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martes, 10 de junio de 2025

No podemos perder los cristianos la luminosidad y el sabor del evangelio con que tenemos que iluminar y contagiar a nuestro mundo

 


No podemos perder los cristianos la luminosidad y el sabor del evangelio con que tenemos que iluminar y contagiar a nuestro mundo

2Corintios 1, 18-22; Salmo 118;  Mateo 5, 13-16

¿Puede la sal dejar de dar sabor? Parece algo imposible, pero si así sucediera se convierte en una arena, por decirlo de alguna manera, inservible. Para que la pisotee la gente, para echarla en nuestras carreteras en las heladas y después ni a la tierra de cultivo podríamos echarla porque llenaría la tierra de una salinidad que la haría improductiva.

De eso nos está hablando Jesús en el evangelio cuando nos dice que quien le sigue, quien ha asumido el evangelio como opción de su vida tiene que ser sal que dé sabor a la vida; es la sabiduría del evangelio del que nos hemos empapado para luego ser sabiduría para los demás. No es una cuestión baladí la que Jesús nos está planteando con estas imágenes que se nos ofrecen en este texto de hoy. Y ya nos tendría que llevar a preguntarnos ¿qué sabor le estamos dando los cristianos a nuestro mundo, a nuestra sociedad?

Hoy el evangelio está lleno de imágenes. Jesús las hablaba a las gentes con imágenes para que captaran el hondo sentido de sus palabras. Porque son cosas que vemos en la vida de cada día; tenemos la sal para nuestras comidas, tenemos la luz para iluminarnos. Por eso hoy está diciendo que no encendemos la luz para ocultarla. Como nos dice, si queremos que ilumine no la podemos esconder debajo de un celemín, sino ponerla en alto. Sabemos que el celemín es como una medida por ejemplo para nuestros cereales, un cajón con un determinado tamaño que nos da una cantidad, el celemín aunque sean medidas que hoy no son usadas habitualmente. Y Jesús nos está diciendo que la luz tenemos que ponerla en alto, en un lugar estratégico para que sus rayos luminosos puedan abarcar el mayor espacio posible y todos nos podamos beneficiar.

La imagen de la luz se nos repite en el evangelio de muchas maneras; desde las que tienen que salir con las lámparas encendidas para iluminar el camino del novio que viene al encuentro con su esposa, como luego colocadas estratégicamente en la sala del banquete para que podemos disfrutar de la comida y de la fiesta. Pero será imagen que se utiliza al principio del evangelio de san Juan para de alguna manera describirnos lo que era la misión de Jesús y lo que tiene que significar nuestra fe. Luz va repartiendo Jesús en todos aquellos a los que saca de su ceguera, que se convierte en imagen de lo que significa encontrarnos con Jesús y su evangelio, porque quien le encuentra no andará en tinieblas. Gritará Jesús en un momento determinado para que vayamos a El y en El encontremos luz.

Pero hoy la imagen de la luz va en el camino de lo que somos nosotros con nuestra fe y lo que tenemos que ser con nuestra vida. Es el testimonio de luz que tenemos que dar. ‘Sois la luz del mundo’, nos dirá y no podemos ocultar esa luz, no podemos ocultar esa fe que ha iluminado nuestra vida. Tenemos que resplandecer quienes estamos llenos de luz. Y nos dice que igual que la luz no se oculta bajo el celemín, nos dice que la ciudad puesta en lo alto de la montaña no se puede ocultar. Y somos nosotros esa ciudad que tenemos que convertirnos en medio del mundo en ese faro que ilumine y que oriente - ¿qué hace el faro en la orilla del mar sino iluminar, orientar, decir lo cerca que estamos de puerto seguro, o prevenirnos de los peligros de las rocas que podamos encontrar en medio del mar? -, es lo que nosotros tenemos que ser.

Terminará diciéndonos Jesús que así ilumine nuestra luz la vida de los hombres para que todos puedan dar gloria a Dios. Todo se convierte en un interrogante, en una pregunta seria que tenemos que hacernos en lo más hondo de nosotros mismos. ¿Seremos esa luz? ¿Seremos esa sal? ¿Habremos ido perdiendo esa luminosidad y ese sabor de evangelio que tiene que desprenderse de nuestras vidas? A pesar de que somos tantos los que nos decimos cristianos, ¿cómo es que aun no hemos contagiado de ese sabor al mundo que nos rodea? ¿Estaremos los cristianos confundiendo a los demás porque no sabemos estar en el sitio y el momento adecuado para dar testimonio de esa luz?

jueves, 27 de febrero de 2025

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

 

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

Eclesiástico 5, 1-8; Salmo 1; Marcos 9, 41-50

Yo, a mi vida, a mis cosas, a disfrutar de mi vida; yo no tengo que ver con nadie ni nadie tiene que meterse conmigo y con lo que hago. Hay gente que vive así, solo se preocupan de sí mismos y quieren como crear un mundo solo para ellos; pero no vivimos en una burbuja y por mucho que queramos desentendernos de los demás, estamos relacionados y lo que hacemos no nos afecta solo a nosotros sino que repercute en los demás; podemos dañar o podemos arrastrar, como también nosotros podemos vernos arrastrados por el ambiente que nos rodea, influidos por lo que los otros hacen. Vivir es algo más serio.

Por naturaleza estamos hechos para la relación, aunque haya momentos de individualismo o de egoísmo en que nos queramos aislar de los demás; el hombre, y cuando digo el hombre quiero decir la persona no puede vivir sola, aislada de los demás; esa es la constitución del ser humano; tenemos voz para comunicarnos, tenemos ojos para contemplarnos, tenemos oídos para escucharnos, nuestros pasos no los damos aislados de los demás, ni el trabajo que realizamos solo es para nosotros mismos; hay una mutua relación entre unos y otros.

Por eso además tenemos que cuidar lo que hacemos para que no repercuta de mala manera en quienes nos rodean; tiene que surgir una delicadeza en el trato, como tenemos que dejar buenas huellas que ayuden a ir por buen camino a los demás; de la misma manera que no queremos que nadie nos dañe con lo que hace, nosotros también tenemos que cuidar el dañar a los demás con lo que hacemos; como no podemos dejarnos influir por lo que no es tan bueno que hagan los demás, tampoco nosotros podemos hacer algo que influya de manera negativa en los otros.

Hoy nos habla Jesús de esas cosas pequeñas y ordinarias de cada día con las que tenemos que crear esa buena relación entre unos y otros; desde esa generosidad de nuestro corazón para dar un vaso de agua al que está sendiento como para evitar aquello que distraiga del buen camino a los que están a nuestro lado.

Y habla Jesús de la importancia de no escandalizar a los que son pequeños y sencillos; y escandalizar es impulsar con nuestro mal ejemplo por el mal camino a quienes están a nuestro lado; y nos habla Jesús, entonces, de cómo tenemos que evitar en nuestra vida aquellas cosas, aquellos gestos, aquellas cosas que hagamos que nos lleven por lo mano. Es radical Jesús que nos dice que nos vale más entrar en el cielo manco de una mano, o que esa mano nos lleve a la perdición del mal. Y nos habla de esas miradas turbias que están llenas de malicia y que pueden pervertir nuestro corazón.

Y nos habla del sabor que le hemos de dar a nuestra vida y en consecuencia al mundo en el que vivimos. Es el sentido que le damos a nuestra existencia que nunca nos puede convertir en el ombligo del mundo, porque todo lo centremos en torno nuestro sino de esa apertura que hemos de darle a la vida porque, como decíamos al principio, vivimos en una relación con los demás.

Todo aquello que contribuya a esa buena relación que cree armonía y paz, que haga florecer el amor y la amistad, que nos haga sentirnos miembros de una misma familia será lo que le dará ese sentido y ese sabor a nuestra vida; nada de arideces y amarguras, nada de malquerencias y desconfianzas, nada de orgullos ni vanidades que nos quieran hacer crecer sobre los demás; mucho de sencillez y humildad para crear cercanía, para hacer fraternidad, para forjar comunión, para transmitirnos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría y al que no le falte ilusión. Es lo que nos hará grandes de verdad porque nos hemos anudado en la fraternidad. Es el buen sabor que le hemos de dar a la vida.

martes, 11 de junio de 2024

Tenemos que tomarnos en serio lo que nos dice Jesús de ser luz y de ser sal para nuestro mundo, que está necesitando esa luz y ansiando ese nuevo sabor

 


Tenemos que tomarnos en serio lo que nos dice Jesús de ser luz y de ser sal para nuestro mundo, que está necesitando esa luz y ansiando ese nuevo sabor

Hechos de los apóstoles 11, 21-26; 13 1-3; Salmo 97; Mateo 5, 13-16

¿De qué me vale tener una tonelada de sal guardada en la bodega si luego la comida está insípida y sin sabor o se me echan a perder los alimentos por no guardarlos debidamente con la sal que poseo? ¿De qué me vale tener muchas baterías acumuladas de energía pero bien guardada si no las utilizo para alumbrar allí donde estoy y vivo en total oscuridad?

Parecería un absurdo. Pero ¿no será lo absurdo en que de alguna manera vivimos los cristianos que teniendo la riqueza del evangelio no llenan de luz y de sabor nuestro mundo porque no somos capaces de difundir el mensaje del evangelio?

Tenemos una fe, hemos recibido la gracia del bautismo, en nuestras manos está el conocimiento de Jesucristo y el conocimiento de Dios, tenemos con nosotros el evangelio de Jesús ¿y qué es lo que vivimos? ¿Qué es lo que trasmitimos a ese mundo que nos rodea?

Estamos luego muy prontos para hablar y para quejarnos, para denunciar muchas situaciones que no nos gustan y para decir lo mal que andan las cosas y toda la problemática de nuestro mundo tan envuelto en tinieblas de ignorancia, de violencia, de desenfreno en muchas cosas; nos quejamos de la oscuridad pero no somos capaces de encender la luz. Es lo que estamos haciendo los cristianos porque tenemos la semilla en nuestras manos y no somos capaces de sembrarla.

Hoy nos está diciendo Jesús que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal. Y ya no solo es que nosotros nos dejemos iluminar por esa luz del evangelio tratando de vivir lo que nos enseña Jesús como sentido de nuestra vida, sino que además no somos capaces de llevar esa luz a los demás. Tenemos que ser sal nos dice Jesús, repito, no solo porque nosotros hayamos encontrado ese sabor de Cristo para nuestra vida dándole un sentido y un valor a lo que somos, a lo que vivimos, a lo que hacemos, sino que esa sal tenemos que llevarla también nuestro mundo.

Como nos dice Jesús no se puede ocultar una ciudad situada en lo alto de un monte. Y eso tenemos que ser nosotros; es el testimonio que tenemos que dar, es por lo que tienen que reconocernos, son los valores que nosotros hemos de vivir y que han de ser reflejo para el mundo que nos rodea. No nos podemos ocultar. Pero muchas veces nos da miedo dar ese testimonio, dar la cara por aquello que son nuestros principios, los valores por los que nosotros vivimos, y parece que vamos de vergonzosos por la vida, porque nos da miedo dar la cara por la verdad, por la justicia, por el bien, por el amor.

La luz hay que ponerla donde ilumine. Es lo que tenemos que ser nosotros. Y vivimos nuestro compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor, y no nos da miedo decir que lo hacemos desde el compromiso de nuestra fe; y trabajamos para que la gente viva en sana convivencia, en armonía siendo siempre instrumentos de paz, y lo hacemos porque desde Jesús nos sentimos comprometidos. No solo tienen que repicar las campanas de nuestras iglesias para decir que allí hay una comunidad cristiana, sino que tiene que notarse nuestra presencia en el mundo con nuestros valores por los que luchas para hacer que nuestro mundo sea mejor.

Tenemos que ser sal, nos dice Jesús. Y la sal se mezcla con los alimentos porque así es como les da sabor y así es como pueden conservarse sanos. ¿Estaremos en verdad mezclados los cristianos que creemos en Jesús con ese mundo que nos rodea, pero para desde dentro irle dando ese nuevo sabor a nuestro mundo porque trabajamos para hacer que todo tenga un nuevo sentido desde los valores del evangelio? Parece que los cristianos rehuimos estar ahí en medio de todo lo que es el entramado social para ser sal, y al final nos dejamos contagiar y no hacemos valor lo que son nuestros valores y nuestros principios. Una sal que no vale para sazonar aquello con lo que se mezcla no es buena sal, se ha echado a perder, se ha corrompido, ¿será eso lo que nos pasa a los cristianos que no estamos logrando que en nuestra sociedad brillen esos valores que nos trasmite el evangelio y es por eso la pendiente resbaladiza por la que se va deslizando nuestro mundo?

Es serio lo que nos plantea hoy Jesús de ser luz y de ser sal. A ver cuándo nos lo tomamos en serio.

viernes, 26 de abril de 2024

Despertemos para que el mundo tenga luz y tenga vida, no ocultemos el evangelio que es una luz que tiene que iluminar

 


Despertemos para que el mundo tenga luz y tenga vida, no ocultemos el evangelio que es una luz que tiene que iluminar

1Corintios 2, 1-10; Salmo 118; Mateo 5, 13-16

Se me ocurre pensar que la luz no es para si misma, sino que tiene la función de alumbrar a los demás, o iluminar el entorno que la rodea. La luz en si misma no la podemos guardar, meter en un armario para luego utilizarla cuando queramos; podremos guardar la energía, o aquellas cosas que nos puedan producir luz, pero no la luz en si misma. Allí donde hay luz todo se ilumina, allí donde hay luz nosotros podremos movernos y caminar, como podremos contemplar cuanto nos rodea y en consecuencia la belleza de nuestro entorno. La luz, entonces, nos hace vivir, nos ayuda a vivir.

Se me ocurren estos pensamientos previos ante el evangelio que hoy se nos propone. Nos habla de la luz y de la luz que tiene que iluminar, de la luz que nosotros hemos de ser con la que tenemos que iluminar. Será una luz que se enciende en nosotros, pero es una luz que nosotros recibimos. En fin de cuentas se nos está hablando del evangelio, de nuestro encuentro con Jesús y de cómo en El nos sentimos iluminados para nosotros transformarnos en luz, convertirnos en luz con la que tenemos que seguir iluminando a los demás.

A lo largo del evangelio es una imagen que se repite. Jesús es esa luz que viene a iluminar el mundo, por eso cuando Jesús comenzó a predicar, anunciando la llegada del Reino de Dios, por Galilea, el evangelista recordará aquel pasaje de los profetas que nos habla de que el pueblo que habitaba en tinieblas y en sombras de muerte se iluminó con una luz nueva. Es lo que significó la presencia de Jesús; es lo que con signos Jesús nos va expresando cuando va devolviendo la vista a los ciegos y despertando a una nueva vida y a una nueva esperanza a aquel pueblo que habitaba en tinieblas. Es lo que significa nuestro encuentro con Jesús; es lo que significa esa fe que ponemos en El.

Con Jesús la vida adquiere un nuevo sentido y valor; es una nueva sabiduría que inunda nuestra vida, es una nueva forma de vivir y de actuar. No nos faltarán los problemas y las dificultades, seguiremos con nuestras dudas y nuestros tropiezos, los problemas del mundo que nos rodea son los mismos, pero tenemos una nueva forma de afrontarlos, una nueva forma de caminar, una fuerza para superar obstáculos y dificultades, para vencer el mal que nos tienta, para caminar en una nueva rectitud, para comenzar a tener una mirada distinta a cuantos nos rodean, para caminar con la fuerza del amor.

Pero, como decíamos, esa luz no es para guardarla para nosotros sino esa luz es para repartirla. Es lo que nos está pidiendo Jesús cuando nos dice que somos luz del mundo y sal de la tierra. Y nos dice que la luz no es para guardarla metida en un cajón, sino para ponerla en alto e ilumine todo alrededor. Nos dice que somos sal, pero la sal es para preservar y para dar sabor; no nos vale tener guardada la sal en el armario si no la utilizamos para darle sabor a la comida o para preservar de la podredumbre lo que queramos guardar.

‘Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente’. Como nos seguirá diciendo también, ‘vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielos’.

Ahí está nuestra tarea y nuestra misión. No podemos ocultar la luz, no podemos dejar que se eche a perder la sal. Tienen que cumplir su función. Tenemos que cumplir nuestra función, de la que no podemos escaquearnos. ‘No podemos ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte’. Y eso tenemos que ser nosotros. Es la acogida, y de ahí la imagen de la ciudad, pero es también la salida de nosotros mismos para ir al encuentro con los demás llevando nuestra luz.

¿Qué estaremos haciendo con nuestra luz? ¿Qué estamos haciendo con esa fe que decimos que tenemos en Jesús? ¿Qué estamos haciendo con el Evangelio, la buena noticia que tenemos que llevar a los demás?  Hacen falta testigos. No nos quejemos de lo mal que anda la vida, de lo mal que anda nuestro mundo. Eso es una cosa fácil de hacer, quejarnos. Pensemos qué luz le estamos llevando nosotros desde nuestra fe al mundo que nos rodea. No nos escondamos. Salgamos a la periferia de nuestro mundo a llevar el evangelio. Es el testimonio de nuestra vida de creyentes que con valentía tenemos que ofrecer a los que nos rodean y que no siempre hacemos. Despertemos para que el mundo tenga luz y tenga vida.

 

 

martes, 13 de junio de 2023

Nuestra tarea y compromiso convertirnos en testigos de luz para ayudar a que no nos confundamos con esas luces parpadeantes que como señuelos nos quieren atrapar


Nuestra tarea y compromiso convertirnos en testigos de luz para ayudar a que no nos confundamos con esas luces parpadeantes que como señuelos nos quieren atrapar

 2Corintios 1, 18-22: Salmo 118; Mateo 5, 13-16

Queremos llegar a un determinado lugar y en medio de la noche tenemos que atravesar carreteras, calles y avenidas que están parpadeando de luces todas partes que nos hacen guiños como para atraer nuestra atención; las publicidades comerciales que nos anuncian lugares, productos, cosas que intentan que nos interesemos por ellas y en ellas nos quedemos; pero no es esa luz como meta de nuestra vida la que vamos buscando y tenemos que no dejarnos cautivar por sus ilusorias llamadas para que al final podamos alcanzar nuestro objetivo, nuestra meta.

Es imagen de la vida, con sus cosas atractivas, con sus guiños y sus llamadas, con tantas cosas que nos tientan y nos quieren embaucar; tantas cosas que nos dicen que son las que nos dan la felicidad al instante; tantas llamadas que nos prometen riquezas y abundancias, prestigios o influencias, grandezas y vanidades como si en ellas estuviera el verdadero sentido de la vida. Tenemos que buscar la luz que da verdadero sentido a nuestra vida, que nos puede conducir por camino cierto, que puede poner esperanza en la vida que a veces nos vuelve tan tormentosa, aquello que dé verdadero sabor a nuestra existencia, aquello que nos conduzca a la verdadera plenitud.

Sabemos donde está esa luz, sabemos quien es esa luz para nosotros. Por eso buscamos a Cristo y queremos dejarnos iluminar por su luz. Es la luz que nos da vida y que llena de la verdadera vida a nuestro mundo, es la luz que es nuestra salvación, es la luz que nos llena de verdadera esperanza y con quien nos sentimos seguros de que hay algo mejor, que podemos hacer las cosas de manera distinta, que podremos encontrar esa felicidad que llene hondamente nuestro corazón.

Pero encontrarnos con esa luz, llenarnos de esa luz nos compromete. Nos compromete a que tenemos que ser testigos con nuestra vida de esa luz; nos compromete porque nos convierte en portadores de luz y tenemos que llevar esa luz a los demás, esa luz a nuestro mundo para que en verdad encuentre el verdadero rumbo que lleva a la plenitud.

No podemos ocultar esa luz, no podemos disimularla, no podemos dejar que se mezcle y se confunda con esas otras luces que parpadean como si fuera una luz más. Para nosotros es la autentica, estamos convencidos porque lo palpamos en nuestra propia vida cuando nos dejamos iluminar, y por eso tenemos que llevarla con entusiasmo a los demás.

¿Qué estaremos haciendo de esa luz? ¿La estaremos ocultando debajo del celemín en lugar de poner en el alto candelero para que alumbre a todos los de la casa? ¿Qué sincretismos estaremos haciendo en la vida en donde todo lo mezclamos y todo nos parece igualmente bueno? ¿Será que hemos perdido el combustible que alimenta esa lámpara y ya todo nos da igual y se nos ha debilitado nuestra luz?

Recordemos que las doncellas que tenían que salir a iluminar el camino para el esposo que llegaba tenían que llevar suficiente aceite en sus alcuzas para que las lámparas no se apagaran. Hemos dejado debilitar nuestra ve, hemos bajado el listón de nuestras exigencias a nivel personal, de nuestro crecimiento y superación personal, de las metas que nos habíamos de haber puesto en el camino de nuestra vida cristiana, se nos ha enfriado nuestra espiritualidad y nos hemos contagiado del materialismo de la vida.

Termina hoy diciéndonos Jesús: ‘Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’. Es nuestra tarea y nuestro compromiso. Muchos a nuestro alrededor se pueden dejar engañar por esas luces parpadeantes que apartan del verdadero camino, pero ahí tenemos que estar nosotros para señalar desde el testimonio de nuestra vida que se convierte en luz para enseñar el camino que nos lleva a la verdadera luz, que nos lleva a Jesús.


miércoles, 26 de abril de 2023

La luz del evangelio no se puede ocultar, hay que ponerla allí donde más se necesita y mejor pueda iluminar nuestro mundo, es nuestra tarea como seguidores de Jesús

 


La luz del evangelio no se puede ocultar, hay que ponerla allí donde más se necesita y mejor pueda iluminar nuestro mundo, es nuestra tarea como seguidores de Jesús

1Corintios 2, 1-10; Sal 118; Mateo 5, 13-16

Al organismo o a la persona que le corresponde suministrar la luz para una población, si no cumple debidamente su cometido, porque hay cortes de energía muy frecuentes y además sobre todo en que la población, ya sea por sus trabajos, o también porque llegan las horas de la noche y la necesita para hacer su vida familiar o incluso su vida de ocio más necesita de esa energía le falla, probablemente se verá asediado de quejas, de recriminaciones, de exigencias de responsabilidad. Tiene que cumplir su función, tiene que suministrarnos esa energía para que podamos tener luz en los momentos que la necesitamos o se puedan desarrollar todas las actividades que conforman la vida de un pueblo o una sociedad.

Pues bien, habiendo escuchado el evangelio que en esta fiesta se nos propone, me pregunta si no tendrán que reclamarnos a los cristianos, no tendrá incluso que reclamársele a la Iglesia que no se está siendo esa luz que el mundo el mundo necesita y que tenemos la obligación de proporcionarle.

Está claro lo que nos dice Jesús, que la luz no se puede ocultar, que la luz hay que ponerla allí donde más se necesita y mejor pueda iluminar; y nos está diciendo Jesús a los que creemos en El y queremos seguirle que somos luz del mundo y sal de la tierra. ¿Estaremos de verdad iluminando a nuestro mundo? ¿Estaremos por el testimonio de nuestra vida siendo esa luz para los  hombres de hoy? ¿Por qué sigue habiendo tanta oscuridad si decimos que somos tantos los cristianos que creemos en Jesús?

Todos con mucha facilidad nos quejamos de que el mundo anda mal; nos sentimos sobrecogidos ante tanto mal que reina en nuestro mundo, injusticias, pobreza, falta de paz, corrupción a todos los niveles, hipocresía y falta de autenticidad, y así podríamos seguir haciendo una lista interminable. Es el mal que le duele a nuestro mundo, es el mal que nos llena de tanto sufrimiento, es el mal que nos hace un mundo enfermo y un mundo de muerte. Pero Jesús nos envió a curar a ese mundo, a iluminar a ese mundo, a hacer un anuncio de evangelio que transforme ese mundo.

Y como hemos escuchado recientemente nos dio poder para curar, para sanar, para resucitar y llenar de nueva vida, para expulsar demonios, para expulsar ese mal de nuestro mundo. ¿Qué hemos hecho? ¿Dónde por nuestro testimonio y nuestra palabra se están haciendo reverdecer de nuevo los signos del Reino de Dios? ¿No habremos ocultado la luz en lugar de ponerla en lugar bien visible para que alumbre a todos los de la casa?

Yo me miro a mí mismo caminando en medio de la gente que me rodea, familias, amigos, vecinos y me pregunto en qué medida yo soy luz para esas personas, qué anuncio estoy haciendo del evangelio de Jesús, cómo atraer a esas personas que hoy vemos tan indiferentes por ejemplo al hecho religioso, a una vida cristiana, a una cercanía de la Iglesia para que descubran que hay una luz que nos ilumina y nos da un nuevo sentido, y eso lo puedan palpar en mi vida. Algunas veces siento que soy uno de tantos que de igual manera va caminando sin luz que reflejar en medio de ese mundo a oscuras. Me inquieta eso en el corazón.

Y sí, tenemos que preguntarnos seriamente, si la Iglesia hoy está dando verdadero testimonio de esa luz con lo que hace que algunas veces da la impresión que solo sabemos mantener unos fuegos sagrados, pero que no terminan de ser esa luz que ilumine y que atraiga desde una tarea de verdadera evangelización. Nos conservamos muchas veces con unas celebraciones muy pías para dentro, para los de siempre, pero no se es capaz de despertar a algo nuevo como tiene que ser siempre el evangelio de Jesús.

domingo, 5 de febrero de 2023

Nuestra vida concreta, nuestros gestos y compromisos de amor serán los que harán surgir tu luz como la aurora brillando tu luz en las tinieblas

 


Nuestra vida concreta, nuestros gestos y compromisos de amor serán los que harán surgir tu luz como la aurora brillando tu luz en las tinieblas

Isaías 58, 7-10; Sal 111; 1Corintios 2, 1-5;  Mateo 5, 13-16

Hoy es uno de esos momentos cuando escucha uno el evangelio dice ‘¡ay, qué bonito!’ La imagen de la luz y de la sal que emplea Jesús en el evangelio es muy socorrida, la hemos escuchado muchas veces y en distintos momentos y muchas son las explicaciones que se nos han dado de tal manera que tiene el peligro  de que la sal se nos vuelva sosa. Ya nos lo sabemos, decimos, y nos ponemos a dar explicaciones fáciles. Pero, ojo, todo se nos puede quedar en palabrería, en palabras bonitas, porque la imagen nos da pie a ello, pero terminemos detrás de toda esa palabrería metiendo la luz debajo del cajón, ocultándola bajo el celemín y ya no nos dará luz. El peligro de sabernos las cosas y no dejarnos sorprender.

Porque lo tenemos claro, Jesús nos está diciendo que tenemos que ser luz, que tenemos que iluminar. ¿Y cómo se hace eso? Fácilmente respondemos porque demos ejemplo con nuestras obras, con nuestra vida, que se note que creemos en Jesús, que somos cristianos, seguidores de Jesús. Y sigo preguntándome, y eso, ¿cómo se hace? ¿Nos vamos a poner en la calle a gritar delante de todo el mundo que somos cristianos y creemos en Jesús? A lo mejor está bien hacerlo, ¿pero seríamos capaces? ¿Y a la gente le impactarían esos gritos? ¿Serán, acaso, otros los gritos?

La propia palabra de Dios que hoy hemos escuchado nos lo está diciendo. El profeta nos has dicho claramente cuando nuestra vida se volverá luz. Y no es que nos tengamos que poner una aureola luminosa alrededor de nuestro cuerpo. Y no está muy lejos de lo que nos decía Jesús en el pasado domingo sobre las bienaventuranzas. Estos textos y otros que escucharemos en los domingos siguientes antes de comenzar la Cuaresma forman en su conjunto el llamado sermón del monte.

Nos hablaban las bienaventuranzas de pobres y de hambrientos, nos hablaba de gente que lloraba y sufría y de quienes eran perseguidos, nos hablaba de violencias que hemos de transformar en paz y de la rectitud de nuestro corazón frente a tantas villanías que podemos encontrar a nuestro alrededor. Y hablaba Jesús de dicha y de caminos de felicidad, nos hablaba que así nos llenaríamos de Dios porque es la única manera de ver a Dios. Y hoy, como una continuación de aquel texto, se nos habla de resplandecer de luz y de llenar de sabor nuevo nuestro mundo. Unamos ambas cosas.

El profeta nos decía que cuando partimos el pan con el hambriento, hospedamos al pobre que no tiene techo o vestimos al que está desnudo, y no te desentiendes de aquellos que tienes que mirar como cosa tuya, como si te estuvieras mirando a ti mismo, entonces surgirá tu luz como una aurora, es el momento en que comienza a brillar una nueva luz, como cada aurora al amanecer que vence las tinieblas de la noche. 

Y continuaba diciéndonos de cuántas cosas tenemos que apartarnos para que no nos dejemos envolver por esas sombras y tinieblas, la opresión, la maledicencia, las envidias y los recelos, los orgullos y las desconfianzas, las acusaciones y las condenas con que de manera tan ligera juzgamos lo que hacen los demás. Cuando seas capaz de desprenderte de lo tuyo para saciar el hambre de los demás, entonces comenzará a brillar tu luz.

Por eso terminaba diciéndonos hoy Jesús: ‘Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

Ya sabemos cómo. No nos quedamos en decir que es un texto bonito. Estas palabras del evangelio tienen que herirnos por dentro. Sí, porque tenemos que sentirnos interpelados, porque no terminamos de hacer eso que nos está diciendo Jesús, porque edulcoramos tanto el evangelio que le quitamos el sabor a la sal con que tenemos que dar sabor, primero que nada, a nuestra propia vida, para que podamos dar ese sabor nuevo a ese mundo, porque lleguemos de verdad a contagiar a los demás de ese espíritu del evangelio.

Vayamos poniendo sal, vayamos encendiendo la luz; son muchas las oportunidades que tenemos, porque ese listado que nos ofrecían las bienaventuranzas el pasado domingo sigue estando presente en nuestro entorno. Necesitamos abrir los ojos y los oídos, porque muchas veces los tenemos delante de nuestras propias narices, pero nos hemos quedado mirándonos la punta de nuestra nariz y no hemos sido capaces de mirar más allá, un más allá que está muy cercano a nosotros. Dichosos los que saben hacerlo, porque también hemos de reconocer que hay gente que se sacrifica y se da por los demás, en ellos se cumple la bienaventuranza del evangelio.

Tenemos muy presentes muchas obras piadosas, muchos signos religiosos que quizás también muchos quisieran hacer desaparecer – y eso parece que sí nos duele -, pero no terminamos de dar el testimonio del evangelio porque no llegamos a ver ese mundo de sufrimiento – y ese sí que tendría que dolernos de verdad – donde tenemos que poner nuestra luz, o sea, poner nuestra vida concreta y nuestros gestos y compromisos de amor.

domingo, 2 de octubre de 2022

Hagamos vivo e intenso el camino de nuestra fe y seamos capaces de saborear la vida con esa sabiduría nueva que nos da la fe

 


Hagamos vivo e intenso el camino de nuestra fe y seamos capaces de saborear la vida con esa sabiduría nueva que nos da la fe

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94; 2Timoteo 1, 6-8. 13-14; Lucas 17, 5-10

Hacer un camino es mucho más que recorrer un trayecto, y si es posible, en el menor tiempo posible, para llegar a una meta. En nuestro mundo de prisas y de carreras, nos valemos de los más medios posibles y hoy se nos ofrecen muchas posibilidades técnicas, corremos de un lado para otro, queremos estar hoy aquí y mañana en cualquier otro lugar pero haciendo muchos recorridos hacemos pocos caminos. Cuántas veces nos sucede que habremos recorrido muchos sitios, pero no hemos saboreado lo mejor de esos sitios –digamos incluso como ejemplo la comida – y pocos recuerdos se mantengan en el alma de esos lugares recorridos.

El que hace camino contempla, el que hace camino se encuentra, el que hace camino de verdad descubre y aprende muchas cosas, el que hace camino saborea el lugar por donde va pasando y la relación con las personas con las que se va encontrando, el que hace camino se va empapando de una nueva sabiduría de la vida porque es capaz de detenerse para contemplar, para encontrarse, para saborear. El que hace camino también, y es importante, se encuentra consigo mismo pero no se encierra sino que se abre a una nueva trascendencia que también le eleva.

No nos quedemos en la imagen de un recorrido que podamos hacer por cualquier lugar de donde al final saboreemos o no las características de ese lugar. Es una imagen del camino de la vida que vamos haciendo cada día, donde en nuestras prisas o nuestras superficialidades no llegamos a saborear lo que es la vida misma; nos vamos muchas veces a lo que más pronto nos llama la atención, o nos quedamos en el disfrute de placeres efímeros que no terminan de darnos honda felicidad.

Como creyentes y cristianos también decimos que nuestra vida ha de ser un camino de fe desde donde tenemos que saber encontrar ese sabor especial que tanto nos eleva que incluso nos sobrenaturaliza. Es esa visión nueva que desde la fe podemos encontrar para el sentido de la vida misma y de cuanto hacemos. Pero entonces la fe no lo podemos entender como si de un sello o marca externa le pongamos a la vida por algunos actos que en algún momento realizamos. Será encontrar ese sentido nuevo, ese sabor nuevo que en cuanto hacemos tenemos que encontrar.

No haremos las cosas como quien quiera ir ganando puntos para poder tener al final una recompensa que nos pueda garantizar un más allá feliz y dichoso. Cuando actuamos solo desde un interés no disfrutaremos de aquello que hacemos o que vivimos, no sabremos encontrarle un sentido a las cosas que tengamos que realizar en nuestra vida de cada día, sino que casi las miramos como una obligación que se convierte en un peso que nos oprime porque nos parece que para conseguir esa recompensa final siempre tendríamos que estar renunciando a otras cosas que de momentos nos podrían parecer más placenteras.

El cumplimiento de nuestras obligaciones y responsabilidades no las tendríamos que mirar como un peso insoportable que no nos queda más remedio que padecer, sino que disfrutaríamos con ello porque le encontramos un sentido que nos enriquece a nosotros y que enriquece también a los que servimos. Aquellos momentos duros por los que tengamos que pasar en esos problemas con los que tengamos que enfrentarnos en la vida, tratamos de vislumbrar siempre una luz, un sentido o una palabra que a través de ello Dios nos estará queriendo decir. Las amarguras no son tan amargas, porque siempre sentiremos la presencia y la gracia de Dios que nos fortalece y pone esperanza en el corazón.

¿Estarían vislumbrando muchas de estas cosas los discípulos cuando escuchaban a Jesús? Se sienten, es cierto, débiles; muchas veces las cosas que Jesús les va enseñando les parecen difíciles de asumir y no terminan de comprender, sienten que hay un choque fuerte en sus vidas desde lo que son sus anhelos más humanos con ese camino nuevo que Jesús les va ofreciendo, por eso le piden a Jesús con toda intensidad. ‘Auméntanos la fe’.

Lo queremos pedir nosotros también, porque nos sentimos tan envueltos y rodeados por tantas cosas que se nos ofrecen de todos los lados, que muchas veces parece que se nos hace difícil hacer ese camino de la fe. No terminamos de saborear la vida desde ese sentido que Jesús nos ofrece. Nos parece muchas veces que nuestra fe es muy débil y tenemos que encontrar la forma de fortalecerla. Jesús nos dice que si fuera al menos como un grano de mostaza, seríamos capaces de hacer maravillas.

Hagamos, pues, crecer, esa semilla de la fe en nuestros corazones, que sea en verdad la sal de nuestra vida, la luz que nos ilumine, para que demos también ese sabor no solo a nuestra vida sino a ese mundo que nos rodea; que seamos capaces de contagiar de ese sabor, de iluminar con esa luz.

Hagamos vivo e intenso el camino de nuestra fe y seamos capaces de saborear la vida con esa sabiduría nueva que nos da la fe.

lunes, 8 de agosto de 2022

La Iglesia, los cristianos que nos sentimos comprometidos con nuestra fe, hemos de dar respuesta al reto de descristianización que vive nuestra sociedad

 


La Iglesia, los cristianos que nos sentimos comprometidos con nuestra fe, hemos de dar respuesta al reto de descristianización que vive nuestra sociedad

Isaías 52, 7-10; Sal 95; Mateo 5, 13-19

Es fácil escuchar ruidos de festejos en estos días de verano cualquiera de los caminos que queramos tomar. Las pirotecnias de los fuegos artificiales iluminan la noche de nuestros pueblos mientras con una mayor o menor insistencia y volumetría secaremos la música que quieren alegrar y acompañar las fiestas de nuestros pueblos. Habitualmente celebramos a nuestros santos patronos, en cuyo honor están edificados nuestros templos, hacemos las fiestas de la Virgen en sus diversas advocaciones que se multiplican por todos lados en estos meses, o sobre todo en el mes de setiembre por nuestras tierras las fiestas de nuestros ‘Cristos’. Los ‘actos religiosos’ están especialmente resaltados en los programas festeros y las procesiones serán acompañadas por esas músicas y los sonidos y coloridos de las exhibiciones pirotécnicas. Frutos de unas tradiciones – muy dados somos a mantener tradiciones en nuestros pueblos aunque solo sean del año anterior – o restos que quedan de la religiosidad de nuestros pueblos que hemos de reconocer cada día va a menos reflejado como está en nuestros templos vacíos en las celebraciones habituales.

Confieso que me interrogo a mí mismo, por lo que vivo o por lo que contribuyo a mantener esas tradiciones, dónde está el evangelio y el sentido cristiano de la vida detrás de todas esas apariencias religiosas y esas manifestaciones. Se pregunta uno qué es lo que en verdad celebra la mayoría de nuestra gente en estas manifestaciones festivas para los que en una inmensa mayoría solo van a recordar el esplendor de una procesión o quizá solo el recuerdo de unos bonitos fuegos artificiales. Como Iglesia de Jesús, ¿qué es lo que realmente estamos haciendo?

Aunque son interrogantes que siempre me han ronroneado en mi interior, me ha venido a la mente con intensidad cuando me he puesto a recordar y a leer algo sobre santo Domingo de Guzmán a quien hoy estamos celebrando. Era a principios del siglo XIII cuando aquel sacerdote español de Burgo de Osma donde era canónigo de su Catedral acompañó a su Obispo en un viaje por el centro y norte de Europa. Diversas herejías asolaban la fe de muchos cristianos, pero era sobre todo la gran ignorancia del evangelio que tenía el pueblo cristiano, lo que mantenía una pobre religiosidad basada muchas veces sólo en vidas de santos muy llenas de leyendas, lo que impresionó a este sacerdote que le haría cambiar totalmente su vida. Sintió la urgencia en su corazón del anuncio del evangelio. ‘¡Ay de mí, si no evangelizara!’, como había dicho un día san Pablo. Había que hacer un anuncio de palabra y de obra del Evangelio. Había que llegar a todas esas gentes – como diría hoy el Papa Francisco a la periferia – con un anuncio vivo del Evangelio de Jesús.

Así nació la Orden de los Predicadores, con aquellos que en torno a santo Domingo se congregaron con la misma inquietud del anuncio del Evangelio. La sal y la luz del evangelio habían de llegar a todos para que todos tuvieran ese nuevo sabor y sentido para sus vidas. La sal no era para guardarla, porque si la guardamos mucho tiempo sin darle uso apropiado lo que hará será estropearse; la luz no puede esconderse debajo del celemín, sino que ha de poner en un alto candelero para que ilumine toda la casa; no se puede ocultar una ciudad edificada en lo alto de una montaña. No podemos ocultar el evangelio, tenemos que trasmitirlo para que se haga vida en los demás. La sal que pierde sabor no sirve sino para tirarla y que la pise la gente.

Ante lo primero que comenzamos a comentar me pregunto qué es lo que nosotros estamos haciendo con el Evangelio. Nos creemos ya un pueblo cristiano y evangelizado porque mantenemos la práctica de algunas tradiciones religiosas pero tenemos que reconocer que necesitamos un nuevo y vivo anuncio del evangelio para que dé sentido a lo que decimos que vivimos o a lo que decimos que somos, pero que muchas veces para muchos de nosotros esa sal ha dejado de dar sabor.

Vamos cada vez más en un proceso muy grave de descristianización de nuestra sociedad; son menos los niños que se bautizan, son pocos los que hacen pareja matrimonial recibiendo el sacramento del matrimonio, cada vez son menos los niños y jóvenes que asisten a las catequesis de nuestras parroquias y no reciben ni los sacramentos de la iniciación cristiana, cada vez se van sustituyendo por ceremonias civiles lo que antes eran celebraciones cristianas, cada vez vamos encontrando una indiferencia en nuestros jóvenes y no tan jóvenes ante el hecho religioso y no digamos ante la Iglesia y el sentido cristiano de la vida.

¿En verdad la Iglesia, los cristianos que nos sentimos más comprometidos con nuestra fe estamos dando respuesta a estos retos?

martes, 5 de julio de 2022

Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo realizando los signos del Reino de Dios para que alcance esa luz y encuentre de nuevo el sabor del evangelio

 


Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo realizando los signos del Reino de Dios para que alcance esa luz y encuentre de nuevo el sabor del evangelio

 Oseas 8, 4-7. 11. 13; Sal 113; Mateo 9, 32-38

Los signos del Reino de Dios se van prodigando en la medida en que avanzamos por las páginas del evangelio. Aquellas señales anunciadas por los profetas y que Jesús mismo nos recuerda cuando proclama la profecía de Isaías en la Sinagoga de Nazaret se van cumpliendo. Escuchamos el relato de la resurrección de la hija de Jairo, como la curación de la hemorroísa que se había acercado con fe a Jesús queriendo tocarle al menos la orla de su manto; se van sucediendo relatos de curaciones de ciegos a los que se les devuelve la vista o como es el caso que escuchamos hoy en el evangelio será un hombre atenazado por el espíritu del maligno y que no podía hablar el que ahora es curado por Jesús para que pueda manifestarse y expresarse con entera libertad.

Son los signos que nos liberan, y no solo de enfermedades o limitaciones físicas, sino de ese mal que más hondo mora en nosotros y del que Jesús quiere liberarnos. Son muchos los que acercan hasta Jesús para ver la liberación y la salvación en sus vidas. Es el signo y señal de que algo nuevo está comenzando, que una nueva primavera de vida va brotando con el paso y la presencia de Jesús. Será clara la liberación que Jesús quiere hacer en nosotros y van brotando semillas nuevas de ese Reino de Dios que abre horizontes, en encamina para un mundo nuevo.

La gente decía admirada que nunca había visto cosas igual, aunque por otra parte haya algunos que quieren negar lo evidente y lo que quieren es socavar los cimientos de la confianza que la gente sencilla y humilde ha puesto en Jesús. Siempre estarán al acecho los fariseos y maestros de la ley para hacernos su interpretación, que lo que Jesús hace no es con el dedo de Dios, con el poder de Dios, sino con el poder del príncipe de los demonios. Como Jesús les hará ver en alguna ocasión, todo reino dividido se destruye a sí mismo, luego son incomprensibles y sin sentido las palabras de los que quiere enturbiar la acción de Jesús que va así realizando el Reino de Dios.

Hoy le contemplamos recorriendo las ciudades y las aldeas de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios y realizando esos signos que nos manifiesta que ya el Reino de Dios está entre nosotros. ‘Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Pero realizaba los signos, curaba de toda clase de enfermedad, iba transformando el corazón de los hombres y mujeres que le rodeaban y le escuchaban, porque algo nuevo, una vida nueva iba brotando en ellos.

¿Cómo estamos haciendo presente el Reino de Dios hoy en este mundo concreto que nos ha tocado vivir? ¿Estaremos haciendo resplandecer de verdad esos signos del Reino de Dios que se han de ir manifestando en nuestra vida? Tenemos que ser un signo bien palpable en medio de nuestro mundo, donde también muchos se sienten extenuados, desorientados, abandonados. Es nuestra tarea.

Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo, como Jesús caminaba en medio de aquellos pueblos de Galilea y toda Palestina, realizando de la misma manera esos signos del Reino de Dios para que el mundo alcance esa luz, para que tantos se dejen iluminar y renovar por esa luz y encuentren de nuevo el sabor del evangelio. Por eso nos ha dicho Jesús que tenemos que ser luz del mundo y sal de la tierra. No lo podemos olvidar. Un amplio campo que se abre ante nosotros y por el que también debemos orar, como nos está pidiendo hoy Jesús. ‘La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’.

Estemos atentos a esto que nos dice Jesús hoy en el evangelio. También tenemos que orar, por la abundancia de trabajadores, pero también por la realidad de ese mundo en medio del cual estamos. Será nuestra oración lo que lo vivificará porque hará que se derrame el Espíritu del Señor sobre él.

martes, 7 de junio de 2022

No seamos cristianos para el arrastre, nuestro testimonio haga que la sal de nuestros valores vaya impregnando cuanto nos rodea para que encuentre su verdadero sabor

 


No seamos cristianos para el arrastre, nuestro testimonio haga que la sal de nuestros valores vaya impregnando cuanto nos rodea para que encuentre su verdadero sabor

1Reyes 17, 7-16; Sal 4; Mateo 5, 13-16

La sal para dar sabor o para evitar la corrupción, y la luz para colocarla en el sitio más oportuno para que ilumine. Como se suele decir, cuando una cosa está muy clara, no es que hayan descubierto el mediterráneo. Pero sí, una cosa tan elemental y tan sencilla parece, sin embargo, que es algo que falta mucho. ¿Habremos encontrado el verdadero sabor? ¿Nos habremos librado de corrupción y de muerte? ¿Todos nos iluminamos con la misma luz?

Jesús hoy nos hace algunas consideraciones, así como de pasada, como se dice, sin mala intención. ¿Y si la sal pierde el sabor? ¿Y si la luz no la hemos colocado en el lugar más adecuado, sino que más bien se nos ha ocurrido ocultarla debajo del cajón? ¿A quien se le ocurre? Podríamos comentar, pero miremos si algo así no nos está pasando.

Porque Jesús nos está diciendo a los que creemos en El y queremos seguirle que es eso lo que nosotros tenemos que ser, sal y luz, sal que dé sabor y preserve de la muerte y luz que ilumine y nos haga encontrar el sentido de verdad. Primero tenemos que aplicárnoslo a nosotros mismos, descubrir si hemos encontrado ese sabor, si en verdad estamos iluminados por su luz.

A veces los cristianos no terminamos de darnos cuenta en qué tenemos que diferenciarnos de los demás; todo nos puede parecer bueno, nos conformamos con lo que otros hacen desde sus propios planteamientos y parece que nosotros no tenemos nada que decir, no hay algo nuevo que tenemos que matizar, nos da igual lo que otros digan y no somos capaces de ver las diferencias.

No hemos encontrado la sal, no hemos encontrado el sabor que desde nuestra fe tiene que tener nuestra vida; y vamos mezclándolo todo, y andamos en unas tremendas confusiones, y no somos capaces de mantener unos principios, o a la hora de una elección decantarnos por lo que hayamos descubierto desde el evangelio que tiene que ser nuestra vida. Hemos ido dejando por otra parte que la corrupción se vaya adueñando de nuestro mundo. Y donde hay corrupción sabemos que fácilmente nos podemos contagiar; una manzana podrida lleva la corrupción a todo el cesto de manzanas. No hemos encontrado esa luz que nos ilumina y con la que nosotros tenemos que iluminar a los demás.

Es triste pero parece que somos cristianos del arrastre, nos vamos arrastrando detrás de cualquier cosa sin hacer notar lo que en verdad son los valores que aprendemos desde Jesús y su evangelio. Parece que no tenemos una palabra que decir; parece que no tenemos una luz con la que iluminar; parece que poco nos importa el camino que nos ha trazado Jesús y que hemos de seguir. ¡Qué poca influencia estamos teniendo los cristianos en el mundo a pesar de que decimos que somos tantos! No hacemos oír nuestra voz.

Qué necesario es que nos impregnemos de verdad cada vez más del evangelio. como la sal que se impregna en el alimento de tal manera que al final no sabemos donde está la sal, pero si sabremos que aquel alimento tiene un nuevo sabor, así necesitamos impregnarnos bien, empaparnos bien del evangelio. Es impregnarnos de Dios, es sumergirnos en su Espíritu, es sentirnos iluminados por su luz de manera que resplandezcamos, que nuestra vida se presente así como se faro de luz que todo lo inunda, que nos hace encontrar la verdad de nuestra vida, que nos permite dejarnos conducir por el Señor.


Es el testimonio que tenemos que dar. Porque aunque muchas veces digamos que en el mundo hay un rechazo a lo que tenga el sabor cristiano, sin embargo hoy está nuestro mundo, están nuestras gentes en un camino de búsqueda, aunque muchas veces no sepan a donde dirigir sus pasos, de alguna manera están buscando una luz, un sentido, algo que les dé valor a sus vidas. 

Es el testimonio que tenemos que dar, si de verdad hemos plasmado en nuestras vidas el sentido del evangelio; nuestros valores resplandecerán, nuestra sal impregnará a ese mundo que nos rodea para que pueda encontrar el verdadero sabor para sus vidas.

viernes, 18 de marzo de 2022

Como perfume, como luz o como sal hemos de expandirnos por el mundo con los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y de los que somos administradores

 


Como perfume, como luz o como sal hemos de expandirnos por el mundo con los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y de los que somos administradores

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Malo es sentirse dueño de algo de lo que solo soy un administrador. Quien administra algo que se le ha confiado ha de saber actuar con responsabilidad en su función, pero siempre conciente de cual es su papel, del que un día le han de pedir cuentas, pues solo es un servicio que presta – es cierto con su remuneración y sus beneficios – en ese encargo que le han confiado. Mal podríamos pensar de un administrador que se cree dueño para hacer y para deshacer, para buscar solo sus propios beneficios y no ser consciente de la función que allí desempeña. No podemos apoderarnos cual presas de rapiña de aquello que no es nuestro, aunque en nuestras manos esté, pero de lo que solo somos unos administradores que hemos de conseguir los mejores beneficios para quien en verdad es el propietario.

Con este sentido nos propone Jesús algunas parábolas, como la de aquel administrador injusto, aunque fuera muy sagaz en sus manejos. Hoy nos propone Jesús esta parábola de la viña y los viñadores que no rinden cuentas, sino lo que es peor tratarán de apoderarse de aquella viña.

Es cierto que en una primera lectura de la parábola y dada la situación en la que Jesús la propuso está haciendo como un repaso a la historia de Israel. Son el pueblo de Dios, la viña preferida del Señor, como ya aparece incluso en los profetas del Antiguo Testamento. Ahí está toda la historia del amor de Dios por su pueblo, al que había elegido en Abrahán y al que un día liberará de la esclavitud de Egipto conduciéndolo en medio de obras portentosas a través del desierto hasta la tierra que les había prometido.

Aquello que Moisés en el Deuteronomio les había advertido pronto lo olvidaron. Cuando lleguen a aquella tierra que Dios les va a dar y comiencen a comer del fruto de aquella tierra, que no olviden al Señor su Dios que un día los había liberado de Egipto, les había hecho cruzar el mar Roja y los había llevado a la tierra prometida. No te olvides del Señor, tu Dios, les había advertido Moisés. Pero bien sabemos la historia de altos y bajos que fueron recorriendo, olvidándose de la Alianza que habían hecho en el Sinaí y no dando los frutos que Dios esperaba de ellos.

Nos lo refleja la parábola, como el final o el momento culminante de aquella historia cuando Dios les envía a su propio Hijo. ¿Qué estaban haciendo ahora con Jesús? ¿Merecían ellos aquellos dones de Dios dada la respuesta que estaban dando? ¿Habían sido buenos administradores de los dones de Dios?

Pero hoy que nosotros estamos escuchando esta Palabra de Dios no nos quedamos en recordar historias antiguas, o la referencia a la respuesta o no que otros hayan dado, sino que tenemos que ver nuestra propia historia, nuestra propia vida. ¿Cómo respondemos a los dones de Dios?

Pensamos en el don de la vida que Dios nos ha regalado, ¿somos capaces cada día de dar gracias a Dios por ese don tan maravilloso que es nuestra propia vida? Somos administradores de ese don de Dios en nosotros. Hay quien puede pensar que puede hacer de su vida lo que quiere porque es su propia vida, pero un creyente no puede pensar de esa manera. esa riqueza que hay en nosotros, en nuestra vida con sus dones y cualidades, no es solo para nosotros mismos sino que vivimos en un mundo en el que tenemos que ser buena semilla que alegre con las flores de sus valores al mundo que le rodea pero que también dé sus frutos.

Pensamos en la vida, pero pensamos en la riqueza de nuestra fe, semilla que Dios ha plantado en nuestro corazón. Con ella hemos de saber perfumar nuestro mundo porque con ella descubrimos un nuevo sentido, un nuevo valor a cuanto hacemos y cuanto vivimos. No nos la podemos guardar para nosotros mismos; es algo de lo que hemos de saber contagiar a los que nos rodean, con ella hemos de saber ser luz para los demás, con ella tenemos que ser sal para nuestra tierra.

Como el perfume que se expande embriagando a cuantos lo reciben, como la luz que con sus resplandores ilumina cuanto hay en su entorno, como la sal que da buen sabor a aquello que es nuestro alimento despertando el apetito de lo mejor, así tenemos que ser en medio de nuestro mundo. No nos podemos guardar los frutos de esa viña para nosotros solos porque se nos han confiado para que beneficiemos a los demás haciendo un mundo nuevo. ¿Sabremos ser buenos administradores de esos dones que Dios nos ha confiado?

martes, 8 de junio de 2021

Con el sabor del evangelio ya nuestra vida no será insípida porque tiene el sabor de Cristo, ese sabor del que queremos impregnar también nuestro mundo

 


Con el sabor del evangelio ya nuestra vida no será insípida porque tiene el sabor de Cristo, ese sabor del que queremos impregnar también nuestro mundo

2Corintios 1, 18-22; Salmo 118; Mateo 5, 13-16

Esta comida no tiene sal, no tiene sabor, nos quejamos cuando nos presentan un alimento sin haberlo condimentado debidamente. No tiene sabor, no sabe a nada. Por prescripciones médicas en algunas circunstancias nos obligan a comer sin sal, y que difícil se hace; nos hemos acostumbrado al buen sabor que cuando nos falta, cuando la comida es insípida, no la pasamos.

Y hoy nos habla Jesús de la sal en el evangelio, y nos habla también de la luz. Y nos dice que nosotros tenemos que ser la sal de la tierra. Nos confía una misión, dar sabor al mundo. Y es que quien se ha encontrado con Cristo ha encontrado el sabor de su vida y la vida del cristiano no puede ser insípida.

Todos queremos encontrarle un sentido a la vida. ¿Por qué y para qué vivimos? ¿Qué hacemos en este mundo? ¿Qué es lo que podemos hacer de nuestra vida para encontrar un valor a lo que hacemos? Es como el norte de nuestra existencia, queremos encontrarlo porque queremos saber a dónde vamos y cómo podemos llegar. Y eso el cristiano lo encuentra en Cristo. Porque no somos cristianos simplemente porque admiremos la historia y recordemos a un personaje. Jesús es mucho más que un personaje de la historia; si nos ponemos a analizar mucho alguien podría preguntarse qué es lo que realmente hizo Jesús; aparentemente a la manera de concebir las cosas en las carreras locas de nuestro mundo, podría decirse incluso que fue un fracasado; siendo aún joven su vida se ve truncada y termina muriendo en una cruz como un malhechor.

Quienes miran los hechos así solo desde un lado humano y desde los logros que los triunfadores del mundo quieren conseguir, la vida de Jesús se vio truncada en una muerte violenta. Ni fue un general victorioso al frente de unos ejércitos, ni un caudillo que se llevara las masas detrás de él para crear una revolución, ni nada importante según los parámetros con que se miden los triunfos en este mundo.

Claro que para quien pone su fe y su esperanza en Jesús en la vida de Jesús ve mucho más allá de esas maneras humanas de ver las cosas. Ahí está su palabra y ahí está el sentido de su vida, con lo que incluso su muerte adquiere un sentido y un valor. No era una revolución de las masas lo que Jesús quería realizar ni buscaba ejércitos victoriosos con los que ganar batallas.

Era otro el estilo y el sentido de Jesús. Y su palabra y los signos que iba realizando despertaban de verdad las esperanzas de un mundo nuevo. Y efectivamente a partir de su muerte comenzó a surgir algo nuevo, porque El seguía vivo, seguía presente con la fuerza de su Espíritu en medio de aquellos que creían en El. Su vida no se acabó en una muerte en una cruz, porque el salió del sepulcro y lo proclamamos resucitado de entre los muertos. Y Jesús sigue vivo en medio de nosotros. Y ese Reino nuevo que El anunciaba comenzó a realizarse en aquellos que creían en El, y la vida de todos imitando su vida comenzó a adquirir un nuevo sentido y un nuevo valor. En Cristo se encontraba un nuevo sabor.

Algo nuevo comenzó con Jesús y su Espíritu impregna de verdad el corazón de los fieles, de los que creen en El. Con El encontramos ese nuevo sentido, ese nuevo valor para nuestra existencia encontrando respuesta para todas esas hondas preguntas sobre el sentido de la vida. Una vida desde el amor como fue la vida y la muerte de Jesús es lo que ahora nos da sentido y sabor a nosotros. Por eso decimos que el evangelio es sal del mundo, y que los que queremos vivir el Evangelio de Jesús nos convertimos también en sal y en luz para nuestro mundo. Ya nuestra vida no será insípida porque tiene el sabor de Cristo, ese sabor del que queremos impregnar también nuestro mundo. ¿No estará nuestro mundo esperando encontrar ese nuevo sabor?

Es lo que Jesús nos está pidiendo, lo que con el evangelio de hoy nos está ayudando a descubrir; es el sabor nuevo que le damos a nuestra vida pero que queremos darle también a nuestro mundo.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

 


Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

‘Nadie es capaz de saber quién es y de lo que es capaz hasta que no se mide con la realidad, entregándose al bien a través del ejercicio de sus cualidades y habilidades’. Un buen pensamiento que nos da inicio al comentario al evangelio de hoy y que me he permitido tomar de un comentarista de textos evangélicos.

Cuando nos aprietan sacamos a flote todos los recursos que tenemos e ingeniosamente somos capaces de ponerlos a juego; es el momento, sí, de descubrir nuestro valor en la dificultad y cuando tenemos todas las cosas en contra. Pero también sabemos que para algunos es el momento de achicarse, de acobardarse, de esconderse o de huir tirando la toalla, lo que decimos comúnmente es una cobardía, o decimos el poco valor que tenemos. Pero sucede, nos sucede, más de lo que imaginamos o queremos reconocer.

Yo no valgo, decimos acobardados, yo no soy capaz, algunas veces preferimos hundirnos antes que intentar nadar que a fuerza de hacerlo terminaríamos aprendiendo. Aquellas dos moscas que cayeron en un vaso de leche, ¡me ahogo!, pensaron quizás, y una se dejó hundir porque no veía en la orilla a donde agarrarse o por donde salir, pero la otra, sin embargo, comenzó a mover sus patitas intentando nadar, no cejó en el empeño, insistió dando vueltas y vueltas hasta que pronto sintió que bajo sus patitas había algo sólido que parecía crecer y en lo que podía apoyarse, batiendo sus patitas había hecho una bola de mantequilla con la grasa de la leche y al final se salvó.

Tenemos que aprender, tenemos que no cejar en nuestro empeño e insistir, tenemos que aprender a buscar salidas que podemos encontrar, no nos podemos quedar quietos y encerrados; detrás de cualquier obstáculo que nos encontremos puede haber un respiradero, una salida, un rayo de luz que despierte nuestra esperanza y haga aparecer nuestra creatividad. Es difícil, nos decimos muchas veces, esto supera mis fuerzas o mis capacidades, pero nada se ha hecho por si solo sino que ha habido alguien con empeño que ha buscado soluciones, ha abierto caminos, a despejado horizontes.

La pasividad no es buena, es algo negativo y siempre tenemos que intentar ser positivos y con optimismo pensar que podemos encontrar una salida. Ahí están nuestros valores humanos, nuestra constancia, nuestra firmeza, nuestro creer en nosotros mismos, la fortaleza de espíritu, la capacidad de iniciativa que todos tenemos escondida dentro de nosotros; hay que buscar el resorte que le haga saltar.

Y esto en todos los aspectos de la vida; vendrán momentos difíciles pero en nuestras manos siempre hay algún talento que podemos desarrollar; serán muchos o serán pocos, no importa, lo importante es que creamos que podemos negociarlos, que podemos sacar un provecho, un fruto de eso que tenemos.

Son los momentos difíciles que vivimos actualmente que si tenemos que estar encerrados en previsión de posibles contagios del virus, sin embargo nuestro espíritu no lo podemos encerrar, podemos soñar y podemos imaginar, podemos tener creatividad y tener inventiva, podemos aprender lecciones como revisar actitudes y posturas con las que hemos vivido de una forma conformista hasta ahora.

Pero tenemos que salir de nuestro conformismo, despertar de la pasividad, quitar los miedos, creer que en verdad un día encontraremos una luz. No podemos quedarnos pasivamente a que otros nos abran caminos, nos den soluciones o nos resuelvan las cosas; cada uno tiene su parte, y tú y yo tenemos también nuestra parte y nuestra responsabilidad.

Creo que es lo que nos quiere decir Jesús con la parábola que nos propone. Aquel hombre que repartió los talentos entre sus servidores esperando encontrar un fruto y un rendimiento a la vuelta. Unos supieron negociarlos, otros lo enterró y no se obtuvo ningún beneficio, es más, él mismo perdió aquel talento que se le había confiado. Había tenido miedo, como nosotros tantas veces que nos acobardamos. No nos quiere el Señor pasivos. Ha puesto el mundo en nuestras manos y en nuestras manos está el que podamos hacerlo mejor. No nos podemos sentir abrumados por los problemas, por la inmensidad del trabajo, o por el mundo contrario que nos podamos encontrar.

Es lo que nos sucede con nuestra fe, ese tesoro que ha sembrado Dios en nuestro corazón. Y hemos reconocer que estamos en una generación de cristianos pasivos, que nos encerramos, que huimos, que enterramos nuestros valores y nuestros principios. Pero ese Reino de Dios tenemos que construirlo, está en nuestra manos.

Nos cuesta dejarnos renovar para salir de nuestra pasividad y de nuestro miedo; vivimos en una actitud muy conformista simplemente de dejar hacer, pero sin comprometernos; nos contentamos con nuestros cumplimientos como si solo fuera suficiente el que enterremos el talento para que no se nos pierda. Tenemos que despertar y es en momentos como los que vivimos donde tiene que resplandecer esa fe que decimos anima nuestra vida para anime también a nuestro mundo.


Ahora incluso, que por la situación actual nos vemos muy mermados en nuestras actividades pastorales, tendríamos que saber encontrar caminos, medios, formas para seguir haciendo ese anuncio que ahora quizá con más razón nuestro mundo necesita cuando nos encontramos tantos desesperanzados de la vida. Y nosotros tenemos que ser luz de esperanza para nuestro mundo, sembrar un optimismo de la vida que nace de nuestra fe.

No sabemos, quizás, como hacerlo, pero es el momento de reflexionar, de abrirnos al espíritu del Señor que nos inspire nuevos caminos y nuevos campos. Pero tenemos que seguir siendo esa luz del mundo, esa sal de la tierra. No perdamos ese resplandor ni ese sabor que tenemos que transmitir a los demás.