Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Horeb. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Horeb. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de agosto de 2026

Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene



Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene

1Reyes 19, 9a. 11-13a; Salmo 84; Romanos 9, 1-5;  Mateo 14, 22-33

Tambien nosotros muchas veces, como vemos a algunos en el evangelio, estamos pidiendo signos y signos extraordinarios para creer; nos encontramos en malos momentos en la vida porque quizás los problemas se nos acumulan, hay situaciones embarazosas que tenemos que sortear y no nos vemos con fuerza, nos llevan momentos de desabrimiento espiritual en que nos encontramos desanimados, no terminamos de despertar o hay oscuridades de dudas e interrogantes que nos inquietan y estamos poco menos que pidiendo un milagro para despertar.

Nosotros mismos nos lo habremos planteado o quizás haya llegado alguien con cierta inquietud en su corazón haciéndose preguntas para creer y nos está pidiendo pruebas dentro de la racionalidad de la vida para poder creer. ¿Sabremos responder? ¿Esos razonamientos teóricos y desde unos raciocinios llegan a convencer, llegan a convencernos a nosotros o les sirven de alguna luz a quienes nos están haciendo esos planteamientos? ¿Nos quedaremos al final compuestos y sin novia, como se suele decir, o esa sin motivaciones profundas para creer?

Creo que la Palabra de Dios de este domingo nos está dando respuestas, abriéndonos pistas, haciéndonos descubrir que quizás no es en esas cosas extraordinarios donde Dios se nos va a manifestar; otras tienen que ser nuestras búsquedas y nuestras sintonías. Empezando por el profeta Elías que está pasando por un mal momento en el enfrentamiento con la reina Jezabel que incluso está poniendo en peligro su vida. Se refugia en la montaña, ¿una nueva forma de volver al Horeb el monte donde Dios se había manifestado a Israel cuando viajaba por el desierto? Escondido en lo hondo y oscuro de la cueva – buena imagen para expresar cómo se sentía el profeta – no es en el paso de la tormenta ni en el terremoto que agrieta con fuerza la montañas donde puede sentir la presencia de Dios; será el silencio, en el susurro de la brisa donde Dios le está diciendo que es el compañero de su vida. Tendrá que verse envuelto en la violencia de las tormentas, pero Dios va a estar ahí en el silencio del corazón como un susurro.

Es también el episodio del evangelio. Después de la multiplicación de los panes Jesús embarca a los discípulos rumbo a Cafarnaún, pero Él se queda despidiendo a la gente y retirándose a la montaña para orar. Pero la travesía se les está haciendo costosa a los discípulos porque la noche avanza pero la barca se ve frenada por el viento en contra a pesar de sus esfuerzos. Y Jesús no está con ellos, que ahora lo necesitarían como cuando la tormenta en otra ocasión en medio de aquel mismo mar, de aquel lago de Tiberíades tan dado a tormentas inesperadas. Los miedos y desánimos, a pesar de ser avezados pescadores acostumbrados a atravesar aquel lago, comienzan a envolverlos porque les parece que están también viendo visiones de fantasmas. Alguien viene caminando sobre el agua y no saben diferenciar quién puede ser.

Será la voz de Jesús la que les haga recobrar el ánimo y Pedro se sentirá animoso para ponerse a caminar también sobre el agua. Aunque Jesús les ha hablado ‘ánimo, no temáis, soy yo’ para hacer que encuentren la calma el viento de la tormenta sigue arreciando y al ver las olas que se levantan enfrente Pedro se llenó de temor y comenzó a hundirse. Pero allí está la mano de Jesús a la que quizás Pedro no había prestado atención porque en lugar de mirar a Jesús se quedó solo mirando las tormentas que se acercaban. ¿No será bien significativo de lo que nos pasa tantas veces? Nos enfrascamos en nuestras tormentas, nuestras dudas, nuestros miedos y no somos capaces de levantar la mirada para ver la mano de Jesús que silenciosamente de muchas maneras se tiende hacia nosotros.

Sí, en medio de esas tormentas de la vida, sin ruido quizás por lo que debemos tener una sintonía especial, Dios viene a caminar con nosotros. La gracia de Dios no está tanto en que milagrosamente nos saque o aplaque esas tormentas, sino en la certeza que hemos de tener de que Dios está ahí con nosotros; El se detiene junto al camino como cuando los ciegos de Jericó o el ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén; el permitirá quizás que se rompa el techo bajo el cual nos cobijábamos para decirnos que nos está esperando; Él se hará el encontradizo en la piscina probática de nuestra soledad para tendernos su mano y levantarnos para ponernos en camino de buscar el agua que limpie nuestros ojos encegatados; El se meterá en el embrollo donde con fervores medio enloquecidos nos vamos dando empujones los unos a los otros para darnos la oportunidad de que toquemos su manto para sentirlo más cercano a nosotros; El se hará esperar como cuando la muerte de Lázaro en Betania para que nuestra fe se aquilate y se fortalezca porque para nosotros habrá siempre vida y resurrección.

Podríamos seguir recordando muchos más momentos del Evangelio para descubrir cómo Dios llega a nosotros y no siempre serán necesarios grandes o extraordinarios signos sino que en el silencio y en las cosas normales de cada día hemos de descubrir esa presencia de Dios. Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene.


domingo, 21 de febrero de 2016

Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia

Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Filipenses 3, 17-4, 1; Lucas 9, 28b-36
‘Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar…’ Así escuchamos hoy al principio del Evangelio. Los había invitado un día a seguirle y ellos lo habían dejado todo. Van haciendo camino con Jesús. No es solo que recorran los pueblos y las aldeas de Galilea o se acerquen a otros lugares, atravesando el lago, yendo más allá de lo que era la tierra de los judíos o marchasen a Jerusalén como pronto les vamos a ver hacer. El camino era algo más eso. Y en ese camino que van haciendo ahora les invita a subir a la montaña alta que allí se yergue en medio de las llanuras y valles de Galilea.
Subir a la montaña es una etapa más del camino de seguir a Jesús. Bíblicamente es una imagen que se repite. Al monte Moria sube Abrahán a sacrificar a su hijo porque Dios se lo pide. En la montaña primero en medio de una zarza ardiendo en el Horeb y más tarde en el Sinaí Dios se le manifiesta a Moisés confiándole una misión de liberar a su pueblo y estableciendo las cláusulas de la Alianza en un segundo momento. Elías igual que Abrahán en la montaña buscará ver el rostro de Dios y sentirá lleno de su fuerza para continuar su misión profética.
Ahora suben con Jesús a la montaña, porque Jesús va allí a orar. Aceptan la invitación con sus dificultades y sus exigencias, aunque aun no saben cuánto en lo alto de la montaña va a suceder. Pero como toda subida a una montaña exige esfuerzo y superación, constancia para llegar a lo alto a pesar de la dificultad y desprendimiento para dejar a un lado lo que sea una rémora que estorbe en la ascensión.
Es todo muy significativo para el camino de cada día de nuestra vida donde tantas veces parece que nos vemos superados por el cansancio o tenemos el peligro de que nos pueda la comodidad. Solo cuando nos esforzamos y luchamos teniendo claras cuales son nuestras metas seremos capaces de vencer las dificultades y lograr aquello que anhelamos y ponemos como objetivos de nuestra vida. Si nos sentimos derrotados a la primera dificultad nunca conseguiremos algo que merezca la pena y nuestra vida se convierte en insulsa y sin valor.
Van con Jesús a subir a la montaña porque va allí Jesús a orar, como tantas veces se retiraba a lugares apartados para vivir la intimidad del encuentro con el Padre. Ellos también van invitados a lo mismo y ya fuera por el cansancio del esfuerzo o por las modorras que se nos meten en la vida, se caían de sueño nos dice el evangelista. Qué curioso cómo nos entra sueño cuando nos ponemos a rezar, pero quizá no estamos viviendo la intensidad del encuentro de amor que tendría que ser siempre nuestra oración. Algunos rezan para dormirse cuando en la noche no les entra sueño.
Pero ya hemos escuchado el relato del evangelio y en lo alto de la montaña suceden cosas extraordinarias porque Jesús se transfiguró en su presencia. Se manifestaba la gloria del Señor en los resplandores del rostro de Jesús y en la blancura tan especial de sus vestiduras. Allá aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús de la muerte cercana que iba a sufrir en su subida a Jerusalén – aparece de nuevo la subida que culminará en lo alto del Calvario -.
‘¡Qué bien se está aquí!’ Esto es un éxtasis contemplando la gloria de Dios. Será el que se adelanta con sus proyectos de levantar tres tiendas para quedarse en ese éxtasis para siempre. Pero se ven envueltos en una nube, signo de la presencia misteriosa de Dios, y la voz del Padre va a señalarnos quien es Jesús y lo que tenemos que hacer. ‘Una voz desde la nube decía: –Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’.
Luego ya estará Jesús solo y aunque no terminaban de comprender bajaron en silencio de la montaña. El camino había de continuar pero ellos habían vislumbrado la gloria del Señor que verían más claramente en Jesús para reconocerle como el Señor después de la resurrección. Habían oído hablar una vez más de muerte, de la muerte que había de pasar Jesús, pero habían escuchado la voz del cielo que les aclaraba suficientemente quien era Jesús. Era un anticipo de la Pascua que habían de vivir.
Como nosotros, en este camino de la vida, en este camino de Cuaresma que vamos haciendo estamos pregustando las mieles de la Pascua. Sabemos que tenemos que seguir haciendo el camino, subiendo a la montaña, superándonos cada día más para ser más fieles, desprendiéndonos de todos esos apegos que nos tientan y nos impiden hacer el verdadero camino; y sabemos que tenemos que subir al monte de la oración, del encuentro vivo con el Señor, porque allí le encontraremos con todo su amor, allí encontraremos esa fuerza y esa gracia para seguir haciendo el camino, allí nos llenaremos de la gracia de la presencia del Señor y podremos entonces vivir la Pascua que nos transforma, que nos llena de luz y de vida, que nos hace gustar el ser y vivir como hijos de Dios.
Vamos pues a buscar ese rostro de Dios misericordioso. Lo tenemos en Jesús. Lo encontramos en Jesús, que ya nos dice que quien le ve a El, ve al Padre. Así además nos lo ha señalado el Padre. Es mi Hijo, es mi amor, es mi amado y es en quien os amo, es la prueba infinita del amor porque nadie ama más que quien da la vida por el amado, es la manifestación de mi amor. Escuchadle, contempladle, abrid vuestros ojos y vuestros oídos, abrid vuestro corazón, abrid vuestra vida a su presencia a su amor; El lleva la misericordia de Dios para con los hombres, por se va a entregar, porque lleva el perdón, porque lleva la paz, porque se manifiesta así la ternura de Dios, el corazón compasivo de Dios.
Pero nos confía una misión como siempre tras toda manifestación de Dios, la de ser en medio del mundo signos de la misericordia de Dios con nuestra vida de amor.

domingo, 9 de agosto de 2015

Comemos a Cristo, verdadero pan de vida, porque en El vamos encontrar la plenitud y el sentido de nuestro ser, la vida eterna y la resurrección

Comemos a Cristo, verdadero pan de vida, porque en El vamos encontrar la plenitud y el sentido de nuestro ser, la vida eterna y la resurrección

1Reyes, 19, 4-8; Sal. 33; Ef. 4, 30-5, 2; Jn. 6, 41-51
Creo que nos es fácil entender a todos que alimentarse es mucho más que el acto físico de ingerir unos alimentos materiales que den energía a nuestro organismo. Pudiera sucedernos que hayamos ingerido los alimentos necesarios para nuestro organismo y que las llamadas constantes vitales estén correctamente en sus medidas y sin embargo nos falte vida, andemos como muertos en la vida porque nos falte esa otra energía interior que nos impulsa a luchar y a amar, que nos da ilusión y esperanza y nos da fuerza para toda esa vida que nos lleve en verdad al encuentro con los demás y a luchar por nuestro mundo. Nos falta todo esto y aunque físicamente andemos bien, sin embargo andamos como muertos.
Creo que esta reflexión previa que nos hacemos nos puede ayudar a comprender mejor el sentido del mensaje evangélico que hoy escuchamos de labios de Jesús. Ha terminado diciéndonos hoy ‘y el pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo’. Previamente nos ha hablado del pan bajado del cielo que el que lo coma tendrá vida para siempre; que el que viene a El porque cree en El resucitará en el último día, tiene vida eterna; y nos ha dicho también que El es el pan de vida y ‘el que coma de este pan vivirá para siempre’.
No les era fácil a los judíos que escuchaban a Jesús porque cogiendo la literalidad de sus palabras podían argumentarle como lo hacían que a El lo conocían, y conocían su familia, que sabían que procedía de Nazaret, y ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo?  El jugar con las palabras de vivir para siempre y resurrección les era bien difícil entenderlo porque todos tenían la experiencia de la muerte y les era mucho más fácil quedarse en la literalidad de la vida de este mundo que un día habría de tener un fin.
Pero Jesús sí que les está hablando de ese pan del cielo que era El mismo y que creyendo en El podrían llegar a alcanzar una vida verdaderamente en plenitud, llamémosla resurrección o llamémosla vida eterna. En el sentido de lo que Jesús quiere revelarles hemos escuchado en la primera lectura la situación difícil que vivía el profeta Elías que deseaba morir, que marcha al desierto donde sabe que no va a encontrar ningún alimento, pero que milagrosamente como un hermoso signo va apareciendo el ángel del Señor que una y otra vez le ofrece una hogaza de pan y una jarra de agua. ‘¡Levántate, come que el camino es superior a tus fuerzas!’  El camino podía parecer superior porque muchas eran las oscuridades que lo envolvían, mucha era la muerte que aun quedaba en su alma.
La misión profética que estaba realizando Elías era bien difícil porque todo lo tenía en contra. El quiere ser fiel pero se encuentra sin fuerzas; está como muerto, sin vida porque ya no sabía que hacer. Pero aquel alimento que como un signo recibe le hará caminar ‘cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios’. Allí en aquella experiencia de Dios que va a vivir encontrará la fuerza y el sentido de toda su vida; va a comenzar a vivir de nuevo porque comprende bien la misión que ha de realizar. En la experiencia de Dios encuentra la vida, encontrará la luz que ilumine de nuevo su vida, encuentra la plenitud y el sentido de todo lo que tiene que realizar en su misión profética.
Cristo es esa vida eterna para nosotros; Cristo Jesús es quien nos va a dar plenitud y sentido a todo nuestro ser, a todo nuestro vivir. Creyendo en Jesús, escuchando su Palabra nos vamos a llenar en verdad de su vida y será un resucitar para nosotros, será un sentirnos con una nueva vida, un nuevo sentido para nuestro caminar. Por eso ese comer del Pan de vida, ese comer a Cristo no es solo la materialidad de comer un trozo de pan sino que será algo mucho más profundo lo que hemos de realizar, porque es abrirnos a Dios, es abrirnos al sentido de Dios, es creer en Jesús y querer vivir en el sentido de su reino.
Comulgaremos a Cristo que es dejar transformar nuestra vida por la vida de Cristo de manera que nuestro pensar, nuestro vivir ya será para siempre Cristo. Por eso diremos comulgamos a Cristo que, repito, es mucho más que comer un poco de pan, porque es comulgar, comer con todo el sentido de Cristo.
Llenos de la vida de Cristo entramos en caminos de plenitud, de vida eterna. Llenos de la vida de Cristo resucitaremos con Cristo, porque ya todo lo que sea muerte tendrá que desaparecer de nosotros; no es solo la resurrección del último día que ahora al comer a Cristo recibimos como en prenda, sino es ese día a día ir resucitando con Cristo porque vamos quitando todo lo que sea muerte en nosotros, porque iremos arrojando de nosotros todo lo que sea muerte, porque ya las sombras y tinieblas de la duda y del error tienen que desaparecer de nosotros que tenemos a Cristo que es la verdad de nuestra vida; es ir resucitando con Cristo porque todo ese mal que nos acecha ya sea en la tentación, ya sea en las dificultades que en la misma vida vamos encontrando, o ya sea en las mismas persecuciones que a causa de su nombre podamos padecer no tendrán la última palabra, porque con Cristo la victoria estará siempre de nuestra parte, la victoria sobre la muerte y la vida estará siempre asegurada, su gracia no nos faltará en ningún momento.
El domingo pasado escuchábamos que los judíos le pedían comer siempre de ese pan que les aseguraba no tener hambre ni sed ni verse sometidos a la muerte, y ahora nosotros lo pedimos también con insistencia porque queremos comer a Cristo, porque queremos vivir de su vida, porque queremos alcanzar la resurrección y la vida eterna.

miércoles, 15 de julio de 2015

Tenemos que descalzarnos de nuestras sandalias para aprender a ir humildes al Señor con un corazón despojado de nuestro yo

Tenemos que descalzarnos de nuestras sandalias para aprender a ir humildes al Señor con un corazón despojado de nuestro yo

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27
‘Aquí estoy’ fue la respuesta de Moisés a la voz de Dios que le llamaba. Temeroso y lleno de curiosidad se había acercado a la zarza ardiendo que no terminaba de consumirse. ‘Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza’. Dios se le manifiesta y le llama. ‘No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado’.
Acercarnos a Dios con disponibilidad. ‘Aquí estoy’. Pero acercarnos a Dios con humildad. ‘Quítate las sandalias…’ Tenemos que despojarnos. Y no son precisamente las sandalias; será nuestro yo, nuestro orgullo, nuestro saber, nuestra autosuficiencia. Cuantas veces queremos acercarnos a Dios pero no queremos despojarnos de nuestro yo o nuestras ideas. Y decimos luego que Dios no nos escucha, no se nos revela. Es que vamos con nuestras ideas preconcebidas, con nuestro pensamiento, con la imagen que nosotros nos hemos hecho de Dios. Tenemos que descalzarnos.
Descalzarnos que es abajarnos, ponernos en actitud humilde de búsqueda, de escucha, de disponibilidad generosa. Si nos hacemos pequeños Dios se nos revelará, se nos manifestará, nos hará conocer su designio salvador. Como sucedió con Moisés. ‘Ahora marcha, yo te envío…’ Y tendrá que volver a Egipto de donde había salido de mala manera, y tendrá que ir hasta el faraón con el que pocas ganas tendrá de encontrarse. Sabe que va a tener dificultades. Se disculpa diciendo que no sabe hablar. Pero Dios lo envía. Dios estará con él. Dios pondrá a su lado medios, Aarón su hermano que hablará porque tiene facilidad de palabra, el poder de Dios en aquel bastón que pone en su mano, la fortaleza de su Espíritu que sentirá por dentro. ‘Yo estoy contigo’, le dice Dios.
¿Aprenderemos nosotros a ir a la búsqueda y al encuentro con el Señor? Tenemos que aprender a descalzarnos de nuestras sandalias. Tenemos que aprender a ir con humildad al Señor, con el corazón bien despojado de nuestro yo, con los oídos de nuestro corazón bien abiertos para escuchar a Dios, con disponibilidad en nuestra vida para lo que el Señor quiera descubrirnos, con generosidad de espíritu para emprender los caminos que se abren ante nosotros aunque no los entendamos o nos parezca que nos puede costar recorrerlos.
En el evangelio Jesús dará gracia al Padre porque se revela a los pequeños y a los sencillos. Es como tenemos que hacernos nosotros. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor’. Mientras nos creamos los entendidos no llegaremos a descubrir los designios de Dios para nuestra vida. Tenemos que descalzarnos de muchas cosas. Si lo hacemos podremos escuchar también al Señor que nos dice: ‘Yo estoy contigo’.


domingo, 10 de agosto de 2014

En las turbulencias de la vida tenemos la certeza de que Jesús siempre está tendiéndonos su mano salvadora

1Reyes, 19, 9.11-13; Sal. 84; Rm. 9, 1-5; Mt. 14, 22-33
‘La barca iba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque el viento era contrario’. Así nos describe el evangelista la situación de los discípulos que atravesaban el lago, tantas veces en calma, pero que en muchas ocasiones se transformaba en fuertes tormentas que hacían peligrar las barcas que lo atravesaban. Y Jesús no iba con ellos.
En otra ocasión se levantará también una fuerte tormenta mientras a, travesaban el lago, aunque entonces Jesús sí estaba, aunque dormía a popa sobre un almohadón, como si no sintiera o no le importara la tormenta que ponía en peligro sus vidas.
Estas descripciones nos quieren decir mucho más que la situación física de peligro que pasaban los discípulos en aquel momento o quienes se aventurasen en medio de una tormenta a atravesar el lago. Puede describirnos situaciones anímicas por las que podemos pasar en muchas ocasiones en la vida o que podemos contemplar también en otras personas en nuestro entorno. Situaciones que ponen en peligro la paz del espíritu, que pueden poner en peligro también nuestra fe y el sentido de nuestro vivir.
Todos conocemos cosas así que pasan o pueden pasar. Hace pocos días contemplaba a un padre al que se le había muerto un hijo en la flor de la vida como consecuencia de un cáncer que padecía. Sufría en silencio, por lo que primero pude contemplar, pero se adivinaba la tormenta que estaba pasando en su interior; más tarde alguien me comentaba su reacción contra Dios, del que no quería oír hablar, porque decía que tanto que le había pedido pero Dios no lo había escuchado.
O es la situación de personas, que incluso habían vivido e intentaban seguir viviendo una vida religiosa, pero que sintiéndose débiles por el paso de los años, los achaques propios de las enfermedades que van debilitando sus cuerpos, pierden las ganas de luchar, tiran la toalla como se suele decir, y casi se dejan morir. Ya no saben, a pesar de ser personas muy religiosas, ni qué pedir a Dios. Son los que se enfrentan a la muerte de seres queridos, como antes mencionábamos, o se tienen que enfrentar a sus propios sufrimientos y enfermedades.
Son las personas que les abruman los problemas personales o familiares, no encuentran o no saben encontrar solución o salida para esas situaciones, todo se les vuelve negro en su interior, pero se encierran en sí mismas, pierden los deseos de relacionarse con los demás; gritan en su oración a Dios pidiendo ayuda, pero en la oscuridad en que viven sus vidas lo ven todo oscuro y todo lo confunden.
Muchas situaciones y experiencias diversas que podríamos recordar y todos conocemos y ya sabemos que no siempre sabemos reaccionar con un verdadero sentido religioso y cristiano y que en muchas ocasiones hay personas que se dejan influenciar por falsas religiosidades muy lejanas a un verdadero sentido cristiano de la vida. Como nos decía hoy el evangelio, cuando viene Jesús a su encuentro allí en medio del lago, ellos creen ver un fantasma.
El verdadero creyente cristiano sabe que en esas turbulencias de la vida no estamos solos porque podemos tener la certeza de que Cristo viene a nuestro encuentro. Aunque lo veamos todo turbio porque los problemas nos agobien y nos cieguen hemos de estar preparados para tener ojos de ver y saber descubrir la presencia del Señor a nuestro lado. Algunas veces pensamos que la solución está en pedir milagros o acciones extraordinarias de Dios que nos liberen de esos males, y claro cuando no es esa la respuesta de Dios tenemos el peligro de que nuestra fe se nos debilite o la perdamos, como antes comentábamos.
La Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado y no solo el Evangelio nos trata de dar una luz clara sobre todo esto. Es lo que escuchábamos en la primera lectura. Elías en su misión profética lo está pasando mal porque se ve acosado por todas partes y perseguido. Huye al desierto con deseos incluso de morir; en los versículos anteriores a lo que hoy hemos escuchado veríamos cómo Dios le va enviando señales en aquel ángel de Dios que se le manifiesta una y otra vez ofreciéndole pan y agua para que siga el camino; ahora le vemos llegar al monte de Dios, al Horeb.
Allí va a tener una experiencia maravillosa de la presencia de Dios en su vida que no se le va a manifestar precisamente en cosas grandiosas. ‘Sal y ponte en pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!’ Pasó un huracán, pasó un terremoto, vino un fuego, pero ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego estaba el Señor. Se hizo silencio, solo se escuchaba el susurro de la brisa y Elías se sintió envuelto de la presencia del Señor.
Buscamos cosas grandiosas, milagros extraordinarios, queremos encontrar a Dios entre los estrépitos de la vida, pero no lo encontramos. Hagamos silencio en el corazón y como un suave susurro vamos a sentir la presencia de Dios, nos vamos a sentir inundados de verdad por la presencia del Señor. Pero cuánto nos cuesta hacer ese silencio, porque somos nosotros los que quizá con nuestra palabrería incluso en nuestras oraciones, hacemos que nuestros oídos estén sordos, nuestro corazón esté cerrado a esa presencia y a esa Palabra de Dios que nos habla en nuestro interior.
En el mismo sentido nos ayuda el texto del Evangelio. Nos da la seguridad de que muchas pueden ser las turbulencias en las que nos veamos envueltos en la vida, pero siempre el Señor estará tendiéndonos la mano para darnos seguridad, para ser nuestra luz, para darnos esa fuerza que necesitamos, para llenarnos de paz el corazón.
Hay ocasiones en que nos puede parecer muy fuerte la tormenta por la situación anímica que estemos pasando, se nos puede cegar el corazón y todos pueden ser confusiones en nuestro interior. No nos vayamos tras cualquier canto de sirena que se nos acerque, sino en silencio, aunque haya mucho dolor en el corazón, busquemos a Dios, queramos escuchar a Dios en nuestro corazón. Muchos cantos de sirena podemos escuchar camuflados en espiritualidades salidas al final no sabe uno de donde. Muchos fantasmas de soluciones fáciles nos pueden aparecer por aquí o por allá; cuántas seudo religiosidades nos podemos encontrar a nuestro alrededor que lo  que hacen es crearnos dependencias y esclavitudes que nos alejan de Jesús y de su evangelio.

Pidámosle al Señor que por muy mal que lo estemos pasando nunca nos falte paz en nuestro espíritu; pidámosle al Señor que nos llene de su luz para que nuestros ojos se abran de verdad y podamos reconocerle. Nuestra verdadera espiritualidad la encontramos en el Evangelio y el Espíritu del Señor quiere habitar en nuestro corazón. Terminemos reconociendo de verdad que Jesús es nuestro único Señor y Salvador.

viernes, 13 de junio de 2014

Sepamos hacer silencio en el corazón dejando de lado los ruidos de la vida para escuchar a Dios



Sepamos hacer silencio en el corazón dejando de lado los ruidos de la vida para escuchar a Dios

1Reyes, 19, 9.11-16; Sal. 26; Mt. 5, 27-32
Elías era un profeta apasionado por el nombre santo de Dios. ‘¿Qué te trae por aquí Elías?’, le pregunta una voz. ‘Mi pasión por el Señor Dios de los Ejércitos’, responde.
Eso había sido su vida, una continua lucha contra la idolatría y por mantener viva la fe del pueblo de Israel. Era el celo de Dios y por las cosas de Dios que sentía en su corazón. Será el gran profeta de Israel de manera que su nombre se convierte en paradigma de todos los profetas. Conocida es toda su trayectoria en medio de un pueblo que se deja arrastrar tras los falsos ídolos, la baales y sus profetas; es su lucha también con la reina Jezabel que trata de introducir en Israel esos cultos paganos. Cuando vamos leyendo con todo detalle la lucha del profeta vemos que fueron momentos duros.
Hoy le contemplamos en una hermosa experiencia de la presencia de Dios en su vida. Había huido al desierto a causa de esas persecuciones que sufre y desea morir. Pero el Señor va poniendo señales en su camino para que siga adelante y se mantenga firme con esa fuerza que el Señor le da. Misteriosa o milagrosamente el ángel del Señor va poniendo pan y agua junto a él en su peregrinar por el desierto, como una señal de que Dios está con él.
Ahora llega al monte de Dios, al Horeb, donde se refugia en una gruta, pero va a tener esa experiencia de Dios que pasa junto a él y llega a su vida. No se le manifestará el Señor a través de señales espectaculares sino desde señales sencillas y casi imperceptibles que solo unos ojos de fe podrán captar. Buscamos y queremos encontrarnos con Dios tantas veces en cosas espectaculares o grandiosas, pero hemos de saberle buscar en las cosas pequeñas y humildes porque así llega el Señor a lo más hondo de nuestra vida. Si nos quedamos solo en las cosas grandiosas tenemos el peligro de manipularlas o tergiversarlas y hasta de convertir esas cosas en dioses de nuestra vida. Era la tentación de los antiguos que se creaban dioses para todo ya fuera para la guerra o ya fuera en la espectacularidad de las fuerzas de la naturaleza confundiendo a las criaturas con el Creador.
‘Sal y aguarda al Señor en el monte, que el Señor va a pasar’, escucha el profeta en su interior. ‘Pasó un viento huracanado, que agrietaba los montes y rompía los peñascos, vino un terremoto y un fuego devorador, pero en el viento no estaba el Señor, en el terremoto no estaba el Señor y en el fuego no estaba el Señor. Después escuchó un susurro y Elías se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la gruta…’
Ese gesto de cubrirse el rostro con el manto viene a expresar esa presencia de Dios, pero a quien no se considera digno de contemplar. En el susurro escucha y siente a Dios. Se había sentido solo y abandonado porque el pueblo no era fiel a Dios y sentía el fracaso en sus entrañas. ‘Los israelitas han abandonado tu alianza… he quedado yo solo, y ahora me persiguen para matarme’, es su queja. Pero allá en lo más hondo de sí mismo sintió la presencia de Dios que le daba su fortaleza para seguir con su lucha. Ha de volver a Israel - ‘desanda el camino’ se le dice- , lleva unas misiones concretas que realizar, entre ellas escoger a un profeta sucesor suyo en la persona de Eliseo. Elías se siente lleno de Dios.
No nos podemos desalentar en nuestras luchas, aunque haya ocasiones en que nos parezca estar solos y abandonados de todos, pero tenemos que aprender a sentir la presencia de Dios en nuestra vida, a escucharlo allá en lo secreto de nuestro corazón. La imagen del profeta que se va al desierto y a la montaña nos está hablando de cómo hemos de saber hacer silencio dentro de nosotros para escuchar a Dios. Muchos ruidos de la vida, muchos afanes o muchas cosas materiales o terrenas que nos envuelven, nos impiden poder escuchar al Señor ahí en ese silencio del corazón. Hemos de dejar a un lado esos ruidos o ese materialismo de la vida. Le vamos a escuchar, no como a nosotros nos guste o nosotros nos imaginemos - recordemos lo que decíamos antes de las cosas grandiosas o espectaculares - sino hemos de escucharle cómo El quiera manifestarsenos.
Que crezca y madure nuestra fe para vivir y experimentar la presencia de Dios en nuestra vida. El quiere hacerse sentir allá en lo más hondo de nuestro corazón. Sepamos hacer silencio para escuchar a Dios.

domingo, 3 de marzo de 2013


Nos descalzamos para ir al encuentro del misterio de Dios que nos envía a hacer anuncios de liberación

Ex. 3, 1-8.13-15; Sal. 102; 1Cor. 10, 1-6.10-12; Lc. 13, 1-9
Como música de fondo seguimos teniendo en este tercer domingo de Cuaresma el desierto, la soledad, el silencio, la montaña. Ya hemos venido diciendo que no hemos de rehuir el desierto ni la montaña, que no hemos de tener miedo a ese silencio y a esa soledad. Son un camino muy hermoso que nos harán profundizar dentro de nosotros mismos y nos llevarán a Dios. En ese silencio se cultivan las almas grandes,  capaces de grandes cosas, de grandes misiones, porque ahí tienen ocasión de ir a lo más hondo de sí mismos para encontrarse con Dios.
Siempre recuerdo desde hace muchos años a una persona a quien buscábamos y a quien deseábamos escuchar porque desde su sencillez sabia trasmitirnos hermosos pensamientos que nos llevaban a Dios. Era en un movimiento apostólico en cuyas reuniones siempre se buscaba su palabra y su reflexión. No era sino un simple cabrero, pero cuando le preguntábamos de donde sacaba aquellas reflexiones nos decía que del silencio y de la soledad cuando iba cuidando sus cabras por aquellos campos del sur de nuestra isla, entonces sin tanto desarrollo como ahora - lo conocí a principios de los setenta - y sí con muchos espacios abiertos que le facilitaban el silencio y la reflexión.
Hoy la Palabra de Dios nos ha hablado de ‘Moisés que llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar al Horeb, el monte de Dios’. Allí tiene una experiencia maravillosa y profunda de la presencia de Dios en su vida. Lo hemos escuchado, la zarza ardiendo sin consumirse, Moisés que se acerca preguntándose su significado y la voz que le llama por su nombre y la habla desde el cielo. ‘Quítate la sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado’.  Se siente inundado de la presencia de Dios. Y lleno de Dios se siente enviado a liberar a los israelitas de la opresión de Egipto.
Nos sentimos invitados nosotros a acercarnos al misterio de Dios en este camino de cuaresma que estamos haciendo. Nos sentimos invitados a mirar con una mirada nueva y distinta cuanto nos sucede o cuanto sucede en nuestro mundo al que tenemos también que dar una respuesta. Y es que con la mirada de Dios - Jesús nos enseña a ello - hemos de saber mirar nuestro mundo, ese mundo concreto en el que vivimos con sus problemas.
El Señor desde la zarza ardiendo le decía a Moisés que había visto la situación en que vivía su pueblo en Egipto y sus sufrimientos. Era necesario dar una respuesta. Por su parte, en lo que hemos escuchado en el evangelio, vienen a contarle a Jesús unos sucesos acaecidos en Jerusalén y en el templo con la represión con que habían obrado las autoridades romanas contra unos galileos. Y Jesús les hace mirar esas situaciones y esos problemas con una mirada distinta, porque han de ser una llamada a sus conciencias para un cambio de vida.
El Señor nos quiere enseñar a mirar también nuestra situación, los problemas que vivimos hoy en nuestra sociedad, la angustia y el sufrimiento de tanta gente por la situación social que vivimos en estos momentos, la desorientación de tantos que no saben quizá qué rumbo tomar en su vida, o la vida insulsa y frívola en que viven tantos otros porque solo se dejan llevar quizá por el momento presente o por lo más placentero.
¿Habrá una luz? ¿Habrá algo que pueda cambiar esa sociedad en la que estamos para darle una mayor profundidad, mayor plenitud a la vida? ¿Nos podemos desentender los cristianos dando por imposibles de resolver esas situaciones? ¿Qué tendríamos que hacer para despertar las conciencias dormidas, los corazones cerrados e insolidarios, o los espíritus ahogados por el vicio y por el mal?
Dios envió a Moisés a Egipto con la misión de liberar a su pueblo de aquella esclavitud. Jesús nos pide transformar nuestros corazones para que en verdad busquemos lo  verdaderamente es más importante. San Pablo nos dice que todas esas cosas suceden como para escarmiento nuestro, para hacernos pensar y reflexionar, para que vayamos en búsqueda del verdadero alimento espiritual de nuestra vida.
Es todo un misterio de amor el que se nos revela cuando nos acercamos a Dios para conocerle más. Pero algunas veces  nos es difícil conocerle y conocer ese misterio de amor en el que Dios quiere introducirnos para transformar nuestra vida y para que seamos capaces de ir también a ayudar a nuestros hermanos en esas situaciones difíciles en que se encuentran. Nos da miedo como Moisés que se tapó la cara temeroso de morir por alcanzar a ver a Dios. Pero no moriría porque Dios llenaba de forma nueva su vida y le confiaba una misión. Pero antes el Señor le pedía descalzarse.
¿Querrá significar algo esto que el Señor le pide? Sí, hemos de descalzarnos de nuestras ideas preconcebidas y nuestros prejuicios; hemos de descalzarnos de nuestros miedos y cobardías; pero hemos descalzarnos también de nuestras autosuficiencias y nuestros orgullos pensando que somos nosotros los salvadores de la humanidad; hemos de descalzarnos para sentir que Dios está con nosotros y que si recibimos una misión, si llegamos a hacer alguna cosa buena es porque Dios está con nosotros y no nos faltará su gracia, porque somos unos enviados de Dios y el Señor nos dice que está con nosotros.
Pensemos, sí, de cuantas cosas hemos de descalzarnos porque bien sabemos donde están nuestras limitaciones, nuestras rutinas, todas esas cosas en las que tropezamos una y otra vez. Hemos de descalzarnos para convertir de verdad nuestro corazón al Señor; hemos de descalzarnos para llegar a descubrir que si podemos llegar a dar frutos es porque en el Señor abonamos nuestra vida con su gracia y con humildad hemos de ir hasta El en los sacramentos que nos renuevan y nos fortalecen, nos alimentan y nos llenan de vida.
Jesús en el evangelio nos propondrá la pequeña parábola del hombre que venía a buscar fruto en su higuera, pero que, al no encontrarlo, aún la cavará una vez más y la abonará y regará para seguir esperando que llegue a dar fruto. Es lo que el Señor sigue haciendo con nosotros que tan remisos somos en tantas ocasiones para dar los buenos frutos que nos pide el Señor. Sigue ofreciéndonos su gracia, sigue iluminando nuestra vida con su Palabra, sigue alimentándonos con los sacramentos para que al final cambiemos, nos convirtamos a El y terminemos también por ir a los demás a llevar esa luz de la gracia que a todos ilumine.
En ese silencio que sepamos hacer en nuestro interior, allá en la soledad de nuestro corazón escuchemos la voz del Señor que nos llama y nos llama por nuestro nombre, porque así de personal es su amor; sintamos cómo el Señor viene a nuestra vida y nos está pidiendo la conversión de nuestro corazón; descubramos que si se nos revela este misterio del amor de Dios es para que nosotros vayamos a los demás para ayudarles a transformar sus vidas, a liberarse de tantas cosas que les oprimen allá en su interior y puedan encontrar la paz y la dicha de vivir en el Señor.

domingo, 12 de agosto de 2012


El Pan bajado del cielo nos hace vivir y nos llena de esperanza
1Rey. 19, 4-8; Sal. 33; Ef. 4, 30-5, 2; Jn. 6, 41-51

Todos deseamos vivir, tener vida. Amamos la vida y realmente no querríamos perderla, aunque algunas veces sólo pensemos en la materialidad de este mundo en el que vivimos sin darle demasiada trascendencia. Desearíamos poder disfrutarla de la mejor manera posible.

Sin embargo hay ocasiones en que, nos pasa a nosotros mismos o podemos verlo en gente que nos rodea, no desearíamos vivir. Los problemas, los sufrimientos, una grave enfermedad, la debilidad en la que nos vemos envueltos por los años, el sentirnos impotentes ante situaciones difíciles, las incomprensiones de los que nos rodean, los momentos duros por los que tenemos que pasar en ocasiones nos hace desear que todo se acabara y parece como que perdemos toda esperanza. 

Pero ¿realmente tenemos motivos para perder así la esperanza? ¿Habrá algo o alguien que la pueda despertar en el corazón y nos de fuerzas y ánimo para seguir luchando por la vida, por las cosas buenas? ¿Dónde y cómo podemos encontrar ese sentido de vivir?

Creo que la Palabra que hemos recibido hoy de parte de Dios en nuestra celebración nos ayuda y nos puede iluminar. Queremos ser hombres y mujeres de fe; al menos nos decimos creyentes y cristianos y si así lo sentimos desde lo hondo del corazón es porque sabemos que en el Señor podemos encontrar respuesta a esa inquietud de nuestro espíritu y a esas ansias de vida que llevamos en nosotros y que tenemos que reconocer que ha sido El quien la ha puesto en nosotros.

El profeta Elías estaba pasando por un momento difícil en su misión y en su vida que le hacía que en cierto modo retemblaran los cimientos más hondos de su vida. Se siente acosado en su misión y perseguido. Huye al desierto deseando morir. Es lo que nos narra la primera lectura de este domingo. ‘Caminó por el desierto… y al final se sentó bajo una retama y se deseó la muerte…’

Pero Dios va a ir poniendo señales en su vida de su presencia junto a El para que no decayera en sus fuerzas. Va a experimentar que Dios está allí a su lado para alimentarlo y alentarlo en su camino hasta el monte de Dios. ‘Levántate y come…. Y vio a su cabecera un pan cocido sobre unas piedras y un jarro de agua... comió y bebió…’ Y así por dos veces se le manifestó el ángel del Señor y prosiguió su camino.

Imagen de lo que Jesús quiere ofrecernos. No es un pan cualquiera el pan bajado del cielo del que nos habla Jesús y que es El mismo. Viene Jesús a nosotros para ser nuestro alimento, nuestra comida, nuestra fuerza, nuestro vivir. Aunque la gente de Cafarnaún no entiende, o le cuesta entender que Jesús diga ‘Yo soy el pan bajado del cielo y el que coma de este pan vivirá para siempre’, es en Jesús donde vamos a encontrar esa verdadera vida y una vida para siempre. Sus ojos y su pensamiento se quedan en aquel Jesús, el hijo de María, el hijo del carpintero de Nazaret. Pero allí hay algo más, y decimos algo porque nos es difícil encontrar la palabra adecuada, porque está quien en verdad nos va a dar la vida en plenitud, la mayor plenitud que podamos encontrar para nuestra vida.

Jesús viene de Dios, porque es Dios mismo hecho hombre, y es quien podrá revelarnos plenamente todo el misterio de Dios que es revelarnos también el misterio del hombre, el sentido del hombre. ‘Yo para esto he venido, para ser testigo de la verdad’, nos dirá en otra ocasión; testigo de la verdad de Dios, de la verdad de la vida humana, de la verdad del amor y de la paz, de la verdad de la auténtica alegría y felicidad, de la verdad del más profundo sentido del hombre. 

Tenemos que ir hasta Jesús y creer en El. Tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Dios que nos conduce a Jesús para que creamos en El. ‘Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí… cree en mí… y os lo aseguro el que cree tiene vida eterna’. Así lo hemos escuchado hoy en el evangelio. Creemos en Jesús y nos llenamos de vida eterna. Creemos en Jesús y estamos ya llamado a la resurrección. ‘Yo lo resucitaré en el último día’, nos dice.

Decíamos antes que muchas veces en la vida nos encontramos desanimados por muchas cosas; desanimado es el que le falta ánimo, espíritu, el que le falta vida. Por eso, como le sucedió al profeta Elías que nos sirve de ejemplo también para nuestras situaciones, parece como si ya no quisiéramos vivir. Pero ahí está Jesús que viene a nosotros, que se hace presente en nuestra vida, que quiere ser nuestro alimento y nuestra fuerza, que quiere llenarnos de vida si en verdad ponemos toda nuestra fe en El. 

Por eso venimos a la Eucaristía con esos deseos de Dios. No como un rito más que hacemos, sino para experimentar esa presencia y esa fuerza de Dios en nuestra vida. Y de la Eucaristía tenemos que salir entonces revitalizados, llenos de esperanza, con nueva vida y nueva fuerza para seguir haciendo nuestro camino como Elías, porque ya sentimos que Dios está con nosotros para siempre. 

En el texto de Elías, aunque no lo hemos leído hoy, a continuación en el monte del Horeb, tiene una profunda experiencia de la presencia de Dios de manera que su vida quedará para siempre iluminada con la presencia de Dios. Fue como su Tabor, una Transfiguración como la que escuchamos de Jesús en el Evangelio hace unos días, para bajar de la montaña hecho un hombre nuevo y fuerte para seguir con su misión. Así tendría que ser para nosotros siempre nuestra Eucaristía, un Tabor donde nos sintamos transfigurados por la presencia y la gracia de Dios. 

Cuando comemos a Cristo en la Eucaristía no estamos comiendo simplemente pan, sino que estamos comiendo a Cristo para que se haga vida nuestra, vida en nosotros. Nos sentimos iluminados, transformados por su gracia, por su presencia y así tenemos que ver la vida ya con unos ojos nuevos, con un nuevo sentido, el sentido y el vivir de Cristo.

San Pablo nos decía que lejos de nosotros toda amargura y todo lo que nos lleve a la muerte. Es que ya estamos llenos de dicha, de esperanza, de luz, de vida. ‘Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo… sed imitadores de Dios… y vivid en el amor’. Es así como tiene que ser siempre ya la vida después de haber celebrado la Eucaristía.

No tenemos motivos nunca para perder la esperanza cuando hemos puesto nuestra fe en Jesús. El despierta nuestro corazón y nos da fuerzas y ánimo para vivir, para seguir la lucha de cada día, para tener esperanza y para llenarnos de alegría aunque humanamente tengamos que pasar por momentos duros y difíciles, muchas sean las incomprensiones o los sufrimientos de todo tipo. Para eso El se ha hecho alimento, es el pan de vida que nos da vida, es el pan bajado del cielo que quien lo coma vivirá para siempre.

domingo, 7 de agosto de 2011

Donde todo nos pueda parecer borrascoso allí está el Señor


1Reyes, 19, 9.11-13;

Sal. 84;

Rm. 9, 1-5;

Mt. 14, 22-33

Se habían ido a un sitio apartado y tranquilo. Se las prometían felices, como se suele decir. Iban a estar con Jesús sólo los discípulos más cercanos. Pero al llegar se encontraron un gentío grande. Y como siempre había aflorado el corazón lleno de ternura y de misericordia de Jesús. Había comenzado por curar a los enfermos que le traían y terminó multiplicando el pan para que todos comieran.

Ahora había enviado a los discípulos en barca de nuevo a la otra orilla mientras El despedía a la gente. Por allá andaban ya queriéndolo hacer rey. Pero se había ido a la montaña a solas para orar. Un gesto que vemos repetidas veces en el evangelio. Se va a orar en la noche con el Padre y de madrugada lo encuentran en descampado, se lleva a algunos de sus discípulos para que participen en su oración como en el Tabor, o los lleva para en una intimidad grande instruirlos y cada día lo vayan conociendo más y creyendo más en El. Ahora se había ido a solas. ¡Qué lecciones nos da! Era su alimento como hacer la voluntad del Padre, según había dicho en otra ocasión.

A la montaña y al desierto se había ido Elías, como escuchamos en la primera lectura. ¿Buscaba a Dios? ¿Quería fortaleza y consuelo? Más bien quería que Dios le quitara la vida. Quería morir. Era el único profeta en Israel y todo se volvía en su contra. ¿Quería un milagro extraordinario que le confirmara que lo que estaba haciendo estaba bien? Allí estaba en el Horeb, el monte de Dios como Moisés. ¿Quería sentir una manifestación portentosa de Dios como cuando la zarza ardiente?

Y Dios se le va a manifestar. ‘Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!’. Se suceden huracanes y tormentas, vientos recios, terremotos y fuego que todo lo devoraba. Pero allí no estaba el Señor. Así se había manifestado a los israelitas en el desierto al pie del Sinaí. Pero no era así como Elías iba a sentir al Señor. ‘Se oyó una brisa tenue y Elias salió y se cubrió el rostro’. Y Elías sintió la fortaleza del Señor que le confirmaba en su misión. Volvería a Israel con la fuerza del Señor con él. Seguiría con su misión.

Mientras Jesús está en el monte lleno de la gloria del Señor, los discípulos van bregando duramente en la travesía del lago. ‘El viento era contrario y la barca iba sacudida por las olas’. Remaban y remaban pero nada avanzaban.

Remamos, queremos avanzar, queremos vivir nuestra fidelidad al Señor, y nuestra entrega se nos hace costosa. Las dificultades se nos amontonan en ocasiones, las tentaciones son fuertes, nos cuesta superarnos en tantas cosas que quisiéramos que en la vida nos marcharan mejor. Quisiéramos ser más santos alejando de nosotros el pecado, pero siempre nos aparece la tentación que no sabemos superar. En ocasiones nos sentimos igual que Elías como si fuéramos los únicos profetas en Israel. En otros momentos todo se nos hace noche oscura y nos parece que ya ni Dios nos escucha.

Pero allí sobre aquel mar embravecido viene Jesús. Camina sobre el agua. Donde todo nos pueda parecer borrascoso allí está el Señor. Es el Señor que está por encima de la tormenta porque es el Señor todopoderoso, pero es el Señor que llega como un tenue susurro a nuestro corazón. Algunas veces no lo sabemos ver; nos confundimos como los discípulos que ‘creían ver un fantasma’.

Tenemos que abrir los ojos de la fe, los oídos del alma para reconocerle y para escuchar su palabra suave y fuerte a la vez, su palabra que nos alivia en la tormenta de nuestro corazón o nos hace sentir la paz que supera todos los temores. ‘Soy yo, no temáis’. Palabras que nos recuerdan la pascua. Fue su saludo pascual repetido en todas sus apariciones, a las mujeres, en el cenáculo, en distintos momentos. Y será la palabra que siempre sentiremos hondamente en el alma. Con Jesús en medio de ellos, en la misma barca, volverá de nuevo la calma y renacerá la fe en los corazones. ‘Amanió el viento’.

Pedro, como siempre querrá adelantarse hasta Jesús caminando también él sobre las olas, pero aunque quiere, duda y se hunde. ‘¡Qué poca fe! ¿por qué has dudado?’ Pero allí está el Señor que le tiende su mano. Ya aprenderá la lección y después de la resurrección no temerá lanzarse al agua para llegar el primero.

Queremos, y en momentos de fervor, desearíamos comprometernos con tantas cosas, pero luego nos viene pronto la debilidad, la flaqueza, la duda, la flojera de nuestra fe y nos parece que nos hundimos. Quizá sentimos que no todos comprenden lo que estamos haciendo, o que es poca cosa lo que hacemos ante tanto que hay que hacer; o nos encontramos vientos en contra, oposición, gente que querría nuestro mundo o nuestra sociedad caminara por otros caminos y no quieren quizá que hagamos a Dios presente en nuestro mundo.

Hay tantos, ahora mismo, que no entienden que el Papa venga a reunirse con jóvenes de todo el mundo en Madrid en las próximas Jornadas mundiales de la juventud. Hay mucha gente que se opone por los más variopintos motivos. Que se hagan otras cosas, que no se gaste dinero en eso, que hay otros problemas más urgentes, dicen; es que quizá les puedan chirriar los oídos cuando el Papa les hable de Cristo a los jóvenes de nuestro mundo, o moleste que haya tantos que se sientan enamorados y entusiasmados por Jesús y por dar su testimonio. ¿No lo merecerá todo eso por nuestra fe en Jesús y su anuncio?

Pero ahí está siempre el Señor que nos tiende su mano, que nos acompaña con su gracia. Ahí está el Señor que se quiere hacer presente en nuestra vida y a través nuestro, por nuestro testimonio, en nuestro mundo. ‘Los que estaban en la barca se postraron ante El, diciendo: Realmente eres Hijo de Dios’.

Es lo que nosotros tenemos que proclamar con valentía. Hacen falta esos testimonios en nuestro mundo. Convencidos de nuestra fe porque hemos experimentado tantas veces la presencia y la gracia del Señor en nuestra vida tenemos que gritarla en medio del mundo. Allí donde estamos, pero ante todos sin ningun temor y sin acomplejarnos.

Estas Jornadas Mundiales de la Juventud van a ser ese grito también frente a nuestra sociedad tan secularida y materialista, tan indiferente a lo religioso, tan relativista que en nada que le dé trascendencia a su vida quiere creer. Muchos son los jóvenes que van a tener un encuentro profundo y vivo con Cristo y hasta muchas vocaciones pueden surgir para nuestra Iglesia. Todos tenemos que sentir como algo nuestro toda esta fiesta de Cristo con nuestros jóvenes y de nuestros jóvenes con Cristo, aunque ya nosotros peinemos canas o seamos mayores. Es cuestión de fe y de sentirnos Iglesia. Y todo esto tiene que estar muy presente en nuestra oración.

Sea que vayamos a solas a la montaña de nuestra oración o que participemos con los hermanos de la comunidad en nuestras celebraciones, busquemos siempre ese encuentro vivo con el Señor, que quizá como un tenue susurro va a llegar a nuestro corazón y nuestra vida. ‘¡El Señor va a pasar!’ Sentiremos su paz y nos sentiremos fortalecidos para ir a ese mar muchas veces embravecido de la vida pero con la fuerza del Señor a proclamar nuestro testimonio.

miércoles, 15 de julio de 2009

El clamor de mi pueblo ha llegado a mí

Ex. 3, 1-6.9-12
Sal. 102
Mt. 11, 25-27

‘El clamor de los israelitas ha llegado a mi y he visto cómo los tiranizan los egipcios. Y, ahora, marcha, yo te envío al Faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas…’
Ayer comenzamos a leer la historia de Moisés, salvado de las aguas. Aunque hoy estamos viendo cómo Dios lo llama y lo envía, podemos decir con los profetas que desde el seno de su madre el Señor lo había escogido. Las circunstancias de su nacimiento, su infancia y su juventud con las cosas que le suceden es una manifestación de que Dios estaba con él y de alguna manera lo estaba preparando para misión que le había de confiar.
Tuvo que huir de Egipto y refugiarse en las montañas y allí el Señor se le manifiesta de forma extraordinaria. La zarza ardiendo, la voz que se oye desde el cielo y le llama pueden ser impresionantes y una forma maravillosa de manifestarse Dios. El Dios que se manifiesta con inmenso poder y gloria sin embargo es el Dios que escucha a su pueblo y está atento a sus necesidades.
Creo que no hemos subrayado lo suficiente este aspecto en la imagen del Dios del Antiguo Testamento. Es el Dios del temor, pero es el Dios que ama a su pueblo. Es el Dios ante el que hay que descalzarse porque quienes somos nosotros en su presencia, pero es el Dios con quien se puede entrar en un diálogo de amor. Es el Dios poderoso y grandioso, pero es el Dios que envía a sus profetas para que guíen a su pueblo por nuevos caminos de libertad.
Bueno será también destacar la disponibilidad, apertura a Dios pero también humildad de Moisés. ‘Aquí estoy’, es la primera respuesta de Moisés cuando siente la voz de Dios que le habla desde la inmensidad de la zarza ardiente. ‘Quítate la sandalia de los pies porque la tierra que pisas es santa’, es la experiencia que siente en lo más hondo de sí mismo cuando está en la presencia de Dios. ‘Y Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios’. ¿Quién es el para atreverse a acercase a Dios?
Luego se atreverá a replicar a Dios porque se siente indigno e incapaz de la misión que se le confía. ‘¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?’ Pero quien le confía la misión no lo deja solo. ‘Yo estoy contigo, y ésta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en esta montaña’. El Sinaí será el primer destino una vez que hayan salido de Egipto y atravesado el mar Rojo.
Es ‘el Señor compasivo y misericordioso’, que se acuerda de su pueblo, que lo escucha y que quiere liberarlo. Es ‘el Dios compasivo y misericordioso’, que se manifiesta a los que humildes se presentan ante El. ‘Bendito seas Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque te has revelado a los pobres y a los sencillos’, hemos escuchado decir a Jesús en el evangelio. Es el Dios que nos ama y con amor y humildad nosotros tenemos que ir hasta El. Es el Señor que está con nosotros y camina a nuestro lado en todos nuestros pasos.
Aprendamos de Moisés. Seamos capaces de admirarnos de las maravillas con las que el Señor se manifiesta. ‘Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza’. Acercarnos a mirar y admirar esas maravillas con las que Dios se nos manifiesta. Acercarnos a mirar y admirar lo que es ese amor tan grande que nos tiene el Señor que nunca nos olvida sino que nos lleva en la palma de la mano. ‘Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre… y no olvides sus beneficios… el Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos, enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel’.