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domingo, 16 de agosto de 2026

Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

 


Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

Isaías 56, 1. 6-7; Salmo 66; Romanos 11, 13-15. 29-32;Mateo 15, 21-28

‘Mira qué vas a hacer, porque esto es ya un fastidio’, algo así quizás habremos dicho alguna vez, o lo hemos escuchado de una forma directa y clara o con insinuaciones porque de alguna manera nos parecemos a los políticos que quieren quedar siempre bien pasándole la pelota a otros; y digo que lo hemos dicho cuando nos encontramos manifestaciones que reivindican o reclaman derechos o cosas que necesitan, cuando se acumulan personas y situaciones que nos parecen ajenas pero que han rebotado en nuestros lares, cuando quizás nos vemos impotentes pero quizás por nuestra falta de decisión o por pensar solo en nosotros mismos, porque esas personas que nos están llegando parece o que van a cambiar nuestras costumbres o a quitarnos el pan que nosotros pretendemos ganar cuando ellos traen tras de sí más miserias y necesidades de las que podemos imaginar.

He querido describir y contemplar ese cuadro que además hemos de reconocer que es incompleto cuando escuchamos este texto del evangelio en que Jesús, saliéndose del propio territorio de Israel y Palestina, ha llegado a unos territorios paganos en que una cananea va gritando tras Jesús pidiendo compasión porque tiene una hija con una grave enfermedad, poseída por el maligno como era la expresión más usual. Parece que Jesús no atiende a la petición de esta Cananea y serán los discípulos los que al final cansados de aquellos gritos que los persiguen le piden a Jesús que haga algo, aunque sea para quitársela de encima.

La fe y la confianza de aquella mujer se está viendo puesta a prueba. Jesús y aquel grupo de discípulos que la acompañan son judíos, con sus propias convicciones y planteamientos, mientras que ella es una pagana. Pero terminará diciendo ante el aparente rechazo de Jesús ‘también los perritos terminan comiendo las migajas que caen de la mesa de sus amos’, haciendo referencia a la manera que tenían habitualmente los judíos más radicales de mirar a los que no fueran judíos; ni en sus casas querían entrar, cuanto menos hacerles un favor.

Pero Jesús admira la fe de aquella mujer que se mantiene constante en su confianza y en su petición. Habrá otra ocasión en que Jesús también se admira de la fe de un pagano, como será el caso del centurión que pedía la salud para su criado enfermo al que miraba como un hijo. ‘No he encontrado en Israel nadie con tanta fe’, dirá entonces; ahora le dice a la mujer que vaya y que se cumpla conforme ha creído. Ya en otro momento nos dirá que vendrán de Oriente y de Occidente quienes se sienten en la mesa del reino de los cielos frente al rechazo que los hijos de Israel están haciendo del mensaje del evangelio.

Con Jesús se romperán todas las barreras que imponen limitaciones o que crean distancias. Recordemos que cuando nos habla del amor nos dirá y con gran exigencia que hemos de amar también a los enemigos, y saludar a los que no nos saludan, y prestar también a quienes no colaboran con nosotros porque el sol sale para todos, para justos y para injustos. Con Jesús ya no valen los condicionamientos sociales ya sean mujeres o ya sean niños, ya sean considerados buena gente o ya sean considerados pecadores porque la mujer pecadora lavará y perfumará sus pies o Zaqueo el publicano lo hospedará en su casa, con Jesús se caen las barreras de las impurezas legales porque dejará que el leproso llegue ante Él y extenderá su mano para tocarlo y quede limpio o la hemorroísa podrá tocar la orla de su manto para curarse de sus hemorragias, ya no hay limitaciones que nos imposibiliten ir al paso de los demás porque si es necesario la camilla bajará desde el techo para poder llegar a los pies de Jesús, ni soledades que aíslen porque Él sabrá buscarlo para ponerle en camino al encuentro con los demás como con el paralítico de la piscina.

Lo que hoy en el evangelio nos pareciera lentitud en la reacción de Jesús ante la petición de aquella mujer cananea podríamos decir que entra en la pedagogía del evangelio porque Jesús está queriendo que nosotros nos detengamos a pensar, a reflexionar y a reaccionar. ‘Dadle vosotros de comer’, les dirá a los discípulos que le plantean que despida a la gente en el descampado para que encuentren donde comprar comida, o preguntará de cuántos panes disponen para provocar que un muchacho ofrezca sus cinco panes y dos peces para alimentar a aquella multitud.

¿No será también lo que Jesús con este evangelio está queriendo provocar en nosotros? Al comienzo de nuestra reflexión hacíamos recuento de algunas de esas situaciones que suceden a nuestro alrededor pero en las que siempre estamos esperando que sean otros los que tomen las iniciativas. ¿Cuáles son las iniciativas que nosotros somos capaces de aportar? Quejarnos es una cosa que hacemos con facilidad ante cualquier cosa que vemos a nuestro lado y nos parece que está mal, pero ¿cuál es la mano que nosotros estamos dispuestos a poner? ¿Le habremos mirado a los ojos a esas personas que se arraciman en nuestro entorno con sus necesidades o con sus quejas? ¿Seremos capaces de ver la historia que hay detrás de cada una de esas personas, por ejemplo, que llegan como decimos ilegalmente a nuestras costas o atraviesan nuestras fronteras?

No queremos que nos molesten, pero ¿hasta donde somos nosotros capaces de llegar?


martes, 19 de septiembre de 2023

El amor siempre toma la iniciativa; no se queda atrás; pongamos en marcha ese motor de la vida que es el amor


 

El amor siempre toma la iniciativa; no se queda atrás; pongamos en marcha ese motor de la vida que es el amor

1 Timoteo 3,1-13; Sal 100; Lucas 7,11-17

El amor siempre toma la iniciativa; no se queda atrás. Cuántas veces nos vienen incluso buenas ideas a la cabeza, pero nos quedamos a la espera, que otro comience, que otro hable o dé su opinión primero, nos quedamos esperando y al final nada hacemos. ¿Qué nos pasa? ¿Qué nos hace falta? No terminamos de arrancar. ¿Se nos habrá enfriado el amor? Nuestras iniciativas se quedan truncadas, solo en el mundo de las ideas, de la cabeza, pero el corazón no las ha terminado de empujar para que arranquen de una vez.

Cuando hay amor de verdad hasta nos sorprendemos de nosotros mismos. Comenzamos a hacer cosas que nunca habíamos pensado que seríamos capaces de hacer; es que el amor nos despierta las iniciativas y nos da el necesario empuje para que las pongamos en práctica. Tendríamos que calentar más los motores del amor. El amor siempre nos sorprenderá.

Es lo que contemplamos en el evangelio de hoy. Jesús es una caja de sorpresas, nos atreveríamos a decir. Su amor se adelanta. Lo vemos muchas veces en el evangelio. Quizás nos fijamos mucho en todos aquellos que acuden a Jesús con sus enfermedades, sus dolencias, con sus necesidades de todo tipo suplicándole, pidiéndole; nos fijamos menos en esos episodios en que calladamente es Jesús el que se acerca o se pone a tiro, como solemos decir. Hoy contemplamos un episodio, pero podríamos fijarnos en muchos más, el ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén, el paralítico de la piscina probática por citar algunos como el texto de hoy en que Jesús se adelanta a la petición, pero otras veces se deja tocar, se deja lavar los pies, se hace el encontradizo y busca la manera de llegar hasta su casa como en el caso de Zaqueo. Lo buscamos pero El está viniendo a nosotros.

No es una pura coincidencia que a la llegada de Jesús a Nain sacaran a enterrar a aquel muchacho, hijo único de una mujer viuda. Cuando suceden cosas así las personas de fe decimos que es la providencia de Dios; aquí tenemos que decir igualmente que es la providencia del amor el que Jesús se encontrara con aquel entierro. 

Pudo sin embargo, ponerse a un lado y dejar pasar la comitiva. Pero el corazón de Cristo estaba entrando en sintonía con un corazón roto y lleno de dolor. Jesús no se puso a un lado sino que fue al encuentro de aquella comitiva a la que detiene. Se adelantó a tocar el ataúd para que los que lo llevaban se detuvieran. Y lo hicieron sorprendidos de que alguien sin razón aparente tocara el ataúd con lo que significa de impureza para un buen judío. Pero Jesús conmovido por el dolor de aquella madre hizo detener la comitiva. 

¿Sería para las consabidas muestras de condolencia a los que sufrían la muerte de aquel joven? El pueblo entero formaba aquella comitiva acompañando a aquella madre. ¿Sería un satisfacer una curiosidad desde las buenas formas de quién se interesa por lo sucedido? Era algo más lo que Jesús quería ofrecer.

‘Muchacho, a tí te lo digo - dirigiéndose al difunto -, levántate y anda’. Son las únicas palabras de Jesus. Pero son la expresión del más grande amor y compasión, porque el muchacho se levantó y Jesus se lo entregó a su madre. La gente ya no sabía qué decir, Dios había visitado a su pueblo. Todos se sienten sorprendidos por la presencia del amor de Dios en la persona de Jesús.

Pero no nos quedemos ahí solo contemplando, lo cual es hermoso y nos invita a la alabanza. Demos nosotros un paso más. Dejémonos sacudir por el amor y aprendamos a ir al encuentro de los que sufren, de los que están a nuestro lado, de tantos que pasan por el camino y ni siquiera nos fijamos en ellos. Hay corazones doloridos, corazones rotos, gente que sufre con sus problemas, gente postrada en sus camillas sin poder levantarse porque se sienten hundidas.

¿No será capaz de sensibilizarse nuestro corazón para tener una nueva mirada? No nos pongamos de lado sino acerquémonos. Sepamos detenernos o detener ese correr de la vida para tener un gesto, para decir una palabra, para reposar una mirada sobre esos corazones rotos. Que el amor nos haga tomar la iniciativa. No reculemos ante los problemas ni nos quedemos paralizados.

Pongamos en marcha ese motor de nuestra vida que tiene que ser el amor.

domingo, 30 de octubre de 2022

Ojalá seamos capaces, como Zaqueo, de bajar deprisa y contentos de recibirle en nuestra casa y al final podamos escuchar también ‘hoy ha sido la salvación para esta casa’

 


Ojalá seamos capaces, como Zaqueo, de bajar deprisa y contentos de recibirle en nuestra casa y al final podamos escuchar también ‘hoy ha sido la salvación para esta casa’

Sabiduría 11, 22 – 12, 2; Sal 144; 2Tesalonicenses 1, 11 – 2, 2; Lucas 19, 1-10

‘Ha ido a hospedarse en casa de un hombre pecador’, es el comentario de todos. Habían acudido muchos a ver a Jesús, a escuchar a Jesús a su paso por Jericó camino de Jerusalén. Otros acontecimientos nos ha narrado el evangelista al paso de Jesús por aquella ciudad, todos recordamos al pobre ciego del camino, ante el que Jesús también se había detenido y lo había mandado llamar. Claro que el ciego con sus gritos se hacía oír. Pero ahora Jesús se detiene ante quien no grita – al menos sus gritos no se escuchan aunque desde el corazón esté gritando – pero que también está allí en búsqueda de conocer a Jesús aunque quiere pasar desapercibido. Y será ahora Jesús quien tome la iniciativa. ‘Baja enseguida que quiero hospedarme en tu casa’.

Las iniciativas de Dios que no siempre terminamos de comprender. Ahora la gente está murmurando. Claro que Dios es quien conoce nuestro corazón y nosotros parece que no terminamos de conocer el corazón de Dios. Por eso se nos hacen incomprensibles muchas cosas que nos suceden en la vida. Cuando no somos capaces de abrirnos al corazón de los demás, también se nos hace difícil abrir nuestro corazón a Dios. Qué difícil se nos hace entrar en sintonía. Juzgamos con nuestros criterios y algunas veces nos volvemos mezquinos. Todo lo queremos pasar por nuestro crisol y algunas veces está sucio, maleado. Y ponemos pegas, y nos hace nuestros juicios, y somos fáciles a condenar.

Aquel hombre, es cierto, era un publicano, un recaudador de impuestos con todos los prejuicios que ello conllevaba, un pecador. Los que se habían fijado en él cuando había querido abrirse paso para ponerse en lugar apropiado para ver pasar a Jesús, solo veían en él, eso un publicano y un pecador. Entre ellos parecía que no podía haber lugar para aquel pequeñajo. Cuántas veces nos apartamos, cuántas veces no dejamos lugar, cuántas veces no queremos mezclarnos ni que nos vean con ‘esas’ personas, cuántas veces vamos poniendo barreras, no queremos permitir su presencia. Nuestros prejuicios que se hacen condenas.

Pero aquel hombre, sin que manifestara nada, quería ver pasar a Jesús. Y es ante aquel hombre, escondido entre los ramajes de la higuera ante quien se detiene Jesús. Algunos incluso de extrañarían de que Jesús se detuviera en aquel lugar, porque por no ver no se habían fijado en que allí estaba Zaqueo. No nos fijamos y quizás nos estamos perdiendo algo importante. No nos fijamos y tan entretenidos estamos en nuestros pensamientos o nuestros intereses y no nos damos cuenta que quizá Jesús se ha detenido a nuestra puerta, se ha detenido a nuestro lado. Jesús quiere también hospedarse en nuestra casa.

Aunque estamos haciéndonos consideraciones sobre lo que nos cuenta el evangelio de lo sucedido aquel día en Jericó con tanta riqueza de detalles que podemos contemplar en este pasaje, hoy lo escuchamos no como algo sucedido entonces, sino como algo que sucede en el hoy de nuestra vida.

Hoy Jesús pasa por nuestro Jericó, el Jericó de nuestra vida también tan convulsa y agitada, con la diversidad de personas con las que nos vamos cruzando o con las higueras tras cuyos ramajes también a veces nos vamos ocultando, con nuestros prejuicios de todo tipo o nuestras miradas interesadas, con nuestros entretenimientos que nos distraen o también con las locas carreras de nuestras tareas y trabajos. Y hoy Jesús quiere detenerse junto a nosotros, al pie de nuestra higuera aunque tan entretenidos estamos que nos parece que no va con nosotros. Y también nos está invitando a bajar. ‘Hoy Jesús ha venido a hospedarse en casa de un hombre pecador’, en mi casa.

El evangelio no es un ayer, el evangelio es un hoy que llega a nuestra vida. Es un dejarnos mirar cara a cara por Jesús, no teniendo miedo a ponernos con la cruda realidad de nuestra vida ante El. No es fácil. También podemos tener nuestros miedos en el corazón. También nos costará dar ese paso adelante para bajarnos de nuestra higuera, pero sobre todo para abrir de par en par y con alegría generosa la casa de nuestro corazón a Dios. Siguen habiendo muchos apegos que hagan chirriar los goznes de nuestra puerta para poderla abrir de par en par o haya muchas cosas que queremos seguir ocultando.

Ojalá seamos capaces, como Zaqueo, de bajar deprisa y contentos de recibirle en nuestra casa. Ojalá al final podamos escuchar también ‘hoy ha sido la salvación para esta casa’.

martes, 13 de octubre de 2020

No perdamos la riqueza de la espontaneidad y de la creatividad de un corazón lleno de amor que le da riqueza la vida por sujetarnos a unas normas o protocolos


 

No perdamos la riqueza de la espontaneidad y de la creatividad de un corazón lleno de amor que le da riqueza la vida por sujetarnos a unas normas o protocolos

Gálatas 5, 1-6; Sal 118; Lucas 11, 37-41

Cuando todo lo reducimos a unas normas parece como si le quitáramos la riqueza de la espontaneidad, de la creatividad y de la iniciativa que nace de un corazón lleno de amor que por eso mismo podríamos decir que se vuelve atrevido para crearse esos nuevos gestos de amor que tanta riqueza le dan a la vida. Reducirnos a unas normas es caer en el peligro y la tentación de la rutina, de hacer las cosas sin alma, de quedarnos en el mero cumplimiento y cuando hacemos las cosas simplemente porque hay que cumplir parece que poco amor ponemos en ellas.

Para todo queremos normas y nos llenamos de leyes, de preceptos, de reglamentos, de protocolos, como ahora se dice, donde nos están señalando lo que en todo momento tenemos que hacer y parece que fuera de ahí ya no podemos hacer nada, no caben nuevas iniciativas o no cabe esa expresión espontánea del amor que siempre será creativo. Y esto lo tenemos en todos los aspectos de la vida. No hay lugar a donde vayamos donde no se pregunten por las normas, donde no busquemos los protocolos de actuación, y de donde no podemos salirnos ni un ápice porque parecería que ya no tiene validez lo que hagamos. Una pregunta sin mala intención ¿nos estaremos llenando también de esas normas y protocolos en la vida de la Iglesia?

Lo tremendo sería que lo que son simples pautas las convirtamos en cosas esenciales y lo que tendrían que ser pautas que nos guíen en la actuación y nos abran a la creatividad lo convirtamos en un corsé que nos aprieta por todas partes dándole más valor a esas cosas que a la persona, y a lo que es la verdadera ley del Señor. No sé si siempre los protocolos que nos creamos en nuestra vida cristiana y hasta en la Iglesia tienen todo el sabor del evangelio que tendrían que tener o algunas veces esas cosas las hacemos para contentar a las exigencias que nos provengan del exterior y estemos actuando a la manera del mundo. Son preguntas que me hago, con lo que quiero reflexionar y que seamos capaces todos de reflexionar con libertad de Espíritu, como mismo hoy nos enseña san Pablo en su carta que se nos ofrece en la liturgia.

Es lo que por otra parte estamos contemplando en el evangelio y vemos la respuesta que Jesús da a aquellas situaciones que se vivían. Lo que habían sido unas normas y preceptos higiénicos se habían convertido en tan ley de Dios que parecía que eso era lo verdaderamente importante. El tema aparece con el conflicto de lavarse o no lavarse las manos antes de comer. Por higiene lo hacemos, porque no sabemos bien lo limpio que está lo que antes hemos cogido con las manos y podríamos estar tragándonos una infección o una enfermedad. Pero de ahí a convertirlo en tema de impureza legal y quien lo cumpliera o no sería un buen judío fiel a la ley del Señor va una distancia grande.


Comprendemos que aquel pueblo había sido un pueblo errante, trashumante con sus ganados de un sitio para otro, en lugares inhóspitos y hasta desérticos con no mucha agua para la limpieza, justo que se recomendara esa higiene para evitar enfermedades y epidemias. Ahora en la situación que estamos viviendo en el mundo actual con las epidemias y pandemias una de las recomendaciones que se nos hacen como una exigencia importante es el lavarnos las manos y así tenemos 'geles' por todas partes a mano.

Jesús nos viene a decir que nos limpiemos por dentro que es donde está la maldad del hombre, en el corazón. Por eso los llama hipócritas porque se quedan en la apariencia de una pureza interior mientras en el interior ocultan la podredumbre de la maldad.  Pero hay algo más que nos puede pasar desapercibido en el comentario a este texto del evangelio.

Nos dice Jesús: ‘Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo’. De aquello bueno que llevamos en nuestro interior compartamos con los demás, viene a decirnos. Pero nos recuerda también algo escuchado con anterioridad y es que la limosna nos purifica de nuestros pecados. Cuando somos capaces de desprendernos de lo que tenemos porque queremos compartirlo con los demás, y en especial con los necesitados, estamos sacando a flote nuestra generosidad y nuestro amor que nos lleva incluso al sacrificio de negarnos para nosotros mismos aquello que tenemos y eso es en verdad agradable a los ojos del Señor.

miércoles, 8 de enero de 2020

Siempre hay algo nuevo que hacer, siempre hay algo bueno que va a surgir y vamos a terminar disfrutando de todo eso bueno que va surgiendo en el corazón


Siempre hay algo nuevo que hacer, siempre hay algo bueno que va a surgir y vamos a terminar disfrutando de todo eso bueno que va surgiendo en el corazón

1Juan 4, 7-10; Sal 71; Marcos 6, 34-44
Absortos estamos en aquello que nos gusta, que es de nuestro agrado, con lo que estamos disfrutando cuando lo hacemos, de manera que se nos pasa el tiempo y ni nos damos cuenta. Bien porque miramos el reloj y nos damos cuenta de cuanto tiempo ha pasado o porque llama nuestra atención por cualquier motivo se nos irían las horas disfrutando de aquellos momentos, de aquel entretenimiento en que nos habíamos metido o de aquel trabajo que tantas satisfacciones interiores nos produce. Qué importante que disfrutemos de aquello que hacemos, que disfrutemos de nuestro trabajo.
Algo así le estaba pasando a Jesús en aquella ocasión. Habían llegado a un descampado porque quería irse a solas con sus discípulos más cercanos, pero se encontraron con una multitud que les estaba esperando. ‘Sintió lástima’, nos dice el evangelista, eran como ovejas descarriadas, como ovejas que no tienen pastor que les ofrezca buenos pastos. Y allí se puso Jesús a hablar, a enseñarles, a escuchar sus cuitas y sus dolores, a curar a los enfermos; la gente no se separaba de Jesús y el tiempo pasaba; se sentían todos a gusto, Jesús y la gente que lo escuchaba.
Vendrán los discípulos con un toque de atención, a decir que se hace tarde, que va a caer la noche y que están lejos, que no tienen nada para que coma toda aquella gente. ‘Dadles vosotros de comer’, les dice Jesús.
Son muchos los detalles en los que podemos fijarnos aparte de ese disfrutar de la presencia de Jesús por parte de aquella gente y del disfrutar de Jesús atendiendo y escuchando a aquella gente. En los discípulos más cercanos ya se iban gestando otros nuevos sentimientos, aparece la preocupación por los demás y aparece la solidaridad aunque aun no saben hasta donde les llevará. Pero andan preocupados por aquella gente. Pero aparece un nuevo detalle, Jesús quiere que sean ellos los que le den de comer, que se las ingenien, que tomen iniciativas, que busquen hasta por donde no haya, pero que encuentren la solución. Es fácil decir que las cosas andan mal, es fácil decir que estamos en una situación peligrosa; no es tan fácil encontrar la solución, no es tan fácil que comencemos a comprometernos, que comencemos a buscar soluciones, a encontrar alguien a nuestro lado que nos ayude, que nos abra puertas, que nos abra los ojos.
Ahora había solamente cinco panes y dos peces y la multitud era grande. Aquello no parece que sea la solución, como tantas veces que nos encontramos con las manos vacías, que nos sentimos incapaces, que no vemos qué es lo que podamos hacer con aquello poco que tenemos. Pero ya se ha desbordado el camino de la solidaridad, ya se han abierto nuevas puertas y allí está Jesús que nos ayudará con su gracia y su poder a que los problemas se puedan solucionar.
Al final aquella multitud comió hasta saciarse y hasta recoger cestos de pan con lo que había sobrado. Como tantas veces vemos que se desborda la generosidad cuando pensábamos que no había y las cosas se solucionan y la gente se implica, y comienzan a aparecer actitudes nuevas. Cómo tenemos que ir dejándonos conducir por esa generosidad que aparece en un momento dado en el corazón y que nos la da el Espíritu del Señor que es nuestra fuerza y nuestra vida. No nos podemos ya quedar cruzados de brazos ni derrotados porque los problemas nos parezca que son muchos y superan nuestra capacidad. Siempre hay algo nuevo que hacer, siempre hay algo bueno que va a surgir y vamos a terminar disfrutando de todo eso bueno que va surgiendo en el corazón.

martes, 20 de noviembre de 2018

No sigamos deprisa con nuestras locas carreras que alguien puede estar esperando detrás de las ramas de una higuera que me detenga junto a él


No sigamos deprisa con nuestras locas carreras que alguien puede estar esperando detrás de las ramas de una higuera que me detenga junto a él

Apocalipsis 3,1-6.14-22; Sal 14; Lucas 19,1-10

‘Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. Atravesaba Jesús Jericó camino de Jerusalén. Mucha gente había salido a su encuentro porque todos querían estar cerca de él, querían verle, querían escucharle, acaso incluso tocarle el manto. Nadie se había quedado en su casa. Todos se aglomeraban allí por donde había de pasar El.
Aquel hombre también había salido en su curiosidad abandonando por un rato su garita de cobrador. Quería pero no podía. La gente se lo impedía. No era solo que fuera bajo de estatura y quedando detrás de la gente no podría ver, sino que nadie quería que él se interpusiera ni dejar que estuviera a su lado. Como cobrador de impuestos era repudiado por todos, publicano lo llamaban, lo consideraban un pecador y no era digno de estar en medio de ellos. Además se consideraba un colaboracionista con el poder extranjero que los cargaban de impuestos. No le había quedado más remedio que subirse a una higuera, así no molestaba a nadie porque con nadie se mezclaba y en su poca estatura era el mejor sitio para ver pasar a Jesús.
Pero Jesús se había detenido delante de la higuera. Qué suerte pensaría él que si podía verlo con mayor detenimiento oculto entre las hojas de la higuera. Pero Jesús se había acercado a la higuera y se había dirigido a él. ‘Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. No se lo podía imaginar. Era a él. Jesús se le había quedado mirando y le había tendido la mano para ayudarlo a bajar. Sorpresa y alegría.
Ya sabemos todo lo que sucedió después, porque muchas veces hemos escuchado este episodio y en él hemos meditado. ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa’, proclamaría más tarde Jesús.
¿Por qué podía decir Jesús esas palabras? Pensamos en la decisión de Zaqueo, el cambio que había dado su vida, desde el momento en que Jesús se había querido alojar en su casa. Estaba dispuesto a todo, a devolver cuatrimultiplicado y a repartirlo entre los pobres, como aquello que Jesús había sugerido en otro momento, ‘asi tendrás un tesoro en el cielo’.
Pero ¿por qué podía decir Jesús esas palabras? La decisión de Zaqueo había llegado, porque antes Jesús había ido a buscarle, se había acercado a él, quería hospedarse en su casa. Como ahora está de moda decir, había ido Jesús a las periferias. No se había quedado Jesús en aquella gente entusiasmada de Jericó, sino que se había acercado al que nadie quería, al que era despreciado por todos, del que todos pensaban mal, que había tenido quizá un corazón turbio cuando defraudando se había enriquecido, al que todos consideraban un pecador.
Todo había comenzado por Jesús aunque fuera necesaria también la colaboración del hombre en su búsqueda y en su respuesta. Jesús se había querido detener delante de la higuera, y Zaqueo no había vuelto la cara para otro lado, para pasar desapercibido o para no darse por enterado. Y las barreras se habían caído. Sería incluso mas tarde escándalo para muchos que se seguían considerando buenos y los puros. Ya conocemos las críticas de escribas y fariseos porque Jesús comía con publicanos y pecadores. Jesús había querido llevar la salvación a aquella casa, a la que todos consideraban quizá indigna, y allí se había encontrado la mejor respuesta. No había rehuido Jesús el encuentro en la casa de un pecador, sino que lo había buscado. A las periferias, como ahora se nos llena la boca de tanto decirlo. Calladamente sin mucho aspaviento, ni fotógrafos que dejaran la fotografía para el recuerdo.
¿Seríamos capaces nosotros de hacer algo así? ¿Detenernos en silencio junto a aquel que nadie quiere ni ayuda? ¿Seguiremos marcando distancias con ciertos sectores o con determinados individuos porque quizá pensamos que con ellos no merece la pena? Es admirable la respuesta de Zaqueo, pero quiero quedarme en el gesto de Jesús que tendría que saber repetir yo. Hay muchos escondidos detrás de muchas hojas de higuera que están necesitado que yo me detenga junto a ellos. ¿Seguiré de largo? No sigamos deprisa con nuestras locas carreras que alguien puede estar esperando que me detenga junto a él.

lunes, 7 de agosto de 2017

No estemos siempre esperando a que las soluciones las den los otros sino aprendamos a tomar la iniciativa y sepamos contar siempre con los demás, sean quienes sean

No estemos siempre esperando a que las soluciones las den los otros sino aprendamos a tomar la iniciativa y sepamos contar siempre con los demás, sean quienes sean

Números 11,4b-15; Sal 80; Mateo 14,13-21
Pero ¿es que nadie hace nada? Es un comentario que es fácil oír cuando vemos que hay problemas, pero estamos esperando que sean otros los que pongan mano para resolverlos. Muchas no es que seamos insensibles, porque somos capaces de ver el problema o la necesidad, pero lo que no damos el paso para implicarnos, dejamos que sean otros los que le den solución, nos quedamos en el comentario. Así vamos por la vida, rehuyendo el compromiso, esperando siempre que comiencen los demás. Estamos prontos para hablar, para denunciar, para quejarnos, para criticar lo que los otros hacen o no hacen, y nos quedamos en palabras, en muchos casos con posturas bien negativas.
‘Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer…’ le dicen los discípulos a Jesús. Se habían venido alejándose de todos porque Jesús quería estar a solas con ellos, pero al llegar se encontraron una multitud que les esperaba. Y Jesús se puso a enseñarles. Se pasó el tiempo, se hacia tarde y aquellas gentes estaban lejos de sus poblados. Los discípulos ven el problema, pero no saben como afrontarlo, por eso le dicen a Jesús que mejor es despedirlos para que se vayan a sus casas.
Pero la respuesta de Jesús fue bien distinta. ‘No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer’, les dice Jesús aunque ellos siguen encontrando dificultades. ¿Donde van a comprar pan para toda esa gente?
Jesús quiere que se impliquen; Jesús quiere que nos impliquemos; no solo es necesario que abramos los ojos para ver los problemas, lo cual ya es un paso importante en la vida, sino que además busquemos solución; busquemos quizá ayuda, colaboración, pero entre todos podemos encontrar caminos para avanzar en la vida; no podemos ir de negativos viendo solo las dificultades, sino que hemos de saber abrir nuestro espíritu para ver otras realidades, ver caminos que se nos pueden ir abriendo delante de nosotros, si sabemos contar con los demás.
Es lo que sucede en aquel momento. Alguien tiene por allí cinco panes y dos peces, aunque parezca que es nada para toda aquella multitud. Se producirá el milagro, todos podrán comer hasta hartarse y hasta sobrará pan que Jesús querrá que los recojan para que no se desperdicie.
Cuando en la vida sabemos contar con los pequeños granos que los demás puedan aportar cuantas cosas podemos hacer. Tenemos que saber valorarlo todo, saber valorar a todas las personas para saber contar siempre con los demás. No podemos ir de sobrados, pensando que nosotros solos son los que valemos. Cada uno tiene sus valores, sus cualidades, sus granitos de arena que aportar, sus cosas buenas, la generosidad de su corazón y así podemos avanzar de verdad y solucionar tantas cosas de nuestro mundo.
Pero hay un último detalle en el que quiero fijarme. Jesús no quiere que se desperdicie nada. ¿Así hacemos en la vida en este mundo tan derrochador en que vivimos? Pensamos materialmente en tantas cosas que desechamos en el consumismo en que vivimos, y en que lo que nos parece que no vale por su insignificancia o porque ahora no lo necesitemos, lo descartamos, pero no nos quedemos solo en lo material porque fácilmente pueden ser actitudes que nos aparezcan en nuestras relaciones con los demás. A cuantos descartamos en la vida, porque nos puede parecer que no valen. Creo que todo esto tendría que hacernos pensar mucho. Y hoy hablamos tanto de un mundo sostenible y no sé cuantas cosas más, pero que se nos puede quedar todo en bonitas palabras para la galería.

viernes, 13 de enero de 2017

Dejemos que Jesús nos libere de nuestras ataduras, desconfianzas, dudas, de tantas cosas que nos pueden limitar, para ir siempre con corazón limpio a los demás para hacer el bien

Dejemos que Jesús nos libere de nuestras ataduras, desconfianzas, dudas, de tantas cosas que nos pueden limitar, para ir siempre con corazón limpio a los demás para hacer el bien

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12
Cuando en verdad queremos algo que consideramos que es bueno y nos puede hacer mucho bien o puede tener buenas repercusiones para nuestra vida, ponemos todos los medios a nuestro alcance con el deseo de conseguirlo; somos capaces de saltar las barreras o luchas contra los obstáculos que podamos encontrar a nuestro alrededor; ponemos toda nuestra pasión y nuestra fuerza para conseguirlo,  no nos rendimos fácilmente porque sabemos rebuscar las iniciativas que sean necesarias para tenerlo.
Lo mismo nos sucede cuando tenemos buenos sentimientos en nuestro corazón por los demás y vemos a alguien sufriendo; nos duele a nosotros mismos, queremos encontrar un remedio para ese dolor, buscamos donde sea necesario porque nos sentimos verdaderamente solidarios con esa persona que sufre y su sufrimiento es el nuestro también. Ahí aparecen las iniciativas, las invectivas que nos dicta el corazón.
Es la pasión que vemos hoy en unos hombres anónimos en el evangelio. Vienen portando en una camilla a un paralítico para hacerlo llegar hasta Jesús con la esperanza de que Jesús lo cure; han oído hablar o han sido testigos quizá de muchas curaciones que Jesús está haciendo en Cafarnaún y en otros lugares. Llegan a donde está Jesús pero no pueden entrar hasta él, porque la aglomeración de la gente alrededor de Jesús es grande y la puerta podríamos decir que está taponado. El esfuerzo que han hecho por traer a aquel paralítico hasta Jesús no se puede quedar en nada y en su inventiva deciden correr las tejas o las lozas de la terraza para bajar por allí al paralítico hasta Jesús. Grande es la fe de aquellos hombres, como grande es la solidaridad que hay en sus corazones, de manera que Jesús de alguna manera se fija en el detalle para valorarlo.
Ya aquí casi podríamos quedarnos en nuestra reflexión porque esto ya nos está diciendo muchas cosas. Aunque comenzamos nuestra reflexión ponderando lo que somos capaces de hacer cuando deseamos algo o cuando nos sentimos solidarios con los demás, sin embargo hemos de reconocer que no siempre lo hacemos con tal intensidad; muchas veces nos rendimos antes de tiempo, o nos cansamos, o no somos perseverantes cuando nos encontramos con las dificultades.
Muchas veces nos cansamos también de hacer el bien, porque en nuestro pensamiento nos pueden entrar también muchas tentaciones y desconfianzas. Algunas veces podemos tener la tentación no tener una mirada verdaderamente limpia hacia aquellos a los que vemos en necesidad y nos pueden entrar muchas desconfianzas.
¿Merece la pena o no merece la pena tanto esfuerzo? ¿Van a saber valorar lo que nosotros hacemos o será como echarlo en saco roto? ¿Y esas personas no serán así porque ellos se lo han buscado y ahora nosotros estamos poniendo tanto esfuerzo? Muchas dudas se nos pueden meter en nuestro interior porque también el mal nos acecha a nosotros y nos puede paralizar en lo bueno que estamos intentando hacer. Tendremos que aprender a valorar a las personas, saberles dar nuestra confianza y seguir luchando por la dignidad de los demás.
El evangelio que estamos comentando no se queda ahí, porque como dice al ver la fe de aquellos hombres, ofrece lo más hermoso que Jesús nos pueda dar; quiere en verdad transformar nuestro corazón limpiándolo de tanta maldad que muchas veces nosotros dejamos meter en él. ‘Perdonados son tus pecados’, le dice al paralítico. Lo han traído para que lo libere de su parálisis y de su enfermedad, y Jesús lo cura desde lo más hondo porque quiere liberarlo de lo que son las peores ataduras que pueda haber en su vida.
Por brevedad no entramos ahora en comentar la reacción de los fariseos y escribas que estaban al acecho de lo que Jesús decía y hacia. En verdad Jesús puede liberar a aquel hombre de la atadura de su parálisis y con el mismo poder divino le puede perdonar los pecados.
Dejemos que Jesús nos libere de nuestras ataduras, de nuestras desconfianzas, de nuestras dudas, de tantas cosas que nos pueden limitar. Seamos capaces de tener un corazón limpio de toda maldad y dejemos que Jesús nos cure, nos sane, nos salve, transforme nuestro corazón para que así con ese corazón limpio vayamos al encuentro de los demás y siempre hagamos el bien saltando todas las barreras que nos lo pudieran impedir.

viernes, 14 de marzo de 2014

Vete primero a reconciliarte con tu hermano...



Vete primero a reconciliarte con tu hermano sofocando esas llamaradas de amor propio que puedan surgir dentro de ti

Ez. 18, 21-28; Sal. 129; Mt. 5, 20-26
‘¿Acaso quiero yo la muerte del malvado - oráculo del Señor - y no que se convierta de su camino y viva?... cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida… ciertamente vivirá y no morirá’. Hermoso el mensaje que nos ofrece el profeta de parte del Señor. ‘Oráculo del Señor’, nos dice.
Por eso podíamos rezar en el salmo acogiéndonos a la misericordia del Señor. ‘Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?’ Es cierto que el que se siente abrumado por su pecado, por lo mal que haya hecho y piensa que para él no habrá perdón, es como para volverse loco. Está en nuestro corazón la esperanza del amor de Dios que nos perdona y nos da paz. ‘Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos’. Fijaos qué hermoso, nos habla de ‘la redención copiosa’; no es cualquier medida ni una medida a la que pongamos límites, es copiosa, abundante, generosa, como generoso e infinito es el amor de Dios.
En el evangelio se comienza a hablarnos del amor; serán muchas las ocasiones en que se nos hablará de nuestro amor a los otros, en este camino que vamos haciendo en la cuaresma. Hoy se nos invita a la reconciliación y a vivir con unas actitudes positivas hacia los demás, evitando todo lo que sea negativo en nuestras palabras, en nuestras actitudes o en nuestras acciones. Y se nos está señalando cómo hemos de comenzar a expresar ese amor y esos deseos de reconciliación sin esperar que sea el otro el que comience.
Primero nos dice que hemos de evitar todas las palabras que puedan ser ofensivas a los demás. Nunca una palabra fuerte, salida de tono, hiriente o despreciativa hacia los otros. Parecen cosas muy elementales que hasta podríamos pensar por educación para una digna relación humana entre unos y otros.
Pero quienes hemos hecho opción por el amor de manera que es nuestro distintivo no se puede permitir de ninguna manera una  palabra que pueda herir al otro, porque estoy hiriendo a un hermano. Y esta es una tentación fácil en la que podemos caer casi sin darnos cuenta, por ese lenguaje tan burdo que hoy utilizamos y en el fácilmente salen esas palabras o esas actitudes descalificativas hacia los demás. Seamos sinceros y analicemos bien las palabras que usamos en nuestras conversaciones y sobre todo cuando nos parece estar dolido por algo contra alguien, démonos cuenta de las palabras que empleamos y las descalificaciones.
Pero nos pide algo más Jesús. ¿Cómo nos podemos atrever a presentarnos delante del Señor queriendo decir que le amamos y que le ofrecemos no sé cuantas cosas cuando tenemos cosas pendientes con los hermanos que nos rodean? ‘Vete primero a reconciliarte con tu hermano’, nos dice Jesús. No puedo estar esperando a que el otro venga. Eso es lo que yo quisiera para subirme en el pedestal de los que somos buenos y perfectos y por compasión ahora perdonamos a ese pobre que no le queda mas remedio que reconocer su fallo. Una postura así dista mucho de ser una postura cristiana. Lo que nosotros tenemos que hacer es ir a buscar a ese hermano para reconciliarme con él, aunque cueste y tenga que sofocar las llamas de amor propio que puedan surgir dentro de nosotros, para poder presentarme con un corazón más puro y limpio y más lleno de amor ante el Señor. Nos lo dice claramente hoy Jesús en el evangelio.
Es que el amor siempre se adelanta, por eso mismo que es amor. El amor es generoso y siempre estará buscando la paz y la felicidad del otro. El amor verdadero no me permite quedarme pasivamente esperando a ver qué es lo que el otro hace, sino que el verdadero amor toma siempre la iniciativa, inicia el camino, va al encuentro del otro, nos ayuda a encontrar la paz verdadera en el corazón. Y no hay paz más hermosa que la que sentimos después de dar los pasos que nos han llevado a la reconciliación. Mucho tendríamos que reflexionar sobre todo esto y muchas posturas nuevas y valientes habremos de tomar desde lo más hondo de nuestro corazón.