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sábado, 12 de septiembre de 2026

Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

 


Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

1Corintios 10, 14-22; Salmo 115; Lucas 6, 43-49

Como siempre el evangelio siembra interrogantes dentro de nosotros y nos hace plantearnos muchas preguntas y nos deja con muchas inquietudes. Claro que depende también de la sinceridad con que vayamos a escucharlo, o si no ponemos corazas a nuestro alrededor que impidan que la Palabra de Dios, como espada de doble filo que se nos dice en otro lugar, pueda penetrar a lo más hondo del corazón y sembrar esa inquietud en nosotros; porque es cierto que somos capaces de ponernos filtros en nuestros oídos para escuchar solo lo que nos agrade o nos parezca que viene a ensalzar lo que podamos estar haciendo. Lejía de lavandero, fuego de fundidor son imágenes que escuchamos en la Escritura santa para hablarnos de la intensidad con que quiere llegar a nosotros la Palabra de Dios.

En estos pocos versículos, que parece que de forma desordenada se nos ofrecen hoy comienza haciendo que nos preguntemos qué clase de árbol somos en realidad nosotros sobre todo cuando somos capaces de reconocer que no siempre los frutos que damos son todo lo buenos que deberían ser; o preguntarnos también cuales son los cimientos de nuestras vidas porque somos conscientes de cómo nos tambaleamos fácilmente ante cualquier movimiento que nos deja llenos de inseguridad, o cómo fácilmente somos hoja que se lleva el viento cuando nos arrecian los temporales de la vida.

Sabemos que tenemos que ser buenos sembradores de las mejores semillas. Claro que las semillas que tenemos en nuestras manos salen de esos frutos que nosotros damos en la vida, y muchas veces más que hermosos frutales que nos den jugosas y sabrosas frutas, nos hemos maleado tanto que más bien parecemos zarzales con los que nos dañamos los unos a los otros. ¿Hasta dónde hemos llegado? ¿Nos quedamos en la apariencia de vistosos ropajes pero al final somos árboles infecundos que no producen fruto?

Las apariencias nos engañan, con nuestras apariencias y vanidades incluso con palabras bonitas pero vacías de contenido somos un engaño para los demás. Podemos hacer un discurso muy bello plagado de hermosas palabras y aparentemente sabios consejos, pero si dentro de nosotros mismos estamos vacíos porque en la vida no reflejamos nada de esos bonitos consejos, todo se quedará en apariencia, en exigencia que quizás presentamos para el otro, pero como no nos hemos exigido a nosotros mismos al final nuestra vida no llegará a dar fruto de verdad.

Hemos de saber reconocer nuestra debilidad y que también nosotros somos pecadores y entonces nuestra humildad y sinceridad serán buenas piedras que nos sirvan de cimiento para ese edificio de nuestra vida. Con nuestra humildad reconocemos donde está nuestra fortaleza y nuestra verdadera sabiduría, que ya no será cosa nuestra sino obra del Señor con la fuerza de su Espíritu. Será lo que en verdad hará fecunda nuestra vida y hará que nuestro testimonio pueda llevar al convencimiento de los demás. Se estará manifestando así nuestra congruencia, a pesar de nuestra debilidad, porque queremos cimentar bien nuestra vida en el Señor, en su Palabra y en la fuerza y sabiduría de su Espíritu.

Es lo que hoy también nos está interrogando desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿Cuál es la verdadera fortaleza de nuestra vida? ¿Cuáles son los hondos y bien fundamentados cimientos sobre los que estamos edificando nuestra existencia? ¿Cuáles son las raíces profundas del árbol de nuestra vida para que se mantenga lozano pero también para que llegue a dar buenos frutos?

‘Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida’.

‘Cada árbol se conoce por su fruto’, ya nos había dicho anteriormente. Por eso nos preguntamos qué clase de árbol somos nosotros, donde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida. ¡Cuidado con nuestros vacíos y con nuestra infecundidad! Cultivemos con intensidad nuestro espíritu, podamos los ramajes infecundos, como nos enseña en otro lugar del evangelio.


jueves, 4 de diciembre de 2025

Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua, la ciudad fuerte y amurallada fundamentada en los sólidos cimientos de la Palabra de Dios escuchada

 


Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua, la ciudad fuerte y amurallada fundamentada en los sólidos cimientos de la Palabra de Dios escuchada

 Isaías 26, 1-6; Salmo 117; Mateo 7, 21. 24-27

¿Por qué se nos vino abajo la casa, aquella obra que habíamos emprendido con tanta ilusión? ¿Por qué aquel proyecto fue un fracaso y no lo pudimos sacar adelante? ¿Qué nos pasa en la vida que no salimos adelante por muy magníficos que son nuestros sueños? Preguntas así nos hacemos muchas veces en la vida en las distintas circunstancias por las que vamos pasando. Son accidentes que nos echan abajo todas nuestras ilusiones, son cosas que se destruyen como mencionábamos de la casa que se nos cae, son dificultades y tropiezos que vamos teniendo quizás después de errores que hemos cometido a la hora de proyectar, de hacernos nuestros planes, o de dejarnos simplemente arrastrar por la inercia de la vida.

Si hablamos de la casa que se nos cae nos preguntamos cómo estaba construida, y pensamos en su cimentación o pensamos en los materiales que se han empleado en su construcción, pensamos en los posibles errores de proyecto o de una ejecución no correcta de lo que estaba planificado. Pero podemos pensar así y preguntarnos por el fracaso de nuestras relaciones, por la ruptura de una amistad que nos parecía muy bonita, o de los proyectos de vida que no hemos podido llevar adelante. Y tenemos que buscar causas, tenemos que preguntarnos por la fundamentación de nuestra vida, por los valores que van a marcar nuestra identidad, por la rectitud con que andamos no simplemente para no cometer errores sino para andar con dignidad.

Porque en nuestra reflexión lo de menos es que se nos caiga la casa, porque eso es solo una imagen de lo que nos sucede en la vida. Y no podemos ir echando la culpa, como nos es tan fácil hacer, al ambiente que nos rodea, a lo que los demás puedan hacernos o puedan influir en nosotros, o el mal de la sociedad que nos envuelve. Pero, ¿dónde está la rectitud con que hemos de andar en la vida, los valores que son fundamente de nuestro quehacer, los verdaderos cimientos que le hemos puesto a la vida? Si nos fallan estas cosas significaría que estaríamos caminando en la superficialidad, sin nada que dé consistencia a nuestra vida y así cuando nos llega el peligro de la pendiente nos dejamos ir por esa pendiente.

Hoy nos habla Jesús de la casa edificada sobre roca y de la casa edificada sobre arena. Y nos habla de la escucha de la Palabra de Dios allá en lo más profundo de nosotros mismos. Pues no se trata de oír palabras que nos vienen al vuelo sino de saber escuchar que es plantar esa semilla en nuestro corazón. No basta decir ¡Señor, Señor!, nos viene a decir porque muchas veces parece que nuestra oración se queda en decirle cosas al Señor que las más de la veces lo que hacemos es llevar una lista de peticiones, sino de saber escuchar a Dios. La oración tiene que ser un diálogo de amor, y cuando se dialoga no solo se habla sino también y fundamentalmente se escucha. ¿Será así nuestra oración?

El profeta hablaba de esa ciudad fuerte y amurallada que podía soportar todos los embates. Es la fortaleza de nuestro espíritu que hemos de tener, pero que no es solo por nosotros mismos, por nuestra fuerza de voluntad como muchas veces decimos, sino porque sentimos la fortaleza del Señor en nuestra vida. Y si El está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros? 

Como diría san Pablo nada podrá ya apartarme del amor de Cristo Jesús, vengan de donde vengan los embates de la vida. ‘Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua’, como nos decía el profeta Isaías. Necesitamos despertar esa confianza en nuestro corazón.

sábado, 13 de septiembre de 2025

Unas raíces dañadas o que se quedan en la superficie no tendrán la fuerza para alimentar y sostener el árbol y hacer que dé buenos frutos ¿será así nuestra vida?

 


Unas raíces dañadas o que se quedan en la superficie no tendrán la fuerza para alimentar y sostener el árbol y hacer que dé buenos frutos ¿será así nuestra vida?

1Timoteo 1,15-17; Salmo 112; Lucas 6, 43-49

Cada mañana en mi paseo de cada día paso junto a una huerta que está en las cercanías de mi casa; está dedicada a cultivos menores, tiene algunos árboles frutales y unas vides, que casi tendría que ser su cultivo principal; pero he venido observando que ni son aprovechables los frutos de esos árboles ni pueden tener una cosecha beneficiosa de las uvas que cultivan; las plantas y los árboles están, podíamos decir, enfermos por las plagas que les afectan y los frutos no son nada aprovechables, más bien los vemos por los suelos e inservibles.  No entro en juicio por respeto sobre lo que dichos agricultores realizan con su campo, pero es cierto que el cuidado no es el mejor, donde podría haber hermosos frutos, todo casi se convierte en árboles y plantas dañadas y todo es inservible.

Me fijo en estas cosas y pienso en lo que hago o como cuido mi vida, mirando también mucho de lo que sucede alrededor. No es solo vivir, porque, por decirlo así, respiramos. Necesitamos una prevención y un cuidado para que el mal no nos dañe, para que finalmente los frutos de nuestra vida sean buenos. En principio Dios nos ha creado para que seamos árbol bueno; bien lo dice la Biblia cuando nos habla de la creación donde cada cosa que va saliendo de las manos de Dios, nos dice ‘y vio Dios que era bueno’. El maligno ya inoculó su veneno en el corazón de Eva y de Adán despertando la ambición y el orgullo, y como decimos, así entró el mal en el mundo. Es la tentación que nosotros seguimos teniendo y el mal también se va metiendo en nuestro corazón.

Es hermoso lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos’. Y añade. ‘El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa del corazón lo habla la boca’.

¿Qué sale de nuestro corazón? Es importante que lo consideremos y analicemos nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra manera de actuar. Nos metemos muchas veces en una pendiente muy resbaladiza, y nos dejamos arrastrar. Es necesario detenernos y descubrir lo que está dañado en nosotros para curarlo; descubrir que es lo que vamos guardando en nuestro corazón, cuales son nuestros recuerdos por ejemplo de lo vivido y la reacción de nuestros sentimientos ante lo que nos va sucediendo; acumulamos muchas veces demasiadas tensiones y la cuerda tensa se puede romper; mantenemos muchas heridas abiertas en nuestro corazón por los roces que vamos teniendo en la vida y no nos preocupamos de curarlas, y una herida mal curada hará que la enfermedad se vaya extendiendo, los sentimientos negativos sigan permaneciendo en nosotros y se irá dañando nuestro espíritu; cuántos malos humores que tenemos muchas veces que nos hace reaccionar mal con todo el mundo son consecuencia de esas heridas mal curadas.

Tenemos que buscar una solidez para nuestra vida y por eso es importante tener una vida sana, pero tener sano el corazón. Un cimiento con un cemento corroído no tendrá la suficiente fortaleza para sostener el edificio. Nos habla hoy Jesús del edificio edificado sobre roca, que aguantará vientos y tempestades. 

¿Dónde habremos buscado nosotros esa fortaleza del espíritu? ¿Cuál es el fondo de nuestra espiritualidad? ¿Nos estaremos quedando en la superficialidad? Las raíces que no se ahondan en la tierra, sino que se quedan en la tierra superficial no tendrán la fuerza necesaria para alimentar y para sostener el árbol. ¿Estaremos haciendo eso con nuestra vida?

jueves, 26 de junio de 2025

Busquemos los cimientos del evangelio, construyamos con los bloques de los mejores valores, en un encuentro vivo con el Señor y el Evangelio, la luz para nuestras vidas Génesis 16, 1-12. 15-16; Salmo 105; Mateo 7,21-29 ¿Dónde fuiste a edificar tu casa? Por económico empleaste unos materiales cualesquiera y mira ahora como se te está cayendo la casa. Lo habremos visto alguna vez o nos habrá sucedido en alguna obra que hemos emprendido, por no tener materiales de calidad pronto se nos vino abajo. Ya es algo que cuidamos bien porque nos cuesta nuestros dineros – parece que el dinero siempre anda por medio y condiciona muchas de las cosas que queremos hacer – y procuramos tener buenos proyectos, buscar buenos constructores, tener buenos materiales y cuidar su construcción desde los cimientos hasta verla terminada. Pero ¿haremos eso realmente con nuestra vida? Por medio anda la superficialidad con que nos tomamos muchas cosas, empezando por nuestra preparación y formación. Queremos salir del paso, queremos lograr las cosas con el mínimo esfuerzo, queremos quizás al final tener un titulo, pero sin habérnoslo de verdad ganado. Es una lástima lo que tantas veces contemplamos en la gente joven que no sabe aprovechar esos tiempos de formación, de estudios, de ir de verdad avanzando en la vida para lograr no solo una calificación sino una verdadera madurez como personas. Así nos va, porque esos serán los que luego querrán dirigir el mundo, pero con muchos vacíos en su persona. ¿Irán también por esos rumbos nuestros caminos de fe, nuestra vivencia como cristianos? Hemos tenido tiempos en que parecía que todos éramos cristianos, que nuestra sociedad era cristiana y ahora estamos llegando a tiempos de indiferencia, de enfriamiento espiritual desde un sentido cristiano, a una cierta descristianización de nuestra sociedad. ¿Nos dormimos en los laureles de aquellos tiempos en que parecía que todo era floreciente y no nos preocupamos de una verdadera formación como cristianos? Nuestra sociedad ha perdido esos cimientos cristianos, sobre los que pensábamos que estaba construida. Desde aquellos momentos de mucho fervor religioso en que parecía que todos vivíamos con intensidad nuestra fe cristiana, pasamos a estos tiempos de frialdad y de indiferencia, a estos tiempos en que quizás el hecho religioso se mira más como una tradición pero no como algo que tenemos que vivir hondamente. Y claro cuando no hay hondura en lo que vivimos o celebramos, primero la tibieza se va apoderando de nuestros espíritus pero terminar en un abandono hasta de los más elementales sentimientos religiosos. ¿Qué estaremos haciendo para recuperar ese sentido cristiano de la vida para nuestra sociedad? No basta con rescatar costumbres y tradiciones, es necesario ir a una hondura de la fe que solo puede construirse desde una escucha profunda y atenta del evangelio y de un encuentro vivo con Jesús. ¿Con las tradiciones religiosas que estamos desenterrando o tratando de mantener lo lograremos? Cuidado que solo lo hagamos por costumbres o por tradiciones que tenemos que mantener pero falte esa fe profunda que luego tiene que trasparentarse en la vida. Hoy Jesús nos está previniendo. Nos está diciendo que no basta decir ‘Señor, Señor’, si luego no hay vida. No nos basta decir si es que nosotros somos cristianos de toda la vida, nuestros pueblos son muy cristianos porque aquí se hacían procesiones preciosas, si luego en el día a día no estamos viviendo esos valores del Evangelio. No nos basta con que preparemos unas celebraciones esplendorosas y cuidemos al máximo nuestros adornos florales, porque el humo del incienso se disipa, las luces de nuestro esplendor se apagan y las flores terminan secándose y no nos valdrán para nada. Es lo que nos está diciendo hoy Jesús. Los cimientos sobre los que tenemos que edificar la casa para que los vientos y los temporales no se la lleven. Busquemos esos cimientos del evangelio, construyámoslo con esos bloques de nuestros mejores valores, que haya ese encuentro vivo con el Señor y con su Palabra, que el Evangelio sea verdad la luz que guíe nuestra vidas, y que todo eso se traduzca en nuestra manera de actuar, en nuestro amor auténtico y verdadero, y en ese mundo mejor por el que nos estaremos comprometiendo para construirlo. Empleemos los mejores materiales.



Busquemos los cimientos del evangelio, construyamos con los bloques de los mejores valores, en un encuentro vivo con el Señor y el Evangelio, la luz para nuestras vidas

Génesis 16, 1-12. 15-16; Salmo 105; Mateo 7,21-29

¿Dónde fuiste a edificar tu casa? Por económico empleaste unos materiales cualesquiera y mira ahora como se te está cayendo la casa. Lo habremos visto alguna vez o nos habrá sucedido en alguna obra que hemos emprendido, por no tener materiales de calidad pronto se nos vino abajo. Ya es algo que cuidamos bien porque nos cuesta nuestros dineros – parece que el dinero siempre anda por medio y condiciona muchas de las cosas que queremos hacer – y procuramos tener buenos proyectos, buscar buenos constructores, tener buenos materiales y cuidar su construcción desde los cimientos hasta verla terminada.

Pero ¿haremos eso realmente con nuestra vida? Por medio anda la superficialidad con que nos tomamos muchas cosas, empezando por nuestra preparación y formación. Queremos salir del paso, queremos lograr las cosas con el mínimo esfuerzo, queremos quizás al final tener un titulo, pero sin habérnoslo de verdad ganado. Es una lástima lo que tantas veces contemplamos en la gente joven que no sabe aprovechar esos tiempos de formación, de estudios, de ir de verdad avanzando en la vida para lograr no solo una calificación sino una verdadera madurez como personas. Así nos va, porque esos serán los que luego querrán dirigir el mundo, pero con muchos vacíos en su persona.

¿Irán también por esos rumbos nuestros caminos de fe, nuestra vivencia como cristianos? Hemos tenido tiempos en que parecía que todos éramos cristianos, que nuestra sociedad era cristiana y ahora estamos llegando a tiempos de indiferencia, de enfriamiento espiritual desde un sentido cristiano, a una cierta descristianización de nuestra sociedad. ¿Nos dormimos en los laureles de aquellos tiempos en que parecía que todo era floreciente y no nos preocupamos de una verdadera formación como cristianos? Nuestra sociedad ha perdido esos cimientos cristianos, sobre los que pensábamos que estaba construida. Desde aquellos momentos de mucho fervor religioso en que parecía que todos vivíamos con intensidad nuestra fe cristiana, pasamos a estos tiempos de frialdad y de indiferencia, a estos tiempos en que quizás el hecho religioso se mira más como una tradición pero no como algo que tenemos que vivir hondamente. Y claro cuando no hay hondura en lo que vivimos o celebramos, primero la tibieza se va apoderando de nuestros espíritus pero terminar en un abandono hasta de los más elementales sentimientos religiosos.

¿Qué estaremos haciendo para recuperar ese sentido cristiano de la vida para nuestra sociedad? No basta con rescatar costumbres y tradiciones, es necesario ir a una hondura de la fe que solo puede construirse desde una escucha profunda y atenta del evangelio y de un encuentro vivo con Jesús. ¿Con las tradiciones religiosas que estamos desenterrando o tratando de mantener lo lograremos? Cuidado que solo lo hagamos por costumbres o por tradiciones que tenemos que mantener pero falte esa fe profunda que luego tiene que trasparentarse en la vida.

Hoy Jesús nos está previniendo.  Nos está diciendo que no basta decir ‘Señor, Señor’, si luego no hay vida. No nos basta decir si es que nosotros somos cristianos de toda la vida, nuestros pueblos son muy cristianos porque aquí se hacían procesiones preciosas, si luego en el día a día no estamos viviendo esos valores del Evangelio. No nos basta con que preparemos unas celebraciones esplendorosas y cuidemos al máximo nuestros adornos florales, porque el humo del incienso se disipa, las luces de nuestro esplendor se apagan y las flores terminan secándose y no nos valdrán para nada.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús. Los cimientos sobre los que tenemos que edificar la casa para que los vientos y los temporales no se la lleven. Busquemos esos cimientos del evangelio, construyámoslo con esos bloques de nuestros mejores valores, que haya ese encuentro vivo con el Señor y con su Palabra, que el Evangelio sea verdad la luz que guíe nuestra vidas, y que todo eso se traduzca en nuestra manera de actuar, en nuestro amor auténtico y verdadero, y en ese mundo mejor por el que nos estaremos comprometiendo para construirlo. Empleemos los mejores materiales.


jueves, 5 de diciembre de 2024

Lealtad de corazón con serenidad de espíritu en la escucha de la Palabra que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza interior para caminar por caminos de paz

 


Lealtad de corazón con serenidad de espíritu en la escucha de la Palabra que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza interior para caminar por caminos de paz

Isaías 26, 1-6; Salmo 117; Mateo 7, 21. 24-27

Cuando nos sentimos con seguridad allí donde estamos parece que comenzamos a saborear las mieles de la paz; desde esa seguridad no tenemos miedo a los ataques que podamos recibir porque nos sentimos protegidos por aquello o por quien nos da esa seguridad; cuando procuramos por todos los medios mantener esa serenidad de nuestro espíritu nos sentimos fortalecidos para afrontar todos los embates y peligros y nada nos va a perturbar en nuestro corazón. Tarea difícil sin embargo tenemos que reconocer cuando nos falta la confianza, tarea difícil porque quizás en momentos determinados buscamos apoyos allí donde no vamos a encontrarlos, o porque dejamos que la confusión se meta dentro de nuestro espíritu que como vientre de caballo de Troya nos va a hacer perder esa estabilidad. Mantener la calma y la serenidad, pero conocer bien la roca sobre la que hemos edificado nuestra vida.

Espiritualmente es un camino de fe el que hemos de realizar, pero un camino que hemos de cimentar bien para que no haya errores ni confusiones, para que no se tambalee nuestra fe cuando aparezcan las oscuridades, para que no andemos zarandeados de una lado para otro dejándonos arrastrar por el más fuerte o novedoso canto de sirena que pueda sonar en nuestros oídos.

El profeta hoy nos ha hablado de una ciudad fuerte con sus murallas y baluartes, fundamentado en la lealtad que le da ánimos para mantenerse firme y conseguir la paz. ¿De donde saca esos ánimos que le ponen en camino de lealtad? Porque sabe que el Señor es la Roca perpetua que nunca fallará.

Ser leales, qué importante. Aunque nos veamos zarandeados por muchas cosas de la vida que parece que nos quieren hacer perder el equilibrio. Tenemos que apoyar bien fuertes nuestros pies en el suelo, sobre esa roca que no nos falla y que nada podrá hacer resquebrajar. Muchas veces en la vida andamos como veletas dejándonos llevar de aquí para allá según el viento que nos sople. Nuestro anclaje tiene que ser fuerte, nuestros principios tienen que ser inamovibles, nuestros valores no pueden ser hoy unos y mañana cambiamos según las conveniencias.

Que importante que sigamos el camino que hemos emprendido porque tenemos claras las metas que tenemos en la vida. Es una madurez humana y espiritual que tiene que ir creciendo continuamente en nosotros. No es fácil, porque son muchas las influencias que recibimos; no es fácil, porque nos acecha la tentación de tantas ofertas que estamos recibiendo continuamente. Cada cual quiere arrimar el ascua a su sardina, como nos dice el refranero popular.

Por eso hoy Jesús nos habla de los buenos cimientos que tenemos que darle a nuestra vida; no nos podemos quedar en apariencias ni en palabras bonitas, hemos de saber enraizar bien nuestra vida. El árbol que tiene raíces superficiales ante el menos viento es derribado. La casa edificada sobre arena, nos dirá Jesús en sus alegorías y comparaciones, es derribada cuando viene la tormenta y el huracán; la que está bien cimentada sobre roca y en el lugar más oportuno permanece.

Algunas veces somos atrevidos desde falsas seguridades cuando queremos apoyarnos solo en nosotros mismos, nos metemos en la boca del lobo, vamos donde sabemos que nos vamos a encontrar en peligro; tenemos que tener fuerza de voluntad pero sobre todo claridad de espíritu para ver donde tenemos que estar y lo que tenemos que hacer.

Hoy nos dice Jesús que no nos basta decir ‘¡Señor! ¡Señor!’, sino que es necesario algo más. Y nos habla de la Palabra de Dios que tenemos que escuchar, y plantar en nuestro corazón. ‘El que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos’, nos dice.

Ya en otro momento nos hablará de la semilla que no siempre sembramos en buena tierra; eso tenemos que ser, buena tierra, donde plantemos esa semilla de la Palabra de Dios para que pueda dar fruto, para que sea esa sabiduría de nuestra vida, para que sea esa fortaleza que nos mantiene firmes frente a las tentaciones del mal, esa luz que nos ilumine, ese sentido de nuestra vida que nos ayude a caminar por caminos de lealtad. Podremos alcanzar la paz, podemos sentirnos seguros en el Señor.

viernes, 16 de agosto de 2024

Analicemos cuáles son los valores por los que nos movemos y busquemos lo que dé verdadera madurez a nuestra vida

 


Analicemos cuáles son los valores por los que nos movemos y busquemos lo que dé verdadera madurez a nuestra vida

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Mateo 19, 3-12

Es cierto que a nadie le gusta caminar con una carga pesada sobre sus hombros, y si podemos nos la quitamos de encima; hoy, por cierto, queremos aliviar nuestros trabajos y nos valemos de lo que sea para lograrlo, y de lo que nos cuesta queremos liberarnos porque además nos están educando en que solo buscamos lo fácil y el esfuerzo por alcanzar aquello que es difícil lo rehuimos, porque pensamos que todo en la vida tiene que ir por caminos de comodidad.

No todo esfuerzo tiene que ser un calvario para nosotros, pero eso depende del sentido que le vamos dando a la vida, de lo que valoremos el esfuerzo y la superación, de los deseos que tengamos de alcanzar altas metas aunque sean costosas. ¿No estaremos haciéndonos una sociedad de cómodos y débiles porque no valoramos el esfuerzo y el sacrificio? Tendríamos que analizar mejor los valores por los que nos movemos, el motor que de verdad mueve nuestra vida, las motivaciones que ponemos en lo que hacemos.

¿No te gusta una cosa? Déjala a un lado, tírala y busca algo nuevo, es un poco el estilo por el que nos estamos manejando. Y ya ni nos preocupamos de cuidar las cosas que tenemos, porque si se estropea sabemos que inmediatamente la podemos sustituir por otra. ¿Podemos tener esto como  norma de nuestra vida, como la manera de hacer las cosas? Y esto ya no se refiere solo a las cosas sino que será también en el trato de las personas, que parece que poco menos que las utilizamos como cosas, que cuando no nos sirven las desechamos.

¿Qué pasa, por ejemplo, con lo que pasa con los mayores que ya no nos son productivos sino que mas bien en su dependencia pueden estar costándonos y por eso también los arrimamos a un lado en la sociedad en la que vivimos, y si podemos los desechamos? Es mucha la amplitud en variedad de situaciones que le podemos dar a esta reflexión que nos venimos haciendo y a esa manera de actuar a la que nos vamos acostumbrando. ¿Cuál es realmente el valor que le estamos dando a la persona? Es algo serio lo que nos estamos planteando.

Pero esto no es nuevo, no pensemos que nos lo hemos inventado en los tiempos modernos, aunque sin embargo parece que se agravan estas situaciones. Hoy en el evangelio le están haciendo a Jesús este planteamiento en relación al matrimonio. Es la pregunta clásica de todos los tiempos. ¿Está bien o no eso de divorciarse? ¿Podemos o no podemos hacerlo? Un planteamiento al que hoy se le quiere dar una solución fácil.

Pero Jesús quiere ir a algo más hondo y nos recuerda donde está el origen del sentido del matrimonio. ‘¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’.

Es algo más que una pasión. ¿Nos lo habremos planteado el matrimonio como un proyecto de vida que nace de un amor profundo, como para dejarlo todo para compartir una vida? Y un proyecto de tal envergadura no puede nacer solo del impulso de un momento, de una pasión que nos ciega, de un instinto de la naturaleza sino que ha de nacer de lo hondo de la persona poniendo buenos cimientos y comprometiéndoos seriamente en su edificación y conservación de cada día.

Un proyecto es algo que tiene que ir creciendo en cada momento, enriqueciéndose paso a pasa, realizándose en un camino en comunión. Tendrá sus dificultades, encontraremos cosas que nos cuesta realizar, nos exigirá un esfuerzo de superación, nos obligará a corregir las desviaciones que puedan ir surgiendo en el desarrollo del proyecto, no olvidar nunca y tener en cuenta siempre que es lo que estamos pretendiendo.

Pero claro en esta sociedad nuestra tan comodona, que se mueve tanto solo por lo que es fácil, un proyecto así le resulta costoso, como costoso ha sido también el poner unos buenos cimientos, pero que son necesarios para que el edificio no se nos venga abajo. Y costoso será el amor, y costoso será el aceptarnos mutuamente, y costoso es todo crecimiento para llegar a dar esos frutos de madurez.  

Mucho tendríamos que reflexionar en este sentido antes de estar buscando soluciones fáciles y rápidas que siempre nos van a dejar secuelas en la vida.

 

jueves, 27 de junio de 2024

No nos podemos quedar en formalismos, sino que tenemos que dar calor de vida lo que hacemos y vivimos, busquemos ese cimiento que dará intensidad a la vida

 


No nos podemos quedar en formalismos, sino que tenemos que dar calor de vida lo que hacemos y vivimos, busquemos ese cimiento que dará intensidad a la vida

2Reyes 24, 8-17; Salmo 78; Mateo 7, 21-29

No sé si nos habrá sucedido en alguna ocasión; nos invitaron a visitar una casa, una familia; fuimos bien recibidos con las atenciones que la buena educación y cortesía exigen, pero de alguna manera nos daba la impresión que nos encontrábamos como ausentes en aquella situación; todo era muy correcto, por todas partes brillaba la limpieza y el orden, quizás incluso nos ofrecieron como señal de atención algunas viandas o algunas bebidas, pero notábamos que faltaba algo. Todo era demasiado formal, correcto, con mucha cortesía, pero no había calor en el trato, la conversación se volvía fría e insulsa, había momentos en que nos sentíamos cortados porque realmente no sabíamos que hacer o qué decir porque falta un algo en la conversión, en la mirada, en las cosas que nos ofrecían; parecía que faltaba alma y todo era pura formalidad.

Puede ser una situación en la vida, pero con ello quizás podríamos estar señalando algo más hondo que nos falta en la vida, y en este caso concreto, pienso en nuestra vida fe y la forma de vivir nuestra religiosidad. Podemos ser muy formalistas y cumplidores, porque quizá no faltamos a misa nunca los domingos, porque hasta rezamos el rosario todas las noches, porque somos muy rigurosos en el cumplimiento de tradiciones y costumbres que nos vienen heredadas, pero nos quedamos en eso.

Os voy a ser sincero en algo que observo muchas veces en nuestras celebraciones religiosas. Somos muy fieles y cumplidores, no nos queremos saltar ninguna norma litúrgica y somos fieles hasta en la más mínima coma, por decirlo de alguna manera, no nos pueden faltar en nuestros pueblos nuestras fiestas patronales y las procesiones correspondientes, pero nos encontramos con comunidades frías y poco comprometidas. Empezando porque muchas veces a nuestras celebraciones les falta el calor de la vida.

Y no es que el sacerdote no se esfuerce en ofrecernos hermosas homilías como comentario a la Palabra de Dios proclamada, pero no hay calor de fiesta en nuestros encuentros y en nuestras celebraciones. Es algo más lo que necesitamos. Cada uno andamos por nuestro banco, y que nadie venga un día y ocupe nuestro sitio porque hasta nos ponemos de mal humor, pero no hay alegría en la celebración, en la manera de saludarnos o de darnos la paz, en la forma en que estamos unos al lado de los otros – bueno y eso es un decir que parece que estamos a kilómetros de distancia los unos de los otros – pero no se nota la cordialidad de los que se aman, de los que se sienten miembros de una misma comunidad.

¿No termina la celebración y cada uno nos apresuramos a salir lo más pronto posible y quizás nos cruzamos en la plaza pero pasamos unos al lado de los otros como si no nos conociéramos o hubiéramos estado hace un rato juntos en una misma celebración? Es una triste realidad. Falta calor de humanidad en nuestras comunidades cristianas y en nuestras celebraciones, en lo que es la expresión de nuestra vida religiosa.

Fijémonos en lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”. Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí…’

Decimos, ‘Señor, Señor’, pero nos falta algo más. Hay está esa frialdad con que vivimos las cosas. Puro formalismo pero poca vida. Es tremendo. Y Jesús nos dice que cuando andamos con esa superficialidad – porque eso es superficialidad – seremos como la casa edificada sin buenos cimientos. Cuando vengan los malos tiempos se derrumbará. ¿No será lo que nos está sucediendo en nuestras comunidades que se nos derrumban? ¿No nos quejamos muchas veces de que nuestras iglesias se vacían, que no somos sino personas mayores los que quedamos en la asistencia a nuestras celebraciones? ¿No habremos estamos cultivando esa superficialidad?

A nivel personal es algo que tenemos que pensarnos muy bien. ¿Qué cimientos le estoy dando a mi vida cristiana, a mi religiosidad, a mi vida espiritual? ¿Estaremos en verdad reflejando lo que llevamos dentro en ese compromiso con la vida, en esa alegría con que vivimos y celebramos nuestra fe, o será que no llevamos nada dentro? Si estamos edificando nuestra vida sobre arena, sabemos cómo va a terminar.

Y es lo que tenemos que pensarnos también muy bien en referencia a lo que es nuestra Iglesia, lo que tienen que ser nuestras comunidades cristianas y nuestras parroquias. De alguna manera tenemos que buscar esa vitalidad que falta. Creo que tenemos que plantearnos muy en serio ese compromiso con la vida en medio de la sociedad como cristianos, como Iglesia.

jueves, 7 de diciembre de 2023

No hagamos de la vida un edificio rocambolesco que se queda en apariencia, sino demos profundidad apoyándonos en la Palabra de Dios

 


No hagamos de la vida un edificio rocambolesco que se queda en apariencia, sino demos profundidad apoyándonos en la Palabra de Dios

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Muchas veces tenemos la tentación de disimular en bonitas fachadas o apariencias la debilidad y la inestabilidad que hay en el interior. Muchas veces nos puede suceder, incluso como una reacción a nuestra propia debilidad, a nuestras propias deficiencias; no queremos que nos noten débiles, que lleguen a descubrir donde están nuestros talones de Aquiles, por donde todo se nos podría venir abajo. Y nos rodeamos de oropeles, nos envolvemos de apariencias; queremos aparentar que somos fuertes, mientras en nuestro interior no tenemos la más mínima voluntad para superarnos; nos envolvemos con bonitas palabras que tomamos de aquí o de allá, pero no dejar traslucir nuestra falta de sabiduría y nuestra ignorancia. Un edificio que hacemos muy rocambolesco por fuera, pero que dentro no nos sirve para nada, ni tiene la fortaleza suficiente para mantenerse en pie frente al más mínimo vendaval. Es la inmadurez, la superficialidad en la que muchas veces asentamos la vida.

Y lo malo además sería que estuviéramos construyendo una sociedad que solo sea fachada. Nos preocupamos mucho de cosas que llamen la atención, que encandilen a la gente, que contente a la mayoría haciéndole olvidar quizás otros valores que necesita la sociedad u otras carencias de las que nos queremos ser conscientes. Terrible una sociedad sin fundamentos, sin valores, sin verdadera madurez, porque solo buscamos la superficialidad, el pasarlo bien de la manera más fácil, el mínimo esfuerzo, el que todo nos lo den hecho. Se tambalea nuestra sociedad por la falta de valores; se tambalea nuestra sociedad edificada superficialmente y para contentar a los que rehuyen el esfuerzo y la auténtica responsabilidad.

Y cuidado que los cristianos nos dejemos arrastrar por esos cánticos de sirena, caigamos también en esas redes de superficialidad. Tenemos que dar la talla, mostrar esos verdaderos valores que guían nuestra vida y por lo que estamos dispuestos a darlo todo porque queremos darle profundidad y madurez a nuestra vida. Tenemos que ser ejemplo de responsabilidad, de confianza, creando cauces con nuestro ejemplo y nuestro testimonio de ese rumbo nuevo que tenemos que darle a la vida.

Hoy nos previene Jesús. No quiere que edifiquemos nuestra vida sobre arena, no quiere que nos quedemos en apariencias, quiere que vayamos a lo más hondo, a lo más profundo. Claro que buscar un cimiento que esté bien fundamentado en la roca nos exige esfuerzo, no es ir a lo que salga, sino que tenemos que ahondar, profundizar hasta encontrar esa roca firme sobre la que edificar y poner buenos fundamentos.

Nos habla Jesús de la Palabra de Dios, verdadera sabiduría de nuestra vida. ¿Dónde mejor buscar esa sabiduría sino en el Dios que nos ha creado para poder encontrar ese verdadero sentido de nuestra vida? De ahí la atención con que hemos de escuchar a Dios, profundizar en su Palabra. No basta oírla como palabras que se lleva el viento. Es necesario escuchar y para escuchar hay que prestar atención, abrir los oídos de nuestro interior, masticar en la reflexión esa Palabra que escuchamos para poder traducirla luego en las obras de nuestra vida. Cuidado seamos superficiales en la escucha de la Palabra de Dios. Nos creemos que nos la sabemos y no llegamos a descubrir lo que aquí y ahora, en este momento y en esta situación de mi vida, Dios quiere decirme, Dios quiere revelarme.

No podemos hacer como con tantas cosas en la vida que siempre vamos a la carrera; a la carrera no podemos ir a escuchar la Palabra de Dios, busquemos serenidad en el espíritu, hagamos silencio interior para que nada nos distraiga ni nos disperse, dejemos que cale hondo en nosotros, aunque haya palabras que nos hieran en las fibras más íntimas de nosotros mismos, porque es señal de que hay algo enfermo que tenemos que curar.

domingo, 29 de enero de 2023

Los mejores cimientos para hacer de nuestro mundo el Reino de Dios los tienen los pobres y los humildes que no ponen la confianza en si mismos sino en Dios

 


Los mejores cimientos para hacer de nuestro mundo el Reino de Dios los tienen los pobres y los humildes que no ponen la confianza en si mismos sino en Dios

Sofonías 2, 3; 3, 12-13; Sal 145; 1Corintios 1, 26-31; Mateo 5, 1-12a

Me atrevo a comenzar afirmando que son los pequeños, los sencillos, los  humildes los que tienen las mejores piedras que sirvan de cimiento en la construcción de un mundo mejor. En esa dialéctica que se nos presenta de con quien contar cuando pretendemos realizar una obra importante, es fácil la tentación de querer buscar a personas de influencia, a personas de poder en todos los sentidos, a personas que nos parece que son los que están mejor dotados para realizar esa tarea.

¿Nos estaremos equivocando? Quizás esas personas muy llenas de si mismas solo se buscarán a sí mismas, porque no querrán perder esa influencia, esa poder aumentar sus propias ganancias y cuando  hablamos de ganancias podemos hablar de lo material o económico pero podemos hablar de la capacidad de influir o incluso manipular para que aumente su propio poder. Puede parecer el pez o el perro que se muerde el rabo, pero de alguna manera es lo que vemos que sucede. Quien se sienta en el sillón del poder difícilmente se querrá bajar de él, sino que lo que querrá es aumentarlo cada día más.

El que nada tiene ha aprendido a no poner su confianza en la posesión de cosas, por ejemplo, que no tiene, sino en si mismo, en su capacidad de lucha, en su humildad para saber comenzar desde abajo, en esa búsqueda de personas con los mismos sueños y los mismos ideales para realizar un trabajo de conjunto que a todos nos haga crecer como personas en ese deseo de conseguir siempre lo que sea mejor no para unos solos sino para todos. Los pequeños y humildes granos de arena debidamente valorados en lo que en sí son harán el montón o la montaña para transformarlo todo.

Ya nos hablaba el profeta hoy de ese pequeño y humilde resto de Israel que será de donde parta la restauración del pueblo de Dios. En aquellos momentos difíciles de la historia del pueblo, los poderosos o habían huido para refugiarse de las catástrofes que se avecinaban, o se habían unido a los que pretendían dominar sobre el pueblo de Dios, solo queda un pequeño resto, de gente humilde y que ya nada tiene, pero han sido los que han puesto su confianza en el Señor y serán la base de esa futura restauración de Israel.

En ese sentido nos está hablando Jesús. Han llegado los tiempos mesiánicos; El mismo lo ha anunciado como buena noticia en la que hay que creer, pero para la que tenemos que realizar un proceso de conversión. Y esa conversión  pasará por descubrir donde está el verdadero camino de salvación. Solo los que son incapaces ya de poner su apoyo y su confianza en valores del mundo o en valores materiales porque nada tienen serán el arranque de ese nuevo pueblo de Dios.

Por eso se ha mostrado Jesús realizando esos signos de ese cambio profundo que ha de realizarse si en verdad queremos optar por el Reino de Dios; los milagros que va realizando son signos de ese mundo nuevo; y es precisamente acercándose a los pobres, a los enfermos, a los que nada tienen y parece que han perdido sus esperanzas donde Jesús hace el anuncio de esa buena nueva, de esa noticia de salvación para todos.

Y serán los pobres y los sencillos, los que nada tienen y tienen su corazón lleno de angustia y sufrimiento, pero los que son capaces de compartir lo poco que tienen con los demás, los que tienen esa disponibilidad en el corazón para buscar siempre lo que es bueno y lo que es justo, los que tienen el corazón vacío de ambición pero muy lleno de búsqueda de rectitud y verdad, los que parecen incomprendidos de todos porque nunca piensan en si mismos sino que siempre estarán buscando lo bueno para los demás, los que van a entender de ese Reino Nuevo del que habla Jesús, los que en verdad van a vivir el gozo y la alegría de pertenecer a él, los que van a encontrar la mayor dicha en eso bueno que buscan para los demás.

De ellos es el Reino de los cielos, alcanzarán el mayor consuelo, sentirán la satisfacción de ver felices a los demás cuando vayan saciando sus vidas de lo mejor, podrán descubrir mejor que nadie el rostro de Dios, son los que en verdad se llenarán de Dios y serán dichosos sin fin. Como decíamos al principio son los que mejores piedras tienen para los cimientos de la construcción del Reino de Dios.

Es el mensaje que nos ha dejado hoy Jesús en el evangelio con las llamadas bienaventuranzas. Es el mensaje sublime que nos ofrece el evangelio y que muchas veces tanto nos cuesta entender, pero más aun, tanto nos cuesta vivir.  Somos esos pequeños de los que nos habla Jesús, pero reconocemos que también nosotros muchas veces tenemos la tentación de los grandes, la tentación del orgullo y de la vanidad, la tentación de esa búsqueda de poder o de influencia no precisamente para el bien. Por eso siempre hemos de tener en cuenta esa primera exigencia que Jesús nos hace para creer en esa Buena Noticia del Reino, hemos de estar siempre dispuestos a la conversión del corazón.

Así tendremos en verdad los mejores cimientos del Reino de Dios que queremos para nuestro mundo.

jueves, 1 de diciembre de 2022

El evangelio es algo más que un libro que nos ofrece unos relatos bonitos y entretenidos, es una buena noticia que nos ofrece un cimiento vivo para nuestra vida

 


El evangelio es algo más que un libro que nos ofrece unos relatos bonitos y entretenidos, es una buena noticia que nos ofrece un cimiento vivo para nuestra vida

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Me surge una pregunta. ¿Sobre qué estaremos hoy edificando la vida? ¿Qué es lo que estamos trasmitiendo a las nuevas generaciones? ¿Cuáles son los deseos profundos que tenemos hoy la mayoría de los mortales, por decirlo de alguna manera? No quiero decir que todos seamos iguales o hagamos lo mismo, y además, ¿por qué no? respetamos las opciones que otras personas puedan tomar desde sus principios o desde su concepción de la vida.

Estamos – o estamos creando – una cultura del mínimo esfuerzo, que todo nos lo den hecho, pero todos queremos ser grandes y poderosos. Que todo nos lo den, y exigimos derechos por todos lados, pero miramos poco cuales son nuestros deberes y responsabilidades. Todos queremos tener y cuanto más tengamos mejor, porque así decimos que vivimos bien, pero nos encontramos a la gente vacía de si mismos, con nada profundo por lo que luchar; ambicionamos para deslumbrar porque así pensamos que vamos a encontrar el respeto de los demás, pero muchas veces lo que queremos es dominar y manipular.

Ya lo venimos diciendo de alguna manera, nos sentimos vacíos, parece que no hay valores que merezcan la pena, sino el divertirnos y pasarlo bien, y cuando nos vienen las dificultades, porque las dificultades, vienen no sabemos a qué acudir, donde apoyarnos, tener unas raíces profundas que nos hagan mantenernos firmes frente a los vendavales de la vida. En ese vacío de la existencia, en ese vivir sin sentido, solo quizás para trabajar para poder tener más, pero sin siquiera disfrutar o saborear lo que tenemos, nos encontramos que vamos a la nada.

Con qué facilidad aparece el suicidio y hasta lo justificamos, con que facilidad queremos quitar de en medio lo que parece que ya no produce sino que más bien pueda generar gastos a la sociedad. Cuando nos cuesta enfrentarnos al sufrimiento, porque la enfermedad aparece, el accidente sucede, y nos cuesta aceptarlo y superarlo, porque lo que siempre habíamos pensado que era la vida era disfrutar y pasarlo bien. Y no quiero ser pesimista, pero es una realidad que nos rodea y que nos contagia.

¿Estaremos edificando la vida sobre arena? ¿Tenemos cimientos firmes en unos valores que de verdad llenen de sentido nuestra vida? ¿Dónde está el esfuerzo y la responsabilidad, la búsqueda de la unión y el entendimiento, de la armonía y de la paz en el corazón? ¿Habremos descubierto que no solo vivimos para nosotros mismos, sino que vivimos en una sociedad en la que tenemos que hacer los unos por los otros? ¿Se habrá endurecido el corazón?

Hoy Jesús nos ha puesto ese ejemplo, precisamente, en el evangelio. La casa edificada sobre roca o sobre arena. La que no está edificada con un cimiento firme y fuerte cuando viene el temporal se derrumba. Es necesario darle buenos cimientos a nuestra vida. Y Jesús nos ofrece su Palabra, la Palabra de Dios, para que en verdad cimentemos nuestra vida. Es algo que incluso nosotros los cristianos tenemos que revisar muy bien, muy a fondo. ¿Qué lugar está ocupando en nuestra vida?

El evangelio es algo más que un libro que os ofrece unos relatos bonitos y entretenidos. El evangelio es una buena nueva que se pronuncia para nosotros, es siempre una buena noticia que nos ofrece algo nuevo y vivo para nuestra vida. Mucho hemos navegado superficialmente por las páginas del evangelio. Es hora que nos detengamos, que lo rumiemos, que lo metamos en el corazón, que hagamos encontrar nuestra vida con su mensaje, que nos dejemos iluminar por esa luz resplandeciente que nos ofrece. Pero tenemos que ir con fe al Evangelio. Porque en esas páginas está la Palabra que Dios quiere decirnos, para que fundamentemos de verdad nuestra vida.

Demasiado hemos convertido nuestra religiosidad en unas devociones o unos fervores del momento y así nos quedamos con un cumplimiento que se queda vacío y sin contenido. La reevangelización que necesita hoy nuestro mundo, y también tenemos que decir nuestra Iglesia, no se puede quedar en resucitar devociones donde realicemos unos actos piadosos muy emotivos – y estamos viendo muchas de esas cosas en mucha de la labor pastoral que se realiza -, que se pueden quedar en el fervor del momento.

 Tenemos que ir a la profundidad del evangelio, a dejarnos interpelar en nuestra vida por el mensaje de Jesús, a empaparnos de esos valores que nos enseña el evangelio, para que allí donde estemos, en casa y en la familia, en el trabajo o en los momentos de diversión, en los momentos felices o en los momentos duros que nos aparecen continuamente en la vida, seamos capaces de vivir con profundidad, encontrarle un sentido y un valor, vivirlos con una responsabilidad nueva y profunda, e ir contagiando a ese mundo que nos rodea de ese espíritu y sentido del evangelio.

Miremos en qué estamos cimentando la vida como cristianos.

sábado, 10 de septiembre de 2022

Es necesario darle profundidad a nuestra vida y a nuestra fe, ese crecimiento espiritual que tenemos que ir realizando en profunda espiritualidad

 




Es necesario darle profundidad a nuestra vida y a nuestra fe, ese crecimiento espiritual que tenemos que ir realizando en profunda espiritualidad

Corintios 10, 14-22; Sal 115; Lucas 6, 43-49

Cuando vamos a plantar o trasplantar un árbol cavamos profundo en la tierra para hacer un espacio lo suficientemente amplio para poder enterrar bien sus raíces que luego se extenderán profusamente en el suelo para quedar bien enraizado y pueda obtener los nutrientes necesarios para que el árbol prospere, un día nos ofrezca exuberantes ramas presagio de las flores y los frutos que un día podremos obtener.

Hoy nos habla Jesús del árbol que da buenos frutos, como queriendo indicarnos lo que nosotros hemos de conseguir hacer en la vida; ser ese árbol bueno que no se quede en darnos maderas para el fuego, sino que un día pueda ofrecer buenos frutos. Pero es necesario estar bien enraizado, haber encontrado esa profundidad de donde las raíces puedan sacar los necesarios nutrientes. Y ese es un tema muy importante en la vida.

Vivimos en un mundo con demasiadas superficialidades; algunas veces ni en los estudios exigimos a los estudiantes que ahonden y profundicen bien en aquello que estudian que les está preparando un buen futuro; por otra parte vivimos en una carrera loca donde de la manera más rápida logremos eso que decimos de disfrutar de la vida; evitamos los esfuerzos, no somos exigentes ni con nosotros mismos para proponernos metas grandes ni para luego luchar por ellas; en la vida lo queremos todo pronto y fácil; en esa loca carrera no queremos detenernos para ahondar en las cosas, para buscar donde están los verdaderos nutrientes de la vida, y terminamos con una vida muy superficial.

Y de eso que está en el ambiente podemos contagiarnos todos. No queremos entender que el edificio le levanta piedra a piedra, que aunque con los modernos métodos de construcción parece que nos dan las cosas hechas, prefabricadas y lo que tenemos que hacer a lo sumo es montarlas; nos olvidamos que esa prefabricación ha llevado también un tiempo y un proceso, y que otros hayan realizado bien su trabajo para que ahora todo quede bien ensamblado. Como muchas veces solo vemos el último momento, nos parece que todo va por lo pronto y por lo fácil, olvidando lo que hay detrás.

Así en la vida, si ahora nos encontramos con algo serio y bien pensado, recordemos el tiempo que ha habido detrás de preparación, de profundización, de ahondar bien en los cimientos de la vida para lograr lo que ahora tenemos. Podemos pensar en todos los aspectos de la vida, y tenemos que pensar en lo más hondo de nosotros mismos que tenemos que saber construirlo desde lo más profundo. Y tenemos que hablar de nuestra fe y de lo que es nuestra vida cristiana. Porque de esa superficialidad podemos contagiarnos a la hora de vivir nuestra fe o manifestarnos como cristianos, como creyentes en Jesús.

Hemos comenzado hablando de las raíces del árbol que hemos enterrado, pero Jesús nos ha hablado hoy en el evangelio también de los cimientos sobre los que tenemos que construir la casa de nuestra vida, el edificio de nuestra fe. Y nos habla Jesús de la escucha de la Palabra de Dios, tan importante y tan necesaria. Y escuchar no es solo que lleguen unos sonidos a nuestros oídos, sino prestar atención para que lo que oímos lo escuchemos también.

Es como el que va perdiendo audición en sus oídos y al final lo que escucha son cosas diversas como revueltas que se convierten en un ruido ininteligible; necesitará unos audífonos que le clarifique los sonidos, que le hagan escuchar bien y poder comprender lo que oye – lo digo por experiencia -; es lo que necesitamos de esa escucha de la Palabra de Dios, que llegue de forma inteligible a nuestro corazón, que la plantemos de verdad en nuestro corazón, para que seamos en verdad ese árbol que al final da buenos frutos.

Es la profundidad que tenemos que darle a nuestra vida y a nuestra fe; es ese crecimiento espiritual que tenemos que ir realizando en nuestra vida; es esa espiritualidad profunda que nos ayudará a encontrar el verdadero sentido de las cosas; es ese empuje de la gracia que moverá nuestros corazones y nuestra vida para manifestar de forma auténtica nuestra fe.

martes, 24 de mayo de 2022

Nos enviará Jesús el Espíritu que no solo nos liberará de nuestros agobios, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior

 


Nos enviará Jesús el Espíritu que no solo nos liberará de nuestros agobios, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Hay ocasiones en que nos ponemos tristes, nos ponemos tensos y agobiados solamente pensando en el futuro. Hay personas, y nos puede pasar algunas veces a nosotros, que solo pensando en lo que nos pueda suceder mañana, ya nos hace llenarnos de agobios; de alguna manera buscamos seguridades, buscamos seguridad ante el futuro. ¿Qué va a ser de mí? Si me sobreviene una enfermedad, ¿cómo la afrontaré? Y los padres se preguntan por el futuro de los hijos, o pensamos en nosotros mismos que nos podamos quedar solos en la vida. Muchas cosas que nos agobian. ¿Dónde encontrar la confianza que nos dé seguridad en la vida?

Ante los imprevistos que nos pueda presentar la vida hay quien se agobia sin que nada le haya sucedido. Nos tambaleamos muchas veces, nos sentimos inseguros, nos trabajamos unas seguridades en lo social para que tengamos las cosas resueltas y aun así nos agobiamos. ¿Serán las inseguridades que llevamos en nuestro interior? Nos faltan quizá certezas, queremos tener respuestas para todo y en ocasiones nos quedamos sin saber qué responder o cómo afrontar lo que nos puede venir. Y vienen las tristezas, la falta de una verdadera alegría por esa inseguridad en la que vivimos, por esa quizás desorientación que pudiera haber en nuestro interior. ¿Nos faltará valentía en la vida?

Necesitamos una fortaleza interior. Como el edificio que tiene que tener unos sólidos cimientos, pero también una muy elaborada estructura que no solo de forma, sino que dé fortaleza a todo el conjunto del edificio. Serán los valores por los que regimos nuestra vida, los principios que dan fundamento a lo que vamos haciendo en la vida, es esa riqueza interior que nos hemos ido creando para dar respuestas, para encontrar soluciones, para mantener la serenidad del espíritu frente a las tormentas que nos va ofreciendo la vida. Lo podemos llamar espiritualidad, o lo podemos llamar vida interior, es el alimento de nuestro espíritu que no es solo el alimento con que nutrimos nuestro cuerpo. De este alimento nos preocupamos, pero qué poco tenemos en cuenta ese otro alimento que nutra nuestro espíritu.

Hoy Jesús, ante la tristeza que se va apoderando de los discípulos por todo aquello que Jesús les está anunciado, les habla de la presencia del Espíritu que les enviará desde el seno del Padre. Físicamente van a dejar de ver a Jesús pero una nueva presencia van a sentir por la fuerza del Espíritu. No tendrán a Jesús que una y otra vez les corrija y les enseñe, tan duros como son de corazón y de mente, pero el Espíritu se los recordará todo.

‘Os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’, les dice Jesús. El Espíritu que nos hará ver el juicio de Dios, pero el Espíritu que será nuestra luz y nuestra fuerza, que nos liberará de las peores angustias porque hará que se caigan tantas cadenas que nos atan en la vida, el Espíritu que pondrá alegría en el corazón porque nos hará sentir de manera nueva la presencia de Jesús, aunque podamos estar por otra parte pasando por noches oscuras de sufrimientos o de problemas. Es el Espíritu que en verdad nos hará grandes porque no solo nos liberará de apegos o de angustias, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior.

 

sábado, 11 de septiembre de 2021

No dejemos que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se levante de cualquier manera sino que sea sobre los cimientos sólidos del evangelio

 


No dejemos que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se levante de cualquier manera sino que sea sobre los cimientos sólidos del evangelio

1Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49


En las cercanías de mi casa van a levantar un edificio; llevan ya unos cuantos meses preparando la cimentación; uno que no entiende demasiado de edificaciones al ver todo el tiempo que han invertido en preparar la cimentación se pregunta si era necesario todo lo que han hecho excavando el terreno, quitando la tierra que lo conformaba, comenzando con un nuevo relleno y así no sé cuantas cosas más; ahora parece que ya van a comenzar a levantar el edificio. Pero si preguntamos a un perito o técnico nos dará muchas explicaciones sobre la necesidad de que la cimentación estuviera bien firme para poder dar seguridad a la edificación.

Pienso en la vida, en mi vida y en todo lo que es la formación de la persona a la que se ha de dedicar el tiempo que sea necesario para encontrarnos al final con una persona debidamente formada y preparada en todos los aspectos, una persona madura que pueda afrontar todos los retos de la vida. Quizá cuando estamos en ese periodo de formación, nos preguntamos muchas veces como aquel que veía la preparación de la cimentación del edificio, si todo eso es necesario, que ya la vida misma nos enseñará y cada uno sabrá salir adelante como pueda. Grave error que podemos cometer.

Es el ejemplo y la comparación que nos propone hoy Jesús en el evangelio para lo que ha de ser la verdadera cimentación de nuestra vida cristiana. Muchas veces lo dejamos al azar, a lo que salga, a lo que buenamente podamos ir aprendiendo, pero no nos hemos fundamentado la mayor parte de las veces en lo que en verdad tiene que ser nuestro fundamento. Y así vamos los cristianos con nuestra mediocridades, así vamos con nuestra superficialidad, así vamos con nuestra tibieza y nuestras desganas, con nuestra falta de compromiso y con nuestro testimonio pobre, así vamos con una espiritualidad que no tiene fundamento, así vamos simplemente dejándonos arrastrar por tradiciones pero no convirtiendo nuestra fe en el eje fundamental de nuestra vida.

Nos habla Jesús de la casa cimentada sobre roca o la casa cimentada simplemente sobre arena. Y como nos dice Jesús vendrán los temporales, vendrán las tempestades, vendrán los vientos y las lluvias y la casa no resistirá. Nos está pasando en la dejadez con que vivimos nuestra vida cristiana. Todos quizás muy preocupados de que el niño se bautice lo más pronto posible – cuantas angustias de muchas abuelas que ven que sus nietos no han sido bautizados a los pocos días – pero qué poca preocupación luego por darle a ese niño según vaya creciendo una verdadera formación cristiana que le haga madurar en su fe. Claro que muchas veces en los mayores la fe es poco madura y poco fundamentada. Luego nos parecerá mucho los años de catequesis, y veremos como una carga el pensar que tenemos que seguirnos formando y madurando en nuestra fe.

Cuando llegan los problemas de la vida no sabemos cómo afrontarlos desde un sentido cristiana; cuando vemos los problemas de nuestro mundo pronto queremos encontrar el milagro fácil que nos lo resuelva todo, pero cuando nos preguntan por la razón de nuestra fe nos quedamos callados y no sabemos cómo responder. Han faltado esos cimientos y esas columnas que sostengan de verdad el edificio de nuestra vida cristiana.

Por sus frutos los conoceréis, nos está diciendo Jesús en el evangelio. Y el árbol bueno tiene que dar frutos buenos, pero ¿cuáles son nuestros frutos? De lo que hay en el corazón habla la boca, nos dirá también Jesús, pero ¿qué es lo que hay en nuestro corazón muchas veces sino superficialidad? ¿Qué es lo que en verdad podemos decir de nuestra fe?

Interrogantes y planteamientos que nos tenemos que hacer. Dejemos que en verdad cale en nosotros el evangelio de Jesús. Muchas veces se ha quedado como una llovizna superficial que solo en algunas cosas externas nos ha empapado, pero no ha llegado a calar esa lluvia de la Palabra de Dios hasta la raíz profunda de nuestra vida.

jueves, 3 de diciembre de 2020

Tenemos que saber encontrar momentos de silencio, de oración, de reflexión personal y comunitaria de la Palabra como verdadero cimiento de la vida cristiana

 


Tenemos que saber encontrar momentos de silencio, de oración, de reflexión personal y comunitaria de la Palabra como verdadero cimiento de la vida cristiana

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Se estaba comenzando la obra, la construcción del edificio se las prometía por la belleza de sus formas y por el volumen de la construcción; se había despejado el terreno y se estaban abriendo lo que serían sus cimientos; y como siempre llegó el ‘entendido’ que siempre aparece con sus opiniones descabellados; mira tú, no era necesario hacer esos cimientos tan grandes, para qué enterrar tanto material, tanto hierro, tanto hormigón…  y todas esas cosas que solemos escuchar, como decía mi madre, de los abogados de secano; cuando alguien se daba de entendido y quería explicar a su manera la solución de todas las cosas, mi madre tenia esa expresión para referirse a ellos, permítanme esa libertad de recuerdo.

No soy el entendido en esas cosas, pero todos sabemos que para poder levantar un edificio hay que hacer la cimentación adecuada y los técnicos son los que están llamados a señalar lo que es necesario. Pero he querido tomar esta imagen – y en relacion precisamente a los ejemplos que nos pone Jesús en el evangelio a manera casi de parábola – porque demasiado en la vida vamos sin la debida fundamentación, sin la autentica profundidad.

Lo necesitamos en todos los aspectos de la vida, no podemos quedarnos en superficialidades, tenemos que darle hondura a nuestro pensamiento y buscar esos valores fuertes y profundos que nos sirvan de cimientos en la vida. Cuando hacemos las cosas tenemos que razonar debidamente en el por qué las hacemos y en el buscar lo que le de un mayor sentido y profundidad a todo lo que hacemos. No podemos hacer las cosas sin pensar, a lo que salga, tenemos que proyectar bien nuestra vida y encontrar lo que le de verdadero sentido y profundidad. Si es necesario valernos de quien nos ayude, pues tenemos que hacerlo reconociendo con humildad que no siempre sabemos hacer todo con esa profundidad que le de sentido y acudimos a quien nos pueda ayudar, a quien nos pueda aconsejar.

Y esto por supuesto en todo lo que hace referencia a nuestra vida cristiana. Muchas veces vivimos nuestra religiosidad de manera superficial sin darle toda la profundidad que nos pide el evangelio de Jesús. Pero sobre todo, hemos de reconocerlo, es por desconocimiento aunque nos creamos cristianos de toda la vida, porque no hay quien crea más que yo, que decimos tantas veces, o venimos de unas familias de recia tradición cristiana. No negamos los orígenes de nuestra fe fundamentados en los valores que hemos recibido de nuestra familia, pero todo eso tenemos que saberlo rumiar y hacerlo nuestro para vivirlo no en el contexto que quizá vivieron nuestros mayores, sino para vivirlo en el mundo que hoy nos ha tocado vivir.

Muchas veces toda nuestra formación catequética fue la que recibimos cuando niños, que si bien nos pudo valer en aquella etapa de nuestra vida – a pesar de muchas carencias que quizá también podríamos encontrar en la formación recibida – ahora que como personas hemos madurado así tenemos que hacer madurar nuestra fe.


No basta decir ‘Señor, Señor’, nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio sino que escuchemos la Palabra de Dios y la plantemos en nuestro corazón. Ahí tenemos que encontrar ese fundamento, esa fuerza, esa verdadera cimentación de nuestra vida. pero esa Palabra de Dios escuchada en la profundidad del corazón, esa Palabra rumiada en silencio y hecha oración, esa Palabra de Dios reflexionada no solo por nosotros mismos sino en medio de la comunidad.

Son esos necesarios momentos de silencio, de oración silenciosa, de reflexión personal en nuestro interior, y también en el encuentro con otros hermanos en la comunidad. Tenemos que saber encontrar esos espacios en nuestra vida personal pero también en el caminar de la comunidad cristiana. No nos podemos contentar simplemente con que digamos que vamos a Misa el domingo y ya cumplimos como tantas veces decimos sino saber encontrar tiempo para ese silencio, esa reflexión, ese rumiar una y otra vez la Palabra del Señor que escuchamos.

Algunos piensan, bueno yo ya estoy comprometido haciendo muchas cosas buenas por los demás, y ya voy a Misa los domingos cuando puedo, pero tenemos que darnos cuenta que eso solo no nos basta que necesitamos algo más. El edificio que no son solo puertas y ventanas, paredes y cubiertas, sino que ha de tener sus cimientos allá en el silencio de la profundidad aunque no los veamos.

Es lo que necesitamos urgentemente y tendría que ser nuestro propósito de Adviento para vivir con intensidad nuestra fe y todo nuestro compromiso cristiano. De lo contrario vendrán los vientos y se llevarán todo lo que pensamos que habíamos edificado.