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lunes, 3 de agosto de 2026

Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

 


Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

Jeremías 28, 1-17; Salmo 118; Mateo 14, 22-36

Queremos hacernos los valientes, pero todos pasamos por momentos de miedo; lo negamos muchas veces o lo disimulamos pero es reacción sicológica normal en cierto modo como una defensa ante situaciones en que nos vemos o nos parece encontrarnos en peligro. Una noche tenebrosa para atravesar caminos oscuros, llenos de sombras, con rincones desconocidos es la imagen que primero se nos presenta de lo que es el miedo; pero son muchas situaciones en la vida, muchas veces inesperadas y sorpresivas que no sabemos a dónde nos llevan, son situaciones de soledad vividas de muchas maneras en que nos parece que nadie nos tiene en cuenta, momentos en que nos parecía sentirnos seguros pero vemos que todo se mueve bajo nuestros pies, y no es solo lo físico o lo geográfico sino situaciones o problemas de la vida a los que continuamente tenemos que enfrentarnos.

¿A dónde nos agarramos? ¿Dónde encontraremos la fortaleza cuando nos sentimos con esa debilidad? ¿Qué nos puede dar seguridad que nos quite todos nuestros miedos? ¿Cómo salir de esas soledades? Son muchas las cosas que se nos plantean.

He comenzado haciéndome esta reflexión y estas preguntas en lo humano sobre nuestros miedos porque nos encontramos hoy en una situación de los discípulos de Jesús en que verdaderamente sintieron miedo, tanto como para recibir un reproche de Jesús. Había sido el episodio de la multiplicación de los panes y de los peces y Jesús los había apremiado para que cogieran una barca y fueran de regreso. Jesús. se quedó aparentemente para despedir a la gente, pero ellos iban solos en la barca. No había por qué tener miedo porque muchos de ellos eran unos avezados pescadores. Pero la travesía se les puso difícil, el viento les venía en contra, no podían avanzar y esto podía ser presagio de una tormenta como las que frecuentemente se desataban sobre el lago. El miedo comenzó a apoderarse de ellos, porque además Jesús. no iba en la barca con ellos. Travesías de la vida que muchas veces se nos hacen difíciles y sentimos la soledad de quien pudiera darnos ánimos.

Comenzaron a ver fantasmas en sus miedos porque alguien parecía que venía caminando sobre el agua; y comenzó a hacerse patente ese miedo y esas angustias que se desataban en el alma. ‘Se asustaron y gritaron de miedo’, comenta el evangelista. Pero no era un fantasma, era Jesús que venía a su encuentro. ¡Vaya si Él conoce nuestras debilidades y nuestros miedos! ‘Soy yo, no temáis’ era la voz de Jesús que podía darles seguridad y confianza pero aún Pedro desconfiado insiste en que él pueda también bajarse de la barca y caminar sobre el agua. Y ante la invitación de Jesús se arriesgó, aunque persistían los miedos en su interior y ante la menor ola le parecía que se hundía. Los vaivenes de la vida por los que todos pasamos; nos queremos hacer valientes o llenarnos de confianza, pero pronto quizás notamos que las cosas no son tan fáciles y volvemos a retroceder en lo que parecía que habíamos avanzado

¿En qué quedamos? ¿Comenzaremos a confiar o seguiremos con nuestros miedos? ¿Aprenderemos a sentir la mano amiga de Jesús que nos sostiene? Cuando pongamos toda nuestra fe y confianza podemos en verdad sentirnos seguros, pero algunas veces nos cuesta. Pero pronto podremos sentir esa paz y esa serenidad interior que tenemos que saber agradecer. Es algo que no tendríamos que perder nunca, algo que tenemos que saber buscar y pedir. Algo que va a dar fortaleza a nuestra vida cristiana, algo que hará que nunca nos sintamos solos.

Dios nos va poniendo señales en esos caminos de la vida que nos alientan, que nos dan seguridad, que nos hacen perder los miedos. Siempre habrá una palabra buena y de ánimo que escuchamos quizás de quien menos lo esperamos, siempre aparecerá una persona buena que se pone a nuestro lado, quizás en silencio, pero que se convierte en nuestra compañía, siempre pueden aparecer cosas que nos suceden y que nos abren nuevos caminos, siempre habrá una luz encendida aunque sea tenue en nuestra senda que nos dará seguridad a nuestro caminar.


sábado, 18 de abril de 2026

Con Jesús llega la paz, se acaban las zozobras, los vientos de la vida se calman, pronto nos damos cuenta de que llegamos a nuestro destino, avivemos nuestra fe Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 6, 16-21 Hay ocasiones en que todo se nos vuelve zozobra en nuestra vida, problemas que nos van apareciendo por aquí y por allá, cosas en las que nos cuesta superarnos y nos parece estar como estancados sin avanzar en nuestros objetivos o nuestras metas, sentimos como una soledad interior porque nos parece sentirnos abandonados incluso por aquellos que más apreciamos, luchas y más luchas en que todo se nos vuelve oscuro. ¿Qué nos pasa? ¿Habremos abandonado algo que era el que nos daba empuje para luchar y para resolver problemas? ¿Habrá decaído nuestra fuerza interior porque quizás no la hemos sabido alimentar? Las baterías si no las recargamos se nos descargan y no nos darán la energía que en su momento necesitemos. Hago esta descripción porque de alguna manera muchos en muchas ocasiones habremos podido pasar por situaciones así. Me estoy haciendo esta reflexión contemplando la lucha de aquellos que iban en la barca, muchos de los cuales eran avezados pescadores acostumbrados a aquel lago y sus tormentas, que después de lo sucedido en la tarde anterior se han embarcado con el deseo de regresar a Cafarnaún; no avanza la barca como quisieran a pesar de sus esfuerzos, el viento lo tienen en contra y están sintiendo una soledad porque a la hora de embarcarse Jesús no había llegado para ir con ellos; se había quedado en la montaña para despedir a la gente, pero además se había ido monte a través para estar un rato a solas en su oración. Una imagen la que estamos contemplando que refleja nuestra situación y nuestro estado de ánimo cuando queremos navegar por la vida a nuestra manera; quizás empujado por un ambiente no siempre favorable hemos ido enfriando nuestro espíritu, abandonamos aquellas cosas que nos mantenían en pie desde una vivencia de la vida espiritual para caer en la tibieza espiritual y en nuestras rutinas y nos encontramos más desorientados que nunca. Como baje un poquito los grados del termómetro de nuestra vida espiritual comienzan a aparecer las oscuridades, las dudas, las rutinas, el desánimo y el desencanto. Muy pronto empezamos a bailar al son de lo mundano que nos hace materialistas e insolidarios para terminar quizás en otras peores redes. Pero Jesús siempre vendrá a nuestro encuentro, no nos deja solos, aunque lo parezca en ocasiones, en esa travesía de la vida que algunas veces se nos vuelve dura. Los discípulos, aunque asustados al principio porque creen ver un fantasma – cuantas confusiones sufrimos nosotros en tantas ocasiones en tantos fantasmas que se nos presentan en nuestra mente -, reconocen a Jesús que viene hacia ellos caminando sobre el agua. ‘No temáis’, son las palabras de Jesús como tantas veces nos repetirá de una forma o de otra. Y con Jesús llegó la paz, se acabaron las zozobras, el viento se calmó, pronto se dieron cuenta de que ya estaban llegando a su destino. Muchas veces aunque queramos mantener a Jesús en nuestro corazón las tormentas no desaparecen del todo, porque los problemas pueden seguir estando ahí, pero con la presencia de Jesús no nos faltará la paz en el corazón. ‘No temáis’, nos sigue diciendo, porque con Él estamos seguros, andamos con seguridad en la vida, no nos faltará la luz que nos guíe y lleve a puerto. Tener a Jesús no significa siempre tener ya la solución de todas las cosas, pero al menos no sentiremos la soledad porque su presencia llena de paz y de fortaleza nuestro corazón. Su Espíritu está con nosotros y será nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, pondrá paz en nuestros corazones y nos impulsará con una nueva fortaleza para que aun en medio del sacrificio podamos aportar nuestro testimonio. Reavivemos nuestra fe para saber descubrir que con Él no nos faltará paz en el corazón pero Él se manifestará de la forma quizás que menos pensemos en lo mismo que nos sucede o en quienes caminan a nuestro lado los caminos de la vida.

 


Con Jesús llega la paz, se acaban las zozobras, los vientos de la vida se calman, pronto nos damos  cuenta de que llegamos a nuestro destino, avivemos nuestra fe

Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 6, 16-21

Hay ocasiones en que todo se nos vuelve zozobra en nuestra vida, problemas que nos van apareciendo por aquí y por allá, cosas en las que nos cuesta superarnos y nos parece estar como estancados sin avanzar en nuestros objetivos o nuestras metas, sentimos como una soledad interior porque nos parece sentirnos abandonados incluso por aquellos que más apreciamos, luchas y más luchas en que todo se nos vuelve oscuro. ¿Qué nos pasa? ¿Habremos abandonado algo que era el que nos daba empuje para luchar y para resolver problemas? ¿Habrá decaído nuestra fuerza interior porque quizás no la hemos sabido alimentar? Las baterías si no las recargamos se nos descargan y no nos darán la energía que en su momento necesitemos.

Hago esta descripción porque de alguna manera muchos en muchas ocasiones habremos podido pasar por situaciones así. Me estoy haciendo esta reflexión contemplando la lucha de aquellos que iban en la barca, muchos de los cuales eran avezados pescadores acostumbrados a aquel lago y sus tormentas, que después de lo sucedido en la tarde anterior se han embarcado con el deseo de regresar a Cafarnaún; no avanza la barca como quisieran a pesar de sus esfuerzos, el viento lo tienen en contra y están sintiendo una soledad porque a la hora de embarcarse Jesús no había llegado para ir con ellos; se había quedado en la montaña para despedir a la gente, pero además se había ido monte a través para estar un rato a solas en su oración.

Una imagen la que estamos contemplando que refleja nuestra situación y nuestro estado de ánimo cuando queremos navegar por la vida a nuestra manera; quizás empujado por un ambiente no siempre favorable hemos ido enfriando nuestro espíritu, abandonamos aquellas cosas que nos mantenían en pie desde una vivencia de la vida espiritual para caer en la tibieza espiritual y en nuestras rutinas y nos encontramos más desorientados que nunca. Como baje un poquito los grados del termómetro de nuestra vida espiritual comienzan a aparecer las oscuridades, las dudas, las rutinas, el desánimo y el desencanto. Muy pronto empezamos a bailar al son de lo mundano que nos hace materialistas e insolidarios para terminar quizás en otras peores redes.

Pero Jesús siempre vendrá a nuestro encuentro, no nos deja solos, aunque lo parezca en ocasiones, en esa travesía de la vida que algunas veces se nos vuelve dura. Los discípulos, aunque asustados al principio porque creen ver un fantasma – cuantas confusiones sufrimos nosotros en tantas ocasiones en tantos fantasmas que se nos presentan en nuestra mente -, reconocen a Jesús que viene hacia ellos caminando sobre el agua. ‘No temáis’, son las palabras de Jesús como tantas veces nos repetirá de una forma o de otra.

Y con Jesús llegó la paz, se acabaron las zozobras, el viento se calmó, pronto se dieron cuenta de que ya estaban llegando a su destino. Muchas veces aunque queramos mantener a Jesús en nuestro corazón las tormentas no desaparecen del todo, porque los problemas pueden seguir estando ahí, pero con la presencia de Jesús no nos faltará la paz en el corazón. ‘No temáis’, nos sigue diciendo, porque con Él estamos seguros, andamos con seguridad en la vida, no nos faltará la luz que nos guíe y lleve a puerto.

Tener a Jesús no significa siempre tener ya la solución de todas las cosas, pero al menos no sentiremos la soledad porque su presencia llena de paz y de fortaleza nuestro corazón. Su Espíritu está con nosotros y será nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, pondrá paz en nuestros corazones y nos impulsará con una nueva fortaleza para que aun en medio del sacrificio podamos aportar nuestro testimonio.

Reavivemos nuestra fe para saber descubrir que con Él no nos faltará paz en el corazón pero Él se manifestará de la forma quizás que menos pensemos en lo mismo que nos sucede o en quienes caminan a nuestro lado los caminos de la vida.


viernes, 9 de enero de 2026

Escuchemos esa palabra de Jesús, ‘soy yo, no temáis’, que con su presencia nos llena de confianza, porque lo necesitamos tantas veces en nuestros miedos y cobardías

 


Escuchemos esa palabra de Jesús, ‘soy yo, no temáis’, que con su presencia nos llena de confianza, porque lo necesitamos tantas veces en nuestros miedos y cobardías

1Juan 4, 11-18; Salmo 71; Marcos 6, 45-52

Los temores en la vida nos obnubilan, vivir con el espíritu lleno de miedos y temores  nos difuminan la realidad y nos impiden ver con claridad, dejarnos atenazar por esos temores que vamos sintiendo en tantas ocasiones en la vida nos impiden ser nosotros mismos, nos llenan de desconfianzas y si hay desconfianza rechazamos cuando se nos pueda ofrecer porque siempre estamos en la sospecha de lo malo que nos pueda suceder; ese temor y ese miedo con que muchas veces andamos en la vida en cierto modo nos hace esclavos, nos resta libertad  para actuar con una verdadera sabiduría.

No hablo de que tengamos que atravesar en una noche oscura un camino solitario, o atravesar la soledad de una calle vacía y quizás mal iluminada; estaríamos viendo fantasmas por todos sitios, cualquier movimiento aunque fuera una simple rama de un árbol impulsada por el viento nos hace ver peligros y nos crea angustias en nuestro camino. Pero también otros muchos temores que nos van apareciendo y angustiando nuestra vida. ¿Quizás que descubran algo que no hicimos bien y que ha estado callado y oculto? ¿Qué se descubra la poca autenticidad y la incongruencia con que vivimos cuando no hay sinceridad?

El temor a quien es más poderoso porque nos parece que un día nos va a despojar de lo que tenemos o de lo que somos, el miedo a asumir responsabilidades porque creemos que somos incapaces, el asumir los cambios que nos va ofreciendo la vida por temor a no saber a dónde nos llevan, el definirnos ante situaciones nuevas que se nos presentan porque no queremos llegar a nuevos compromisos, los problemas que nos van apareciendo en la vida que nos parecen que nos hunden para no encontrar salidas… muchas cosas que nos hacen ir acobardados por la vida y que en consecuencia nos vuelve ciegos para ver lo nuevo que se nos ofrece o las cosas maravillosas que podemos hacer. Son las dudas que llevamos en nuestro interior que nos hacen desconfiados.

Hoy Jesús nos dice en el evangelio que no tengamos miedo, ¿por qué somos personas de tan poca fe? El episodio del evangelio de hoy tiene unos rasgos bien significativos. Ha caído la tarde y se hace de noche, están atravesando el lago tan fácil a que se despierten tormentas inesperadas en él, vienen de la montaña donde han sucedido cosas que aunque por un lado despiertan entusiasmos también les llenan de dudas porque no terminan de entender qué es lo que hace Jesús y por qué lo hace.

Además van solos en la barca, porque Jesús se ha quedado en tierra para despedir a la gente que se había congregado, y la barca parece que en la noche no avanza quizás por una brisa en contra. Se van metiendo en la boca del lobo, como se suele decir. Para mayor susto ahora les parece ver que alguien viene caminando sobre el agua hacia ellos. ¿Cómo se puede caminar sobre el agua sin hundirse? No puede ser sino un fantasma. Como tantos fantasmas con los que nosotros llenamos nuestra mente cuando andamos con temores y desconfianzas que nos impiden ser nosotros mismos.

Son distintos episodios de los que nos habla el evangelio en relación con aquel lago donde aparecen esos miedos y desconfianzas y esa falta de fe. ¿Por qué dudáis, hombres de poca fe?, parece que se repite en labios de Jesús, como cuando lo de la tempestad calmada, o como en la pesca milagrosa que la sorpresa hará que los pobres pescadores se sientan poca cosa ante el misterio de Dios y casi quieren apartarse de Él, o como será más tarde aquel otro amanecer junto al lado, donde Jesús no estaba y se sentían impotentes para la pesca, pero desde la orilla alguien -¡Es el Señor!, dirá luego el discípulo amado cuando lo reconoce – les indica por donde han de echar la red. ‘Soy yo, no temáis’, les dice en esta ocasión. Encontremos el amor y todo tendrá nueva luz en la vida,  como el discípulo amado que supo reconocer al Señor, dejémonos conducir por el amor y nos sentiremos seguros porque sabemos que el Dios que nos ama está siempre a nuestro lado.

¿Escucharemos nosotros esa palabra de Jesús, ‘soy yo, no temáis’, que con su presencia nos llena de confianza? Lo necesitamos tantas veces en la vida en nuestros miedos y cobardías.

martes, 5 de agosto de 2025

Una mano que nos da seguridad en el camino y los peligros, nos levanta de nuestros desánimos, nos perfuma con una unción de vida, pone esperanza y alegría en el corazón

 


Una mano que nos da seguridad en el camino y los peligros, nos levanta de nuestros desánimos, nos perfuma con una unción de vida, pone esperanza y alegría en el corazón

Números 12, 1-13; Salmo 50; Mateo 14, 22-36

¿Alguien te ha pedido alguna vez que le des la mano porque al pasar por un sitio peligroso siente miedo? Seguramente le hemos dado la mano que le sirva de apoyo para que se sienta segura diciéndole que no tiene por qué temer, que allí estamos nosotros para ayudarle. Parece quizás una cosa sencilla y que no tuviera mucho valor, pero para quien está pasando por ese episodio de miedo le es un gesto de mucha importancia.

No ya solo un sitio peligroso que dé vértigo o que pueda traer otras consecuencias que pudieran poner en peligro nuestra vida sino que entendemos que en situaciones así, y no refiriéndonos a lo material, nos podemos encontrar todos en muchas ocasiones. Miedos ante lo que pueda suceder, ante lo imprevisto, a lo que puedan los otros decir, a las situaciones dolorosas de la vida cuando nos cercan los problemas, a lo que sucede en nuestro entorno y en algo muy concreto en la familia, a lo que hemos hecho que pudiera ahora traernos consecuencias… podríamos seguir así y la lista se nos haría interminable; momentos oscuros en que nos sentimos solos, que necesitamos una mano o una voz, una presencia que sea aliento, algo especial que nos haga sentirnos seguros, valentía para afrontar esas situaciones y encontrar un camino de salida, soledades que necesitan una compañía.

Me hace pensar en todo esto la página del evangelio que hoy se nos ofrece en dos de sus momentos. Jesús había embarcado a los discípulos rumbo a la otra orilla, mientras El despedía a la gente, aunque luego se fue solo a la montaña para orar. Cada uno de sus pasos son importantes y necesitarían mucho comentario. Pero nos centraremos en los discípulos en medio del lago, en una travesía que se les está haciendo costosa, pero en la que además se sienten solos, porque Jesús se ha quedado en tierra. Estaban ya tan acostumbrados a estar siempre con Jesús, que ahora sienten esa soledad y les parece que la barca no avanza.

Pero no están solos, aunque hasta ahora no lo han visto, Jesús viene a su encuentro. El siempre se las arregla para estar a nuestro lado. Pero aquellas soledades que en la noche estaban pasando les ciegan; cuantas veces nos cegamos y no vemos lo que tenemos a un palmo de nuestras narices. No solo les ciega sino que les confunde. Creen ver un fantasma y se ponen a gritar llenos de miedo. En otra ocasión en la barca y en aquel mismo lago habían gritado desesperados, porque aunque Jesús estaba allí, parecía ajeno a la tempestad por la que estaban pasando. ‘No te importa que nos hundamos’, había sido la queja con la que le habían despertado. Cuantas cegueras se nos meten en la vida que nos hacen no entender.

‘Soy yo, no temáis’. Aunque reconocen su voz, esa voz inconfundible que tantas veces habían escuchado y que tantas cosas les había hecho comprender, que les explicaba a ellos de manera especial cuando la gente no entendía nada, que les recordaba una y otra vez el nuevo sentido de sus vidas que tenía que ir por la humildad y el servicio. Esa voz que un día sacará de su letargo y sus lágrimas a Magdalena que está cegada a la puerta del sepulcro con que habían robado el cuerpo de Jesús. Pero ahora ellos siguen dudando.

‘Si eres tú, haz que yo pueda ir hacia ti sobre el agua como Tú’, había sido la petición de Pedro. ‘Ven’, le había dicho Jesús y esa palabra tenía que darle confianza y seguridad, le tenía que hacer mantenerse en su intrepidez y aunque se había puesto a caminar sobre el agua para llegar hasta Jesús – en otra ocasión se lanzaría a nado con ropa y todo para llegar más prontamente – una brisa que levantaba una ola le hizo dudar y comenzó a hundirse. Será la mano de Jesús la que lo levante y le ponga de nuevo en la barca para que se sienta seguro.

La mano que Jesús nos tiende, que pone sobre nuestro hombro, que toca nuestro cuerpo malherido, con la que pone un nuevo colirio en aquel barro que amasó con su saliva sobre nuestros ojos, con la que nos hace tomar esa camilla de nuestras invalideces para que nos levantemos y la carguemos caminando con seguridad en la vida, la que nos levantará de ese sueño que parece muerte como a la niña de jairo para que comencemos a hacer una vida normal, la que nos ayudará a bajar de nuestra higuera para hacer que nuestro día sea muy especial, la que dejará su manto a voleo para que nos agarremos de él y nos sintamos curados, la que nos hará sentir nueva alegría en el corazón porque a pesar de nuestros desánimos y nuestras dudas y errores va a ser Él quien perfume nuestra vida con un olor que nos envuelva y envuelva cuando nos rodea que nos sepa a unción. De cuántas maneras llega la mano de Jesús a nosotros para darnos seguridad y para darnos vida.

¿Será la mano que de igual manera nosotros tenderemos a los demás para transmitirles también vida convirtiéndonos así en signos de Jesús?


sábado, 13 de abril de 2024

‘Soy yo, no temáis’, escuchamos la voz de Jesús y aunque sean duros los mares embravecidos que atravesar nos sentimos seguros porque El está ahí

 


‘Soy yo, no temáis’, escuchamos la voz de Jesús y aunque sean duros los mares embravecidos que atravesar nos sentimos seguros porque El está ahí

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Salmo 32; Juan 6, 16-21

Cuánto necesitamos en los momentos oscuros y difíciles el sentir a nuestro lado la presencia de alguien que nos dé seguridad y confianza. Es cierto que nos creemos valientes, sabemos muy bien disimular nuestros miedos, porque no queremos que nadie sepa de nuestras debilidades. Pero en una noche oscura, si tenemos que pasar por un lugar peligroso, del que sabemos que allí han ocurrido cosas desagradables, preferimos que nos acompañe alguien. Será una noche oscura, será un lugar peligroso y arriesgado, como pueden ser tantas situaciones en la vida en que nos encontramos con la debilidad de nuestra inseguridad.

Muchos ejemplos podríamos poner, pero si somos sinceros todos nos hemos visto alguna vez en la vida en situaciones así, y ya no se trata de un camino oscuro en una noche oscura y en un lugar peligroso, todos nos damos cuenta que estamos refiriéndonos a otras muchas situaciones de la vida. Cómo queremos tener a nuestro lado quien nos dé seguridad, quien nos levante con su mano, quien dirija su mirada sobre nosotros para hacernos sentirnos seguros.

El evangelio nos habla hoy de una situación así que pasaron los discípulos atravesando el lago, pero que es signo de muchas cosas más por las que pasarían los discípulos de Jesús y precisamente por ser discípulos de Jesús.

En esta ocasión, cuando la gente, a quienes había alimentado con aquellos panes y peces que había ofrecido aquel chiquillo, y entusiasmados querían hacerle rey, Jesús les pidió a los discípulos que tomaran la barca que estaba allí en la orilla y se volvieran a Cafarnaún. El se quedó atrás y pensarían que iba a apaciguar la gente, pero la barca zarpó y Jesús no estaba con ellos. Después de estar con El nunca habían ya embarcado solos. No hubiera tenido importancia, si no fuera el viento en contra que apareció y no dejaba avanzar la barca. ¿Recordarían lo de la tempestad de otra ocasión? Era algo además habitual en el lago por su situación cercano a las altas montañas del Hermón. Cómo hubieran deseado que Jesús fuera con ellos en la barca.

Así andaban en sus esfuerzos cuando ven que alguien viene hacia ellos caminando sobre el agua. Es normal que con su cultura y sus costumbres pensaran que era un fantasma, y ya andaban gritando llenos de miedo. ‘Soy yo, no temáis’, escucharon la voz del maestro. Ya estaba Jesús con ellos de nuevo y pronto llegaron a la orilla, más pronto incluso de lo que pensaban.

‘Soy yo, no temáis’, ha tenido que decir Jesús más de una vez a su Iglesia, a sus seguidores, a través de los siglos. Cuántos mares embravecidos en la historia de la Iglesia y del mundo, que tenemos que seguir atravesando y aunque nos parezca que estamos solos, no lo estamos. Jesús está ahí, no es un fantasma, no es una ilusión ni un sueño, no es fruto de nuestra imaginación ni lo de lo que nosotros nos parezca. ¿Dónde está nuestra fe?

‘Soy yo, no temáis’, nos dice el Señor. Nos prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos y su Espíritu está con nosotros. Muchas veces, es cierto, nos vemos turbados en los caminos de nuestra vida, nos sentimos débiles, no sabemos qué hacer, son muchas las influencias que recibimos de un lado y de otro que nos confunden, o porque nos veamos acosados por muchas cosas en contra, pero el Señor está ahí, a nuestro lado, en lo hondo del corazón, en el camino que realizamos. 

El nos va dejando muchas señales de su presencia y de su gracia. Despertemos nuestra fe.

domingo, 13 de agosto de 2023

Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios que refresca el alma, donde vamos a encontrar esa fortaleza interior porque no estamos solos, Dios está siempre con nosotros

 


Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios que refresca el alma, donde vamos a encontrar esa fortaleza interior porque no estamos solos, Dios está siempre con nosotros

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33

¿Cómo nos sentiríamos si en un momento determinado nos confían una tarea que en sí misma es costosa y difícil y nos dejan solos para que salgamos adelante como podamos por nosotros mismos? Si con responsabilidad asumimos la tarea y queremos sacarla adelante pero nos vemos solos y diera la impresión que quien nos la confió se desentiende un tanto de nosotros mismos, seguro que no nos sentiríamos bien, aparecerían todas nuestras inseguridades, sentiríamos como que la tierra se hunde debajo de nuestros pies y casi desearíamos tirar la toalla y abandonar. La presencia más o menos cercana de quien nos confió la tarea nos anima y nos dan ganas de luchar, el sentir que están pendientes de nosotros avivará incluso nuestra responsabilidad y hasta nuestro ingenio para encontrar salidas.

Son cosas que nos pasan en la vida. Y no queremos sentirnos solos y abadonados como si nada importáramos; a la menor muestra de interés nos sentimos reconfortados y animados. Es cierto que en la tarea educadora el padre y la madre o quienes tienen responsabilidad sobre nuestro crecimiento humano, habrá  momentos en que parece que nos dejan solos para agudizar nuestro ingenio, nuestra fuerza de voluntad, el que creamos en nosotros mismos, para que nos esforcemos de sacar a flote todo lo que llevamos en nuestro interior y todas nuestras capacidades. Serán momentos de prueba de los que saldremos más fortalecidos si mantenemos un hilo de conexión que nos trasmita esa fuerza interior que necesitamos.

Hoy el evangelio nos presenta un episodio que puede ser bien significativo y en el que parecen darse algunas de esas características que hemos mencionado y de lo que hemos venido reflexionando. ‘Jesús apremia a los discípulos a que subieran a la barca y se les adelantaran a la otra orilla’. Pero Jesús no va con ellos. Despidió también a la gente y El se fue a solas al monte para orar. Todo muy significativo. Todo que nos está hablando de nuestros caminos, de nuestras tareas, de lo que tenemos que realizar, de las dificultades incluso que vamos a encontrar.

La noche se les estaba haciendo larga a los que iban en la barca. No avanzaban, tenían el viento en contra, todo parecía que eran dificultades, hasta les pareció que los fantasmas los acompañaban. Y Jesús no estaba con ellos; aunque avezados pescadores acostumbrados a atravesar aquellas aguas del lago, ahora todo les parecía más costoso y se sentían solos.

Nuestro camino y nuestras tareas, los mares embravecidos de la vida que nos vamos encontrando, las soledades que vamos sintiendo, las fuerzas que tantas veces nos flaquean, las tentaciones que nos agobian. Es nuestro camino personal de ese crecimiento interior que hemos de realizar, son nuestros compromisos que tenemos contraídos con la comunidad, son los momentos de nadar contra corriente en la vida, son momentos duros en que parece que nada ni nadie nos tiene en cuenta, que no valoran lo que hacemos.

Nos pasa en el día a día de la vida, en la familia, en el trabajo, en las tareas sociales con las que nos hemos comprometido; nos pasa también en las tareas que en la Iglesia vamos realizando, en nuestros grupos a los que pertenecemos y con los que queremos dar una respuesta en la vida a tantas cosas, a tantos gemidos de dolor que sentimos en derredor.

Hay una cosa que nunca nos tendría que fallar, la confianza de que, aunque se nos vuelva oscuro el camino muchos veces y no lo veamos, el Señor está ahí, a nuestro lado, nos tiene en cuenta y se convierte en nuestra fuerza que llegará a nosotros de la manera más insospechada. Pediríamos en ocasiones milagros que nos resuelvan las cosas, como Pedro que le pidió a Jesús que si era El pudiera ir también caminando sobre el agua a su encuentro. No busquemos actos portentosos para descubrir la presencia del Señor no nos dejemos confundir. No estaba Dios en la tormenta, no estaba Dios en el terremoto ni en el fuego, sino que Elías supo sentir a Dios en el susurro de la suave brisa.

Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios. Ya Jesús nos lo ha enseñado que se ha marchado en la noche a solas a la montaña para orar. Es donde vamos a encontrar esa fortaleza interior, es cómo vamos a sentir la mano de Jesús que nos levanta cuando nos hundimos, es como vamos a sentir los suaves pasos de Dios que va caminando a nuestro lado y hablándonos al corazón. No estamos solos, Dios está siempre con nosotros.

lunes, 7 de agosto de 2023

Nos falta a nosotros encontrar esa seguridad de que Jesús está ahí y nos tiende su mano, sepamos irnos a solas con El en nuestra oración

 


Nos falta a nosotros encontrar esa seguridad de que Jesús está ahí y nos tiende su mano, sepamos irnos a solas con El en nuestra oración

Números 11, 4b-15; Sal 80; Mateo 14, 22-36

Nos sentimos muy seguros en nuestras convicciones, en aquellas cosas que hacemos, o al menos así queremos manifestarnos ante los demás; no queremos dejar al descubierto ese lado de nuestras debilidades, por eso algunas veces en aquello que queremos aparentar parece que nos comemos el mundo. Pero allá en lo secreto de nosotros mismos no siempre nos sentimos tan seguros de nosotros mismos, y buscamos ese amigo de confianza a quien mostrarle nuestras dudas y nuestros miedos; queremos sentir su brazo de apoyo aunque sea allá en lo secreto para que no se note nuestra flaqueza y nuestra debilidad.

Esa falta de confianza que nos impide dar todo lo que podemos de nosotros mismos; esos miedos que nos impiden avanzar; esos momentos oscuros en que parece que el mundo se nos viene encima; esos disimulos con los que andamos revistiéndonos de lo que no somos pero que a la larga dentro de nosotros mismos nos damos cuenta de esa falta de seguridad. Tendríamos que ser lo suficientemente maduros para mostrar nuestra seguridad, para tener confianza primero que nada en nosotros mismos; tendríamos que tener la lucidez de reconocer lo que nos falta y buscarlo donde lo podamos encontrar. Así andamos en la vida como zarandeados por un mar embravecido.

Nos sucede en el desempeño de nuestras responsabilidades, en las cosas que nos confían y que tendríamos que desempeñar, pero nos sucede en el interior de nosotros mismos porque ahí es donde están esos miedos e inseguridades que no queremos reconocer; nos sucede en ese compromiso de la vida y ese compromiso de nuestra fe que tendría que hacer que fuéramos más valientes, más decididos, más apóstoles en medio de nuestro mundo. ¿Y por dónde andamos? Quejándonos porque nos parece que el barco hace aguas.

Después del episodio de la multiplicación de los panes Jesús apremia a los discípulos a que suban a la barca que les llevaría de nuevo a Cafarnaún, mientras el despide a la gente; pero Jesús se va solo a la montaña a orar. Mientras el grupo de los discípulos en la barca que parece que no avanza, tienen el viento en contra y van sacudidos por las olas. Aunque avezados pescadores no saben cómo hacer avanzar la barca en medio del lago.

De pronto Jesús aparece andando sobre el agua, pero ellos se llenan de miedo; a las dificultades con que se están enfrentando se añade ahora esto que parecía ser un fantasma; aumenta su temor aunque escuchan la voz del maestro que les dice que no tengan miedo, que es El. Pero cuando las sombras revolotean sobre nuestras cabezas nada creemos, aunque nos parezca escuchar la voz del maestro. Pedro quiere cerciorarse y pide el que pueda ir también andando sobre el agua al encuentro con Jesús. Aunque Jesús le dice que se acerque el miedo sigue jugándole una mala pasada y una ola que se levanta le hace dudar y comienza a hundirse.

‘Hombre de poca fe, le dice Jesús, ¿por qué has dudado?’ ¿Por qué dudamos nosotros también tantas veces? Nos falta confianza, nos parece no tener en quien o en donde encontrar seguridad, nos dejamos envolver por las nubes de las dudas y de los miedos. Allí, sin embargo, está Jesús, que le tiende su mano para que en El se apoye y no se hunda.

¿Nos faltará a nosotros encontrar esa seguridad de que Jesús está ahí y nos tiende su mano? No es solo la seguridad que podamos tener en nosotros mismos, necesitamos otra fuerza, otra luz que nos viene de lo alto. Tenemos que saber reconocer nuestra pobreza. ¿Nos estará queriendo decir algo este pasaje que estamos comentando y los gestos que hemos visto realizar a Jesús?

Jesús se había marchado a solas al monte para orar después de despedir a la gente y enviar a sus discípulos a cruzar el lago. ¿Sabremos encontrar ese tiempo para estar con Jesús? ¿Sabremos encontrar ese tiempo para nuestra oración? Ese tiempo de oración es descubrir esa mano tendida de Jesús que no nos deja hundirnos como no dejó hundirse a Pedro. Es nuestra fortaleza, nuestra seguridad, es nuestra confianza.

sábado, 22 de abril de 2023

Jesús está diciéndonos que como El caminemos sobre las aguas, por encima de esas situaciones por las que pasamos para no perder la paz, porque alguien nos sostiene

 

Jesús está
diciéndonos que como El caminemos sobre las aguas, por encima de esas situaciones por las que pasamos para no perder la paz, porque alguien nos sostiene

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

No nos gusta sentirnos solos; y no lo digo solo en el sentido de que estemos o no estemos rodeados de gente, sino que en aquello que estamos realizando, en la propia tarea de la vida podamos sentir una presencia que nos ayude, que nos estimule, que nos dé fuerzas en aquellas situaciones por las que pasamos en muchas ocasiones adversas; es la más amarga soledad, porque incluso podemos ver muchas gentes a nuestro lado y no nos sirve, no ayudan, no estimulan, no son fuerza para nosotros.

Los discípulos aquel atardecer en el lago iban sintiendo esa soledad; es cierto que estaban todos juntos, pero les faltaba quien era en verdad el empuje para ellos. Después de la experiencia de aquel día, en que tantas cosas habían sucedido, cuando Jesús se los había llevado para estar a solas con ellos, las tornas se habían virado, y al encontrarse con una multitud que les esperaba Jesús se dedicó a esa gente que veía desorientada como ovejas sin pastor; se había puesto a enseñarles y al final había sucedido lo de la multiplicación de los panes, donde Jesús había querido implicarles a ellos también.

Viendo Jesús lo que podía suceder cuando la gente se fue entusiasmando y ya querían proclamarle rey y Mesías, los embarcó rumbo a Cafarnaún y El se había quedado solo en la montaña. Pero Jesús no había aparecido para ir con ellos, el anochecer se iba haciendo largo y estaba costoso lo del remar. Sienten que Jesús no está con ellos. Lo necesitan.

Y Jesús comienza a caminar a su lado sobre las aguas. No entienden, les parece un fantasma y mayores fueron los miedos y los temores. Pero Jesús les dice que está allí. Quieren hacerlo subir a la barca y cuando menos se dan cuenta han llegado a Cafarnaún. Con Jesús a su lado parece que la travesía fue mejor y daba la impresión que se había hecho corta.

¿Habremos estado en travesías de la vida donde nos hemos sentido solos y sin fuerzas? Llamémoslo como queramos, pero situaciones así habremos seguramente pasado muchas. Momentos en que en la vida nos ha aparecido el desánimo, el cansancio, hasta el aburrimiento en lo que estábamos haciendo porque hasta nos parecía que muchas de aquellas cosas no tenían sentido. Los problemas nos han abrumado muchas veces y nuestras barca parece que no avanza, no conseguimos alcanzar las metas con las que soñamos, muchos reveses nos hacen sentir en ocasiones como fracasados, también nos llenamos de miedo en la vida ante el futuro, ante lo que podemos hacer, ante responsabilidades que tenemos que asumir. Y algunas veces no sabemos a quién acudir.

Hay mucha gente a nuestro alrededor, ahí están quizás los amigos de siempre, por otra parte está la familia, pero nos parece que cada uno va a lo suyo, que cada uno tiene sus problemas y por qué vamos a ir con un problema más que somos nosotros, y nos parece perder la estabilidad en la vida, nos hundimos o no sabemos cómo salir del atolladero.

¿Nos olvidamos que Jesús va ahí a nuestro lado aunque no nos demos cuenta, que El está diciéndonos que como El caminemos sobre las aguas, caminemos por encima de esas situaciones por las que estamos pasando que no nos tienen que hacer perder la paz, que alguien nos sostiene? Somos tan débiles en nuestra fe que no sabemos reaccionar, no sabemos mirar, no sabemos sentir esa presencia del Señor que nunca nos faltará para que podamos llegar a puerto. Y la presencia del Señor se nos manifestará de muchas diferentes maneras. Tengamos ojos de fe para descubrirlas.

martes, 2 de agosto de 2022

Nos falta aprender a estar con Jesús aunque los momentos sean difíciles, aunque no lo veamos con la cara, ni con sueños ni imaginaciones, sino sintiendo la fuerza de su Espíritu

 


Nos falta aprender a estar con Jesús aunque los momentos sean difíciles, aunque no lo veamos con la cara, ni con sueños ni imaginaciones, sino sintiendo la fuerza de su Espíritu

Jeremías 30,1-2.12-15.18-22; Sal 101; Mateo 14,22-36

Hay ocasiones en que nos hacemos nuestros planes, y nos parece que todo va a salir bien tal como nos lo habíamos planeado, pero en un momento determinado por unas circunstancias, que no podemos decir siempre que sean malas, los planes se nos cambian, no podemos hacer aquello tal como lo habíamos planeado y pueden ir surgiéndonos al paso muchas cosas, incluso muy positivas que tenemos que saber aprovechar; nos suele pasar que cuando nuestros planes se nos trastruecan nos ponemos de mal humor porque no conseguimos las metas que habíamos previsto, y no sabemos sacar provecho de lo nuevo que nos acontece que también nos puede llenar de mucha riqueza humana y espiritual; quizás en otro momento podemos retomar aquellos proyectos, y vamos a ver si acaso no nos van a salir de alguna manera enriquecidos.

Siguiendo el hilo del evangelio de estos días, Jesús al enterarse de que a Juan Herodes lo había mandado decapitar había querido irse con los discípulos más cercanos a un lugar apartado; pero las cosas también se le torcieron, allá se encontró con una multitud que lo esperaba, muchos enfermos que curó, la multitud hambrienta a la que tuvo que alimentar. Mucha bendición de Dios se fue repartiendo en aquellos momentos aunque pareciera que salieron otros planes.

Llega el momento en que todo termina, y después de haber multiplicado el pan milagrosamente para toda aquella gente apremia a los discípulos para que se vayan a la otra orilla en barca; mientras El se retira solo a la montaña para orar, apartándose incluso de aquella multitud que allí se había congregado. Había buscado aquellos momentos de paz, y ahora marcha solo a la montaña para orar pasando casi toda la noche en oración.

Mientras los discípulos que van en la barca se ven en una prueba. La barca no avanza, da la impresión que tienen el viento en contra, todo se les está haciendo cuesta arriba, y encima están solos, porque Jesús se quedó en la orilla. Esa prueba de la dureza de la travesía puede ser también para ellos un signo. Algo les faltaba. Les faltaba Jesús, pero era algo más, les faltaba confianza, les faltaba fe para afrontar la dificultad. Lo que al principio cuando venían con Jesús parecía que iban a ser momentos de paz y de descanso todo se trastocó. Y ahora están solos en la dificultad de enfrentarse a aquel lago cuya travesía se les está haciendo dura.  Cuántas veces la travesía se nos hace dura, y también nos encontramos con dificultades, con el viento en contra. Cómo tendría que hacernos pensar.

Como decíamos les faltaba fe para afrontar aquella dificultad, porque ahora hasta les parece ver fantasmas. Algo viene caminando sobre el agua. Se llenan de temor. Cuántos fantasmas nos creamos en nuestra mente cuando estamos pasando por un momento duro, cuantas noches de insomnio donde todo se nos revuelve en la mente y hasta nos parece todo mucho más difícil. Estaban llenos de temor.

Será Jesús el que se les adelante a decirles que no teman porque es El quien viene hasta ellos, pero les cuesta creer. Y como sucede tantas veces allí están, el primero Pedro, pidiendo pruebas. ‘Que yo pueda ir hasta ti caminando sobre el agua también’. Y Jesús le invita a acercarse. Pero Pedro no las tiene todas consigo, y teme aunque intenta caminar, pero ante la más pequeña ola comienza a dudar y a hundirse. Con qué facilidad nos hundimos. Tenemos a Jesús a nuestro lado que pronto nos tenderá la mano, pero nuestro espíritu sigue lleno de dudas y de miedos. Tendremos que aprender a orar y gritarle que nos hundimos para que tienda su mano sobre nosotros y nos salve.

Luego ya podrán decir cuando Jesús está con ellos en la barca, Pedro ha sido rescatado de su hundimiento, y el viento se ha calmado, que realmente era el Hijo de Dios. Pero el paso por la prueba había sido duro. Les faltaba aprender a estar con Jesús aunque no lo vieran con los ojos de la cara. Más tarde terminarán aprendiéndolo sobre todo después de la resurrección, aunque entonces también pasarán por momentos difíciles y delicados, hasta darse cuenta de que Jesús para siempre estaría con ellos, aunque los ojos de la cara no lo vieran, pero la presencia de Jesús ya es otra cosa.

Es lo que nosotros tenemos que vivir, lo que nosotros tenemos que aprender, lo que nosotros tenemos que saber hacer irnos a estar con Jesús, como los que se fueron al monte alto con El, como los que ahora sentían su presencia en la barca, como lo van a sentir después de la venida del Espíritu Santo, como la Iglesia sigue sintiéndolo hoy. No son fantasmas, ni sueños, ni imaginaciones, es la presencia del Espíritu de Jesús que siempre estará con nosotros.

sábado, 30 de abril de 2022

Aceptemos y valoremos esas soledades que a veces nos llegan en la vida, como sepamos buscar también la soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente

 


Aceptemos y valoremos esas soledades que a veces nos llegan en la vida, como sepamos buscar también la soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

Estar solo, la soledad ¿será un valor que habría que buscar o será algo de lo que tenemos que huir? Como valor de principio tendríamos que decir que por naturaleza es la comunión y la relación con los demás; no estamos hechos para estar solos; hay quien realmente le tiene miedo a sentirse solo; le da quizás inseguridad, aparecen los temores ante lo que tenemos que enfrentarnos, parece que nadie nos apoya ni nos valora cuando nos dejan solos, muchas cosas podríamos pensar.

Aunque hay quien busca la soledad, o habrá momentos en que también necesitemos de la soledad y el silencio, para apartarnos de tantos ruidos, para no dejarnos encandilar por las cosas y las materialidades de la vida, para encontrarnos con nosotros mismos, puede ser también un valor sin renunciar a lo que sea estar en relación con los demás.

Hoy el evangelio nos habla del grupo de los discípulos que al anochecer embarcan allá en aquellos descampados donde se habían desarrollado varios hechos, como la multiplicación de los panes, y ahora van solo en la barca rumbo a Cafarnaún. Jesús no estaba con ellos y se sienten solos porque les parece incluso que la barca no avanza. Pero si ellos están con sus temores y sus soledades no deseadas atravesando el lago, Jesús ha querido quedarse solo en la montaña aquella noche, porque al despedir a los discípulos en la barca evita el estar con aquellos que en sus entusiasmos por el pan comido milagrosamente en el desierto ahora quieren hacerle rey. No busca Jesús el éxito y el clamor de los reinos de este mundo. Jesús se va solo a la montaña, como tantas veces le veremos hacer en el evangelio que se retira a solas en la noche o en la madrugada para orar.

Una búsqueda de soledad por parte de Jesús mientras los discípulos atraviesan el lago en una soledad no deseada. Pero Jesús está con ellos, o mejor, Jesús viene a su encuentro para estar con ellos. En medio de la noche, con todos los fantasmas que nos hace ver la oscuridad, ellos descubren que alguien camina sobre el agua y viene hacia ellos. El evangelista Juan no entra en muchos detalles pero los otros evangelistas que nos narran este hecho nos hablarán de los miedos que se despiertan en los discípulos porque creen ver un fantasma. Las oscuridades que llevan por dentro con sus miedos les impiden reconocer a Jesús. ¿Tendríamos que pensar en eso también?

‘Soy yo, no temáis’, escuchan la voz del Maestro. Tras su sorpresa con alegría quieren recogerlo, pero pronto se dan cuenta de que ya están llegando a su destino. Con Jesús a su lado parece que la barca tuviera alas para hacer más rápido el camino.

Necesitaban los discípulos pasar por aquella soledad en medio del lago, aunque les pareciera que el trayecto se hacía interminable. Nos viene bien tener esos momentos de soledad, en que nos sentimos vacíos e impotentes; las pruebas de las noches oscuras aunque a veces nos parezcan insoportables nos son necesarias para que aprendamos a buscar donde realmente tenemos la luz; sentirnos incapaces en ocasiones nos viene bien para vencer nuestras autosuficiencias y ver la necesidad del otro que está a nuestro lado y al que no habíamos prestado atención, pero que nos está ofreciendo una mano que mejor nos capacita; vernos solos y en silencio es bueno para salir de ese aturdimiento de los ruidos y de tantas cosas que nos gritan a nuestro alrededor y poder comenzar a escuchar lo que verdaderamente es importante, o para descubrirnos a nosotros mismos con nuestros valores y capacidades que a veces tenemos como ocultas.

Tenemos que aprender a aceptar y valorar esas soledades que a veces nos llegan en la vida, porque pueden ser una gran lección, como tenemos también que saber buscar esa soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente, que nos abre el corazón a Dios. No estamos solos porque Dios está siempre con nosotros.

sábado, 17 de abril de 2021

Imagen de nuestro tiempo en que nos vemos haciendo esta travesía en medio del mar de nuestro mundo en que algunas veces nos parece no sentir la presencia del Señor

 


Imagen de nuestro tiempo en que nos vemos haciendo esta travesía en medio del mar de nuestro mundo en que algunas veces nos parece no sentir la presencia del Señor

 Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

Hermoso texto del evangelio para este tiempo pascual en que estamos, pero para este tiempo post-pascual, que podríamos decir, que es el tiempo de la Iglesia. Después del episodio de la multiplicación de los panes y de los peces allá en el descampado, cuando la gente quiere hacer rey a Jesús – una reacción de gratitud o interesada puesto que les había dado gratis de comer hasta saciarse – Jesús se retira solo a la montaña y los discípulos embarcar para ir a la otra orilla del lago.

El evangelio de Juan es escueto en detalles, solo nos dice que Jesús no iba con ellos, llevaban ya mucho tiempo en la barca y la barca no avanzaba. Era de noche, sopla un viento fuerte y Jesús no está allí. ¿Recordarían aquel otro momento en que medio de una tempestad Jesús si estaba, aunque dormido a popa, pero al final lo despertaron y amainó la tormenta? ¿Recordarían otros momentos en que Jesús estando con ellos en la barca les invitó a echar de nuevo las redes para pescar aunque la noche anterior no habían cogido nada pero luego se multiplicaban los peces hasta necesitar pedir ayuda? Iban solos en la barca o eso les parecía a ellos.

Como sucedería cuando el tiempo de la Pascua, se habían quedado solos, porque a Jesús lo habían prendido y condenado a muerte, y aunque les decían que había resucitado no siempre lo veían con ellos; desalentados también algunos querían marcharse a sus casas y el final se habían venido a Galilea y se habían ido también a pescar.

Pero, ¿no será también imagen de nuestro tiempo – que antes llamábamos post-pascual o el tiempo de la Iglesia – en que nos vemos haciendo esta travesía por el mar de la vida, en medio del mar de nuestro mundo pero algunas veces nos parece no sentir la presencia del Señor?

Vientos en contra no nos faltan, tempestades de todo tipo aparecen en cualquier momento, la tarea de hacer el camino de la Iglesia no siempre nos es fácil, los mismos cristianos perdemos el aliento y algunas veces parece que venimos de vuelta y ya no creemos en nada.

Es un mundo revuelto en el que vivimos, un mundo variado, un mundo en el que encontramos resistencias, pero también muchas veces es complicada y conflictiva la vida de la Iglesia porque no siempre sabemos contar la presencia del Espíritu del Señor que Jesús nos prometió y está con nosotros. Nos vemos como los discípulos en la barca, que parece que el Señor no está con nosotros en esta travesía que estamos haciendo.

El Señor entonces estaba con ellos aunque no lo vieran, o aunque lo confundieran con un fantasma cuando les salió al paso en la travesía del lago. Estaban embarcados en aquella tarea y aunque remaban y remaban y no parecía que avanzaran el Señor apareció en medio de ellos y pudieron llegar pronto al ansiado puerto.

Tenemos que correr de delante de nuestros ojos esos velos que nos ciegan y nos impiden ver y reconocer la presencia del Señor. velos que nos ciegan que muchas veces parten de nuestra propia autosuficiencia para creernos que nos lo sabemos hacer solos y no saber poner nuestra confianza en el Señor que aunque los tiempos o los momentos nos parezcan malos con nosotros está el Señor.

Seguro que si así ponemos toda nuestra confianza en el Señor ante nosotros se van a abrir nuevos caminos, nuevas posibilidades y también ¿por qué no? nuevas tareas. Hoy la primera lectura nos ha hablado de un momento en que la primitiva iglesia se vio envuelta en un problema donde era necesario encontrar una solución.  No se estaba atendiendo debidamente a los huérfanos y a las viudas porque los apóstoles no podían llegar a todo. Tomaron la decisión de elegir aquellos siete diáconos para el servicio y la atención de aquellas necesidades, mientras los apóstoles podían dedicarse con mayor intensidad a su tarea, la oración y la predicación de la Palabra.

Una pauta para nosotros. No podemos llegar al servicio total y pleno sobre todo a los necesitados si antes no nos sentimos fortalecidos en la oración y la Palabra de Dios. No es el trabajo por el trabajo, el servicio por el servicio si perdemos el contacto con el que es la fuente de nuestra vida y de nuestra entrega.

Queremos llevar a Jesús en la barca de nuestra travesía pero porque queremos contar con El, porque queremos vivir unidos a El – y para eso necesitamos de la oración – y que El ilumine nuestro corazón llenándonos de la fuerza de su Espíritu. Tenemos que cultivar más nuestra espiritualidad, o lo que es lo mismo, nuestra unión con El llenándonos de su Espíritu. Es el crecimiento de la vida de la gracia de Dios en nosotros.

jueves, 9 de enero de 2020

‘Ánimo, soy yo, no temáis’, ¡qué palabras más bonitas y qué sensación de paz podemos de nuevo sentir desde esas situaciones de miedos y temores que nos aparecen tantas veces


‘Ánimo, soy yo, no temáis’, ¡qué palabras más bonitas  y qué sensación de paz podemos de nuevo sentir desde esas situaciones de miedos y temores que nos aparecen tantas veces!

1Juan 4, 11-18; Sal 71; Marcos 6, 45-52
Hay ocasiones en que se nos mete el miedo en el cuerpo, como solemos decir, aunque bien sabemos que es algo mucho más hondo. Físicamente hasta nuestro cuerpo se sienten aturdidos y los temores nos hacen ver más densas las sombras. Pudiera ser incluso después de experiencias muy intensas y reconfortantes pero cuando todo aquello pasa nos viene un vació y una soledad que nos llena de temores. ¿Sería todo un sueño? ¿Sucedió en realidad? ¿Por qué ahora nos sentimos solos? Porque esa soledad la sentimos incluso aunque físicamente haya personas cerca, porque es algo que llevamos o sentimos por dentro.
El miedo y el temor nos hacen sentirnos cada vez más desorientados y sin rumbo y nuestra imaginación se nos llena de fantasías que no son en la mayoría de las ocasiones nada estimulantes sino todo lo contrario. El miedo nos hace barruntar siempre lo peor y ya nos vemos envueltos en no sé cuantas catástrofes y calamidades. Al final aquello que pudiera ser un rayo de luz también nos confunde y hace que nuestros temores aumenten.
Un problema que un día nos apareció y nos sentíamos acosados por todas partes; el miedo a no saber enfrentarnos hace que nos encerremos más en nosotros mismos y no contemos con nadie; las posibles soluciones nos parecen imposibles aunque parezca un contrasentido pero es que la oscuridad de nuestra mente lo revuelve y lo confunde todo. Seguramente en alguna ocasión nos habremos visto envueltos en situaciones así sin saber darle salida.
No era quizá un problema tan existencial el que podían estar pasando los discípulos en aquella travesía del lago que se les estaba haciendo tan costosa. Para ellos sin embargo ahora era un problema el que tenían.  Se mezclaban muchas cosas. El viento en contra les impedía avanzar y las sombras de la noche lo envuelven y lo confunden todo. Pero ellos que siempre habían estado con el Maestro, ahora El se había querido quedar en tierra donde lo de la multiplicación de los panes e iban solos en la barca hacia la otra orilla. Es cierto que le tenían miedo al lado, aunque allí iban avezados pescadores, pero de todos eran conocidas las tormentas que con facilidad se desataban sobre el lago. Y esos peligros aumentaban sus miedos. Ahora hasta les parecía ver fantasmas.
Jesús se había quedado en la orilla para despedir a la gente y luego se había metido monte arriba buscando la soledad para la oracion. Pasada media noche sabiendo lo que les estaba pasando a los que iban en la barca decidió ir a su encuentro andando sobre el agua. Era el fantasma que ellos creían ver. ‘Animo, soy yo, no temáis’, fueron las palabras de Jesús. El estaba con ellos ya en la barca y la calma volvió por todas partes, en el viento del lago que cesó pero cuanto más en el corazón de los discípulos que se sentían solos y con tantos miedos dentro de ellos. Y es que ‘ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada’. Eran muchas las cosas que se iban sucediendo y aun no terminaban de comprenderlo todo.
‘Animo, soy yo, no temáis’, ¡qué palabras más bonitas  y qué sensación de paz se puede sentir dentro del corazón! Pensemos de nuevo en esas situaciones de miedos y temores como comenzábamos recordando, pero que en medio de ese torbellino escuchemos la voz de Jesús. Como un día María Magdalena a la entrada del sepulcro vacío. Como los apóstoles en el cenáculo la tarde de aquel primer día de la semana que era como la tarde del primer día de la nueva creación.
‘Soy yo, no temáis’, y sentiremos la mano de Jesús sobre nuestro hombro cuando nos sentimos hundidos, o vemos la mano tendida de Jesús que nos quiere levantar después de nuestras caídas, o le veremos caminar a nuestro lado queriendo hacer arder de nuevo nuestro corazón cuando nos sentimos desilusionados y desesperanzados, tantas veces que Jesús vendrá a nuestro encuentro y hemos de saber verle, sentir su presencia junto a nosotros caldeando de nuevo nuestro corazón con su amor.

miércoles, 9 de enero de 2019

Dudas y miedos, silencios y soledades, oscuridades y abandonos, pero tenemos una Palabra de vida que anunciar, Jesús está con nosotros y no estamos solos


Dudas y miedos, silencios y soledades, oscuridades y abandonos, pero tenemos una Palabra de vida que anunciar, Jesús está con nosotros y no estamos solos

1Jn. 4, 11-18; Sal 71; Marcos 6,45-52

Hay ocasiones en que la travesía de la vida se nos hace dura. Son las luchas y trabajos, es cierto, de cada día  en el cumplimiento de nuestras responsabilidades o de aquellas cosas que hemos asumido con entusiasmo pero que luego la constancia en la tarea se nos hace dura, en ocasiones nos parece estéril y hasta tediosa por no ver los frutos que nos proponíamos conseguir.
En ocasiones quizá las circunstancias nos han embarcado en tareas porque queríamos ponernos metas y queríamos avanzar en la vida, o bien porque alguien nos ha entusiasmado en un proyecto, en el que luego  nos vimos solos porque incluso aquellos que nos parecían mas entusiasmados abandonaron y nos dejaron solos en la tarea.
Es, por otra parte, la soledad que podemos sentir cuando no nos vemos valorados, o quizá por errores que hemos cometido en la vida la gente se ha apartado de nosotros porque quizás ya nuestra presencia no les era rentable para sus prestigios personales. Se nos convierte la vida en un túnel oscuro en el que no somos capaces de vislumbrar una luz al final, y el hacerlo con la apariencia al menos de la soledad nos lo hace largo de atravesar, o porque quizá los que van a nuestro lado van tan acobardados como nosotros.
Qué aliento recibimos si aparece en momentos así una mano amiga que se posa sobre nuestro hombro y ya con su sola presencia nos hace renacer fuerzas y esperanzas de que merece bien la pena lo que podamos estar pasando. Aunque también en nuestra confusión podemos mal interpretar esa presencia y esa mano que nos tienden y aparecen en nuestro desconcierto las desconfianzas de todo y de todos.
El evangelio de hoy nos describe un episodio así. Habían vivido una tarde de gloria allá en el descampado cuando dieron de comer a aquella multitud inmensa a parte de cinco panes y dos peces. Se había mostrado la gloria del Señor e incluso las gentes entusiasmadas hasta querían hacer rey a Jesús que milagrosamente les había dado pan en abundancia. Pero Jesús los había embarcado para la otra orilla del lago, mientras El se quedaba a solas en la montaña para orar. Pero la travesía se les había hecho difícil. El viento se les había puesto en contra y no podían avanzar en medio de las olas del lago que se iban encrespando cada vez más.
¿Les recordaba quizá una tempestad que habían soportado un día, estando Jesús con ellos, aunque dormido en la barca en medio de la tormenta? Al final Jesús los había salvado, pero ahora estaban solos, porque Jesús se había quedado en la orilla. Se sentían sin fuerzas y la travesía era dificultosa en medio de la  noche y la tormenta. Como nos vemos nosotros tantas veces, porque esto tenemos que aplicarlo a lo que es nuestra vida de cada día con sus luchas y dificultades, con sus soledades y silencios.
Jesús sin embargo estaba acercándose a ellos aunque de entrada no comprendieran su presencia. Parecía un fantasma en la noche caminando sobre el agua. Cuantos fantasmas vemos en tantas ocasiones y no sabemos discernir lo que realmente son las cosas, los signos que Jesús pone a nuestro lado.
‘No temáis, soy yo’, escuchan que les dice Jesús, pero siguen sin creer; Pedro pretende caminar también sobre el agua al encuentro de Jesús, pero siguen las dudas en el corazón y comienza también a hundirse.
Son nuestras dudas y miedos, son las dudas y miedos que también vemos en los demás y que algunas veces  nos desaniman. Pero ¿no será así como hemos de presentarnos ante el Señor? Pero ¿no será así también con nuestras dudas y miedos en nuestro interior cómo nosotros tenemos que ir a los que también están con sus miedos para llevar una palabra de aliento?
Tenemos que creer de verdad en la Palabra que tenemos que llevar a los demás. Tenemos que confiar en que es una Palabra de vida, que nos llena de vida a nosotros y llena de vida también a nuestro mundo. No nos podemos acobardar; no podemos decir que nosotros no podemos; no podemos decir que estamos solos. Sabemos quien está con nosotros, porque El nos ha prometida su presencia para siempre y su palabra nunca nos fallará.