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viernes, 4 de septiembre de 2026

Remiendos y rotos que hemos de sustituir por vestiduras nuevas, odres nuevos para vino nuevo, pero la autenticidad del vino añejo y no adulterado del evangelio, nos pide Jesús

 


Remiendos y rotos que hemos de sustituir por vestiduras nuevas, odres nuevos para vino nuevo, pero la autenticidad del vino añejo y no adulterado del evangelio, nos pide Jesús

1Corintios 4, 1-5; Salmo 36; Lucas 5, 33-39

He de confesar que escuchando este texto del evangelio de hoy, que nos habla de remiendos y de rotos, tal como vemos hoy las nuevas modas y costumbres a la hora de vestir parece que se quedaría uno sin palabras ni saber que decir; claro que no podemos olvidar o callar las nuevas costumbres que se nos van imponiendo, que pueden ser también muy significativas de muchas cosas, y podemos pensar en un modo positivo que siempre tenemos que saber hacer aflorar, pero no podemos quitar razón a lo que nos dice Jesús en el evangelio,

Alguna vez nos habrá pasado, teníamos una ropa, un vestido que quizás había significado mucho para nosotros, pero claro con el paso del tiempo las cosas se ponen viejas y aparecen los rotos, nos daba pena desprendernos de dicha pieza y pensamos que quizás poniendo un remiendo allí donde aparecía el roto nos podría seguir valiendo y no tendríamos que tirarla; quizás con el paso de los días nos dimos cuenta que aquello no nos sirvió de nada y al final todo se quedó inservible. ¿Comprendemos entonces el sentido de las palabras de Jesús?

Había venido poco menos que con una queja porque El no enseñaba a sus discípulos a ayunar y hacer penitencias, como juan enseñaba y pedía a sus discípulos o a quienes iban a escucharle a la orilla del Jordán. No dice Jesús que no valgan aquellos ayunos de Juan, lo que nos está pidiendo es que le encontremos un sentido auténtico a aquello que hagamos y que no sea porque haya que repetir literalmente unas viejas costumbres. Ya tenemos la experiencia de como ya nos buscaremos atajos, disculpas y excepciones para no tener que hacer esas penitencias, y si no nos queda más remedio ya procuraremos que sea lo más liviano posible.

Jesús nos está abriendo los ojos a un sentido nuevo y de mayor autenticidad en la vida que es lo que va a significar el Reino de Dios que anuncia. Y ese sentido nuevo nos va a pedir una nueva forma de vivir, una renovación desde lo más profundo para llegar a ser un hombre nuevo. Y ser hombre nuevo no significa buscar disimulos para ocultar roturas; es una vestidura nueva que no es solo algo que nos pongamos por encima si por dentro seguimos igual; la renovación no se queda en remiendos sino en renovación total. ¿No nos pedía conversión? ¿Y qué significa esa palabra? Dar la vuelta totalmente, no es simplemente ponernos de lado para seguir ocultando por detrás las cosas viejas de las que tenemos que desprendernos.

Por eso continuará Jesús hablándonos de odres nuevos; unos odres que han de tener una contextura especial y renovada para poder contener ese vino nuevo del Espíritu con toda su fuerza de vino nuevo? Unos odres viejos que ya están pasados en su contextura no nos servirán porque esa vitalidad nueva los hará estallar. Pero nosotros, sin embargo, queremos seguir siendo odres viejos, porque aquella vieja costumbre no la puedo olvidar, porque de aquellos viejos recuerdos no me puedo olvidar, porque aquello que yo he hecho siempre me puede seguir valiendo, porque contentándonos con cumplir al menos lo más elemental nos parece suficiente, porque hay cosas de las que no me puedo desprender, parece que son camisa que se ha hecho carne con nosotros y ahora nos cuesta arrancarla de nuestra vida y no queremos pasar por esos dolores.

Nos cuesta entender la novedad del evangelio; nos cuesta adentrarnos en lo más hondo de nosotros mismos para llegar a darle autenticidad a nuestra vida; nos resulta fuerte quizás saborear en su más auténtico sabor lo que es el evangelio de Jesús. Por eso hoy Jesús aunque por un lado nos habla de vinos nuevos que necesitan unos odres nuevos, por otro lado nos habla también del vino añejo que tiene el mejor sabor. ¿Hay contradicción en las palabras de Jesús? Tenemos que entender bien lo que es un vino añejo, el que ha conservado su sabor sin adulterarlo de ninguna manera con otras mezclas; ¿no será eso lo que de alguna manera vamos haciendo algunas veces con el paso del tiempo que adulteramos el sabor del evangelio?

Cuántas cosas hemos ido mezclando en nuestra vida cristiana y hasta en la vida de la Iglesia con sabores del mundo que nos rodea con lo que de alguna manera podemos llegar a no reconocer el sabor auténtico del evangelio en lo que hacemos con nuestras tradiciones y rutinas, con nuestros apegos al mundo de los que no nos queremos desprender. Por ahí van las palabras de Jesús.

Cuando ha llegado el momento de una renovación en la Iglesia, como aquel abrir puertas y ventanas que decía san Juan XXIII cuando convocó el concilio para llegar a esa autenticidad, habrá todavía quien sigue añorando aquellas tradiciones y no ha querido entrar en la renovación que el Espíritu Santo ha querido infundir en la Iglesia de hoy. Y cuidado que volvamos a los remiendos o a la autenticidad que nos llena de vanidad.


sábado, 4 de julio de 2026

Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, es una buena noticia que hace nueva nuestra vida

 

Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, es una buena noticia que hace nueva nuestra vida

Amós 9, 11-15; Salmo 84;  Mateo 9, 14-17

Nos gusta recibir buenas noticias. Estamos atentos a los diversos medios de comunicación para saber de qué va el mundo de la misma manera que nos comunicamos con aquellos más cercanos a nosotros que siempre tienen algo que contarnos de cuanto sucede a nuestro alrededor; desgraciadamente la mayoría de las noticias que recibimos tienen los tintes negativos de tantas calamidades que afectan a nuestro mundo y a nuestra sociedad que es algo que por nuestra sensibilidad nos inquieta; pero aun si queremos seguir escuchando noticias esperando siempre algo bueno y algo positivo que de alguna manera nos aliente y sea como luz para nuestro camino. 

Hay noticias que recibimos y que nos impactan y nos inquietan, que nos hacen reaccionar de alguna manera y que también van marcando el ritmo y el rumbo de nuestras vidas; cosas que nos afectan en lo más íntimo de nosotros, cosas que nos hacen pensar y nos hacen ver las cosas de otra manera, cosas, palabras o acontecimientos que nos producen un impacto profundo y o nos pueden desestabilizar en lo que es nuestra rutina de cada día, o nos hacen dar un giro a nuestras vidas.

Cuando Jesús comenzó a predicar en Galilea le decía a la gente que se preparara porque les llegaba una gran y buena noticia; en el ritmo de la predicación que había sido del Bautista la invitación que Jesús hacía era la conversión para poder creer en esa buena noticia del Reino de Dios que llegaba. Era una buena noticia que haría cambiar muchas vidas en quienes la aceptaron, una buena noticia que impacta y nos tendría que llegar de inquietud para buscar esos nuevos valores que nos iba a proponer.

No todos lo van a comprender porque están muy anclados en las costumbres de siempre, en la interpretación que ellos se habían hecho de la ley y los profetas, de las Escrituras santas, y no estaban dispuestos a hacer ese cambio, por eso su reacción será ir a la contra, rechazar, no dejar que llegara esa buena noticia a sus corazones. Es lo que iremos encontrando a lo largo del evangelio.

Hoy vienen algunos a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen con los viejos ritos de los ayunos y las penitencias, como los discípulos de Juan o como los discípulos de los fariseos. Jesús tratará una vez más de hacerles comprender la novedad de esa Buena Noticia, de ese Evangelio, que Él está proclamando. Y lo hace siempre, podríamos decir, con su pedagogía de ponernos imágenes como señales que hemos de entender. Por eso habla de rotos y de remiendos, por eso habla de odres viejos y nuevos que habrá que renovar para recibir ese vino nuevo que Él nos ofrece. 

‘Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor’. Es una vestidura nueva la que tenemos que vestir, no nos vale lo viejo remendado, sino que es necesario esa transformación profunda que nos hace un hombre nuevo. 

‘Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan’. Es la conversión profunda de nuestro corazón y de nuestra vida. No podemos ser los mismos ante la Buena Noticia del Evangelio de Jesús. 

¿Significa en verdad eso para nosotros? Cuando queremos en verdad confrontar nuestra vida con el evangelio que escuchamos muchas veces nos quedamos pensando en qué cosas tengo que cambiar. ¿Significa eso los remiendos que le he de poner a mi vida para que no desentone mucho con el evangelio que escuchamos? Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, porque seguramente serán las que no están verdaderamente ancladas en Jesús y su evangelio.

viernes, 5 de septiembre de 2025

Llegar a descubrir la novedad de vida que ha de significar el evangelio para nosotros y dejarnos sorprender para llegar a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del Reino

 


Llegar a descubrir la novedad de vida que ha de significar el evangelio para nosotros y dejarnos sorprender para llegar a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del Reino

Colosenses 1, 15-20; Salmo 99; Lucas 5, 33-39

Se suele decir que las comparaciones son odiosas y seguramente alguna vez hemos reaccionado cuando han pretendido compararnos con alguien; si es mejor, si hace las cosas que tú no eres capaz de hacer, si él ha tenido éxito y tu siempre eres un perdedor, y así múltiples cosas más. Sin embargo de alguna manera a veces somos incongruentes, porque lo que no queremos para nosotros mismos, quizás lo ofrecemos como ejemplo o estimulo para los demás, y algunas veces nos sucede en la cuestión de la educación que damos a los hijos; les ponemos modelos quizá en aquellos que son sus amigos o viven en su entorno a los que tienen que imitar o de los que tienen que distanciarse porque pueden ser malas compañías que no los lleven por buenos caminos. ¿No tendríamos que ser más nosotros mismos desarrollando lo que hay en nosotros pero porque queremos llegar a nuestra plenitud de vida?

Allí andaban aquellos a los que les costaba tanto entender a Jesús o aceptar los nuevos planteamientos que Jesús nos propone, que ahora andan con comparaciones entre los discípulos de Jesús y lo que son sus discípulos, aunque lo digan sutilmente hablando de los seguidores de Juan o de la escuela de los fariseos. Y vienen con una cuestión a la que se le daba mucha importancia en el contexto de lo religioso, el ayuno. Los discípulos de Juan ayunan y también lo hacen los de los fariseos, pero le vienen a encarar a Jesús que sus discípulos no ayunan.

No han terminado, o no han querido, entender el mensaje de Jesús, el mensaje del Reino de Dios que Jesús proclama. Aunque esperan al Mesías, parece que lo esperaran para que corroborara o hiciera aquellas cosas que ellos hacían. El Mesías para ellos no significaba una novedad de vida, sino un querer afirmarse en los planteamientos que ellos se hacían de lo que debía de ser ese pueblo de Dios, que Jesús lo llamará el Reino de Dios; era algo más que unas personas que se juntaban o se reunían para algo, tenía que ser una visión nueva del mismo sentido de la vida, como del sentido de Dios. Y ellos pretendían solucionarlo todo con unos arreglitos. Y parecía que por lo que Jesús les enseñaba sus discípulos no debían de estar por esos arreglitos.

Es lo que les viene a decir Jesús. El sentido de la presencia de Dios en sus vidas no era para la tristeza y el luto; un nuevo sentido de fiesta había de tener la vida, por eso Jesús les habla de una boda y de unos amigos del novio que están participando de la fiesta de esa boda. ¿Caben ahí las tristezas y los lutos? Porque además al ayuno le habían cargado una connotación demasiado de caras largas y de duelo. Y Jesús hablaba de fiesta, de una boda, de la fiesta en la que participaban los amigos del novio. Era un nuevo sentido de vivir.

Es lo que Jesús nos está ofreciendo y a un nuevo sentido de vivir no se puede llegar desde unos arreglitos, desde unos remiendos; era un nuevo traje de fiesta el que había de vestirse, y todo creo que podemos entender esa imagen que va más allá de la materialidad de la tela de un vestido, porque tendrá que ser algo hondo que brote del corazón del hombre. Jesús nos hablará de un vestido nuevo y sin remiendos que al final nos traerán rotos mayores, nos hablará de unos odres nuevos que serán los que podrán contener el vino nuevo con toda su fuerza.

Es lo que tiene que ser nuestra vida, es en lo que tenemos que convertirnos en nosotros, porque es algo más que un vestido que nos pongamos exteriormente porque tienen que ser actitudes nuevas, valores nuevos que arrancan de un corazón nuevo, de un corazón que se ha dejado transformar, en el que se ha dejado actuar toda la fuerza del Espíritu.

¿Habremos llegado en verdad a descubrir esa novedad de vida que ha de significar el evangelio para nosotros? ¿Nos dejaremos sorprender por el evangelio o lo damos ya por sabido y que no nos dice nada nuevo? Algo estará fallando en nuestro encuentro con Jesús, algo estará fallando en la apertura de nuestro corazón.

lunes, 20 de enero de 2025

No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo

 


No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo

Hebreos 5,1-10; Salmo 109; Marcos 2,18-22

‘Las comparaciones son siempre odiosas’, es un socorrido dicho popular, algo así como una sentencia, de la que echamos manos cuando nos encontramos con gente que siempre está haciendo comparaciones entre unos y otros, pero donde de alguna manera tienen siempre alguna relación con nosotros mismos; si a este le dieron y a mi no, si a aquel lo trataron de una determinada manera mientras a mi no me escucharon, si porque aquel tiene amigos influyentes consigue las cosas, pero de mi nadie se preocupa, y cosas así. Son odiosas solemos decir, porque siempre por medio aparece el amor propio, los orgullos, las desconfianzas que van creando enfrentamientos y barreras que nos distancian o que nos pueden llenar incluso de amarguras. Siempre nos encontramos personas así, siempre podemos caer nosotros por esa misma pendiente resbaladiza.

Jesús ha comenzado a predicar y en torno a El se ha ido formando un grupo de los que quieren seguirle más de cerca; son los llamados discípulos, de entre los que Jesús en un momento determinado escogió a los que serían sus apóstoles, sus enviados. Juan el Bautista también tenía sus seguidores allá en el desierto – algunos de ellos fueron los primeros en seguir a Jesús – y aunque la figura de Juan tras ser encerrado en la cárcel y posteriormente decapitado por Herodes había desaparecido, aquellos que le seguían aun siguen manteniendo el espíritu de Juan y siguen realizando lo que de Juan habían aprendido. Pero también había otros grupos sociales que se habían ido formando en torno a figuras o a influencias como las que los fariseos querían imponer en la sociedad de entonces. Todos tenían sus reglas y costumbres, seguían formalmente con algunas costumbres que se convertían para algunos como unas reglas a seguir.

Y es ahora cuando surge la comparación entre los discípulos de unos y de otros, entre lo que hacían los discípulos de Juan y de los fariseos y lo que Jesús les exigía a sus discípulos. Es lo que ahora en sus tiquismiquis le vienen  a plantear a Jesús, la comparación entre el rigorismo que vivían los discípulos de Juan y los fariseos, por ejemplo, en la cuestión de los ayunos y penitencias, y lo que Jesús planteaba a quienes querían seguirle. El planteamiento de Jesús les resultaba novedoso ante lo que estaban acostumbrados que eran las exigencias de los profetas en algunos momentos. Esto era incomprensible para muchos sobre todo los que vivían aquel antiguo rigorismo.

Pero Jesús siempre nos ha dicho que lo que El nos anuncia es una Buena Noticia y las buenas noticias están llamadas a dar esperanza, a levantar los ánimos, a sembrar una nueva ilusión en los corazones; y Jesús había hablado de liberación y de tiempos nuevos, que por algo proclamaba una amnistía, un año de gracia del Señor, que tenia su base y fundamento en lo que era el año jubilar donde todo había de renovarse, donde se encontraría el perdón de antiguas deudas, donde a partir de ese año de gracia todo habría de tener la novedad de lo nuevo, valga la redundancia que tiene su sentido.

Por eso ante las preguntas que le hacen desde sus comparaciones y desconfianzas Jesús hablará de un hombre nuevo, hablará de odres nuevos para vino nuevo, Jesús hablará de que no hemos de andar con remiendos a paños viejos, sino que ha de ser un vestido nuevo que el que hemos de portar. Pero eso es difícil de entender para los que se quieren mantener en viejas costumbres que de verdad no liberan de nada sino que realmente nos hacen caer en una rutina que siempre será ruinosa. Claramente nos lo está diciendo Jesús. No se trata de simples reformas sino de total renovación. Pero nosotros seguimos simplemente queriendo hacer reformas.

Esto tendría que hacernos pensar para muchas cosas, en nuestra vida personal, en ese crecimiento y renovación que tenemos que hacer de nuestra vida, o sea una vida nueva; es el mensaje que tenemos que sentir hondamente en nuestra Iglesia muchas veces tan dada a conservadurismos y no se deja conducir por la novedad del espíritu, por la verdadera novedad del Evangelio de Jesús.

Cuidado hayamos hecho viejo el evangelio, no le terminemos de encontrar su novedad cada vez que lo escuchamos, y tampoco sepamos ofrecerlo como novedad al mundo de hoy. Para muchos, quizás por nuestra forma de presentarlo, puede parecer algo anquilosado, algo de otro tiempo, y no una buena noticia para el mundo de hoy, para el hoy de la vida del hombre actual. No echemos a perder el sabor autentico del evangelio.

domingo, 19 de enero de 2025

A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… nos está faltando a los cristianos beber el vino nuevo del evangelio para contagiar la alegría de nuestra fe

 


A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… nos está faltando a los cristianos beber el vino nuevo del evangelio para contagiar la alegría de nuestra fe

Isaías 62, 1-5; Salmo 95; 1Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-11

A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… algo así, expresado de una forma muy espontánea aunque nos parezca lenguaje de cantina o de bodega, nos habrá sucedido más de una vez; estamos de fiesta pero no hay alegría, la cosa parece que está muerta, no hay entusiasmo, y como decimos en esas situaciones de la vida, anda pon un vaso de vino a ver si viene la alegría.

Entendemos que no es el vaso de vino el que da la alegría, sino que eso tiene que nacer de algo más hondo que lleve la persona en sí, pero somos las personas y parece que en muchas ocasiones es la sociedad; no sé si andamos cansados, ya todos venimos de vuelta de la vida aburridos quizás de ver que las cosas no marchan como nosotros quisiéramos, no sé si nos sentimos medio fracasados en nuestros intentos, pero parece muchas veces que vamos arrastrándonos por la vida, nos falta entusiasmo, nos falta ilusión, parece que ya no somos capaces de soñar, en una palabra, nos falta saborear la alegría de la vida; pero hay que encontrarla.

Sucede en muchos aspectos de la sociedad y así nos encontramos pueblos aburridos que están como muertos, instituciones u organizaciones sociales que han perdido la iniciativa y la creatividad, comunidades que se van envejeciendo y no solo porque parece que solo quedamos los mayores sino porque incluso a los jóvenes les falta ese impulso verdaderamente juvenil que ponga vida allí donde están o fácilmente dan un paso atrás o a un lado y se van por otra parte. ¿Nos estará sucediendo así también en la Iglesia, en nuestras comunidades eclesiales? Algo de eso se vislumbra también que sucede. ¿Cómo andan nuestras parroquias? Cada uno que analice allí donde está. A mi me preocupa. Parece que también tenemos que decir como en el evangelio hoy ‘no tienen vino’ y la fiesta se acaba.

Es lo que nos relata el evangelio hoy en este domingo ya del tiempo ordinario, una vez acabada la navidad. Casi  esta celebración de hoy es como una continuación de la fiesta de la Epifanía que hemos venido celebrando, porque también con este evangelio también hay una epifanía, una manifestación o presentación de Jesús a su pueblo en este primer signo del evangelio de san Juan. Y creo que tiene que ser una fuerte epifanía que venga a decirnos Jesús, a través de las palabras de María, ‘no tienen vino’.

La fiesta podía ser un fracaso y sería una vergüenza enorme para los novios, no haber tenido las necesarias previsiones para tener vino abundante para la fiesta, sabido es que esas fiestas solían además durar varios días. Nos da el detalle el evangelista de que Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la fiesta, y allí está también la madre de Jesús. Es significativo además y por lo que tendríamos que hacernos muchos interrogantes para nuestra forma de vivir como cristianos que esa primera aparición publica de Jesús en el evangelio de Juan en el comienzo de su predicación sea precisamente en algo tan humano como la fiesta de una boda. Es el Emmanuel, el Dios que viene a estar con nosotros, y se hace presente allí donde está la vida del hombre. Lo contemplaremos a lo largo del evangelio allí donde está el sufrimiento y el dolor, irá a la casa de Jairo, el jefe de la sinagoga o querrá ir a la casa del centurión a pesar de ser un pagano, se detendrá junto al ciego en las calles de Jerusalén o bajará hasta Betesda en el ultimo rincón donde hay un paralítico al que nadie ayuda, se detendrá junto al camino dejándose encontrar por el leproso o llamará al ciego que grita a su paso, se detendrá ante la higuera porque sabe que allí está alguien que quiere verlo, Zaqueo, o se dejará tocar ya sea por la mujer pecadora o por la hemorroísa que quiere al menos tocar el borde de su manto, se detiene junto a la orilla del lago subiéndose a la barca para hablar desde allí a la multitud, o irá a comer a casa de Simón, aunque sabe que es fariseo. Es el Dios que viene a estar con nosotros porque quiere darnos vida.

Hoy nos está diciendo a través del texto del evangelio de las bodas de Caná, que ya no nos vale el vino que tenemos o que está aguado y necesitamos no solo unos odres nuevos sino sobre todo un vino nuevo que es el que El quiere ofrecernos. No terminamos de aceptar ese vino nuevo del evangelio y por eso seguimos con nuestros cansancios, nuestro aburrimiento, nuestra falta de ilusión y esperanza, y con esa alegría enferma si acaso no muerta. ¿Nos estaremos muriendo de tristeza los cristianos? ¿Dónde estamos cantando con la vida de verdad esa alegría de la fe? ¿Qué es lo que está pasando en nuestras comunidades? ¿Qué pasa con nuestras celebraciones que siguen siendo aburridas y con falta de alegría y de ese entusiasmo que tendríamos que tener desde nuestra fe?

Tenemos que dejar que Jesús transforme el agua de las vasijas de nuestra vida en ese vino nuevo que solo en Jesús podemos encontrar. Es el vino nuevo que necesitamos para que recobremos esa alegría y entusiasmo de nuestra fe. Pero no olvidemos que tenemos que comenzar por ser nosotros vasijas nuevas, odres nuevos, porque en hombre viejo no podemos poner esa vida nueva, se derramará y se perderá el vino, y eso es lo que nos está pasando.

Vivamos y cantemos esa alegría de nuestra fe y conquistaremos el mundo. No necesita nuestro mundo contagio de tristezas y pesimismos, sino contagios de alegría y de vida nueva.

jueves, 12 de diciembre de 2024

Tenemos que saber escuchar, saber ir con corazón libre al encuentro con la Palabra de Dios dispuesto a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del evangelio

 


Tenemos que saber escuchar, saber ir con corazón libre al encuentro con la Palabra de Dios dispuesto a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del evangelio

Isaías 41, 13-20; Salmo 144; Mateo 11, 11-15

Muchas veces todo lo que escuchamos no es lo que realmente ha sucedido; escuchamos, por ejemplo, un estruendo, es una pared que se derrumbó dicen algunos, otros nos dirán que fue una explosión, que fue una ráfaga de viento fuerte, que fue un avión que pasó y nos dejó su zumbido, que fue un trueno… y así seguimos escuchando muchas cosas. Pero claro que no me estoy refiriendo a esos sonidos que de esa manera llegan a nuestros oídos, sino que son las interpretaciones que nos podemos hacer de lo que nos dicen o nos cuentan, nos quedamos en la literalidad de las palabras o por lo que en otras ocasiones hemos escuchado nos hacemos nuestra interpretación, nos dejamos llevar por lo que previamente nosotros pensamos o escuchamos lo que otros nos dicen que dijo o quiso decir. Es importante pero no es fácil en muchas ocasiones; muchas veces puede ser causa de conflictos posteriores dentro de nosotros mismos, o en nuestras relaciones con quien nos quiso decir algo o con las personas que nos rodean.

‘El que tengo oídos, que oiga’, nos dice hoy Jesús en el evangelio, pero que es sentencia que nos repite en diversas ocasiones. Tenemos que tomarnos en serio lo que escuchamos, tenemos que tomarnos en serio las palabras de Jesús, tenemos que tomarnos en serio la Buena Noticia, el Evangelio que trata de trasmitirnos, no nos lo podemos tomar con superficialidad. Quedarnos en lo que nos parece que hemos oído, que muchas veces solo escuchamos según nuestros intereses, que también tenemos nuestras ideas preconcebidas, que nos hacemos nuestras interpretaciones. ¿No es lo que les sucedía entonces a los judíos que tenían una idea preconcebida de lo que iba a ser el Mesías y se quedaban entonces desconcertados con lo que veían en Jesús?

Hoy nos ha hablado Jesús de Juan Bautista del que hace grandes elogios. La liturgia nos ofrece esta palabras de Jesús en el contexto del tiempo del Adviento que vamos recorriendo y donde tan importante es la figura del Mesías, que vino a preparar los caminos del Señor. En ese sentido ha ido la lectura del profeta que hoy se nos ha ofrecido.

Hoy nos dice Jesús de Juan que nadie más grande que él ha nacido de mujer; nos habla también del profeta Elías que todos tenían la creencia que había de venir antes de la llegada del Mesías y Jesús nos dice que Elías es Juan, si es que queremos creerlo. En otro momento del evangelio volverá a hablarnos en ese sentido. Las palabras de Jesús hoy están enmarcadas en aquel momento en que Juan había enviado desde la cárcel a algunos de los discípulos que aun le seguían con la pregunta a Jesús si era El en verdad a quien esperaban, en una palabra, si era el Mesías anunciado.

Y nos habla Jesús de la violencia que sufre el anuncio del Reino de los cielos en una cierta referencia a la misma oposición que Jesús iba encontrando en ciertos sectores a su evangelio. Solo los esforzados lograran alcanzarlo, nos dice, que no significa que por la violencia tengamos que imponer el Reino de Dios, sino la violencia que tenemos que hacernos a nosotros mismos para superarnos y vivir los valores que nos ofrece; demasiado a lo largo de los tiempos no hemos sabido escuchar y entender estas palabras de Jesús y hemos querido imponer lo que solo tiene que ser una oferta de gracia.

Es por lo que nos está diciendo Jesús que el que tenga oídos, que oiga. Tenemos que saber escuchar, tenemos que saber ir con corazón libre al encuentro con la Palabra de Dios; corazón libre que es esa humildad y vacío de  nosotros mismos con que tenemos que escuchar; corazón libre que no se deja influir, que no pierde su libertad, que acoge con sencillez, que va con apertura deseoso de recibir vida, no condicionado por intereses de nuestra vida o lo que nos parece que a nosotros nos conviene, liberado de nuestras viejas historias para poder acoger la novedad que siempre es el evangelio que Jesús nos ofrece, dispuesto a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del evangelio, buscando siempre esos caminos de amor que Jesús quiere trazar para nuestra vida.

 

viernes, 6 de septiembre de 2024

Es un vino nuevo el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor

 


Es un vino nuevo el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor

1 Corintios 4, 1-5; Salmo 36;  Lucas 5, 33-39

A alguien le preguntaban un día cómo hacía para que medio de todos los problemas que tiene la vida de cada día, las noticias que se escuchaban habitualmente que no siempre tenían buenos presagios, y seguramente los problemas que también podría tener como cualquier hijo de vecino siempre mantuviera la alegría, la sonrisa en el rostro y el buen ánimo y optimismo con que se le veía en la vida. Una pregunta interesante, porque además no siempre nos encontramos con personas con ese optimismo y buen semblante en la vida.

Y aquel hombre respondía porque a pesar de todas esas negruras de la vida, a pesar también de sus muchos problemas y contratiempos que también tenía y muchos, sin embargo él trataba de mantener la paz en el corazón y la serenidad en su espíritu. Que ¿cómo lo lograba? Respondía que desde su fe. Porque cuando se sabía amado de Dios, sabía en quien de verdad podía apoyarse, quien le daba esa serenidad y esa fuerza a su espíritu, y cuando uno se pone en las manos de quien sabe que no le falla, ¿por qué habrá de atormentarse y amargarse?

¡Qué importante es mantener esa paz y esa serenidad de espíritu a pesar de todos los pesares! Es que en nuestra vida entra un cambio muy importante en la apreciación de lo que es la vida, de cómo afrontar los problemas, que sabemos que nunca faltarán, porque hemos encontrado algo que nos ha transformado totalmente, un verdadero tesoro para nuestra vida que nos hará sentir siempre esa paz en el corazón y mantendrá la alegría y la esperanza en la vida.

Pero es necesario que descubramos el verdadero sentido de nuestra vida, ese sentido y nuevo valor que da a nuestra vida y todo será distinto. No tenemos por qué andar cabizbajos, con cara de funeral porque nos vayan apareciendo problemas en la vida, con el corazón atormentado por mil amarguras. Como decía Jesús, es que los amigos del novio cuando están en la boda con él pueden andar con trajes de lutos y con llantos de tristeza. Todo tiene que tener ese sentido de alegría porque nos conforta esa fe que tenemos y porque nos anima siempre la esperanza.

Tenemos que descubrir el hondo sentido que da la fe a nuestra vida que todo lo transforma. Ya no se trata de ir haciendo cositas como quien va acumulando méritos para conseguir un premio. No es cuestión de irnos amargando con ayunos y penitencias, cuando sabemos lo que es la generosidad del amor de Dios que sigue confiando en nosotros aunque no siempre seamos fieles del todo. Tiene que haber otra generosidad en la vida, otro desprendimiento donde nos gozamos en el amor de Dios y en consecuencia viviremos en un sentido nuevo de amor.

Por eso nos dice Jesús hoy que tenemos que ser vaso nuevo, que tenemos que vestir un vestido nuevo, que de nada nos valen los remiendos que nada arreglan sino que tenemos que dejarnos transformar por El para ser en verdad unos hombres nuevos, unas criaturas nuevas. Ya no nos valen esas medidas que estábamos acostumbrados a usar – hasta aquí llegamos, con este mínimo ya nos es suficiente, desde aquí no nos podemos pasar, como tantas veces nos sigue pesando en nuestro pensamiento - porque el amor no tiene medida ni límites sino que siempre será generoso sin fin como tan bonito nos explica san Pablo en la carta a los Corintios en aquel himno al amor. Es la novedad que nos ofrece el evangelio, es la vida nueva que nace en nosotros a partir de nuestra fe en Jesús desde nuestro Bautismo.

Es un vino nuevo, como en las bodas de Caná, el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor.


sábado, 6 de julio de 2024

El vino nuevo se echa en un odre nuevo, nos dice Jesús, y así lo dos se conservan, no añoremos el vestido viejo sino vistamos el vestido del hombre nuevo

 


El vino nuevo se echa en un odre nuevo, nos dice Jesús, y así lo dos se conservan, no añoremos el vestido viejo sino vistamos el vestido del hombre nuevo

Amós 9, 11-15; Salmo 84; Mateo 9, 14-17

De una manera o de otra a todos los persiguen las añoranzas, aunque algunas veces digamos que no. Los mayores pensamos en nuestros tiempos y nos decimos que las cosas no eran como ahora y quizá comenzamos a resaltar valores que ahora nos parece que nos faltan, los jóvenes incluso en la alocada carrera en que viven recuerdan sus tiempos de niñez pasados que ahora incluso les parecen lejanos y se preguntan cómo es que vivían o hacían algunas cosas que ahora no entienden, la gente de mediana edad añora quizás sus tiempos jóvenes que consideraban de una libertad más sana porque no falta el que siempre nos estemos haciendo comparaciones.

¿Fueron mejores o peores? ¿Querríamos que volvieran al menos en algunas cosas? Es ahí quizás donde ya no nos ponemos tanto de acuerdo, pero dentro de nosotros queda algo de esa añoranza. ¿Por qué no pensamos que cada momento tuvo su tiempo? Fueron otras las circunstancias de la vida y decimos que todo va cambiando pero tendríamos que decir que para que sea vida en verdad tiene que haber evolución, crecimiento, y también nosotros crecemos con la vida, y ahora se nos pedirá algo que no podíamos pensar que hubiéramos podido realizar en otro momento, pero miremos el tiempo presente que estamos viviendo al que tenemos que dar una respuesta.

Algo de eso podemos estar viendo en el evangelio. Allá vienen los discípulos de Juan preguntando porque los discípulos de jesus no hacen las mismas cosas que ellos hacían como seguidores de Juan el Bautista. Como algunas veces nosotros en la iglesia que miramos para detrás en el tiempo y ahora algunos se preguntan por qué no hacemos cosas que antes se hacían.

¿Respondemos a los tiempos pasados o respondemos a este tiempo en que vivimos? La Buena Nueva de salvación es cierto que es única, pero es Buena Nueva, buena Noticia para el hoy de nuestra vida con el momento que vivimos, con la respuesta que ahora tenemos que dar, con la luz que en este momento tenemos que ser para nuestro mundo. Es cierto que no es fácil, pero tenemos que aprender más a dejarnos guiar por el Espíritu del Señor.  

Y aquello que nos dice Jesús hoy en el evangelio de paño nuevo o de odre nuevo, sigue siendo evangelio para nosotros hoy. Cada día hemos de dar un paso más adelante, cada día tenemos que sentir que es algo nuevo lo que nos está pidiendo Jesús, cada día tenemos que darnos cuenta que no podemos dejar envejecer el vestido de nuestra vida, no podemos dejar envejecer nuestra fe, sino que tiene que ser luminosa y brillante en cada momento para que en este momento también pueda ser buena noticia para el mundo que nos rodea.

Nuestra vida tiene que crecer para que sea vida, cuando dejamos de crecer nos envejecemos y morimos. Por eso el evangelio es siempre joven, y el que quiere vivir el evangelio de Jesús en cada momento tiene que estar lleno de esa vitalidad. Crecer nos cuesta, madurar algunas veces se nos puede hacer duro porque nos hace enfrentarnos a cosas nuevas, vivir la renovación del Espíritu nos cuesta porque en todo lo que significa renovación habrá muchas cosas que dejar aunque nos pareciera que en otro momento fueron útiles, pero que ahora es otro el momento y es ese momento el que tenemos que iluminar.

No es fácil desechar el odre viejo para encontrar el odre nuevo que contenga ese vino nuevo que siempre es el evangelio. No es fácil desechar esa vestidura que se ha vuelto vieja porque en nuestra añoranza seguimos encariñados con ella, pero es necesario el vestido nuevo, es necesaria es renovación que el evangelio de Jesús va produciendo continuamente en nuestra vida. ‘El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. ¿Cómo lo vamos a aplicar en el día a día de nuestra vida? ¿Estaremos dispuestos a una renovación?

lunes, 15 de enero de 2024

Que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos y de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio

 


Que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos y de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49; Marcos 2, 18-22

Ya comenzaba a crear inquietud en algunos sectores aquel nuevo profeta que había aparecido por Galilea. Sus palabras despertaban fervor en algunos, mientras otros se sentían inquietos porque las señales que iba realizando de alguna manera iban ya anunciando y prefigurando como un nuevo estilo, como un nuevo sentido para muchas cosas.

Sorprendían los milagros que iba realizando, curaciones de enfermos, paralíticos que comenzaban a caminar, hombres poseídos por espíritus inmundos que eran liberados de su mal, pero además sorprendían también las circunstancias, la autoridad con que se manifestaba y lo que parecía que descuidara algunas costumbres y ritos a los que estaban acostumbrados y que parece que convertían en cosas fundamentales.

Los que comenzaban a escucharle y seguirle no parece que dieran señales del cumplimiento de esos ritos como eran los ayunos a los que estaban acostumbrados los fariseos y que parecía que aquel profeta del desierto había dado tanta importancia. Sin embargo, les hablaba de conversión, de un cambio radical de vida y de sentido, que les decía que era fundamental para poder creer y aceptar esa Buena Noticia que proclamaba con el anuncio de la llegada del Reino de Dios.

Es por lo que ahora vienen a reclamarle, de alguna manera, por qué sus discípulos no ayunan como lo hacen los fariseos o los discípulos del Bautista. Y Jesús para responder les habla de fiesta y de banquete de bodas, de la alegría del novio en su boda, pero de la alegría y la fiesta de los amigos del novio. ¿Cómo pueden estar tristes y cabizbajos si están participando de la boda de su amigo? Hablará Jesús muchas veces de un banquete de bodas al que todos están invitados; y estar de bodas es fiesta, es alegría, porque no se va a celebrar entre lágrimas, salvo que sean de alegría.

Jesús habla ahora, y lo hace claramente, de algo nuevo. No se puede andar con remiendos; habla de un vino nuevo que necesita de unas vasijas nuevas porque las que ya están cuarteadas lo que harán es romperse porque no pueden soportar el empuje y la fuerza de un vino nuevo. Y nosotros que queremos seguir andando con remiendos; es necesario un manto nuevo; es necesario saborear el vino nuevo, los vinos pasados pueden perder fuerza o agriarse. Pero nosotros parece que seguimos muy contentos conservando las cosas de antes, todavía nos gustan los oropeles y las campanillas que llamen la atención. ¿Qué es lo que tendría que brillar y qué es lo que tendría que llamar la atención?

Porque cuando hoy estamos comentando este texto del evangelio no es para hacer un juicio de la aceptación o no de aquella gente en el tiempo de Jesús de su mensaje de Evangelio. Somos nosotros los que tenemos que mirarnos, es nuestra iglesia de hoy la que tenemos que contemplar, son nuestras reticencias con las que tenemos que entrar en juicio, son esas cosas que resucitamos para quedarnos en apariencias las que tenemos que analizar, para ver si en verdad estamos entrando en la novedad del evangelio.

Somos nosotros los que tenemos que vestir el traje nuevo que Jesús nos ofrece en su evangelio y no andar con componendas y remiendos. Tenemos el peligro de cuidar mucho la suntuosidad de nuestros templos o nuestras celebraciones, pero pasamos de largo ante el que nos tiende la mano pidiendo una ayuda quizá porque su apariencia nos desagrada. Nos preocupamos de buscarnos ornamentos cada vez más suntuosos y brillantes y no tenemos una manta con que cubrir la desnudez de un pobre en la orilla del camino. Hablamos y decimos cosas muy bonitas y hermosas que nos encantan a los oídos, pero no tenemos una mirada a los ojos de aquel con quien nos cruzamos en el camino. Nos cuesta hacerlo, reconozcámoslo. Lo pensamos, y hasta estamos convencidos, pero no damos el paso.

Dejemos que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos para ver si de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio.

jueves, 26 de octubre de 2023

Entendamos las palabras de Jesús que ha venido a traer fuego y lo que quiere es que se encienda y arda, solo así se transformará nuestro mundo y surgirá un mundo nuevo

 


Entendamos las palabras de Jesús que ha venido a traer fuego y lo que quiere es que se encienda y arda, solo así se transformará nuestro mundo y surgirá un mundo nuevo

Romanos 6, 19-23; Sal 1; Lucas 12, 49-53

Nos chocan las palabras de Jesús. Es lo primero que se me ocurre decir. Diera la impresión que está diciendo todo lo contrario de lo que ha venido proclamando continuamente en el evangelio.

Su nacimiento fue anunciado como la paz para todos los hombres de buena voluntad, y ahora se nos habla de guerra. Continuamente nos está hablando de amor y de unidad, de comunión y entendimiento, y ahora nos habla de división y de una forma concreta nos habla de la división y del enfrentamiento incluso entre los miembros de las mismas familias. Nos habla de armonía y de construcción de algo nuevo, y nos habla del fuego destructor que todo lo arruina. ¿Qué nos está queriendo decir Jesús?

No podemos olvidar por una parte que el evangelio se proclama en un pueblo semita, un pueblo oriental en el que están habituados a hablar con muchas imágenes que nos quieren como describir el mensaje que se nos quiere ofrecer; y recordemos también cómo Jesús a lo largo del evangelio emplea parábolas y alegorías para trasmitirnos la buena noticia del Reino de Dios. Es un lenguaje, es una forma de expresarse. Y además contemplaremos a lo largo del evangelio que Jesús nos va sorprendiendo algo nuevo y distinto, por eso es buena nueva, buena noticia, porque es algo nuevo lo que se nos quiere transmitir.

Las posturas de Jesús, la respuesta a las cuestiones que le plantean, la manera de ser y de actuar de Jesús sorprende. Será por lo que algunos no querrán aceptarle; su manera de acercarse y estar con los pecadores, pues hasta se sienta a la mesa con ellos, es sorprendente; sorprendente es la manera como trata a las mujeres y a los niños, que de alguna manera eran los marginados de la sociedad; sorpresa y admiración producen sus milagros y los signos que realiza porque están queriendo trasmitirnos algo nuevo, algo que hasta entonces no se había visto ni se había vivido.

Entendamos, pues, las palabras de Jesús, su mensaje, lo nuevo que quiere trasmitirnos, la revolución que va a significar en la vida de muchos la aceptación del Reino de Dios que nos anuncia. Por eso será exigente con los que quieren seguirle, pues seguirle a El no es buscar prebendas ni beneficios; seguirle a El tiene sus exigencias, porque no podemos volver la vista atrás cuando cogemos el arado para trabajar en su campo; seguirle a El tiene su renuncia y su negación de nosotros mismos, porque ya no será nuestro yo el que va a dictar los caminos, sino que es El quien nos señala la senda; seguirle a El implica que tenemos también que cargar con la cruz, porque solo ese el camino que nos lleva a la vida en plenitud.

Pero quien se siente cogido por el evangelio, siente que su vida se transforma, ya no puede ser el de antes, es como una explosión que surge en su interior y que le lanza de manera irresistible a nuevos caminos y a nuevas tareas. Es, sí, como un fuego que sentimos en el corazón y que no podemos apagar; es ese celo radical que sentimos en nuestro interior y que ya nada nos detendrá en ese camino del seguimiento de Jesús y de anuncio del evangelio.

No todos lo comprenderán. Muchos quizá seguirán queriendo hacer sus componendas, cuando El nos dice que no nos valen los remiendos, sino que a vino nuevo serán odres nuevos; muchos querrán quedarse como observadores, como quien ve los toros detrás de la barrera, pero El nos implica y nos compromete o estamos con El o estamos contra El, porque quien no recoge con El, desparrama. No podemos querer quedarnos enterrando muertos, porque hemos optado por la vida y es eso lo que siempre tenemos que construir.

Muchos no lo entenderán, y pueden aparecer las persecuciones, pero no olvidemos que el discípulo no es más que su maestro; y aparecerán los desencuentros entre aquellos donde menos pensamos que los íbamos a tener como pueden ser nuestros seres más cercanos, los mismos amigos o la misma familia. Es de lo que hoy nos está hablando también.

Entendemos, sí, las palabras de Jesús que ha venido a traer fuego y lo que quiere es que se encienda y arda, porque solo así se transformará nuestro mundo para hacer surgir un mundo nuevo. No temió El subir hasta el Calvario y la Cruz; alguien al final, aunque no fuera de los antes habían escuchado el evangelio, reconocerá que ‘este hombre era inocente’. Lo que podría parecer una incongruente derrota de una muerte en cruz se convertiría el signo más glorioso de victoria con la resurrección y la vida. Es nuestro camino.

jueves, 28 de julio de 2022

Que el Espíritu del Señor nos guíe y nos ayude a hacer esa vasija nueva desde la renovación que tiene que partir de nuestros corazones para llegar a una vida nueva

 


Que el Espíritu del Señor nos guíe y nos ayude a hacer esa vasija nueva desde la renovación que tiene que partir de nuestros corazones para llegar a una vida nueva

Jeremías 18, 1-6; Sal 145; Mateo 13, 47-53

Son cosas que nos pasan a todos en casa. Los armarios se nos van llenando de ropa así sin darnos cuenta; ropas nuevas que vamos comprando porque queremos irnos renovando, pero al mismo tiempo muchas veces vamos guardando, porque quizás nos da pena desechar aquella pieza de ropa, que tanto nos sirvió en un momento determinado y allá la guardamos en el fondo del armario sin darnos cuenta de que se nos va quedando obsoleta y ahora ya no nos vale, porque hay nuevos gustos, porque nosotros hemos ido cambiando; mientras quizá en otro momento nos encontramos algo que si tiene valor aun, que no ha perdido, por así decirlo, su brillo, y nos vale para conjuntar en determinados momentos.

¿Y a qué viene todo esto? Pues algo que Jesús nos ha dicho hoy. Si en un momento determinado nos ha dicho que a vino nuevo necesitamos odres nuevos, y que no nos valen los remiendos y los apaños porque lo viejo será siempre viejo y nos van a aparecer rotos peores con esos arreglos, ahora nos habla de la sabiduría del padre de familia que va sacando del arco lo nuevo y lo antiguo según convenga en cada momento. Nos había pedido radicalidad para aceptar la novedad del Reino de Dios y por eso nos pedía conversión, cambio profundo del corazón, pero también nos decía que no había venido a abolir la ley y los profetas sino a darle plenitud.

Es de lo que nos está hablando hoy. Entramos, es cierto, en una orbita nueva cuando aceptamos el reino de Dios y no nos vale ser hombres viejos, sino que tenemos que ser el hombre nuevo nacido del agua y del Espíritu, como le decía a Nicodemo, pero la mismo tiempo tiene que estar la sabiduría de saber lo que es lo fundamental, ese mensaje profundo del evangelio y de toda la Palabra de Dios que no podemos dejar a un lado. Es la profundidad que tenemos que ir sabiéndole dar a la vida, a lo que hacemos, a lo que vivimos. Y eso lo podremos hacer si en verdad nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor.

Nos cuesta quedarnos en el punto medio. Hay veces en que nos llenamos de tanto brío que todo lo queremos cambiar sin saber discernir de verdad donde se está manifestando el Espíritu del Señor. Por eso nos hablará Jesús también en el evangelio de la fidelidad de las cosas pequeñas, que nos pueden parecer insignificantes, pero que si no sabemos ser fiel en lo poco tampoco lo sabremos ser en lo que verdaderamente es importante. Todos habremos pasado en mas de una ocasión por ese brío tan juvenil que quiere desechar todo lo que sea anterior, sin darnos cuenta de que en esas cosas, aunque nos parezcan pequeñas están lo fundamentos de lo que en verdad queremos grande.

Algunas veces en la iglesia, en nuestras comunidades y parroquias pasamos en nombre de renovación por esas fiebres destructoras. No es simplemente el cambio de las cosas lo que ha de producir la renovación, sino el cambio de los corazones, nuestro cambio interior. No es fácil suprimir cosas porque ahora a los que nos parece sentirnos más jóvenes nos puedan parecer cosas del pasado y en nuestro desconocimiento nos pudieran parecer pobres, pero han sido cosas, han sido movimientos en la Iglesia que mantuvieron la fe del pueblo cristiano y que siguen siendo el sustento de la fe de tantos, fueron, por ejemplo, los caminos y experiencias de oración que mantuvieron en pie a la Iglesia, y le dieron fortaleza en los momentos difíciles, y han sido el caldo de cultivo de la espiritualidad de tantos que han vivido una vida santa. ¿Qué significaron, por ejemplo, las cofradías religiosas y hermandades de todo tipo en la vida de la Iglesia y que fueron caldo de cultivo de la espiritualidad de la Iglesia?

Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe y nos ayude a hacer esa renovación que, repito, tiene que partir de nuestros corazones. Es el alfarero divino, como nos decía el profeta, que va haciendo en nosotros esa vasija nueva.

sábado, 2 de julio de 2022

Nos falta alegría en la Iglesia, a los cristianos, todavía andamos con remiendos, o con odres viejos, y tenemos que vestir y vivir el traje nuevo del hombre nuevo del Evangelio

 


Nos falta alegría en la Iglesia, a los cristianos, todavía andamos con remiendos, o con odres viejos, y tenemos que vestir y vivir el traje nuevo del hombre nuevo del Evangelio

Amós 9, 11-15; Sal 84; Mateo 9, 14-17

A veces somos más conservadores de lo que queremos reconocer. En los muchos sentidos de la palabra. Queremos mantenernos en lo de siempre, si además siempre nos ha ido bien, para qué vamos a cambiar nos decimos; miramos para detrás en la vida y en la historia y a veces nos parece que fueron tiempos mejores, y ojalá pudiéramos volver a aquellas cosas que eran tan bonitas; aunque nos decimos modernos y queremos ser muy prácticos en lo que tenemos, en nuestra manera de vestir o de plantearnos la imagen de la vida, soñamos con suntuosidades, volvemos a fórmulas de antes porque nos parecen tan solemnes o tan fantasiosas, hasta cuando nos queremos divertir en nuestras fiestas somos capaces de resucitar viejos estilos y prendas que en verdad recuerdan otros tiempos pero que nos parecen tan suntuosas; y estamos hablando de generalidades, de las cosas comunes que tenemos o hacemos en la vida, pero no entremos en nuestros ritos y experiencias de religiosidad donde seguimos tan cargados de tradiciones y de expresiones solemnes que hasta nos hacen derramar alguna lágrima de emoción.

Cuánto nos cuesta una renovación; cuánto nos cuesta llegar a encontrar una autenticidad en aquello que hacemos o que vivimos y no quedarnos en la apariencia de lo suntuoso; cuánto nos cuesta llegar a dar una profunda vitalidad a lo que hacemos dejándonos en verdad conducir por la fuerza e inspiración del Espíritu.

Fue lo que le costó a mucha gente de su tiempo el aceptar el mensaje de Jesús. Pero nos sigue sucediendo hoy como en todos los tiempos. Hoy vemos que van reclamándo a Jesús por qué sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan o los discípulos de los fariseos. Pero Jesús les responde que cómo van a andar vestidos de luto los amigos del novio cuando están participando en su boda; si están en la fiesta de la boda, todo tendrá que ser alegría, no tienen por qué estar tristes.

¿Qué nos quiere decir Jesús? El nos está enseñando el sentido nuevo que tiene la vida desde la vivencia del Reino de Dios que nos anuncia y que se ha de instaurar; la relación con Dios ha de tener un sentido nuevo; no podemos seguir viviendo bajo los temores que se manifestaban en la religión en el Antiguo Testamento, donde llegar a tener una experiencia de la visión de Dios parecía como que se tenía que morir. No era la relación de los hijos con el padre, sino era la relación desde el temor, por eso siempre había que estar haciendo cosas como para aplacar a Dios.

Pero ha venido quien nos ha redimido, quien ha derramado su sangre entregándose por nosotros para que tengamos vida y salvación. Derramará su sangre Jesús, la Sangre de la nueva Alianza, la Sangre de la Alianza nueva y eterna para que obtengamos el perdón de nuestros pecados. No estaremos ahora haciendo méritos, porque ya ha habido uno que nos ha merecido el perdón y la paz para nuestros corazones. ¿Por qué envolver con colgaduras de tristeza todo lo que significa religión, relación con Dios?

¿No andaremos todavía nosotros en nuestras expresiones religiosas con ese tipo de colgaduras? ¿Vivimos en verdad la alegría de la fiesta en nuestras celebraciones cristianas y en todo lo que es la vida del cristiano? ¿Seguiremos aun con las colgaduras negras de la tristeza y del llanto? Os confieso algo que me llegó a lo hondo del corazón y me llenó de satisfacción grande; fue tras la celebración de unas primeras comuniones cuando un señor, que había sido invitado por una familia a dicha celebración, se me acercó y me dijo para felicitarme, ‘la celebración de la primera comunión de estos niños fue una verdadera fiesta, así lo estaban viviendo los niños y así lo he estado viviendo yo’, me decía.


Tenemos que reavivar nuestra fe y la vivencia de nuestro ser cristiano para vivirla con alegría, para llenarnos de alegría y con ella contagiar a cuantos nos rodean. Tenemos que desterrar esas colgaduras con las que queremos a veces expresar nuestras suntuosidades, para darle auténtico sentido a aquello que vivimos y que celebramos.
 

Nos falta alegría en la Iglesia, nos falta alegría a los cristianos. Todavía andamos con remiendos, o con odres viejos, y tenemos que vestir y vivir el traje nuevo del hombre nuevo del Evangelio, como termina diciéndonos hoy Jesús. ‘A vino nuevo, odres nuevos’. Por algo tenemos el Espíritu de Jesús con nosotros; dejémonos conducir por El.

lunes, 17 de enero de 2022

No sigamos con los remiendos de siempre sino convenzámonos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos para ser en verdad esa Iglesia madre de misericordia

 


No sigamos con los remiendos de siempre sino convenzámonos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos para ser en verdad esa Iglesia madre de misericordia

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49: Marcos 2, 18-22

Aquí vamos hoy de remiendos y de arreglos. Bueno, a los que ya somos mayores nos suena bien eso, porque en la escasez que vivíamos antes era normal que nuestras madres si había un roto en cualquier prenda de vestir hicieran sus apaños, sus arreglos, sus remiendos, porque por dignidad aunque fuéramos pobres no nos podíamos permitir llevar un roto en un pantalón, por ejemplo: claro que bien distinto a las modas de hoy, de las que no vamos a hablar, donde se compra la ropa hasta con esos rotos, pero por moda. Pero ya procuraban las costureras o nuestras madres que si ponían en el remiendo un trozo de tela que fuera nuevo, previamente se mojaba para evitar los tirones que la pieza luego pudiera dar causando un roto mayor.

Pero hoy nos viene a decir Jesús que de remiendos, nada; que no podemos seguir andando con el traje viejo, porque ahora ya somos hombres nuevos; que no podemos ir por su camino simplemente haciéndonos apaños, sino que tenemos que darnos cuenta que es algo nuevo lo que El nos anuncia y el camino que hemos de recorrer; y nos habla también de los odres que se utilizaban para el vino, no podemos seguir usando los viejos que ya están ajados y fácilmente no podrán soportar la presión de un vino nuevo y el final se va a perder lo viejo y lo nuevo.

Todo arranca del estilo nuevo, el tono nuevo que Jesús le va dando a la vida de sus discípulos. Vienen algunos quejándose que sus discípulos no ayunan como lo hacen los discípulos de los fariseos, o como lo hacían también los discípulos de Juan el Bautista. Había que seguir con las viejas costumbres, pero no unas viejas costumbres que se ciñeran a lo que era en verdad la ley del Señor, sino de todos aquellos añadidos que se habían ido introduciendo que al final casi se convertían en un tormento para quien quisiera ser fiel a todos esos nuevos protocolos que se habían añadido.

Pero por otra parte, viene a decirles Jesús, cómo van a ayunar los amigos del novio si están participando de su banquete de bodas, sería algo inconcebible. Los que querían seguir a Jesús estaban ya participando del banquete de bodas del Reino, no cabía la tristeza ni los agobios, sino que todo había de vivirse en un sentido de paz que venía a inundar los corazones. Había llegado el tiempo de la amnistía, el tiempo de la gracia y del perdón, como seguir viviendo con pesares en el corazón cuando se podía vivir en la alegría de la vida nueva al sentirse ya para siempre perdonados.

Pero cuidado que nos pongamos cómodamente a juzgar y hasta condenar a aquellos de los tiempos de Jesús que venían con esos planteamientos inamovibles y de rigidez, y vayamos nosotros a estar cayendo en semejantes planteamientos. Primero, porque eso de los remiendos seguimos muchas veces planteándonoslo. Pensemos, por ejemplo, cuales son los buenos propósitos que nos hacemos tantas veces cuando hemos descubierto que nuestra vida cristiana tiene que tener otras andaduras; vamos a ver que es lo que corregimos por aquí, vamos a ver qué es lo que podemos mantener, porque tampoco son prácticas tan malas lo que estábamos haciendo, y así nos hacemos nuestros arreglitos, con lo que al final seguimos haciendo lo mismo.

Pensemos cuantos nos cuesta una renovación total de esas estructuras que nos hemos ido creando en nuestra vida eclesial, con lo que muchas veces la gente nos confunde con un partido político más, con una organización no gubernamental, como ahora las llaman, que se dedica a hacer cosas buenas llenas de mucho altruismo y algo de solidaridad.

¿Estaremos dando la verdadera imagen de lo que tenemos que ser los que en verdad queremos seguir el camino del Evangelio? ¿O estaremos prestándonos a una cierta confusión? Algunas veces hasta las normas que nos damos se parecen más a las exigencias que se nos puedan hacer desde los estamentos de la vida social o política, que lo que tendría que ser una Iglesia verdadera madre de misericordia para con todos. No todos sienten y experimentan en si mismos esa Iglesia madre de misericordia, por muchos años y jubileos de misericordia que se quieran proclamar.

Hablamos de renovación, de ser en verdad ese hombre nuevo del evangelio, y seguimos adornándonos con los mismos oropeles de siempre, seguimos en las mismas vanidades porque decimos que son cosas de la tradición de la Iglesia de lo que no nos podemos despojar. De cuantas cosas tendríamos que desprendernos en nuestra vida personal, de cuantas cosas llenas de apariencia y vanidad que siguen apareciendo en la vida de la Iglesia. Y mira que nos pueden llamar hasta herejes cuando nos empeñamos en esa renovación total y profunda que tendríamos que hacer para vivir de verdad el espíritu del Evangelio.

¿Seguiremos con los remiendos de siempre o nos convenceremos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos?