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domingo, 16 de agosto de 2026

Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

 


Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

Isaías 56, 1. 6-7; Salmo 66; Romanos 11, 13-15. 29-32;Mateo 15, 21-28

‘Mira qué vas a hacer, porque esto es ya un fastidio’, algo así quizás habremos dicho alguna vez, o lo hemos escuchado de una forma directa y clara o con insinuaciones porque de alguna manera nos parecemos a los políticos que quieren quedar siempre bien pasándole la pelota a otros; y digo que lo hemos dicho cuando nos encontramos manifestaciones que reivindican o reclaman derechos o cosas que necesitan, cuando se acumulan personas y situaciones que nos parecen ajenas pero que han rebotado en nuestros lares, cuando quizás nos vemos impotentes pero quizás por nuestra falta de decisión o por pensar solo en nosotros mismos, porque esas personas que nos están llegando parece o que van a cambiar nuestras costumbres o a quitarnos el pan que nosotros pretendemos ganar cuando ellos traen tras de sí más miserias y necesidades de las que podemos imaginar.

He querido describir y contemplar ese cuadro que además hemos de reconocer que es incompleto cuando escuchamos este texto del evangelio en que Jesús, saliéndose del propio territorio de Israel y Palestina, ha llegado a unos territorios paganos en que una cananea va gritando tras Jesús pidiendo compasión porque tiene una hija con una grave enfermedad, poseída por el maligno como era la expresión más usual. Parece que Jesús no atiende a la petición de esta Cananea y serán los discípulos los que al final cansados de aquellos gritos que los persiguen le piden a Jesús que haga algo, aunque sea para quitársela de encima.

La fe y la confianza de aquella mujer se está viendo puesta a prueba. Jesús y aquel grupo de discípulos que la acompañan son judíos, con sus propias convicciones y planteamientos, mientras que ella es una pagana. Pero terminará diciendo ante el aparente rechazo de Jesús ‘también los perritos terminan comiendo las migajas que caen de la mesa de sus amos’, haciendo referencia a la manera que tenían habitualmente los judíos más radicales de mirar a los que no fueran judíos; ni en sus casas querían entrar, cuanto menos hacerles un favor.

Pero Jesús admira la fe de aquella mujer que se mantiene constante en su confianza y en su petición. Habrá otra ocasión en que Jesús también se admira de la fe de un pagano, como será el caso del centurión que pedía la salud para su criado enfermo al que miraba como un hijo. ‘No he encontrado en Israel nadie con tanta fe’, dirá entonces; ahora le dice a la mujer que vaya y que se cumpla conforme ha creído. Ya en otro momento nos dirá que vendrán de Oriente y de Occidente quienes se sienten en la mesa del reino de los cielos frente al rechazo que los hijos de Israel están haciendo del mensaje del evangelio.

Con Jesús se romperán todas las barreras que imponen limitaciones o que crean distancias. Recordemos que cuando nos habla del amor nos dirá y con gran exigencia que hemos de amar también a los enemigos, y saludar a los que no nos saludan, y prestar también a quienes no colaboran con nosotros porque el sol sale para todos, para justos y para injustos. Con Jesús ya no valen los condicionamientos sociales ya sean mujeres o ya sean niños, ya sean considerados buena gente o ya sean considerados pecadores porque la mujer pecadora lavará y perfumará sus pies o Zaqueo el publicano lo hospedará en su casa, con Jesús se caen las barreras de las impurezas legales porque dejará que el leproso llegue ante Él y extenderá su mano para tocarlo y quede limpio o la hemorroísa podrá tocar la orla de su manto para curarse de sus hemorragias, ya no hay limitaciones que nos imposibiliten ir al paso de los demás porque si es necesario la camilla bajará desde el techo para poder llegar a los pies de Jesús, ni soledades que aíslen porque Él sabrá buscarlo para ponerle en camino al encuentro con los demás como con el paralítico de la piscina.

Lo que hoy en el evangelio nos pareciera lentitud en la reacción de Jesús ante la petición de aquella mujer cananea podríamos decir que entra en la pedagogía del evangelio porque Jesús está queriendo que nosotros nos detengamos a pensar, a reflexionar y a reaccionar. ‘Dadle vosotros de comer’, les dirá a los discípulos que le plantean que despida a la gente en el descampado para que encuentren donde comprar comida, o preguntará de cuántos panes disponen para provocar que un muchacho ofrezca sus cinco panes y dos peces para alimentar a aquella multitud.

¿No será también lo que Jesús con este evangelio está queriendo provocar en nosotros? Al comienzo de nuestra reflexión hacíamos recuento de algunas de esas situaciones que suceden a nuestro alrededor pero en las que siempre estamos esperando que sean otros los que tomen las iniciativas. ¿Cuáles son las iniciativas que nosotros somos capaces de aportar? Quejarnos es una cosa que hacemos con facilidad ante cualquier cosa que vemos a nuestro lado y nos parece que está mal, pero ¿cuál es la mano que nosotros estamos dispuestos a poner? ¿Le habremos mirado a los ojos a esas personas que se arraciman en nuestro entorno con sus necesidades o con sus quejas? ¿Seremos capaces de ver la historia que hay detrás de cada una de esas personas, por ejemplo, que llegan como decimos ilegalmente a nuestras costas o atraviesan nuestras fronteras?

No queremos que nos molesten, pero ¿hasta donde somos nosotros capaces de llegar?


domingo, 9 de agosto de 2026

Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene



Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene

1Reyes 19, 9a. 11-13a; Salmo 84; Romanos 9, 1-5;  Mateo 14, 22-33

Tambien nosotros muchas veces, como vemos a algunos en el evangelio, estamos pidiendo signos y signos extraordinarios para creer; nos encontramos en malos momentos en la vida porque quizás los problemas se nos acumulan, hay situaciones embarazosas que tenemos que sortear y no nos vemos con fuerza, nos llevan momentos de desabrimiento espiritual en que nos encontramos desanimados, no terminamos de despertar o hay oscuridades de dudas e interrogantes que nos inquietan y estamos poco menos que pidiendo un milagro para despertar.

Nosotros mismos nos lo habremos planteado o quizás haya llegado alguien con cierta inquietud en su corazón haciéndose preguntas para creer y nos está pidiendo pruebas dentro de la racionalidad de la vida para poder creer. ¿Sabremos responder? ¿Esos razonamientos teóricos y desde unos raciocinios llegan a convencer, llegan a convencernos a nosotros o les sirven de alguna luz a quienes nos están haciendo esos planteamientos? ¿Nos quedaremos al final compuestos y sin novia, como se suele decir, o esa sin motivaciones profundas para creer?

Creo que la Palabra de Dios de este domingo nos está dando respuestas, abriéndonos pistas, haciéndonos descubrir que quizás no es en esas cosas extraordinarios donde Dios se nos va a manifestar; otras tienen que ser nuestras búsquedas y nuestras sintonías. Empezando por el profeta Elías que está pasando por un mal momento en el enfrentamiento con la reina Jezabel que incluso está poniendo en peligro su vida. Se refugia en la montaña, ¿una nueva forma de volver al Horeb el monte donde Dios se había manifestado a Israel cuando viajaba por el desierto? Escondido en lo hondo y oscuro de la cueva – buena imagen para expresar cómo se sentía el profeta – no es en el paso de la tormenta ni en el terremoto que agrieta con fuerza la montañas donde puede sentir la presencia de Dios; será el silencio, en el susurro de la brisa donde Dios le está diciendo que es el compañero de su vida. Tendrá que verse envuelto en la violencia de las tormentas, pero Dios va a estar ahí en el silencio del corazón como un susurro.

Es también el episodio del evangelio. Después de la multiplicación de los panes Jesús embarca a los discípulos rumbo a Cafarnaún, pero Él se queda despidiendo a la gente y retirándose a la montaña para orar. Pero la travesía se les está haciendo costosa a los discípulos porque la noche avanza pero la barca se ve frenada por el viento en contra a pesar de sus esfuerzos. Y Jesús no está con ellos, que ahora lo necesitarían como cuando la tormenta en otra ocasión en medio de aquel mismo mar, de aquel lago de Tiberíades tan dado a tormentas inesperadas. Los miedos y desánimos, a pesar de ser avezados pescadores acostumbrados a atravesar aquel lago, comienzan a envolverlos porque les parece que están también viendo visiones de fantasmas. Alguien viene caminando sobre el agua y no saben diferenciar quién puede ser.

Será la voz de Jesús la que les haga recobrar el ánimo y Pedro se sentirá animoso para ponerse a caminar también sobre el agua. Aunque Jesús les ha hablado ‘ánimo, no temáis, soy yo’ para hacer que encuentren la calma el viento de la tormenta sigue arreciando y al ver las olas que se levantan enfrente Pedro se llenó de temor y comenzó a hundirse. Pero allí está la mano de Jesús a la que quizás Pedro no había prestado atención porque en lugar de mirar a Jesús se quedó solo mirando las tormentas que se acercaban. ¿No será bien significativo de lo que nos pasa tantas veces? Nos enfrascamos en nuestras tormentas, nuestras dudas, nuestros miedos y no somos capaces de levantar la mirada para ver la mano de Jesús que silenciosamente de muchas maneras se tiende hacia nosotros.

Sí, en medio de esas tormentas de la vida, sin ruido quizás por lo que debemos tener una sintonía especial, Dios viene a caminar con nosotros. La gracia de Dios no está tanto en que milagrosamente nos saque o aplaque esas tormentas, sino en la certeza que hemos de tener de que Dios está ahí con nosotros; El se detiene junto al camino como cuando los ciegos de Jericó o el ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén; el permitirá quizás que se rompa el techo bajo el cual nos cobijábamos para decirnos que nos está esperando; Él se hará el encontradizo en la piscina probática de nuestra soledad para tendernos su mano y levantarnos para ponernos en camino de buscar el agua que limpie nuestros ojos encegatados; El se meterá en el embrollo donde con fervores medio enloquecidos nos vamos dando empujones los unos a los otros para darnos la oportunidad de que toquemos su manto para sentirlo más cercano a nosotros; El se hará esperar como cuando la muerte de Lázaro en Betania para que nuestra fe se aquilate y se fortalezca porque para nosotros habrá siempre vida y resurrección.

Podríamos seguir recordando muchos más momentos del Evangelio para descubrir cómo Dios llega a nosotros y no siempre serán necesarios grandes o extraordinarios signos sino que en el silencio y en las cosas normales de cada día hemos de descubrir esa presencia de Dios. Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene.


lunes, 6 de julio de 2026

Acompañar muchas veces en silencio, tender la mano cuando parece que no hay esperanza, dejar un rastro de confianza a nuestro paso, detalles humanos que nos elevan hasta Dios

 


Acompañar muchas veces en silencio, tender la mano cuando parece que no hay esperanza, dejar un rastro de confianza a nuestro paso, detalles humanos que nos elevan hasta Dios

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Salmo 144; Mateo 9, 18-26

Hemos de confesar que muchas veces esperamos cosas extraordinarias, gestos aparatosos, cosas que nos parezcan fuera de lo normal, y no somos capaces de detenernos a fijarnos en los pequeños detalles, esas cosas sencillas y naturales que suceden a nuestro lado y por su sencillez precisamente no le damos importancia, pero que sin embargo tienen una calidez humana que realmente conmoverían nuestro corazón si fuéramos capaces de detenernos y fijarnos en ellas. En esas cosas podemos leer la gran humanidad de quienes las realizan y se pueden convertir en divinas para nosotros porque nos ayudarían a elevar nuestro espíritu por encima de la materialidad de lo mismo que estamos haciendo y hasta nos pueden conectar con Dios que así se nos querrá manifestar muchas veces.

En este pasaje del evangelio que pretendemos comentar y que hoy nos ofrece la liturgia de este día quiero fijarme en esos pequeños detalles muy humanos y que nos pueden ayudar a descubrir muchas cosas. Un hombre ansioso y lleno de dolor porque su hija acaba de morir llega hasta jesús e incluso interrumpe todo lo que en aquel momento está sucediendo; Jesús estaba enseñando a la gente en el momento de la llegada de este hombre que le pide que vaya y ponga su mano sobre su niña muerta para que vuelva a la vida. 

El evangelista es muy escueto en su narración, solo nos dice que Jesús se pone en camino acompañando a aquel hombre afligido por el dolor. No hay reproches por la interrupción, nada más pregunta Jesús pero se pone a caminar junto a aquel hombre. Hermosa imagen y comienzan las lecciones. Jesús escucha y acompaña a este hombre en el camino. Es suficiente para que el hombre se sienta seguro, para que aumente su confianza; aunque sea en silencio aquel hombre está ya abriendo las puertas no solo de su casa para que Jesús llegue ante su niña sino que podemos decir le está abriendo las puertas de su corazón. Ante el alboroto que se encuentra en su casa sigue permaneciendo en silencio pero seguro que su corazón ya está hablando. 

Jesus dirá que la niña no está muerta sino dormida, aunque se rían de El, para alejar a las plañideras de turno que siempre están poniendo velos negros a cuanto sucede; bien lo conocemos en la vida, los que siempre tienen un comentario que hacer pero nunca en positivo sino siempre remarcando los lados oscuros. 

Y viene el otro detalle de Jesús, la tomó de la mano y la levantó de su cama. Tomar de la mano, que nos tomen de la mano, o tomar nosotros la mano de alguien puede tener muchos significados y traernos también muchas consecuencias. Una señal de apoyo y de confianza que puede levantar el ánimo del corazón, un signo de cercanía que podemos permitir o que podemos rechazar poniendo más distancias, puede ser un rellenar un abismo que nos encierra en nosotros mismos o un romper los círculos de nuestras soledades.

Y el otro gesto hermoso que podemos contemplar en este evangelio está en lo que sucede mientras van de camino. Jesús va acompañando a aquel hombre, como ya decíamos, pero no es ajeno a cuanto sucede a su alrededor, no se aísla de los que están a su lado y su forma de ir en medio de las gentes es un ir también abriendo puertas a quien lo pueda necesitar; una mujer se atreve a acercarse por detrás en medio de todo aquel barullo para tocar la orla del manto de jesus. 

Será el atrevimiento de aquella mujer, nacido de la confianza que le inspira el Jesus que acompaña un camino de dolor, pero es también el dejarse tocar por parte de Jesús porque siempre en su cercanía con todos quiere dejar el rastro de su amor. Dejar a nuestro paso el rastro del amor, una cosa que puede sonar muy bonita en las palabras, pero que muchas veces nos cuesta realizar en nuestros caminos. ¿Será el rastro que vamos dejando tras nosotros para que todos puedan sentir la cercanía y el calor de nuestro amor?

Sepamos acompañar en el camino, ya sea del dolor y sus ansiedades como también en los caminos donde brille la alegría y la satisfacción de las cosas bien hechas. Sepamos igualmente tender la mano para levantar y para reconfortar, para ayudar a sortear los malos pasos del camino o para que sirvan de apoyo en el esfuerzo de la ascensión, para hacer que nos sientan cercanos y amigables y para tender puentes donde las distancias nos han separado. Dejemos que nuestra vida sea paño de lágrimas para los demás y con nuestra escucha hagamos que se abran nuevos caminos a quienes se ven entorpecidos por tantas debilidades. 

Gestos sencillos, detalles que nos parecen mínimos y casi imperceptibles, luces que iluminan el alma, y paños de lágrimas que ponen colirio en nuestros ojos para ver de manera distinta.


lunes, 29 de junio de 2026

Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad



 Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad

Hechos 12, 1-11; Salmo 33; 2 Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

En nuestra Diócesis tenemos la reciente visita del Papa a nuestra tierra, como a otros lugares de España. Más que el espectáculo mediático favorecido también mediante las retransmisiones minuto a minuto por los medios de comunicación y el fervor de tantos que se acumulaban a su paso o participaban en los diferentes encuentros, hay algo que va más allá de todo eso, porque no es simplemente recibir a un personaje importante, popular, carismático que atrae la curiosidad y la presencia de tantos que quisieron estar cerca del Papa, sino lo que para nosotros los cristianos significa su figura y su presencia. 

Nos ayuda a reflexionar en ello en que ahora a los pocos días estemos celebrando la fiesta de San Pedro y San Pablo. Aquel Simón Pedro, sencillo pescador del mar de Galilea a quien un día jesús le dijera ‘tú eres Pedro, y sobre esta piedra (jugando así con el significado del nombre y la palabra piedra) edificaré mi Iglesia… te daré las llaves del Reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’. Ahí está señalando cuál era la misión de Pedro. como más tarde junto al mar de Galilea volviera Jesús a mantener su confianza en la misión que le había confiado. Tras la triple pregunta sobre su amor a Jesus le confiará ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, como un día le dijera también que iba a ser pescador de hombres.

Había habido una confesión de fe muy hermosa, tras las preguntas de jesús sobre lo que pensaba la gente y sobre lo que pensaban ellos de Él. Una hermosa confesión de fe que Jesús le dirá que sí ha sido capaz de pronunciarla es porque el Padre de los cielos se la ha inspirado en su corazón. Por eso le dirá en otra ocasión, cuando las dudas comenzaban a amenazar el corazón de Pedro, cuando parecía que los momentos se ponían difíciles porque incluso a Pedro le costaba aceptar lo que jesús anunciaba de lo que iba a ser su Pascua, cuando se iba resbalando por la pendiente que le llevaría a la negación, ‘Mantente firme, para que recuperes y confirmes la fe de tus hermanos’.

Yo diría que es la experiencia en el fondo que hemos vivido estos días con la visita del Papa a nuestra tierra. Es cierto que venía para ser un grito que clamara al cielo por la situación de tantos emigrantes que llegan a nuestras tierras, pero fue también la presencia reconfortante que venía a poner en valor la respuesta de acogida de quienes los reciben y buscan salida respetuosa para esas personas, muchas de las cuales incluso han perdido su vida en las peligrosas travesías. 

Pero era la presencia de Pedro que venía a reconfortarnos en nuestra fe, que venía a alentar nuestra esperanza por ese mundo nuevo que tenemos que estar comprometidos a entre todos realizar, que venía a avivar esos rescoldos de amor y de solidaridad que tienen que envolver nuestras vidas y que se tienen que convertir en hogueras de vida entre los que nos rodean. 

Su presencia, su palabra, su cercanía, su permanente sonrisa estaba recordándonos lo que es el amor que Dios derrama en nuestras vidas, pero era también una invitación a hacer camino porque es la tarea que los cristianos tenemos que hacer en medio de nuestro mundo. Ojalá se haya caldeado suficientemente nuestro corazón para abrirnos a una fe más intensa y más comprometida, para seguir derrochando todos esos hermosos gestos de solidaridad y de generosidad con los que hemos de envolver nuestras vidas. 

Le preguntaba Jesús a Pedro por su amor y al mismo tiempo le confiaba cómo había de crecer en ese amor porque de todos tenía que ser pastor. El pastor cuida de sus ovejas y las alimenta ofreciéndo los mejores pastor, pero el verdadero pastor lleva a sus ovejas en su corazón, porque a todas las conoce por su nombre y todas conocen también su voz. ¿Será así cómo nos sentimos?


sábado, 27 de junio de 2026

Sepamos despojarnos de nuestros aires de grandeza para humildes ponernos siempre en actitud de servicio y cercanía

 


Sepamos despojarnos de nuestros aires de grandeza para humildes ponernos siempre en actitud de servicio y cercanía

Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19; Salmo 73; Mateo 8, 5-17

Algunas veces quizás nosotros no sabemos cómo acercarnos a alguien desde nuestros deseos de conocerlo, o desde nuestra necesidad esperando quizás una ayuda, y estaremos atentos a las señales que pueda darnos o que nosotros podamos encontrar de que podemos acercarnos con libertad y confianza; o quizás al revés somos nosotros los que quizás podamos ofrecer algo pero no queremos forzar el que alguien quiera aceptarnos, no queremos herir su susceptibilidad y al mismo tiempo respetar su libertad y lo que hacemos es dejarnos caer, como solemos decir, ponernos a tiro, dar señales de que esas personas pueden con libertad confianza acudir a nosotros.

Podríamos decir que es lo que encontramos en Jesús. Se deja encontrar, se pone a tiro, su presencia y sus gestos están invitándonos a que vayamos a Él porque en Él nunca nos sentiremos defraudados. Son muchos los momentos en que lo contemplamos así a lo largo del evangelio; se hace el encontradizo, se detiene junto a ciego del camino, se fija en quien quizás nadie se ha fijado y pasa desapercibido para muchos, deja incluso que le rompan el techo de la casa con tal de que puedan llegar hasta Él, o va allí donde hay soledad y sufrimiento para ofrecer su palabra, tender su mano o levantarnos de nuestra camilla.

Llega Jesús a Cafarnaún y se deja encontrar por aquel centurión romano que por allí anda con sus angustias porque su criado a quien apreciaba mucho está enfermo. Y ante la petición confiada de aquel hombre quiere ponerse en camino para ir a su casa. ‘Voy a curarle’, le dice. Pero por contra encontraremos la humildad y la grandeza de aquel hombre, no por sus títulos que puedan merecer honores, sino por la forma confiada y humilde de dirigirse a Jesus. ‘No soy digno de que vayas a mi casa…’ comienza diciendo pero para afirmar su certeza de que la Palabra de Jesús es verdadera y será suficiente para que su criado se pueda curar. El sabe de mandos y de órdenes, sabe de cumplimiento de mandatos y de disponibilidad, y Jesús puede hacerlo. ‘Una palabra tuya bastará’.

Hemos hablado de la grandeza que manifiesta este hombre, pero es Jesús mismo quien lo alabará. ‘No he encontrado en Israel una fe tan grande’. ‘Vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán en la mesa del Reino de los cielos’, se comentará en otro lugar. ‘Que te suceda conforme has creído’, el poder y la grandeza de la fe.

Pero en el resto del evangelio de hoy seguiremos contemplando a Jesus que allí a donde llega o por donde pasa todo se va llenando de vida. Será la suegra de Simón a quien Jesus levanta de la cama y pronto ella se pondrá a servirles, pero serán las multitudes que se agolpan a su puerta buscando esa sanación de sus enfermedades y sobre todo la salud y salvación para sus vidas. El evangelista recordará lo anunciado por el profeta Isaías, ‘Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades’.

Nos queda preguntarnos si nosotros nos ponemos a tiro de ese encuentro con el Señor que nos sana y nos llena de vida; pero al mismo tiempo tenemos que plantearnos cómo nosotros vamos a saber acercarnos allí donde hay dolor y sufrimiento también para regalar vida. Hemos de levantarnos también y ponernos en actitud de servicio que lo podemos reflejar de muchas maneras. ¿Seremos en verdad cercanos los unos con los otros? ¿Seré capaz de despojarme de esos aires de autosuficiencia para ponerme al lado de los que más sufren?


jueves, 5 de marzo de 2026

Qué bellos van a ser los surcos que vayamos abriendo en el campo de la vida cuando ponemos cercanía y amistad porque en ellos florecerán las más hermosas flores

 


Qué bellos van a ser los surcos que vayamos abriendo en el campo de la vida cuando ponemos cercanía y amistad porque en ellos florecerán las más hermosas flores

Jeremías 17, 5-10; Salmo 1; Lucas 16, 19-31

Muchas veces en la vida vamos abriendo surcos a nuestro alrededor que podrían tener diverso valor para nosotros mismos y para cuantos conformamos este campo de la vida; me viene esta imagen pensando en el agricultor que labra la tierra y la prepara para sembrar en ella buena semilla de la que espera un día obtener buenos frutos; al labrar la tierra va abriendo esos surcos donde se ha de sembrar esa buena semilla, pero puede ser oportunidad para las malas hierbas, para los cardos o los espinos que en ella se aprovechen para hundir sus raíces haciendo de esa tierra un lugar inhóspito que además puede ahogar las plantas que podrían darnos ricos frutos.

Puede ser una imagen de lo que hacemos de nuestra vida; surcos que se vuelven abismos que en lugar de acercarnos nos alejan, terrenos que llenamos de abrojos por los que incluso sea difícil cruzar para acercarnos los unos a los otros. Depende de nuestras actitudes y posturas, depende de lo que con nuestra vida vamos haciendo cuando solo pensamos en nosotros mismos y pensamos que la presencia de los demás nos pudiera robar nuestra felicidad, por lo que preferimos ignorarlos, desentendernos de lo que es su vida o lo que puedan ser sus problemas; nos endiosamos a nosotros mismos pensando que somos los únicos o los reyes en torno a los que todos han de prestar su servilismo. Desgraciadamente hacemos mucho de eso en los caminos de la vida.

Hoy el evangelio nos ofrece una parábola donde contemplamos a quien hizo eso de su vida. Solo pensaba en su placer, en sus satisfacciones, en sus fiestas o en sus banquetes; alrededor de sí más que un surco creó un abismo que le hacía desentenderse de todo y de todos no siendo capaz de llegar a ver a quien estaba a su puerta. Pensaba que todo lo tenía y nada necesitaba hasta que se dio cuenta, aunque ya fuera tarde, que ese abismo que se había creado tenía valor de eternidad, esa vida aislada que había vivido ahora era abismo de soledad donde no podía encontrar ninguna satisfacción.

No había quien le refrescara la reseca lengua con un dedo mojado en agua, como él en el abismo que había creado en torno a si en vida no había sido capaz de tener la mínima compasión para quien sufría a su lado. Lo que sembramos es lo que luego recogeremos. Es lo que nos va describiendo la parábola.

Ahora quisiera prevenir a sus hermanos con fantasmales apariciones de muertos para que ellos no siguieran su mismo camino. Pero como le dice el patriarca Abrahán tienen a Moisés y a los profetas, que él tampoco había sabido escuchar, que entonces su vida hubiera sido distinta.

¿Cuáles son los surcos que nosotros hemos creado a nuestro alrededor? ¿Habremos sabido sembrar buenas semillas para obtener buenos frutos? La parábola nos está enseñando lo que tenemos que evitar y lo que tenemos que cuidar. Nunca esos surcos tienen que crearnos distancias sino más bien convertirse en caminos de acercamiento. Tenemos que saber abrir la puerta para salirnos de nosotros mismos, aunque nos creamos que en ese palacio insolidario estamos mejor, y bajar los escalones que nos llevan a la calle, que nos llevan a los caminos de la vida, allí donde todos podemos encontrarnos y escucharnos, allí donde no tengamos miedo de darnos la mano para caminar juntos, allí donde ofrecemos lo mejor de nosotros mismos no reservándonos nada de forma egoísta para nosotros solos, pero también donde sin temor de que no nos la vayan a dar pedir el agua de la presencia o de la palabra de quien nos acompaña en el camino.

No sentiremos la soledad porque siempre nos encontraremos la presencia, la comprensión, el buen ánimo de quienes caminan a nuestro lado y con nosotros también quieren compartir. Y sentiremos siempre que Dios camina a nuestro lado siendo nuestra verdadera fortaleza, viático y luz para nuestro camino, en Él ponemos toda nuestra confianza. Qué bellos van a ser entonces los surcos que vayamos abriendo en el campo de la vida porque en ellos florecerán las más hermosas flores.


lunes, 9 de febrero de 2026

Soy yo, nos dice Jesús cuando se acerca a nuestro corazón y a nuestra vida para darnos la mano y levantarnos, o en su amor disculpar lo que nosotros hayamos hecho

 


Soy yo, nos dice Jesús cuando se acerca a nuestro corazón y a nuestra vida para darnos la mano y levantarnos, o en su amor disculpar lo que nosotros hayamos hecho

1 Reyes 8, 1-7. 9-13; Salmo 131; Marcos 6, 53-56

Aquellas personas que consideramos importantes en la vida tenemos el peligro de convertirlas en personajes; sí, digo bien, personajes o bien porque los vemos en la distancia, quizás su autoridad o su prestigio los ha endiosado, se han colocado o los hemos colocado en pedestales que los ponen a distancia y los alejan de los demás mortales, y al final más que el respeto y el amor va predominar el miedo de los que estamos fuera de esos pedestales, o el dominio autoritario desde la altura y la distancia.

Son cosas que suelen suceder, aunque bien desearíamos que fuera de otra manera; si son personas importantes para mi por lo que en mi pueden influir, por el ejemplo que me pueden dar o por los servicios que me puedan prestar, nos gustaría verlos cercanos, caminando a nuestro lado, queriendo trasmitirnos algo pero sobre todo escuchándonos y abriendo su corazón a lo que es nuestra vida. Cuando encontramos personas así de cercanas a pesar de su autoridad o de la función que realicen en la vida, y no por populismo y adulación que eso se nota por mucho que se trate de disimular, nos sentimos sorprendidos pero al mismo tiempo gozosos, porque sentimos que caminan a nuestro lado y así pueden sintonizar mejor con lo que nosotros somos.

Hoy el evangelio nos habla de esa cercanía de Dios. Si en los pasajes anteriores vimos la sorpresa rayana en el miedo de los discípulos en la noche bregando en el mar en su barca cuando Jesús aparece caminando sobre el agua, ahora lo vemos con los pies bien embarrados en la tierra caminando en medio de todos aquellos que con sus sufrimientos se acercaban a El queriendo tocarle al menos la orla de su manto; y Jesús se dejaba. Allá en el lago le había dicho a los discípulos ante su temor, ‘soy yo, no temáis’, ahora nos está diciendo también ‘soy yo, acercaos a mi todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré, en mi encontraréis vuestro descanso’.

No podemos olvidar la inmensidad de la grandeza de Dios que lo llena todo con su presencia y tenemos que mostrar nuestro reconocimiento y adoración, porque solo a Dios tenemos que adorar – cuidado con los dioses que nos creamos, o cuidado que en nuestra soberbia nosotros nos endiosemos y queramos ponernos en la alturas – pero al mismo tiempo hemos de sentir la cercanía de Dios, porque el amor no lo podemos sentir nunca en la lejanía. La Encarnación es la revelación de esa cercanía de Dios que es amor, que camina con nosotros, que lo sentimos en lo más profundo de nuestro corazón, y cuya presencia hemos de ir sabiendo descubrir en la realidad de todas las cosas y sobre todo en la realidad de las personas que caminan a nuestro lado. Pero para eso es necesario entrar en la sintonía del amor, la única que de verdad nos va a hacer sentir a Dios.

Se dejaba tocar, como nos dice el evangelista, en aquel deseo de la gente de al menos poder tocar la orla de su manto. ¿No recordáis a aquella mujer de las hemorragias? Es el Jesús que nos tiende su mano, que ayudará a terminar de descolgar desde el techo a aquel paralítico que querían hacer llegar a sus pies, que como hemos recordado no hace mucho pondrá barro en los ojos del ciego para que vaya a lavarse a la piscina de Siloé, que se dejará lavar los pies por parte de aquella mujer pecadora que con su cabello pretendía secar las lagrimas que con antes se los había lavado, que dejará que los niños se sienten sobre sus rodillas en sus juegos para bendecidles y disfrutar mutuamente del cariño verdadero como es el cariño de un niño.

Podríamos seguir recordando muchos más momentos del evangelio. Es Jesús que se acerca a nosotros, a nuestra vida tal como nosotros somos, que querrá lavarnos los pies a lo que no podemos negarnos si queremos tener parte con El, como le diría a Pedro. Dejémonos, pues, tocar en lo más hondo del corazón por el amor de Dios que así se nos manifiesta en Jesús. No importa lo que seamos o lo que hayamos hecho, pues El siempre tendrá una disculpa para nosotros porque no sabíamos lo que habíamos hecho. 

Ojalá nos llenáramos de esos sentimientos de Jesús y sea como en verdad  nos acercamos a los demás y a todos acogemos sin distinción.

sábado, 17 de enero de 2026

El evangelio de Jesús viene a romper barreras, a tender puentes, a abrirnos los ojos para ver con mirada distinta desde la humildad y la compasión

 


El evangelio de Jesús viene a romper barreras, a tender puentes, a abrirnos los ojos para ver con mirada distinta desde la humildad y la compasión

1Samuel 9, 1-4. 17-19; 10, 1ª; Salmo 20; Marcos 2, 13-17

Todos entendemos que una comida es algo más que ingerir unos alimentos para nutrir nuestro cuerpo; una comida es un compartir, una comida significa cercanía, una comida es una puerta abierta a la amistad y el comer juntos viene a intensificar el crecimiento de ese mutuo conocimiento y de esa amistad. Por eso invitamos a comer con nosotros a aquellos con los que nos sentimos en mayor sintonía; la invitación a una comida es una invitación a la amistad, es una muestra del aprecio que sentimos por aquellos a los que sentamos a su mesa o el aprecio que nos muestran quienes nos invitan a nuestra mesa.

Esto voy reflexionando pudiera parecer a algunos muy idílico o como un sueño, porque no siempre le damos a nuestras comidas ese sentido abierto y universal y pudiera suceder que en nuestra malicia con esas comidas estemos haciendo juego sucio por nuestras manipulaciones, por nuestros intereses y en el fondo por falta de sinceridad y de auténtica solidaridad con aquellos con quienes estamos. Sabemos también cómo hacemos nuestras exclusiones, hay una cierta discriminación porque no con todos queremos que nos vieran sentados en una misma mesa, con lo que ya estaríamos desvirtuando el sentido que tendría que tener una comida, como hemos venido reflexionando.

Jesús no es de los que excluyen a nadie, más bien quiere mostrar claramente que todos son importantes para El y a todos busca y por todos quiere darse. Será precisamente en lo que es muy criticado por ciertos sectores por sentarse a la mesa con lo que ellos llaman los publicanos o los pecadores. Aquello que en el refrán castellano se dice ‘dime con quien andas y te diré quien eres’ con todo el sentido peyorativo que tiene esa frase que sin embargo los padres que quieren educar a sus hijos quizás tanto les repiten y tendríamos que decir que con esa visión qué es lo que realmente están formando o deformando en la conciencia humana. Es lo que piensan los dirigentes judíos de Jesús cuando lo ven comer con publicanos y pecadores, sean quienes sean.

El episodio que nos ofrece hoy el evangelio parte también de un gesto sorprendente de Jesús cuando al paso por delante de la garita de los impuestos invita a seguirle al publicano que está allí al frente de la recaudación de los impuestos, y que eran tan mal mirados por los judíos, a los que despreciaban precisamente con ese epíteto de publicano. Es cierto que quien anda en medio de esas materialidades de la vida fácilmente puede mancharse con esas ambiciones de usuras y de riquezas a lo que en cierto modo todos nos sentimos tentados. Fijémonos cómo priva en tantos momentos de nuestra vida esa ambición por lo económico o las riquezas: fijémonos en nuestros sueños de premios y loterías ganadas con las que pensamos que ya tendríamos todos los problemas de la vida resueltos. Hasta la navidad la tenemos así marcada con la suerte de la lotería.

Jesús invitó a Leví a seguirle y lo dejó todo para irse con Jesús, en él hemos interpretado siempre al Mateo que nos dejó el evangelio. Pero en su entusiasmo por seguir a Jesús lo invitó a comer con los discípulos que ya le seguían, pero como era normal se sentarían a la mesa con ellos también los que habían sido sus amigos y compañeros de siempre. Es lo que motivará las críticas de los fariseos y maestros de la ley.

Al médico lo llamamos o acudimos a él cuando estamos enfermos. Es lo que les viene a decir Jesús, ha venido a sanar a los enfermos, por eso se acerca a los pecadores con su corazón lleno de misericordia para ofrecer caminos de perdón y de paz. ¿Será ese el espíritu de misericordia que mueve nuestras vidas? Con nuestras posturas y actitudes tenemos que ser ese médico que sana los corazones, tenemos que ser capaces de sentar en la mesa de nuestra vida a esos que son despreciados por nuestra sociedad tan puritana para algunas cosas, pero tan necesitada de esa sanción porque nuestra sociedad sigue con sus discriminaciones y sus racismos, todavía pesa el color de la piel o el lenguaje diferente y no es porque no nos entendamos sino porque no queremos comunicarnos, porque seguimos mintiendo barreras y abismos en nuestras mutuas relaciones, en la acogida no siempre tan generosa que hacemos a los emigrantes que llegan a nosotros, provengan de donde provengan.

Muchas cosas se van desgranando en mi pensamiento cuando contemplamos este texto del evangelio, que tiene que ser auténtica buena noticia para nosotros.

martes, 9 de diciembre de 2025

Miremos a nuestro lado y veamos que palabras de consuelo podemos ofrecer o la compañía que vamos a regalar a quien vive en soledad

 


Miremos a nuestro lado y veamos que palabras de consuelo podemos ofrecer o la compañía que vamos a regalar a quien vive en soledad

Isaías 40, 1-11; Salmo 95; Mateo 18, 12-14

En este mundo de hoy en que vivimos en que tantos medios de comunicarnos tenemos a nuestras manos, donde se multiplican las redes sociales que podríamos decir que lo que buscan es precisamente esa comunión y esa relación entre unos y otros que aunque lejos físicamente sin embargo siempre encontraremos alguien con quien comunicarnos, me atrevo a decir que es un mundo donde reina mucho la soledad; quizás algunas veces esas redes sociales nos sirvan de refugio para encontrar a alguien con quien hablar o desahogarnos cuando quizás no somos capaces de comunicarnos seriamente con el que tenemos al lado; pero al final esas relaciones en la lejanía pasan y se difuminan y nos seguimos quedando en la misma soledad. Es en cierto modo el grito desesperado de quien se siente solo y nada le llena.

Pero también en nuestra cercanía nos encontramos esas soledades porque tenemos la tendencia muchas veces de encerrarnos en nuestras cosas, en nuestro trabajo pero tras el cual no quedan relaciones de verdadera amistad con los compañeros de trabajo, estamos demasiado detrás de las puertas cerradas escogiendo demasiado a quien abrir la puerta y al final nos seguimos sintiendo en la misma soledad. ¿Cómo rompemos esa espiral que lo mismo que por un lado se abre a la lejanía en el punto más cercano lo que hace es encerrarse más?

Cuántos vemos pasar a nuestro lado desconsolados porque les falta esa palabra de consuelo; siguen habiendo muchas lágrimas de soledad que nadie ve, pero que tampoco buscamos donde limpiarlas para encontrar ese consuelo. ¿Seríamos capaces de ser ese paño de consuelo, escuchando, deteniéndonos junto a la persona que quizás vemos anhelante a nuestro lado aunque no sabe cómo expresarse, mirando más de frente a las personas con las que nos encontramos para saber leer en sus ojos lo que quizás llevan por dentro y les produce desazón o les hace sufrir?

Hoy en la Palabra que se nos proclama en este camino de Adviento se nos habla de ofrecimiento de consuelo que el Señor tiene para nosotros. porque nos habla de redención y de redención gratuita, porque así de generoso es el amor del Señor, se nos habla de caminos nuevos que se pueden abrir en los desiertos de la vida, se nos habla de que aunque los jardines y los prados se desequen y pierdan su verdor la Palabra del Señor permanece fiel para nosotros. Y nos habla del Pastor que nos busca y nos pastorea, que nos sana y nos ofrece los mejores pastos, que nos busca si andamos perdidos y que cura las angustias de nuestras soledades.

Y esto lo estamos escuchando en el Adviento, este camino con el que pretendemos prepararnos para la Navidad que tiene que ser una hermosa realidad hoy en nuestra vida y nuestro mundo. Pero hacer una hermosa navidad no es poner signos externos de luces y de fiesta, es poner más luz en los corazones de los hombres para que encuentren lo que les va a dar verdadera alegría. Son las señales que tenemos que dar. Es como mostraremos esa verdadera Navidad porque Dios vaya naciendo en el corazón de los hombres de nuestro tiempo.

No es tarea fácil, pero tiene que ser nuestro compromiso. Hablábamos antes de las soledades del hombre de hoy y muchas más cosas podríamos decir. ¿Podremos ofrecer sinceramente esta palabra de consuelo que nos ofrece el profeta hoy? ¿Qué soledad vamos a compartir, qué lágrimas vamos a enjugar, que palabras de consuelo y de ánimo vamos a ofrecer a esos cercanos a nosotros pero que muchas veces tenemos tan lejos? ¿No conoces a nadie a tu lado que sufre esa soledad?

Es para tomarse en serio esta Palabra de Dios hoy para nuestra vida.


viernes, 17 de octubre de 2025

Que nuestra presencia, por nuestros gestos o nuestra cercanía, sea en verdad esa llegada del Reino de Dios al mundo que nos rodea y nos trae la paz

 


Que nuestra presencia, por nuestros gestos o nuestra cercanía, sea en verdad esa llegada del Reino de Dios al mundo que nos rodea y nos trae la paz

2 Timoteo 4, 10-17b; Salmo 144; Lucas 10,1-9

El embajador no actúa por cuenta propia, actúa en nombre de quien lo ha enviado, trasmite aquello que se le ha confiado; lo mismo el apoderado, el que ha recibido un poder, o el mensajero a quien se le ha confiado un mensaje que ha de llevar y trasmitir.

Hoy nos dice Jesús ‘poneos en camino’, nos envía; nos confía una misión, ‘cuando entréis en una casa decid primero, paz a esta casa… curad a los enfermos que haya’. Y nos deja claro cuál es el objetivo, ‘decidles… el Reino de Dios ha llegado a vosotros’.

Nos viene bien recordar estos puntos fundamentales del evangelio de hoy en esta fiesta del Evangelista san Lucas, que hoy estamos celebrando. Fue la misión que él también recibió y en los Hechos de los Apóstoles o en las cartas de san Pablo, lo veremos en distintos lugares cumpliendo con esa misión. Pero fundamentalmente tenemos su evangelio escrito y lo que podíamos decir que fue algo así como la crónica de la primera Iglesia en los Hechos de los Apóstoles. ‘Poneos en camino’ él también había escuchado como él mismo nos lo trasmite y en esa tarea y en ese camino también lo contemplamos.

Sigue siendo la tarea de la Iglesia hoy, nuestra tarea. No solo porque pensemos en ese amplio mundo que lo vemos en la lejanía de otros países u otros continentes, mañana domingo precisamente vamos a celebrar la jornada misionera del Domund, sino porque es la tarea que tenemos que realizar ahí donde estamos. Hay quien recibe como vocación la llamada especial de ser misioneros yendo a otros lugares, pero es lo que cada uno escuchamos en nuestro corazón para sentirnos misioneros ahí donde estamos.

Misioneros cuando compartimos y celebramos los que tenemos una misma inquietud y nos servimos mutuamente de estimulo para mantener viva esa llama de la inquietud por el anuncio y la vivencia del Evangelio. Es lo que tenemos que vivir con entusiasmo y alegría en nuestras celebraciones, donde siempre hemos de sentirnos misioneros. Pero es también lo que en el día a día, allí donde estamos y vivimos, allí donde trabajamos o donde realizamos esa convivencia social en el encuentro con vecinos, con amigos o con quienes por las circunstancias que sea nos van saliendo al paso, donde tenemos que sentir que llevamos una misión, tenemos una tarea que realizar, un anuncio que realizar.

Necesitamos esa actitud en la vida de ‘ponernos en camino’, de salir de nosotros mismos porque siempre tenemos que ir al encuentro con los demás y como nos decía el evangelio ‘curar a los enfermos que haya’. Creo que entendemos bien esta imagen porque a nuestro lado vemos tristezas y angustias, sufrimientos y enfermedades no solo del alma sino también del espíritu, gente sin esperanza y sin rumbo en la vida que andan desorientados o dejándose malear por el ambiente que nos rodea.

¿No tenemos nada que hacer ahí? ‘Curad a los enfermos que haya’, nos dice Jesús y no es que vayamos haciendo milagros de curaciones físicas, pero algo si podemos trasmitir para aliviar sufrimientos, para despertar esperanzas, para poner ilusión en la vida por algo nuevo y mejor, por ayudar a superar esas cosas que nos duelen por dentro y que tantas amarguras quizás silenciosas nos provocan, a hacer brillar de nuevo los ojos de los que van tristes por la vida. ¿No estarán necesitando de esa paz que Jesús nos invita a llevar en nuestro camino?

No son cosas extraordinarias, milagros que llamen la atención, pero seguro que quien se siente ayudado con nuestra presencia o con nuestra palabra, con nuestros gestos o nuestra cercanía, van a sentir que algo nuevo está sucediendo en su interior; serán personas que comiencen a vivir de forma nueva, que se abren a la vida y a la vez se van a convertir en trasmisoras de vida para los demás. Es hacer que reine de nuevo la paz. Muchas veces lo que necesitamos hacer es estar ahí. Por eso nos decía Jesús ‘quedaos en la misma casa’, porque es esa presencia que sana y que da vida.

Tengamos conciencia que con esas pequeñas cosas estaremos anunciando, aunque no hagamos maravillosos sermones, el Reino de Dios para los que nos rodean. Jesús ahora no nos decía que el Reino de Dios estaba por llegar, sino que el Reino de Dios ha llegado a nosotros. Que nuestra presencia sea en verdad esa llegada del Reino de Dios al mundo que nos rodea.

domingo, 20 de julio de 2025

Mientras nos sentamos a los pies de Jesús tengamos abiertas las puertas de nuestro patio para vivir lo maravilloso de la acogida que nos hace sentir también a Dios

 


Mientras nos sentamos a los pies de Jesús tengamos abiertas las puertas de nuestro patio para vivir lo maravilloso de la acogida que nos hace sentir también a Dios

Génesis 18, 1-10; Sal. 14; Colosenses 1, 24-28; Lucas, 10, 38-42

Un hogar es algo más que una estancia con unas puertas cerradas para vivir encerrados dentro de unos límites. Un hogar tiene patio y unas puertas que se abren y depende de nosotros si siempre las tenemos abiertas. Es cierto que un hogar es como ese nido de la familia donde nacimos, crecimos, nos desarrollamos y podemos vivir una hermosa experiencia de que nos introduce en caminos de plenitud.

Pero el hogar no es para mirarse solo a si mismo, sino que en cierto modo podemos decir que es también, que debe ser también una pista de despeje. En él, es cierto, hemos encontrado lo mejor para el aprendizaje de ese desarrollo de uno mismo, desde el amor de unos padres, pero desde la convivencia amorosa de todos los miembros de la familia que nos hace crecer.

Pero el hogar no nos aísla, por eso decíamos que tiene patio y puertas que se abren para salir y para entrar, nosotros y también a los que vienen a nosotros con nuestra mejor acogida por nuestra parte. Cuanto han aprendido los que han tenido un hogar así, abierto y acogedor, y como luego su vida se va a desarrollar también en esa acogida pero también en esa ida hacia los otros. Si ha sido de verdad ese nido de amor y de vida para nosotros, hemos estado inundados y contagiados de tal manera por ese amor que se hace difusivo y contagioso a través de nosotros para los demás. No podemos tener las puertas cerradas porque el amor resuma desde ese lugar.

Lo estamos viendo en la palabra de Dios que se nos ofrece en este domingo. Abrahán sentado a la sombra de la encina de Mambré y a la puerta de su tienda acoge en aquellos caminantes a Dios mismo que le visita y a los que ofrece lo mejor de su casa, agua para que laven sus pies y un bocado para recobrar fuerzas para proseguir el camino, como signos hermosos de la hospitalidad. Dios que llega hasta su tienda – imagen del misterio de Dios y de la misma Santísima Trinidad han visto desde siempre los santos padres de la Iglesia en este episodio – que mantiene sus promesas de alianza con Abrahán anunciándole el nacimiento de un hijo, el hijo de la promesa.

En ese mismo sentido escuchamos el relato del evangelio. Jesús de camino hacia Jerusalén se detiene en aquel hogar de Betania, en casa de Marta y María; pronto se pone en juego igualmente la ley de la hospitalidad en la forma que una y otra aquellas mujeres acogen a Jesús con sus puertas abiertas. Es sí la disponibilidad pronta para el servicio de Marta que se afana en hacer todos los preparativos necesarios para la acogida de aquellos huéspedes, pero es también la actitud de María sentada a los pies de Jesús y no perdiéndose ni una de sus palabras.

Siempre nos hacemos nuestras interpretaciones como si hubiera una oposición en la actitud de aquellas hermanas, primero por la queja de Marta que se ve sola para todas las tareas, porque le parece que su hermana no le ayuda, y también por las palabras de Jesús a las que siempre le hemos dado muchas vueltas. ‘María ha escogido la mejor parte’. ¿No era una parte importante también el servicio de los preparativos?

Podríamos preguntarnos si nos parece bien dejar a nuestro invitado solo y encerrado en la sala mientras nos vamos para la cocina pensando solo en hacer café para ofrecerle o preparar unas tortitas... ¿Dónde está la compañía y la presencia? Jesús no dice que no fuera importante y no está queriendo contraponer una cosa a la otra. Jesús nos quiere a ayudar a hacer una verdadera escala de valores para estar a su tiempo en casa lugar.

Creo que esto nos puede ayudar para muchas cosas empezando por lo que es nuestra vida ordinaria de relación con los demás. Damos cosas pero no damos amor; hacemos regalos, pero no regalamos presencia y compañía. Somos capaces de dar algo de nuestro dinero – y mira que nos cuesta desprendernos de nuestro dinero – pero no nos detenemos a mirar a los ojos y hablar con esa persona que nos ha tendido la mano pidiendo una limosna. Nos quejamos de la inhumanidad en la que vivimos a causa de tantos conflictos que hay en nuestro mundo, y miramos con desdén o por encima del hombre para mantener las distancias al inmigrante con el que nos cruzamos por la calle.

Y aquí podemos pensar también en todo lo que significa nuestra relación con Dios y el fondo de nuestra vida cristiana. Resumiendo podríamos decir que sin escuchar a Jesús difícil nos va a ser mantener de forma auténtica todo lo que es nuestro compromiso cristiano. No se trata solo de hacer cosas, podemos caer desde nuestra buena voluntad en el activismo cuando vemos cuanto hay que hacer, pero necesitamos saber encontrar esa fuerza interior para poder realizarlo. Y cuando hablamos de esa fuerza interior no es cuestión solo de nuestra voluntad, de lo que nosotros queremos y por lo que nos esforzamos, sin la fuerza que viene de Dios nada somos y nada podremos.

¿No nos dirá Jesús que sin El nada podemos hacer? Para que el sarmiento dé fruto tiene que estar bien enraizado en la cepa de la viña, si lo desgajamos para nada nos sirve porque se seca. ¿No nos pasará muchas veces así a los cristianos? Vivimos enfervorizados queriendo tragarnos el mundo en dos días, pero al cuarto día nuestras fuerzas se acabaron, aquella fiebre de entusiasmo se enfrió y comenzamos a resbalar por la pendiente de la tibieza espiritual que terminará apagándose del todo.

Sepamos sentarnos a los pies de Jesús para que podamos tener las puertas de nuestro patio abiertas; acogiendo a Jesús aprenderemos a acoger a los demás, porque cuando acogemos a los demás nos daremos cuenta que estamos acogiendo a Jesús. Pero sin ese hilo de amistad con Jesús no lo podremos ver ni lo podremos lograr.

jueves, 15 de mayo de 2025

Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica nos dice el Señor para comenzar la revolución de las toallas en el servicio de lavatorio de los pies

 


Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica nos dice el Señor para comenzar la revolución de las toallas en el servicio de lavatorio de los pies

Hechos 13, 13-25; Salmo 88; Juan 13, 16-20

Imaginaos que nos llega alguien que viene a traernos noticias de un familiar que tenemos lejos, a quien apreciamos mucho pero del que últimamente teníamos pocas noticias; son sentimientos de alegría lo acogemos por las noticias que nos trae pero también por la relación de amistad que parece tener con nuestro pariente para confiarle ese encargo de visitarnos y traernos noticias suyas; pero en un momento determinado tal mensajero se nos pone insolente y exigente, gloriándose de la amistad que tiene que nuestro familiar, y poco menos que mostrándose dominante con nosotros y reclamándonos una atención mayor de lo que realmente se está haciendo merecedor; nos sentiremos incómodos, surgirán reservas en nuestro interior y aflorará un rechazo por esas posturas orgullosas con las que se nos manifiesta. Son situaciones que de una forma o de otra muchas veces se nos pueden dar en nuestras mutuas relaciones.

Pero he querido partir de este ejemplo o experiencia para hacer una concordancia con lo que Jesús hoy nos dice en el evangelio y que puede tener resonancia no solo en la manera de nosotros acoger ese mensaje que nos llega sino también en la forma como nosotros hemos de trasmitirlo.

Apunta el evangelista que las palabras de Jesús son pronunciadas después del gesto que tuvo al principio de la cena pascual de lavarles los pies a los discípulos. Algo que los dejó en cierto modo descolocados, como hemos expresado recientemente, por la sorpresa del gesto de Jesús. Pero es que Jesús a continuación les dice que es lo que ellos también han de realizar; no es el discípulo mayor que su maestro, y si hemos visto al Maestro y al Señor lavar los pies en esa nueva revolución de las toallas, como alguien la ha llamado, hemos de implicarnos. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, viene a decirles Jesús.

Jesús ha venido como el enviado del Padre como tantas veces nos ha repetido y la forma de mostrarse Jesús es precisamente desde los caminos del amor. ¿Qué es lo que vemos a lo largo de todo el evangelio? ‘Pasó haciendo el bien’, sería la definición que Pedro en uno de sus discursos daría de Jesús. Contemplamos su cercanía, su búsqueda constante del pecador o de todo aquel en quien hay un sufrimiento; se deja hacer y se deja llevar, le tocan la orla del manto o va allá donde lo necesitan, se detiene junto a quien está al borde del camino o se acerca al que es ignorado por todos y nadie tiene compasión de él como el paralítico de la piscina. Es la muestra del amor y de la misericordia porque el médico ha venido para sanar a los enfermos, por eso comerá con publicanos y pecadores o se dejará lavar los pies por una mujer pecadora. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, repito que nos dice Jesús.

Es esa entonces también la sintonía con que nosotros hemos de acoger a Jesús. Siempre nos está mostrando el rostro misericordioso de Dios. Es el maestro, es el Señor, pero nos dirá que ser primero y principal es hacer el último. Es lo que hace Jesús llegando a morir en el más degradante de los tormentos.

¿Será así cómo nosotros llevamos su mensaje a los demás? ¿Será en ese camino de humildad y sencillez como la Iglesia se presenta ante el mundo para anunciar el mensaje del Reino? Tentados nos sentimos a veces de mostrarnos con prepotencia y orgullo, hacer manifestaciones de poder y autosuficiencia, de volvernos exigentes y radicales con los que se muestran diferentes o a los que les cuesta aceptar y llevar a la vida el mensaje del evangelio que tratamos de trasmitir, de volvernos duros e inmisericordes con los que han cometido errores o son pecadores.

No olvidemos que tenemos que ser siempre muestra en nuestras actitudes en nuestra manera de ir a los demás de ese rostro de misericordia de Dios, como lo hizo Jesús. Muchas veces quizás ha sucedido que no ha sido aceptado el mensaje del evangelio porque nosotros los mensajeros íbamos con mucha autosuficiencia y muy engreídos con nuestra verdad y a la larga pudimos hacer odioso el mensaje para aquellos que nos escuchaban. Muchas actitudes nuevas hemos de poner, porque mucho hemos de corregir.