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jueves, 24 de julio de 2025

Necesitamos entrar en una sintonía nueva para escuchar todo lo que Jesús se hace Palabra de Dios para nosotros desde sus gestos y sus signos

 


Necesitamos entrar en una sintonía nueva para escuchar todo lo que Jesús se hace Palabra de Dios para nosotros desde sus gestos y sus signos

Éxodo 19,1-2.9-11.16-20b; Dn 3,52.53.54.55.56; Mateo 13,10-17

Es muy variada y rica en sus diversas expresiones la cantidad de lenguajes que utilizamos en la vida para entrar en comunicación y hasta en comunión los unos con los otros; y no me estoy refiriendo a la diversos idiomas con todas sus variantes que utilizamos los diferentes pueblos del mundo; estoy hablando de un lenguaje que muchas veces va más allá de las palabras pues nos manifestamos por signos y por gestos, nos expresamos con nuestra presencia corporal, pero también hemos de saber descifrar el lenguaje de los acontecimientos que también nos hablan y hasta en cierto modo pueden ser portavoces de otra voz superior, que nos llega de la naturaleza pero más aún nos trasciende y sentimos que nos viene también de Dios.

Claro que es necesario saber entrar en sintonía, captar la onda, escuchar con el corazón, leer más allá de unos sonidos o de unos signos, saber captar esa voz misteriosa que nos llega pero para lo que hemos de tener el corazón preparado. Obtusos muchas veces nos quedamos en la materialidad de lo que vemos o de lo que nos llega por los sentidos, pero tiene que haber otra afinación, para lo que ciertamente hemos de hacer también un aprendizaje, para saber interpretar, para no quedarnos por las ramas, para no sostenernos en la literalidad de unas palabras o unos hechos que para nosotros han de ser signos de algo más, de algo nuevo para nuestra vidas.

Ahí está el camino de sabiduría que tenemos que emprender, aprendiendo a saborear que es algo más que tragar. Y muchas veces nos tragamos las cosas pero no saboreamos la vida, no entramos en ese camino de nueva sabiduría. Cuando lo encontremos nos sentiremos dichosos porque es entrar en un camino de plenitud para nuestra vida.

Hoy escuchamos en el evangelio que los discípulos más cercanos a Jesús le preguntan por qué cuando le habla a la gente lo hace con parábolas. Jesús en sí mismo, podríamos decir, es la Parábola viva de Dios, porque es a través de quien Dios nos habla; así se manifestado Jesús con la gente a la que enseña, pero a la que está hablando también a través de los signos que realiza; a los milagros los evangelistas los llaman signos, porque hay que ir más allá del milagro en sí mismo que ya también es voz de Dios en lo que Jesús quiere significar para nosotros con lo que realiza; pero es la cercanía de Jesús, son sus gestos y sus detalles, es el detenerse junto al camino, o dejarse acariciar por los niños, es la mano que pone sobre el enfermo o el que se siente caído, o es el gesto de dejar que abran un boquete en el techo para que quien está impedido por otras cosas pueda llegar hasta Él y en encontrar salud y encontrar salvación.

Las palabras algunas veces nos son difícil de interpretar, porque cada uno podemos darle un sentido a lo que oímos según lo que tengamos en el corazón por eso Jesús se hace entender con un lenguaje sencillo como un buen pedagogo pero también irá directamente al corazón de quien le escucha señalándole incluso con crudeza lo que es su vida, como a la mujer que se acercó a buscar agua al pozo de Jacob en Samaría. Habla Jesús del agua y aquella mujer en principio querrá de esa agua que calma la sed para no tener que ir cada día a aquel pozo a buscarla, pero Jesús está queriendo ofrecer esa agua cuando con la fe le aceptamos y abrimos no solo los oídos sino sobre todo el corazón.

Son los lenguajes de Jesús que así en sus palabras pero sobre todo en su vida es Palabra de Dios para nosotros. Pero hemos de querer escucharle, quitarnos las vendas de los ojos o alejar de nosotros los prejuicios o las ideas preconcebidas; por eso nos hablará igual del samaritano que es de otra zona y de quien se tiene unos conceptos preconcebidos, como se mezclará con los pecadores y con los publicanos que todos desprecian, escogiendo a alguno de ellos, Leví, para formar parte incluso del grupo de los doce; se dejará lavar los pies por la mujer pecadora aunque todos la rechacen igual que por el corazón agradecido de María de Betania que previamente se había sentado a los pies de Jesús para escucharle.

¿Seremos capaces de entrar en esa sintonía nueva que Jesús nos ofrece con su Palabra para escucharle?


domingo, 11 de mayo de 2025

Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder ser misioneros en medio de nuestro mundo

 


Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder ser misioneros en medio de nuestro mundo

Hechos 13, 14. 43–52; Salmo 99; Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30

A veces damos la impresión que nos lo sabemos todo, vamos con nuestros prejuicios por delante, con nuestras ideas preconcebidas, con nuestras apariencias y empleo esta palabra no solo refiriéndome a nuestras apariencias personales que damos sino que nosotros nos hacemos una apariencia de la otra persona para juzgarla o para condenarla sin conocerla ni escucharla. No, si yo la conozco bien, de toda la vida, decimos, pero quizás nunca nos hemos detenido a hablar con esa persona para saber lo que piensa o por qué hace las cosas.

Necesitamos escuchar para conocer; y nos cuesta escuchar, porque ponemos una presintonía en nuestros oídos y no estamos escuchando a la persona sino escuchándonos a nosotros mismos en las prevenciones que podamos tener hacia esas personas. Escuchando podemos conocer y podemos comenzar a establecer una nueva relación, una relación de amistad, una relación de nueva comunión. Nos aislamos y solo nos escuchamos a nosotros mismos.

Pero nos sucede en todos los aspectos de la vida, en nuestras relaciones con las personas que nos rodean, muchas veces comenzando por la propia familia, pero puede sucedernos en las cosas que emprendamos que vayamos solo encuadramos en nuestras propias maneras de ver las cosas, o nos puede suceder en todo lo que es nuestra relación con la sociedad en la que vivimos; desconocemos cual es el sentir de ese mundo cercano a nosotros y luego no sabremos responder a los problemas que se presentan.

¿Nos sucederá también en lo que es nuestra relación con Dios, en nuestra manera de entender lo que significa ser cristiano, en la tarea que como cristianos tenemos que realizar en nuestro mundo, en nuestra relación también con la Iglesia? Quizás tendrían que ser cosas que también nos planteáramos.

Estamos en este ya cuarto domingo de pascua celebrando el domingo llamado del Buen Pastor, por la imagen que se nos ofrece en el evangelio en los tres ciclos litúrgicos. Hoy nos dice Jesús en el evangelio ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano’.

Nos propone Jesús la imagen tan bucólica de las ovejas y de sus pastores. ‘Mis ovejas escuchan mi voz…’ nos dice, ‘y yo las conozco, y ellas me siguen’. Una imagen muy hermosa. Quizás en nuestra sociedad tan urbana en que vivimos estemos lejos ya de esa experiencia de las ovejas y de los rebaños en el campo, pero si en nuestra cultura de hoy estaremos más acostumbrados a tener nuestras mascotas en casa, unos animalitos que nos hacen compañía, que cuidamos o que ellos también nos siguen y hasta en cierto modo nos cuidan. ¡Cómo conocen nuestra voz! ¡Como sienten nuestra cercanía aunque no nos vean cuando llegamos a casa! Son experiencias que fácilmente muchos podamos tener.

Nos está queriendo hablar Jesús de cómo hemos de escucharle. Nos llamamos cristianos, sin embargo, y muchas veces no hemos sabido escucharle, no nos detenemos lo suficiente ante las páginas del evangelio para conocerle y para aprender a seguirle, no hacemos ese silencio interior para escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos. ¿En qué hemos convertido muchas veces eso de ser cristiano? ¿Solamente en una tradición porque aquí todos somos cristianos, porque mis padres eran cristianos y me bautizaron y un día quisieron que hiciéramos la primera comunión?

Es cierto que quienes nos acercamos más a las celebraciones litúrgicas tenemos más la oportunidad de escuchar la Palabra de Dios; pero eso tenemos que aprender a hacer, escuchar, escuchar de verdad la Palabra de Dios, que no es solo lo que luego el sacerdote pueda decirnos o comentarnos en la homilía, que forma parte también, es cierto, de esa proclamación de la Palabra de Dios, sino en ese necesario silencio interior que hemos de hacer para escuchar en lo más hondo de nosotros esa Palabra de Dios.

¿Andaremos muchas veces distraídos, entretenidos en nuestros pensamientos, atentos a otras cosas que puedan haber en el entorno de nuestras celebraciones pero no atentos a escuchar lo que allá en lo más hondo de nosotros mismos el Señor quiera decirnos? Nada tendría que distraernos en esa proclamación de la Palabra de Dios, en ninguna otra cosa tendríamos que estar entreteniéndonos. No siempre lo hacemos.

Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder llenarnos de Dios, escuchar para descubrir por donde tiene que ir la respuesta de nuestra vida, nuestro compromiso cristiano, escuchar sin prevenciones o con ideas preconcebidas, escuchar para poder ser luego misioneros en medio de nuestro mundo. ¿Si no hemos escuchado qué es lo que luego podemos trasmitir?

martes, 6 de mayo de 2025

Con Jesús encontramos la verdadera vida, la luz que da sentido a nuestro camino, el verdadero sentido de nuestra vida, la sabiduría que nos hará vivir en plenitud, el pan de vida

 


Con Jesús encontramos la verdadera vida, la luz que da sentido a nuestro camino, el verdadero sentido de nuestra vida, la sabiduría que nos hará vivir en plenitud, el pan de vida

Hechos 7, 51 — 8, 1ª; Salmo 30; Juan 6, 30-35

Aun empleando las mismas palabras muchas veces no nos entendemos; pareciera que hablamos lenguajes distintos y de alguna manera así es, porque le damos distinto significado a las palabras, hay quien se queda con la literalidad material de lo que es la palabra pero no nos damos cuenta que en ellas estamos expresando una imagen que nos lleva más allá; según nuestros propios sentimientos o nuestros estados de ánimo, según lo que estemos viviendo en el momento podemos hacernos distintas interpretaciones y eso hará que no nos entendamos. El lenguaje, por otra parte, puede estar muy lleno de imágenes en las que tenemos que saber leer el mensaje que realmente se nos quiere dar.

Jesús empleaba un lenguaje muy lleno de imágenes,  muy propio de aquella cultura oriental, pero empleaba también un lenguaje directo y claro, pero sin embargo no siempre lo entendían quienes hacían una tergiversación de sus palabras. Aquello que solemos decir que no hay peor sordo que el que no quiere oír le sucedía a quienes escuchaban a Jesús. Y Jesús lo indicaba con aquello del que tenga oídos que oiga lo que voy a decir.

Nos encontramos en estos días con unos textos del evangelio de san Juan que están muy llenos de imágenes pero que quieren expresarnos cosas muy importantes. Partimos de aquel pan que Jesús les había dado allá en el descampado y Jesús les viene a decir que busquen el pan venido del cielo que el Padre les dará. Aquella imagen les recuerda aquel maná que comieron sus padres en el desierto, y decían que Moisés les había dado un pan venido del cielo, pero Jesús les irá aclarando que es otro el Pan que han de comer que les dará vida para siempre. Los que comieron el pan en el desierto murieron, pero el Pan que ahora Jesús nos ofrece nos dará vida para siempre.

Aquí es cuando viene el juego de palabras y las interpretaciones por una parte excesivamente literales que se hacen de las palabras de Jesús y sus propias interpretaciones. Es aquí donde tenemos que comenzar a comprender el mensaje que quiere Jesús trasmitirnos. Es la escucha que hemos de hacer de sus palabras pero con esa apertura no solo de la mente sino del corazón para comprender ese pan del cielo que Jesús nos ofrece.

El pan es un alimento y si no nos alimentamos morimos por inanición. Es lo que viene a significar Jesús para nosotros, ese pan, ese alimento de vida que nos dará vida y vida para siempre. ¿Qué significa esa vida que nos da Jesús y que es para siempre? Con Jesús encontramos la verdadera vida, con Jesús encontramos la luz que da sentido a nuestro camino, con Jesús encontramos el verdadero sentido de nuestra vida, en Jesús tenemos esa sabiduría que nos hará vivir en plenitud.

No es ya solo lo que nos puede entrar por la boca y que llevamos a nuestro estomago para sacar de ese alimento los nutrientes de nuestra vida. Es otro el nutriente, es otra la sabiduría, es otra la vida que se nos dará en plenitud; solo en Jesús podemos encontrarla, solo escuchando a Jesús, viviendo a Jesús es como podemos tener esa vida para siempre. Es de lo que nos va hablando el evangelio en estos días y nos dará para hermosas reflexiones que nos seguiremos haciendo.

Los judíos de Cafarnaún aunque aun no terminaban de entender claramente las palabras de Jesús, vislumbran que algo hay distinto en lo que Jesús les dice, en ese pan que Jesús les ofrece y le piden que les dé siempre de ese pan. Como la mujer samaritana que le pedía a Jesús el agua que calmaría para siempre su sed, aunque ella solo estaba pensando en el agua que tenia que venir todos los días a sacar del pozo de Jacob.

Pidamos esa agua viva, pidamos ese pan que nos alimenta para siempre. Aunque nos cueste entender queramos escuchar estas palabras de Jesús que son Palabras de vida eterna, como terminará confesando Pedro.

miércoles, 12 de marzo de 2025

Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de fe que pone Dios ante nosotros de las que no nos podemos desentender, ni andar tan distraídos que no las veamos

 

Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de fe que pone Dios ante nosotros de las que no nos podemos desentender, ni andar tan distraídos que no las veamos

Jonás, 3, 1-10; Sal.50; Lucas, 11, 39-42

Nuestros caminos y carreteras están llenas de señales que nos indican las direcciones que hemos de tomar, las diferentes opciones que tenemos, pero también nos advierten de los peligros que podemos encontrar, los cuidados y precauciones que hemos de tener y lo que podemos hacer o no hacer en aquel camino. Pero hay ocasiones en que vamos tan absortos en nosotros mismos, en nuestras preocupaciones o nuestros sueños que nos pasamos de la señal; allí estaba, nos lo decía claramente, nos advertía del peligro o de la dirección que habíamos de tomar para llegar a nuestra meta, pero no fuimos capaces de verla; luego quizás nos quejamos, como sucede tantas veces, que si no estaba bien situada, si podía crearnos confusión y no se cuantas disculpas más que nos buscamos, pero la señal estaba allí y no la vimos.

Y no vamos a hablar de esos problemas de esas señales de carreteras o caminos, pero sí de la señal que hemos de saber descubrir en el camino de la vida; hay llamadas en nuestro interior que no queremos escuchar, suceden cosas a nuestro lado que pueden ser una buena lección para nosotros, palabras que escuchamos y a las que no atendemos o que decimos que no entendemos pero realmente no les prestamos atención, testimonios hermosos en personas de buena voluntad y de gran entrega que tendrían que ser un toque de atención y un estimulo para que nosotros comencemos también a hacer algo distinto. No vemos las señales o no escuchamos las llamadas pero estamos quizás un milagro, algo extraordinario por lo que sí saldríamos corriendo a buscarlo, aunque luego se nos quede en un fuego fatuo.

En el evangelio que hoy se nos ofrece contemplamos cómo Jesús se queja de aquella generación que no hacen sino pedir signos y señales para creer. Lo tienen delante y no quieren creer, no saben leer la señal. Se pasan de largo, podíamos decir con la imagen que antes empleábamos, y no saben descubrir quien está allí delante de ellos. Y le habla del signo de Jonás, o la reina del Sur que vino a conocer la sabiduría de Salomón, o la actitud de las gentes de Nínive que creyeron la palabra del profeta y se convirtieron. Aquí está en medio de ellos el Hijo del Hombre y no lo saben ver, la Sabiduría eterna de Dios que se manifiesta en la Palabra encarnada y no la escuchan aunque se admiran de que la Reina del Sur viniera a escuchar la sabiduría de Salomón.

Jonás es todo un signo que nos hace dirigir nuestra mirada a Jesús. Largo fue el recorrido, el camino de vida de Jonás para aceptar la misión que Dios le había confiado. Muchas cosas tuvieron que sucederle para que él cambiara de actitud y fuera fiel a su misión, que tendría los hermosos frutos de aquel pueblo que creyó en su palabra y se convirtió al Señor. Como una señal que viene a ser tipo del misterio de Jesús en su muerte y resurrección fue aquella zozobra del barco en medio de la tormenta y el ser devorado por el cetáceo que a los tres días lo devolvería vino a la tierra donde había de realizar su misión. Supo ver Jonás las señales que Dios puso en su camino.

Llegaremos a entender el recorrido que nosotros hemos de hacer también que es recorrido pascual, que es de muerte para la vida, de morir a nosotros mismos, nuestros miedos y cobardías como Jonás, nuestros pecados e infidelidades, nuestro tantas veces querer desengancharnos de nuestras responsabilidades o de las misiones que tenemos que desarrollar hasta llegar a comprender el verdadero sentido de nuestra vida que pasa por la entrega y por el amor. Atravesamos nosotros tormentosos mares de la vida, llenos de dudas y de flaquezas, zarandeados por mil cosas que nos atraen de aquí y de allá y que pretenden desviarnos del camino que hemos de recorrer, de la misión que tenemos que cumplir. Pero todo eso tenemos que hacerlo pascua, todo tenemos que transformarlo en vida, todo nos ha de llevar a un nuevo renacer, a resurrección.

Un camino maravilloso, así tiene que ser, que hemos de ir realizando en esta cuaresma guiados por la Palabra del Señor, Sabiduría de Dios, que transformará nuestra vida, que nos llevará a la Pascua, que dará sentido a la celebración de la Pascua de la muerte y resurrección del Señor. Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de las que no nos podemos desentender, no podemos andar tan distraídos que no las veamos.

jueves, 20 de febrero de 2025

Necesitamos nosotros irnos ‘de paseo’ con Jesús, tener un tiempo para estar a solas con El, escuchar sus confidencias y desahogarnos con El

 


Necesitamos nosotros irnos ‘de paseo’ con Jesús, tener un tiempo para estar a solas con El, escuchar sus confidencias y desahogarnos con El

Génesis 9,1-13; Salmo 101; Marcos 8,27-33

Seguro que más de una vez o lo hemos hecho o nos ha sucedido, un amigo tenía ganas de hablar con nosotros, o igualmente éramos nosotros los que teníamos ganas de estar con esa persona y charlar y hemos dicho vamos a dar un paseo; una ocasión para una conversación distendida, para compartir cosas que nos suceden, para sacar de nuestros pensamientos lo que quizás no hablamos con todo el mundo, oportunidad para un desahogo, decir algo que teníamos ganas de soltar desde hacía tiempo y no sabíamos como; nos sentamos bajo un árbol, alrededor de un café en una mesa, en una piedra del camino, o simplemente caminamos, pero hablamos.

Es la composición de lugar que me hago al escuchar el pasaje del evangelio que se nos ofrece hoy. Jesús se lleva a sus discípulos a ‘un paseo’ bastante largo, porque casi se salen de las fronteras de Palestina llegando a Cesarea de Filipo; ya en otras ocasiones vemos que Jesús hace lo mismo, porque se los lleva a lugares descampados, o sube con algunos a alguna montaña alta en medio de las llanuras y valles de Galilea.

Una oportunidad para las confidencias y los desahogos, un poco también para analizar de alguna manera la reacción que la gente está teniendo ante la predicación de Jesús, de ahí las preguntas que surgen, ‘¿qué dice la gente del Hijo del Hombre?’ y los discípulos se van expresando; pero Jesús quiere llegar más hondo en el compartir, no es solo lo que la gente piensa sino lo que ellos piensan. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’.

Preguntas con las que se queda uno callado sin saber qué responder, porque es necesario expresar lo que sentimos, lo que de verdad pensamos. Poniendo imaginación me veo a los discípulos mirándose unos a otros a ver quién es el que comienza a hablar. No se trata ya de lo que dice la gente, sino de lo que dicen ellos. Y vemos que será Pedro el primero que salte con palabras, como le dirá Jesús, que salen de su corazón, pero que es el Padre del cielo el que las ha puesto en su corazón. Pedro está hablando con el corazón en la mano, dejándose llevar por el amor que siente por Jesús, como en otro momento también manifestará, pero dejándose llevar sobre todo por el Espíritu de Dios.

Una hermosa confesión de fe, pero que dará pie para que Jesús les quiera hacer comprender de verdad lo que significan esas palabras que ha pronunciado Pedro; y les habla de cuánto le va a suceder, les está anunciando su pasión aunque ellos no lo quieren comprender y ya Pedro también tratará de convencer a Jesús que eso no le puede suceder a El.

¿No necesitaríamos nosotros también irnos ‘de paseo’ con Jesús? ¿No necesitaremos tener un tiempo para estar a solas con El? Ese tiempo de intimidad y de confidencias, ese tiempo para abrir el corazón y expresar todo lo que llevamos dentro, pero también para escuchar la confidencia de Jesús, lo que Jesús también nos quiere confiar, decir, explicar para abrirnos caminos, para hacernos ver la grandeza de nuestra fe, para que aprendamos a mirar alrededor, para que nos dejemos llenar también por el Espíritu de Dios, para que al final también nosotros digamos como los discípulos de Emaús cómo nos ardía el corazón mientras nos explicaba las Escrituras.

Quizás algunas veces no lleguemos a comprender todo lo que quiere decirnos, nos puede asustar de algún modo las sugerencias que nos hace, estaremos también tentado a replicarle que esas cosas no pueden pasar, como le replicaba Pedro, que solo en la confianza de la intimidad podemos hacer, pero finalmente nos dejaremos llevar por Jesús y su Palabra y aceptaremos también el camino que nos ofrece aunque nos cueste. Tenemos la certeza de que estando con El también nos vibrará nuestro corazón y podremos luego sacar lo mejor de nosotros mismos. Alguna vez habremos pasado por esa experiencia, pero al final hemos sentido su paz en nuestro corazón. Vayamos a estar con Jesús que El también quiere estar con nosotros.

 

miércoles, 5 de febrero de 2025

El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

 


El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

Hebreos 12,4-7.11-15; Salmo 102;  Marcos 6,1-6

Si es el hijo del carpintero… fue la reacción, tenemos que decir que totalmente ordinaria y normal, de la gente de su pueblo. Hasta ellos había llegado la fama de lo que Jesús venía haciendo en Cafarnaún y los distintos pueblos y aldeas por toda Galilea; la fama de sus milagros, la gente que se entusiasmaba y se iba detrás de Jesús, sus enseñanzas que entusiasmaban a la gente porque les parecía escuchar algo nuevo, o algo dicho de una manera distinta a como estaban acostumbrados. Y la fama había llegado hasta Nazaret y ahora lo tenían en medio de ellos. ‘¿De donde saca esa sabiduría?’

¿Dónde habrá aprendido este muchacho tanto?, decimos también en nuestros pueblos y en nuestros ambientes cuando alguien destaca. Como nos conocemos de siempre ahora nos sentimos quizás asombrados, pero sabemos que siempre surge algo más. Hay un orgullo de pueblo cuando destaca alguien de los nuestros y podemos tender a ponerlo como el que no va más; nadie ha salido de nuestro pueblo como este; aunque también aparecen por debajo, disimuladamente quizás al principio, ciertas desconfianzas, buscamos segundas intenciones, tratamos de recordar cosas reales o imaginarias muchas veces, socavamos el prestigio cuando nos pueden hacer sombra, y ya sabemos cuando somos cuando nos dejamos arrastrar por esas malicias y desconfianzas.

Conociéndonos no nos extraña la actitud desconfiada de la gente de Nazaret. Nos sucede con mucha facilidad entre nosotros, vamos de la euforia y el entusiasmo a la descalificación y a las envidias con una velocidad de vértigo. Siempre tenemos nuestros peros y nuestras pegas. Es lo que le estaba pasando a la gente de Nazaret con Jesús. Lo conocemos de siempre, sabemos quien es su familia, es el hijo del carpintero. Y ya Jesús dirá que un profeta nunca será bien mirado en su pueblo.

Y siente pena Jesús por la falta de fe su gente. Allí ha venido a anunciar con toda claridad, con palabras del profeta como nos narrará san Lucas este mismo episodio, lo que era su misión, la tarea evangelizadora que quería realizar. Su Palabra y su presencia querían ser siempre buena noticia para todos, porque eso como se nos dirá en otra parte anuncia la amnistía del Señor, el año de gracia del Señor. Pero no lo aceptaban porque simplemente era el hijo del carpintero.

Nos tiene que hacer pensar en nuestra aceptación personal de esa Buena Noticia, esa aceptación del Evangelio que nos anuncia Jesús. ¿Qué filtros ponemos por medio cuando escuchamos las palabras del Evangelio? El peor filtro es ya no ser capaces de escuchar el evangelio como una buena noticia; nos lo damos por sabido, no nos significa nada nuevo, vamos llevando por delante nuestros prejuicios, sí, nuestras previas interpretaciones, porque recordamos esto y lo de más allá, nos acordamos lo que en otro momento escuchamos o nos explicaron, y ha perdido la frescura de la novedad con que tenemos que escucharlo.

Pero además hemos de decir y reconocer que el Evangelio, es cierto, nos llega a través del texto escrito, pero el evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado. Es el evangelio hecho testimonio en la vida de tantos testigos. Y es el evangelio que tanto nos cuesta aceptar, recibir, escuchar. La gente de Nazaret no escuchaban entonces el mensaje porque era el hijo del carpintero a quien tenían delante; también nosotros vemos a tantos como el ‘hijo del carpintero’ que ya nada nos dice porque decimos que lo conocemos de siempre.

Cuánto nos cuesta aceptar el testimonio de los demás, cuánto nos cuesta ver las cosas en las que se manifiestan esos testigos delante de nosotros. Son filtros que vamos poniendo a la Palabra de salvación que Jesús nos ofrece. Hay muy bonitos testimonios a nuestro lado que tenemos que saber descubrir, porque a través de ellos el Señor nos habla. ¿Aprenderemos de una vez por todas a dejarnos sorprender por el evangelio?

 

jueves, 12 de diciembre de 2024

Tenemos que saber escuchar, saber ir con corazón libre al encuentro con la Palabra de Dios dispuesto a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del evangelio

 


Tenemos que saber escuchar, saber ir con corazón libre al encuentro con la Palabra de Dios dispuesto a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del evangelio

Isaías 41, 13-20; Salmo 144; Mateo 11, 11-15

Muchas veces todo lo que escuchamos no es lo que realmente ha sucedido; escuchamos, por ejemplo, un estruendo, es una pared que se derrumbó dicen algunos, otros nos dirán que fue una explosión, que fue una ráfaga de viento fuerte, que fue un avión que pasó y nos dejó su zumbido, que fue un trueno… y así seguimos escuchando muchas cosas. Pero claro que no me estoy refiriendo a esos sonidos que de esa manera llegan a nuestros oídos, sino que son las interpretaciones que nos podemos hacer de lo que nos dicen o nos cuentan, nos quedamos en la literalidad de las palabras o por lo que en otras ocasiones hemos escuchado nos hacemos nuestra interpretación, nos dejamos llevar por lo que previamente nosotros pensamos o escuchamos lo que otros nos dicen que dijo o quiso decir. Es importante pero no es fácil en muchas ocasiones; muchas veces puede ser causa de conflictos posteriores dentro de nosotros mismos, o en nuestras relaciones con quien nos quiso decir algo o con las personas que nos rodean.

‘El que tengo oídos, que oiga’, nos dice hoy Jesús en el evangelio, pero que es sentencia que nos repite en diversas ocasiones. Tenemos que tomarnos en serio lo que escuchamos, tenemos que tomarnos en serio las palabras de Jesús, tenemos que tomarnos en serio la Buena Noticia, el Evangelio que trata de trasmitirnos, no nos lo podemos tomar con superficialidad. Quedarnos en lo que nos parece que hemos oído, que muchas veces solo escuchamos según nuestros intereses, que también tenemos nuestras ideas preconcebidas, que nos hacemos nuestras interpretaciones. ¿No es lo que les sucedía entonces a los judíos que tenían una idea preconcebida de lo que iba a ser el Mesías y se quedaban entonces desconcertados con lo que veían en Jesús?

Hoy nos ha hablado Jesús de Juan Bautista del que hace grandes elogios. La liturgia nos ofrece esta palabras de Jesús en el contexto del tiempo del Adviento que vamos recorriendo y donde tan importante es la figura del Mesías, que vino a preparar los caminos del Señor. En ese sentido ha ido la lectura del profeta que hoy se nos ha ofrecido.

Hoy nos dice Jesús de Juan que nadie más grande que él ha nacido de mujer; nos habla también del profeta Elías que todos tenían la creencia que había de venir antes de la llegada del Mesías y Jesús nos dice que Elías es Juan, si es que queremos creerlo. En otro momento del evangelio volverá a hablarnos en ese sentido. Las palabras de Jesús hoy están enmarcadas en aquel momento en que Juan había enviado desde la cárcel a algunos de los discípulos que aun le seguían con la pregunta a Jesús si era El en verdad a quien esperaban, en una palabra, si era el Mesías anunciado.

Y nos habla Jesús de la violencia que sufre el anuncio del Reino de los cielos en una cierta referencia a la misma oposición que Jesús iba encontrando en ciertos sectores a su evangelio. Solo los esforzados lograran alcanzarlo, nos dice, que no significa que por la violencia tengamos que imponer el Reino de Dios, sino la violencia que tenemos que hacernos a nosotros mismos para superarnos y vivir los valores que nos ofrece; demasiado a lo largo de los tiempos no hemos sabido escuchar y entender estas palabras de Jesús y hemos querido imponer lo que solo tiene que ser una oferta de gracia.

Es por lo que nos está diciendo Jesús que el que tenga oídos, que oiga. Tenemos que saber escuchar, tenemos que saber ir con corazón libre al encuentro con la Palabra de Dios; corazón libre que es esa humildad y vacío de  nosotros mismos con que tenemos que escuchar; corazón libre que no se deja influir, que no pierde su libertad, que acoge con sencillez, que va con apertura deseoso de recibir vida, no condicionado por intereses de nuestra vida o lo que nos parece que a nosotros nos conviene, liberado de nuestras viejas historias para poder acoger la novedad que siempre es el evangelio que Jesús nos ofrece, dispuesto a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del evangelio, buscando siempre esos caminos de amor que Jesús quiere trazar para nuestra vida.

 

domingo, 3 de noviembre de 2024

Hemos de tener en cuenta la advertencia que hoy desde el amor de Dios se nos hace, ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida, recomendación de quien nos ama

 


Hemos de tener en cuenta la advertencia que hoy desde el amor de Dios se nos hace, ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida, recomendación de quien nos ama

Deuteronomio 6, 2-6; Sal. 17; Hebreos 7, 23-28; Marcos 12, 28b-34

Alguna vez cuando alguien ha querido recalcarnos algo, para que lo tengamos en cuenta, para que no lo olvidemos, nos repite una y otra vez, ‘escucha lo que te estoy diciendo, escucha bien…’ y nos dice lo que tiene que decirnos. Es la recomendación de un padre o de una madre con su hijo cuando se pone serio ante algo que no está haciendo bien, es la explicación del profesor cuando nos pone una norma de disciplina para la clase, son las palabras serias del amigo que nos está recordando algo que parece que hemos olvidado para mantener viva nuestra amistad. ‘Tenlo bien presente, que no te lo repito’, nos dicen algo así.

Es lo que nos está diciendo y recalcando la Palabra de Dios que hoy se nos proclama. Pero nos está diciendo o preguntando si es que estamos buscando una sabiduría para la vida, algo en lo que encontremos sentido para nuestras cosas y para lo que vivimos, si en verdad queremos hacer un camino recto y un camino de fidelidad. Y nos dice y nos repite ‘escucha, Israel… escucha, Israel’ por dos veces nos lo repite en el libro del Deuteronomio.

Eran como las recomendaciones finales que Moisés les hacía al pueblo cuando ya estaban casi terminando el camino de desierto y estaban a las puertas de la tierra prometida. Y les recuerda que lo tengan bien presente, porque cuando lleguen a una vida más fácil donde puedan recoger cosechas, donde puedan obtener el fruto de una tierra que trabajen y vengan días de prosperidad, será algo que fácilmente pueden olvidar. Mientras iban por el desierto con sus sacrificios y dificultades parece que les era más fácil acudir a Dios para que les ayudara salir un día de aquel duro desierto, pero cuando se valieran por si mismos en la prosperidad podía olvidarlo todo. Por eso les dice que tienen que tener estas palabras bien grabadas en el corazón.

Y ahora les recuerda que el Señor su Dios es solamente uno, al que adorarán y al que amarán sobre todas las cosas. ‘Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón’. Es el mandamiento del Señor que nunca podrán olvidar y del cual se deducirán todos los comportamientos que han de tener los unos con los otros.

Y para cumplir este mandato de guardar estas palabras en su corazón se inventarán las filacterias, aquellas franjas de tela en las que trascribían estas palabras para atarlas al puño o en la cabeza para decir que las tenían siempre presentes, aunque luego no se destacaran por ese amor a Dios sobre todas las cosas. ¿Serán las medallitas o cruces que nos colgamos como adorno al pecho o donde sea sin que nuestra vida en verdad esté adornada de unos valores cristianos?

El evangelio nos relata el que un maestro de la ley viene a preguntarle a Jesús por el mandamiento que tenia que ser fundamental y principal en la vida. Era en cierto modo normal en sus escuelas rabínicas que tuvieran sus discusiones teológicas que les ayudaran a profundizar en lo que verdaderamente era la ley del Señor, después sobre todo de la cantidad de normas y preceptos que se habían multiplicado en sus interpretaciones de la ley mosaica. Como en nuestras escuelas de teología, en nuestros círculos de estudio, en nuestras lecturas y reflexiones en tantas y tantas reuniones que nos hacemos también nosotros. Creo que no tendríamos que ver maldad en la pregunta de este escriba sino un deseo, ¿por qué no sincero?, de querer profundizar en lo que era la ley del Señor. ‘Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’

Ya escuchamos la respuesta de Jesús que no hace otra cosa que recordar lo escrito en la ley y que todos conocían muy bien porque hasta repetían a la manera de oración en muchos momentos del día, o al entrar o salir de casa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús añade algo más. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’. A lo que aquel escriba acepta, por así decirlo, su concordancia, porque nada más tenía que añadir. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

‘No estás lejos del Reino de Dios’, le dirá Jesús. El amor a Dios y el amor al prójimo que no podemos de ninguna manera separar. No puede haber amor a Dios verdadero si no amamos también al hermano. Porque en ese amor al hermano estamos reflejando el amor de Dios, porque es con la mirada de Dios con la que tenemos que mirar al hermano. Siempre ese prójimo, sea quien sea, venga de donde venga, será para mí un hermano porque también está siendo amado con el amor de Dios, en él se manifiesta el amor de Dios que a él también lo tiene como hijo. ¿Pretenderemos, acaso, enmendarle la plana a Dios y decir que el otro no merece ese amor? Con nuestras discriminaciones lo estamos haciendo. Esto tiene muchas consecuencias.

Claro que tenemos que tener bien en cuenta esa advertencia. ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida. Es la recomendación de quien nos ama.

martes, 30 de julio de 2024

Una invitación a la esperanza y al compromiso nos está haciendo Jesús porque no todo está perdido y podemos hacer brillar un día los valores del Reino de Dios

 


Una invitación a la esperanza y al compromiso nos está haciendo Jesús porque no todo está perdido y podemos hacer brillar un día los valores del Reino de Dios

Jeremías 14, 17-22; Salmo 78; Mateo 13, 36-43

‘El que tenga oídos, que oiga’, termina diciéndonos hoy Jesús al concluir la explicación de la parábola, tal como le piden sus discípulos. ¿Qué nos quiere decir? Puede parecer una frase innecesaria o una frase enigmática y a la larga nos puede parecer hasta contradictoria. Claro que el que tiene oídos es para oír. Pero no siempre oímos, no siempre escuchamos, no siempre comprendemos.

Cuanto nos cuesta muchas veces entender; y no es siempre porque no esté claro lo que se nos trata de trasmitir; todos habremos tenido la experiencia de estar en un sitio escuchando algo, o en medio de una conversación, y de pronto alguien nos pregunta ¿qué es lo que dijeron?, y no podemos contestar porque aunque allí estábamos nuestra mente en ese momento estaba, por así decirlo, a kilómetros de distancia absortos en nuestros pensamientos o nuestras elucubraciones.

No cuesta entender porque no prestamos atención, escuchamos lo que nos interesa, andamos por las superficialidades de la vida y vamos cogiendo aquí y allá lo que nos gusta o apetece pero sin que nos signifique mucho esfuerzo, nos molesta lo que nos están diciendo, recibimos tantas influencias externas como cantos de sirena que quieren llevarnos por sus caminos o quieren apartarnos de nuestros valores… tantas distracciones, tantas disculpas que nos ponemos, tanta cerrazón de nuestra mente que nos oscurece la vida.

Por eso nos dice hoy Jesús que el que tiene oídos, que oiga, que estemos atentos, que prestemos atención, que confrontemos nuestra vida, que nos dejemos iluminar por la verdadera luz, que no nos confundan luces efímeras, que abramos bien los oídos de nuestro corazón.

Había propuesto Jesús una parábola que hablaba de buena semilla sembrada en el campo, pero en el que también el enemigo sembró cizaña; ahora la cosecha se veía malograda, ¿cómo salir adelante?

Un retrato de la realidad de la vida, un retrato de la inmensa tarea que la Iglesia tiene en medio de nuestro mundo, un retrato de nuestra tarea y nuestro compromiso. ¡Qué bello sería el campo donde vemos florecer la buena cosecha! ¡Qué bellos nuestros campos en el reverdecer de la primavera cuando todo se llena de colorido, contemplamos nuestros árboles frutales florecidos como anuncio de una buena cosecha de frutos en el verano! Pero es triste cruzar en medio de campos mal cultivados, en los que las yerbas y matorrales lo inundan todo mermando la capacidad de producir de aquello que allí hemos sembrado y queremos cultivar.

Pero ese es el campo de la vida. Queremos sembrar y sembramos de hecho buenas semillas, pero contemplamos al mismo tiempo que no prosperan esas plantas, esos valores que queremos cultivar. Hay una continua confrontación que muchas veces nos puede llevar a todos a la confusión. Pero es donde tiene que florecer la firmeza y la madurez que tiene que haber en nuestra vida para no dejarnos confundir, para no dejarnos arrastrar por otros planteamientos que pudieran hacernos, para dar un testimonio claro de esos valores del Reino de Dios por el que nosotros hemos optado.

No se trata de arrasar nosotros a los contrarios como tantas veces vemos que sucede donde todo el que no piense como nosotros es un adversario peligroso al que tenemos que hacer desaparecer; es un estilo que se está imponiendo en nuestra sociedad donde cada vez nos cuesta más dialogar para aunar esfuerzos en lo bueno. Dice aquel buen hombre de la parábola que habrá que dejar crecer juntos el trigo y la cizaña, que solo al final se decantarán por lo que es bueno. Es el camino que hemos de hacer en la vida, pero sin dejar que la maldad nos malee.

Es una invitación a la esperanza y al compromiso lo que nos está haciendo Jesús con esta parábola. No todo está perdido por mucha cizaña que veamos en nuestro mundo, porque es ahí donde tenemos que dar nuestro testimonio. Y los corazones si los podemos transformar, sí podemos hacer que se dejen iluminar, si podemos lograr ese mundo nuevo empapado de los valores del Reino de Dios. ‘El que tenga oídos, que oiga’.

miércoles, 24 de abril de 2024

Escuchemos el grito que resuena en nuestros corazones y seamos, no por lo que vociferemos, sino por nuestro testimonio de amor, grito que despierte a nuestro mundo

 


Escuchemos el grito que resuena en nuestros corazones y seamos, no por lo que vociferemos, sino por nuestro testimonio de amor, grito que despierte a nuestro mundo

Hechos de los apóstoles 12, 24 — 13, 5ª; Salmo 66; Juan 12, 44-50

Hay gritos que no se oyen con los oídos, pero se escuchan allá en lo más hondo del alma. No son voces estridentes, sino escuchar una voz que susurra en el corazón pero que se convierte en un grito dentro del alma. Son gritos que no es escuchan sensorialmente, pero sensitivamente nos producen gran impacto.

Creo que algo de eso habremos experimentado más de una vez y es una forma maravillosa con la que podemos comunicarnos. Al que más grita es al que quizás menos se le escucha, porque incluso la estridencia del grito produce un caos en nuestros oídos que no llegaremos a entender lo que se nos dice. Fue quizás aquella mirada que en un momento determinado recibimos, por ejemplo de nuestra madre, ante lo que estábamos haciendo, no oímos quizás ninguna palabra pero en nuestro interior hubo un grito de advertencia para que nos diéramos cuenta de lo que estábamos haciendo.

Digo la madre, porque quizás fue lo más bonito que palpamos desde nuestra niñez, pero habrán sido muchas ocasiones en la vida en las que nos habrá sucedido algo parecido. El testimonio de alguien en silencio que cumplía con su deber sin grandes aspavientos, el ejemplo de una entrega generosa sin hacer ruido, pero que tanto bien hacía y que dejó huella en nosotros. No necesitamos grandes juicios ni condenas, pero nos sentimos interpelados y quizás se produjeron cambios beneficiosos en la vida.

Hoy el evangelio nos dice que Jesús alzó la voz y gritó, pero lo que luego nos sigue diciendo el evangelio no son palabras que hagan mucho ruido, pero sí son palabras en los que se va desparramando lo que hay en el corazón de Dios dejándonos entrever la grandeza de su corazón, pero también lo que era la ternura de Dios que se estaba manifestando en Jesús.

Nos habla de creer en El y nos habla de la luz que comienza desde esa fe a resplandecer en nuestros corazones. Nos habla Jesús de su misión, misión que ha recibido del Padre, porque El no habla ni dice sino lo que ha recibido del Padre. Nos habla Jesús de la salvación que viene a ofrecernos, porque El no viene ni para juzgar ni para condenar, sino para ser luz, para sembrar semillas de esperanza y de vida nueva, para regalarnos la salvación.

Hoy quizás nosotros magnificamos, y no podemos menos que hacerlo, todo aquello que iba haciendo Jesús, pero esa algo sencillo, pequeño y humilde, porque lo que Jesús iba haciendo era desparramar amor. Es su cercanía y su presencia allí donde había sufrimiento; era el estímulo para emprender el camino, cuando siempre El iba delante haciendo el mismo camino que nosotros; era su oído atento y su mirada, para escuchar súplicas, para descubrir lágrimas, para ofrecer la calidez de su corazón para que encontraran paz los corazones atormentados.

Y lo hacía mientras hacia camino entre aquellas aldeas perdidas de Galilea, o se sentaba en la orilla del lago para hablar a los pescadores o a cuantos se acercaran junto a El, mientras se dejaba coger el corazón cuando se encontraba con las multitudes hambrientas de vida, o se repartía para llegar a todos como repartía el pan en el desierto para que todos comieran. No era nada especial ni extraordinario sino la grandeza de la vida misma llena y rebosante de amor.

Pasaba en silencio haciendo el bien y su presencia se convertía en grito que despertaba los corazones, sigue despertando los corazones si queremos nosotros también escuchar ese grito que quizás nos llega como susurro en el testimonio de amor de muchos que están a nuestro lado y porque no hacen ruido nos pueden pasar desapercibidos.

Escuchemos ese grito que resuena en nuestros corazones, y aprendamos a ser, no por las palabras que vociferemos, sino por el testimonio de amor que demos, ese grito que despierte a nuestro mundo.

viernes, 8 de marzo de 2024

Escuchemos en la sinceridad del corazón como Dios es nuestro único Señor por el amor que nos tiene y con ese mismo amor amemos también a nuestro prójimo

 


Escuchemos en la sinceridad del corazón como Dios es nuestro único Señor por el amor que nos tiene y con ese mismo amor amemos también a nuestro prójimo

Oseas 14, 2-10; Salmo 80; Marcos 12, 28b-34

Tenemos que comenzar por escuchar. Eso que nos cuesta tanto. Somos muy charlatanes, en todos los sentidos. Y quizás lo que hacemos es escucharnos a nosotros mismos. Si por la vida fuéramos con oído más atento, con nuestros sentidos más abiertos para captar y sentir lo que palpita a nuestro alrededor, otras seguramente serían nuestras actitudes, las posturas que tomamos ante los demás, las razones que encontramos para darle un nuevo sentido a la vida.  Pero nos hemos creado nuestro castillo de sueños y de ilusiones y algunas veces está en el aire. Nos hemos hecho nuestras ideas y según nuestro yo queremos siempre actuar, y hay algo distinto, hay otra cosa, hay otra forma de mirar. ¿Por qué no nos ponemos a escuchar, por qué no nos ponemos a escuchar a Dios?

Fijémonos en el texto del evangelio que hoy se nos propone, e incluso fijémonos también en la lectura profética. Un escriba se acerca a Jesús para preguntarle cuál es el primer mandamiento, cuál es lo primero que tenemos que cumplir. Y Jesús responde con literalmente con un texto de la Escritura, texto por otra parte que todo buen judío conocía y repetía muchas veces al día, porque era siempre su manera de orar a Dios y hacerle presente en su vida, aunque muchas veces se quedar en un repetir formalmente unas palabras sin fijarse en su verdadero contenido.

Y Jesús, en esta ocasión, comienza repitiendo textualmente lo que decía la Escritura Santa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Fijémonos cómo comienza el texto, primero que nada tenemos que escuchar y según lo escuchado actuaremos en consecuencia con ese amor a Dios sobre todas las cosas.

‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor’. Escuchar y reconocer es mucho lo que implica. Sí, es un acto de fe, para reconocer que nuestro Dios es nuestro único Señor. ¿Qué significa esto? ¿Por qué es el único Señor? Con una palabra tenemos que responder, por su amor. Es una manera de recordar y reconocer todo lo que ha sido la historia de amor de Dios para con su pueblo a través de toda su historia. Cuando Moisés transmite estas palabras al pueblo tienen aún reciente como se han visto liberados de Egipto, cómo con la acción de Dios pudieron atravesar el mar Rojo abriéndose sus caminos ya para siempre para la libertad; como Dios se ha hecho presente en su travesía por el desierto, costosa es cierto, pero allí ha estado el Señor como una columna luminosa y como un nube que les daba sombra para suavizar el camino. Ahí recuerdan toda la historia de la salvación, que es toda una historia de amor, y Dios es el único Señor, al que adorar y al que amar con el todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo su ser.

Escuchemos nosotros también. Escuchemos toda esa historia de amor de Dios en nuestra vida. Si nos detenemos y nos ponemos a escuchar será mucho lo que tenemos que reconocer. Cada uno tiene su historia, sus luchas, sus fracasos, sus esfuerzos, sus trabajos, sus tropiezos, sus momentos de sombras pero también sus momentos de luz. Recordemos con sinceridad, escuchemos lo que sentimos en el corazón. Es mucho lo que hay en lo que se ha manifestado ese amor de Dios. ¿Cómo no le vamos a amar también sobre todas las cosas?

Pero escuchemos también que esa voz que resuena fuerte en nuestro interior nos hace mirar algo más; tenemos que mirar en nuestro entorno, tenemos que mirar a los que caminan a nuestro lado, tenemos que mirar a nuestro prójimo. Y no los podemos dejar fuera de ese amor. Es que no sería verdadero el amor que le tuviéramos a Dios si no amamos a los hermanos que son también sus hijos, si no somos capaces de amarnos como nos amamos a nosotros mismos. Es con lo que concluye la respuesta de Jesús.

Ojalá escuchemos también desde esa voz de Dios que por nuestro amor a nosotros nos dice también ‘no estás lejos del Reino de Dios’.


miércoles, 24 de enero de 2024

Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena?

 


Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena?

2Samuel 7, 4-17; Sal 88; Marcos 4, 1-20

Escuchar a veces no es fácil. Hay que prestar atención, porque es más que oír sonidos inconexos que llegan a nuestros oídos. Escuchar es una elección. Ya lo solemos decir, aunque a veces con cierta picardía, escuchamos lo que queremos. Yo diría aquí, queremos escuchar lo que oímos, y claro para eso es necesaria atención. Hoy terminará diciéndonos Jesús que ‘el que tengo oídos para oír, que oiga’. ¿No tenemos todos oídos? Lo malo sería que no los utilicemos.

Se había reunido en torno a Jesús mucha gente; será difícil que allí en el mismo plano de la playa puedan todos oírle con claridad. Por eso la estrategia de Jesús, aprovechando que había allí unas barcas que acababan de regresar de su faena, sus pescadores estarían realizando por allí las tareas habituales de recoger las redes, limpiarlas, remendarlas si tal fuera el caso, y tener todo preparado para otra faena el día de mañana. Se subió y sentó en una de las barcas situándolas a corta distancia de la orilla, y todos podrían verle y escucharle.

‘Escuchad…’ comienza diciendo Jesús. ¿No es la llamada de atención al principio de cualquier parlamento para que se haga silencio y se preste atención? Pero quizás ese ‘escuchad’ pueda significar algo más. Es que en lo que va a decir Jesús nos va a describir esa manera de escuchar que tenemos en tantas ocasiones y que pueda llevar al poco o mucho fruto que podamos recoger de lo que se nos dice. Tantas veces estamos oyendo a quien nos habla pero nuestra mente anda por otros ‘andares’, como tantas veces aunque estemos allí presentes ponemos una costra que hace resbalar aquellas palabras que se nos dicen.

De eso y mucho más nos va a hablar Jesús. Habla de un sembrador que sale a sembrar a voleo su semilla; recorre caminos y campos y a vuelo va dejando caer su semilla, pero no todos los terrenos en los que cae están preparados de la misma manera, tienen las mejores actitudes para que esa semilla pueda enraizar y un día dar fruto. Será la tierra endurecida de los caminos y veredas por el paso de los caminantes; serán los terrenos pedregosos que no han sido roturados lo suficiente; serán esos terrenos llenos de abrojos y matorrales que no ofrecerán la mejor disposición para que esas nuevas plantas que allí germinarán puedan salir adelante. Solo alguna semilla irá a caer en buena y preparada tierra y aun así dará diferentes cosechas.

¿En que condición estaban los que aquella mañana se habían congregado en la playa de Cafarnaún? ¿Por qué habían ido a ver a Jesús? ¿Qué es lo que querían escuchar? ¿Lo que Jesús les estaba ahora diciendo entraría en sus planes, podría ser factible que obtuviera una respuesta en sus vidas?

Era lo que entonces aquellos galileos, pero también nosotros hoy que estamos escuchando esta parábola de Jesús tenemos que plantearnos. ¿Cuál es nuestro interés? El mensaje que se nos transmite ¿responde a lo que son nuestras expectativas? ¿Estaríamos dispuestos a cambiar de dirección nuestros intereses en la vida? ¿Nos dejaremos roturar para transformar ese terreno estéril en un buen terreno que un día produzca sus frutos?

Podemos pensar que es costoso, porque nuestro corazón se ha endurecido, porque muchos son los apegos y las rutinas que envuelven nuestra vida, pero, ¿no nos llama la atención eso nuevo que nos ofrece Jesús? ¿No sentimos desconsuelo en nuestro interior por lograr un mundo mejor en el que reine la justicia y la paz, en que todos nos sintamos hermanos, en que vamos logrando que la gente sea más feliz de verdad desde lo más hondo de si mismos?

Me vais a permitir que traiga a colación una imagen que está viniendo a mi mente. Todos sabemos que hace un par de años un volcán en una de nuestras islas destruyó poblaciones e inmensos espacios de terrenos agrícolas, muchos de los cuales se habían realizado precisamente sobre las lavas de volcanes anteriores. Los habitantes de aquel lugar no se han rendido. De nuevo están roturando las lavas del último volcán para con nueva tierra transportada de otros lugares volver a hacer florecer aquellos campos con nuevos cultivos. La tarea no es fácil, es bien costosa en todos los sentidos, pero saben que tienen que hacerlo para hacerlos producir, pero también para verse realizados en sus vidas allí donde siempre han estado. Un día, no tan lejano, lo que fue un infierno de fuego y de lava volverá a estar lleno de vida.

Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, como hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena? ¿Seguiremos dejando que la Semilla caiga en tierra baldía por no poner todo el esfuerzo en escuchar de verdad esa Palabra que Dios nos ofrece?

‘Escuchad…’ nos dice Jesús. ‘El que tengo oídos para oír que oiga’


martes, 23 de enero de 2024

Levantemos nuestros oídos y escuchemos, el Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’

 


Levantemos nuestros oídos y escuchemos, el Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’

2Samuel 6, 12b-15. 17-19; Sal 23; Marcos 3, 31-35

‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Es la pregunta que se hace Jesús cuando estando rodeado de mucha gente que va a oírle, que van están allí a su alrededor con sus sufrimientos y esperanzas, con sus desconsuelos y con sus amarguras, le dicen que fuera están sus madre y sus hermanos que quieren verle.

No es una pregunta cualquiera la que se hace Jesús. No es decir simplemente, mira que bien, que ha venido mi familia, sería bueno que estuviera con ellos un rato; no es valerse de su autoridad o su influencia para abrirles paso y que puedan llegar más pronto y mejor hasta El, Algo más quiere decirnos Jesús con esa pregunta que se hace, cuando le dicen que allí están su madre y sus parientes que quieren verle.

Parece como si Jesús quisiera hacer una distinción, sin quitarle importancia, por supuesto, a lo que significa la familia. ¿No estará abriéndonos Jesús a que esos sentimientos que tenemos cuando pensamos en la familia, en los hermanos, en los que son cercanos a nosotros por razón de la sangre, les demos una mayor amplitud para darnos cuenta de que podemos amar con un amor así, un amor que nos hace sentir familia, un amor que nos hace sentir hermanos, con un carácter más universal?

También nosotros decimos muchas veces a alguien a quien apreciamos mucho que para nosotros es más que un amigo, que es un hermano. Y no hablamos aquí de un amor afectivo que nos lleve, por ejemplo, a la unión matrimonial. Es una relación que establecemos entre personas que nos sentimos eso, amigos, pero que crean otros lazos, otro estilo de comunión. Una relación, tenemos que reconocer, que muchas veces es mucho más honda que la que podamos tener con muchos familiares por lazos de sangre. Es también la belleza y hermosura de la amistad.

Pero sí, Jesús cuando se hace esta pregunta en aquellas circunstancias está abriéndonos los horizontes. Es esa nueva comunión y fraternidad que vamos a tener todos los que pongamos en El nuestra fe y nuestro amor. Dirá Jesús en aquel momento, mirando alrededor nos dice el evangelista, que su madre y sus hermanos están allí, en todos aquellos que le escuchan, en todos aquellos que no se contentan con oír algo que pronto quizás podrán olvidar, sino que aquello que escuchan de labios de Jesús lo van a plantar en su corazón. ‘Estos son mi madre y mis hermanos, dirá. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

Mira Jesús alrededor mientras pronuncia estas palabras y mira, sí, a aquellos que allí y ahora están escuchándole, pero mira más allá, lo que sus ojos no pueden ver porque está detrás de la puerta, y es que está también mirando a su madre, la que plantó la Palabra de Dios en su corazón. ‘Hágase en mi según tu palabra’, según lo que Dios me está transmitiendo por tu palabra, le respondió María al ángel de la anunciación.

Es el camino que hemos de seguir. Y no es solamente oír, porque oímos muchas cosas, muchas palabras resuenan continuamente en nuestro mundo, muchas músicas o muchos ruidos aturden continuamente nuestros oídos, muchos mensajes nos pueden llegar desde todos lados, oímos muchas cosas, pero ¿qué escuchamos?

Cuando estamos en un lugar donde hay mucho bullicio a nuestros oídos llegan muchos sonidos, pero cuando entre todo eso surge algo que nos interesa, levantamos nuestros oídos podríamos decir siguiendo la imagen de los animalitos que levantan sus orejas para prestar atención, para poder escuchar mejor. Levantemos nuestros oídos y escuchemos. El Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’.