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jueves, 18 de junio de 2026

Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

 


Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6, 7-15

Aunque nos decimos muy libres y autosuficientes, que sabemos hacer las cosas por nosotros mismos y tenemos nuestras maneras, sin embargo en el fondo nos gustan las fórmulas; ¿cómo tenemos que hacer eso?, nos preguntamos muchas veces y estamos esperando que nos den detalladamente los pasos que tenemos que dar, para todo tenemos protocolos de cómo hay que hacer las cosas reglamentándonos según las situaciones en que nos encontremos lo que tenemos que hacer. Mira por donde hasta en nuestra relación con Dios queremos tener unas formulas, unas palabras que simplemente repitiéndolas decimos que estamos orando, que estamos hablando con Dios.

¿Será eso lo que en alguna ocasión le pedían los discípulos a Jesús cuando le pedían que les enseñara a orar, como hacían también los fariseos con sus seguidores? Los discípulos contemplaban la oración de Jesús, en alguna ocasión con el Tabor le verán incluso transfigurarse cuando está en oración, y querían orar como Jesús y parece que no terminaban de encontrar el camino. ¿No nos sucederá de alguna manera a nosotros también?

Es la respuesta que nos da Jesús hoy en el evangelio, nos enseña lo que tiene que ser nuestra oración, que no puede ser una formula aunque en eso la hemos convertido. Tenemos que entender muy bien lo que Jesús nos está diciendo, porque más que una fórmula que repitamos nos está enseñando una manera de sentirnos con Dios, nos está revelando una forma de vivir nuestra relación con Dios.

No es tanto lo que nosotros queramos decirle a Dios; como nos dice que nuestro Padre sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos. Convertimos nuestra oración en muchas palabras que decimos o una lista de peticiones que traemos previamente preparada. Muchas veces decimos que antes que eso nosotros tenemos que aprender a escuchar a Dios, es cierto, pero es mucho más lo que tiene que ser nuestro encuentro con El; es sentirnos envueltos en su amor porque somos sus hijos y nos ama; por eso la primera palabra, el primer sentimiento que expresamos es llamarle Padre; y cuando digamos o sintamos eso de verdad todo se transformara en ese momento en nuestra vida.

Nos sentimos hijos amados de Dios y en El nos sentimos santificados; nos sentimos hijos amados de Dios y a partir de ese momento todo tiene que ser distinto en nuestra vida. Es lo que se va expresando en esas palabras de Jesús cuando nos enseña a orar. Pero quizás nosotros nos contentamos con repetirlas, muchas veces a la carrera, y no saboreando todo lo que es ese amor que Dios nos tiene a partir del cual nos sentimos transformados.

Claro que queremos hacer su voluntad, que queremos sentir que es el único Señor de nuestra vida, que nos sentimos perdonados entrando también nosotros en ese órbita del perdón para los demás, claro que nos sentimos fortalecidos con su presencia y ya nada tememos porque El está con nosotros. Pero no se puede quedar en palabras que repetimos una y otra vez pero tras las cuales al final nos sentimos igual que siempre y nuestra vida no se siente transformada.

Qué lástima que nuestra oración la hayamos convertido en un recitar palabras por las que pasamos sin que en verdad lleguen a lo hondo de nuestra vida; y nos sucede en nuestra oración personal o nos sucede en nuestras celebraciones, que terminan siendo frías y rutinarias que tenemos que terminar en un tiempo determinado para no cansarnos. ¿Es que se puede uno cansar cuando está viviendo la experiencia de sentirse amado por Dios? ¿Por qué tenemos que estar pensando en lo que luego tenemos que hacer pero no vivimos hondamente ese momento en que nos sentimos de manera especial en la presencia de quien sabemos que nos ama?

No una nueva fórmula sino una nueva forma de vivir nuestra oración es lo que necesitamos. No es fácil pero tenemos que dar pasos para que sea así.

viernes, 22 de agosto de 2025

En la medida en que creemos más humanidad sembrando valores y actitudes de amor y respeto al otro estaré haciendo anuncio de la Buena Nueva de Jesús

 


En la medida en que creemos más humanidad sembrando valores y actitudes de amor y respeto al otro estaré haciendo anuncio de la Buena Nueva de Jesús

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Salmo 145; Mateo 22,34-40

¿Cuál es la auténtica religión? Quizás tendríamos que comenzar por preguntarnos. Ya sé, es cierto, que la expresión religión hace referencia a nuestra relación con Dios, la forma cómo expresamos y vivimos todo lo que desde la fe nos hace entrar en relación con Dios. Pero Jesús viene a decirnos hoy algo muy importante que tenemos que analizar bien y entender en toda su profundidad. Nunca nuestra relación con Dios nos puede separar de nuestra relación con los demás, es más, tendríamos que decir que no habría una auténtica relación con Dios si nos falta esa relación de humanidad con los demás.

Ya conocemos las diatribas que tenían los fariseos y demás grupos religiosos  de entonces con Jesús. Siempre estaban al acecho a ver cómo podían cogerle en sus palabras, porque no le aceptaban, porque no llegaban a entender el sentido del Reino de Dios que Jesús anunciaba, porque de alguna manera – y podemos hablar en un sentido político también – se ponía en peligro su estatus social y la forma como ellos manipulaban al pueblo. De aquellas interpretaciones que los doctores de la ley, pertenecientes a estos grupos de fariseos o saduceos, habían surgido aquella multitud de mandamientos que hacía que el pueblo se sintiera como una losa encima sin saber qué cumplir o qué era lo más importante.

Después que vieran que Jesús les hacía callar con sus explicaciones y también con el estilo de su vida es cómo deciden los fariseos que un doctor de la ley viniera con esa pregunta a Jesús. ‘¿Cuál es el mandamiento primero y principal de la Ley?’ Pregunta ociosa, tendríamos que decir, porque en la ley estaba, todos debían conocerlo, porque de alguna manera era como una oración a repetir a la entrada o salida de casa, al emprender tarea o al ponerse en camino.

Y es con lo que les responde Jesús, lo escrito en la ley. ‘Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’. Pero Jesús añade algo más que estaba también contenido en la ley y que no podían rechazar. ‘Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Aquí les viene a decir está el fundamento de todo. ‘En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

Fijémonos bien, nos habla de un segundo mandamiento con igual importancia, ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Son inseparables. No podemos decir que cumplimos uno sin cumplir el otro. Nuestra humanidad no puede estar alejada de Dios. En la medida en que crecemos en humanidad estaremos creciendo en el amor de Dios. Para decir que amamos a Dios sobre todas las cosas, ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’, como nos dice con ese mismo amor tenemos que amar al prójimo, como nos dice, ‘como a ti mismo’. 

Cuántas veces nos puede suceder que decimos que amamos mucho a Dios, y no nos puede faltar nuestros rezos y nuestra oración cada día, y acudimos a Dios en toda ocasión desde nuestras necesidades o nuestros problemas porque sabemos que El es nuestra fortaleza y nuestra vida, vamos a la Iglesia y participamos en todas las celebraciones, y ya pensamos que con eso está todo hecho, somos unas personas muy religiosas y muy cristianas.

¿Y dónde está nuestro amor al prójimo? ¿Dónde está la humanidad que estamos construyendo? ¿Cómo son de auténticas nuestras relaciones con los demás? ¿Qué preocupación sentimos por los demás, por sus derechos y por el respeto que hemos de tener a toda persona, por sus necesidades o sus angustias, o por compartir también con ellos sus alegrías? Es ahí en estos pequeños detalles, en esa cercanía, en esa amistad que cultivamos con todos, en ese respeto mutuo, es donde le estamos manifestando el amor, y cuando estamos creciendo en el amor a los demás estaremos creciendo en nuestro amor de Dios. No lo podemos separar, el uno alimenta al otro, desde el amor de Dios tendremos fuerza para amar al hermano, pero desde ese amor al hermano estaremos haciendo crecer el amor de Dios en nosotros, y le estaremos dando verdadera gloria.

No me canso de hablar de humanidad, de cultivar todo eso que nos acerca al otro, porque sé que con ello estoy haciendo anuncio también de la buena noticia de Jesús. En la medida en que creemos más humanidad iremos sembrando más sentimientos y actitudes cristianas, y todo eso nos llevará al encuentro con Dios.


jueves, 27 de febrero de 2025

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

 

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

Eclesiástico 5, 1-8; Salmo 1; Marcos 9, 41-50

Yo, a mi vida, a mis cosas, a disfrutar de mi vida; yo no tengo que ver con nadie ni nadie tiene que meterse conmigo y con lo que hago. Hay gente que vive así, solo se preocupan de sí mismos y quieren como crear un mundo solo para ellos; pero no vivimos en una burbuja y por mucho que queramos desentendernos de los demás, estamos relacionados y lo que hacemos no nos afecta solo a nosotros sino que repercute en los demás; podemos dañar o podemos arrastrar, como también nosotros podemos vernos arrastrados por el ambiente que nos rodea, influidos por lo que los otros hacen. Vivir es algo más serio.

Por naturaleza estamos hechos para la relación, aunque haya momentos de individualismo o de egoísmo en que nos queramos aislar de los demás; el hombre, y cuando digo el hombre quiero decir la persona no puede vivir sola, aislada de los demás; esa es la constitución del ser humano; tenemos voz para comunicarnos, tenemos ojos para contemplarnos, tenemos oídos para escucharnos, nuestros pasos no los damos aislados de los demás, ni el trabajo que realizamos solo es para nosotros mismos; hay una mutua relación entre unos y otros.

Por eso además tenemos que cuidar lo que hacemos para que no repercuta de mala manera en quienes nos rodean; tiene que surgir una delicadeza en el trato, como tenemos que dejar buenas huellas que ayuden a ir por buen camino a los demás; de la misma manera que no queremos que nadie nos dañe con lo que hace, nosotros también tenemos que cuidar el dañar a los demás con lo que hacemos; como no podemos dejarnos influir por lo que no es tan bueno que hagan los demás, tampoco nosotros podemos hacer algo que influya de manera negativa en los otros.

Hoy nos habla Jesús de esas cosas pequeñas y ordinarias de cada día con las que tenemos que crear esa buena relación entre unos y otros; desde esa generosidad de nuestro corazón para dar un vaso de agua al que está sendiento como para evitar aquello que distraiga del buen camino a los que están a nuestro lado.

Y habla Jesús de la importancia de no escandalizar a los que son pequeños y sencillos; y escandalizar es impulsar con nuestro mal ejemplo por el mal camino a quienes están a nuestro lado; y nos habla Jesús, entonces, de cómo tenemos que evitar en nuestra vida aquellas cosas, aquellos gestos, aquellas cosas que hagamos que nos lleven por lo mano. Es radical Jesús que nos dice que nos vale más entrar en el cielo manco de una mano, o que esa mano nos lleve a la perdición del mal. Y nos habla de esas miradas turbias que están llenas de malicia y que pueden pervertir nuestro corazón.

Y nos habla del sabor que le hemos de dar a nuestra vida y en consecuencia al mundo en el que vivimos. Es el sentido que le damos a nuestra existencia que nunca nos puede convertir en el ombligo del mundo, porque todo lo centremos en torno nuestro sino de esa apertura que hemos de darle a la vida porque, como decíamos al principio, vivimos en una relación con los demás.

Todo aquello que contribuya a esa buena relación que cree armonía y paz, que haga florecer el amor y la amistad, que nos haga sentirnos miembros de una misma familia será lo que le dará ese sentido y ese sabor a nuestra vida; nada de arideces y amarguras, nada de malquerencias y desconfianzas, nada de orgullos ni vanidades que nos quieran hacer crecer sobre los demás; mucho de sencillez y humildad para crear cercanía, para hacer fraternidad, para forjar comunión, para transmitirnos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría y al que no le falte ilusión. Es lo que nos hará grandes de verdad porque nos hemos anudado en la fraternidad. Es el buen sabor que le hemos de dar a la vida.

viernes, 12 de agosto de 2022

Una construcción que no es fácil aunque todos hablemos con facilidad del amor, pongamos en Dios los cimientos que lo hagan duradero y lleno de belleza

 


Una construcción que no es fácil aunque todos hablemos con facilidad del amor, pongamos en Dios los cimientos que lo hagan duradero y lleno de belleza

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Sal.: Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6;  Mateo 19, 3-12

¿Qué hemos hecho del amor? ¿Un tópico del que todo el mundo habla? Poesía, música, romanticismo, palabras hermosas… todos tenemos algo que decir, pero al final se nos muere entre las manos, se nos escurre de nuestra vida como agua que se escurre de nuestras manos. Y aunque lo cantamos como lo más hermoso, terminamos diciendo que se nos murió el amor; y decimos que lo rehacemos y lo reconstruimos, pero ya vamos con la desconfianza de que no va a durar, que un día se nos puede escurrir también de esa vida que soñamos tan hermosa con el amor. No quiero entrar en ruedas de pesimismo que sabemos cómo acaban siempre, siento en el alma que nos cueste tanto entender el amor y lo perdamos, que nos sea tan difícil hablar del amor aunque todos queramos decir las cosas más hermosas.

Y Jesús nos viene a decir que no, que no nos dejemos embaucar por esos senderos de derrotismo; que seamos capaces de empezar soñando, si queremos, pero que no dejemos que entre por ninguna esquina ninguna sospecha ni desconfianza, pero tampoco dejemos que sea la pasión la que domine, aunque la pasión tenga que venir; que comencemos a amar de verdad pero buscando la verdad del amor, lo más puro del amor, lo más noble y hermoso del amor; que no construyamos la casa queriendo comenzar por el tejado, porque antes hemos de poner unos sólidos cimientos, una estructura firme, unos valores fundamentales que no pueden faltar, porque será la forma de que la casa no se derrumbe aunque vengan los peores temporales.

Es algo más que un flechazo que se puede quedar en algo pasajero como una flecha que nos roza y pasa de largo. Es algo que tenemos que saber ir construyendo poco a poco, desde la maduración de la propia persona, pero la maduración también en la relación con los demás; que no es solo la relación con la persona que decimos que amamos de manera especial – que también hemos de saber construir y madurar – sino con todos.

Muchas veces nuestra relación con los demás se nos queda inmadura, se nos queda en lo superficial, no sabemos afrontar luchas y dificultades, fácilmente ante la menor dificultad queremos desentendernos de todo e irnos cada uno por nuestro lado y no sabemos mantener una amistad duradera sabiendo reconstruir, corregir, rehacer; no sabemos encontrarnos, y llenamos la vida de banalidad. No sabremos entonces afrontar lo que es una verdadera relación de amor para que sea permanente, para que pueda permanecer para siempre.

Cuando vivimos la vida con esa superficialidad, incapaces del sacrificio para alcanzar algo que consideramos superior, y no hemos aprendido de esa virtud de la constancia y perseverancia aunque no veamos tan pronto como queramos los frutos de la planta que estamos cultivando, no nos extrañe que pongamos tantas pegas a un amor permanente, que no lleguemos a entender la fidelidad que nos pide Jesús en el amor matrimonial, que comencemos a hablar enseguida de rupturas, de separaciones y de divorcios, que rechacemos esa indisolubilidad del matrimonio de la que nos habla Jesús en el evangelio. Lo vemos todo tan lógico y queremos decir tan humano.

Y Jesús nos recuerda que ya no son dos sino una sola carne, así de profunda es la unión del amor verdadero, pero nos dice también que lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Y es que esa capacidad de amor nos viene de Dios, esa posibilidad del amor se la debemos a Dios, ese modelo de amor lo tenemos en Dios.

¡Qué hermoso el texto del profeta que se nos ofrece también hoy en la liturgia! Viene a hablarnos de esa fidelidad del amor de Dios a pesar de nuestras infidelidades. Y si Dios está en medio de ese amor ¿cómo es posible que falle el amor? porque Dios no nos falla nunca.

Los discípulos se quejaban, como lo hacemos nosotros también, lo difícil que era entender todas esas cosas de las que les hablaba Jesús. Y Jesús no lo reconoce, ‘es cierto que no todos lo entienden, sino los que han recibido ese don’. Pidamos a Dios que nos conceda a nosotros también ese don.

sábado, 30 de abril de 2022

Aceptemos y valoremos esas soledades que a veces nos llegan en la vida, como sepamos buscar también la soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente

 


Aceptemos y valoremos esas soledades que a veces nos llegan en la vida, como sepamos buscar también la soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

Estar solo, la soledad ¿será un valor que habría que buscar o será algo de lo que tenemos que huir? Como valor de principio tendríamos que decir que por naturaleza es la comunión y la relación con los demás; no estamos hechos para estar solos; hay quien realmente le tiene miedo a sentirse solo; le da quizás inseguridad, aparecen los temores ante lo que tenemos que enfrentarnos, parece que nadie nos apoya ni nos valora cuando nos dejan solos, muchas cosas podríamos pensar.

Aunque hay quien busca la soledad, o habrá momentos en que también necesitemos de la soledad y el silencio, para apartarnos de tantos ruidos, para no dejarnos encandilar por las cosas y las materialidades de la vida, para encontrarnos con nosotros mismos, puede ser también un valor sin renunciar a lo que sea estar en relación con los demás.

Hoy el evangelio nos habla del grupo de los discípulos que al anochecer embarcan allá en aquellos descampados donde se habían desarrollado varios hechos, como la multiplicación de los panes, y ahora van solo en la barca rumbo a Cafarnaún. Jesús no estaba con ellos y se sienten solos porque les parece incluso que la barca no avanza. Pero si ellos están con sus temores y sus soledades no deseadas atravesando el lago, Jesús ha querido quedarse solo en la montaña aquella noche, porque al despedir a los discípulos en la barca evita el estar con aquellos que en sus entusiasmos por el pan comido milagrosamente en el desierto ahora quieren hacerle rey. No busca Jesús el éxito y el clamor de los reinos de este mundo. Jesús se va solo a la montaña, como tantas veces le veremos hacer en el evangelio que se retira a solas en la noche o en la madrugada para orar.

Una búsqueda de soledad por parte de Jesús mientras los discípulos atraviesan el lago en una soledad no deseada. Pero Jesús está con ellos, o mejor, Jesús viene a su encuentro para estar con ellos. En medio de la noche, con todos los fantasmas que nos hace ver la oscuridad, ellos descubren que alguien camina sobre el agua y viene hacia ellos. El evangelista Juan no entra en muchos detalles pero los otros evangelistas que nos narran este hecho nos hablarán de los miedos que se despiertan en los discípulos porque creen ver un fantasma. Las oscuridades que llevan por dentro con sus miedos les impiden reconocer a Jesús. ¿Tendríamos que pensar en eso también?

‘Soy yo, no temáis’, escuchan la voz del Maestro. Tras su sorpresa con alegría quieren recogerlo, pero pronto se dan cuenta de que ya están llegando a su destino. Con Jesús a su lado parece que la barca tuviera alas para hacer más rápido el camino.

Necesitaban los discípulos pasar por aquella soledad en medio del lago, aunque les pareciera que el trayecto se hacía interminable. Nos viene bien tener esos momentos de soledad, en que nos sentimos vacíos e impotentes; las pruebas de las noches oscuras aunque a veces nos parezcan insoportables nos son necesarias para que aprendamos a buscar donde realmente tenemos la luz; sentirnos incapaces en ocasiones nos viene bien para vencer nuestras autosuficiencias y ver la necesidad del otro que está a nuestro lado y al que no habíamos prestado atención, pero que nos está ofreciendo una mano que mejor nos capacita; vernos solos y en silencio es bueno para salir de ese aturdimiento de los ruidos y de tantas cosas que nos gritan a nuestro alrededor y poder comenzar a escuchar lo que verdaderamente es importante, o para descubrirnos a nosotros mismos con nuestros valores y capacidades que a veces tenemos como ocultas.

Tenemos que aprender a aceptar y valorar esas soledades que a veces nos llegan en la vida, porque pueden ser una gran lección, como tenemos también que saber buscar esa soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente, que nos abre el corazón a Dios. No estamos solos porque Dios está siempre con nosotros.

jueves, 3 de junio de 2021

Cuando el amor es la razón de ser de nuestro vivir que marca nuestra relación con los demás no estamos lejos del Reino de Dios

 


Cuando el amor es la razón de ser de nuestro vivir que marca nuestra relación con los demás no estamos lejos del Reino de Dios

Tobías 6, 10-11; 7, 1. 8-17; 8, 4-9ª; Sal 127; Marcos 12,28b-34

Todos buscamos o nos preguntamos de una forma o de otra qué es lo importante en la vida; de alguna manera es preguntarse por el sentido de su existir. Se preguntarán qué es lo que nos hace más felices o nos preguntaremos qué tenemos que hacer para realizarnos de verdad como personas, nos preguntaremos qué es lo que en verdad merece la pena en la vida o nos preguntaremos por el fin de nuestra existencia; qué somos o para qué vivimos, que sentido tiene lo que hacemos o qué es lo que verdaderamente nos hace grandes; a dónde nos lleva todo lo que hacemos o qué sentido tienen nuestras luchas muchas veces llenas también de sufrimientos y de agobios. Estamos preguntándonos por la razón de nuestro ser.


Todo eso se traduce en distintas formulaciones al hacernos las preguntas y detrás de todo eso está ya en cierto modo el sentido o la orientación que le estamos dando a nuestra existencia. El hombre creyente y religioso se preguntará para qué nos ha puesto Dios en esta vida, en este mundo, o nos estaremos preguntando en el fondo cuál sería el mandamiento que tenemos que cumplir para que se realicen esos planes de Dios. En el evangelio veremos quien le pregunta a Jesús por la vida eterna y lo que ha de hacer para alcanzarla o le preguntan a Jesús cuál es el primer y principal mandamiento de Dios, como hoy mismo hemos escuchado.

Aunque la respuesta se da con una formulación que nos ofrece la misma Escritura sagrada en el fondo se nos está respondiendo a esa pregunta expresada en formulas múltiples según hemos venido reflexionando. Y la respuesta va encaminada por el propio ser de la persona pero también por nuestra relación con Dios y con los demás. Esa forma de decirnos que el principal mandamiento es amar a Dios con todo nuestro ser, pero que el segundo mandamiento es amar al prójimo, pero que en el fondo nos está diciendo también que tenemos que amarnos a nosotros mismos, porque es de la misma manera cómo amaremos a los demás, nos está dando un sentido de nuestro ser, de nuestra existencia.

Dios, el prójimo, nosotros mismos. Que no es encerrarnos en nosotros prescindiendo de los demás, sino que nuestra grandeza está cuando sabemos hacer esta relación con todo sentido y con todo valor. Alguno podría pensar que amarse a sí mismo es solo buscar su propio bien porque solo buscamos lo que nos satisfaga a nosotros olvidándonos de los demás; por eso buscará poder o buscará riquezas, buscará placeres sin fin o buscará endiosarse a sí mismo, pero eso lo aislará, lo encerrará en su propio círculo y nunca alcanzará la más noble satisfacción para su vida.

Todo esto nos está diciendo como será el amor, y el amor en su sentido más profundo de lo que es amar, lo que verdad le hará feliz, lo que en verdad le hará grande, lo que en verdad le va a hacer alcanzar la mayor plenitud para su vida. No es verdaderamente feliz el que porque se ama a sí mismo se encierra en sí mismo, necesita de la relación, necesita del otro, necesita de Dios. Por eso Jesús comienza hablándonos de ese amor a Dios sobre todas las cosas, pero de ese amor a Dios en quien amamos necesariamente a los demás a quienes ya vemos como hermanos, y todo eso porque hemos sabido también amarnos a nosotros mismos porque como nos amamos a nosotros amaremos a los demás.

Amarse a si mismo sin entrar en relación con los demás, no es verdadero amor, porque el amor siempre es donación ¿y a quien nos damos si solo nos amamos a nosotros mismos? Eso sería encerrarse en un círculo, lo que es aislarse, lo que impedirá el desarrollar todo lo más grande y hermoso que tengamos en nosotros. Cuando así nos demos es cuando verdaderamente nos vamos a sentir felices, es cuando verdaderamente nos vamos a sentir grandes. Y todo en ese amor de Dios que nos envuelve y nos hace dar lo mejor de nosotros mismos.

‘No estás lejos del Reino de Dios’, le dice Jesús al escriba que había venido con las preguntas. No estaremos lejos del Reino de Dios si nosotros vivimos un amor así, en que reconocemos por encima de todo lo que es el amor de Dios pero lo traducimos en ese amor que tenemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Quien ama así estará siempre viviendo en sintonía con los valores del Reino de Dios.

domingo, 6 de septiembre de 2020

Algo nuevo quiere realizar Jesús porque quiere crear una nueva comunidad donde tanto es nuestro amor que nos sentiremos siempre hermanos y podremos llamar a Dios Padre

 


Algo nuevo quiere realizar Jesús porque quiere crear una nueva comunidad donde tanto es nuestro amor que nos sentiremos siempre hermanos y podremos llamar a Dios Padre

Ezequiel 33, 7-9; Sal 94; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20

‘Yo no me meto en la vida de nadie, allá él’, ‘cada uno que se las arregle como pueda, yo tengo bastante con lo mío’… Cosas así escuchamos todos los días, cosas así pensamos nosotros algunas veces. Porque esa tentación a la insolidaridad está muy presente en la vida. Es una manera de entender la vida, o mejor dicho, es una manera de no haber entendido el sentido de la vida.

Creemos que podemos ser felices por nosotros mismos, nosotros solo sin contar con nadie, pero aunque tengamos momentos en que lleguemos a decir que lo pasamos muy bien sin tener que contar con los demás, al final nos damos cuenta que la felicidad no es completa. Querer vivir la vida en soledad, porque nos encerramos en nosotros y no queremos contar con nadie es no haber terminado de entender el sentido de la vida.

Son razones de la más honda humanidad las que nos tendría que hacer encontrar el verdadero sentido de la vida. Y en esto los seguidores de Jesús tendríamos que ser especialistas. Sí, digo bien, especialistas, porque Jesús nos ha dejado el amor a los demás como nuestro distintivo. Y si amamos a los demás, al menos tal como nos amamos a nosotros mismos aunque el amor cristiano tiene una sublimidad mayor porque la imagen del amor la tenemos en el amor que Cristo nos tiene, si amamos a los demás, repito, no podemos aislarnos ni desentendernos de los demás. Es lo que nos quiere decir hoy Jesús.

Nuestro vivir tiene que estar fundamentado en esa comunión de amor; y cuando hay esa comunión de amor todo cuanto afecte al otro me afecta a mí y lo siento como algo mío también. Por eso hoy nos habla Jesús de ayudarnos mutuamente en ese camino de superación que toda persona ha de recorrer; y ayudarnos es estar al lado del hermano en sus luchas y batallas de crecimiento y superación, ayudarnos es hacernos ver las cosas con una visión distinta, porque eso somos capaces de corregirnos mutuamente señalándonos aquello que vemos que tendría que cambiar o que superar; y ayudarnos es ser comprensivos con los demás en sus debilidades tanto que estamos dispuestos siempre a perdonar, porque perdonar es estimular al otro a que se corrija o que haya las cosas bien.

Cuántas oportunidades tenemos cuando hay verdadero amor pero cuando lo hacemos con la humildad de quien se siente débil también y reconoce que tropieza mil veces también en la misma piedra. No es fácil, porque todos tenemos nuestro amor propio y nuestros orgullos; por eso costará aceptar lo que el otro me diga, pero me costará también el acercarme de manera humilde y llena de amor al otro, no para imponer, sino para ayudar;  con qué facilidad afloran nuestras violencias y malos modos en gestos y palabras, en la manera de hacer las cosas para los demás.

Algo nuevo quiere realizar Jesús en nosotros, unos nuevos lazos de comunión que nos hagan vivir en el amor verdadero. Por eso ya nos va previniendo en los distintos momentos del evangelio de que nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestras relaciones con los demás tienen que ser distintas. Una sinceridad y una autenticidad en la vida, una apertura del corazón a los demás donde nadie puede quedar excluido, por eso nos dirá que tenemos que amar incluso a los enemigos y rezar por los que nos odian o hayan hecho mal. Tendremos que aprender a hacernos los últimos y los servidores de todos, de manera que no caben las imposiciones ni las exigencias a los demás creyéndonos ni mejores ni superiores a los otros. Ahí estará nuestra grandeza.

Será grande la preocupación que siente Jesús por los que le siguen para que vivan en la unidad y nada nos distancie ni nos separe, porque sería un contra testimonio contra el amor y la comunión que tenemos que vivir. Por eso nos enseñará a permanecer unidos no simplemente como un recurso psicológico de aquello de que la unión hace la fuerza, sino que la grandeza de nuestra vida estará en esa comunión que vivamos con los demás.

Y nos enseñará que nuestra relación con Dios, que tiene que ser muy personal y auténtica, al mismo tiempo ha de tener también ese sentido de comunión, de modo que cuando nos reunamos y pidamos algo al Padre en su nombre el Padre nos lo concederá. No tendrá nunca sentido que nos atrevemos a llamar a Dios Padre, como  nos enseña en su modelo de oración, si no vivimos en comunión con los demás.

Sí, algo nuevo quiere realizar Jesús en nosotros porque quiere crear una nueva comunidad donde tanto es nuestro amor que nos sentiremos siempre hermanos, donde podremos llamar a Dios Padre porque miramos siempre a los demás como hermanos.

Claro que las preguntas comienzan a rondar en nuestro interior. ¿Será así cómo nosotros amamos? ¿Qué señales de comunión estoy dando cada día porque siento cuanto sucede a los demás como algo mío también? ¿Será esa la imagen de Iglesia que nosotros ofrecemos al mundo?


viernes, 24 de enero de 2020

El grupo de los doce apóstoles imagen y ejemplo de lo que Jesús quiere que sean sus discípulos, los que creemos en El


El grupo de los doce apóstoles imagen y ejemplo de lo que Jesús quiere que sean sus discípulos, los que creemos en El

1Samuel 24, 3-21; Sal 56; Marcos 3, 13-19
Es bueno en la vida saber caminar juntos; es algo además que va con nuestra propia naturaleza porque estamos llamados a la relacion, a estar en relación con los demás, aunque algunas veces sintamos tendencia o tentación a aislarnos. Pero ya sabemos que el camina solo, solo se cae y solo se queda, como se suele decir.
Son las relaciones que tenemos empezando por la propia familia, donde hemos nacido y hemos crecido como personas; pero en nuestro entorno siempre estamos en comunicación con alguien, porque son las personas que viven cercanas a nosotros o son los amigos que vamos haciendo entrando ya en una nueva y distinta relación. Con el amigo caminamos juntos y soñamos juntos, con el amigo siempre tenemos algo en común ya sea por nuestra forma de ser o ya sea en los ideales o metas que nos ponemos en la vida y entonces en el amigo encontramos ese apoyo y ese estímulo. Pero no se queda ahí la relación porque vivimos en sociedad y el trabajo que realizamos es de alguna manera una herramienta social que nos hace entrar en relación con esas personas que realizan algo semejante a lo que nosotros hacemos, pero porque también lo que hacemos repercute en esa sociedad en la que vivimos.
Estamos, pues, llamados a esa relación, a ese caminar juntos, pero también a ese trabajar juntos poniendo cada uno nuestra parte en la construcción de esa sociedad en la que vivimos. Cada uno tendremos nuestra función, pero cada uno aportamos desde lo que somos y desde lo que hacemos, y será en ese unión con lo que los demás realizan como vamos poniendo las bases de ese mundo que queremos que sea mejor. Nunca debe aislarnos nuestro trabajo o nuestra ocupación sino que tenemos que darnos cuenta de ese engranaje entre unos y otros para la riqueza de la vida. Esa unión, esa relación, esa colaboración es la gran riqueza de nuestra existencia. Y esto en todos los aspectos de lo que abarca nuestra existencia y de las tareas que realizamos en nuestro mundo.
Sin embargo hay quien puede pensar en un aspecto de la vida que es más individual y donde no necesitarían esa relación, me refiero a la vida de fe. Cierto que la fe es una respuesta personal que damos al misterio de Dios que se nos revela, pero nunca esa respuesta personal nos aísla de los que vivimos una misma fe; todo lo contrario, precisamente desde nuestra fe cristiana estamos llamados a vivir con intensidad esa vida de fe en comunión con los demás, necesariamente tenemos que sentirnos comunidad. Es lo que nos conduciría a una mayor plenitud y hondura en esa fe y es el deseo de Jesús.
Vemos en el evangelio multitudes que siguen a Jesús y cada uno se va acercando a Jesús desde sus inquietudes o los problemas concretos de su vida personal. Pero no quiere Jesús que los que le siguen vivan aislados cada uno por su parte sino que El va llamando para formar parte de ese grupo de los discípulos; hoy de manera concreta llamará a doce para formar ese grupo especial que vivan con El, vivan más cercanos a El porque a ellos les va a confiar la misión del anuncio del Evangelio acompañado de los signos de liberación que Jesús mismo hace. Ese grupo de los doce que va a ser imagen y ejemplo de lo que Jesús quiere que sean sus discípulos, los que creen en El.
Nos cuesta sentirnos comunidad, y comunidad cristiana, comunidad de seguidores de Jesús. Es algo en lo que tenemos que profundizar cada día más, haciendo crecer esa comunión, nacida en la fe y en el amor, que tendría que haber entre todos los que creemos en Jesús. Hablamos de Iglesia y algunas veces nos suena como a un ente abstracto, superior, ajeno quizás a lo que es nuestra propia vida cristiana. Tenemos que aprender a sentirnos Iglesia, ese pueblo de Dios que camina junto y que es la expresión más hermosa de lo que es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que constituye en nosotros.

miércoles, 19 de junio de 2019

Jesús nos abre a un sentido nuevo de nuestro vivir, de nuestra relación con los demás, de lo que ha de ser también nuestra relación con Dios desde la humildad y la comunión


Jesús nos abre a un sentido nuevo de nuestro vivir, de nuestra relación con los demás, de lo que ha de ser también nuestra relación con Dios desde la humildad y la comunión

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18
Hay gente a la que le gusta ir por la vida alardeando de lo que hacen; sus historias son las mejores, nadie hace lo que él ha hecho, y enseguida buscamos alabanzas y reconocimientos. Fanfarrones, decíamos nosotros en lenguaje quizás de otra época a los que alardeaban de cuanto hacían y como no tenían quizá abuela que dijesen cuantas cosas buenas sabían hacer sus nietitos, a todos le contaban lo que hacían y lo que no hacían rodeándose de aires de superioridad que al final terminaban cayéndonos mal y se ganaban la antipatía de la gente que los rodeaba cansada de tanta alabanza de si mismos.
También es cierto que hay muchas veces que van calladamente por la vida no queriendo hacerse notar, pero que en la humildad y sencillez con que llevan su vida sin embargo dejan traslucir la grandeza de su corazón. Son personas que sin hacer alardes sino viviendo en la sencillez y humildad sin embargo nos estimulan y aunque no nos lo digan sin embargo captamos las maravillas que llevan en su corazón y que realizan calladamente con sus vidas. Personas así nos gusta tener a nuestro lado, con personas así nos sentimos a gusto, su presencia es estimulo de cosas grandes para nosotros.
En personas así se cumple aquello que nos dirá Jesús en otro momento del evangelio para que los hombres vean nuestras buenas otras y den gloria al Padre del cielo. Personas así no buscan para ellos el reconocimiento ni la alabanza; personas así con una fe profunda quieren en verdad dar gloria a Dios con lo que hacen, que todo sea siempre para la gloria de Dios, y que quienes les rodean igualmente glorifiquen al Señor en lo bueno que puedan contemplar en los demás.
A eso nos está invitando Jesús con lo que nos señala hoy en el evangelio. Es cierto que señala varias cosas en concreto en referencia a lo que ha de ser la espiritualidad del hombre, pero que nos vale aplicar en todas las situaciones y en todo lo bueno que realicemos en la vida. Nos habla Jesús en concreto de la limosna, de la oración y del ayuno, pilares fundamentales en una autentica espiritualidad, que nunca nos encierra en nosotros mismos o en nuestra relación particular con Dios sino que nos abre a los demás en el compartir que no solo en lo material sino lo que llevamos en lo más hondo de nosotros mismos.
Una oración, es cierto, que tiene que ser honda y profunda, que ha de nacer desde lo más profundo de nuestro corazón, que hemos de saber hacer en el silencio y en lo secreto de nuestro corazón, pero que al unirnos a Dios necesariamente no lleva a la comunión con los demás. Pero eso no será una oración particular en el sentido de lo individual, sino que nos lleva a esa oración comunitaria, es decir, en comunión con los otros que oran a mi lado.
Una oración en la sencillez sin alardes que nos hagan sentirnos mejores o superiores a los demás, pero una oración humilde que sabe también que necesita del apoyo de la oración de los demás. Es lo que en verdad tendría que ser nuestra oración personal, pero también el sentido profundo que hemos de darle a nuestras celebraciones donde hemos de vivir una oración de comunión.
Jesús nos está abriendo así a un sentido nuevo de nuestro vivir, de nuestra relación con los demás, de lo que ha de ser también nuestra relación con Dios. En esos caminos de humildad y de comunión aprenderemos a crecer espiritualmente y a comprender que cuanto hacemos siempre lo es para la gloria de Dios.