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martes, 19 de marzo de 2024

En ocasiones hay cosas que no entendemos, que incluso nos han hecho daño, sufrir, pero hemos de saber encontrar la luz al final de ese camino porque hay un plan de Dios

 


En ocasiones hay cosas que no entendemos, que incluso nos han hecho daño, sufrir, pero hemos de saber encontrar la luz al final de ese camino porque hay un plan de Dios

2 Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Salmo 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

Hay cosas que nos suceden, acontecimientos en los que nos vemos envueltos, que quizás en ocasiones por lo imprevisto y sorpresivo nos cambian la vida. ¡Qué difícil cuando tenemos nuestros planes, cuando tenemos más o menos decidido lo que queremos de la vida, lo que queremos hacer, que de pronto nos suceda algo, nos llegue una noticia, nos planteen algo que nos va a cambiar totalmente nuestros planos! Y nos sucede en más de una ocasión, hay veces en que nos dejamos sorprender y entramos en esa nueva onda que aparece en nuestro horizonte, pero a veces nos hacemos de rogar, lo pesamos y sopesamos muchas veces antes de decidirnos, de entrar al trapo en aquello que nos sucede y que implica y hasta complica nuestra vida.

Nos hará falta mucha madurez y equilibrio; queremos ser fieles a nuestros planes, porque era lo que habíamos pensado que era mejor para nuestra vida, pero quizás tengamos que acomodarnos, darle otro rumbo a la vida, entrar en un juego, por decirlo así, en el que no habíamos pensado entrar, ni siquiera lo sospechábamos.

Pero ahí están los misterios de Dios que nos hace sorprendernos tantas veces en la vida; muchas veces incluso nuestra fe se puede tambalear, porque hasta injusto nos puede parecer el que tengamos que complicarnos la vida así.

¿No será lo que estamos viendo hoy en el evangelio que le sucede a san José? ¿Pero no fue algo semejante lo que le sucedió a María con la embajada del ángel? Ya nos dice el evangelista, así como de paso, que José era un hombre justo, con todo lo que entraña esta palabra y lo que se nos quiere decir. María no había pensado tener conocimiento de hombre y por eso le cuesta comprender lo que significaban las palabras del ángel. Ahora José se ve sorprendido porque María, la joven con la que había celebrado los desposorios, sin haber convivido juntos ahora resultaba que esperaba un hijo.

Y aquí contemplamos la madurez humana de José. Le da motivo para muchas y hondas reflexiones, busca un equilibrio en su vida, pero tampoco quiere hacer daño a nadie, interiormente se ve atormentado, pero es el hombre que se abre al misterio, que se abre a Dios, porque allá en su interior quiere escucharlo. Será en forma de sueños, pero el ángel del Señor le ilumina, le hace comprender que detrás de todo eso hay un plan de Dios, que hay un lugar también para él en ese plan de Dios; ahora le toca acoger a aquella mujer, pero acoger también al hijo que va a nacer al que tendrá que mirar como hijo, pues a él se le encomienda la misión de ponerle nombre, función que estaba reservada al padre. Y José, como María, también dice sí, recibió a María, su mujer, en casa como le había dicho el ángel.

Un proceso muy hermoso el que contemplamos. Son mucho más que meras anécdotas para contar. Es descubrir actitudes que hemos de asumir. Es estar abiertos en la vida a la acción de Dios y a lo que son sus planes para nosotros, que muchas veces también nos romperán nuestros planes. Pero tenemos que dejarnos conducir.

Algunas veces nos cuesta, habíamos soñado con tantas cosas, pero ahora todo cambia y nos puede parecer que quizás tengamos una vida escondida, o podrá ser también que en esos nuevos planes hay unos compromisos mayores con nuestras tareas y nueva misión. Todos quizás habremos pasado por situaciones así en la vida, y después de todo nos damos cuenta que allí hubo una acción de Dios. Hay que descubrirlo, hay que sopesar bien las cosas, también tenemos que ser como José un hombre bueno, una persona buena, pero una persona reflexiva, pero una persona orante, pero una persona abierta al plan de Dios.

Creo que es un buen pensamiento que tenemos que rumiar también en este camino de cuaresma que estamos haciendo, en medio del cual hoy nos ha aparecido la figura de José. Como decíamos antes, en ocasiones hay cosas que no entendemos, hay cosas que incluso nos han hecho daño, nos han hecho sufrir, pero hemos de saber encontrar la luz al final de ese camino. Porque Dios nos está diciendo algo.

jueves, 10 de noviembre de 2022

Andemos vigilantes para encontrar lo que da verdadera hondura a la vida hundiendo nuestras raíces en lo que de verdad vale

 


Andemos vigilantes para encontrar lo que da verdadera hondura a la vida hundiendo nuestras raíces en lo que de verdad vale

1Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17, 26-37

¿Qué nos sucede con el devenir de la vida? Podríamos decir que vivimos absorbidos por el vértigo de la vida; ahí están nuestras preocupaciones de cada, sus tareas, sus responsabilidades, lo que es la vida misma, trabajo, preocupaciones familiares, la economía que nos quita el sueño porque por mucho que trabajemos parece que no nos llega a nada lo que ganamos, pero solo en cuanto a nuestras responsabilidades como más especiales, sino que es la vida misma con sus momentos de relax y de descanso, como pueda ser todo lo referente a la alimentación, el encuentro con los demás, la fiesta o los momentos duros de la enfermedad e incluso la muerte de seres querido.

Todo parece una carrera que no nos da ni tiempo para pensar en algo más, todo nos va absorbiendo en esa materialidad de las cosas que hacemos, que nos cuesta encontrar el momento para elevar nuestro espíritu y encontrar algo que nos trascienda, y lo que tenga un tinte más espiritual o lo dejamos en un segundo plano o lo olvidamos y vivimos como si nada de eso existiera. Nos decimos cristianos y creyentes, pero lo dejamos tan en segundo plano que ni nos planteamos un sentido para todo lo que hacemos, ni llegamos a pensar en algo más allá o más arriba que nos eleve y nos trascienda, creyentes pero sin darle un sentido desde lo creyente, desde nuestra fe a lo que hacemos o a lo que vivimos.

Necesitamos romper ese ritmo tan vertiginoso, necesitamos romper esa carrera tan espiral que parece que nunca acaba sino que cada día se nos agranda más, para pensar sencillamente que todo esto un día se detiene y nos vamos a encontrar con algo en lo que nos habíamos olvidado de pensar.

‘Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Asimismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se revele el Hijo del hombre’.

Quiere hacernos pensar Jesús. Qué despreocupados andamos con nuestras ocupaciones, qué distraídos con la rutina de cada día, con qué facilidad olvidamos la dimensión espiritual de la vida. Como decíamos, creyentes pero sin darle un sentido creyente a la vida, a lo que hacemos. Terminamos por caminar como en un sin sentido, terminamos con un vacío interior porque al final nada nos satisface, porque todo o se convierte en una rutina, o en esa loca carrera por tener más, por llegar a más cosas, por olvidarnos de todo enfrascados en nuestras ocupaciones pero no nos hemos sentido crecer por dentro, le ha faltado lo que le da calor y color a la vida que vivimos.

Es una tentación fácil en la que todos podemos caer, una pendiente muy resbaladiza. Tenemos que pensar más en el sentido de nuestros actos, encontrar la verdadera responsabilidad de nuestra vida, que no solo es hacer cosas, sino ser capaz de vivir con intensidad y hondura todo aquello que hacemos. y es hondura la vamos a encontrar en ese sentido espiritual que tiene nuestra vida, nos parece que nos eleva y es así, pero también dará verdadera hondura a lo que hacemos, haremos hundir las raíces de la vida en lo que de verdad vale.

Hoy nos está hablando Jesús de que hemos de andar vigilantes para que no perdamos ese sentido de la vida. Llegará en un momento que menos pensemos el final de nuestra vida, ¿y qué es lo que tenemos en nuestras manos? ¿Qué riqueza habrá en nuestro corazón? ¿Cómo nos vamos a presentar ante Dios?

sábado, 19 de marzo de 2022

Contemplamos hoy a san José, el hombre justo, el hombre del silencio, el creyente con un sólido cimiento en su vida, que supo descubrir las señales de Dios

 


Contemplamos hoy a san José, el hombre justo, el hombre del silencio, el creyente con un sólido cimiento en su vida, que supo descubrir las señales de Dios

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

Hay silencios que hablan. Muchas veces nos quedamos en silencio en la vida, ¿no sabemos qué decir? Es cierto que hay cosas que nos desbordan, nos causan admiración y hasta sosiego, nos quedamos sin saber qué decir. Pero esos silencios también pueden hablar; porque nos están hablando en nuestro interior produciéndose interrogantes y el diálogo quizás es con uno mismo en aquello que nos sucede. Es cierto también que hay silencios que nos los imponen, porque no nos dejan hablar, porque no quieren que se escuche lo que queremos decir, porque nos llenan de miedo el alma y sufrimos en silencio.

Pero hay silencios que buscamos, porque quizás lo necesitamos, o porque nuestro silencio ya de por sí sea un grito, se convierta en testimonio, nos hable de prudencia, o nos ayude a mantener la rectitud en nuestro corazón ante aquello que no entendemos y de alguna manera nos abrimos al misterio. Son silencios de reflexión, de buscar como ahondar y profundizar en nosotros mismos y en lo que nos sucede, son silencios que en el creyente se convierten en oracion, porque se hacen ofrenda, porque son interrogantes ante Dios, porque nos preparan para la escucha interior descubriendo también lo que Dios nos quiera revelar.

Estamos hoy ante un hombre de silencio. No conocemos ninguna de sus palabras en el evangelio. Pero sí vemos su actuar en silencio. El silencio de José nos habla, se convierte en un grito de Dios para nosotros. Es el silencio de quien se pone en las manos de Dios. Es el silencio que le produjera muchos interrogantes en su interior, y mucho sería lo que desde su corazón en silencio él le va a hablar a Dios. Es el silencio de quien supo descubrir su lugar, que aparentemente parecía que quedaba en un segundo término, pero que fue tan importante en la historia de la salvación de Dios para nosotros.

Será ese primer silencio ante el misterio que se estaba realizando en María y donde él querrá actuar en silencio para no herir, para no molestar, para no hacer daño, pero donde se le va a revelar no el misterio de María sino el misterio de Dios que allí se estaba haciendo presente. Y él comprendió su lugar y simplemente se dejó conducir. Vendrá el camino de Belén incomprensible e inesperado por el capricho de un gobernante, pero será el dolor de las puertas cerradas de Belén para terminar en un establo.

Ante todo lo que seguirá sucediendo, el nacimiento del niño, la aparición de los pastores, la llegada más tarde de los magos de Oriente, siempre lo veremos en un aparente segundo plano y siempre lo veremos en silencio; así lo contemplaremos en su función de padre a la hora de la presentación del niño en el templo, pero en silencio en un segundo plano porque los protagonistas serán otros en ese momento; surgirá también de manera inesperada la huida a Egipto con aquellos años que podríamos llamar de destierro y lo veremos siempre escuchando los designios de Dios y cumpliendo la función que como padre tendrá que realizar en esos momentos.

¿Silencios dolorosos? Dentro de toda la felicidad de participar en el misterio de Dios cuando con fe aceptamos lo que es la voluntad de Dios, humanamente como hombre tuvieron que ser momentos y silencios difíciles solo posibles de superar de quien podía vivir algo profundo en su interior, donde encontrara toda la fuerza cuando es Dios mismo el que se le va revelando aunque sea a través de sueños y de voces de Ángeles que se escuchan en su interior.

Es la profundidad del silencio de José. El hombre justo, como lo define el evangelio; el hombre de una fe profunda, porque sin esa fe no podría haber salido adelante en los momentos duros que se le fueron presentando en la vida. Es el silencio que resplandece en José, señal de esa espiritualidad profunda para discernir y para aceptar lo que son los planes de Dios.

Mucho tenemos que aprender del silencio de José; un aprendizaje que nos llevará de la mano a ese ir dándole hondura a nuestra vida, a poner cimientos sólidos que puedan sostener todo ese engranaje de la vida que algunas veces también se nos hace difícil. Sin sólidos cimientos el edificio se nos viene abajo ante el primer embate de la tormenta; es lo que nos está pasando tantas veces que nos parece que no tenemos nada debajo de nuestros pies en lo que mantenernos firmes en los embates de la vida.

¿Cómo podremos escuchar a Dios si solo nos entretenemos con los ruidos de la vida? Aprendamos de José para que seamos también nosotros esa persona justa, esa persona llena de Dios, esa persona que podrá navegar en medio de las tormentas de la vida sabiendo que su barca va a llegar a puerto porque está bien guiada por el único que es el buen piloto de nuestra vida. Dejemos actuar al espíritu de Dios en nosotros.

martes, 18 de enero de 2022

No hay ley de Dios que sea verdaderamente divina y pretenda atentar contra la vida o la dignidad del hombre y la mujer

 


No hay ley de Dios que sea verdaderamente divina y pretenda atentar contra la vida o la dignidad del hombre y la mujer

1Samuel 16, 1-13; Sal 88; Marcos 2, 23-28

En un diálogo que sostenía con una persona no hace mucho y en el que salió el tema de la religión, al preguntarle por su fe me respondió con lo siguiente: ‘La verdad que creó en Dios… pero no con la personas…’ Una respuesta que me resultó en cierto modo ambigua. Pudiera tener diversas interpretaciones, aunque luego me aclaró que él era musulmán pero su fe no pasaba por Mahoma, sin embargo es una frase que puede reflejar algunas actitudes que podemos encontrar en algunos que se dicen creyentes. Creyentes, dicen, para creer en Dios, pero no quieren creer en las personas.

¿Será esto posible? Posible es en el sentido de la desconfianza que fácilmente nos tenemos los unos de los otros; quizás por experiencias frustrantes tenidas en la vida, ya no se quiere confiar en nadie, desconfiamos del que está a nuestro lado y quizá nos decimos que creemos en Dios porque lo situamos de alguna manera en tales alturas lejos de nosotros que de alguna manera aunque nos llamemos creyentes, tampoco es grande la relación que podamos tener con Dios.

Pero también una actitud así nos puede reflejar las distancias que ponemos entre la fe que decimos que tenemos en Dios y lo que es nuestra relación con los demás. Nos refugiamos quizás en nuestros actos religiosos, pero prescindimos del prójimo que tenemos a nuestro lado. Son cosas que hemos visto demasiadas veces, pero son cosas que de alguna manera nos pueden suceder a nosotros también. Cuántas veces nos podemos ocultar tras nuestros actos piadosos para desentendernos de los demás. Cuántos rodeos podemos dar en la vida como aquel sacerdote y levita de la parábola del evangelio para no querer ver al que nos vamos a encontrar quizás a la entrada de nuestro templo.

Desde nuestra fe auténtica en Jesús, lo que llamamos nuestra fe cristiana, eso en verdad sería un contrasentido. No podemos encontrar una fe verdadera en Dios en la que no contemos con el hombre, en la que prescindamos de nuestra relación con nuestros semejantes. Nunca nuestra fe en Dios puede menoscabar la dignidad de la persona, ni puede mermar de ninguna forma el bien que tenemos que hacer al otro; es más, por esa fe que tenemos en Dios más tenemos que creer en la persona, más tenemos que cuidar y respetar al que está a nuestro lado, más tenemos en todo momento que hacer el bien al prójimo y amarlo. No hay ley de Dios que sea verdaderamente divina y pretenda atentar contra la vida o la dignidad del hombre y la mujer.

El Papa Francisco nos ha recordado no hace mucho unas palabras y enseñanzas de la santa que hoy estamos celebrando, santa Margarita de Hungría. Nos decía así: ‘Los creyentes nos vemos desafiados a volver a nuestras fuentes para concentrarnos en lo esencial: la adoración a Dios y el amor al prójimo, de manera que algunos aspectos de nuestras doctrinas, fuera de su contexto, no terminen alimentando formas de desprecio, odio, xenofobia, negación del otro’ (FT 282).

Me estoy haciendo esta reflexión a partir del texto que se nos ofrece hoy en el evangelio. Porque los discípulos al pasar por un sembrado van recogiendo algunas espigas para echarse a la boca unos granos de trigo que quizás aliviaran la fatiga del camino, como era sábado, por allá andan los fariseos echando en cara que los discípulos de Jesús están incumpliendo la ley del descanso sabático. ¿Está la ley por encima del hombre o la ley debería en todo momento salvaguardar la dignidad y el bien de la persona?

Es por lo que les dice Jesús que ‘el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado’. Creemos en Dios con toda nuestra fuerza, pero eso nos llevará siempre a creer también en el hombre, en la persona, en su dignidad.

jueves, 23 de diciembre de 2021

En la ya inmediata navidad que vamos a celebrar dejémonos sorprender por Dios que quiere ser Emmanuel en nuestra vida, algo quiere decirnos

 


En la ya inmediata navidad que vamos a celebrar dejémonos sorprender por Dios que quiere ser Emmanuel en nuestra vida, algo quiere decirnos

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

Tenemos el peligro hoy de perder la capacidad de sorpresa. El ritmo de la vida o el ritmo con que todo progresa, de manera que ahora podemos contemplar cosas que ni podíamos imaginar hace muy poquitos años, puede hacernos perder esa sensibilidad, nada nos sorprende, damos casi por sentado que las cosas cambian de un momento a otro y nos iremos encontrando cosas nuevas a cada instante.

Aceptando incluso ese ritmo vertiginoso de la vida no podemos perder la capacidad de la sorpresa, porque en cosas que nos pueden parecer normales y sencillas sin embargo podemos descubrir grandes maravillas, o podemos describir cosas que nos pueden engrandecer, nos puede ayudar en nuestro camino como personas en medio del mundo, para no ser unos autómatas. Y nos sorprenden no solo las cosas que nos asustan o llenan de temor, sino que nos hemos dejar sorprender por algo sencillo que sin embargo puede llenar de alegría nuestro corazón.

El nacimiento de Juan en casa de Zacarías e Isabel allá en las montañas de Judá aunque en una cierta cercanía de Jerusalén estuvo lleno de sorpresas no solo para la propia familia, sino también para sus vecinos y los habitantes de aquel lugar. El mismo hecho del embarazo de Isabel siendo ya una mujer mayor causó admiración entre sus vecinos y ya nos dice el evangelista en su relato que la felicitaban porque Dios había obrado con misericordia con ella. Ya también era algo que no entendían por qué Zacarías se había quedado mudo desde que nueve meses antes había regresado de su servicio en el templo.

Pero las sorpresas aún con la alegría del nacimiento de un niño fueron grandes en los siguientes momentos. A la hora de la circuncisión era el momento de la imposición del nombre al recién nacido; lo normal para todos ellos era que se llamara Zacarías como su padre, pero la madre insistía en que había de llamarse Juan; no era un nombre que llevara ninguno de sus familiares pero sorprendía la insistencia de Isabel. Preguntan por señas al padre cómo había de llamarse y escribiendo en una tablilla – estaba aún mudo – señaló que había de llamarse Juan.

‘¿Qué va a ser de este niño?’, se preguntaban todos asombrados; el nombre tiene también su significado y Juan viene a significar ‘Dios ha tenido misericordia con él’, que se correspondería como dicen algunos analistas de significados como el hombre que es respuesta a esa misericordia se mantiene fiel a Dios por encima de todo. Ya los mismos vecinos habían felicitado a Isabel porque Dios había tenido misericordia con ella al concederle el don de la maternidad, algo que era muy apreciado en Israel. No ha de extrañar, pues, el nombre que se le quiere imponer. Pero las gentes se sorprenden y se admiran porque están viendo que la mano del Señor se está allí haciendo presente.

¿Seremos capaces de ver nosotros la mano de Dios que también se hace presente de mil maneras en nuestra vida? A todo hoy queremos darle explicaciones naturales y racionales, pero sigue habiendo misterio en la vida del hombre, se sigue haciendo presente el misterio de Dios en nuestra vida. Es lo que el corazón de un creyente ha de saber intuir y descubrir, es precisamente la base que nos hace creyentes. Dejémonos sorprender por Dios, incluso en aquellas cosas que nos suceden que nos puedan resultar o incomprensibles o duras. Dios nos está queriendo decir algo, Dios quiere manifestarse en nuestra vida, dejemos actuar a Dios.

¿Nos hará falta esa capacidad de sorpresa y admiración ante la cercana navidad en las circunstancias concretas en que tendremos que vivirla en este año? ¿Qué nos estará queriendo decir el Señor cuando así de esa manera se hace, se sigue haciendo Emmanuel, Dios con nosotros?

sábado, 18 de diciembre de 2021

En medio de las zozobras y de los momentos de prueba se ha de manifestar la madurez de nuestra fe para ser capaces de dar el paso adelante que nos pide el Señor como lo hizo José

 


En medio de las zozobras y de los momentos de prueba se ha de manifestar la madurez de nuestra fe para ser capaces de dar el paso adelante que nos pide el Señor como lo hizo José

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24

Hay situaciones que se nos presentan en la vida que son verdaderas pruebas para nosotros. Una situación inesperada, un cambio de rumbo que hay que tomar dejando muchas cosas queridas a un lado, una estabilidad en la vida a la que nos habíamos acostumbrado pero que de la noche a la mañana todo cambia y nos sentimos totalmente inseguros, algo que parece romper nuestra relación con las personas que amamos por algún acontecimiento o por algo que sucede y que no tiene humana explicación.

Cuando nos vemos en una situación así lo pasamos mal y nos parece que todo el mundo se derrumba bajos nuestros pies. Es difícil enfrentarnos a la situación, es difícil mantener la serenidad y del equilibrio, la equidad del espíritu, es difícil lo que nos parece que es comenzar una vida nueva y de cero.

Pero ahí es donde se manifiesta nuestra madurez, nuestra fortaleza, el sentirnos bien afirmados en unos principios, en no perder la paz del corazón. No sentirnos resquebrajados y seguimos adelante; somos capaces de tener ecuanimidad y con serenidad de espíritu descubrir lo bueno que se nos puede deparar para nosotros incluso de esa situación amarga; como creyentes el saber descubrir lo que es la voluntad de Dios para mi vida y el paso adelante que Dios quizás nos está pidiendo. Y muchas veces, aunque no nos guste o las tratemos de disimular, tenemos que enfrentarnos a situaciones semejantes.

Hoy en el evangelio y en el entorno de Cristo vemos una situación así. Duro tuvo que ser el momento para José; María, su prometida, la que legalmente de alguna manera se podía considerar su esposa, estaba encinta sin haber convivido con él. Amaba a María, era su mujer, no podía entender lo que sucedía, María quizás tampoco se manifestaba porque María sí había comprendido el misterio de Dios que en ella se realizaba, pero era difícil hacerlo entender a otras personas. José, sin querer dañar a nadie, tenía más o menos la decisión tomada; pero aquí aparece el ángel del Señor.

José era bueno y un hombre abierto a Dios; lo que podemos llamar un auténtico creyente; nos da señales de ello. Y siente la voz de Dios en su corazón. ¿En sueños? ¿Un ángel? Dios tiene muchas formas misteriosas de manifestarse, lo que el hombre tiene que estar atento a la voz de Dios para ser capaz de escucharla, aunque muchas sean las tormentas que lleva en su corazón. Es lo que sucedió en José. Y supo escuchar la voz de Dios y a él también se le reveló el misterio; y él supo aceptar de forma madura ese designio de Dios. Y José se llevó a Maria su mujer a su casa.

¿Seremos capaces en medio de nuestras zozobras de escuchar la voz de Dios en nuestro corazón? Hemos de estar entrenados para ello; tenemos que saber ir abriendo nuestro corazón a Dios cada día hasta en las cosas más pequeñas; podrán venir tormentas fuertes pero estaremos bien anclados en Dios y sabremos tomar la decisión, dar el paso adelante y seguir el camino que se abre ante nosotros. Como lo hizo José, como lo hizo María, como tenemos que hacerlo nosotros cada día.

domingo, 5 de diciembre de 2021

El creyente cristiano con el testimonio de su vida y de sus obras ha de ser profecía de salvación para nuestro mundo de hoy que ha perdido la esperanza

 


El creyente cristiano con el testimonio de su vida y de sus obras ha de ser profecía de salvación para nuestro mundo de hoy que ha perdido la esperanza

Baruc 5, 1-9; Sal 125; Filipenses 1, 4-6. 8-11; Lucas 3, 1-6

Se nos da un marco histórico muy concreto con datos además totalmente fiables. Es el momento histórico que está viviendo el pueblo judío sometidos al imperio romano, señalándosenos en concreto el nombre del gobernador romano, pero las circunstancias concretas de la administración de toda la región de Palestina y el poder religioso que aun permanecía en Jerusalén.

Tiene su significado. No es una cosa baladí en la que se ha entretenido el evangelista con su erudición histórica, sino que está situándonos el momento concreto en que nos llega la salvación. Fue aquel momento, como nosotros hemos de situarnos en nuestro momento concreto, con las circunstancias concretas, con los hechos de nuestra historia que en el momento presente vivimos cuando nosotros hemos de escuchar esa Palabra de Dios hoy. Si Jesús más tarde en la sinagoga de Nazaret utiliza la Palabra ‘hoy’ para hablarnos del cumplimiento de aquella profecía que acaba de proclamar, es en este hoy del presente donde hemos de ver cumplida también esa Palabra de Dios en nuestra vida.

Momentos de incertidumbre y de interrogantes como siempre hay en nuestro corazón, momentos que nos alertan y nos despiertan ante la Palabra de Dios que llega a nuestra vida, pero siempre para el creyente momentos de esperanza y de una alegría que en cierto modo vamos pregustando en aquel anuncio que se nos hace. 

Es lo que nos anuncia el profeta en la primera lectura: ‘Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción que llevas, y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te concede. Envuélvete en el manto de la justicia de Dios, y ponte en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos habitan bajo el cielo…’ Son las vestiduras que solo podrá vestir el que tiene mucha esperanza en su corazón. Es lo que tenemos que despertar en nosotros. Quiere despertar en nosotros la Palabra que se nos anuncia, para que podamos vestir ‘las galas perpetuas de la gloria que Dios nos concede’.

Y es que nosotros estamos viviendo este tiempo de Adviento en este hoy concreto de nuestra vida son sus desolaciones, con sus angustias y sufrimientos, con nuestras preocupaciones del día a día, con las catástrofes naturales que nos asolan y llenan de angustia a tantas personas, con unas pandemias que no terminamos de vencer, con una crisis en la sociedad que no solo es lo económico que no sabemos cómo levantar sino también sobre todo de valores morales, con un mundo que va cayendo en la pendiente de la indiferencia en lo religioso, con multitud de problemas en nuestra Iglesia que nos llenan de estupor y pueden hacer caer en un sin sentido a tantos.

Ahí se levanta delante de nosotros la profecía que nos anuncia una palabra de esperanza, pero que nos pide una renovación profunda en nuestra vida. Surgió allá en el desierto de Judea junto al Jordán la voz de Juan al que pronto llamarían el Bautista. Anunciaba un bautismo de conversión porque los caminos de Dios había que enderezarlos. Recordaba lo que había anunciado el profeta Isaías: ‘Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios’.

¿Qué nos estará anunciando esa voz profética? ¿Qué nos estará pidiendo? ¿Cuál será ese camino de conversión que hemos de recorrer? No perdamos de vista las palabras finales del profeta. ‘Y toda carne verá la salvación de Dios’.

Para aquellas angustias e interrogantes, para esos caminos que vamos haciendo en los que hemos perdido el sentido, para ese mundo que hemos ido destrozando en la medida en que hemos permitido que se vaya alejando más y más de Dios, hay salvación, porque será posible la transformación, porque será posible comenzar algo nuevo, porque podremos liberarnos de tantas cosas que nos han ido enredando en una maraña incomprensible de pensamientos y de cosas, porque podemos purificarnos de todo eso que nos ha envuelto y llenado nuestra vida de maldad y de pecado, porque podremos comenzar a ver de nuevo la luz y las tinieblas no nos vencerán, porque podemos hacer un hombre nuevo, una iglesia nueva, un mundo nuevo y mejor.

El verdadero creyente en Jesús no pierde nunca la esperanza; tenemos que mostrarnos maduros en nuestra fe, sintiéndonos fortalecidos por el Espíritu del Señor que está con nosotros; no nos podemos dejar apabullar por tantas voces de aquí y de allá que nos quieren atraer unos con sus cantos de sirena y otros viéndolo todo tan catastrófico que solo ven la ruina como destino final. Es también el anuncio que tenemos que hacer a nuestro mundo. Con el testimonio de nuestras obras convirtámonos en profetas de salvación para nuestro mundo.

‘Y esta es mi oración, nos decía san Pablo, que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios’. Hagámosla nuestra dejándonos así transformar por el amor de Dios y con nuestro testimonio poniendo esperanza en nuestro mundo.

martes, 5 de octubre de 2021

Cuidado no te olvides del Señor, tu Dios, sino que en toda ocasión sepamos ofrecer súplicas y acción de gracias viviendo con auténtica actitud de creyentes y cristianos

 


Cuidado no te olvides del Señor, tu Dios, sino que en toda ocasión sepamos ofrecer súplicas y acción de gracias viviendo con auténtica actitud de creyentes y cristianos

Deut. 8, 7-18; Sal.: 1Crón 29, 10bc-12ª; 2 Cor. 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Decimos que vivimos en medio de un pueblo creyente; aunque cada día más vamos escuchando a personas que se manifiestan como que no creen en Dios ni creen en nada, sin embargo en la mayoría de los que nos rodean, o eso al menos nos creemos, se llaman cristianos y mantienen vivas algunas prácticas religiosas como el bautismo de los niños, el entierro en sagrado de sus difuntos o las misas que se hacen decir por sus muertos, por no decir una serie de fiestas religiosas muy acompañadas de actos civiles en honor de sus vírgenes, de sus Cristos o de los santos de su devoción. Por esos signos seguimos pensando que vivimos en un pueblo de creyentes o en un pueblo que se dice cristiano.

Pero creo que tenemos que ser conscientes de que incluso aquellos que nos llamamos cristianos o nos decimos más religiosos en el conjunto de la vida vivimos como paganos, como si no hubiera un Dios en quien creer. Nos reducimos a una serie de prácticas religiosas o de algunas fiestas, quizás a hacer algunas oraciones sobre todo cuando nos vemos la vida más complicada o nos aparecen problemas que no sabemos cómo resolver, pero en el conjunto de nuestra vida tendríamos que preguntarnos qué lugar ocupa Dios.

Tenemos el peligro de ir viviendo la vida en el día a día con sus luchas y con sus problemas, con momentos de alegría y de felicidad, con contratiempos que vamos sorteando como podemos y como nos sentimos como muy autosuficientes no creemos necesitar de Dios ni de mantener una relacion viva con Dios.

Es necesario que al menos de vez en cuando nos detengamos un poquito y nos planteemos el sentido de nuestra vida, reflexionemos hondamente sobre el rumbo que le damos a nuestra existencia y tratemos también de darla una trascendencia superior y espiritual a cuanto hacemos o  cuanto vivimos. Y no es solo el que nos detengamos porque se nos viene el volcán encima, ya sea en estas circunstancias que ahora vivimos en nuestras islas, sino que la vida se nos pueda convertir en un momento en un volcán tenebroso por sus problemas y cuando nos sabemos por donde salir como último recurso acudamos a Dios. Ser creyente es mucho más que todo eso, porque el ser creyente ha de darle una tonalidad nueva a nuestra vida.

En este día la Iglesia nos invita a entrar en un momento litúrgico, que llamamos las temperas, que tendría que ser algo así como ese parón que tanto necesitamos para que reencontremos ese lugar que Dios ha de tener en nuestra vida y sepamos centrar nuestra existencia en esa fe que decimos que tenemos en Dios. En su origen se tenían estos momentos en el inicio o algo así de las cuatro estaciones del año, que venía a ser algo así como poner en las manos de Dios aquellas tareas que íbamos a emprender en cada una de esas estaciones, que en un mundo más rural que se vivía en otros momentos tenía mucho que ver con las tareas que se realizaban en el campo. Ahora en nuestro hemisferio al menos se celebran una vez al año en este día como un final de las recolecciones de los trabajos realizados enmarcados en cursos y el comienzo de una nueva etapa.

Los textos de la Palabra de Dios que se nos ofrecen en la liturgia de este día cuando se celebran en un solo día o de los tres días seguidos cuando se celebra de una forma más amplia, con bien significativos. Un reconocimiento de la presencia de Dios en nuestra vida, un reencuentro con los hermanos por lo que se nos hablará de reconciliación, y una súplica al Señor porque sabemos que solo en El encontramos la fuerza para toda nuestra tarea.

El primero de los textos nos viene a recordar que no olvidemos la presencia de Dios en nuestra vida. ‘Acuérdate del Señor, tu Dios…’ nos viene a decir. Y nos ofrece un texto del Deuteronomio en el que Moisés previene al pueblo que va a entrar en la tierra prometida para que cuando posean la tierra y vengas tiempos de prosperidad no se olviden del Señor, su Dios, que los sacó de Egipto.

Y es lo que nos suele pasar, es lo que nos va pasando de tal manera que aunque nos decimos creyentes como la vida circula diríamos por sus carriles normales, aunque como todo camino tenga sus baches y sus curvas, nos acostumbramos a vivir por nosotros mismos que nos olvidamos de Dios. Aquellos diez leprosos desde la pobreza y la soledad de su enfermedad suplicaron a Jesús desde la distancia para verse libres de su enfermedad, cuando se vieron curados corrieron a cumplir con las normas prescritas para poder encontrarse con sus familias, pero solo uno volvió para dar gracias a quien les había curado. Lo que nos pasa a nosotros tantas veces, prontos para pedir pero tardos para agradecer.

Esta jornada, como ya mencionamos, tiene también ese sentido del reencuentro y de la reconciliación, con los demás y con Dios, porque es una manera de reconocer nuestra debilidad y nuestras carencias. Por eso es también momento de súplica y de oración, cuando sabemos ponernos de verdad en la manos de Dios.

Cuidado no te olvides del Señor, tu Dios, sino que en toda ocasión sepamos ofrecer súplicas y acción de gracias al Señor en quien tenemos la vida y la salvación.


martes, 11 de mayo de 2021

Que se despierte nuestra fe en la presencia del Espíritu, así viviremos siempre con gozo nuestra fe y podremos mostrar ante el mundo lo que realmente somos

 


Que se despierte nuestra fe en la presencia del Espíritu, así viviremos siempre con gozo nuestra fe y podremos mostrar ante el mundo lo que realmente somos

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

A veces sucede en el ámbito de la sociedad en la que vivimos que se han formado grupos humanos que alguien supo aglutinar en torno quizás a unos objetivos o unas metas; ese líder que ha sabido reunir y mantener ese grupo humano, puede fallarnos algún día, porque con el paso de los años quiera dar paso a otras personas que lo lideren o por circunstancias de la vida que le hace imposible su permanencia junto a ellos. Seguro que por la cabeza de más de uno pasará la idea de que aquello se viene abajo, se preguntará quien podrá mantener una unidad entre todos y cosas así por el estilo.

¿Qué estaba sucediendo en el grupo de los discípulos más cercanos a Jesús con todos los anuncios que Jesús les hacia, incluso en el hecho de que les hablaba de que iba a ser entregado en manos de los gentiles y seria atormentado hasta la muerte en la cruz? De alguna manera era también un grupo humano aunque allí había otros grandes ideales y todo en aquel grupo tenia otra trascendencia.

El ambiente en aquella cena con todos los gestos y signos que se iban sucediendo, con las palabras de Jesús que sonaban a despedida, estaba recargado con las nubes de la tristeza y en cierto modo el miedo y la angustia. ¿Qué iba a suceder? De alguna manera hasta les costaba hacerle preguntas al Maestro sobre todo aquello que les decía, tanta era su tristeza.

‘Ahora me voy al que me envió, les dice Jesús, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’.

La fuerza que uniría al grupo de los creyentes en Jesús sería el Espíritu Santo. El Espíritu Santo que Jesús les promete y que recibirán en Pentecostés. El Espíritu Santo que sigue siendo el alma de los cristianos, la fuerza y la vida de la Iglesia, de todos los que nos congregamos en una fe en Jesús.

No son meros lazos humanos los que nos unen; no es simplemente la amistad lo que constituye el grupo de los seguidores de Jesús; no son unos ideales o unos sueños de un mundo mejor por el que queremos luchar aunque todo eso esté presente en nuestra vida. Es la fe en Jesús que al sentirnos unidos plenamente a El nos hace llenarnos de su Espíritu.

Algunas veces no terminamos de comprender todo el misterio de la Iglesia. Ya sé que desde fuera nos pueden mirar como un grupo, una asociación como tantas o una sociedad más de las que hay en el mundo; ya sé que muchos nos atribuyen unos signos de poder para mover los hilos de la sociedad desde unos determinados intereses; desde fuera no siempre se entiende la misión de la Iglesia y qué es lo que realmente nos mantiene unidos; muchas veces también los mismos cristianos parece que no lo tenemos muy claro y así andamos dando bandazos de un lado para otro.

Solo la fe nos reúne y nos congrega; y es la fuerza del Espíritu de Jesús resucitado la que está con nosotros y la que se hace presente en la Iglesia. Muchas veces también andamos como aturdidos por los problemas que en la vida se nos presentan y por los problemas que afectan también a la misma vida de la Iglesia, y como los discípulos en la noche de la última cena, también andamos tristes y preocupados. Pero es que estamos olvidando algo importante que es la asistencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, la fuerza del Espíritu del Señor en cada uno de nosotros, que no nos hará sentirnos solos y abandonados porque así siempre sentiremos la presencia del Señor con nosotros.

Que se despierte nuestra fe en la presencia y fuerza del Espíritu Santo, así viviremos siempre con gozo nuestra fe y así nos podremos mostrar ante el mundo como lo que realmente somos.

viernes, 19 de marzo de 2021

Dios nos va sorprendiendo a cada paso y como san José sabremos leer los caminos de Dios dejándonos conducir por la obediencia de la fe

 


Dios nos va sorprendiendo a cada paso y como san José sabremos leer los caminos de Dios dejándonos conducir por la obediencia de la fe

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22;  Mateo 1, 16. 18-21. 24a

‘Era el hijo de José, el carpintero’, darían como referencia para Jesús cuando fue a su pueblo y se levantó en la sinagoga para hacer la lectura. Y hoy la Iglesia y la liturgia nos hace volver la vista hacia san José, el esposo de María, de la cual nació Cristo, como se nos dirá en otro momento del evangelio. Y este año el Papa Francisco con una breve carta apostólica sobre san José nos invita a celebrar el año de san José; inmersos en ello estamos desde el pasado 8 de diciembre, día de la Inmaculada Virgen María.

Justo, pues, que esta fiesta de san José que a causa de la pandemia estamos pasando por debajo de la mesa como decimos cuando no podemos celebrar un acontecimiento familiar, un cumpleaños de alguno de sus miembros. Nos pasa que no podemos darle mucha solemnidad externa, pero eso no nos quita para que reflexionemos sobre su figura y desde las pocas líneas que el evangelio le dedica entresaquemos hermoso mensaje y testimonio que nos ayude en el camino de nuestra vida cristiana, como queremos hacer siempre con la fiesta de cualquier santo.

Hombre de fe y hombre humilde como el que más, hombre abierto al misterio de Dios y obediente a sus designios no siempre de fácil comprensión y asimilación. Es el hombre creyente que sabe rumiar todo el misterio de Dios que envuelve su vida. No era hombre de decisiones apresuradas pero sí siempre pronto a confrontar su vida y lo que le sucedía con el misterio de Dios que todo lo envolvía. Es el hombre bueno que querrá hacer sufrir a nadie por la toma de sus decisiones, sino que siempre se abre al designio de Dios que se le revela, pero que él sabe leer esa revelación en aquello que le va sucediendo.

No es poco lo que hasta aquí estamos diciendo. Noches oscuras turbaban su vida cuando siendo bueno y siendo recto su vida se ve envuelta en hecho que pudieran mancillar su reputación y la de las personas que él más quería. El misterio que sucede en María y que él no termina de entender estaba poniendo en juego su rectitud y su madurez humana como hombre. La afecta profundamente a su vida pero ni quiere escandalizar, ni quiere dañar a nadie, por eso decide actuar en el silencio. Qué lección más bonita que tenemos que aprender, guardar silencio ante lo que sucede y no comprendemos; guardar silencio pero abrir su corazón a quien se le puede revelar en ese silencio o a quien en el silencio le habla y le señala caminos. Es le hermosa lección que de José aprendemos.

Y en el silencio de la noche, en el silencio de las horas pasadas en profunda reflexión dando vueltas y más vueltas a cuanto le sucede, en el silencio que se hace oración y apertura a Dios, José escucha en su corazón, José escucha la voz de Dios que le habla por el ángel del Señor y José llegará a comprender y aceptar todo el misterio de Dios tantas veces incomprensible. Cuánto bien nos hace rumiar una y otra vez en nuestro interior esos misterios de Dios que se nos revelan y nos tienen que llevar también a la toma de decisiones sobre lo fundamental de nuestra vida.

Así se nos muestra san José como ejemplo de lo que ha de ser la obediencia de la fe. Esa obediencia de la fe, cuando desde la luz de la fe y aunque los razonamientos humanos parezca que van en otro sentido, nosotros sabremos decir Sí, como lo hizo san José. Tras las palabras del ángel cuando en principio él pensaba huir lejos de cuanto le estaba sucediendo sin embargo se lleva a María, su mujer a casa; pero es el sí que siempre lo está poniendo en camino, primero Belén, más tarde Egipto, finalmente de nuevo Nazaret. No eran sus caminos pero eran los caminos que había que recorrer porque eran los caminos de Dios, aunque él nunca hubiera pensado tener que recorrer esos caminos.

Es lo sorprendente de san José, como muchas veces son sorpresas los caminos que se van abriendo delante de nosotros cuando sabemos hacer silencio para dejarnos conducir por el ángel del Señor. No siempre hemos hecho lo que pensábamos o hicimos lo que nunca habíamos pensado que tendríamos que hacer; es la vida que nos va sorprendiendo, pero que el verdadero creyente que nosotros hemos de ser a la manera de san José, descubrimos que no es la vida la que nos da las sorpresas sino que es Dios quien nos va sorprendiendo minuto a minuto cuando son sinceridad y con humildad nos ponemos a recorrer sus caminos.

Abramos los ojos para no perdernos la sorpresa de Dios, para sentirnos siempre inundados por su presencia y por su amor.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Sería bochornoso que no fuéramos capaces de vivir con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean

 


Sería bochornoso que no fuéramos capaces de vivir con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Sal 147;  Mateo 5, 17-19

Quiero reflexionar hoy, y voy directamente al grano, sobre algo que considero bochornoso que nos suceda a nosotros los cristianos. Y os lo digo así, claramente, damos la impresión que no nos sentimos orgullosos de nuestra fe, de ser cristianos, de tener unos mandamientos que cumplir, de querer seguir la ley del Señor.

Puede parecer fuerte lo que estoy diciendo pero es la realidad, damos la impresión que nos avergonzamos de ser cristianos. A veces me pregunto que si nos vinieran tiempos de persecución cruenta, como ha sucedido en tantos momentos de la historia y en España no lo tenemos tan lejano, ¿cómo reaccionaríamos? ¿Seríamos capaces de llegar a dar la cara, incluso la vida, por nuestra fe? Y mira que son cosas que nos pueden pasar, no estamos tan lejanos, y no quiero andar con pesimismos, porque quienes siguen mis reflexiones saben bien que quiero ser optimista y es lo que intento transmitir con mis palabras y mis reflexiones.

En la sociedad en la que vivimos nos están comiendo el terreno; todo son dificultades y trabas para que podamos vivir nuestra fe públicamente, para que podamos participar en nuestras celebraciones con total libertad y sin complejos, en los medios de comunicación lo que más se insiste en publicar es todo lo que pueda dañar a la Iglesia y la fe de los cristianos, se hace burla sin miramiento alguno de nuestras expresiones religiosas, se quiere dar la impresión que somos un obstáculo para que la gente viva de forma moderna y si pudieran nos quitaban de en medio. ¿Y cuáles son nuestras respuestas? ¿Cómo reaccionamos ante todo eso? Tenemos que reconocer que nos falta valentía.

Es hora que nos despertemos, que vivamos con orgullo y alegría nuestra fe y de ninguna manera nos escondamos; que hagamos frente a todo esa reacción que tiene la sociedad ante el hecho religioso y cristiano, pues manifestando con total libertad y claridad la fe que vivimos y seamos capaces de sacar a flote para que sean conocidos también tantos testimonios hermosos de los que nos podemos sentir orgullosos de tantos cristianos que en nombre de su fe viven su compromiso en todos los aspectos de la vida. Nadie tiene por qué quitarnos la palabra, esa palabra clara y valiente que tenemos que ser capaces de decir y que tantas veces callamos. Hacen falta también hombres públicos  con influencia en la sociedad que se manifiesten creyentes y den testimonio público de su fe.

Nos han hablado tanto de humildades y de silencios que nos parece incompatible que podamos decir que nos sintamos orgullosos de nuestra fe. Sí, nos sentimos orgullosos de ser cristianos, de creer en Dios, de sentir la presencia de Dios en nuestra vida y de cómo contamos con El en lo que vamos haciendo, en el compromiso que vivimos también por los demás, en los compromisos con nuestra sociedad también; nos sentimos orgullosos de querer cumplir los mandamientos del Señor aunque nos cueste, porque sabemos que ahí tenemos nuestra sabiduría, el mejor sentido de nuestra vida y está la fuerza para todo lo bueno que queremos realizar. Jesús nos ha dicho hoy en el evangelio que no viene a borrar la ley sino a darle plenitud y que quien cumpla cualquiera de esos mandatos mínimos será grande en el Reino de los cielos.

Es hermoso lo que le decía también Moisés al pueblo para que aprendieran a apreciar la sabiduría de la ley del Señor. Tenían que sentirse orgullosos de su Dios que con ellos estaba, que con ellos caminaba en aquel largo peregrinar del desierto. Que ningún pueblo podía decir como ellos que tenían un Dios tan cercano y tan justo, tan lleno de amor.

‘Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos… Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?’

¿No es lo que nosotros tenemos que sentir cuando se manifiesta el amor tan grande que Dios nos tiene que nos entrega a su Hijo Jesús para nuestra salvación? Vivamos con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean. Sería, sí, bochornoso que no fuéramos capaces de hacerlo. Valoremos y destaquemos a tantos que a nuestro lado así lo hacen con valentía y alegría.

domingo, 20 de diciembre de 2020

De María aprendemos a discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy en una nueva navidad y humanidad que tiene que brotar

 


De María aprendemos a discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy en una nueva navidad y humanidad que  tiene que brotar

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88; Romanos 16, 25-27;  Lucas 1, 26-38

Es parte de la vida de todo ser humano. ¿Seremos soñadores? ¿O es que hay una inquietud en el ser del hombre por el que no se siente satisfecho con lo que tiene y quiere algo más o quiere algo mejor? Continuamente en nuestra vitalidad queremos las cosas mejor y de otra manera y nos hacemos proyectos, buscamos cómo hacer, qué hacer, cómo mejorar, mejores metas, otras cosas distintas. Dice que aquel que no tiene iniciativas y se queda pasivamente en lo que tiene y lo de siempre está como muerto. Parte de esa vitalidad la expresamos en los proyectos que nos vamos haciendo en la vida.

Pero voy a decir una cosa que parece que rompe todo el razonamiento que he venido haciendo hasta ahora. El que verdaderamente tiene proyectos para nosotros es Dios. El es quien realmente tiene un proyecto para cada uno de nosotros, como para toda la humanidad. Es lo que el creyente sabe reconocer, sabe descubrir. Es, podríamos decir, la base de nuestra condición de creyentes, el dejar meter a Dios en nuestra vida o darnos cuenta de que nuestra vida a la larga es un proyecto de Dios, un proyecto de amor de Dios para cada uno de nosotros.

Todos aquellos proyectos humanos, que mencionábamos, hijos de nuestra vitalidad son como las ramificaciones del proyecto de Dios en nuestra vida. Por eso el verdadero creyente confronta su pensamiento y su deseo con el deseo de Dios, con el proyecto de Dios y sabe en un momento determinado descubrir cuando parece que todos sus proyectos humanos se vienen abajo que detrás como motor de todo está ese proyecto de Dios. Un proyecto de Dios, hay que decir, que no nos anula, sino todo lo contrario, nos engrandece porque nos hará caminar caminos de mayor plenitud. Difícil descubrirlo a veces, difícil en ocasiones de aceptar porque parece que trastoca nuestros planes pero cuando nos dejamos llenar por el Espíritu de Dios nos daremos cuenta de ese camino de plenitud por donde realmente nos conduce.

Me atrevo a decir que es lo que hoy nos quiere trasmitir la Palabra de Dios en este cuarto domingo de Adviento. Será, como nos dice la primera lectura, el proyecto de David de construir un pueblo grande, porque además siente que es lo que le ha confiado el Señor. Ha logrado estar por encima de todos sus enemigos, ha llevado a su pueblo a la paz, está construyendo una Jerusalén grande, y ahora quiere construir un templo para el Señor. Parece justo que así lo hiciera porque además en el concepto de su tiempo los templos esplendorosos construidos para Dios manifestaban de alguna manera la grandeza de los pueblos.

Pero Dios no le permite construir ese templo, sino que le dice que es El quien le va a construir una casa para él. Dios le va a dar una hermosa dinastía y hará que su trono dure para siempre. La palabra casa y dinastía o linaje tienen en el lenguaje hebreo una fuerte consonancia (bayit en hebreo) que es casi como si significaran lo mismo y es lo que como en un juego de palabras el profeta le anuncia a David de parte de Dios.

Es lo que contemplamos también en el evangelio en este cuarto domingo de Adviento. Lo conocemos como el evangelio de la Anunciación que tantas veces hemos escuchado y meditado. El Ángel del Señor que viene de parte de Dios a ofrecerle a María el proyecto de amor de Dios, que no solo es para ella sino que va a ser para toda la humanidad. Un diálogo de fe y de amor. El ángel la saluda como la llena de gracia y María en su humildad que se turba ante estas palabras del ángel que le dice que ha hallado gracia ante Dios para que colabore en el proyecto de Dios para la salvación de toda la humanidad.

María vivía su vida pobre y sencilla en aquel pequeño pueblo de Galilea de nombre hasta entonces desconocido; está desposada con José aunque aún no se han celebrado las bodas; podríamos decir que tenía su proyecto de vida como cualquier mujer sencilla y humilde de cualquier pueblo de Galilea. Y ahora se trastocan todos sus planes y proyectos, que por muy sencillos que fueran, eran sus planes y proyectos. Dios espera de ella algo más. Y María es la mujer creyente que se abre al misterio y al designio de Dios. Cosas incluso incomprensibles para ella pero que ella sabe aceptar porque acepta la Palabra de Dios que se le está trasmitiendo.

Si ella vivía como mujer creyente poniendo toda su confianza en Dios que mueve los hilos de la vida y de la historia, ahora en esa actitud creyente le toca dar un paso más y está dispuesta a todo porque se siente la humilde esclava del Señor. María se deja hacer por Dios. Y el proyecto de amor de Dios se lleva a término encarnándose el Hijo de Dios en sus entrañas, de manera que el hijo de María será el Hijo del Altísimo, y el pequeña aldeano de Nazaret que nacerá será el heredero del trono de David su padre, cuyo reino no tiene fin.

Grande es la lección de María cuando estamos ya a las vísperas de la Navidad. Una lección de María que tenemos que aprender para el conjunto de nuestra vida cuando también en los caminos de la historia, y de nuestra historia reciente, muchas veces vemos como se nos vienen abajo nuestros proyectos, nuestros deseos, aquellas cosas por las que aspirábamos y que vemos que ahora no nos valen porque son muchas las cosas que han cambiado. Es la situación que vivimos en estos momentos y que tantas incertidumbres producen en nuestro corazón, pero donde tenemos que saber despertar muchas esperanzas de que algo nuevo vaya a surgir de todo lo que vivimos.

Detrás de todo lo que nos sucede como creyentes que somos tenemos que saber descubrir el designio de Dios. ¿Qué es lo nuevo que tiene que surgir para la humanidad de todo esto? Cuando sembramos la semilla para que germine y haga surgir una nueva planta su germinación es casi como un pudrirse, destruirse a sí misma la semilla para que brote ese nuevo vástago. ¿Será algo así lo que estamos viviendo? ¿Cómo será ese nuevo vástago lleno de nueva vida que tiene que surgir en nuestro mundo? Es lo que nos toca discernir, para discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy. Una nueva navidad tiene que brotar.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio porque sabe que con cuanto haga y viva está realizando el plan de Dios de salvación para los demás

 


Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio porque sabe que con cuanto haga y viva está realizando el plan de Dios de salvación para los demás

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24

Hay personas que pasan desapercibidas en la vida, que nunca se mencionan y que da la impresión que no hubieran existido si la historia la construimos o la narramos de la prestancia de las personas y de la relevancia que se dan. Sin embargo aunque en su humildad han pasado desapercibidas han ocupado un lugar muy importante y hasta diríamos sobresaliente en la vida. No vendieron quizá su imagen, pero su obra callada quedó y solo los que saben ser observadores podrán descubrir su relevancia.

Hoy la palabra de Dios dirige nuestra mirada a quien quiso pasar así desapercibido por la vida pero que jugó un papel importante en nuestra historia de la salvación. Me refiero a José el esposo de María. En contadas ocasiones se nos menciona en el evangelio y siempre parece que tiene un papel muy secundario. La imagen que en la tradición nos hemos hecho de él, un anciano venerable, lo hace pasar más desapercibido. ¿Por qué razón tenemos que imaginarlo siempre como un anciano venerable cuando en lo poco que se menciona de él se dice que era un artesano de Nazaret? Jesús era el hijo del artesano, así nos aparece en el evangelio, y no podemos pensar entonces en un hombre tan mayor como que lo veamos como anciano. Quizás la humildad con la que pasa tan calladamente por el evangelio nos lo haga figurar así.

Pero por lo que escuchamos hoy en el evangelio de Mateo podemos encontrar en él una persona muy madura humanamente hablando y una persona de una grande fe. Era el esposo de Maria, así nos lo menciona el evangelio aunque en las costumbres propias de la época parece que aun no se hubieran celebrado las bodas porque aún María no convivía en el mismo hogar de José. ‘No conozco varón’, le había dicho María al ángel de la anunciación.

En aquellos misterios de Dios para ofrecernos al Emmanuel por obra del Espíritu Santo María esperaba ya un hijo. Y eso tenía que haber sido algo de gran tormento en el corazón de José, de manera que en secreto para no hacer daño a nadie está decidido a repudiarla. El tormento de su corazón pero la madurez de su vida le hace llevar aquel sufrimiento en silencio, esperando quizá que el Señor le manifieste su voluntad.

Aún no conoce José los designios de Dios. El ángel del Señor se le manifestará en sueños para revelarle todo el misterio de Dios que en María se está realizando. Y José también pone su vida en las manos de Dios. Si María respondió al ángel diciendo que allí estaba la esclava del Señor y se cumpliera en ella según su palabra, José en silencio dice sí a Dios y se llevó a María, su mujer a su hogar. Es el hombre creyente que rumia en silencio todo el misterio de Dios que se le revela y responde a Dios con la obediencia de la fe.

Nos centramos hoy en este episodio que es el que nos ofrece el evangelio en esta ocasión, aunque siguiendo el camino de José veremos cómo tendrá que enfrentarse a momentos difíciles y dolorosos pero siempre con la madurez del creyente que busca lo que es en todo la voluntad de Dios. El camino hasta Belén para el empadronamiento, el nacimiento de su hijo en un establo, la persecución de Herodes y la huida casi como un exiliado a Egipto, etc., son momentos en que como en silencio y de forma madura se va enfrentando a esas diversas situaciones queriendo caminar descubriendo siempre lo que son los designios de Dios. Así, en silencio, ocupa un lugar muy importante en la historia de nuestra salvación.

Preguntas podrían surgir muchas en nuestro corazón desde la contemplación del silencio, de la madurez y de la fe de José. ¿Cómo reaccionamos nosotros ante las dificultades de la vida? nos decimos creyentes, pero ¿sabemos hacer una lectura creyente de cuanto nos sucede para en ello descubrir lo que son los designios de Dios para nuestra vida? porque ser creyente no significa que tengamos que someternos a un destino fatídico al que no encontramos sentido, pero ante el que tenemos que aguantarnos de la forma que sea.

El creyente se pregunta y le pregunta a Dios, el creyente siente inquietud en su corazón y muchas veces también tiene que sufrir mientras no encuentra un sentido y un valor a lo que le sucede, el creyente no simplemente cierra los ojos para dejarse llevar por algo irremediable, sino que saber abrir bien los oídos y los ojos de su corazón para descubrir su lugar, pero para descubrir en el lugar de Dios en cuanto nos sucede, para descubrir el designio de Dios. Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio, como fue el de José, porque sabe que también con cuanto haga y viva está realizando ese plan de Dios de salvación para los demás.