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viernes, 27 de febrero de 2026

Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

 


Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

Ezequiel 18, 21-28; Salmo 129; Mateo 5, 20-26

El decir o proclamar los mandamientos algunas veces nos suena a solemnidad mayor, palabras solemnes y categóricas que nos definen grandes principios que se convierten en norma y ley de nuestra vida; algunas veces nos puede parecer que por esa solemnidad están por encima de todo y de nosotros mismos, de manera que nos pueden parecer lejanas de la realidad de las cosas pequeñas y ordinarias de cada día. Es cierto que tenemos que proclamarlos con cierta solemnidad porque nos decimos que es la ley del Señor, son las pautas fundamentales que Dios nos ha dado para el camino de nuestra vida pero tenemos que reconocer que están constituidos por pequeños detalles que marcan los pasos diarios que en nuestra vida hemos de ir dando.

No nos quedamos en la solemnidad, por ejemplo, de un ‘no matarás’ sino que nos está señalando esos pasos de encuentro o desencuentro que cada día vamos teniendo en el camino de nuestra vida y señalando hasta esos pequeños detalles donde vamos a manifestar el amor que tengamos o no a los que están a nuestro lado. Es lo que nos va contraponiendo hoy Jesús en este pasaje del evangelio y en todo el conjunto del sermón del monte que ha comenzado precisamente con la descripción de las bienaventuranzas.

Las palabras de Jesús entran en detalle en ese camino del día a día, no se quedan en el derramar la sangre del hermano porque le arranquemos la vida, sino en todo aquello que puede mermar nuestra buena relación con los demás. Surge así el reconsiderar las palabras, por ejemplo, con que nos dirigimos a los demás donde puede aparecer el desprecio o la discriminación, el valorar o el querer anular los valores o las cosas buenas que hagan los demás, el respeto que nos lleva a la cercanía pero también a la concordancia de los corazones, la actitud de comprensión que podamos tener con los demás para ser generosos en ese perdón que ofrecemos como mano que ayuda a levantar al caído, porque todos además podemos tener también los mismos tropiezos y querríamos tener también la comprensión y el perdón de los demás.

No nos vale una vida de apariencias si no hay autenticidad y sinceridad en nuestras vidas, siendo capaces de quitarnos esas máscaras de hipocresía con que tantas veces cubrimos nuestras incongruencias y nuestras debilidades. Camino de respeto y comprensión que nos ha de impulsar a valorar los esfuerzos que cada uno realiza en su momento por superarse y que nos impide marcar con el sambenito de los errores pasados una vida que quiere reconstituirse y rehacerse. Tropezamos muchas veces en la vida pero todos tenemos el derecho y al mismo tiempo también el deber de querer levantarnos, de rehacer nuestra vida, de comenzar a hacer nuevos caminos. Y eso que es posible en nosotros también hemos de ser capaces de contemplarlo en los demás y valorar el esfuerzo de recuperación que quieren hacer.

Por eso la reconciliación es algo que siempre tiene que estar presente en nuestra manera de actuar, es lo que tenemos que buscar cuando sabemos que hemos tropezado y alguien puede tener quejas contra nosotros, pero es también lo que estaremos dispuestos a ofrecer cuando el otro se acerca con verdad y humildad a reconocer sus errores; todos podemos levantarnos, a todos hemos de dar el derecho de que se puedan levantar.

Una cosa que no tendríamos que permitirnos en la vida es querer seguir manteniendo las distancias y abismos que un día creamos con nuestros errores sino que siempre tenemos que saber ir tendiendo puentes de acercamiento y rellenando con la generosidad de nuestro amor esos abismos que hemos ahondado entre nosotros. Si vuestra justicia no está por encima de esas sombras que tantas veces oscurecen nuestra vida, no seremos merecedores del Reino de los cielos.

domingo, 15 de febrero de 2026

La palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre nosotros porque va despertando nuevas esperanzas, y abriendo nuevos caminos en la armonía del amor

 


La palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre nosotros porque va despertando nuevas esperanzas, y abriendo nuevos caminos en la armonía del amor

Eclesiástico 15, 15-20; Salmo 118; 1 Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37

Los caminos, por supuesto, pretenden llevarnos a alguna parte, pero bien sabemos que algunos caminos se nos  hacen pesados, parece que estuvieran llenos de dificultades, detrás de cada curva pareciera que se nos presenta un nuevo obstáculo o dificultad; claro que si pensamos en caminos antiguos por una parte no estaban pensados para los vehículos o los medios de los que hoy podemos disponer, y también hay que tener en cuenta las circunstancias que podían tenerse en el momento de su construcción que de alguna manera condiciona trazados y no solventa siempre las dificultades que podamos encontrar. La visión de lo que ha de ser el trazado hoy de una vía nos da nuevas perspectivas y busca de alguna manera aliviar nuestro camino.

¿Estaremos esperando un ingeniera que echara abajo todo lo hecho para inventarse algo totalmente nuevo? Claro que en la materialidad de las vías y caminos para nuestro transito eso es posible, pero ahora cuando estamos hablando de caminos estamos refiriéndonos a algo más que una senda que cruza una geografía. Queremos ir a algo más hondo que la materialidad de un camino porque estamos queriendo hablar de la vida, de nuestra vida.

¿Era Jesús ese ingeniero esperado, y válganos la imagen y el ejemplo, que venía a echar abajo todo como si nada de lo vivido hasta entonces hubiera valido o no tuviera un sentido? La aparición de un profeta abría siempre la esperanza a nuevas perspectivas, y más en aquel pueblo que se sentía oprimido, y no era ya solo la opresión que pudiera ejercer sobre ellos un pueblo extranjero, los romanos, que dominaban aquellos territorios; eran también muchas las influencias que iban recibiendo de las culturas de los pueblos vecinos, y aquí podríamos pensar en todo lo relacionado con la filosofía griega referencia para la cultura de aquellos pueblos; pero era otra opresión o manipulación interior en las mismas corrientes que iban surgiendo en el judaísmo, cada uno en su momento pretendía imponer sus criterios y de ahí había surgido una cantidad de normas y preceptos que de alguna manera enturbiaban la autenticidad de la ley de Moisés y la predicación de los profetas.

¿Pensaban quizás que con la novedad que Jesús anunciaba como buena noticia del Reino de Dios todo aquello había de cambiar? Es por lo que Jesús es tan tajante en el Sermón del Monte. El no ha venido a abolir la Ley y los Profetas sino a darles plenitud. Lo que Jesús querrá purificar es la hojarasca en la que hemos envuelto la Ley de Dios y que de alguna manera en lugar de ayudarnos nos ha puesto más difícil el camino, para que vayamos a lo que es lo fundamental, lo esencial que tiene que estar en el amor y en consecuencia en el respeto y la valoración de la persona, de toda persona por encima de cualquier condición con que queramos revestirla. Jesús quiere ayudarnos a reencontrar el camino verdadero y auténtico que es lo que nos viene a ofrecer la novedad del evangelio.

Es lo que nos irá desgranando en toda esa seria de sentencias o principios que nos va proponiendo a lo largo del Sermón del Monte y que ha comenzado con la proclamación de las Bienaventuranzas. Se había congregado en su entorno una gran multitud nos detalla el evangelista con gente venida de todas partes. Quiero poner un poco de imaginación en mi mente y en mis palabras para ver cómo Jesús va desparramando su mirada sobre toda aquella gente y El que conoce bien el corazón de todos e irá viendo tras aquellos rostros esas diversas situaciones por las que cada uno está pasando y la palabra de Jesús va dando respuesta a esas angustias que van surgiendo de aquellos corazones.

Corazones desbordados en esperanzas fallidas, en violencias y contrariedades de todo tipo, por los mil problemas de la vida en las relaciones entre unos y otros, por las tormentas que van surgiendo en el interior de las personas cuando los conflictos no se resuelven y se van creando abismos de incomprensión y acaso muchas veces de odio, corazones heridos porque se sienten oprimidos y tratados injustamente y a los que les falta paz porque quizás no tienen seguridad para sus vidas, corazones envueltos quizás muchas veces por la vanidad y por la falta de autenticidad y de verdad en sus vidas… y la palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre cada una de aquellas personas porque va despertando nuevas esperanzas, porque es posible que se vayan abriendo caminos, porque sienten que es posible una nueva armonía si en verdad comenzamos a amarnos más los unos a los otros.

Es la Buena Nueva de Jesús, que no solo fue para aquella gente de su tiempo, sino que es Buena Nueva de Jesús para nosotros hoy que también estamos envueltos en nuestros problemas y en nuestros desencantos, que también nos vemos arrastrados por un materialismo que nos ahoga cada vez más y por una sensualidad de la vida que le hace perder la perspectiva de cosas grandes y más nobles. Entremos en la sensibilidad del Evangelio que es entrar en la sensibilidad del amor, pero un amor que nos eleva y que al mismo tiempo nos hace más espirituales. Escuchemos en lo hondo de nosotros mismos el verdadero sentido de las palabras de Jesús.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Hemos de tener en cuenta la advertencia que hoy desde el amor de Dios se nos hace, ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida, recomendación de quien nos ama

 


Hemos de tener en cuenta la advertencia que hoy desde el amor de Dios se nos hace, ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida, recomendación de quien nos ama

Deuteronomio 6, 2-6; Sal. 17; Hebreos 7, 23-28; Marcos 12, 28b-34

Alguna vez cuando alguien ha querido recalcarnos algo, para que lo tengamos en cuenta, para que no lo olvidemos, nos repite una y otra vez, ‘escucha lo que te estoy diciendo, escucha bien…’ y nos dice lo que tiene que decirnos. Es la recomendación de un padre o de una madre con su hijo cuando se pone serio ante algo que no está haciendo bien, es la explicación del profesor cuando nos pone una norma de disciplina para la clase, son las palabras serias del amigo que nos está recordando algo que parece que hemos olvidado para mantener viva nuestra amistad. ‘Tenlo bien presente, que no te lo repito’, nos dicen algo así.

Es lo que nos está diciendo y recalcando la Palabra de Dios que hoy se nos proclama. Pero nos está diciendo o preguntando si es que estamos buscando una sabiduría para la vida, algo en lo que encontremos sentido para nuestras cosas y para lo que vivimos, si en verdad queremos hacer un camino recto y un camino de fidelidad. Y nos dice y nos repite ‘escucha, Israel… escucha, Israel’ por dos veces nos lo repite en el libro del Deuteronomio.

Eran como las recomendaciones finales que Moisés les hacía al pueblo cuando ya estaban casi terminando el camino de desierto y estaban a las puertas de la tierra prometida. Y les recuerda que lo tengan bien presente, porque cuando lleguen a una vida más fácil donde puedan recoger cosechas, donde puedan obtener el fruto de una tierra que trabajen y vengan días de prosperidad, será algo que fácilmente pueden olvidar. Mientras iban por el desierto con sus sacrificios y dificultades parece que les era más fácil acudir a Dios para que les ayudara salir un día de aquel duro desierto, pero cuando se valieran por si mismos en la prosperidad podía olvidarlo todo. Por eso les dice que tienen que tener estas palabras bien grabadas en el corazón.

Y ahora les recuerda que el Señor su Dios es solamente uno, al que adorarán y al que amarán sobre todas las cosas. ‘Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón’. Es el mandamiento del Señor que nunca podrán olvidar y del cual se deducirán todos los comportamientos que han de tener los unos con los otros.

Y para cumplir este mandato de guardar estas palabras en su corazón se inventarán las filacterias, aquellas franjas de tela en las que trascribían estas palabras para atarlas al puño o en la cabeza para decir que las tenían siempre presentes, aunque luego no se destacaran por ese amor a Dios sobre todas las cosas. ¿Serán las medallitas o cruces que nos colgamos como adorno al pecho o donde sea sin que nuestra vida en verdad esté adornada de unos valores cristianos?

El evangelio nos relata el que un maestro de la ley viene a preguntarle a Jesús por el mandamiento que tenia que ser fundamental y principal en la vida. Era en cierto modo normal en sus escuelas rabínicas que tuvieran sus discusiones teológicas que les ayudaran a profundizar en lo que verdaderamente era la ley del Señor, después sobre todo de la cantidad de normas y preceptos que se habían multiplicado en sus interpretaciones de la ley mosaica. Como en nuestras escuelas de teología, en nuestros círculos de estudio, en nuestras lecturas y reflexiones en tantas y tantas reuniones que nos hacemos también nosotros. Creo que no tendríamos que ver maldad en la pregunta de este escriba sino un deseo, ¿por qué no sincero?, de querer profundizar en lo que era la ley del Señor. ‘Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’

Ya escuchamos la respuesta de Jesús que no hace otra cosa que recordar lo escrito en la ley y que todos conocían muy bien porque hasta repetían a la manera de oración en muchos momentos del día, o al entrar o salir de casa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús añade algo más. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’. A lo que aquel escriba acepta, por así decirlo, su concordancia, porque nada más tenía que añadir. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

‘No estás lejos del Reino de Dios’, le dirá Jesús. El amor a Dios y el amor al prójimo que no podemos de ninguna manera separar. No puede haber amor a Dios verdadero si no amamos también al hermano. Porque en ese amor al hermano estamos reflejando el amor de Dios, porque es con la mirada de Dios con la que tenemos que mirar al hermano. Siempre ese prójimo, sea quien sea, venga de donde venga, será para mí un hermano porque también está siendo amado con el amor de Dios, en él se manifiesta el amor de Dios que a él también lo tiene como hijo. ¿Pretenderemos, acaso, enmendarle la plana a Dios y decir que el otro no merece ese amor? Con nuestras discriminaciones lo estamos haciendo. Esto tiene muchas consecuencias.

Claro que tenemos que tener bien en cuenta esa advertencia. ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida. Es la recomendación de quien nos ama.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

 


Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

Deuteronomio 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Santiago 1, 17-18. 21b-22. 27;  Marcos 7, 1-8a. 14-15. 21-23

En nuestra carrera humana por la vida todos tenemos la tentación de que aquello que ideamos con la mayor pureza y desde la más buena voluntad luego con el paso del tiempo lo vamos malogrando porque comenzamos a hacerle añadidos, correcciones por acá o por allá, y aquello que era simple y claro luego lo fuimos haciendo engorroso y pesado. Sin mala voluntad en principio porque queríamos aclararlo tanto fuimos dándole tantas explicaciones y comentarios, que al final terminamos haciéndole caso más a las explicaciones o comentarios que pretendían simplemente ser ayuda, que a lo que era lo verdaderamente fundamental que habíamos ideado. Así van naciendo protocolos y reglamentos que los convertimos en norma fundamental.

Nos pasa con lo que es la vida normal de la sociedad que la hemos llenado de tantos reglamentos y leyes que olvidamos lo que en verdad nos constituye como sociedad; nos pasa con todo aquello que se nos ha ofrecido para mejorar la vida de nuestra sociedad, donde al final le damos más importancia a los reglamentos que nos imponemos que a las propias personas que constituimos esa sociedad. ¿Y no nos pasará igualmente en el culto con que queremos expresar nuestro amor y nuestra adoración a Dios como centro y eje de nuestra vida que le hemos llenado de tantos aditamentos que olvidamos el culto y amor que tiene que surgir de nuestro corazón?

En eso nos quiere ayudar a pensar hoy el evangelio. La ocasión parte de aquella queja de los rigurosos fariseos y escribas que vienen a decirle a Jesús que sus discípulos no están cumpliendo con la tradición recibida de los mayores y entonces el culto que le dan a Dios está lleno de impurezas. Y todo porque no se lavan las manos antes de comer el pan.

Una norma higiénica, una ley sanitaria podríamos decir, en la que Moisés en el peregrinar por el desierto había insistido para evitar contagios y enfermedades que se podrían trasmitir por la falta de higiene – pensemos en lo difícil que sería mantener esa higiene en un camino por un desierto – la han convertido en ley de Dios que parece que está por encima de todo lo que son los verdaderos mandamientos del Señor.

Me vienen a la mente las interpretaciones tan literales y rigoristas que algunos se siguen haciendo de palabras de la Biblia que nacieron en su momento para preservar a aquel pueblo que camina por un desierto con tan pocos medios humanos para mantener la salud y la sanidad de sus vidas, o que pretendían ayudarles a que no confundieran el sentido del verdadero culto que habían de dar a su Dios dejándose cautivar por los dioses y los cultos de aquellos pueblos con que se iban a encontrar e incluso convivir al llegar a la tierra prometida.

Estoy haciendo referencia al cuidado de la sangre, por ejemplo, que era una señal de la vida y que no habían de comer por esas razones higiénicas mencionadas, y a la prohibición de hacerse dioses en figuras elaboradas con sus manos a la manera como los tenían los pueblos que los rodeaban. Hoy muchos siguen dándonos la tabarra con esas cosas, como si  nosotros adoramos una imagen, que solo es eso una imagen que nos está expresando como un signo de lo que es la misericordia y el amor de Dios.

Y Jesús les dice que el culto que ellos dan a Dios sí que está vacío, porque no lo hacen desde el corazón. La maldad de la vida no nos entra por un contagio que podamos tener por la forma de usar nuestra manos, limpias o no, nos viene a decir. Lo que en verdad hemos de tener limpio es el corazón arrancando de él toda malicia y toda impureza. Como nos dice Jesús es de dentro del corazón del hombre desde donde salen las maldades, la malquerencia y el odio, el orgullo y la envidia, los malos deseos y las malas intenciones, las ambiciones que nos hacen avariciosos o el egoísmo que nos encierra en la insolidaridad.

Busquemos, pues, esa rectitud del corazón; no dejemos que se endurezca con todas esas maldades sino que nos dejemos purificar por ese amor de Dios que nos sana y que nos salva. Vayamos siempre buscando lo que es lo fundamental para no quedarnos nunca en lo que es accidental o accesorio. Pongamos a Dios verdaderamente en el centro de nuestra vida y alcanzaremos la más sublime sabiduría porque en nosotros estará actuando el Espíritu de Dios.

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación; que el evangelio sea la sabiduría de nuestra vida. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’, nos decía el libro del Deuteronomio que se harían eco los que conocieran al pueblo de Dios fiel al mandamiento del Señor. ¿Quién tiene como nosotros tenemos un Dios que nos ame tanto y nos haya trasmitido esa sabiduría del amor que nos llena de la verdadera paz?

Cuidado llenemos de malicia nuestro corazón y olvidemos esa sabiduría de Dios y no salga ya a borbotones ese río del amor y de la gracia de Dios que fecunde nuestro mundo.

sábado, 9 de septiembre de 2023

Muchas cosas tenemos que desbrozar en nuestra vida y en nuestra forma de expresar nuestra religiosidad porque tenemos el peligro de ocultar el verdadero sentido del evangelio



 Muchas cosas tenemos que desbrozar en nuestra vida y en nuestra forma de expresar nuestra religiosidad porque tenemos el peligro de ocultar el verdadero sentido del evangelio

Colosenses 1, 21-23; Sal 53; Lucas 6, 1-5

He venido observando en las últimas semanas el interesante trabajo que han venido realizando poco a poco en lo que hace unos años era un hermoso huerto con sus viñas y con sus árboles frutales que lo convertían casi como un jardín junto a la casa en que se situaba; pero con el paso de los años, porque los sucesivos propietarios de tal casa y terreno fueron plantando diversos árboles y enredaderas a su capricho creyendo que lo embellecían, poco a poco se fue convirtiendo en una maraña de enredaderas y árboles sin orden ni concierto que lo volvieron impenetrable e intransitable; ahora con la tarea de desbroce que están realizando está recobrando su primigenia belleza haciéndolo un lugar verdaderamente confortable.

Me ha hecho pensar. ¿Necesitaremos de vez en cuando realizar en la vida esa tarea de desbroce para ir eliminando tantas cosas que se vuelven inservibles, más aún, nos hacen poco confortable la vida? Cuántas cosas vamos acumulando. Y ya no quiero referirme solamente a tal cantidad de cachivaches con que vamos llenando nuestros hogares o los lugares donde hacemos nuestra vida ordinaria - analiza todas esas cosas que vas guardando en tu habitación o en tu casa, la mayor parte inservibles o de poca utilidad pero que van ocupando nuestros espacios y restándonos incluso comodidad a nuestras vidas -, pero quiero pensar en tantas cosas que guardamos dentro de nosotros, recuerdos muchas veces que nos amargan, que merman nuestra felicidad cuando mantenemos rencores en el alma, apegos de los que parece que no podemos desprendernos con tantas dependencias que nos vamos creando en la vida.

Pero haciéndome esta reflexión tras la lectura del evangelio de hoy, en que aquellos fariseos vinieron a reprocharle a Jesus porque sus discípulos habían estrujado unos espigas a su paso por el campo para echarse unos granos a la boca, cuando era un sábado y no se podía realizar ningún trabajo, me lleva a hacerme también muchas preguntas. Jesus viene a hacerles caer en la cuenta que ese campo de su religiosidad, de sus costumbres y leyes judías que se habían llenado de normas y preceptos mucho más allá de lo que estaba señalado en la Escritura santo como mandamientos de Dios, necesitaban un desbroce, porque muchas cosas se habían acumulado que le quitaba brillo a lo que era la verdadera ley del Señor.

Y las preguntas se dirigen a nuestra manera de vivir nuestra piedad religiosa, en las cosas de las que nos hemos rodeado los cristianos para manifestar y expresar nuestra fe, incluso, ¿porqué no? en nuestros ritos y celebraciones de todo tipo en el orden popular o incluso en muchas celebraciones que tenemos en nuestros templos, que de alguna manera pudieran oscurecer lo que tendría que ser nuestra auténtica relación con Dios, nuestro verdadero sentido religioso. ¿No quedará muchas veces oscurecida nuestra liturgia, nuestra celebración de la Eucaristía y de cada uno de los sacramentos, con tantas cosas que las que queremos adornar nuestras celebraciones porque decimos que así parecen más bonitas? Y no digamos nada de tantos actos piadosos y devocionales con los que llenamos nuestros tiempos en el templo, que pudieran hacer que no llegaramos a valorar la auténtica presencia de Dios en nuestra vida.

En tantas partes veo el resurgir de tantas novenas, de tantas y tantas fiestas de santos que muchas veces están alejadas incluso de lo que fue el sentido de la vida de esos santos, de tantas y tantas advocaciones piadosas que pudieran empañar lo que es verdaderamente la salvación que Dios en Jesucristo ha querido ofrecernos.

¿Dónde está el evangelio? ¿Dónde está el verdadero espiritu del evangelio en muchas de todas devociones de las que nos están rodeando? Si todo eso que hacemos no nos lleva al evangelio de Jesus, yo diría que estamos dando palos de ciego; si le damos más importancias a las velas que encendemos o a las flores con que adornemos nuestros altares para que queden muy bonitos, que al espiritu del evangelio que nos hace humildes, que nos hace servidores de los demás, que nos lleva al perdón en todo momento y ser capaces siempre de mostrar misericordia con los demás, lejos estamos del evangelio, lejos estamos de Jesus, tenemos que reconocer.

¿No habrá muchas cosas que desbrozar? Juzgamos y condenamos a los fariseos por todas las normas que se habían impuesto y porque le vinieron a decir a Jesus que los discípulos habían estrujado unas espigas porque iban hambrientos por el camino, pero ¿y qué estamos haciendo nosotros?


miércoles, 8 de junio de 2022

Levantemos el vuelo sin miedo y busquemos esa plenitud que solo en Jesús podremos encontrar que en verdad nos haga grandes en la vida

 


Levantemos el vuelo sin miedo y busquemos esa plenitud que solo en Jesús podremos encontrar que en verdad nos haga grandes en la vida

1Reyes 18, 20-39; Sal 15; Mateo 5, 17-19

Nos encontramos muchas veces inmersos en una sociedad en la que damos la impresión que no sabemos ni lo que queremos; entre aquellos que aman tanto la libertad que no quieren aceptar ninguna norma ni ninguna ley que rija esa sociedad porque dicen que se les coarta su libertad cuando se trata de imponer normas, leyes o reglas que rijan esa sociedad y por otra parte lo que quieren tenerlo todo tan medido y tan calculado que nos atiborran a normas, reglamentos, protocolos como ahora se dicen y no se cuantas cosas más. Algunas veces no terminamos de entender lo que sucede en nuestra sociedad, que es lo que realmente se quiere.

Algunos quieren una revolución en la que se supriman todas las leyes y normas mientras otros tratan de imponerse desde su poder; claro que necesitamos unas leyes, mandatos o como queramos llamarlos que sean como el cauce por donde discurra la vida de todos y a todos se les garantice su libertad pero el poder también vivir con toda dignidad desde el respeto que nos tengamos unos a otros.

Muchos radicalismos en esos sentidos que hemos mencionado nos encontramos hoy, o muchas revoluciones que pretenden acabar con todo orden instituido, porque todo tendría que ajustarse a sus particulares intereses, porque ya muchas veces no son ideas sobre el sentido de una sociedad, sino intereses muy individualistas. ¿Dónde vamos a encontrar un sentido para todo esto? ¿Dónde vamos a encontrar aquello que pueda elevar de la mejor manera la dignidad de toda persona y ayudarla así también a que consiga su felicidad?

Estas cosas que nos suceden hoy, son cosas que de una forma o de otra se repiten a lo largo de la historia. Siempre había quien no buscaba sino revoluciones, siempre había quien lo rechazaba todo, siempre estaban los disconformes pero que sus caminos muchas veces eran los de la destrucción, en lugar de construir.

No eran tiempos fáciles los de la época de Jesús; por una parte estaban disconformes con el estar bajo el yugo de los romanos que los dominaban e imponían sus leyes y sus costumbres, pero en medio del pueblo sencillo había también que no soportaba la ley de Moisés, razón de ser de aquel pueblo, pero sobre todo de cómo se le habían ido agregando normas y normas que hacen interminables las listas de preceptos a los que habían someterse. Por allí andaban los fariseos con la aplicación de la ley a su manera y como maestros de la ley en medio del pueblo los llenaban de normas y preceptos.

Por eso lo que escuchamos hoy a Jesús en el evangelio, que forma parte del sermón programático, que podríamos llamar, del monte, viene a ser como una respuesta a lo que muchos pedía. ‘No he venido a abolir la ley y los profetas’, les dice claramente. Cuando surge Jesús como profeta de Nazaret en medio del pueblo, con su nueva forma de presentarnos las cosas, de hablar del Reino de Dios, se había despertado una esperanza en medio de aquel resto de Israel.

No se presentaba Jesús como un maestro de la ley a la manera que estaban acostumbrados, no se ponía del lado ni de los fariseos ni de los saduceos que eran los dos grupos más dominantes, como tampoco formaba parte del grupo de los Zelotas tan revolucionarios contra los romanos, aunque algunos hubiera entre sus discípulos. Era una esperanza nueva y bonita la que se estaba despertando, pero que también podría hacer surgir la inquietud de renovarlo todo pero revocando y aboliendo todo lo anterior.


Y es a lo que viene a dar respuesta Jesús. El lo que quiere es una plenitud para el hombre y la mujer que caminan sobre la tierra, una plenitud que engrandezca a la persona, una plenitud que dé un sentido hondo a la vida y cuanto hacemos, una plenitud que abra el espíritu a la trascendencia y lo eleve, una plenitud que le haga encontrarse consigo mismo, pero lo más importante, que lo haga encontrarse de verdad con Dios.

Lo irá desgranando a lo largo de todo el sermón de la montaña, pero a lo largo de todo lo que será esa buena noticia del Evangelio que nos está anunciando el nuevo sentido de plenitud del Reino de Dios.

¿Qué ansiamos nosotros? ¿Buscamos también un camino de plenitud para nuestra vida? ¿Cuáles son los valores que tenemos que buscar para encontrar lo que en verdad nos haga grandes? ¿Seguiremos quizás con nuestros raquitismos o estaremos dispuestos a levantar el vuelo para llevar a vivir todo eso grande que Jesús nos ofrece? Levantemos el vuelo sin miedo y busquemos esa plenitud que solo en Jesús podremos encontrar.

martes, 18 de enero de 2022

No hay ley de Dios que sea verdaderamente divina y pretenda atentar contra la vida o la dignidad del hombre y la mujer

 


No hay ley de Dios que sea verdaderamente divina y pretenda atentar contra la vida o la dignidad del hombre y la mujer

1Samuel 16, 1-13; Sal 88; Marcos 2, 23-28

En un diálogo que sostenía con una persona no hace mucho y en el que salió el tema de la religión, al preguntarle por su fe me respondió con lo siguiente: ‘La verdad que creó en Dios… pero no con la personas…’ Una respuesta que me resultó en cierto modo ambigua. Pudiera tener diversas interpretaciones, aunque luego me aclaró que él era musulmán pero su fe no pasaba por Mahoma, sin embargo es una frase que puede reflejar algunas actitudes que podemos encontrar en algunos que se dicen creyentes. Creyentes, dicen, para creer en Dios, pero no quieren creer en las personas.

¿Será esto posible? Posible es en el sentido de la desconfianza que fácilmente nos tenemos los unos de los otros; quizás por experiencias frustrantes tenidas en la vida, ya no se quiere confiar en nadie, desconfiamos del que está a nuestro lado y quizá nos decimos que creemos en Dios porque lo situamos de alguna manera en tales alturas lejos de nosotros que de alguna manera aunque nos llamemos creyentes, tampoco es grande la relación que podamos tener con Dios.

Pero también una actitud así nos puede reflejar las distancias que ponemos entre la fe que decimos que tenemos en Dios y lo que es nuestra relación con los demás. Nos refugiamos quizás en nuestros actos religiosos, pero prescindimos del prójimo que tenemos a nuestro lado. Son cosas que hemos visto demasiadas veces, pero son cosas que de alguna manera nos pueden suceder a nosotros también. Cuántas veces nos podemos ocultar tras nuestros actos piadosos para desentendernos de los demás. Cuántos rodeos podemos dar en la vida como aquel sacerdote y levita de la parábola del evangelio para no querer ver al que nos vamos a encontrar quizás a la entrada de nuestro templo.

Desde nuestra fe auténtica en Jesús, lo que llamamos nuestra fe cristiana, eso en verdad sería un contrasentido. No podemos encontrar una fe verdadera en Dios en la que no contemos con el hombre, en la que prescindamos de nuestra relación con nuestros semejantes. Nunca nuestra fe en Dios puede menoscabar la dignidad de la persona, ni puede mermar de ninguna forma el bien que tenemos que hacer al otro; es más, por esa fe que tenemos en Dios más tenemos que creer en la persona, más tenemos que cuidar y respetar al que está a nuestro lado, más tenemos en todo momento que hacer el bien al prójimo y amarlo. No hay ley de Dios que sea verdaderamente divina y pretenda atentar contra la vida o la dignidad del hombre y la mujer.

El Papa Francisco nos ha recordado no hace mucho unas palabras y enseñanzas de la santa que hoy estamos celebrando, santa Margarita de Hungría. Nos decía así: ‘Los creyentes nos vemos desafiados a volver a nuestras fuentes para concentrarnos en lo esencial: la adoración a Dios y el amor al prójimo, de manera que algunos aspectos de nuestras doctrinas, fuera de su contexto, no terminen alimentando formas de desprecio, odio, xenofobia, negación del otro’ (FT 282).

Me estoy haciendo esta reflexión a partir del texto que se nos ofrece hoy en el evangelio. Porque los discípulos al pasar por un sembrado van recogiendo algunas espigas para echarse a la boca unos granos de trigo que quizás aliviaran la fatiga del camino, como era sábado, por allá andan los fariseos echando en cara que los discípulos de Jesús están incumpliendo la ley del descanso sabático. ¿Está la ley por encima del hombre o la ley debería en todo momento salvaguardar la dignidad y el bien de la persona?

Es por lo que les dice Jesús que ‘el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado’. Creemos en Dios con toda nuestra fuerza, pero eso nos llevará siempre a creer también en el hombre, en la persona, en su dignidad.

sábado, 11 de diciembre de 2021

 


Dejémonos arrebatar por el fuego divino que ardía en el corazón de Elías y Juan Bautista para encendernos con el fuego del Espíritu que transforme nuestro mundo

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Sal 79; Mateo 17, 10-13

Vuelve a aparecernos hoy la comparación entre el profeta Elías y Juan Bautista.  Hay, por así decirlo, una profunda relación entre uno y otro. Y es que sus figuras tienen un cierto paralelismo hasta en la austeridad de sus vidas con que se presentaron.

Elías será el gran profeta del Antiguo Testamento y que se convierte en cierto modo en referencia en medio de todos los profetas. Podíamos decir que toda la espiritualidad del Antiguo Testamento está fundamentada en la Ley y en los Profetas, e imagen permanente de ellos serán Moisés y Elías. Así nos aparecerá en el evangelio en la teofanía del Tabor que Jesús transfigurado está rodeado de Moisés y Elías, como signo de toda la espiritualidad del Antiguo Testamento.

Elías es el gran profeta de defensa del nombre Santo de Yahvé, y luchará contra quienes quieren introducir en la vida del pueblo de Israel otros dioses a quien adorar como eran los baales. Allá lo veremos recluido también en el Monte Carmelo, cual otro desierto en que se recluyera Juan para hacer el anuncio del Mesías que había de llegar. Es una vida también de austeridad, pide a una pobre mujer que le haga un panecillo porque también andaba desfallecido por el camino, y será el profeta perseguido por su fidelidad al único Dios a quien todos habían de adorar.

Juan también se nos presenta en una figura de austeridad, en el desierto entre penitencias, con ayunos y alimentándose de saltamontes y miel silvestre, como dice el evangelio, y será una voz fuerte la que grite en el desierto porque hay que preparar los caminos del Señor. Será también una invitación a la penitencia y a la conversión porque ya el hacha está junto a la raíz de los árboles que no dan fruto y que habría que cortar.

Preparar el camino del Señor significa reconocer su presencia, como dirá él, ‘con vosotros está, en medio de vosotros está y no lo conocéis’. Pero él dará testimonio porque el Espíritu le había dicho que aquel sobre quien viera bajar al Espíritu en forma de paloma ese es el Mesías. Y así se lo presentará a sus discípulos, no importándole que se vayan con El porque lo que importa es que ‘El crezca aunque yo mengüe’. Así es la humildad del Bautista. No querrá reconocer ni que es un profeta, aunque Jesús dirá de él que profeta y más que profeta porque no ha nacido de mujer nadie mayor que él.

Cuando los discípulos al bajar del monte del Tabor le preguntan a Jesús si Juan es Elías, como tantos enseñaban, Jesús les dirá que no han querido reconocerlo, pero Elías ha venido ya. Y dice el evangelista que se refería a Juan. Es lo que le había anunciado el ángel al anciano Zacarías allá en el templo, que vendría con el espíritu y el poder de Elías, y así se había presentado Juan.

Es el profeta que continuamente vamos contemplando y escuchando mientras nosotros hacemos el camino del Adviento. Recogemos su Palabra porque nosotros también queremos preparar el camino al Señor y en esa tarea vamos avanzando en medio de este camino. Mucho tenemos que escuchar y que aprender. Primero dejarnos arrebatar por ese fuego divino que tenemos que hacer arder en nuestro corazón. Es el celo por el Señor, es el celo por nuestra fe, es el fuego de la fidelidad a toda costa, es el fuego con que nos dejamos transformar, es el fuego que hace nacer ese ardor en el corazón para incendiar nuestro mundo de un nuevo amor.

Nos falta ese celo, nos falta ese fuego, vivimos una fe demasiado amorfa y acomodaticia, vivimos una fe muchas veces temerosa y cobarde, vivimos demasiado encerrados en nosotros, en nuestras obras piadosas y necesitamos salir al desierto, a ese mundo inhóspito, a ese mundo rebelde, a ese mundo que se ha llenado de tantos dioses e ídolos que le atan y le esclavizan y que se ha olvidado del Dios verdadero que le da la verdadera libertad. Y ahí tenemos que manifestarnos con ese fuego, con ese ardor, con esa valentía para dar nuestro testimonio.

¿Se despertará ese caballo de fuego como a Elías y a Juan Bautista en nuestro corazón? ¿Volverá a arder de verdad ese fuego del Espíritu en el seno de la Iglesia que muchas veces parece que anda adormecida?

miércoles, 9 de junio de 2021

El camino de los mandamientos del Señor es el que nos llevar a la más plena realización de nuestra vida y a la mayor felicidad para todos

 


El camino de los mandamientos del Señor es el que nos llevar a la más plena realización de nuestra vida y a la mayor felicidad para todos

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19

Algunas veces tenemos el peligro de simplificar tanto las cosas que le hacemos perder toda la amplitud y profundidad. Una simplificación muchas veces superficial y en ocasiones interesada cuando nos queremos quitar algo de encima

Cuántas veces escuchamos decir a la gente que ellos no tienen pecado porque ni matan ni roban; han simplificado tanto los mandamientos que al final han terminado por cargarse la mayoría de los mandamientos, pero nos indica también una superficialidad cuando no llegamos a comprender toda la amplitud y toda la profundidad que ha de tener el mandamiento de amor a los demás. Nos quedamos en la letra, en sus formas más elementales, pero no profundizamos en el espíritu que ha de animar nuestra vida y el cumplimiento del mandamiento del amor.

Hoy Jesús, en el sermón del monte, respondiendo quizás a actitudes y posturas de ese tipo que siempre pueden aparecer en el corazón de todos, nos viene a decir que El no ha venido a abolir la ley y los profetas sino a darle plenitud. Quizás entre aquellos oyentes de Jesús se había podido producir el hastío de tantas normas, reglamentos y preceptos con que habían rodeado la ley de Moisés y estaban esperando un Mesías que les liberara de tantos preceptos que reglamentaban tanto la vida que el cumplimiento de la ley era un agobio.

Ya escucharemos en otra ocasión decir a Jesús que vayamos a El todos los que nos sentimos agobiados porque en El encontraríamos nuestro descanso, porque su yugo era llevadero y su carga ligera. La palabra yugo venía a hacer referencia a ese peso de la ley tan meticulosamente reglamentada que resultaba algo muy duro de cumplir. Pero Jesús nos dice que su yugo es llevadero y su carga es ligera. Y es que quien sigue a Jesús ha encontrado de verdad el sentido de todo, el sentido de su vida y de lo que ha de hacer y ya el mandamiento del Señor no es algo que haya que cumplir como algo pesado y duro en la vida, sino que venía a tener un sentido de liberación interior para buscar y hacer siempre lo que era la voluntad del Señor pero llenos de mucha paz.

Y es que quien se siente amado de Dios ya no lo verá todo como algo que hay que cumplir sin remedio, sino como una respuesta de amor a tanto amor como por otra parte recibimos. El enamorado está dispuesto a todo por mantener su amor, por agradar y complacer a la persona amada, por manifestarle con mil gestos y detalles todo lo que es el amor que le ofrece, el amor con que responde a ese sentirse amado; quien ama de verdad llega a olvidarse de sí mismo por ese amor del que se siente cautivado y que llena en plenitud su vida.

Por ese camino tenemos que entender las palabras de Jesús que hoy escuchamos. Pudiera parecerle a algunos que estas palabras podrían resultar duras y como un jarro de agua fría para quienes soñaban con verse liberados de mandamientos y preceptos, pero entendiendo bien las palabras de Jesús nos daremos cuenta que encontraremos la verdadera libertad, la que nace del amor y la que nos lleva a la mayor plenitud de nuestra vida. Será así, descubriendo lo que es la verdadera voluntad del Señor cómo nos sentiremos más plenamente realizados y cómo alcanzaremos el mejor camino de felicidad para todos.

¿Sentiremos de verdad que el cumplimiento de lo que es la voluntad del Señor, expresada y manifestada en los mandamientos, nos hace alcanzar la mejor realización de nuestra vida? ¿Nos sentiremos en verdad liberados en el Señor cuando aprendemos a hacer las cosas desde el sentido del amor? ¿Nos daremos cuenta que ese es el mejor camino para la felicidad de todos?

miércoles, 10 de marzo de 2021

Sería bochornoso que no fuéramos capaces de vivir con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean

 


Sería bochornoso que no fuéramos capaces de vivir con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Sal 147;  Mateo 5, 17-19

Quiero reflexionar hoy, y voy directamente al grano, sobre algo que considero bochornoso que nos suceda a nosotros los cristianos. Y os lo digo así, claramente, damos la impresión que no nos sentimos orgullosos de nuestra fe, de ser cristianos, de tener unos mandamientos que cumplir, de querer seguir la ley del Señor.

Puede parecer fuerte lo que estoy diciendo pero es la realidad, damos la impresión que nos avergonzamos de ser cristianos. A veces me pregunto que si nos vinieran tiempos de persecución cruenta, como ha sucedido en tantos momentos de la historia y en España no lo tenemos tan lejano, ¿cómo reaccionaríamos? ¿Seríamos capaces de llegar a dar la cara, incluso la vida, por nuestra fe? Y mira que son cosas que nos pueden pasar, no estamos tan lejanos, y no quiero andar con pesimismos, porque quienes siguen mis reflexiones saben bien que quiero ser optimista y es lo que intento transmitir con mis palabras y mis reflexiones.

En la sociedad en la que vivimos nos están comiendo el terreno; todo son dificultades y trabas para que podamos vivir nuestra fe públicamente, para que podamos participar en nuestras celebraciones con total libertad y sin complejos, en los medios de comunicación lo que más se insiste en publicar es todo lo que pueda dañar a la Iglesia y la fe de los cristianos, se hace burla sin miramiento alguno de nuestras expresiones religiosas, se quiere dar la impresión que somos un obstáculo para que la gente viva de forma moderna y si pudieran nos quitaban de en medio. ¿Y cuáles son nuestras respuestas? ¿Cómo reaccionamos ante todo eso? Tenemos que reconocer que nos falta valentía.

Es hora que nos despertemos, que vivamos con orgullo y alegría nuestra fe y de ninguna manera nos escondamos; que hagamos frente a todo esa reacción que tiene la sociedad ante el hecho religioso y cristiano, pues manifestando con total libertad y claridad la fe que vivimos y seamos capaces de sacar a flote para que sean conocidos también tantos testimonios hermosos de los que nos podemos sentir orgullosos de tantos cristianos que en nombre de su fe viven su compromiso en todos los aspectos de la vida. Nadie tiene por qué quitarnos la palabra, esa palabra clara y valiente que tenemos que ser capaces de decir y que tantas veces callamos. Hacen falta también hombres públicos  con influencia en la sociedad que se manifiesten creyentes y den testimonio público de su fe.

Nos han hablado tanto de humildades y de silencios que nos parece incompatible que podamos decir que nos sintamos orgullosos de nuestra fe. Sí, nos sentimos orgullosos de ser cristianos, de creer en Dios, de sentir la presencia de Dios en nuestra vida y de cómo contamos con El en lo que vamos haciendo, en el compromiso que vivimos también por los demás, en los compromisos con nuestra sociedad también; nos sentimos orgullosos de querer cumplir los mandamientos del Señor aunque nos cueste, porque sabemos que ahí tenemos nuestra sabiduría, el mejor sentido de nuestra vida y está la fuerza para todo lo bueno que queremos realizar. Jesús nos ha dicho hoy en el evangelio que no viene a borrar la ley sino a darle plenitud y que quien cumpla cualquiera de esos mandatos mínimos será grande en el Reino de los cielos.

Es hermoso lo que le decía también Moisés al pueblo para que aprendieran a apreciar la sabiduría de la ley del Señor. Tenían que sentirse orgullosos de su Dios que con ellos estaba, que con ellos caminaba en aquel largo peregrinar del desierto. Que ningún pueblo podía decir como ellos que tenían un Dios tan cercano y tan justo, tan lleno de amor.

‘Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos… Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?’

¿No es lo que nosotros tenemos que sentir cuando se manifiesta el amor tan grande que Dios nos tiene que nos entrega a su Hijo Jesús para nuestra salvación? Vivamos con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean. Sería, sí, bochornoso que no fuéramos capaces de hacerlo. Valoremos y destaquemos a tantos que a nuestro lado así lo hacen con valentía y alegría.

domingo, 25 de octubre de 2020

La plenitud del ser, de la existencia, es amar y hacerlo de corazón, con entrega total, con lo que cada uno es, con lo que somos porque sin amor no seríamos humanos

 


La plenitud del ser, de la existencia, es amar y hacerlo de corazón, con entrega total, con lo que cada uno es, con lo que somos porque sin amor no seríamos humanos

Éxodo 22, 20-26; Sal 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

Cuando es nuestro modo de hablar humano hablamos de la ley, hablamos de las leyes pensamos de forma espontánea en todas esas normas y preceptos que nos hemos dado para regular la relación y la vida de las personas dentro de la sociedad en la que vivimos; cada vez son más complejas las leyes – y claro que no soy un erudito en el tema del derecho – porque más complejas son las relaciones entre los hombres, entre las personas y las leyes de cada lugar, aunque hay algo universal que nos afecta a todos, sin embargo tienen más las características de ese lugar según las normas y preceptos que se han ido elaborando y mejorando con el paso del tiempo. Me atrevería, sin embargo, a decir algo así de entrada y es que las leyes que nos imponemos tienen que estar siempre por el bien de la persona en medio de esa comunidad en la que vive.

Me hago esta consideración previa al escuchar el texto del evangelio de hoy. Ya dice el evangelista que aquellos que fueron a preguntar pretendían tentar a Jesús con preguntas que presentaban como capciosas, la pregunta que le lanzan a bocajarro es ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ preguntan por la ley y preguntan por el mandamiento principal. Si en nuestra cultura actual se hiciera o nos hicieran esa pregunta iríamos al fundamento de nuestras constituciones que nos conforman como pueblo y de donde dimanan luego todas las leyes y preceptos de nuestros códigos civiles.

Pero la pregunta que le lanzan a Jesús tiene una respuesta clara y que parece no tener sentido para el hombre de hoy que ha construido su vida quizá sobre otros parámetros o principios, que vive de una forma en la práctica agnóstica o donde la fe o la religión parece que no tienen que ver con las leyes de la vida de los hombres, ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero’.

Sin embargo ess respuesta tiene una razón para el que se siente creyente. Por otra parte Jesús no hace sino repetir al pie de la letra lo que está escrito en la ley judía y tiene todo su sentido. Tengamos en cuenta que Jesús además añade ‘El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

Sí, somos creyentes y Dios sí tiene que ver con la vida del hombre, con el sentido y el valor de la vida de las personas, sobre el camino verdadero de la construcción de nuestra sociedad. En Dios tenemos el fundamento de todo y la historia de la presencia de Dios en la vida del hombre es una historia de amor. Una historia de amor donde nos hemos sentido amados porque hemos estado, podemos decirlo así, en la preocupación de Dios. Por eso primero que nada y por encima de todo nuestro amor para Dios. ‘Con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente’. Es el eje y el fundamento.

Pero nunca ese amor a Dios va a mermar nuestro amor al hombre sino todo lo contrario. Va a ser el cauce y la fuerza precisamente para que nos amemos los unos a los otros. ‘El segundo es semejante a él’, nos dice Jesús. Que no podemos vivir el uno sin el otro, que no podemos decir que tenemos amor a Dios si no tenemos amor al prójimo. Es la base de todo. ‘Sostienen toda la ley y los profetas’, termina diciendo Jesús.

Por algo san Juan en su carta cuando nos habla de que Dios es amor nos dice que en consecuencia tenemos que amarnos los unos a los otros. ‘Si Dios nos ha amado de esta manera, amémonos los unos a los otros’, nos dice. No dice si Dios nos ha amado de esta manera, amémosle a El, amemos a Dios, sino amémonos los unos a los otros. Y es que en ese amor que nos tenemos mutuamente estamos amando a Dios. ¿No nos dirá Jesús que cuando dimos pan al hambriento o agua al sediento era a El a quien estábamos alimentando o calmando su sed?

Creo que no es necesario hacernos más consideraciones sino rumiar muy bien esto que nos ha trasmitido hoy el Evangelio y hemos venido comentando y reflexionando. Luego saquemos nuestras conclusiones, veamos cómo con toda claridad cada uno de los mandamientos que tenemos reflejados en el decálogo buscarán siempre el bien del otro, el respeto al otro, la valoración del otro, en una palabra el amor que hemos de tener al prójimo. La verdadera gloria de Dios está en la gloria que le demos al hombre, en el amor que les tengamos a los demás. Por eso cuando nosotros vamos anunciando el evangelio de Jesús lo que queremos ir haciendo es que haya más humanidad entre los hombres y las mujeres de hoy. La Buena nueva de Jesús nos descubre ese amor nuevo, esa vida nueva, ese estilo de nuevo de tratarnos y de amarnos en que siempre estaremos buscando el bien del prójimo.

Recojo algunos párrafos de un comentario que me ha llegado y pienso que nos pueden ayudar a completar esta reflexión. ‘Ahí está la esencia y la radicalidad de la fe y de la identidad cristiana… Nuestra felicidad depende de acoger y poner por obra los preceptos y mandatos del Señor, porque ellos son misericordia, en ellos hay sabiduría, hay esperanza de un vivir mejor, hay vida eterna… La plenitud del ser, de la existencia, es amar y hacerlo de corazón, con entrega total, con lo que cada uno es, con lo que somos.  Sin amor la ley y los preceptos se vuelven tiranía, sin amor nada seríamos, es decir, no seríamos humanos (una persona inhumana es aquella que no conoce ni sabe del amor), sin amor todo se vuelve oscuro, estéril, vacío’ (Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.).

Nuestro mandamiento principal es el amor.

 

miércoles, 10 de junio de 2020

Insignificantes bloques, ocultas paladas de hormigón tan necesarias e importantes en la construcción del edificio, fundamentos de nuestro camino de amor



Insignificantes bloques, ocultas paladas de hormigón tan necesarias e importantes en la construcción del edificio, fundamentos de nuestro camino de amor

1Reyes 18, 20-39; Sal 15; Mateo 5, 17-19
Cada bloque, cada palada de hormigón tiene su lugar y su importancia en la construcción de un edificio; no porque aquellos bloques queden a ocultas de la visión de la gente, o porque aquella palada de hormigón quede enterrada bajo tierra en la forja de los cimientos del edificio es menos importante o valioso que el resto de elementos con los que iremos conformando dicho edificio. Quizás nos esmeremos más en la belleza externa que le podamos dar a ciertos elementos porque van a conformar la figura y la imagen del edificio, pero la belleza y la fortaleza está en su conjunto que le daría la forma y la estabilidad que necesita para que cumpla con sus funciones.
Algunas veces hay cosas de las que decimos que son muy importantes y valiosas y no negamos ni su importancia ni su valor, pero hay muchas cosas que pueden pasar imperceptibles para la mayoría pero que serán gestos y valores igual de enriquecedores para aquellos con los que tengamos dichos gestos. Descubrir el valor de cada cosa, pero saber resaltar esas pequeñeces que se convierten en grandes gestos es una sabiduría en la que tenemos que ejercitarnos y que tenemos que aprender.
Así vamos construyendo nuestro camino de fe, el camino de la vida cristiana. Camino decimos, porque es ponernos a seguir a alguien, es dejarnos cautivar de un amor que lo queremos convertir en el amor de nuestra vida. Hemos descubierto un amor y queremos corresponder a ese amor. Porque lo hemos de tener claro, no son solo voluntades, buenas voluntades que nosotros tengamos, sino que nos hemos sentido envueltos en el amor, el amor de Dios que fue primero y queremos caminar en ese amor.
Cuando amamos, porque nos sentimos amados, lo que queremos en todo es corresponder a ese amor, y entonces comenzaremos a hacer de nuestra vida lo más parecido que podamos a lo que es ese amor que sentimos. Y decimos que queremos hacer su voluntad, descubrir lo que a Dios le agrada y fundamentalmente es que vivamos en ese amor y repartamos ese amor en nuestro derredor. Por eso decimos que queremos hacer su voluntad, hacer lo que le agrada al Señor. Lo llamamos mandamientos, porque es la palabra que desde siempre ha querido expresar lo que es la voluntad de Dios, pero cuando nos sentimos envueltos en el amor y nosotros queremos amar de la misma manera no lo hacemos simplemente porque esté mandado, sino porque queremos vivir en ese amor.
Claro que aparecen nuestras flaquezas y nuestras debilidades, y tenemos el peligro de que se nos enfríe ese amor y ya no amemos con la misma intensidad, que nos aparezca nuestro yo egoísta y comencemos más a pensar en nosotros mismos que en ese amor que tenemos que dar. Es la flaqueza de la humanidad de todos los tiempos. Y aparece la pedagogía divina que nos señala unos cauces, normas les decimos también, que nos van marcando ese camino que tenemos que recorrer tanto en nuestra relacion con Dios como con los demás para que no olvidemos el camino, para que no nos salgamos del camino. Y cada una de esas señales que nos trazan el cauce de nuestro camino son importantes; por eso no decimos que estas señales, estos mandamientos nos los podemos saltar, y solo los más importantes son los que tenemos que cumplir. Indicaría eso la pobreza de nuestro amor.
Es lo que nos dice Jesús que no viene a suprimir los mandamientos sino a darles plenitud; es lo que nos señala que no podemos saltarnos ninguno de esos mandamientos porque no los consideremos importantes sino que la grandeza de nuestro amor está en esa fidelidad también a aquello que nos parece pequeño. ‘Quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos’. Son esos insignificantes bloques, esas ocultas paladas de hormigón tan necesarias e importantes en la construcción del edificio.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Busquemos la plenitud para nuestra vida que en el evangelio de Jesús podemos encontrar dando verdadero valor y sentido a cuanto hacemos y vivimos



Busquemos la plenitud para nuestra vida que en el evangelio de Jesús podemos encontrar dando verdadero valor y sentido a cuanto hacemos y vivimos

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Sal 147; Mateo 5, 17-19
En el corazón del hombre siempre hay un ansia de más, que en ocasiones podemos confundir con el deseo de más cosas, de ambicionar esas cosas materiales que nos ofrece la vida, pero que realmente es un deseo de crecimiento interior alcanzando sí una mayor felicidad en la satisfacción de aquellas cosas que ambicionamos y deseamos, pero donde también quizá muchas veces andamos como perdidos, no sabemos lo que realmente queremos y nos satisfacemos en lo primero que llegue a nuestro alcance.
Pero el hombre insatisfecho se pregunta sobre el valor y el sentido de lo que hace, quiere encontrar un por qué de lo que vive para, por decirlo así, sacarle el mejor jugo, la mejor satisfacción a aquello que hace. Es un deseo de crecimiento, de perfección, de plenitud que llevamos en nuestro interior y que en ocasiones no sabemos como satisfacer o donde encontrar esa plenitud.  Queremos más y no sabemos bien qué queremos o donde buscarlo. Queremos encontrar el sentido verdadero de lo que hace, de lo que vive, de lo que es la vida misma, y entonces también de todo cuanto le rodea.
En esas búsquedas termina por trazar caminos, por ponerse normas quizá porque sujetándose a esas reglas le parece que puede con mayor seguridad alcanzar también esa perfección de su vida. Muchas desde la ley natural que impera en nuestro corazón, desde ese sentido común que vamos teniendo también con la experiencia de la vida, facilitan y ayudan pero otras quizá encorsetan a la persona limitando sus mejores ansias o imponiéndole rutinas que no son precisamente lo que le puede llevar a lo mejor. En el transcurso de la vida se van entremezclando todas esas cosas y puede que en un momento lleguemos a una confusión donde le demos más importancia a lo secundario que a lo que tiene que ser el principal sentido de su vida.
El creyente sabe que no camina solo en esa búsqueda y que no es solo por si mismo como va encontrando ese camino que da sentido y valor a su vida. El creyente verdadero siente en lo  hondo de su corazón esa presencia de Dios que le ilumina, que le inspira lo mejor para ese camino de plenitud que anda buscando; se sabe guiado por Dios y siente que a través de la historia Dios le ha manifestado su Palabra que se ha convertido en su ley y norma en lo más hondo del corazón. En el camino que hacia el pueblo creyente por el desierto que era un camino de búsqueda más allá de encontrar una tierra donde establecerse hay un momento que siente la inspiración de Dios a través de Moisés que experimenta de una manera especial esa presencia de Dios en su vida.
Siente que Dios le habla y que le inspira lo que ha de ser su ley, su voluntad para el hombre en ese camino que hace sobre la tierra. Es lo que llamamos la ley de Dios, que nombramos también como ley Mosaica porque a través de Moisés les llegó esa Palabra de Dios. Fue el camino, el cauce que lo hizo en verdad pueblo, el pueblo de Dios que le ayudó a caminar por el desierto pero también para establecerse en lo que llamarían la tierra prometida.
Tal como hablábamos antes de lo que va sucediendo en el corazón del hombre aparecen las confusiones cuando pronto quizá le dan más importancia a cosas que eran meramente circunstanciales a lo que era en verdad el meollo de la ley del Señor. Son todas aquellas tradiciones y rutinas que se habían introducido en la vivencia del pueblo de Israel y que es lo que Jesús quiere purificar. Por eso les dice, como hemos escuchado hoy en estas palabras que pertenecen al llamado sermón de la montaña, que no viene a abolir la ley sino a dar plenitud.
Y dar plenitud es ir a eso más profundo de la ley del Señor, eso que es lo que verdaderamente da el mayor y mejor sentido a lo que hacemos y a lo que vivimos, como expresábamos anteriormente. Es la buena noticia que Jesús viene a traernos para que en verdad vivamos el Reino de Dios en toda su plenitud, es su evangelio.
Bien nos viene a nosotros en este camino cuaresmal que estamos haciendo que busquemos esa plenitud porque en verdad escuchemos a Jesús en lo hondo de nuestro corazón, para que también nos purifiquemos, para que sepamos ir a lo esencial, para que llenemos de amor nuestras vidas, para que como nos dice Jesús seamos compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo. Es el camino de perfección que nos traza cuando nos dice que seamos perfectos como Dios nuestro Padre, ese camino de crecimiento interior que hemos de ir haciendo y que nos conduce a la plenitud verdadera.