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sábado, 12 de septiembre de 2026

Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

 


Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

1Corintios 10, 14-22; Salmo 115; Lucas 6, 43-49

Como siempre el evangelio siembra interrogantes dentro de nosotros y nos hace plantearnos muchas preguntas y nos deja con muchas inquietudes. Claro que depende también de la sinceridad con que vayamos a escucharlo, o si no ponemos corazas a nuestro alrededor que impidan que la Palabra de Dios, como espada de doble filo que se nos dice en otro lugar, pueda penetrar a lo más hondo del corazón y sembrar esa inquietud en nosotros; porque es cierto que somos capaces de ponernos filtros en nuestros oídos para escuchar solo lo que nos agrade o nos parezca que viene a ensalzar lo que podamos estar haciendo. Lejía de lavandero, fuego de fundidor son imágenes que escuchamos en la Escritura santa para hablarnos de la intensidad con que quiere llegar a nosotros la Palabra de Dios.

En estos pocos versículos, que parece que de forma desordenada se nos ofrecen hoy comienza haciendo que nos preguntemos qué clase de árbol somos en realidad nosotros sobre todo cuando somos capaces de reconocer que no siempre los frutos que damos son todo lo buenos que deberían ser; o preguntarnos también cuales son los cimientos de nuestras vidas porque somos conscientes de cómo nos tambaleamos fácilmente ante cualquier movimiento que nos deja llenos de inseguridad, o cómo fácilmente somos hoja que se lleva el viento cuando nos arrecian los temporales de la vida.

Sabemos que tenemos que ser buenos sembradores de las mejores semillas. Claro que las semillas que tenemos en nuestras manos salen de esos frutos que nosotros damos en la vida, y muchas veces más que hermosos frutales que nos den jugosas y sabrosas frutas, nos hemos maleado tanto que más bien parecemos zarzales con los que nos dañamos los unos a los otros. ¿Hasta dónde hemos llegado? ¿Nos quedamos en la apariencia de vistosos ropajes pero al final somos árboles infecundos que no producen fruto?

Las apariencias nos engañan, con nuestras apariencias y vanidades incluso con palabras bonitas pero vacías de contenido somos un engaño para los demás. Podemos hacer un discurso muy bello plagado de hermosas palabras y aparentemente sabios consejos, pero si dentro de nosotros mismos estamos vacíos porque en la vida no reflejamos nada de esos bonitos consejos, todo se quedará en apariencia, en exigencia que quizás presentamos para el otro, pero como no nos hemos exigido a nosotros mismos al final nuestra vida no llegará a dar fruto de verdad.

Hemos de saber reconocer nuestra debilidad y que también nosotros somos pecadores y entonces nuestra humildad y sinceridad serán buenas piedras que nos sirvan de cimiento para ese edificio de nuestra vida. Con nuestra humildad reconocemos donde está nuestra fortaleza y nuestra verdadera sabiduría, que ya no será cosa nuestra sino obra del Señor con la fuerza de su Espíritu. Será lo que en verdad hará fecunda nuestra vida y hará que nuestro testimonio pueda llevar al convencimiento de los demás. Se estará manifestando así nuestra congruencia, a pesar de nuestra debilidad, porque queremos cimentar bien nuestra vida en el Señor, en su Palabra y en la fuerza y sabiduría de su Espíritu.

Es lo que hoy también nos está interrogando desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿Cuál es la verdadera fortaleza de nuestra vida? ¿Cuáles son los hondos y bien fundamentados cimientos sobre los que estamos edificando nuestra existencia? ¿Cuáles son las raíces profundas del árbol de nuestra vida para que se mantenga lozano pero también para que llegue a dar buenos frutos?

‘Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida’.

‘Cada árbol se conoce por su fruto’, ya nos había dicho anteriormente. Por eso nos preguntamos qué clase de árbol somos nosotros, donde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida. ¡Cuidado con nuestros vacíos y con nuestra infecundidad! Cultivemos con intensidad nuestro espíritu, podamos los ramajes infecundos, como nos enseña en otro lugar del evangelio.


martes, 30 de julio de 2024

Una invitación a la esperanza y al compromiso nos está haciendo Jesús porque no todo está perdido y podemos hacer brillar un día los valores del Reino de Dios

 


Una invitación a la esperanza y al compromiso nos está haciendo Jesús porque no todo está perdido y podemos hacer brillar un día los valores del Reino de Dios

Jeremías 14, 17-22; Salmo 78; Mateo 13, 36-43

‘El que tenga oídos, que oiga’, termina diciéndonos hoy Jesús al concluir la explicación de la parábola, tal como le piden sus discípulos. ¿Qué nos quiere decir? Puede parecer una frase innecesaria o una frase enigmática y a la larga nos puede parecer hasta contradictoria. Claro que el que tiene oídos es para oír. Pero no siempre oímos, no siempre escuchamos, no siempre comprendemos.

Cuanto nos cuesta muchas veces entender; y no es siempre porque no esté claro lo que se nos trata de trasmitir; todos habremos tenido la experiencia de estar en un sitio escuchando algo, o en medio de una conversación, y de pronto alguien nos pregunta ¿qué es lo que dijeron?, y no podemos contestar porque aunque allí estábamos nuestra mente en ese momento estaba, por así decirlo, a kilómetros de distancia absortos en nuestros pensamientos o nuestras elucubraciones.

No cuesta entender porque no prestamos atención, escuchamos lo que nos interesa, andamos por las superficialidades de la vida y vamos cogiendo aquí y allá lo que nos gusta o apetece pero sin que nos signifique mucho esfuerzo, nos molesta lo que nos están diciendo, recibimos tantas influencias externas como cantos de sirena que quieren llevarnos por sus caminos o quieren apartarnos de nuestros valores… tantas distracciones, tantas disculpas que nos ponemos, tanta cerrazón de nuestra mente que nos oscurece la vida.

Por eso nos dice hoy Jesús que el que tiene oídos, que oiga, que estemos atentos, que prestemos atención, que confrontemos nuestra vida, que nos dejemos iluminar por la verdadera luz, que no nos confundan luces efímeras, que abramos bien los oídos de nuestro corazón.

Había propuesto Jesús una parábola que hablaba de buena semilla sembrada en el campo, pero en el que también el enemigo sembró cizaña; ahora la cosecha se veía malograda, ¿cómo salir adelante?

Un retrato de la realidad de la vida, un retrato de la inmensa tarea que la Iglesia tiene en medio de nuestro mundo, un retrato de nuestra tarea y nuestro compromiso. ¡Qué bello sería el campo donde vemos florecer la buena cosecha! ¡Qué bellos nuestros campos en el reverdecer de la primavera cuando todo se llena de colorido, contemplamos nuestros árboles frutales florecidos como anuncio de una buena cosecha de frutos en el verano! Pero es triste cruzar en medio de campos mal cultivados, en los que las yerbas y matorrales lo inundan todo mermando la capacidad de producir de aquello que allí hemos sembrado y queremos cultivar.

Pero ese es el campo de la vida. Queremos sembrar y sembramos de hecho buenas semillas, pero contemplamos al mismo tiempo que no prosperan esas plantas, esos valores que queremos cultivar. Hay una continua confrontación que muchas veces nos puede llevar a todos a la confusión. Pero es donde tiene que florecer la firmeza y la madurez que tiene que haber en nuestra vida para no dejarnos confundir, para no dejarnos arrastrar por otros planteamientos que pudieran hacernos, para dar un testimonio claro de esos valores del Reino de Dios por el que nosotros hemos optado.

No se trata de arrasar nosotros a los contrarios como tantas veces vemos que sucede donde todo el que no piense como nosotros es un adversario peligroso al que tenemos que hacer desaparecer; es un estilo que se está imponiendo en nuestra sociedad donde cada vez nos cuesta más dialogar para aunar esfuerzos en lo bueno. Dice aquel buen hombre de la parábola que habrá que dejar crecer juntos el trigo y la cizaña, que solo al final se decantarán por lo que es bueno. Es el camino que hemos de hacer en la vida, pero sin dejar que la maldad nos malee.

Es una invitación a la esperanza y al compromiso lo que nos está haciendo Jesús con esta parábola. No todo está perdido por mucha cizaña que veamos en nuestro mundo, porque es ahí donde tenemos que dar nuestro testimonio. Y los corazones si los podemos transformar, sí podemos hacer que se dejen iluminar, si podemos lograr ese mundo nuevo empapado de los valores del Reino de Dios. ‘El que tenga oídos, que oiga’.

viernes, 30 de julio de 2021

Desconfianzas, viejas tradiciones, rutinas son la mala hierba que nos impide que la semilla de la Palabra germine como algo nuevo en nosotros

 


Desconfianzas, viejas tradiciones, rutinas son la mala hierba que nos impide que la semilla de la Palabra germine como algo nuevo en nosotros

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Sal 80; Mateo 13,54-58

El episodio a que hace referencia el evangelio que hoy se nos propone podríamos decir que se encuentra dividido en dos partes. Se trata de la visita que Jesús hace a su pueblo de Nazaret donde el sábado fue a la sinagoga y como ya venía siendo costumbre por aquellos lugares donde iba hizo la lectura de la Palabra y su comentario. En principio la reacción de sus convecinos fue de admiración y orgullo, pues era uno de los suyos. Sería la primera parte del texto que hubiéramos escuchado ayer.

Hoy se centra esta parte del episodio en la reacción posterior de sus convecinos que comienzan a desconfiar de El. Mala cosa es la desconfianza, o mala cosa es sentirse con tanta confianza porque lo habían conocido desde niño como para no poner ahora en El su fe. Salen los comentarios habituales en estos casos, pues son cosas que siguen sucediendo. Sobre todo cuando el mensaje que se nos trasmite en cierto modo nos descoloca, porque nos ofrece algo nuevo que nos obligaría a tomar nuevas actitudes y nuevos comportamientos, pronto comenzaremos a quitar autoridad a quien nos lo está transmitiendo.

Si yo te conozco a ti de toda la vida, nos solemos decir cuando no queremos creer lo que nos dice una persona que nos haría cambiar de perspectivas. Es lo que entonces sucedió. Si aquí están sus parientes, si su padre no era sino el artesano del pueblo, si tú no has ido a estudiar a ninguna parte por qué de la das ahora de sabido, qué nos vas a enseñar tú, si yo soy creyente de toda la vida, no me vengas ahora con esas cosas.

Y es que la Buena Nueva que nos anuncia Jesús nos hace entrar en otros abismos, nos abre otros horizontes, nos plantea otra manera de vivir y de actuar, nos obligaría a arrancarnos de nuestras rutinas. Con cuánta frecuencia cuando leemos el evangelio lo hacemos de una forma superficial porque decimos que ya nos lo sabemos, que ya lo conocemos. Pero es necesario detenerse, es necesario leer de nuevo y de forma pausada aquello que ya decíamos que conocíamos, es necesario que sepamos hacer un nuevo silencio en nuestro interior para escucharlo realmente como algo nuevo, como si fuera la primera vez que lo escuchamos.

Estamos comentando la desconfianza y la falta de fe de aquellas gentes de Nazaret cuando Jesús va a su sinagoga a enseñar, pero esto tenemos que saberlo traducir a esas actitudes y a esas posturas que nosotros tomamos tantas veces ante el evangelio. Si decimos evangelio, estamos diciendo que es una buena nueva, una noticia nueva que estamos recibiendo, de ahí la apertura a la novedad que tiene que haber en nuestro corazón para escucharlo de verdad.

Las desconfianzas que veíamos en aquellas gentes son nuestro creernos que nos lo sabemos todo y que nada nuevo vamos a encontrar. También tantas veces nos escuchamos en nuestras tradiciones para no salir de nuestras rutinas y convertimos nuestra fe en algo frío y que no da un verdadero sentido a nuestra vida. Es la mala hierba que tenemos que arrancar de nuestro corazón para que la semilla de la Palabra de Dios germine de verdad en nosotros y un día llegue a dar fruto. Mucho tenemos que desbrozar en nuestro corazón para ser esa tierra buena y acoger la novedad que nos ofrece el evangelio.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Todos necesitamos encontrarnos con esa mano y esa mirada compasiva y misericordiosa que nos hace llegar la misericordia y el amor de Dios y así hacer un mundo más hermoso


Todos necesitamos encontrarnos con esa mano y esa mirada compasiva y misericordiosa que nos hace llegar la misericordia y el amor de Dios y así hacer un mundo más hermoso

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Cuando contemplamos cómo la inmoralidad, la falta de ética, la poca honradez en las responsabilidades que cada uno tiene que asumir, la maldad que llena los corazones o la falta de escrúpulos o sensibilidad para no hacer daño a nadie nos va invadiendo y de alguna manera sentimos como se contagia y a nosotros también nos puede contagiar, sentimos una repulsa tremenda en nuestro corazón y al mismo tiempo como impotentes sin saber qué hacer o cómo hacer. Parece como que quisiéramos destruirlo todo para recomenzar de nuevo haciendo que el mundo sea mejor, pero no siempre parece que pueda estar en nuestras manos.
Jesús nos está diciendo hoy que ese mal que tanto daño hace a los demás tenemos que arrancarlo de raíz, aunque sabemos que es bien difícil y a todos, creo que lo sabemos por experiencia propia, nos cuesta cambiar muchas cosas en nuestra vida que sabemos que no siempre son buenas. Como nos dirá en otro momento con la parábola de la buena semilla y la cizaña, sabemos que han de crecer juntas siendo al final cuando serán separadas del todo. Será para nosotros un acicate que nos hará mantenernos siempre muy vigilantes para no dejarnos contagiar por ese mal. Es la lucha que cada día hemos de mantener en la vida buscando por encima de todo lo bueno y alejándonos de lo malo.
Pero por otra parte nos habla Jesús de la paciencia de Dios que siempre está esperando nuestro cambio y nuestra conversión. No nos da por irremediablemente malos, sino que continuamente nos está regando con su gracia para que demos el paso a esa transformación.
Hoy nos habla Jesús también del perdón. Una disposición y una actitud necesaria siempre en nuestro corazón. Y es que como nosotros nos sentimos también pecadores y débiles, que nos cuesta recuperarnos y rehacer nuestra vida y siempre estamos tropezando, eso tiene que hacernos humildes para ser comprensivos con los demás, sea cual sea el mal que hayan podido hacer.
Algunas veces parece que hacemos distinciones entre lo que los otros pudieran hacer, y decimos con mucha facilidad ‘eso yo  no se lo perdono’. Pero ¿es así la actitud del corazón de Dios? ¿Y no nos dice Jesús en el evangelio que hemos de ser compasivos y misericordiosos como lo es el Señor siempre compasivo y misericordioso? Para que Dios nos perdone a nosotros si tenemos en cuenta esas palabras, pero para nosotros tener esa disposición y actitud para con los demás, ya somos distintos.
Es la imagen que misericordia que siempre tiene que tener la Iglesia para con los pecadores, sea cual sea su pecado. Pero en ocasiones parece que un poco se deja arrastrar por influencia mediática del mundo, por las actitudes justicieras de tantos alrededor y no muestra del todo ese corazón misericordioso. Y el pecador, por muy grande que sea su pecado, está ansiando encontrar esa misericordia, esa comprensión, esa mano como la de Jesús que levantaba a los enfermos y a los pecadores y a todos se acercaba sin hacer distinción, pero muchas veces quizás no la encuentra.
Todos necesitamos encontrarnos con esa mano y esa mirada compasiva y misericordiosa. Todos tenemos que mostrarnos igualmente compasivos y misericordiosos en todo momento con el hermano que ha tropezado y ha caído y saber tender la mano para ayudarlo a levantarse y hacer que se encuentre la infinita misericordia de Dios.

sábado, 28 de julio de 2018

Sin desalientos ni cansancios tenemos que seguir construyendo con esperanza un mundo mejor queriendo en verdad cambiar el corazón de los hombres


Sin desalientos ni cansancios tenemos que seguir construyendo con esperanza un mundo mejor queriendo en verdad cambiar el corazón de los hombres

Jeremías 7,1-11; Sal 83; Mateo 13,24-30

En ocasiones podemos sentir la frustración o el cansancio en nuestras luchas y esfuerzos por hacer el bien, por querer ser mejores nosotros mismos, pero también por ofertar algo bueno a nuestra sociedad para hacerla mejor, pero seguimos viendo la presencia del mal, ya sea porque en nosotros mismos se mantiene la tentación y muchas veces tropezamos, sino también en ese mal que nos rodea, esa corrupción de todo tipo que amenaza y va corroyendo nuestra sociedad.
¿Por qué, pensamos en tantas ocasiones, tiene que haber tanta gente con malicia, tanta gente interesada que solo va a lo suyo, tantas ambiciones que lo que hacen es destruirnos, tantos afanes de poder y de grandezas que se quedan al final en fuegos fatuos, en vanidades, en la búsqueda de nuestros propios halagos?
Es la existencia del mal que está a nuestro lado y que muchas veces trata de envenenarnos porque caemos seducidos por esos mismas ambiciones o vanidades. Vemos casos de flagrante injusticia y cómo querríamos destruir a quienes actúan de esa manera porque pensamos que así arrancaríamos el mal de raíz de nuestra sociedad. ¿Pero no estaríamos cayendo en los mismos errores, no nos estaríamos cegando por esas maldades para actuar nosotros también con esa misma violencia?
Es como los que se preguntan ante situaciones catastróficas que se suceden en nuestro mundo, unas veces motivadas por causas, errores, o maldades humanas, otras quizá por la fuerza de la misma naturaleza, y ante las consecuencias de muertes o de damnificados se preguntan, digo, donde está Dios. Por supuesto, comprendo que en nuestro interior surgen muchos interrogantes y mucho dolor, pero también tendríamos que preguntarnos donde está el hombre; el hombre que está en la causa con su malicia o con el mal uso de la naturaleza de todos esos males, o el hombre que insolidariamente mira hacia otro lado y no despierta la solidaridad de su corazón. Nos es fácil echarle la culpa a Dios a quien queremos ver así como un solucionador de todos nuestros entuertos, pero no hemos sido capaces de escuchar en nuestro corazón la llamada de ese Dios que nos ha puesto en ese mundo para construir y no destruir, y que quiere poner en nuestro corazón amor y capacidad para responder a esas situaciones de mal buscando verdadero remedio al dolor de la humanidad.
Por ahí va el sentido de la parábola que nos ofrece hoy el evangelio. La parábola del trigo y de la cizaña que crecen juntas en el campo, porque hubo un hombre malo que sembró la cizaña donde antes se había sembrado buena semilla. En la parábola se nos dice que tenemos que dejar que crezcan juntos, que al final se decantará el buen trigo de la mala cizaña. Una imagen de la esperanza de Dios en el corazón del hombre; No podremos cambiar la cizaña ni la mala planta que nos será difícil arrancar sin que arranquemos la buena, pero si podemos cambiar el corazón del hombre, para que transformado pueda dar al final bueno frutos de conversión que se transformen en obras de amor.
Es lo que Dios espera de nosotros. Porque esa cizaña la llevamos muchas veces demasiado metida en nuestro corazón, pero tenemos que aprender a cambiar el corazón. No es imposible con la gracia del Señor. Es lo que tenemos que hacer, contando con la gracia y la fuerza del Señor. Así no nos desalentaremos, así seguiremos construyendo con ilusión y esperanza ese mundo mejor, donde vayamos haciendo desaparecer el mal.

martes, 27 de noviembre de 2012


Viene el Hijo del Hombre entre las nubes del cielo

Apoc. 14, 14-20; Sal. 95; Lc. 21, 5-11
La Biblia se comenta con la misma Biblia; la Palabra de Dios hemos de mirarla siempre con una visión de conjunto, por decirlo de alguna manera, porque no podemos tomar un texto aislado y quedarnos solamente en lo que literalmente nos ofrezca. Unos textos nos ayudarán a comprender otros de más difícil comprensión para llegar a captar lo que es el centro del mensaje que el Señor quiere trasmitirnos.
Todo eso además dejándonos conducir por el Magisterio de la Iglesia que asistida por el Espíritu Santo es la interpreta con mayores garantías la Palabra del Señor para alimento de toda la Iglesia, de todos los creyentes en Jesús. Es por eso también por lo que siempre hemos de acudir al texto sagrado de la Biblia con una actitud de fe y pidiendo la asistencia del Espíritu Santo que nos ilumine y nos ayude a comprender y vivir en toda su profundidad todo el misterio de Dios.
Me gusta, cuando me acerco a la Palabra de Dios tanto para reflexionarla para mi mismo, como para la reflexión que pueda o deba hacer para los demás, contar primero que nada con esa asistencia del Espíritu, pero luego cotejar unos textos con otros fijándome en paralelismos que pudiera haber con otros textos de la Sagrada Escritura.
Lo que estamos escuchando estos días de final del año litúrgico del Apocalipsis en la primera lectura seguramente en una reflexión honda que nos vayamos haciendo nos va haciendo rememorar otros momentos del evangelio y palabras de Jesús. Hoy  nos ha dicho: ‘Miré y apareció una nube blanca; estaba sentado encima uno con aspecto de hombre, llevando en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz afilada…’ Me recuerda diversos momentos del evangelio.
Ante la pregunta del Sumo Sacerdote ante el Sanedrín reunido en pleno a Jesús si era el Mesías o no, responderá: ‘Tú lo has dicho; y además os digo que veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Todopoderoso, y que viene sobre las nubes del cielo’.
Pero nos recuerda también con las imágenes en que nos habla hoy de la siega o de la vendimia la alegoría del juicio final: ‘Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria con todos sus ángeles, se sentará en el trono de su gloria. Todas las naciones se reunirán ante él…’
O nos podría recordar también la parábola del trigo y de la cizaña, en la que crecerán juntas la buena semilla y la cizaña, pero a la hora de la siega se separará la buena semilla de la cizaña, y mientras el trigo es guardado en los graneros, la cizaña será arrojada al fuego. ‘El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles que recogerán de su reino a todos los que fueron causa de tropiezo y a los malvados, y los echarán al horno de fuego… y los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre’.
Comprendemos ahora mejor lo que nos dice hoy el Apocalipsis con las imágenes de la siega y de la vendimia. ‘Ha llegado la hora de la siega pues la mies de la tierra está más que madura… vendimia los racimos de la viña de la tierra, porque las uvas están en su sazón…’
¿Tendremos quizá que hacernos algunas preguntas? ‘El Señor llega a regir la tierra’, como decíamos en el salmo, y nosotros, ¿estaremos preparados para el juicio del Señor? ¿Estará madura la mies, estarán las uvas en su sazón? ¿Estaremos en verdad nosotros dando los frutos que el Señor nos pide?
El salmo, sin embargo, nos invita a alegrarnos con la llegada del Señor. ‘Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena, vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque delante del Señor que ya llega, ya llega a regir la tierra, regirá el orbe con justicia y a los pueblos con fidelidad’.
Que nos encuentre a nosotros en esa fidelidad; que no se haya mermado nuestra fe ni enfriado nuestra esperanza; que brillen los frutos del amor en nuestra vida para que podamos gozar para siempre de su Reino en plenitud.

martes, 31 de julio de 2012

Acláranos el sentido de la parábola

Acláranos el sentido de la parábola


Jer. 14, 17-22; Sal. 78; Mt. 13, 36-43

‘El que tenga oídos, que oiga’. Nos parece algo muy elemental. Pero tenemos oídos y no siempre oímos. Y no es sólo porque materialmente haya ruidos o gritos que nos confunda, o no estemos atentos a lo que se nos dice y como no prestamos atención es que ni oímos, sino que algunas veces incluso cerramos nuestros oídos para no escuchar. Como solemos decir, nos hacemos sordos.

Pero puede sucedernos también que entendemos lo que queremos escuchar, o escuchamos las cosas conforme a las ideas que tengamos de antemano en la cabeza, nos llenamos de prejuicios, pasamos las cosas y las ideas que se nos trasmiten por el tamiz de nuestras propias ideas y así nos hacemos nuestras propias y particulares interpretaciones. Es una forma, en cierto modo, de manipular. Y en ocasiones manipulamos tanto, que hasta manipulamos la propia Palabra de Dios.

Por eso tenemos que saber oír; es más, tenemos que pedirle al Señor que sea su Espíritu el que nos aclare las cosas. Y es que a la Palabra de Dios tenemos que ir dejándonos conducir por el Espíritu del Señor que es el que mejor nos guía y nos hace escuchar realmente lo que el Señor quiere decirnos.

El Sacerdote interiormente antes de proclamar el Evangelio, en algo que quizá pasa desapercibido para la mayoría de los presentes en la celebración, pide al Señor su bendición y su gracia para proclamar dignamente, con toda claridad y fidelidad la Palabra del Señor. No proclama el sacerdote su propia palabra; él pone la voz, podíamos decir, pero la Palabra que nos dice no es su palabra sino la Palabra de Dios. Por eso interiormente invoca al Señor para que pueda hacerlo con toda fidelidad.

Hoy hemos escuchado a los discípulos pedirle a Jesús que les explique la parábola. ‘Jesús dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo’. Jesús les explica. Ya escuchamos nosotros hace unos días la proclamación de esta parábola y reflexionamos sobre ella, en esta lectura continuada que vamos haciendo, y hoy escuchamos la petición de los discípulos y la explicación de Jesús.

Los discípulos andaban confusos, como los criados que no entendían cómo no había que arrancar la cizaña que había aparecido entre el trigo sembrada maliciosamente por el enemigo. Es la confusión en la que nos vemos envueltos muchas veces en la vida en que debido a tantas influencias tan diversas que recibimos de un lado y de otro muchas veces no nos aclaramos lo suficiente y tenemos el peligro de considerar bueno lo que no es tan bueno.

‘Como todo el mundo lo hace’, escuchamos decir tantas veces. Pero no porque todo el mundo lo haga o porque sea una costumbre que tengan muchos eso puede significar que todo sea bueno. Ideas y conceptos de cómo considerar la religión o cómo hemos de expresar nuestra vida cristiana, la moralidad de los actos que hacemos, etc. entran en este mundo de confusión.

Tenemos que ir, podíamos decir, al fondo de las cosas, objetivamente a ver lo que realmente es bueno o no, y la referencia para la moralidad de nuestros actos y de lo que hacemos en la vida nosotros lo tenemos en la ley del Señor, en los mandamientos de Dios, en lo que nos dice Jesús en el Evangelio. Es ahí donde tenemos que acudir. Muchas veces nos falta la formación debida porque hemos vivido nuestra vida así sin más, sin reflexionarla debidamente, sin estudiar a fondo lo que es para nosotros la voluntad de Dios, la Palabra del Señor.

Se nos mezcla el trigo con la cizaña y el enemigo malo se aprovecha de nuestra debilidad para inducirnos a esa confusión, para perder ese sentido moral de las cosas, para olvidar lo que son realmente nuestros principios cristianos. Tenemos que pedirle como los discípulos a Jesús ‘acláranos el sentido de la parábola’, acláranos bien lo que hemos de hacer en la vida.

Que aprendamos a buscar siempre lo que es la voluntad del Señor. Pidamos continuamente la asistencia y la fuerza del Espíritu, antes de emprender aquellas cosas que queremos hacer, y también, cuando al final del día revisamos nuestra vida y hacemos nuestro examen de conciencia, pidamos la asistencia del Espíritu que nos ilumine para que veamos la verdad de nuestra vida y así podamos emprender ese camino de renovación, de crecimiento espiritual en el que tenemos que estar bien comprometidos. Que el Señor nos ilumine.

domingo, 17 de julio de 2011

Transformemos el campo de nuestro mundo en tierra de buenos frutos


Sab. 12, 13.16-19;

Sal. 85;

Rm. 8, 26-27;

Mt. 13, 24-43

Un campo concienzudamente trabajado y prometedor de hermosos frutos, pero en el que pronto se verán resurgir las malas hierbas que pueden ahogar los ansiados y esperados buenos frutos. Es la imagen que nos ofrece la parábola del trigo y la cizaña que nos ha propuesto hoy en el evangelio. ¿Qué nos quiere enseñar? También hoy Jesús al finalizar de proponernos las parábolas nos dirá ‘el que tenga oídos, que oiga’.

Allí están los impacientes jornaleros prontos a arrancar si el amo se los permite la mala cizaña que ha surgido en medio del trigo. Pero el amo es paciente y no quiere correr el riesgo de que puedan ser arrancadas al mismo tiempo las plantas de buena semilla. ‘Dejadlos crecer juntos hasta la ciega…’ Alguno podrá pensar en su impaciencia ¿y no hay el peligro de que las malas hierbas ahoguen la buena planta? El amo tiene otra visión.

Es lo que Jesús quiere hacernos comprender. Porque ese campo sigue siendo nuestro mundo, como en la parábola del sembrador ya meditada. Y en ese mundo estamos unos y otros, buena y mala semilla. Y digo estamos unos y otros, porque ese campo somos nosotros. Claro que siempre pensamos que la mala semilla son los otros, cosa que tendríamos que revisarnos en lo hondo de nuestra conciencia con sinceridad.

Somos conscientes de cómo el mal está presente en el campo del mundo, de aquel mundo que cuando Dios lo creó ‘vio que todo era bueno’. Tenemos que ser conscientes también que en nuestro propio corazón también están mezcladas ambas cosas, porque no todo es bueno en nosotros, porque también tenemos semillas del mal en nuestro corazón.

Ya sé que nos surge la pregunta de por qué Dios permite el mal y cuando nos cuesta encontrar respuesta eso algunas veces nos desestabiliza en nuestra fe. En nuestra impaciencia, como aquellos siervos del amo del campo en el que apareció la cizaña, también alguna vez levantamos la voz contra Dios de por qué no arranca del mundo esos hombres injustos y llenos de maldad; por qué no los castiga, nos decimos muchas veces.

El amo es paciente, Dios es paciente porque no se trata simplemente de una planta a arrancar, sino que es mal está metido en el corazón de unas personas de las que Dios siempre está esperando su conversión y su vuelta a El. ¿No somos nosotros también pecadores de quienes Dios pacientemente está esperando nuestra respuesta de conversión? ¿Y si cuando cometidos aquel pecado nos hubiera arrancado violentamente de la vida como tantas veces pensamos o deseamos que Dios haga con los demás?

La cizaña no se podrá convertir en trigo – las parábolas son siempre imágenes o ejemplos, pero el mensaje va mucho más allá de la literalidad de unas palabras – pero el corazón del hombre si se puede cambiar. Es lo que espera Dios de nosotros. Está en juego nuestra libertad que Dios nos respeta, pero está también presente la gracia del Señor que nos previene contra ese mal y nos fortalece en nuestra lucha contra la tentación y el pecado.

Por eso nos habla también de la pequeña e insignificante semilla de la mostaza que una vez plantada hará surgir una planta más alta que el resto de las hortalizas en las que puedan incluso anidar los pájaros del cielo. O nos habla también del puñado de levadura que la mujer echa en las tres medidas de harina para hacer fermentar la masa.

Es la gracia de Dios que fortalece nuestro corazón que, aunque débil y herido por el pecado, sin embargo se puede transformar en corazón bueno. Es la gracia de Dios que nos acompaña y fortalece para que, aunque nos sintamos pequeños e insignificantes en medio del mundo, sintamos que podemos hacerlo fermentar para lo bueno y podemos ayudar también a cambiar el corazón de los hombres nuestros hermanos.

Pero quizá tendríamos que decir algo más. ¿Cómo y en qué se manifiesta la grandeza y el poder del Señor? Hemos de reconocer que en su amor y en su misericordia. El Dios poderoso que se manifiesta en medio de la grandiosidad de las fuerzas más espectaculares de la naturaleza – podríamos recordar algún hecho o texto del Antiguo Testamento – es el Dios que se manifiesta también a Moisés y a Elías tras un susurro que repetía una y otra vez ‘Dios clemente y compasivo’ o como hemos recitado hoy en el salmo ‘tú, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad y leal mírame, ten compasión de mí’.

En ese sentido nos decía el autor del libro de la Sabiduría en la primera lectura ‘tu poder es el principio de la justicia y tu soberanía universal te hace perdonar a todos... Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia porque puedes hacer cuanto quieres…’ Así se nos manifiesta el poder y la grandeza del Señor, en el perdón y en la indulgencia.

Y nos enseñaba a tener nosotros también un corazón humano y paciente también con los demás. Frente al mal que nos rodea no podemos volvernos nunca intransigentes sino que hemos de tener también un corazón misericordioso y comprensivo con los demás, como el Señor lo tiene con nosotros. Nos creemos que somos fuertes cuando somos intransigentes con los demás y no le pasamos una al que nos haya hecho mal, pero tendríamos que reconocer que seremos fuertes en verdad cuando llegamos a tener la valentía de saber perdonar a los demás. Eso sí que es fortaleza y valentía. ‘En el pecado, das lugar al arrepentimiento’, terminaba diciéndonos el texto sagrado.

Hagamos en verdad que el campo de nuestro mundo pueda dar esos hermosos y ansiados frutos a pesar de las malas semillas que el maligno siembra en medio de nosotros. Tratemos nosotros de ser siempre buena semilla y semilla transformadora que mejore día a día nuestra sociedad, ese mundo concreto en el que vivimos.

No permitamos que las malas cizañas se metan en el campo de nuestras familias, en el campo de nuestras relaciones sociales, en el campo donde convivimos cada día, en el campo de nuestro trabajo. Tenemos una tarea que realizar. Cuidemos nuestro campo, nuestras familias, nuestros lugares de convivencia. Ayudemos a que brille siempre el bien y la bondad.

Tenemos que ser buena semilla siempre con nuestra palabra, con nuestro ejemplo con esas cosas buenas que podamos hacer aunque nos puedan parecer pequeñas e insignificantes pero que contagian de bien y de bondad a los demás. Hagamos por nuestro buen corazón que puedan ser felices siempre los que nos rodean. Seamos levadura de la buena en la masa de nuestro mundo. Es la tarea que el Señor nos confía y nos da su gracia para que podamos realizarlo. La fuerza del Espíritu del Señor está con nosotros.