Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta optimismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta optimismo. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de noviembre de 2025

Necesitamos que resuenen con fuerza la esperanza y el optimismo a pesar de lo que estamos viviendo porque estamos llamados a un mundo y a una vida nueva

 


Necesitamos que resuenen con fuerza la esperanza y el optimismo a pesar de lo que estamos viviendo porque estamos llamados a un mundo y a una vida nueva

Daniel 7, 15-27; Dn 3,82-87; Lucas 21, 34-36

Necesitamos que resuenen con fuerza la esperanza y el optimismo a pesar de lo que estamos viviendo. No podemos ser catastrofistas a la hora de contemplar la realidad de la vida por muchas que sean las sombras que contemplamos. Son los cambios de los tiempos que van mucho más allá de lo que ahora llamamos cambio climático, porque a veces parece que la naturaleza nos azota sin piedad, temporales e inundaciones por una parte mientras por otro lado parece que el desierto avanza con la subida de las temperaturas, incendios o volcanes, la naturaleza parece que revuelve sus tripas.

Pero no nos quedamos ahí. Son muchos los aspectos de la vida que algunas veces nos llenan de pesadumbre y que pudieran hacernos desembocar en la amargura, sentimos inquietud dentro de nosotros en la transformación que contemplamos en nuestra sociedad que algunas veces nos puede costar comprender. Lo que algunos llaman avance para otro puede parecer destrucción, nos cuesta acercarnos y entendernos, muchos valores espirituales parece que se van perdiendo y por la forma como vemos a muchos a nuestro alrededor nos preguntamos si realmente saben a donde van o cuales son los valores de su vida. Cada día atentamos más contra la paz, y son las guerras candentes que por distintos lugares del mundo producen muerte y destrucción pero es la violencia que vivimos en nuestras relaciones más cercanas que nos impide el entendimiento o simplemente nos sentemos a dialogar, es la falta de respeto y de valoración de lo que hacen los demás porque siempre lo hace mal aquel que consideramos oponente a nuestras ideas.

Una primera pregunta sería dónde estamos los cristianos en medio de esta barahúnda que contemplamos en nuestro mundo. Pero también tendríamos que preguntarnos qué tendríamos o podríamos hacer. ¿Decir que es el destino de la vida ante el que no podemos hacer nada y aguantarnos a ver cómo pasamos el temporal? La actitud más humana que tendríamos que afrontar no pasa por el derrotismo o el cruzarnos de brazos. Siempre decimos que tenemos que sentirnos comprometidos y ante esa realidad tenemos que actuar. Por eso hablamos de esperanza y del optimismo con que hemos de afrontar la vida a pesar de las oscuridades y dificultades.

Es algo que tenemos que tener muy claro. Claro que optimismo no es simplemente ponernos a cantar como si nada estuviera pasando; optimismo no es tomarnos la vida a la ligera como si nada pasara pensando que por sí mismo todo se solucionará con el paso del tiempo. Optimismo es algo más profundo, algo también más comprometido porque las cosas no las podemos tomar a la ligera y tenemos que ser conscientes de la realidad.

Nuestro optimismo nace de la esperanza que anima nuestra vida.  Desde nuestra tenemos clara cuáles son nuestras metas y en nuestras metas está esa transformación de nuestro mundo. ¿La Buena Nueva de Jesús no nos hablaba de algo nuevo que tenia que surgir a lo que llamábamos el Reino de Dios? Es clara y necesaria esa transformación que parte de nosotros mismos para poder transformar nuestro mundo y nuestra sociedad, parte de que nosotros vivamos esos valores que nos enseña el evangelio, que aprendemos en Jesús; que vayamos sembrando esa semilla que hará surgir esa planta nueva pero en un terreno que tenemos que cultivar.

Y en esa esperanza sabemos quién está con nosotros, quien es nuestra fuerza y nuestra vida. Jesús nos ha prometido la presencia de su Espíritu para ser nuestra fortaleza y con Él será posible la transformación de nuestro mundo. Por eso nuestro optimismo nace de nuestra esperanza. A esto tenemos que ponernos en camino, ese es el testimonio que tenemos que dar ante el mundo que nos rodea, ese es nuestro compromiso por hacer un mundo mejor.

Concluimos hoy un ciclo litúrgico para mañana comenzar con el Adviento el nuevo año litúrgico donde de nuevo iremos haciendo ese recorrido por toda la historia de la salvación. Terminamos hoy teniendo muy presente esa palabra de esperanza y con esa misma esperanza comenzamos el tiempo de Adviento. Es una característica muy fundamental en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana.


miércoles, 29 de enero de 2025

Seamos sembradores con confianza en la semilla que vamos a sembrar que es la Palabra que transformará nuestro mundo

 


Seamos sembradores con confianza en la semilla que vamos a sembrar que es la Palabra que transformará nuestro mundo

Hebreos 10,11-18; Salmo 109; Marcos 4,1-20

Hay ocasiones en que nos parece que todo lo tengamos a la contra, no nos salen las cosas como queremos o planeamos, y no es porque no sepamos o no seamos capaces de hacerlo, porque quizás en otros momentos lo hemos realizado, pero por todas partes nos aparecen dificultades o contratiempos, no andamos de buena gana y parece que siempre andamos contrariados, nos cuesta centrarnos en lo que estamos haciendo porque quizás hay cosas que nos distraen o nos llaman la atención. No está el horno para bollos, solemos decir. Es importante esa buena actitud por nuestra parte que nos ayude a centrarnos, es necesario darle un sentido más positivo a lo que estamos haciendo y no centrarnos tanto en lo que vamos a encontrar en contra; son cosas que están ahí, es cierto, pero por otra parte nos hace falta ese serenidad para centrarnos en lo que hacemos.

Serán nuestros trabajos y responsabilidades donde nos pasan cosas así, será nuestra vida personal en la que tenemos que saber salir de esos atascos, será en la tarea social que hagamos por los demás donde tenemos que ir con mayor positividad, será incluso en nuestros compromisos como cristianos o en la tarea que en medio de la iglesia tengamos que realizar, donde tendremos que dejar mucho de mirar a quienes o con quienes trabajamos para no fijarnos tanto en su negatividad como para sentirnos seguros en el mensaje que vamos a trasmitir.

Me estoy haciendo esta reflexión tras escuchar una vez más la parábola del sembrador que nos ofrece el evangelio. Jesús rodeado de mucha gente que quiere escucharle, y cada uno va desde su realidad, desde las situaciones que vive, desde los problemas que tiene en su vida, desde ese mundo no siempre muy abierto a escuchar mensajes que lo eleven. Es la realidad. Y Jesús, el sembrador, allí desde la barca en la orilla del lago esparce la semilla.

Normalmente la parábola nos sirve para fijarnos en nuestra respuesta, en las actitudes que nosotros como tierra en la que se siembra la semilla tenemos para acoger o no esa Palabra que se esparce sobre nosotros como una buena semilla. Pero hoy quiero fijarme en el sembrador, porque de alguna manera Jesús nos está diciendo que nosotros somos también ese sembrador, en nuestras manos está esa semilla que hemos de sembrar en ese mundo concreto que nos rodea. ¿Seremos buenos sembradores?

He ahí lo que nos tiene que hacer pensar. El sembrador de la parábola no está pensando en los diferentes terrenos que se va a encontrar sino que en todos ellos pretende esparcir la semilla. Y es lo que nos está confiando Jesús a nosotros los cristianos, o a los que nos sentimos más comprometidos con el anuncio del Evangelio. Muchas veces parece que nos ponemos la venda antes que la herida; antes de anunciar ya estamos viendo las dificultades, nos entra el pesimismo como una rémora que va a frenar nuestro entusiasmo porque quizás ya de antemano estamos pensando que no merece la pena tanto esfuerzo, que va a haber muchos que no quieran escuchar, que nos vamos a encontrar gente enfrente que nos va a hacer la guerra, y nos acobardamos, y perdemos entusiasmo, y nos faltará brillo a nuestras palabras y a nuestras acciones, y ya nos parece que no estamos tan convencido.

Con mal talante, de mala gana nos disponemos a sembrar, y ya no será esa siembra alegre y entusiasta, ya no tenemos la serenidad y la paz en nuestro espíritu que necesitamos, ya estamos caminando con pesimismo y con negatividad; algo se nos está aflojando en nuestra fe y en nuestra confianza. No es el entusiasmo y la fe del verdadero misionero que está convencido del mensaje que quiere trasmitir.

Algo necesitamos despertar dentro de nosotros para que nuestras acciones y nuestras palabras sean más convincentes. Una seguridad nos está faltando en nuestro espíritu, que tenemos que saber despertar. Somos el sembrador que en este mundo concreto de hoy tenemos que seguir sembrando la semilla del Reino de Dios. Que falte nunca en la Iglesia esa convicción y seguridad en lo que hacemos.

martes, 22 de octubre de 2024

Vivir con esperanza es vivir con responsabilidad, es darle calidad a la vida y a lo que hacemos, y nos lleva a una nueva alegría que da optimismo a la vida

 


Vivir con esperanza es vivir con responsabilidad, es darle calidad a la vida y a lo que hacemos, y nos lleva a una nueva alegría que da optimismo a la vida

Efesios 2,12-22; Salmo 84; Lucas 12, 35-38

Estamos acostumbrados a ver esos vigilantes, que llamamos habitualmente seguritas, que se encargan de la vigilancia de determinados lugares o en ciertos acontecimientos; vigilantes, por ejemplo, que en la noche tienen que estar guardando la seguridad de un determinado lugar, bien desde cámaras de vigilancia, por ejemplo, repartidas por un edificio, bien sea en las rondas que durante su tiempo de servicio tienen que estar realizando continuamente; no se les permite que se distraigan con otras cosas para que puedan prestar bien ese servicio de vigilancia; su uniforme, sus medios de disuasión para los intrusos, pero sobre todo la atención que deben prestar. Al final de su servicio sin que haya ocurrido nada presentarán la guardia satisfechos de haber logrado prestar bien su servicio y recibirán el reconocimiento de quienes se lo han encargado.

Me viene a la mente este hecho ante lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. ‘Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros Estad. como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame…’ Ceñida la cintura y encendidas las lámparas, nos dice. Vestidos como quien tiene que salir a realizar un servicio – no acostados en la cama adormilados, podríamos decir – y con los medios adecuados como sería una luz para poder ver en las sombras a quien se acerca y llega. Atentos, porque no se sabe la hora de la llegada, y hay que estar prontos para abrir la puerta y recibir al que llega. Y con eso, nos dice Jesús, que se sienten dichosos, se sienten bien, se sienten a gusto, felices.

Y Jesús nos está diciendo que esa es tarea de nuestra vida. Vigilancia porque hay esperanza; al final dicha y felicidad porque se ha mantenido esa vigilancia, se ha cumplido con esa responsabilidad y se siente la satisfacción final. Una vigilancia y una esperanza vivida con alegría; es el gozo de la espera en la seguridad de lo que ha de venir, de lo que hemos de recibir, de la gloria de Dios que hemos de dar con nuestra vida.

No es fácil esa vigilancia en una noche oscura en la que parece que las horas se alargan. En ocasiones en la vida no nos es fácil mantenernos en esa tensión de la fidelidad; o  nos dormimos, o nos distraemos con otras cosas de las que quizás nos valemos para pasar el tiempo. Pero la vida no nos la podemos tomar como un dejar que pase el tiempo y veremos que la que al final tenga que suceder. La esperanza nunca puede ser pasiva, no es cruzarnos de brazos, es asumir nuestra vida, el lugar que en ella tenemos, lo que es nuestra responsabilidad, lo que nosotros podemos aportar, lo que tenemos que construir.

No es pasar la vida, dejando pasar el tiempo, que ya vendrá el final; es construir, es sentirnos responsables de esa vida, pero también de ese mundo en el que vivimos, por eso no puede haber pasividad, porque el que se siente responsable no actuar de una manera pasiva, sino que se siente activo, se siente con vida y con ganas de vivir. Por eso el que tiene esperanza será siempre una persona optimista, capaz de ver lo bueno que puede construir y se pone de manera activa a realizarlo. Siempre decimos que la esperanza es el gran motivo de nuestra alegría.  Se sentían dichosos, nos dice hoy el evangelio, aquellos criados cuando al final de su tiempo de vigilancia  tenían la satisfacción de haber realizado bien su tarea. Los hará sentar a la mesa aquel buen amo al encontrar a sus criados vigilantes y los irá sirviendo.

¿Viviremos así con esa alegría nuestra tarea y el cumplimiento de nuestras responsabilidades? Lástima esa amargura con que tantos viven su trabajo; no le han terminado de encontrar su sentido y su valor. Y cuando no vivimos con alegría nuestro trabajo seguro que no daremos el cien por cien, sino que simplemente nos contentaríamos con cumplir. Y ya sabemos la merma de calidad que va a tener una vida así y un trabajo realizado de esa manera. Creo que es una hermosa llamada de atención la que hoy Jesús nos está haciendo en el evangelio.

viernes, 6 de septiembre de 2024

Es un vino nuevo el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor

 


Es un vino nuevo el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor

1 Corintios 4, 1-5; Salmo 36;  Lucas 5, 33-39

A alguien le preguntaban un día cómo hacía para que medio de todos los problemas que tiene la vida de cada día, las noticias que se escuchaban habitualmente que no siempre tenían buenos presagios, y seguramente los problemas que también podría tener como cualquier hijo de vecino siempre mantuviera la alegría, la sonrisa en el rostro y el buen ánimo y optimismo con que se le veía en la vida. Una pregunta interesante, porque además no siempre nos encontramos con personas con ese optimismo y buen semblante en la vida.

Y aquel hombre respondía porque a pesar de todas esas negruras de la vida, a pesar también de sus muchos problemas y contratiempos que también tenía y muchos, sin embargo él trataba de mantener la paz en el corazón y la serenidad en su espíritu. Que ¿cómo lo lograba? Respondía que desde su fe. Porque cuando se sabía amado de Dios, sabía en quien de verdad podía apoyarse, quien le daba esa serenidad y esa fuerza a su espíritu, y cuando uno se pone en las manos de quien sabe que no le falla, ¿por qué habrá de atormentarse y amargarse?

¡Qué importante es mantener esa paz y esa serenidad de espíritu a pesar de todos los pesares! Es que en nuestra vida entra un cambio muy importante en la apreciación de lo que es la vida, de cómo afrontar los problemas, que sabemos que nunca faltarán, porque hemos encontrado algo que nos ha transformado totalmente, un verdadero tesoro para nuestra vida que nos hará sentir siempre esa paz en el corazón y mantendrá la alegría y la esperanza en la vida.

Pero es necesario que descubramos el verdadero sentido de nuestra vida, ese sentido y nuevo valor que da a nuestra vida y todo será distinto. No tenemos por qué andar cabizbajos, con cara de funeral porque nos vayan apareciendo problemas en la vida, con el corazón atormentado por mil amarguras. Como decía Jesús, es que los amigos del novio cuando están en la boda con él pueden andar con trajes de lutos y con llantos de tristeza. Todo tiene que tener ese sentido de alegría porque nos conforta esa fe que tenemos y porque nos anima siempre la esperanza.

Tenemos que descubrir el hondo sentido que da la fe a nuestra vida que todo lo transforma. Ya no se trata de ir haciendo cositas como quien va acumulando méritos para conseguir un premio. No es cuestión de irnos amargando con ayunos y penitencias, cuando sabemos lo que es la generosidad del amor de Dios que sigue confiando en nosotros aunque no siempre seamos fieles del todo. Tiene que haber otra generosidad en la vida, otro desprendimiento donde nos gozamos en el amor de Dios y en consecuencia viviremos en un sentido nuevo de amor.

Por eso nos dice Jesús hoy que tenemos que ser vaso nuevo, que tenemos que vestir un vestido nuevo, que de nada nos valen los remiendos que nada arreglan sino que tenemos que dejarnos transformar por El para ser en verdad unos hombres nuevos, unas criaturas nuevas. Ya no nos valen esas medidas que estábamos acostumbrados a usar – hasta aquí llegamos, con este mínimo ya nos es suficiente, desde aquí no nos podemos pasar, como tantas veces nos sigue pesando en nuestro pensamiento - porque el amor no tiene medida ni límites sino que siempre será generoso sin fin como tan bonito nos explica san Pablo en la carta a los Corintios en aquel himno al amor. Es la novedad que nos ofrece el evangelio, es la vida nueva que nace en nosotros a partir de nuestra fe en Jesús desde nuestro Bautismo.

Es un vino nuevo, como en las bodas de Caná, el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor.


sábado, 17 de septiembre de 2022

No podemos desanimarnos, tenemos que creer en lo que hacemos, creer en la buena semilla que sembramos que por la fuerza del Espíritu pondrá optimismo en el corazón

 


No podemos desanimarnos, tenemos que creer en lo que hacemos, creer en la buena semilla que sembramos que por la fuerza del Espíritu pondrá optimismo en el corazón

1Corintios 15, 35-37. 42-49; Sal 55; Lucas 8, 4-15

No te canses, no te esfuerces tanto, estas personas no lo van a agradecer, de ahí nada bueno se puede sacar, ya sabemos como son. Cosas así hemos escuchado más de una vez. A alguien le puede parecer que con aquellas personas nada se puede hacer; al maestro le dirán que no se esfuerce tanto, porque total para lo que lo van a aprovechar aquellos alumnos, los dan por perdidos; a aquella madre ya parece que no tenemos palabras de consuelo o de ánimo porque aquel hijo… o a aquel quiere emprender cosas en la sociedad en la que viven, que le dicen que allí no hay nada que hacer. Pero la madre sigue creyendo en el hijo, aquel animador social sigue en su empeño de emprender cosas que puedan beneficiar a aquellas gentes, aquel educador sigue en su tarea queriendo sembrar una buena semilla a pesar de lo que muchas veces puede parecer un fracaso.

Son situaciones por las que pasamos, que nos afectan o que vemos en nuestro entorno; y hay gente pesimista que no es capaz de ver ningún rayo de luz aunque sea muy tenue, pero siempre habrá quien sigue creyendo que la gente es buena tierra y que algún día se recogerá algún fruto, pero cree también en sí mismo y en lo que quiere trasmitir, porque sabe que es buena semilla que algún día puede fructificar.

Creo que el evangelio de hoy nos refleja mucho de todo esto. La gente se reúne en torno a Jesús porque quieren escucharle, y les ofrece la parábola de la semilla echada a voleo en aquellos campos aunque no todas las tierras parece que puedan producir buenos y excelentes frutos. Parte de la semilla caerá en la tierra endurecida del camino donde al final serán los pajarillos los que darán parte de ella, otra caerá en terrenos duros llenos de pedruscos donde nada puede enraizar, otra caerá entre zarzales y malas hierbas que impedirán que prospere, solo un poco semilla caerá en tierra buena capaz de producir fruto.

Allí está aquella multitud que le escucha. ¿Van a responder todos de la misma manera? como siempre sucede habrá quien pronto olvidará aquella palabra escuchada, como habrá quien con buena voluntad intentará hacer algo de lo que sintió en su corazón, pero son tantos los apegos, son tantas las cosas que le arrastran de acá para allá, que pronto se olvidará porque faltará constancia y perseverancia. Solo algunos serán los que sigan con Jesús intentando vivir su camino.

Pero aquel sembrador no dejó de sembrar la semilla, Jesús no dejó de anunciar el Reino, Jesús no dejó de hablar a quienes con buena fe les escuchaban pero también a aquellos que venían por mera curiosidad, o quizás con aviesas intenciones. Aquella semilla produciría fruto algún día en unos o en otros, ahora o más adelante. La semilla de la Palabra tenía vida en sí misma.

Es una invitación a la escucha, pero también a la perseverancia; es una palabra que nos anima a seguir adelante aunque no veamos el fruto tan pronto como nosotros desearíamos; es una palabra que pone ánimos y esperanzas en el corazón porque sabemos que esa flor algún día florecerá, ese hijo puede cambiar, esa persona encerrada en sus vicios un día puede cambiar sus actitudes y sus posturas, a esos que nos parecen unos perdidos algo se quedará grabado en el corazón que un día puede salir a flote, aquella gente que parece que ahora pasan de todo y no responden a lo que hacemos algún día se podrán dar cuenta y comenzarán a hacer que las cosas mejoren para bien de todos.

No podemos desanimarnos, tenemos que creer en lo que hacemos, tenemos que creer en la buena semilla que tratamos de sembrar. La buena semilla por la fuerza del Espíritu del Señor tiene que poner optimismo en el corazón.

sábado, 12 de febrero de 2022

No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

 


No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

1Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10

Los discípulos se sintieron quizás sorprendidos por las manifestaciones que estaba haciendo Jesús. Estaba descorriendo el velo de su corazón para que todos le conocieran, para que conocieran sus sentimientos, para darles a entender también el sentido nuevo del Reino de Dios que les estaba enseñando.

‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos’.

Comienzan entonces a preocuparse los discípulos. Si es que allí tampoco ellos pueden hacer nada. ‘¿Dónde comprar panes para que coman todos estos?’, se preguntan. Están en lugares despoblados, la situación les parece difícil de resolver. Pero es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Con cuántos panes se puede contar? Pero solo tienen siete panes. Con eso parece que es imposible.

Derrotistas de la misma manera nos presentamos nosotros tantas veces. No hay nada que hacer, nos decimos y repetimos, son tantos los problemas que parece que vienen en avalancha; quizás podemos sentir algún tipo de preocupación pero no hacemos sino darle vueltas al asunto sin disponernos a comenzar a hacer algo. ¿No habría que preguntarse también por cuántos panes tenemos? ¿Qué es lo positivo por pequeño que sea que yo pueda aportar? ¿Qué es lo que sé hacer y donde yo puedo echar una mano con eso que yo tengo, con eso que yo soy?

Algunas veces cuando hablamos de ese mundo nuevo que tenemos que hacer, de esa ilusión que tenemos que poner en la vida por hacer que las cosas se mejores, de esos granitos de sal que tendríamos que añadir a la vida para que la vida tenga otro sabor, de esas hogazas o de esas migajas de amor y de buenos sentimientos que tenemos que ir poniendo en el mundo para que sea mejor, enseguida pensamos en qué podemos hacer nosotros frente a esa avalancha de egoísmo, de insolidaridad, de maldad que podamos ver en el mundo y nos parece que son tantos y que nosotros somos tan poquitos que no podríamos conseguir nada por hacer que todo mejore. Y nos quedamos con los brazos cruzados. Es lo peor que podemos hacer.

Pon tu granito de arena, pon tu migaja de amor, pon tu ilusión y tu esperanza, comienza a ver las cosas con otros ojos llenos de posibilidades, siempre tu buena semilla aunque te parezca tan pequeña… todo eso un día florecerá; claro que si dejas la semilla guardada sin echarla a la tierra nunca podrá germinar para hacer surgir una nueva planta que llegue a dar fruto. Y es lo que muchas veces hacemos, nos quedamos en lamentaciones, nos quedamos en que nada o poco tenemos y de qué va a servir y la multitud seguirá teniendo hambre porque nadie ha comenzado a compartir. Comienza y seguro que tu obra buena va a fructificar y va a ser estímulo para que otros también siembren su pequeña semilla, compartan su pequeño pedazo de pan.

Es lo que nos está enseñando este milagro de la multiplicación de los panes que hoy contemplamos en el evangelio. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Serás capaz de compartir la pobreza de esos siete panes que tú tienes?  Siente la compasión de Jesús y ponte por obra y comienza a compartir tus panes. Tu sonrisa, tu ilusión, tu esperanza, tu optimismo, tus buenos deseos, tus pequeñas cosas buenas que hagas cada día, tu acercamiento a los demás, tu visita al enfermo de al lado de tu casa, tu interés por los problemas que puedan tener los demás para ayudarle… cuántas cosas.

domingo, 13 de junio de 2021

No nos cansemos de sembrar y cada momento sea una señal del Reino de Dios que lo estamos plasmando en nuestra vida y reflejando en lo que hacemos por un mundo mejor

 


No nos cansemos de sembrar y cada momento sea una señal del Reino de Dios que lo estamos plasmando en nuestra vida y reflejando en lo que hacemos por un mundo mejor

Ezequiel 17, 22-24; Sal 91; 2Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34

Suelo saludar cada día a mis amigos de las redes sociales tratando de trasmitir optimismo y esperanza para el día que vivimos, pues pienso que es algo que necesitamos mucho frente a la tendencia de verlo todo oscuro, de tener una mirada pesimista, de sentirnos derrotados cada día antes incluso de comenzar la lucha. En el mensaje que trasmitía ayer un poco decía que sepamos encontrar aquello que ponga más luz en la vida en un mundo que se nos enturbia con las sombras. Una persona me comentaba, sin embargo, ‘cada día noto ese mundo más oscuro, pero seguiremos adelante con fe y esperanza’. Aunque sus palabras en principio resuman pesimismo, no deja de intentar al mismo tiempo la esperanza.

Yo a esa persona le respondería que a pesar de esas oscuridades de la maldad que observamos en tantos, tratemos de hacer luz para ver también las buenas semillas que se plantan y germinan y podríamos contemplar así muchas ráfagas de luz, muchas estrellas brillantes, muchas personas buenas en las que brillan los buenos gestos y las buenas actitudes. Creo que es lo que hoy nos quiere enseñar el evangelio y toda la Palabra de Dios que escuchamos en este domingo.

Nos habla de que ‘el Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra’. Y aquí tendríamos que observar a ese agricultor o a ese sembrador que sabe tener la paciencia para dar tiempo a que esa semilla germine y brote en un nuevo tallo, en una nueva planta que a su tiempo dará su fruto. Creo que tenemos que saber tener esa paciencia y porque durante un tiempo veamos que parece que no brota nada en aquella tierra donde sembramos buena simiente, allá debajo de la tierra se está produciendo algo tan maravilloso como es la germinación; a su tiempo un día brotará la nueva planta.

Calladamente y en silencio quizá en muchos corazones se está produciendo esa transformación. Sabemos que no todos responderán, o que cada uno responderá a su tiempo, pero sepamos observar esos pequeños brotes de cosas buenas que van surgiendo en nuestro mundo, no nos confundamos, no esperamos que sea nuestra planta y a nuestra manera, tratemos de no arrasar antes de tiempo porque nos parezca que lo que está brotando no es exactamente lo que nosotros esperábamos y cómo nosotros lo esperábamos; sepamos valorar esos pequeños brotes porque de ellos podrán surgir muchas cosas hermosas. No son nuestras prisas ni nuestros orgullos los que harán surgir los mejores frutos.

El profeta nos hablaba de una pequeña y tierna ramita tomada del añoso cedro y que plantada allá en lo alto hará que brote una nueva y fuerte planta que también crecerá y se hará frondosa como para acoger a todas las aves del cielo o para permitirnos a nosotros acogernos a su sombra. Es lo pequeño lo que hará brotar a lo grande. Y así también tendríamos que saber ir por la vida, sembrando pequeñas semillas aunque nos parezcan insignificantes, algún día brotarán y podremos obtener fruto. Por eso Jesús en el evangelio nos habla también de la pequeñísima semilla de la mostaza, que nos puede parecer insignificante, pero que de ella brotará una hermosa planta.

Misteriosamente el Reino de Dios está presente en nuestro mundo; son muchas las semillas del reino que podríamos observar quizás hasta donde menos lo esperábamos; son muchas las buenas señales que se van dando en nuestro entorno en tantas corazones generosos y entregados, en tantas personas comprometidas con lo bueno y con la búsqueda de la justicia, en tantos esfuerzos por lograr un mundo en el que reino de la paz, y así en tantas cosas. Muchas veces nos sentimos confusos porque esas señales no aparecen donde nosotros habíamos pensado que se podrían dar, o en personas que nos pudieran parecer muy distantes de nuestra manera de pensar y de actuar. Son buenas semillas, dejémoslas fructificar.

¿Por qué vamos a arrasar esas buenas semillas porque no hayamos sido nosotros los que las hemos sembrado? Tenemos la tentación de que aquello bueno que puedan promover personas que no están en nuestro grupo o en nuestro entorno, ya no sirve, ya tenemos que quitarlo de en medio. Son demasiados los estilos que contemplamos en muchos dirigentes de nuestra sociedad y que nos contagian a nosotros también. Respetemos y valoremos lo bueno que hacen los demás y nunca destruyamos ni arrasemos la hermosa planta que pudiera surgir en cualquier lugar.

Y nosotros no nos cansemos de sembrar; en cada rincón del camino hemos de dejar una hermosa huella de nuestro paso porque vamos exhalando el perfume de nuestro amor y nuestras buenas obras; que a cada paso que demos, en cada encuentro que tengamos con los demás vayamos plantando una buena semilla porque tenemos la esperanza que un día ha de germinar y llegar a dar fruto, con cada palabra que pronunciemos vayamos despertando esperanza con la ilusión de un mundo nuevo, cada momento de nuestra vida sea una señal de que el Reino de Dios ha llegado y lo estamos plasmando en nuestra vida y reflejando en lo que hacemos para tener un mundo mejor.

domingo, 11 de abril de 2021

Tenemos con nosotros la certeza de Cristo resucitado que nos llena de su paz y su presencia se convierte en nuestra vida y nuestra fortaleza

 


Tenemos con nosotros la certeza de Cristo resucitado que nos llena de su paz y su presencia se convierte en nuestra vida y nuestra fortaleza

Hechos de los Apóstoles 4, 32-35; Sal. 117; 1Juan 5, 1-6;  Juan 20, 19-31

Cuando nos vemos zarandeados por la vida, en medio de dudas y perplejidades, envueltos en conflictos y violencias que no es tan difícil que nos envuelvan en este mundo de desconfianzas, de falta de sinceridad de muchos, el que nos encontremos de repente con una luz que nos haga ver un nuevo y distinto sentido, una presencia que nos anima con sola su presencia llena de paz y de serenidad que nos trasmite, es algo que profundamente agradecemos, nos llena de alegría el que recobremos la ilusión y la esperanza y el que podamos comenzar a tener certezas en que apoyarnos.

Vivir sin esa serenidad y paz no es vivir; vivir siempre envueltos en dudas y desconfianzas termina por desesperarnos y nos hace hasta perder la ilusión por vivir. Necesitamos esas experiencias de choque que nos hagan despertar, pero que nos hagan abrir los ojos de otra manera para encontrar otras dimensiones y otras perspectivas incluso de cuanto nos sucede. La vida llena de agobios, sin ilusión y esperanza, donde parece que todo se repite como en una rutina nos desespera y nos hacer hasta perder la fuerza para esa lucha de cada día.

Los discípulos habían vivido unos días llenos de tristeza y amargura, sintiéndose amenazados con muchos miedos, llorando además una soledad que no sabían cómo superar. Todo había cambiado para ellos que se sentían tan a gusto siguiendo al maestro por los largos caminos de Palestina ya fuera en Galilea, atravesando el valle del Jordán y Jericó como las veces que habían llegado hasta la ciudad santa. Pero ahora todo había sido distinto, desde los mismos anuncios que Jesús hacía en su subida a Jerusalén como en los distintos acontecimientos tan variados que se fueron allí o en su entorno sucediendo.

Al momento del prendimiento de Jesús en el Huerto había sido como la locura pues se desperdigaron en su huída aunque la mayoría terminó en aquella sala donde habían tenido la cena pascual. Los momentos de la pasión y muerte fueron el último escándalo que los hundió. Allí estaban al tercer día encerrados en sus miedos en el cenáculo; noticias habían llegado del sepulcro vacío, que si las mujeres lo habían visto resucitado y últimamente los que habían regresado de Emaús que contaban su experiencia en el camino.

Pero las puertas seguían cerradas porque aún no se confiaban. Pero allí estaba El, en medio, saludándoles con el saludo de la paz. Bien que la necesitaban. La sorpresa había sido grande y ahora la alegría les embargaba a todos. ‘Se llenaron de inmensa alegría al ver al Señor’, nos dice el evangelista. Los saluda de nuevo con la paz y los envía al mundo con un mensaje de paz. Es el mensaje del perdón y de la reconciliación. Les ha concedido su Espíritu para que ahora vayan transmitiendo ese perdón, vayan llenando los corazones de paz.

Pronto comenzarán a hacer ese anuncio porque ‘Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús’. Con qué paz y alegría podían transmitir ese anuncio. ‘Hemos visto al Señor’, aunque se lleven el jarro de agua fría de la incredulidad de Tomás, que comenzará a pedir pruebas.

No importan ahora las pruebas que pueda pedir Tomás porque ese fogonazo de luz, de esperanza ha llegado a sus vida y ya la paz no podrá faltar en sus corazones aunque más tarde tengan que pasar por las duras pruebas de las persecuciones. Pero en ese momento del encuentro con Jesús se habían sentido transformados; las escamas de la duda que cegaban los ojos del corazón cayeron por tierra, pero ellos se podían ya levantar con nueva vida, con nueva esperanza porque la paz había llegado a sus corazones.

A los ocho días cuando volvió Jesús, y ahora Tomás sí estaba con ellos, tampoco Tomás necesitó las pruebas que pedía porque solo bastaba la presencia de Jesús. Ya sabemos que hay presencias que no necesitan pruebas añadidas, porque nos sentimos cogidos por dentro, desde lo más hondo de nosotros mismos. Es lo que vivieron los discípulos en el cenáculo aquella tarde y es lo que nosotros tenemos que experimentar. Pero para eso necesitamos dejarnos coger por la fe, que nos envuelva, que nos penetre profundamente, que nos llene de Dios.

Y eso lo necesitamos hoy, en el hoy de nuestra vida que vivimos cada día; algunas veces en lugar de dejarnos envolver por lo bueno o abrir bien los ojos para encontrar lo que está lleno de luz, nos dejamos perturbar por las cosas negativas que nos aparecen en la vida, nos llenamos de oscuridades y de pesimismos y nuestra vida se vuelve negativa, ramplona, vacía, rutinaria, con falta de ilusión y perspectiva.

Es necesario detenernos, no seguir dejándonos arrastras por esas corrientes negativas que todo lo ven negro y lleno de dificultades. Es necesario encender en nosotros esa luz que nos haga fijarnos en lo bueno, apoyarnos mutuamente los unos a los otros en la búsqueda de eso bueno para nuestra sociedad que juntos y con una buena visión podemos encontrar. Es necesario poner esa nueva ilusión y visión positiva en tantos que nos rodean dejándose arrastrar por negatividades y que entonces llenan su corazón de amargura.

Aunque sea difícil no queremos perder la paz, queremos seguir buscando el bien, ayudando a los demás a encontrarse con la luz. Tenemos con nosotros la certeza de Cristo resucitado que nos llena de su paz y que es nuestra vida y nuestra fortaleza.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Sería bochornoso que no fuéramos capaces de vivir con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean

 


Sería bochornoso que no fuéramos capaces de vivir con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Sal 147;  Mateo 5, 17-19

Quiero reflexionar hoy, y voy directamente al grano, sobre algo que considero bochornoso que nos suceda a nosotros los cristianos. Y os lo digo así, claramente, damos la impresión que no nos sentimos orgullosos de nuestra fe, de ser cristianos, de tener unos mandamientos que cumplir, de querer seguir la ley del Señor.

Puede parecer fuerte lo que estoy diciendo pero es la realidad, damos la impresión que nos avergonzamos de ser cristianos. A veces me pregunto que si nos vinieran tiempos de persecución cruenta, como ha sucedido en tantos momentos de la historia y en España no lo tenemos tan lejano, ¿cómo reaccionaríamos? ¿Seríamos capaces de llegar a dar la cara, incluso la vida, por nuestra fe? Y mira que son cosas que nos pueden pasar, no estamos tan lejanos, y no quiero andar con pesimismos, porque quienes siguen mis reflexiones saben bien que quiero ser optimista y es lo que intento transmitir con mis palabras y mis reflexiones.

En la sociedad en la que vivimos nos están comiendo el terreno; todo son dificultades y trabas para que podamos vivir nuestra fe públicamente, para que podamos participar en nuestras celebraciones con total libertad y sin complejos, en los medios de comunicación lo que más se insiste en publicar es todo lo que pueda dañar a la Iglesia y la fe de los cristianos, se hace burla sin miramiento alguno de nuestras expresiones religiosas, se quiere dar la impresión que somos un obstáculo para que la gente viva de forma moderna y si pudieran nos quitaban de en medio. ¿Y cuáles son nuestras respuestas? ¿Cómo reaccionamos ante todo eso? Tenemos que reconocer que nos falta valentía.

Es hora que nos despertemos, que vivamos con orgullo y alegría nuestra fe y de ninguna manera nos escondamos; que hagamos frente a todo esa reacción que tiene la sociedad ante el hecho religioso y cristiano, pues manifestando con total libertad y claridad la fe que vivimos y seamos capaces de sacar a flote para que sean conocidos también tantos testimonios hermosos de los que nos podemos sentir orgullosos de tantos cristianos que en nombre de su fe viven su compromiso en todos los aspectos de la vida. Nadie tiene por qué quitarnos la palabra, esa palabra clara y valiente que tenemos que ser capaces de decir y que tantas veces callamos. Hacen falta también hombres públicos  con influencia en la sociedad que se manifiesten creyentes y den testimonio público de su fe.

Nos han hablado tanto de humildades y de silencios que nos parece incompatible que podamos decir que nos sintamos orgullosos de nuestra fe. Sí, nos sentimos orgullosos de ser cristianos, de creer en Dios, de sentir la presencia de Dios en nuestra vida y de cómo contamos con El en lo que vamos haciendo, en el compromiso que vivimos también por los demás, en los compromisos con nuestra sociedad también; nos sentimos orgullosos de querer cumplir los mandamientos del Señor aunque nos cueste, porque sabemos que ahí tenemos nuestra sabiduría, el mejor sentido de nuestra vida y está la fuerza para todo lo bueno que queremos realizar. Jesús nos ha dicho hoy en el evangelio que no viene a borrar la ley sino a darle plenitud y que quien cumpla cualquiera de esos mandatos mínimos será grande en el Reino de los cielos.

Es hermoso lo que le decía también Moisés al pueblo para que aprendieran a apreciar la sabiduría de la ley del Señor. Tenían que sentirse orgullosos de su Dios que con ellos estaba, que con ellos caminaba en aquel largo peregrinar del desierto. Que ningún pueblo podía decir como ellos que tenían un Dios tan cercano y tan justo, tan lleno de amor.

‘Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos… Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?’

¿No es lo que nosotros tenemos que sentir cuando se manifiesta el amor tan grande que Dios nos tiene que nos entrega a su Hijo Jesús para nuestra salvación? Vivamos con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean. Sería, sí, bochornoso que no fuéramos capaces de hacerlo. Valoremos y destaquemos a tantos que a nuestro lado así lo hacen con valentía y alegría.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

 


Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

‘Nadie es capaz de saber quién es y de lo que es capaz hasta que no se mide con la realidad, entregándose al bien a través del ejercicio de sus cualidades y habilidades’. Un buen pensamiento que nos da inicio al comentario al evangelio de hoy y que me he permitido tomar de un comentarista de textos evangélicos.

Cuando nos aprietan sacamos a flote todos los recursos que tenemos e ingeniosamente somos capaces de ponerlos a juego; es el momento, sí, de descubrir nuestro valor en la dificultad y cuando tenemos todas las cosas en contra. Pero también sabemos que para algunos es el momento de achicarse, de acobardarse, de esconderse o de huir tirando la toalla, lo que decimos comúnmente es una cobardía, o decimos el poco valor que tenemos. Pero sucede, nos sucede, más de lo que imaginamos o queremos reconocer.

Yo no valgo, decimos acobardados, yo no soy capaz, algunas veces preferimos hundirnos antes que intentar nadar que a fuerza de hacerlo terminaríamos aprendiendo. Aquellas dos moscas que cayeron en un vaso de leche, ¡me ahogo!, pensaron quizás, y una se dejó hundir porque no veía en la orilla a donde agarrarse o por donde salir, pero la otra, sin embargo, comenzó a mover sus patitas intentando nadar, no cejó en el empeño, insistió dando vueltas y vueltas hasta que pronto sintió que bajo sus patitas había algo sólido que parecía crecer y en lo que podía apoyarse, batiendo sus patitas había hecho una bola de mantequilla con la grasa de la leche y al final se salvó.

Tenemos que aprender, tenemos que no cejar en nuestro empeño e insistir, tenemos que aprender a buscar salidas que podemos encontrar, no nos podemos quedar quietos y encerrados; detrás de cualquier obstáculo que nos encontremos puede haber un respiradero, una salida, un rayo de luz que despierte nuestra esperanza y haga aparecer nuestra creatividad. Es difícil, nos decimos muchas veces, esto supera mis fuerzas o mis capacidades, pero nada se ha hecho por si solo sino que ha habido alguien con empeño que ha buscado soluciones, ha abierto caminos, a despejado horizontes.

La pasividad no es buena, es algo negativo y siempre tenemos que intentar ser positivos y con optimismo pensar que podemos encontrar una salida. Ahí están nuestros valores humanos, nuestra constancia, nuestra firmeza, nuestro creer en nosotros mismos, la fortaleza de espíritu, la capacidad de iniciativa que todos tenemos escondida dentro de nosotros; hay que buscar el resorte que le haga saltar.

Y esto en todos los aspectos de la vida; vendrán momentos difíciles pero en nuestras manos siempre hay algún talento que podemos desarrollar; serán muchos o serán pocos, no importa, lo importante es que creamos que podemos negociarlos, que podemos sacar un provecho, un fruto de eso que tenemos.

Son los momentos difíciles que vivimos actualmente que si tenemos que estar encerrados en previsión de posibles contagios del virus, sin embargo nuestro espíritu no lo podemos encerrar, podemos soñar y podemos imaginar, podemos tener creatividad y tener inventiva, podemos aprender lecciones como revisar actitudes y posturas con las que hemos vivido de una forma conformista hasta ahora.

Pero tenemos que salir de nuestro conformismo, despertar de la pasividad, quitar los miedos, creer que en verdad un día encontraremos una luz. No podemos quedarnos pasivamente a que otros nos abran caminos, nos den soluciones o nos resuelvan las cosas; cada uno tiene su parte, y tú y yo tenemos también nuestra parte y nuestra responsabilidad.

Creo que es lo que nos quiere decir Jesús con la parábola que nos propone. Aquel hombre que repartió los talentos entre sus servidores esperando encontrar un fruto y un rendimiento a la vuelta. Unos supieron negociarlos, otros lo enterró y no se obtuvo ningún beneficio, es más, él mismo perdió aquel talento que se le había confiado. Había tenido miedo, como nosotros tantas veces que nos acobardamos. No nos quiere el Señor pasivos. Ha puesto el mundo en nuestras manos y en nuestras manos está el que podamos hacerlo mejor. No nos podemos sentir abrumados por los problemas, por la inmensidad del trabajo, o por el mundo contrario que nos podamos encontrar.

Es lo que nos sucede con nuestra fe, ese tesoro que ha sembrado Dios en nuestro corazón. Y hemos reconocer que estamos en una generación de cristianos pasivos, que nos encerramos, que huimos, que enterramos nuestros valores y nuestros principios. Pero ese Reino de Dios tenemos que construirlo, está en nuestra manos.

Nos cuesta dejarnos renovar para salir de nuestra pasividad y de nuestro miedo; vivimos en una actitud muy conformista simplemente de dejar hacer, pero sin comprometernos; nos contentamos con nuestros cumplimientos como si solo fuera suficiente el que enterremos el talento para que no se nos pierda. Tenemos que despertar y es en momentos como los que vivimos donde tiene que resplandecer esa fe que decimos anima nuestra vida para anime también a nuestro mundo.


Ahora incluso, que por la situación actual nos vemos muy mermados en nuestras actividades pastorales, tendríamos que saber encontrar caminos, medios, formas para seguir haciendo ese anuncio que ahora quizá con más razón nuestro mundo necesita cuando nos encontramos tantos desesperanzados de la vida. Y nosotros tenemos que ser luz de esperanza para nuestro mundo, sembrar un optimismo de la vida que nace de nuestra fe.

No sabemos, quizás, como hacerlo, pero es el momento de reflexionar, de abrirnos al espíritu del Señor que nos inspire nuevos caminos y nuevos campos. Pero tenemos que seguir siendo esa luz del mundo, esa sal de la tierra. No perdamos ese resplandor ni ese sabor que tenemos que transmitir a los demás.

martes, 4 de febrero de 2020

Necesitamos nosotros fe viva, sentirnos seguros porque sabemos en manos de quien nos hemos puesto, el optimismo de la fe, la esperanza que nos hace confiar y esperar



Necesitamos nosotros fe viva, sentirnos seguros porque sabemos en manos de quien nos hemos puesto, el optimismo de la fe, la esperanza que nos hace confiar y esperar

2Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43
A veces nos sentimos muy seguros de conseguir aquellos deseos o aquellas metas que nos proponemos y estamos como optimistas y hasta pregustando ya las mieles de lo conseguido; nos hacemos nuestro plan bien detallada, bien lo llevemos en la mente porque son quizás muchas las horas que le hemos dedicado a pensarlo y repensarlo, o bien porque plasmemos nuestros objetivo en un proyecto como si fuera una memoria de aquello que queremos conseguir.
Pero tras esos momentos de euforia nos puede sobrevenir de repente el pesimismo, nos llenamos de negatividad y ya no lo vemos tan fácil; nos aparecen en nuestra imaginación o en aquellas cosas que vemos que se van como encadenando dificultades, problemas que nos hacen ver ya nuestros proyectos, antes tan luminosos, ahora llenos de sombras que parecen que nos tiran abajo todas nuestras ilusiones.
Son los proyectos que el padre de familias se hace para su vida futura, pero sobre todo sus hijos soñando en su interior muchas cosas hermosas que espera conseguir; será el profesional en su trabajo, será el que trabaja en la vida social con sus proyectos de mejora de la sociedad con sus correspondientes planificaciones. Serán tantas cosas que soñamos y llevamos en nuestra mente de cara a nuestro futuro. Momentos ilusionantes, donde todo son luces, pero momentos que se nos intercalan de oscuridad con sus problemas y con las dificultades que encontramos en nosotros mismos, porque quizá nos sentimos incapaces de llevar esos proyectos adelante, o porque nos sentimos tan débiles y limitados que ya nos puede parecer imposible.
¿Qué hacer? ¿Resignarnos y esperar pasivamente a ver lo que podemos conseguir? ¿Llenarnos de miedos y temores que nos impiden dar un paso? ¿O buscar algo que nos dé ilusión, que nos haga sentir una fuerza interior que nos empuje, algo que nos haga creer en nosotros mismos para encontrar razones para luchar por esos objetivos?
¿Qué luz podemos encontrar en el evangelio de este día? Dos testimonios de dos personas que se sentían seguras en lo que deseaban y que, podríamos decir así, no les temblaron las piernas para llegar a conseguir lo que pedían o lo que deseaban, porque una de ellas ni siquiera llegó a expresarlo con palabras.
Nos habla de Jairo, jefe de la sinagoga, que tenía a su hija muy enferma, prácticamente en las últimas, y que con fe se acerca a Jesús para pedirle que haga algo por él. Y Jesús se pone en camino a casa de Jairo.
Pero en el camino se intercalan otras cosas; por una parte una mujer que se considera impura a si misma por causa de sus hemorragias y que había gastado toda su fortuna y no lo había conseguido. Pero ahora tiene a mano a Jesús; está segura que con solo tocarle la orla de su manto curaría. Y en medio del revuelo de la gente que siguen a Jesús ella se acerca por detrás y toca el manto de Jesús. Siente en su interior que está curada y ahora no sabe donde meterse, porque Jesús pregunta quién le ha tocado. Aunque ya está curada temblorosa se acerca a Jesús para reconocerlo. ‘Tu fe te ha curado’, le dirá Jesús. Aquella mujer no dudó aunque se interpusieran murallas de gente entre ella y Jesús.
Pero al tiempo vienen a decirle a Jairo que no moleste al maestro porque no hay nada que hacer, su niña ha muerto. Ya en la casa andan con los preparativos del funeral. Se le habían caído por tierra todas sus ilusiones y esperanzas; habría querido que el Maestro llegara a tiempo, pero el tiempo se había acabado. Seguro que la congoja también caería como una loza sobre Jairo. ¿No te he dicho que te basta que tengas fe?, interpela ahora Jesús a Jairo.
Y mantuvieron viva su fe, tanto la mujer como Jairo; la mujer se curó, la niña volvió a la vida. Necesitamos nosotros esa fe viva; necesitamos llenarnos de certezas y de confianza; necesitamos sentirnos seguros porque sabemos en manos de quien nos hemos puesto; necesitamos esa confianza y esa perseverancia en tantos momentos de la vida; necesitamos ese optimismo que nos da la fe, esa esperanza que nos hace confiar y esperar. Saquemos muchas conclusiones de este pasaje del evangelio que bien lo necesitamos en el día a día de nuestra vida.