros juicios y prejuicios y con nuestras críticas, no seamos nunca de los que descalifiquemos a los que hacen el bien porque estemos queriendo ver intenciones ocultas o porque como no son de los nuestros tratemos de minusvalorar el bien que hacen los demás o impedírselo.

El amor tiene que romper todas esas barreras y prejuicios y hacernos creativos en nuestras iniciativas para hacer el bien.

 

domingo, 15 de noviembre de 2020

Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

 


Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

‘Nadie es capaz de saber quién es y de lo que es capaz hasta que no se mide con la realidad, entregándose al bien a través del ejercicio de sus cualidades y habilidades’. Un buen pensamiento que nos da inicio al comentario al evangelio de hoy y que me he permitido tomar de un comentarista de textos evangélicos.

Cuando nos aprietan sacamos a flote todos los recursos que tenemos e ingeniosamente somos capaces de ponerlos a juego; es el momento, sí, de descubrir nuestro valor en la dificultad y cuando tenemos todas las cosas en contra. Pero también sabemos que para algunos es el momento de achicarse, de acobardarse, de esconderse o de huir tirando la toalla, lo que decimos comúnmente es una cobardía, o decimos el poco valor que tenemos. Pero sucede, nos sucede, más de lo que imaginamos o queremos reconocer.

Yo no valgo, decimos acobardados, yo no soy capaz, algunas veces preferimos hundirnos antes que intentar nadar que a fuerza de hacerlo terminaríamos aprendiendo. Aquellas dos moscas que cayeron en un vaso de leche, ¡me ahogo!, pensaron quizás, y una se dejó hundir porque no veía en la orilla a donde agarrarse o por donde salir, pero la otra, sin embargo, comenzó a mover sus patitas intentando nadar, no cejó en el empeño, insistió dando vueltas y vueltas hasta que pronto sintió que bajo sus patitas había algo sólido que parecía crecer y en lo que podía apoyarse, batiendo sus patitas había hecho una bola de mantequilla con la grasa de la leche y al final se salvó.

Tenemos que aprender, tenemos que no cejar en nuestro empeño e insistir, tenemos que aprender a buscar salidas que podemos encontrar, no nos podemos quedar quietos y encerrados; detrás de cualquier obstáculo que nos encontremos puede haber un respiradero, una salida, un rayo de luz que despierte nuestra esperanza y haga aparecer nuestra creatividad. Es difícil, nos decimos muchas veces, esto supera mis fuerzas o mis capacidades, pero nada se ha hecho por si solo sino que ha habido alguien con empeño que ha buscado soluciones, ha abierto caminos, a despejado horizontes.

La pasividad no es buena, es algo negativo y siempre tenemos que intentar ser positivos y con optimismo pensar que podemos encontrar una salida. Ahí están nuestros valores humanos, nuestra constancia, nuestra firmeza, nuestro creer en nosotros mismos, la fortaleza de espíritu, la capacidad de iniciativa que todos tenemos escondida dentro de nosotros; hay que buscar el resorte que le haga saltar.

Y esto en todos los aspectos de la vida; vendrán momentos difíciles pero en nuestras manos siempre hay algún talento que podemos desarrollar; serán muchos o serán pocos, no importa, lo importante es que creamos que podemos negociarlos, que podemos sacar un provecho, un fruto de eso que tenemos.

Son los momentos difíciles que vivimos actualmente que si tenemos que estar encerrados en previsión de posibles contagios del virus, sin embargo nuestro espíritu no lo podemos encerrar, podemos soñar y podemos imaginar, podemos tener creatividad y tener inventiva, podemos aprender lecciones como revisar actitudes y posturas con las que hemos vivido de una forma conformista hasta ahora.

Pero tenemos que salir de nuestro conformismo, despertar de la pasividad, quitar los miedos, creer que en verdad un día encontraremos una luz. No podemos quedarnos pasivamente a que otros nos abran caminos, nos den soluciones o nos resuelvan las cosas; cada uno tiene su parte, y tú y yo tenemos también nuestra parte y nuestra responsabilidad.

Creo que es lo que nos quiere decir Jesús con la parábola que nos propone. Aquel hombre que repartió los talentos entre sus servidores esperando encontrar un fruto y un rendimiento a la vuelta. Unos supieron negociarlos, otros lo enterró y no se obtuvo ningún beneficio, es más, él mismo perdió aquel talento que se le había confiado. Había tenido miedo, como nosotros tantas veces que nos acobardamos. No nos quiere el Señor pasivos. Ha puesto el mundo en nuestras manos y en nuestras manos está el que podamos hacerlo mejor. No nos podemos sentir abrumados por los problemas, por la inmensidad del trabajo, o por el mundo contrario que nos podamos encontrar.

Es lo que nos sucede con nuestra fe, ese tesoro que ha sembrado Dios en nuestro corazón. Y hemos reconocer que estamos en una generación de cristianos pasivos, que nos encerramos, que huimos, que enterramos nuestros valores y nuestros principios. Pero ese Reino de Dios tenemos que construirlo, está en nuestra manos.

Nos cuesta dejarnos renovar para salir de nuestra pasividad y de nuestro miedo; vivimos en una actitud muy conformista simplemente de dejar hacer, pero sin comprometernos; nos contentamos con nuestros cumplimientos como si solo fuera suficiente el que enterremos el talento para que no se nos pierda. Tenemos que despertar y es en momentos como los que vivimos donde tiene que resplandecer esa fe que decimos anima nuestra vida para anime también a nuestro mundo.


Ahora incluso, que por la situación actual nos vemos muy mermados en nuestras actividades pastorales, tendríamos que saber encontrar caminos, medios, formas para seguir haciendo ese anuncio que ahora quizá con más razón nuestro mundo necesita cuando nos encontramos tantos desesperanzados de la vida. Y nosotros tenemos que ser luz de esperanza para nuestro mundo, sembrar un optimismo de la vida que nace de nuestra fe.

No sabemos, quizás, como hacerlo, pero es el momento de reflexionar, de abrirnos al espíritu del Señor que nos inspire nuevos caminos y nuevos campos. Pero tenemos que seguir siendo esa luz del mundo, esa sal de la tierra. No perdamos ese resplandor ni ese sabor que tenemos que transmitir a los demás.

martes, 13 de octubre de 2020

No perdamos la riqueza de la espontaneidad y de la creatividad de un corazón lleno de amor que le da riqueza la vida por sujetarnos a unas normas o protocolos


 

No perdamos la riqueza de la espontaneidad y de la creatividad de un corazón lleno de amor que le da riqueza la vida por sujetarnos a unas normas o protocolos

Gálatas 5, 1-6; Sal 118; Lucas 11, 37-41

Cuando todo lo reducimos a unas normas parece como si le quitáramos la riqueza de la espontaneidad, de la creatividad y de la iniciativa que nace de un corazón lleno de amor que por eso mismo podríamos decir que se vuelve atrevido para crearse esos nuevos gestos de amor que tanta riqueza le dan a la vida. Reducirnos a unas normas es caer en el peligro y la tentación de la rutina, de hacer las cosas sin alma, de quedarnos en el mero cumplimiento y cuando hacemos las cosas simplemente porque hay que cumplir parece que poco amor ponemos en ellas.

Para todo queremos normas y nos llenamos de leyes, de preceptos, de reglamentos, de protocolos, como ahora se dice, donde nos están señalando lo que en todo momento tenemos que hacer y parece que fuera de ahí ya no podemos hacer nada, no caben nuevas iniciativas o no cabe esa expresión espontánea del amor que siempre será creativo. Y esto lo tenemos en todos los aspectos de la vida. No hay lugar a donde vayamos donde no se pregunten por las normas, donde no busquemos los protocolos de actuación, y de donde no podemos salirnos ni un ápice porque parecería que ya no tiene validez lo que hagamos. Una pregunta sin mala intención ¿nos estaremos llenando también de esas normas y protocolos en la vida de la Iglesia?

Lo tremendo sería que lo que son simples pautas las convirtamos en cosas esenciales y lo que tendrían que ser pautas que nos guíen en la actuación y nos abran a la creatividad lo convirtamos en un corsé que nos aprieta por todas partes dándole más valor a esas cosas que a la persona, y a lo que es la verdadera ley del Señor. No sé si siempre los protocolos que nos creamos en nuestra vida cristiana y hasta en la Iglesia tienen todo el sabor del evangelio que tendrían que tener o algunas veces esas cosas las hacemos para contentar a las exigencias que nos provengan del exterior y estemos actuando a la manera del mundo. Son preguntas que me hago, con lo que quiero reflexionar y que seamos capaces todos de reflexionar con libertad de Espíritu, como mismo hoy nos enseña san Pablo en su carta que se nos ofrece en la liturgia.

Es lo que por otra parte estamos contemplando en el evangelio y vemos la respuesta que Jesús da a aquellas situaciones que se vivían. Lo que habían sido unas normas y preceptos higiénicos se habían convertido en tan ley de Dios que parecía que eso era lo verdaderamente importante. El tema aparece con el conflicto de lavarse o no lavarse las manos antes de comer. Por higiene lo hacemos, porque no sabemos bien lo limpio que está lo que antes hemos cogido con las manos y podríamos estar tragándonos una infección o una enfermedad. Pero de ahí a convertirlo en tema de impureza legal y quien lo cumpliera o no sería un buen judío fiel a la ley del Señor va una distancia grande.


Comprendemos que aquel pueblo había sido un pueblo errante, trashumante con sus ganados de un sitio para otro, en lugares inhóspitos y hasta desérticos con no mucha agua para la limpieza, justo que se recomendara esa higiene para evitar enfermedades y epidemias. Ahora en la situación que estamos viviendo en el mundo actual con las epidemias y pandemias una de las recomendaciones que se nos hacen como una exigencia importante es el lavarnos las manos y así tenemos 'geles' por todas partes a mano.

Jesús nos viene a decir que nos limpiemos por dentro que es donde está la maldad del hombre, en el corazón. Por eso los llama hipócritas porque se quedan en la apariencia de una pureza interior mientras en el interior ocultan la podredumbre de la maldad.  Pero hay algo más que nos puede pasar desapercibido en el comentario a este texto del evangelio.

Nos dice Jesús: ‘Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo’. De aquello bueno que llevamos en nuestro interior compartamos con los demás, viene a decirnos. Pero nos recuerda también algo escuchado con anterioridad y es que la limosna nos purifica de nuestros pecados. Cuando somos capaces de desprendernos de lo que tenemos porque queremos compartirlo con los demás, y en especial con los necesitados, estamos sacando a flote nuestra generosidad y nuestro amor que nos lleva incluso al sacrificio de negarnos para nosotros mismos aquello que tenemos y eso es en verdad agradable a los ojos del Señor.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Quien sigue a Jesús no puede andar dormido en la vida, en planos de comodidad y desidia, con falta de compromiso con su vida y con su mundo



Quien sigue a Jesús no puede andar dormido en la vida, en planos de comodidad y desidia, con falta de compromiso con su vida y con su mundo

Apocalipsis 4, 1-11; Sal 150; Lucas 19, 11-28

‘Te tenía miedo, porque eres hombre exigente…’ Miedos y exigencias. Quizás van unidos más de la cuenta. Las exigencias nos aturden. Y nos encontramos con mucha gente exigente. Provocan miedos y huidas. No nos gusta que nos exijan, nos hemos acostumbrado demasiado a hacer las cosas a nuestra bola, como dicen algunos. Queremos ir a nuestro ritmo o hacer simplemente lo que nos plazca.
Claro que vemos gentes que son exigentes, pero lo son primero que nada consigo mismo. Quieren crecer, quieren ir a más, se trazan metas y no cejan hasta que las consiguen; entonces consigo mismo no se permiten debilidades, aunque las tienen como todos, tratan siempre de superarse, de mejorar en la vida corrigiendo aquello que ven torcido en si mismos, porque quieren avanzar y actuar con autentica rectitud.
Pero cuando nosotros somos flojos, no nos gusta el esfuerzo, nos preocupamos poco de nuestra superación personal, personas así con esa rectitud y con esos deseos a nuestro lado nos cuesta aceptarlos, de alguna manera los rechazamos o huimos de ellos. Y es que nos estamos creando un mundo de mucha comodidad y de poco esfuerzo. Claro que no todos son así. Para unos sirve de estimulo, aunque a otros les cueste aceptar esas exigencias en su propia vida.
Tampoco nos sirve ir por la vida con miedos. Los miedos nos anulan, nos impiden sacar lo mejor de nosotros mismos que llevamos dentro. Porque tenemos miedo no lo intentamos. Porque tenemos miedo a que nos podamos equivocar o incluso a fracasar no nos atrevemos a arriesgarnos y queriendo medirlo todo tanto antes de comenzar, no terminamos nunca de comenzar. Y es que tenemos que probar de lo que somos capaces, porque somos capaces de mucho más de lo que pensamos. Pero hay que decidirse, no temer al que dirán, no esperar simplemente aplausos al primer paso que vayamos a dar. Claro que tenemos que sentir estimulo de los que nos rodean, porque eso nos ayudará, pero tenemos que creer en nosotros mismos.
Hoy nos quiere hablar Jesús en el evangelio de esas exigencias de nuestra vida. Serán esos deseos de superación que tiene que haber en nuestra vida, o sean esos miedos que tenemos que quitar. Nos ofrece el mensaje en esa parábola que tiene su paralelismo en la parábola de los talentos que se nos ofrece en otro lugar. Aquel hombre que había ido a buscar algo más para su vida, mientras va de viaje confía sus tesoros a sus empleados. Unos responden negociándolos bien para que produzcan sus frutos, pero el otro se deja llevar por el miedo y entierra su tesoro para no perderlo, pero  no lo hará fructificar.
Nos pasa tantas veces en la vida. Hay valores, cualidades en nosotros que tenemos encerradas, no nos atrevemos a desarrollar, por cobardía quizás, por esos miedos que nos aturden, por esos pocos deseos que tenemos de crecer y de mejor en la vida. Cada uno ha de mirar cuales son esas cosas que nos encierran en si mismos. Esas cosas que no desarrollamos ni en nuestra vida personal, ni en la vida familiar – cuantas más cosas podríamos hacer si tuviéramos más creatividad -, ni en el plano de la vida laboral o social y dejamos así de enriquecer a nuestro mundo.
Quien sigue a Jesús no puede andar dormido en la vida, en planos de comodidad y desidia, con falta de compromiso dándole igual una cosa que otra. El que sigue a Jesús quiere vivir, vivir con intensidad, y desarrolla sus valores, y hace no solo por si mismo sino también por los demás comprometido con el mundo en el que vive. Tenemos que despertar.

lunes, 18 de junio de 2018

La creatividad del amor realiza la más maravillosa espiral que ha de envolver cada más nuestro mundo para hacerlo mejor y todos seamos más felices



La creatividad del amor realiza la más maravillosa espiral que ha de envolver cada más nuestro mundo para hacerlo mejor y todos seamos más felices

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42

Da la impresión muchas veces que en la vida actuamos solo movidos por impulsos que no siempre son motivados por una razón serena y equilibrada. Si los impulsos que recibimos son negativos la tendencia es que respondamos con impulsos igualmente negativos generándose así una espiral que no siempre es fácil detener. Es esa espiral de violencia, de rencores, de resentimientos en que tantas veces nos vemos envueltos.
Qué difícil es no responder de la misma manera con la que actúan con nosotros sobre todo cuando nos hacen daño de la forma que sea. La gente suele decir yo soy amigo de mis amigos, hago el bien a los que me hacen bien, y se quedan tan tranquilos; a fuerza de oírlo nos creemos que eso es un principio inmutable y terminamos nosotros actuando de la misma manera; pero ¿eso significa que te encierras en un circulo y no eres capaz de abrirte a nuevas amistades? ¿Es que a quien previamente no te haya hecho algo bueno tú no le vas a ofrecer nada bueno de ti mismo? No creo que eso sea un círculo de amor, más bien es una espiral convergente que se cierra en el punto de mi yo.
Todos sin embargo querríamos un mundo de felicidad, un mundo pacifico, un mundo en que todo fuera bien. Pero entonces tenemos que ver los cauces para esa felicidad, porque si la encierro en que yo sea feliz importándome poco la felicidad de los demás, no es precisamente el camino para hacer un mundo mejor.
Y me atrevo a decir una cosa, no hay más momento en que yo sienta más felicidad y dé más felicidad al otro que el del perdón. Y es que perdonar es empezar por quitar un peso de mi mismo, de mi corazón; quien se ha sentido ofendido o herido en algo siente el dolor en si mismo de su orgullo herido del que luego Irán surgiendo muchos otros sentimientos negativos. Por eso empieza curándote a ti mismo, perdonando, que es quitando ese peso que se te ha metido en el corazón. Y con ese perdón estarás curando el corazón que se siente mal por lo que ha hecho, aunque quizás no muestre exteriormente ningún signo de arrepentimiento, en el fondo es también un corazón herido que con tu perdón le das la posibilidad de curarse. Por eso es felicidad también el sentirse perdonado.
Tengamos pues la valentía de perdonar, porque nos curamos a nosotros mismos y ayudamos a la curación de los demás. Somos humanos y todos cometemos errores y con nuestros fallos y debilidades terminamos hiriendo a los demás. Ofrezcamos esa posibilidad de sanarnos de verdad. Así haremos en verdad que nuestro mundo sea mejor y seamos más felices.
Es lo que hoy nos está enseñando el evangelio. Recientemente el papa Francisco nos ha invitado a la santidad en su exhortación apostólica.  En el número 88, cuando habla de los que luchan por la paz, nos dice: “Los pacíficos son fuente de paz, construyen paz y amistad social”.  Y en el número 89: “Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza”.
Es la creatividad del amor que realiza la más maravillosa espiral que envuelve y envuelve cada más nuestro mundo. Es nuestra tarea, es la respuesta que nosotros tenemos que dar con verdadero sentido y como decíamos con gran valentía. Es el impulso más hermoso por el que tenemos que dejarnos envolver. Es lo positivo que tenemos que ir haciendo en la vida para tener la más pacifica influencia sobre nuestro mundo.